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23 de marzo de 2010

El viaje

En los primeros días de marzo de 1980, mi padre anunció que se iba a Nicaragua por tiempo más o menos indefinido. Por lo menos desde enero anterior estaba en elaboración el plan para un Gobierno Democrático Revolucionario (GDR), en el cual participaban no sólo las organizaciones que más tarde conformarían el FMLN, sino también los diplomáticos y políticos del Frente Democrático Revolucionario, como Enrique Álvarez Córdova, Guillermo Ungo, Héctor Oquelí Colindres, Rubén Zamora y otros.
El GDR buscaba juntar a sectores amplios de la sociedad salvadoreña, incluidos pequeños y medianos empresarios, algunos militares, figuras políticas y morales que no estuvieran involucradas en las organizaciones existentes y, de ser posible, contar con el aval de la iglesia católica salvadoreña.
En los días anteriores al viaje, mi padre anduvo especialmente nervioso. Los viajes a Nicaragua eran casi rutinarios (allá estaba la comandancia de las FPL, él era miembro de las FPL, y supongo que debía reportar cosas periódicamente). Pero uno no preguntaba, y él no decía, así que no quedaba más que verlo de reojo y tratar de adivinar qué rayos le pasaría.
La noche anterior al viaje, ya con las maletas hechas, me llamó al patio y me dijo que en realidad iba --venía-- a San Salvador, que Nicaragua era sólo una escala. El objetivo era conversar con el arzobispo Romero acerca del GDR y saber qué papel jugaría la iglesia católica --al menos esa iglesia católica-- cuando triunfara la revolución, algo que muchos veíamos como inevitable y casi inminente.
Desde luego sentí miedo. Mi padre aparecía en todas las listas oficiales y extraoficiales (de los escuadrones de la muerte, pues), era una de las figuras más visibles del FDR (presidente de la Comisión Externa) y para esas fechas ya andaba tratando de obtener el reconocimiento de la guerrilla como fuerza representativa. (La declaración ocurrió en agosto de 1981, por parte de México y Francia.) Creo que en eso apareció mi madre y le dijimos lo obvio: que si venía a El Salvador lo iban a matar. Pero una de las condiciones de Romero era que quería hablar con él, y así las cosas.
A lo más que llegó fue a darme recomendaciones en caso de que lo mataran. Triste.
Las tres semanas siguientes fueron larguísimas. No había modo de saber si todavía estaba en Managua o ya había entrado a El Salvador, a menos que él llamara. No llamó.
Cierta noche me encontraba en mi trabajo, en la sección internacional del diario El día, cuando llegó la noticia de que habían asesinado al arzobispo Romero. Seguro me tocó preparar la información, porque me encargaba de las noticias de Centroamérica, pero, con todo lo espantoso del crimen, yo no podía dejar de pensar: "¿Y mi papá?" Lo menos que esperaba era que de pronto llegara algún cable en el que se dijera que también lo habían asesinado o desaparecido.
Esa noche, ya muy tarde, cayó una llamada: "Lito está bien. Todavía está en Managua."
Un par de días después regresó a México. Venía asustado, enojado, frustrado, un montón de cosas al mismo tiempo. Hablamos y hablanos, pero en realidad yo estaba simplemente contento --veinte años al fin-- de que estuviera de regreso. Creo que, en medio de la tragedia, fue uno de los días más felices de mi vida.

16 de agosto de 2009

50

Para mi cumpleaños número 50 ("medio paquete", dicen, aunque uno sabe que llegar a los 100 va contra las estadísticas) hubo una sorpresa grata: mis hermanos Mauricio (izquierda, claro) y mi hermana Ana (derecha) se la vinieron a pasar conmigo desde Costa Rica. Mi hermana Lorena sólo tuvo que viajar desde Mejicanos para armar una pequeña reunión familiar. En la foto nos acompañan mi sobrino Diego (hijo de Ana) y Valeria.

Los niños jugando en la computadora. Me impresiona lo parecidos que son.

Fiesta sorpresa, claro, de la que ya sabía desde hacía varios días. No, no me dijeron; nomás son muy malos para fingir los compañeros y amigos de La Casa.

Dos pasteles, uno por cada veinticinco años. Por suerte no se dedicaron a poner velitas por todas partes; además de lo embarazoso, los pasteles hubieran quedado agujereados. Al de frutas le tocó tratamiento de harakiri a la hora de partirlo.

El de moka con almendras era más delicado, ejem. Quizá por eso fue el que se acabó más rápido.

Los cuatro hermanos, poco antes de que Ana y Mauricio regresaran al aeropuerto, a media fiesta.

Foto con hijos y todo: además de los ya mencionados, los hijos de Lorena: Javier (escondido junto a Valeria), Andrea y Silvana, además de Boni, mi cuñado.

Y algunos de los buenos amigos y compañeros de siempre: Carlos Guardado, Herberth Cea, Mario Zetino, Ana Escoto, Salvador Canjura, René Figueroa (el nuestro), Santiago Vásquez, Carlos Candel, yo, Krisma, Loida Pineda, Ingrid Umaña, Érika Chiquillo, Valeria, Tere Andrade, Sandra Aguilar y Osmín Magaña.
Muy conmovedor todo. Gracias.
Y me queda todo el lunes para seguir cumpliendo años; nací el día 17. Veremos qué tiene de bueno y de nuevo.

