Mostrando entradas con la etiqueta Periodismo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Periodismo. Mostrar todas las entradas

19 de abril de 2009

Entrevista con Rodrigo Rey Rosa

Ésta entrevista con el escritor guatemalteco Rodrigo Rey Rosa sí se publicó en Vértice, en algún momento de 2000. O de 2001. O por allí; ya quedó demostrado, en los comentarios de la entrevista anterior, que para las fechas de mis publicaciones no tengo mucha memoria.


Algo que todavía está sobre el tapete para muchos críticos y escritores centroamericanos es la casi obligatoriedad de que la literatura sea “socialmente comprometida”.
Creo que en el pasado reciente era lógico y hasta conveniente “comprometerse socialmente”, sobre todo pensando en la supervivencia de los escritores de ficción. Tenía que ver en parte con el instinto de sobrevivencia, en parte con el interés o el parasitismo.
El otro día oí algo que se aplica a Centroamérica: todavía no se sabe lo que los escritores de la Guerra Civil hicieron por España, pero es seguro que España hizo mucho por esos escritores. En Centroamérica ocurrió algo parecido: hay escritores que no tendrían el sentido que tienen sin el conflicto político, y mucha literatura no puede sobrevivir sin él.

¿El compromiso social no da validez estética?
Yo diría que no. A algunos, no, aunque otros han hecho obra muy válida. Creo que sólo el contacto que tiene un escritor, cualquier artista, con su realidad hace inevitable que se “comprometa” estéticamente, que tome partido. Lo que pasa es que, generalmente, “comprometido” quiere decir “de izquierda”, y eso limita la perspectiva. Es una de las fatalidades de haber nacido en estos momentos en Centroamérica.

¿Podría haber escritores “comprometidos” de derecha?
Tendrían un compromiso de otra naturaleza, pero sin duda.

Y sería tan válida su literatura como la “comprometida” de izquierda.
Hay casos como el de Julian Graff, un escritor de derecha del que no se puede discutir la calidad literaria. O Borges. Yo diría que él no estaba “comprometido”, aunque sí sentía simpatía por Estados Unidos e Israel, digamos. Pero de Pinochet se burló cuando le dio la medalla; conociendo el humor de Borges, no tomaría sus declaraciones como favorables a Pinochet, sino como irónicas. Borges no era tonto.

Entonces te parece igualmente válido o inválido el hecho de ser de izquierda o derecha a la hora de escribir.
No. Creo que la izquierda es más lúcida históricamente. Pero Ferdinand Cèline, que era de extrema derecha, o Knut Hamsun, tenían sus agendas políticas, y no les impidió hacer buena literatura.

Hablabas de lo que a veces se llama “literatura con adjetivos”: testimonial, comprometida...
Y femenina, sí. Creo que es el resultado de un afán de clasificación académico o comercial, pero sin duda extraliterario.

¿Y el testimonio como literatura?
El arte es testimonial, da testimonio de la vida del hombre. Sólo en ese nivel creo en el testimonio como literatura.

¿Qué pensarías de la literatura directamente testimonial?
Digamos que la Biblia es un texto directamente testimonial.
La narrativa da para eso. Pero toda la literatura habla del punto de vista del que narra. Hablar de lo testimonial es generalmente hablar de una tragedia reciente, contada por una víctima a un investigador. Yo diría que todo el arte es un testimonio, pero no un testimonio político, no el testimonio de víctimas de un sector o de un estado.

Hay quien te clasifica dentro de lo testimonial.
¿A mí? ¡No!
La literatura para mí es más bien un trabajo de autocrítica, digamos que es lo contrario de lo testimonial.
El testimonio habla de una víctima que se cree víctima, que se considera violentada por un poder. Para mí la literatura es un asunto de autocrítica y de autocensura.

No te consideras entonces un “escritor víctima”.
No. Creo que casi todos los escritores de testimonio de Centroamérica son víctimas. Narran experiencias de las que han sido víctimas, o hablan de otras víctimas.

¿Considerarías una obra literaria, en términos estéticos, el libro de Elizabeth Burgos sobre Rigoberta Menchú?
Yo creo que sí. Es una obra oral, transcrita a un libro, de una manera que quiere ser estéticamente válida. Está bastante cuidado. Sí, tiene las características de una narración literaria. No con grandes pretensiones literarias, pero no lo consideraría lejano al ámbito de la literatura, aunque esté presentado como la transcripción de una narración oral.
Allí el trabajo literario sería de Burgos, diría yo. Desde luego que Menchú es la narradora, pero no lo escribió ella ni pretende haberlo escrito.

Thierry Davo, un académico francés que estudiando la literatura salvadoreña y centroamericana de gente de alrededor de cuarenta años, habla de una “generación impasible”, de una generación que no es generación (escritores dispersos y con poca conexión). Dice que la literatura centroamericana, que antes tenía que ver con los grandes movimientos sociales, se está lanzando a lo individual, a la cosa íntima, más enfocada a la vida misma. Es una obra con mucha violencia, los personajes y los mismos escritores son impasibles ante la muerte, la mutilación y el dolor. ¿Qué piensas al respecto?
Me parece que ese paso hacia una literatura individualista es un progreso. No que sea peor o mejor, sino una reacción, después de haber producido tanta literatura social. Es una evolución natural que se llegue a individualizar. Para la novela es una circunstancia afortunada.

¿Hubo un desencanto hacia los movimientos sociales?
Un cansancio, de seguro. La mayor parte de la producción de literatura centroamericana de los últimos veinte años es de corte “social”, con una preocupación por la lucha de clases, desde el punto de vista marxista. Una resaca de eso, ¿a dónde más puede llevar? No a una literatura intimista, sino individualista. Ya no hay movimientos sociales que justifiquen otro enfoque.

¿Y tu producción en particular?
Más bien he llevado un movimiento contrario. Nunca estuve asociado a ningún grupo revolucionario, y mi obra de juventud es casi autista, más bien onírica, y ha ido moviéndose hacia una visión más social. De escribir sueños he pasado a escribir “entrevistas”. Hay cuentos míos que tienen forma de entrevistas con personajes ficticios. “El cojo bueno” ya se lee como la denuncia de una lacra social. Yo no lo veo así, pero es un tema con el que se puede identificar más gente, que habla de una realidad “objetiva”, así entre comillas.
En la literatura centroamericana existe un progreso. No en el sentido de avance, sino de movimiento, de evolución.

Hablabas en una plática de que tu amistad con Paul Bowles te había obligado a dejar de dudar y a estar seguro de lo que hacías. ¿A qué te referías?
A los veinte años ya no podía cuestionarme si quería escribir o no, publicar o no. Para mí partió el terreno muy claramente y me dio un empujón. Había días que pensaba: “Qué jodida la que me dio este viejo. Me hizo creerme que era escritor.” Pero a medida que iba pasando el tiempo me di cuenta del gran favor que me había hecho.

Los que se quedaron en nuestros países durante las guerras están abstraídos en las literaturas nacionales. Los escritores que han salido están más bien en una frecuencia más universal, que aquí no se acepta fácilmente.
Lo mismo pasa en Guatemala, y en todo el mundo. En Francia hay un tipo de literatura que todavía es costumbrista, una especie de nacionalismo literario bastante ridículo.

¿Ridículo?
No abre vías. Me parece ridículo porque la literatura es la comunicación a través de las fronteras. Y si no está hecha con ironía y contra el nacionalismo, me parece estéticamente condenada al fracaso. Con “ironía” quiero decir “humor”, y eso ya significa una autocrítica, que el nacionalismo no tiene. Un ejemplo: la literatura costumbrista guatemalteca de hoy es ilegible, y es inmejorable por lo mala.

Dices que te ha leído más gente en El Salvador que en Guatemala.
Lo veo por el tipo de preguntas que me hace el público, los periodistas. Como que por lo menos han leído algo. En Guatemala he tenido esa experiencia una o dos veces. Todavía llegan a preguntarme cosas como “¿Cuándo comenzó a escribir?” No he hecho una encuesta; tengo la sensación de que aquí en El Salvador se lee más, y que me han leído más.

¿Cómo se te considera literariamente en Guatemala?
El otro día me contaron que Méndez Díaz, en una conferencia, dijo que lo que hago no es guatemalteco; aprendí a escribir en talleres en Estados Unidos, y por eso no soy escritor guatemalteco. La verdad es que no me importa, pero creo que es más o menos la percepción. No sé qué seré. Escritor marroquí, tal vez. No tengo más que la circunstancia de escribir sobre Guatemala, de escribir en Guatemala y de haber crecido en Guatemala. No tengo afinidad con ningún escritor guatemalteco, excepto con Alfredo Valdés Molina, que nadie lee, pero no tiene el sello maya y no es devoto de Asturias.

Eres uno de los escritores guatemaltecos que han logrado más relevancia internacional. ¿No será por eso que tratan de minimizarte?
No sé, la verdad. No creo que sea tan envidiable haber publicado afuera como para que te destruyan así.

“El cojo bueno” apareció en Alfaguara, y ahora en la Dirección de Publicaciones e Impresos. ¿Qué implica publicar en una editorial o en otra?
Publicar en España tiene la gran ventaja de que realmente te pagan, pero me da gusto publicar aquí. Siento que amplío las posibilidades de lectores, y me da mucho gusto pensar que aquí me leen, por la cercanía. Tengo la impresión que aquí se leen mis cosas más por lo que son; en España no sé ni cómo se me lee, la verdad.

¿Cuál sería el libro ideal que quisieras escribir alguna vez?
Creo que ya lo escribió Bioy Casares.

18 de abril de 2009

La duda es medicinal: Rivera Letelier

A finales de 2001, quizá a principios de 2002, vino a El Salvador el novelista chileno Hernán Rivera Letelier, traído por Planeta y la embajada de Chile. En ese entonces era yo coordinador de letras de Concultura y me encargué de la organización de un par de eventos, una conferencia de prensa y qué sé yo. Le hice también una entrevista a Rivera Letelier y se la pasé a la gente de Vértice, pero no se publicó; el editor era nuevo, tenía otras prioridades y vaya a saber. La pongo por aquí con todo y presentación, porque dice cosas bien interesantes. Hay algunos textos suyos en este link.


Nacido en 1950, Hernán Rivera Letelier publicó en 1994 la novela La Reina Isabel cantaba rancheras. Un año después era uno de los escritores chilenos más reconocidos y vendidos en el exterior, y comenzaba una serie de publicaciones en francés, italiano, turco, griego, alemán y portugués. Hasta ahora ha publicado otras cuatro novelas: Himno del ángel parado en una pata, Fatamorgana de amor con banda de música, Los trenes se van al purgatorio y Santa María de las flores negras, con igual éxito que la primera.
Hasta que lo tocó la notoriedad, Rivera Letelier trabajaba como minero del salitre en el desierto de Atacama, en el norte de Chile, quizá el más árido del mundo. La prensa ha puesto énfasis en este hecho: el minero que de pronto se convierte en escritor y salta a la fama con su primer libro. Pero basta con leer algunas de sus páginas para darse cuenta de que su obra sólo puede ser la de alguien que durante años se ha dedicado a las letras, como en efecto ha ocurrido, y que ser minero es incidental ante una vocación avasalladora.
Hace unas semanas estuvo en El Salvador, con el patrocinio de la Embajada de Chile y CONCULTURA, y todas las preguntas de la prensa y de los que conocían sus libros giraron alrededor de lo mismo: cómo un minero pudo escribir novelas tan buenas e intensas, si la Biblia fue el único libro que había en la casa de su niñez; cuáles eran las fuentes de su inspiración, cómo se inició en el oficio de la escritura, etcétera.
A la hora de hacer la presente entrevista, Rivera Letelier se veía cansado, y mucho de su cansancio quizá se debiera al hecho de contestar las mismas preguntas, más o menos en las mismas palabras. El tema de la plática entonces era obvio: ¿qué piensa un entrevistado tan asiduo acerca de sus entrevistadores?

La notoriedad trae la carga de los periodistas. Imagino que hay preguntas que te hacen constantemente, y que no te gusta contestar.
La pregunta que más hacen es: “¿En qué se inspira para escribir?” Es horrenda. La otra es: “¿Cómo empezó a escribir?” Claro, al principio vale, pero cuando ya has contado cómo comenzaste a escribir en todos los diarios de tu país y de otros países, y llevas ocho años contestándolo, dan ganas de mandar a la mierda a los periodistas que se sientan delante de ti y te sueltan: “Cuénteme, ¿cómo empezó a escribir?” No es que me dé bronca; es que ya la he contestado millones de veces.

