31 de julio de 2008

Algo más de la FILGUA

Tema de la mesa: "¿Sirve para algo la literatura? II", o sea que ya había habido una mesa con el mismo título, a la que no pude asistir porque estaba en la de "Literatura, identidad e integración en Centroamérica", de la que hablé anteayer.
Y, bueno, empezaba a las cuatro de la tarde. A las cuatro y media la sala se veía así:

Y la mesa se veía así:

Los ponentes y el moderador (o sea yo) ya estábamos en el plan de irnos a tomar un café o algo. Y no todos...

De izquierda a derecha, Eunice Shade, de Nicaragua; yo, de El Salvador; Javier Mosquera Saravia, de Guatemala, y José Luis Rodríguez Pitti, de Panamá. Al pie del cañón y todo, pero sin público. Denise Phé-Funchal, la otra ponente, avisó que quizá llegara tarde; tuvo que ir a Jutiapa a la misa de nueve días de la muerte de su papá.

Casi a las cinco de la tarde llegó algo de público. Aquí están los primeros, pero llegaron a ser poco más de veinte asistentes, y comenzamos.

Denise llegó pronto y se integró a la discusión. En suma, después de dar muchas vueltas --si el valor de la literatura es práctico, espiritual, moral, etcétera-- se llegó a la conclusión de que la literatura debe servir para algo, o no habría gente en todas las sociedades que se dedica a ella.

¡Sí! ¡Denise Phé-Funchal usando la Vaio verde! ¡Impunemente! Claro que estaba chateando con Krisma, y que eso fue después de la ponencia en la feria, y después de grabar materiales para unos programas para radio Don Bosco...


...pero antes nos tocó estar en el otorgamiento de una cosa llamada "El Galardón de las Américas" a las personas que participaron en la mesa posterior a la nuestra. No me enteré muy bien qué era el galardón, ni por qué exactamente se entregaba, pero le tocó uno a Raúl Figueroa Sarti como presidente de la Gremial de Editores de Guatemala, y otro a Vanessa Núñez Handal en su calidad de... eh... la señora que los daba dijo que de lectora, y que le daba gusto que lo llevara a El Salvador. Y Vanessa vive en Guatemala...
También le tocó uno a un representante de la embajada argentina. De repente la señora empezó a interactual con el público, con dos cámaras de televisión detrás de ella, y se acercó peligrosamente a donde estábamos con Denise, para preguntarnos qué pensábamos acerca de la trascendencia del Galardón de las Américas y de su otorgamiento a los participantes de la mesa, etcétera, y fuimos detrás de Raúl cuando ya casi estaba encima de nosotros (Raúl tuvo que levantarse a resolver problemas, como desde amtes de que empezara la feria).
Y ya.

30 de julio de 2008

Lo bailado

Cuando empecé a escribir "cosas", por allí de los trece años, sólo quería contar, y en realidad no quería nada. Nada más me ponía a escribir. Salían poemas rimados --y me imagino que mal medidos-- que pretendían ser chistosos, algunos textos que eran evidentes y voluntarias imitaciones de fábulas de Monterroso y de un libro de Sergio Ramírez que es mi favorito, De tropeles y tropelías; ponía los papelitos en los que escribía en medio de mis cuadernos, así a mano y todo, y después los olvidaba. Nunca los mostré a nadie; quizá, alguna vez, alguna cuarteta divertida --o que yo creía divertida-- a mi novia de entonces, que se llamaba Lorena, pero nadie más vio nada mío sino hasta que cumplí los 18 años.
A los dieciséis decidí que iba a aprender a escribir bien, y eso quería decir que quería aprender a hacer libros. Mi papá hacía libros, los amigos de mi papá y medio mundo que llegaba a casa hacía libros, y era lógico que yo aprendiera a hacer libros.
Y me puse a hacer libros. De cuentos, en ese caso. Los dos primeros se llamaron De las máquinas de escribir y de otras máquinas y ¡Clark Kent es Supermán! Estaban formados por textos muy cortos (algunas líneas en el caso del primero, hasta una página en el caso del segundo), y lo que había eran más bien ganas de divertirme. Los libros han desaparecido, pero recuerdo algunos textos y, de verdad, no estaban mal. Un par de ellos se recogieron en una antología de la revista mexicana El cuento, según me han dicho; no he conseguido el ejemplar, que por allí anda.
El problema empezó, por esas mismas épocas, cuando quise escribir poesía. Hasta entonces todo había sido un juego, pero intuí que la poesía era "algo más". No sabía qué; simplemente algo más. Probé con poemas de amor y, desde luego, vino el asunto de cómo enfocarlos. Para esas fechas, entre los jóvenes, las modas eran dos: o se ponía uno beat y nomás escribía a la Ginsberg, lo que saliera, como saliera, o de manera premeditadamente descuidada, como Nicanor Parra, o se ponía político. O ambos al mismo tiempo, que era lo más frecuente. Igual había vertientes como la indigenista, la erótica, la intelectual extrema y la intelectual light, aunque no se había acuñado aún el término light para esos temas. Nada más quería decir luz, y era lo que me faltaba. Igual me puse a probar y resultaba que, después de unos días de escritos, los poemas eran simplemente infumables. O eran descripciones o eran demagógicos o eran tan mecánicos que daban lástima. Así que me puse a experimentar, y los resultados fueron menos peores: descubrí la "poesía concreta". Un amigo de la familia, psicólogo, de los pocos que habían leído algunos de mis textos hasta la fecha, me mandó a leer a Apollinaire y a José Juan Tablada y, sí, había llegado a lo mismo sesenta o setenta años después; con algunas lecturas más me hubiera evitado un inútil derramamiento de cuartillas y de cinta de máquina. Por allí tengo un par de esos poemas, y no estaban mal, nomás que no eran míos.
Cuando traté de escribir cuentos "en forma", ya no con la espontaneidad y el desinterés de antes, surgió otra vez el problema: ¿de qué hablar? Más aún: ¿cómo? Intuía que el tema candente de entonces, énfasis en la forma versus énfasis en el contenido, era falsa, porque algo llevaba leído y no podía separar el qué del cómo. Pero mi manejo de la forma era elemental, y de contenidos no tenía mucho, porque eso le puede pasar a uno a los 17 años: le falta vida, le sobra entusiasmo. Tenía la suerte de no ser impaciente, y mi objetivo era aprender a hacer libros, no publicarlos. Era muy tímido para pensar en publicación (la fama, la gloria vana, el oropel vacuo) y, por otro lado, ya había demasiados en las librerías. Y eso me hizo entrar en paranoia: quizá lo que escribiera no fuera original y, así como habían aparecido Apollinaire y Tablada a arruinarme los pocos poemas buenos que me habían salido hasta la fecha, podían aparecer otros autores que ya hubieran escrito lo mismo, sobre lo mismo y del mismo modo.
Lo que más había leído era novela, y era allí donde tenía más parámetros. Así que me puse a escribir novela, y terminé la primera a los dieciocho años. No recuerdo cómo se llamaba, pero sí que tenía partes entretenidas, algunas eran casi tan trágicas y efectivas como telenovela venezolana y la idea general era interesante. (Quizá algún día retome ideas de allí, después de tantos años, para hacer alguna cosa.) Lo único que no me falló fue la estructura, porque lo demás estaba bien para un chavo de 18 años, lo cual no quiere decir demasiado. Un amigo se la pasó a gente de una editorial pequeña y me ofrecieron publicarla, y ni siquiera sentí media gota de tentación: la respuesta fue no. Quería aprender a hacer libros, pero tenían que ser libros buenos, y a eso le faltaba para ser lo que quería que fuera.
Me puse a leer novelas de gente joven (digamos de veintipico de años), autopublicaciones en su mayoría, cuentos y novelas, y no fue necesariamente una pérdida de tiempo; me avergoncé no de los textos que había escrito, sino de los que podía escribir si me descuidaba. También comencé a comprar lo que iba apareciendo en Joaquín Mortiz, Tusquets y, en fin, lo que se estaba produciendo en ese momento. Había libros entretenidos, una buena cantidad eran malos, otros eran experimentales, y fueron estos últimos los que me interesaron. Me puse a experimentar y salieron dos novelas y un libro de cuentos más.
En mi segunda novela escrita traté de juntar poesía con narrativa --una pésima combinación si uno no se cuida, e incluso si se cuida demasiado--, y le pedí prestados algunos trucos a Rimbaud --el de la Temporada en el infierno-- y a Lautréamont. Después de un año de trabajo resultó que era mala, sin siquiera las virtudes de la primera, y me lancé a hacer la tercera, que se llamaba Dónde estarás, Josefina, por Dios (sí, un endecasílabo en gaita gallega, como habrán notado), que no estaba tan mal; al menos el manejo de planos y del lenguaje no era tan torpe. La deseché y tomé algunas de las cosas formales para la Historia del traidor de Nunca Jamás; el catalizador fue una página de Caperucita en la zona roja, de Manlio Argueta, y la estructura... Bueno, funcionó porque funcionó, pero fue de ir pegando pedacito por pedacito, haciendo pedacitos a la medida, inventando colores nuevos para los pedacitos, etcétera. Como cobija de abuelita.
Para ese entonces (20-21 años) ya trabajaba como periodista, e incluso era editor, qué irresponsabilidad; trabajaba con las FPL, tenía una familia y estaba en medio de la discusión acerca de para qué servía la literatura, si servía para algo en específico, y claro que estaba lo de las luchas sociales, el compromiso de los escritores, el pueblo ante todo y the whole nine yards.
Después hubo gente a la que se le ocurrió que El traidor era parte de mi "aporte" a la revolución salvadoreña, pero pues no. Ya conté por aquí que mi responsable política me armó todo un lío, que llegó a la expulsión de la organización, porque era inaudito que un militante considerara siquiera la posibilidad de escribir acerca de un traidor a la guerrilla, y menos aún que hiciera una novela. Por otra parte, ya tomaba fuerza una corriente que consideraba que el testimonio era la Verdadera Literatura de Nuestros Países, y que toda novela tenía que ser testimonial. El traidor fue parte de esta discusión con algunos compañeros: se podía armar una novela sin que fuera testimonio, que a su vez fuera experimental, etcétera, sin que entrara en los parámetros de "la lucha", y que a la vez pareciera un testimonio. Y pues gané la discusión; qué mejor certificado que una expulsión vergonzosa. Creo que, como venganza, uno de esos compañeros se inventó un término para El traidor, y así se ha enseñado en la universidad: "realismo testimonial". O sea que no me libré del todo, y más bien no me libré para nada.
Después de un par de novelas absolutamente fallidas, y de apuntes para llenar un par de cajas no muy grandes, me puse a escribir Terceras personas, y ya el asunto del "qué" dejó de ser importante; me habían expulsado de la organización, Cayetano Carpio estaba muerto y mandé al carajo cualquier discusión acerca de lo que debía o no debía ser el papel de un escritor. Y había mejorado mis lecturas; había dejado de comprar "lo último" y me había puesto a leer a escritores contemporáneos pero bien consolidados. Y me peleé con Cortázar. Según pensaba, el tipo había agotado las posibilidades del cuento, y había que buscar nuevos modos de hacerlos, y ésa sería mi misión en la vida o algo así. Me equivocaba, pero Terceras personas quedó bonito; ése fue mi modo de matar al padre.
Cuando escribí Los años marchitos encontré una cierta paz literaria. Aunque tiene sus recovecos, por primera vez hice una novela como debía ser, que empezara por el principio, terminara en el final y que en medio hubiera un desarrollo ordenado más o menos cronológicamente. Una pinche novela, pues.
¿Qué y para qué escribir? Bah. Perdí mucho tiempo en eso. Creo que, si hubiera conservado el impulso inicial, me hubiera ahorrado un montón de tiempo intentando cosas que estaban perdidas de antemano. Igual tenía que averiguar; igual aprendí un montón de los fracasos, como siempre se aprende de los fracasos.
Ahora lo que sé es que sigo aprendiendo a hacer libros, y no en plural, sino el que voy escribiendo. Aprendo a hacer cada uno, y ése me da la pauta para aprender a escribir el siguiente. Y listo. Ya sé escribir un montón de libros. No pienso repetir ninguno, y quiero que cada uno sea único, con sus propios recursos, etcétera. Sería mucho más fácil quedarme en los márgenes de una fórmula que haya funcionado y así ponerme viejo, con un estilo absolutamente reconocible. Pero entonces quizá no haya valido la pena tanto trabajo.
Y lo bailado nadie me lo quita

