29 de agosto de 2007

Un poco más acerca de la depresión

En vista de que el post anterior --que eran notas más acerca del tiempo que de la depresión-- tuvo varios y buenos comentarios, sigo un poco con el tema. (Hubo dos comentarios que no publiqué. Uno porque me pidieron que no lo hiciera; otro porque... bueno... el lenguaje era un poco pesado, con todo y que decía cosas sensatas.)
William Styron escribió un libro acerca de su propio proceso depresivo, Esa visible oscuridad, que es una excelente guía para el depresivo primerizo. Tiene un error de base, con el que hay que tener cuidado: hay depresivos que son suicidas, y hay unos que no lo son (somos, dijo el otro). Igual habrá suicidas que no son depresivos, supongo; en mi familia hubo dos tíos que murieron jugando a la ruleta rusa, más en un alarde de machismo que con ganas de volarse un pedazo de cabeza, con la vida de por medio. Ambos eran adolescentes (17 y 19 años).
Styron nota algo muy importante: uno no se da cuenta de que está deprimido. El proceso es gradual, puede llevar muchos años, y de repente, zaz, uno está en medio y cree que es tan feliz como era antes y que todo está normal... excepto porque no lo está. Mantener esa sensación de normalidad se lleva una cantidad de energías terribles, y la propia depresión es cansadísima.
Hay quien cree que una depresión es estar siempre triste, y ya. Ése será si acaso uno de los primeros síntomas, y a veces no llega a cuajar en algo más severo. En general es una depresión "normal". Luego, están las depresiones temporales: una muerte, falta de dinero, desarraigo, pueden llevar no sólo a la tristeza, sino también a estados de angustia de alguna potencia. Y luego está la depresión clínica, que no tiene que ver con las anteriores excepto por el nombre.
Esta depresión se caracteriza por la angustia constante. Una angustia tras otra, encima de otra, debajo de otra. Son tantos los motivos de angustia que uno se inmoviliza: no hay modo de arreglar nada, no hay modo de hacer nada, no hay modo de volver a la normalidad. Desde fuera se ve a un tipo triste que mira hacia ninguna parte; desde dentro, lo que hay es una máquina enloquecida a punto de estallar. Pero no estalla. No estalla. No estalla. Y, si estalla, lo hace hacia dentro. El mejor símil es la película Awakenings, con Robert de Niro y Robin Williams. En ella De Niro tiene una especie de Parkinson que lo hace temblar tanto que lo deja por completo paralizado.
En el momento álgido de la angustia, muchos caen en las ideas de suicidio, y en el propio suicidio. La angustia es tal que provoca dolor. No necesariamente un dolor físico, aunque lo psicosomático es parte del asunto: es un dolor del alma, un dolor por la pérdida de uno mismo, por la imposibilidad de salir del dolor. Un loop bastante desagradable.
Si uno pasa de esta etapa, o sale vivo de ella, viene lo peor, que es la parálisis. En casos de depresión profunda, puede parecerse a la catatonia, aunque el sujeto está consciente de lo que pasa a su alrededor. No reacciona porque simplemente no le importa nada. Es como un cadáver que oye, ve, huele, pero no le importa nada. Supongo que finalmente llegará la pérdida de la conciencia.
Uno de los comentarios al post anterior dice algo clave: uno puede regocijarse en la depresión, en la angustia y el dolor, y así lo anota Styron. No hay placer, pero "eso" es mejor que enfrentarse a las causas psicológicas de la depresión, digamos. Por otro lado, para llegar a un cierto estado, hace falta que la autoestima sea bajísima --y de verdad que puede seguir bajando--, y uno puede creer que es justo el pago por... híjole... por lo que sea. Todo se convierte en culpa, y la culpa en angustia, y la angustia en culpa, etcétera.
Hay un síntoma bien particular, además de la percepción del tiempo: el mal manejo de las emociones. Una emoción "buena" y una emoción "mala" son provocadas por descargas de adrenalina, y éstas son exactamente iguales para un caso o para el otro. Es uno el que las decodifica y les da el valor adecuado. Y los valores están trastocados. Así, puede pasar algo bueno y uno podrá ponerse a llorar o se angustiará y lo sumará a la larga lista de motivos para sufrir; puede pasar algo desagradable y provocar euforia, y así.
Por allí de 1994-1995 escribí un ensayo acerca de la depresión en el que hablaba de eso. Nunca lo terminé, no sé por qué motivos; creo que lo dejé demasiado tiempo y ya no pude entrar en su lógica. Aun así se publicó en medios electrónicos, y no recuerdo si en papel y tinta. Lo he puesto en mi otro blog, en este link. No sé si tenga razón; así me tocó, y espero que no vuelva a tocarme.
También escribí una novela, Trece, que trata de lo mismo, aunque desde un ángulo particular. Trata de un tipo que despierta una mañana y decide matarse trece días después. A medida que se acerca el plazo, se vuelve más consciente, más lúcido, más vital. Es lo que ocurre con los depresivos suicidas: cuando fijan una fecha, y en efecto quieren cumplirla, parece que mejoran y que se han curado, o van para allá. Lo que ocurre es que el plazo los pone de buen humor, y viene la paradoja: ven la vida color de rosa porque ya la van a dejar. No sé qué ocurra si no logran suicidarse; me ha tocado ver a gente que se asusta y mejor se mete a tratamiento, y otros que esperan la siguiente oportunidad. La escribí porque, cuando salí de la mía, me dio miedo la idea de que se me hubiera ocurrido matarme. Estoy muy contento de este lado. Algo bueno salió, en todo caso.

28 de agosto de 2007

Depresión y tiempo

Cuando uno anda en medio de una depresión clínica, el tiempo se trastoca, se convierte en otra cosa, adquiere una lógica diferente.
Un día es miércoles a las cinco de la tarde, y unos minutos después uno despierta en viernes y son las diez de la mañana. Quién sabe dónde se vaya el tiempo; quizá se quede en la contemplación de uno mismo --en la tristeza, en el simple pensar de intrascendencias, en la angustia, que puede llegarse a convertir en una adicción-- o en la rutina; las horas de trabajo son cortísimas, pero el devenir de las horas es interminable. Y ya es jueves y son las diez de la noche, y han pasado meses desde que uno se dio cuenta de que era otro jueves a las diez de la noche, pero es como si hubiera sido ayer mismo. El tiempo se va como agua, se traslapa, se vuelve de humo.
Uno empieza a curarse y el tiempo es nuevamente secuencial, y una hora es una hora, y pasa minuto a minuto. Puede verse en el reloj. Puede sentirse en el cuerpo. Está el riesgo de desesperarse por haber entrado de nuevo en el cauce normal del tiempo --es decir: en una percepción más adecuada--, o aburrirse, o sentir que la noche no llegará nunca, o el día después de mañana. Hay que acostumbrarse de nuevo a vivir en las horas habituales, y más aún: a que el tiempo alcance para todo.
En la depresión apenas alcanza para estar deprimido, y nunca es suficiente. Fuera de ella, hay tantas cosas que hacer y tantos motivos para ser feliz...

27 de agosto de 2007

Heriberto y columna

Además de una entrevista de Jacinta Escudos con la escritora tica Ana Cristina Rossi, Centroamérica 21 tiene esta semana cosas interesantes. Por ejemplo, otra entrevista, ésta de Lafitte Fernández, con el general Fidel Torres, ministro de Defensa en la época de la Guerra del Fútbol con Honduras (1969). La plática tuvo lugar unos días antes de la muerte de Torres, ocurrida a sus noventa años de su edad. Es importante ver cólmo piensa "el otro lado", en especial los militares; creo que durante toda la guerra, y durante mucho tiempo más, la izquierda no supo muy bien contra quiénes ni contra qué estaba peleando. El desconocimiento fue y es mutuo.
Hay también una nota acerca de la muerte --accidental o no-- del comandante Ernesto Jovel, primer responsable de la Resistania Nacional hasta 1980. A su muerte lo sustitutó Eduardo Sancho, el comandante Fermán Cienfuegos. Siempre se ha dicho que se trató de un accidente, pero no está de más entrar en el terreno de las posibles conspiraciones. Hay un par de elementos en la nota que no se habían manejado hasta ahora, como el cambio de avión y de piloto. Un tema para rascar un poco más, como tantos de la guerra.
En mi caso, escribí dos artículos para esta semana: una acerca de Heriberto Montano (me pidieron que hiciera "una nota personal", y eso hice; en cosas periodísticas rara vez uso la primera persona) y la columna de siempre, de la que di un adelanto hace unos días.
La nota acerca de Heriberto puede encontrarse en este link. (Ricardo Lindo, por cierto, tiene una nota acerca de Raúl Contreras, aquí.) La columna puede hallarse en este link.

