21 de junio de 2005

De héroes y pujidos

Si los héroes no murieran las cosas serían más fáciles. Pero los héroes deben morir.
Peor aún: si algunos héroes no sobrevivieran, las cosas serían más fáciles: los héroes que sobreviven se convierten en caricaturas de sí mismos, y su heroísmo sólo sirve para hacer comerciales de zapatos o de pasta de dientes, o para oprimir pueblos hasta que aparece otro héroe que los aplasta. Los héroes han cruzado la tenue línea que existe entre el benefactor y el tirano. Y el ciclo recomienza una y otra vez, obsesivamente.
No se puede ser un verdadero héroe sin morir. Y los héroes mueren en nombre de los que no tienen el valor suficiente para ser exageradamente humanos, para vivir atados sólo a sus principios, con un instinto de sobrevivencia animal y a la vez suicida. No importa lo que hagan: salvar a un niño de un incendio, ganar una batalla en una guerra (quizá necesito una guerra) sin más ayuda que la de sus manos ante la furia de los morteros, sin más recursos que sus glándulas sudoríparas. Luego uno podrá leer en el periódico o en los libros de historia que ese hombre, durante unas horas, minutos o días, vivió más de lo que ha vivido una parte inmensa de la humanidad en millones de años, que hizo más de lo que harán jamás cien mil oficinistas o dos mil quinientos soldados o tres mil setecientos guerrilleros. Y, con su acto, el héroe revalida el derecho a la vida de los que no son héroes, reinventa la razón de ser de los pobres diablos. (¿Quién no es un pobre diablo en presencia del héroe que regresa?) Quizá se le olvide, pero el mundo habrá sido nuevo otra vez gracias a él, como si le hubiera echado una inmensa moneda a un teléfono público para seguir hablando durante un año o diez más, una era completa. Y no porque el héroe sea un superhombre, sino porque es humano, patéticamente humano, y porque después de todo fue héroe no a pesar de, sino gracias a su patetismo.
Los verdaderos héroes mueren, y no tienen derecho de morir. Tampoco tienen derecho de vivir, y algunos viven. Debería haber un estado de existencia intermedio en el que se encuentren los héroes y nadie más, una especie de limbo que los mantenga lejos de nuestras manos y, sobre todo, a nosotros lejos de las suyas. Pocas cosas más terribles que el poder de un héroe, sobre todo porque está dispuesto a ejercerlo.

De Trece.


Si naciera otra vez quizá pediría que hubiera un poco menos de calor en el mundo que lo recibe, o nacer en un mes en que se sude menos —octubre, por ejemplo—, o tener una madre de ojos menos pálidos, no tan propensos al llanto.
(Observación: en su ciudad los cuerpos huelen mal en los autobuses, los autobuses hacen que la ciudad huela a diesel y que las personas y los perros y los pájaros se sofoquen cuando llegan a las esquinas.)
Si volviera a nacer sería exactamente la misma persona, pero en ciertos momentos habría algo que lo hiciera huir despavorido de sí mismo y que cambiara su historia sin marcha atrás. Sólo su propia historia, no caigamos en la trampa de la causalidad como dogma, no como mera probabilidad.
O talvez un hecho tan simple como caerse de la bicicleta a los siete años, quebrarse un diente con una piedra oculta en el arroz a los doce, no aprender nunca qué es el control de cambios, cualquier cosa, podría llevarlo, alguna vez, a ser el héroe que jamás quiso —y en realidad no pudo— ser. Y entonces no habría otra cosa que causalidad, y podríamos caer en cualquier trampa y no tendríamos por qué estar aquí ni en otra parte. ¿Quién sabe cómo ocurren realmente las cosas?

De Instrucciones para vivir sin piel


En el fondo todos los héroes son tan pendejos como el resto de la gente, y por eso hay tantos en los panteones y en los libros de texto. Los muertos siempre son los demás. Si alguien le hubiera dicho a la mayoría de los héroes lo que les iba a pasar, seguro deciden morirse de viejos y el mundo tendría menos nombres de los cuales acordarse en la escuela.

De Maneras de morir


También aprendí que los que han sido nuestros héroes (...) son tan humanos que dan ganas de vomitarlos. Pero ése es el valor de los héroes y de los traidores: darnos fuerza para vivir cuando la muerte se vuelve una tentación insoportable

De Réquiem para una señora sin canas


Porque Dios es más que todo lo que fue creado –incluso el mar y lo que lo habita–, es mucho más que esa cantidad infinita de silencio y de incomprensión: es los ojos de los mártires, los pujidos desesperados de las solteronas, las guerras donde los hombres son más profundamente hermanos y se odian y se matan y se dicen héroes o traidores, todo para evitar hacerse la única pregunta que vale la pena hacerse: ¿por qué?

De Breve recuento de todas las cosas

20 de junio de 2005

Saramago y los rollitos de jamón

Un día decidí que quería escribir mi propia versión de El extranjero, del cual me enamoré alrededor de 1980. Todo lo que hice desde entonces, hasta que cerré la etapa en 2000, fue encaminado en esa dirección. Terminó con Trece (Instituto Mexiquense de la Cultura, Toluca, 2003), que fue a lo que finalmente llegué. No tiene nada que ver con Camus excepto para mí, pero creo que es un trabajo digno, que me llevó nueve años de insomnios e ingeniería.
En 1995, gracias a Salvador de la Mora, conocí un par de libros de Saramago: Memorial del convento e Historia del cerco de Lisboa, y poco después compré El evangelio según Jesucristo. Me fascinaron. Y, en vista de que me quedé sin guía, me puse a estudiar sus estructuras de lenguaje. De allí salieron dos novelas: Instrucciones para vivir sin piel (publicada como Instructions pour vivre sans peau por Cénomane, de Le Mans, en 2004) y Breve recuento de todas las cosas (que debe publicarse allí mismo el próximo año). Y, como debe ser, poco se nota la influencia de Saramago, porque tampoco se trata de plagiar y sería una falta de respeto hacia él y hacia mí. Pero allí está, seguro, y hasta podría decirles dónde.
Hace un rato regresé de una cena con Saramago, invitado por Grupo Santillana. De entre los narradores salvadoreños estábamos Manlio Argueta, Claudia Hernández y yo, tres generaciones en tres sillas aledañas, muy cerca de él. Le conté esta historia, le di las gracias y le entregué un ejemplar de Instructions... Fue muy amable al recibir el libro, hojearlo y decir: "Yo debería agradecerle a usted. Imagínese: yo allá en Lanzarote escribiendo mis cosas o haciendo vaya a saber qué, y una persona en otro lado del mundo tomándose la molestia de estudiar mi lenguaje y de trabajar sobre él..."
Conversó acerca de su técnica literaria, pero otros comensales (gente que no ha leído su obra, supongo, o periodistas con ganas de escándalo, o ambas cosas a la vez) comenzaron a preguntarle acerca de su posición hacia Cuba, de lo que escribió acerca de las FARC, de los pleitos entre los Nobel... Respondió con elegancia, pero siempre volvía a su literatura, que es de lo que un escritor quiere hablar. Hasta le hicieron un par de preguntas impertinentes, de las que salió ileso, y de vuelta a la técnica literaria.
Me pareció un tipo sensacional. Es como si alguien llega a casa de uno, invitado por el amigo de un amigo, y empieza a platicar de cosas agradables mientras come rollitos de jamón, y uno lo oye fascinado porque el hombre sabe de lo que sabe, y lo dice de un modo tan casual que hasta parece fácil aunque ni de lejos lo sea. Alguna vez me tocó platicar con Octavio Paz, otro Nobel, antes de que fuera Nobel (sería en 1980), y por suerte sólo duró unos segundos y no se repitió. Qué tipo pedante. Saramago es de otra estirpe, y me dio gusto saber que dediqué varios años a la obra de alguien que es, sobre todo, una buena persona.
Al final se puso a firmar libros y hubo quienes llevaron tres o cuatro para sus parientes y amigos. Nada elegante, aunque él lo fue. Como no me acercaba, me preguntó si quería que me firmara algo, y con un poco de vergüenza saqué mi ejemplar de El cuento de la isla desconocida, que era lo que cabía en el bolsillo sin que se notara, y que sólo sacaría en caso de urgencia extrema. Y allí está el librito en la mesa del comedor, con su firma y una dedicatoria sencilla, curiosamente la misma que uso en casos similares, porque eso de firmar libros me angustia horrores y hay siempre quien insiste en que quiere su ejemplar firmado y a uno sólo se le ocurre poner "Para Fulano, con un abrazo." (No es que yo dedique los libros como él y presuma de eso: es que en literatura hay constantes hasta en las dedicatorias.)
A lo de la sesión de fotos no le entré. Alguna vez me tocó que, por ser de los escritores de la fiesta, todo el mundo quisiera tomarse fotos conmigo y con los otros compañeros, abrazados, sonrientes y pensando "Qué carajos hago aquí". Bien incómodo.
En fin, en La Casa del Escritor, donde me ha tocado ser "el mayor", manejamos una idea: todos somos lo mismo, nada más estamos en diferentes etapas del proceso. Lo creo de corazón, y les da seguridad a los chavos para seguir en el oficio. Hoy el chavo fui yo, y un verdadero maestro me hizo sentir lo mismo. Gracias, gracias, gracias.
(Ah: y platiqué mucho con Claudia Hernández, a quien no veía desde hacía casi un año, aunque a veces nos encontramos en el Messenger.)

18 de junio de 2005

D.O.A.

Acabo de terminar una maravilla del cine negro, D.O.A. (puede encontrarse aquí, totalmente gratis y en varias resoluciones), con Edmond O'Brien, filmada en 1949. La vi allá por 1987, casi por error, y nunca pude encontrarla, hasta hoy. Me hubiera gustado escribir algo así; creo que a cualquiera.
Primera escena: un tipo llega a una delegación de policía en Los Angeles, pide hablar con el encargado de homicidios, entra en su oficina y le dice:
-Vengo a reportar un homicidio.
-¿Cuándo ocurrió?
-Anoche, en San Francisco.
-¿Quién es la víctima?
El tipo hace una pausa dolorosa y contesta:
-Yo.
El encargado de homicidios, en lugar de ponerse a reír o mandarlo al carajo, como correspondería, busca unos papeles y le dice:
-Usted es el señor Bigelow.
Más negro no hay.
Bigelow ha sido envenenado con una "sustancia luminosa", y los médicos le dicen que le queda un día de vida, quizá dos, a lo sumo una semana. En todo caso ya está muerto. Uno de los médicos le dice otra frase de lo más bonita:
-Creo que no ha terminado de entenderme, señor Bigelow. A usted lo asesinaron.
¡Y se pone a contarle cómo es que lo han matado, y él oyendo aterrado cómo le hablan de sí mismo en pasado, y casi en tercera persona!
Después de contarle su historia a los policías se pone de pie, exclama "Paula" (el nombre de su novia) y cae en medio de los que lo han escuchado. Un buen detalle es que no se ve su cadáver, ni lo feo que debe ponerse al morir merced a la "sustancia luminosa".
El diálogo final no tiene desperdicio.
-Tengo que hacer mi reporte -le dice un tipo alto al encargado de homicidios.
-Póngale "Muerto al llegar".
Y se ve cómo en el acta de defunción ponen las letras D.O.A. (Dead On Arrival) con un sello inmenso. Fin. Créditos. El público enloquecido va a la computadora a escribir en su blog antes de irse a dormir.
Para mañana tengo Night of the Living Dead, en su versión de 1968, mucho mejor que la de los ochenta. Sin embargo esta última es divertidísima. Y las secuelas. Ver cómo en la 3 atraen zombies ofreciéndoles cerebros humanos, que les encanta comer, es para desarmarse de la risa. Impresionante la chava que se clava cosas para no comerse a su novio, porque está infectada. Quizá es lo que vale la pena de la película.
No se pierdan La sal de la tierra, si no la han visto.

