18 de mayo de 2008
16 de mayo de 2008
Listo el (otro) libro
Pues no, no he posteado desde hace varios días, y ya hace falta. Tengo por allí un par de ideas, apuntes, etcétera, pero no he tenido mucha cabeza para eso.
Entre otros asuntos --por ejemplo el trabajo regular de La Casa--, terminé de darle la última revisión al libro acerca del suicidio de Salvador Cayetano Carpio y el asesinato de Mélida Anaya Montes. La semana pasada había mandado a los editores una versión bastante limpia, pero nunca está de más una última pasada, ésa en la que uno está pensando: "Bueno, lo que estoy leyendo lo va a leer alguien más. ¿Quiero que lo lea exactamente así. como está?" Y salen detalles que uno no había visto antes, y hay que poner palabras aquí, quitar algunas allá, aclarar algo en la redacción, etcétera.
Siempre, al final del libro, hago constar dónde lo escribí y en qué fechas. A veces se publica, a veces no. Es algo que le aprendí a Carpentier; es útil para recordar uno lo que ha hecho, y cuándo, y a alguien habrá que le interese para sacar conclusiones. Al final del libro se lee, entonces:
Da la impresión de que es un libro que escribí a saltitos y, sí, casi fue de ese modo. Cada vez que lo agarraba ponía cosas nuevas, quitaba algunas, matizaba otras, según los comentarios de amigos, y decía: "Esta sí es la versión buena." Y cada versión ha tenido su encanto.
En 2001, por ejemplo, lo que hice fue un artículo muy largo y una entrevista, y un primer borrador del libro. El año y medio siguiente me pasé buscando documentos, verificando datos, entrevistando gente, etcétera. Para octubre de 2002 tenía un libro grueso: unas 130 cuartillas
de texto y otro tanto de apéndices, donde iban desde la carta de suicidio de Marcial hasta las propuestas de negociación lanzadas desde... uh... creo que 1981 (los primeros contactos después de la ofensiva final de enero de ese año).
Huo una posibilidad de publicación en España, y no me pareció mala idea, pero había varias cosas que me molestaban. Por ejemplo el carácter del libro --más bien testimonial-- y la documentación de los anexos no eran muy compatibles. Parecía que la documentación era una justificación a lo demás, y no debía ser así; había que lograr que el libro se sostuviera por sí mismo y, de ser posible, deshacerse de la documentación, o ponerla en otra parte.
Hay un principio básico para que un texto funcione como tal: que toda la información que se requiere para entender el texto esté dentro del texto mismo. Eso vale para un tanto como para Moby Dick o La guerra y la paz. Así que me pasé un buen rato dándole coherencia al texto principal y recortando lo más posible los apéndices, y de modo que fueran sólo eso, apéndices, que pudieran leerse o no y que la lectura no fuera incompleta. Es decir: el libro ya era publicable, pero no me pareció suficiente motivo para... uh... publicarlo.
Había dos cosas más: España está muy lejos, y los libros llegan caros aquí, si llegan. Quería que el libro se publicara en El Salvador. Por otra parte, me di cuenta de que aún había demasiado apego emocional a muchas partes del texto, y así no funciona. Es otra premisa básica: si uno está aún apegado emocionalmente a un texto --así sea un poema de lo más conmovedor--, existen hartas posibilidades de que no funcione, no como uno quisiera. A desapegarse, pues.
En noviembre de 2005 ya estaba terminando Tiempos de locura, y tomé una decisión: muchos de los materiales, tesis, etcétera, del libro que estaba escribiendo los pasaría para allá. Además, me permitió --porque era necesario-- hablar extensamente del papel de Marcial y Ana María dentro del proceso político de la izquierda, y con eso podía quitarle al otro libro un poco de la densidad de datos. Publicado Tiempos de locura y agotadas dos ediciones, me puse a hacer los ajustes necesarios y llegué a algo: dejar el simple texto, con algunos documentos en el cuerpo del libro o como referencias, y obtener un libro lo más "limpio" que se pudiera.
La versión final es casi minimalista: sólo viene lo que debe venir, del modo en que debe venir, sin palabras de más o menos. Muy a la Occam: le explicación y la información mínima posible que explique lo más que se pueda. Hay detalles del sumario judicial que me pareció que no valía la pena poner, porque desviaba la atención hacia discusiones secundarias, y éstas hacia otras, y se hubiera perdido el hilo principal. Por ejemplo, según la autopsia, unas horas antes de su muerte Ana María había mantenido relaciones sexuales. Al principio pudo creerse que se trató de una violación. Se hizo un peritaje y se llegó a la persona con la que había estado, y el asunto podía tener repercusiones políticas muy fuertes, incluso para los motivos de su asesinato. Pero, lo siento, es algo que no tuve hígado para escribir. Hubo un momento en que sólo por ese hecho estuve a punto de desechar el libro; me dio una náusea moral de lo más fuerte, y es algo que no podía ni puedo superar. Dejé esa "ramificación" por la paz, porque no necesariamente contribuye a entender el todo --o eso quiero pensar--, y ya que venga otro a averiguar lo que pasó. No es mi intención meterme en chismes, o en cosas que parezcan chismes, y menos en la vida personal de le gente, viva o muerta.
La última-última versión, pues, tiene unas 130-140 cuartillas. Hay partes que casi no cambiaron desde que escribí la primera versión, y la estructura es la misma. Ha habido actualizaciones, y algunas de ellas se ponen con fecha y todo, para contrastarlas con el "texto madre".
Al final me gustó el libro. Logré, después de siete años, un buen distanciamiento emocional, y por lo tanto un mayor control sobre el texto. Todo lo que está allí es discutible, refutable, lo que se quiera. Pero hay pistas importantes que no se han publicado en otras partes, con las evidentes y esperables imprecisiones de algo tan cerrado y compartimentado, de lo que además no fui testigo de primera mano. Y allí estará el encanto del libro: que se discuta y que se desmienta o matice o complemente con los testimonios de otros. Yo, por mi parte, con su publicación termino un proceso que debía terminar, por el bien de mi salud mental y hasta física.
Por de pronto he recibido llamadas acerca de los tres artículos que aparecieron en El Mundo, sobre el tema, y que pueden hallarse apenas unos posts atrás. En orden cronológico, están aquí, aquí y aquí. Han sido positivas, con matices: está bien la información, alguna hay que verificarla con otras fuentes, en lo que estoy de acuerdo. La más interesante: ahora el asunto está muy "caliente" para muchos, pero hay datos que en algún momento los historiadores podrán investigar, y hará por dónde empezar. Y estoy seguro de que encontrarán muchas cosas. Esto es un primer paso, nada más, si descontamos los artículos de El Mundo, que son un resumen bastante escueto de lo que viene en el libro, y sin el carácter del libro. Por mi parte, con la publicación, es un asunto concluido para mí; los que lean el libro sabrán por qué.
Ya seguiré posteando otro día.
Entre otros asuntos --por ejemplo el trabajo regular de La Casa--, terminé de darle la última revisión al libro acerca del suicidio de Salvador Cayetano Carpio y el asesinato de Mélida Anaya Montes. La semana pasada había mandado a los editores una versión bastante limpia, pero nunca está de más una última pasada, ésa en la que uno está pensando: "Bueno, lo que estoy leyendo lo va a leer alguien más. ¿Quiero que lo lea exactamente así. como está?" Y salen detalles que uno no había visto antes, y hay que poner palabras aquí, quitar algunas allá, aclarar algo en la redacción, etcétera.
Siempre, al final del libro, hago constar dónde lo escribí y en qué fechas. A veces se publica, a veces no. Es algo que le aprendí a Carpentier; es útil para recordar uno lo que ha hecho, y cuándo, y a alguien habrá que le interese para sacar conclusiones. Al final del libro se lee, entonces:
San Salvador, abril/mayo de 2001.–
Octubre de 2002.– Abril de 2004.–
Noviembre de 2005.– Julio de 2006.–
Mayo de 2008.
Da la impresión de que es un libro que escribí a saltitos y, sí, casi fue de ese modo. Cada vez que lo agarraba ponía cosas nuevas, quitaba algunas, matizaba otras, según los comentarios de amigos, y decía: "Esta sí es la versión buena." Y cada versión ha tenido su encanto.
En 2001, por ejemplo, lo que hice fue un artículo muy largo y una entrevista, y un primer borrador del libro. El año y medio siguiente me pasé buscando documentos, verificando datos, entrevistando gente, etcétera. Para octubre de 2002 tenía un libro grueso: unas 130 cuartillas
de texto y otro tanto de apéndices, donde iban desde la carta de suicidio de Marcial hasta las propuestas de negociación lanzadas desde... uh... creo que 1981 (los primeros contactos después de la ofensiva final de enero de ese año).
Huo una posibilidad de publicación en España, y no me pareció mala idea, pero había varias cosas que me molestaban. Por ejemplo el carácter del libro --más bien testimonial-- y la documentación de los anexos no eran muy compatibles. Parecía que la documentación era una justificación a lo demás, y no debía ser así; había que lograr que el libro se sostuviera por sí mismo y, de ser posible, deshacerse de la documentación, o ponerla en otra parte.
Hay un principio básico para que un texto funcione como tal: que toda la información que se requiere para entender el texto esté dentro del texto mismo. Eso vale para un tanto como para Moby Dick o La guerra y la paz. Así que me pasé un buen rato dándole coherencia al texto principal y recortando lo más posible los apéndices, y de modo que fueran sólo eso, apéndices, que pudieran leerse o no y que la lectura no fuera incompleta. Es decir: el libro ya era publicable, pero no me pareció suficiente motivo para... uh... publicarlo.
Había dos cosas más: España está muy lejos, y los libros llegan caros aquí, si llegan. Quería que el libro se publicara en El Salvador. Por otra parte, me di cuenta de que aún había demasiado apego emocional a muchas partes del texto, y así no funciona. Es otra premisa básica: si uno está aún apegado emocionalmente a un texto --así sea un poema de lo más conmovedor--, existen hartas posibilidades de que no funcione, no como uno quisiera. A desapegarse, pues.
En noviembre de 2005 ya estaba terminando Tiempos de locura, y tomé una decisión: muchos de los materiales, tesis, etcétera, del libro que estaba escribiendo los pasaría para allá. Además, me permitió --porque era necesario-- hablar extensamente del papel de Marcial y Ana María dentro del proceso político de la izquierda, y con eso podía quitarle al otro libro un poco de la densidad de datos. Publicado Tiempos de locura y agotadas dos ediciones, me puse a hacer los ajustes necesarios y llegué a algo: dejar el simple texto, con algunos documentos en el cuerpo del libro o como referencias, y obtener un libro lo más "limpio" que se pudiera.
La versión final es casi minimalista: sólo viene lo que debe venir, del modo en que debe venir, sin palabras de más o menos. Muy a la Occam: le explicación y la información mínima posible que explique lo más que se pueda. Hay detalles del sumario judicial que me pareció que no valía la pena poner, porque desviaba la atención hacia discusiones secundarias, y éstas hacia otras, y se hubiera perdido el hilo principal. Por ejemplo, según la autopsia, unas horas antes de su muerte Ana María había mantenido relaciones sexuales. Al principio pudo creerse que se trató de una violación. Se hizo un peritaje y se llegó a la persona con la que había estado, y el asunto podía tener repercusiones políticas muy fuertes, incluso para los motivos de su asesinato. Pero, lo siento, es algo que no tuve hígado para escribir. Hubo un momento en que sólo por ese hecho estuve a punto de desechar el libro; me dio una náusea moral de lo más fuerte, y es algo que no podía ni puedo superar. Dejé esa "ramificación" por la paz, porque no necesariamente contribuye a entender el todo --o eso quiero pensar--, y ya que venga otro a averiguar lo que pasó. No es mi intención meterme en chismes, o en cosas que parezcan chismes, y menos en la vida personal de le gente, viva o muerta.
La última-última versión, pues, tiene unas 130-140 cuartillas. Hay partes que casi no cambiaron desde que escribí la primera versión, y la estructura es la misma. Ha habido actualizaciones, y algunas de ellas se ponen con fecha y todo, para contrastarlas con el "texto madre".
Al final me gustó el libro. Logré, después de siete años, un buen distanciamiento emocional, y por lo tanto un mayor control sobre el texto. Todo lo que está allí es discutible, refutable, lo que se quiera. Pero hay pistas importantes que no se han publicado en otras partes, con las evidentes y esperables imprecisiones de algo tan cerrado y compartimentado, de lo que además no fui testigo de primera mano. Y allí estará el encanto del libro: que se discuta y que se desmienta o matice o complemente con los testimonios de otros. Yo, por mi parte, con su publicación termino un proceso que debía terminar, por el bien de mi salud mental y hasta física.