Adiós poeta Heriberto Montano
Rafael Menjívar Ochoa

Heriberto Montano ha sido el autor salvadoreño cuyos trabajos se han traducido a mayor cantidad de idiomas: más de un centenar y medio, desde el hindi hasta el mongol, desde todos los de la antigua Unión Soviética hasta el húngaro y el mandarín.
Se reía de eso; todo había sido asunto de estar en el lugar adecuado –la Unión Soviética de los años setenta, donde estudió historoa– en el momento adecuado –congresos, encuentros, recitales, fiestas multiculturales– y traer una ración de poemas en la mochila. No se vanagloriaba de eso; se sorprendía, y lo contaba como un dato curioso. (Le gustaban los datos curiosos, fueran del tema que fueran.)
Conocí poemas de Heriberto en Mëxico, a través de las pocas revistas salvadoreñas que llegaban por allá, a finales de los años setenta o principios de los ochenta. El primero fue “Canciones para Fulano de Tal”, un texto largo que guardé y se habrá perdido en alguna mudanza, en alguna casa que se inundó o en algún matrimonio fallido.
Era una oda a la Whitman a un tipo común y corriente –“capitán del Jiboa Fútbol Club, / secretario general del sindicato, / albañil o jornalero”–, con una fuerza, una alegría y una ternura que me impresionaron. Durante meses traté de ponerles música a algunos versos, y fue imposible; el poema tenía su propia música, y quizá lo hubiese arruinado. Un año sí y otro tampoco, fueron llegándome algunos poemas de Heriberto, y quise conocerlo algún día.
Lo conocí en persona en la Universidad de El Salvador a finales de 1999. Estaba yo sentado fuera de la Facultad de Derecho, viendo y nada más viendo, cuando se sentó a mi lado un señor de baja estatura, moreno, serio y hasta mal encarado, de voz ronca. Yo no sabía quién era él, pero él sí sabía quién era yo. Empezó a conversar sin más trámites acerca de literatura, como si no fuera conmigo, sin dejar de ver al frente. Nos pasamos varias horas conversando, hasta que fue hora de irse a casa, ya entrada la noche. Ese día me di cuenta de que no era malencarado porque tuviera nada contra nadie; nada más era así.
Lo vi algunas veces en los años siguientes, hasta que a mediados de 2003 coincidimos en el desaparecido bar El Ocio. En esos días estábamos por inaugurar La Casa del Escritor y lo invité a que llegara. (También ese día conocí a Roger Guzmán, ahora un poeta excelente. Era el mesero de El Ocio.) Apareció el fin de semana siguiente, junto con su compañera Irma. Lo que encontró fue un puñado de jóvenes muy jóvenes –de 14 a 20 años, y más bien en los 17– que escribían como señores, con entusiasmo de niños, y ya no dejó de llegar.
Se refería a La Casa como “la guardería”, sin que hubiera gota de mala fe en la broma, como no la había en su modo de ser. Decía que los papás llegaban a Los Planes a comer pupusas y, para poder estar solos, los dejaban conmigo, y pasaban a recogerlos a las siete.
Después de una sesión de lectura y discusión, a la que asistía en silencio, hablaba con los muchachos acerca de algún tema, se ponía a contarles algunas de sus tantas aventuras en tierras ajenas o les daba consejos acerca de la vida y algunos trucos de poesía. Terminábamos en casa, cenando algunas pupusas o alguna de las comidas exóticas con las que mi esposa gusta de experimentar. La última vez que llegó fue en diciembre de 2006, ya en silla de ruedas, al almuerzo de Navidad. Quiso estar de pie a la hora de tomarse las fotos.
Heriberto me ayudó en 2005, contratado por la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales, a recopilar materiales para el libro Tiempos de locura: nadie mejor que un historiador para eso. Cuando estábamos trabajando la segunda edición, en febrero o marzo de 2006, llegó asustado a una reunión en FLACSO. Unos días antes lo había golpeado un microbús, y estaba perdiendo la movilidad de una mano. Había ido al Seguro Social esa mañana. Le dijeron que tenía un cierto tipo de parálisis, del que no recordaba el nombre; el golpe había desatado la enfermedad, o había permitido descubrirlo. Después se supo que era una esclerosis lateral amiotrófica, conocida como “mal de Lou Gehrig”, por el popular beisbolista norteamericano que la padeció.
Se hizo algunas pruebas y básicamente le dijeron, según me contó indignado, que la solución que le daban era irse a su casa y esperar a la muerte.
Para él no podía ser tan fácil. Descubrió algunas soluciones que podían probarse, pero hacía falta dinero. Además de experimentos con células madres en no sé qué lugar de Sudamérica, lo que parecía más factible era un tratamiento que parecía ser bueno, en Alemania, y había que probarlo lo antes posible, porque la enfermedad lo atacaba con una voracidad inusual. (Generalmente tarda entre cuatro y seis años en resultar fatal; a Heriberto se lo llevó en año y medio.)
Hablé con Paulina Aguilar, presidenta de la Fundación Poetas de El Salvador, y le expliqué el problema. Allí comenzó una importante campaña de solidaridad con Heriberto que sólo se detuvo con su muerte, y que abarcó a escritores y artistas de diferentes disciplinas, tendencias y países.
La Fundación Poetas publicó, como parte de esta campaña, el poemario La ciudad y la neblina, en el que Heriberto hace un recorrido emocional por Santa Tecla, su ciudad natal. Nació allí en 1950, y falleció el 23 de agosto de 2007, muy poco antes de cumplir los 57.

Alianzas: paradojas políticas
Rafael Menjívar Ochoa

Una alianza política puede tener objetivos amplios, pero su carácter será siempre limitado: podrá ir de una campaña electoral o la formación de un gobierno a un frente de larga duración que ponga más énfasis en los aspectos comunes que en las diferencias, aunque éstas son, en suma, las que determinan lo provisional de las alianzas.
El FMLN nunca pasó de ser una alianza integrada más por la necesidad –con una hipersensibilidad hacia las diferencias– que por la intención de buscar coincidencias. Durante la “ofensiva final” de 1981, su acto inaugural, la desconfianza entre sus organizaciones fue tal que no lograron establecer un mando coordinado, ya no se diga común, para tratar de ganar la batalla; en esa ocasión, las zonas provisionalmente “liberadas” a veces contaban con varios “cuarteles generales”, cada uno de una agrupación diferente.
Durante la guerra, la izquierda revolucionaria gastó en pugnas buena parte de sus energías organizativas, aunque desde 1983 no hubo escisiones de importancia y sí una fuerte acumulación de presiones internas. Con los Acuerdos de Paz esas presiones encontraron salida, y la izquierda insurgente, desde su institucionalización, no ha parado de dividirse y de tratar de encontrar, en su interior, los reflejos de una sociedad y un país que se transforman de manera diferente, a un ritmo diferente.
En el camino, el FMLN ha ido dejando –como ya se ha señalado en este espacio– un rastro de heridos y cadáveres políticos con los individuos y organizaciones con los que en algún momento se ha aliado, sin contar con los propios. Es una constante, y no la más saludable políticamente –ya que el juego ahora es político– en la guerra ni en la paz.
Ahora ha bastado el anuncio de dos posibles candidaturas del FMLN para que en los últimos meses, y en especial en los últimos días, se haya activado la discusión política más allá de las acostumbradas consignas y ataques –que no cesan, ni se esperaría–, y para que se vea como viable una alianza amplia de las fuerzas de la izquierda y centro contra las de la derecha.
Con el anuncio del periodista Mauricio Funes como eventual candidato para 2009, el más cercano a lo que buscaría el FMLN por fuera de sus filas, se planteaba a una figura obviamente popular y de prestigio moral para muchos salvadoreños. Las objeciones a su doble carácter de “precandidato” y periodista no son banales, pero tampoco parecerían trascendentes, excepto dentro de una campaña electoral, donde todo cabe.
Pero el anuncio trajo consigo matemáticas diversas, que se discuten por todas partes, por ejemplo quién sería el eventual vicepresidente, cómo se integraría el gabinete, qué tanta injerencia directa tendría el aparato partidario en las decisiones de gobierno, qué tanto el candidato aceptaría propuestas de las fuerzas y personas que lo avalaran, y qué tanto se ha preparado el FMLN para ocupar el poder.
Esto último lleva a algo importante: qué tan funcional es el FMLN, en su estado actual, ya no para ocupar el poder, sino para llegar con fuerza a las presidenciales. La simple mención de Funes, candidato “de fuera”, pone en relieve el historial del FMLN en materia de alianzas y de decisiones políticas, y el balance no parece muy prometedor. Pone en relieve, también, el que la izquierda institucionalizada no tiene los cuadros necesarios ni suficientes para regir el país, y que necesitará de alianzas con ideologías más flexibles y quizá más funcionales.
El cuestionamiento más fuerte ha llegado con el anuncio reciente del ex ministro Arturo Zablah de que lanzaba su candidatura presidencial, aun sin tener un partido que lo avalara. La movida fue dedicada de manera clara –aunque no expresa– al FMLN, así varios de sus dirigentes dijeran la semana pasada que no la aceptarán, con todo y que Zablah pudiera tener un lugar en el gabinete económico.
Zablah pareciera un candidato más sólido, en cuanto a propuestas, que Funes, de la misma manera en que éste se veía ante Schafik Hándal en los comicios de 2004. Como sea, el debate está lanzado, y hasta la propia dirigencia del FMLN ha bajado el tono de su discurso, con todo y que no se ha abierto aún al debate. Habrá que ver cómo se mueven las tendencias dentro de las bases, así éstas no estén llamadas a elegir a su próximo candidato.
Y habrá que ver si Zablah se integra a un eventual plan del FMLN, fuera de la candidatura presidencial, o si asistiremos a una novedosa versión de lo que ya hemos tenido: dos candidaturas polarizadas y otra al centro, esta última con un candidato que pudo estar, en algún momento, en cualquiera de los otros dos partidos.

24 de agosto de 2007

Boris


Boris llegó a casa en medio de una mudanza, igual que Natasha dos años y medio años antes. Su nombre se lo debió al villano de Rocky y Bullwinkle, Boris Málosnov, la pareja de la también villana Natasha Fatale.
Desde el primer momento resultó claro que era el perro de Valeria. Se llevaron bien y así siguieron. Siempre le aguantó todo, y un bebé puede ser terriblemente molesto para cualquier chow chow; tienen fama de malhumorados, lo cual en el caso de nuestros perros no ha resultado cierto.
A Boris le pasó de todo: se perdió a los siete u ocho meses, y casi por casualidad lo recuperamos; lo atropelló un carro; unos perros le abrieron la cabeza a mordidas, y la sutura lo dejó como nuevo. Cosas así.
Ayer murió a sus dos años de edad. Está enterrado en una parte del jardín fuera de casa, y no sabemos muy bien cómo explicarle su ausencia a Valeria; precisamente ayer, al despertar, lo primero que hizo fue preguntar por Boris, quien desde la noche anterior se puso malo, y en la madrugada entró en coma. Le pedí a un señor que trabaja con la vecina que lo sacara discretamente del cuarto donde estaba y lo enterrara.
Hace unas semanas nacieron cuatro perritos en la casa de al lado, y son de él. Natasha tuvo dos perritas, pero jamás dejó que Boris la tocara, a pesar de que lo compramos para que le sirviera de pareja; ella se encargó de criarlo y enseñarle de todo, y defenderlo de los perros, y eso más bien sonaba a Edipo y Elektra.
Nos quedan un montón de fotos.

23 de agosto de 2007

Falleció Heriberto Montano

Hoy por la mañana murió el poeta Heriberto Montano, quien desde hace año y medio padecía de esclerosis lateral amiotrófica, o mal de Lou Gehrig. Lo estarán velando en Capillas Memoriales. Allí nos vemos al rato, para despedir a un buen amigo.