12 de agosto de 2009

Un fantasma


Cada cierto tiempo Valeria viene y dice que ha visto al fantasma que está en su cuarto. A veces coincide con que no quiere quedarse dormida, o con que no quiere cambiarse de ropa. A veces simplemente dice que el fantasma está allí, a secas, como un hecho que no requiere de discusión.
Si le preguntamos cómo es, responde: "Grande." Nada más. No es que le tenga miedo; nada más es un fantasma, y a veces quiere compartir el cuarto con él, a veces no. No sabemos si le habla, o si él hace las cosas particulares que hacen los fantasmas, sean las que sean. Sólo sabemos que es un fantasma.
Hace unos días lo dibujó y me lo trajo. "Es un fantasma", me dijo. Y añadió: "De colores." O sea que cabe la posibilidad de que el original sea en blanco y negro o de algún otro color. Habrá que esperar un nuevo dibujo o que quiera hablar un poco más sobre el tema. Por ahora sabemos que no siempre anda por allí y que es "grande". ¿Qué será "grande" para una niña de cinco años?

7 de agosto de 2009

Nueve años...



...y aún se siente como si no hubiera pasado uno.
Quizá sea hora de dejar que el tiempo corra.
Quizá se pueda.

4 de agosto de 2009

Un papá para siempre

El abuelo Alfonso tenía 91 años cuando murió, a finales de 1996, y mi padre tenía 61. La abuela Carmen había muerto año y medio atrás, de una neumonía, pero no seguí el proceso; me avisaron cuando ya estaban en los asuntos del velorio, y no tuve mucho contacto con mi padre en esos días. Sé que debió ser devastador para él, por la relación tan especial que llevaban, pero no hablamos más que algunos minutos. De los últimos días del abuelo sí estuve pendiente, casi a diario, por teléfono, y me perturbaba lo que oía en la voz de mi padre: no muy en el fondo había un niño que estaba a punto de perder a su papá, simplemente.
En una de las pláticas que tuvimos pensé, sin decirlo: "A uno siempre le hace falta su papá, tenga la edad que tenga. Uno no deja de ser niño cuando se trata de su papá." En eso incluía a los que no llegan a conocer a su padre, desde luego, pero mi pensamiento no era tan profundo; pensaba en mi padre viendo cómo el suyo moría de cáncer, y me preguntaba qué pasaría cuando me tocara pasar por lo mismo, como me tocó cuatro años más tarde.
Entre mi padre y el abuelo existía mucho cariño y pocos puntos de encuentro; el abuelo era mecánico automotriz y chofer, siempre quiso que mi padre fuera lo mismo y lo veía con un cierto aire compasivo por haber errado el camino. Mi padre lo quería a secas, y cuando se veían le servía de celestino con algunos tragos de whisky y algunos cigarros --que el abuelo tenía prohibidos, y la abuela se encargaba de que se cumpliera la orden del médico; el hígado le fallaba y tenía enfisema desde los cuarenta y tantos--, bromeaban de todo y, en general, permanecían juntos en silencio. Tampoco era que se vieran demasiado, como yo me veía poco con mi padre, pero hablaban por teléfono de tarde en tarde y a veces mi padre pasaba por El Salvador de algún viaje y se quedaba un par de días para visitar a la familia. En los días de la muerte del abuelo estuvo en El Salvador la mayor cantidad de tiempo desde que lo exiliaron en 1972: quizá un poco más de dos semanas.
Tuve la buena o mala suerte de llamar por teléfono justo en el momento en que el abuelo acababa de morir. La voz de mi padre era desolada y, sí, ratifiqué que uno puede tener la edad que tenga, pero su papá es su papá. Ese día, en México, tenía una tocada con mi banda de... uh... bueno, de lo que fuera, y toqué en honor del abuelo y de mi padre, y quizá nunca lo haya disfrutado tanto.
Hoy se acerca el aniversario de la muerte de mi padre (7 de agosto), y me doy cuenta con mucha sorpresa que han pasado nueve años, que es casi la quinta parte de mi vida que he pasado sin mi papá, y que lo extraño con el mismo desconcierto y casi la misma tristeza del primer aniversario. La vida ha seguido, pero en ese punto en particular hay algo que se estancado, bastante cosas sensibles que no dejan de sentirse frescas, demasiado frescas. Y, desde luego, uno siempre extraña a su papá, y quisiera que siguiera allí, aunque fuera del otro lado de la línea telefónica, aun sin verlo más que una o dos veces al año, con suerte. (Él tenía 65 años cuando murió. Yo estaba a diez días de cumplir los 41.)
Algo he avanzado: ya puedo ver sus fotos y sonreír, y recordar cosas que no sean el momento de su muerte. (El síndrome de estrés postraumático es perro.) Ya puedo soñar con él y despertar contento. Ya puedo hablar de él sin tratar de entender los porqués de tantas cosas; cuando murió quedó fijado en el tiempo, definitivo, y ya no hay defectos y aciertos: está él, nada más, y lo que nos dejó y como nos dejó.
Hay amigos y conocidos que lo mencionan como un gran hombre, que sin duda lo fue; como un intelectual de muchos alcances, que también; como un luchador social de los que ya no se hacen, y es cierto. Pero eso, para mí, es lo de menos. Él era mi papá, y lo extraño como un niño que espera en la ventana de su casa a que llegue, para platicar un rato.