Por de pronto he recibido llamadas acerca de los tres artículos que aparecieron en El Mundo, sobre el tema, y que pueden hallarse apenas unos posts atrás. En orden cronológico, están aquí, aquí y aquí. Han sido positivas, con matices: está bien la información, alguna hay que verificarla con otras fuentes, en lo que estoy de acuerdo. La más interesante: ahora el asunto está muy "caliente" para muchos, pero hay datos que en algún momento los historiadores podrán investigar, y hará por dónde empezar. Y estoy seguro de que encontrarán muchas cosas. Esto es un primer paso, nada más, si descontamos los artículos de El Mundo, que son un resumen bastante escueto de lo que viene en el libro, y sin el carácter del libro. Por mi parte, con la publicación, es un asunto concluido para mí; los que lean el libro sabrán por qué.
Ya seguiré posteando otro día.
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6 de mayo de 2008
Trece otra vez
Hoy me escribió Raúl Figueroa Sarti para avisarme que ya está listo Trece, impreso y a la venta (al menos en Guate; ya vendrá a El Salvador y se distribuirá por Amazon), con la foto de portada que siempre he querido y un bonito diseño, más los materiales de buena calidad y los acabados de edición excelentes que siempre acostumbra F&G Editores.Es la tercera edición de Trece: la primera fue en México, la segunda en Francia (en la siempre acuciosa y creativa traducción de Thierry Davo) y ésta.
A ver cuándo alcanzo a verlo "en persona". Se supone que se presentará en la Feria del Libro de Guatemala, en julio o agosto próximo. Será un orgullo, porque al mismo tiempo se presentarán Los locos mueren de viejos, de Vanessa Núñez, y El sueño de Mariana, de Jorge Galán. Tres guanacos en un solo paquete y en la misma editorial, ni más ni menos. Si no calculo mal, debe estar por salir el de Jorge en estos días, o ya está impreso, y para junio viene el de Vanessa.
La página de Trece en F&G está en este link. Se puede bajar un fragmento en PDF.
Bueno, pues, el primer libro del año. Me dicen que el 19 entregan impreso ya Tiempos de locura, y para junio estará impreso el de Cayetano Carpio. Para septiembre, Un mundo en el que el cielo cae y cae, en Francia, y hay un par más en proyecto.
Emocionado... ¡Qué mas da! Emocionado... Emocionado... --César Vallejo.
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5 de mayo de 2008
Mélanie Morand, Ana María y, sí, que se sepa y se discuta
Por fin me llegó el libro Memographies #9, de Mélanie Morand, que estaba esperando desde enero. Unas fotos de lo más extrañas, en blanco y negro --¡por supuesto!--, oscuras y bastante perturbadoras. Se pueden ver algunas en el sitio de Eclectik Lab, en este link. También pueden hallarse en el sitio de Mélanie, que tiene cosas interesantísimas, más concretamente en este link.Entre otras características, las fotos están impresas sobre papel fotográfico de verdad. Lo que uno tiene en las manos no es sólo una reproducción de las fotos en forma del libro, sino las fotos en sí. Me explicó Mélanie que están lanzándolos de 20 en 20, esto es: venden 20 y, cuando se está acabando, imprimen 20 más. Espero que ya lleven muchos veintes; el libro es sensacional.
Por algún motivo, como ya lo he dicho por acá --también he dicho que la conocí en Lyon en octubre pasado--, Mélanie me pidió que escribiera una pequeña nota de presentación para el libro, y fue un gusto y un honor. La nota se puede leer aquí.
Como ella habla tanto español como yo francés, y como el otro idioma que maneja es el italiano y yo a lo mucho lo leo con problemas, nos comunicamos en inglés. Junto con el libro me mandó una cartita, y me llamó la atención que la haya escrito en la hoja arrancada de una revista. Hacía mucho que no veía eso, digamos desde hace unos treinta y tantos años. La prima Sonia --ahora vive en Chiquimula con familia y todo-- arrancaba hojas de revistas y allí me escribía cartas desde Guatemala (Guatemala), donde estudiaba primero medicina y después psicología, hasta San José (Costa Rica), donde vivía yo. No sé si haya tenido que ver con que fuera campeona intrercolegial --salvadoreña-- de natación en equipos; intuyo que no, porque Mélanie hace yoga. O habría que buscar la relación entre el yoga y la natación, o algo.Gracias a Mélanie. Me estoy disfrutando el libro.
* * *
El faro anuncia en un podcast que se presentó el libro Mélida, un canto a la vida, que obviamente trata acerca de la comandante Ana María, asesinada en Managua el 6 de abril de 1983. Del crimen se culpó a Salvador Cayetano Carpio, Marcial, quien se suicidó el día 12 del mismo mes.
La semana pasada aparecieron en El mundo, y reproduje en este blog, tres notas acerca del caso, visto desde el punto de vista de la gente cercana a Marcial, y me dicen que el libro que escribí al respecto aparecerá para junio. Son las tres notas anteriores a este post, para quien no las haya leído.
Me parece excelente que por fin, aun desde puntos de vista diversos, e incluso contradictorios, el asunto empiece a salir a la luz, así sea 25 años más tarde. Es un hecho que partió la historia de la guerra en dos, y que determinó qué es ahora es el país, lo que pudo ser, lo que no fue, es decir: lo que de algún modo somos.
Me pareció interesante, también, que entre las reivindicaciones de Las Mélidas --que fueron quienes publicaron el libro-- esté la investigación del caso y, en suma, que hable la gente que estuvo involucrada.
El podcast se puede encontrar aquí, al menos durante esta semana. En enlace directo es éste, y el audio se puede descargar a la compu.
A las 09:32 3 comments
30 de abril de 2008
Primero, silencio y luego, el balazo
El 12 de abril pasado fui a la conmemoración por los 25 años de la muerte de Marcial, que me produjo cosas contradictorias. Primero, alegría de ver a gente a la que quiero bastante, como Tulita Alvarenga, Rosario Luna y Salvador Juárez --con quien llevamos una fuerte amistad desde 1985, cuando debió asilarse en México con su familia--; también me gustó volver a hablar con Antonio Morales Carbonell y conversar con gente que trabajó con mi padre en la UES, desde su decanato, en la Facultad de Economía, hasta su rectoría, que terminó bruscamente el 19 de julio de 1972, con la ocupación militar de la UES. Hubo, también, gente que me parece oportunista, la menos, y que no me cae bien. Incluso eso fue soportable; de todo hay en cualquier viña.
El otro sentimiento fue de tristeza, por varios motivos. El acto comenzó con el canto a la bandera de las FPL o algo así. No lo conocía, y sigo sin querer conocerlo. Me pareció retroceder un par de decenas de años, y no a la parte más racional del conflicto, que la tuvo. Algunos discursos y consignas también me parecieron un tanto fuera de contexto; allí también va en gustos, y yo sólo fui un invitado.
Lo que más tristeza me produjo fue el desconcierto de la mayor parte de los asistentes. Muchos de ellos eran gente curtida por luchas importantes, y su pellejo siempre fue la apuesta en el juego. Allí, en el cementerio, parecían --perdonarán la imagen-- pollitos sin dueño, tan desorientados como si la muerte de Marcial huiera ocurrido apenas ayer, o hace una semana, o hace un año, no veinticinco.
Muchos hablaban de que "había que hacer algo" para empezar a crear las condiciones para reivindicar la figura de Marcial, y proponían de todo. Entre los presentes, sólo Tono Morales Carbonell y yo hemos publicado sobre el tema, y me parece que el aporte de él es invalluable. (Debería republicarse Nuestras montañas son las masas, que apareció en Bélgica; aquí sólo llegaron algunos ejemplares.) Y, bueno, hablar de eso me parece el modo más adecuado de comenzar, pero me dio la impresión de que existe miedo de hacerlo. No por temor a las consecuencias prácticas --represión política, etcétera--, sino a algo más intangible, pero que no es menos poderoso en sus concepciones: que se confunda la reivindicación de Marcial como un apoyo "al enemigo", en especial en estas épocas de campaña. Una campaña ilegal de todo a todo, cabe repetirlo.
Igual fue emocionante. Según me contaba Tulita, en otros años apenas llegaban al acto de conmemoración entre ocho y doce personas. Esta vez hubo constantemente, durante las casi cuatro horas que duró el acto, más de sesenta personas, y me dicen que había gente encargada de contar que asegura que, entre los que se quedaban y los que se iban pronto, hubo un total de 200.
Creo que el hecho de que Tulita Alvarenga haya decidido dar abiertamente la cara, hablar, estar allí, moverse, ha dado valor a mucha gente, a los derrotados directos de abril de 1983. (¿Quién no fue derrotado en abril de 1983, excepto los pocos que se quedaron con el aparato de las FPL, con tan pocas credenciales que mostrar?) Tulita, a los 84 años, sigue siendo un símbolo poderoso de un tipo de lucha que la izquierada ha olvidado: la lucha abierta por derechos básicos, por la dignidad, por los sueños. Siempre le digo a Tulita que la obra maestra suya y de Marcial es la huelga general de abril de 1967, cuando en tres días casi paralizaron el país en solidaridad --nada más eso-- con trabajadores del acero que habían sido despedidos por sus actividades sindicales. La huelga, escalonada y ejecutada con una precisión milimétrica, fue levantada al tercer día, porque el gobierno y los empresarios tuvieron que ceder; el paro total del país debía ocurrir al cuarto o quinto día, y no había manera de detenerlo. (Después se violaron los acuerdos a los que se llegó, y fue el momento de la mítica huelga de hambre de Cayetano Carpio en el campus de la UES.)
Allí, en el cementerio, pensé que, si uno busca el momento ideal para hablar de los casos de Marcial y Ana María, se va a quedar esperando para siempre. Ahora es la precampaña electoral --llamémosla así por aquello de presumir inocencia mientras no haya una resolución judicial--, luego la campaña en sí, luego las elecciones, luego la victoria o derrota; en el primer caso, vendrá un gobierno frágil; en el segundo, parecerá que se hace leña del árbol caído. Y después otras coyunturas, otra necesidad de esperar el mejor momento, y así sucesivamente.
Unos días antes había decidido que publicaría el libro, que escribí en 2002, después de las elecciones, ganara quien ganara, y que ése sería mi momento. Al editor no le gustó mucho la idea; era uno de sus libros fuertes para este año. Le dije que cambiaba de opinión, y hace unos minutos me avisaron que se publica para presentarse en junio, como parte de una serie de libros --sólo ése es mío-- de la que ya se enterarán, creo que con gusto. "Ya es el momento" me parece una frase hueca; siempre ha sido el momento. Ver a toda esa gente con ese trauma, con esa necesidad de hablar pero permaneciendo en silencio, fue lo que me dio la pauta. Veremos qué pasa. Supongo que, como con Tiempos de locura, la mayor parte de los compradores serán jóvenes que siempre preguntaron sobre el tema y nadie les quiso responder. Eso me gusta. Los viejos hemos tratado de enterrar a nuestros muertos, y olvidarlos; para los jóvenes es necesario revivirlos y hablar con ellos.
Lo que me ha resultado sintomático es la catidad de jóvenes que han buscado a Tulita. Allí está siempre la esperanza. Lo más importante es que tratan de ver más allá de la visión de corto plazo del FMLN, y que no se mueven por simple consigna. Sea la cantidad que sea, espero que crezca exponencialmente a través de la discusión abierta de temas que han sido tabú para la izquierda actual. Demasiados fantasmas en el ropero, o debajo de la cama, o donde sea que se escondan esos fantasmas. De una discusión, el pensamiento de izquierda saldrá fortalecido, aunque no garantizo nada para el FMLN, que no sé en qué se ha convertido.
Hoy El mundo publica la tercera de tres partes del pequeño reportaje acerca del suicidio de Salvador Cayetano Carpio, Marcial. En la edición electrónica no viene un trozo de una entrevista que le hice a Tula Alvarenga hace seis años. Lo pongo aquí, en la transcripción de la nota. La versión electrónica de El mundo puede encontrarse en este link.
Curioso: por primera vez no me han llovido insultos inmediatos por algo de ese tipo que haya escrito. Quizá están esperando la tercera parte. Allí les va.
