26 de febrero de 2008

Presentación de Las flores en Guatemala

1. Cuarenta minutos antes de la hora oficial de la presentación de su libro Las Flores, Denise nerviosísima. Nos echamos un helado (yo) y un capuchino (ella) en una cafetería interesante llamada Saúl, en un centro comercial que no sé dónde queda, francamente. Antes, almorcé con Andrómeda dei Fiori (Andrea Flores, para los cuates), que entre otras cosas es Leo con ascendente Escorpio, como yo. ¿Cómo no almorzar con ella?

2. La sorpresa es que, antes de iniciar la presentación, apareció agitada, en Sophos, la poeta salvadoreña Susana Reyes. Está en Guatemala para un asunto de trabajo, y fue a ver si ya había comenzado. (No, no había comenzado. Se regresó a su hotel a comer, junto con su jefa, y cuando regresó ya había terminado. Igual la plática estuvo buena.). Y pos para que conste.

3. La presentación del libro, con Javier Payeras. Bien agradable, casi familiar, con todo y que llegó un montón de gente.

4. Compañeros del (ex) taller de La Casa en Guatemala: Renato Buezo, Andrea y Quique Soria, junto con Denise. Sí, falta Vanessa...

5. Pero ella estaba en otra mesa y en otro rollo, como siempre.

6. ¡Sorpresa! Philippe, el dueño de Sophos, me dijo que estaban vendiendo libros míos en francés. Encontré dos: Instrucciones para vivir sin piel y Breve recuento de todas las cosas. Buena onda.

7. Después de la "foto oficial", con Raúl Figueroa (el editor de F&G), reunión en casa del mismo, que es donde me estoy quedando. Plática hasta las 11 de la noche, y no más porque todo el mundo trabaja, etc.

Y orgulloso, cómo no. Denise es la segunda persona de La Casa que publica algún libro, y sigue Vanessa dentro de poco. Más otros que vienen muy pronto, de los que hablaré en su momento. Ha sido y sigue siendo un privilegio trabajar con gente así. Gracias, gracias, gracias.

23 de febrero de 2008

Tula Alvarenga y la memoria histórica

La presentación del libro Huellas en las piedras, de María Leticia Solano, estaba programada en el aula 401 del edificio Francisco Morazán de la UTEC. En el segundo piso nos interceptaron y nos dijeron que se había cambiado de lugar, al Auditorio de La Paz, mucho más grande. Y afuera del auditorio había varias decenas de personas que ya no habían alcanzado a entrar; el auditorio estaba lleno, y los muchachos que cuidaban la entrada dijeron que era imposible, que nadie más. Y bien, a esperar a que terminara para saludar a quien hubiera que saludar. Habían anunciado que regalarían un ejemplar del libro a los asistentes, y había entre 150 y 200 en una pila, sobre una mesa, a la entrada.
En eso estábamos junto con un buen amigo (Cuyo Nombre No Puede Ser Dicho En Este Blog Ni En Ninguno De Las Galaxias Cercanas) cuando se me acercó un tipo muy alto y sonriente y me preguntó:
--¿Vos sos Rafael Menjívar?
Como a estas alturas ya no sé si me lo preguntan para decirme "Hola, gusto de saludarte" o para acusarme de cosas feas, me lo pensé un par de segundos antes de contestar. Y, claro, cómo no pensármelo, si de verdad que el tipo estaba grandote. Al final decidí decir la verdad desnuda:
--Sí.
--Soy Tono Morales Carbonell --me dijo, y me tendió la mano.
Durante una temporada nos estuvimos carteando, él en Europa y yo en Estados Unidos y luego en El Salvador, y por algún motivo ya no seguimos. Le pregunté dónde vive ahora, y resulta que aquí mismo, desde apenas unos meses después que yo, y risas, y etcétera, y pude darle las gracias por el libro Nuestras montañas son las masas, con documentos de Salvador Cayetano Carpio y un artículo suyo, muy largo, en el cual habla acerca del suicidio de Marcial. También resultó que había leído las cosas acerca de Marcial que he publicado en este blog, además de varios artículos, y cómo, con el reciente libro de... uh... memorias... de Salvador Sánchez Cerén, publicamos cosas al mismo tiempo, en las que coincidíamos, él en el CoLatino y yo en Centroamérica 21. Etcétera.
Y, en fin, que él tampoco podría entrar. Pero cómo no: se acercó a una de las jóvenes que resguardaban la entrada y, muy seguro y con un tono que no dejaba lugar a dudas, le dijo:
--Mire, él y yo somos escritores y periodistas y tenemos que estar allí adentro. No sé cómo le van a hacer, pero tienen que dejarnos entrar.
La muchacha vaciló, vio para todas partes, y nos dejó entrar, y en la colada se fueron Álvaro Darío Lara y Aquél Cuyo Nombre No Mencionaré ("Él también viene con nosotros", dije).

En ese momento estaba hablando Tula Alvarenga, la legendaria --ésa sí-- dirigente sindical, viuda de Salvador Cayetano Carpio y ahora, a sus ochenta y cinco años, una mujer extraordinaria bajo cualquier medida y donde la pongan.
Y el auditorio absolutamente lleno.
Esperaba ver mucha gente de la vieja guardia de las FPL, y sí, había varios, pero la mayor parte de la asistencia estaba conformada por jóvenes, que escuchaban con una atención y un respeto que pocas veces he visto, en especial hacia alguien que ha sido borrada de la historia oficial de la izquierda, cuyo esposo ha sido satanizado, etcétera. Allí hice cuentas: a menos que saliera corriendo cuando terminara el acto, no alcanzaría mi libro gratis. (Uno tiene su lado mezquino, pues.)
Me emocionó verla hablando en el podio, con voz suave, un poco desconcertada: hace cuarenta años, en plazas, asambleas y mítines, esa misma mujer fue capaz de parar un país completo, en la Huelga del Acero, en abril de 1967. Estaba en presencia de la historia. Y el hecho de conocerla desde hace tanto tiempo, de haber hablado con ella en diversas ocasiones, no me quitó la sensación. (Más tarde le diría: "Su obra de arte fue la Huelga del Acero, ¿verdad?" Sonrió con una sonrisa amplia y feliz: "Sí, ésa fue.")

Tulita estaba de verdad desconcertada. No terminaba de entender que mucha gente hubiera ido a la presentación del libro, que lo de Marcial era un buen atractivo, etcétera, pero que el motivo principal de que tanta gente se hubiera reunido era ella. ("Creí que nadie se iba a acordar de mí", nos dijo después.) Todas las cámaras de televisión y video estuvieron apuntadas a ella durante casi todo el rato, siguiendo cada una de sus reacciones. Obviamente estaba desacostumbrada a tanta atención; desde que pasó a la clandestinidad junto con Marcial, en abril de 1970, no había aparecido en público, tan en público.
Después de la presentación me subí a saludarla rápidamente para correr después por mi ejemplar, pero no alcancé a alejarme, ni quise. Me tomó por el brazo y me dijo: "Qué bueno que vino", y empezó a decirme que se había emocionado tanto que no había dicho todo lo que quería decir, que la cabeza se le había nublado, pero estaba feliz. Y me quedé sin mi ejemplar, así que prometió que me iba a conseguir uno para la próxima vez que nos veamos. Según los presentadores, allí se habla de los últimos días de Marcial, de sus últimas horas, y eso es algo que sin duda quiero leer, como los otros cientos de personas que estaban allí, alcanzaran o no su ejemplar.

Aquí, con Rosario Luna, compañera suya en la Fraternidad de Mujeres del Partido Comunista Salvadoreño, con quien después pasaría a las FPL, tras la ruptura del 1 de abril de 1970.

Hubo un momento en que los presentadores comenzaron a hablar del asesinato de Ana María y del suicidio de Marcial. Tulita se quedó quieta, creo que sin escuchar, y más bien recordando y reconstruyendo momentos que, creo, a nadie le gustaría vivir, y menos aún vivir de nuevo.
Y como uno no deja de ser periodista, cuando ya íbamos de salida, le dije que Salvador Sánchez Cerén dice, en su libro Con sueños se escribe la vida, que él estaba presente en su casa cuando murió Marcial. Puso cara de extrañeza:
--Eso no es cierto. Él estaba cerca, en otra casa, y llegó después. Pero él no estaba allí.
--Dice que estaba durmiendo en su cuarto cuando sonó el disparo.
--Eso fue antes, cuando mataron a Ana María. Leonel llegó a Managua y se quedó tres días en la casa, en el cuarto de Salvador y mío. [Recordar que Marcial estaba de viaje en Libia. Aquí hay una foto de su regreso, donde también aparece mi padre.] Pero sólo fueron tres días. Después se fue a otra parte. Él no estaba en mi casa cuando se suicidó Salvador.
Y ya.
O a las memorias de Leonel les falta precisión en la... uh... memoria en algo tan importante como el suicidio de un comandante en jefe o algún motivo político habrá en "reacomodar" la historia en algo tan importante. Me da la impresión de que quiere "limpiar" un poco las sospechas de que hubiera estado en una conspiración contra Marcial, o mostrar un grado de amistad y lealtad que no parece haber existido.
Como sea, asunto resuelto: según Tula Alvarenga, Sánchez Cerén no estaba en su casa cuando Marcial se suicidó. No sé cómo pudo permitir que se escribiera algo así cuando era tan fácil desmentirlo...
(Mi pregunta es: ¿votaré para vicepresidente por alguien así? Mi respuesta la sabré el día de las elecciones, si es que voy a votar. Mi impresión es que no iré; hay tantas cosas importantes que hacer en casa...)

22 de febrero de 2008

Presentación de libro para el sábado

Este sábado 23 de febrero se presentará el libro de memorias Huellas en las Piedras, de María Leticia Solano, a las 4:15 p.m., en el edificio Francisco Morazán, aula 401, de la Universidad Tecnológica.
Los presentadores serán Carlos Valle, Tula Alvarenga, Rosario Luna y Óscar Martínez Peñate.
María Leticia Solano perteneció a la Fraternidad de Mujeres Salvadoreñas, a las Fuerzas Populares de Liberación (FPL) y fue secretaria privada del comandante Salvador Cayetano Carpio (Marcial) y de la segunda responsable de esa organización, la comandante Mélida Anaya Montes (Ana María).
Se regalará un ejemplar a cada uno de los asistentes.

