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26 de mayo de 2010

Taller de narrativa en La Casa

El próximo sábado 5 de junio se reabrirá el taller de narrativa de La Casa del Escritor, que debió ser postergado el año pasado por la mala salud del conductor, o sea yo.
El taller tendrá lugar los sábados a partir de las 2 de la tarde, hasta la hora que sea necesario, posible o deseable. El requisito para participar es tener textos escritos o un proyecto en marcha. Y llegar a La Casa.
El taller de poesía sigue funcionando los domingos, de las 3 de la tarde en adelante. Los requisitos son los mismos que para el de narrativa.
Sobra decir que ambos son gratuitos.

6 de septiembre de 2009

Breve recuento y el espillage

Thiery Davo me manda el afiche que el dramaturgo Claude Esnault ha hecho para la representación de Breve recuento de todas las cosas en Le Mans. Me pone una nota pertinente: "La palabra "espillage" no aparece en ningún diccionario, significa "quitar la piel". Busca la palabra en google como tuve que hacerlo y verás una foto bien interesante. Je je. Pinche Claude."
Tenía un recorte que no había puesto acá, que es de cuando Claude estaba trabajando --creo-- Instrucciones para vivir sin piel, el año pasado. Y todavía tengo sin publicar unas fotos de cuando estuve en Le Mans, en una representación de Trece que me dejó helado. Es como si me hubieran dicho: "¿Tú escribiste eso? Ahora te lo comes." Y me lo comí con gusto. Un gusto un tanto sórdido, pero gusto al fin.

30 de julio de 2009

La muerte burguesa y las otras muertes

Hace unos días estuve revisando relatos policiales de Raymond Chandler, fragmentos de novelas de Chester Himes y comparando con algunas clásicas del género negro. Sería por el estado de ánimo en que me encontraba ese día, pero me puse a pensar: “Qué fácil se muere y se mata a la gente en los libros clase b”. Eso me llevó a releer dos novelas mías, Los héroes tienen sueño y Cualquier forma de morir, más como ejercicio de autocrítica que como ego trip y, sí, qué fácil se muere y –aparentemente– se mata en la ficción.
No en toda. (Comienzan los peros.) En general, en lo que se llama “literatura seria” la muerte es una excepción, un punto de quiebre, el lugar al que se evita llegar, al que se quiere llegar o alrededor del cual gira todo el asunto. La muerte es el eje de esa “literatura seria”, pero es más una idea que un hecho: si se muriera todo el mundo a balazos, envenenado o atropellado, como en una buena novela de Chester Himes, no habría espacio para reflexiones, dudas, relaciones significativas entre personajes, etcétera, y se supone que en eso está la gran literatura. (Igual desde la primera línea se puede cometer y confesar un crimen, como en El túnel, de Sabato, pero matar “de verdad” a María Nosequé se va a llevar unas cien páginas más. Igual Shakespeare armaba unas matanza bastante notables, como en Hamlet o Ricardo III, pero lo suyo era la “clase b” de su época, guardando respeto y distancias.)
Gran literatura, pequeña literatura: quizá la idea del tamaño de la literatura tenga que ver con cómo se considere a la muerte.
Si nos ponemos un tanto dramáticos, bien podría hablarse de que hay una idea burguesa de la muerte de la cual se agarra la literatura seria, y tiene que ver –desde luego– con la vida burguesa ideal: el orden, el ahorro, el trabajo, el tiempo bien distribuido, la fortuna bien estratificada, las relaciones personales definidas por ciertos cánones, los propios cánones, etcétera. Dentro del mundo ideal, la muerte es una meta, en la medida en que debe alcanzarse en cierto momento, de cierta manera, en un entorno casi controlado. La muerte llega cuando debe llegar, y la ruptura del orden de la muerte puede ser el tema de una novela: algo se descontroló, algo salió mal, y el tipo se muere de un aneurisma mucho antes de tiempo, o lo pesca un Alzheimer o le atropellan a la esposa o alguien se suicida o un accidente de tráfico que deja huérfano al muchacho que, en el momento de iniciar el relato, ya ha superado al menos económicamente el infortunio. (O no, y allí entra la historia.)
La novela negra, según la definición de Chandler, pertenece al mundo del crimen, justo donde la muerte es algo cotidiano. No es incidental: es necesaria. Es parte de las reglas de la vida. Es el extremo en un mundo donde se vive rebotando de un extremo a otro, esperando que la pistola apunte para otra parte en el momento en que dispare, o estar viendo en dirección contraria del asesinato del cual uno podría ser el testigo. Pocas cosas menos “burguesas” que eso. (Si se piensa bien, se parece mucho a vivir en ciertos vecindarios de Apopa o Zaragoza.)
En la literatura “del crimen” alguien puede morir en cualquier momento –hay convenciones, pero la premisa básica es cierta–, casi por cualquier motivo, cualquiera puede ser el muerto, y los métodos pueden ser simples o lindar con lo barroco. Y, sí, viendo desde la “gran literatura” habrá cosas que suenen absurdas y hasta pueriles, como las maneras de morir.
En Cualquier forma se me ocurrió poner que a un juez lo declararon suicida, y tenía un tiro en la nuca. Lo curioso es que el juez sí existió y sí tenía un tiro en la nuca, y durante un par de días la hipótesis oficial, publicada en todos los diarios, fue la del suicidio. Lo único que hice fue tomar la información de un par de recortes de periódico y ponerla allí. En la novela hasta resulta divertido; en la vida real fue siniestro a secas. O lo del tipo que se mató de dos disparos de revólver en el corazón; alguien que sepa un poquito de armas sabe que es imposible, y lo mismo debieron intuir los que le hicieron la autopsia al cadáver en la vida real. Pero pues fue suicidio y fue suicidio.
Quizá los que piden que la literatura se ajuste lo más posible a la realidad, del naturalimo más básico al realismo socialista –este último linda con la literatura fantástica, se diga lo que se diga–, no se dan cuenta de que la realidad es demasiado increíble en ocasiones para meterla dentro de la ficción. Matar a alguien en una novela no es cualquier cosa; no se trata de poner al bueno, al malo, al testigo, jalar el gatillo y listo. Es necesario que sea orgánico, así se trate de la más barata de las novelas baratas. El móvil y la oportunidad, a lo Agatha Christie, no son suficientes. Tampoco –y menos aún– la simple voluntad del autor. La diferencia entre la “gran literatura” y la “pequeña literatura”, en ese aspecto, es que la muerte se produce de cierto modo, de manera usualmente más llana y sin demasiados existencialismos. Las consecuencias son las mismas, así se procesen de diferente manera, o así el objetivo de la obra sea otro (generalmente divertir, que hay maneras y maneras).
Lo que quizá no haya es tantos “filtros” entre la voluntad de matar y el hecho de matar, o no los mismos filtros. El personaje de El túnel tiene que matar, eso lo sabemos desde la primera página; los motivos son más bien difusos, y se van aclarando a lo largo del libro. En una de Hammett el asesino también mata porque tiene que matar, pero sus motivos son más precisos (una traición, un robo, una venganza), y todos tienen consecuencias prácticas. En el primer caso el asesinato es un lujo; en el segundo es un recurso extremo, pero recurso al fin. Y lo interesante es que se parecerá mucho más a “la vida real” lo que se cuente en la segunda novela que lo que se cuente en la primera; basta con ojear un periódico no necesariamente amarillista para darse cuenta de los motivos absurdos por los que la gente se mata, los métodos que rayan con lo barroco, las justificaciones estúpidas para hacer algo estúpido. Castel, el de El túnel, es una excepción. Piensa demasiado. Es “burgués” en su modo de enfocar el asesinato. Incluso Ricardo III –el drama “clase b” del siglo XVII– es una excepción, que por algo aspira al trono de Inglaterra, lo obtiene como lo obtiene y lo pierde como lo pierde.
Puede haber varias conclusiones a lo que se ha dicho.
Una, que la literatura negra debería ser el ideal de los que buscan realismo en los libros. Paradójicamente, está clasificada –entre otras clasificaciones– como “literatura de evasión”. Y sin embargo en pocos géneros, subgéneros o llámele como quiera se puede encontrar de manera más clara la “denuncia social” que para muchos es fundamental en las letras.
Dos, que la “gran literatura” se aleja de “la realidad” y genera excepciones, y son esas excepciones las que la hacen “gran literatura”. Por ejemplo Cien años de soledad, un “retrato fiel” de nuestra América Latina: hizo falta que alguien se sacara de la manga lo del “realismo mágico” para que los demás dijéramos “Ah, mira tú...” y viéramos más una serie de magníficos dislates muy bien contados.
Tres, que la muerte es siempre el eje de la literatura que valga la pena de leerse, sea “pequeña” o “gande”, si algo así existe. La diferencia –y no siempre– puede ser la crudeza con la que se la aborda.
Cuatro, que detrás de cualquier texto literario siempre está una premisa fundamental: todos los que allí aparecen pueden terminar muertos. Quiénes y cómo es parte del encanto de leer.
Cinco, que la ventaja de un libro es que no hay más muertos que los que se producen entre tapa y tapa. En la “vida real” no tenemos tanta suerte.
Seis, que vivimos en un país con un promedio de doce homicidios intencionales por día, algo así como 360 al mes y 4,400 al año. ¿Qué le puede contar a la literatura una realidad tan concreta en materia de métodos, motivos, causas y efectos? (La respuesta es “mucho”, pero prefiero no decirla.) Pensar en unos adolescentes que asesinan a un chofer y a un cobrador por no dar dos dólares o tres de “protección” ya es absurdo. Pensar en otros adolescentes que descabezan a una muchacha de quince años por hablar con gente de la pandilla contraria es para producir un terror casi cósmico. Tirar los cadáveres frescos en la puerta de una delegación policial lleva a que uno se pregunte dónde rayos está viviendo, y por qué. Y, sobre todo, se da cuenta de lo fácil que es matar y morir en la vida real, y lo difícil que resulta en la ficción.

26 de julio de 2009

Alicia

Leo Argüello me manda desde Canadá el link de una extraña versión de Alicia en el país de las maravillas, en nueve partes. Vale la pena verla. Aquí va la primera de la serie:



Para encontrar las otras ocho, puede seguir este link.