TRAS EL FRACASO DE LA "OFENSIVA FINAL" contra la Junta Revolucionaria de Gobierno (JRG), en enero de 1981, todas las fuerzas del FMLN se plantearon la necesidad de una negociación. Pero no todas la entendían de la misma manera, ni buscaban los mismos objetivos.
Había dos posiciones bien marcadas. La del sector de las FPL controlado por Salvador Cayetano Carpio, comandante “Marcial”, hablaba de sostener e incluso intensificar la guerra mientras se negociaba, como había ocurrido unos años antes en el conflicto de Estados Unidos contra Vietnam. Las pláticas, al final, sirvieron para negociar la retirada estadounidense de Vietnam del Norte, en 1973, y del Sur, en 1975. El fin era la creación de un régimen socialista, encabezado por obreros y campesinos, y apoyado por capas medias, como estudiantes, pequeños empresarios, intelectuales y sectores “progresistas”.
La otra posición, sostenida por el Partido Comunista Salvadoreño, dirigido por Schafik Handal, y seguida por las demás organizaciones, incluido el sector de “Ana María”, era más moderada. Buscaba una negociación inmediata, que podía incluir una tregua, y la formación de un gobierno de amplia participación.
Aunque todo el FMLN apoyaba esta posición, incluida una parte de las propias FPL, “Marcial” controlaba más de la mitad de todos los efectivos guerrilleros, incluidas las Unidades de Vanguardia, un pequeño ejército regular –que después de su muerte sería desarticulado– formado por los mejores combatientes, sin contar las milicias.
Desde mediados de 1982, “Marcial” había encargado a sus asesores varios estudios políticos y militares para determinar si era posible lanzar y ganar una nueva ofensiva, y si ésta podía ser sostenida solamente por las FPL. Para finales de 1982 le aseguraron que era posible bajo determinadas circunstancias. Ordenó entonces un plan, que estaría listo para los últimos días de marzo o los primeros de abril, y ya desde 1980 contaba con una plataforma de gobierno, la misma que debía instrumentarse de triunfar la ofensiva de 1981.
Según los resultados de los estudios, la ofensiva podía lanzarse entre agosto y octubre de 1983. Los preparativos incluían una serie de movimientos diplomáticos, y es probable que entre ellos estuviera la gira que realizaba en el momento del asesinato de “Ana María”.
COSAS DE SALVADOREÑOS
Pero, en diciembre de 1982, Fidel Castro convocó a una serie de reuniones en La Habana a los dirigentes del FMLN: Eduardo Sancho por la Resistencia Nacional, Joaquín Villalobos por el Ejército Revolucionario del Pueblo, Schafik Handal por el Partido Comunista y Francisco Jovel por el Partido Revolucionario de los Trabajadores Centroamericanos. Las FPL contaban con una doble representación: Salvador Cayetano Carpio y, por el sector de “Ana María”, Salvador Sánchez Cerén.
Además de Castro, en las reuniones estuvieron presentes por el lado cubano, entre otros, Manuel Piñeiro, encargado de América Latina; el encargado para El Salvador, de pseudónimo “Ibrahim”, y el embajador en Nicaragua, que respondía al nombre de “Martín”. Se presionaría a “Marcial” para que se sumara a la posición del resto del FMLN y se buscara una negociación desde posiciones menos “duras”. Según algunas versiones, se le obligó a firmar un documento en el cual aceptaba un compromiso.
Sin embargo, lo que se planteó a “Marcial” fue más crudo aún: la revolución salvadoreña no podía triunfar militarmente, y más bien el mensaje era que no debía hacerlo, bajo el riesgo de una invasión estadounidense a El Salvador, pero también a Nicaragua y quizá a Cuba. El mensaje de Fidel Castro era que había que salvar lo que se pudiera de la revolución salvadoreña, nada más, y que sobrevivieran la cubana y la nicaragüense. Según testigos, “Marcial” agradeció el consejo, dijo que los asuntos salvadoreños los resolvían los salvadoreños y se retiró.
Las presiones venían de más lejos que La Habana. Pese a lo que se decía, la Unión Soviética siempre estuvo en desacuerdo con la lucha armada en El Salvador, la posición que sostenía el Partido Comunista.
Excepto las FPL, las organizaciones del FMLN dependían de Cuba y países cercanos a la URSS para sobrevivir. “Marcial”, a pesar de que se le acusaba de ser un comunista intolerante, obtenía ayuda de lugares ajenos a la órbita soviética: Al Fatah, de la Organización para la Liberación de Palestina, de línea socialdemócrata; Yugoslavia, la “oveja negra” del mundo socialista; Libia, abiertamente antisoviética, y diversos países europeos y latinoamericanos más cercanos a la socialdemocracia. “Marcial” podía darse el lujo de desairar al gobierno cubano, y eso hizo.
Quedaba la posibilidad de desplazarlo de la jefatura de las FPL, y en efecto sus tesis fueron derrotadas en los órganos de dirección, cooptados por el sector de “Ana María”, a principios de 1983. En abril debía reunirse el Consejo Revolucionario de las FPL, y allí “Marcial” sería destituido. A través de una serie de maniobras, logró que se aplazara hasta agosto siguiente, la fecha aproximada para la cual se consideraba el lanzamiento de la nueva ofensiva, con o sin el resto del FMLN. (Si era factible o no es un tema que escapa al alcance de este breve recuento.)
UN FINAL SIN EPÍLOGO
En abril de 1984, un año después del suicidio de “Marcial”, el juez que condenó al comandante “Marcelo” declaró a petición del abogado defensor que, “...de conformidad con el art. 186 del Código de Instrucción Criminal, en razón de su fallecimiento debe sobreseerse definitivamente en la presente causa a Salvador Cayetano Carpio (Marcial), mencionado por la Procuraduría Penal como autor intelectual del delito investigado. Siendo opinión de esta autoridad que se adhiere a lo expresado por el defensor Gutiérrez Mayorga en su escrito de defensa, que no fueron aportadas pruebas en el proceso que respalden tal imputación.”
En otras palabras, Salvador Cayetano Carpio fue declarado inocente (o más correctamente “no culpable”) del asesinato de Mélida Anaya Montes. A pesar de todas las investigaciones de los sandinistas y las FPL, la autoría intelectual sólo pudo ser atribuida a Rogelio Bazzaglia. Es un dato que el FMLN nunca dio a conocer, y hasta la fecha.
Como resultado de la muerte de “Marcial”, mientras tanto, la mayor parte de sus colaboradores y seguidores, los que no se sumaron a la “nueva línea”, dirigida por Salvador Sánchez Cerén, fueron expulsados, y existe el rumor de que muchos fueron “purgados” a través de las acciones de “Mayo Sibrián”, el comandante psicópata de la zona parecentral, responsable del asesinato de al menos un millar de militantes y colaboradores. Otros, como su esposa, fueron enviados a Cuba en un virtual arresto; otros simplemente se retiraron, y sólo unos cuantos trataron de formar nuevas organizaciones, que se esfumaron en poco tiempo.
Había el rumor insistente, en los días del asesinato de “Ana María”, de que los sandinistas le habían colocado un dispositivo de vigilancia especial, que incluía a militares y perros bien entrenados. Tres semanas antes del crimen, se dice, el dispositivo fue retirado sin mayores explicaciones. Pero esto no hay nadie vivo que pueda o que quiera confirmarlo. Sería como decir que alguien dejó a la comandante a la absoluta merced de sus asesinos.
MUERTE POR SUEÑO
La pregunta está en pie: si era inocente, ¿por qué se suicidó “Marcial”? En una entrevista realizada por este autor en 2002, su esposa, Tula Alvarenga, da una respuesta posible, que a muchos sonará simple, pero que es simplemente humana. A continuación se transcribe un fragmento:
“Le ofrecí de cenar a Salvador, unos huevitos con frijoles o algo. Me dijo que no quería comer, que no tenía hambre, que mejor le preparara un té negro. Así que fui a la cocina y le preparé un té con limón, y otro para mí.
“Me di cuenta de que el té como que no le pasaba, como que no se lo podía tomar. Se lo tomaba a gotas, como por cucharadas, y seguía escribiendo.
“En una de ésas me dice:
“–Mirá, debías ir a ver si la Clarita [su nieta] se puso la pijama para dormir.
“Llegando al dormitorio oí los gritos de las compañeras. ‘Marcial se mató, Marcial se mató’, gritaban. No oí el ruido del disparo. No sé por qué, pero no lo oí. Debió sonar fuerte, pero no lo oí, sólo los gritos de las compañeras: ‘Marcial se mató, Marcial se mató.’ Y ya me olvidé de Clarita y no fui a ver si se había puesto la pijama.
“Estaba sentado en la silla y parecía que estaba vivo, pero tenía un balazo en el corazón. La sangre le había manchado los zapatos, le había manchado el pantalón, toda la ropa le estaba manchando. Salía la sangre a borbollones. En el corazón se dio el disparo. Tenía un hoyo y de allí le salía toda la sangre.
“Pero tenía una expresión serena, como si estuviera dormido. Bien serena. Hacía mucho que no le veía una expresión tan serena.
“No me acuerdo mucho de lo que pasó después, porque me puse muy mal. Mi primera reacción fue gritar ‘Lo mataron, lo mataron. ¿Por qué lo mataron? ¿Por qué?’
“Porque a Salvador nunca le conocí actitudes así, ideas suicidas. El no era así. Yo creí que lo habían matado.
“Desde lo que le hicieron a Ana María no había dormido. Desde ese momento no durmió, desde que salió de Libia. Llegó a Managua y tuvo reunión tras reunión tras reunión, con todo el mundo se reunía, y no era para menos con lo que había pasado: reuniones con los sandinistas, con los compañeros, con la comandancia, y trabajaba y trabajaba y trabajaba. Cuando se mató estaba trabajando, se había pasado toda la tarde escribiendo después de varias reuniones, y sin dormir ni un minuto en cinco días.
“Yo creo que una persona que no duerme en tanto tiempo no piensa igual que una que ha dormido aunque sea un rato. No ve las cosas del mismo modo. Estaba muy cansado. A lo mejor si hubiera dormido un poquito en todo ese tiempo hubiera visto que las cosas podían arreglarse de otro modo. A lo mejor no se hubiera matado. No sé. Eso no se puede saber.
“Lo que yo sé es que, si ‘Marcial’ hubiera dado la orden, no hubiera permitido que ‘Marcelo’ y otra gente pagaran por lo que no debían. Salvador siempre se responsabilizaba de sus actos.”
El otro sentimiento fue de tristeza, por varios motivos. El acto comenzó con el canto a la bandera de las FPL o algo así. No lo conocía, y sigo sin querer conocerlo. Me pareció retroceder un par de decenas de años, y no a la parte más racional del conflicto, que la tuvo. Algunos discursos y consignas también me parecieron un tanto fuera de contexto; allí también va en gustos, y yo sólo fui un invitado.
Lo que más tristeza me produjo fue el desconcierto de la mayor parte de los asistentes. Muchos de ellos eran gente curtida por luchas importantes, y su pellejo siempre fue la apuesta en el juego. Allí, en el cementerio, parecían --perdonarán la imagen-- pollitos sin dueño, tan desorientados como si la muerte de Marcial huiera ocurrido apenas ayer, o hace una semana, o hace un año, no veinticinco.
Muchos hablaban de que "había que hacer algo" para empezar a crear las condiciones para reivindicar la figura de Marcial, y proponían de todo. Entre los presentes, sólo Tono Morales Carbonell y yo hemos publicado sobre el tema, y me parece que el aporte de él es invalluable. (Debería republicarse Nuestras montañas son las masas, que apareció en Bélgica; aquí sólo llegaron algunos ejemplares.) Y, bueno, hablar de eso me parece el modo más adecuado de comenzar, pero me dio la impresión de que existe miedo de hacerlo. No por temor a las consecuencias prácticas --represión política, etcétera--, sino a algo más intangible, pero que no es menos poderoso en sus concepciones: que se confunda la reivindicación de Marcial como un apoyo "al enemigo", en especial en estas épocas de campaña. Una campaña ilegal de todo a todo, cabe repetirlo.
Igual fue emocionante. Según me contaba Tulita, en otros años apenas llegaban al acto de conmemoración entre ocho y doce personas. Esta vez hubo constantemente, durante las casi cuatro horas que duró el acto, más de sesenta personas, y me dicen que había gente encargada de contar que asegura que, entre los que se quedaban y los que se iban pronto, hubo un total de 200.
