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18 de mayo de 2009

La inercia opositora

Una de las cosas que me he preguntado desde que era casi un niño (sí, me daba por pensar en esas cosas; difícil no hacerlo en una casa siempre llena de políticos) es qué hubiera pasado si le hubiesen reconocido el triunfo a la Unión Nacional Opositora (UNO) en las elecciones de 1972 y 1977. De un partido que se llamara así, puesto en la presidencia de la república, quizá no pudiera esperarse un buen desempeño, o al menos un desempeño dirigido a la administración ya no del poder, sino del simple gobierno. Vaya: la UNO, por su propia definición, era una coalición destinada a perder (con lo cual no avalo los fraudes que se le cometieron; hablo de una actitud), y en el mejor de los casos a llevar un gobierno subordinado a... no sé... a los que de verdad detentaban el poder, desde los militares hasta la oligarquía.
Curioso, por la propia integración de la UNO. En primer lugar, el Partido Demócrata Cristiano, que en varios lugares del mundo occidental (sea eso lo que fuere) ya manejaba gobiernos con luz propia, y a veces prestada (como en la extraña alianza con los socialistas en Italia, donde la mayoría era comunista; desde finales de los sesenta hasta la fecha no se ha logrado resolver bien esa contradicción política). Luego, los socialdemócratas (Movimiento Nacional Revolucionario), que también manejaban gobiernos y parlamentos en Europa, o constituían no sólo una oposición activa, sino también con el poder --es decir el apoyo popular-- y la capacidad para mantener gobiernos, como en Alemania o Suecia. En tercer lugar, el Partido Comunista, a través de la Unión Democrática Nacionalista (UDN). Los comunistas, excepto en Cuba, no había tenido mucha suerte en América Latina; en Europa constituían una fuerza poderosa también, y una oposición tanto o más activa --y lista para llegar al poder-- que los socialdemócratas, y ni qué decir del control que ejercían tras eso que se llamó "cortina de hierro", más sus versiones asiáticas y africanas.
Obviamente la UNO estaba controlada por el PDC, que era el partido más poderoso de la coalición, pero no resultaría descabellado pensar en qué hubieran hecho tres ideologías tan dispares compartiendo el gobierno --ya no el poder, insisto--, tratando cada una de establecer su línea como dominante y, encima, con el sambenito de "opositora" en el nombre de la agrupación que les hubiese puesto allí. Un arroz con mango, diría un cubano. (Para los que hicieron los fraudes de 1972 y 1977 el asunto era más simple: los tres partidos eran "comunistas" y al diablo las sutilezas; no los iban a dejar ganar ni juntos ni revueltos ni por separado, y que se conformaran con algunas curules en la Asamblea Legislativa.)
Ahora el FMLN parece no darse cuenta aún de que es el partido en el poder, y que Mauricio Funes es su presidente, así se trate de una alianza, que en todo caso es mucho más coherente que la de la UNO. La actitud del FMLN en la Asamblea y ante el propio Funes es la de un partido opositor, no la del partido en el poder. Quizá sería hora de que fueran acomodando su mentalidad a eso, sin llegar al extremo opuesto (algo que Funes, desde el principio de la campaña, ha luchado por neutralizar), es decir al triunfalismo y a la repartición de botines. Quizá pasen años antes de que la cúpula del FMLN logre una actitud equilibrada con respecto al gobierno y el poder, pero ya se dio el primer paso: están allí. Ahora hay que ver el modo en que van a estar.
Por ésas y otras ideas escribí un artículo que se publica hoy en El faro, y que puede hallarse en este link. También lo transcribo a continuación, para llevar registro:


Funes vs. la inercia opositora

La ocupación, durante unos minutos, del Salón Azul, el pasado 1 de mayo, puede ser sólo un hecho aislado, como los ha habido otros. Si no lo es, quizá pueda considerarse como un buen paso en el confuso camino hacia una democracia que apenas fue esbozada en los Acuerdos de Paz, y que se ha “negociado” en la práctica y los discursos durante más de diecisiete años.
Para muchos de quienes opinaron –en público o privado, da igual– acerca del hecho, no pasó de ser un pequeño acto de vandalismo con un tema interesante, aunque sin consecuencias: la denuncia de Ciro Cruz Zepeda como presidente de la Asamblea Legislativa. El vandalismo tuvo que ver, en resumen, con que los manifestantes se llevaron las botellas de agua “reservadas” a los legisladores.
Espontánea o no, la manifestación puso en claro varias cosas al mismo tiempo. En primer lugar, lo obvio: cualquier grupo perteneciente a la sociedad civil tiene el derecho inalienable de hacer valer su voz a través de sus representantes –es decir los diputados–, y para ello cuenta con otras herramientas más allá del voto cada tres años, como lo es acudir directamente ante los legisladores y exigir lo exigible y necesario.
En segundo lugar está, precisamente, lo exigible y necesario: la voluntad popular –si eso es lo que reflejan las urnas– no ha sido respetada con la elección de personeros del Partido de Conciliación Nacional como directivos del órgano legislativo. La mayoría de los diputados pertenece al FMLN; la segunda fuerza es Arena y, muy por debajo, está el PCN. El hecho de que Cruz Zepeda presida el órgano de poder más importante del país es simplemente una aberración, si no por una cuestión de ética política, por un asunto de números. Quizá, si durante cada plenaria hubiese una manifestación como la de primero de mayo, y si los temas de denuncia se multiplicaran, los diputados comenzarían a pensar que no es a su partido al que deben su sueldo y sus prebendas, sino al pueblo raso, al que tendrían allí como un activo recordatorio de quiénes son, o quiénes deberían ser. No faltaría el que propusiera un piquete policial para conservar el orden, pero la policía, en serio, está para otras cosas, y lo descubrirían el día en que se vieran ante la “necesidad” de reprimir.
En tercer lugar, aunque los manifestantes se declaraban cercanos al FMLN, la demostración fue también en contra del FMLN, por tolerar que una simple mayoría de votos –y una eventual negociación de la que habría que conocer los términos– le quite el control de los máximos órganos de la Asamblea. No es un asunto de que la derecha tenga una mayor cantidad de votos y que se acepte pasivamente: se trata de que el FMLN puede tener una base de apoyo social mucho más amplia y activa que los demás partidos, y que puede hacerla valer para lograr objetivos que se suponen superiores. El lugar de los legisladores del FMLN no era al lado de los diputados a los que despojaron de sus botellitas de agua, sino de los manifestantes. El consenso, por otra parte, es mucho más que el resultado de las negociaciones entre los partidos: tiene que ver con el respaldo social que cada partido tenga, y que lo haga efectivo.
En el juego de la “democracia burguesa” (puede llamársela de otro modo; el término es lo de menos), el FMLN se ha desarticulado en varias “instancias” que se muestran contradictorias entre sí, aunque no deberían serlo.
En primer lugar está la cúpula, que en general ha ocupado y controlado la fracción de izquierda de la Asamblea Legislativa. No es obviamente un órgano homogéneo, pero se presenta como tal, y se dedica a “hacer política”, es decir al establecimiento y mantenimiento de líneas políticas e ideológicas, a la negociación con “los otros” y al aparente control del aparato partidario.
El control es aparente porque la segunda instancia es la que podría llamarse “operativa”, y en general se concentra en las alcaldías. Aunque hay una organicidad entre la cúpula y los “operativos”, ésta tiende a ser débil, y hay las deserciones, purgas y disidencias suficientes para demostrarlo. Los alcaldes y sus concejos son quienes tienen el contacto directo con la población y sus problemas, y hay asuntos prácticos para los cuales la pureza de principios que busca la cúpula no tienen validez: rellenar baches, recoger la basura, gobernar para cada uno más allá de su ideología, es una escuela que no tiene que ver con “la política”, y sin embargo es la política en su sentido más amplio y puro.
Y es en las alcaldías, precisamente, donde se producen los fenómenos de organización de base en los cuales el FMLN, como todo, podría basarse, desde las asociaciones deportivas hasta los comités vecinales, el trabajo en algunas casas comunales y hasta casas de la cultura en las que Concultura sólo ejerce un control nominal –por ejemplo la de Ciudad Delgado–, etcétera. De allí salió, seguramente, el contingente que ocupó la Asamblea, y que tan poco eco encontró de los diputados efemelenistas. Hay otros grupos sociales de base –parroquias, círculos de estudio– que giran alrededor del FMLN, pero a los que sólo eventualmente, como en el caso de unas elecciones, se trata de llegar.
Ahora entra un cuarto factor que, dadas las circunstancias, no es menos importante que los anteriores: el nuevo presidente, Mauricio Funes, relativamente ajeno a la estructura partidaria pero a la vez un punto en el que confluyen todas las instancias que conforman el FMLN.
En los últimos días la cúpula, como siempre, piensa en su carácter de cúpula. Están manejando los nombres de ministros y funcionarios de alto rango que desean imponer a Funes, y hasta vetan a posibles elegidos. Parece, por el modo como lo presentan los medios –y quizá los medios no se alejen mucho de la realidad– que se habla más de la repartición de un botín que de la estructuración de un gobierno coherente. (Ése sería el tema de otra nota.)
Y el poder de Funes y del FMLN, como organización tradicional de la izquierda, no se encuentra en la cúpula, sino en la base, en especial cuando están ante el hecho simple y llano de manejar el aparato de estado a través de su primer gobierno. Y es porque el FMLN piensa con la inercia de la agrupación opositora que le toca ser hasta el 1 de junio: obtener lo posible, atacar lo atacable, negociar lo que se pueda, obtener cuotas de poder gota a gota. Piensa en función de manejar “algo” del gobierno, no de detentar el poder, que no son lo mismo y sólo a veces coinciden.
Ante las desventajas en la Asamblea Legislativa, aunque tenga una mayoría nominal, el FMLN puede tratar de integrar –si es su voluntad, claro– el aparato partidario de manera que cada una de sus partes haga lo que debe hacer, de manera coherente y sincronizada. Ello potenciaría el trabajo de Funes en la presidencia del país, y pondría en la mira los temas más urgentes en materia económica y social.
En el peor de los casos, las bases del FMLN podrían ser un sustento y un motor para el gobierno de Funes, por encima de las ligas partidarias, si sabe manejarlo con acierto; su triunfo no se debe sólo al “voto duro” de la izquierda –ganado, grosso modo, en las agrupaciones de base que a veces la cúpula olvida–, sino al trabajo de su equipo y a su ascendente personal, que seguramente tratará de no perder. Incluso un acercamiento con esas agrupaciones civiles de base podrían servir como contrapeso ante la resistencia que en la cúpula del FMLN no se ha dejado de mostrar desde el día mismo en que se le anunció como candidato presidencial.
La toma, durante unos minutos, del Salón Azul da para pensar eso y mucho más. Y también el hecho de que quienes se llevaron las botellitas de agua pagaron por ellas; es algo que nunca debe olvidarse.