21 de febrero de 2008

De 48 y no de 96

Como debería ocurrir, es la práctica la que resuelve las dudas y los problemas, incluidas las dudas acerca de qué cuaderno usar y los problemas para usarlos o no.
Después de escribir un post acerca de la Disyuntiva De Los Cuadernos --puede hallarse aquí, con todo y modelitos--, me decidí por el de 96 páginas, el verde de doble tono, y dejar el verde de 48 páginas para mejor ocasión. Desde el momento de empezar a escribir supe que no iba a funcionar. Los motivos están a la vista en las muestras de arriba: a la izquierda, una página del cuaderno La Couronne de 96 páginas; a la derecha, una del Calligraphe de 48. Ambas están escritas con la Parker 45, desde luego; igual hubiera pasado con un plumón de gel, de los que uso cuando me harto de la Parker.
Si se dan cuenta, los márgenes superior e izquierdo del cuaderno de 96 son más angostos, y eso tiene sus desventajas al hacer correcciones y añadidos como éstos. Por otra parte, de repente sentí que debía hacer la letra más grande, que dos de las "rayitas" de la hoja no me alcanzaban para escribir una línea, y tenía que usar tres, algo impensable. Como que las letras eran más gordas, y no por eso más legibles. Vi las especificaciones del cuaderno: las hojas son de 70 gramos por metro cúbico, mientras que las del otro son de 90. No tengo idea de qué quiera decir esa medida; en términos reales, que el cuaderno de la izquierda es de hojas más delgadas y el otro de hojas más gruesas; el primero absorbe más tinta, el segundo menos; en el primero las letras se ven más gordas, en el segundo se ven como deben verse, o como quiero que se vean. Así que, después de apenas dos párrafos, me cambié de cuaderno y ya salió una versión preliminar del nuevo capítulo 11 de la primera parte.
Ah, porque de eso también se trata: tengo un nuevo capítulo 11.
Al principio, cuando terminé el primer borrador, escribí lo que supuse que sería el primer capítulo de la segunda parte, y así se quedó durante unas semanas. Después dije: ¿y si lo uso como contrapunto, para antes del final de la primera parte? Me pareció lógico y viable. Me puse a trabajar en él y no pasé de cierto pasaje. Escribí otras cosas, corregí las demás, para saber qué venía en ese capítulo, y juro que ya estaba listo sólo para redactarlo.
Pero una lectura y corrección a fondo del segundo borrador me llevó a una conclusión: desde el principio era el primer capítulo de la segunda parte, pero no le hice caso al instinto. El registro es ligeramente diferente, el enfoque, etcétera. Sí queda en la primera parte, resalta demasiado por diferente, y puede hacer que el capítulo 12 se vea forzado, opacado o fuera de contexto, lo cual no es el caso; fue de los primeros que escribí, precisamente para saber en qué iba a parar todo.
Así que hice un capítulo 11 que fuera de acuerdo con la primeta parte y que fuera un lazo natural entre el 10 y el 12, o sea lo que se espera. Y lo escribí rapidísimo, ayer mismo, en tramos de quince minutos, después de pensármelo un par de días. (El penúltimo tirón fue sentado afuera de una farmacia. El último, mientras trataba de ver un capítulo nuevo de alguna serie de televisión que al final me perdí. Ni modo.)
Ahora estoy en que:
1. Debo corregir y pasar en limpio el nuevo capítulo 11.
2. Debo corregir y ajustar el capítulo 12, a cuyo segundo borrador no le he metido mano.
Con eso, y con una repasada general antes de imprimir, queda listo el tercer borrador. Me va a servir de guía para la segunda parte, y ésta ya irá modificando lo que haya menester. Hay algunos detalles que tengo detectados y quizá cambie en ese tercer borrador; dependerá de lo que haya en la segunda parte.
Ah: es la forense más joven la que mata al tipo, ya lo decidí. Y en el primer capítulo de la segunda parte averiguaré por qué.
Ahora está pendiente qué diablos va a pasar con la nueva Primera Presidenta, como habrán intuido. Las / los demás se moverán como les corresponda.

20 de febrero de 2008

Cénomane y la luna a las tres de la tarde

Por fin, orgullosamente, les presento la editorial Cénomane, en Le Mans, del heroico --y buen amigo-- Alain Mala, en una foto que acaba de enviarme Thierry Davo. ¿Ven cómo a través de la puerta se ve una pared al fondo? Pues bien, eso es sólo la mitad; hay otro tanto --igual de pequeñito-- más hacia el fondo. En total tendrá de fondo más o menos lo que tiene de fachada. Todo está lleno de libros por todas partes, y hay cuatro escritorios que no sé cómo han logrado meter con sus respectivas sillas, y libreros del piso al techo. ¡Y hasta tiene un baño! ¿Cómo no publicar en una editorial así, con alguien que pelea con uñas y dientes para mantenerla a flote, y no sólo eso, sino que ha logrado lanzar unos cuarenta títulos, la mitad de ellos de literatura --y cinco míos, válgame?
Queda en un pequeño callejón donde hay tiendas, una librería más o menos del mismo tamaño --la principal distribuidora de los libros de Cénomane en la ciudad--, tiendas, algunos restaurantes...
Precisamente al lado de Cénomane está una pizzería, donde cenamos una noche. Le hacíamos la broma a Alain de que le prestaban un pedazo de la cocina de la pizzería para que allí funcionara la editorial, por eso había que cerrar temprano, para que pudieran lavar los platos.
Todo lo anterior, en serio, lo digo con mucho cariño, gratitud y admiración.
Thierry también me mandó unas fotos de la luna en pleno día. Son una alusión a un pasaje de Instrucciones para vivir sin piel, que dice:


Piensa en la palabra “matar” y recuerda cierta vez en Flagstaff, después del rito anual de amar a la señora Tal y Tal, mientras comía una hamburguesa en un drive–in. Salió del carro porque le pareció una buena idea comer al aire libre, y levantó la vista: vio un cuadrado imperfecto formado por las caudas de cuatro aviones de propulsión a chorro, y casi en el centro estaba la luna.
Vio el reloj: las tres de la tarde con ocho segundos. Las manos le sudaron y debió tirar la hamburguesa y la lata semivacía de Coca-Cola en un basurero porque nadie puede ni debe alimentarse en un lugar donde la luna —en menguante, hay que apuntarlo— está en el cielo a las tres de la tarde con nueve segundos, la misma luna de los enamorados y de los lobos que le aúllan a la luna sin saber por qué. Quizá, sin pensarlo, ese día entendió la gran diferencia entre la vida y la muerte: no es que en la luna no haya vida, sino que allí todo está muerto. La ausencia de vida es algo positivo; la muerte no es carencia, sino exceso. El vacío no existe: eso que usted llama vacío es la muerte en pleno, La Muerte en toda su presencia. Por eso la luna puede salir a pasearse a las tres de la tarde con diez segundos: porque es imposible programar la hora de la muerte, la hora en que debe presentarse la muerte; porque es necesario que la imagen de la muerte vague descontrolada e incontrolable, porque es inevitable. Los astrónomos dirán lo que deseen: esa luna —la Luna— no debía estar allí, por más que los números lo predijeran y demostraran. Esa luna sobre Flagstaff era la negación de la astronomía y de cualquier conocimiento humano. Esa luna era la muerte enmarcada por las caudas de cuatro aviones destinados a estrellarse. No se quedó para enterarse de las noticias, ni compró el periódico en los días siguientes (¿hace cuánto que no compra un periódico?), pero supo que esos aviones se estrellaron o desaparecieron en, por decirlo así, el vacío, esa certeza absoluta.
Desde entonces no ha podido ver el cielo con inocencia o placer, aun en las noches más estrelladas del desierto, aun a las horas en que es importante que la luna esté allí para que los enamorados se besen, los lobos aúllen y el lugar común mantenga su vigencia, es decir: para que continúe la vida de los diez mandamientos, una vida que a veces envidia pero que no quiere desear.
Tampoco en las ciudades más grandes ha podido ver el cielo desde entonces: las antenas de televisión y los rascacielos no lo protegen de nada, sólo le ayudan a ocultarse; el smog lo hace toser y no le deja ver el cielo con claridad. Pero ahora sabe que en cualquier momento, en cualquier lugar, la luna y su impudicia pueden aparecer en pleno día y la vida ya no será lo mismo: la muerte cansa, y por eso está en uno de los mandamientos de la ley de Dios, ese intento de evitar los errores sin los cuales no se puede llegar muy lejos, pero tampoco vivir con el alma entera.


El trozo anterior lo escribí precisamente en Flagstaff, mientras me fumaba un cigarro afuera del Departamento de Lenguas Modernas de la Universidad del Norte de Arizona. No eran las tres de la tarde, sino las dos. Se me ocurrió levantar la vista y allí estaba la Luna, y en serio me asusté: ¿qué tenía que hacer allí a esa hora? Ya sé que al norte de estas nuestras latitudes las cosas funcionan de otro modo, y lo sabía entonces, pero ver la Luna bien plantada a las dos de la tarde es diferente a saberlo. Y lo de los aviones a chorro es cierto: la luna estaba enmarcada por cuatro caudas hechas por aviones militares. Estaba en ese momento revisando el primer borrador de la novela, y armando el segundo, y escribí lo anterior --y un poco más--, ya basado en el personaje y con lo que el personaje tuviera que decir o pensar. Por esa escena, la novela estuvo a punto de llamarse La Luna sobre Flagstaff, pero no me pareció lo suficientemente fuerte y no me terminó de gustar la idea de ponerle una palabra en inglés, no sé por qué.
Lo de la precisión de los segundos es importante para la novela. En total, la historia dura veintinueve segundos, y dos de ellos, casi tres, se dedican a la Luna. Igual lo de los mandamientos es importante. Se hace un recuento de los mandamientos judeo-cristianos (los de Moisés, pues) desde puntos de vista bien extraños. En eso, el relato se queda trabado en el quinto durante un rato, repite lo de "Quinto: no matar", hasta que llega a desesperar, al menos al personaje, y por fin entra en el tema:
Quinto: no matar. En realidad hemos estado dándole vueltas a este mandamiento durante todo este tiempo, pero desde el extremo correspondiente a la víctima, es decir:
Quinto: no morir.
Y allí se suelta un rollo bien grueso, algo así como "la verdadera historia" de un personaje que trata de enmascararse para que no se conozca qué hace allí, en Flagstaff o en cualquier parte, a las tres con ocho, tres con nueve, tres con diez segundos de la tarde.
La novela está inédita en español. Se admiten propuestas.
Y gracias a Thierry por las fotos.

19 de febrero de 2008

Cosa de un martes por la noche

Hace días terminé de leer Escritos y documentos, de Sandino, que muy amablemente me envió Juan Ignacio Calcagno, de Ediciones El Andariego, de Argentina. Como dije antes, me parece un libro conmovedor, porque ya sabemos en lo que terminará la historia de Sandino y en lo que ha parado el sandinismo.
Hubo un detalle que me llamó la atención: en la página 133, en una descripción de la batalla de El Saraguazca, Sandino habla de cómo la Guardia Nacional (sí, la que después protegería a Somoza y combatirían los sandinistas "modernos") se conformó con gente salida de sus propias filas, del ejército popular formado para botar a los norteamericanos de Nicaragua. Era previsible, obvio y ya lo sabía, pero lo había olvidado y me impresionó re-comprobarlo.
Dice Sandino:
La piratería Norte-Americana ha logrado organizar un Ejército de Nicaragüenses jóvenes que los apoda Guardia Nacional.
La mayoría de esos hombres estuvieron con nosotros, hombro con hombro, combatiendo la intervención yanqui. Pero el enemigo les ha puesto una venda de dólares en los ojos, por lo que ahora no ven contra quién combaten. [...]
¿Será posible que esos Nicaragüenese que se encuentran al servicio de la intervención yanqui, quieran con el rifle en la mano comprarse la esclavitud que nosotros rechazamos con ira santa?
¿Qué les animará a esos hombres tan estúpidos?
¿No habrán comprendido que al defender nosotros el honor de la Patria, es buscar la Libertad para todos los Nicaragüenses?
¿Será posible que un uniforme militar, tres escasas comidas diarias y doce pesos mensuales que reciben esos hombres, les hagan vivir tan felices que puedan olvidar a la Patria Amada que nos besa a todos bajo un mismo cielo azul?