16 de junio de 2005

El poder de la (mi) máquina

Puesiesque de un día para otro se me arruinó la Pentium III (866 MHz, 256 Mb de RAM, 40 Gb de disco), que en su momento era lo más top que se podía conseguir. Mi objetivo al comprar semejante animal había sid0 procesar sonido (música, grabación de voces, cosas así), además de la consabida escritura, para lo cual bastaría con mi primera 8086 y el WordPerfect 5.1, un procesador de palabras que hasta la fecha me sigue pareciendo una maravilla. Antes de eso tenía una Pentium a 233 MHz, y antes una 486DX2 cuya principal característica era que corría Doom, y antes una notebook Presario 386 a 16 MHz, y antes una 286 a 12 MHz con un hermoso monitor en escala de grises, y antes la ya citada 8086, la primera que tuve, en 1990.
Y compré, en noviembre pasado, una Pentium IV a 2.24 GHz, con 80 gigas de disco y 256 megas de RAM, entre otras maravillas. La quería para hacer unos promocionales para televisión de La Casa del Escritor, que se transmiten por Canal 10. Son cortos de 45 segundos, con efemérides y cosas así, que estaba realizando en la computadora del trabajo con el Vegas Video, una maravilla, y el CoolEdit Pro 2.0. Tenía una buena máquina, teóricamente mejor que la del trabajo, y a darle.
Pero la compu del trabajo es carísima, y la mía costó como 400 dólares, y por algo era. El principal problema era el adaptador gráfico integrado, que es bueno si uno no se mete a exquisiteces. Lo otro era que los 256 megas de RAM apenas alcanzaban; más de la mitad se la lleva el puro sistema operativo.
Mientras, hacía lo que podía: en el monitor las imágenes se veían con los colores de una VGA viejita, pero aprendí a calcular cómo se verían en la televisión una vez renderizado el videoclip y convertido a formato SVCD, que no era lo mejor, pero era algo a lo que podía aspirar con mi simple quemador de compactos. Un quemador de DVD no entraba en el presupuesto. Ni una tarjeta de video decente. Ni más memoria.
Hasta que se quemó el quemador y hubo que comprar otro. Los de DVD habían bajado de precio, y me lancé por un LG, modestamente. Y los videos alcanzaron una calidad bastante seria, porque el formato para DVD tiene como el doble de calidad de SVCD, y mucho más que el VCD.
Me pasé un par de meses dudando, y hace tres días me decidí. Compré una tarjeta Nvidia FX con 256 megas de memoria, de ésas que se usan para jugar los juegos imposibles que se ven hoy en día, y 512 megas extra de RAM. La vida ha sido otra.
Las películas que tenía en formato MPG o AVI antes se veían feísimas en mi compu; ahora se ven como deberían verse, o mejor. Y puedo tener abierta una cantidad de procesos que antes era imposible, porque siempre he tendido a abusar de la paciencia de mis computadoras. (Tenía instalados ya 384 megas de RAM, y la pobre Krisma debía lidiar con 128. Su máquina, una Celeron a 1.8 GHz, tardaba en encenderse cerca de cuatro minutos. Le pasé un chip de 256 megas, me quedé con 128, más los 512, ahora tengo 640. Su compu enciende en poco más de treinta segundos ahora, un poco más lentamente que la mía, ejem.)
Y me entró la sed por las películas. Soy fanático del cine, igual que todos en la familia; tanto así que en un mes nos acabamos las que había en el videoclub de aquí a la vuelta.
Un amigo me avisó que en http://www.archive.org tienen una cantidad espeluznante de películas, cortos y dibujos animados de dominio público, y fui para allá. Y así era, pero la cantidad de gigas de cada película hacía que no valiera la pena bajarlos; tengo una conexión de 256kbps, y eso significa que bajar un par de gigas se llevaría unas cuarenta horas con todo el ancho de banda ocupado, siempre y cuando la red no se atonte. Así que recordé que hace como siete años compré una licencia de un programa llamado GetRight, y lo instalé. Lo que hace el GetRight es, además de bajar archivos, permitir que no se corte la transferencia, o que pueda pausarse. Además, es capaz de bajar cuatro segmentos al mismo tiempo y de buscar la mejor velocidad para las transferencias. Y me puse a bajar películas, pues.
Lo primero fueron unos cortos de Chaplin, entre los que viene El Inmigrante, que me fascina. Fue terrorífico ver cómo el GetRight comenzó a bajarlo a más de medio mega por segundo. En poco más de una hora tenía tres gigas de película en mi compu, armé el DVD, lo quemé y listo, a ponerlo. Se me antojó ver una película de 1960 que se llama Last Woman on Earth y me puse a bajarla. En lo que hacía otras cosas, bajó, armé el DVD en unos minutos y lo quemé. La película es muy buena, de muy bajo presupuesto pero con un guión bien inteligente, según pude ver apenas un par de horas después de comenzado el proceso.
Ya sé que hay redes T1 y T3, y hasta DSL, que pueden bajar cosas en minutos, y hasta las he usado, pero no en mi casa. Con toda esa memoria, todo ese adaptador de video y el quemador de DVDs, más un programa sencillo para armarlos, y desde luego el GetRight, puedo organizar una videoteca decente mientras trabajo, sin que la velocidad de la máquina sea patética. Y ya sé que hay cosas mejores que mi máquina, pero ésta es mía, y me emociona que además pueda escribir este post mientras estoy bajando como 20 capítulos de Betty Boop, a 300 megas por capítulo, y me dispongo a quemar Sangre y arena, con Valentino, y Oliver Twist. También se me antoja El misterio del María Celeste, con Bela Lugosi, y ya le eché el ojo a The WASP Woman, que promete ser un culebrón tipo La mujer del puerto. (Adoro el cine clase B.) El problema (que no lo es) radica en la cantidad de espacio en disco: 80 gigas, a 3 gigas por película, no alcanza para mucho. Pero no me interesa conservar los archivos, así que armo el DVD, lo verifico y borro los MPGs.
Igual he visto buenas ofertas de discos de 250 Gb... Y una pantalla de plasma de 19 pulgadas mucho más adecuada para la NVidia... Y una tarjeta Sound Blaster de las que rompen bocinas... Y otro equipo de sonido, porque éste ya tiene como tres años...
Y que conste que compré la máquina que tengo porque estaba en oferta.

15 de junio de 2005

El Campeón

Reencontré otro cuento mío en una página de Argentina; está allí desde hace algunos ayeres. Hay una foto en la que aparezco en el Gran Cañón, en abril de 1999. Si hay un lugar donde uno puede sentirse pequeño y efímero es ése, aunque Claudia Hernández (magnífica cuentista salvadoreña) insiste en que es la Cordillera de Los Andes. Pero no he llegado hasta allá, así que me quedo con el Cañón como mi lugar favorito para pasear el complejo de inferioridad.
El cuento, en fin, se llama "El Campeón". Tardé en escribirlo unos seis años. Era una especie de ejercicio interminable. Lo encontraba, lo corregía, le añadía algunos párrafos, lo perdía durante algunos meses y así. Al final lo terminé. Le corté casi la mitad y quedó como aparece aquí. Cualquier evocación a Hemingway es vil y nefasta influencia.

14 de junio de 2005

Un mundo en el que el cielo cae y cae

—Nadie toca como Charlie Parker —volví a decirle.
Tiró el sax sobre la cama. Algo sonó a metal roto.
—¿Quién te crees? —me dijo—. Ni siquiera sabes silbar.
Era cierto.
Se sentó junto al sax sin atreverse a tomarlo. Bajo el sax había una botella vacía de cerveza. La agarró como si fuera un escudo o un seguro de vida.
—¿Sabes cuánto ensayo? ¿Sabes cuántas horas ensayo?
—No es eso —le dije.
—No. Ya sé que no es eso.
Miró la botella a contraluz. Se veía sucia, cubierta de grasa y polvo.
—Ya ni siquiera es eso —dijo.
—No quiere decir que toques mal.
—Pero quién sabe cuánto tiempo he estado durmiendo encima de una botella vacía. Eso es, ¿verdad? Y ni siquiera me había dado cuenta. Ni siquiera me acuerdo de cuándo me la tomé. Eso es, ¿verdad?.
—Tampoco —le dije.
—Soplo igual que siempre —dijo—. ¿Cuál es el problema? Si quieres compro otro sax. Dame un adelanto y consigo uno barato.
Abrí la puerta.
—¿Sabes cuánto ensayo? —dijo.
Estaba a punto de llorar.
—Me imagino que todo el día.
—¿Entonces?
—Así las cosas.
¿Qué más podía contestarle?
—¿Quieres oír algo? —dijo agarrando el sax—. Que no te cuenten. Por lo menos óyeme.
Cerró los ojos y se puso la boquilla en la boca. Sopló. Do. Re. Mi.
Fa. Sol.
La.
—Es de Charlie Parker —le dije.
Me estaba fastidiando.
—Estoy fuera de práctica.
Do. Do sostenido. Re. Re sostenido.
Se quitó el sax de la boca. Le faltaba la respiración.
—Ni siquiera sabes silbar —me dijo.
Se puso el sax sobre las rodillas y lo miró. Parecía animal apaleado. Bastaba con soplarlo para que se echara a llorar.
—¿Tienes cien pesos? —me dijo.
Le tiré un billete en la cama.
—¿Cigarros?
Le tiré la cajetilla y la pescó al vuelo. Le dije que se quedara con ella. Quién sabe de dónde sacó una caja de cerillos y encendió un cigarro. No me ofreció.
—¿Sabes a qué edad murió Charlie Parker? —me dijo.
—Todavía puedes lustrar zapatos —le dije—. Joe Louis terminó así. No me acuerdo si lustraba zapatos, pero no le daba vergüenza.
—Todavía puedo —dijo.
Desde la escalera oí que trataba de sacarle notas al sax.

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Escrito entre 1991 y 1992, creo. Tardé meses y meses armándolo y corrigiéndolo y todo eso. Es parte de un volumen de relatos del mismo nombre, aún inédito. El cuento se ha publicado varias veces en varias partes (en una parte diferente cada vez); la primera fue en un suplemento especial de aniversario de la sección cultural de El Financiero, de México, donde era columnista. Según yo, es una micro-micronovela: allí está todo lo de los dos personajes, sólo hace falta reconstruirlo, y para eso está el lector. Igual es sólo un cuentito raro y nada más. En su página personal, Thierry Davo tiene algunos textos míos, un par de los cuales no querría acordarme. Están aquí mero.