22 de agosto de 2007

Querido diario:

Lo de que sacaran a Mauricio Funes del programa La entrevista, de Canal 21, me parecía previsible. No digo que bueno o malo, sino previsible: debe ser incómodo para los dueños tener al posible candidato presidencial de un partido político hablando con probables oponentes acerca del proceso en el que se encuentra metido desde hace unos meses. De que lo querían quemar, lo querían quemar quienes "abrieron" su candidatura, y lo triste es que llegó del propio FMLN. Eso no tenía que saberse antes de diciembre.
Allí estará para poner de contraparte el ejemplo de Julio Rank, y estará bien para la retórica, pero lo obvio es que sacaran a Funes del programa y del noticiero. No sé si se pueda o no ser objetivo o imparcial --o como quieras llamarle-- ante algo en lo que estás anímicamente involucrado. No sé si alguien sea tan frío o tan profesional para lograrlo, pero así las cosas.
Como recuerdas, me crié en un periódico bastante paradójico, El día, dirigido ni más ni menos que por un diputado en funciones (Enrique Ramírez y Ramírez), y luego por una senadora y directora a la vez de la Comisión de Ideología del PRI. Mi ventaja es que estaba en la sección internacional, y había una línea doble de lo más conveniente (para ellos y para mí): por un lado, una defensa irrestricta al sistema mexicano; por otro, apoyo a los movimientos populares en América Latina. Lo menos posible acerca de las broncas en Polonia, digamos, y apoyo a Cuba y Nicaragua. (El periódico se fundó en 1962 con objetivos bien definidos, y uno de los más importantes fue la defensa de la Revolución Cubana, que nunca cesó.) Así que ¿quién soy yo para pedirle a nadie objetividad o imparcialidad mientras está en la boca de un proceso electoral que ya mueve las mandíbulas?
Me parece, querido diario, que Funes es un precandidato fuerte y, sobre todo, con una credibilidad ganada a lo largo de muchos años de carrera. Hablábamos sin embargo con CMH que había sido demasiado temprano el lanzamiento, y que con dos años completos por delante alcanzaba para llevarse, sobre todo actuando desde la izquierda, más de un moretón político y muchos periodísticos, quod erat demonstrandum. Precisamente lo que se vio en riesgo desde el principio fue que, si entraba en la política, podía quemar sus naves periodísticas, y que cualquier cosa que dijera por la tele se vería como un gesto político. No debería ser pero, como ya te dije, así las cosas. Y se pondrán peores.
Ahora, si hay un precandidato frágil, es Funes, que paradójicamente es el que parece tener más apoyo popular. El problema puede venir del cansancio --de Funes y de sus eventuales votantes-- o del acostumbramiento, para el caso casi sinónimos. Emocionar o emocionarse durante algunos meses de campaña está bien, como en un romance apresurado, pero lo otro ya se parece a un matrimonio, y ya se sabe que con dos años uno conoce al cónyuge de tal manera que debe de verdad quererlo para que resulten agradables cosas que uno nunca toleró ni toleraría de alguien más.
Y está Arturo Zablah, también lanzado con una anticipación peligrosa, y peor aún: sin partido.
En la nota que mandé ayer a Centroamérica 21 para la próxima semana cerré con una aseveración que durante todo el día de ayer --y quizá en los próximos-- me ha estado dando vueltas, aunque no le encuentro aún el modo. En la nota dije que Zablah podría ser --cómodamente-- candidato de ARENA, el FMLN y CD. Lo dije con algo de humor negro, pero me parece una observación válida, y aquí viene lo interesante: ¿y si a su alrededor pudiera formarse un gobierno de unidad nacional? No sé muy bien lo que sea eso, pero sería interesante ver cómo ARENA, el FMLN y CD (con el PDC y el PCN no me meto) arman algo común alrededor de una figura común, una plataforma común, y al diablo, a ver qué se hace por el país.
Sé que es imposible, pero también era imposible que los Acuerdos de Paz duraran más de algunos meses, si acaso. Sé que están muy polarizados, y que el centro no ha logrado alzarse con una propuesta realmente alterna; hasta ahora sólo ha tratado de hallar un punto medio entre los dos partidos grandotes, y por allí no va.
Lo que veo es que, en un mundo ideal, valdría la pena el riesgo. Fíjate: ARENA tiene fuertes posibilidades de perder, el FMLN de perder nuevamente --o peor: de ganar--, CD es lo que es, y sigue siéndolo con la reelección de Héctor Dada Hirezi como su máximo dirigente; el problema es que no puede ganar, ni siquiera darle un susto a los otros. (El PCN y el PDC juegan un papel tan triste... Hay que saber cuándo morirse, pero me da la impresión de que no se trata de hacer algo por el país, sino de hacer corte de caja, como diría un viejo amigo en Acapulco, hace ya muchos años.)
¿Qué pasará, querido diario, qué pasará? Un poco de lo mismo, supongo.
Soñar es gratis, así que ejerzo el derecho.

Otro cuaderno

Johanna Marroquín, la otra mitad de La Casa, me regaló un cuaderno bien bonito para mi cumpleaños. Tiene un pato en la portada, y una pequeña cerradura, con llavecita y todo. Por dentro, rayas con un espaciado cómodo, buen papel, etcétera. Lo que había que ver era si el cuaderno funcionaba, o sea si traía adentro algo interesante o sólo era un cuaderno más.


Y, sí, funciona, y trae dentro cosas que no se me habrían ocurrido en otro cuaderno.

21 de agosto de 2007

Columna a secas

Tengo varias cosas de las cuales hablar, pero poco ánimo para escribir un post, así que por hoy sólo pongo mi columna en Centroamérica 21, además con un día de retraso de mi parte. La columna puede encontrarse en este link.

PNC, la hija abandonada del FMLN
Rafael Menjívar Ochoa

La Policía Nacional Civil (PNC) fue uno de los órganos clave creados por los Acuerdos de Paz de 1992, y tuvo varios objetivos estratégicos y tácticos bien delimitados y necesarios.
El más evidente fue la desaparición de la Policía Nacional (PN), dependiente de la estructura militar, dedicado más al control político y la represión de la disidencia –identificados como el “mantenimiento del orden público”– que a la persecución del crimen. Al mismo tiempo, se buscaba la creación de una institución policial de carácter civil, no ideologizada y, sobre todo, profesional, esto es: especializada en la investigación, el combate al crimen y el mantenimiento del orden público, sin que en la definición de “crimen” y “orden público” prevalecieran las consideraciones políticas. También debía –y debe– dedicarse a labores de vigilancia y manejo del tránsito. Las funciones que corresponden, en fin, a cualquier aparato policial, que en El Salvador estaban bastardeadas desde mucho antes de la guerra.
Otro objetivo, éste de carácter inmediato, era servir como garantía y contrapeso a favor de los combatientes del FMLN que regresaban a la vida civil. Una buena proporción de la PNC se formó con ex guerrilleros y civiles. En menor proporción –y también como contrapeso–, fueron incluidos ex policías nacionales contra quienes no hubiera denuncias de abusos. Los mandos superiores estarían en manos del gobierno en turno.
Aunque sirviera de garantía para los antiguos combatientes, las previsiones eran que la institucionalización del cuerpo lo liberaría poco a poco de posibles ataduras ideológicas o partidarias. Lo mismo se esperaba del ejército, la garantía armada del sistema. Éste se concentró en los cuarteles, como corresponde a su carácter intrínseco: la defensa de la soberanía, no el combate a “enemigos” internos.
Hay un aspecto que es la fortaleza y la debilidad de la PNC: como debería ocurrir con toda institución de estado, sus características y funciones van más allá del signo ideológico del partido en el gobierno. No importa quién gobierne, la PNC se dedicará más o menos a lo mismo. Sin embargo, aunque haya objetivos estratégicos, cada gobierno tiene la capacidad y la necesidad de trazar políticas específicas, que no contradigan los objetivos centrales de la institución.
El margen de movimiento de un cuerpo como la PNC está limitado por las leyes, pero es amplio, y necesita de contrapesos, como los requiere todo ejercicio del poder y todo órgano de estado. Y, como todo órgano de estado, es susceptible de padecer corrupción, tráfico de influencias, malos manejos y mucho más.
Los contrapesos básicos están dentro del propio aparato de estado, desde la Corte de Cuentas hasta la Comisión de Derechos Humanos, y habrá otros que surjan de la sociedad civil –digamos el IDHUCA– y organizaciones políticas, como los partidos.
Es interesante, pero también desconcertante, que el FMLN haya lanzado una campaña de ataque y descalificación contra la PNC. El actual órgano policial es un logro de la izquierda, y se esperaría que ésta no quitara el dedo del renglón sobre sus objetivos originales.
La queja viene de la utilización de la PNC para la represión de manifestaciones de descontento, pacíficas y violentas, y la aparente existencia de estructuras de “limpieza social”, entre otras. Pero se olvida dos aspectos: que la policía es el órgano mediante el cual el estado –en realidad el gobierno, como administrador del estado– puede ejercer la violencia en casos considere necesarios, y que las estructuras “paralelas” pueden deberse corrupción de individuos, no a políticas gubernamentales. Antes de una investigación seria –y no sólo del gobierno–, lo que se diga puede ser demagogia.
También es interesante que su descubrimiento corriera por cuenta del gobierno –como corresponde–, y que pueda servir para debilitar la credibilidad de la PNC. Desde el primer Plan Mano Dura, la tendencia ha sido involucrar a la PNC en acciones que han sido severamente cuestionadas, y en tratar de involucrar más al ejército en la seguridad pública, una tarea que recuerda un pasado muy poco agradable.
Hay algo más que no debería olvidar el FMLN: de llegar al poder, una parte de su tarea será la administración de la PNC que, como en la actualidad, obedecerá órdenes, tal y cual corresponde a un cuerpo profesional. Y quizá el olvidar que es la hija más preciada de la izquierda en los Acuerdos de Paz no contribuya a lograr lealtades que en su momento serán fundamentales.

18 de agosto de 2007

Fiesta sorpresa

Empecé a sospechar lo de la fiesta sorpresa cuando Salvador Canjura llegó con un pastel inmenso y, mientras yo platicaba con Carlos Guardado en el jardín, después de saludarnos casualmente, entró en casa con aire de culpabilidad. (También Carlos llegó con aire de culpabilidad, pero en él es menos notoria, o más previsible.)
Luego, cuando los demás comenzaron a aparecer con medios galones de helado, otro pastel, bolsas de pan, jamón, queso y cosas así, me imaginé que no habría taller de video, en especial porque los que los llevaban no están en el taller de video, sino en el de poesía, y porque empezaron a decirme "feliz cumpleaños", etcétera.
Nos quedamos un rato en la cocina. Demasiada gente para una sola cocina. Pedí que nos fuéramos al jardín, pero estaba el problema de mover una mesa de cemento con tapa de piedra desde un rincón hasta el centro. Y estaba caída: el día en que tuvo sus cachorritos, hace tres semanas, como buena chow chow, Natasha se puso a abrir madrigueras por todas partes. Los perritos --en realidad perritas, y fueron dos-- nacieron en el armario del cuarto de planchar, cuarto de visitas y de lo que haga falta. Eso no impidió que el atavismo la pusiera como loca a abrir hoyos, uno de ellos al pie de la susodicha mesa, que se derrumbó. La cosa pesa, y se pasó allí hasta que hubiera Verdaderos Machos Que La Levantaran.