10 de junio de 2009

Hipercrítico

En los últimos días he andado en plan hipercrítico, y he estado a punto de desbaratar proyectos literarios que están bien, pero que la hipercriticidad ve espantosos. Creo que es el extremo contrario de la aridez literaria: la creatividad extrema basada en lo intelectual. Porque quiero trabajar en los textos que ya tengo en marcha, pero todo lo que veo me parece baladí, y lo que está escrito me parece al borde de lo fallido. (Ahora mismo estoy dudando de lo que escribo y le encuentro vueltas por todas partes: siento que toda idea está incompleta, que hay demasiados peros en cualquier enunciado, que no hay modo de hacer una frase sin que se desbarate de pura incoherencia.)
Se trata, creo, de que la famosa "suspensión de la incredulidad" no sólo funciona para el lector de un texto, que aceptará todo lo que se le diga con tal de que se le diga bien. También cuando uno escribe debe suspender un mucho la incredulidad y suponer (estar seguro) de que lo que dice no es una mera ficción, sino que es cierto, que puede ser demostrado, y que la demostración de un texto está en el texto mismo. (Si no, nadie escribiría fantasía, terror e incluso ciencia ficción. Allí es donde se hallan algunos de los extremos de la suspensión susodicha.)
Cuidado: hay un asunto importante: aunque uno escriba ficción --es decir cosas que realmente no han pasado, pero que son probables bajo ciertas condiciones--, todo lo que se escribe es verdad, o así debe vérsele desde el lado del escritor. Lo que uno enuncia es verdadero dentro del extraño mundo del texto, que son palabras y sin embargo se traducen en hechos, voces, lugares, lo que sea. Si uno deja de creer en eso, no hay modo de escribir ficción de verdad; a lo sumo habrá una emulación de ficción, pues se requiere de la sangre del escritor, no sólo su técnica y su suspensión de la incredulidad, para crear algo interesante, y sostenerlo. No es sólo de tener un tema, una historia y unos personajes y ponerlos en papel, sino de vivirlos, creerlos, ser ellos, sin que eso indique que uno deje de lado su distanciamiento crítico y su sentido de las proporciones, comovaser.
No es la primera vez que me da una crisis de éstas, pero sí es la más fuerte. En una de ellas deseché varios libros de un plumazo, ahora veo que con razón. En otra deseché Terceras personas, ahora veo que sin razón; de los que he escrito, es mi libro preferido, quizá por lo extraño de su estructura y lo complejo de las relaciones y lo fragmentario y todo lo demás. En otras he desechado borradores que, sin embargo, como simples borradores que eran, estaban muy bien, y así lo vi meses o años después. La ventaja ha sido que de cada crisis de ésas salen algunos textos buenos, de los que necesitan de ese estado de ánimo para funcionar. (Un ejemplo es "Espejos". Lo interesante es que, después de escrito, y pasado el periodo hipercrítico, me pareció que no era publicable, precisamente por sacado de onda. Terminó en una revista mexicana, Castálida, y de allí brincó a Los mejores cuentos mexicanos 2004, de Joaquín Mortiz. Cosas veredes.) La desventaja es estar viviéndolo. Hasta ahora nno me he atrevido a revisar varios borradores de trabajos en marcha; lo intenté con uno y estuve a punto de mandarlo a la picota. Hay otro que no he revisado en el último año y pico, y veo problemas fundamentales que no encuentro cómo resolver sin que resulte mal; quizá termine desechándolo. Este hipercriticismo también puede tener un efecto limpiador sano.
Necesito en todo caso estar menos en alerta y entrar más en el juego, o voy a terminar de escritor naturalista o realista socialista o alguna cosa de ésas; al igual que cuando a uno le entra la aridez, parece que esa hiperestesia intelectual va a durar para siempre, y no es así, pero el sentimiento es imposible de quitarse. Ya se quitará solo, espero. Mientras, a ver qué escribo. Tengo unas páginas de hace unos días y me parecen coherentes y sensatas; pertenecen a un trabajo que llevo un par de años haciendo de a poco, después de una carrera inicial de cien páginas. Veremos si funciona.
(Se siente como un desdoblamiento de la personalidad, y como si la parte desdoblada hubiese adquirido el control sobre uno y uno no pudiera hacer nada para evitarlo. No es patológico, sólo incómodo. No me he atrevido tampoco a releer alguno de mis libros; quizá deje de gustarme, así sea provisionalmente. Lecturas recomendadas para este periodo: Borges. Estoy leyendo sus artículos de los años treinta y algunas conferencias, nada de ficción, o seguro se me desarma en las manos. O quizá deba cambiar de autor; desde hace varias semanas que no leo más que a Borges, con algunos toques de Foucault y un par de intentos fallidos con Hammett.)

25 de mayo de 2009

Releer

Releer un libro que uno ha leído varios años atrás es más que una experiencia interesante: es un jab directo al ego.
Por ejemplo, uno lee el libro, lo termina, lo asimila y lo archiva en dos lugares al mismo tiempo: en el librero y en la memoria. Uno puede decir con propiedad: "Leí tal libro, trata de esto y de lo otro, hay unas frases muy buenas --como 'Ésta' y 'Ésta'-- y lo que más me gustó fue la parte donde..." Si queda alguna duda, allí está el volumen --la prueba material--, en medio de otro montón de pruebas materiales de que uno "ha leído", y la memoria le dice a uno, cada vez que pasa junto a tal librero, que tal libro trata de tal cosa, que éste hay que tenerlo en especial estima, que en otro aprendió uno tal y tal cosa, y que lo mejor de aquél es tal y tal otra. Y lísto, a seguir acumulando libros en las estanterías y en la cabeza porque, en fin, para eso son los libros.
Hay libros que uno no vuelve a tocar --excepto para quitarles el polvo cada tanto--, y los motivos pueden ser los que sean: uno quedó satisfecho con la primera y única lectura, uno quedó insatisfecho, uno encontró lo que buscaba y/o necesitaba y/o quería, que es un poco de lo mismo, o simplemente, en el balance de las cosas, una posible relectura es diferida por nuevos libros o por relecturas más urgentes.
Porque hay libros que fueron hechos para releerse, y es urgente releerlos cada cierto tiempo, digamos al día siguiente de terminarlos, o un mes después, o seis meses, o un año, o todas las anteriores. Puede tratarse de simple gusto por un libro en especial, pero es más probable que en una sola lectura uno no haya podido agotar las posibilidades del texto, o no haya querido; que quiera aprender algo en especial, que quiera buscar algo que se le haya pasado por alto, que cada vez sea un libro diferente --según la perspectiva desde la que se lo relea-- aunque el texto esté allí, bien quietecito, tan en su papel como la primera vez. (Me pasa con Crónica de una muerte anunciada. ¡Es perfecto! Las doce o quince o vaya a saber cuántas veces que lo he leído es el mismo texto, que casi conozco de memoria, pero cada vez hay sorpresas esperando saltar al menor descuido --valga por favor el lugar común--, frases que adquieren diferentes significados, que enlazan con otras frases y las escenas ya no son lo que eran en la lectura anterior, etcétera. Pedro Páramo es otro de ésos, pero lo tomo con más cautela; cada lectura es tan poderosa como la primera, y no quiero una sobredosis de Juan Rulfo.)
Hay libros de los que uno sólo relee ciertos pasajes, ciertos subrayados, algunas frases, porque le producen placer o porque allí hay ideas que uno quiere tener frescas, lugares que uno quiere visitar o gente con la que quiere conversar de tarde en tarde. Uno sabe lo que encontrará, como en una fotografía, y quizá después tome otros libros para ver otros pasajes y pasársela como ante el álbum familiar.
Pero hay libros que uno agarra después de varios años, pensando que será como lo del álbum, y se da cuenta de que no los ha leído. Es decir: sí, los leyó alguna vez, y los dejó bien guardaditos, pero a la hora de la relectura no tienen nada que ver con lo que uno recuerda. El tono es diferente, los personajes son otros, el modo en que está escrito no es el mismo, las cosas pasan en momentos diferentes y en contextos diferentes a los que uno recordaba...
Hay de dos: tira el libro al carajo y se pone a repetir obsesivamente "Esto no está pasando, esto no está pasando" y se queda clavado en que uno ya leyó ese libro, y ése no es ese libro, o respira hondo un par de veces, se relaja y lo disfruta. O no. Porque quizá se trate de una porquería de libro que uno recordaba muy bueno, y qué vergüenza, que se dan casos. Igual es un libro muy bueno, pero es otro. Uno lo leyó, lo procesó y siguió procesándolo y siguió hasta convertirlo en un libro diferente, esto es: lo guardó en el librero y en la memoria, pero cada vez que pensaba en él iba recreándolo, rehaciéndolo, recombinándolo. Quizá releyéndolo sin siquiera tenerlo enfrente, vaya. Lo emocionante será --me ha pasado-- esperar unos años y volver a tomar el libro en cuestión y darme cuenta de que de nuevo ha cambiado, que de nuevo es otro. Si uno lo piensa en términos económicos, no está mal: paga por un libro y de repente se da cuenta de que son dos o tres o cuatro, y cada vez igual de buenos. (Me ha pasado sobre todo con novelas negras y de ciencia ficción. No sé si sea así, pero me da la impresión de que hay escritores en esos géneros tienen una magia especial, que me gustaría también tener y que envidio verdemente.)