Verdades y simulaciones

La verdad es que, sí, uno usa cosas bien íntimas para armar las novelas, pero las disfraza atribuyéndoselas a personajes (o "personas" como sinónimo de "máscaras") ficticios. Y, sí, la verdad es que, como dijo aquél, "Madame Bovary soy yo", y todos los personajes de uno son uno mismo, o no servirían de mucho.
Entonces la invención es una gran cortina de humo para soltar algunas verdades tan inmencionables, tan dolorosas o tan serias que uno no las compartiría con nadie ni aunque le ofrecieran ser el dueño de todas las deudas de Donald Trump. (Claro que todo tiene su precio, y uno estaría dispuesto a negociar.)
Y allí va uno por el mundo, inventándose mamotretos de cien, doscientas o más páginas sólo para dejar caer en un par de párrafos algo que, si no dice, revienta. Y están las trampas: los lectores creerán que uno es el personaje central y en realidad es el tipo que apenas aparece incidentalmente en la página 96, y que uno realmente cree en el discurso que va entre las páginas 82 y 121, cuando apenas se reservó un párrafo en la 229 para decir su verdad más profunda por boca de una mesera que sirve un café y desaparece de escena por siempre jamás.
Y no es que sea tan fácil, nonononó. Por ejemplo, uno no es directamente el avaro prestamista del cuento, sino uno mismo si fuera viejo y si fuera avaro y si fuera prestamista y si hubiera nacido y crecido bajo ciertas circunstancias, y si en vez de hacer la primera comunión lo hubiera atropellado una bicicleta y etéctera etcétera. Y menos es la señora lujuriosa que vive frente al anciano prestamista, o el niño que llora sin lágrimas entre las ramas de un árbol con marcas de golpes en la espalda, ni es la madre del niño que después de tomar el té con sus amigas se desquita con él porque el marido la engaña, y ella a su vez lo engaña con su hermano (de él, porque no se le da el incesto), ni es el marido ni el hermano ni nadie. Pero es todos al mismo tiempo. Y cada uno de ellos, en el fondo, es un trozo de un ego desgarrado (como todos los egos, nomás que uno tiene un poco más de práctica) que trata de ponerse de acuerdo con los demás trozos, y entre invento e invento dice lo que realmente quiere decir, si es que tiene oportunidad, porque a veces no se da y punto. (Quizá por eso tantos textos abortan.)
El problema de los psicoanalistas es que buscan relaciones directas entre lo que se narra y la psique del autor, y tratan de jugar al que todo lo sabe y todo lo ve. Y, como los críticos literarios, pasan por alto algo fundamental: sin la literatura su oficio no existiría; la suya (la de ambos) es una disciplina subordinada y háganle como gusten. Sin Dostoyevski, Poe y Shakespeare, para hablar de tres de los grandes, el doctor Freud no hubiera tenido mucho de dónde rascarle a la psique, y sus hijitos no podrían cobrar barbaridades por hacer preguntas para las que en realidad no tienen respuesta, como no las tienen los escritores y como en el fondo no las tiene nadie.
En fin, con una docena de novelas escritas, me doy cuenta de que aquí y allá hay páginas que dicen cosas muy mías, que nadie sabe ni sabrá que son mías, y que están puestas a la vista como en "La carta robada" precisamente para que nadie sospeche de ellas. No que haya querido suicidarme como el personaje de Trece, porque no soy de ésos, sino que hay algo que hasta la fecha me duele en una escena que estructuralmente sirve para dar un cierto contexto emocional y explicar la relación entre personajes; el resto es invención. Y no me arrebatan las escenas necrófilas de Breve recuento de todas las cosas, que me producen un cierto horror y un mucho de asco, sino algunos detalles que sólo se entenderán como ambientación. Y así.
En Los años marchitos soy el personaje menos agradable (según yo mismo); en De vez en cuando la muerte, uno que me hubiera gustado ser; en Terceras personas no soy ninguno, pero allí, metidas entre tanta cosa, hay cuatro o cinco ideas en las que creo de corazón, pero no me atrevería a decirlas en público, quizá porque son muy ingenuas o (quizá por eso mismo) terriblemente crueles.
Igual es delicioso el proceso de crear mundos y personas que no existían antes, y vivir con ellos mientras dura el proceso de escritura. E igual eso es más importante que decir algo en particular o confesar algo de manera solapada. Algo es seguro: muy pocos sabrán qué parte de Madame Bovary es uno y, contrario a lo que dicen los críticos y psicoanalistas, contrario a lo que se dice en ocasiones a la prensa, uno sabe perfectamente lo que está escribiendo. Las interpretaciones suelen ser proyecciones de los lectores; uno sabe muy bien en lo que anda, y disfruta cuando los demás llegan y dicen: "¿En serio no te habías dado cuenta de que lo que pusiste en el capítulo cuatro significa que...?"
En los últimos días me ha caído la idea de escribir algo basado en hechos reales, que le ocurran a un personaje que sea bastante parecido a mí. No unas memorias, porque eso es para gente con un tipo de vanidad diferente al mío. Cosas mías que le pasen a alguien que fuera yo si hubiera vivido lo que me ha tocado vivir, y que quisiera contar de su vida, como cualquier personaje de ficción. A pesar de que soy básicamente feliz, me doy cuenta de que mi lado sórdido es mucho, de que en todo individuo y en toda familia hay detalles o épocas de verdad espeluznantes, y que ponerlas a la vista tan en crudo puede ser desagradable desde cualquier perspectiva. Y hay otro riesgo: decir la verdad a secas también puede ser aburrido, y quizá de allí la necesidad de inventar para darle algo de interés a las dos o tres frases en las que uno es uno mismo.
Por allí tengo un lindo cuaderno nuevo en el que comenzaré a escribir algunas notas con mi Parker 45. Ya veremos si sale algo interesante o se quedará entre el montón de proyectos que no pudieron ser.

10 de junio de 2005

A todo esto...

Cuando empecé este blog había visto sólo algunos otros, y todos dedicados a cosas específicas, como ciencia, arte y así. Me pareció que armar uno para llevar una especie de diario --o mensuario o semanario-- era divertido, y una posibilidad para escribir cosas que nunca voy a poner en ningún lado, en especial porque para los diarios soy bastante asistemático. (Desordenado, dicen otros.) Después de varios meses, veo que los blogs como éste son legión, y que muchos valen la pena de leerse por el simple hecho de que están allí.
Hay algo de impúdico en enterarse de las cosas ajenas, como lo hay en la literatura, oficio de exhibicionistas y vicio de voyeurs, pero intuyo que existe algo más. Por ejemplo, se logra una comunicación como la que no se da en los foros de discusión (aunque haya blogs que son foros de discusión), se comparte con los amigos temas y hechos e ideas que normalmente no se tocan en el correo electrónico y hasta es relajante poder decir lo que sea por el simple placer. (Los hay que prefieren indignarse, los que buscan notoriedad, los que dan cátedra. Para mí esto es otra cosa.)
Y se me ocurre también, aprovechando que tengo bebé en casa, que los blogs son como los juegos de los niños pequeños, que no interactúan, pero se acompañan. Cada uno está en lo suyo, con sus bloquecitos y carritos, y la amistad es estar juntos divirtiéndose. Eventualmente echarán una ojeada a lo que el otro está haciendo y aprenderán algo nuevo, o se reafirmarán en lo suyo, y de repente entablarán pláticas y, zaz, existe el mundo real, y gente con quien compartir. Ya ni siquiera es trascendente estar de acuerdo, sino compartir espacios.
Y estos blogs son espacios mágicos --como los espacios del juego-- en los que cada quién puede ser lo que es, y ya sabrán los demás si son compatibles con uno, uno con ellos y todos en lo mismo.

Cuando las cosas son lo que son y no pueden ser otra cosa


(c) de Quino, por supuesto.

9 de junio de 2005

Un negro que no es negro

Cuando estaba en el Defe, fui a Planeta a recoger los ejemplares que me correspondían de Los mejores cuentos mexicanos 2004, en el cual los compiladores tuvieron a bien incluirme. Al salir me fui a un centro comercial que no recuerdo cómo se llama, ya cerca de San Angel, para comer una BigMac después de días y días repletos de delicias mexicanas. Por supuesto se imponía una vuelta por el centro comercial, y llegué a un rincón del tercer piso llamado El palacio de la pluma.
La dependienta, muy joven y muy conocedora, me mostró varios modelos, aun bajo mi advertencia de que no iba a comprar nada. Pero ella sabe más que yo del negocio y de sus clientes, e hizo aparecer una Parker 45, el mismo modelo que usaba cuando estaba en la primaria. (Sí, me enseñaron a escribir con pluma fuente. Hasta los 14 o 15 años casi no usé otra cosa.)
Vista desde esta modernidad, la Parker 45 no tiene demasiados atractivos, pero la añoranza pudo más que la conveniencia. Compré la de capuchón de baquelita (¡sí, está hecha de baqueñita!), con un color azul de lo más retro, y tinta negra. Y me he dedicado a ser feliz escribiendo con ella. Ya terminé la novela negra que estaba trabajando y casi cada cosa que escribo la hago con ella.
Un par de días después de escribir con ella me di cuenta de algo: la tinta se oxida. Del negro más o menos intenso, lo escrito pasa a un color café oscuro. La harta humedad salvadoreña debe contribuir a la oxidación. Y me pregunto: ¿este color es lo que quiero? Y me río: antes ese café oscuro era el equivalente al negro. Uno entendía que ése era el negro del mismo modo en que uno concede que las naves espaciales de las películas clase B de los años cincuenta son naves espaciales.
Hubo una época, entre los 16 y los 30 años, en que usé plumas con tinta china, y allí sí no había que fingir nada: lo negro es negro y así se queda. Luego comencé a comprar plumas de gel, porque el negro era aún más negro que el de la tinta china, aunque tuviera la desventaja de que cualquier gota de agua puede armar un buen relajo en un cuaderno. Usé una Mont Blanc Mozart bastante linda, y la tinta seguía siendo lo que era cuando escribía, por supuesto con tinta Mont Blanc. Y ahora con la tinta Parker regreso a ese café que en algún momento fue negro, como el azul retro de la carcaza era un azul de lo más audaz.
Soy adicto a los cuadernos bonitos también. Y me encanta escribir con mi Parker 45 en esos cuadernos, y ver cómo la tinta se destiñe al cabo de unos días. Puedo comprar otra tinta más estable, y quizá lo haga cuando se me acabe la reserva. Pero entonces no tendría sentido tener una pluma que, ante lapiceros desechables mucho más baratos, parece un artefacto desteñido sin el menor atractivo. Y no quiero.
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Si quieren ver la Parker 45, apachurren aquí. Claro que allí viene el modelo con capuchón de metal, que nunca me gustó; se raya con facilidad, y cuando uno escribe no quiere herramientas delicadas. Si una pluma de ésas me duró como cinco años escolares, ésta bien me aguantará un buen par de novelas.

6 de junio de 2005

Caerse, levantarse, etc.

Cuando era bastante joven, gracias a los pies planos y a los tobillos un tanto vacilantes, me tropezaba en la calle y a veces caía; de inmediato rebotaba y me ponía de pie en el mismo movimiento. Generalmente lograba mantener el equilibrio, dar un par de pasos torpes y seguir como si nada. Si caía, me llevaba un par de moretones; si mantenía el equilibrio, seguro quedaba con dolor de músculos en alguna parte durante un par de horas o de días, según.
En el último año me ha tocado caerme tres veces. He aprendido algo: en ciertas circuntsnacias, no vale la pena tratar de no caer; el daño físico es mayor que el moral. Así que hay que saber caer: dejarse llevar, girarse un poco, dejar que la gravedad haga lo suyo. Ya en el suelo, evaluar daños, esperar a que el cuerpo se acostumbre a que ya no va caminando, pararse y seguir. Y, si es necesario o posible, detenerse a limpiarse la tierra o el lodo que se haya pegado.
En las tres últimas caídas no me ha tocado que haya gente cerca. Me gustaría saber qué se siente que alguien llegue y le diga a uno: "¿Se lastimó? ¿Necesita ayuda?" Quizá pueda darme el lujo de decir "No, gracias, estoy bien." Pero en algún momento será necesaria la presencia de testigos...