17 de abril de 2009

La nalga, ese instrumento crítico

Sólo hay un artículo que se han negado a publicarme en varias revistas y periódicos, en las columnas en las que he tenido, y es éste, escrito en 1990. Originalmente debía publicarse en La Jornada, pero la mención tan directa de las nalgas le produjo... uh... comezón al editor. Luego, en El financiero, el maese Víctor Roura, adalid de la libertad de expresión, me propuso que le cambiara el título, por lo mismo de la nalga; lo hice y a última hora se echó para atrás. Y así en dos o tres lugares más. Lo pongo aquí, donde no me censura nadie. (No, no traté de publicar en El Salvador; cuando llegué ya había perdido toda esperanza. Y sin embargo mi método es válido, y les juro que funciona, al menos para los que aún van al cine.)


“Bogart se ve más sobreactuado que de costumbre, y el melodrama llega a lo diabético en esas escenas de Europa en guerra, escenas metidas con calzador en una película que tampoco venía al caso. En fin, Michael Curtiz insiste en pregonar su mediocridad, Hollywood en patrocinarla y el público en asistir a ese patético intento de liquidar el séptimo arte. Esperamos que este último filme de Curtiz sea, precisamente, el último.”
En mi fantasía masoquista, tal sería el comentario de mi crítico cinematográfico más recurrido si Casablanca se hubiese estrenado anteayer. Yo, por supuesto, al leer la reseña, diría que los críticos no saben de lo que hablan y pensaría en una acre carta a la redacción que no llegaría a enviar, ni siquiera a escribir. Claro que cada vez que alguien hablara de Casablanca recordaría la crítica, proferiría los sarcasmos pertinentes, daría mi propia opinión sobre las bondades del cine clase B, mi interlocutor diría que sí con solemnidad y yo me sentiría de lo más feliz, al menos hasta la próxima.
Ahora bien, a lo mejor usted no se conforma con hacer una rabieta y desea tomar medidas concretas. La solución es sencilla: conviértase en crítico cinematográfico. Convénzase: nada logrará enviando cartas, ocupando embajadas o firmando desplegados: los críticos de cine no cambiarán. Con pocas y muy honrosas excepciones, no son –ni intentan serlo– representantes de esa casta de pobres gentes que creen que uno va al cine a divertirse.
Lo malo, dirá, es que para ejercer El Arduo Oficio de Crítico es necesario haber visto muchísimas películas, leído innumerables libros y asistido a por lo menos todas las muestras y foros. Se equivoca. Lo único que debe hacer para elaborar una crítica cinematográfica razonable es confiar en las reacciones de su cuerpo, que nunca miente. Concretamente, todo es cuestión de entrenar las nalgas, parte especialmente sensible al arte.
Mi medida acerca de lo buena o mala que está una película es la cantidad de dolor glúteo y el momento de la exhibición en que se produce; usted también habrá sentido molestias en la butaca, a cierta hora y en cierta película, pero de seguro lo adjudicó a problemas ajenos al filme. No es así.
Un ejemplo de lo que el dolor significa: al ver Bird comencé a sentirlo a las dos horas con veinte minutos de iniciada la cinta, y eso porque era inevitable merced a la ley de resistencia de materiales; en Rocky IV, a eso de los cuarenta y cinco minutos ya no podía con la butaca. Conclusión: Bird es una película cinco estrellas, Rocky IV es prescindible.
Otro ejemplo: Verano peligroso, con Alejandra Guzmán, la vi dos veces corridas, acogiéndome a las ventajas de la permanencia voluntaria, con un mínimo dolor; Hanna y sus hermanas terminó con mi resistencia a los veinticinco minutos. El método produce sorpresas.
Sin embargo, como ve, parte de premisas naturistas, casi zen, y no conlleva las molestias inherentes al estudio y al largo aprendizaje, con las confusiones que el excesivo bagaje cultural provoca y los resultados a veces lastimosos que vemos en periódicos y revistas. Incluso, si perfecciona su sensibilidad, hasta pueda enviar su reseña a un medio de prensa y ser querido y respetado por nosotros, los sin voz en asuntos de cinematografía.
“El efecto glúteo de la última película de Fulano es reconfortante –podría decir–. Uno siente que la butaca está forrada de plumas legítimas de ganso. Hubo una pequeña molestia en la región derecha durante la escena de... (escoja aquí algo que crea que no le haya gustado, tampoco es cuestión de ser condescendiente), pero resultó ser una falsa alarma. Un filme ortopédico. No se lo pierda.”
Eso sí, sea honesto. Y, sobre todo, sencillo y objetivo. No comience luego con que La mosca VII le produjo picazón en el metatarso o que las vértebras lumbares se le desacomodaron en la última de Valentín Trujillo. Los revisionismos, en cosas que se refieren a partes tan íntimas, dan demasiada pauta a equívocos.