Y pues La Levantaron, al menos la cubierta de piedra. La base se la trajeron entre arrastrando, rodando y sudando desde la esquina, entre Carlos, Ricardo, Herberth y Osmín. (Uno tiene sus privilegios por ser cumpleañero.) Las mujeres se reían de la... uh... poca pericia manual de los compañeros, e hicieron la pregunta: "¿Por qué no pueden?" La respuesta fue obvia: "Porque son hombres."


Después, horrorizados de haber hecho algo para lo que deben usarse las manos, fueron a lavarse, pusimos cosas en la mesa y a platicar.


No sé qué me haya dicho allí Salvador, y no creo que sea capaz de decir algo que me sacara esa expresión, porque es bastante sensato. Creo que el insensato de la foto soy yo. Nunca me había visto esa cara, aunque supongo que será parte del repertorio del taller.


Aquí, desde luego, Krisma y Valeria con las dos cachorritas de Natasha. Todavía estamos buscando al padre, porque no se dejó de Boris (casi lo mata cuando él se puso... uh... flamenco; lo del incesto no se le da). Pueden ser dos papás, porque la cachorrita más oscura es casi el doble de grande que la otra, y la más clara es mucho más maciza. O la genética aguacatera genera azares; Natasha --me duele decirlo-- no es totalmente de sangre azul.


Y si Charlie tiene a sus Ángeles, yo tengo a las Hormigas de Ra Alf, o sea Rebeca, Sandra y Ana. A cambio de esta foto, después no quisieron bailar la Macarena, que era lo que correspondía por ser mi fiesta de cumpleaños.


Y la partida psicópata del pastel, bajo la mirada anhelante de Valeria.


Después, la foto de grupo. De pie, Nelson, Osmín, Sandra, Herberth, Salvador y Rebeca. Sentados, Krisma, Carlos, Valeria (de espaldas y en primer plano), Ricardo, Ana y yo. El ojo de la cámara estuvo a cargo de Aldebarán, o sea Aquél Cuyo Nombre No Se Menciona En Hannukah, Ramadán Ni En El Día De San Isidro Labrador (Lo Que Ocurra Primero). Es tímido, pue.
Gracias. Me la pasé bien. Lo de poner a Leo Dan y a Enrique y Ana a todo volumen fue demasiado, pero en serio me la pasé rico.

17 de agosto de 2007

2007


Hace apenas unos días --como fueron hace unos días las otras fotos con mis hijos-- Krisma nos tomó esta foto a Vale y a mí, antes de irse a trabajar y a estudiar, respectivamente.
En estos meses estoy escribiendo el texto más personal que haya escrito. Aún no sé si quiero que se publique. Hay varios textos en corrección final, con los que tendría que armar un libro para antes de fin del año. Tengo 14 o 15 libros publicados, más los que se publicarán en las semanas siguientes (un título nuevo y una reedición) y unos ocho inéditos.
Valeria cumplió tres años el 11 de junio pasado, y yo estoy cumpliendo 48 precisamente hoy.
Quisiera tomarme una foto con mis tres hijos juntos. En algún momento será posible, para que tengan un recuerdo más, y en realidad muchos, como los muchos que trae cada foto.
Veo una diferencia en esta foto y en la tomada con Eduardo hace veintisiete años: en una la cabeza está inclinada hacia la derecha y en otra hacia la izquierda, pero el gesto es muy similar. No quiere decir nada, sólo que siempre tengo inclinada la cabeza hacia algún lado, y que los gestos no cambian; son cosas que persisten, y que nos pueden hacer únicos.

16 de agosto de 2007

1988


Aquí mi hija Eunice tiene poco más de un año, y yo poco más de 29. Debe ser finales del año, de allí la ropa abrigada (recuerdo esa sudadera; murió de vieja años después, y para 1988 ya peinaba canas). Estamos acostados en el piso, con la cabeza sobre la pila de revistas y periódicos desechados. No sé por qué; con Eunice nos agarraba por hacer cosas raras. (Ahora a veces vemos películas juntos, ella en México, yo en El Salvador. Ponemos el mismo canal y las vamos comentando. Es divertidísimo.) Arriba y alrededor, dos libreros grandes y uno pequeño, como con 1,200 libros, la mitad de los que tenía. (Los demás estaban en otros cuatro libreros.) Cada seis meses me deshacía de 50 o 100, para que no creciera demasiado la biblioteca; conseguir departamento para ellos no era fácil.
Desde los tres meses de su edad hasta más o menos la fecha de la foto me hice cargo de cuidar a Eunice desde la mañana hasta las 5 de la tarde en que llegaba su mamá del trabajo. Yo era guionista, así que podía trabajar a cualquier hora --por ejemplo mientras Eunice ordenaba en hileras, en el piso, sus libros, muñecas y lo que le cayera en las manos--; fue una suerte que no tuve con Eduardo, porque me tocaba trabajar muchísimo para ganar decentemente. Ahora, con Valeria, puedo estar largos ratos, gracias a lo extraño de mis horarios de trabajo y de mi trabajo.
En esos tiempos empecé a escribir Los años marchitos, que me llevó cerca de un año. Ya llevaba cuatro años con Terceras personas, mi libro favorito de los que me ha tocado escribir. También empecé una pieza de teatro que escribiría por temporadas a lo largo de unos diez años; hace unos meses la terminé por fin, pero se fregó el disco duro y hay que volver a ponerle el final y ajustar detalles. Poco antes, creo que el año anterior, escribí mi primera novela policial, que quedó malísima, pero usé trozos para escribir las demás.

15 de agosto de 2007

6 de febrero de 1980


O sea que en la foto mi hijo Eduardo tenía dos años y medio --menos de lo que Valeria tiene ahora-- y yo veinte y medio.
Desde un mes antes yo era subjefe de internacionales del periódico El día, ahora ya --casi-- extinto. Un par de meses después empezaría a escribir Historia del traidor de nunca jamás, mi primera novela publicada. Acababa de desechar una que se llamó Dónde estarás, Josefina, por Dios, en la costumbre de ponerle títulos endecasílabos a las cosas, y otra llamada Cristina's Rag. No recuerdo el título de otras dos desechadas, la primera y la segunda escritas y --por suerte-- desaparecidas. Más un par de libros de cuentos, QEPD, y poemas malísimos.
Y un etcétera de veintisiete años y medio.


(Híjole... El viernes cumplo 48...)

13 de agosto de 2007

Funes, Zablah, Álvaro y columna

Esta semana hay temas interesantes en Centroamérica 21, como un análisis editorial acerca de la posible candidatura presidencial de Mauricio Funes por el FMLN, que según parece se confrontará --al menos-- con la de Arturo Zablah. El análisis pone a Funes prácticamente fuera de juego, y creo que tiene su lógica; de eso hablaré después en un artículo.
Zablah, ex ministro con Alfredo Cristiani y Armando Calderón Sol, entre otras cosas, puso su propia candidatura en el tapete, aunque aun sin partido, según han reportado varios medios. El objetivo de la candidatura sería el FMLN, y El faro habla en su número de esta semana de un intento de que la izquierda institucionalizada cambie el discurso y el modelo que planteará en 2009. Lo curioso --casi dieciséis años de actividad política abierta lo convierten en una curiosidad-- es que el FMLN parece abierto a la discusión.
No sé qué tantos frutos darán las pláticas, pero de que es necesario un cambio, es necesario. Lo interesante es que, si ocurre, me darán chance de ser de izquierda nuevamente: lo que están planteando es lo que he venido diciendo en este blog y en mis columnas desde hace mucho rato, y por lo que me han acusado de cosas bien feas. Y hay que ver --como decía en la columna de la semana pasada-- cómo se arreglará el FMLN con los partidos y personajes políticos a los que ha atacado, herido y a veces casi destruido. Hará falta mucha flexibilidad y, sobre todo, un interesante reparto de cotas de poder en la posible alianza, en un posible plan de gobierno y en el gobierno mismo. Creo que es por este lado por donde puede haber serias dificultades; a veces el orgullo puede valer más que la posibilidad de lograr algo bueno.
Junto con la nota acerca de Funes, viene un editorial de Geovani Galeas que vale la pena considerar.
Hay asimismo una nota de Ricardo Lindo acerca de Álvaro Menen Desleal, quien sigue siendo el único clásico vivo de El Salvador, siete años después de su muerte. Es la segunda de una serie de diez que Ricardo escribirá sobre escritores salvadoreños a los que conoció. Menciona el asunto del "plagio" de Álvaro a Jorge Luis Borges, y da su versión del tema. Hay otra que escribí y publiqué, y puede encontrarse aquí. Allí viene una carta de Jorge Luis Borges acerca del tema.
En fin, voy a comer algo. Pongo mi columna, como casi todos los lunes, que puede hallarse en este link. Ah: recomiendo una respuesta de Lafitte Fernández a alguien que lo criticó por sus opiniones acerca de cómo se hace periodismo. Si de algo sabe Lafitte, es de eso.