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Mañana sigo con lo de la FILGUA. Hay un par de cosas que reportar.

29 de julio de 2008

Algo de la FILGUA

En el hotel en el que estamos hospedados (el Conquistador Sheraton) nos regalan 30 minutos diarios de internet, aunque también hay servicio inalámbrico por una no muy módica cantidad. Los 30 minutos, en computadora del hotel --que uno no conoce, ni lo pretende-- alcanza apenas para revisar correo. Pedí que me dieran acceso al inalámbrico y, por algún motivo, no funcionó. Cuando ponía el username y el password, el router decía que el usuario estaba duplicado. Y pues no. Llamaron a un técnico, y ya era de noche, y dijo que "a veces" fallaba si uno oprimía la tecla enter demasiado rápido. Y pues menos; eso es la respuesta de alguien que no sabe o que no quiere arreglar el problema en ese momento y se inventa cualquier excusa. Al día siguiente el otro técnico dijo que había que resetear el servidor y que me avisaba en quince minutos. Sigo esperando que me avise, pero en todo caso no iba a pagar por un servicio que no usaría, porque estaba saturado de actividades, así que apenas hace un rato pedí que me lo activaran y, sí, todo bien. Así que hago una reseña de lo que ha pasado lunes y martes en lo que a mí concierne.

Lunes a las 6:30 de la tarde. Presentación del libro El diablo sabe mi nombre, de Jacinta Escudos, con una respetable cantidad de asistencia. De izquierda a derecha, Óscar Castillo, director de la editorial costarricense UruK; Sergio Ramírez Mercado, escritor nicaragüense; Jacinta, desde luego; Javier Payeras, escritor y académico guatemalteco, y Raúl Figueroa Sarti, quien hizo los honores como presidente de la Gremial de Editores de Guatemala.
Sergio hizo una reseña general del libro y de los cuentos de Jacinta, con énfasis en algunos detalles; Javier hizo una rápida descripción y análisis de cada uno de los relatos y Jacinta leyó un par de textos.
Al terminar el acto les conté a Sergio y a Tulita, su esposa, que mi madre había muerto, y lo lamentaron; llevaron una buena relación durante años. Ya he contado aquí algunas anécdotas, incluida la de la lavadora.

Un poco más tarde, me tocó participar en la mesa "Literatura, identidad e integración en Centroamérica", un tema rarísimo. Participamos --de izquierda a derecha-- Carolina Sarti, poeta guatemalteca; Marco Antonio Flores, novelista y poeta también guatemalteco; Ana Cristina Rossi, de Costa Rica; yo; Maya Cú, de Guatemala, y Otoniel Martínez como moderador. (Lo conocí en México hace muchíiiisimos años, y pasamos algunas cosas juntos.)
El énfasis se puso en la imposibilidad de integración de países que de por sí están desintegrados; en la falta de una identidad única, o por lo menos en una buena noción de unidad en la diversidad, y en cómo la globalización, el racismo y otras hierbas afectan para que no se logre mucho en la materia.
Me pareció que buena parte de los argumentos fueron en el sentido de que era obligación de los escritores hacer que, mediante su obra y sus acciones, se solucionaran ésos y otros problemas; que había que denunciar, trabajar activamente, tratar ciertos temas, tomar ciertas actitudes. Llegó un momento en que estaba bastante sacado de onda, porque además hubo mucha agresividad en el plan de "así tiene que ser, y el que no lo acepte es un posmoderno globalizado y excluyente". Me tocó decir las últimas palabras y dije que sólo soy escritor y, después de oír muchas cosas que acababa de oír, me daba un poco de vergüenza sólo poder contribuir a hacer un mundo mejor tratando de que alguna gente se divierta un rato con mis libros. (En serio que en algún momento pareció que el asunto acabaría a arañazos o algo.) Antes dije que, quizá, esa desintegración aparente de la identidad sea precisamente nuestra identidad; creo que el Eliot de Notas para la definición de la cultura estaría de acuerdo.

Después, cena en casa de la escritora Carol Zardetto, autora del libro Con pasión absoluta, editado por F&G Editores y ganadora del premio Mario Monteforte Toledo. De izquierda a derecha, Lilian Fernández Hall, Jorge Galán y Vanessa Núñez.

Carolina Sarti, Raúl Figueroa Sarti (sí, son primos, aunque acaban de descubrirlo; F&G ya le publicó a Carolina un buen libro de poesía, No somos poetas) y Carol Zardetto. Hubo cosas ricas para la cena: empanadas de carne, humus con pan árabe, ensalada y un pastel de queso bien notable. ¡Ah! Y una pasta muy rica.

Con Denise Phé-Funchal, desde luego, también autora de F&G con su novela Las flores.

Y con Lilian, quien ha escrito buenas reseñas acerca de libros de algunos autores centroamericanos, incluidos Denise, Claudia Hernández y yo.