1 de agosto de 2009

Agua de colores

Agua de colores, de Valeria.

Hoy Valeria me regaló un dibujo que tituló "Agua de colores", que entre raya y raya tiene cosas interesantes que no sólo pueden atribuirse a la compulsión de un niño con caja de lápices nueva. (Uno de los motivos es que los lápices no son tan nuevos, si he de decir algo en honor a la autora y a mi poca objetividad de padre.)
El dibujo me recordó cuando tenía yo su edad, o menos, y pasábamos de noche frente a la antigua embajada de Estados Unidos, en la 25 avenida norte. A un par de cuadras estaba la única rosticería de pollos de la época, y cada dos o tres o tres semanas mis padres me llevaban a comprar uno, lo que servía para tres cosas: fomentar un vicio que perdí --por sobredosis de pollos rostizados-- ya bien entrada la adolescencia, dar un breve paseo en carro todos juntos (mi hermana aún no habría nacido cuando empezó la costumbre, o estaría muy pequeña) y pasar frente a la Fuente Luminosa, que era como se le decía a la inmensa pila de agua con grandes chorros que la atravesaban y unos reflectores.
Mi padre me había dicho que el agua de la fuente era de colores, y yo no mucho le creía: según mis pocos y muy empíricos conocimientos (pero ¿la ciencia no es empírica?), plastilina mediante, cuando se juntan elementos de diferentes colores éstos tienden a volverse uno solo, gris deprimente en el caso de la plastilina, y otros más sorprendentes en el caso de los líquidos. (Sí, con la abuela Mina nos poníamos a hacer experimentos para ver qué pasaba si se mezclaban gaseosas de diferentes colores y, ugh, sabores.) Pero mi papá era mi papá, y había que creerle que el agua era de colores, que los reflectores eran blancos y que esa agua en particular no se mezclaba como las demás aguas.
Ah: porque había diferentes tipos de agua, y ésa era especial para la Fuente Luminosa. De reojo yo miraba la embajada de Estados Unidos y me imaginaba que sería algo que los gringos habrían traído y, en fin, que a lo mejor era cierto, pero...
Pero de día el agua de la fuente era transparente como cualquier agua, objetaba yo. Alguna vez hice que mi madre me llevara a verla y hasta a tocarla, y era tan agua como cualquier agua. "Es que sólo se hace de colores de noche", me dijo mi madre aguantando la risa --sí, lo noté--; ella tenía menos humor que mi padre o lo usaba para otro tipo de cosas. Lo que traté de ver esa vez fue si había vetas en el agua, con lo cual podría separarse por las noches y colorearse cada una por su lado gracias a los reflectores, que ya de cerca se veía que eran de colores, un detalle que mi madre no imaginó --o no le importó-- que notaría.
Y, desde luego, hubo otros a los que les pregunté si el agua era de colores o se coloreaba con los reflectores, o si tenía vetas que etcétera. Mis tíos Juan y Mauricio, el novio eterno de la abuela Mina (don Chepe Rodríguez, a.k.a. "Pico de Oro", por su talento como orador de plaza en las campañas electorales de Osorio y Lemus) ratificaron que el agua era de colores, pero sólo de noche, aunque no pudieron explicarme por qué. Lo de las vetas no lo entendieron, me da la impresión, y sería por mi falta de léxico, que apenas pasaría de la palabra "capitas".
En medio de una polémica de años, de repente dejó de funcionar la Fuente Luminosa y a alguien se le ocurrió empezar a construir la espantosa escultura que está allí desde entonces, de un color gris deprimente, como la plastilina cuando se juntan todos los colores de la cajita. Mi papá me dijo que no me preocupara, que después iban a poner otra vez el agua de colores, y yo con la misma: el agua no podía ser de colores. Igual dudaba: ¿y si sí? Pero ya era demasiado tiempo de llevarle la contraria como para echarme atrás, y la única solución intermedia que encontraba era la de las vetas, que tampoco me convencía demasiado: había metido las manos en el agua y era tan normal como cualquier otra.
Inauguraron la horrible escultura y, no, no volvió el agua de colores. La pila era la misma, los chorros eran los mismos por la noche, pero los reflectores eran de luz blanca. Le pregunté a mi papá por qué, y me habrá dicho algo como que salía muy caro mantener lal mismo tiempo la estatua y el agua --después de todo era economista-- y el paseo de cada dos o tres semanas se redujo a la compra de pollos rostizados y a una escultura bastante fea que nos había quitado un tema de conversación.
Por las épocas en que uno no sólo deja de creer en ciertas cosas, sino que sabe que son falsas, pasé por la antigua Fuente Luminosa y me acerqué como cuando mi madre me llevó a los cinco o seis años, y seguí buscando las vetas, sin dejar de ver con desprecio los reflectores blancos. No pude dejar de sonreírme y de pensar en pollos rostizados; para ese entonces ya había otras rosticerías en San Salvador, y cada una tenía su sabor especial.
Entrado en la adolescencia, en una de mis visitas a El Salvador de antes de 1975 (después no regresé sino hasta 1999), pasábamos por allí con el tío Mauricio y una novia suya, y él le comentó: "Rafa creía antes que el agua de la fuente era de colores", y desde luego se rieron. Yo me indigné: para ese entonces ya estaba seguro de que era de colores.
Y sigo estándolo.