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P. S. sin nada que ver con lo anterior: Yo no lo hubiera corrido por corrupto, porque eso tiene que probarse en un juicio, sino simplemente por malhablado y por p...oco prudente. ¡Qué terrible lenguaje para un alto dirigente partidario! ¡Y qué manera tan boba de caer! Para el que quiera enterarse, aquí está el clásico del año. Y un excelente trabajo periodístico de Rodrigo Baires y Carlos Martínez, tanto que tuvo efecto el mismo día de su publicación. No se pierdan los audios.
(Y luego resulta que el enemigo del pueblo es un escritor de novelas policiales y artículos sobre nalgas...)

16 de abril de 2009

Artículos inconclusos, y uno que no

En mi búsqueda en el disco duro, he hallado algunas notas para artículos que no voy a escribir por algún motivo, entre otros que quizá ya no piense lo mismo, o quizá no lo piense de la misma manera ni con las mismas palabras. Algunas ideas las usé para otros artículos y ensayos; otras se quedaron allí, y ahora las pongo acá. Estos textos fueron no escritos para la revista Tendencias, de muy grata memoria.

Escritores provincianos
El problema no es la existencia o no de una cultura nacional (una literatura nacional, en este caso), sino el considerar que la literatura pueda ser nacional, o continental o local.
El problema es, si lo hay, la autorreferencia; esto es: el establecimiento de parámetros a partir de un universo limitado. Suena pedante y complicado, pero no lo es: la “literatura nacional” parte las más de las veces del supuesto implícito de que fuera de ella no hay mucho que sea digno de tomarse en cuenta; en todo caso, “lo de afuera” es una referencia incidental, no un parámetro importante para la creación de una obra de carácter —usemos esa palabra espantosa— universal.
Uno de los escritores que más influencia han ejercido en El Salvador es Salarrué. En su tiempo, dentro de su corriente, quizá fue uno de los más importantes escritores del continente, junto con Icaza en Ecuador (Huasipungo) y Rojas en México (El diosero).
En Salarrué había, sin duda, la búsqueda de eso que a falta de mejor nombre se conoce como identidad nacional; Cuentos de barro y Cuentos de cipotes quizá sean sus obras más logradas en ese sentido. Sin embargo Salarrué nunca dejó de aparecer —en las pocas enciclopedias en las que apareció— más que como un escritor costumbrista, al que pocos conocen fuera de El Salvador. Un magnífico escritor sin duda, y quizá uno de los pocos que sobrevivieron al costumbrismo, pero el “ismo” fue su etiqueta identificadora.
Mucha de la literatura salvadoreña de las últimas décadas ha girado alrededor de Salarrué, y con razón: el hombre sabía escribir. Sin embargo, como siempre que hay un gran maestro de por medio, de Salarrué se ha tendido a copiar más la forma que el fondo: el lenguaje y hasta la temática de sus principales libros, no su técnica o —en un terreno bastante más resbaloso— su espíritu.
Mucha de la literatura salvadoreña de las décadas pasadas (incluso de la actual) se ha quedado en el lenguaje y en los giros coloquiales: el tema principal de cuentos, poemas y algunas novelas, el personaje central, la trama misma, tiende a ser ni más ni menos que el lenguaje y los giros coloquiales. No son pocas las ocasiones en las que se confía a las palabras tan propias del habla salvadoreña toda la estructura del trabajo literario y la efectividad de los elementos humanos y técnicos que Forster mencionó en aquella serie de conferencias acerca de los aspectos de la novela y de otras letras.
El riesgo es la creación de una literatura provinciana, lo cual no sería tan grave como la convicción de que ser salvadoreño y tener un lenguaje particular da a la producción literaria es garantía de calidad. (¿Quién puede saber, fuera de estas fronteras, por qué alguien extraña algo con un nombre tan críptico como “chilate” o “pupusas con loroco”?)

Elecciones
Las campañas electorales son un muy caro espectáculo que sirven para que la ciudadanía decida quién será su próximo presidente, diputado, alcalde y representantes ante el el Parlecen, un órgano que no termina de mostrar su verdadera función, siempre que ésta no sea la de dar un buen exilio a ciertos políticos.
El centro de las campañas modernas es precisamente cómo hacen los candidatos y partidos para lograr esa decisión de los ciudadanos. El convencimiento generado por las propuestas sería el medio ideal, visto del lado de la ciudadanía; visto desde el ángulo de los candidatos, el asunto tiene más que ver con la mercadotecnia que con la política.
Y a todos les parece muy natural que así sea.

Novedad y letras
La búsqueda de lo nuevo es, idealmente, una de las condiciones de la escritura. De manera soberbia o fatalista, debería existir un punto de partida a la hora de sentarse frente a la hoja en blanco o la pantalla en negro: si uno no se inventa algo nuevo, ¿qué sentido tiene escribir?
"Inventarse algo nuevo" es, claro, una premisa de lo más relativa. En primer lugar, tendrá que ver con los conocimientos previos del que escribe, y quizá --los casos son frecuentes-- "se invente" recursos de algo que alguien enunció y utilizó decenas de años atrás