Creo que el hecho de que Tulita Alvarenga haya decidido dar abiertamente la cara, hablar, estar allí, moverse, ha dado valor a mucha gente, a los derrotados directos de abril de 1983. (¿Quién no fue derrotado en abril de 1983, excepto los pocos que se quedaron con el aparato de las FPL, con tan pocas credenciales que mostrar?) Tulita, a los 84 años, sigue siendo un símbolo poderoso de un tipo de lucha que la izquierada ha olvidado: la lucha abierta por derechos básicos, por la dignidad, por los sueños. Siempre le digo a Tulita que la obra maestra suya y de Marcial es la huelga general de abril de 1967, cuando en tres días casi paralizaron el país en solidaridad --nada más eso-- con trabajadores del acero que habían sido despedidos por sus actividades sindicales. La huelga, escalonada y ejecutada con una precisión milimétrica, fue levantada al tercer día, porque el gobierno y los empresarios tuvieron que ceder; el paro total del país debía ocurrir al cuarto o quinto día, y no había manera de detenerlo. (Después se violaron los acuerdos a los que se llegó, y fue el momento de la mítica huelga de hambre de Cayetano Carpio en el campus de la UES.)
Allí, en el cementerio, pensé que, si uno busca el momento ideal para hablar de los casos de Marcial y Ana María, se va a quedar esperando para siempre. Ahora es la precampaña electoral --llamémosla así por aquello de presumir inocencia mientras no haya una resolución judicial--, luego la campaña en sí, luego las elecciones, luego la victoria o derrota; en el primer caso, vendrá un gobierno frágil; en el segundo, parecerá que se hace leña del árbol caído. Y después otras coyunturas, otra necesidad de esperar el mejor momento, y así sucesivamente.
Unos días antes había decidido que publicaría el libro, que escribí en 2002, después de las elecciones, ganara quien ganara, y que ése sería mi momento. Al editor no le gustó mucho la idea; era uno de sus libros fuertes para este año. Le dije que cambiaba de opinión, y hace unos minutos me avisaron que se publica para presentarse en junio, como parte de una serie de libros --sólo ése es mío-- de la que ya se enterarán, creo que con gusto. "Ya es el momento" me parece una frase hueca; siempre ha sido el momento. Ver a toda esa gente con ese trauma, con esa necesidad de hablar pero permaneciendo en silencio, fue lo que me dio la pauta. Veremos qué pasa. Supongo que, como con Tiempos de locura, la mayor parte de los compradores serán jóvenes que siempre preguntaron sobre el tema y nadie les quiso responder. Eso me gusta. Los viejos hemos tratado de enterrar a nuestros muertos, y olvidarlos; para los jóvenes es necesario revivirlos y hablar con ellos.
Lo que me ha resultado sintomático es la catidad de jóvenes que han buscado a Tulita. Allí está siempre la esperanza. Lo más importante es que tratan de ver más allá de la visión de corto plazo del FMLN, y que no se mueven por simple consigna. Sea la cantidad que sea, espero que crezca exponencialmente a través de la discusión abierta de temas que han sido tabú para la izquierda actual. Demasiados fantasmas en el ropero, o debajo de la cama, o donde sea que se escondan esos fantasmas. De una discusión, el pensamiento de izquierda saldrá fortalecido, aunque no garantizo nada para el FMLN, que no sé en qué se ha convertido.
Hoy El mundo publica la tercera de tres partes del pequeño reportaje acerca del suicidio de Salvador Cayetano Carpio, Marcial. En la edición electrónica no viene un trozo de una entrevista que le hice a Tula Alvarenga hace seis años. Lo pongo aquí, en la transcripción de la nota. La versión electrónica de El mundo puede encontrarse en este link.
Curioso: por primera vez no me han llovido insultos inmediatos por algo de ese tipo que haya escrito. Quizá están esperando la tercera parte. Allí les va.
TRAS EL FRACASO DE LA "OFENSIVA FINAL" contra la Junta Revolucionaria de Gobierno (JRG), en enero de 1981, todas las fuerzas del FMLN se plantearon la necesidad de una negociación. Pero no todas la entendían de la misma manera, ni buscaban los mismos objetivos.
Había dos posiciones bien marcadas. La del sector de las FPL controlado por Salvador Cayetano Carpio, comandante “Marcial”, hablaba de sostener e incluso intensificar la guerra mientras se negociaba, como había ocurrido unos años antes en el conflicto de Estados Unidos contra Vietnam. Las pláticas, al final, sirvieron para negociar la retirada estadounidense de Vietnam del Norte, en 1973, y del Sur, en 1975. El fin era la creación de un régimen socialista, encabezado por obreros y campesinos, y apoyado por capas medias, como estudiantes, pequeños empresarios, intelectuales y sectores “progresistas”.
La otra posición, sostenida por el Partido Comunista Salvadoreño, dirigido por Schafik Handal, y seguida por las demás organizaciones, incluido el sector de “Ana María”, era más moderada. Buscaba una negociación inmediata, que podía incluir una tregua, y la formación de un gobierno de amplia participación.
Aunque todo el FMLN apoyaba esta posición, incluida una parte de las propias FPL, “Marcial” controlaba más de la mitad de todos los efectivos guerrilleros, incluidas las Unidades de Vanguardia, un pequeño ejército regular –que después de su muerte sería desarticulado– formado por los mejores combatientes, sin contar las milicias.
Desde mediados de 1982, “Marcial” había encargado a sus asesores varios estudios políticos y militares para determinar si era posible lanzar y ganar una nueva ofensiva, y si ésta podía ser sostenida solamente por las FPL. Para finales de 1982 le aseguraron que era posible bajo determinadas circunstancias. Ordenó entonces un plan, que estaría listo para los últimos días de marzo o los primeros de abril, y ya desde 1980 contaba con una plataforma de gobierno, la misma que debía instrumentarse de triunfar la ofensiva de 1981.
Según los resultados de los estudios, la ofensiva podía lanzarse entre agosto y octubre de 1983. Los preparativos incluían una serie de movimientos diplomáticos, y es probable que entre ellos estuviera la gira que realizaba en el momento del asesinato de “Ana María”.
COSAS DE SALVADOREÑOS
Pero, en diciembre de 1982, Fidel Castro convocó a una serie de reuniones en La Habana a los dirigentes del FMLN: Eduardo Sancho por la Resistencia Nacional, Joaquín Villalobos por el Ejército Revolucionario del Pueblo, Schafik Handal por el Partido Comunista y Francisco Jovel por el Partido Revolucionario de los Trabajadores Centroamericanos. Las FPL contaban con una doble representación: Salvador Cayetano Carpio y, por el sector de “Ana María”, Salvador Sánchez Cerén.
Además de Castro, en las reuniones estuvieron presentes por el lado cubano, entre otros, Manuel Piñeiro, encargado de América Latina; el encargado para El Salvador, de pseudónimo “Ibrahim”, y el embajador en Nicaragua, que respondía al nombre de “Martín”. Se presionaría a “Marcial” para que se sumara a la posición del resto del FMLN y se buscara una negociación desde posiciones menos “duras”. Según algunas versiones, se le obligó a firmar un documento en el cual aceptaba un compromiso.
Sin embargo, lo que se planteó a “Marcial” fue más crudo aún: la revolución salvadoreña no podía triunfar militarmente, y más bien el mensaje era que no debía hacerlo, bajo el riesgo de una invasión estadounidense a El Salvador, pero también a Nicaragua y quizá a Cuba. El mensaje de Fidel Castro era que había que salvar lo que se pudiera de la revolución salvadoreña, nada más, y que sobrevivieran la cubana y la nicaragüense. Según testigos, “Marcial” agradeció el consejo, dijo que los asuntos salvadoreños los resolvían los salvadoreños y se retiró.
Las presiones venían de más lejos que La Habana. Pese a lo que se decía, la Unión Soviética siempre estuvo en desacuerdo con la lucha armada en El Salvador, la posición que sostenía el Partido Comunista.
Excepto las FPL, las organizaciones del FMLN dependían de Cuba y países cercanos a la URSS para sobrevivir. “Marcial”, a pesar de que se le acusaba de ser un comunista intolerante, obtenía ayuda de lugares ajenos a la órbita soviética: Al Fatah, de la Organización para la Liberación de Palestina, de línea socialdemócrata; Yugoslavia, la “oveja negra” del mundo socialista; Libia, abiertamente antisoviética, y diversos países europeos y latinoamericanos más cercanos a la socialdemocracia. “Marcial” podía darse el lujo de desairar al gobierno cubano, y eso hizo.
Quedaba la posibilidad de desplazarlo de la jefatura de las FPL, y en efecto sus tesis fueron derrotadas en los órganos de dirección, cooptados por el sector de “Ana María”, a principios de 1983. En abril debía reunirse el Consejo Revolucionario de las FPL, y allí “Marcial” sería destituido. A través de una serie de maniobras, logró que se aplazara hasta agosto siguiente, la fecha aproximada para la cual se consideraba el lanzamiento de la nueva ofensiva, con o sin el resto del FMLN. (Si era factible o no es un tema que escapa al alcance de este breve recuento.)
UN FINAL SIN EPÍLOGO
En abril de 1984, un año después del suicidio de “Marcial”, el juez que condenó al comandante “Marcelo” declaró a petición del abogado defensor que, “...de conformidad con el art. 186 del Código de Instrucción Criminal, en razón de su fallecimiento debe sobreseerse definitivamente en la presente causa a Salvador Cayetano Carpio (Marcial), mencionado por la Procuraduría Penal como autor intelectual del delito investigado. Siendo opinión de esta autoridad que se adhiere a lo expresado por el defensor Gutiérrez Mayorga en su escrito de defensa, que no fueron aportadas pruebas en el proceso que respalden tal imputación.”
En otras palabras, Salvador Cayetano Carpio fue declarado inocente (o más correctamente “no culpable”) del asesinato de Mélida Anaya Montes. A pesar de todas las investigaciones de los sandinistas y las FPL, la autoría intelectual sólo pudo ser atribuida a Rogelio Bazzaglia. Es un dato que el FMLN nunca dio a conocer, y hasta la fecha.
Como resultado de la muerte de “Marcial”, mientras tanto, la mayor parte de sus colaboradores y seguidores, los que no se sumaron a la “nueva línea”, dirigida por Salvador Sánchez Cerén, fueron expulsados, y existe el rumor de que muchos fueron “purgados” a través de las acciones de “Mayo Sibrián”, el comandante psicópata de la zona parecentral, responsable del asesinato de al menos un millar de militantes y colaboradores. Otros, como su esposa, fueron enviados a Cuba en un virtual arresto; otros simplemente se retiraron, y sólo unos cuantos trataron de formar nuevas organizaciones, que se esfumaron en poco tiempo.
Había el rumor insistente, en los días del asesinato de “Ana María”, de que los sandinistas le habían colocado un dispositivo de vigilancia especial, que incluía a militares y perros bien entrenados. Tres semanas antes del crimen, se dice, el dispositivo fue retirado sin mayores explicaciones. Pero esto no hay nadie vivo que pueda o que quiera confirmarlo. Sería como decir que alguien dejó a la comandante a la absoluta merced de sus asesinos.
MUERTE POR SUEÑO
La pregunta está en pie: si era inocente, ¿por qué se suicidó “Marcial”? En una entrevista realizada por este autor en 2002, su esposa, Tula Alvarenga, da una respuesta posible, que a muchos sonará simple, pero que es simplemente humana. A continuación se transcribe un fragmento:
“Le ofrecí de cenar a Salvador, unos huevitos con frijoles o algo. Me dijo que no quería comer, que no tenía hambre, que mejor le preparara un té negro. Así que fui a la cocina y le preparé un té con limón, y otro para mí.
“Me di cuenta de que el té como que no le pasaba, como que no se lo podía tomar. Se lo tomaba a gotas, como por cucharadas, y seguía escribiendo.
“En una de ésas me dice:
“–Mirá, debías ir a ver si la Clarita [su nieta] se puso la pijama para dormir.
“Llegando al dormitorio oí los gritos de las compañeras. ‘Marcial se mató, Marcial se mató’, gritaban. No oí el ruido del disparo. No sé por qué, pero no lo oí. Debió sonar fuerte, pero no lo oí, sólo los gritos de las compañeras: ‘Marcial se mató, Marcial se mató.’ Y ya me olvidé de Clarita y no fui a ver si se había puesto la pijama.