Autoritarismo y combate al crimen
Rafael Menjívar Ochoa

Las instituciones pueden crearse por decreto, pero eso no les da vida. Aunque estén formadas por estructuras preexistentes, y así se tenga un excelente plan en las manos, se tardará años en lograr que la maquinaria se mueva ya no de manera efectiva, sino siquiera constante.
La Policía Nacional Civil (PNC) nació el 1 de febrero de 1993 como parte fundamental de los Acuerdos de Paz firmados un año antes. Casi quince años después parece estar en medio de una crisis basada –evidentemente– en sus carencias más que en sus logros. A asuntos generales, como las deficiencias –que también atañen a la Fiscalía– en la integración de casos criminales, debido a las cuales muchos delitos quedan impunes, se suman serios problemas específicos, como la reciente acusación de que existen grupos de exterminio dedicados a la “limpieza social” formados por policías.
No es la primera vez, y no será la última, en que miembros de un cuerpo policial se ven involucrados en actos delictivos; hace apenas algunos años fueron descubiertos y desmontados grupos ligados con el crimen organizado que se dedicaban a asaltos y secuestros. No es que sea “natural” que esto ocurra, sino que en todo organismo con estructuras con un margen de manejo discrecional del poder es posible que se inserten elementos y estructuras criminales.
Por la lógica misma de la institución, se presupone que los agentes y funcionarios actúan de buena fe, y que los objetivos de los individuos son los de aquélla. En la vida real a veces se generan grandes redes de corrupción que comienzan en los niveles más altos, y pueden convertir a un país completo en rehén de quienes deberían protegerlo.
No parece ser el caso de la PNC, y en todo caso hay por lo menos tres aspectos que deben tomarse en cuenta: si sus problemas son generalizados; si se deben a un proceso de corrupción o de inexperiencia, y si existen mecanismos constantes, oficiales e independientes, para fiscalizar el quehacer policial.
De seguro se encontrará de todo, y su lectura puede depender de factores técnicos o de consideraciones políticas. Los primeros deberían ir en beneficio de la institución; las segundas podrían caer en una descalificación del cuerpo y en la ruptura de un proceso de consolidación que aún no ha concluido.
Quizá haya que poner a la PNC en perspectiva para comprender en parte los problemas de ineficacia que se le atribuyen, muchos de ellos ciertos, que, como se dijo, comparte con la Fiscalía, y también con organismos del Poder Judicial.
Las instituciones policiales a las que sustituyó la PNC (la Policía Nacional, la Policía de Hacienda y, en cierta medida, la Guardia Nacional) eran parte de una estructura en la que la figura principal era el Ejército. Se trataba de cuerpos militares, dependientes de un mando vertical y único. El objetivo de todos ellos no era el mantenimiento del orden público, sino de un cierto orden político, y se ligaba el combate a la criminalidad con la seguridad del estado. Sin estirar mucho la cuerda, la disidencia entraba en el mismo saco que la defensa de la soberanía, dos conceptos harto diferentes, y la investigación de los delitos se confundía fácilmente –si había confusión– con labores de inteligencia política.
Así como no había una separación clara entre los objetivos de los cuerpos de seguridad, y luego de tantos años de gobiernos verticales –como lo son los de carácter militar–, tampoco había una definición entre los poderes del estado.
De manera esquemática, la impartición de justicia podía determinarse de antemano: alguien era acusado, había presentación de pruebas –a veces más un trámite que una necesidad–, el juez condenaba, el preso cumplía la sentencia. La falta de profesionalización se suplía con autoritarismo.
Ahora, jugar al juego democrático no sólo significa la aceptación de otras ideologías, libertad de expresión y libertad de manifestación; también es fundamental el derecho a un proceso judicial adecuado, el “debido proceso”. Los órganos encargados de proporcionar justicia no heredaron mucho de sus antecesores, y han debido aprender en los últimos quince años a jugar con unas reglas que no existían.
Hay algo que no debe olvidarse: originalmente, una alta proporción de los integrantes de la PNC eran ex combatientes y cuadros del FMLN, que en esos momentos provenían de una verticalidad tan acentuada, o más, que las estructuras preexistentes.

11 de agosto de 2007

Condecoran en España a Les Luthiers

El gobierno español condecoró al Conjunto de Instrumentos Informales Les Luthiers, como puede leerse en una nota que aparece aquí, por sus 40 años de trayectoria.
Para festejar la ocasión, pongo una de mis favoritas de ellos: la zamba Añoralgias


9 de agosto de 2007

Papayas, bananos y otras pizzas

No sé si Thierry las busca o le caen --creo que lo último--, pero suele mandarme fotos y datos chistosos que se encuentra aquí y allá, en general sacados más de la vida real que de internet.
Por ejemplo, hace unos años se publicó en Alemania una antología del cuento en América Central (donde me toca acompañar a los compatriotas Salvador Canjura, Jacinta Escudos, Claudia Hernández y Mauricio Orellana) llamada Papayas und Bananen, me imagino que para resaltar lo exótico del erotismo y el tanathos que es nuestra principal característica. La antología es buena, pero si me hubieran dicho antes de publicarla cómo se iba a llamar, seguro me niego a que me incluyan. Fue un título de editor; en español el libro, publicado en Nicaragua, se llamó Cicatrices.
El asunto es que a finales del año pasado o principios de éste Thierry me envió una copia de un calendario que le regalaron en su farmacia, que se reproduce a continuación:

No sé qué tendrán los europeos con las papayas y los bananos, o que idea tengan de nosotros los que hacen antologías y calendarios. En lo personal tengo seis o siete años de no comer un trozo de papaya (y el último fue de papaya china) y cerca de uno de no comerme un banano. (Hay que descontar los plátanos fritos de las ferias, que son otra cosa.)
En estos días Thierry ha andado en España, visitando a su hermano, y no iba a desperdiciar la oportunidad de mandarme la siguiente foto desde Bilbao:


Lo cual me recuerda que hace dos años, en Toluca (Estado de México) encontré un cafetín de lo más mono donde vendían baguettes, hamburguesas y tortillas españolas que se llama "El Trece", sin nada que lo justificara: no era el número 13 de la calle, ni el kilómetro 13 ni nada evidente para mí. Me dio risa, porque una de mis novelas más sórdidas es Trece, y en eso de la sordidez tengo algún camino recorrido. Jamás se me ocurriría --como no se me ocurrió-- comerme una pasta italiana en un lugar llamado así.

Como diría Cortázar, los mexicanos serán lo que uno quiera, pero ante todo son mexicanos; ellos se entienden bien, y uno apenas trata de intuirlos. Y es divertidísimo, cómo no.

8 de agosto de 2007

Ahora sí

Aquí está la portada de Tiempos de locura con sus colores y todo. Me la mandaron en formato *.tiff, que guarda toda la información de colores, y de allí la pasé a *.jpg.
Del otro modo tiene también su encanto siniestro, pero se pierde el cuadro de Bosch, La tentación de San Antonio, que es una maravilla.
Me gusta que parezca que las luces del cuadro se reflejan en la parte de abajo de la portada.

¡Tercera edición!


Ya estamos con la revisión de pruebas de la tercera edición de Tiempos de locura El Salvador 1979-1981, que esta vez es coeditado por la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO), quien encargó originalmente la investigación, e Índole Editores. La portada no ha cambiado mucho en el concepto, aunque sí en la realización. No sé por qué artes a veces se ve de un color y a veces en negativo, pero va más o menos como se muestra arriba.
Le han puesto, debajo de la ilustración, "Edición definitiva" no porque ya no vaya a seguirse publicando (espero que sí), sino porque ya no le pienso meter más mano. Es el caso de un libro al que si uno le añade o le quita algo, lo arruina. Básicamente, esta edición tiene lo mismo que tenía la primera, es decir un relato de quince meses de historia salvadoreña: del golpe de estado del 15 de octubre de 1979 a la "ofensiva final" de enero de 1981 y sus secuelas. Sin contar apéndices y esas cosas, la primera edición andaba en unas 350 cuartillas, y la segunda arriba de las 400; ésta anda rozando las 500.
Lo que hice fue incluir un poco más de materiales acerca de lo mismo, como para dar un mejor contexto. Por ejemplo, como ya he dicho en este blog, no se me había ocurrido algo tan elemental como consultar el diario del arzobispo Óscar Arnulfo Romero, y hubo que solucionarlo. También hay relatos de periodistas en la parte dedicada a la matanza durante el entierro de Romero, y referencia a algunos materiales que fueron publicados después de la segunda edición (marzo de 2006; la primera es de enero de 2006), como testimonios de testigos directos de hechos que se narran: Juan Ramón Medrano, Waldo Chávez Velasco, Francisco Jovel, algunas cosas acerca de Mayo Sibrián que publicó El faro, etcétera.
Para la primera edición. como ya he contado, me dieron siete meses de plazo, y se hizo lo que se pudo. La segunda la empecé apenas publicada la primera. Le dije al director de FLACSO El Salvador, Carlos Briones, que haría falta un año y medio para que el libro quedara "bonito", un término poco académico pero que un escritor puede entender muy bien. Y, en fin, esta edición es la de un libro "bonito": tiene más cuerpo, la información está un poco más balanceada, la estructura es más sólida, etcétera.
Hay un poco más de información en la primera parte de la que sólo se habla en pies de página en la segunda, y nada en la primera, porque los materiales los conseguí después: los intentos de creación de una "tercera fuerza" política formada por militares progresistas y el FMLN tras el fracaso de la "ofensiva final", en incluso desde antes. Es algo de lo que hasta ahora no se ha publicado nada; de allí saldría, me parece, la tesis que Ignacio Ellacuría lanzó a mediados de los ochenta acerca de la necesidad de crear una "tercera fuerza" que fuera no beligerante, democrática, etcétera.
El libro viene con una presentación del historiador Knut Walter (como su nombre lo indica, es salvadoreño y guatemalteco). Se conservan,. en apéndices, los textos de la presentación que hicieron los doctores David Escobar Galindo y Rafael Guidos Béjar. Hay un documento nuevo en los apéndices: una de las proclamas que se consideraron para el golpe de 1979, escrita por el abogado Ulises Flores (padre del ex presidente Francisco Flores, por cierto) y el coronel Mariano Castro Morán, quien entre otras cosas formó parte, en algún momento, de la junta que gobernó El Salvador entre 1961 y 1962.
Tiempos de locura se va a presentar durante la próxima feria del libro, así que no se pierdan la programación. (También se presentará un poemario de Jorge Galán publicado en la colección Poesía de la DPI, para quien prefiera la poesía al periodismo.)
Me encanta cómo se ven las pruebas...