Bossa nova y blues
Hay ambigüedad en las notas del bossa–nova: cada acorde es un puente, no tiene identidad propia, no tiene un valor definitivo sino como transición. Hay una interminable cadena de cosas intermedias, de acordes que no son mayores ni menores; las notas —la secuencia— no dicen sino que sugieren algo que está a punto de ocurrir pero que nunca ocurrirá.
En el bossa–nova importa el ritmo, que es irregular, y la armonía adquiere un valor percutivo. La ambigüedad, entonces, se convierte en cadencia. Los sonidos no tiene valor en tanto formen una armonía definida, sino en tanto se integren con el ritmo.
También en las voces del bossa–nova hay ambigüedad: Joao Gilberto canta con voz de niño que descubrió la música apenas en los primeros compases de la canción y que intenta con timidez moverse entre el ritmo suave y la armonía ambigua; Astrud Gilberto, con voz grave, le hace dúo y suena tan sólida igualmente ambigua en su forma y consistencia. Los hombres del bossa–nova (Chico Buarque también, y Caetano Veloso) están siempre a punto de llenar la voz de lágrimas; las mujeres del bossa–nova (María Bethania también) están siempre a punto de enojarse y regañar: los papeles que socialmente juegan los sexos no están intercambiados; sólo son ambiguos, aunque no equívocos.
Uno sabe que cuando la canción termine las cosas volverán a su estado anterior, que las secuencias de acordes serán mayores o menores, o séptimas en las transiciones, y sólo algún disminuido que, como excepción a la regla, se erigirá en un punto de emoción en medio de un todo previsible y cómodo; que las voces de los hombres y las mujeres regañarán y llorarán, respectivamente.
Pero en el lapso que ocupó la canción, en lo que duraron sus secuencias tan lógicas mientras se las escuchó y sin embargo tan artificiales cuando se piensa en ellas, el mundo se movió como en un carnaval lento y cadencioso, sin moral dominante, y el diablo en la calle: los papeles se cambiaron, la música fue metáfora de la música, el ritmo lo fue todo y la guitarra, extrañada, se mira a sí misma y no se explica cómo pudo sonar a algo para lo que no fue fabricada bajo las manos violadoras de Jobim, ese espanto de dedos.
Hay ambigüedad también en la armonía del blues, pero su carácter es harto diferente. Mientras que la elaboración excesiva del bossa–nova crea indefinición, la ambigüedad del blues deviene totalidad, contornos precisos.
Sólo hay tres acordes en el blues, y casi siempre en el mismo orden y el mismo número de compases: su pobreza es de los bolsillos, no del espíritu. Los tres acordes son séptimas, es decir puentes hacia alguna parte. Pero la subdominante no se resuelve a su vez en la subdominante (lo que llevaría a un loop incontenible), sino que regresa a la tónica, que de la séptima pasará a la dominante, una perversión armónica si las hay y, como toda perversión, harto atractiva. Y en la dominante la séptima hace que la secuencia —siempre la misma, obsesivamente— cobre nuevamente sentido: el paso a la tónica devuelve la normalidad al blues al menos durante un par de compases.
Las séptimas del blues son sin embargo un puente hacia ninguna parte (en el bossa hay un puente perpetuo hacia la nota siguiente). La séptima es una nota de transición que puede originarse en un acorde mayor o menor, y contiene a ambos. (Las séptimas menores son pequeños juegos de armonía; las mayores engloban también a las notas menores y gracias al blues han adquirido cuerpo y personalidad propios.) El que toca blues se mueve, pues, en dos mundos que podrían ser opuestos si se los viera desde la técnica, pero no desde el lado de las sensaciones: la previsible tristeza de las notas menores, el esperable optimismo de las mayores. Y, a la vez, las séptimas, que son tensión y, en el caso del blues, tensión perpetua.
Las blue notes se originan en el lado menor del espectro, mientras que el acompañamiento juega a los acordes mayores. Salvo por algunas piezas que hacen alarde de maestría técnica —Bruebeck ha jugado a juntar dos mundos que son agua y aceite, con excelentes resultados—, sólo las séptimas pueden contener lo incontenible que hay en dos mundos de sensaciones y sonidos contradictorios y excluyentes. La ambigüedad es en realidad afirmación: es la fusión de elementos incompatibles que se da en notas que pertenecen a la transición, pero no hay transición, sino secuencia.
El bossa–nova es música pura, sonido total —su ambigüedad particular lo hace inaprensible, y hay que aceptarlo como es—; en el blues la música es un pretexto, y la ambigüedad sólo sirve para expresar sentimientos encontrados. En el bossa, el amor es siempre ideal, y de allí la ambigüedad de su ejecución a todos los niveles; en el blues el amor es real, y la realidad provoca ambivalencia.
En el bossa hay susurros; en el blues hay el grito siempre, aunque sólo se oigan susurros. En el bossa hay sensaciones que se transforman en cadencia y se regocijan en el devenir; en el blues hay obsesión, y toda obsesión es cadencia.

Y éste que sí terminé, que se publicó en la columna Clase B, del diario mexicano El financiero, en 1991 o 1992, en estricto WordPerfect 5.1, cuando los módems de 2,400bps y los CPUs a 16MHz eran tan avanzados como los cuatro megas en RAM de mi AT 80286, con su modernísimo disco duro IDE de 40 megas (el equivalente a menos que un CD en mp3):

Cuidado con la máquina
Por allá por 1960, Orson Welles filmó El proceso, una adaptación de la novela de Franz Kafka, con la actuación de Anthony Perkins. El tema: la burocracia condena a muerte a un hombre por un delito del que jamás se habla, y que seguramente ni siquiera cometió.
En la película --Kafka no llegó a saber de esas cosas-- Wells insinúa que la causante de todo ese caos es una inmensa computadora en la que los hombres han descargado todas sus responsabilidades legales, administrativas y hasta amorosas, a la que incluso le confían la decisión sobre quién debe vivir o morir.
No es que la computadora de Wells sea un ente malo: simplemente es una máquina, tan susceptible de errores como los que la programaron. Pero los humanos se dejan llevar por su lógica irreductible –la de la máquina–, y el resultado es, desde luego, el absurdo.
Existían máquinas nefastas en Metrópolis, de Fritz Lang, filmada en la segunda década del siglo. La peor de ellas es un clon de la dulce María, que –horror– incita a los obreros a la lucha de clases. Son las computadoras quienes provocan la casi destrucción de la humanidad en la serie Terminator. Entre ambas películas apareció ese inolvidable y conmovedor psicópata que es Hal 9000, la máquina humana de 2001: Odisea del espacio, de Stanley Kubrick.
El colmo de la mitificación de las computadoras fue Virus mortal, en la que un virus computacional provocara las muertes más terribles. ¿Jalado de los cabellos? Sí, pero no: hay gente de soporte técnico que ha recibido llamadas de usuarios que preguntan –avergonzados, eso sí– si un virus computacional puede afectar a los que usen la máquina infectada.
Es indudable que existe una poderosa interactividad entre el usuario y su computadora, es decir entre el usuario y un software y un hardware creados para desarrollar funciones amplias, pero necesariamente limitadas. Una relación, para decirlo pronto, como la que se podría establecerse con una pluma fuente y un papel o con un juego de escuadras o un taller tipográfico.
Es cierto: a través de las computadoras se puede optimizar la destrucción, como ocurrió en Irak a través de Nintendos de miles de millones de dólares; los monstruos del juego eran soldados y niños, 10,000 puntos extra por cada objetivo destruido, sólo 2,000 si se trata de un hospital civil. Pero también con una noble herramienta de trabajo como podría ser un martillo se han perpetrado crímenes espeluznantes.
El problema ya lo habían considerado los profetas que vieron el apocalipsis en esa caja llamada televisión (bueno, algunos): lo que anda mal no es el medio, sino los contenidos. MacLuhan se quitó la pedrada enunciando que el medio es el mensaje: la frase es tan tramposa que, tantos años después, no ha sido refutada de modo convincente, ni siquiera comprendida en toda su extensión.
Kubrick, en la ya citada 2001, da una pista acerca de lo que es una computadora cuando los homínidos descubren, como Caín, los usos de una quijada de animal. En la toma final de la escena, uno de los trogloditas, en un arranque de emoción, arroja un al cielo un hueso, que de pronto se convierte en un transbordador de Pan American que hace un viaje regular a la Luna. El transbordador, como el hueso, son simples extensiones de la mano humana.
También lo es la PC o la Mac que uno tiene sobre su escritorio o sobre el escritorio de la oficina. Y también Hal 9000, con su voz perturbadora, cuando arroja al espacio a los astronautas que se encuentran en hibernación.

14 de abril de 2009

La literatura light y el apocalipsis

(Artículo publicado en la revista Forja, San José, Costa Rica, en enero o febrero de 1999. No viene al caso en este blog, pero me lo encontré en el disco duro y se me antojó reproducirlo. Además me estoy poniendo light. Mira que hacer un post acerca de las pastillas Altoids... Eso sí: el site de Altoids está buenísimo. Y las Altoids también.)