12 de julio de 2009

11 de julio de 2009

Eunice otra vez

Pues sí, llegó ayer viernes de vacaciones (de verano mexicano y de invierno salvadoreño, quién entiende a los países). Trajo cigarros Delicados con filtro, de los que fumaba antes y algunas cosas más, como una jirafa gorda para Valeria y dulces de fresa con chile, sin contar una botellota de tequila y una de Kahlúa que durarán años, seguramente.
Etcétera, pues.

8 de julio de 2009

Casi un año

Hace más de un año --el 27 de junio de 2008, para ser exactos-- vi viva a mi madre por última vez. Sólo pude estar con ella quince minutos; no aguantó más, y quizá ahora quisiera que hubiesen sido quince o diez o tres minutos más para decirle algo, lo que fuera, que le diera otro carácter a nuestra despedida. Pero ¿qué?
Porque fue una despedida de sólo quince minutos, muy poco tiempo si uno piensa en ese periodo que seguiría y que, a falta de mejores palabras, llaman "para siempre".
Hablamos muy poco de muchas cosas. Los dos sabíamos que las posibilidades de vernos otra vez eran casi nulas, pero le dije que iría a verla a Costa Rica a finales de año o principios de éste. Creo que ambos pensamos demasiado en las palabras que debíamos decir para no hacer obvio lo obvio y, según el código familiar --tan inútilmente espartano a veces--, salimos bien librados. Hubiera preferido algo un poco más emocional, pero ¿cómo, a falta de costumbre? En quince minutos no se puede romper lo armado en casi medio siglo.
Lo último fue un abrazo muy cuidadoso (¡estaba tan pequeña y tan delgada y tan anciana a una edad en la que no debía ser para tanto...!), un beso que bien aparentó ser de compromiso y, eso sí, al final una mirada que no dejó lugar a dudas. Pero sólo una mirada, y fue muy rápida; lo que podía seguir de esa mirada era algo para lo que no estábamos preparados.
Un par de días después, cuando yo ya estaba en El Salvador, cayó en coma. Los médicos no le daban más de tres o cuatro días de vida; tuvo daño cerebral, porque tardaron en conectarla a los aparatos y qué sé yo. Ni mis hermanos ni yo estuvimos de acuerdo, pero una vez conectada ya no había modo de sacarla.
Hubo señales, me dijeron, de que a ratos reconocía a gente a su alrededor, o eso parecía. Y no duró tres o cuatro días, sino dos semanas; la señora era dura de roer, con todo y que ya no tenía mucho cuerpo del cual agarrarse. Murió el 12 de julio.
No pude estar en su entierro, y pedí que me mandaran fotos para cumplir al menos simbólicamente el ritual de sepultarla. Unas semanas después fui a su tumba y pude verla otra vez junto a mi padre. (Con él sí pude tener una despedida larga y minuciosa, que aún recuerdo con amor y que agradezco a quien haya que agradecer.) Traté de pensar --como lo intento hoy-- en otra despedida posible con mi madre, y no la encontré, como aún no la encuentro. Quizá ése fue el modo adecuado de decirle adiós. Quizá ninguno de los dos quería despedirse. Quizá a veces no haya que despedirse, excepto para decir "Nos vemos en enero o febrero, que todo vaya bien, prometo traer un buen disco y lo oímos juntos", y ya.
Y ya.
Qué rara se va poniendo la vida. Se llena de aniversarios y, como con ciertas despedidas, uno no sabe qué hacer con ellos. Colocarlos en el calendario no basta. Se vuelven algo orgánico. El cuerpo avisa: "¡Eh, allí viene otro aniversario! ¿Estás preparado?" Y uno nunca está preparado. Lo sé porque ya se acerca también el de mi padre (7 de agosto), y en los últimos nueve años --¡nueve años ya!-- no he podido escaparme de uno solo. Me pescan del lugar que menos espero, en el momento menos propicio --es decir en el momento exacto-- y duele. Tiene que doler. Y a eso, también, le llaman vida, o una de esas cosas de la vida.
Aún no son muchos mis muertos. No sé si en algún momento se conviertan en demasiados. Me imagino que, entre otros motivos, estoy aquí para averiguarlo.

7 de julio de 2009

Noticias de Silvana


Hola a todos!!
Quiero decirles que estoy muy bien y que el campamento es muy interesante, he aprendido muchas cosas nuevas y he hecho nuevos amigos. Jamás lo hubiera pensado pero soy la concertina de la orquesta e igual que allá es bastante presión.
Los extraño pero estoy bien, no se preocupen.
Los quiere:
Silvana.

20 de junio de 2009

Silvana a España


Silvana es hija de mi hermana Lorena, y si de algo no cabe duda es de que nació para la música, específicamente para el violín (aunque también estudió guitarra y algo le pega). Toca con la Orquesta Sinfónica Juvenil desde los 11 años, y a los recién cumplidos 17 ya hace suplencias en la Nacional. Es concertino de la OSJ, y El diario de hoy anuncia que se irá a España a un encuentro de músicos jóvenes y a recibir unos talleres sobre varios temas.
No es por presumir, pero la música es endémica en la familia, como ya he comentado por aquí. La hermana de Silvana, Andrea, es cellista, y también toca en la OSJ; Lorena tuvo un grupo musical en las épocas de la guerra, "Nueva América", y aún toca los fines de semana en asuntos comunales y parroquiales, en Mejicanos; mi hermana Ana canta y toca la guitarra, y Mauricio estudió guitarra clásica unos años; yo dediqué la mitad de mi vida a la música, que ejercí de manera profesional, y juego a ratos a componer cosas; mi hijo Eduardo es jazzista y guitarrista clásico, y mi hija Eunice estudia ópera. (Valeria anda ahora por toda la casa cantando con voz ronca. No sé si eso se pueda citar como requisito para entrar al club. pero tiene cinco años; le queda tiempo.) Mis primeras notas de guitarra me las enseñó mi mamá, y mi papá a tocar la armónica, por allá en mis ya lejanos 11 o 12 años.
Me da orgullo Silvana. Ha trabajado fuerte y con disciplina durante años, y se lo merece.