“Estaba sentado en la silla y parecía que estaba vivo, pero tenía un balazo en el corazón. La sangre le había manchado los zapatos, le había manchado el pantalón, toda la ropa le estaba manchando. Salía la sangre a borbollones. En el corazón se dio el disparo. Tenía un hoyo y de allí le salía toda la sangre.
“Pero tenía una expresión serena, como si estuviera dormido. Bien serena. Hacía mucho que no le veía una expresión tan serena.
“No me acuerdo mucho de lo que pasó después, porque me puse muy mal. Mi primera reacción fue gritar ‘Lo mataron, lo mataron. ¿Por qué lo mataron? ¿Por qué?’
“Porque a Salvador nunca le conocí actitudes así, ideas suicidas. El no era así. Yo creí que lo habían matado.
“Desde lo que le hicieron a Ana María no había dormido. Desde ese momento no durmió, desde que salió de Libia. Llegó a Managua y tuvo reunión tras reunión tras reunión, con todo el mundo se reunía, y no era para menos con lo que había pasado: reuniones con los sandinistas, con los compañeros, con la comandancia, y trabajaba y trabajaba y trabajaba. Cuando se mató estaba trabajando, se había pasado toda la tarde escribiendo después de varias reuniones, y sin dormir ni un minuto en cinco días.
“Yo creo que una persona que no duerme en tanto tiempo no piensa igual que una que ha dormido aunque sea un rato. No ve las cosas del mismo modo. Estaba muy cansado. A lo mejor si hubiera dormido un poquito en todo ese tiempo hubiera visto que las cosas podían arreglarse de otro modo. A lo mejor no se hubiera matado. No sé. Eso no se puede saber.
“Lo que yo sé es que, si ‘Marcial’ hubiera dado la orden, no hubiera permitido que ‘Marcelo’ y otra gente pagaran por lo que no debían. Salvador siempre se responsabilizaba de sus actos.”
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29 de abril de 2008
"Marcial" en un callejón sin salida
Así tituló El mundo de hoy la segunda de tres entregas de una nota que escribí acerca del suicidio de Salvador Cayetano Carpio. Sí, generalmente los títulos se dejan a los editores, salvo excepciones; en este caso preferí que así fuera. No se me ocurrió un título "pegador".
Hoy sí pusieron la nota en internet. Puede encontrarse en este link.
Anoche me habló un amigo que fue de las FPL, de la línea marcialista, y comentamos largamente acerca del asunto. Entre otras cosas, me decía que el peligro, siempre, es que las cosas se puedan politizar, esto es: que sirvan para beneficio personal de alguien, o partidario de alguien más (o del mismo, qué rayos). Y, sí, ése siempre es un riesgo cuando uno se pone a escribir de cosas que se encuentran tan en el borde como el asunto de Marcial y Ana María. Izquierda contra izquierda. Las marrullerías de gente que uno supone compañeros, pero que no dejan de ser humanos, con todas las implicaciones del caso.
Incluso entre los propios marcialistas (por allí hay un montón) existe el temor de que hablar del caso sea "dar armas al enemigo". Lo mismo con lo de Mayo Sibrián y qué sé yo cuántas cosas más.
Le explicaba a mi amigo, que sabe mucho más que yo del caso (él estuvo en Managua el día del suicidio de Marcial, e incluso llegó a su casa cuando aún no se llevaban el cadáver; le dije que es algo que tiene que contar), que he tenido ese temor, pero no muy marcado. Para mí el asunto de Marcial no es político ni ideológico, sino personal. Tula Alvarenga, su esposa, es mi tía, y Marcial era amigo de la familia. Había en casa una caja de té negro, que ninguno de nosotros tomaba --preferíamos el café; sí, era la época en que yo aún tomaba café--, para cuando quisiera llegar, y le gustaba sentarse en una haragana en la que dejó los surcos de sus uñas, en la parte donde se descansan las manos. Marcial era un tipo que parecía siempre tranquilo y relajado, pero su modo de soltar la tensión era rascar. Estuviera donde estuviera, rascaba algo.
Es personal, también, porque la imagen de megalómano casi psicópata, con un ego del tamaño de alguna pirámide de regular tamaño, e igual de inamovible, de tipo autoritario al extremo, no tiene nada que ver con la realidad. Era un tipo suave, incluso tierno en el trato, como lo es Tulita, su esposa. Nunca los vi juntos, pero en algún momento hubieran parecido una pareja de viejitos que ya pasaron por todo, incluso un tanto aburridos, pero cariñosos entre sí y con todo lo que se les pusiera alrededor. Eso no significa que Marcial no haya tomado decisiones fuertes, e incluso terribles e injustificadas (en Tiempos de locura hablo de varias de ellas), sino que hay veinticinco años de mostrar algo que simplemente no es cierto.
En lo del culto a la personalidad, hay algo que me consta. La gente más cercana a él lo trataba con mucho respeto, pero con franqueza y naturalidad, y el viejo otro tanto. Fue a muchos de los que después se lanzaron con lo del culto a los que vi incluso hacer genuflexiones ante él, adularlo y tratar de convencernos de que el Ho Chi Minh salvadoreño y todas esas sandeces. Marcial los veía con una sonrisa neutra, y más bien de hastío, y con razón. Todas las proporciones guardadas, más de una vez a más de uno se le ha ocurrido tratar de adularme, por los motivos que sea. Es incómodo. No hay modo de decir: "Ey, ponte serio, respétate y, de paso, vete al carajo, porque no confío en alguien que cree que soy un estúpido sin conocimiento de causa." Uno puede ser estúpido, pero el conocimiento de causa ayuda a ubicarse.
Es personal, también, porque estoy seguro de que "eso" fue lo que mató a mi padre, muy lentamente. Hasta 1983, mi padre era un tipo que reía mucho y con muchas ganas. De repente soltaba unas carcajadas bien roncas --tenía un registro de bajo profundo, con todo y que era pequeño-- que daban gusto. Entre los primeros recuerdos de mi vida están esas carcajadas. Se acabaron el 12 de abril de 1983. Si alguna vez llegué a oírlo reírse, era como se ríe alguien que anda en muletas y le duele. También agarró una depresión crónica que lo tiraba días enteros, y lo ponía en unos estados de los que no hablaré aquí, porque no viene al caso y porque no quiero.
A través de él supe algunas cosas de las que hablo en el reportaje, muy pocas, y sólo de manera eventual. Hubo otras que jamás me contó, y fue imposible sacárselas. Cuando por fin lo convencí de que escribiéramos un libro sobre el tema, enfermó de cáncer y las prioridades cambiaron. Fue cuando llegué a El Salvador, para recuperar una casa familiar que seguro haría falta vender para pagar lo que le tocó pagar por la enfermedad. Sólo dejó algunos apuntes que, en serio, no sirven para mucho. Me pasó lo mismo que con Tiempos de locura: él hubiera podido ayudarme, o escribirlo, pero puess no, porque ya se había muerto cuando surgió la idea,y en serio que no dejó archivos, como a alguien se le ocurrió inventar. Así que a investigar, con las pocas pistas que tenía a mano.
Es personal porque yo no tenía que haberme enterado de muchas cosas, y sin embargo no sólo me enteré, sino que me tocó estar en medio y recibir más de un raspón. Y cargar con eso a la espalda es bastante incómodo. Más de la mitad de mi vida cargando pesos ajenos. Ya estuvo suave. Y en especial cuando uno ve cómo se deforma lo que pasó hasta grados en que resulta irreconocible; cómo hay gente que se viste con ropa que le queda inmensa (o pasa lo del rey que va desnudo y nadie se atreve a decírselo), y uno allí diciéndose a solas: "Que no joda. Sabe que está mintiendo, y lo peor es que hay un montón de gente que se lo traga."
Es personal, pues. No me paga la OIE ni Gobernación. Ni siquiera El mundo; hay cosas por las que uno no cobra ni quiere cobrar. Esas notas son parte de ello, y así quedó acordado con Lafitte Fernández, que fue quien me las pidió. "No le voy a cambiar una sola coma", me dijo, y fue innecesario que lo dijera; en dos años de trabajo con él en Vértice, tuve toda la libertad que quise para escribir lo que quise con el enfoque que se me dio la gana. A veces me daban el tema, o yo lo consultaba, pero el modo de hacerlo y lo que decía nunca estuvo en cuestión.
Y, al leer ya publicada la nota, me gusta el estilo de crónica policial. Sólo hay una pequeña parte de la información del libro y, como dije ayer, el carácter de éste es radicalmente diferente. Digamos que en 5,000 palabras en total no se puede decir todo, y que quedó como la versión cinematográfica de una novela muy gruesa. (No, el libro tampoco es muy grande. Quizá unas 130 cuartillas.)
Todo lo anterior lo escribo en realidad para mí mismo, como una especie de recuento de cosas. Si alguien me cree, bien. Si no, pues no. Una amiga creyó que era un asunto de ficción, algo así como las notas para una novela. No. No hay ficción. Alguna vez intenté hacer una novela, y no pude. Es demasiado personal. Así que se trata de un relato de algunos aspectos de un caso terrible, del que todos deberíamos saber, porque es parte de nuestra historia, de lo que es el país ahora y que nos afecta, sea o no nuestra intención. Si ven que no se mencionan fuentes es por falta de espacio. Las hay. Muchas. Cuando aparezca el libro se enterarán. Bueno, los que quieran comprarlo.
Durante todo este rato he estado pensando si transcribir aquí la nota o dejar que la lean en El mundo. Lo que les recomiendo es que la lean allá, con los encabezados del editor y todo, pero la dejo también aquí para registro. La nota va acompañada por la carta de suicidio de Marcial, que publiqué hace un par de años en este blog. Se puede encontrar en este link.
Va, pues, la nota de hoy:
A PRIMERAS HORAS DE LA TARDE, el 12 de abril de 1983, Salvador Cayetano Carpio, comandante “Marcial”, salió hacia su casa en la urbanización Las Colinas, luego de una reunión con el jefe del Ejército Sandinista, Humberto Ortega, y el ministro del Interior de Nicaragua, Tomás Borge. Había llegado como primer responsable de las Fuerzas Populares de Liberación “Farabundo Martí” (FPL), y salió bajo arresto, rodeado por agentes de la Seguridad del Estado y efectivos del Ejército Popular Sandinista.
La noticia del arresto la conocieron algunos de sus allegados. Le propusieron activar un plan de contingencia que estaba preparado desde hacía algún tiempo: una operación armada para sacarlo de su casa junto con su esposa, Tula Alvarenga, para luego trasladarlo clandestinamente a Chalatenango, donde podría seguir como dirigente indiscutido de su organización, la mayor y más poderosa del FMLN.
El plan se había fraguado en enero anterior, luego de que las tesis de Carpio acerca de la guerra fueran derrotadas en la Comisión Política de las FPL por la fracción que encabezaba Mélida Anaya Montes, la comandante “Ana María”, asesinada seis días atrás. Era casi seguro el desplazamiento de “Marcial” de la jefatura de su organización, pero aún faltaban algunos meses para que se produjera, y había en marcha un plan que cambiaría radicalmente el curso de la revolución salvadoreña.
Aunque la liberación y fuga de “Marcial” parecía factible, éste se negó. Nadie supo el motivo, pero hay un dato importante: para ese momento, Carpio llevaba cinco días sin dormir. Había pasado en incontables reuniones, y la última no había sido la más fácil.
UN EXILIO ROJO
Humberto Ortega y Tomás Borge le mostraron, durante la reunión, las pruebas de que gente manejada por Rogelio Bazzaglia, comandante “Marcelo”, responsable de inteligencia de las FPL, había perpetrado el asesinato de Ana María. En el primer comunicado acerca del suicidio de “Marcial” se aseguró que éste se había matado abrumado por la noticia de que alguien tan cercano había sido el culpable.
Según otras fuentes, el asunto no fue tan sencillo. Durante la reunión, los comandantes sandinistas le dijeron a Carpio que la investigación seguía abierta, y que esperaban su cooperación. Como primera medida, le exigieron que entregara los archivos de las FPL. “Marcial” se negó: significaba entregar a toda una organización clandestina y en lucha a gente extraña.
Las presiones de los sandinistas no se hicieron esperar. En un principio le dijeron que, si no cooperaba, podían acusarlo de proteger a los asesinos, y que eso tendría consecuencias para su imagen y para la revolución salvadoreña. “Marcial” siguió negándose, y entonces los sandinistas le advirtieron que, si no entregaba los archivos, lo acusarían de ser el autor intelectual del crimen, y el daño para él y para su lucha sería irreparable. Al ver que la negativa continuaba, apostaron a la carta mayor.