En realidad el asunto no es nuevo: cada cierto tiempo las trompetas del Apocalipsis soplan sobre la literatura y prometen hacerla víctima de la más terrible de las pestes: el olvido.
Buena parte de la preocupación se centra ahora sobre la llamada “literatura light”, que según muchos está captando a un buen porcentaje de lectores en detrimento de la “literatura seria”. Las previsiones —los temores— son en el sentido de que la primera desplazará paulatinamente a la segunda, y que en unos años sólo podrá encontrarse en las librerías la obra de escritores light, que crearán a su vez lectores light, y buena parte del pensamiento crítico y analítico que genere la literatura será, por lo tanto, de consistencia light.
Un fenómeno así sería un duro golpe para la evolución del pensamiento: el Poder —ese bicho indescriptible pero cierto— se adueñaría con facilidad de los intelectos de personas poco acostumbradas a los rigores de la razón, y no habría sueños lo suficientemente intensos para oponerse a los designios de quienes temen a la imaginación.
Son muchas las cosas que a lo largo de siglos han conspirado contra la literatura: las quemas de libros promovidas por la Inquisición y el oscurantismo nazi, las políticas “proletarias” de Stalin, la paranoia de las dictaduras militares latinoamericanas, la de ciertas izquierdas, ciertas derechas y más de un centro... El cómic, el cine, la televisión fueron vistos, a medida que aparecían, como grandes enemigos de las letras, pues resultaba obvio para sus detractores que no tenían nada que ver con el conocimiento y atraían con sus hechizos a los lectores reales o potenciales.
La literatura parecería que es incapaz de soportar ya no los siglos de terror inquisitorial, sino la simple evolución del mundo y de sus cosas, pero allí sigue, gozando de cabal salud. Curiosamente, no es de los enemigos de los que pueden salir los mayores atentados, sino de los miembros del bando propio, quizá por la tendencia a mantener la pureza de sus manifestaciones.

LA NOVELA, ESA SEÑORA OBESA
Sin ir más lejos, E.M. Forster, en Aspectos de la novela, pone en riesgo la vigencia misma de un género que es quizá el icono más venerado de eso que por comodidad se llama cultura. Para Forster, la novela es “una ficción en prosa de cierta extensión”, y tal extensión debe ser, a su juicio, de por lo menos 50,000 palabras. Si uno se toma en serio las definiciones, buena parte de la literatura está en peligro mortal.
Las conferencias de Aspectos de la novela fueron dictadas en 1927, y precedieron apenas una serie de cambios sociales, económicos y culturales vertiginosos que Forster no pudo prever, ni era su papel. En el género novelístico en particular, de Forster a la fecha surgió una marcada tendencia a la economía de recursos: historias en general más ajustadas a la realidad inmediata de los escritores y lectores; personajes extraídos de la vida cotidiana, tramas en las cuales todos los elementos están a la vista del lector, descripciones escuetas y un cierto desprecio por la retórica.
Este cambio coincidió con (y fue producto de) varios factores importantes: la crisis económica global de 1929, el auge de la industrialización y una vida que se hacía cada vez más rápida y difícil de manejar. Uno de los resultados fueron novelas que ni de cerca alcanzaban las 50,000 palabras, y que sin embargo respondían estructuralmente a las exigencias del género. Buena parte de la producción novelística estaba (y está) formada por obras de 50,000 o más palabras, pero un porcentaje cada vez mayor rompía (y rompe) con la regla, si es que alguna vez se ajustó a ella. De 1927 a la fecha pueden mencionarse El extranjero, 62/Modelo para armar y Pedro Páramo, ejemplos de parquedad y efectividad. Mucho más atrás en el tiempo, basta con recordar Lazarillo de Tormes y las Novelas ejemplares de Cervantes, y en el extremo de la economía se halla la obra de Onetti y las “micronovelas” de Yasunari Kawabata, que en quince o veinte páginas despachan asuntos de veras complejos.
Algo importante ocurrió en los años treinta, que quizá tiene que ver con el tema de este artículo: un incremento en el rango de lectores de novelas y en el de los escritores. Antes, la escritura estaba reservada, con notables excepciones, a personas con una minuciosa formación académica y una preparación técnica fuera de serie, y se requería de lectores harto especializados para disfrutarlas. De pronto, gente común y corriente (como Hemingway y los novelistas negros) incursionó en la literatura, y detrás llegaron los lectores respectivos, que quizá no compartieran las sutilezas de escritores más académicos, pero que deseaban leer. La democracia —ese bicho raro— ponía el fuego de las letras en manos de los mortales.
Es paradójico que la definición de Forster se corresponda particularmente con expresiones literarias que han sido incluso despreciadas por los estudiosos, en especial los llamados best-sellers. El motivo de que libros como los de Morris West, Irving Wallace y cientos más sean tan extensos no tiene que ver con su complejidad —que la tienen—, ni con la búsqueda de la pureza del género, sino en el hecho de que sus compradores esperan muchas letras a cambio de su dinero, y los editores y escritores se las dan para mantenerlos contentos. Una consideración tan pedestre no debería formar parte del proceso de fabricación de sueños, pero los lectores de best-sellers son amplia mayoría desde hace años: si se tratara de democracia, poco tendrían que criticar los lectores, escritores y estudiosos de la “literatura seria” ante tanta realidad.

LA SOPORTABLE LEVEDAD
En su libro póstumo Seis propuestas para el próximo milenio (Siruela, 1998), Italo Calvino habla de la necesidad de un viraje de la literatura hacia un estado de “levedad” que la haga más adecuada a los tiempos que corren. La literatura, según Calvino, debe plantearse como “una necesidad existencial” y, al contrario de Sartre o Kierkegaard, que en su momento asumieron la misma premisa para lograr algo de densidad en las letras, debe buscarse “la levedad como reacción al peso de vivir”.
El propio ensayo de Calvino (una conferencia preparada en 1985) sufre de esa levedad que proclama: a partir de la enumeración de ciertos mitos antiguos y referencias a veces forzadas, llega a la conclusión de que la levedad es deseable para la literatura de fin de milenio. No hay argumentación, sino la gana de que las cosas pasen de cierto modo; el simple planteamiento parece ser motivo suficiente para que las premisas deban convertirse en realidad. Pero no se trata de criticar a Calvino, sino de echar un vistazo a lo que se conoce como literatura light.
Varios autores vienen a la mente cuando se habla de ella: Isabel Allende, Marcela Serrano, Milan Kundera (con la notable excepción de La broma), Angeles Mastretta, Guadalupe Loaeza... Podrían sacarse conclusiones del hecho de que la lista de escritores light esté mayoritariamente formada por plumas femeninas, pero la corrección política indica que no debe hacerse caso de este fenómeno, que por otra parte es casual.
Antes habría que ponerse de acuerdo respecto a lo que define la literatura light, y el asunto es de entrada complejo: los parámetros necesariamente serán subjetivos. Buena parte de los críticos pretenden hacer creer que existen medidas “objetivas”, por lo menos precisas, para juzgar una obra literaria (o musical o pictórica). En realidad, el único método posible para el análisis de una obra artística es el comparativo: mientras más puntos de referencia tenga una persona (en este caso, mientras más libros haya leído), mayores y mejores posibilidades tendrá de acercarse con conocimiento de causa a una obra literaria en particular, y por tanto de juzgarla. Y hasta esto es relativo: para comprender a Borges o a Musil no basta con haber leído a todos los best-sellers, y el hecho de haber leído a Musil o Borges no garantiza que se adquieran los instrumentos necesarios para descifrar siquiera a los best-sellers. Sin contar con que la “densidad” de una obra literaria está determinada por el contexto cultural, varía de época a época y, a veces, de lugar a lugar.
El ejemplo más obvio es El ingenioso hidalgo Don Quijote de La Mancha: en la actualidad se sabe (se acepta) que es una de las grandes obras de la literatura universal. Sin embargo, en su momento fue severamente atacada por figuras de la talla de Quevedo y Góngora, de quienes podrá decirse lo que se guste, excepto que no supieran su oficio.
El problema que tenían los grandes del Siglo de Oro con El Quijote era que se trataba de una novela para el vulgo, para la masa, esto es: de una novela comprensible para cualquiera que no fuera analfabeto, y que carecía del rigor técnico necesario para llamarse “literatura”. En resumen, El Quijote era una novela light.
La aseveración es risible a estas alturas de la vida, pero Quevedo y sus compañeros tenían razón: El Quijote, visto desde su punto de vista, tiene fuertes carencias técnicas que por otra parte no explican nada, sobre todo si se toma en cuenta que Cervantes fue el creador de lo que ahora entendemos por novela, un género que Dostoyevski —cuyas obras llegaron a aparecer por entregas en “revistas para señoras”— llevó a su forma definitiva.