Martes, a las 10:40. Ésta no me la iba a perder por nada: en el programa se anunciaba una mesa titulada Narrativa contemporánea II, en la que Emiliano Coello Gutiérrez (con el micrófono) iba a exponer el tema "El pícaro como protagonista en las novelas neopoliciales de Rafael Menjívar Ochoa y Horacio Castellanos Moya". Lo había visto en el programa desde hacía más de un mes, y sólo había de dos: o era una cosa bastante interesante o era pan con lo mismo. No veía a Lázaro de Tormes en Cualquier forma de morir, digamos, o en De vez en cuando la muerte.
Y no sólo fue interesante, sino también bastante divertido. La definición de "pícaro" que usó fue un poco la del marginal lumpen que lucha por su propia sobrevivencia y posee un discurso entre cínico y... uh... kínico, creo que se escribe. Ni más ni menos que como... esteee... Lazarillo de Tormes, y la definición quedaba muy bien hasta para Cualquier forma de morir y algunas más.
Después platicamos un buen rato con Emiliano --nos hicimos cuates de inmediato-- y resulta que se ha leído las cuatro novelas policiales que llevo publicadas, y las maneja muy bien. Quedé de enviarle la quinta, aún inédita, para que tenga el paisaje completo.
El tico Uriel Quesada (a la derecha en la foto), aunque tocó otro tema en la mesa ("San José o la ciudad sexualizada", bien interesante), también ha estado trabajando en mis novelas policiales (o "neopoliciales"; se me olvidó preguntar por qué), y la salvadoreña Beatriz Cortez (segunda de izquierda a derecha) conoce casi todo lo que he publicado, alguno de ello desde que estaba inédito, y lo ha trabajado desde hace como diez años. Entre el público estaba Werner Mackenbach, alemán, un tipo sensacional que dirige un programa de posgrado en literatura centroamericana en la Universidad Nacional, de Heredia, en Costa Rica, y ha utilizado trabajos míos, como Trece, conoce otros y armó una antología llamada Papayas und Bananen, publicada en español como Cicatrices, en la que incluyó, entre bastantes otros, a Jacinta, a Horacio, a Claudia Hernández y a mí.
Digo esto no para presumir, sino porque Beatriz, hace muchos años, estableció la categoría de "estética del cinismo" para hablar de la obra de los recién citados, y en esta ocasión presentó una ponencia en la que mostraba una alternativa a esa... uh... corriente, "El fin del cinismo o la muerte", acerca de una obra de Franz Galich. Y, bueno, a la hora de las discusiones se pusieron a hablar de la definición de esa estética del cinismo, de qué es o no la novela negra o la "novela neopolicial" (mañana pregunto sobre esto último) y de qué bueno que por fin se viera la muerte de una corriente como la susodicha "estética del cinismo". Y como estaban decretando allí mismo, de manera sumaria, mi muerte y así no juego, pedí la palabra.
Dije que hablaba como afectado directo, que en eso de la estética del cinismo a mí no me habían preguntado nada, sino que me habían puesto y ya; que me parecía que yo escribía novela negra en una cierta medida: cumplía con ciertas convenciones temáticas y estéticas, como quien hace sonetos, y sobre eso trabajaba; que había violencia --a veces mucha, a veces no tanta-- en lo que escribía porque, bueno, la novela negra es una novela dedicada al crimen, y el crimen suele ser violento, pero que mi onda policial era la mitad de lo que escribía, y en la otra mitad ese tipo de violencia no ocurría; que no me parecía que hubiese cinismo, en la medida en que en todas mis cosas hay aún algo de esperanza, hay cosas buenas a futuro (Lilian Fernández estaba a mi lado y anotó: lo que las salva es el humor, y es un humor muy negro), y que esa "estética del cinismo" no era una corriente predominante en Centroamérica, y que quizá por clavarse en ésas estaban perdiéndose un montón de literatura centroamericana que trataba de otras cosas y estaba escrita de otro modo.
Werner Mackenbach había dicho poco antes, con ironía, que quizá detrás de alguna de esa "estética del cinismo" se escondiera un "cinismo de la estética", y me encantó la frase: el cinismo como estética, o la creación voluntaria de cosas "cínicas" desde una posición premeditada que no es cínica en sí misma. Como todas las ironías, me parece que tiene algo o bastante de razón; ese "cinismo" es parte de las convenciones de la novela negra, vamos.
Y se armó la discusión bien en serio, divertida y todo. Hubo quien estuvo de acuerdo en algunas cosas conmigo, otros no, y me dio gusto ("¡Vanidad, mi pecado favorito!") que había gente que había leído mis trabajos, los que más y los que menos. Y, en efecto, Beatriz aclaró que lo de "estética del cinismo" no era algo generalizado, sino una categoría posible para ciertos autores, que había otras vertientes y, en fin, que no estaba decretando la muerte de nadie, sino dando otro punto de vista. (Gracias, Beatriz.) Werner me explicó que lo que había era una serie de enfoques diferentes que se aplicaban a los trabajos, a veces diferentes enfoques para las mismas obras, a fin de verlas de manera más amplia, y que había una búsqueda constante de enfoques para comprender mejor la literatura centroamericana. Y al final nos las pasamos muy bien.
Me fui a platicar con Emiliano, que trabaja con la Universidad de Costa Rica pero se va una temporada a Poitiers, y le di las gracias por el trabajo. En eso apareció un mexicano que trabaja en la Universidad de Oklahoma, José Juan Colín, a quien no conocía, y me dijo que había escrito un artículo acerca de Cualquier forma de morir que se publicaría en una revista, y que quería mandármelo. Y pues cómo no. Y resultó que es chilango como sólo los chilangos pueden serlo, y nos pusimos a hablar del Distrito Federal y a recordar lugares, lenguajes y hasta anuncios comerciales y poemas que se recitan en la primaria ("Mamá, soy Paquito, no haré travesuras", etcétera). Nos fuimos los tres a comer. Emiliano salía temprano al aeropuerto, y no podía quedarse a la presentación, pero compró Trece y con gusto se lo firmé. Juan estuvo en la presentación. También Beatriz y Werner, y a la hora de los agradecimientos los mencioné, y cómo no: Beatriz usó Trece, aún inédito, para su tesis doctoral y para varios ensayos, artículos y ponencias, y Werner lo incluyó --impreso en impresora y fotocopiado, con mi permiso desde luego-- como parte de su programa.

Y a las 6:30 de la tarde tocó la presentación del libro. Me dio gusto saber que La prensa gráfica y El diario de hoy publicaron sendas notas al respecto. En EDH incluso hablan de la presentación del libro de Jacinta, que a LPG se le pasó por alto. Buena onda los dos, en todo caso.
Cada uno debía hablar de su libro. Vanessa lo hizo muy bien. Contó de la génesis de Los locos mueren de viejos, de su temática, de algunos aspectos técnicos, etcétera. Jorge Galán fue un poco más parco --siempre lo es-- y leyó un buen trozo de El sueño de Mariana. Por mi parte, aunque en general soy mi tema favorito ("¡Vanidad, etcétera!"), hablé poco de Trece y más bien dije de lo que hemos compartido literariamente con Vanessa y Jorge, que no ha sido poco, y del placer y el privilegio de compartir ese momento, ese espacio y esa presentación.

Y vino el firmadero de libros. Es de las cosas más incómodas dentro de mi escala de valores, pero hay que hacerlo, en especial si alguien compra el libro de uno y hasta se pone contento de haberlo comprado.

¡Ah! En la entrada del stand de la editorial Piedra Santa han puesto, en grandote, un recorte del ángel que aparece en la portada del libro de cuentos De fronteras, de Claudia Hernández y, para que no quepan dudas, el letrerito de la izquierda reza: "Claudia Hernández. De fronteras." Mi ejemplar se lo regalé a Thierry Davo, así que compré otro, y también la antología Tiempo de narrar, de Francisco Méndez, que Krisma y yo le regalamos a Karen Schairer hace unos meses, donde viene un texto mío, uno de Claudia, uno de Jacinta, etcétera.
Después, Jorge Denise y yo nos fuimos a ver la nueva de Batman. Me gustó la idea del Joker de Heath Ledger, pero me saturó tanta acción, tantos bombazos, la confusión entre lo que estaba haciendo el Joker y Dos Caras y qué sé yo. Llegó un momento en que me harté y me dormí en un par de ocasiones. Falta de modulación, pues. Como en poesía: si cada verso --cada escena-- es sorprendente y fuerte, al final se vuelve monótono y aburre.
Han pasado más cosas, he platicado con más gente y he tomado algunas fotos más, pero creo que por ahora es suficiente. Muchos bytes y hace sueño.
Al rato me toca moderar una mesa bajo el tema ¿Sirve para algo la literatura? Creo que estará divertida. Ya les contaré.

24 de julio de 2008

Ana Escoto y otros salvadoreños

Anoche fue la presentación de la segunda hornada de la tercera época de Nueva Palabra, y fuimos con Krisma y Valeria, en especial para saludar a Ana Escoto, compañera de La Casa del Escritor que fue incluida en esta tanda.
La presentación fue un poco demasiado institucional, si me preguntan; los cinco autores quedaron relegados entre el público. En primera fila, eso sí, pero no fueron ellos los protagonistas, sino gente de Concultura. Con algunos compañeros de trabajo --es decir del propio Concultura-- recordamos que la primera hornada de esta tercera época tuvo una presentación muy bonita, más informal, en La Luna. En aquella ocasión hubo cerca de 200 personas, y la mayoría era gente dedicada al arte, además de familiares, amigos, etcétera. Hubo una pequeña presentación institucional y después se dejó a los autores que hablaran y leyeran sus textos, que para eso va uno.
Fue muy emocionante ver a Ana corriendo de un lado a otro entre sus amigos y compañeros de trabajo, contenta, firmando libros --ya se dio cuenta de por qué es algo que no me gusta mucho hacer; puede ser estreasante y hasta angustiante-- y conocer a su familia. De hecho anoche me enteré de que ya conocía a su mamá, desde por allá de 1981, en México. Según parece trabajó con mi madre y mi hermana Ana. Recuerda que le preparé una limonada "a la mexicana", o sea: se agarran los limones con todo y cáscara, se parten en pedazos de prudente tamaño, se echan en la licuadora con agua y azúcar, se le pone un poco de hielo y se licua. Para servirse, desde luego, hay que colarla. Es deliciosa, con el inconveniente de que hay que tomarla más o menos pronto, porque se pone bastante amarga después de un rato, digamos una hora. Platiqué un rato con su papá también, y me di cuenta de por qué Ana puede ser tan sonriente y bienhumorada.
En fin, felicidades. Compré algunos ejemplares --sí, yo, con mi lana, al terrible precio de $2.15 cada uno; qué bueno que conservaron el precio bajo-- para llevar a la FILGUA; allí habrá varias personas de varias partes a las que de seguro les interesará leerlo y se divertirán como me de divertido yo.

Y ya que mencioné la FILGUA, me llegó la invitación a la presentación de Trece, en la que estaré con Vanessa Núñez Handal, compañera también de La Casa, quien presenta Los locos mueren de viejosa, y Jorge Galán, quien presenta El sueño de Marianaa, una buena novela de ciencia ficción. Tres salvadoreños por el precio de uno. Y hasta con 20 por ciento de descuento en todos los libros de F&G.
Ayer alguien --no recuerdo quién-- me dijo que Raúl Figueroa, el director de F&G, se está arriesgando bastante con la publicación de escritores salvadoreños en Guatemala. Yo no veo riesgos. Creo que está apostándole a cosas novedosas --ya publicó Las flores, de Denise Phé-Funchal, que es salvadoreña honoraria, como compañera que es de La Casa, y otro mío, Cualquier forma de morir--, y ha detectado algo que cada vez es más claro, dicho sea sin prepotencia --y sí con orgullo--: buena parte de lo mejor que se escribe en Centroamérica se está haciendo en El Salvador, en especial en poesía, y hay un bonito surgimiento de la narrativa.
Lo leyeron aquí y en esta fecha: en cinco años o seis vamos a ser un referente obligado en materia literaria en Latinoamérica y más allá. No se trata de un talento especial de los salvadoreños o qué se yo, sino de mucho trabajo y esfuerzo invertido por parte de mucha gente. Y me encanta ser parte de eso.
Por de pronto, nos vemos el próximo martes en la FILGUA para la presentación del libro. (¡Qué bonitas ediciones hace Raúl!)