Lo interesante es que, después de las pugnas entre liberales y conservadores en el siglo XIX, que en Nicaragua se resolvieron con la intervención militar de Estados Unidos, en ese país quedaron pugnas entre liberales y... uh... liberales.
Sandino regresa de México para sumarse al Ejército Liberal, dirigido por el general Moncada, y logra buenos triunfos. Moncada aprovecha la presión militar que ha ejercido para llegar a un acuerdo con los ocupantes: quedar él de presidente y dejarse de cosas. Sandino se opone y, desde antes del acuerdo, Moncada trata primero de segregarlo, después de que lo maten en combate y después de matarlo directamente. Falla y Sandino se desmarca y comienza a pelear contra los liberales. Son los propios liberales los que asesinan a Sandino, y los que empiezan a darse golpes de estado y esas cosas, hasta que llega al poder el liberal Anastasio Somoza García, con la Guardia Nacional como su ejército y, sobre todo, como una guardia pretoriana bastante grande y bastante aguerrida y represiva.
Es a esa Guardia a la que vence el Ejército Popular Sandinista en 1979: la creada contra Sandino con gente de Sandino.
Una acotación. Se creyó en El Salvador que el triunfo militar y político contra la Guardia Nacional podía reproducirse, y parecía bastante posible en su momento. En Nicaragua hubo una verdadera insurrección popular en 1979 --algo que en El Salvador no ocurrió en la ofensiva de 1981; aún me pregunto por qué--, pero aun sin esa insurrección hubiese sido posible --como lo fue-- un enfrentamiento directo entre los sandinistas y las fuerzas del gobierno, y que ganaran los revolucionarios.
Algo que rara vez se toma en cuenta es que la Guardia Nacional no era un aparato tan sofisticado ni poderoso como el que existía en El Salvador. Aquí había un Alto Mando que manejaba el Ejército, la Guardia Nacional, la Policía Nacional, la Policía de Hacienda y la Policía de Aduanas. (Esta última, se dice, llegó a manejar escuadrones de la muerte y cárceles clandestinas, aunque a menor escala que la de Hacienda, que parecía ser el centro de todo ese sistema.) El entrenamiento y capacidad de la Guardia Nacional Somocista estaba en un punto medio entre la Policía Nacional y la Guardia salvadoreña. Nunca dejó de ser un organismo militar destinado al control político y social, no un ejército profesional destinado a defender la soberanía, etcétera. Pelear contra ellos no era como pelear contra los cuerpos de seguridad salvadoreños, y menos aún contra el ejército, que el propio Sandino, en su tiempo, ubica como el mejor entrenado de Centroamérica. Aquí la Guardia Nacional cumplía el papel de guardia pretoriana, pero esa era sólo una de sus funciones, y no siempre la más importante.
Dato curioso: entre 1980 y 1982, la guerrilla salvadoreña ya había matado a una cantidad de soldados equivalente al total del ejército, sin contar con las deserciones masivas, etcétera, pero nunca tuvo la capacidad de enfrentarlo frontalmente. Cuando se estaba preparando un ejército propio, con todas las de ley, el FMLN lo dispersó en pequeñas unidades móviles, que sólo en algunas ocasiones llegaron a combatir con el ejército de manera frontal, con éxito, como el ataque a El Paraíso (la cuarta brigada de infantería), en Chalatenango, el 30 de diciembre de 1983, que se repetiría en 1987 en otras condiciones. Hasta ese momento, los ataques a cuarteles terminaban en hostigamientos, así el objetivo fuera tomarlos.
En fin, un detalle histórico.

* * *

Hubo algunas cosas que no alcancé a poner en mi reseña acerca del libro Con sueños se escribe la vida (¡qué feo título!), de Salvador Sánchez Cerén, publicada aquí. Por ejemplo, que su vida familiar y la parte "histórica" del momento en que le tocó vivir (el análisis histórico, digamos, que es bastante de cajón y a veces contradictorio o con datos malos) le lleva como la mitad del libro, sin que uno sepa muy bien a qué viene todo. Luego, el affaire Marcial-Ana María le lleva un buen trozo, y luego pasa en un par de capítulos los nueve años siguientes, sin dar nada de información acerca de nada. Sólo algunas de sus ideas --supongo que lo son--, difusas como el resto del libro. Si uno quería enterarse de sus andanzas en Chalatenango, de las decisiones que debió tomar, del asunto de Mayo Sibrián y, vaya, de lo que comieron después de la firma de los Acuerdos en Chapultepec, tendrá que buscar en otra parte. Y por ahora no hay otra parte.
Un detalle me llamó la atención, sin embargo, en la página 196:
Decidimos acelerar nuestra propia investigación. Junto con Jesús Rojas (Chusón), que estaba en Managua, y Salvador Guerra, que vino desde Chalatenango, los tres, hicimos gestiones, platicamos con algunos de los compañeros que estaban detenidos y entonces sí confirmamos lo que nos habían informado los investigadores sandinistas: Marcial había llegado a la conclusión de que las FPL se habían aburguesado y, siendo Ana María la responsable de tal degeneración, había ordenado eliminarla. Los asesinos fueron juzgados y condenados por la justicia nicaragüense, aunque después fueron amnistiados por el gobierno de Violeta Chamorro. Marcial dejó escritas dos cartas en las que se declaraba inocente, pero la información de que disponíamos por las declaraciones de los reos y de sus propios archivos decía lo contrario. La noticia sembró una percepción en todo el país y a nivel internacional de que la derrota del FMLN era cuestión de tiempo. La muerte de Marcial provocó una nueva contradicción en las FPL en relación con aquellos que nunca aceptaron el involucramiento de Marcial en el asesinato: una parte del frente metropolitano decidió separarse y formar su propio frente Clara Elizabeth [Ramírez]. Era un pequeño grupo en el país y otro en el exterior. Se separaron y comenzaron a hacer una labor de desprestigio no sólo de las FPL, sino también del FMLN y a señalar que este problema había sido originado por la influencia sandinista y de los cubanos.

Hay una pregunta obvia: si se hizo toda esa investigación y esas pesquisas, ¿por qué no se presentaron al juez? ¿Y por qué no encontró el juez en ninguna parte algo que relacionara a Marcial con el asesinato de Ana María, como lo declaró en abril de 1984? Después del asesinato y el suicidio, las FPL declararon que había una confesión grabada en video del comandante Marcelo --el autor del crimen de Ana María--, en la que involucraba directamente a Cayetano Carpio. Dijeron que la mostrarían como prueba, y conocí a gente que juraba que la había visto. Pero no apareció por ningún lado. (Si existe, éste sería un buen momento, ¿no?, como cualquier otro.) Quién sabe cómo harían la investigación y los interrogatorios, si existieron, y seguro que los sandinistas eran muy malos para las cosas policiales, porque por lo menos hubiese salido de allí alguna evidencia. Y no la hay.
Y voy a decir algo mientras me estoy sonriendo, porque me encantan las teorías conspirativas que se inventan para justificar sus errores, sus carencias o nomás porque no tienen argumentos ni se toman la molestia de investigar un poco.
Hubo gente que me contactó, por allí de agosto de 1983, para ver si me interesaba colaborar con lo que se llamó Movimiento Obrero Revolucionario "Salvador Cayetano Carpio" (MOR), que en realidad no se llamaba así y no recuerdo su nombre, perdonarán. Les dije que no me interesaba seguir participando en política, y desde entonces he cumplido: nada de militancias, nada de juramentos ni himnos, nada de seguir órdenes o "guías" de nadie. Igual seguí siendo periodista político --allí empecé y no me he movido--, pero ser periodista y ser militante siempre me ha parecido una contradicción flagrante, incluso cuando militaba en las FPL y trabajaba en el periódico El día y en Salpress. Pero eran los tiempos que corrían. No sé si hubo, pues, una campaña de desprestigio ni quién la dirigió. Me da la impresión de que nadie, porque me hubiera llegado el chisme.
De lo que me enteré en 2002 fue de una reunión que hubo en La Habana, en diciembre de 1982. Me lo contó un ex militante de las FPL, del sector marcialista. Como no me la creí mucho, hablé con gente de otras organizaciones. Y, sí, hubo un ex comandante de la RN que me la confirmó, y después un ex miembro de la Comisión Política del PCS, no disidente ni "renovador", sino de los ortodoxos más ortodoxos, y hasta la fecha. Aquí tengo grabada la plática. (No, no es como la grabación en video de Marcelo. Ésta sí la tengo aquí, con varios backups.) Y no fue una sola reunión, sino varias, y el asunto era que debía buscarse una solución negociada al conflicto salvadoreño a como diera lugar. El gobierno cubano era el que convocaba, y había representantes sandinistas y del FMLN; tengo los nombres de algunos participantes. La tesis la planteó Fidel Castro: la revolución salvadoreña no va, hay que salvar lo que se pueda a través de negociaciones, hay que preservar las revoluciones cubana y nicaragüense. Había presiones de Cuba hacia los sandinistas y hacia el FMLN, y Cuba a su vez estaba bajo presión de la Unión Soviética y de Estados Unidos.
Marcial, desde luego, le dio las gracias a Fidel por sus consejos, y le dijo que la revolución salvadoreña la decidían los salvadoreños. Y adiós.
Curioso: Leonel, según me dijeron, estuvo en esas reuniones como representante de Ana María. Sus memorias parecen bastante desmemoriadas, como puede verse en la reseña que escribí y, si no me creen, lean el libro, que pueden conseguir en la UCA por $13.50. Yo francamente compraría otra cosa.

* * *

Ayer fui a Concultura a firmar planillas (o sea: uno firma y con eso le depositan el sueldo en el banco) y, a la salida, vi algo que no había notado, pero que de seguro tiene un buen rato allí. En una de las paredes del Hospital Central, escrito con aerosol negro, decía:

MERS
Viva Mario Belloso

El MERS era el Movimiento de Estudiantes Revolucionarios de Secundaria del Bloque Popular Revolucionario, la organización de masas de las FPL. Se formó el 30 de julio de 1975, después de la matanza de estudiantes --la mayor parte menores de edad-- que hizo la Guardia Nacional en la 25 Avenida Norte, en el puente que está por el Hospital Médico Quirúrgico. Me dio tristeza leer semejante sandez, y algo de indignación, como cuando leí "Viva el 30 de julio" en la misma 25. Ya hablé de eso aquí