24 de abril de 2009

Casi cuarenta años en fotos

Diciembre de 1959.

Algún momento de 1961, en casa de la abuela Mina. Me peinaban con raya a la izquierda, qué horror.

Otro momento de 1961, con mi mamá, en el Parque Infantil. (De verdad era bonito ese parque...)

1988, en Insurgentes Centro 123. ¡Con las botas puestas, chingao! Y con una sudadera de Mickey Mouse, para no desentonar. ¡Y usaba reloj...!

En 1998, o sea diez años después. Aquí estoy jugando póker con mi hijo Eduardo y con mi padre, con nuestras reglamentarias tortas de jamón y/o salami, en mi departamento de José María Tornel 9, en San Miguel Chapultepec. No, nunca puse cortinas. (Mi padre me enseñó a jugar póker cuando tenía siete años. A los nueve les gané a él y al abuelo Alfonso con un par de cuatros, contra un full y una escalera, respectivamente, o sea que entendí de qué se trataba. A veces mi padre llegaba del trabajo, cuando yo tenía diez a doce años, me daba unas monedas y nos poníamos a jugar póker. Lo interesante era que, después, me dejaba todo lo que hubiéramos jugado, lo suyo y lo mío. El dinero se convertía en libros usados --de preferencia de Agatha Christie, en esa época-- o en historietas. No recuerdo si yo le enseñé a jugar a Eduardo; me da la impresión de que no, y que sólo lo "refiné" en un honorable arte que lleva varias generaciones en la familia, ejem. Esa camisa azul, por cierto, me duró como hasta 2001 o 2002, y para 1998 ya tenía sus días.)

Ese mismo 1998, en el restaurante Boca del Río, en la Ribera de San Cosme. Junto a mi padre está Yuli, la mamá de Eduardo. Me pregunto quién tomaría la foto; hay una chamarra en la silla que está en primer plano, y sería su dueño o dueña. (Esa otra camisa azul también me duró muchísimo tiempo, y se parece a tres que tengo por aquí. Soy bastante autista en materia de ropa. También tenía, para las épocas de frío, un montón de sudaderas grises, como la de dos fotos arriba, y dos de ellas siempre eran de Mickey Mouse. Dejé de usar sudaderas por lo mismo que dejé el pelo largo: el calor de Costa Rica y, luego, de El Salvador.)

27 de marzo de 2009

1986

¡Sí! ¡Somos Thierry Davo y yo en diciembre de 1986! Creo que estábamos en Guanajuato, quizá en San Miguel de Allende. El pretexto para reunirnos en México fue trabajar la traducción de Historia del traidor de Nunca Jamás. En ese entonces Thierry estaba haciendo su servicio militar en Costa Rica, en la sección cultural de la embajada de Francia. Y yo... Pos lo que hace uno cuando vive en un lugar y no hace el servicio militar, o sea guiones y artículos y cosas de ésas.
Veintidós años y cacho... Se va rápido el tiempo, pero siempre vale la pena. (Bueno, quizá no siempre.)
La foto la encontró Thierry en alguna de las decenas de cajones en las que guarda todo. "Todo" es... bueno... todo lo guardable. Todo, pues.

16 de marzo de 2009

Maneras de votar

Pues Valeria exigió votar al igual que su papá y su mamá, y no le bastó con que le pintáramos el dedo con plumón (tres veces, hasta que se durmió), sino que exigió su propia papeleta de voto. Krisma le enseñó cómo hacerla, y dijo: "Me gusta el rojo", así que marcó la bandera del FMLN con una X. Y después la de ARENA con una cruz. Y después se puso a hacer figuras geométricas para complementar los rectángulos.

Y, desde luego, pintó un gato en el reverso.
Ya irá aprendiendo: sólo tiene cuatro años y medio.

El que no aprende soy yo, y ya voy a cumplir 50.
Dijeron que no se podía tomar fotos del voto, pero no vi que hubiera impedimento legal, y además lo hice muy rápido. Eso sí, en la rapidez puse mi licencia al revés.
¡Y se rompió la maldición! ¡Por fin voté por alguien que ganó!

4 de marzo de 2009

Algunas fotos de febrero

1. Valeria sin diente.

Pues sí, a los cuatro años y medio de su edad, ya llegando a los cinco, se le cayó el primer diente a Valeria, ya viene el sustituto en camino y ya está flojo otro más. Todo lo rosa que tiene puesto o en las manos se lo trajo Krisma de Nicaragua, donde asistió el Festival Internacional de Poesía de Granada.