5 de junio de 2005

Captain Fantastic

En 1975, cuando tenía unos 15 años y vivía en Costa Rica, comencé a trabajar en lo que saliera, porque mi madre andaba en su etapa tacaña (dura hasta la fecha), y lo que salió fue irme a cortar café. Del oficio sabía más o menos lo mismo que de casi todos los oficios, o sea no mucho, y lo que pagaban por canasta era más bien una miseria. Pero quería invitar a mi novia a lugares que no fueran el Parque Central y el Morazán, y de ser posible comprarle un helado.
No sé qué pasó con la novia (o qué no pasó) y me quedé con los ahorros de mis fines de semana como cortador. Ese diciembre (ya tenía 16 años) salimos de Costa Rica hacia México, y en el camino pasé por El Salvador con pocos billetes, pero definitivamente míos. Me los gasté en dos discos: el que ahora se conoce como Dark side of the moon, de Pink Floyd, que en ese momento era "el del prisma" o "el negrito", y Captain Fantastic and the Little Dirt Cowboy, de Elton John. El primero lo he tenido desde entonces, sin falta, en diferentes formatos (acetato, cassette, CD); el segundo lo perdí unos años después en condiciones que otro día contaré, por allá por 1980, y no había vuelto a escucharlo.
Apenas ayer, después de 25 años, conseguí de nuevo el disco completo y, desde luego, lo oí de inmediato. Me sabía todas las canciones, recordaba cada detalle de los arreglos y, sobre todo, me produjo la misma euforia. Delicioso.
Más de uno tendría la tentación de decir "Volví a tener 15 años otra vez" y trabar los ojos y ver hacia el techo en un simulacro de ensoñación, pero la verdad es que sólo fui un fulano de 45 años contento de oír un disco muy querido en cierta época de su vida. O quizá podría decir "Quién tuviera 15 años", pero incluiría momentos miserables que no me encantaría vivir otra vez, y los buenos fueron francamente pocos. Y la verdad, como ya dije, es que acababa de cumplir los 16. A esa edad, después de varios años estudiando música, comencé a trabajar cantando en bares y peñas en la Ciudad de México, y no me iba mal.
Mi padre tenía una beca para sacar su tercer dcctorado y, como toda beca, no era para pasársela con lujos. Mi madre llegó a enojarse seriamente porque en algún momento ganaba más de lo que recibía mi padre, y eso no era justo: ¿cómo con un oficio tan poco serio se podía obtener más dinero que con dos doctorados? Me cortó el magro subsidio semanal, más como castigo que por justicia. Mi padre se enojó y le dijo: "El mundo necesita más músicos que economistas. Dale el dinero" No sé si la premisa fuera cierta, pero se la agradecí. Y no recuerdo si volví a recibir mi cuota semanal. Creo recordar que sí, pero alcanzaba para la mitad de los autobuses que tomaba para ir a la escuela.
Seguí cantando hasta los 18 como única ocupación. A esa edad, en junio de 1978, comencé a trabajar en el periódico El día, tras una temporada moviendo una rueda de la fortuna en un centro comercial, y empecé a ganar sueldos normales, o sea muy malos, en aras de la seguridad material que se necesita cuando uno tiene un hijo recién nacido que come y se viste. Los complementaba cantando un par de noches por semana, y para esas fechas ya escribía compulsivamente, y estudiaba música, y me aventé un par de años haciendo música para teatro y hasta sustituyendo a los actores que faltaban. No tenía demasiado tiempo de oír música. Cuando en Captain Fantastic desapareció, en circunstancias divertidas, no lo noté demasiado. Hasta ayer que lo escuché de nuevo.

3 de junio de 2005

El teléfono robado de Krisma

Hace un par de días le robaron el celular a Krisma. Varias personas la rodearon en el centro de la ciudad, como si fueran peatones apresurados, y uno de ellos le sacó el teléfono de la bolsa. Bastante limpio.
Hoy en la mañana llamaron desde su teléfono a mi celular. Contesté y la persona del otro lado se quedó callada. Colgó. Llamé entonces yo. No contestaron. Volví a llamar. Abrieron la línea, pero no contestaron. Tercera llamada. Abrieron la línea y colgaron. Seguramente el ladrón, pensé, porque llamar a los teléfonos de la agenda es el equivalente tecnológico de volver al lugar del crimen. Llamé desde el teléfono fijo para al menos desahogarme un poco.
Marqué. Descolgaron (o como se diga cuando uno apachurra el botoncito verde). Empecé a decirle al que estuviera al otro lado que era un ladrón (ya lo sabría, pero la redundancia es un recurso útil ante la impotencia), que qué cobarde por no contestar, cosas así, en el tono más dulce que me salió. Y de repente contesta una señora que bien podría ser mi tía y pregunta: "¿Con quién desea hablar?"
Le digo que el teléfono es de mi esposa y que se lo robaron, que ella es cómplice de un delito. Me dice que lo compró "a unas personas", y que pagó 35 dólares por él, más lo que le costó el cargador (unos 5 dólares más). Le digo que no puede ser: el teléfono cuesta 40 dólares (un Siemens azul de lo más simple para las cosas que se ven ahora), y que evidentemente conoce a los ladrones. Dice que no, que el teléfono cuesta 45, y que por eso lo compró, porque le salía barato, y que si le doy lo que pagó con gusto me lo devuelve.
Después de un rato de plática, resulta evidente que:
1. La señora sabía que estaba comprando un teléfono robado.
2. Le tiene sin cuidado que sea robado, y hasta le parece que es mejor.
3. No le costó 35 dólares; lo más probable es que se lo hayan dado a 20 o 25. Pero ve la oportunidad de sacar una ganancia a partir de un delito, y así sumarle al robo algo de extorsión.
4. Conoce a los ladrones. Me dijo que uno de ellos le dijo que ya no le gustaba y que quería comprar otro nuevo, así que se lo vendió "barato". Después me dice que lo compró "en la calle", que quién sabe quién se lo vendió, pero que va a exigir que le devuelvan su dinero. Un costal de contradicciones, la pobre.
5. La señora no considera que el teléfono no sea de ella y sí de la persona a la que se lo robaron, porque lo compró, y peor aún: no puede ser robado, porque lo compró. Y viene el chantaje moral por no entenderla, y casi logra que me sienta mal.
Al final me colgó, y me pareció que se había tardado, porque me puse insolente; así no se trata a alguien de su edad, compre o no compre cosas robadas. Entonces llamé a Telecom y reporté el robo. Me pidieron mi nombre, mi número de identificación y lo desactivaron. Como lo habíamos comprado en paquete, el contrato estaba a mi nombre.
Y viene lo que sigue: ¿qué pasa con el número? ¿Se puede recuperar? No, dice amablemente la señora que me atiende. Es de prepago, y lo único que puede hacerse es suspenderlo. El chip simplemente ya no funciona, ni volverá a funcionar. Hay que comprar otro teléfono, con otro chip, y lo robado, robado está.
Pienso en la señora. Va a tener que pagar 15 dólares por un chip nuevo, a menos que lo compre robado también, y entonces le saldrá como en 5 o 7. Si de verdad lo compró al precio que me dijo, saldrá perdiendo 10, en lugar de ahorrarse 5. Si no, pues el total le costará lo que cuesta normalmente el teléfono nuevo, pero el de Krisma ya tiene más de un año de uso regular.
Y en todo caso que se joda la señora; con lo baratos que son los celulares en El Salvador, bien podía comprarse uno nuevo sin permitir que un ladrón cualquiera se dedique a lo que se dedica gracias a gente como ella, que por ahorrarse 5 dólares le arruina los nervios a los prójimos y lo obliga a darle el número otra vez a tooodo el mundo.
Mi fantasía es que la doña sea la mamá del ladrón. Cuando llegue a casa, el tipo al menos va a recibir un buen regaño, por robarse cosas que se desactivan tan fácilmente. Lo malo es que será necesaria otra víctima para que el fulano compense a su mamá, y quizá hasta busque uno de ésos con palm, grabadora, reproductor de mp3, acceso a internet y cámara fotográfica y de video.
Y queda la moraleja: si compras uno robado, no llames a los números de la agenda. Porque habíamos aceptado el robo con resignación y hasta con alegría, porque no habían asustado a Krisma con un asalto de los que luego se estilan, con gritos y exposición de cuchillos. Pero la señora tuvo a bien llamar y decir que ella no iba a perder un dinero que seguramente no pagó, y que no me importa que haya pagado.
Enough, señora, is enough.

2 de junio de 2005

La señora López y Manolito Gafotas

Hace unos meses, una señora llamada Virginia López-Ballesteros envió una circular por internet ofreciendo sus servicios como agente literaria, para escritores que quisieran ser representados en España y Francia. Estaba apenas abriendo su agencia, y la carta sonaba muy amable y prometedora.
Aun sabiendo lo que pasa en estos casos, porque tengo un par de experiencias tragicómicas al respecto, no resistí la tentación y le escribí. En un par de días me dijo que, merced a la circular, le habían llovido muchísimos manuscritos, que tenía poco tiempo para revisar los míos pero que enviara un par de novelas para más o menos saber de qué se trataba, que me contestaría en tres o cuatro meses. Le interesaba en especial una que ya habían aprobado Norma y Alfaguara (Maneras de morir), pero que retiré cuando las respectivas editoras se pusieron en plan perdonavidas. Eso pasa con los editores respecto de los escritores centroamericanos: si no se ponen perdonavidas sienten que están haciendo algo mal. Y bien, le mandé Maneras de morir y Trece, la primera una novela negra y la segunda un tanto más negra, pero sin el elemento policial, publicada en una linda y pequeña edición en México hace año y medio. Acusó recibo del envío, que hizo la querida Tania desde Barcelona, y listo, a esperar.
La semana pasada, cuando ya (casi) había olvidado el asunto, recibí una carta de la agente:
Estimado Rafael,
Lamento comunicarle que la valoración de sus dos novelas no ha sido todo lo positiva que esperaba. Le ruego no se desanime, no carece usted de talento narrativo, pero no puedo representar unas obras de las que no estoy plenamente convencida.
Agradeciéndole la confianza depositada en nuestra Agencia, le saluda atentamente,
Virginia López-Ballesteros
Bien merecido me lo tuve, por mandarle textos a personas que no conozco y de las que no tengo referencias. Por supuesto que esas cosas no se quedan así (generalmente se hinchan), así que le contesté, entre otras cosas:
Le pedía que me ayudara a manejar cosas que están en marcha, no que aprobara mi obra. Ésa está aprobada desde hace años por gente con credenciales literarias amplias y suficientes. Me parece que usted busca otra cosa, y espero de corazón que la encuentre. Yo, por mi parte, busco algo que usted no ofrece. Mucho he ganado al saberlo, y se lo agradezco.
Me sentí un poco mal, porque le estaba diciendo que de literatura no sabía nada, y lo estaba diciendo a priori; a lo mejor en serio mis textos no son buenos y la señora está haciendo lo que debe hacer, y el que no se da cuenta soy yo, por egoísta y soberbio, como dice el post que está debajo de éste. Así que me puse a buscarla por internet, y encontré la página de su agencia, que puede visitarse aquí.
Me enteré entonces, de entrada, que había nacido en Washington D.C., y que aprendió a escribir en París. Me mató: a mí me tocó nacer en San Salvador (concretamente en la Policlínica Salvadoreña; era cara, pero me imagino que no tanto como una de DC), y aprendí a escribir con la seños Romeri y Chayito en el Colegio Corazón de María, del cual me sacaron en tercer grado para meterme con los jesuitas. En segundo grado me tocó de maestra una viejita psicópata, la niña Mariíta, que se entretenía clavándoles los tacones en las piernas a los niños que se caían al piso durante el recreo.
Donde casi terminó de matar mi ego fue en la parte en la que dice que se licenció de filosofía en la Universidad Complutense de Madrid. Yo no me licencié de nada, debo confesarlo, y apenas pude asistir a la carrera abierta de letras en la UNAM, además de algunos semestres en la Escuela Libre de Música (el presupuesto y el tiempo no me daban para más).
Cuando leí que se dedicaba a la traducción literaria, dije: "¡Ah! ¡Por fin un punto de identificación! Quizá aún sea tiempo de caerle bien; me ha tocado traducir algunas cosas de Eliot, Edgar Lee Masters, Virginia Woolf, G.K. Chesterton, qué sé yo, y así le demuestro que no soy tan tontito como decía la niña Mariíta. Le escribo, me disculpo, le pido consejo acerca de cómo mejorar mis libros y listo, a lo mejor me gano una segunda oportunidad." Pero leí un párrafo que me hundió desde entonces en la más profunda de las depresiones y en una irrecuperable caída de la autoestima. Transcribo:
Como lectora de las obras españolas que se recibían en Gallimard, descubrió a Manolito Gafotas y tradujo todos los títulos del personaje de Elvira Lindo, publicados en la colección Folio Junior...
No había punto de identificación. No podía comparar lo que yo había traducido con el descubrimiento y traducción de todos los títulos de Manolito Gafotas. Vaya: ni siquiera me puse a tratar de conseguir su novela, El otro barrio, para ver si alguna de las ocho o diez mías lograba alcanzar aunque fuera el valor de su dedicatoria.
Ya lo decidí: me retiro de la escritura. Sólo voy a permitir, con vergüenza, que se publiquen cinco libros este año, nomás porque ya estaban contratados: Tierces Personnes y Treize en Francia, con el humanitario apoyo del Centro Nacional del Libro; Un buen espejo en México (dos tirajes en un par de meses; acaba de salir el segundo) y ya no me acuerdo dónde van los otros dos ni cuáles son. Por desgracia aún aparecerán algunos más en 2006 y 2007, y espero que el tiempo pase pronto para terminar de una vez con lo que me queda en stock. (Acabo de terminar otra novela policial. Malhaya.)
Ahora que mi carrera literaria ha fracasado sólo me queda un camino: poner una agencia literaria. Espero que mi difunto padre logre comprender, y que mi mamá me llame por teléfono más seguido porque por fin encontré un oficio serio.