18 de febrero de 2008

Buràn, el "gancho", talleres literarios, Sánchez Cerén y otras hierbas

Me llegó hace un rato el aviso de que está en línea el número 4 de la bonita revista italiana Buràn. La conocí cuando, en el número 3, se tradujo y publicó un cuento de Renato Buezo, quien perteneció al taller de La Casa en Guatemala. (El cuento puede hallarse aquí.) Hace unas semanas (bien pudieron ser meses; mi sentido del tiempo últimamente anda en otro rollo, como siempre que me pongo a escribir) me pidieron permiso para reproducir un cuento mío, "Cementerio de carros", y les dije que sí. Se puede encontrar en este link. Les advertí que el cuento ya estaba traducido al italiano por Attilio Aleotti y publicado por la revista Crocevia (la versión puede hallarse en mi otro blog), y de todas maneras lo incluyeron, en versión de Sara Zagaria. (Gracias a ella por la traducción.) La versión original, en español, está aquí. Es el cuento mío que más se ha publicado en diferentes antologías y países. Me gusta bastante, y está basado en hechos absolutamente reales, aunque quien me lo contó era una de las muchachas que estaba en el Volkswagen.
Me emociona que también en este número de Buràn se publique un cuento de Renato, que puede hallarse aquí. Siempre es emocionante compartir índice con los amigos.
El texto, "Un oscuro amor de mar", lo conocí en una de las primeras sesiones del taller, realizada en el local de Alfaguara en Guatemala. Después la editorial se desmarcó, y es una pena; parte del objetivo del taller era crear un staff de escritores a los que eventualmente Alfaguara podría publicar. Alguno de los lectores que trabajan para la editorial, al ver trabajos de los compañeros, no quedó muy contento, y dijo que se notaba que había técnica en sus escritos, pero que eran autores sin creatividad ni "gancho". Allí terminó la relación con Alfaguara, pero seguimos con el taller a la brava (o sea sólo por cuenta de La Casa y de ellos y de nuestros erarios personales). El lector en cuestión, sea quien fuere, en otras palabras estaba decretando que los compañeros simplemente no eran escritores, ni podrían serlo (¿quién lo es sin creatividad?). Lo del "gancho" nunca lo entendí. Por más que he buscado qué quiere decir en términos críticos o técnicos, siempre termino en dos lugares:
1. Referencias al boxeo. (Cortázar usó alguna analogía buena sobre el box: la novela gana por decisión, el cuento por knock-out.)
2. Un ataque de risa.
Renato estaba entre los compañeros "poco creativos". Aún está a la espera de publicación un excelente libro de cuentos suyo, y ha ganado algunos premios y sus relatos se están traduciendo y publicando. Las flores, de Denise Phé-Funchal, también surgió de allí, y ya fue publicada por F&G Editores. En los próximos meses aparecerá Los locos mueren de viejos, una novela de Vanessa Núñez Handal, también en F&G. Hay más, pero por el momento son los reportables. Y siguen trabajando, y Alfaguara se perdió de algo bueno, que Raul Figueroa Sarti ha apreciado.
La próxima semana, el día 26 --les recuerdo-- en la librería Sophos, será la presentación oficial de Las flores, que ya lleva varias semanas en las estanterías. Me toca ser uno de los presentadores, junto con Javier Payeras. Va a ser un gusto ver de nuevo a los compañeros. Ojalá Raúl envíe o haya enviado una copia de la novela a la gente de Alfaguara. El "lector" aún no ha publicado nada acerca de la falta de "gancho" de la novela, o sea que a lo mejor se equivocó...
Por cierto, Krisma publica hoy, en Centroamérica 21, una nota acerca de Las flores, que puede hallarse aquí.


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Y a propósito de poetas turcos (o sea de Omar Khayyam, que no tiene nada que hacer aquí y además era persa), mi columna de hoy en Centroamérica 21 trata acerca de los talleres literarios, o más bien de cierta concepción de los talleres literarios. (Me acordé de una frase de Les Luthiers: "De ciertos desiertos desiertos.") Es la primera parte de dos.
Creo que hay algo importante en cuanto al enfoque de los talleres que se les escapa a los que se pasan preguntando si sirven para algo. La mayoría de los talleres están dedicados a la enseñanza (o al aprendizaje, cuando se trata de talleres "horizontales"), y ésa es su debilidad. En primer lugar, porque nadie puede enseñar a nadie a escribir literatura (a ser creativo y a "tener gancho", ejem), y, en segundo, porque lo que natura non da, Salamanca non lo presta, qué rayos.
Me parece que una visión más acertada es pensar un taller como un lugar donde se crean cosas y se reparan otras, con un sistema natural de jerarquías (según conocimientos) y pensado de manera horizontal. No acostados, que se puede, sino en una concepción menos autoritaria de lo que se acostumbra: todos somos lo mismo, pero estamos en diferentes etapas del mismo proceso.
El gran problema es la falta de preparación de las personas que en general dirigen los talleres, que se transmite como el catarro en el menos grave de los casos, y sólo por hablar de un virus más o menos inocuo que sin embargo mató a millones cuando los españoles llegaron por estos nuestros rumbos. Como sabiamente señala el señor Miyagi en Karate Kid: "Maestro dice, alumno hace." Y allí está el quídam: si hay un maestro, existe la transmisión mecánica y estandarizada de concimientos y desconocimientos; si sólo hay aprendices, lo que hay es un atole de color más o menos aburrido y de sabor necesariamente crudo. Si se piensa en términos de trabajo, de jerarquías "naturales" y --sin paradojas-- de igualdad (todos en algún momento estaremos muertos y tendremos una obra análoga, para verlo de manera trágica), lo que habrá será una acumulación y distribución de conocimientos, que en algún momento va a salir del taller y va a influir socialmente. Y producirá escritores más interesantes.
La columna puede encontrarse aquí.


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Leí Con sueños se escribe la historia, de Salvador Sánchez Cerén, y, como lo había anunciado, escribí una reseña, también para Centroamérica 21.
Me desconcertó bastante la lectura del libro: ¡no dice nada en sus trescientas treinta y pico de páginas! Y lo que dice suena más a sueños que a historia. No sólo eso: a una "reescritura" de la historia que contradice no sólo a la historia, sino también a lo que Sánchez Cerén había dicho y sostenido antes. El caso concreto es el affaire de Mélida Anaya Montes y Salvador Cayetano Carpio, Ana María y Marcial.
Es obvio que se trata de un libro propagandístico, y que la intención es "blanquear" la imagen de Sánchez Cerén con miras a las elecciones de 2009, de las que ya es candidato a la vicepresidencia. Nomás que a los (en este caso necesarios) escritores del libro se les pasó la mano, creo.
La nota puede encontrarse en este link.
Una aclaración, porque los chismes ya están muy fuertes: yo no he dicho que Sánchez Cerén vaya a matar a Mauricio Funes para quedarse con la presidencia, en caso de que el FMLN gane. Lo que digo es que no creo que tenga muchos problemas para tratar de desplazarlo --y eventualmente hacerlo--; si antes participó en todo un rollo para hacerlo con el líder histórico de la revolución salvadoreña (o sea Marcial), un periodista podrá no parecerle un obstáculo mayor. Además, inferir que puede matarlo es inferir que Sánchez Cerén es responsable del asesinato de Marcial, y tampoco he dicho eso. Marcial se suicidó. Es un hecho. Y, según mi punto de vista, moralmente se trató de un asesinato, pero no creo que Leonel lo haya cometido. A lo mucho estaría cerca, aunque no tanto como él mismo dice en su libro.


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Y sigue la excelente serie del "Club de los escritores suicidas" de Jacinta Escudos. Esta semana dedica una nota a Anne Sexton.
Me llamó la atención algo: Sexton, según cuenta Jacinta, entró en un taller literario a modo de terapia, siguiendo la recomendación de su psicoanalista, y terminó siendo una poeta bastante notable. En mi columna digo que de los talleres "tradicionales" rara vez saldrá gente interesante, y hay de dos: o el taller donde estaba Sexton --como algunos otros-- no era un taller "tradicional" o estamos frente a una excepción. O de plano me equivoco en lo que planteo, que es probable. Por ahora no pienso cambiar mi tesis; aún tiene que aparecer la segunda parte, y no me voy a contradecir antes de terminar de plantearla. Quizá para la semana siguiente...

17 de febrero de 2008

Baile de pingüinos

Ayer compramos la película Happy Feet para Valeria y --¡sorpresa!-- es una maravilla de la animación y el sentido del humor, si a uno le gusta pasarse una hora y media viendo pingüinos bailando tap, con un elenco de voces bastante notable: el siempre excesivo Robin Williams haciendo dos papeles excesivos (Ramón y Lovelace), Elijah Wood en el papel principal (Mumbles, es decir Happy Feet), Nicole Kidman como su mamá, Brittany Murphy como Gloria (bastante guapa para ser pingüina), Hugo Weaver como líder de la comunidad (el Sr. Smith de Matrix y el mero mero elfo en El señor de los anillos) y algunos etcéteras más, como Anthony Lapaglia haciéndola de ave de rapiña que fue secuestrada por aliens.
Ya sé que llegué tarde a la película (es de 2006), pero a lo mejor hay alguien que está igual de desactualizado que yo y, en serio, no puede perdérsela. Es una producción australiana dirigida por George Miller, director ni más ni menos que de las tres Mad Max y, en fin, de la segunda película de Babe. (Me gustó más la primera, de la que es guionista.)
Hay una página oficial de Happy Feet. Aquí la ficha de IMDB. Y a continuación una de las escenas de baile de la película.

15 de febrero de 2008

Querido diario... (X)

Pues ya. Sí, de acuerdo, falta aún cerrar el capítulo XI, pero es cosa nada más de terminar de escribirlo. Ya todo lo que debe ir está claro. Hay que pasar a máquina las correcciones del segundo borrador, que más que correcciones son añadidos y ajustes, las cosas que fui descubriendo a medida que avanzaba, y que le han dado buen cuerpo a la novela. A la primera parte, porque no olvides que apenas voy por la primera parte. Han salido alrededor de 150 cuartillas, pronostico cerca de 170 y seguro en la segunda salen otras tantas.

El primer borrador quedó hecho una desgracia, como corresponde. El segundo también, pero no tuve que ir poniendo tooodas esas anotaciones en la portada, los detalles que hay que añadir y reiterar aquí y allá para trazar "líneas" que guíen al lector, den coherencia al texto y sirvan como... híjole... ¿identificadores? No sé. Que cuando uno los encuentre sienta que está en un lugar conocido, pues, y siga avanzando sin tropiezos por el camino adecuado.
Lo interesante es que podría cortar la novela en el capítulo XII (sí, salieron doce, no trece), poner un epílogo y al carajo, una novela más a la cuenta. Pero entonces ¿para qué tomarse el trabajo de inventarse y construir un mundo de lo más extraño, complejo y --¡por fin!-- coherente?
Creo que va a salir una especie de tríptico, más que una novela en tres partes. La primera es una especie de thriller sin demasiado thrill, porque no hace falta. Se sostiene bastante bien sin necesidad de meter escenas de violencia, etcétera. La violencia está implícita, y la que es explícita es... bueno... explícita, y da para sostener varios capítulos. Casi la mitad se va en la "descripción" del mundo después de la Igualdad, la Crisis de Marzo y todas esas cosas que pasaron --pasarán-- dentro de algunas decenas de años. La segunda parte son los intríngulis políticos, la tenebra, el dark side, el manejo del poder. (Creo.)

Hasta ahora dos cuadernos se han sacrificado en el cumplimiento del deber, uno rojo y uno naranja. En el primero está prácticamente escrita la novela. Digamos que con lo que hay allí ya salía algo publicable, y hasta bueno. Pero ¿quién quiere algo simplemente publicable y simplemente bueno? (¡Ah, la vanidad, mi pecado favorito...!) En el segundo están los añadidos, las notas y los capítulos nuevos. Me encantó el tamaño de los cuadernos: 48 páginas (24 hojas), que con letra muy pequeña, como la que uso, resultan prácticos. Son pequeños (17x22 cms), un papel satinado excelente y qué sé yo.
En uno más o menos así escribí Los años marchitos (moradito, por cierto) e hice apuntes para lo que después sería Breve recuento de todas las cosas, entre 1988 y 1989. El drama fue que era un cuaderno de muchas más páginas, y casi la mitad quedó en blanco. Después traté de escribir otras cosas allí, pero no pude; no era el cuaderno adecuado para esas cosas; era para Los años marchitos, nada más. Las notas del Breve recuento, incluso, las consideré durante años como un ejercicio interesante, pero inútil. Cuando terminé la primera parte de la novela, en 1999, diez años después, me di cuenta de que lo que seguía era aquel ejercicio, y ese ejercicio me dio la guía para las siguientes dos partes.
El formato de los cuadernos tiene también una cualidad: como los traigo de un lado para otro, las portadas se deterioran y se ven feítas. No tengo nada contra eso, porque se lo han ganado a pulso, pero me di cuenta de que, justo cuando ya están para dar pena, me acabo el cuaderno. Así que el formato es ideal. Lo más divertido es que serán muy franceses y todo lo que se quiera, pero también son baratos. Cada uno me costó algo así como 65 o 70 centavos de euro, comprados en paquete, en una papelería de Toulouse.