LA INSOPORTABLE DENSIDAD
En definitiva, ¿qué distingue a la “gran literatura” de la “pequeña literatura”? Se trata de una pregunta sin respuesta aceptable, es decir: no puede darse una respuesta que funcione para todos los casos, ni siquiera para un cómodo porcentaje.
Es obvio para un lector avezado que Cortázar y Borges son grandes escritores, y si fuera necesario podría ponérseles sin problemas el uno al lado del otro, a pesar de que lo que los hace grandes no es lo mismo ni puede juzgarse con las mismas medidas. Vallejo, Neruda y Eliot podrían compartir el mismo altar, si de eso se tratara, y sin embargo no hay modo de encontrar un parentesco entre ellos más allá del hecho de que escriben dentro de una forma literaria particular llamada poesía. La pregunta es: ¿qué los hace grandes o “más grandes” que otros? ¿Qué hace a Quevedo superior a Bécquer, a e.e. cummings análogo a García Lorca (aunque “inferior” a Vallejo), a Virgina Woolf superior que Graham Greene, aunque éste sea un novelista excelente? Las preguntas anteriores parten de apreciaciones personales que sonarán antojadizas o injustas, aunque podrían ser demostradas de un modo u otro; para la demostración, dado el caso, deberían buscarse argumentos basados en preferencias personales, no en parámetros estables.
Desde un plano más o menos elemental, podría aventurarse que lo que hace la densidad es el manejo de la información según un tema determinado. Si se piensa en El péndulo de Focault uno podrá decir que acertó en la primera premisa, pero basta con recordar Los bufones de Dios, de Morris West, y La palabra, de Irving Wallace —dos obras de escritores light, si quiere considerarse así a los best–sellers— para darse cuenta de que el asunto no va por ese lado: pocos manejan mejor la información que los best-sellers, quizá como manera de contrarrestar cierta carencia de eso que podría llamarse “rigor literario”.
Debería entonces pensarse en el modo de procesar la información, es decir: en la profundidad y trascendencia que se le dé al manejo de información dentro de una obra determinada. Encontraríamos entonces que Dos Passos, en Manhattan Transfer, y Musil, en El hombre sin atributos, recurren a collages de información en bruto, que adquieren todo su valor dentro del contexto aunque no por sí mismos, mientras que Michael Crichton, logra profundidades apabullantes en Parque Jurásico, otro best-seller.
Podría pensarse en el manejo del lenguaje, y nos encontraríamos con Roberto Arlt, que es grande a pesar de que su sintaxis y su sentido del idioma son deficientes hasta el dolor, y con B. Traven, que escribe como un principiante, pero cuyo poder de expresión es algo fuera de serie. Si buscamos en el manejo de las estructuras, nos encontraremos con que los cuentos de Borges están mal armados (si los de Cortázar son la medida), sus personajes son acartonados, y sin embargo hay en ellos una magia y una grandeza más allá de las formas.
Con cualquier regla que se mida, tarde o temprano uno se encontrará con que sólo es suficiente para un cierto espectro de escritores, y aun así el asunto sería engorroso: al hablar de Goethe, ¿cómo no caer en la tentación de considerar Fausto como una obra “densa” y Werther como una obra light?
En definitiva, ¿hay una literatura light? Desde el punto de vista de algunos profesionales de las letras, críticos, escritores y un grupo “selecto” de lectores, sí. ¿Qué significa en este caso el término Light? Quizá que las obras no tienen la profundidad, técnica, elaboración y manejo de referentes culturales que las obras densas... que no pueden ser cuantificados, y en esa negativa a cuantificarse está precisamente parte del encanto de la literatura y del arte en general. Desde otro punto de vista —el de la historia de la literatura—, simplemente existen libros y autores; algunos siguen vigentes después de azarosos siglos, la mayoría no.
Si existe la “literatura light”, no es un “peligro” para las letras “serias”, como no lo fue en 1929 el surgimiento de una novela más popular, con Hemingway y los novelistas negros y los magos de la ciencia ficción, ni la novela de aventuras el siglo pasado ni la de caballería antes de Cervantes, así la Inquisición la haya condenado al ostracismo: simplemente ha ido ampliándose el espectro de lectores y, claro está, de escritores. Lo mismo puede decirse de los best-sellers o los cómics: no atrajeron en exclusiva a los lectores de literatura “seria” para dejarlos empantanados en un camino sin retorno, sino que crearon un nuevo público, a la vez que respondieron a las necesidades de los que deseaban leer, pero no encontraban satisfacción —por los motivos que fuera— en lo que existía.
Borges decía que sólo el tiempo es capaz de juzgar qué autor o qué obra valen realmente la pena de sobrevivir. Quevedo y Góngora se equivocaron con Cervantes, pero no podían saberlo. Colette es, a estas alturas, una pieza de museo, aunque también lo son muchísimos que en su tiempo fueron considerados baluartes inamovibles de las letras, como Gautier, Thackeray y el más agrio crítico y plagiario de Cervantes, Avellaneda.
Ernesto Sabato afirmaba alguna vez que un escritor plantea cuál es su relación con el universo y del universo con él. Mientras más rica y compleja sea dicha relación, más compleja y profunda será su obra y —podríamos extrapolar— correrá menos el riesgo de caer en las garras de lo light.
En todo caso, lo importante es leer; ya se ocupará el tiempo de poner cada cosa en su lugar.

31 de marzo de 2009

Valiente la incongruencia

Transcribo la columna de Cristian Villalta publicada el pasado domingo en la revista Séptimo sentido, de LPG. ¡Está buenísima! (Como siempre, pero ésta quiero transcribirla.) La nota puede encontrarse en este link.