Uno de los libros que he comprado varias veces para releer es Último round, de Julio Cortázar, igual que La vuelta al día en ochenta mundos. (Los he regalado o perdido varias veces. La penúltima edición que tuve de Último round quedó hecha una desgracia, en México; la de ahora está nuevecita, recién comprada y recién releída.) Y hay un juego en el que siempre salgo perdiendo: recordar qué textos están en La vuelta al día, cuáles en Último round, y en qué tomo. (Ahora tengo la versión de La vuelta al día en un solo tomo, así que el juego es un poco menos divertido.)
Hay textos que confundo, por ejemplo "El cuento breve y sus alrededores", que viene en el tomo I, con trozos de una ponencia sobre el intelectual en América Latina que viene al final del tomo II (hace unos días lo recomprobé). Hay un texto acerca de una estación de ferrocarriles en Calcuta que siempre recuerdo en La vuelta al día que está en Último round, en el primer tomo. (Creo. Ya empezó otra vez la dinámica del olvido.) Igual un texto sobre Teodoro W. Adorno (o sea el gato de Cortázar) que no sé en cuál de los dos. Y así.
Hay textos de los dos libros que simplemente no releo. No me interesan. De año en año les doy una ojeada, recompruebo que no me gustan, y me voy al texto que sigue, o al tomo que sigue, o me brinco al otro libro, a algún texto que me pida la libre y soberana asociación de ideas, o agarro uno de los tomos de los cuentos completos de Cortázar y leo un par, casi al azar. Por eso tampoco sé muy bien en qué libro se encuentra cuál cuento, y tengo que preguntar cada vez que me toca recomendar "Las babas del diablo" o "El perseguidor" o "Carta a una señorita en París".

Ahora me doy cuenta de que con Cortázar he armado mi Rayuela particular, con una aclaración: no me gusta Rayuela. Punto. No he pasado de leer algunos capítulos. He tratado de leer otras novelas de Cortázar y sólo terminé, con pujidos y todo, Los premios. No me pescan 62 ni El libro de Manuel. Lo he intentado, en vano.
En la más reciente relectura de Último round sumé un libro más a mi Rayuela personal: Papeles inesperados, que compré en la Feria del Libro de Buenos Aires, recién presentadito. Y, desde luego, no lo leí en orden: primero me lancé sobre unos textos sobre cronopios y famas, luego sobre unos eliminados de Un tal Lucas, luego unas autoentrevistas (en una de ellas asegura que La vuelta al día y Último round son cosas diferentes, que el segundo no es continuación del primero), a medio camino unos artículos acerca de la guerra en El Salvador, luego unos poemas --me gustó apenas uno; la poesía de Cortázar me parece a veces demasiado... uh... teórica-- y, para no dejar, me estuve cambiando a otros libros y me leí un par de cosas de... este... creo que de Bestiario y de Las armas secretas.
Encontré algunos pasajes que me recordaron a Borges, así que aproveché que también compré sus obras completas y me puse a darle a la enésima relectura de Ficciones (en eso estoy ahora) y releí "El jorobadito", de Roberto Arlt, cuando sentí que me estaba saturando.
No, no soy así de desordenado para leer y para releer. Tampoco soy tan estricto como para no permitirme jugar con lecturas y relecturas, y ¿quién mejor que Cortázar para ponerse a jugar?
Ya que hablé de Papeles inesperados, un comentario. Me parece que es un libro interesante si uno es fan de Cortázar, pero no añade ni quita nada a su obra. Por mi parte me lo he pasado bien leyéndolo como apéndice de relecturas y, como en mis relecturas de él, hay textos que no me ha interesado leer. Quizá después.

14 de mayo de 2009

Paciencia y coca cola

Cada cierto tiempo uno entra en crisis y sabe que nunca más podrá volver a escribir. No es que lo imagine: es que el cuerpo y la cabeza le dicen que se le han acabado las ideas, los modos de decir las cosas, el manejo de personajes y estructuras y todo eso, y que jamás podrá hacer algo de la calidad de lo que de menos calidad haya escrito en su vida. Es orgánico, inevitable, y ya podrá uno tener treinta y tantos años en el oficio --como un servidor-- y estar seguro de que se trata de algo pasajero; la sensación es poderosa y puede caer uno en barrancos o quebradas creativos --decir "precipicios" sería excesivo, aunque habrá quien los padezca-- que siempre parecen el último y definitivo.
Lo que pasa, intuyo, es que uno carga la pila hasta donde da, y después de cierto tiempo --entre año y año y medio en mi caso-- simplemente se agota y hay que esperar a que recargue. Pasan unas semanas y meses y, zaz, de un momento a otro empiezan a salir algunas chispas, que sin embargo son más desesperantes aún: uno escribe pero no logra hacer lo que quiere, lo que necesita y de lo que es capaz. Más de uno ha dicho más de una vez, en esa etapa, que dejará de escribir y que ya no vale la pena; más de uno lo ha cumplido.
Lo que enseñan los años no es a no sentirse árido para siempre, sino a tener la paciencia necesaria para sobrellevarlo en lo que la batería se carga nuevamente. Mientras, aprender a sentirse un poco estúpido, bastante torpe, lleno de conocimientos que no sirven para nada, acarreando cuadernos de un lado para otro y sin nada que poner en ellos, aparte de algunas frases más de compromiso que inspiradas, o su equivalente a un oficio en que la inspiración es sólo un elemento eventual, y no el más importante.
En mi caso estoy trabado en dos novelas. Las he merodeado durante meses y escrito algunas páginas que he debido eliminar. La pila está bajísima, pues. Hace unos días escribí un par de cuentos (yo lo llamaría "juguetitos") que me dicen que la pila está ya en un nivel regular, y que pronto volverá el impulso necesario para seguir.
No sé si lo que escribí sea bueno o malo, ni qué tanto. Sé que hice algo nuevo. Quizá en esos textos y en algunos otros que salgan estén las claves que estoy buscando; quizá no. Lo importante es seguir, y soportar con filosofía y coca cola lo momentos más bajos. (Agua en mi caso; ya va para dos años que dejé la coca cola.)

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Ah: en el recuento del botín de mi viaje a Buenos Aires me hizo falta mencionar Vigilar y castigar, de Michel Foucault, un libro básico para quienes quieran enterarse acerca de los mecanismos de control del poder. Cuando lo relea hablaré de él.

1 de mayo de 2009

Primeras notas de Trece

Éstas son las primeras notas de Trece, algunas de ellas un tanto dispersas; buscaba la actitud del personaje central. Originalmente debía haber un reportero que llevara el registro de lo que pasaba en un club de suicidas, o que buscaba un club de suicidas o algo así. Poco a poco fui escribiendo notas más específicas o estructurando las notas, y nueve años después tenía una buena versión. Dos años más de corrección y listo, ni sentí el tiempo que pasé escribiéndolo, quizá porque mientras tanto aproveché para escribir algunas novelas más, y cuentos, y poemas, y de todo.
Al final, un papelito que me encontré dentro del cuaderno.

--"Un verdadero aventurero no se va de safari al África: agarra una pistola y se da un tiro. Eso es la verdadera aventura. Arriesgar la vida puede llegar a ser aburrido si lo haces más de tres veces. Hastía, créemelo. Hay que arriesgar más que la vida; hay que arriesgarse a que no haya nada más allá. ¿Aventura? ¡Anda, inténtalo! Quizá sí exista Dios y después de todo pierdas el alma."
--Harry Belafonte tenía una voz casi prodigiosa. Sin embargo cantaba canciones "de negro" con "estilo negro", y los blancos enloquecían; era lo que se esperaba de él. No era un Tío Tom; simplemente cumplía con las "necesidades" de su tiempo respecto a su raza-en-razón-de-sus-aptitudes. Otra cosa, con su talento, hubiera equivalido a una especie de suicidio. Recordar a Jack Johnson, el primer campeón negro de los pesos pesados, un caso extremo: en su última pelea debió representar el papel de negro estúpido (o sea aceptable) para ser perdonado y poder regresar a su país.
  • Un conserje deseoso de limpiar zapatos; un reportero que absolutamente siempre está absolutamente de acuerdo con cualquier hecho (es capaz de demostrar la bondad de un terremoto o de un torturador confeso); un mesero con muchas reverencias y sonrisas deseoso de ser regañado por su indignidad para servir. Y, sin embargo, cuánto odio se esconde en los que han escogido ese tipo de servilismo para sobrevivir. ¿Qué hablarán en medio de una borrachera?
  • Simplemente miedo de no ser sino en función de una palmada en la cabeza. Y también el odio a quienes los palmean.
  • La humillación crea asesinos (maten o no); la humillación autoprovocada crea dictadores.
  • El "hombre rata" de Dostoyevski.
  • No hay miedo a la muerte, pero sí un enfermizo aferrarse a la vida.
  • Son los hombres con las ideas más lúcidas y crueles; pero nadie las conocerá nunca. Podrían revolucionar el mundo, y nadie sino ellos lo sabrá nunca. En suma, son estúpidos.
-¿A qué lleva la objetividad de un periodista?
-La objetividad: miedo propio, respeto al lector, respeto al hecho por sí mismo, respeto a la "Historia". Y, sin embargo, uno sabe que miente.

--Al Jolson: la mascarada. Finge (y se convence de) ser un negro que finge servilismo y ese melodramatismo que se espera de un negro verdadero. El doble simulador.
--Louis Armstrong no finge nada. Es.
--La búsqueda de la verdad de Charlie Parker (según Cortázar). No sabe formular las preguntas, no puede plantearse [las] dudas, las respuestas son simplemente irrespondibles. Da su verdad a través de su música, pero él es el único en no comprenderla. Apenas intuye que tras esa amalgama de sonidos hay algo que, si acaso, para él apenas equivale a la duda, por lo tanto a la angustia.
--Un presidente no simula. Representa un papel que de antemano sabe que nadie apreciará; sabe, por demás, que es casi seguro que como actor es relativamente malo. No busca hacer el bien, ni siquiera el mal: quiere que se lo reconozca como el mejor actor. Pero De Gaulle sólo hubo uno. Entonces viene el deseo de venganza contra un público inculto y, en el peor de los casos, sin capacidad de fingimiento en ese sentido. Trujillo llegó a ser un primer actor, pero tan estúpido...

* * *

Primera escena: entrevista con un jugador de ruleta rusa. Intento de reportaje sobre un "partido" de ruleta rusa.
"Siempre hay un muerto, sino el juego no tendría sentido."
Muchacho encanecido, de mirada febril, sonrisa perpetua.
Las ganancias (los bienes del muerto) "son el botín. Ninguno de nosotros tiene necesidad de él. Pero en el fondo somos buitres. (Aventura, etc. Ver p. 52.)
Periodista: ¿Delator o no delator?

15/III/89
Los personajes de Dostoyevski no son complejos porque al autor se le ocurrió: simplemente así son. Mishkin así es, sin más; no hay que buscarle vueltas. Los personajes de Chandler son naturales: son gente así, a la que se encuentra en lugares así. Entran y salen de escena con naturalidad. Los de Faulkner son inamovibles, tercos, personajes.