7 de agosto de 2007

1954 y 1964

En la foto original, en la parte trasera, se lee en tinta azul: "Camino a la Barra de Santiago por la playa." Arriba de esa leyenda, "Abril 14/1954". Mi padre es el que aparece de playera blanca en primer plano, viendo hacia otro lado; de frente, el tío Juan Menjívar, su hermano. Tenían 19 y 17 años.
La moto era de mi padre y provocó serios problemas entre ambos, o más bien del tío hacia mi padre, hasta que éste se la regaló, poco tiempo después. Los "serios problemas" en realidad eran anécdotas divertidas. Por ejemplo, la vez en que iban de San Salvador a Santa Ana y el tío (que se negaba a agarrarse de la cintura de mi padre; cosas de machos) se cayó de la moto y mi padre siguió platicando con él hasta como un kilómetro más tarde, cuando se dio cuenta de que el tío ya no estaba. Regresó, lo encomtró necesariamente furioso, sentado en una piedra, y lo subió de nuevo. El tío no se lo perdonó nunca, ni eso ni muchas cosas de niños y de muchachos que siempre llevó con rencor.
Él fue quien insistió a la muerte de mi padre, hoy hace exactamente siete años, en que lo enterraran en una tumba que le pertenece, para estar juntos en la muerte como buenos hermanos. Él también, hace un año, poco antes del aniversario, exigió que lo sacaran de allí y dio un plazo antes de tomar "otro tipo de medidas". ¿Quién podría decirlo al ver esa foto casual, tomada quién sabe por quién? Quizá fue el tío Mario Choto; él me la regaló hace tres o cuatro años.
Durante buena parte de este año he pasado con un enojo de los mil diablos por lo de la tumba, y con una tristeza que me ha llegado a poner mal. El problema es que no he podido sacarlo como Dios manda --si hay un dios y si es mandón--, y eso no es sano. Me doy cuenta de que ése es un modo de pagar deudas ajenas, si las hubo, reales o imaginarias, y es como continuar en la lógica de una vendetta estúpida, que sólo afecta y daña a quien quiera entrar en el juego perverso de alguien que no conoce de amores y lealtades. Supongo que es el objetivo del tío, y lo ha logrado, hasta hoy. Pero ya hice mi luto por mi tío, a quien quería bastante, y trato de sobrellevar aún el de mi padre, siete años después. (No sé si esos lutos alguna vez acaben.)
De mi padre me queda él, y me quedo yo, y mis hijos; no es el destino de su cadáver lo más importante (ahora está a unos metros de donde estaba antes; mis hermanos se encargaron del traslado), sino de los que estamos y seguimos vivos porque él estuvo vivo alguna vez. Y en serio que nos la pasamos bien durante el trozo de vida que compatimos, así que al carajo y a otra cosa.


Y atrás de esta foto dice "Diciembre de 1964". O sea que tenía cinco años. Me extraña bastante mi expresión de felicidad; había muy poca gente capaz de ponerme así, y entre ellos no estaba el Santa Claus de Simán o del almacén Pacífico; detestaba que me tomaran fotos. Sólo la abuela Carmen, quien no tenía dinero para pagar la foto; la abuela Mina, que sí lo tenía, y mi padre, que sólo muy de vez en cuando se metía en cosas como llevar al niño a que le tomen la foto con el señor de la barba, tenían esa capacidad. Estoy seguro de que es a él a quien estoy viendo: hay orgullo en la actitud y en la sonrisa.
Y sigue habiéndolo.

6 de agosto de 2007

1962 y 1972

A Káiser y Chéster los entrenó el tio Juan --primo de mi madre e hijo del tío Federico Molina--, oficial de la Guardia Nacional y gente del entonces coronel José Alberto Medrano. Fue de los fundadores de la no muy bien recordada ANSESAL. (Corrijo: algunos la recordarán bien. Yo no le tengo especial aprecio.) A Chéster apenas lo recuerdo; un autobús lo atropelló y mató poco después de tomada la foto. Káiser era un año menor que yo, y murió a sus doce y a mis trece; quedó paralizado de la cadera hacia abajo (al parecer una dolencia común en los pastores alemanes) y el tio Mauricio, su dueño oficial, hermano de mi madre, decidió sacrificarlo después de un triste consejo familiar, en el que se suponía que yo tenía la última palabra. (No sé cómo los adultos hacen --hacemos-- pasar por eso a los chavos; no es justo.)
No sé si fue por el entrenamiento del tío Juan o porque le tocó estar cerca de la muerte de Chéster, pero era todo un espectáculo ver a Káiser cruzar una calle. Se sentaba muy derecho en la acera, miraba hacia un lado, miraba hacia el otro, volvía a mirar muy rápidamente y cruzaba sólo si no se veían carros cerca. Podía pasarse varios minutos en eso si la calle era muy transitada. (¿En el San Salvador de 1962 había calles muy transitadas? Digamos que lo recuerdo de 1963 o 1964 hasta 1972; era bueno).
Káiser era mi niñera cuando yo estaba en casa de la abuela Mina, que es la que aparece en la foto. Aún existe, en la 17 calle oriente, en la colonia Santa Eugenia, cerca de San Miguelito. Le pusieron una barda alta y espantosa después de varios robos a la oficina del tío Mauricio, que estuvo allí durante años. La última vez que la vi, quizá en 2000, estaba bastante deteriorada.
El asunto es que me dejaban en el jardín de afuera sólo con los perros (alguien debe tener esas fotos; creo que mi madre) y ellos se colocaban de manera estratégica para que yo no pudiera salir y nadie pudiera entrar, excepto gente de la familia. Recuerdo una vez en que Raúl Castellanos, de la Comisión Política del Partido Comunista (vivía muy cerca de allí), trató de pasar a saludar y Káiser casi se lo come, con todo y que al perro se lo habían llevado un par de veces a su casa para cruzarlo con su perra, que creo que se llamaba Laika.
Desde meses antes de morir, Káiser me buscaba obsesivamente. Me sentaba en el piso y él ponía la cabeza sobre mi piernas. No le caía bien Chéster III (el perro que aparece en la foto de abajo), del que nunca me separaba, pero en esa época llegó a soportarlo, y Chéster entendía bien lo que estaba pasando y lo permitía.


Chéster III llegó a casa en 1969. Aunque no lo parezca, lo que se ve en segundo plano es la colonia Buenos Aires, a unos pasos de las Tres Torres. El de la izquierda es el actual parque, donde en esos días un señor que vivía en la esquina del Boulevard de los Héroes y la calle Aurora llevaba a su vaca y a un ternero a pastar. A la derecha hay ahora un bebedero llamado Luna Park, creo, y una serie de oficinas de no muy buen ver. Las Tres Torres quedan a la derecha de la foto, tirando hacia adelante, y nuestra antigua casa está hecha una desgracia; el nuevo dueño la "rediseñó" y la convirtió en una masa irreconocible de concreto y metal.
Hubo un Chéster II, también pastor alemán, y antes de él un hermano suyo, Rintin, que sólo vivió un par de meses; mi madre lo atropelló unos días antes de que nos pasáramos a la nueva casa, a mediados de 1968. Chéster II vivió 11 meses; un recogedor de basura, como ocurría en esas épocas, le dio un trozo de carne envenenada a cuenta de la municipalidad. Ricardo Durán, quien trabajaba con mi tío (ya he hablado de él y de su hijo, Juan Durán, actual jefe de diseñadores de El diario de hoy), lo enterró precisamente en el parque de la Buenos Aires. Me enseñó dónde, y por las tardes me iba a sentar a su lado mientras leía.
La idea de comprarme un perro tuvo que ver con que no tenía amigos, y sólo eventuales compañeros de juegos. A los primos los veía poco. Me pasaba leyendo, armando mecanos, haciendo figuras geométricas de cartulina y sentado afuera de la casa, viendo a ninguna parte. Si así era en un vecindario con tantos niños como la Santa Eugenia, ¿cómo sería en la Buenos Aires? Así que llegó Chéster II y luego Chéster III. Y Chéster III estaba loco.
Más bien fue el primer perro --y quizá el único-- con el que realmente jugué, me reí e hice lo que hace un niño con su perro. Varios habían pasado por casa, y no duraron mucho: nunca supe qué pasó con el perro salchicha de mi primera infancia; a Flipper (un cocker spaniel) un carro le quebró una pata, el médico lo enyesó, se infectó y... Bueno, Chéster II tampoco era muy cuerdo: un día, sin más ni más, se le ocurrió saltar del tendedero en casa de la abuela (unos cuatro metros) y se fracturó una pata delantera, que curó, aunque le quedó torcida.
Chéster III se portaba como yo en esa época, o sea como un niño que por primera vez se portaba como niño (duraría poco), y nos íbamos a buscar charcos con renacuajos y a ver, día con día, cómo crecían, y luego oíamos cantar a las ranas. Me esperaba en la esquina de Los Héroes a que llegara del colegio, y detestaba a un lobo (sí, un lobo) que unos vecinos alemanes tenían a tres casas de la nuestra, y que previsiblemente se llamaba Wolf. En 1972, el día del golpe de estado de marzo (¿fue en marzo?), Chéster y Wolf estaban peleando feamente en el momento en que cayó una bomba de 500 libras en el cuartel San Carlos, a sólo unas cuadras, y las baterías antiaéreas lanzaban balas casi sobre nuestras cabezas. No sé cómo logramos separarlos mi hermana, yo y los dos niños dueños de Wolf, que además no hablaban español. Después fue correr a casa y curar al perro.
También lo atropelló un carro: lo arrastró durante media cuadra y le cortó un trozo de cola, quizá tres o cuatro vértebras. Desde entonces caminaba chistosísimo, con la cadera desviada hacia la derecha, y se enojaba si se daba cuenta de que uno se reía a su costa.
Hay muchas anécdotas con Chéster III, la mayor parte quizá intrascendentes, pero para mí son invaluables. La más seria es cómo detestaba a alguien muy cercano a la casa, de manera que parecía irracional y gratuita; una vez le atravesó una pierna con dos colmillos, y fue todo un lío llevarlo al hospital, pagarle el tratamiento, pedirle disculpas y sentir vergüenzas. Podía llegar a casa y el perro sólo se ponía de mal humor, pero si se me acercaba se le salía la legión de diablos. Resultó que el tipo era un acosador sexual de niños.
Había también un buen amigo de mi padre al que odiaba, pero por motivos más "personales". Cuando tenía como cuatro meses de edad, pinté una camiseta con plumón verde y se la puse al perro; él estaba feliz, pero el amigo de mi padre empezó a burlarse, a señalarlo y decirle cosas que a un humano lo hubieran ofendido. Le quité la camiseta, pero el amigo siguió burlándose, y cuando llegaba a casa recordaba la escena y se ponía a reír. Chéster nunca lo perdonó: cuando creció, trató de atacarlo varias veces; una vez rompió una cadena, otra destrabó una puerta de la zona de servicio y otra dejó la puerta de entrada llena de rasguños. Cuando lo de la cadena apenas logré detenerlo, abrazándolo y tirándolo al suelo, mientras el amigo huía de casa.
Salimos de El Salvador el 5 de enero de 1973. Unos días antes fuimos a dejar a Chéster a la finca de un socio y amigo del tío Mauricio; no podíamos llevarlo a Costa Rica. En diciembre de ese mismo año vinimos a pasar vacaciones al país y fuimos a verlo. Ya no era un perro-niño, sino un perro serio, que controlaba a todos los perros de la zona. Antes jugaba a provocar a dos o tres perros a la vez, hacía que lo persiguieran hasta la casa y allí los apaleaba, feliz; para entonces mostraba los dientes y los demás retrocedían con miedo.
Fingió no reconocerme durante un buen rato; obviamente no me perdonaba que lo hubiera abandonado. Me fui a caminar por allí y al rato me siguió. Empezamos a jugar y durante un par de horas fuimos amigos nuevamente. No lo volví a ver. Me dicen que murió de viejo.
Desde entonces no tuve perros, hasta ahora que nos acompañan Boris y Natasha. Gatos sí, varios, todos con historias extrañas. (Por algo eran gatos.) La mayor parte de ellos no vivió mucho, excepto Amy, quien ahora está con mi hija Eunice y debe andar en los 16 años.