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Nota bene: Quien quiera leer las aventuras de Manolito Gafotas traducidas por Virginia López Ballesteros, que recomiendo ampliamente aunque no haya leído, siga este link. Hay también un libro con un título muy sugerente (P.D.: ¡Contéstame, vida!) aquí. Y, desde luego, uns historia de la moda francesa aquí. Sólo por injustificado orgullo, y para que vean que somos compañeros de librería con la señora López, aquí hay también una novela mía, Instrucciones para vivir sin piel, que espero sepan perdonar. Algo debo decir en mi favor: aún no se ha publicado en español, un idioma que sólo aprendí a escribir en San Salvador. (De francés, ni gota.)

Egoísmo de poeta

En un boletín para poetas y escritores centroamericanos que recibo por correo electrónico, encuentro que se ha lanzado una pregunta para los suscriptores. Allí va:

Pregunta única: ¿El egoísmo y la soberbia son innatos en poetas y escritores?

La primera (y única) respuesta que reproduciré es ésta:

Nora Méndez, El Salvador.

Martes, 17 de mayo de 2005

15:50:49

R: Más de alguna vez, un hombre tropieza con estas vocales. Un poeta al fin y al cabo es un hombre equivocado. Con el amor equivocado, con los ojos equivocados, con la palabra equivocada, que al cabo de tanto equivocarse, se ha convertido en oficio. Egoísmo y soberbia, al fin y al cabo, son palabras. Y a los escritores y poetas nos preocupan las palabras. Siempre las palabras.

Y así por el estilo, pero casi todos se reservan el derecho de:
a) Ser soberbios y egoístas.
b) Decirlo de manera que suene poético, según sus estándares.
c) Ponerse en un plan diferente al resto de los mortales, que no pueden ser egoístas y soberbios del modo en que lo son los poetas y escritores, faltaría más. O por lo menos el resto de los mortales no tiene el derecho inmanente de ser soberbio y egoísta; nomás mala gente.
Curioso que gente adulta se ponga a hacerse esas preguntas, y sobre todo a contestarlas.

26 de mayo de 2005

Hugo

A mediados de 1983 comencé a trabajar con don Hugo Martínez Moctezuma, uno de los hombres más complejos y brillantes que he conocido. A los 23 (casi 24) años, me acababan de nombrar jefe de la sección internacional del periódico mexicano El Día (ya era subjeje desde casi cuatro años atrás, a quién se le ocurre poner a un bebé en esos menesteres); él era un hombre de casi setenta años. Compartíamos el placer por el lenguaje y el fanatismo por las enciclopedias y diccionarios. Por las tardes yo debía estar en la redacción; por las mañanas compartíamos oficina, y nos la pasábamos muy bien hablando de todo.
Dice Cortázar que los mexicanos serán cualquier cosa, pero ante todo son mexicanos, y es cierto. Con Don Hugo, como con un montón de amigos, llevábamos una amistad bien profunda, pero no hablábamos de cuestiones personales. Hasta el día en que me dijo: "Don Rafael --así de formal era también el asunto--, tengo un hijo que me preocupa, un muchacho muy joven, y me gustaría que usted hablara con él y lo orientara." Le dije, claro, que yo era también un muchacho, y que eso de orientar gente no era la parte más fuerte de mi currículum, que apenas me las arreglaba con Eduardo, mi hijo de cinco años (ahora tiene 27), que el hecho de que a los 23 tuviera un hijo de 5 no era la mejor garantía de sensatez. Insistió y le dije que, bueno, platicaría con el muchacho en cuestión.
Esperaba a alguien de quince o dieciséis años, y apareció un tipo 24 años, uno más que yo. Y nos llevamos bien desde el principio. A ambos nos encataba Led Zeppelin, la literatura buena y espesa y nos pasamos horas platicando sobre cualquier cosa y riéndonos hasta el dolor de estómago. También era periodista y no vi ni por dónde quería don Hugo que lo orientara, pero así son los papás y así los hijos. Nuestra única diferencia era, y siempre ha sido, que él es fanático abyecto de Eric Clapton (ese famoso quiropráctico sushi-nigeriano) y yo de Johnny Winter, y ya se sabe que esos fanatismos en particular son exclulyentes.
Un día de 1993 me invitó a que, junto con otros periodistas, nos fuéramos a Acapulco a fundar un diario, El Sur. Le dije que sí, porque hacía años queríamos trabajar juntos pero no lo habíamos logrado. Así que preparé tiliches y agarré para Acapulco.
Primero me dijo que me alcanzaría allá en un par de días. Y estaba bien, aunque no conocía sino superficialmente a un par de los que estaban en el proyecto. Luego me dijo que tres semanas. Y luego me llamó para avisarme que se había casado, que mejor se quedaba en el Defe. La boda la había armado en menos de un mes con una chava que había conocido precisamente por los días del viaje...
Fue la mejor decisión de su vida. Con todo lo amigos que hemos sido desde hace ya más de 20 años, no había conocido a su esposa, y tuve oportunidad apenas hace un par de semanas, el día de la primera comunión de su hija, que ahora tiene ocho años y medio. Hugo se ve y se siente feliz y sigue teniendo la misma cantidad de pelo facial que cuando nos conocimos, aunque ambos hemos tenido el pudor de recortarnos el cabello. (Por aquellas fechas yo lo usaba casi a media espalda, y él abajo de los hombros.)
Fui con mi hija Eunice a la primera comunión y fue divertido: su esposa y su hija también se llaman Eunice. No es un nombre terriblemente común, y había que ver las reacciones cuando alguien gritaba "Eunice" para llamar a alguna de las tres.
Don Hugo murió hace cosa de un año, a los noventa de edad. Además de enseñarme cosas acerca del lenguaje y de la ética de la vida, le agradezco que me dejara a su muchacho desorientado, que siempre me ha dado lecciones importantes de maduez y lucidez.


Hugo y yo, veintidós años después
y con pancita(s). Y por fin lo vi de traje.

25 de mayo de 2005

Imágenes perdidas

Cuando murió mi padre olvidé todas las imágenes de los lugares que había conocido en toda mi vida, cosas del síndrome de estrés post traumático. (Además me salieron casi todas las canas que tengo ahora en cosa de un mes; las que peinaba por entonces no eran para tanto.) Él vivía en San José (Costa Rica), y yo andaba por allí, así que bastó con darme un par de vueltas por la ciudad para recuperarlas. Volví a El Salvador, y lo mismo. Pude viajar a Arizona en 2002, y di una vuelta por Phoenix y tres o cuatro caminatas por Sedona y Flagstaff y listo, sólo fue de ver algunos puntos de referencia para que se fijaran de nuevo las imágenes.
El problema fue el Distrito Federal. Durante casi cinco años (mi padre murió en agosto de 2000) tuve que andar por la vida sin las imágenes de 23 años. Sabía perfectamente qué calle hacía esquina con cuál, en qué linea de metro o de autobús se llega a qué parte, y cómo se llama y dónde está mi pizzería favorita, pero no podía ver nada de lo que mencionaba.
Sólo una imagen había sobrevivido: la vista del Parque de la Madre desde la calle de Serapio Rendón, desde la esquina del hotel Compostela, donde por cierto vendían unas hamburguesas terribles que comía por lo menos una vez cada dos o tres semanas en la época en que viví en Isurgentes Centro 123; llevaban cebolla frita, un huevo, una cantidad peligrosa de tocino, jamón, la carne de magnífico tamaño y todo lo demás que debe llevar una hamburguesa.
Por eso, cuando viajé al Defe hace un par de semanas, después de seis años y medio de ausencia, me alojé en el hotel Compostela, que por suerte resultó barato, cómodo y limpio. Del aeropuerto al hotel no entendía nada de lo que veía, a pesar de que manejé la ruta de Río Consulado y Circuito Interior hacia Sullivan varias decenas de veces. Al llegar a Sullivan comencé a orientarme, y al llegar a la esquina del Compostela todo tuvo sentido otra vez... excepto esa única imagen que había conservado desde agosto de 2000. Era una imagen falsa. Donde yo veía, en mi cabeza, un trozo de parque, había una calle que unía Villalongín con Sullivan, una extensión de Serapio Rendón que ya estaba allí cuando salí de México, aunque no cuando llegué. Según yo, exactamente allí había un teatro, pero el teatro estaba a un lado, y el restaurante de comida china habrá desaparecido hará una década.
Después de comer, mi hija Eunice tenía que presentar un examen en la preparatoria, así que quedé de verme con Hugo Martínez Téllez en el Café Habana, a cosa de un kilómetro del hotel. Me fui caminando, y no escogí el camino cómodo, que era tomar Reforma hasta Morelos y de allí derecho hasta Bucarelli, sino que me clavé en las calles que están atrás de Reforma, en una colonia de la que nunca he sabido el nombre. Tuve una confusión: no sabía cuál estaba primero, si la calle de Morelos o la de Donato Guerra. Resultó que era la de Morelos. En Donato Guerra estaba antes EJEA, donde escribía historieta, en un edificio a un lado de donde desemboca Abraham González.
A partir de ese momento el Defe fue mío otra vez, y todas mis imágenes volvieron, incluidas las de los lugares en los que no estuve. Tal vez haya varias imágenes falsas entre ellas, pero qué diablos: son mías. Igual hay otras que no recuerdo más que de manera imprecisa, como las de Mérida, Nayarit, Tlaxcala (me pasé largas temporadas allí), Acapulco (viví casi un año en Acapulco) y qué sé yo, pero por ahora no las necesito. Y siempre queda ver algunas fotos por internet...