Ahora, para la segunda parte, tengo un cuaderno reservado, el de la izquierda, que es exactamente igual a los otros, excepto por las vetas y por el color. Para mi lado autista es el que sigue, y listo. Cuando se acabe ése, tengo otro verde, exactamente igual, y otro naranja. Allí es donde no me termina de cuadrar: no me gustaría repetir el color, y regalé uno amarillo. Cetera is paribus (como diría en economista de línea dura), me voy a llevar dos cuadernos para la segunda parte, y no serán iguales. O repito color o cambio estilo.
Y cambiar estilo no estaría mal. El cuaderno de la derecha no sólo es como los anteriores: es hasta más bonito. La cubierta es más resistente que las de los otros (me costó un euro, quizá unos centavos más) y las esquinas redondeadas. Por lo demás, no tengo que estar viendo la portada mientras escribo, así que es una combinación que no me molesta. Pero hay otra que me atrae.

¡Un cuaderno de 96 páginas! (El de la izquierda.) Allí cabría la segunda parte completa, con notas, añadidos y lo que hiciera falta. La cubierta es aún más resistente que la del cuaderno verde de la derecha de más arriba, y tiene también las esquinas redondeadas.
Bueno, lo de las esquinas redondeadas no es problema. Hace mucho tiempo que aprendí a manipular cuadernos y libros sin que resulten doblados o arrugados, pero igual hay accidentes.
Y allí sí mi lado autista puede irse al diablo, porque me gusta. Pero también me gusta el esquema que seguí con la primera parte: en uno toda la segunda parte, en otro los etcéteras. Pero también me gustaría tenerlo todo junto. Pero también...
Y en ésas ando.
El cuaderno naranja no lo voy a tocar todavía. Ése lo reservo para algo especial, que creo que ya sé qué es: una novela que comencé por allí de 1990 o 1991 y de la que apenas llevo un capítulo. Es un buen capítulo, pero no sé cómo continuar. He hecho varios intentos y siempre llego al mismo lugar, o sea a un montón de páginas borroneadas que no funcionan para lo que quiero, o para lo que quiere el texto. El cuaderno tiene 192 páginas, está cosido y tiene unas cubiertas bastante gruesas. Y las esquinas redondeadas, claro.
Ahora estoy pasando en limpio, como ya dije, los añadidos y correcciones del segundo borrador, que salió del cuaderno naranja. Terminaré en mis próximos días de descanso, espero, porque es bastante. En el trayecto terminaré el medio capítulo que me falta y tendré un tercer borrador, que dejaré en paz mientras escribo la segunda parte, o lo usaré para ajustar lo que haya que ajustar a medida que escriba lo que voy a escribir.
¿Que por qué hablo de estas frivolidades? Bueno, porque puedo, y porque tengo dónde hacerlo, o sea este mi querido diario.
Además he estado leyendo el libro de Salvador Sánchez Cerén, voy a escribir una reseña y estoy haciendo tiempo. La noche generalmente la uso para cosas que me gustan. Y si hay algo que me gusta es escribir en buenos cuadernos, así cuesten menos de un dólar. (La Parker 45 lo agradece, y yo feliz.)

13 de febrero de 2008

Querido diario.... (IX)

Y cuando ya estaba casi listo el segundo borrador y todo había caído en su lugar, zaz, resulta que "allá" hay rotación en la presidencia colegiada --sí, hay una presidencia colegiada-- y que, por primera vez, una coreana será Primera Presidenta. No voy a contar detalles, porque se arruinaría la tensión para quienes lleguen a leer la novela; sólo digo que eso me obligó a regresar otra vez al mismísimo primer párrafo y empezar a añadir un montón de datos y a ajustar todo lo demás.
Y de eso se trata: de crear nuevos puntos de tensión. La acción en la novela es poca; la tensión está enfocada, en esta primera parte, en el recuento del apocalipsis que ha llevado a que todo un mundo se vea reducido a una ciudad inmensa, o eso es lo que creen los/las --más las que los-- habitantes de la Ciudad. Los crímenes, cómo se cometen, el autor, la invesrigación --que tiene ramificaciones interesantes-- están a la vista. No hay misterio. El misterio es precisamente el ambiente que provoca todos esos hechos.
Creo que desde el primer borrador ya había una historia lista para ser leida, bonitos personajes y buenas tramas. A medida que se ha ido complicando, la novela está tomando otras proporciones. Con todo y que no sale de un ámbito restringido --un asesino en serie, profesionales del crimen desde ambos lados de la barrera, un movimiento social subterráneo que se apodera de los mecanismos del poder, etcétera--, ya puede verse todo un contexto interno que cada vez es más político, aunque sólo alcance a entederse en toda su proporción a través de los dramas personales, que por algo es novela y no ensayo (post)histórico.
En esta novela en particilar me he dado cuenta de que uno no se inventa los detalles, sino que están alli desde siempre, y hay que detectrlos y decidir si son importantes o no. El texto es siempre una estructura, o no será, y "pide" que ocurran cosas que uno ni idea.
Ahora estoy en dos procesos:
1. Darle vida, personalidad y un papel activo --aunque ausente-- a la mamá de psicópata. Eso cambia el carácter de su regreso a la tierra de la que se autoexilió, que es de lo que se habla desde la primera línea. (De la tercera, no exageremos.)
2. La mano derecha de la Directora etsá dañada --eso debe saberse desde el segundo capítulo, cuando aparece por primera vez, aunque lo descubrí en el siete o el nueve, no recuerdo--; hay que trabajarlo desde el principio para que, llegado el momento, no parezca un parche, y hay que darle una utilidad dentro de la novela.
Así que estoy entra y sale del primer capítulo mientras avanzo en los demás, donde voy poniendo las cosas que debían estar desde antes.
El cuaderno naranja --el segundo cuaderno, pues-- ya casi se terminó. (Hay uno verde listo para empezar a cumplir con su deber.) Estoy trabajando sobre una impresión, pero hay que añadir trozos de buen tamaño, que escribo en el susodicho cuaderno. La impresión ya es un masacote de correcciones en tinta negra (he vuelto a la Parker 45, que no es verde como la Vaio, sino azul).
El capitulo 11 aún me falta terminarlo. Es el único pendiente. Y es así porque no he encontrado las motivaciones de la forense joven para matar al tipo al que mata. No las veo. No sé si las haya. Todos estos cambios están heciéndome sospechar que no es ella la encargada del crimen. (De que debe haber crimen, debe haberlo.) El personaje no ha perdido fuerza, pero los demás han crecido bastante y la están dejando atrás. Entonces:
1. El capítulo 11 es el adecuado para hacerla crecer y usarla en la segunda parte.
2. Me tengo que deshacer de ella.
No me gusta la segunda solución. Le pasan cosas muy fuertes que tienen que ver con el armado de la novela, y seria una pena haberla preparado durante tanto tiempo, y con tanto detalle y sutileza, para decir: "Bueno, la muchacha se baja aquí y seguimos sin ella."
Lo anterior me recuerda a los personajes truncos de García Márquez en Cien años de soledad (de los que hablé un poco aquí): arma un buen personaje y, justo cuando va a empezar a actuar por su cuenta, lo mata. Me da la impresión de que lo mata precisamenta para no tener que ponerlo a actuar en serio. En cierta medida no lo culpo; con la cantidad de personajes fuertes que tiene en Cien años, le harían falta varios cientos de páginas más para resolverlos a todos, o a los más interesantes. Uno aquí nomás, humilde con su media docena de personajes; quizá por eso no quiera desperdiciarlos.
Por otra parte, puedo jugar al "patria o muerte": que la forense joven mate al fulano y dejar para la segunda parte la búsqueda de la explicación. Quizá allí esté. No lo sé, porque todavía no la he comenzado; para eso es el cuaderno verde.
Y para después del verde --que seguro se acabará-- tengo uno amarillo. Y, su éste se acaba, otros dos verdes y otro naranja y uno cafecito. Por cuadernos no paramos. Y si éstos no alcanzan, hay unos grandes. Y, si no, para eso están las papelerías, y para eso tengo un stock de cuadernos de todo tipo. Nada más que los Calligraphe de 48 páginas me han gustado para esa historia. Hay uno de 192 páginas que no quiero tocar para esta novela, aunque me mira con ojos sexis desde el librero; lo tengo reservado para otra cosa.
Si tan sólo alguien me diera un doctorado en narrativa... Quizá fuera más fácil. Menos divertido, pero más fácil. (¿A quién le interesan las cosas fáciles en literatura, si se pueden complicar a gusto?)

11 de febrero de 2008

Libro de Mélanie Morand

Acaba de llegarme la invitación para la presentación del libro MéMoGraphies 9, de la fotógrafa francesa Mélanie Morand, a quien conocí en Lyon --donde vive-- en octubre pasado. Me tomó algunas (decenas de) fotos para una base de retratos de escritores que está preparando. Yo le tomé algunas también, en venganza, con mi camarita de Spider Man, como la que aparece a la derecha.
Nos hemos comunicado desde entonces por internet, a través del correo y del chat, y hemos hecho una buena amistad.
En diciembre pasado me pidió que hiciera una nota introductoria para su libro, y me envió las fotografías que lo conforman. Un libro extraño, he de decirlo, como extraña es a veces su producción personal. Tiene un ojo bastante especial, que me gusta y me desconcierta, y fotografías que van del paisaje más limpio y directo hasta cosas de muy alto riesgo.
La invitación que envió por internet dice:

Je suis très heureuse de vous annoncer la sortie en librairie de mon livre de photos MéMoGraphies 9
(images de paysages sombres, avec une préface de Rafael Menjivar, impression sur papier photo, 30 pages, format 20x20cm, 25 euros, éditions EclectikLab).

Je serais ravie de vous retrouver autour d'un verre lors de cette soirée :

Lancement, signature et projection
vendredi 15 Février 2008
à partir de 19h
à la librairie Ouvrir l'Oeil
6 rue des Capucins Lyon 1er Métro "hôtel de ville"
parkings place des terreaux, stations vélov quartier terreaux

P.S : les amis des amis sont les bienvenus !
site de Mélanie Morand : http://melmorand.multiply.com
site de la maison d'édition Eclectik Lab : http://www.eclectiklab.com
blog de la librairie : http://ouvrirloeil.blogspot.com/
Tiene otra página de fotos en este link.
La invitación oficial es la que sigue:

Reproduzco el texto que escribí para el libro. (La versión en francés es cortesía de Thierry Davo. Gracias a él y a Mélanie.

[Aquí debe ir algún título, imagino. Ya veré cuando llegue mi ejemplar.]