¿Y entonces?
Cristian Villalta

Ahora que está de moda eso de las cartas “abiertas” (lo siento, poetiso, pero le salió más cursi que snob), y que el tema de las pláticas mude del Apocalipsis a las chicharritas; es decir, en estos confusos momentos en que todos excepto Ciro Cruz Zepeda niegan ser lo que son, me permito algunas preguntas retóricas al que, por accidente o malas señales, ha venido a parar a esta columna.
Primera pregunta... Compadre, ¿usted cree a los aplaudidores que pululan en las páginas editoriales? ¿Es auténtica su salutación a los ganadores de la elección, o simplemente pretenden retirarse elegantemente de la mesa luego de apostar sus fichas sin reparo? No sé si ustedes consideren valiente la incongruencia, pero ¿no será todo lo contrario?
Segunda... ¿Con qué se come eso de la izquierda light de la que hablan algunos analistas? En El Salvador, a duras penas existe la izquierda, y está en proceso de gestación justo ahorita, luego de la atávica descalificación que esa corriente del pensamiento político sufrió durante décadas. ¿Usar ese término no es tan absurdo como que hablemos de una derecha light, de un PCN sin filtro, de un PDC mentolado?
Tercera... Si cuatro de cada 10 salvadoreños no fueron a votar, ¿no será porque no se sienten representados por ninguno de los partidos? ¿Es erróneo considerar que los que no votaron son más mayoría que ganadores (y obviamente perdedores) y que si no participan es porque se han sentido excluidos sistemáticamente exceptuando el día en que les dan un plumón y les manchan el dedo?
Cuarta... Si los nuevos administradores del Estado reparan el histórico yerro de la Ley de Amnistía y persiguen los delitos de lesa humanidad cometidos durante la guerra, ¿los ciudadanos que estamos interesados en que esos criminales –insurgentes, paramilitares, castrenses y civiles– sean enjuiciados nos veremos acompañados por esos “perseguidores de la verdad” tan populares en las últimas semanas? ¿Convendría comenzar con el de Monseñor Romero?
Quinta... ¿A usted le quedaron dudas de si hubo extranjeros votando en nuestras elecciones? ¿Las autoridades lo han satisfecho con sus explicaciones?
Sexta... ¿No le interesaría más la formación de nuevos movimientos ciudadanos, del color que se le antojen, que la “renovación” de una vieja marca? ¿Ex presidentes hablando de cambio no es como Lucía Méndez anunciando C de Ponds?
Séptima... ¿Cuál de estas opciones prefería posible a mediano plazo: a) un partido de centro-derecha que no sea ARENA; b) un partido de izquierda que no sea el Frente; c) un presidente sin partido; e) un partido sin ex presidentes?
Y octava... ¿Realmente Will Salgado creerá que esta le va a salir de choto?

5 de febrero de 2009

Mi columna en CA21

Desde hace varias semanas --¡desde el año pasado!-- no he publicado mi columna en Centroamérica 21. No ha sido por falta de ganas ni de temas, que de ésos siempre hay, sino de hartazgo con respecto a la campaña electoral y el modo en que se mueven los ánimos. No he sufrido censura, nadie ha tratado de darme línea con respecto a qué escribir e incluso Geovani Galeas --con quien rara vez hemos compartido opiniones-- ha insistido en que continúe. He preferido leer Centroamérica 21 "desde fuera", por ahora, lo mismo que los demás periódicos digitales y analógicos. Creo que no es el momento para decir cosas fuera de este blog, donde tengo mucha mayor comodidad en lo que digo y en el modo de decirlo.
Va una pequeña explicación.
En general, muchos columnistas escriben con la esperanza o la convicción de que en algo puedan influir en el rumbo de las cosas. Me parece un buen estímulo creerlo, aunque sé que es ingenuo. Uno no cambia nada; a lo sumo dará su punto de vista, alguien estará de acuerdo, alguien no, y a la mayoría le vendrá flojo. Lo que uno diga, si acaso, servirá de rápido punto de conversación en alguna sobremesa, eventualmente le dará una nueva idea a alguien y listo, misión cumplida, valió la pena pasarse unas horas escribiendo una nota.
Lo que más me gusta de escribir en periódicos y revistas es la discusión, tácita o explícita, que puede armarse entre columnistas y, quizá, con algunos lectores. (Estoy descartando las puteadas de trolls y anexos. Eso es nomás ser malcriado.) Ver desde aquí, desde mi computadora, y quizá platicarlo con amigos, lo que fulano o zutano dicen con respecto a un tema es agradable, a veces apasionante, y mejor si se puede complementar con algunas entrevistas y programas que pasan por la tele. Desde mi perspectiva, no hay más que eso.
Y viene el asunto central: ¿por qué a alguien lo nombran o lo reconocen o lo que sea como columnista? No tengo la menor idea, si he de ser franco. Mis primeras columnas comencé a escribirlas a eso de los 19 o 20 años, bajo pseudónimo y sin decir que ése era yo, en la sección internacional del periódico El día, de México, y era divertido. Varios compañeros me comentaban lo que había dicho Julio Castel y a veces estaban de acuerdo, a veces no, y yo casi siempre adoptaba el punto de vista contrario, en el plan del adolescente o casi adolescente que aún era. Llegué a tener una discusión, por escrito, con el compañero que se sentaba en el escritorio de atrás a la derecha, el boliviano René Bascopé Aspiazu, y cuando se enteró de que era yo nos fuimos a comer unas hamburguesas para festejar. (Casi siempre nos íbamos a comer hamburguesas, pero esa vez fue para festejar.)
Entiendo, pues, lo de escribir columnas --políticas en este caso-- como una discusión acerca de hechos, perspectivas, matices, posiciones diferentes, etcétera, aunque no haya una alusión directa a lo que diga otro columnista. Si hay un lector de todas o varias de esas columnas, algo se llevará de positivo con el contraste.
Pero en las últimas semanas los columnistas a los que podría tomar como referencia han enloquecido, o poco menos. Ya está dejando de importar el análisis crítico de los hechos, el intento de lectura del momento, la hipótesis que mañana o la semana que viene será desmentida por otra hipótesis más sólida, o porque se ha movido --o desgajado-- la coyuntura. Con las presidenciales a un par de cuadras de distancia, el análisis periodístico se ha convertido en un pretexto para convencer a quien sea que lea la columna de que vote por cierto candidato. Los periodistas están dejando de ser periodistas y se están volviendo simples promotores de votos, a veces con argumentos tan elaborados --y jalados de los pelos-- que dan pena. Y más de uno tendrá argumentos para contradecir este argumento, pero es problema de ellos: el diálogo tácito se ha convertido en monólogos a gritos, cada quien vendiendo su producto con argumentos que a un vendedor le darían vergüenza.
Y así no juego.
Me queda la opción de escribir acerca de literatura, que es lo que hago la mitad de las veces. Pero en medio de ese mercado con bocinas a todo volumen, ¿a quién rayos le interesa leer de literatura? Y no falta quien vea en eso un "escape" con respecto a temas que yo "debería" tratar, algo banal en momentos en que el país está al borde de un cambio histórico o lo que demonios quieran. Y no. Escribir sobre temas políticos es uno de mis oficios; la literatura --escribir literatura o acerca de ella-- es otro, y los dos me los tomo en serio.
No he dejado de escribir o de pensar "en eso"; simplemente me parece que no es el momento de publicar en un medio de prensa. Para eso tengo mi blog, mi "cosa personal". Y tampoco he publicado mucho en mi blog últimamente, quizá porque estoy escribiendo un par de libros, quizá porque mis prioridades personales son otras, quizá porque no se me da el ánimo o la gana. Sé algo, y lo reitero: estoy harto de promotores de voto que se presentan como columnistas. Sé que con ellos no quiero platicar, al menos mientras no regresen a su estado... uh... normal. Ahora están enloquecidos, con miedo de que ganen unos, de que pierdan otros, de que pase lo que tenga que pasar. A mí me tiene sin mucho cuidado si gana Arena o el FMLN, en serio; me interesa que haya un proceso limpio y justo, y poder hablar de eso en su momento.
Los periodistas no somos participantes de los hechos acerca de los que nos toca tratar; somos testigos, a veces calificados, a veces no. (Eso es otro tema.) Tengo una posición ideológica, que tira mucho a la izquierda, y no la de las consignas, sino la que aprendí con años de estudio y vivencias y, sobre todo, de ideales. Habrá quien la confunda, por miopía, mala leche o estupidez, con todo lo contrario. Bronca de él, ella o ellos. Mi post anterior, por ejemplo, no es un apoyo a Arena: es una advertencia al Frente de que se está pasando de ingenuo o superficial, y no ve todo lo que la derecha ha armado alrededor de la propia posición del Frente. Y no veo una izquierda en el Frente, nada que vaya más allá de algunas frases de manual, de una posición bastante en bruto (lo que Marx llamaría, si fuera generoso, "conciencia en sí") y una lumpenización que, para demostrar, bastará con poner algunos comentarios que lleguen a este post, o repasar otros que a veces he dejado en posts anteriores.
Eso es todo. Cuando acabe el proceso electoral, me dará gusto seguir escribiendo mi columna, quizá la única en la que he dicho siempre todo lo que se me ha roncado la gana. Hasta entonces, por aquí nos estaremos leyendo.