30 de abril de 2009

De la traición y otros odios

De aquí salieron ideas para Trece (lo comencé a escribir en 1989) y para Cualquier forma de morir (lo comencé en 1990). Algunas frases las he usado, adaptadas, en cuentos y novelas. Me encanta el modo crudo de escribir de Chandler, como se notará.

12/III/89
-¿En qué lugar de la miseria comienza la corrupción? ¿En qué lugar de la mediocridad o del genio?
Mendigos que miran a través de la vidriera de un restaurante.
-Un doble: haz tú lo que yo no puedo hacer. "Yo soy el mal; puedes tener la conciencia tranquila, aunque no seas bueno.

* * *

Un periodista busca la huella de un antiguo criminal (¿error judicial?, quizá se comete un crimen con su estilo, pero que por su edad no pudo ejecutar). Encuentra a una hermana en un asilo, la enfermera lo envía a la planta baja, con un antiguo cómplice.

* * *

"Todas las historias se repiten. Quizá estemos viviendo la misma historia."

* * *

--¿Te remueerde la conciencia el que yo exista?
--"El hombre es según su capacidad de odio."
--"¿Cuál es tu capacidad de traición? Mientras más amas, más cerca estás de la traición."
--Un anuncio de cerveza flota en un caño.
--"Apenas sabes vivir. Es algo que se aprende. Mira esos niños: son inmortales. La miseria hace aprender. Tú sólo eres un turista."
--El sentido del ridículo: un borracho que baila con su vaso.
--"No, no me reformé. Fue el miedo, la costumbre de ser un imbécil. Ser un imbécil es fácil; lo difícil es serlo siempre. Yo lo logré.

14/III/89
Chandler, Raymond.
Playback, Edit. Bruguera,
Barcelona, 1986, 4ª edición.
--El sentido común siempre habla con retraso. El sentido común es el fulano que te dice que tendrías que haber revisado los frenos la semana anterior, antes de que abolles el parachoques delantero esta misma semana. El sentido común es el defensa del lunes por la mañana que habría podido ganar el partido si hubiese formado parte del equipo. Pero no juega nunca. Está en las graderías con una botella en el bolsillo. El sentido común es el hombrecillo de traje gris que nunca se equivoca al sumar. Pero casualmente siempre hace cuentas con el dinero de los demás. (108-109)

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Nota 1: Y bien, ya estamos en camino de tener nuestra propia ley fascista elevada a rango constitucional: se aprobó la reforma que prohíbe los matrimonios entre homosexuales de ambos sexos. (O sea: cada uno tiene un solo sexo, pero no se permite que se casen hombres con hombres y mujeres con mujeres. ¿Por qué el lenguaje es tan impreciso cuando uno se mete en estos temas?) Una ley que mutila de sus derechos ciudadanos a un grupo social específico en aras de la ideología, no de la razón o el propio derecho. Habrá que esperar que se cambie el texto del artículo donde declara que todos somos iguales, porque según la propia Constitución ya no lo somos. El FMLN se quedó a medio camino entre ese espíritu fascista y quién sabe qué: según LPG (ver la nota en este link), la reforma no implica que no se reconozcan los derechos de una unión entre homosexuales, lo cual deberá o debería ser regulado en el código civil, en la parte relativa a la familia: ¿de verdad no se dieron cuenta de la tontería que hacían? Mover un pequeño elemento de la Constitución significa ajustar un montón de cosas por todas partes. En todo caso, se sobreentiebde que lo "único" que no se permitirá a homosexuales y lesbianas contituidos en parejas será casarse, si es que la próxima legislatura comete la idiotez de ratificar las reformas. Ni adoptar hijos, lo cual es estúpido: un hombre puede adoptar si se declara soltero, bajo ciertas circunstancias, y una lesbiana puede concebir; la preferencia sexual no tiene que ver con la anatomía. Habrá que agregar un inciso que impida por lo menos a las lesbianas a tener hijos y a los hombres solos a adoptar, y quizá compartir la educación del niñó con alguien más. Y ya veremos qué hacen para ajustar las leyes secundarias al texto constitucional. Ah: ligado a lo anterior por razones más bien oscuras, tendremos también escuchas telefónicas legales. Bravo. Me pregunto qué harán con las ilegales que, desde luego, nunca han existido; lo que pasó en mis teléfonos, en diversas épocas, debió ser una ilusión acústica, o lo digo por pura mala fe.
Nota 2: Compré un teclado flexible, de hule, que se puede doblar casi a placer, no pesa nada y se puede limpiar con un trapito húmedo para que no acumule polvo, cenizas de cigarro y migajas de pan. Estoy escribiendo en él y se siente rarísimo, como si estuviera tipeando encima de la propia mesa. No dejo de sentirme medio bobo ante la falta de sonido mecánico, de piezas móviles, de cosas más concretas. Pero tampoco deja de gustarme. Y es pequeño, justo como prefiero los teclados. Si fuera blanco, estaría perfecto; la vista me falla un poco por la noche y a ratos, por mi particular modo de escribir, con los dedos donde no son, necesito ver el teclado, y lo que veo son casi manchas blancas sobre negro. Ventaja: uno puede teclear lo fuerte que quiera. Otra: uno puede teclear casi tan suavemente como quiera. Ya veremos si me acostumbro. Ahora estoy aprendiendo a no oír clics, clacs, algunos rechinidos, etcétera. El otro teclado, que está relativamente nuevo y bastante sano, quedará en la reserva, donde hay ya un par, entre ellos uno portátil, bastante simpático.

Nota 3: Estoy oyendo a Bela Fleck y los Flecktones. Son divertidos. Y buenísimos, pue.

29 de abril de 2009

Manual deontológico del perfecto asesino profesional (20/II/1989)

1. No mates por placer o por venganza; es estúpido.
2. No mates por lástima; nadie te lo reconocerá y puedes meterte en problemas.
3. No mates si no estás seguro de mantener la cabeza fría; algo saldrá mal.
4. Un disparo es el mejor método. Mientras más complejo sea el trabajo, mientras más elaborado, más posibilidades de dejar pistas.
5. El precio no es proporcional a la complejidad del trabajo o al peligro que se corre, sino a la calidad de la ejecución.
6. Asegúrate de que tu cliente no se arrepentirá a última hora; es engorroso. No te importan sus motivos ni su validez, pero tu propia seguridad está de por medio.
7. No hables con tu víctima, no le des explicaciones. No tiene sentido.
8. Cuando te dispongas a hacer un trabajo, trata de pasar desapercibido, pero no te obsesiones. Nadie se fijará en ti.
9. Cuando una persona normal oye un disparo, no corre de inmediato a la ventana a ver qué ocurrió. Primero duda si realmente oyó un disparo; si cree que fue así, duda sobre si es pertinente salir a la ventana. Si sale a la ventana, duda sobre la dirección de donde vino el disparo, etcétera. Tienes dos posibilidades: retírate de inmediato (un minuto o dos) o espera a que la atención haya decaído y no seas sospechoso por el simple hecho de estar allí; diez minutos después de disparar serás sólo un transeúnte más.
10. No robes, no mientas innecesariamente, no te metas en líos con la mujer de tu prójimo, no envidies, no te enfurezcas de manera notoria. En suma, no te hagas sospechoso.
11. No te ensañes con tu víctima. Eso es de aficionados.
12. Respeta a tus muertos. Gracias a ellos eres lo que eres y, en fin, son seres humanos.
13. Evita los cómplices. Si necesitas a alguien más para un trabajo, no lo aceptes. Si, de hecho, siempre necesitas de alguien mas, consigue trabajo dentro de una organización. Es mejor.

14. No abras cuentas de banco a tu nombre, no uses tarjetas de crédito, no declares impuestos, no caigas en la tentación de tener casas o terrenos. Simplemente no existas. Consulta a tu abogado; él comprenderá.
15. Tu red de contactos debe ser lo suficientemente compleja para que a las autoridades les sea difícil encontrarte, y lo suficientemente simple para no dificultar la consecución de clientes. Los contactos con los bajos fondos están bien, pero tu abogado también puede ayudarte; sabe mucho de la vida.
16. No mates a nadie que haya salido varios días seguidos en el periódico. En todo caso, espera a que los diarios lo ignoren.
17. No aceptes trabajos de alto riesgo con demasiada frecuencia. La policía puede empezar a conocerte.
18. Vive donde vive la gente normal, no seas hosco, pero tampoco des explicaciones. Evita las visitas. Haz tus citas en lugares comunes y frente a mucha gente, si así lo deseas. En realidad no le importas a nadie.
19. Si algo no te gusta, no aceptes el trabajo.
20. No engañes a tus iguales. Puede ser dañino para tu salud.

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Este ejercicio (que en realidad no es una deontología, pero así lo dejo) lo escribí mientras trabajaba la novela De vez en cuando la muerte. De un capítulo malogrado --porque no cabía allí, no porque fuera malo-- comencé a escribir Los héroes tienen sueño, y usé el ejercicio como base para un capítulo, que tampoco funcionó. Lo convertí en el cuento "El cubano", que aparece en el libro (publicado en francés, inédito en español) Un mundo en el que el cielo cae y cae. Hubo algunas ideas que sí se quedaron en Los héroes....
He encontrado cosas interesantes en ese diario de 1989.

4 de abril de 2009

Pendientes

Con eso de que se acercan mis cincuenta años de edad, y con las circunstancias y consecuencias del hecho, me he puesto a revisar qué textos tengo pendientes de publicar y, sobre todo, de terminar. Lo primero ya ocurrirá algún día; lo segundo tiene que ocurrir algún día; no me gustaría dejar cosas a medias cuando llegue el momento de retirarme, y me refiero del planeta, no del trabajo. (Cuando me retire del trabajo, si es que eso ocurre, no encuentro mejor oficio que dedicarme a escribir lo que se me pegue la gana, y nada más.)