Debía entregar los archivos y, mientras se realizaba la investigación, retirarse de su cargo. No se daría a conocer al público, incluso si se encontraba evidencia en su contra, y seguiría apareciendo como el jefe máximo de su organización. Su firma iría en los comunicados de las FPL y del FMLN. Durante ese tiempo, él y su esposa vivirían en un “país amigo”, alejado del centro de las cosas políticas salvadoreñas –es decir Managua–, y se mencionó a Cuba y Alemania Democrática como destinos probables.
Parte de los datos anteriores los confirma Salvador Sánchez Cerén en el libro “Con la mirada en alto”, de la chilena Martha Harnecker, y precisamente él era uno de los interesados en que “Marcial” entregara los archivos: era uno de los más cercanos a “Ana María”, y terminaría sustituyendo a Carpio.
Según Sánchez Cerén, en cierto momento “Marcial” se negó a seguir hablando. Fue entonces que lo colocaron bajo arresto, que debía cumplir junto con su esposa, quien también tenía una larga carrera como dirigente política desde hacía cuatro décadas.
Luego de llegar a su casa y de hablar con algunos militantes de las FPL, Marcial se dedicó el resto del día a escribir dos o tres cartas (aún no se sabe con exactitud). Por lo menos una de ellas era su carta de suicidio, que se reproduce junto con esta nota.
UN ASUNTO POLÍTICO
Hasta ahora, las FPL y el FMLN han tratado de presentar el “caso Marcial–Ana María” como un asunto de carácter policial, hasta el grado de presentar a Carpio como un megalómano que asesinó a una rival que quería desplazarlo, y no mucho más que eso. Y el desplazamiento era casi seguro, al menos de los órganos de dirección de las FPL, y el plan de sacarlo a Chalatenango estaba listo para cuando ocurriera: en Managua, Carpio estaba a expensas de los sandinistas; en Chalatenango se movería en su territorio y bajo sus reglas.
Había además otras fuerzas y gobiernos que también querían el desplazamiento de “Marcial”, y que apoyaban a “Ana María” y su gente para sacarlo del mapa. Las pugnas más fuertes se habían producido tras la derrota de la “ofensiva final” de enero de 1981, promovida por las otras fuerzas del FMLN, y sólo en parte por las FPL. (Hay información al respecto en el libro “Tiempos de locura. El Salvador 1979–1981”, del autor de estas líneas, publicado por FLACSO en 2006, y de próxima reaparición.)
Tras las enseñanzas de la derrota, “Marcial” preparaba desde hacía menos de un año el lanzamiento de una nueva ofensiva militar, que debía ocurrir en algún momento entre agosto y octubre de 1983. Era esto lo que le urgía detener al sector de “Ana María” y a las demás organizaciones del FMLN, en aras de una negociación.
El último intento por frenar a Carpio “por las buenas” había sido una serie de reuniones convocadas por Fidel Castro en La Habana, en diciembre de 1982. Es probable que allí se sellara el destino de “Marcial”, y quizá también el de “Ana María”.
Hoy sí pusieron la nota en internet. Puede encontrarse en este link.
Anoche me habló un amigo que fue de las FPL, de la línea marcialista, y comentamos largamente acerca del asunto. Entre otras cosas, me decía que el peligro, siempre, es que las cosas se puedan politizar, esto es: que sirvan para beneficio personal de alguien, o partidario de alguien más (o del mismo, qué rayos). Y, sí, ése siempre es un riesgo cuando uno se pone a escribir de cosas que se encuentran tan en el borde como el asunto de Marcial y Ana María. Izquierda contra izquierda. Las marrullerías de gente que uno supone compañeros, pero que no dejan de ser humanos, con todas las implicaciones del caso.
Incluso entre los propios marcialistas (por allí hay un montón) existe el temor de que hablar del caso sea "dar armas al enemigo". Lo mismo con lo de Mayo Sibrián y qué sé yo cuántas cosas más.
Le explicaba a mi amigo, que sabe mucho más que yo del caso (él estuvo en Managua el día del suicidio de Marcial, e incluso llegó a su casa cuando aún no se llevaban el cadáver; le dije que es algo que tiene que contar), que he tenido ese temor, pero no muy marcado. Para mí el asunto de Marcial no es político ni ideológico, sino personal. Tula Alvarenga, su esposa, es mi tía, y Marcial era amigo de la familia. Había en casa una caja de té negro, que ninguno de nosotros tomaba --preferíamos el café; sí, era la época en que yo aún tomaba café--, para cuando quisiera llegar, y le gustaba sentarse en una haragana en la que dejó los surcos de sus uñas, en la parte donde se descansan las manos. Marcial era un tipo que parecía siempre tranquilo y relajado, pero su modo de soltar la tensión era rascar. Estuviera donde estuviera, rascaba algo.
Es personal, también, porque la imagen de megalómano casi psicópata, con un ego del tamaño de alguna pirámide de regular tamaño, e igual de inamovible, de tipo autoritario al extremo, no tiene nada que ver con la realidad. Era un tipo suave, incluso tierno en el trato, como lo es Tulita, su esposa. Nunca los vi juntos, pero en algún momento hubieran parecido una pareja de viejitos que ya pasaron por todo, incluso un tanto aburridos, pero cariñosos entre sí y con todo lo que se les pusiera alrededor. Eso no significa que Marcial no haya tomado decisiones fuertes, e incluso terribles e injustificadas (en Tiempos de locura hablo de varias de ellas), sino que hay veinticinco años de mostrar algo que simplemente no es cierto.
En lo del culto a la personalidad, hay algo que me consta. La gente más cercana a él lo trataba con mucho respeto, pero con franqueza y naturalidad, y el viejo otro tanto. Fue a muchos de los que después se lanzaron con lo del culto a los que vi incluso hacer genuflexiones ante él, adularlo y tratar de convencernos de que el Ho Chi Minh salvadoreño y todas esas sandeces. Marcial los veía con una sonrisa neutra, y más bien de hastío, y con razón. Todas las proporciones guardadas, más de una vez a más de uno se le ha ocurrido tratar de adularme, por los motivos que sea. Es incómodo. No hay modo de decir: "Ey, ponte serio, respétate y, de paso, vete al carajo, porque no confío en alguien que cree que soy un estúpido sin conocimiento de causa." Uno puede ser estúpido, pero el conocimiento de causa ayuda a ubicarse.
Es personal, también, porque estoy seguro de que "eso" fue lo que mató a mi padre, muy lentamente. Hasta 1983, mi padre era un tipo que reía mucho y con muchas ganas. De repente soltaba unas carcajadas bien roncas --tenía un registro de bajo profundo, con todo y que era pequeño-- que daban gusto. Entre los primeros recuerdos de mi vida están esas carcajadas. Se acabaron el 12 de abril de 1983. Si alguna vez llegué a oírlo reírse, era como se ríe alguien que anda en muletas y le duele. También agarró una depresión crónica que lo tiraba días enteros, y lo ponía en unos estados de los que no hablaré aquí, porque no viene al caso y porque no quiero.
A través de él supe algunas cosas de las que hablo en el reportaje, muy pocas, y sólo de manera eventual. Hubo otras que jamás me contó, y fue imposible sacárselas. Cuando por fin lo convencí de que escribiéramos un libro sobre el tema, enfermó de cáncer y las prioridades cambiaron. Fue cuando llegué a El Salvador, para recuperar una casa familiar que seguro haría falta vender para pagar lo que le tocó pagar por la enfermedad. Sólo dejó algunos apuntes que, en serio, no sirven para mucho. Me pasó lo mismo que con Tiempos de locura: él hubiera podido ayudarme, o escribirlo, pero puess no, porque ya se había muerto cuando surgió la idea,y en serio que no dejó archivos, como a alguien se le ocurrió inventar. Así que a investigar, con las pocas pistas que tenía a mano.
Es personal porque yo no tenía que haberme enterado de muchas cosas, y sin embargo no sólo me enteré, sino que me tocó estar en medio y recibir más de un raspón. Y cargar con eso a la espalda es bastante incómodo. Más de la mitad de mi vida cargando pesos ajenos. Ya estuvo suave. Y en especial cuando uno ve cómo se deforma lo que pasó hasta grados en que resulta irreconocible; cómo hay gente que se viste con ropa que le queda inmensa (o pasa lo del rey que va desnudo y nadie se atreve a decírselo), y uno allí diciéndose a solas: "Que no joda. Sabe que está mintiendo, y lo peor es que hay un montón de gente que se lo traga."
Es personal, pues. No me paga la OIE ni Gobernación. Ni siquiera El mundo; hay cosas por las que uno no cobra ni quiere cobrar. Esas notas son parte de ello, y así quedó acordado con Lafitte Fernández, que fue quien me las pidió. "No le voy a cambiar una sola coma", me dijo, y fue innecesario que lo dijera; en dos años de trabajo con él en Vértice, tuve toda la libertad que quise para escribir lo que quise con el enfoque que se me dio la gana. A veces me daban el tema, o yo lo consultaba, pero el modo de hacerlo y lo que decía nunca estuvo en cuestión.
Y, al leer ya publicada la nota, me gusta el estilo de crónica policial. Sólo hay una pequeña parte de la información del libro y, como dije ayer, el carácter de éste es radicalmente diferente. Digamos que en 5,000 palabras en total no se puede decir todo, y que quedó como la versión cinematográfica de una novela muy gruesa. (No, el libro tampoco es muy grande. Quizá unas 130 cuartillas.)
Todo lo anterior lo escribo en realidad para mí mismo, como una especie de recuento de cosas. Si alguien me cree, bien. Si no, pues no. Una amiga creyó que era un asunto de ficción, algo así como las notas para una novela. No. No hay ficción. Alguna vez intenté hacer una novela, y no pude. Es demasiado personal. Así que se trata de un relato de algunos aspectos de un caso terrible, del que todos deberíamos saber, porque es parte de nuestra historia, de lo que es el país ahora y que nos afecta, sea o no nuestra intención. Si ven que no se mencionan fuentes es por falta de espacio. Las hay. Muchas. Cuando aparezca el libro se enterarán. Bueno, los que quieran comprarlo.
Durante todo este rato he estado pensando si transcribir aquí la nota o dejar que la lean en El mundo. Lo que les recomiendo es que la lean allá, con los encabezados del editor y todo, pero la dejo también aquí para registro. La nota va acompañada por la carta de suicidio de Marcial, que publiqué hace un par de años en este blog. Se puede encontrar en este link.
Va, pues, la nota de hoy:
A PRIMERAS HORAS DE LA TARDE, el 12 de abril de 1983, Salvador Cayetano Carpio, comandante “Marcial”, salió hacia su casa en la urbanización Las Colinas, luego de una reunión con el jefe del Ejército Sandinista, Humberto Ortega, y el ministro del Interior de Nicaragua, Tomás Borge. Había llegado como primer responsable de las Fuerzas Populares de Liberación “Farabundo Martí” (FPL), y salió bajo arresto, rodeado por agentes de la Seguridad del Estado y efectivos del Ejército Popular Sandinista.
La noticia del arresto la conocieron algunos de sus allegados. Le propusieron activar un plan de contingencia que estaba preparado desde hacía algún tiempo: una operación armada para sacarlo de su casa junto con su esposa, Tula Alvarenga, para luego trasladarlo clandestinamente a Chalatenango, donde podría seguir como dirigente indiscutido de su organización, la mayor y más poderosa del FMLN.
El plan se había fraguado en enero anterior, luego de que las tesis de Carpio acerca de la guerra fueran derrotadas en la Comisión Política de las FPL por la fracción que encabezaba Mélida Anaya Montes, la comandante “Ana María”, asesinada seis días atrás. Era casi seguro el desplazamiento de “Marcial” de la jefatura de su organización, pero aún faltaban algunos meses para que se produjera, y había en marcha un plan que cambiaría radicalmente el curso de la revolución salvadoreña.
Aunque la liberación y fuga de “Marcial” parecía factible, éste se negó. Nadie supo el motivo, pero hay un dato importante: para ese momento, Carpio llevaba cinco días sin dormir. Había pasado en incontables reuniones, y la última no había sido la más fácil.
UN EXILIO ROJO
Humberto Ortega y Tomás Borge le mostraron, durante la reunión, las pruebas de que gente manejada por Rogelio Bazzaglia, comandante “Marcelo”, responsable de inteligencia de las FPL, había perpetrado el asesinato de Ana María. En el primer comunicado acerca del suicidio de “Marcial” se aseguró que éste se había matado abrumado por la noticia de que alguien tan cercano había sido el culpable.