22 de julio de 2008

Presentación de Nueva Palabra

Mañana, 23 de julio, a las seis de la tarde, será la presentación de la nueva hornada de Nueva Palabra, de la Dirección de Publicaciones e Impresos, en el Museo Nacional de Antropología David J. Guzmán.
Entre los publicados de esta ocasión se encuentra Ana Escoto, compañera de La Casa del Escritor, lo cual me da mucho gusto y me llena de orgullo, como al resto de los compañeros. En la ocasión anterior, hace cuatro años, La Casa estuvo representada por Krisma Mancía.
Es curioso: todas las personas de La Casa que han publicado libros, o están a punto de hacerlo, son mujeres: Ana, Krisma, Denise Phé-Funchal y Vanessa Núñez. Algún día habrá que hacer una discusión o algo para saber a qué se debe y, sobre todo, por qué la mayor parte de los participantes del proyecto han sido mujeres. De un par de años hasta hace unos meses había más hombres, pero poco a poco se ha ido equilibrando de nuevo.
También hay que admitir que Ana estuvo en el taller de poesía (ya terminó lo que tenía que hacer y salió del taller, como es la costumbre), y muy marginalmente trabajamos narrativa. Ella ya escribía cuentos, y muy bien, cuando entró en La Casa, y quería cambiar de códigos. El resultado fue un poema largo, muy bueno, que un día de éstos seguramente veremos publicado, y que no hay que perderse.
En fin, mañana nos vemos en el David J. Guzmán a las seis de la tarde. Dejo aquí al lado la invitación.

21 de julio de 2008

Funeral

Le pedí a Sebastián Vaquerano que me enviara algunas fotos del funeral de mi madre, que se realizó el domingo anterior a ayer. (Qué frase tan complicada. Bastaría con decir "domingo 13 de julio".) Hay rituales en los que creo profundamente, y el del sepelio de la gente de uno es quizá de los más importantes. Lo aprendí precisamente de mi madre. Su papá, el abuelo Miguel Ochoa, murió en 1980, exactamente el día en que fueron asesinados los dirigentes del FDR (Enrique Álvarez Córdova, Juan Chacón, Manuel Franco, Doroteo Hernánez, etcétera). Sólo pudo venir a El Salvador cerca de 10 años después, y pararse frente a su tumba, y contaba que había sentido una gran tranquilidad. Ya me tocará estar frente a su tumba, que es la misma de mi padre, obviamente; por ahora las fotos son suficientes. (Sí, ya sé, tengo que ir a la tumba de los abuelos Carmen y Alfonso. Quizá no quiero que se mueran aún. Quizá nunca se mueran.)
Aunque no sea lo más feliz que se me ocurra para un lunes, pongo las fotos por acá. que por algo es mi diario personal. Gracias a Sonia, la esposa de Sebastián, por tomarlas.

Mi hermana Ana (izquierda), con alguna amiga a la que no conozco.

Sebastián Vaquerano y Tula Alvarenga junto con una amiga a la que sí conozco, pero no ubico por ahora. Me voy a arrepentir de no reconocerla, estoy seguro. Atrás, a la derecha, mi hijo Eduardo.

Sentado, mi sobrino Diego, hijo de Ana.

El tío Mauricio Ochoa, hermano de mi madre.
Entre las fotos no venía ninguna de mi hermano Mauricio. No es mucho de tomarse fotos, y menos en esas circunstancias, supongo. Quizá le pidió a Sonia que no lo hiciera.

20 de julio de 2008

El gato de Alain Mala

Ya intuía yo que Alain Mala, el editor de Cénomane, tenía un secreto para que las ediciones le salieran tan bonitas. En esta foto que me mandó Thierry Davo, aparece el gato de Alain frente a las galeras de Un mundo en el que el cielo cae y cae, en el jardín de su casa. (La casa, descubro ahora, es del gato; a Alain y familia se les permite vivir allí para tareas como alimentar al gato, ponerle su silla favorita en el lugar adecuado, acariciar al gato, dejarlo solo para que reflexione, mantener la casa limpia, etcétera.)
Y tiene que ser en el jardín. ¿En qué otro lugar podría hacer mejor su trabajo un gato?

19 de julio de 2008

Otra vez 19 de julio

Hoy se cumplen 36 años de la ocupación de la Universidad de El Salvador por parte del ejército y, como había avisado hace unos días, las Fuerzas Estudiantiles Rafael Menjívar [Larín, ejem] - 19 de Julio organizaron un acto conmemorativo que a la vez fue un homenaje a mi padre, el Rafael Menjívar [Larín, ejem] que da nombre a su organización. (Somos demasiados Rafael Menjívar para un país tan pequeño. Hace cinco años había 74 inscritos en el padrón electoral; 14 se llamaban Rafael Antonio Menjívar López.) Y desde luego que tenía que ir, y fui.
Siempre me han llamado la atención las pintas, carteles y murales que se encuentran en cualquier universidad que se respete. A veces son maravillosos; a veces son.... uh... un tanto fuera de registro con respecto al mensaje que quieren transmitir.

Por ejemplo, esta pinta dice todo lo contrario de lo que quiere decir. Se lee "Ávila y Saca, represores del pueblo", y hasta allí uno supone que acusan al ex jefe de la policía y actual candidato de ARENA y al presidente de la República de ejercer la represión, y que eso es malo. A renglón seguido, "Viva el 1 de mayo". Es decir: que viva la ocasión en que fueron masacrados los anarcosindicalistas el 1 de mayo de de 1886 en la ciudad de Chicago, en homenaje a quienes se instauró el Día de los Trabajadores o Día Internacional del Trabajo. Ergo, que Ávila y Saca sean represores del pueblo es algo positivo, ergo vivan Ávila y Saca. No, no sólo se trata de un asunto de semántica; creo que deberían pensar muy bien en lo que escriben, para no homenajear a la gente a la que no quieren homenajear, etc.
En el volante de arriba, cuya foto es lo suficientemente conocida para no decir de quién es, se puede leer: "Roque Dalton. Vida y obra. Del 17 de abril al 5 de junio. Local: Editorial Universitaria [...] Martes y Jueves, 16:00 - 18:00 horas. Impartido por el doctor David Hernández", etc. Y siguen los errores: si el curso o lo que fuera se impartió del 17 de abril al 5 de junio, equivale más o menos a dos semanas; en realidad sólo fueron --si en efecto apareció David Hernández, que luego no llega a las cosas a las que se compromete-- cinco días: 17, 22, 24 y 25 de abril y 5 de junio. El orden de los factores sí altera el producto en esos casos, y habría que tener especial cuidado si el que imparte el curso --o lo que sea-- se considera escritor.
David Hernández estaba apuntado para el encuentro de escritores en la Feria del Libro de Guatemala, dentro de una semana. De repente, zaz, su nombre desapareció, como se puede ver en la lista respectiva. Una nueva ocasión en la que no podremos platicar acerca del premio que dice que se ganó y que en realidad me gané yo, entre otras mentiras, y tampoco podré darle su diploma de doctor honoris causa en poesía. Ya llegará el momento; hoy averigüé dónde está su oficina, y quizá pase a verlo un día de éstos.

Otro volante, el de la derecha, de la Coordinadora Anarkista. ¡Sí! ¡Con k! ¡Eso es ser anarquista, empezando por el lenguaje! Faltaría la h al principio y algún otro detalle, y es una lástima que arruinen la emoción pidiendo que los que los apoyen lleven camisa negra; un anarquista se viste como se le pega su regalada gana. Los colores tradicionales del anarquismo, además, son el rojo y el negro. Y, claro, a la izquierda un desplegado en apoyo a ALBA Petróleos, que no valía la pena que apareciera en la foto.

En el Cine Teatro Universitario había una pequeña exposición de fotos de diferentes periodos de la historia salvadoreña reciente. Había un tablero con fotos de mi padre, algunos artículos escritos después de que murió, algunas portadas de sus libros... Bien bonito y muy a propósito.

Aquí, los que hablamos durante el acto. En el podio está Rosario Luna, ex bibliotecaria de la Facultad de Economía y luchadora social de larga data, ahora retirada. Después, Santiago Ruiz, economista, maestro de la UES y gran amigo de la familia. Mi padre fue su padrino de matrimonio, en Chile, en 1969; Santiago y su esposa Blanqui (murió hace casi ocho años, poco después de mi padre) fueron padrinos de bautizo de mi hermano Mauricio. Luego sigo yo, y Evaristo Hernández, sociólogo, quien estudió en la primera generación de la Maestría en Sociología que fundaron mi padre y otros académicos centroamericanos en Costa Rica, en 1974.
Rosario habló de mi padre como intelectual revolucionario; Santiago hizo un recorrido por su pensamiento político y económico, y soltó algunos datos que yo no tenía; Hernández habló acerca de la necesaria ética que debe privar en la UES, y yo...
Bueno, fue difícil. Como les dije, para ellos se trata del doctor Menjívar, del economista y politólogo, del ex rector, etcétera, y para mí se trata de mi papá. Dije algunas cosas, creo que muy pocas, y hubo un momento en que me ganó la emoción y no pude continuar. Rara vez me ocurre, pero siempre me he puesto mal en los días cercanos al 19 de julio, al aniversario de la muerte de mi padre --que ya se acerca-- y mi madre murió hace una semana. Los recuerdos no eran el tema más adecuado, me temo.

Santiago tuvo que irse a una reunión antes de que terminara el acto, pero Hernández, Rosario y yo nos tomamos la reglamentaria foto con los compañeros del FERM-19. Hasta me regalaron una camiseta... La tendré junto a la que me dieron el pasado 12 de abril en el vigésimo quinto aniversario de la muerte de Salvador Cayetano Carpio. Está en un cajón que debo abrir todos los días, y podré ver ambas con una sonrisa.