Se habla con extrañeza de que un minero del salitre se haya puesto a escribir y tuviera éxito. Más bien se percibe a un escritor que se preparó para escribir durante años, y que se ganaba la vida como minero del salitre.
Ésa es una continuación de la pregunta anterior. La gente dice: “El minero que escribe”, y no ve que se trata de un escritor que fue minero.
Escribo desde 1972; la gente recién comenzó a conocerme en 1995. Ese tiempo fue de trabajo, de adquirir el oficio, de aprender. Siempre fue escribir sin pensar en publicar y convertirme en esto que llaman “un escritor consagrado”. Escribes porque eso es lo tuyo.

Un dato “curioso” que se menciona en tus entrevistas es que el único libro que había en tu casa durante tu niñez era la Biblia, pero se cita como una carencia, no como una ventaja o como una influencia literaria.
Es mi gran influencia. Los críticos aún no la notan. Es una de esas influencias que realmente abren, la influencia que forma la base para lo que uno escribe. Es un poco la teoría del iceberg de Hemingway: la obra es la punta del iceberg, lo que el público puede observar, pero para que exista debe haber una masa enorme debajo del agua, que la sostenga.
Esa masa enorme es lo que no aparece en la obra, y está impregnada de la mejor influencia. Creo que la Biblia está allí. Sin haber leído la Biblia no hubiera podido transformarme en escritor. No leí la Biblia en forma religiosa o dogmática; la leí como el más grande libro de aventuras, de cuentos, de alegorías, de leyendas, de poesía incluso. Por eso me sirvió tanto para la literatura, aunque no para creer en Dios.

Da la impresión de que en tu caso existen dos escritores: uno, el que escribe obras llenas de amor y sordidez; otro, una imagen un tanto simplista de ese escritor.
Hay una imagen armada por las entrevistas, en la que el periodista no se concentra en la obra sino que necesita al escritor como personaje, lo exótico que resulta que un minero del salitre se haya convertido en best-seller. El noventa por ciento de los que me entrevistan le dedican un noventa por ciento de atención al personaje y un diez por ciento a la obra.
Al principio me molestaba más de lo que me molesta hoy, pero llegué a una conclusión: creo en mi obra, porque trabajo mucho, soy muy autocrítico, muy exigente. No me conformo con la primera o segunda o cuarta versión de un capítulo o de un párrafo o de la novela entera. Si es necesario la puedo revisar setenta veces siete, como dice la Biblia.
Lo que el artista quiere es que su obra llegue al mayor público posible, y para eso tengo que justificar la imagen que me han forjado los periodistas, y lo hago. Sé que el lector que llegue a mis libros por lo exótico del personaje no se va a decepcionar, y allí se va a enterar de que los periodistas están fuera de foco. Para llegar a la obra, el personaje escritor funciona. Para algunos escritores, no para todos.

La notoriedad también trae un ritmo de actividades extenuante: viajes, presentaciones, etcétera. ¿Qué relación tiene con la literatura en sí?
Con la literatura en sí, ninguna. Pero con lo que te acabo de decir, del escritor que quiere llegar a más lectores, todo, y hay que hacer este sacrificio inmenso que son estos viajes para promocionar la obra. Claro, se puede decir que lo haces exclusivamente por ventas, y no tienen que creer que uno es sincero cuando dice: “Sí, me importa vender más, pero lo que me importa es que me lean más.” Y a mí lo que me importa es que me lean más, por eso acepto estos viajes en los que se puede llegar a la extenuación. Es sembrar para cosechar más lectores.

¿Por qué es un sacrificio inmenso?
Lo es para algunos escritores, los que estamos convencidos de que lo nuestro es escribir. Sólo eso: escribir.
Vivo en Antofagasta, a mil kilómetros de la capital de Chile. A mi editorial, Planeta, le interesaría mucho que estuviera en Santiago, porque le sale muy caro que cada vez que tengo que ir a Santiago deba pagarme avión, hotel, viáticos. En Antofagasta ni siquiera hago vida social, porque lo mío es escribir. Mis colegas me dicen: “Mira de lo que te pierdes por no estar en Santiago, los grandes conciertos, las grandes exposiciones, Van Gogh, Picasso.” Y yo les digo: “Bueno, mirémoslo por el que para mí es el lado positivo. Mientras tú estás viendo una exposición, yo estoy escribiendo. Mientras tú estás escuchando un gran concierto, yo estoy borrando. Mientras tú estás en un recital de poesía, yo estoy reescribiendo. Y cuando tú estás sentándote a escribir, yo ya me gané el premio.”

Una idea frecuente, incluso entre escritores profesionales, es que la inspiración y el talento son suficientes, y que la técnica puede llegar a matar la obra.
Se me acaba de ocurrir algo, y creo que allí está el meollo. Si a alguien la técnica o el oficio le mata el talento, es porque no tenía mucho talento. Si tienes talento para escribir, ese mismo talento te va a salvar de que la técnica te trague, de que crezca sobre ti como planta carnívora. Si tienes talento, sabes que la técnica te sirve, pero también hasta dónde te sirve. Si la naturaleza, Dios o lo que sea te dio sensibilidad artística, no te sirve absolutamente de nada sin el aporte de la técnica, sin haber aprendido el oficio. Pero tampoco debieras entregarlo todo a la técnica, y eso un escritor de talento lo sabe.
Se me ocurre ahora también que el talento, al final, es esa intuición que te hace ser escritor. Eres escritor porque tienes una intuición especial, y es la que te hace ver que la técnica y el oficio son importantes, y también te ayuda a mantenerlos con la rienda bien firme, para que no se te desboquen.
Es similar a lo que ocurre con los escritores que dicen que hay que escribir como se habla; eso es una barbaridad. Si yo tratara de hablar como escribo me oiría ridículo; si escribiera como hablo, mi escritura sería muy pobre.
En el idioma español, al hablar, usamos entre mil quinientas y dos mil palabras, y hay personas que no usan más de quinientas. El idioma español tiene cerca de ochenta mil palabras, imagínate. Si utilizáramos entre quinientas y dos mil palabras para escribir, nuestra escritura sería muy pobre; habría setenta y ocho mil palabras sin usar. Para decir una cosa con esta pobreza de palabras daríamos vueltas como perro persiguiendo su cola, apenas para graficar lo que queremos decir, sin ver que entre las setenta y ocho mil que no usamos hay una que dice exactamente lo que estamos pensando. Es ridículo que algunos escritores abominen de los diccionarios. Los miran por debajo del ala y dicen que es un cementerio de palabras.
Convengamos en que es un cementerio de palabras. Allí está ese ser mágico que puede darle el “Levántate y anda” a esas palabras. Un escritor que rechaza el diccionario es como un carpintero que sólo tiene un martillo, un serrucho y un par de clavos para hacer un mueble, y que rechaza una caja de herramientas que le servirá para que su mueble le quede mucho mejor.
En lo que hay que tener cuidado, y aquí es donde entra el talento, es en que hay que saber utilizar esa herramienta, porque es un arma de doble filo. Mientras más herramientas tengas, si no las sabes utilizar, más fácil es que se vuelvan en tu contra. Y para saber utilizar esas herramientas hay que estudiar mucho.
Volvemos a lo mismo: la técnica y el oficio se hacen a base de trabajo, nada más. Siempre les digo a los estudiantes, cuando me invitan a las universidades y a los colegios, que primero está el trabajo y después, tal vez, el éxito, y que en la única parte en que “éxito” viene antes de “trabajo” es en el diccionario. En la vida no.

También está la urgencia por publicar.
Es un pecado grave, del que después se arrepienten muchos. Pero están los que sienten urgencia por publicar por ingenuidad y están los otros, los mercaderes de esta cosa del arte. Quieren publicar rápido para vender, para hacerse conocidos como poetas, para que su vecina lo conozca como poeta, para que su amiguita lo conozca como escritor.

Lo de la vecina hasta sería una causa noble...
Bueno, sí. Si se consigue a la vecina está bien, pero va llegar hasta allí, que no aspire a más.
A mi casa llega mucha gente a mostrarme sus poemas, sus cuentos, sus novelas incluso, y les pregunto: “¿Usted quiere escribir o ser escritor?” Parece lo mismo, pero no lo es. El noventa por ciento, lamentablemente, quiere ser escritor. Están encandilados con esa cosa de la fama. Ven a los escritores viajando, qué sé yo, aparecer en la tele, dar entrevistas... Los que toman la literatura como un medio difícilmente van a llegar. En cambio los otros, los que quieren escribir, para los que la literatura es un fin, algún día llegarán. Y si no llegan tampoco les importa mucho: escriben y punto, y lo que les interesa es eso. Escribir ya es un privilegio.

¿Cuál es la pregunta que te hubiera gustado que te hiciera un periodista, y que no te ha hecho?
¿Qué opina de la duda? Me hubiera gustado que me la hicieran, porque pienso mucho en la duda. Dudo mucho. Creo en la duda, y dudo de las cosas en las que creo. Nadie tiene a Dios agarrado por las barbas, y abomino de los que creen tener la verdad en las manos. La duda es medicinal.

6 de febrero de 2009

Grandeza y miseria de una guerrilla

Informe de una matanza. Grandeza y miseria de una guerrilla es un libro que debe leerse para saber un poco más quiénes somos, qué queda de nosotros después de una guerra que cada vez se ve más lejana e irreal, aunque las cicatrices que dejó sigan sangrando.
Es un libro armado a partir de reportajes y crónicas publicadas en la revista electrónica Centroamérica 21, y su elaboración estuvo a cargo de Geovani Galeas y Berne Ayalá. Se anuncia como el primer volumen de la Colección Partes de Guerra. No queda claro si habrá una segunda parte de este mismo trabajo o si es una serie en la que se tratarán asuntos análogos. El tema del libro parece estar cerrado, por lo que se esperaría lo segundo, y en el propio texto se dice en varias ocasiones que hay episodios ligados a los que se narran, ocurridos en otros lugares, en los que habrá que profundizar.
El libro trata de la matanza sistemática y constante de militantes y colaboradores que ocurrió en el Frente Paracentral de las Fuerzas Populares de Liberación "Farabundo Martí", bajo la acusación de ser infiltrados del enemigo, es decir el ejército, la inteligencia del estado, la CIA, etcétera.
Los asesinatos en el Frente Paracentral siempre fueron un secreto a gritos, pero por algún motivo muy pocos hablaron de él a lo largo de los años. Hubo alusiones aquí y allá por parte de comandantes guerrilleros, como Juan Ramón Medrano (Balta), del ERP, y Francisco Jovel (Roberto Roca), del PRTC, y hace cerca de un año la revista digital El faro publicó testimonios de gente de la zona y de la época, y fue quizá la primera vez que se habló abierta y extensamente del "carnicero de la Paracentral".
Lo de Galeas y Ayalá va mucho más lejos. Durante varias semanas realizaron viajes a diferentes lugares de San Vicente y entrevistaron a viejos militantes y parientes de las víctimas, y el resultado es espeluznante: habla de cientos --quizá hasta un millar-- de militantes y colaboradores de las FPL que fueron asesinados, en medio o después de torturas salvajes, en medio de una "campaña de contrainteligencia" para contrarrestar una supuesta infiltración enemiga. Las escenas que narran los testigos --combatientes probados, algunos de ellos fundadores del Frente Paracentral y de organizaciones afines a las FPL-- recuerdan escenas que Coppola no filmó en Apocalypse Now, y a veces no muy diferentes a las que en esos mismos momentos debían estar ocurriendo en las cárceles clandestinas de la Policía Nacional, la Guardia Nacional y la Policía de Hacienda.
Según los testimonios, si alguien, por algún motivo, se salía un poco de las estrictas reglas fijadas por Sibrián --más duras aun que las duras normas bajo las que se movían las FPL--, si decía la palabra equivocada, si le fallaba el fusil en pleno combate, si no mostraba "la suficiente compenetración" con la lucha, si vacilaba, podía terminar apaleado hasta morir, colgado de un árbol; "no se gasta balas en traidores".
Según lo que cuentan los autores, sin embargo, había un "sistema" para interrogar a los acusados de infiltración: se les fracturaba las piernas, luego los brazos, luego otras partes del cuerpo. La lógica era la misma de la Inquisición: no se puede estar seguro de que alguien dice la verdad por voluntad propia, aunque la diga; hay que salir de dudas a través de la tortura. Luego se les ejecutaba (en la Inquisición y en el Paracentral), a unos porque confesaban y a otros porque mentían.
Suena grotesco, y lo es. Suena imposible pero, según la lógica de la época, y según los materiales en los que se basa el libro, es bastante probable que fuera de un modo bastante parecido al que se describe, en una reiteración que resulta angustiante.
Y así decenas de personas, en decenas de campamentos. Y más: hubo acusados de infiltración que pudieron salir del Paracentral y fueron ejecutados en otros frentes y en Nicaragua. (También hay denuncias de que organizaciones guatemaltecas, en concreto el Ejército Guerrillero de los Pobres, realizaron matanzas similares, y que varios de sus militantes fueron asesinados en Nicaragua, con la aquiescencia de las autoridades sandinistas de los ochenta, varias de las cuales están de nuevo en el poder. En este caso, a veces se ejecutó a personas que sólo preguntaban por el paradero de sus parientes asesinados, sin saber que se los había asesinado.)
La conclusión del libro es obvia: una "pequeña industria" de muerte como ésa no pudo ocurrir sin el conocimiento de los máximos dirigentes de las FPL, en particular su primer comandante, Salvador Sánchez Cerén, actual candidato a la vicepresidencia del país por el FMLN. Según se anota en el libro, era él --junto con la Comisión Política-- quien daba el visto bueno a las ejecuciones, y Sibrián era apenas un tornillo de una maquinaria que se había vuelto paranoica. Los testimonios señalan que, poco antes de su ejecución, Sibrián estaba convencido de que había hecho lo correcto, y que sólo cumplió órdenes de la Comisión Política. No le pareció que debiera ser ejecutado, pero recibió el fusilamiento con la disciplina extrema con la que había ordenado lo que ordenó.
En plan de buscar carencias --algo fácil desde detrás de una computadora, como es mi caso--, quizá Galeas y Ayalá se pasan mucho del libro tratando de convencer de que lo que dicen es cierto, y pierden un poco la oportunidad de profundizar en el tema o de especular un poco más a partir de los datos existentes, que son muchos. Pero es bastante lógico: es la primera vez que se hace algo así, con esa crudeza y, sobre todo, por encima de la idealización que muchos han hecho de la guerrilla después de los Acuerdos de Paz, en especial los que no fueron militantes y no conocieron la zonas más sombrías de la lucha.
Uno de los aciertos del libro es poner nombre y apellidos a los responsables más altos de las matanzas de Mayo Sibrián, concretamente el de su primer comandante. Esto es: las matanzas en el Frente Paracentral de las FPL --y el propio Sánchez Cerén ha llegado a reconocerlo-- fueron parte de una política institucional, no la boutade de un comandante psicópata, como en Apocalypse Now. Pero se quedaron cortos en el cuestionamiento: además de tomar nota de lo que ocurría y hacer algunas denuncias internas y proteger a algunos combatientes, ¿qué hicieron las demás organizaciones del FMLN para evitar la masacre? Y, ante todo, ¿por qué? En cualquier lugar eso las convierte en cómplices de crímenes de lesa humanidad, porque de eso se trata: en el Frente Paracentral de cometieron crímenes de lesa humanidad, como se cometieron a través de los escuadrones de la muerte institucionales. Que los crímenes del Paracentral fueran menos que los de los escuadrones no les quita su carácter; los derechos humanos son absolutos, no dependen de parámetros externos.
Desde que apareció, el libro y sus autores han recibido ataques por parte de gente afín a la izquierda institucional. Lo curioso es que no los acusan de mentir, sino de haberlo publicado en plena campaña electoral. Y, sí, en algún momento hay que publicar las cosas, y ellos escogieron éste; en otro momento se estaría atacando al vicepresidente de la república, o al ex candidato vencido (el árbol caído del que todos hacen leña. etc.), pero siempre podría hallarse un motivo para que no apareciera. Y sin embargo siempre es un buen momento para que un libro así vea la luz, se lea, se comente, se medite, se sufra.