24 de mayo de 2005

Otra novela negra

Hace unos minutos puse el punto final al primer borrador de una novela negra que comencé en enero pasado. En realidad no es un primer borrador; apenas es la versión manuscrita, que ocupó todo un cuaderno que Karina Luna me envió de Canadá en enero pasado. (Ahora Karina está en el Defe. Gracias por el cuaderno.)
Es la primera vez que escribo una novela de un tirón. Generalmente escribo un par de capítulos, los paso en la computadora, imprimo, corrijo y escribo otro par de capítulos. Y vuelta a empezar, hasta que completo los diez o doce capítulos que me lleva una novela policial. Luego ajusto todo hasta donde es posible, y eso es el primer borrador. Luego vuelvo a corregir, paso las correcciones a máquina, corrijo de nuevo en pantalla, imprimo, corrijo sobre la impresión, paso las correcciones y eso es el segundo borrador. Y lo mismo para el tercero. De éste sale una versión casi final, esto es: imprimo la novela y la dejo por la paz durante unos meses, y luego doy un par de revisadas finales. Y listo. Hay otro par de correcciones antes de publicarla, pero no son significativas después de las masacres que hago en las versiones anteriores.
De esta novela imprimí y corregí dos capítulos y medio, en marzo o a principios de abril, porque el manuscrito ya era totalmente ilegible con tantas tachaduras y flechitas y frases insertadas por todas partes. Después, sólo ajustes y correcciones a medida que escribía.
Como a medida que uno escribe va cambiando la historia y se van definiendo los personajes, habrá un montón de situaciones que están en el cuaderno que ni siquiera tipearé, o que ya sé que no funcionan y deberé modificar radicalmente. Espero que no me dé amnesia antes de pasarla en la compu, o estaré en un problema.
Generalmente uso plumas de gel con punto 0.5, y esta vez así se fue el 70 por ciento del manuscrito. Hace unos días compré una pluma fuente Parker de modelo antiguo, parecida a una que usaba cuando estaba en quinto o sexto grado de primaria. Es una maravilla. La usé para los capítulos 8 a 11 y, como el papel del cuaderno también es una delicia, me la disfruté bastante. Era como si la novela se estuviera escribiendo sola.
Ahora supongo que deberé sufrir de la consabida depresión post parto. No lo sé, porque usualmente me ocurre después de terminar el primer borrador completo.
Tengo desde el año pasado otra novela pendiente, también policial. Me trabé a mitad del sexto capítulo, y calculo unos 12. Allí está esperándome en otro cuaderno. Un día de éstos la retomaré para ver qué falló y terminarla; no debería ser tan difícil, porque ya tenía casi todo claro. Creo que no debí matar a un dirigente sindical que aparece por allí. Eso debe ser.
Y hay otra novela más, creo que lo más cercano que he escrito a una historia de amor, nada que ver con lo policial. Hace medio año me parecía que la terminaría en días; ahora me daré por bien servido si para mediados de 2006 tengo un buen borrador.

21 de mayo de 2005

Comic update


Dragón y Lupe.

Thierry Davo leyó mi post anterior (o sea el siguente a éste) y me envió un par de portadas de una revista seriada que llevé durante poco más de un año, Dragón el karateca, rebautizada como Dragón.
Después de cuatro años, Arturo Lucero, el guionista anterior, se había cansado y se necesitaba un relevo. Los personajes y las historias se repetían, los directores de revista no sabían cómo renovarla, Arturo estaba harto y las ventas habían bajado. Me pidieron una propuesta y lo primero fue una masacre para deshacernos de los personajes que no funcionaban y para meter a algunos nuevos.
El argumento general era previsible. Dragón era un karateca criado en algún monasterio o dojo japonés, o vaya a saber dónde se críen los ninjas por allá. Tenía un némesis, Áspid, el malo de la película, que siempre usaba una capucha negra que en la frente tenía el dibujo de... una cobra, no de un áspid. Se suponía que nadie debía darse cuenta del cambio de animal, y no era yo quien fuera a librar una lucha de principios al respecto. "¿Por qué una cobra?" "Porque es más llamativa que un áspid." Y así las cosas.
Propuse, después de unos capítulos de transición, llevar a Dragón a México, porque encontraba a su verdadero padre, Rodrigo León de Mendoza, en la vida real el nombre de un tío bisabuelo de mi hija Eunice. Don Rodrigo era asesinado después de unos números, Dragón terminaba en un manicomio y allí Áspid trataba de matarlo. Como estaba inconsciente, lo salvaba una muchacha llamada Lupe (la que aparece en la portada de allá arriba). Ella se encargaba de trapear el hospital, y usaba el simple método de darle en la cabeza con una cubeta al ninja. Se llevaba a Dragón a su casa y allí empezaba un romance entre ambos.
La idea era dar un contraste entre la solemnidad de Dragón y el desparpajo de una muchacha de la colonia Morelos, y funcionó. La revista se sostuvo y subió el tiraje a más del doble. Lupe tenía un hermano pandillero y ladrón que se llamaba "El Tuyú".
Y así sucesivamente.
En una ocasión, a Lupe la secuestró no sé quién y la obligó a desnudarse. No le logró hacer nada, no recuerdo por qué, pero según mis cuentas ella se volvía a vestir en la misma escena y vivía no sé qué aventuras para escaparse. Un día, el dibujante de la revista, Arturo López Ugalde, me atajó desesperado y me dijo: "Éste es el tercer número en el que Lupe aparece desnuda. Ya no sé cómo hacerle para que no se le vea nada." Revisé el guión de tres semanas atrás y, en efecto, se me había olvidado vestir a Lupe. Había hecho de todo en traje de Eva durante dos episodios y medio...
Después de unos setenta números estaba agotado y pedí que me relevaran. Pusieron en mi lugar a Pablo González, que sufrió durante el año y resto que aún le quedaba a la revista. Le recomendé una masacre como la que había hecho yo y no se la permitieron, ni meter a nuevos personajes ni hacer otra cosa que seguir con lo que ya venía, Lupe y Tuyú incluidos. No eran sus personajes, y le exigían que conservara el perfil, el lenguaje y todo eso, así que me odiaba más de lo que reconocía en nuestras pláticas, reuniones y viajes, porque éramos muy cuates.
Se me había ocurrido embarazar a Lupe porque mi ex Luz María estaba embarazada de mi hija Eunice. Había sospechas de que eran gemelos, y embaracé a Lupe con gemelos. Lupe tenía unos antojos terribles, como chilaquiles con cajeta y salsa catsup, no muy diferentes a los de Luz María (un día debí ver cómo engullía un gran taco de arroz con mermelada de fresa; otro, una torta de frijoles con miel y chile). Y en ésas estaba cuando dejé la revista.
Áspid secuestró a uno de los gemelos, para criarlo y educarlo a su muy maldito modo. Después de diez episodios, Dragón mató a Áspid, y la historia terminó con --¡por fin!-- la boda de Lupe y Dragón, que habían vivido más de dos años en el concubinato. Pablo recuperó su paz mental y se dedicó a historietas menos complicadas y más de su estilo.
No sé bajo qué criterios, pero los guiones que hice para Dragón se llevaron un premio, el Tlacuilo de Oro, en la rama de historieta. Los Flores nunca me quisieron dar una copia del diploma, o una foto de la estatuilla.
Ah: parte de la emoción de la revista era ver la cara de Áspid, que siempre aparecía enmascarado. Dragón le cortó la cabeza en el episodio final, y no quiso desenmascararlo. Cosas de guerreros orientales, supongo.

México sin historietas


La Catedral de la Ciudad de México
vista desde donde venden de todo,
incluidos libros pirata.


Durante casi 15 años trabajé en México como guionista de historietas. Historietas baratas, claro está; allí estaba el negocio de los hermanos Flores (Editorial EJEA), de doña Yolanda Vargas Dulché (Editorial Vid) y de Novedades Editores: en sus mejores tiempos, Sensacional de traileros llegó a vender un millón 700,000 ejemplares a la semana, Rarotonga cerca de un millón y eran míticos los dos millones semanales de El libro vaquero. De dos pesos o tres el ejemplar, el asunto era excelente negocio, y los guionistas y dibujantes recibíamos buen dinero en calidad de pago y de regalías. Podía uno hacer varios miles de dólares al mes matándose un poco, y en efecto hubo quienes se agotaron hasta el breakdowny hasta el infarto. Está el caso de Sotero García Reyes, que hacía un guión diario, y todo el mundo le decía que se iba a morir. Y se murió. De un infarto. Ganaba unos 20,000 dólares al mes, que gastaba a un ritmo aterrador junto con su familia; fue la primera persona a la que conocí que le regaló un visón de verdad a su mujer. O el caso menos grave de Roberto Castro y Edgar Martiarena, que durante cuatro meses dibujaban un episodio de 92 páginas en seis días, y su récord fue de cuatro. Terminaron con tratamiento de Valium, porque eran mucho más jóvenes que Sotero, que ya andaba arriba de los cincuenta. En mi caso, apenas hacía entre tres y cinco al mes, junto con algunas traducciones y algo de tipografía: trabajaba dos o tres días a la semana, me daba tiempo de escribir y me la pasaba muy bien.
Hace unos días fui al Distrito Federal a ver a mi hija Eunice, después de más de seis años de ausencia, y me puse a ver los puestos de revistas. Las historietas baratas a las que le dediqué tantos años habían desaparecido. EJEA -donde más trabajé- vendió su edificio en la calle de Donato Guerra a una agencia de viajes y el de la calle de Serapio Rendón sigue dedicado a la distribución de revistas, el negocio secundario de la familia Flores y que ahora parece ser el más boyante. Me cayó la nostalgia, y hasta estuve tentado a pensar que "México ya no es México". Pensé en el metro y las decenas de personas que venían leyendo El libro del amor o Sensacional de maestros y esas cosas, y recordé cómo toda la intelectualidad protestaba porque las revistitas estupidizaban a "la gente". En realidad sólo hay una diferencia de grado entre el incesto y el asesinato en la familia Pérez y en la familia Hamlet, y el que nace estúpido tiene altas posibilidades de morir estúpido, venga de la familia que venga. Pero ése es otro tema.
Al mismo tiempo noté que en todas partes había puestos de libros usados, y de libros pirata de muy buena calidad, y gente que los compraba. Y sé que los lectores de historietas de hace diez años no necesariamente serán los mismos que compren El código Da Vinci a precios bajísimos, pero la esperanza no se pierde. Quiero creer que lo de las historietas de algún modo sirvió como transición --como "educación", diría si fuera un tanto más prepotente-- para que algunos descubrieran el placer de leer, y que ese "México que ya no es México" se esté convirtiendo en algo mejor.
Mi amigo Hugo Martínez Téllez me dice que en realidad las historietas dejaron de venderse porque bajó el poder adquisitivo de quienes la compraban, y que las ventas de libros usados y piratas son marginales. Sea, pues. Yo conservo por aquí algunos títulos de los trescientos o cuatrocientos que escribí y de tarde en tarde soy feliz leyéndolos.

26 de abril de 2005

Tres tristes libros

Todas las noches digo "Voy a poner un par de cosas en el blog", pienso en las cosas que quiero escribir, pasa la noche, llega la madrugada y, aunque esté frente a la computadora, no escribo ni una línea por aquí. Así ha pasado un mes y medio, y ha sido un buen mes y medio.
Para empezar, me encargaron un libro acerca de historia reciente de El Salvador, de un periodo que me apasiona y que viví un poco de lejos, un poco de cerca, cuando apenas estaba dejando de ser adolescente. Lo mejor es que tengo muchos fantasmas de esa época, y los estoy exorcisando: ahora, a los casi 46 años, veo como adulto lo que entonces veía casi como niño, y me doy cuenta de que soy mayor que la gente que trabajaba haciendo la historia (esahistoria). Escribí como sesenta y cinco páginas de borrador en menos de un mes y ahora estoy verificando datos y todo eso. Un primer borrador debe estar listo para agosto, y el libro completo para octubre. Ya hablaremos más tarde del asunto.
Luego, está el libro de mi padre, Acumulación originaria y desarrollo del capitalismo en El Salvador, ya en producción, y deberá salir antes de un mes. Le dediqué bastante rato (con la siempre valiosa ayuda de Krisma) a revisarlo, ponerlo bonito, y confirmé algo que siempre supe, y que no recuerdo si escribí por aquí: mi mayor influencia literaria es mi padre, un economista. El mismo tipo de fraseo, el mismo estilo de subordinadas, etcétera. A estas alturas tengo un tanto más de pericia que él en el manejo del lenguaje (era economista), pero en el proceso Borges, Carpentier y toda esa gente de la que uno habla siempre han quedado en segundo lugar.
Lo más difícil fue hacer un prefacio. Prefería dejar el libro así como estaba, pero el editor insistió en que era necesario, y que lo hiciera yo. ¿Cómo hablar del papá de uno sin que se le salga el orgullo o trate de ponerse por encima de las circunstancias? Pues bien, no sé; hablé un poco de su vida y metí un par de párrafos acerca del libro. Ya tendré tiempo de arrepentirme o de alegrarme cuando aparezca.
Y, en medio de todo eso, a la musa se le ocurrió caerme encima y me he puesto a escribir una novela, con sentimiento de culpa y todo: hay dos más en elaboración desde hace meses. Pero ésta está saliendo tan fluidamente que da lástima detenerse.
Ya tengo el borrador de siete capítulos y algunas correcciones. Si todo va bien, en menos de un mes estará lista una primera versión y a finales del año un texto aceptable.
Ahora lo que quiero es regularizar un poco los horarios de sueño. A veces me duermo a las seis de la mañana y me despierto a las diez, hoy me acosté a las ocho de la noche y me desperté a la una y media de la mañana, a veces simplemente no duermo, y después me aviento doce horas de un tirón.
Vacaciones, eso es. Tengo varios años sin vacaciones.
Y mañana sí me pongo a escribir por acá varias cosas que se me han quedado pendientes. O pasado mañana.