En la carpeta de libros terminados encuentro que tengo listos para publicar:
1. ¡Una novela interactiva para jóvenes! Lo interesante es que ésa debió publicarse en 1995, por encargo de Planeta México. De repente se vino la crisis económica, corrieron al editor y, con los originales mecánicos ya en los talleres, se quedó en nada, y Planeta casi en nada durante un buen par de años. Me la pagaron, y el contrato decía que, si en diez años no se publicaba, los derechos eran míos. Pues bien: ya son míos. Quizá haga una cosa en html o en pdf, nomás por diversión, después de darle una buena revisada.
2. Un libro de cuentos inédito en español, aunque recién publicado en Francia.
3. Una pieza de teatro bastante divertida. En realidad son dos: tengo otra que ya estaba corregida, y perdí una última versión cuando se arruinó la compu del trabajo. La única solución que hallaron los... uh... técnicos fue cambiar el disco duro y tirar el anterior, cuando me consta que no era necesario. Mea culpa por no sacar backup. Sólo hay que cambiar las últimas líneas de la pieza, así que en realidad son dos piezas de teatro.
4. Un poemario. Me llevó como diez años hacerlo, de 1990 a 2000. Me han ofrecido publicarlo un par de veces, y siempre he preferido publicar otra cosa.
5. Un libro de ensayo sobre el testimonio como género literario, en colaboración con Karen Schairer, de la Northern Arizona University. He publicado fragmentos por aquí, pero creo que la discusión acerca del testimonio ha quedado rebasada. Quizá pedaceándolo y dejando lo que no tenga que ver con la polémica que en algún momento fue La Polémica en la academia de Estados Unidos...
6. Dos novelas negras. Una es parte de la "serie mexicana" que he publicado en Costa Rica, El Salvador, México y Guatemala desde 1990 (Los años marchitos, Los héros tienen sueño, De vez en cuando la muerte y Cualquier forma de morir). La otra está ambientada en El Salvador de la posguerra, y los protagonistas son ex guerrilleros que trabajan con "el gobierno", como Gobernación --en la parte burocrática, claro-- y la PNC --en los mandos medios y en la tropa, claro--, y de repente se dan cuenta de que veinte años atrás dejaron pendientes cosas que deben arreglar al viejo estilo. Es quizá una de las novelas que he escrito con más placer, y una de las más largas. Y fuertes.
7. Un libro de ensayos y artículos sobre literatura, pero de esas cosas no se publican por aquí con mucha constancia. Tampoco lo he movido demasiado.
8. Un libro sobre el asesinato de la comandante Ana María y el suicidio de Marcial. Tenía que haber salido hace meses, pero las editoriales pequeñas siempre tienen problemas de dinero, y ya se sabe que Gobernación, la OIE y Arena no van a patrocinarle un libro así a alguien de izquierda. (Veremos si lo hacen en el gobierno que sigue... o si el editor sale del bache económico, que es lo que en mi caso esperaría.)
9. Una novela "literaria" --si es que las novelas negras no lo son--, publicada sólo en francés.
Ésos son los inéditos, y no está mal; si alguien me pide algo para publicar, allí hay de dónde escoger. No cuento un par de traducciones de libros ajenos, como Aspectos de la novela, de E.M. Foster, y Notas para la definición de la cultura, de Eliot, a la que le hace falta una pulida.
Lo escandaloso son los libros y textos que llevo en marcha y que, me doy cuenta, no sería difícil terminar, al menos la mayor parte de ellos. Ya me puse a revisar algunos y, sí, en unas semanas podría tener un par de ellod al menos en borradores. Éstos son:
1. Una novela de ciencia ficción. Va más o menos para largo; fue la que empecé en Francia hace año y medio y aún hay hilos que no logro pescar. Hace poco le di una buena revisión y encontré pistas que se me habían pasado por alto.
2. Una novela formada por relatos independientes, que he estado trabajando paralelamente a la anterior. Ya tengo todo el "qué"; nomás me falta el "cómo". Podría tener un buen borrador en un mes o dos.
3. Una novela negra también ambientada en El Salvador. Llevo más o menos la mitad, y cometí el error de matar al secretario general. Me topé con pared y, bueno, hay que rodear la pared y arreglar lo que se haya roto. Otra que se llevaría poco tiempo; la he estado pensando desde hace... no sé... cuatro años.
4. Un proyecto medio raro en el que avancé muy rápidamente y que podría terminar igual de rapidamente. Está formado por epílogos de libros que nunca se escribieron. Pero no creo que lo termine rápido, ni quiero; es divertidísimo y me gustaría que durara.
5. Un ensayo acerca de estructuras narrativas. Tampoco es complicado; nada más trabajoso. Llevo escrita la mitad, más o menos, y es más un manual que un ensayo, dedicado a novatos y medios.
6. Cuatro relatos largos --o cortos, vistos desde el punto de vista de un novelista-- que apenas hace un par de días me di cuenta de que pueden armar una unidad. Estuve trabajando en uno de ellos. En un par de semanas puedo terminar un borrador: el que estuve trabajando y dos más sólo requieren de un poco de técnica, de "rellenar". Lo principal ya está hecho, en mayor o menos grado. A otro le faltan las últimas líneas, que no he encontrado. Quedaría un volumen rarísimo, bien heterogéneo y fragmentario, tipo Terceras personas, pero en grande.
7. Una novela de ciencia ficción que empecé hará unos once años. Me trabé en un asunto de una cronología y me desesperé. No es tan grave resolverlo, y ya tengo todo el esquema. El problema es el "cómo".
8. ¡Una novela que empecé en 1980! He hecho toneladas de versiones, y hasta llegué a terminarla un par de veces, pero no me gustó. Ahora mismo dudo si me guste. Ya tengo escrita como la mitad; tengo que decidir si es una de las que se quedan inconclusas o si puedo agarrar el aire necesario para acabarla o si me interesa acabarla.
9. Una pieza de teatro. No, no a la que le faltan las últimas líneas, sino otra que empecé por allí de 1981 o 1982. Hace años que no la toco. No sé si me vaya a convencer.
10. Una novela muuuy bonita sobre unos pasajes de la Revolución Mexicana, y sus consecuencias para los derrotados, es decir los porfiristas. Los protagonistas son miembros de una familia porfirista que se queda casi con nada y conserva los rituales --no el modo de vida, porque es imposible-- de cuando eran dueños del país. Tengo un capítulo y notas para algunos más. La empecé quizá hace unos quince años y allí está, esperando. Quizá no quiero meterle mano por miedo a que deje de ser bonita.
11. Un libro autobiográfico. Muy fuerte. No sé si lo quiera publicar en vida, pero de que lo termino, lo termino antes de que me termine yo. O sea que todavía falta. Ya tengo el borrador completo; trata sólo de algunos años y de algunas circunstancias. Tiene unos pasajes que me parecen bastante tiernos, de una manera un tanto... uh... bronca, digamos.
Lo que necesito es fijar un orden y dedicarme a sólo un proyecto a la vez, mientras los otros se desarrollan en segundo plano. Si lo logro, este año quizá tenga unos cuatro libros nuevos. No sé muy bien para qué, pero tampoco sé muy bien para qué escribo, así que no tiene importancia. Lo importante es terminarlos.
(Y eso que no me he puesto a revisar cuadernos...)

18 de marzo de 2009

Sobre novela negra (1989)

De las varias veces en que he tratado de llevar un diario de trabajo --hasta ahora este blog es lo más sistemático que he tenido--, encontré unos apuntes acerca de novela negra en unos archivos de WordPerfect 5.1 que tenía encriptados (vaya a saber por qué me dio por encriptarlos, y con un password largo y complicado). Por las épocas en que escribí estas notas, estaba por terminar Los años marchitos, o sea la primera novela negra que escribí y que funcionó. (Ya he contado que antes escribí una malísima, que después desbaraté y de allí salió una trilogía. Las otras son Los héroes tienen sueño, reeditada recientemente por la DPI, y De vez en cuando la muerte. Después se volvió pentalogía, y allí están Cualquier forma de morir y una inédita.)
Van las notas.

18/II/89
La novela del crimen.

I. El El simple arte de matar, Chandler hace mención de la "novela criminal" o "novela del crimen". Sin embargo insiste en la clasificación "novela detectivesca" y, al final del artículo, propugna la creación de personajes tipo Phillip Marlowe como clave para una buena novela policial.
El término "detectivesco" o "de detective" es insuficiente si se busca la potencialidad del género negro. Ejemplos: 1280 almas, Eleven mi horca, El señor Capone no está en casa, Secuestro de un detective.
El término "novela del crimen" quizá propicie una clasificación más válida, si es que alguien necesita de clasificaciones. Da pauta, asimismo, para la inserción del género negro dentro del gran cuerpo de la literatura. Thriller, novela de misterio, etcétera, hablan demasiado de la autoconciencia de estar al margen, se refocilan en la idea del subgénero.
¿Ayuda de algo poner énfasis en el crimen? ¿En qué parte de los dominios del crimen? Corrupción estatal, individual, drama psicológico, drama jurídico... De Macbeth a Chandler, pasando por Dostoyevski y, por qué no, por toda la literatura universal: todo lo que valga la pena de ser leído pasa por la locura, el amor y la muerte, con sus correspondientes subclasificaciones.
Novela claramente criminal: tiendo aún a pensar en Dostoyevski.
Género negro (según Víctor Magdaleno): una clasificación provisional, en tanto no se sepa de qué se trata, y sólo se sabrá cuando se hayan agotado sus posibilidades y sus recursos.
Pienso en el género negro como en un clima, un mood, no como una temática predeterminada. Ricardo III, Tener y no tener, Crimen y castigo, La llave de cristal y El guardián en el centeno me dan ese clima. Hablar de sordidez sirve, pero tampoco explica todo; el asesinato sirve, en tanto es el extremo de la sordidez, pero no se necesita un énfasis sobre él para dar el clima: bastaría entonces con una buena crónica roja. En 1280 almas hay sordidez, asesinato y thriller, con una hermosa dosis de humor: el protagonista es el "criminal", pero es el héroe al mismo tiempo. Lo que interesa es la efectividad literaria, por encima de la clasificación. 1280 almas es la novela del crimen por excelencia, si nos gusta jugar a los "subgéneros".
Chandler habla de un mundo institucionalmente criminal (El simple arte de matar), es decir criminal desde las instituciones hasta el ciudadano común (la corrupción es un instrumento de opresión: es fácil participar en ella). El sistemas de valores del héroe no puede ser medido jurídica ni cristianamente: él es parte de la podredumbre; también apesta. ¿Cuáles son entonces los valores intransgredibles para el héroe? La vida (su vida a la larga); el dinero y la ética que con él se compra (Sam Spade), la amistad (Marlowe), la integridad como ser (Lew Archer), la sobrevivencia de la especie (Grave Digger y Coffin Ed). "La ley" es un asunto personal; los códigos son una tabla de precios, no la justicia.
Rafael Bernal dio en el clavo: Filiberto García es el héroe de ese mundo institucionalmente criminal.
El Poder fija las reglas del juego: ¿es posible jugar con otras y sobrevivir?
Marlowe y Spade son posibles sólo si, en lo fundamental, caen en el juego: los métodos podrán ser heterodoxos, pero llegan al mismo punto que las instituciones llegarían si quisieran.
Nota al margen: ¿Cuáles son los crímenes perfectos? ¿Vale la pena descubrir al asesino?