5 de febrero de 2009

Mi columna en CA21

Desde hace varias semanas --¡desde el año pasado!-- no he publicado mi columna en Centroamérica 21. No ha sido por falta de ganas ni de temas, que de ésos siempre hay, sino de hartazgo con respecto a la campaña electoral y el modo en que se mueven los ánimos. No he sufrido censura, nadie ha tratado de darme línea con respecto a qué escribir e incluso Geovani Galeas --con quien rara vez hemos compartido opiniones-- ha insistido en que continúe. He preferido leer Centroamérica 21 "desde fuera", por ahora, lo mismo que los demás periódicos digitales y analógicos. Creo que no es el momento para decir cosas fuera de este blog, donde tengo mucha mayor comodidad en lo que digo y en el modo de decirlo.
Va una pequeña explicación.
En general, muchos columnistas escriben con la esperanza o la convicción de que en algo puedan influir en el rumbo de las cosas. Me parece un buen estímulo creerlo, aunque sé que es ingenuo. Uno no cambia nada; a lo sumo dará su punto de vista, alguien estará de acuerdo, alguien no, y a la mayoría le vendrá flojo. Lo que uno diga, si acaso, servirá de rápido punto de conversación en alguna sobremesa, eventualmente le dará una nueva idea a alguien y listo, misión cumplida, valió la pena pasarse unas horas escribiendo una nota.
Lo que más me gusta de escribir en periódicos y revistas es la discusión, tácita o explícita, que puede armarse entre columnistas y, quizá, con algunos lectores. (Estoy descartando las puteadas de trolls y anexos. Eso es nomás ser malcriado.) Ver desde aquí, desde mi computadora, y quizá platicarlo con amigos, lo que fulano o zutano dicen con respecto a un tema es agradable, a veces apasionante, y mejor si se puede complementar con algunas entrevistas y programas que pasan por la tele. Desde mi perspectiva, no hay más que eso.
Y viene el asunto central: ¿por qué a alguien lo nombran o lo reconocen o lo que sea como columnista? No tengo la menor idea, si he de ser franco. Mis primeras columnas comencé a escribirlas a eso de los 19 o 20 años, bajo pseudónimo y sin decir que ése era yo, en la sección internacional del periódico El día, de México, y era divertido. Varios compañeros me comentaban lo que había dicho Julio Castel y a veces estaban de acuerdo, a veces no, y yo casi siempre adoptaba el punto de vista contrario, en el plan del adolescente o casi adolescente que aún era. Llegué a tener una discusión, por escrito, con el compañero que se sentaba en el escritorio de atrás a la derecha, el boliviano René Bascopé Aspiazu, y cuando se enteró de que era yo nos fuimos a comer unas hamburguesas para festejar. (Casi siempre nos íbamos a comer hamburguesas, pero esa vez fue para festejar.)
Entiendo, pues, lo de escribir columnas --políticas en este caso-- como una discusión acerca de hechos, perspectivas, matices, posiciones diferentes, etcétera, aunque no haya una alusión directa a lo que diga otro columnista. Si hay un lector de todas o varias de esas columnas, algo se llevará de positivo con el contraste.
Pero en las últimas semanas los columnistas a los que podría tomar como referencia han enloquecido, o poco menos. Ya está dejando de importar el análisis crítico de los hechos, el intento de lectura del momento, la hipótesis que mañana o la semana que viene será desmentida por otra hipótesis más sólida, o porque se ha movido --o desgajado-- la coyuntura. Con las presidenciales a un par de cuadras de distancia, el análisis periodístico se ha convertido en un pretexto para convencer a quien sea que lea la columna de que vote por cierto candidato. Los periodistas están dejando de ser periodistas y se están volviendo simples promotores de votos, a veces con argumentos tan elaborados --y jalados de los pelos-- que dan pena. Y más de uno tendrá argumentos para contradecir este argumento, pero es problema de ellos: el diálogo tácito se ha convertido en monólogos a gritos, cada quien vendiendo su producto con argumentos que a un vendedor le darían vergüenza.
Y así no juego.
Me queda la opción de escribir acerca de literatura, que es lo que hago la mitad de las veces. Pero en medio de ese mercado con bocinas a todo volumen, ¿a quién rayos le interesa leer de literatura? Y no falta quien vea en eso un "escape" con respecto a temas que yo "debería" tratar, algo banal en momentos en que el país está al borde de un cambio histórico o lo que demonios quieran. Y no. Escribir sobre temas políticos es uno de mis oficios; la literatura --escribir literatura o acerca de ella-- es otro, y los dos me los tomo en serio.
No he dejado de escribir o de pensar "en eso"; simplemente me parece que no es el momento de publicar en un medio de prensa. Para eso tengo mi blog, mi "cosa personal". Y tampoco he publicado mucho en mi blog últimamente, quizá porque estoy escribiendo un par de libros, quizá porque mis prioridades personales son otras, quizá porque no se me da el ánimo o la gana. Sé algo, y lo reitero: estoy harto de promotores de voto que se presentan como columnistas. Sé que con ellos no quiero platicar, al menos mientras no regresen a su estado... uh... normal. Ahora están enloquecidos, con miedo de que ganen unos, de que pierdan otros, de que pase lo que tenga que pasar. A mí me tiene sin mucho cuidado si gana Arena o el FMLN, en serio; me interesa que haya un proceso limpio y justo, y poder hablar de eso en su momento.
Los periodistas no somos participantes de los hechos acerca de los que nos toca tratar; somos testigos, a veces calificados, a veces no. (Eso es otro tema.) Tengo una posición ideológica, que tira mucho a la izquierda, y no la de las consignas, sino la que aprendí con años de estudio y vivencias y, sobre todo, de ideales. Habrá quien la confunda, por miopía, mala leche o estupidez, con todo lo contrario. Bronca de él, ella o ellos. Mi post anterior, por ejemplo, no es un apoyo a Arena: es una advertencia al Frente de que se está pasando de ingenuo o superficial, y no ve todo lo que la derecha ha armado alrededor de la propia posición del Frente. Y no veo una izquierda en el Frente, nada que vaya más allá de algunas frases de manual, de una posición bastante en bruto (lo que Marx llamaría, si fuera generoso, "conciencia en sí") y una lumpenización que, para demostrar, bastará con poner algunos comentarios que lleguen a este post, o repasar otros que a veces he dejado en posts anteriores.
Eso es todo. Cuando acabe el proceso electoral, me dará gusto seguir escribiendo mi columna, quizá la única en la que he dicho siempre todo lo que se me ha roncado la gana. Hasta entonces, por aquí nos estaremos leyendo.

11 de enero de 2009

Trece en Séptimo sentido

La revista Séptimo sentido, de La prensa gráfica, publica en su número de este domingo unos fragmentos de mi novela Trece. Pueden encontrarse en este link.
Gracias al equipo de la revista.

8 de octubre de 2008

De locuras, héroes y Burt Lancaster

Ayer fue la presentación ante la prensa de la tercera edición de Tiempos de locura. El Salvador 1979-1981. Fue en el Mesón de Goya, en el ITCA, y al final hubo sanguchitos de jamón y queso. No, no de ésos a los que sólo les ponen un poco de margarina y luego unas lasquitas de jamón y de queso amarillo, sino Sándwiches de Jamón y Queso, con mayúsculas. Coca-Cola, té helado o café. En mi caso, té helado.
Cuando llegué al Mesón, a eso de las 9:45, decidí fumarme antes un cigarro. Lo acababa de encender y aparecieron de la nada un montón de personas con cámaras de televisión, grabadoras, celulares y libretas, y a ponerme a contestar preguntas, sin siquiera poder darle una fumada al cigarro, que se consumió solo, el pobrecito. Me hicieron la de siempre: --"¿Por qué Tiempos de locura?"--, pero ampliada: ¿no me parecía que lo que estaba en juego no podía calificarse de locura, que era la lucha de un pueblo, que había toda una ideología estructurada y un proyecto de país, etcétera? Como todavía no me había fumado el cigarro, me agarré de una idea de Knut Walter, quien hizo la introducción de la tercera edición. Lo cito, porque lo dice más bonito que yo:

A primera vista, el título del libro parece un poco impertinente: para los protagonistas --y para los observadores-- fueron tiempos de extrema gravedad, una crisis mayúscula donde cada uno de los bandos (y fueron más de dos) terminó jugándose el todo por el todo. La "locura" tiene que ver más con los niveles de exaltación que caracterizaron las posiciones de los diversos actores que con alguna condición mental, aunque no hay duda de que la irrealidad también jugó un papel importante. No resultaba nada fácil desarrollar planteamientos de análisis y acción, medianamente racionales y objetivos, en un entorno donde los acontecimientos se sucedían uno al otro en medio de violencia extrema, en un constante medir de fuerzas políticas y militares.
Algunos estaban seguros de la certeza de sus posiciones y de la inevitable victoria de su causa, mientras que otros se preocupaban por comprender las voluntades y los recursos del adversario, todavía no convencidos de que era el momento de alcanzar un desenlace definitivo. Y hubo otros que se dedicaron a buscar mecanismos y caminos de resolución política mientras el país se acercaba a un enfrentamiento armado en gran escala. Pero todos, sin excepción, estaban caminando sobre terreno desconocido. Quizás por eso creían que los "tiempos de locura" habrían de pasar rápido, sobre todo cuando se tenía frente a sí la muy reciente experiencia del triunfo sandinista en Nicaragua, el modelo obvio tanto para los que intentaban llevar adelante la revolución y la lección obvia para los que se esforzaban por detenerla.