Y, claro, había que tomar una foto a los que toman las fotos; ya tengo una pequeña colección de ésas. En este caso se trata de Herberth Cea y de un compañero de las FERM-19. A la izquierda, de blanco, mi hermana del alma María Teresa Escalona, a quien conocí en México en 1980 y con quien pasamos algunas cosas interesantes e intensas, dignas de contarse alguna vez. No pronto, pero sí alguna vez.

Y algunos de los compañeros de las FERM-19 de espaldas. No sé qué habría dicho mi padre de ver su foto en medio de un logotipo. Me imagino algo así como: "Ay, hijos, ¿por qué se hacen eso? Busquen a alguien que sea más fotogénico."

A la salida, por el lado del estacionamiento de Derecho, Herberth me hizo notar que había un retrato de Salvador Cayetano Carpio, muy bien realizado, aunque ya mordido por el tiempo. Me emocionó verlo. Todo lo de ayer me emocionó hasta grados que no sospeché. Tenía un par de años de no entrar a la UES, pero me pasé allí buena parte de mi infancia, y cada cosa que está y que ya no está, que está y que no estaba, me trae un montón de recuerdos en un momento en que, precisamente, trato de reordenar y reentender mi vida, que eso pasa cuando se le mueren a uno las gentes más cercanas.

Y, claro, debía venir la contradicción: al lado de Carpio aparecen el Che Guevara, Carlos Fonseca Amador y Salvador Allende (el del 9/11 original, vaya), que representan proyectos e ideas de vida harto diferentes. La política universitaria hace extraños compañeros de barda...

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Hoy también se cumplen 29 años del triunfo de la Revolución Popular Sandinista. No sé qué vaya a hacer Daniel Ortega para conmemorarlo, pero ojalá le dé un poco de vergüenza. Sólo un poco; a estas alturas no se le puede pedir demasiado, según se ha visto.

15 de julio de 2008

Programas de radio

He comenzado a poner los programas de radio que se transmiten los viernes a las 7:30 de la noche en Radio Don Bosco (1100 AM), bajo el título de Tribulaciones y asteriscos. Pueden encontrarse aquí. El URL es:

http://fb.esnips.com/web/Tribulacionesyasteriscos

13 de julio de 2008

Cuento y mesita

Y, sí, había tela de donde cortar: el cuento basado en una escena de Trece salió rápido para mis estándares, en algunos días, y creo que tengo ya un buen borrador. Lo comencé el 28 de junio y terminé el primer borrador en la madrugada del 8 al 9 de julio, lo cual hace algo así como once días y un pedazo. Mi récord de rapidez fue Manuscrito encontrado, que se llevó tres horas y casi no cambió en su versión final, lo que no deja de ser una excepción; mi récord de lentitud han sido ocho años, y todavía no he terminado de corregirlo.
Desde luego estaba ya en la recta final --más bien en la última curva; faltaban varias cuartillas-- cuando, zaz, la desgracia: se fue la luz en medio de una tormenta de lo más regular. (Un par de días antes, otra tormenta había fundido el DSL y el router, que los de Amnet vinieron y cambiaron con toda diligencia. El router es excelente en su parte inalámbrica. La señal llega a lugares de la casa a los que el anterior no llegaba, y con buena calidad. Mi Vaio es más feliz desde ese día, sin contar con que sigue siendo verde.)
Así que agarré la portátil y me puse a escribir directamente sobre el Word lo que me faltaba, porque lo de escribir a mano a la luz de las velas se lo dejo a Dostoyevski o a Dickens, a quienes les salía muy bien. Es extraña la sensación de escribir en bruto sobre la compu; hacía años que no lo hacía, excepto cuando aparece algo nuevo en medio de un texto que ya estoy pasando en limpio o corrigiendo. Me senté en el piso de la sala, puse la Vaio (verde, ejem) sobre un sillón y listo, me alcanzaron tres horas y pico de la batería para poner punto final, y todavía me sobraron treinta y siete minutos de carga.
A pesar de que lo saqué de un pasaje de Trece, el cuento tiene poco que ver con Trece, excepto algunos datos básicos: hay un muerto en el comedor --el joven que se mata en la novela jugando a la ruleta rusa--, el piso es verde y algún otro detalle. Y es un cuento-cuento, o eso quisiera creer. Y quisiera creerlo porque salió como de veinticinco cuartillas, larguísimo para mis estándares. A la mañana siguiente se lo mostré a Krisma, me hizo algunos comentarios y me dijo:
--¿No te enojas?
--Eh... No.
--Podría servir como primer capítulo para una novela.
Es casi cierto; habría que cambiar un par de cosas para abrir un poco la estructura y dar pie a una novela. Pero en lo que sí pensé --y de algún modo se nota-- mientras lo terminaba fue en armar una serie de relatos interconectados, con el mismo personaje central, que al final den la impresión de una novela, aunque se trate de cuentos independientes.
Lo otro es que está escrito en tercera persona, algo nuevo para mí. He escrito en primera persona del singular, en primera del plural, en segunda del singular --"usted": muy respetuoso el asunto-- y plural, en tercera del plural, en impersonal, pero muy rara vez en tercera del singular, y a veces sólo para lograr ciertos efectos en las novelas o para textos muy cortos. La novela que estoy escribiendo desde octubre pasado está en tercera singular también, y en algunas partes me he perdido un poco; el personaje narrador, así sea omnímodo, empieza a meter comentarios que no quiero que estén allí, o llega a contradecirse, algo que rara vez me ocurre cuando uso otras personas gramaticales. Por eso en parte empecé a escribir otro relato largo que tengo en marcha, para "fijar" un personaje narrador, pero, como a veces me pasa, me puse a experimentar un poco con la estructura y ésta se volvió compleja, con lo que lo del personaje narrador pasó a segundo plano. En este cuento --o lo que sea; ya me entró la duda-- traté de ser lo más lineal posible, empezar por el principio y terminar por el final, y sostener al personaje narrador. Ya lo logré con un texto; ahora voy con una serie; después seguiré con el experimental --que ya tengo claro en cuanto a historia-- y luego de regreso con la novela.
Es muy cómodo andar de un lado para otro con la portátil, pero a veces termino en el suelo o en un sofá con la compu bastante torcida. Y no está mal si es la intención, o si estoy viendo tele y me pongo a internetear o a corregir algún texto, pero a veces me paso tres o cuatro o cinco horas en ésas y empiezan a dolerme lugares de la anatomía que no sabía que tuviera o usara. Desde hacía meses estaba en el plan de "voy a comprar una mesita para la portátil, que también pueda llevar de un lado a otro", pero era más una idea que una nece(si)dad. Después de tres horas de estar sentado en el piso frente al sillón, y en vista de que la compu de Krisma regresó a su lugar habitual --aún no le he bajado el sistema operativo a Windows Me, pero funciona--, la decisión estaba tomada, ejem. Así que el jueves, después del taller --tengo uno el jueves por la mañana--, me fui a Metrocentro a comprar la dichosa mesita.

Y es perfecta para lo que la quiero. En la foto aparece ocupando el lugar de la mesa de centro de la sala, que es la que aparece a la izquierda --el viernes por la noche estuvimos haciendo pruebas con un míxer de audio con Salvador Canjura y Osmín Magaña para unas grabaciones, de allí el desmadre, aunque no sé que haga allí el tomo 1 de las obras completas de Eunice Odio--, desde luego que el estuche está en el piso, y los sillones... Pues, no, allí no hay sillones; ésos se encuentran, y son muy cómodos, en la otra sala, que es donde está la tele. O sea que sólo se trata de hacer sillas y mesa de centro a un lado y, listo, cabe mi mesita. Igual puedo pasarla a la sala de la tele o donde se me pegue la gana. Y para guardarla sólo la pongo entre dos libreros, y ya. Caben la Vaio, el cuaderno con el que esté trabajando y el disco duro de 320 gigas que me compré hace unos meses. No he usado teclado externo, y el compartimiento respectivo puede servirme para poner cuadernos, cigarros o lo que sea. Hay también un pequeño librero que se coloca encima de la mesita, pero no me interesa. Quería una superficie a buena altura para la Vaio (¿comenté que es verde?) y la tengo.

Y hasta puedo escoger la vista del momento. En esta foto se ve la puerta de entada, con el montón de vegetación afuera; la otra ventana, con más de lo mismo, y Krisma recién despertada; no sé si me perdone la publicación de esta foto.
Le mandé a Thierry una versión bastante limpia del cuento y me hizo algunos comentarios importantes. Con eso ya tengo más o menos una idea de cómo seguir con los cuentos. Sé cómo funcionan en la teoría, pero he escrito muy pocos cuentos-cuentos, y es una lógica radicalmente doferente a la de la novela. Quizá por fin vaya a aprender...

12 de julio de 2008

Último día

Hoy a las 6:20 de la mañana dejó de respirar mi madre, Estela Elsa Ochoa Molina. (El nombre tiene sus historias. Quizá un día las escriba.) No salió el coma en el que entró el lunes de la semana pasada, ni era el caso; desde entonces estaba clínicamente muerta, y sólo era cuestión de que los aparatos a los que la tenían conectada ya no sirvieran de nada. Ahora ya podemos ponerle fecha a su fallecimiento, y eso no deja de dar tranquilidad; han sido dos semanas de tensión, y me imagino que ha sido peor para mis hermanos, para mi hijo Eduardo y para la tía Irma, que han estado con ella en Costa Rica.
La foto es 1950, cuando tenía quince años. y estaba recién graduada de secretaria en el colegio Sagrado Corazón (Antes estudió en la Normal España. Hay otras historias allí, que creo ya he contado alguna vez en este blog.) Fue tomada en la Dirección de Bibliotecas Ambulantes, creada por Reynaldo Galindo Pohl y manejada por José Abelardo Rodríguez, quien después escribiría los discursos de José María Lemus, además de ser un orador de plaza de los que ya no se hacen. Fue profesor del Inframen durante muchos años, etcétera. No es de él de quien quiero hablar ahora, aunque tiene un lugar muy importante para mí. (Murió por allí de 1978 o 1979.)
Le pedí a Sebastián Vaquerano que me enviara una o dos fotos del sepelio, que es mañana. No voy a poder estar allá, pero será un modo de enterrarla también.
Ahora a terminar de asimilarlo y a seguir con lo que sigue, que es prácticamente lo mismo.
Me hubiera gustado conocer a mi madre así, como en la foto. De hecho me hubiera gustado conocerla mejor.