II.
Corre hombre, de Himes, es la metáfora del poder como generación de corrupción y como destructor de la "buena conciencia". Sólo el poder y sus aliados (económicos, morales y putativos) tienen derecho al crimen.
a) La "buena conciencia" es peligrosa en tanto niega la validez del crimen, de allí que la corrupción (por lo menos en sus formas elementales) esté al alcance de todos. Hay que corromper para subsistir como poder.
b) El poder no puede subsistir sin "buenas conciencias" que realmente crean y voten por él.
Se cae en la lógica del doublethinking de Orwell: soy buena conciencia a pesar de mi corrupción. Tengo derecho a mi ración de crimen porque participo del poder, en el que buenamente creo.
La otra es la idea de un bienestar real, una democracia plena y un poder conciente de su obligación representativa. Pero la idea de poder huele demasiado a corrupción en sí misma: un hombre que se mida con otra vara que a su prójimo ya huele a corrupción. ¿Necesita el género negro de un toque de mentalidad anarquista?

III.
Los crímenes de aficionado ponen en tela de juicio la efectividad del sistema. Por otra parte, ¿de qué sirve el poder si no puede ejercerse, por lo menos, sobre los descarriados?
Un aficionado necesita de algo más que móviles y oportunidad para cometer un crimen (asesinato o no). Necesita una moral, un contexto, una actitud vital determinada, una niñez no necesariamente freudianizada. Ésa es la carne de cañón de un segmento de la novela criminal, igual que de la vida cotidiana. El aficionado es una entelequia, por eso cae.
El crimen pertenece al mundo del crimen, el mundo de los profesionales. Los chantajistas no matan, por ejemplo; las prostitutas no lloran de amor, diga lo que diga Yolanda Vargas Dulché. El mundo de los políticos está hecho de correlaciones de fuerzas y estadísticas sobre la mortalidad infantil. Si los números no checan, igual se recorta el presupuesto, se soborna al secretario general del sindicato o se asesina a cuatro o cinco líderes (hay muchas formas de asesinar, aunque el muerto camine). Y los gatilleros no rezan por el alma de sus víctimas.
Demasiado se habló ya de aficionados; quizá sea la hora de los profesionales. El crimen no es un asunto fortuito.

IV.
De cualquier modo, no está respondida la pregunta: ¿novela del crimen, negra, de misterio, thriller o qué? ¿Y cuáles serían sus eventuales características?
Me gusta la idea de ese mundo en el que cada escritor haga lo que (y como) se le pegue la gana, y que se las vea con su conciencia. Más allá de los encasillamientos, me gusta La llave de cristal, El largo adiós y Adiós muñeca, algunas de McDonald y Thompson, las más de Himes y dos o tres dispersas de Hadley Chase y James Cain. Me gustan por su efectividad como literatura, sea eso lo que sea. Por comodidad, no me molesta hablar de "género negro"; tampoco me obsesiona. "Novela del crimen" puede dar lugar a un espectro más amplio de existencias y, claro está, las ideas se me desencasillan un poco (el nuevo casillero es al menos más amplio).
Por otra parte, no alego nada. El genero negro es así: se lo quiere o no se lo quiere. Es una pasión o simplemente se prescinde de él. Igual que nadie pone objeciones a los lunares de la mujer amada; si hay objeción no existe el amor, y entonces para qué.

5 de marzo de 2009

Citas de Borges

Copio algunas citas de Discusión (1932), de Jorge Luis Borges, que acabo de releer con harto placer:
La condición indigente de nuestras letras, su incapacidad de atraer, han producido una superstición del estilo, una distraída lectura de atenciones parciales. Los que adolecen de esa superstición entienden por estilo no la eficacia o la ineficacia de una página, sino las habilidades aparentes del escritor: sus comparaciones, su acústica, los episodios de su puntuación y de su sintaxis. Son indiferentes a la propia convicción o propia emoción: buscan tecniquerías (la palabra es de Miguel de Unamuno) que les informarán si lo escrito tiene el derecho o no de agradarles. Oyeron que la adjetivación no debe ser trivial y opinarán que está mal escrita una página si no hay sorpresas en la juntura de adjetivos con sustantivos, aunque su finalidad general esté realizada. Oyeron que la concisión es una virtud y tienen por conciso a quien se demora en diez frases breves y no a quien maneje una larga. (Ejemplos normativos de esa charlatanería de la brevedad, de ese frenesí sentencioso, pueden buscarse en la dicción del célebre estadista danés Polonio, de Hamlet, o del Polonio natural, Baltasar Gracián.) Oyeron que la cercana repetición de unas sílabas es cacofónica y simularán que en prosa les duele, aunque en verso les agencie un gusto especial, pienso que simulado también. Es decir, no se fijan en la eficacia del mecanismo, sino en la disposición de sus partes. Subordinan la emoción a la ética, a una etiqueta indiscutida más bien. Se ha generalizado tanto esa inhibición que ya no van quedando lectores, en el sentido ingenuo de la palabra, sino que todos son críticos potenciales. (De "La supersticiosa ética del lector".)

Imposible definir el Espíritu [Santo] y silenciar la horrenda sociedad trina y una de la que forma parte. Los católicos laicos la consideran un cuerpo colegiado infinitamente correcto, pero también infinitamente aburrido; los liberales, un vano cancerbero teológico, una superstición que los muchos adelantos del siglo ya se encargan de abolir. La Trinidad, claro es, excede esas fórmulas. Imaginada de golpe, su concepción de un padre, un hijo y un espectro, articulados en un solo organismo, parece un caso de teratología intelectual, una deformación que sólo el horror de una pesadilla pudo parir. Así lo creo, pero trato de reflexionar que todo objeto cuyo fin ignoramos, es provisoriamente monstruoso. Esa observación general se ve agravada aquí por el misterio profesional del objeto. (De "Una vindicación de la Cábala".)

...la magia es la coronación o pesadilla de lo causal, no su contradicción. [...] Para el supersticioso, hay una necesaria conexión no sólo entre un balazo y un muerto, sino entre un muerto y una maltratada efigie de cera o la rotura profética de un espejo o la sal que se vuelca o trece comensales terribles. (De "El arte narrativo y la magia".)

...esos fieles epítetos eran lo que todavía son las preposiciones: obligatorios y modestos sonidos que el uso añade a ciertas palabras y sobre los que no se puede ejercer originalidad. (De "Las versiones homéricas".)

Imaginemos que una biografía de Ulises (basada en testimonios de Agamenón, de Laertes, de Polifemo, de Calipso, de Penélope, de Telémaco, del porquero, de Escila y Caribdis) indicara que éste nunca salió de Ítaca. La decepción que nos causaría ese libro, felizmente hipotético, es la que causan todas las biografías de Whitman. Pasar del orbe paradisiaco de sus versos a la insípida crónica de sus días es una transición melancólica. Paradójicamente, esa melancolía inevitable se agrava cuando el biógrafo quiere disimular que hay dos Whitman: el "amistoso y elocuente salvaje" de Leaves of Grass y el pobre literato que lo inventó. Éste jamás estuvo en California o en Platte Cañón; aquél improvisa un apóstrofe en el segundo de esos lugares ("Spirit that formed this scene") y ha sido minero en el otro ("Starting from Paumanok", 1). Éste, en 1859, estaba en Nueva York; aquél, el dos de diciembre de ese año, asistió en Virginia a la ejecución del viejo abolicionista John Brown ("Year of meteors"). Éste nació en Long Island; aquél también ("Starting from Paumanok"), pero asimismo en uno de los estados del Sur ("Longings from home"). Éste fue casto, reservado y más bien taciturno; aquél efusivo y orgiástico. Multiplicar esas discordias es fácil; más importante es comprender que el mero vagabundo feliz que proponen los versos de Leaves of Grass hubiera sido incapaz de escribirlos. (De "Nota sobre Walt Whitman".)