El paisaje siempre está dentro.
Un buen fotógrafo debe buscar mucho más allá de lo evidente –las luces, las formas, los colores, los tonos de gris que opacan en sutileza a los más desaforados colores– y llegar al lugar exacto donde el paisaje se encuentra: dentro del fotógrafo mismo.
El paisaje está en sus miedos y rencores, en sus alegrías de infancia, sus terrores de adultez, en el aburrimiento necesario y olvidado de la adolescencia, en los contratiempos, enfermedades y satisfacciones de cada edad y de todas las edades. El paisaje, en fin, está en el fondo de un ojo que requiere la prótesis de una cámara para recordar, transformar, vivir, fijar un tiempo que corre a la velocidad de la crueldad y un espacio que ya no existirá después de esa fotografía. Y quizá nunca existió más que en el deseo del fotógrafo, o lo que haya quedado en el espacio que uno reserva para el deseo.
En las antiguas cartas de navegar, cuando llegaba el momento de dibujar lo desconocido, el cartógrafo colocaba una leyenda amenazante y a la vez esperanzadora: “Más allá hay monstruos”. No era una advertencia a los incautos: era una invitación a los aventureros, y no faltaron quienes descubrieron mundos nuevos o desaparecieron para siempre en el punto ciego del mapa; nadie dijo que la aventura siempre traería recompensas, o que no tendría sus castigos.
Los paisajes de Mélanie Morand son fragmentos de algo mucho más grande, de lo que no se encuentra sobre el papel, sino dentro de la fotógrafa misma. Son la entrada a lugares que sólo se prefiguran en esos violentos trozos de oscuridad apenas tocados por la luz. Son la tiniebla que está en todas partes, pero que se disfraza de colores y en la ilusión de que el universo es fractal, que todo está completo, que la vida es sólo la vida.
Más allá de los paisajes de Mélanie Morand hay monstruos. La advertencia está hecha. Pero –decía Borges, que lo dijo todo– un monstruo no es algo terrible, sino algo digno de ser visto, como las fotografías de este libro.
Bienvenidos al viaje.

¿Posición oficial de la UES contra La Casa?, columna y el poeta turco

Ayer domingo nos reunimos en con una grave preocupación: las declaraciones de David Hernández acerca de la "ridícula Casa del Escritor" y la repartición indiscriminada de títulos encontraron terreno fértil (perdón por el lugar común, pero la emoción me impide armar frases propias) en el carácter impresionable y sensible de Santiago Vásquez, de la República Democrática, Soberana, Morena, etcétera, de Santa Ana, quien decidió --Santiago, no la RDSetc-- retirarse del taller. Así lo señala en un conmovedor post publicado ayer mismo en su blog ZinQltura. Es una pérdida terrible para La Casa, aunque por suerte parcial; un rato después estaba en Los Planes --Santiago-- comiendo galletas y tomando Coca Cola de dieta y, como todos los demás, riendo y dándose mutuamente el título de "Doctor".
En algún momento se oyó, en el complejo sistema de altavoces de La Casa, que la enfermera de turno decía:
--Doctora Loida Pineda, doctora Loida Pineda, pase de emergencia a la sala de autopublicaciones.
Ella se excusó y fue a ver qué pasaba. Su reporte habla de un poeta que había autopublicado una plaquette una semana antes, pescó una septicemia rimática --la peor en el caso de quienes tratan de usar métrica sin conocer las reglas-- y no hubo modo de salvarlo. Guardamos 17 segundos de silencio --the show must go on-- y le dimos al taller.
Primero fue Érika, una compañera nueva, con tres sesiones a cuestas, que llevaba un poema corregido. Muy bueno. Luego, Sandra con un poema que ya antes habíamos conversado por internet. Está en un interesante cambio de registro, que rompe --para bien-- con lo que había hecho hasta el momento. Luego, Mario Zetino, que llevó uno muy extraño, como los que ha hecho últimamente. Algo de cirugía menor y quedó como todo lo suyo, es decir: digno de leerse. Y luego el pastel del día: leímos, ya terminada, la "unidad" de Ana, un poema en diecinueve partes inteligente, conmovedor, con un manejo de recursos francamente envidiable. Solemnemente dimos por terminada su participación en el taller, lo cual es bueno: es la culminación de un trabajo de --en su caso-- un año y medio, y fue recibido, como siempre, con alegría y un nudo en la garganta. Le devolví su poema(rio) y le dije:
--Éste es tu título.
Y, sí, ése es su título. Eso de andar dando y recibiendo cartones de poeta no es para escritores, digo yo. Cuando vea publicado su libro se completará el ciclo.
Y Vilma Osorio llamó desde Texas para avisarnos que viene durante un mes a El Salvador. Será un gusto grandotote verla el próximo domingo en el taller. Viene por su diploma de doctora, aunque ella terminó su unidad --un poemario delicado, hermoso y de gran poder percutivo-- hace ya bastante tiempo.
Además estuvieron Herberth Cea y Alberto Quiñónez, quienes desde hace algunos meses salieron del taller --y siguen llegando, claro-- y Luis Hernández, de la RDSetc. La constante fue reírnos de un asunto muy serio. Porque aunque uno se ría de las declaraciones de David Hernández, más para no enojarse que para pasarla bien, el asunto sigue siendo grave. Acerca de eso trata mi columna de esta semana en Centroamérica 21, que puede encontrarse en este link.
Aunque dije que no lo haría más, para no quitarle visitas a la revista, voy a reproducirla más adelante.
Antes, varias recomendaciones de Centroamérica 21.
Jacinta Escudos va con la segunda parte de la serie "El club de los escritores suicidas", e inicia con José Asunción Silva. Puede encontrarse aquí. Espero que la serie completa pueda ser publicada alguna vez en un libro; vale la pena. La columna de Krisma, en su muy especial estilo --que me gusta: ella y su estilo-- puede hallarse aquí. Y viene una entrevista con Héctor Dada Hirezi en la que explica los movimientos que ha hecho Cambio Democrático en busca de alianzas con el FMLN, y de cómo han fracasado hasta ahora.
En fin, va mi columna de esta semana.

El rector de la UES, ¿contra
La Casa del Escritor?

Rafael Menjívar Ochoa

El anuncio de que la Universidad de El Salvador nombraba a un nuevo director para la Editorial Universitaria, casi olvidada desde la ocupación militar de 1972, no podía sino ser una excelente noticia. El nuevo director, David Hernández, en su primera declaración, decía, según el titular de La Prensa Gráfica del miércoles 6 de febrero, que el único criterio de publicación sería la calidad, y que estaría abierta a toda la comunidad de escritores.
Más adelante, cuando se le preguntó acerca de si existiría un espacio especial para los escritores jóvenes y el papel de los talleres en su formación, dijo que reactivaría el taller alguna vez impartido por el escritor Ricardo Lindo, quien a su juicio utiliza un método adecuado para la formación de escritores jóvenes. Y es probable que sea cierto.
A renglón seguido, se declaraba en contra de lo que llamó “una ridícula Casa del Escritor, ubicada en Panchimalco, creo”, en la cual –dijo– se reparten “diplomas de poeta a quien llegue”, y que allí se maneja una actitud “doctoral” y “profesoral” con respecto a la poesía.
El ataque fue frontal e inequívoco, y constituyó una declaración de principios: la editorial está abierta para todos, con el criterio de la calidad, pero cerrada para la gente del taller de la “ridícula” Casa del Escritor, donde además se comete la ridiculez –lo sería si así fuera– de repartir diplomas de poetas “a quien llegue”.
Como director del proyecto, me parecieron declaraciones extrañas y apresuradas. Hasta donde me da la memoria, David Hernández no ha llegado nunca a La Casa del Escritor, no ha asistido a alguno de los talleres y, de hecho, nunca he conversado con él. Las pocas veces en que hemos coincidido he tratado de acercarme para conocerlo, y siempre desaparece en el último momento. Supongo que habrá sido distracción de su parte, y no que intente evadirme.
Independientemente de eso, y más allá de que me haya tocado en suerte planear y desarrollar el proyecto de La Casa del Escritor para CONCULTURA, la declaración de Hernández es grave. Sin conocimiento de causa, en una frase, descarta como posibles integrantes del catálogo de la Editorial Universitaria a un grupo de gente que trabaja en el que quizá sea el único centro de formación literaria profesional del país, con un número cada vez más amplio de publicaciones en diferentes lugares del mundo. (En El Salvador, por posiciones similares a la suya, es difícil publicar en las pocas instancias existentes.)
Lo más grave no es que Hernández exprese su punto de vista personal, a lo cual tiene derecho, sino que son las palabras inaugurales del responsable de publicaciones de la UES, nombrado por la nueva Rectoría para que sea generador y portavoz de una política institucional, y que sus palabras representan las ideas de las máximas autoridades universitarias.
Ése es su trabajo: definir líneas con respecto a la literatura –entre otros temas–, institucionalizarlas y concretarlas en un plan de publicaciones.
Es obvio que, mientras el nuevo Rector de la UES no lo desmienta, ésa será una de sus posiciones oficiales: el proyecto de La Casa del Escritor es “ridículo”, utiliza métodos inadecuados para la formación de escritores jóvenes, no se publicará a la gente que haya pasado por allí y además otorga diplomas “de poeta”, algo que va más allá de los fueros de La Casa.
Al día siguiente de sus declaraciones, Hernández pidió una disculpa por el “malentendido” y aseguró que no había hecho las declaraciones de mala voluntad. Pero en lo que dijo no hay ambigüedad. Se trata de insultos directos y cae en la difamación al atribuir a La Casa acciones que no están dentro de sus atribuciones.
Si Hernández fuera un escritor más experimentado, sabría que los títulos no tienen que ver con la creación literaria, y que los diplomas de un escritor son los libros que las editoriales –no ellos mismos– tengan a bien publicar.
Me da la impresión de que las declaraciones de David Hernández parten de algún asunto personal –y a la vez profesional– no resuelto conmigo, con todo y que nunca he platicado con él.
Desde 1990, Hernández ha declarado en repetidas ocasiones, a periódicos extranjeros y salvadoreños –tengo pruebas documentales–, que ganó el premio latinoamericano de novela “Ramón del Valle Inclán”, convocado por la desaparecida Editorial Universitaria Centroamericana (EDUCA) y el Centro Cultural de España en Costa Rica. El libro que habría merecido el premio es su novela “Salvamuerte”.
Lo interesante es que ese premio no lo ganó él, sino yo, con la novela “Los años marchitos”, que EDUCA publicó en 1990 en su colección Séptimo Día. Según el acta del jurado, incluida al principio del libro, Hernández obtuvo una mención, no el premio que se ha atribuido en los últimos dieciocho años.
Quizá sea un hecho tan nimio el que lo orille a atacar a La Casa del Escritor; quizá ha recibido alguna línea especial de las autoridades universitarias; talvez se trató de la emoción del momento, fuera cual fuera ese momento.
Lo cierto es que, según el modo en que funcionan las instituciones, los insultos, la difamación y la intención tácita de no incluir a gente de La Casa del Escritor en el catálogo de la Editorial Universitaria fueron proferidos por Hernández, pero el responsable de ellas y de sus consecuencias es su superior, el Rector de la Universidad de El Salvador.
Por ese motivo, además de escribir estas líneas para Centroamérica 21, estoy enviando una copia al Sr. Rector, y otra a David Hernández, en espera de una aclaración. Es importante que los compañeros de La Casa del Escritor –y eventualmente de otros talleres– sepan a qué atenerse cuando se enfrenten la publicación de su obra, o cuando se acerquen a la UES para asuntos relacionados con la literatura.
La UES, por cierto, es el alma mater de la mayoría de los compañeros, algo que hasta ahora los llena de orgullo.

9 de febrero de 2008

Correcciones al "premio" de David Hernández (y el poeta turco)

Estuve revisando links y en la página Cuscatlán ya no aparece David Hernández, en su ficha, como ganador del premio "Valle Inclán" de 1990. Antes decía:
Ha ganado varios certamenes de literatura entre ellos el Premio Nacional Magisterial de Cuento en El Salvador en 1976; Premio Latinoamericano de Novela en 1990 con "Salvamuerte" en Costa Rica; Premio Nacional de Novela El Salvador Alfagura 2004 con "Berlín años guanacos".