Intermezzo: Columna

Por algún motivo --descuido, en realidad--, la semana pasada no puse aquí mi columna en Centroamérica 21; cuando lo recordé ya era tarde, y pido disculpas a los que la esperaban. (Espero que alguien la esperara.)
Va la de esta semana, que puede encontrarse en este link:

¿Despolarización, nueva polaridad o nada?
Rafael Menjívar Ochoa

De manera discreta, el FMLN ha anunciado que buscará una alianza entre las fuerzas de la izquierda para las elecciones de 2009, y habló de un acercamiento con el FDR, formado por expulsados y disidentes de esa agrupación. Con cautela, a través de Héctor Dada Hirezi, CD no descartó sumarse a una alianza.
La medida parece una respuesta a la virtual alianza entre los partidos de la derecha, en concreto ARENA y el PCN, y a la agresividad con la que el primero ha iniciado su “precampaña”, desde el partido y desde el gobierno.
La alianza de la derecha también busca quitarle votos al centro, o lo que quede en él; en esta ocasión podría estar representado sólo por los demócratas cristianos, y de por medio estaría la impredecible candidatura de Will Salgado, el controversial alcalde de San Miguel, quien podría llamar el voto de los indecisos o de quienes estén cansados del discurso polarizador. Ya comenzaron algunas medidas en apariencia diseñadas para amenazarlo o sacarlo del juego, como la investigación de grupos de exterminio contra delincuentes en San Miguel, con los cuales se lo liga.
La alianza entre la derecha se daría de manera natural, así las condiciones de ARENA aparenten dureza: el partido de gobierno determinará la fórmula presidencial y la parte medular del gabinete, pero el PCN obtendría cuotas de poder que no ha logrado desde el golpe de estado contra su último presidente, Carlos Romero, en 1979.
Lo difícil será consolidar una alianza de la izquierda pero, si se logra, podrían cambiar, por fin, ciertas reglas del juego político.
Difícil porque el FMLN, a su paso por elecciones internas y externas, ha dejado un largo rastro de cadáveres y mutilados políticos, propios y ajenos. El descrédito en el que sumió a los “reformistas” del FDR y figuras clave, como Facundo Guardado, se suma a los daños de imagen contra políticos de centro que fueron sus aliados, como Rubén Zamora, Héctor Dada y Héctor Silva. En su proceso de “consolidación” perdió alcaldías como las de Nejapa y Santa Ana –sus militantes pasaron a otros partidos y ganaron–, y puso en riesgo la de San Salvador. Pocas figuras críticas, como Óscar Ortiz, han sobrevivido en la estructura partidaria, no sin serios problemas.
Lo que deberá hacerse para resanar u obviar heridas, y las cuotas de poder que deberán repartirse en aras de una alianza, cambiarían las reglas de un juego que ya no funciona, si funcionó alguna vez. Eso lleva a qué será la izquierda para las elecciones de 2009.
Mauricio Funes parece el candidato más viable, aunque los sectores “duros” del FMLN –los dominantes– lo vean con hostilidad. Una “candidatura mixta” (Funes–Sánchez Cerén) llevaría a una solución fácil a la derecha: ataques similares a los que recibió Schafik Hándal en la campaña de 2004. Sería poner las cabezas de ambos en una bandeja, bien servidas y condimentadas.
Pocos han sobrevivido en el FMLN que puedan mostrar la imagen de moderación, conciliación y renovación que parecería adecuada para una fórmula viable de la izquierda, y el Frente se verá ante la severa decisión de considerar a personajes de CD o el FDR. Otro aspecto es la falta de un proyecto estratégico de país, de un plan de gobierno estructurado, y de intelectuales y técnicos que lo sostengan. Eso, además de los que pudiera proporcionar CD, abriría más los alcances de la alianza, y llevaría a determinar mecanismos que impidan que las discusiones y desacuerdos lleven a una ruptura en las primeras de cambio.
Si se lograra ese ideal, el primer resultado sería la despolarización política como la vivimos ahora, o un cambio en los parámetros de la polaridad. Todo lo expuesto no cuenta con que el aparato de la derecha ya está listo para lo que venga, y promete fortalecerse.
En otras palabras: para ganar las elecciones de 2009, a ARENA casi le basta con ser lo que es, mientras el FMLN debe pensar en una seria y acelerada reingeniería; un par de buenos candidatos no son suficientes. La pregunta es si la izquierda institucionalizada está lista para algo así, si enfrentará la posibilidad de regir el aparato de estado, o se perderá en un inútil torbellino de luchas por “principios” y seguirá destruyéndose a sí misma y a quienes se le acerquen más de la cuenta.

5 de agosto de 2007

1976


En 1976 los abuelos Alfonso y Carmen cumplieron cincuenta años de casados, y durante meses la familia estuvo preparando la fiesta. Al parecer a la iglesia no fueron muchos, a menos que se hayan puesto del lado izquierdo. Entre los que se ven reconozco al tío Juan, hermano de mi padre (está justo sobre la cabeza de la abuela), y a su lado a una señora cuyo nombre no recuerdo pero es de la familia Choto, y debe ser mi tía; recuerdo que es sordomuda. Los Choto son a los que menos conozco de la familia (exceptuando a los Molina y los Larín), así que es probable que se trate de tíos y primos de esa rama.
En enero de ese año llegamos a vivir a México, y a mi padre le llegaban cartas de parientes en los que el tema era las bodas de oro de los abuelos. Creo que la idea era que se animara a venir a El Salvador para acompañarlos, y él hubiera dado casi cualquier cosa por hacerlo. Pero el exilio es el exilio, y cada vez que llegaba carta se ponía triste durante días, y más cuando aparecía algún pariente de paso y le decía que iban a hacerla en grande. Después de los festejos nos llegaron varias fotos. Había una en la que estaban los abuelos rodeados de buena parte de la familia, y durante semanas la tuvo en su escritorio y se ponía a verla durante ratos largos mientras escribía Acumulación originaria y desarrollo del capitalismo en El Salvador.
Saco cuentas y veo que los abuelos se casaron en 1926. Estuvieron cuatro años sin tener hijos, así que la tía Corina, la mayor, debió nacer en 1930 y la tía Margo en 1932 o 33. Mi padre nació en 1935, y el tío Juan en 1937. No recuerdo si ya conté acerca de la vez que, durante la insurrección de 1932, estuvieron a punto de fusilar al abuelo por no traer su carnet anticomunista; creo que sí. Un oficial de la Guardia Nacional lo reconoció como "el hijo de la niña Nicha" (o sea la bisabuela Dionisia Menjívar), que se dedicaba a lavar y planchar ajeno, y eso le permitió llegar al pueblo siguiente a sacar su carnet. El abuelo se dedicaba a transportar café para la familia Regalado, y después fue chofer del viejo don Tomás durante 37 años. De no ser por una casualidad, este blog sin duda no existiría, porque ya lo habían bajado del camión y lo tenían a un lado del camino, listo para asesinarlo.
La abuela murió de una neumonía a principios de febrero de 1995. Al abuelo murió a finales de 1997. Sesenta y nueve años de casados...
Quién dijera.

4 de agosto de 2007

Circa 1920

La abuela Mina nació en 1914, y el abuelo Miguel Ochoa era dos o tres años mayor. Se casaron cuando ella tenía 19 años y él 21 o 22. En la foto, el abuelo tiene 9 o 10 años, según me dijo la abuela, así que debió tomarse alrededor de 1920.
No es original, sino la foto de otra foto muy retocada. El retoque no era de lo mejor; el abuelo, en su juventud, era rubio. Encaneció rápido: lo conocí siempre con pelo escaso y de color gris. Tenía los ojos azul claro, y en la foto se ven oscuros. Era de Chalatenango. (La abuela Carmen era muy blanca también, con los ojos amarillos y pelo claro; tampoco la conocí sin canas. Era de Juayúa, de ascendencia francesa. Ambos se casaron con personas muy morenas, el abuelo Alfonso y la abuela Mina.)
El abuelo Miguel hablaba muy poco de sí mismo, y de hecho hablaba muy poco; no creo que intercambiara más que algunas frases con él en toda la vida, en las pocas ocasiones en que estuvimos frente a frente. Cuando llegábamos a su casa, me ponía a jugar con Miguel, el hijo mayor de su segundo matrimonio, quien más que mi tío fue siempre un lejano pero querido hermano menor. (Tenemos varias anécdotas que quizá cuente algún día.)
Los 31 de diciembre había un ritual infaltable: llegábamos a la hora del almuerzo; Lila, su esposa, nos daba un pavo delicioso; al terminar, ella y mi madre se iban a conversar --Lila es un par de años menor que mi madre--, yo me iba a jugar con Miguel y mi padre se quedaba en el comedor platicando con el abuelo. "Platicando" es un eufemismo: se tomaban durante la tarde dos botellas de whisky Something Special, la mayor parte a cuenta del abuelo, hay que decirlo: el viejo tenía una gran capacidad para el alcohol. Regresábamos a casa a eso de las seis, con mi madre manejando y mi padre quejándose de la borrachera que tenía que ponerse todos los años con el abuelo; él se dormía algunas horas, ella preparaba algo para la cena en casa de la abuela Mina y yo me ponía a hacer lo que tuviera que hacer, según la edad que haya tenido, y así hasta mis 12 años. (A los 13 mi padre estaba exiliado. Se salvó de ésa y las demás borracheras del último día de los siguientes años.)
El abuelo nunca habló de su padre, de quién era, de si lo conocía o no, y no escribía su segundo apellido (Tejada) a menos que fuera necesario. Hasta donde sé, escribía menos de lo que hablaba. Tampoco, me dice Miguel, hablaba de su madre ni de su infancia antes de su llegada a San Salvador, supongo que por los días en que le tomaron la foto que reproduzco.
La abuela Mina sí me habló de la bisabuela, pero no recuerdo su nombre. La detestaba. Su relación era tan estereotipada que da pereza repetir anécdotas y peleas en las que se vieron envueltas. Terminó, desde luego, con la separación de los abuelos, en 1950. No sé si para entonces la bisabuela ya hubiera muerto.
En fin, el abuelo Miguel murió de un derrame cerebral en noviembre de 1980, en un día bastante incómodo: al siguiente del asesinato de los líderes del FDR, Enrique Álvarez Córdova, Juan Chacón, Manuel Franco y otros. Hubo balaceras en las calles, manifestaciones, toque de queda y, por si fuera poco, lluvias fuera de temporada. Me contó Lila que fue una odisea llevarlo a la funeraria, y que aprovecharon un breve momento de calma, un par de días después, para llevarlo al cementerio, enterrarlo y regresar a casa lo más pronto posible.
Su oficio era el de joyero, y no trabajaba mal, hasta que la diabetes le arruinó el pulso y la vista; entonces Lila se hizo cargo del negocio, la joyería La Corona, en Santa Anita, a media cuadra del Cementerio General. A la muerte del abuelo, Miguel debió dejar la escuela y dedicarse a lo mismo, aunque terminó graduándose de abogado. A él le tocó que se le muriera el abuelo entre las manos.
Y no fue la diabetes la que le arruinó la salud, sino los excesos. Nunca dejó de comer bien, o sea de comer cosas prohibidas, en cantidades serias, y jamás dejó el trago. Según yo, había tenido tres derrames, y el tercero lo mató; según Lila, fueron tres mayores, y unos veinte en total, que en los últimos años lo mantuvieron buenas temporadas en el hospital. Al salir, de nuevo la comida y el trago.
El abuelo me regaló dos cosas en la vida, dos anillos: uno muy sencillo, cuando tenía como cuatro años, y otro con una calavera, cuando tenía ocho o nueve y el otro ya no me quedaba. De él sólo recuerdo el mismo gesto serio y su modo de hablar rapidísimo, que sólo mi madre y Lila entendían, y que a veces reproduzco sin darme cuenta, lo que es la genética.
Lo vi por última vez el 31 de diciembre de 1975, a la hora del almuerzo, unos días antes de irnos a México, luego de tres años en Costa Rica. Unas semanas antes habíamos estado presos en Nicaragua, como ya he contado en alguna parte, y tratábamos de olvidarlo con un poco de rutina familiar.