3 de marzo de 2009

Lecturas rezagadas y relecturas

Il Novelino. Las cien novelas antiguas es --literal y literariamente-- un pequeño libro compuesto entre 1280 y 1330, en pleno inicio del renacimiento italiano (por esas fechas Dante fijó la forma del soneto y, vaya, escribió La divina comedia). Fue lanzado por el Instituto Mexiquense de la Cultura en  una colección que incluye el Primero sueño, de Sor Juana, y la poesía completa de San Juan de la Cruz, en ediciones realmente bellas y bien cuidadas.
Me lo regaló el entonces jefe de diseño del IMC, y luego gran amigo, Hugo Ortiz, en 2002, durante una exposición que se hizo en la Biblioteca Nacional de las ediciones de las obras completas de Sor Juana, incluido un libro de cocina (que luego compré en México), iconografías y qué sé yo. Gracias a esas ediciones tan bellas me decidí a publicar Trece en el IMC, y no quedé decepcionado, como conté alguna vez. Apenas hace unos meses me decidí a leerlo.
Es evidente que en las 220 páginas de Il novelino no caben cien novelas. Más bien se trata de pequeños relatos dedicados a entretener y a dar alguna guía "moral" al eventual lector. Hay relatos que apenas están esbozados, otros son de una efectividad y una capacidad de síntesis difíciles de encontrar en el siglo XIII, y en el XXI; otros son relatos convencionales. Algunos son dolorosamente imperfectos, otros son deliciosamente imperfectos, pero uno siempre está ávido de pasar a la página siguiente, para saber qué encontrará. Y no siempre encuentra algo que lo satisfaga, pero algo, de entre esas líneas casi siempre truncas, le sacará al menos una sonrisa.
En el prólogo, Giorgio Manganelli lo describe muy bien: "...visiones minúsculas, estos débiles alientos de sueño no inventan un mundo: se disponen uno junto al otro, a veces fáciles y risiblemente necios: no son más que visiones, no son un libro; y no obstante, son acaso, en su armonía desigual y discontinua, mucho más que un libro, del cual conocemos sus dimensiones y fronteras."
Se cree que el libro tenía como objetivo a gente poco afecta a la lectura, en especial comerciantes, que en pocas palabras podían sacar algo de provecho o al menos divertirse con unos instantes de lectura. Hay errores de bulto que uno, en fin, debe perdonar, como cuando habla del filósofo romano Sócrates, y Pitágoras aparece como astrólogo. Hasta es probable que no se trate de errores, sino de una "vulgarización" extrema para facilitar la lectura; ¿quién sabe cómo pensaban en los siglos XIII y XIV?
Transcribo mi fragmento favorito, bastante borgiano:
XXIX
De cómo los sabios astrólogos discutían cerca del Cielo Empíreo

Grandísimos sabios se hallaban en una escuela de París, y discutían acaloradamente acerca del Cielo Empíreo, afirmando que estaba por encima de todos los demás cielos. Hablaban del cielo donde estaba Júpiter, Saturno y Marte; y del cielo del Sol y de la Luna, y de cómo, sobre éstos, se hallaba el Cielo Empíreo, donde está Dios Padre en toda su majestad. Mientras así hablaban, llegó un loco y les dijo: "Señores, ¿y qué tiene tal Señor sobre su cabeza?" Uno de los sabios le respondió en son de burla: "Tiene un sombrero." El loco se fue y los sabios permanecieron. Uno de ellos dijo: "Tú crees que le has dado una lección, pero la locura ha quedado entre nosotros. Ahora os pregunto: ¿qué hay sobre su cabeza?"

* * *

He revisado rápidamente (conocía desde antes todo el material) el tomo III de la poesía completa de Roque Dalton, recopilada bajo el título No pronuncies mi nombre, que hace referencia a uno de sus mejores poemas ("Cuando sepas que he muerto no pronuncies mi nombre / porque se detendría la muerte y el reposo..."), escrito en impecables alejandrinos, por cierto. Hay quienes se escudan en RD para escribir simplemente mal, so pretexto de que éste no sabía de preceptivas. Y este tercer tomo podría ser la confirmación de esa percepción: con excepción de Las historias prohibidas del Pulgarcito, bien podría subtitularse "Lo peor de Roque Dalton".
El volumen incluye los libros El amor me cae más mal que la primavera, Un libro levemente odioso, Las historias prohibidas del Pulgarcito, Un libro rojo para Lenin e Historias y poemas de una lucha de clases, mejor conocido como Poemas clandestinos.
Hace cerca de medio año traté de leer completo, después de varios intentos fallidos, con toda la buena voluntad del mundo, Un libro rojo para Lenin. No pude. Es verdaderamente malo. Y sin embargo la idea del "poema-collage" es excelente, y llegó a cuajar en Las historias prohibidas.... No es de extrañarse que, antes de salir de Cuba en 1973, en el ordenamiento que hizo de su propia obra completa, Dalton retirara ese libro como si no hubiese existido (entre otras cosas que sin embargo son dogma de calidad para muchos de sus seguidores y... uh... estudiosos).
Mi teoría siempre ha sido que RD dejó sin publicar, a propósito, Doradas cenizas del fénix, El amor me cae más mal que la primavera y Un libro levemente odioso. Eran cosas que tenía para él y nada más, quizá libros fallidos, quizá borradores que no llegó a corregir, por falta de tiempo o interés. Pero, en fin, era necesaria la publicación de este tercer tomo; uno puede decir misa si lo desea, pero sólo el conocimiento de la obra de alguien pondrá finalmente las cosas en su lugar. Y, sí, habrá quien ponga este tomo III entre sus favoritos, que para gustos están los colores.
Pongo uno de los poemas que siempre me ha indignado por su prepotencia:
De un revolucionario a J.L. Borges

Así que para nuestro Código de Honor,
Ud. también, señor,
fue de los tantos lúcidos que agotaron la infamia.

Y en nuestro Código de Honor
el decir: "qué escritor"
es bien pobre atenuante;
es, quizás,
otra infamia...

* * *

Pisando fuerte, de Alexandre Jardin, lo compré de segunda mano hará unos tres o cuatro años, y por algún motivo no lo había leído. Lo atribuyo al gerundio al inicio del título, que me parece espantoso, como cualquier gerundio mal usado; histerias de uno, pues.
Lo leí rápidamente y sin demasiada emoción, con todo y que Gallimard le dio el premio a la mejor primera novela en 1987. Dice la contratapa:
A sus dieciséis años, Virgile pretende vivir la vida a todo gas y no se resigna a amargarse en las aulas de su escuela. Adolescente encantador, dotado de una alegría infernal, seduce a Clara, una millonaria amiga de su padre. Noches de amor en hoteles, en los que son confundidos como madre e hijo, van convirtiendo esta relación en una especie de cuento de hadas amoral. Su padre no acepta esta conducta de Virgile, que sólo encuentra apoyo en su abuela. Mujer tierna, fuerte y auténtica, la abuela es para Virgile una especie de aval contra todos los peligros que se ciernen sobre su vida sentimental.
Lo encantador no se lo encontré por ningún lado, la "alegría infernal" está hecha de palabras, a veces compuestas de manera bastante torpe, y la seducción de Clara y su relación con ella son tan creíbles como un billete de cuatro dólares. Lo de "cuento de hadas amoral" también es excesivo, a menos que quien haya escrito el texto de la contratapa tenga los mismos 16 años de Virgile.
La única parte que me gustó y conmovió, casi al final, fue el modo en que Virgile ayuda a su abuela a bien morir, con un banquete pantagruélico. Después se va de la casa de la abuela para no enterarse de su muerte.
Quizá me hubiese gustado un poco si no existiera El guardián en el centeno, de Sallinger. Pisando fuerte es una versión edulcorada y facilona, con ínfulas de más. No sé qué otras cosas haya escrito Jardin, pero no creo que me interese leerlas.

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Yo, Augusto fue escrito antes de la muerte de Pinochet, y es un estudio minucioso (digamos más de mil cuartillas) de su trayectoria pública desde que era ministro de Defensa del presidente constitucional chileno Salvador Allende, a quien "sustituyó" después de un golpe de estado en el cual entró de última hora, pero del cual tomó el control para convertirlo en una de las más terribles pesadillas de las que se tiene noticia en América Latina, continente acostumbrado a los malos sueños.
En un principio me molestó algo: no se trata de un libro escrito "desde abajo", desde donde se sufren las consecuencias de las decisiones del poder, sino desde la perspectiva de la elite misma del poder. Pronto me di cuenta de que ése es su gran valor: no la denuncia de siempre, con cifras y testimonios de los sobrevivientes --aunque algo, muy poco, haya de eso--, sino la crónica de cómo funcionan realmente las cosas en los centros de decisión, cómo van interrelacionándose las elites políticas, cómo se atacan y al mismo tiempo cenan en la misma mesa, cómo se protegen cuando las cosas llegan a un punto en que uno de los suyos (en este caso Pinochet) se encuentra en peligro: las barbas del vecino nunca dejan de parecerse a las propias.
El eje del libro es la captura de Pinochet en Inglaterra por petición de las autoridades judiciales españolas, bajo las acusaciones de delitos contra la humanidad, respaldadas por los protocolos de Nüremberg. Para quienes hablan en El Salvador de que es necesario juzgar a los criminales de guerra locales, allí hay muchas pistas que pueden seguirse.
No tengo nada especial que decir acerca del libro, excepto que vale la pena de leerse. Es una lección de realpolitik que a nadie le cae mal para fortalecer el carácter y no creerse demasiado los shows mediáticos en los que se involucran los políticos, en tiempos electorales o en cualquier tiempo.

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Casi por casualidad, un físico escocés descubre que ha habido una explosión en el centro de nuestra galaxia y que después de decenas o cientos o millones de años ésta pasará por la Tierra, arrasando con casi toda la vida del planeta. Viaja a su nativa Escocia --que será de las zonas menos afectadas por la explosión-- y se dispone a armar una "resistencia" en contra de la naturaleza y por la sobrevivencia pura y simple de su gente más cercana.
Ésa es, en suma, la historia de Infierno, de los ingleses Fred y Geoffey Hoyle, publicada en la magnífica colección Súper Ficción de Martínez Roca, ya desaparecida.
El libro lo habré leído hace un cuarto de siglo, lo compré hará unos seis años en Punto Literario (QEPD) por 15 colones, y apenas lo releí en los últimos tres días; hasta le debo el desvelo de anoche.
Se trata de ciencia ficción "dura", esto es: basada en probabilidades científicamente mesurables, con fórmulas y diagramas y lenguaje técnico y todo.
Como en la lectura original, me gustó el modo pausado y minucioso de la narración, muy "literario" si se quiere. Los personajes están trazados con parquedad y todo está justificado con precisión. No es el mejor libro de ciencia ficción que haya leído (o releído), pero me pasé algunas horas bien divertido, que es lo que uno espera cuando lee cualquier libro. (Hay modos y modos de divertirse.)
Quizá he tratado de leer a demasiados escritores "inteligentes" en los últimos tiempos, y, como ya dije, detesto a los escritores "inteligentes". Siempre que me toca una racha de ésas regreso a Borges, a Cortázar, a la novela negra y a la ciencia ficción. Y nunca me decepcionan.