11 de julio de 2008

Endecasílabo / Alejandrino


Thierry Davo me envió la portada de Un mundo en el que el cielo cae y cae, que publicará Cénomane --en traducción suya, why of course-- entre septiembre y octubre próximos. Me gusta. Es tan siniestra y triste como algunos de los cuentos que están allí. Me recuerda uno de los cuentos en particular, "El campeón", uno de los dos inéditos del volumen.
¡Y es mi primer libro de cuentos! He publicado un montón de cuentos --hice un recuento y son más de los que pensaba--, o su equivalente en lo que sea que escriba, pero ni un solo... uh... cuentario. (Terceras personas es otra cosa.)
Un detalle que muestra el tipo de traductor que es Thierry, y por qué no lo cambiaría ni siquiera por otra Vaio verde (ni por una color vino, vaya): el título del libro en español es un endecasílabo, como varios de mis libros o relatos; mañas de uno. El endecasílabo es uno de los metros más comunes en el habla en español, junto con el octo y el heptasílabo. El título en francés es un alejandrino, es decir uno de los metros más comunes en aquel idioma, digamos que el equivalente al endecasílabo. Guau, pues.
Ahora a esperar a que se publique y a que llegue. Este año va a estar buena la cosecha. Ya iremos informando.

10 de julio de 2008

Tribulaciones y FERM-19

Sí, el programa Tribulaciones y asteriscos sigue apareciendo en Radio Don Bosco, en el 1100 de AM, los viernes a las 7:30 pm (19:30 para mexicanos y europeos, ejem), y se graba con un par de semanas de anticipación. Ayer nos tocó grabar cuatro programas al hilo, porque es de ponerse nervioso eso de tener sólo uno o dos como colchón. Puede ser cansado, en especial para un neófito en esos menesteres.
Hubo un asunto de suerte: cuando llegué a La Casa estaba don Manuel, el responsable de Los Historiantes de Panchimalco, conversando con Johanna Marroquín, y le propuse que hiciéramos un programa. Aceptó de inmediato, y vino el problema: ¿qué le iba a preguntar? Así que habilité a Johanna como entrevistadora y ella se encargó de la plática; yo estaba al lado para darle algo de seguridad, hacer los cortes y poner la música.
Don Manuel pintó un panorama bastante desolador acerca de Los Historiantes de Panchimalco. Habló de cómo va desapareciendo poco a poco, de cómo los jóvenes no quieren seguir con la tradición, del poco o ningún apoyo que recibe de instituciones privadas y oficiales, del amor, sin embargo, que los que van quedando le dedican a su arte... Bastante conmovedor. Creo que el programa pasará la próxima semana. Después, tres programas bien interesantes repartidos entre Mario Zetino y Santiago Vásquez.
Para este viernes --o sea mañana-- pasa uno con Sandra Aguilar, también compañera de La Casa del Escritor. Además de la plática, leyó varios de sus poemas, que son muy buenos. Hay que leerlos --u oírlos, en este caso-- para saber qué tan buenos son.
Sí, oficialmente el programa es mío. Sí, se graba en La Casa y es también de La Casa; me parece natural que buena parte de los programas esté dedicado a gente de La Casa, que tiene pocos canales de expresión. Igual ha llegado gente de otras partes, o de ninguna. En fin...

Por la tarde llegaron varios estudiantes de una nueva organización universitaria, las Fuerzas Estudiantiles Rafael Menjívar [Larín, ejem] - 19 de julio, para conversar un rato acerca de su trabajo en la UES y conocer un poco más de mi padre, que es de quien obviamente han tomado el nombre.
Me gustó y me impresionó que no manejaran el discurso tradicional "de izquierda", sino que su énfasis fuera lo académico, y sus reivindicaciones giraran alrededor de eso. Había tenido noticia de otras agrupaciones estudiantiles que intentaban lo mismo, pero pronto cayeron en lo de siempre, generalmente por cooptaciónj de los de siempre. Espero que logren mantener su ideario y sus objetivos.
Entre otras cosas conversamos acerca de algo interesante: mi padre nunca perteneció a una organización estudiantil. Se casó muy joven --21 años--, y a la misma edad entró en la universidad, o sea que se pasaba trabajando o estudiando o durmiendo algunas horas diarias durante siete años, cuando se graduó directamente como doctor. De cajero del Agrícola pasó a decano de Economía; fue electo muy poco después de su graduación. Hablamos también acerca de cómo los planteamientos grupales son importantes, pero no tienen mucho sustento si no hay esfuerzos individuales, si cada uno de ellos no es mucho más que el engranaje de una máquina. Y más: es en la diversidad donde van a encontrar los más importantes elementos de unión. Y un etcétera de un par de horas.

El próximo 18 de julio, a las dos de la tarde, en el Cine Teatro Universitario, las FERM 19 tendrán un acto en el cual hablarán de la intervención militar de la UES, ocurrida el 19 de julio de 1972, y me han invitado a estar con ellos. Me dará gusto estar con viejos amigos de mi padre, como el economista Santiago Ruiz --es entre otras cosas padrino de mi hermano Mauricio--, Rosario Luna --bibliotecaria hasta hace poco de la Facultad de Economía, y desde las épocas en que mi padre era decano-- y Evaristo Hernández.

8 de julio de 2008

Fidel periodista, ALBA y otros emos

La que faltaba: la Unión de Periodistas de Cuba le dio a Fidel Castro el Premio Nacional de Periodismo. Fue un premio "extraordinario", hay que aclararlo, y no se podía esperar menos: no se le da un premio ordinario a alguien como Fidel, y menos a Fidel mismo.
Una parte de ese premio se le otorgó por las columnas Reflexiones de Fidel Castro, que publican varios diarios del mundo, entre otros La Jornada, de México. Pueden consultarse aquí.
No digo que sea el único, ni que sólo en la izquierda pasen esas cosas. A Churchill le dieron el Nobel de Literatura, por ejemplo; a Fidel no le han dado aún el Casa de las Américas. Tampoco uno de artes plásticas, ni siquiera de arquitectura. Si quieren dárselos, que se apuren, porque el hombre está muy enfermo.
Como corresponde, un general del ejército --es el cargo que se destaca en la información-- presidió la clausura del congreso, y pocos periodistas resistirían la tentación de añadir que ese general es el hermano menor del homenajeado, designado por él para sucederlo como presidente de los Consejos de Estado y de Ministros --con lo cual no existe separación de poderes, ejem--, que también es considerado periodista y que en la nota se usa de manera bien chistosa la palabra "fidelidad". Sin contar con que la definición de periodismo por la cual le dieron el premio no tiene nada que ver con la que me enseñaron mis maestros; lástima que no les pagué nada, porque les exigiría la devolución de mi dinero. Bueno, a Carlos Vanella, porque Jorge Aymamí murió hace ya varios años.
Reproduzco la nota tomada de Granma:

Confieren a Fidel Premio Nacional de Periodismo José Martí
• Preside Raúl Castro clausura del Congreso de periodistas cubanos

POR LETICIA MARTÍNEZ HERNÁNDEZ y JUAN VARELA

El General de Ejército Raúl Castro Ruz, presidente de los Consejos de Estado y de Ministros, presidió este sábado la clausura del VIII Congreso de la Unión de Periodistas de Cuba, durante la cual se le confirió a Fidel, líder histórico de la Revolución, el Premio Nacional extraordinario de Periodismo José Martí.
Este Premio reconoce su extensa obra periodística, la fidelidad a la verdad y su ética inconmovible tan útil como su servicio a la libertad de la Patria que lo vio nacer.
El jurado del premio, presidido por Juan Marrero, consideró otorgar el galardón a Fidel por ser un incansable y excelso soldado de las ideas, por su periodismo de investigación, sus profundos artículos y editoriales en varias publicaciones y en la Sierra Maestra; por su iniciativa de crear espacios informativos como Prensa Latina, Granma, Juventud Rebelde y la Mesa Redonda; y en esta última etapa por sus reflexiones, una de las armas más valiosas de la Revolución.

RAUL: MIEMBRO DE LA UPEC POR RADIO REBELDE
La Presidencia de la UPEC entregó además a Raúl el carné actualizado de la organización que lo reconoce como el miembro número dos de la delegación de Radio Rebelde. En correspondencia, Raúl agradeció el honor y recordó sus intentos de hacer periodismo en esa emisora. Aseguró que aunque no había podido presenciar el Congreso recibirá en los próximos días un resumen de los debates. Pero puedo decir, agregó, que ha sido magnífico aunque muchos de los problemas planteados aquí son más viejos que Gutenberg pero hay que resolverlos.
Las palabras de clausura del VIII Congreso fueron pronunciadas por Esteban Lazo Hernández, vicepresidente del Consejo de Estado.