Ahora dice:
En 1971 fundó con otros poetas jóvenes el grupo y la revista literaria "Cebolla Púrpura" en San Salvador. Ha ganado varios certamenes de literatura entre ellos el Premio Nacional Magisterial de Cuento en El Salvador en 1976; finalista Premio Latinoamericano de Novela en 1990 con "Salvamuerte" en Costa Rica; Premio Nacional de Novela El Salvador Alfaguara 2004 con "Berlín años guanacos". Miembro de la Unión de Escritores de Alemania "Verband deutscher Schriftsteller" y del Colegio de Periodistas de Alemania IG Medien Fachgruppe Journalismus.
Algo se ha avanzado en el camino hacia la verdad. Por suerte conservo un screenshot de la entrada original, para que no (me) quepan dudas. Un error de los que hicieron la página, intuyo.
Pero en El faro hay una entrevista en la que sigue diciendo que ganó el certamen, no en 1990, sino en 1989. (¿Cómo resultó finalista entonces en 1990, si ya habia ganado?) No creo que los de El faro se lo hayan inventado o lo hayan sacado de otra parte... Eso es algo que David Hernández debería aclarar. Es bien fácil echarles la culpa a los periodistas, pero en este caso la entrevistadora es la académica Rhina Toruño. (A Rhina me la he encontrado en varios congresos y en varios países. Me parece un poco distraída en lo personal, pero es una fiera para los datos.)
Hay otras referencias en otras partes que en su momento, si viene al caso, sacaré a desempolvar.
Y a todo esto: ¿qué tiene que hacer aquí el poeta turco Omar Khayyam? Nada, obviamente. Nada más no me pasa la risa que me provocó leer que Hernández lo declaraba turco. Quizá se equivocó porque el nombre, buscándole un poco, se parece al de Nazim Hikmet, que sí es turco, aunque haya como 900 años de diferencia entre ambos. Todo es posible.
Sobre este tema habrá un poco más el lunes próximo, y me temo que será bastante serio, porque lo que ha dicho y hecho Hernández es bien serio, y me parece que no puede pasarse por alto.
Y quizá, como contrapunto, hable un poco de los entretelones del premio Alfaguara 2004, al menos de lo que me tocó ver. Son divertidísimos. Depende del ánimo del cual me levante el lunes o un día de éstos, y de si a Hernández (a quien le enviaré copia de este post, faltaría más) le parece correcto responder o no responder. Hasta ahora no ha respondido, y no lo culpo, pero tampoco lo excuso.

7 de febrero de 2008

El malentendido, yo no fui, fue Teté (y el poeta turco)

A partir de las declaraciones de David Hernández en el sentido de que hay una "ridícula Casa del Escritor" en "Panchimalco, creo"; que allí se reparten títulos a poetas y que nos manejamos de manera "doctoral" y "profesoral", escribí el post anterior y envié copia a La prensa gráfica y al propio Hernández, como haré con este post.
Patricia Cruz, de LPG, se comunicó conmigo para preguntarme acerca de las declaraciones de Hernández, y le respondí por escrito, porque ya he dicho por aquí que desconfío de las entrevistas telefónicas. Me dijo que la nota podía usar como base lo que hubiera escrito en este blog, y le contesté que estaba de acuerdo, siempre que se tomara en cuenta de que se trata de un blog personal, no institucional.
En la nota que aparece hoy, Cruz se dedica a hablar más bien de la validez de los talleres literarios, y parece no importar demasiado las serias acusaciones de David Hernández: lo "ridículo" de La Casa, lo de los diplomas, lo de lo doctoral y profesoral. La reportera habló de nuevo con Hernández, y su respuesta se limita a un par de líneas:
Consultado nuevamente al respecto, Hernández dijo que su comentario no fue con mala intención, por lo cual pidió disculpas por el malentendido.
No veo la buena intención en sus palabras, ni veo malentendido por ninguna parte. Se trató de un ataque directo en contra de La Casa, de sus integrantes y --lo menos importante-- de este servidor. Sólo con muy mala intención puede decirse lo que él dijo.
Lo más importante: su parca respuesta --esconder la mano después de tirar la piedra-- no respnde lo más importante: que en su primera declaración como director, aunque declara que la calidad es la única medida para publicar en la "nueva" Editorial Universitaria, está excluida de entrada la gente de La Casa, simplemente porque considera que el proyecto es "ridículo", sin que lo sustente. Lo reto a que lo haga públicamente, si lo desea a través de un debate abierto entre él y yo, con público y todo. Es el mejor modo de ponerse de acuerdo.
Hay un punto que quiero destacar: Hernández fue nombrado por las autoridades de la UES para que definiera la política editorial de la Universidad de El Salvador. Su posición es la posición de las nuevas autoridades univesitarias. En lo que diga, representa al nuevo rector, y se espera que ésa sea la política oficial de la UES. En este caso, muestta una intención excluyente, a priori, de una cierta cantidad de gente que por algún motivo a Hermández le cae mal o considera no digna de publicación.
Hay que preguntarlo: ¿es ésa la posición de las autoridades de la UES? ¿O es una boutade de Hernández para caer mal, sin importarle que sea un empleado público que debe ser inclusivo y hacer valer su palabra en el sentido de que sólo privará la calidad?
Y no responde nada acerca de algo que me parece mucho más que un error --es decir ignorancia de su parte--: lo del poeta "turco" Omar Khayyam, que en realidad es persa, algo que cualquiera que se dice esritor o editor debería saber. Y por qué durante años ha sostenido que ganó un premio literario que gané yo, en el cual él quedó apenas como uno de los finalistas. No veo malos entendidos ni buena voluntad tampoco en eso. Veo a alguien que quiso lucirse a costas de otros, de manera innecesaria, y que ahora quiere zafarse con un "no fue de mala intención", cuando el daño está hecho. Ese daño pone en cuestión las intenciones de las autoridades universitarias.
Transcribo a continuación la entrevista que me hizo Patricia Cruz por correo electrónico. Me parece que el enfoque que le dio a la nueva nota --que puede encontrarse en este link-- se queda si acaso en la superficie. Lástima para LPG.
Va la entrevista.
¿Qué papel juegan los talleres literarios en la formación de los jóvenes escritores? (esta es la misma pregunta que le realicé a Hernández)

Depende, obviamente, del taller, de cómo se enfoque y de los propios escritores.
Los talleres más frecuentes son los dirigidos por un escritor con alguna experiencia, basados en ejercicios y lecturas estandarizados. Me parece que no son muy efectivos; generan gente que sabe escribir ejercicios y adquiere una cultura literaria un poco más amplia, pero no más. En El Salvador hay un fenómeno interesante: talleres "horizontales", en los cuales todos los talleristas trabajan sin la ayuda de un escritor fogueado. Me parece que hay un riesgo con ellos: no existe el método que pueda proporcionarles un escritor profesional, y eso puede llevarlos a inventar cosas que fueron inventadas hace mucho o --como ha ocurrido-- en el academicismo, la ideología o la mala poesía.
El taller de La Casa es una mezcla de ambos, y un poco más. Hay un escritor experimentado que coordina las reuniones y transmite sus conocimientos, pero funciona de manera horizontal. El punto de partida es que todos somos escritores, pero estamos en diferentes etapas del mismo proceso.
Los talleres pueden ser vitales para un escritor, a otro pueden arruinarle la vida y a otro no servirle de nada. Un escritor lo será con talleres o sin talleres. Quizá un taller como el de La Casa ayude a alguna gente a ahorrar tiempo en el proceso de formación, pero no generará a escritores que no lo sean de antemano. La mayor parte de los que llegan a La Casa ya tienen tiempo escribiendo, y tienen una obra en marcha; lo que les falta es aprender algo de técnica, métodos de trabajo, intercambiar ideas y práctica.

2. Uno de los objetivos de la Casa del Escritor (según el material en la web) dice que es apoyar la formación de escritores profesionales "con conocimientos técnicos sólidos y un buen estándar mínimo de calidad". Específicamente ¿en qué consiste el taller literario que se brinda en la Casa del Escritor? ¿cuál es ese estándar mínimo de calidad?

El arte no se transmite en un salón de clases, sino de persona a persona. Es un asunto bien medieval: aprendiz, oficial y maestro. Es el oficial el que transmite el oficio, de allí el nombre. Los maestros son los grandes escritores: Vallejo, García Márquez, Shakespeare, Eliot...
Aunque el taller es colectivo, hay un escritor que transmite sus experiencias y conocimientos. No a todos, sino a cada uno, según lo necesite; los demás están presentes y, en su momento, todo está a discusión, y cada quién saca lo que le parece, le sirve o le conviene. Ése es un punto importante. La idea es que cada escritor busque su propia voz, y la encuentre. El intercambio con otros escritores de mayor o menor experiencia ofrece algunos parámetros, y las lecturas y discusión de lecturas da muchos más. En realidad se trata de escritores que trabajan individualmente, y se reúnen para intercambiar conocimientos, trucos, avances...
El estándar mínimo es... híjole... poco explicable. El objetivo del taller de La Casa es la escritura de una unidad (poemario, novela, libro de cuentos) que pueda pasar por el filtro de un consejo en cualquier editorial, no sólo salvadoreña, sino de cualquier parte. Los parámetros evidentemente los doy yo; soy quien tiene más experiencia en el tema.


3. ¿La Casa del Escritor brinda algún tipo de certificación a los participantes al finalizar el taller literario?

En absoluto. Los "diplomas" de un escritor son sus libros. Me parece ridículo decir que se pueda dar un diploma que certifique a alguien como escritor. Sería irresponsable.

4. Hasta la fecha ¿cuántos libros, revistas o plaquettes con las obras de los participantes en el taller de la Casa del Escritor se han publicado?

La Casa no ha publicado más que algunas plaquettes, para el día de la inauguración, en 2003. No todos los publicados eran de La Casa.
Me parecería que hay conflicto de intereses si La Casa publicara a sus integrantes. Creo que deben buscar por su cuenta, y no autopublicarse; es el modo más fácil de desperdiciar un buen trabajo o de difundir uno malo. Un escritor escribe, una editorial publica. Me parece que no será la Editorial Universitaria la que publique a nadie de La Casa, por lo que dice David Hernández, pero para eso está el resto del mundo.
Cinco años son pocos para la formación de escritores, pero ya están publicándose los resultados del taller. Están *La era del llanto* (DPI) y *Viaje al imperio de las ventanas cerradas*, de Krisma Mancía; este último obtuvo un premio internacional de editorial La Garúa, en Barcelona. Acaba de publicarse en Guatemala la novela *Las flores*, de Denise Phé-Funchal, y está a punto de publicarse en la misma editorial una novela de Vanessa Núñez Hándal. Ambas están en F&G Editores, que es de lo mejor que hay en Centroamérica.
Casi todos los compañeros de La Casa han publicado en el Suplemento Tres Mil, del Colatino. La revista Cultura ha publicado también obras de unos ocho o diez. Tres compañeras han publicado en revistas de Barcelona, y se las ha traducido al catalán; también hay publicaciones en revistas de Argentina, Perú y Guatemala. Ahora se está preparando un número de una revista mexicana, en Sonora, dedicada a poetas jóvenes de La Casa. Hay libros esperando fallos en concursos, y otros esperando aprobación o fecha de publicación en varias editoriales y países. Digamos que, hablando sólo de libros, se han producido hasta la fecha unos 25 por parte de compañeros de La Casa, más los que están en proceso. Como El Salvador no es el lugar con más editoriales y revistas literarias --y algunas de ellas, como resulta obvio, están cerradas para nosotros--, en lo que se está trabajando es en la proyección internacional.
Insisto en algo: no conozco a David Hernández. No sé quién le haya dicho cosas tan extrañas de La Casa. Si desea, lo invito a que vaya a visitarnos un domingo por la tarde, para que vea cómo se trabaja. Quizá cambie de opinión, quizá no, pero al menos podrá hablar con conocimiento de causa.
Me resulta triste, por otro lado, que llegue a un puesto tam importante haciendo declaraciones excluyentes, a priori. Él representa la posición de la UES con respecto a la literatura. Si ésa es la posición de las autoridades actuales, no se habrá avanzado mucho. Si no lo es, que lo aclaren. Creo que sería lo correcto.