2 de marzo de 2009

Lo que quiero y no es y viceversa

Es la primera vez que me topo con algo así. Me gusta lo que estoy escribiendo, pero me molesta que la situación esté desarrollándose como se está desarrollando; no "pega" con el resto del libro del modo en que me gustaría. Me abre demasiado la estructura y quedan cosas demasiado al azar, quizá un par de cabos sueltos, quizá el personaje central se me ha puesto demasiado arbitrario y se ha salido más de lo debido de su cauce "normal", si algo así existe en un personaje.
Al mismo tiempo sé que así debe ser como se desarrolle la historia, la trama, y que el personaje tiene que salirse de lo de siempre de manera brusca, aunque después regrese a su tono gris de siempre, etcétera. Habrá que hacer algunos ajustes --ya previstos-- para el segundo borrador y, vaya, cuando termine el libro terminará de equilibrarse con una corrección a fondo, salga lo que salga.
En otras circunstancias encontraría una solución sencilla:
1. Tachar la primera página del capítulo y empezar de nuevo. Lo hice, y tuve que caer en lo mismo que trataba de evitar, quizá de manera un poco más elaborada, quizá más alejado de lo que buscaba.
2. Olvidar lo que lleve escrito y empezar de nuevo en otro punto, en otro tema, en otra situación. Allí es donde está una parte del problema: lo que sigue del cuarto texto --y lo que sigue es el quinto texto del libro-- es precisamente donde debería comenzar el cuarto si hiciera las cosas a mi estilo tradicional.
3. Salirme de tema con algo que aparentemente no tenga que ver con lo demás y después volver al tema en una dirección diferente. Lo he estado pensando desde noviembre pasado, y me da la impresión de que arruinaría lo demás: estoy contando una historia que dura muy poco tiempo --una tarde, talvez una parte de la noche--, el rango de acciones es --debe ser-- muy limitado, y cada texto es independiente de los demás, pero los complementa y al final debe quedar una novela. Es decir: hay que sacrificar ciertas sorpresas y buscar una cierta sencillez de estructuras en aras de la efectividad. Ya hay varias cosas que puede ser difícil de justificar como para abrir aún más el rango de hechos "inesperados" que den agilidad al relato, y en realidad a los relatos.
El libro está en un punto medio entre las novelas policiales --rápidas, efectivas, mucha acción-- y mis textos "más literarios". Otro balance que no sé muy bien cómo conservar, porque es terreno nuevo. Vaya: las reglas se van poniendo más estrictas y es la primera vez que hago algo por el estilo. Y así desde octubre. Apenas he avanzado unas quince cuartillas desde entonces.
Claro que ha habido pretextos: análisis médicos, Krisma se fue a Nicaragua y me tocó hacerme cargo de Valeria de tiempo semicompleto --una señora me ayudó durante la otra mitad del tiempo--, extravié la pluma con la que estaba escribiendo, en tinta azul; dediqué algunos días a trabajar en la otra novela, el trabajo de siempre, las horas y horas de pensar cómo carajos voy a resolver el cuarto texto, porque afectará seriamente el quinto, y sobre todo la idea que tenía para el sexto...
Si me preguntan me parece que es el momento de dejar que el texto se mueva con mayor libertad de la que estoy acostumbrado a darle a cualquiera de mis textos. Como diría Thierry, dejar que la intuición trabaje y poner la premeditación en el congelador durante un rato. Tampoco sé muy bien cómo hacer eso, así que me toca aprender, y en ésas ando.
En otras palabras, me gusta mi oficio, aunque todo lo anterior suene a que me estoy quejando.
(Están pasando, en el SciFi Channel, el capítulo de Quantum Leap dedicado a los motines de Watts en 1965. Otro pretexto provisional para no ponerme a escribir, pero vale la pena; es un buen capítulo.)

17 de enero de 2009

La piel y los brazos extendidos

Thierry Davo me manda una nota acerca de Instrucciones para vivir sin piel, una de las primeras cosas mías que tradujo y la segunda que publicó en 2004 la editorial Cénomane, del nunca lo suficientemente querido Alain Mala. La nota va como sigue:

Rafael, he estado pensando sobre el hombre sin piel caminando desnudo por las aceras de Phoenix con los brazos extendidos. La imagen es impactante y me he preguntado ¿por qué? Mi respuesta cabe en una de estas imágenes, o tal vez en la reunión de las cuatro. Un abrazo.

16 de enero de 2009

Plagios, paráfrasis y guiños

Hace años se me ocurrió hacer unas especies de collages literarios con materiales sacados de revistas de modas, libros "de autoayuda" de los años veinte, citas de autores desconocidos, frases de programas de tele y cosas así. Esos materiales estaban en medio de textos míos, y eran refuerzo o complemento o lo que sea de lo que escribía. Se trataba de juegos, de ejercicios que estaban destinados a divertirme a mí y quizá a mi papá y a algún amigo; tenía entre 16 y 20 años y era mi modo de experimentar y distraerme mientras trataba de aprender a escribir en serio.
Obviamente no eran cosas que estuvieran destinadas a publicarse; la tercera parte o la mitad de lo que estaba allí no era mío, sino de periodistas frívolas (y frívolos), hacedores de milagros, creo que hasta Carreño y Amy Vanderbilt salían a relucir con su onda de buenas costumbres y de etiqueta. Y los textos míos no se bastaban a sí mismos.
Con todo, alguna vez me ofrecieron publicar uno de esos juguetes y estuve tentado a decir que sí. Pero venía el problema: ¿daría o no daría el crédito a los autores o publicaciones que usaba? ¿Tenía derecho --como dicen ahora los... uh... conceptuales-- a "apropiarme" de textos ajenos y a hacerlos pasar por míos? Digamos tomar un trozo de una nota de una revista de modas de los años treinta, que no venía firmada, y no poner el crédito, y quedar como ingenioso por haber inventado algo tan de época de manera tan acertada, etcétera. Era claro que no podía hacer algo así; a eso se le llama plagio, aunque no haya quien reclame. Quizá los autores de los fragmentos "apropiados" no se enteraran, pero yo lo sabría, y me hubiera sentido bien incómodo ante cualquier comentario. O peor: quizá me entrara la paranoia de que me fueran a descubrir, y qué vergüenza. Mal modo hubiera sido de empezar mi carrera.
Lo otro era poner notitas al pie, pero qué pereza. O poner al final del volumen referencias generales en la onda de "algunos fragmentos fueron extraídos de tales revistas, de tales libros y se usaron de manera descarada para darle algo de interés al libro que acaban de leer, si es que lograron acabarlo". Roque Dalton lo resolvió muy bien en Historias prohibidas del Pulgarcito, pero el carácter del libro lo permitía.
Hubo toda una escuela en un país centroamericano --creo que ya lo he comentado por acá-- que se "apropiaba" de un texto ajeno, le hacía pequeños cambios y los... uh... escritores lo firmaban como propio, sin referencia al autor original. Al final, un lector inocente no sabía qué carajos estaba leyendo, cuál era la versión original y allí había un montón de zánganos robándose lo que no era de ellos. El asunto parece no ser privativo de ese país y de esa época; las bases de algunos concursos ponen como una de las bases que la obra debe ser totalmente original y sin trozos de obras ajenas (a reserva de que se cite la fuente, supongo). Por allí he visto libros publicados como totalmente originales que contienen pedazos de textos ajenos, de revistas y libros, sin aclaraciones ni nada. Me imagino que al final el ego gana y la gloria vana y el oropel vacuo hace que los autores y autoras (no lo digo así por corrección política) se queden callados y acepten honores que no les corresponden.
Hay también las paráfrasis. García Márquez levantó su carrera con una paráfrasis de la obra máxima de un premio Nobel, ¡Absalón, Absalon!, de William Faulkner, que en sus manos se convirtió en Cien años de soledad. Por desgracia, muchos años después repetiría la experiencia en Memoria de mis putas tristes, un pálido remake de La casa de las bellas durmientes, del también Nobel (como él y Faulkner) Yasunari Kawabata.
En varios premios de poesía ha pasado que se ha descalificado, e incluso denunciado, a poetas jóvenes que hacen cosas como copiar poemas completos o que ponen algún verso de algún autor conocido en alguna parte. Lo primero es deleznable; lo segundo me parece poco sano, sobre todo si no hay "algo" que diga que el verso, vamos, es de otra persona. El problema es cómo hacerlo: ¿nota al pie, unas cursivas, advertencia al principio o al final? Hasta ahora se ha considerado como plagio, excepto cuando lo hace Eliot en La tierra baldía porque, claro, hay una amplia sección de citas ajenas al final del poema, y el poema es genial.
En lo personal, casi siempre pongo una frase ajena, sólo una, en algún lugar de mis novelas, y es un modo de decir de dónde salió la idea del libro o de esa parte del libro. En Los héroes tienen sueño hay una frase de dos palabras que es de Hemingway, pero que decenas de escritores han puesto en sus libros sin quitárselas a nadie. Nomás que yo la saqué de Hemingway. En la primera parte del Breve recuento de todas las cosas hay un pequeño verso del Canto de guerra de las cosas, de Joaquín Pasos, por algo bien sencillo: allí se me ocurrió escribir una especie de sermón, con un cura --o su equivalente en un libro bien perverso-- parado en un púlpito y hablando de Dios y del Hombre (nunca se dice la Mujer, qué fea cosa) y qué sé yo. No se parece en nada al Canto de guerra, pero de allí salió la idea, y quien conozca lo de Pasos se enterará. (Hasta ahora, Mario Zetino es el único que lo ha notado.) En el primer capítulo Instrucciones para vivir sin piel viene una referencia a un cuento de Claudia Hernández, y es por algo que pasa en uno de los capítulos finales. Si quito las referencias no pasa nada; los libros siguen siendo los mismos. Si las dejo, alguien algún día las encontrará a igual hablará de plagio o de intertextualidad, según su buena o mala leche. Prefiero lo segundo, la verdad; sólo es una frase que da una pista a quien quiera encontrarla. Un guiño muy rápido para ciertos lectores.
Hay un par de novelas inéditas en las que no lo he hecho. Voy a revisarlas y a ver qué pongo.
Pero, en serio, usar fragmentos de otras personas y hacerlos pasar como parte del propio ingenio es una fea costumbre. Sobre todo si alguien se da cuenta y se le ocurre hacerlo público.
No sé a qué viene este post. Me imagino que al desvelo.