* * *

El domingo pasado fui al cajero automático que está en la gasolinera de Los Planes, que es de las llamadas "de bandera blanca", y me llevé la sorpresa de ver, en lo alto, la bandera de Venezuela, junto con la leyenda de "ALBA Petróleos". Estuve a punto de huir horrorizado, pero de verdad necesitaba sacar dinero del cajero. Lo hice lo más rápidamente que pude, porque es bien sabido que en esas gasolineras puede haber emanaciones sulfurosas y comunistas amenazando a los clientes con encendedores, además de que evitan la libre competencia ejerciendo la... uh... libre competencia, es decir dando el diésel veinte centavos de dólar más barato por galón. (Al menos ese día. Los muy satánicos a veces sólo lo mantienen quince o diecisiete centavos más barato.) Estuve a punto de empezar a decirles a los clientes: "¡Huya de aquí, insensato! ¡Váyase ahora que aún es tiempo de comprar más caro!", pero ya iba un poco tarde al taller y no supe si los que estaban usan diésel o gasolina, que estaba al mismo precio que en las otras gasolineras, centavo más, centavo menos. Prometo sólo volver a ir a esa gasolinera:
1. Cuando tenga necesidad de sacar dinero del cajero.
2. Cuando tenga un carro que necesite diésel, o un carro normal y necesite gasolina.
3. Cuando sean más de las ocho de la noche, porque es el único lugar en los alrededores en el que puede comprarse cigarros, churros, refrescos, etcétera, después de esa hora. Es un poco más caro que en las tiendas, pero hay lo que uno necesita para sobrevivir hasta el día siguiente.
Y ni cómo denunciar a la Alcaldía de Panchimalco, que es de ARENA...

Por los comentarios que hubo la semana pasada de la representación de Ingrid Umaña de un emo triste, muy triste y tristísimo, esta semana ponemos la de un emo muy contento, casi al borde de la histeria. Gracias, Ingrid.

Y una de Valeria, con Natasha unos pasos detrás, en su sempiterna siesta de perro, con un ojo abierto y el otro más o menos cerrado.

6 de julio de 2008

Otra historia que quiero leer

Es sencillo, y creo que ya lo he dicho por acá: escribo los libros que me gustaría leer y que nadie más escribiría si no lo hago yo. Por eso me puedo pasar años en un texto, hasta que quede como lo había imaginado, de ser posible mejor.
El riesgo es la saturación. Después de mucho tiempo de estar viendo el mismo texto, metiéndole mano, pensando en él, uno llega casi a sabérselo de memoria, y peor: sabe por qué cada coma está donde está, por qué ese adjetivo y no otro, y se puede perder el factor sorpresa, que es fundamental para una buena lectura.
Lo que hago es que llega un momento en que doy por terminada una novela y no vuelvo a leerla sino hasta que se publica, con una excepción: la corrección de galeras. Allí se topa uno de nuevo con el texto y, sí, uno puede refrescar la memoria y cuando tenga el libro en las manos, unas semanas después, quizá ya no tenga la distancia suficiente para disfrutarlo como algo nuevo.
En mi caso, trabajé durante años como editor y corrector, y aprendí un truco, que sirve sobre todo para la buena salud mental: leer y olvidar casi de inmediato lo que se ha leído y corregido. Cuando trabajaba en periodismo diario, en el momento de entrar en el periódico, tenía bien claro el panorama político mundial, las noticias a las que había que dar seguimiento, verificar pronósticos, buscar señales, escribir a veces acerca de lo más fuerte del día. (Habré hecho cerca de un millar de editoriales, y quizá un medio millar de artículos.) Al terminar, en el momento de poner un pie en la calle, podían preguntarme qué había ocurrido en el día y yo no tenía la menor idea. No era que hubiera "olvidado-olvidado", sino que mandaba la información a un segundo plano y me dedicaba a... bueno... a vivir y a pensar en lo que piensa la gente; prefiero usar mi capacidad de obsesión para otros temas.
Algo parecido pasa con la corrección de estilo. De preferencia, uno debe saber un poco más que algo de lo que está leyendo, o hará tonterías con el texto. Pero no puede pensar demasiado, porque empezará a pelearse con las ideas del autor y perderá de vista el objetivo, que es que quede un texto limpio, nada más. Uno está consciente de lo que está leyendo, cuida la coherencia, la ortografía, la gramática, la puntuación, y a la vez puede tener la mente en otra cosa. Lee en automático, y de repente, zaz, brinca la falta o la imprecisión y la corrige. Al final uno tiene una buena idea de lo que leyó mientras corregía, pero hay que sacarlo del segundo plano al cual lo envió, a menos que el tema haya sido especialmente interesante. Y ni aun así. Hay libros que he corregido --muchos-- y luego tengo que leerlos ya publicados para enterarme bien de qué trataban.
Más o menos lo mismo hago con las galeras de mis libros. Las leo en automático, corrijo lo que esté mal --siempre hay algo mal, y siempre quedará algún error; es la ley de la vida y de la edición-- y olvido lo que leí, así lo haya escrito yo mismo. Cuando veo el libro publicado, entonces, estaré viendo un texto nuevo: el libro que quería leer y que escribí para mí. Como lo he terminado hace dos o tres o cuatro o más años, la idea que tengo de él es diferente a lo que aparece ante mis ojos, y a veces me sorprenden cosas que en su momento parecían simples asuntos de técnica, y que son mucho más que eso. Por otra parte, no es lo mismo leer una novela impresa en hojas tamaño carta por uno mismo que editada en forma de libro, y sobre todo editada por alguien que no es uno. (Allí está uno de los defectos de la autoedición: la excesiva autonconciencia. No es el más importante argumento en contra, pero es uno de muchos.) De ese modo uno ve el libro como lo están viendo otros lectores, es decir como un lector más, y no como el autor. La distancia se incrementa, y así se da cuenta uno de si en efecto era el libro que quería leer o no. En mi caso he tenido suerte: con una excepción --que sin embargo no quedó mal--, siempre me ha tocado leer lo que quería.
Hay un libro mío que me gusta especialmente, Terceras personas. Lo leo cada par de años y siempre encuentro cosas nuevas, que siempre han estado allí pero no había visto. De ese libro en especial ha salido todo lo que he escrito desde 1990, quizá; allí están mis temas, los estilos, las ideas, los esquemas y hasta las estructuras de mis libros posteriores. (El último borrador de TP es de 1989. La versión definitiva la hice en 1995, y se publicó por primera vez en 1996.)
Trece, por ejemplo, está escrito tomando como patrón el texto "Manuscrito encontrado", de TP. Es la misma idea, el mismo esquema, la misma estructura, pero con un tema harto diferente. "Manuscrito encontrado" tiene apenas unas cinco o seis cuartillas; Trece tiene como 170. La idea es la de un jugador de ajedrez que vive vidas completas en cada partida, en el tiempo casi infinito que tiene para decidir entre una jugada y otra. En el ajedrez uno puede estar viendo el tablero, nada más viéndolo, sin pensar específicamente en jugadas, sino en la posición, en el dibujo que hacen las piezas, etcétera. Mientras, la mente anda por otros lados. Recuerda cosas, imagina cosas, se crea nuevas vidas, traduce la posición y las jugadas --o posibles jugadas-- a experiencias vitales, reales o posibles... Y de repente, zaz, la jugada aparece, uno mueve y el universo toma un nuevo sentido. La jugada puede ser buena o mala; es lo de menos. El hecho de "estar allí" es lo importante. En algún momento la partida termina, con victoria, derrota o tablas, y hay un desgaste físico y emocional muy fuerte. Uno ha vivido cosas nuevas, ha pensado otras de las que no tenía idea, ha fantaseado, ha resuelto problemas o se ha metido en otros nuevos. Algo importante acaba de terminar, y es como haber vivido una vida completa en las horas o minutos que duró la partida, desde el nacimiento (P4R o como le guste salir; yo prefiero C3AR, en una variante de la Reti) hasta la muerte, sea cual sea el resultado. Hay una ventaja: uno puede recomponer las piezas y comenzar de nuevo. Y ésa es la frase clave en "Manuscrito encontrado" y en Trece: "Recompongo las piezas y comienzo de nuevo." Si es que debe haber una clave, claro.
Trece lo he leído cuatro veces desde que se publicó por primera vez en 2003, o sea menos de una vez por año. La última fue la semana pasada, en la bonita edición de F&G Editores. (Aclaro que las tres ediciones que le han tocado son muy bonitas, cada una a su manera, y las disfruto no por igual, sino cada una según sus características.)
Como lector, es un libro que sigue gustándome bastante; lo escribí para mí, y me llevó nueve años para que quedara lo suficientemente bien para un lector más que exigente, o sea yo mismo. (Al diablo con las modestias.) Como escritor me doy cuenta de un par de cosas. Primero, que estoy en un proceso diferente, que no podría volver a escribirlo y quizá tampoco querría. Es un libro que tiene su lado terrible. Segundo, que la manía de escribir para mí mismo ha hecho que tenga varios libros que no se parecen en nada entre sí --aunque estén interconectados en más de un sentido--, con estilos diferentes, conceptos diferentes, y a veces de lo más raros, como Breve recuento de todas las cosas, que no es una novela y los personajes no son personajes, ni la trama es una trama, y el lenguaje lo es casi todo. (Seis años para setenta cuartillas; no es negocio, si se lo piensa uno bien.) El propio Terceras personas no sé qué demonios sea. Son cuatro textos principales, totalmente fragmentados, y quince --creo que son quince-- microtextos que pueden ser cualquier cosa. Todo eso forma una unidad, y es obvio, pero mentiría si dijera que he acabado de entender qué fue lo que hice. Breve recuento es un texto, así nomás; Terceras personas es un libro, así nomás, y pequeñito.
Toda esa disgresión es para decir que la semana pasada releí Trece y encontré que había una pequeña historia que quería contar --¡y leer!--, pero no lo sabía. El pie lo hallé en la parte que trata de un club --o lo que sea-- de jugadores de ruleta rusa. Hay cosas que no vienen en Trece y que descubrí que quiero saber.