2. Gata literaria.

Los 187 trabajos del concurso Letras Nuevas, en la rama de narrativa, me los entregaron en una caja. A la izquierda están los trabajos sin revisar y a la derecha los ya revisados. La gata Sombra, desde luego, se puso encima de los ya revisados.
Sombra ya está cargada otra vez, y apenas regalamos a la gatita (una sola) que tuvo hace tres meses. Ya había hablado de los tres que tuvo antes, y antes de eso estaba en casa de la mamá de Krisma, así que no había tenido oportunidad de cargarse con los gatos locales.

3. Una hoja en el cojín.

Es un insecto, claro, de los que parecen hojas. Se puso en el cojín en el que yo estaba escribiendo, panza abajo, cuando me levanté a comer o tomar algo. Y allí se quedó. Y allí la dejé hasta que se le pegó la gana irse. Por mi parte usé el sofá para lo que sirve: para sentarse y, entre otras cosas, ponerse a escribir.

4. La esperanza es verde.

Y ésta era bien grandota. Una gran esperanza en la puerta de mi casa. (Para los extranjeros, a esta variedad particular de chapulines en El Salvador se les llama "esperanzas". Y también hay Vaios verdes, más o menos del mismo tono, lo que sería un profundo tema de reflexión.)

5. Celebración.

Y, claro, celebramos el premio de Letras Nuevas a Sandra Aguilar. Sí, yo fui jurado, y allí está la gata Sombra para atestiguarlo, pero Sandra ha trabajado poesía en La Casa, o sea que no tenía por qué saber que había escrito un cuento y que ese cuento sería el ganador. En la foto faltamos Krisma y yo.

Bueno, pues allí está Krisma.

27 de febrero de 2009

1966

En medio de un artículo que publicó Álvaro Darío Lara en el Suplemento 3000 del Diario Colatino (puede hallarse aquí en pdf), y en la sección Aula Abierta, pueden encontrarse unas fotos en las que aparece mi papá (no mi padre: mi papá; lo digo con gusto de niño) en una premiación a Matilde Elena López.

En la primera se ve a Claudia Lars, a mi papá, a Salarrué y a Matilde Elena López. Según el texto, el asunto ocurrió en 1966, cuando mi padre (ahora sí, con más respeto) era decano de la facultad de Economía (lo fue de 1963 a 1967). Tenía 31 años, o sea todo un bebé para esos cargos, pero así fue él: todo le pasó y lo hizo a una velocidad exorbitante; quizá por eso se quemó tan rápido.

Aquí aparece, a la derecha, mientras le dan el premio a la doctora López.
La pregunta obvia es: ¿qué hace un economista en un acto cultural? Y la respuesta es que mi padre se pasó toda su vida haciendo lo posible y lo imposible para que la cultura --en especial la literatura-- fueran parte fundamental de la vida universitaria. Cuando lo eligieron rector, en 1970, lo primero que hizo fue organizar un homenaje a Salarrué y Claudia Lars, junto con Ítalo López Vallecillos, con publicación de obras y doctorado honoris causa y todo el show. Salarrué, desde luego, no asistió, como ya he contado por aquí; esas cosas lo incomodaban y no les daba mucha importancia, así que la noche fue para Claudia Lars. (Desde entonces comenzó a llegar a casa. No permitía que le dijéramos "doña Claudia"; para nosotros era "doña Carmen".) También mandó a hacer un galerón de madera y allí montó una escuela de artes plásticas. Contrató para eso a Camilo Minero, Carlos Cañas y César Sermeño. Su sueño era crear una facultad de artes antes de terminar su periodo, que debía ser en 1975.
Estudié en la escuela durante el año y medio que duró, antes de la ocupación militar de 1972. Descubrí dos cosas:
1. Soy pésimo para eso de la dibujada.
2. Soy pésimo para eso de la dibujada.
O sea pésimo por partida doble. Pero me la pasaba bien, y qué más podía pedir un chavo nerd de 11 o 12 años de edad. Lo otro era quedarme encerrado en casa leyendo --como el resto de días-- o salir aún de madrugada con mi perro Chéster a buscar renacuajos y a ver cómo se iban desarrollando en la zona inhóspita donde ahora están las Tres Torres. (Un señor que vivía a una cuadra de casa, en una vivienda absolutamente rural que hacía esquina con el Boulevard de los Héroes, llevaba a una vaca y a su becerro a pastar al parque de la colonia Buenos Aires, que aún no era un parque; así estaban las cosas.) Y las matinés de sábados y domingos en el Viéytez y el Izalco. Y los fines de semana con mis tíos, con uno de ellos a bebederos de toda calaña (él tomaba, yo comía), con el otro a su finca entre Aguilares y Suchitoto. O los fines de semana largos en la playa, hasta el punto en que me decían "el Negro Menjívar". Y en realidad, ahora que lo veo, no me la pasé tan mal en la infancia, nomás que casi todo lo hacía solo o me alejaba de la gente; por eso mi madre, que detestaba los animales, decidió comprarme un perro.
Como sea, me dio gusto ver a mi papá en el periódico, aunque no estuvieran hablando de él. Uno siempre extraña a su papá. Ahora que extraño, lo que se dice extraño, es ver a mi papá de 31 años, verlo como papá y tener --yo-- 49 años de edad. Me pregunto si me hubiera llevado bien con él, yo con mis 49 y él con sus 31... Creo que sí, y quizá no hubiera evitado verlo como mi papá; la impronta es la impronta.
Ya estoy desvariando. Me pongo a trabajar.