Según otras fuentes, el asunto no fue tan sencillo. Durante la reunión, los comandantes sandinistas le dijeron a Carpio que la investigación seguía abierta, y que esperaban su cooperación. Como primera medida, le exigieron que entregara los archivos de las FPL. “Marcial” se negó: significaba entregar a toda una organización clandestina y en lucha a gente extraña.
Las presiones de los sandinistas no se hicieron esperar. En un principio le dijeron que, si no cooperaba, podían acusarlo de proteger a los asesinos, y que eso tendría consecuencias para su imagen y para la revolución salvadoreña. “Marcial” siguió negándose, y entonces los sandinistas le advirtieron que, si no entregaba los archivos, lo acusarían de ser el autor intelectual del crimen, y el daño para él y para su lucha sería irreparable. Al ver que la negativa continuaba, apostaron a la carta mayor.
Debía entregar los archivos y, mientras se realizaba la investigación, retirarse de su cargo. No se daría a conocer al público, incluso si se encontraba evidencia en su contra, y seguiría apareciendo como el jefe máximo de su organización. Su firma iría en los comunicados de las FPL y del FMLN. Durante ese tiempo, él y su esposa vivirían en un “país amigo”, alejado del centro de las cosas políticas salvadoreñas –es decir Managua–, y se mencionó a Cuba y Alemania Democrática como destinos probables.
Parte de los datos anteriores los confirma Salvador Sánchez Cerén en el libro “Con la mirada en alto”, de la chilena Martha Harnecker, y precisamente él era uno de los interesados en que “Marcial” entregara los archivos: era uno de los más cercanos a “Ana María”, y terminaría sustituyendo a Carpio.
Según Sánchez Cerén, en cierto momento “Marcial” se negó a seguir hablando. Fue entonces que lo colocaron bajo arresto, que debía cumplir junto con su esposa, quien también tenía una larga carrera como dirigente política desde hacía cuatro décadas.
Luego de llegar a su casa y de hablar con algunos militantes de las FPL, Marcial se dedicó el resto del día a escribir dos o tres cartas (aún no se sabe con exactitud). Por lo menos una de ellas era su carta de suicidio, que se reproduce junto con esta nota.
UN ASUNTO POLÍTICO
Hasta ahora, las FPL y el FMLN han tratado de presentar el “caso Marcial–Ana María” como un asunto de carácter policial, hasta el grado de presentar a Carpio como un megalómano que asesinó a una rival que quería desplazarlo, y no mucho más que eso. Y el desplazamiento era casi seguro, al menos de los órganos de dirección de las FPL, y el plan de sacarlo a Chalatenango estaba listo para cuando ocurriera: en Managua, Carpio estaba a expensas de los sandinistas; en Chalatenango se movería en su territorio y bajo sus reglas.
Había además otras fuerzas y gobiernos que también querían el desplazamiento de “Marcial”, y que apoyaban a “Ana María” y su gente para sacarlo del mapa. Las pugnas más fuertes se habían producido tras la derrota de la “ofensiva final” de enero de 1981, promovida por las otras fuerzas del FMLN, y sólo en parte por las FPL. (Hay información al respecto en el libro “Tiempos de locura. El Salvador 1979–1981”, del autor de estas líneas, publicado por FLACSO en 2006, y de próxima reaparición.)
Tras las enseñanzas de la derrota, “Marcial” preparaba desde hacía menos de un año el lanzamiento de una nueva ofensiva militar, que debía ocurrir en algún momento entre agosto y octubre de 1983. Era esto lo que le urgía detener al sector de “Ana María” y a las demás organizaciones del FMLN, en aras de una negociación.
El último intento por frenar a Carpio “por las buenas” había sido una serie de reuniones convocadas por Fidel Castro en La Habana, en diciembre de 1982. Es probable que allí se sellara el destino de “Marcial”, y quizá también el de “Ana María”.
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28 de abril de 2008
Historia de un crimen polémico
Así tituló El mundo la nota en tres partes, de dos páginas cada una, que escribí para que aparecieran publicadas hoy, mañana y pasado mañana. La nota viene en la edición impresa bajo el rubro "Grandes series", pero no la encontré en la edición electrónica, así que la transcribo por acá. Tiene algunas ilustraciones del periódico Barricada de abril de 1983, que ya he publicado en este blog. Y, sí, trata acerca del suicidio de Salvador Cayetano Carpio y del aesinato de Mélida Anaya Montes.
Es un resumen bastante corto de un libro sobre el tema que escribí en 2002, con actualizaciones en años posteriores, y que se encuentra aún inédito. Quizá se publique este año; hay ofertas desde que lo terminé, pero siempre he esperado el momento adecuado, y nunca llega. El carácter del libro es bien diferente al de la nota; lo que resumo es alguna de la información, nada más. Aquí traté de darle carácter casi de crónica policial, para evitar ideologizaciones, subjetividades y todo eso. Una parte de la información proviene de fuentes que prefieren el anonimato, pero hay mucha que es de carácter público; todo es cosa de buscarle.
Va, pues, la nota:
El 12 de abril de 1983, a eso de las 9:45 de la noche, una fuerte detonación resonó en la urbanización Las Colinas de Managua, lugar de residencia, entre otros, de altos militares nicaragüenses y comandantes guerrilleros salvadoreños. Un grupo de soldados sandinistas bien armados entró de golpe en una de las tantas casas del lugar y en la cocina, dentro de una alacena, encontró el cadáver de un hombre pequeño, de sesenta y cinco años de edad, de cuyo pecho aún salían golpes regulares de sangre.
–¡Lo mataron! ¡Lo mataron! ¿Por qué lo mataron? –gritó una mujer que apareció desde una de las habitaciones, y nadie supo qué contestar, porque ninguno de los presentes sabía lo que había ocurrido.
De alguna manera lograron contener a la mujer, y pronto la casa se llenó de gente y más gente, en especial de militares nicaragüenses, agentes de la Seguridad del Estado y jefes políticos y militares de la guerrilla salvadoreña. No hizo falta mucho tiempo para saber lo que había ocurrido: Salvador Cayetano Carpio, comandante “Marcial”, primer responsable de las Fuerzas Populares de Liberación “Farabundo Martí” (FPL) –la más poderosa de las organizaciones guerrilleras del FMLN– se había suicidado de un disparo en el corazón. Era su cuerpo el que sangraba dentro de la alacena, ocupada por una silla y una mesa, donde acostumbraba trabajar.
Unos minutos antes le había pedido a su esposa, Tula Alvarenga, que fuera a revisar si su nieta se había puesto el pijama. Cuando ella lo hizo, fue a la alacena y se disparó. Para su suicidio utilizó una pistola extraña, un revólver sin tambor, de cuatro bocas, calibre .357, que le fue regalado por el “hombre fuerte” de Panamá, Manuel Antonio Noriega, a instancias de José de Jesús Martínez, filósofo, matemático y jefe de escoltas del desaparecido Omar Torrijos, a quien Noriega había sustituido en el poder menos de dos años atrás.
Pasaría una semana antes de que se diera a conocer al público el suicidio de “Marcial”, y varios meses antes de que se supiera que, en el momento de su muerte, el líder histórico de la revolución salvadoreña, con cuarenta años de luchas a la espalda, se encontraba ese día bajo arresto domiciliario, en medio de una investigación de asesinato en la cual, a la larga, se le acusaría como autor intelectual.
Un año después de su muerte, Carpio fue explícitamente exonerado de los cargos por un juez, pero esa información jamás se dio a conocer; era demasiado lo que había de por medio para la izquierda salvadoreña y, hasta la fecha, la imagen del dirigente sindical, que sufrió persecuciones, cárceles y torturas, que logró articular uno de los movimientos de masas más importantes que ha habido en América Latina (el Bloque Popular Revolucionario) y una de las guerrillas más poderosas, fue trastocada por la de un asesino megalómano y cruel, y su nombre se convirtió en sinónimo de todo lo malo que pudiera imaginar cualquier militante de la izquierda radical.
UN TERRIBLE ASESINATO
El camino hacia el suicidio había comenzado seis días antes, la madrugada del 6 de abril de 1983. Un grupo de hombres armados había entrado en la casa de Mélida Anaya Montes, “Ana María”, la segunda responsable de las FPL, con la ayuda de sus propias escoltas y de la empleada doméstica, y la había asesinado. Tres fueron los comandos que entraron en la casa, ubicada en el kilómetro 15.5 de la Carretera Sur de Managua. El responsable de la operación se encontraba a unos pasos del lugar, dentro de un vehículo encendido, esperando.
El crimen fue digno de una película de gángsters de bajo presupuesto. Los asesinos la tomaron de las extremidades y le infirieron ochenta y dos golpes con un picahielo. “Ana María” era una mujer fuerte y se negó a morir. Entonces uno de los asesinos la degolló. El diario “Barricada” publicaría la foto al día siguiente, en primera plana. Tanto las autoridades sandinistas como las FPL y el FMLN acusaron del asesinato a la Agencia Central de Inteligencia (CIA) de Estados Unidos: ¿quién más podía haber hecho algo tan monstruoso?
La CIA, en contra de su costumbre de no negar o confirmar las acusaciones en su contra, lanzó un comunicado casi de inmediato para desmentir cualquier participación en el hecho. Nadie tomó el comunicado muy en serio; no se iba a hacer caso de los desmentidos del enemigo. En todo caso, si no era la CIA, el responsable sería el gobierno salvadoreño; la diferencia no era demasiada.
Horas después del asesinato, Salvador Cayetano Carpio aterrizaba en Trípoli, la capital de Libia, en compañía de uno de sus más importantes asesores, Rafael Menjívar Larín, para entrevistarse con el presidente Muammar Khadafi. Poco antes habían hecho escala en Líbano, y quizá se reunieran con Yasser Arafat, el máximo dirigente de la Organización para la Liberación de Palestina. Antes, probablemente, estuvieran en Yugoslavia. Era obvio que andaban en una campaña internacional para “algo” que se preparaba desde casi un año antes, de lo que muy pocos tenían conocimiento.
En la escalerilla del avión, un enviado de Khadafi interceptó a Carpio y Menjívar y les dio la noticia: “Ana María” había sido asesinada. Había un avión esperándolos para trasladarlos a París, donde mientras tanto se buscaría el modo de que llegaran lo más pronto posible a Managua.
Es seguro que el viaje a París lo dedicaran a hablar acerca de lo que había ocurrido, de sus consecuencias y de lo que debía hacerse. En Francia, mientras esperaban el vuelo que los llevaría a México, sostuvieron una intensa reunión con representantes de las FPL, y las discusiones siguieron durante las nueve o diez horas de viaje al aeropuerto Benito Juárez del Distrito Federal.
Allí los esperaba ya una militante de su organización, que los llevó a una casa donde ya había otro grupo de militantes de las FPL. Una nueva reunión, más discusiones que duraron toda la noche y parte de la mañana, hasta que fue la hora de abordar el avión que los conduciría a Managua.
En el aeropuerto Augusto C. Sandino ya los esperaban agentes de la Seguridad del Estado para trasladarlos a la plaza que está frente al mercado Huembes, donde se celebraría la ceremonia luctuosa. El cuerpo de Mélida Anaya Montes sería enterrado al frente de una escuela primaria –un homenaje a su oficio de maestra–, que se rebautizaría con su nombre. La ceremonia ya estaba lista, y sólo esperaban a “Marcial” para dar inicio. Era el 11 de abril de 1983. Habían comenzado su viaje de regreso el día 7, y no habían dormido un minuto en todo ese tiempo.
Durante el servicio fúnebre, “Marcial” hizo un discurso laudatorio de “Ana María” y condenó su asesinato. “Se equivoca el imperialismo si cree que va a debilitar nuestra unidad. Vamos a fortalecerla hasta alcanzar la victoria final y por eso este día, al despedir a nuestra compañera, garantizamos intensificar la lucha contra el enemigo común, el imperialismo norteamericano, y estén seguros que lucharemos hasta el final por la libertad de los pueblos centroamericanos, que ya merecen su propio destino”, dijo, según reportó “Barricada” en su primera plana.
El final de la lucha, para Carpio, llegaría al día siguiente.