Así que me compré en Costa Rica un cuaderno pequeño (aunque tiene 92 páginas), ni más ni menos que el más adecuado para esa historia en especial. La empecé el 28 de junio y ya llevo algunas páginas; lo he estado escribiendo de a poquitos, porque así ha estado saliendo, y ya el personaje central agarró forma, él solito, sin presionarlo demasiado. Hay un segundo personaje principal que ya intuyo; es uno de los que no aparecen en Trece, en la sesión de ruleta rusa.
Hoy me desperté a eso de las cuatro y pico de la mañana con la onda de escribir un poco más y, sí, salieron dos o tres páginas, pero sobre todo aparecieron aspectos importantes del personaje principal. Aún no sabía qué buscaba, y de pronto todo fue bien claro. Hacía mucho que no despertaba en la madrugada específicamente para escribir.
En general, mis personajes centrales no tienen nombre, y sí algunos de los secundarios. Esta vez el personaje central tiene nombre, y los demás no, incluido el segundo protagonista. ¿Por qué no les pongo nombre? Eso será tema de otro post; ahora voy a revisar lo que he escrito, a ver qué encuentro de nuevo.
(No, no he olvidado que estoy en medio de una novela. Nomás todavía no sé qué sigue. No, tampoco olvido que tengo otro relato corto a medias; se me acabaron los recursos y estoy buscando cómo resolver el texto sin que resulte repetitivo o previsible. Ya más o menos tengo una idea de cómo hacerlo.)

4 de julio de 2008

Algunos consejos sanos

Poema de César Vallejo, tomado del poemario póstumo España, aparta de mí este cáliz.

XIV
¡Cuídate, España, de tu propia España!
¡Cuídate de la hoz sin el martillo,
cuídate del martillo sin la hoz!
¡Cuídate de la víctima a pesar suyo
y del indiferente a pesar suyo!
¡Cuídate del que, antes de que cante el gallo,
negárate tres veces,
y del que te negó, después, tres veces!
¡Cuídate de las calaveras sin las tibias
y de las tibias sin las calaveras!
¡Cuídate de los nuevos poderosos!
¡Cuídate del que come tus cadáveres,
del que devora muertos a tus vivos!
¡Cuídate del leal ciento por ciento!
¡Cuídate del cielo más acá del aire
y cuídate del aire más allá del cielo!
¡Cuídate de los que te aman!
¡Cuídate de tus héroes!
¡Cuídate de tus muertos!
¡Cuídate de la República!
¡Cuídate del futuro...!
10 de octubre de 1937.

3 de julio de 2008

Negación y esperanza

Siempre detesté que me ocultaran información acerca de la --mala-- salud de gente de la familia, y ocurrió varias veces.
De la abuela Carmen sí supe desde el principio, porque estaba presente, en México, cuando le hablaron a mi padre, en enero de 1995, para decirle que tenía una neumonía de los diablos. Con todo y todo, la vieja era resistente, y murió un mes y algo después. Me llamaron ese mismo día.
Con el abuelo Alfonso me enteré desde el principio, gracias a la prima Sonia, que vive en Guatemala. Ella me fue informando de como iba su cáncer, porque era difícil sacar información de alguien más. Eso fue en 1996, año y medio después de la muerte de la abuela; en realidad murió de tristeza... y de 91 años bien cumplidos. (La abuela tendría 87 al morir.) Desde una semana antes estuve hablando con mi padre, casi todos los días, y hasta un par de horas antes del entierro.
El día en que murió el abuelo, por cierto, tenía una tocada con mi banda en un café de la colonia Roma, en el Distrito Federal. Creo que toqué mejor que nunca; era un modo de acompañar al abuelo Alfonso a donde quiera que fuera, si es que uno se va a alguna parte. Es curioso: una de las primeras cosas que me propuse al llegar a El Salvador fue ir a la tumba de los abuelos, para saludarlos. Eso fue en agosto de 1999, y aún no he ido. Sé que están en Jardines del Recuerdo, y más o menos en qué zona; he ido un par de veces a un par de entierros --al de Álvaro Menen Desleal, al de la mamá de la esposa del tío Manuel Posada-- y he estado a punto de buscarlos, pero a última hora algo pasa y no lo hago. Esa segunda vez, al regresar a casa, me llamaron para que fuera a Costa Rica porque mi padre no llegaba vivo al día siguiente. Tomé el primer avión y, sí, llegó al día siguiente; pude estar cerca cuando dejó de respirar.

Mi padre estaba enfermo de cáncer por lo menos desde principios de 1998 --llegó a verme en junio, durante un mes, y allí decidí irme a Costa Rica; creí que era una depresión--, y todo indica que lo sabía, pero no dijo nada a nadie. En abril me fui a Arizona, y para agosto estaba preparando bártulos para ir a Nueva York, donde había posibilidades para un buen trabajo. Hablé con él varias veces, con mi madre, con mis hermanos, y ninguno me dijo nada hasta que en una llamada sentí algo raro (me dijeron que andaba de viaje, y él mismo me había comentado que por esos días iría a Colombia o a Ecuador, por su trabajo). Los presioné y resultó que en ese preciso instante estaba en el quirófano, en una operación de caballo. Agarré un coraje de los de verdad y mi primera reacción fue regresar a Costa Rica, pero se me ocurrió pensar como hijo mayor: había cosas que resolver en El Salvador que tenían que ver con el asunto y una semana después estaba aquí. Me ofrecieron trabajo, me ubiqué y estuve viajando a Costa Rica.
Se veía que se recuperaba, y estuve tres o cuatro meses sin ir. Hablé con él, con mi madre y mis hermanos, y todo igual: está bien, se está recuperando, etcétera. Hasta que me llamaron para decirme que había caído en coma, que fuera para verlo morir.
Le habían hecho una segunda operación; tenía metástasis en la columna y qué sé yo. Sólo lo habían abierto y lo cerraron sin tocar nada.
La versión oficial era que en tres días se había puesto como lo encontré, es decir en los verdaderos huesos, casi sin músculo, pesando a lo sumo unos 45 kilos, cuando era un hombre que siempre andaba en los setenta y algo.
No murió esa vez. Comencé a platicar con él, aunque estuviera inconsciente, y a leerle cosas. A los tres días comenzó a moverse, y al cuarto despertó. Abrió los ojos, levantó la cabeza y me dijo: "Hola, chato. ¿Qué estoy haciendo aquí?
Estuve con él un mes y nos la pasamos muy bien, platicando, cantando y recordando cosas y personas. La gente de El diario de hoy me dejó quedarme lo que fuera necesario (gracias, Lafitte), y yo a cambio traducía Sports Illustrated, escribía algo para Vértice y mandaba las notas por internet. Después tuve que regresar, y dos semanas después me llamaron para que fuera a su muerte.

Cuando vi a mi madre, la semana pasada, supe que no había llegado a ese estado en un par de semanas, sino en meses, y que las diálisis no eran asunto nuevo, como ella misma trató de que creyera. De no ser por Sebastián Vaquerano, quizá no me hubiera enterado de su estado sino hasta hace un par de días, cuando mi hermano llamó para avisar que estaba en el hospital, después de un infarto, con daño cerebral irreversible después de pasarse 25 minutos sin oxígeno (sí, murió durante 25 minutos, la revivieron y la conectaron a los aparatos), con una peritonitis severa --que ya se le había declarado la última vez que la vi-- y una septicemia que ya debe estar bien avanzada; no la están dializando.
Y después de dos días de espera, en los que me he dedicado a pensar cosas horribles de buena parte del mundo --al menos de ese trozo de mundo-- y de mantener al tanto a mis hijos de lo que ocurre, para que sepan qué pasa con su gene, me doy cuenta de que quizá ni siquiera haya mala voluntad en esos ocultamientos, sino negación y, si se quiere, esperanza.
Vamos: mi madre está clínicamente muerta desde el lunes pasado por la mañana; lo que estamos esperando es que deje de respirar. Y sin embargo, entre todo lo terrible que dijo mi hermano acerca de su estado, había una gota de esperanza de que pueda salir de allí. Y no la hay, como no había modo de que viviera mucho tiempo después de que la vi: su estado era de verdad lamentable. Nadie lo merece.
Quizá mi familia --esa parte de mi familia-- siempre pensó que no valía la pena molestarme por algo que, en fin, pasaría, y que cuando llegara todo seguiría más o menos igual. Al menos estarían todos juntos y vivos. No es tan grave, vamos. O sí lo es, pero el médico dijo que...
Etcétera.
Tuve suerte de no hacerles demasiado caso y poder ver a mis padres antes de que murieran. Lástima que con mi madre quedaran tantas cosas por hablar; ya lidiaré con eso.

El peor de los casos fue con doña Dominga Morales, mi nana, la señora que me crió y a la cual le tenía un cariño excepcional. Siempre que llamaba a mi madre o a la abuela o platicaba con mi padre y mis hermanos me contestaban lo mismo: allí está, en su casa, viejita y cascarrabias. No me daban muchos detalles, pero tampoco los pedía. Sin embargo algo me molestaba: ella era diabética, hipotensa y varias cosas más. Antes de ser vieja estuvo a punto de morirse varias veces; a los 80 era difícil que siguera viva, aunque, en fin, no todos se iban a poner de acuerdo para decirme que seguía viva. Tampoco era cosa de llamarla por teléfono, porque los detestaba.
Cuando regresé a El Salvador, lo primero de lo que me enteré fue de que doña Minga había muerto seis años atrás. Lo supe porque fue lo primero que le pregunté a la abuela Mina. Ya no valía la pena recriminarle nada, ni a ella ni a nadie. Nada más me hubiera gustado saberlo en su momento; quizá hasta hubiera venido a despedirme. Era de las pocas personas capaces de sacarme de México; sólo mi padre lo hizo después de 23 años de no moverme de allí. (¿"No moverme" en un país de dos millones de kilómetros cuadrados? Je...)
En fin, las fotos de este post las tomé hoy por la tarde en Los Planes. Se veía hermoso con su niebla y su humedad.

1 de julio de 2008

Cuenta regresiva

Llamó mi hermano a casa para avisar que mi madre está en coma; yo no estaba y Krisma tomó el recado. Dejó sus teléfonos. No respondió; debe estar con ella en el hospital, y ya se sabe que allí los celulares deben estar apagados.
Llamé entonces a Sebastián Vaquerano. Él le dio mi número. Sí, mi madre tuvo un infarto ayer, que le ptovocó serios problemas cerebrales. La internaron, está en coma, sólo es cosa de esperar.
Esperemos, pues.