Estoy enviando copia de este post nuevamente a La prensa gráfica y a David Hernández, como corresponde.

6 de febrero de 2008

¡Doctorados en poesía en La Casa! (O David Hernández y el poeta turco)

Lo que es la maña de hablar de lo que uno no sabe, y ni siquiera preguntar para averiguarlo... A veces con una llamada telefónica basta. Y lo que es también plantearse metas no con base en objetivos propios, sino como contraposición y por enfrentamiento a otros, que allí están y no le hacen daño a nadie.
Pero bue... Siempre hay cola que cortar y tela para envolvernos a todos.
Hoy aparece en La prensa gráfica el anuncio de que David Hernández es el nuevo director de la Editorial Universitaria (de la UES, se entiende), y me da gusto de que por fin a alguien se le ocurra reactivarla; lo que ha habido en los últimos treinta o más años han sido cosas aisladas, y a veces la utilización politica o personal de un recurso bien importante para todos. En los años sesenta y setenta, junto con la DPI, las mejores apuestas para la literatura nacional y centroamericana salieron de allí, gracias al impulso inicial del nunca lo suficientemente citado Ítalo López Vallecillos.
Y, bueno, David Hernández parte de premisas fuertes, como que tiene "la impresión de que la clase política nuestra —de izquierda, de derecha y de centro— es inculta, es analfabeta, ese creo que es uno de los problemas" para que la Editorial Universitaria esté inactiva. Y es un punto de vista; no son los políticos quienes están obligados a publicar libros, sino los editores y escritores y lectores a presionar para que ocurra, y eso se hace organizándose pero, sobre todo, escribiendo bien. También dice que "no me gustaría pasar a la historia universal de la infamia como editor de malos libros", lo cual es loable; habrá que ver su experiencia al respecto y, como siempre, será su trabajo el que lo valide o lo crucifique; así nos pasa a todos.
Casi en la parte final de la entrevista, escrita por Patricia Cruz, se lee, con todo y faltas de redacción y brincos conceptuales:
¿Habrá un programa de apoyo para escritores jóvenes?

Yo creo que el escritor siempre es joven, para empezar; creo que toda obra de arte es misteriosa y tiene vida propia, si es buena se publicará dentro de dos meses o dos siglos, pero pienso reactivar un taller de letras —el que dirigía Ricardo Lindo—, lo voy a trasladar a la editorial, puede ser una cantera para publicar a los escritores jóvenes. Por otro lado lo más importante son las lecturas que se recomiendan, por ejemplo Lindo estuvo leyendo poemas del turco Omar Cayan, los maestros latinoamericanos Julio Cortázar o Vargas Llosa, esto crea un contexto para que el escritor naciente vaya depurando su obra y tenga parámetros con quien medirse.

¿Qué papel juegan los talleres literarios en la formación de los futuros escritores?

En el caso del taller de la UES es abierto y al contrario de una ridícula Casa del Escritor —que existe en Panchimalco creo (está en Los Planes de Renderos)— donde dan títulos de escritores a los que llegan, aquí a lo que se venía era a discutir abiertamente, a leer los poemas y a comentar, creo que ese intercambio es positivo, sin afán profesoral, de doctor de poesía.
Hay cosas de bulto que a lo mejor se le pasaron a David Hernández por la prisa con la que a veces ocurren las entrevistas, por ejemplo que el turco Omar Cayan no era turco, sino persa, y la reportera no sabría que no es escribe Cayan, sino Khayyam (en el peor de los casos, Cayán, vaya), autor de las famosas Rubaiyat, Rubaiyats o Rubaiyatas, una forma poética de hace como mil años, la época en la cual vivió el "turco" en cuestión. (Encontré una carnicería y restaurante llamada Rubaiyat. ¿No es tierno? Quizá el dueño fue reportero, editor o escritor fallido. Puede encontrarse aquí. En Costa Rica, concretamente en La Calle de la Amargura de San Pedro, había un restaurante decente y bebedero de universitarios que se llamaba Omar Khayyam. Allí acostumbraba --yo, porque el poeta ya estaba muerto-- reunirme y platicar con amigos. Se llamaba así, curiosamente, porque era el nombre del dueño, además de la referencia obvia al... uh... turco.)
También es de pasarse por alto el pequeño festival del eufemismo, como que "el escritor es siempre joven", que yo le cambiaría por "el escritor, cuando es escritor, es siempre escritor" y le añadiría un par de tapitas de Coca-Cola intercambiables por un boleto para la rifa de un walkman; que "toda obra de arte es siempre misteriosa", lo cual está bien para quien no sabe leer lo que hay detrás de las palabras, y que "tiene vida propia", lo cual es cierto sólo si se trata de una obra de arte, es decir: si es buena.
Luego, y esto ya es una apreciación personal, está el viejo mito de que "el contexto" de una obra es tanto o más importante que la obra misma. Pienso en E.M. Foster, que en Aspectos de la novela hace un análisis de la novela inglesa no según sus periodos, tendencias o contextos, sino --al fin y al cabo escritor-- de acuerdo con sus temáticas, recursos técnicos, manejo de lenguaje, etcétera. Foster imaginaba a todos los novelistas ingleses sentados alrededor de una inmensa mesa, lado a lado Thackeray con Virginia Woolf, Tristam Shandy con Lawrence, haciendo lo que sabían hacer. Y este enfoque lleva a algo interesante: el "contexto" apenas determina ciertas cosas en el fondo no muy importantes, como convenciones de lenguaje, diferencias de tecnología, ciertos hechos históricos... Lo demás es devenir humano, y "el contexto" juega un papel de disparador de algunos mecanismos de los personajes, si acaso, pero no explica literariamente nada. Eso es trabajo de los académicos, que no siempre saben mucho de literatura y sí de fechas y "contextos".
Como sea, el lector ya habrá notado lo de "ridícula Casa del Escritor", donde damos títulos de escritores "a los que llegan", mientras que "allí" --en el taller que existía-- se llegaba a "discutir abiertamente, a leer los poemas y a comentar".
No sé qué le habrán dicho a David Hernández acerca de La Casa --nunca ha llegado por allá--, pero me parece que debería informarse de primera mano. No sé por qué considera ridícula una simple casa, así haya sido de Salarrué; es una casa como cualquiera, nomás que pintada de amarillo y con un rótulo muy bonito en azul y sepia, al que llega gente que quiere profesionalizar su escritura. Y el modo de profesionalizarla es... bueno... escribiendo, discutiendo abiertamente, escribiendo, leyendo mucho, escribiendo, teniendo paciencia, escribiendo, aprendiendo a distanciarse de su obra, escribiendo, aprendiendo a tomar los recursos de los maestros --o sea Eliot, Vallejo, Pasos, Hernández el de verdad, Huidobro-- y escribiendo.
Que yo sepa --habrá que denunciarlo si es así, y yo le ayudo-- no se le da ningún título a nadie por el simple hecho de llegar al taller, ni siquiera cuando sale del taller (todos tarde o temprano deben salir del taller). Los títulos de un escritor son sus libros, y se diferencian de algo en los títulos universitarios. En éstos se hace constar que alguien estudió algo, es decir: que cursó ciertas materias y las pasó con calificaciones mínimas; no se habla de la calidad de tal ingeniero o filósofo. En los libros ya viene la obra incorporada, y su calidad, y puede saberse --con sólo algunos parámetros de por medio-- si es un buen escritor, un regular escritor o un farsante.
Y no he visto un "afán profesoral, de doctor en poesía" en ninguno de los compañeros de La Casa. Lo que sé es que escriben poemarios --los poetas--, novelas --los novelistas-- y cuentos --los cuentistas--, y que ya empiezan a publicarse sus cosas porque, vaya, el título trae incorporada la calidad, y esa calidad es buena, y a los editores, consejos editoriales y jurados les gusta. Si David Hernández se toma la molestia, con gusto le enseño el resultado de cinco años y medio de trabajo, le explico lo que es calidad y de paso lo dejo que revise mi oficina para que vea que no hay diplomas de doctor en nada; ésos sólo pueden repartirlos las universidades, y hay quien a veces se los inventa. (El esposo de una tía tenía una pared llena de diplomas, que compraba en tiendas de bromas y trucos, y él mismo los llenaba a mano, con letra torpe. Era médico en varias especialidades, abogado, contador público y no sé cuántas cosas más. Un día llegó un amigo de su hijo, sin saber que era su hijo, y le dijo: "¡Mira qué coincidencia! ¡Tu papá es compañero mío en la universidad!" El amigo en cuestión iba en segundo de derecho, y el esposo de mi tía llevaba allí como veinte años. Sic transit gloria mundi.)
Y no todos los que llegan a La Casa se quedan, porque no les interesa o no es su rollo, ni a todos se les daría título si se me ocurriera la estupidez de repartir cosas. (Coca-Cola de dieta y pan sí hay todos los domingos.) De cerca de 110-120 personas que han pasado por La Casa, se han quedado alrededor de 30, y de ellas unos 20 ya han terminado libros o están a punto de hacerlo. Los demás aún tienen poco tiempo trabajando con nosotros, o se toman el oficio con paciencia y le han apostado a un tiempo más largo.
Lo que veo, por las primeras declaraciones de su nuevo director, es que la cosa de la Editorial Universitaria promete ser excluyente; desde ya está descartado que alguno de los "doctores" de la "ridícula" Casa del Escritor pueda publicar allí. Lástima. No por la publicación --los compañeros tienen calidad para moverse donde los pongan--, sino porque en serio que la Editorial Universitaria no fue pensada para eso, ni fue así en sus mejores tiempos, que al parecer deberán esperar para volver. Espero equivocarme. Espero que David Hernández --a quien por cierto no conozco; las veces que hemos estado en el mismo lugar parece evadirme-- sólo haya dicho lo que dijo, incluido lo del poeta turco, en la emoción del nuevo nombramiento. Y ojalá que la emoción se le baje pronto y se ponga a trabajar para todos, que es lo que se esperaría de un escritor en un cargo público. Empezar con un enfrentamiento tan abierto, con gente que no le ha hecho nada, no suena prometedor. Ya no para los de La Casa, sino para quien a él le parezca "ridículo", descontextualizado o vaya a saber.
A propósito de ridiculeces: si David Hernández quiere ir a La Casa y comprobar que lo que dice no es cierto, podríamos aclarar el asunto de que él se ganó un premio de novela que me gané yo en 1990, el "Valle Inclán" de novela de EDUCA y el Centro Cultural de España. Lo ha repetido durante muchos años en varios idiomas y países, y ya sería hora de sincerarse, y de paso puede dejar de evadirme y quizá podamos platicar. A lo mejor los periodistas lo han malinterpretado.
Para quien quiera "el contexto", léase la segunda parte de un post que escribí hace un año, el 29 de enero de 2007, titulado "El imbécil, el cerdo y el error". La parte del error es la dedicada a David Hernández; viene debajo de los asteriscos.