Y, bueno, aquí en este blog sabemos que lo que Knut dijo es cierto, pero que el título fue un hallazgo de Carlos Briones, el director de Flacso-El Salvador: un título que pegara, de impacto, etc. Puro instinto de editor. A mí no me gustó en un principio (no recuerdo cuál había propuesto), pero siempre estuve de acuerdo en que es muy bueno. Ahora, gracias a Knut, ya sabemos por qué, je.
Después los periodistas se fueron adentro, encendí otro cigarro, me lo fumé a gusto y pude empezar a pensar para la presentación formal.
Fue muy agradable y fluido. Estuvimos Carlos Briones, director de Flacso-El Salvador; Knut Walter, historiador salvadoreño-guatemalteco, como su nombre lo indica; el embajador Ernesto Arrieta Peralta, quien en 1979 tomó parte en las negociaciones para la designación de Mario Andino como representante del sector privado en la Junta Revolucionaria de Gobierno; Juan Ramón Medrano, el comandante Balta del ERP; Carlos Clará, director de Indole Editores, que hizo la coedición junto con Flacso, y yo, que nada más soy yo.
En fin, el libro ya está a la venta y el precio sugerido es de $8.50, al menos en el país. (En el post anterior se dice cómo conseguirlo si no lo halla en librerías o no vive en El Salvador.) Nada mal para un animal de más de 400 páginas (y como 650 cuartillas de 250 palabras por cuartilla). La edición está muy bien hecha y me encantó el acabado mate de la portada. Carlos Clará ha hecho malabares para que el precio se mantenga bajo; la idea es que se lea.

* * *

Mientras escribía lo anterior el embajador Arrieta y Carlos Clará me enviaron unos videos de Canal 33 y Canal 12 en los cuales se habló de la presentación. (También estuvo Canal 10 y otro que no identifiqué.) Le dedicaron como dos minutos y medio cada uno; nada mal. Hay una nota en La prensa gráfica, que puede hallarse en este link.
Van los videos. (Nótese que tengo una gripe de los mil diablos, pero intento ocultarla.)







* * *

Y como casi no salgo de Los Planes de Renderos, aproveché para pasar por la Dirección de Publicaciones e Impresos por los ejemplares que me corresponden por la reedición de Los héroes tienen sueño. La novela aún no está en librerías ni se ha presentado, pero se puede conseguir en el local de la DPI. Cuesta $2.75. Igual hicieron todo lo posible para mantener bajo el precio; en la edición anterior, costaba $2.29.
La portada, como se puede ver, cambió mucho con respecto a la de 1998, que está aquí a la izquierda. La anterior estaba basada en un cuadro de David Méndez, fotógrafo y pintor salvadoreño que ahora vive en Nueva Orleans. David tomó muchas de las más importantes fotos de los inicios de la guerra, antes de tener que asilarse en México por motivos de salud. (A su esposa, Nelly, la conozco desde que nació, literalmente. Es de la edad de mi hermana Ana, y fueron muy amigas desde bebés.) Una de las costumbres de David, a.k.a. "El Papo", era que siempre quedaba en medio de los balazos del ejército o la guardia y la guerrilla o la seguridad de los grupos de masas. Es un tipo pausado, incluso en esas circunstancias, y no creo que en su vida se le haya ocurrido caminar rápido siquiera. Entonces tomaba fotos de gente disparando exactamente a donde él se encontraba, pero jamás tuvo siquiera un raspón en las rodillas. En México trabajó como camarógrafo para empresas de publicidad, y luego se fue a Nueva Orleans, donde se hizo socio de su hermano en una taquería. Se dedicó, pues, a levantar la taquería, y hace poco la vendió para dedicarse a lo suyo, que es la fotografía y la pintura. Ya ha hecho exposiciones aquí en El Salvador desde hace más de diez años.
En fin, la nueva portada, con ilustración de Antonio Romero, me parece bien de acuerdo con lo que se estila en el género negro, en las publicaciones pulp (que, con todo lo que dice Wikipedia, no sólo se aplicaba a las revistas, sino también a los libros). Me refiero al diseño; los materiales son de buena calidad.
Y, claro, me puse a leer la novela; no lo hacía desde hacía unos siete u ocho años. Me está gustando. (Uno escribe los libros que quiere leer, etc. No, no me inventé yo la frase, pero el concepto me funciona muy bien.) Había algunos errores en la primera edición que se corrigieron para ésta. Y había uno en especial que pongo a continuación:


La película en cuestión se llama The Swimmer. La vi por primera vez quizá en 1969 o 70, y no entendí mucho; tenía como 10 años, y a mis primos mayores, que me llevaron, les pareció genial. Luego la he visto unas cuatro o cinco más, pero después de haber escrito Los héroes tienen sueño. El error es que la película es con Burt Lancaster, no con Charlton Heston, y eso me lo dijo mi tío Eduardo Ochoa (hermano de mi mamá, que por supuesto es nueve años menor que yo) hace ya varios años. Lo corregí en el texto original, etcétera.
A la hora de plantearse la reedición, pensé en cambiar el nombre, y ya estábamos en ésas cuando pensé: ¿y para qué cambiarlo? El personaje es un policía medio estudiado, pero bastante basto en ciertas cosas, como el cine, y para él es igual Burt Lancaster, Charlton Heston o Hedi Lamarr. Así que les dije que quedara Charlton Heston.
Si leyeron la primera edición, sí, fue un error grave, y fue mi error; si leen la segunda, el error es del personaje narrador, y ya no es tan grave. (La onda de Pierre Menard, pues: el mismo texto tiene valores diferentes si se escribe en diferentes contextos.) Así que mejor lean la segunda edición; allí todo está bien.

7 de octubre de 2008

Tiempos de locura, tercera vuelta

¡Sí! ¡El afiche de Tiempos de locura! Me gustó. (Pueden cliquearle para verlo más grande.) Es el que se va a poner en las librerías a partir de hoy, martes. (Sí, hoy es la conferencia de prensa para anunciar su reedición.)
Para quien quiera adquirirlo, ya deberá estar en librerías, pero también pueden comunicarse con:

Indole editores: 2517-5907 y 7928-3799.
Dirección electrónica: indoleditores@gmail.com

FLACSO: 2245-1510.
http://www.flacso.org.sv

Fuera de El Salvador lo va a distribuir F&G Editores, de Guatemala. Los datos los encuentran en www.fygeditores.com, o pueden escribir a:
informacion@fygeditores.com
o a
pedidos@fygeditores.com

-----
Luego contaré de cómo estuvo la presentación y todo lo demás. Este post lo estoy poniendo el domingo 5 de octubre, o sea que aún no sé qué onda. Promete estar interesante.