14 de enero de 2009

París lineal

Me llegó una invitación para la inauguración, mañana, a las 7:30 de la noche, en la Alianza Francesa, de una exposición fotográfica de Alejandro Funes, el hijo asesinado del candidato presidencial del FMLN, Mauricio Funes.
Mi hijo Eduardo, cuando vivía en El Salvador, tenía un taller de jazz en la UCA, no recuerdo si los miércoles o jueves. A varias de las sesiones llegó Alejandro Funes, quien también tocaba la guitarra. Cuando le conté a Eduardo de la muerte de Alejandro Funes, lo lamentó bastante y se pasó todo un día como bastante meditabundo, y conversamos cosas personales interesantes que no vienen al caso aquí. El taller era en el auditorio principal de la UCA, que Paulino Espinosa les prestaban para eso. Al principio, Alejandro Funes llegaba y sólo se sentaba a ver y escuchar desde las butacas del público. Después Eduardo lo convenció de que se subiera también a tocar al escenario (seguro llevaba su guitarra), y terminó integrándose.
Cuando murió Alejandro Funes yo estaba en Lyon, y su padre llegó a Francia para el funeral el día en que yo presentaba Breve recuento de todas las cosas en una librería de París. No conozco a Funes en persona, pero hubo un intercambio de recados a través de un amigo común. Le mandé mi pésame, y él, según nuestro amigo, recordó que su hijo tocó con el mío. Era un dato que yo sabía, pero había olvidado, y fue triste recordarlo en esas circunstancias.
En fin, nomás quería poner una notita. Si las fotos son como la que aparece en la invitación, será una exposición digna de verse. Me gustará darme una vuelta a la inauguración. (Casi nunca voy a las inauguraciones, pero una vez cada dos o tres años no hace daño. Creo que habrá amigos a quienes saludar.)


* * *


Y hoy se presenta a las 6 de la tarde, en el MUPI, el libro 1932. Rebelión en la oscuridad, de Jeffrey Gould y Aldo Lauria Santiago. Lauria Santiago publicó en la DPI, hace algunos años, el libro El Salvador: Una república agraria, dentro de la Biblioteca de Historia Salvadoreña, un excelente esfuerzo que al parecer se encuentra un poco estancado. Ya se desestancará.
La publicación es del propio Museo de la Palabra y la Imagen, de esos esfuerzos que hace Santiago (a.k.a. Carlos Henríquez Consalvi) y que siempre le salen bien. Y, sí, voy a recordar que el MUPI es el que nos pone la pequeña exposición de cosas de y sobre Salarrué ("El legado de Salarrué") que tenemos en La Casa del Escritor. Gracias.
No sé si pueda ir a la presentación, por cosas de trabajo, pero seguro que me consigo el libro.

24 de diciembre de 2008

Algunos diciembres

Algunas de las fotos que mi hermana encontró entre las cosas de mi madre.

Diciembre de 1959, o sea que tendría cuatro meses de edad. La foto está dedicada a la abuela Carmen, pero obviamente mi madre no se la llegó a dar; se llevaban bastante mal por esas fechas (y por otras posteriores). O en una de ésas mi padre la recuperó cuando murió la abuela, aunque lo dudo; la tía Corina se quedó con sus cosas y no ha querido soltar fotos ni para escanearlas. Ni para que las vea, vaya.

Diciembre de 1960, el día 12, si uno es perspicaz y se guía por las pistas. Detestaba que me disfrazaran los 12 de diciembre, y parece que fue desde muuuy pequeño. También detestaba que me tomaran fotos, y hasta el momento no es de mis cosas favoritas.
(Ponerle bigotes a un niño de un año, por piedad...)

Diciembre de 1961. Hay otra en la que estoy parado frente al Santaclós. Mi expresión es exactamente la misma, pero tengo otro juguete en las manos. Seguro que sólo lo tuve para la foto.

Diciembre de 1983. He tratado desesperadamente de acordarme del nombre del cuate que aparece hasta la izquierda, pero nada. Sé que era secretario de redacción del periódico El día. De los demás, casi todos somos de la sección internacional de ese periódico, y yo --sí, el segundo de izquierda a derecha-- era el jefe desde agosto anterior, poco más o menos. Arriba, siguen Ángel Fosado, Alejandro Juárez (quien después trabajaría en comunicaciones para la Comisión de Derechos Humanos del DF, y después para la Comisión Nacional), Antonio Helguera (ahora un cartonista excepcional; en ese entonces ya era muy bueno, estaba recién estrenado en el periódico y tenía como 18 años), Víctor Juárez y Cuauhtémoc Morgado. Abajo, Claudia Serratos, que escribía algunos comentarios políticos, y Rubén Montedónico. Faltan un montón, porque éramos como 15: Edith Ferreira (la subjefa), Sandra Luz Hernández, María Eugenia Torres, que se hacían cargo de Centro y Sudamérica; Terpsícore Zacarías Capistrán, Gerardo Ochoa, Elizabeth Rangel (escribía 130 palabras por minuto en una máquina Olympia de las grandotas; impresionante), Carlos y Joel, que cortaban los cables... Después entrarían otros, como Arturo Salinas, Jorge Jufresa y qué sé yo.
Y, no, no me vestía así usualmente. Ese día tenía una cena en casa de la directora del diario, Socorro Díaz Palacios, junto con los demás jefes de sección, y ella misma me había mandado a regalar el jersey que traigo puesto. Cuando salí de su casa, a eso de las dos de la mañana, estaba a tres grados bajo cero y no llevaba otra cosa con qué taparme. Y tardé como una hora en conseguir taxi. Quizá fueron diez minutos, pero igual pareció que era una hora muy larga. (Los aros de los lentes todavía los tengo por allí.)