10 de marzo de 2005

De los artículos y otras quimeras del yo

Publicado en El Sur de Acapulco en 1993

Todo el mundo quiere publicar artículos, de eso no hay duda. La pregunta --y con no poco de autocrítica-- es para qué.
Uno tiende a pensar que tiene cosas que decir que a nadie se le habían ocurrido antes, que es capaz de revelar pensamientos reservados sólo a unos cuantos y desgranar interpretaciones que cambiarán el rumbo del país, o por lo menos de las ideas.
Y sin embargo uno sabe que no ocurrirá nada terrible si no escribe, si alguien lee o no lo que a uno se le ocurre frente a la Proverbial Hoja en Blanco después de quince minutos o dos semanas ante la máquina --la desesperación es necesaria.
Hay ideas que rondan durante meses y años y que no se atreven a tomar forma de letras; y, cuando por fin se concretan en un artículo y uno apuesta la vida a su ingenio, en el fondo está claro que nada ocurrirá, excepto que algún amigo le dirá días después: “Oye, estuvo bueno tu artículo. No terminé de leerlo, pero el principio estuvo excelente.”
Si lo que se dice en los párrafos de arriba es cierto, no hay nada que justifique este artículo ni muchos de los que lo acompañan, en éste y otros lugares, de éste y de otros autores; el derecho de escribir, en tanto deban tratarse temas novedosos o enfoques singulares, se reduciría a las revistas de cancerología, enciclopedias y algún anuario de estudios marxistas que se sobreviva a sí mismo.
En realidad lo que a uno le preocupa es qué sería, si no publicaran, de los que arriesgan el ego, y quizá algo más, en columnas semanales o mensuales, que escriben su propio nombre, al inicio de la nota, con respeto temeroso; que revisan obsesivamente sus artículos aunque saben que las erratas y gazapos son esenciales a la escritura.
Y aquí está uno, dándole al teclado.
Uno sabe que no tiene ideas suficientes, o no es capaz de procesarlas a la velocidad suficiente, como para decir cosas sensatas todos los días, ni siquiera cada semana, y envidia hasta la abyección a los que sí pueden. Aun así escribe sólo por el simple hecho de que escribir es divertido, e imagina que leer lo que a uno le divierte puede ser igual de divertido para los demás, y que a veces no saldrán cosas que hagan sonreír, pero le hace la lucha.
Un momento, dice uno mismo: eso es salirse por la tangente. Uno habla de la importancia que pueda tener un artículo, no de la cantidad de sonrisas, escalofríos o franco terror que es capaz de producir --hay modos tortuosos de divertirse.
Y uno, que no tiene deseos de entrar en una desgastante autopolémica, pone punto final.

5 de marzo de 2005

Instrucciones por fin

Hace un par de días llegaron, por fin, 20 ejemplares de Instructions pour vivre sans peau, a.k.a. Instrucciones para vivir sin piel, publicado en octubre pasado en Le Mans por la editorial Cénomane, como se hizo constar en este blog en su momento.
La traduccion es de Thierry Davo, buen amigo si los hay. Ahora está revisando la traducción de Terceras personas (se llamará Ils), que deberá aparecer en menos de un mes. Sus preguntas tan minuciosas acerca del texto me hacen ver cosas que no había visto antes, o que eran tan obvias que no había pensado en ellas, y por lo tanto no las tenía claras. Por ejemplo, me dice que en la editorial tienen una polémica acerca de quién es la persona a la que el personaje del relato "Un cabello oscuro en la solapa" le envía unas cartas absolutamente psicóticas. Y no tengo idea. Sé que es mujer, intuyo que está divorciada de un esposo abusador o detestado en su familia, que tiene dos hijos y muchos conocidos y experiencias en común con el personaje central. Se me ocurre, después 20 años de haber empezado el libro y 10 de haberlo terminado (se publicó en México en 1996), que puede ser una prima con la que tuvo algo amoroso en la adolescencia. Igual son sospechas injustificadas de mi parte.
E.M. Foster dice, en Aspectos de la novela, que la diferencia entre una persona y un personaje de ficción es que la primera tiene una vida secreta, y la vida del segundo está al descubierto, o puede estarlo. Krisma, terriblemente perspicaz, como poeta que es, contradice: "Los personajes también tienen secretos."
Y es cierto. En enero comencé una novela policial. Hace un par de semanas terminé el primer capítulo. Los personajes están allí, y se mueven y caminan y hablan y piensan, pero todavía no sé quiénes son. Es decir: sé quiénes son, pero no cómo han llegado hasta allí. Necesito saber más de su vida para armar la historia. En ésas ando.

3 de marzo de 2005

Volver a los 17

Entre 1976 y 1977, cuando yo tenía 17 años y él entre 41 y 42 (nací en agosto y él en enero; cambiaba de edad con la entrada del año), mi padre escribió el libro Acumulación originaria y desarrollo del capitalismo en El Salvador (publicado por Editorial Universitaria Centroamericana en 1979). Después de una investigación desesperada (no había muchos datos y tenía que escarbar en pies de página y hasta en los colofones), se la pasó un año entero tipeando borrador tras borrador, y de esos días, como de buena parte de mis días, recuerdo el sonido de la vieja Olympia de baquelita en las madrugadas, a una envidiable velocidad de 100-110 palabras por minuto. Antes de la Olympia era una Remington de metal, y su velocidad al escribir no era menor. De esa máquina heredó los dedos pesados, que hacían sonar un profundo "bum" cada vez que ponía la tecla de las mayúsculas. (Cuando cambió a una computadora, en 1989, sus dedos volaban sobre el teclado, y logró un tacto mucho más ligero. Un día hicimos una medición: 130 palabras por minuto, más del doble de lo que yo he logrado en mis momentos de hiperkinesis.)
Cuando terminó el libro, que debía ser su tesis de maestría (estaba sacando su segundo doctorado, si descontamos el honoris causa que le dieron en Colombia en 1971), se dedicó a hacer trámites en la UNAM y me pidió que le ayudara a pasar el libro en limpio. Lo hice, por supuesto, a mis 35 o 40 palabras por minuto de esa época.
Ya con el libro en limpio, se dio cuenta de que "algo" fallaba en la estructura: estaba trabajando con pocos datos, a veces inciertos (la bronca de ser pionero), y muchos los había inferido mediante triangulaciones. Había puntos oscuros que le quitaban fuerza al libro, y decidió reestructurarlo en forma de ensayos independientes. Tachó como loco y después le ayudé a pasar en limpio el resultado. No recuerdo mucho de ese proceso; por esos días debí cumplir 18 años y nació mi hijo Eduardo. (Él a su vez recuerda las madrugadas en las que, entre sueños, oía mi Olivetti sonar y sonar y sonar y sonar.)
Ahora, 28 años después, me dicen que quieren publicar el libro de nuevo, y por primera vez en El Salvador. Acepto, desde luego. Hay que transcribir el texto y la opción lógica es escanearlo y pasarlo por el Omni Page. Pero resulta que la edición está hecha en linotipo, en papel rústico y ya bien amarillo. El Omni Page no reconoce ni siquiera la mitad de las letras, ya no se diga las palabras. Para más etcétera, tengo el ejemplar de trabajo de mi padre y está lleno de subrayados, notas al margen, rayitas aquí y flechitas allá. Y ni hablar de los cuadros, que para un economista son más un modo de vida que un recurso.
Así que me he puesto a tipear de nuevo el libro, y lo disfruto y lo sufro como cuando tenía 17 años. Falta quizá el frío de la Ciudad de México, y falta mi padre acercándose emocionado al ver el avance de su libro y preguntándeme: "¿Cómo vas, chato?"

De punches y escritores

Aldebarán, viejo amigo de este blog, ha escrito un artículo sobre cangrejos y artistas salvadoreños. Lo pueden encontrar aquí mismo. Gracias, Aldebarán.

24 de febrero de 2005

Un buen espejo



Pues resulta que Sandro Cohen, además de ser amigo. buen poeta y ex compañero de trabajo y aventuras internéticas, tiene una editorial en México (http://www.edicolibri.com). Me pidió hace unas semanas una novela para su publicación. Le envié como cinco y escogió una policial, que por cuestiones editoriales y comerciales renombró como Un buen espejo. Resistí hasta donde pude, pero Sandro siempre ha tenido una lógica tan implacable y sencilla que no hay modo de decirle que no durante mucho tiempo. (Aún me despierto por las noches pensando: "¿Por qué no le contesté que...?" o "¡Si hubiera aguantado un email más...!")
El proceso de publicación del libro, junto con dos más hasta el momento, le ha llevado como tres semanas, y no pasará del mes, nada mal para un editor independiente. Y hoy me mandó el "borrador" de la portada, a la que sólo le cambiará el micrófono hi-tech por uno de los años sesenta.
Hay un detalle: el libro está acreditado e Rafael Menjívar, sin el Ochoa. En México ése no es un problema; durante años fui uno de los dos Rafael Menjívar en todo el país (el otro era mi hijo, Rafael Eduardo Menjívar Mérida, mejor conocido como Eduardo). Aquí en El Salvador encontré 72 en el registro electoral, y el Ochoa es incluso necesario, gracias entre otras cosas a que mi padre era Rafael Menjívar (Larín) y a que hay uno con el que me confundieron hace poco más de un año, que formó parte de una campaña anticomunista de lo más desagradable, más un par de abogados y un médico de renombre. En Costa Rica mi padre es bastante conocido, y más de una vez llegaron a felicitarlo no sólo por sus libros de ciencias sociales, sino también por sus novelas; algo parecido pasa en Francia, donde era catedrático visitante de La Sorbona. En Centroamérica y Francia, pues, tengo que ser Menjívar Ochoa. En México he publicado sólo como Menjívar, y que me perdone mi madre, pero me encanta esa simplicidad, gracias a la cual alguna vez me pidieron también que autografiara un libro sobre acumulación originaria de capital, después de felicitarme por ser tan joven.
El otro detalle es que siempre peleé para que no pusieran fotos mías en mis libros, y sólo dos veces no he tenido éxito. La primera, con Histoire du Traître de Jamais Plus, en 1988; la segunda, ahora, con Un buen espejo. Y además se lleva toda la contratapa... Pero no me atrevo a discutir con Sandro, o es capaz de convencerme de que le mande una más grande. Por suerte la foto es buena, tomada por mi amigo Víctor Hugo Barrientos para un libro que iba a publicar Editorial Norma, que retiré porque a la editora en Costa Rica se le ocurrió decirme que no me daría un adelanto en efectivo porque publicar con Norma más bien era una oportunidad para mí. Y quizá fuera cierto, pero había que ponerse digno, a falta de una actitud más redituable.
Es mi primer libro para 2005. En marzo aparecerá Ils en Francia, una traducción de Thierry Davo para Terceras personas (UAM, México, 1996), y me han dicho que por mayo aparecerá, también en México, Instrucciones para vivir sin piel, publicado en Francia el octubre pasado. Prometen asimismo un par de reediciones en El Salvador.
Seguiremos informando.