29 de septiembre de 2008

No hay 20

1. Yo no asesiné a la comandante Ana María en Managua, el 6 de abril de 1983. Fue un comando de las FPL dirigido por el comandante Marcelo. Yo no sé si Salvador Cayetano Carpio, Marcial, ordenó el crimen; las evidencias legales, documentales y testimoniales indican que no, aunque la dirigencia del FMLN sigue diciendo que sí. Lo que no se ha dado es una explicación acerca del caso, excepto insultos y mentiras. ¿Puedo quedarme con la duda? No. Es un asunto familiar que está pendiente y, de paso, es parte de la historia de El Salvador. He escrito e investigado sobre el tema desde 1983, desde mucho antes de que el FMLN estuviera en campaña para las elecciones de 2009. Veintiséis años antes, si se cuenta bien.
2. Yo no ordené que se asesinara a nadie en el Frente Paracentral de las FPL, ni aprobé u oculté matanzas de colaboradores y militantes. Hasta donde sé, Mayo Sibrián tampoco fue el único, sino el más... uh... representativo de cierta locura a lo Apocalypse Now que se apoderó de algunos comandantes. Me parece que el tipo era un psicópata. Me parece también que, aunque sea el responsable directo de las matanzas, hay otros responsables de mayor nivel que debieron pararlo, que durante años no hicieron caso de las denuncias de compañeros de las FPL que, con pruebas, exigían que lo sacaran de allí y que pararan las atrocidades. Había dos responsables directos: Salvador Guerra, jefe militar de Chalatenango y coordinador de los frentes de guerra, y Salvador Sánchez Cerén, Leonel, primer comandante de las FPL. ¿Me lo puedo callar? Sí, pero no quiero. ¿Por qué? Por vergüenza. Yo era parte de las FPL cuando empezaron esas muertes y en mi nombre y con mi aval se asesinó a gente. Y también es parte de la historia del país. Comencé a investigar acerca del caso de Mayo Sibrián a finales de los ochenta, y a publicar al respecto a finales de los noventa, más de diez años antes de las elecciones de 2009.
3. Yo no me inventé que entre el FMLN y Mauricio Funes existen contradicciones serias, y que eso me genera un montón de desconfianza: ¿a quién le creo? Eso se lo inventaron el FMLN y Mauricio Funes. Durante las últimas semanas un montón de... uh... analistas se han pasado tratando de convencernos de que Medardo González y Funes dicen lo mismo, pero de modo diferente, y que no hay contradicción de fondo. El que dijo que sí existe la contradicción fue Funes, en una entrevista que publica El faro en este link. ¿Lo puedo callar? Sí. No entiendo muy bien para qué, pero podría. Pero no quiero. ¿Por qué? Porque es bastante probable que el FMLN --o Funes, ya no sé-- gane las elecciones, y me gustaría saber quién me va a gobernar, y cómo, y a qué tengo que atenerme.
4. ¿Me parece deseable que gane el FMLN? No lo sé, precisamente por esa dualidad de discursos. Mis intenciones hasta ahora, como ya lo he dicho, son no presentarme a las urnas, porque me vería forzado a votar por el FMLN, y tampoco quiero. Ya expliqué por qué: en sus memorias --y en otros lugares--, Salvador Sánchez Cerén miente flagrantemente en un asunto que para mí es personal, de familia, y no pienso votar por un mentiroso. Pero eso es personal. En otro plano, me parece que la alternancia es necesaria, y de hecho existe, pero el electorado no la ha ejercido; me parece que el FMLN no se ha preparado para gobernar, y ni siquiera para ser una oposición interesante e inteligente --demasiado reactiva, sin propuestas propias, sin organización, etcétera--; me parece que el candidato Funes se ha vuelto una persona bastante taxativa, por decir lo menos, y está poniendo en riesgo no sólo su imagen, que me importa poco, sino su credibilidad: no me gustaría tenerlo en la televisión regañándome por cosas en las que quizá esté de acuerdo, ni que me trate como a un párvulo. Y en ésas anda. El plan de gobierno del FMLN me parece una plataforma muy básica, en la cual se establecen puntos buenos e importantes. La pregunta es cómo van a echar a andar todo eso. De dónde van a sacar el dinero, la gente --no tienen cuadros propios, se han deshecho feamente de los que tenían y han logrado buenas enemistades con sus mejores aliados--, la organización necesaria. Ésas son mis dudas, y en serio que les daría el voto para salir de esas dudas de no ser por el motivo que ya cité, y alguno más, que es también personal. Y yo no me inventé esa falta de preparación del FMLN: se la inventó el FMLN, y la ha cultivado durante veinticinco años, sistemáticamente.
5. ¿Me parece deseable que gane ARENA? No. Como ya dije en varios artículos y posts, en los últimos diecinueve años ha desestructurado poco a poco el país, y es necesario que se armen estructuras nuevas. Lo que hay como alternativa es el FMLN. Y lo que creo es que, si el FMLN pretende gobernar, tendrá que hacer muchas concesiones serias en materia de principios, porque sin los profesionales, técnicos y políticos de ARENA no podrá hacerlo. Y es lo que Funes ha planteado en ese discurso que se trata de hacer coincidir con el del FMLN. El FMLN maneja una serie de principios contradictorios con el pragmatismo que significa gobernar, y quizá prefiera perder a dejarlos de lado. Funes está jugando a ganar, a pesar del FMLN. ¿Quién tiene la razón? Desde mi punto de vista, los dos. El asunto es si se quiere alcanzar el poder o no, y bajo qué condiciones, y en qué papel nos dejan a los electores --o ciudadanos que nos negamos a votar, como es mi caso.
6. ¿Me parece que Hugo Chávez es un peligro para El Salvador? No. El tipo me parece un cretino, pero cada país tiene el presidente al que elige... hasta que deja de elegirlo. Es un asunto de Venezuela, no mío. Me parece penoso que alguien como él esté al frente de un proyecto tan interesante como el venezolano.
7. ¿Qué pienso de Alba Petróleos? Nada en particular. Veo que gracias a ellos ha bajado el precio del diésel. Veo que, si fuera ilegal, el propio gobierno salvadorño no lo hubiese autorizado. (Sí, se requiere de un montón de permisos para eso de importar cosas, venderlas en gasolineras y que las alcaldías se queden con ciertas ganancias, que usarán para necesidades que sin duda existen.) Mejor pregúntenle a alguien más capacitado que yo; El faro publica una buena entrevista esta semana, que puede encontrarse en este link.
8. ¿Qué pienso de Evo Morales y lo que pasa en Bolivia? Pienso que se está manejando el gobierno de una manera muy torpe y pasando por encima de un montón de premisas legales necesarias, por ejemplo las que vienen en la Constitución, la aún vigente. Cuando se apruebe la siguiente actualizaremos las opiniones. Me parece que no hay mala fe en esa torpeza, sino falta de experiencia y, de repente, la manipulación de fuerzas políticas con las que Morales debe tratar. Me parece que esa torpeza se debe también a que se está tratando de gobernar sin la participación de la elite política tradicional, que en gran proporción está enquistada en el poder y ve que sus privilegios desaparecen. Me parece que Chávez se mete en lo que no le importa, y que Evo lo tiene como aliado a falta de una fortaleza política interna (así tenga el apoyo de una gran parte de la población, la que nunca tuvo acceso al poder). No sé en qué termine eso. Me temo que, con las proporciones guardadas, pudiera haber una especie de pinochetazo. Ojalá que Evo logre centrarse y que se cuide de qué Constitución va a aprobar, o las repercusiones durarán décadas, y no todas serán buenas.
9. ¿Por qué entrevisté a Carlos Mesa, ex presidente de Bolivia? Porque, dentro de la elite que ha manejado el poder en Bolivia, me parece una de las mentes más lúcidas, y podía dar una visión contrastada de lo que ocurre en Bolivia. No sé si tenga la razón o no; me parece que explica las cosas de un modo en el que nos da chance de sacar las conclusiones que nos parezca. ¿Cómo lo contacté? Sencillo: en la Feria Internacional del Libro de La Paz él y yo participaríamos (como participamos) en una mesa acerca de literatura en tiempos autoritarios. A mí me tocaba --me tocó-- plantear el tema y algunos puntos que me parecen importantes, y a él comentarlos, como lo hizo. Bien interesante y bien bonito. No podía dejar de aprovechar la ocasión, pedí una entrevista a través de Érika Bruzonic antes de viajar a Bolivia, me la consiguió y listo. Le regalé a Mesa una copia de Tiempos de locura; es el libro que tiene en las manos en alguna de las fotos que se publicó junto con la entrevista.
10. ¿Me pagó ARENA, la OIE, CONCULTURA, el Ministerio de Gobernación, la CIA o la NBA el viaje a Bolivia? No. Lo pagó la Feria Internacional del Libro de La Paz. Pedí un permiso personal, porque recibiría --y recibí-- un pago por el taller de literatura que impartí, y también cobré por el reportaje, además de los viáticos y todo eso. En otras ocasiones he viajado con permiso oficial, porque he desarrollado labores que tienen que ver con mi cargo en CONCULTURA y no he recibido pago extra por eso; en otros, con permisos personales, y a veces yo he corrido con algunos o todos los gastos, aunque haya sido parte de mi trabajo en La Casa del Escritor. Cualquier duda pueden aclararla en Recursos Humanos de CONCULTURA. Ah: CONCULTURA no paga viajes ni viáticos ni hotel nunca. Si uno no tiene invitación con todo cubierto, o lo cubre uno mismo, no hay permiso. Cosas de la... ¿cómo se llamaba? Uh... Bueno, cuando se ponen a recortar gastos para que el presupuesto alcance. En viajes se aplica; en publicidad me parece que no, pero sólo en ciertas oficinas, no en Concu. (¿Cambiará eso si cambiamos de partido? ¿Habrá transparencia en la información? No se pierda las próximas elecciones, en el mismo país y en el mismo canal.)
11. ¿Por qué publico en Centroamérica 21? El motivo fundamental ya lo saben: porque se me pega la gana. Si elaboramos un poco más, porque allí puedo escribir acerca de lo que se me pegue la gana. Nunca me han cambiado un renglón, una palabra, nada, y sé que en muchas ocasiones voy en contra de la línea editorial de la publicación o de las opiniones de Geovani Galeas, su director. Sí, recibo un pago por mis artículos, porque me parece correcto cobrar por el trabajo de uno. Es un pago más bien simbólico, y así lo prefiero, a cambio de publicar lo que quiera, y que quizá no quepa en este blog. No, no recibo dinero de la OIE, la CIA, etcétera, para compensar. Me gusta la disciplina de escribir para una publicación semanal --no he publicado en tres números o cuatro, creo, porque me ha rebasado el trabajo-- y me gusta que mis artículos se contrasten con otros puntos de vista. Nadie me dice acerca de qué escribir ni cómo, ni me da línea ni nada. Esta semana apareció una nota sobre ciencia ficción porque fue lo que me nació; es una serie de dos notas, quizá tres, y todo para hablar de una novela importante que apareció hace poco, El sueño de Mariana, de Jorge Galán. Ya lo comentaremos.
12. Una de las cosas más aburridas de ser escritor es que cualquier imbécil se siente con el derecho de cuestionarlo a uno nomás porque uno es una "figura pública". Lo siento: no era mi intención ser una "figura pública", sino escribir bien, tanto en literatura como en periodismo. Y lo he logrado, o no les importaría tanto lo que digo, y cómo lo digo. Creo que hay gente que desfoga sus frustraciones y pobrediableces en otros que han hecho algo que ellos no han logrado hacer, y mala suerte; a mí me ha costado más de treinta años de esfuerzos, a ellos sólo les cuesta un comentario anónimo en un blog tratar de desacreditar algo que no entienden, y que no tuvieron el valor de entender. Ahora bien, si me van a seguir acusando de que este blog es un festín para mi ego, y no mucho más, vean arriba en el encabezado. Dice "Cosa personal de Rafael Menjívar Ochoa". Rafael Menjívar Ochoa soy yo. Es mi espacio personal. Aquí se pone lo que se me sale de donde salgan esas cosas. (Sí, piensen lo que quieran.) Al que no le guste mi ego, mi cosa personal, como quieran llamarlo, para eso está el resto de internet.
13. Existe la idea --ya lo he dicho un montón de veces-- de que me he dedicado alguna vez al periodismo cultural, whatever that means. Nop. Desde 1978 me dediqué al periodismo político, al análisis político, a la investigación encaminada a cosas políticas. Me dediqué al "periodismo cultural" un total de siete u ocho meses en treinta años. Y un año a hacer periodismo computacional; bien divertido.
14. ¿Qué pienso de la inocencia o culpabilidad de Roberto d'Aubuisson en el asesinato de Romero? No tengo pruebas de nada, y a estas alturas el tipo es inimputable, por el simple hecho de que se murió. El Informe de la Comisión de la Verdad lo declara autor intelectual, y para mí eso es lo más cercano que hay a una verdad legal. Mi opinión personal es que mucha gente no ha visto el asunto como lo vería un periodista: ¿y si fuera inocente? Y, señores, creo que no se han dado cuenta de las graves repercusiones que habría si d'Aubuisson fuera inocente, o al menos no hubiera ordenado o participado en el asesinato de Romero. Ya he considerado la hipótesis, y es devastadora. Ahora bien, si quieren quedarse con la versión de la Comisión de la Verdad, yo los acompaño con gusto.
15. ¿Qué pienso de Rodrigo Ávila como candidato a la presidencia? Nada en especial. Lo poco que he sacado en claro ya lo he publicado. Sé que no voy a votar por él. Si otros votan por él y gana, me dará el mismo gusto que si gana Mauricio Funes; vox populi, vox Dei, y a eso estamos jugando, ¿no? Es el juego de los Acuerdos de Paz. Me dice gente en la que confío, gente de izquierda y luchadores probados, que internamente hizo funcionar muy bien la PNC. (Hacia el exterior depende del gobierno, y allí se trata de hacer lo posible.) Que la organizó sin ánimos ideológicos, que lo hizo muy profesionalmente, etcétera, y que otros se dedicaron a desarmarla e iedologizarla y todo lo que ha salido en los diarios en las últimas semanas.
16. ¿Qué pienso de las declaraciones de Ávila y Saca acerca del ejército y de la canciller con respecto al FMLN? Me avergüenzan y me angustian. Aunque yo no haya votado por Saca, él es parte de mi gobierno y no puede hablar en contra de lo que yo pienso nomás porque hay una campaña electoral en marcha. Es el gobernante de todos, y para todos, y su ideología no debería importar. Las declaraciones oficiales del ejército, por otra parte, me parecieron correctas y dignas, con todo y que no me gusta la idea de que haya un ejército (sí, en eso estoy de acuerdo con el FMLN, que según Medardo no ha cambiado de opinión). Lo de la canciller es para meter la cabeza debajo de la almohada o donde quepa; qué oso internacional, en serio. Qué manera tan barata de ponerse a hacer campaña. Y las declaraciones de Ávila con los militares de La Tandona... bueno... es lo más interesante que le he escuchado hasta ahora. Bastante fuera de registro, de lugar y de gusto, eso sí.
17. ¿Qué pensaría mi padre de mis ideas? Lo mismo que yo de las suyas: que son debatibles, y que en el debate hay aprendizaje y evolución. A veces estábamos de acuerdo, a veces no, pero siempre nos quisimos y nos enorgullecimos el uno del otro. Para eso es uno hijo y para eso están los papás. Si otros no tuvieron la misma suerte, tampoco es mi culpa.
18. Con respecto a lo anterior, reitero lo que dije un par de veces. Antes de que muriera, mi padre era atacado, vilipendiado y calumniado por gente del FMLN. Cuando murió se volvió un gran luchador, etcétera. (Siempre lo fue, pero también tenía el inconveniente de pensar por sí mismo. De él lo aprendí.) Cuando regresé a El Salvador, antes de que se me ocurriera abrir la boca por primera vez, comenzaron chismes, ataques y varias cosas divertidas de gente del FMLN contra mí. No sabía por qué, y me desconcerté bastante, hasta que me di cuenta de que me estaban cobrando cuentas de mi padre. Y si lo van a joder a uno, como dijo Juan Rulfo, al menos que le den el derecho de los ahorcados al pataleo. En ésas andamos también. Y es también divertidísimo.
19. Durante un tiempo voy a dejar de publicar los comentarios de los imbéciles de siempre. Allí les dejo material mientras tanto. Tengo un par de libros que escribir, un trabajo que desarrollar en CONCULTURA en lo que los del FMLN --según sus voceros menos autorizados-- me convierten en perseguido político y una familia que atender, y no voy a perder tiempo en idioteces. Ya bastante angustiante se está poniendo el país para que mi blog, mi cosa personal, sea parte de eso.
20. No hay 20.

22 de septiembre de 2008

Pasado, presente y futuro

En el suplemento Séptimo sentido, de La prensa gráfica, se publicaron cuentos de cuatro salvadoreños bajo el título de Cuatro plumas, cuatro futuros. Me da gusto y orgullo que dos de las personas mencionadas sean compañeras de La Casa del Escritor, Georgina Vanegas y Ana Escoto.
Me llamó la atención los nombres de los escritores a quienes pusieron como pasado y presente de la narrativa salvadoreña (supongo que hablan de narrativa). Dice la nota introductoria:

Pasado hay: Alberto Masferrer, Salazar Arrué, Claudia Lars, Roque Dalton... Presente, también: David Escobar Galindo, Horacio Castellanos Moya, Rafael Menjívar Ochoa, Jorge Galán... ¿Y qué hay del futuro? ¿Hacia dónde va la literatura nacional? Difícil respuesta. Para echar algo de luz, he aquí cuatro cuentos breves de cuatro salvadoreños que aspiran a ser referente en el complejo espectro de la narrativa: Georgina Vanegas, Alberto Pocasangre, Ana Escoto y Herbert Galeano Vargas.