Principios de diciembre de 1986. Por esas fechas conocí a Thierry Davo. (Tengo la foto registrada como de 1987. Para entonces ya había nacido Eunice y vivíamos en otra parte, y no dormía en un colchón ni pegaba así las cosas en las paredes). El cuadro amarillo es una tinta de Miguel Antonio Bonilla, de las épocas en que empezaba a vender sus obras, cuando vivía en la Sierra Norte de Puebla. Ese cuadro --y otro-- está en casa de mi hija, si no me equivoco.
Ah: durante años (digamos de 1985 a 1998) usé sudaderas en otoño e invierno, y a veces en primavera y verano. Comodísimas para trabajar por las madrugadas. Casi todas eran grises, de diferentes tonos, y una azul claro que no duró mucho. Y tenía DOS de Mickey Mouse, que me duraron... híjole... hasta que ya fue imposible ocultar los desgarrones en los codos y las canas de Mickey. La que tengo en la foto la habré tirado por allí de 1994 o 1995.

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Otras cosas que compré en Costa Rica y se me olvidó poner ayer:
  • Tres libros de Borges: El Aleph, La memoria de Shakespeare y el primer tomo de su poesía en la Biblioteca Borges, donde vienen Fervor de Buenos Aires, Luna de enfrente y Cuaderno San Martín. Los de su poesía no son los que más me gustan, pero son los que pertenecen a esa cosa rara llamada "ultraísmo". En lo personal me quedo con el "creacionismo" de Huidobro, pero la adjetivación de Borges siempre será portentosa.
  • Uno que se llama Grandes amores de la mitología griega. Cada cosa que hacían los dioses...
  • Dos botes de tinta Quink para las plumas fuente, uno azul y uno negro.
  • Un tubo de pasta de dientes, porque se me olvidó llevar.

23 de diciembre de 2008

Visita rápida a Costa Rica



San José desde la puerta de mi hotel.

Ana y Mauricio, mis hermanos, dentro del hotel. Hoy no puse "San José desde mi ventana" porque desde esa ventana --la única del cuarto-- sólo se ve una pared. Eso sí, con patiecito y todo.

Diego, mi sobrino, hijo de Ana.

Sebastián Vaquerano, desde luego.

Y mis padres, que después de ocho años pasarán juntos una navidad.

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¿Que por qué el viaje a Costa Rica? Cosas de familia, pue. Entre otras, aquí tengo el acta de defunción de mi madre y algunas fotos que mi hermana encontró en sus álbumes. No ha buscado a fondo, pero seguro que aparecerán más. (Ya pondré algunas.)
Compras importantes:
  • Un montón de cuadernos alemanes como el que estoy usando ahora (antes había puesto que eran ingleses, y no: son alemanes) de diferentes tamaños, algunos con rayas, algunos no. Varios son para Krisma, hay uno especial para Eunice y otros son encargos.
  • ¡Una Parker 45, en versión de los años cincuenta! Le he puesto tinta azul. Se me antojó para ponerle tinta azul. Hay que domarla, porque ya ven cómo son las plumas fuente, pero se escribe rico con ella. La Sheaffer seguirá con tinta negra.
  • Un gato de madera para Krisma. Ya lo pondrá en su blog.
  • La poesía de Bukowsky.
  • They shoot horses, don't they?, de Horace McCoy.
  • Unos discos de reggae y calipso costarricense.
  • Toneladas de plumones de colores para Valeria, junto con algunos libros de colorear y un megalibro de cuentos. (En cada viaje le compro un megalibro de cuentos.)
  • Unos suéteres, una blusa (verde, claro) y una bufanda ligera para Krisma.
  • Una chamarra para mí. Me hice el valiente --en realidad se me olvidó-- y no llevé nada para el frío. De pronto se puso verdaderamente helado y mi hermana me llevó a un centro comercial, donde compré la chamarra, en la primera tienda de ropa que se me atravesó. Antes, para que rindiera la compra, nos echamos unos helados Haagen Dazs en la entrada del centro comercial.
  • Un montón de cigarros Lucky Strike y Camel en las tiendas libres.
  • La trilogía de The Lord of the Rings, en versión extendida.
  • Un paquete de etiquetas azules, de papel. (Si, son pinches etiquetas, como para identificar lo que hay dentro de fólders o cuadernos o lo que sea.)
  • Dos paquetes de café Britt.
  • Dulces de macadamia.
  • Una maleta para todo lo anterior. Llevaba una pequeñita sólo para la ropa.
Ya sé que a nadie le importa lo que he comprado, pero es 23 de diciembre, y es lo más interesante que se me ocurre escribir en este 23 de diciembre en particular.
Y, para hacer más frívolo el asunto, voy por unas palomitas de maíz con mantequilla extra. Con su permiso.

12 de diciembre de 2008

Dos fotos

Y de seguro en Jerusalén habrá una venta de falafel que se llame Panchimalco.

Una de Krisma y Vale en el Parque Balboa.