3 de agosto de 2007

1950

En 1950 pasaron varias cosas importantes en la familia materna. Mi madre cumplió 15 años el 4 de octubre, y aquí aparece en la respectiva fiesta con el abuelo Miguel Ochoa (Miguel Ángel Ochoa Tejada, por más señas). El regalo del abuelo fue una radiola Phillips que tengo en casa, y que mi madre me regaló a su vez cuando cumplí los nueve, en 1968. No sé si funciona; en el terremoto de 1986 se cayó, en la bodega de la abuela Mina, y nadie se atrevió a encenderla desde entonces.
Por esos días, también, mi madre se recibiría de secretaria comercial en el Sagrado Corazón (antes había estudiado en la Normal España) y comenzaría a trabajar en la Dirección de Bibliotecas Ambulantes, recién creada por Reynaldo Galindo Pohl como ministro de educación. La Dirección tenía dos empleados: Jose Rodríguez, el director, y mi madre, su secretaria. Ya conté algunas anécdotas, por ejemplo de cómo ambos se iban a recorrer pueblos con libros, con un proyector de cine y con las películas que buenamente conseguían, y de cómo don Chepe, quien le llegó a escribir los discursos del presidente José María Lemus, terminó más o menos emparejado con mi abuela. Allí llegaban también a robarse libros "los muchachos" de la Generación Comprometida, con la aquescencia de Galindo y de don Chepe, y la protesta sumaria de mi madre. Don Chepe tenía fama de buen orador de plaza; su apodo era "Pico de Oro". Murió a principios de los ochenta; era diabético, se le gangrenó un dedo y no quiso que lo operaran. Dijo que prefería morir completo, y así murió.
El hecho de que se emparejara con la abuela (en realidad eran novios de un par de días a la semana; ella tenía su almacén y él era profesor de lenguaje del INFRAMEN) fue posible porque, también en 1950, ella se separó del abuelo Miguel. Y no sólo se separó, sino que no le dio el divorcio sino hasta 1959, por las fechas en que nací, con todo y que ella era la que no quería seguir con él. El abuelo metió varias demandas en el ínterin, y la abuela se encargó de sabotearlas todas, nunca supe por qué. Por fin, ya divorciado, el abuelo se casó con Lila Romero, madre de mis tíos Miguel --que es como mi hermano-- y Eduardo; el primero es dos años menor que yo, y el segundo como 13 o 14.
La abuela firmaba Mina Molina, pero en sus últimos años tendía a poner Mina de Ochoa; quizá ya llevaba sola demasiado tiempo.

2 de agosto de 2007

1957


Mis padres se casaron el 27 de julio de 1957, no sé en qué iglesia, y festejaron en el edificio de la Corte de Cuentas, cuya azotea al parcer rentaban para esos y otros menesteres. En la foto, en primer plano, la abuela Mina (madre de mi madre), bastante desconsolada; mi madre y mi padre. Detrás de mi madre se asoma el doctor Napoleón Rodríguez Ruiz, quien para entonces ya debía ser rector de la UES, o estaría a punto de serlo.
No sé qué habrán hecho para convencer a mi padre que se casara por la iglesia, y nunca me respondió cuando se lo pregunté; se ponía rojo, miraba para otro lado y cambiaba el tema. Para ese entonces era un comecuras incurable, valga el juego de palabras. Y no fue por motivos de embarazo, porque mi hermana María Elena nació (y murió) diez meses después, el 22 de mayo de 1958, como se puede leer en este post. Seguro estaba enamorado...
Reviso la serie de fotos de la boda que está en uno de los álbumes que me dejó la abuela Mina y veo que en una de ellas está el abuelo Miguel Ochoa, su ex esposo, a quien detestaba, en un rincón. En el álbum de mi madre se ve al abuelo entregándola, y aparece siempre en primer plano. Tampoco encuentro a los abuelos Alfonso y Carmen, que de seguro estuvieron allí. A la abuela Mina le caía especialmente bien el abuelo, pero detestaba a la abuela Carmen, y ellos no se separaban jamás; supongo que habrá escogido muy bien las fotos para su álbum, o habrá aplicado alguna purga staliniana a las que le dieron.
No sé qué se habrán hecho los álbumes de la abuela Carmen. Sé que algunos los tiene la tía Corina, hermana de mi padre, pero nunca me los quiso mostrar. Ah, la gente...

1 de agosto de 2007

Sermón de Su ausencia

La fecha del manuscrito es agosto de 1984, y es la primera versión del poemario Algunas de las muertes, que se publicaría dos años después. Se me ha perdido el libro, no sé si para bien o para mal. El poema se llama(ba) "Sermón de Su ausencia".
No lo incluí en el libro, a pesar de que lo había trabajado desde 1980. (Aquí pueden verse las partes II y IV.) El motivo fue que precisamente en 1980 leí y releí y releí Muerte sin fin, de José Gorostiza; la influencia es clarísima y uno tiene su dignidad.
Recuerdo que el poema era mucho más largo que las seis o siete páginas en que quedó, y que había mucho de Eliot también. Empezaba con una frase que nunca se me va a olvidar, que me gustaría usar alguna vez: "La silla en que ella se sentaba." Así, simple, endecasílaba y con dos falsas sinalefas seguidas.
Supongo que fue por influencia de Gorostiza que me dio por escribir de Dios, y más bien para ver qué se sentía, porque no es un tema que me haya quitado el apetito más que de manera teórica. También en 1979 leí por primera vez el Canto de guerra de las cosas, de Joaquín Pasos, y por allí habrá algunas frases que lo plagien. Sigo leyéndolo, al menos un par de veces por mes, y sigo encontrándole cosas y sorprendiéndome. Este domingo, sin ir más lejos, en el taller, Santiago Vásquez dijo que le parecía obvio que uno de los mejores poemas a la Luna están en el Canto, y que ni siquiera menciona a la Luna. Todos le preguntamos que dónde diablos había leído eso, y consultamos la copia que Loida Pineda siempre trae a mano, por si se llegara a ofrecer, junto con Altazor, la "Elegía" a Ramón Sijé y el Romancero gitano:

No había que buscarla en las cartas del naipe ni en los juegos de la cábala.
En todas las cartas estaba, hasta en las de amor y en las de navegar.
Todos los signos llevaban su signo.
Izaba su bandera sin color, fantasma de bandera para ser pintada con

colores de sangre de fantasma,
bandera que cuando flotaba al viento parecía que flotaba el viento.
Iba y venía, iba en el venir, venía en el yendo, como que si fuera viniendo.
Subía, y luego bajaba hasta en medio de la multitud y besaba a cada hombre.
Acariciaba cada cosa con sus dedos suaves de sobadora de marfil.
Cuando pasaba un tranvía, ella pasaba en el tranvía;
cuando pasaba una locomotora, ella iba sentada en la trompa.
Pasaba ante el vidrio de todas las vitrinas,

sobre el río de todos los puentes,
por el cielo de todas las ventanas.
Era la misma vida que flota ciega en las calles como una niebla borracha.
Estaba de pie junto a todas las paredes como un ejército de mendigos,
era un diluvio en el aire.
Era tenaz, y también dulce, como el tiempo.


Y pues sí, parece cierto. Yo más bien pensaba en la muerte, en el amor ideal, en alguna cosa más o menos abstracta, pero le queda muy bien a la Luna, y ni siquiera se me había ocurrido en 29 años de lecturas.
Como sea, un día de tantos me deshice del manuscrito en cuestión, y creí que estaba libre de él. No contaba con que siempre le enviaba a mi padre todo lo que escribía --God bless his boots, and much more his patience--, y cuando murió me lo traje junto con otros. (Aquí al lado tengo la primerísima versión de Los años marchitos, y por allí anda la del Traidor.) Como en los días de descanso de los últimos tiempos, me puse a hurgar y a leer y, en fin, está menos peor de lo que pensaba, pero confirma mi convicción de que me muevo mejor en la narrativa.
Las ilustraciones están en tamaño legible. Basta con hacerles clic para leerlas.