La contribución de Masferrer y Lars a la narrativa salvadoreña es marginal y, si se trata de ponerse estrictos, la de Dalton tiene que ver con la novela, no con el cuento (y aún hay que hacer un buen análisis literario de Pobrecito poeta que era yo..., que me parece una novela fallida, con algunas partes muy buenas y, como siempre, con muchas frases excelentes). Más importante hubiera sido mencionar a Alvaro Menen Desleal y José María Méndez y, si se buscaba poner a cuatro, a José María Peralta Lagos, por ejemplo.
En el presente, agradezco que me mencionen, pero mi trabajo como cuentista es también marginal y si, por otra parte, hay que hablar de narradores y no sólo de cuentistas, faltaría Manlio Argueta, el salvadoreño más publicado y traducido fuera del país, con muy poca producción cuentística. Jacinta Escudos tiene mayor obra dentro de ese género, y además es colaboradora de Séptimo sentido; su inclusión no sólo era una cuestión de justicia, sino también de... uh... cortesía editorial, digamos. Claudia Hernández se echa claramente en falta; con sólo tres libros publicados, es quizá nuestra cuentista viva más importante en términos de contribiciones al género.
En literatura la edad cronológica no es necesariamente importante, pero habría paradojas: Jorge Galán y Alberto Pocasangre tienen la misma edad, y a uno se le considera en el presente y al otro en un futuro posible. Claudia es un par de años menor. También me parece que lo fuerte de la obra publicada de Galán está en la poesía, y últimamente se ha inaugurado en la novela, con El sueño de Mariana, una muy bonita y bien lograda novela de ciencia ficción. Ha publicado cuento para niños, pero aún en poca cantidad. Me da gusto sin embargo que lo mencionen; entre los escritores salvadoreños que van hacia la madurez (literaria, claro; la otra no es importante ni puede medirse ni viene al caso), es uno de los más representativos y con mayores logros.
En lo personal, la inclusión de Pocasangre y su reciente publicación en la colección Nueva Palabra me desconcierta un poco. Insisto: la edad no siempre es importante, pero tiene 35 años, y uno esperaría a esa edad que ya hubiese una carrera en marcha desde algún tiempo atrás, como la hubo y la ha habido de parte de los otros mencionados. Otra paradoja: si es importante el que sea gran maestre de los juegos florales salvadoreños en la rama de cuento, tampoco debería estar entre gente que comienza. Dirán que John Milton empezó su carrera literaria fuerte a los 70 años (con El paraíso perdido), y ya en estado de ceguera, o que Henry Miller publicó Trópico de Cáncer a los cuarenta pero, vamos, hay proporciones, y tampoco se trata de mencionar a Rimbaud, Mishima y Lautréamont, el extremo de la juventud genial. Quizá deberían replantearse las bases de Nueva Palabra para que las palabras que allí aparecen sean de gente... no sé... nueva. No soy quién para decirlo, pero me parecería que los 30 años es un límite máximo bastante sensato. La DPI tiene otras colecciones para gente con mayor edad y/o experiencia. (Detesto eso de y/o, a todo esto.)
Y ya que hablamos de narradores, hace unos minutos regresó Denise Phé-Funchal a Guatemala. Fue un gusto tenerla en casa y en La Casa. Ella es otra narradora de peligro y digna, desde su primera novela --Las flores-- y sus primeros cuentos publicados en antologías, de tomarse bastante en consideración. Claro que entraría en la cuenta de los narradores guatemaltecos, si uno se pone en plan de literaturas nacionales, así sea salvadoreña honoraria por su trabajo con La Casa, ejem. Estará dentro de un par de semanas en el VII Festival Internacional de Poesía de El Salvador. Lo curioso es que su primera obra publicada fueron poemas, y que se publicaron en una revista catalana, en catalán. (Tiene 31 años, si el dato sirve para algo.)
Me regreso a dormir. Es día de descanso, y ayer tuvimos lleno completo y los trabajos de dos compañeros nuevos. Emociona ser testigo de cómo se crean cosas importantes.

15 de septiembre de 2008

Trabajo en vano

Hace treinta y tantos años, Carlos Fuentes se convirtió en el primer escritor --al menos latinoamericano-- que cobró por dar entrevistas. ¡Mil dólares de la época, ni más ni menos! Por esa cantidad, Enrique Loubet Jr. --fallecido a principios de año-- tuvo el derecho de platicar con él durante tres días, y eso incluyó hacerle las preguntas que quisiera y que Fuentes las contestara. Todo con contrato de por medio.
La entrevista debía aparecer en la revista mexicana Caballero, pero por ese precio consideraron que mejor sacaban un librito aparte, adjunto a la edición, que conseguí en una librería de viejo. La entrevista era excelente. Las respuestas de Fuentes eran de lo mejor, como siempre, porque las preguntas de Loubet estaban muy bien pensadas. Vaya: hasta se había leído a fondo los libros que Fuentes llevaba publicados a la fecha, algo que no muchos periodistas se toman el trabajo de hacer, y por eso salen con cosas como "¿En qué se inspira para escribir?", "¿Cuáles son sus principales motivaciones?", "¿Cuántos libros dice que ha publicado?", etcétera.
Y la primera pregunta de Loubet fue la que hubiera hecho cualquier periodista hijo de mujer (y de hombre también, de preferencia): "¿Por qué cobras por dar entrevistas?"
Porque me estás haciendo trabajar, le dijo Fuentes, y yo cobro por trabajar. Y te cobro caro porque me vas a hacer trabajar bastante. (Como en efecto ocurrió. Loubet había pasado de antemano un cuestionario tentativo para que Fuentes trabajara en él.)
Obviamente para muchos --escritores y periodistas-- fue un impacto: ¡pero si dar entrevistas es para promoverse, para que lo conozcan a uno, para que se interesen en su obra! Y puede ser cierto, pero eso no es responsabilidad de uno, sino de los editores, los agentes --si acaso se puede conseguirse uno-- y de los dueños de las librerías. El trabajo de un escritor es escribir, pensar en literatura, hacer cosas relativas a la literatura y, si no tiene mucha suerte, ganarse la vida haciendo lo que pueda... por ejemplo dando entrevistas.
Y es cierto: cuando los periodistas lo llaman a uno para pedirle entrevistas, es cosa de ponerse a trabajar, si uno se toma en serio, y si se toma en serio a los periodistas. Hay otra cosa cierta: los periodistas no siempre lo toman en serio a uno, y a veces ni a ellos mismos. Se les ocurre un "tema", o se lo da el editor, hacen llamadas telefónicas y en un rato tienen una nota con la que nadie gana nada, ni el periodista ni el entrevistado ni el lector. Lo importante es salir con "el tema" del día, y para eso usan fórmulas, preconceptos y no importa lo que les digan: no los van a sacar de donde estén, y menos aún porque para mañana o pasado o la próxima semana tienen otro "tema" con el cual tampoco nadie ganará nada. Ya hablé aquí de esa mala costumbre, a partir de un "tema" (no) desarrollado por Alfredo García, de El diario de hoy.
Hace poco, la reportera Gabriela Mendoza, de EDH, nos llamó a Krisma y a mí para preguntarnos acerca de lo que pensábamos acerca de los escritores suicidas y de por qué escribíamos acerca del suicidio. A partir del montón de cosas que han publicado y que jamás dije, mi política es (era, en realidad; ya hablaré de eso) que no doy entrevistas por teléfono. Si quieren hablar, que sea en persona, grabadoras en mano (la de ellos y la mía), y de preferencia por correo electrónico; después de todo se trata sólo de hacer copy/paste y no hay modo de errarle. Le recomendé a Krisma que hiciera lo mismo. Y, sí, ambos hemos escrito acerca del suicidio, si es que uno escribe acerca de algo en particular: La puerta de los suicidas en su caso, Trece y Cualquier forma de morir, en el mío. (Además del que estoy haciendo ahora, que es como un accésit de Trece. Está quedando bien.)
El resultado fue una nota... uh... bastante pobre. Y no por el hecho de que me hayan puesto como contraparte de mi gran amigo Carlos Cañas Dinarte, que para no variar dijo algún despropósito, supongo que de buena fe, sino porque el "tema" daba para mucho más, si uno se lo tomaba en serio. De lo que no me di cuenta es de que Gabriela estaba escribiendo junto con Alfredo García; si no, ni siquiera me tomo la molestia. (De hecho apenas me di cuenta hoy, mientras empezaba a escribir este post.)
En fin, que nos tuvo a Krisma y a mí trabajando durante un buen par de horas en las respuestas, y al final ni siquiera puso lo de ella, y de lo mío muy poco. La nota puede encontrarse en este link. (No, no hay pruebas de que Alfredo Espino se suicidara, ni eso lo hace buen poeta.) La entrevista completa que me hizo Gabriela viene a continuación, sin una coma de más o de menos:

¿Sabe de algún escritor salvadoreño que se haya suicidado?
Que se haya suicidado directa y abiertamente, no. Pero, con la cantidad que tomaban Alfredo Espino y Orlando Fresedo, por ejemplo, y el modo de vida que llevaban, era obvio que no iban a llegar a los treinta años. Y no llegaron. Alguien se inventó que Espino se había suicidado, creo que ahorcándose, pero no hay evidencia de que sea así. Roque Dalton se metió con la gente equivocada, en el momento equivocado, y ahora resulta obvio que no iba a salir vivo. Allí tenemos varios "suicidios asistidos", por los cantineros o por jefes guerrilleros. Otros escriben muy mal, y publican lo que escriben, que es otro modo de suicidarse. Y es peor, porque tienen que asistir todos los días a sus propios funerales, y a veces ni siquiera saben que han muerto.

¿Por qué cree que el tema del suicidio es tan recurrente en los escritores?
La muerte, en general, es un tema recurrente, en todas sus posibilidades. Es quizá por miedo. La posibilidad de ser un suicida, sin saberlo, da miedo, al igual que la posibilidad de morir en el momento menos esperado. Ése es un problema de todos los que estamos vivos, pero los escritores tenemos la oportunidad de publicarlo.

¿Por qué le gusta escribir sobre el tema del suicidio? (Puede mencionar nombres de sus libros que hablen del suicidio)
No es que me guste; es que el tema está allí, y a veces aparece un personaje que quiere o debe suicidarse y uno tiene que hablar de eso. Hay dos libros en especial en los que hablo del suicidio: uno muy en serio (Trece) y otro en plan de humor negro (Cualquier forma de morir). El primero lo escribí después de una depresión clínica. Cuando salí de ella me di cuenta de que muchos depresivos son suicidas, me dio miedo y me puse a investigar sobre el asunto, y salió la novela. Después supe que no todos los depresivos son suicidas, pero ya la novela estaba publicada. El segundo tiene que ver con una etapa política en México en que todo el mundo empezó a suicidarse, o eso dijeron. Hubo uno que se mató de un disparo en la nuca, y otro con dos tiros de revólver en el corazón. ¿Cómo no aprovechar para reírse un poco?

¿Tiene alguna relación la latencia del suicidio en los escritores que lo cometieron con el del talento innato de los escritores?
No creo. Tampoco creo en el talento innato. Alejandra Pizarnik y Sylvia Plath, por ejemplo, eran bipolares, y se suicidaron como lo hacen miles de bipolares, pero ellas eran poetas. Hay muchísimos más escritores que no se suicidan. Mishima se suicidó por una cuestión de honor, y yo diría más bien que por vanidad. Horacio Quiroga se mató por una depresión, seguro; todos en su familia se habían suicidado o muerto trágicamente, y ya sólo iba quedando él. No creo que entre artistas haya más suicidas que en cualquier otro estrato. Al contrario: quizá la escritura ayude a muchos a mantener la cordura, o al menos dará motivos para seguir vivo. Se dice que Hemingway se suicidó cuando descubrió que no podía escribir más. Todo escritor, periódicamente, siente lo mismo, pero las calles no están forradas de escritores suicidados.

¿Cree que el hecho que se hayan suicidado les generó más "fama"?
No creo. Pizarnik y Plath son muy buenas poetas, igual que Mishima es un novelista extraordinario y Quiroga es uno de los pilares del cuento. Pero pocos recuerdan a Jacques Rigaut, quien se pasó anunciando su suicidio en sus obras y después se mató a los 30 años, como había dicho. Quizá si hubiera madurado un poco más como escritor, y si no se hubiera convertido en un militante de su propio suicidio, quedaría de él algo más que algún dato curioso o su libro más importante, Agencia General de Suicidios, también como una curiosidad. Y habrá decenas o cientos de los que no nos hemos enterado.

¿Por qué debe haber una enfermedad mental o depresión detrás de un suicida?
No necesariamente. Están los que se matan por enfermedades terminales, o por impulsos del momento, o por estupideces. Pushkin, que era escritor y no más que escritor, se batió a duelo con un militar hecho y derecho, supuestamente para defender el honor de su esposa, y desde luego que resultó muerto. Eso es un suicidio asistido, provocado por la estupidez. Están los jugadores de ruleta rusa; muchos de ellos lo hacen por machismo. Y no todos los depresivos son suicidas, ni todos los enfermos mentales. Hay enfermedades mentales que, precisamente, evitan que la persona se autodestruya físicamente; a veces la locura es un mecanismo de defensa.

¿Cree que el hecho de suicidarse les permitió liberarse de su sufrimiento en vida?
No sé. Y de verdad que no pienso suicidarme sólo para averiguarlo.