23 de febrero de 2005

Santa María de Iquique y otras circunstancias

En 1969 mi padre se pasó un año sabático en Chile (nueve meses sabáticos, en realidad), del que resultó su libro Reforma agraria en Chile (Editorial Universitaria, San Salvador, 1970). Era su tema en ese entonces (mientras estaba en Chile apareció otro libro, Reforma agraria en Guatemala, Bolivia y Cuba, que aún es parte del programa universitario en El Salvador), y de hecho fue su tema, muy a su pesar, durante lo que le alcanzó la vida. Buscaba trabajo como profesor de teoría del estado --que le apasionaba-- o estudios latinoamericanos o cosas así, y lo contrataban como economista agrícola. En sus últimos años logró investigar y publicar de otros temas, gracias a que era el jefe y decidía qué investigaciones se hacían y quién las hacía.
Cuando regresó de Chile trajo varios discos, escondidos en fundas de Los Huasos Quincheros, los Hermanos Silva y Leonardo Favio, junto con otro en una funda totalmente blanca.
Tenía sólo 10 años, y me prohibieron estrictamente que oyera los discos si no estaba mi padre presente, y era poco el tiempo en que estaba presente (al año siguiente lo elegirían rector de la Universidad de El Salvador y la campaña y los preparativos ya estaban en marcha). El motivo de la restricción era sencillo: bastaba con que algún policía o guardia nacional que pasara frente a la casa escuchara cualquier cosa de la que hubiera en los discos para meternos en serios problemas. O alguno de los policías de civil que nos rodeaban desde que yo tenía memoria: uno que seguía a mi madre a cualquier parte, un automóvil completo lleno de judiciales para mi padre y uno que se la pasaba frente a la casa simulando que no existíamos, más una patrulla con uniformados a media cuadra, más los teléfonos intervenidos y toda la parafernalia de las dictaduras de aquel entonces. (A partir de mis doce años tuve mi propio policía, que me seguía a donde fuera. No iba a muchas partes, así que el tipo se ganaba la vida sin complicaciones.)
Escuché, algún sábado, a bajo volumen, fragmentos de la Cantata de Santa María de Iquique, de Quilapayún. Quizá fue lo que me llevó a empezar con la música un par de años después. No tanto por la temática o la intensidad de la narración y de la interpretación, sino por el sonido como cortado a cuchillo de la quena, el brillo del charango, las disonancias que no se parecían a nada que hubiera oído hasta entonces, la métrica de las letras, harto diferentes de las canciones de protesta que había oído y de la mayor parte de las que oiría después, excluyendo desde luego a Violeta Parra, que aún me encanta y a quien aún admiro.
Junto con el disco, mi padre trajo una quena. No hubo modo de sacarle sonido. Alguna vez me pusieron un charango entre las manos, pero la persona que lo tenía no sabía ni afinarlo. Vi algún bombo de lejos, en Costa Rica, por allí de 1974. Aunque para ese entonces ya tocaba razonablemente la guitarra, no hubo quien me enseñara los respectivos acompañamientos.
Cuando llegamos a México, en 1976, encontré de todo: los instrumentos y gente que los tocara, porque precisamente estaba de moda la música sudamericana y era de buen tono que la gente de izquierda la escuchara todo el tiempo. Me pasé tres años aprendiendo y llegué a manejar razonablemente un par de los intrumentos. Cuando ya los manejaba me di cuenta de que lo que me gustaba era otra cosa, y que más bien quería ser escritor. De algo me sirvió, en todo caso; algunos centavos gané con eso, y me divertí.
Hoy, treinta y cinco años después de la primera vez, unos quince después de escucharla por última, conseguí nuevamente la Cantata (la escucho por segunda vez mientras escribo esto) y la disfruto sin juzgarla; me ha acompañado durante buena parte de mi vida y sería injusto y tonto. Quisiera ponerme inteligente o pedante y decir "Bueno, hay que entender, el tiempo ha pasado, esa época de la música de protesta, claro, Quilapayún sigue siendo un icono, ya superado pero icono al fin", etcétera. No puedo ni quiero. Me doy cuenta de que conozco las letras de memoria, cada inflexión de la voz del narrador, cada vibración de las quenas. Y, con todo lo trágico de la historia que cuenta, me llena de alegría oír el disco y saber que el tiempo no borra todo (y de hecho borra muy poco). Lo oigo a bajo volumen no por añoranza o peligro, sino porque son las tres y tantos de la mañana y la bebé y Krisma están dormidas.
Para cerrar la historia, en aquellos mis diez años, un día saqué de su escondite los discos prohibidos de mi padre, me fui a casa de la abuela (que vivía al lado) y los escuché durante toda una tarde en el aparato de sonido del tío Mauricio, un Fisher de lo mejorcito. Entre los discos estaba la Cantata, que oí completa por primera vez, y algo más, que no recuerdo; creo que eran cosas de Angel Parra y Víctor Jara.
Escuché el disco que venía en la funda en blanco, sin etiquetas por ninguna parte. Era una voz desagradable, leyendo cosas con mucho ritmo pero que no me decían nada. Mi medida de la poesía era el Romancero gitano, de Lorca, que mi padre me leía desde que era bebé, sentado en sus piernas, y algo de Quevedo y Barba Jacob. Lo que me pareció en ese momento fue que el tipo del disco no creía en lo que me estaba diciendo, y nunca soporté a la gente así.
No reuerdo cómo se enteraron de que había escuchado los discos; quizá llegaron antes de tiempo y no hubo modo de ocultarlo. Después de un regaño pavoroso, comenté con mi padre lo del tipo del disco, y dijo que en efecto leía muy mal su poesía, pero que era uno de los genios de la poesía y que seguro se ganaba el Nobel aunque fuera comunista. Cuando en efecto se ganó el Nobel, compró --también clandestinamente-- sus poemas completos, y juro que traté de que me gustaran, al menos de encontrarles alguna gracia. Hasta ahora ha sido imposible. Si la clandestinidad no había logrado que le agarrara aprecio a Neruda, nada lo lograría. Ni lo ha logrado.

Nota bene: Acabo de buscar en Amazon.com la Cantata de Santa María de Iquique. Encuentro que hay dos discos disponibles, y que el precio de un ejemplar "casi nuevo" es de $1,010.84. Sí: mil diez dólares con ochenta y cuatro centavos. El de uno nuevo es de $1,010.85, o sea de un centavo más. Y eso que la izquierda y sus iconos están a la baja. No pagaría tanto por un disco que debería ser para todos, no sólo para el dueño (seguramente snob) de una cantidad que alcanzaría para comprar, digamos, las obras completas de Bach, y algo más.

7 de febrero de 2005

Nerd o no nerd

Después de trece años de andar dando vueltas por Internet y de tener algunos amigos adictos a cosas como Linux, Star Trek y The Hitchiker's Guide to the Galaxy, y de ver que son más o menos como uno ha sido durante su vida (quizá más inclinados a la tecnología y a la ciencia que a la literatura), el término "nerd" ya suena natural, aunque entiende que los nerds son los demás, que uno sólo anda en lo suyo.
Uno, buscando buscando, encuentra una página en la que se puede medir el nivel de nerditud y, a falta de otra cosa que hacer antes de irse a dormir, realiza el test correspondiente. Algunas de las preguntas son un tanto bobas, como "Do you have biohazard or warning signs posted in your room?", y la respuesta es no; esas cosas generalmente no se ponen cuando uno tiene una bebé de 8 meses dentro del cuarto. Hay una cierta simbología, un algo de pudor, cierto sentido de las proporciones y una esposa que lo impiden. Un nerd de verdad no sólo contestaría de manera positiva: es seguro que tendrá los letreros dentro de su cuarto, con o sin esposa y/o bebé.
A otra pregunta ("What is the grossest thing in your room, right now?"), hay una serie de respuestas a escoger: "Nada. Está limpio." "Algunas ropas sucias." (La verdad en el caso de uno; hoy vino la señora que lava y plancha.) "Algo de comida vieja." "Insectos y roedores." "Insectos y roedores muertos." Supongo que algunos de los nerds de verdad, o todos los que quisieran ser nerds, marcarán la última opción, los primeros porque es cierto y los segundos para levantar la puntuación y la autoestima, pobrecitos ambos.
Uno dice: "Bueno, mi puntaje bajará cuando conteste que uso Windows y no Linux o Solaris". Windows es el sistema operativo universalmente despreciado por los nerds (aunque casi todos lo usen y se justifiquen diciendo que es "por cuestiones de trabajo"). Se resigna asimismo a contestar que Mn es la abreviatura para el mendeleevio, porque obviamente el magnesio se llama Ma y el manganeso es Mg, como todo el mundo sabe; la respuesta llega por simple descarte. Incluso uno se porta decente y contesta lo de "¿Qué tan nerd se considera?" con un "slightly nerdy", que suena exagerado y hasta soberbio. Por eso, uno se desconcierta cuando el asunto ese le dice:

21% scored higher (more nerdy), and
79% scored lower (less nerdy).

What does this mean? Your nerdiness is:
Mid-Level Nerd. Wow, it takes a lot of hard nerdy practice to reach this level.


Y resulta que un punto más (un 80) basta para que lo manden a uno a que presente solicitud en el MIT, porque es un nerd de hueso colorado...
Hay de dos: o uno ha vivido en la ignorancia de sí mismo o la máquina de tests miente, porque uno ha contestado la verdad (aun pudiendo truquear y ser declarado nerd de nerds), y la verdad es que más de la mitad de las respuestas deben estar mal en materia de nerditud. Y no. Aquí está la prueba (puede seguir el link para hacer usted mismo el test):

.I am nerdier than 79% of all people. Are you nerdier? Click here to find out!

Uno se pregunta entonces: ¿qué es un nerd? Y busca, desde luego, en un buscador que no sabe si los nerds usen, pero deberían (http://www.ask.com). Ante la pregunta "What is a nerd?", la respuesta llega sin piedad:

Nerd (also nurd). n. (slang) A stupid, foolish, socially inept or unattractive person. A person (usually male) who is single-minded or accomplished in scientific pursuits, but lacks social skills. An unpleasant, unattractive, ineffectual or insignificant person. Also geek, anorak, bufty, train-spotter.

Como cuestión de status quince o veinteañero está bien, pero a la edad de uno (y con una bebé de ocho meses que tarde o temprano se enterará de lo que es su padre) no es agradable que le digan cosas así, aunque algunas sean ciertas. Está bien que en las películas sobre adolescentes y universitarios siempre haya un personaje "chistoso" que use lentes, tenga dientes de conejo y babee textualmente al ver hasta a la menos guapa de la clase, y que se burlen de él porque sabe de todo y lo desprecien porque se saca 10 en los exámenes; está bien que uno tenga problemas para relacionarse con la gente (pero sólo cuando lo intenta), y hasta es soportable lo de "single-minded". Pero poner "desagradable", "nada atractivo" e "insignificante" al mismo nivel que "intelectual" puede ofender... aunque mida claramente el concepto que "los otros" tienen de sí mismos y del conocimiento como algo necesario para que su siguiente celular sea más barato, traiga más lucecitas y muchas más características inútiles. (En el caso de uno, para que se diviertan con la siguiente novela que publique.)
Y los nerds (los de verdad) se sienten gratificados con ese tipo de definiciones. No porque realmente les gusten, sino porque, con todo y lo dolorosas que son, ellos saben que los demás no tienen maldita idea de los placeres únicos e intransferibles del conocimiento (útil o no: es lo de menos), de la belleza de las sutilezas sobre un tema o una frase que a los demás les parece simple redundancia, de la maravilla de saber (o querer saber) el nombre de cada cosa que uno ve en el mundo o imagina en sueños, y averiguar cómo todo (es decir todo) llegó allí, y para qué, y cuándo, y cómo, y desde dónde. Nada más saberlo. No importa el carácter de las respuestas, sino saberlas, y emocionarse con ellas, y nada más. Para un nerd, toda información tiene el mismo valor, de las tradiciones germánicas antiguas a los nombres y apodos de los Hombres X, de la teoría del caos a la poesía de Torcuato Gemini, de la cifra interminable de Pi a la receta secreta del pollo Kentucky.
O eso es lo que a uno le han contado.