LA ÚLTIMA REUNIÓN
Después del sepelio continuaron las reuniones, y ya no sólo con la gente de las FPL, sino también con funcionarios del gobierno sandinista, de la Seguridad del Estado, con representantes del FMLN y del Frente Democrático Revolucionario, con representantes del gobierno cubano... Día y noche, sin descanso. No era el momento más propicio para dormir.
Hubo algo que “Marcial” de momento no supo: después del sepelio de “Ana María”, la policía sandinista hizo varios arrestos. El más importante fue el de Rogelio Bazzaglia, comandante “Marcelo”, responsable de inteligencia de las FPL. También se arrestó a gente cercana a él, al personal de seguridad de “Ana María”, a su empleada doméstica –que en realidad, cabe decirlo, era militante de las FPL–, y se puso a “Marcial” bajo vigilancia especial, con agentes de la Seguridad del Estado y del Ejército Popular Sandinista, además de sus escoltas habituales.
Al día siguiente, al mediodía, tras haber pasado la noche en blanco, Salvador Cayetano Carpio tuvo la última reunión formal de su vida. Lo convocaron el jefe de las Fuerzas Armadas, Humberto Ortega Saavedra, y el ministro del Interior, Tomás Borge, su amigo y compañero de ideas; dentro del gobierno sandinista, era el más cercano ideológicamente a él, y a quien reconocía como su interlocutor más confiable.
La reunión duró algunas horas. Se le comunicó a “Marcial” que el comandante “Marcelo” estaba bajo arresto, y que era el responsable directo del asesinato de “Ana María”, junto con varios militantes de las FPL. Había pruebas suficientes, que le mostraron. La empleada de “Ana María” había confesado, y los demás estaban a punto de hacerlo. “Marcial” debía cooperar en la investigación.
De la reunión –de la que se hablará con mayor detalle en la siguiente entrega–, Salvador Cayetano Carpio salió en calidad de arrestado. Se le despojó de su escolta personal y se le envió a casa bajo arresto domiciliario.
Dedicó la tarde a escribir varias cartas; algunos dicen que dos, otros que tres, entre ellas su nota de suicidio. No trabajó en la alacena, como acostumbraba, sino en la mesa del comedor, acompañado de Tula Alvarenga, su esposa y compañera de luchas desde cuarenta años atrás. Cuando terminó de escribir ya había entrado la noche. Le pidió a su esposa que viera si su nieta se había puesto la pijama.
Después se mató.
Es un resumen bastante corto de un libro sobre el tema que escribí en 2002, con actualizaciones en años posteriores, y que se encuentra aún inédito. Quizá se publique este año; hay ofertas desde que lo terminé, pero siempre he esperado el momento adecuado, y nunca llega. El carácter del libro es bien diferente al de la nota; lo que resumo es alguna de la información, nada más. Aquí traté de darle carácter casi de crónica policial, para evitar ideologizaciones, subjetividades y todo eso. Una parte de la información proviene de fuentes que prefieren el anonimato, pero hay mucha que es de carácter público; todo es cosa de buscarle.
Va, pues, la nota:
El 12 de abril de 1983, a eso de las 9:45 de la noche, una fuerte detonación resonó en la urbanización Las Colinas de Managua, lugar de residencia, entre otros, de altos militares nicaragüenses y comandantes guerrilleros salvadoreños. Un grupo de soldados sandinistas bien armados entró de golpe en una de las tantas casas del lugar y en la cocina, dentro de una alacena, encontró el cadáver de un hombre pequeño, de sesenta y cinco años de edad, de cuyo pecho aún salían golpes regulares de sangre.
–¡Lo mataron! ¡Lo mataron! ¿Por qué lo mataron? –gritó una mujer que apareció desde una de las habitaciones, y nadie supo qué contestar, porque ninguno de los presentes sabía lo que había ocurrido.
De alguna manera lograron contener a la mujer, y pronto la casa se llenó de gente y más gente, en especial de militares nicaragüenses, agentes de la Seguridad del Estado y jefes políticos y militares de la guerrilla salvadoreña. No hizo falta mucho tiempo para saber lo que había ocurrido: Salvador Cayetano Carpio, comandante “Marcial”, primer responsable de las Fuerzas Populares de Liberación “Farabundo Martí” (FPL) –la más poderosa de las organizaciones guerrilleras del FMLN– se había suicidado de un disparo en el corazón. Era su cuerpo el que sangraba dentro de la alacena, ocupada por una silla y una mesa, donde acostumbraba trabajar.
Unos minutos antes le había pedido a su esposa, Tula Alvarenga, que fuera a revisar si su nieta se había puesto el pijama. Cuando ella lo hizo, fue a la alacena y se disparó. Para su suicidio utilizó una pistola extraña, un revólver sin tambor, de cuatro bocas, calibre .357, que le fue regalado por el “hombre fuerte” de Panamá, Manuel Antonio Noriega, a instancias de José de Jesús Martínez, filósofo, matemático y jefe de escoltas del desaparecido Omar Torrijos, a quien Noriega había sustituido en el poder menos de dos años atrás.
Pasaría una semana antes de que se diera a conocer al público el suicidio de “Marcial”, y varios meses antes de que se supiera que, en el momento de su muerte, el líder histórico de la revolución salvadoreña, con cuarenta años de luchas a la espalda, se encontraba ese día bajo arresto domiciliario, en medio de una investigación de asesinato en la cual, a la larga, se le acusaría como autor intelectual.
Un año después de su muerte, Carpio fue explícitamente exonerado de los cargos por un juez, pero esa información jamás se dio a conocer; era demasiado lo que había de por medio para la izquierda salvadoreña y, hasta la fecha, la imagen del dirigente sindical, que sufrió persecuciones, cárceles y torturas, que logró articular uno de los movimientos de masas más importantes que ha habido en América Latina (el Bloque Popular Revolucionario) y una de las guerrillas más poderosas, fue trastocada por la de un asesino megalómano y cruel, y su nombre se convirtió en sinónimo de todo lo malo que pudiera imaginar cualquier militante de la izquierda radical.
UN TERRIBLE ASESINATO
El camino hacia el suicidio había comenzado seis días antes, la madrugada del 6 de abril de 1983. Un grupo de hombres armados había entrado en la casa de Mélida Anaya Montes, “Ana María”, la segunda responsable de las FPL, con la ayuda de sus propias escoltas y de la empleada doméstica, y la había asesinado. Tres fueron los comandos que entraron en la casa, ubicada en el kilómetro 15.5 de la Carretera Sur de Managua. El responsable de la operación se encontraba a unos pasos del lugar, dentro de un vehículo encendido, esperando.
El crimen fue digno de una película de gángsters de bajo presupuesto. Los asesinos la tomaron de las extremidades y le infirieron ochenta y dos golpes con un picahielo. “Ana María” era una mujer fuerte y se negó a morir. Entonces uno de los asesinos la degolló. El diario “Barricada” publicaría la foto al día siguiente, en primera plana. Tanto las autoridades sandinistas como las FPL y el FMLN acusaron del asesinato a la Agencia Central de Inteligencia (CIA) de Estados Unidos: ¿quién más podía haber hecho algo tan monstruoso?
La CIA, en contra de su costumbre de no negar o confirmar las acusaciones en su contra, lanzó un comunicado casi de inmediato para desmentir cualquier participación en el hecho. Nadie tomó el comunicado muy en serio; no se iba a hacer caso de los desmentidos del enemigo. En todo caso, si no era la CIA, el responsable sería el gobierno salvadoreño; la diferencia no era demasiada.
Horas después del asesinato, Salvador Cayetano Carpio aterrizaba en Trípoli, la capital de Libia, en compañía de uno de sus más importantes asesores, Rafael Menjívar Larín, para entrevistarse con el presidente Muammar Khadafi. Poco antes habían hecho escala en Líbano, y quizá se reunieran con Yasser Arafat, el máximo dirigente de la Organización para la Liberación de Palestina. Antes, probablemente, estuvieran en Yugoslavia. Era obvio que andaban en una campaña internacional para “algo” que se preparaba desde casi un año antes, de lo que muy pocos tenían conocimiento.
En la escalerilla del avión, un enviado de Khadafi interceptó a Carpio y Menjívar y les dio la noticia: “Ana María” había sido asesinada. Había un avión esperándolos para trasladarlos a París, donde mientras tanto se buscaría el modo de que llegaran lo más pronto posible a Managua.
Es seguro que el viaje a París lo dedicaran a hablar acerca de lo que había ocurrido, de sus consecuencias y de lo que debía hacerse. En Francia, mientras esperaban el vuelo que los llevaría a México, sostuvieron una intensa reunión con representantes de las FPL, y las discusiones siguieron durante las nueve o diez horas de viaje al aeropuerto Benito Juárez del Distrito Federal.
Allí los esperaba ya una militante de su organización, que los llevó a una casa donde ya había otro grupo de militantes de las FPL. Una nueva reunión, más discusiones que duraron toda la noche y parte de la mañana, hasta que fue la hora de abordar el avión que los conduciría a Managua.
En el aeropuerto Augusto C. Sandino ya los esperaban agentes de la Seguridad del Estado para trasladarlos a la plaza que está frente al mercado Huembes, donde se celebraría la ceremonia luctuosa. El cuerpo de Mélida Anaya Montes sería enterrado al frente de una escuela primaria –un homenaje a su oficio de maestra–, que se rebautizaría con su nombre. La ceremonia ya estaba lista, y sólo esperaban a “Marcial” para dar inicio. Era el 11 de abril de 1983. Habían comenzado su viaje de regreso el día 7, y no habían dormido un minuto en todo ese tiempo.
Durante el servicio fúnebre, “Marcial” hizo un discurso laudatorio de “Ana María” y condenó su asesinato. “Se equivoca el imperialismo si cree que va a debilitar nuestra unidad. Vamos a fortalecerla hasta alcanzar la victoria final y por eso este día, al despedir a nuestra compañera, garantizamos intensificar la lucha contra el enemigo común, el imperialismo norteamericano, y estén seguros que lucharemos hasta el final por la libertad de los pueblos centroamericanos, que ya merecen su propio destino”, dijo, según reportó “Barricada” en su primera plana.
El final de la lucha, para Carpio, llegaría al día siguiente.
LA ÚLTIMA REUNIÓN
Después del sepelio continuaron las reuniones, y ya no sólo con la gente de las FPL, sino también con funcionarios del gobierno sandinista, de la Seguridad del Estado, con representantes del FMLN y del Frente Democrático Revolucionario, con representantes del gobierno cubano... Día y noche, sin descanso. No era el momento más propicio para dormir.
Hubo algo que “Marcial” de momento no supo: después del sepelio de “Ana María”, la policía sandinista hizo varios arrestos. El más importante fue el de Rogelio Bazzaglia, comandante “Marcelo”, responsable de inteligencia de las FPL. También se arrestó a gente cercana a él, al personal de seguridad de “Ana María”, a su empleada doméstica –que en realidad, cabe decirlo, era militante de las FPL–, y se puso a “Marcial” bajo vigilancia especial, con agentes de la Seguridad del Estado y del Ejército Popular Sandinista, además de sus escoltas habituales.
Al día siguiente, al mediodía, tras haber pasado la noche en blanco, Salvador Cayetano Carpio tuvo la última reunión formal de su vida. Lo convocaron el jefe de las Fuerzas Armadas, Humberto Ortega Saavedra, y el ministro del Interior, Tomás Borge, su amigo y compañero de ideas; dentro del gobierno sandinista, era el más cercano ideológicamente a él, y a quien reconocía como su interlocutor más confiable.
La reunión duró algunas horas. Se le comunicó a “Marcial” que el comandante “Marcelo” estaba bajo arresto, y que era el responsable directo del asesinato de “Ana María”, junto con varios militantes de las FPL. Había pruebas suficientes, que le mostraron. La empleada de “Ana María” había confesado, y los demás estaban a punto de hacerlo. “Marcial” debía cooperar en la investigación.
De la reunión –de la que se hablará con mayor detalle en la siguiente entrega–, Salvador Cayetano Carpio salió en calidad de arrestado. Se le despojó de su escolta personal y se le envió a casa bajo arresto domiciliario.
Dedicó la tarde a escribir varias cartas; algunos dicen que dos, otros que tres, entre ellas su nota de suicidio. No trabajó en la alacena, como acostumbraba, sino en la mesa del comedor, acompañado de Tula Alvarenga, su esposa y compañera de luchas desde cuarenta años atrás. Cuando terminó de escribir ya había entrado la noche. Le pidió a su esposa que viera si su nieta se había puesto la pijama.
Después se mató.
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