¿Cree que el tema de la muerte permite que ellos desarrollen obras de calidad?
Es que sólo hay tres temas sobre los que vale la pena escribir, como señaló Quiroga: locura, amor y muerte, y las mezclas de los tres en diferentes dosis. Creo que una obra no es de calidad por sus temas, sino por su elaboración, por su "artesanía", digamos. Para mí el tema es incidental. Pero hay excelentes trabajos que tratan acerca de la muerte y el suicidio, como los poemas de Pizarnik, o Las nuevas mil y una noches, de Stevenson, o las tragedias de Shakespeare, donde se mueren todos.

* * *

Me molestó bastante el modo en que trató el asunto, y cómo me gasté algunas neuronas en cosas que no tenía ni siquiera que haber dicho, porque no las iban a publicar. Pero se lo toma uno en serio o no, y siempre es bueno darles el beneficio de la duda a los compañeros de oficio. (No escritores, sino periodistas. Son cosas diferentes, pero me ha tocado estar en ambos bandos.)
A mediados de la semana pasada, ya sin llamada telefónica de por medio, recibí un nuevo cuestionario de Gabriela Mendoza. Tenía mucho trabajo --del que sí da de comer, vaya-- y no revisé ese día lo que decía el correo. Al día siguiente, por la tarde, la llamada: ¿había recibido el mail?, ¿cuándo podría contestarlo?, porque el tema es para el lunes... Me trague´las objeciones y, en fin, revisé el cuestionario. Ahora era acerca de los blogs. Nada original; tanto EDH como La prensa gráfica lo han tratado, me parece que con poca fortuna; no entienden de qué rayos se trata. Hasta escribí una nota en CA21, que puede encontrarse aquí. Creo que debí remitirla a ella; my mistake.
Respondí, y Krisma también, y lo que salió fue un arroz con mango de lo menos suculento. La nota está en este link, y también firma Alfredo García. La entrevista completa viene a continuación:

¿Desde cuándo tiene activo su blog?
Desde noviembre de 2004. Hasta la fecha llevo casi 780 posts o entradas.

¿Cómo surgió la idea de hacer un blog?
Fue más bien un impulso. Siempre quise llevar un diario de trabajo y personal de manera sistemática, y nunca lo logré, y me pareció que era un buen recurso para hacerlo.

¿Logró familiarizarse rápido con la estructura del blog?
Sí. Es mucho más sencillo que llevar una página personal. Lo único que uno tiene que hacer es escoger el formato y escribir, sin preocuparse por el lenguaje de programación y esas cosas.

¿Por qué hacer público lo que escribe y no dejarlo en un documento de word, por ejemplo?
Mis documentos de Word están en mi computadora y salen de allí cuando se van a publicar en papel.
Para la época en que empecé el blog, había varios millones colgados por todas partes. No creí que nadie fuera a leerlo. Estar en medio de tanta gente lo vuelve a uno invisible. ¿Qué mejor manera de hacer un diario personal?
Además, "lo que escribo" está dividido en muchas partes. Lo que voy escribiendo de literatura no va en el blog, excepto algunas cosas que ya están publicadas, más como ejemplo que como, digamos, "difusión". Para eso tengo otro blog:
http://lamanchaenlapared.blogspot.com
Allí hay muy pocas entradas, y hace meses que no pongo nada. Cuando haga falta lo haré.

Siendo un escritor por naturaleza, ¿qué le da un blog que no pueda darle una publicación en "físico"?
Nada. Son cosas diferentes. Lo que me gusta del blog, como de cualquier diario personal, es revisarlo las anotaciones cada cierto tiempo y de allí pueden salir buenas ideas. Claro que hay interacción con otras personas --es un diario impúdico, digamos--, y eso en ocasiones determina que hable de ciertos temas, pero igual sigue siendo un diario personal, una libreta de apuntes, un lugar donde escribo lo que no escribiría en otra parte. No está pensado para publicarse físicamente. De hecho no está pensado; sale lo que sale. Uno de los atractivos de los blogs, para muchas personas, es dar a conocer su obra. Me parece que no es el medio idóneo; para eso están los libros. Y en general los trabajos literarios que se publican en blogs son deficientes, con las meritorias excepciones del caso. A lo sumo serán borradores, ideas, no filtradas por las necesidades que da una publicación en forma.

Supimos que usted ganó un premio por su blog, ¿puede hablar un poco acerca de eso y cuándo fue?
Me han dado premios de amistad, que inventan y reparten otros bloggers. Me conmueve la idea, pero no sé muy bien cómo manejarla. Me desconcierta que le den premios, así sea de amistad, a una libreta de apuntes...

Si usted tuviera que dar un premio, ¿qué requisitos mínimos debería tener el blog ganador?
Me ha tocado ser jurado de premios literarios, pero las bases ya están establecidas. No sabría qué criterios usar con un blog. Más bien me parece que es un modo de comunicarse con los amigos; los premios son algo demasiado solemne para calilficar a los amigos.

Puede decirme algún dato curioso sobre sus lectores, es decir, algún comentario extraño o alguna propuesta que haya sido fuera de lo común (algo gracioso, algo que lo hizo enojar, algo que lo conmovió, etc.)
En el mundo hay imbéciles, y alrededor de los blogs giran muchos, los llamados trolls, que se dedican a hostigar a los bloggers por el placer de hacerlo. Hay otros que lo hacen para cobrarle a uno cuentas, generalmente imaginarias. Hubo varios --sé quiénes son, y se supone que son gente seria-- que abrieron varios blogs para insultarnos a mi esposa, a mí y hasta a mi hija, que en ese entonces tenía dos años y medio. Hasta mis perros salieron insultados. Eran terribles, racistas, bastante bajos. Curiosamente provenían de gente que se declara de izquierda, y que, cuando no usan el anonimato, se declaran defensores de las mejores causas. (Aprovecho para mandarles un saludo.)
También he conocido gente interesante y gente buena. Hay varios que ahora están entre mis amigos más queridos.

¿Cómo ve el futuro de los blogs?
Supongo que en algún momento habrá una sobresaturación e irán desapareciendo para convertirse en otras cosas. La idea del Google Blogger es muy buena, al menos para lo que necesito, pero hay otras que permiten una mayor interacción, que son más dinámicas, como Facebook. Para mí Facebook es demasiado; lo único que quiero es una libreta de apuntes, como ya dije.

¿Para usted es una buena alternativa de comunicación?
Si te refieres a si es una alternativa a los medios de comunicación, no necesariamente, pero en los blogs puedes enterarte de cosas que los medios jamás publicarían, por política editorial o por lo que sea. Si te refieres a comunicación entre personas, sí, es una excelente alternativa. Entre otras cosas, se ha armado una red de blogs de compañeros de La Casa del Escritor, que está entrelazada a otras redes, las de los amigos de cada uno de ellos. Al final hay redes complejas de personas que comparten intereses, y que quizá no se vayan a conocer nunca en vivo, pero igual es divertido y aleccionador.
Pensándolo mejor, una buena mezcla de blogs puede convertirse en una interesante revista cultural, algo que falta en el país. O una revista política. O lo que uno quiera. Uso el Google Reader para leer lo que hay en los blogs, y es como si todas las mañanas recibiera una revista en mi correo, con materiales que generalmente me satisfacen, sin tener que filtrarlos por los gustos de otros o por una línea editorial que sólo comparto parcialmente, o que no comparto.

¿Puede recomendarnos uno o dos de sus blogs favoritos (además de los que tiene en el suyo)?
Xibalbá, de Ixquic: http://ixquic.blogspot.com/
Orsai, de Hernán Casciari: http://www.orsai.es/
Siguiente página, de Paolo Luers: http://siguientepagina.blogspot.com/
Plaqueta y ya, de Tamara de Anda: http://plaqueta.blogspot.com/

* * *

Me doy cuenta, de repente, de que no es que mi opinión acerca del suicidio o de los blogs le interese realmente a nadie, al menos en los términos en los que se plantearon esas notas. Mientras no me suicide no soy experto en el tema, y tampoco mientras no reciba al menos un millón de visitas al mes, como Casciari (¡qué divertido e inteligente es Orsai!); las entre 5,500 y 7,000 visitas mensuales a este blog me hacen casi tan invisible como creía que era, y más bien lo mantienen en el nivel de un grupo de amigos que me visitan --incluyo a los trolls, cómo no--, y a algunos de ellos los visito también con regularidad. Lo que importa es que alguien saque "el tema" del día o la semana, y para eso me usa porque le parece que... bueno... no sé qué le parezca.
Creí que dando las entrevistas por correo electrónico haría que al menos me citaran textualmente, pero fallé: en la nota de los blogs ni Gabriela ni Alfredo leyeron lo que escribí tan claramente. Y eso debe tener consecuencias, o no he aprendido nada.
Y éstas son que daré la menor cantidad posible de entrevistas; no se trata de trabajar para otros, sin que pongan mucho de su parte. Y además trabajar en vano, porque uno se quema el coco y ellos nada más están llenando un machote. Para eso hay trabajos también, en Hacienda o en las tramitadoras de licencias o vaya a saber.
O de plano cobrar por trabajar para ellos. La tarifa sería según la cantidad de trabajo que deba hacer, o sea que primero manden el cuestionario, le pongo precio a las respuestas y allí sí pueden hacer lo que gusten. Están excluidas, desde luego, las cosas que deba decir como empleado de Concultura; ya recibo un sueldo para eso. Y también cuando se presente algún libro mío, que no ocurre con mucha frecuencia en El Salvador. Ya sabrán qué hacer con eso; para mí es parte de mi trabajo habitual.
Y tan lindo que es el periodismo... Y tan emocionante que es hacer entrevistas...

_____

P.S.: Si se trata de irresponsabilidad periodística, lean este post de Sandra Aguilar acerca de un primo suyo que murió en un accidente. El reportero, según dice, se inventó todo. Triste triste.

6 de septiembre de 2008

Un macho sin pasión

Reproduzco una nota acerca de mi novela Trece que se publicó en el diario Prensa Libre de Guatemala, en este link, bajo la firma de Margarita Carrera, una conocida y reconocida reseñista y crítica de por allá. Me gustó bastante (la nota); ya hace un año y medio publicó una acerca de Cualquier forma de morir en la que me acusaba de macho, y ahora falto de pasión, además de decir que mi pobre personaje es impotente. Como dije en su momento, en este post, me lo busqué --allí se habla de los motivos--, y lo pago con gusto.
Lo único que no agradezco es lo de "talento innato". No porque me parezca condescendiente, sino porque el talento no sirve de nada si no se trabaja. Y obviamente yo no he trabajado el mío, je. (Después de la reseña viene una cosa que escribí acerca de Camus, así que no se vayan tan rápido.)
Ah: propongo que en las universidades se establezca una nueva materia: crítica literaria de género. No sé qué tanto serviría, pero sería un éxito.

Revelaciones: Trece
Por Margarita Carrera

Además del talento innato, observo que Rafael Menjívar Ochoa ha tenido éxito dentro del mundo desarrollado.
Escritor, periodista, traductor. Vivió fuera de El Salvador de 1973 a 1999, especialmente en México. Una parte de sus novelas se ha publicado en francés, y sus cuentos aparecen en antologías en Francia, Alemania, Italia, España y México. Esto me recuerda a Cardoza y Aragón, Monteforte Toledo y Tito Monterroso. Talentos excepcionales con no menos excepcionales oportunidades dentro del desarrollo.
Me concentro en la novela Trece de Menjívar. El tema más que filosófico (como lo quería Camus), es, según mi punto de vista, psicológico: el suicidio. La muerte cuando nosotros deseamos, como nosotros deseamos y donde nosotros deseamos. Pero alrededor de ésta, se alínean pensamientos que podrían ser ensayos o simples observaciones. En el Mito de Sísifo, Camus se aleja de la psicología profunda, comulga más bien con la filosofía: “No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio”. “Juzgar que la vida vale o no vale la pena de que se la viva es responder a la pregunta fundamental de la filosofía”. ¿Es esto verdadero? Habría que preguntarle a Freud.
Menjívar no ha tenido psicoanálisis, sí practica un análisis filosófico de cuanto le rodea. Libre de pasiones, su personaje decide suicidarse después de que pasen trece días. En algunos capítulos hay reflexiones, observaciones, pensamientos sin mayor importancia, por lo menos para el lector: “Siempre he tenido pánico de volar. Hoy hubiera sido un excelente día para viajar en avión…” “Quizá me quede aquí, viendo a la muchacha hasta que su belleza se marchite”.
En los capítulos en donde nos relata aconteceres con su familia, la historia se torna interesante. Pero ¿dónde está la pasión? Un hombre o una mujer sin pasión, creo yo, bien merece morir. Pero no lo hará con sus propias manos. Los días pasarán siempre iguales, siempre que no haya malestar físico alguno o alguna pena por equis cosa. Pero esto que hago parece más bien una crítica, no un análisis literario de la obra. ¿Analizar qué? ¿La estupidez del personaje principal? ¿Su carencia de afectos profundos y verdaderos? Ni siquiera un perro o un gato a quien entregar su cariño. ¡Ya sé! El personaje es impotente. Quien no sabe amar a nadie, necesariamente es un impotente, aunque funcione sexualmente. Menjívar Ochoa, estoy segura, tiene mejores obras. Si no, no tendría tanto éxito en el exterior. Desdichadamente en el exterior hay también múltiples escritores sin pasión.
Aparentemente frío, Borges estaba lleno de pasión. No concibo una obra sin pasión. Por eso, quizá, me deleita tanto Madame Bovary. “Es que yo soy Madame Bovary”, nos dice Flaubert. El suicidio es totalmente justificable en este personaje femenino tan magníficamente trazado. Fuera del suicidio, no encuentra salvación alguna. Aunque el arsénico le provoque dolores infinitos. También existe el suicidio lento, de agonía prolongada a manera de autocastigo infame. Quien se suicida es quien ama con hondura la vida. No el que la desprecia.
Opiniones –las mías- que no quitan ni ponen nada a Trece. Una obra bien escrita, casi de manera impecable. Para mí, el problema de la novela es la carencia de pasión. Pero Menjívar Ochoa no lo vio así cuando la escribió. Una vez publicada, ya no le pertenece del todo. Pertenece a los lectores que pueden rehacerla o deshacerla, como quieran. Es simple cuestión de filosofías, psicologías y opiniones.

* * *

Hace ya varios años escribí un libro que debería estar por publicarse (los editores se atrasan, qué sé yo). En el capítulo 11 hablo un poco de El mito de Sísifo, de Camus, que nunca me ha gustado. O sea que una influencia literaria mía no es; de Camus lo único que me gusta es El extranjero y sus cuentos, que me parecen maravillosos. Reproduzco fragmentos de ese capítulo 11, en el que curiosamente se habla de mi amigo René Bascopé, a quien fui a visitar a su tumba hace un par de semanas:

En 1980 compré un libro de Albert Camus, El mito de Sísifo, que me ha seguido desde entonces por casas, maletas y países. Nunca he logrado leerlo completo –lo he intentado– y, a decir verdad, me resulta un tanto tedioso; las preocupaciones de Camus sobre el suicidio me parecen forzadas y poco vitales, aunque cada quién sabe cómo habla de sus cosas, y cómo las siente.
Compré el libro por recomendación de René Bascopé, un cuentista boliviano muerto en La Paz en 1984: se dio un tiro en el estómago, y juran que se trató de un accidente. Cuando lo conocí, René era todo un escritor de 29 años, que sabía lo que yo ignoraba a mis 20, y me enseñó sutilezas de la literatura que aún no termino de comprender. (Quizá sí. Lo más probable es que lo haya idealizado, y está bien.)
De noche en noche, cada dos o tres años, trato de leer El mito de Sísifo y me encuentro con subrayados que he hecho a lo largo del tiempo y de lecturas truncadas, y hago algún subrayado nuevo, casi por inercia, sin que el libro me llegue a interesar.
Cambio de casa y el libro va en la caja de los más importantes; cambio de país y está entre los quince o veinte que llevo en la maleta de mano, los de hojas amarillas y portadas quebradizas, mezclados con mis cuadernos y manuscritos: las cartas de Raymond Chandler, Asesinato en la catedral y Cuatro cuartetos de Eliot, El arte de la poesía de Pound, Homenaje a Cataluña de Orwell, uno sobre el cine expresionista alemán...
Después de escribir el primer borrador de este texto me dije que quizá fuera el momento de entender El mito de Sísifo –su tema es el suicidio–, y me puse a leerlo una noche, antes de dormir. Fue en vano: los ojos y la mente pasaban por encima de las hojas sin encontrar nada de qué agarrarse y, como siempre, sentí vergüenza por mi incapacidad de comprenderlo y emocionarme. Más por defensa que por soberbia –y ya dentro de la lógica de Camus–, pensé que tenía 41 años, que en unos meses cumpliría 42, que había llegado a un punto al que René jamás llegó, que había vivido cosas que él ya no viviría y que, en fin, veía el mundo de un modo que para él fue y será inaccesible.
Sí, me dije con sorna, pero él conoció mucho antes la experiencia que te falta: el instante en el que todo acaba y sabes que el mundo seguirá sin ti, y que no importa. Como siempre que llego a ese punto, me dije que ya será el momento, que no hay prisa, y me dediqué a revisar las frases subrayadas a lo largo de años:

No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio. Juzgar que la vida vale la pena o no vale la pena de que se la viva es responder a la pregunta fundamental de la filosofía.

(lo que se llama una razón para vivir es, al mismo tiempo, una excelente razón para morir)

Comenzar a pensar es comenzar a ser minado.

Quienes se suicidan suelen estar con frecuencia seguros del sentido de la vida.

La elisión típica, la elisión mortal [...], es la esperanza: esperanza de otra vida que hay que “merecer”, o engaño de quienes viven no para la vida misma, sino para alguna gran idea que la supera, la sublima, le da un sentido y la traiciona.

También los hombres segregan lo inhumano. En ciertas horas de lucidez, el aspecto mecánico de sus gestos, su pantomima carente de sentido vuelven estúpido cuanto les rodea. Un hombre habla por teléfono detrás de un tabique de vidrio; no se le oye, pero se ve su mímica sin sentido: uno se pregunta por qué vive. Este malestar ante la inhumanidad del hombre mismo, esta caída incalculable ante la imagen de lo que somos, esta “náusea”, como la llama un autor de nuestros días, es también lo absurdo. El extraño que, en ciertos segundos, viene a nuestro encuentro en un espejo; el hermano familiar y, no obstante, inquietante que volvemos a encontrar en nuestras fotografías, son también lo absurdo.

El horror procede en realidad del lado matemático del acontecimiento.

Comprender es, ante todo, unificar.

Para un hombre, comprender al mundo es reducirlo a lo humano, marcarlo con su sello.

Si hubiera que escribir la única historia significativa del pensamiento humano, habría que escribir la de sus arrepentimientos sucesivos y sus impotencias.

Existe un hecho evidente que parece enteramente moral: un hombre es siempre presa de sus verdades. Una vez que las reconoce no puede apartarse de ellas. No hay más remedio que pagarlas. Un hombre que adquiere conciencia de lo absurdo queda ligado a ello para siempre. Un hombre sin esperanza y consciente de no tenerla no pertenece ya al porvenir. Esto es natural. Pero es natural también que haga esfuerzos por librarse del universo que él mismo ha creado.

...ese Dios puede ser vengativo y odioso, incomprensible y contradictorio, pero cuanto más odioso es su rostro tanto más afirma su poder. Su grandeza es su inconsecuencia. Su prueba es su inhumanidad.
Creo que alguna vez llegué a la página 126 (de un total de 149) porque allí encuentro un viejo boleto de metro como marcador, pero no hay subrayados después de la página 44; quizá me salté capítulos enteros o puse el boleto en la 126 porque había que ponerlo en alguna parte. Pero –me digo con inocencia– en los subrayados deben estar las claves que expliquen el suicidio de ***, y mi lógica es la del que busca augurios al azar abriendo un libro con los ojos cerrados y pone el dedo en cualquier línea, o espera que en la primera frase que diga la primera persona a la que se encuentre al salir de casa esté la clave para resolver un problema que se es incapaz de descifrar.
Y, sí, lo veo, en las frases de Camus están las claves para explicar la muerte de ***, pero también la vida de cada uno de nosotros, y nuestros amores y odios, y nuestros motivos para seguir vivos o para dedicarnos a cierta cosa en particular. Son buenas frases. Y pienso ahora que a lo largo de casi treinta años he cargado un libro que no me gusta porque creí que en algún momento me haría las preguntas de las que los subrayados serían las respuestas, y veo que quizá sea hora de dejarlo abandonado: no es más que un libro, un objeto, algo externo después de todo, como los países, los monumentos y los muertos ajenos.
Releo las citas y me doy cuenta del motivo por el que nunca pude leer El mito de Sísifo: a Camus en el fondo no le interesa que yo (cualquier lector) comparta sus ideas o sentimientos acerca del suicidio (y por tanto de su sentido de la vida): lo que hace es tratar de justificar su vida y su fascinación por la muerte, y espera mi adhesión incondicional. No que me entere de sus ideas, sino que las haga mías. Y sus palabras encierran verdades, pero son palabras que pertenecen a su alma, no a la mía. (Aun así coloco una de sus frases como epígrafe de este libro, porque es bella.)
Uno de los hechos que me ha sido difícil comprender –y las frases subrayadas lo explican también, cómo no– es que mi padre muriera porque quería morir, que sólo fue al médico cuando el cáncer se había extendido tanto que la cirugía era prácticamente un paliativo. Su gran esperanza era no salir con vida de la primera operación; despertar de la anestesia fue para él una experiencia triste. Para darle un poco más de vida había sido necesario extirparle la vejiga, la próstata, un trozo de intestino, otro de estómago; se sentía mutilado y humillado, y no comprendía que se pudiera vivir así. Pero lo intentó. El médico se lo había dicho: sin la operación, le quedaban dos o tres meses de vida. Con la operación vivió un año, las últimas semanas en condiciones de sufrimiento o inconsciencia.
En enero de 2000, cuando aún no estaba bajo el efecto constante de la morfina, me dijo una frase que aún oigo de tanto en tanto, con su voz ronca y su tristeza:
–Creí que era más fácil morir que vivir, pero no. Ahora no me queda más remedio que tratar de seguir viviendo.
Llegó más lejos de lo que él mismo pensaba: en su estado normal, cuando estaba delgado, pesaba unos 70 kilos; su cadáver pesaba menos de 40. Cuando los médicos le daban tres o cuatro días de vida, llegué a Costa Rica para estar con él en el momento de su muerte. Dos días después comenzó a revivir; los huesos se le cubrieron nuevamente de músculo y durante un mes conversamos casi todas las madrugadas, como siempre que nos veíamos. A ratos lograba salir de entre la morfina y reíamos, cantábamos canciones antiguas y recordábamos con placer a nuestros muertos. Entró en radioterapia (tenía un tumor en la columna, que parecía localizado) y creímos que había alguna posibilidad de que viviera un tiempo más en condiciones aceptables.
Cuando tuve que regresar a El Salvador decidió que era hora de seguir con su muerte. Vivió hasta que en el cuerpo no le quedó nada que pudiera seguir vivo: le sacó hasta la última gota a la vida.
Eso es lo que no encuentro en Camus: la muerte como un proceso vital. La resistencia a la muerte, la necesidad de morir o no morir, el control sobre los mecanismos de la muerte, el juego de la muerte, con la muerte, para la muerte.
Mi padre creía en el suicidio como solución extrema. Me imaginé que, para no llegar al punto al que llegó, recurriría a una sobredosis, y me parecía bien. Nunca se habló en familia, pero sé que lo esperábamos; el orgullo de mi padre no soportaría el no poder valerse a sí mismo, el peligro de perder el control sobre su mente y su cuerpo.
Pero permitió que lo cuidáramos, soportó la silla de ruedas, la debilidad extrema, los viajes al hospital. Era más fácil luchar por la vida que morir. Morir era más difícil que seguir viviendo.
Pienso en la versión que conocí de la muerte de René Bascopé. Volvió de México a Bolivia en 1981 o 1982 para refundar y dirigir el semanario Aquí, a cuyo director, Luis Espinal, habían asesinado en 1980. René, entonces subdirector de la revista, tuvo que exiliarse. A su regreso a Bolivia debió moverse en la clandestinidad y, a pesar de ser sumamente torpe, iba armado con una escuadra del .38. Un día, de regreso a su casa, se sacó la escuadra del cinturón. Había una bala en la recámara y no tenía seguro; metió el dedo en el gatillo y se dio un tiro en el abdomen. Su novia, que estaba presente, lo llevó al hospital. Lo operaron. De México le enviamos medicamentos y bolsas de colostomía. Un mes después sufrió una descompensación y murió.
René no quería morir –era agresivamente vital, con todo y sus modos suaves de boliviano–, pero de algún modo se suicidó; mi padre, que deseaba morir tras una interminable depresión, alargó la vida hasta mes y medio después de lo humanamente posible, y su cadáver fresco tenía una sonrisa.

La frase del epígrafe del libro es: "Pero toda la cuestión consiste en saber si uno puede vivir con sus pasiones, en saber si se puede aceptar su ley profunda: quemar el corazón..."