5 de octubre de 2008

Del Almanaque Bristol y los matavacas

Rara vez reproduzco por aquí cosas que tengan menos de veinte años de edad, pero hoy haré una excepción, a reserva de que la gente de La prensa gráfica me pide que la quite. (Por favor no, Roberto Valencia.) Se trata de la columna de Cristian Villalta aparecida en el número de hoy de la revista Séptimo sentido. Es el modo en que veo las cosas últimamente, aunque Cristian lo ha escrito mejor. La nota puede encontrarse en este link.

Disiento
Cristian Villalta

Si por más que lo intenta, no logra sacudirse la sonrisa burlona al acordarse del nailon de Norman Quijano, es usted un apátrida.
Si se le ocurre publicitar su convicción sobre el cambio como única salida viable para el país, es usted un irresponsable, inconsciente y chavista, pariente de Evo Suéter, matavacas, botapostes, charranganeador de guitarritas.
Si tiene serias reservas sobre la megalomanía de Mauricio Funes, es usted mínimo un burgués, si no es que un pobre tonto proletario con ínfulas de señorito, títere de las 14, mandilón de los bancos y de seguro hasta se deja pegar por su mujer (no te preocupés, jamás te denunciaría, miamorcito).
Y cuidado, ni se le ocurra revelar a los demás, en un ataque de sinceridad virulento, que considera soso a Rodrigo Ávila o decir que los chistes de sus discursos parecen sacados del Almanaque Bristol porque de fijo usted tiene algo que ver con las FARC.
Las figuras anteriores acaso luzcan superlativas, exageradas, pero así va la cosa por estos días, y con visos de ir empeorando. No es solo que socialmente se le cierre el espacio al comentario irónico, a ese sarcasmo tan saludable porque nos permite burlarnos de nosotros mismos; no es solo que los burdos prejuicios de los circulitos políticos sean tristemente más ruidosos que las opiniones de la gente inteligente; es que ya no se reconoce el inalienable derecho a no estar de acuerdo.
Revise usted en su propio registro ideológico y lo verá: esta televisora es de este color, y aquella, del otro; este periódico aquí, aquel periódico, allá; Fulanito vota rojo y Menganito vota azul. A continuación viene una automática asociación, tan gratuita como perezosa: del centro para acá piensan así y asá del aborto, de la bandera, de la amnistía, del ejército, de la delincuencia, del petróleo, de la dolarización, y cargan con estos crímenes; del centro para allá, aborto, bandera, amnistía, largo etcétera y estos crímenes.
No hay heterogeneidad en ninguno de esos grupos, o en todo caso esas gentes prefieren que entendamos la realidad sin reconocer esos matices. Todos los azules son de un modo, todos los rojos son de otro, tipo indios y vaqueros.
Es el estilo de ver las cosas que nos proponen. ¿Cuántas veces no hemos escuchado que el señor X es amigo (o enemigo) de los valores patrios, de la democracia, de las libertades, de los empresarios, de la justicia, de la verdad, de la selección, de Estados Unidos, de los agricultores...? Bueno, hasta de Dios.
Para infortunio de esos vendedores de locura (solo los locos y los tontos pueden entender el mundo en claroscuro), la democracia, aunque germinal, ya fructifica en las cabezas de muchos de nosotros. ¿Y qué es la democracia, sino la saludable independencia de no creer todo lo que nos dicen, de no actuar contra nuestra voluntad, de no tenerle miedo a lo que no nos da miedo, de tenérselo a lo que sí, y de hacer públicas nuestras burlonas sonrisas sin que nos descalifiquen?

* * *

Esto que sigue ya no es de Cristian, sino mío.
Alguna vez me contaron por qué a los guerrilleros les dicen "matavacas", pero lo he olvidado. Lo que sí recuerdo es lo que me contó un amigo que estaba en el frente de Chalatenango, pero que ya no está; murió en la toma de San José Las Flores en 1983.
Resulta que en su zona se habían quedado sin comida, y tenían a varios cientos de combatientes y civiles con hambre, así que decidieron ir a la ciudad de Chalatenango a "recuperar" algunas vacas para llevárselas al monte y, bueno, comérselas.
Todo muy bien: vestidos de oscuro, camuflados, todo el paquete, llegaron hasta un corral, lo abrieron con cuidado, empezaron a sacar vacas y, ¡bum!, se le fue un disparo a uno de los combatientes. El problema no fue huir de allí, sino la estampida que se armó. Y peor: los del puesto de la Guardia Nacional oyeron el balazo, oyeron la estampida y creyeron que se les venía encima el FMLN en pleno, y empezaron a disparar contra lo que se moviera. Y lo que se movía era un montón de vacas.
Resultado: varios guerrilleros asustados --y después con ataque de risa-- en medio del monte, tratando de llegar a su campamento, y las calles de Chalatenango llenas de vacas muertas y guardias nacionales igualmente asustados. Así que cuando oigo lo de "matavacas" no me acuerdo precisamente de los guerrilleros, sino de aquellos guardias nacionales disparándole a un montón de ganado más asustado que ellos. Quizá por eso no recuerdo el motivo por el cual es a los guerrilleros a los que les decían matavacas.
Se aceptan aclaraciones y versiones.

15 de septiembre de 2008

Trabajo en vano

Hace treinta y tantos años, Carlos Fuentes se convirtió en el primer escritor --al menos latinoamericano-- que cobró por dar entrevistas. ¡Mil dólares de la época, ni más ni menos! Por esa cantidad, Enrique Loubet Jr. --fallecido a principios de año-- tuvo el derecho de platicar con él durante tres días, y eso incluyó hacerle las preguntas que quisiera y que Fuentes las contestara. Todo con contrato de por medio.
La entrevista debía aparecer en la revista mexicana Caballero, pero por ese precio consideraron que mejor sacaban un librito aparte, adjunto a la edición, que conseguí en una librería de viejo. La entrevista era excelente. Las respuestas de Fuentes eran de lo mejor, como siempre, porque las preguntas de Loubet estaban muy bien pensadas. Vaya: hasta se había leído a fondo los libros que Fuentes llevaba publicados a la fecha, algo que no muchos periodistas se toman el trabajo de hacer, y por eso salen con cosas como "¿En qué se inspira para escribir?", "¿Cuáles son sus principales motivaciones?", "¿Cuántos libros dice que ha publicado?", etcétera.
Y la primera pregunta de Loubet fue la que hubiera hecho cualquier periodista hijo de mujer (y de hombre también, de preferencia): "¿Por qué cobras por dar entrevistas?"
Porque me estás haciendo trabajar, le dijo Fuentes, y yo cobro por trabajar. Y te cobro caro porque me vas a hacer trabajar bastante. (Como en efecto ocurrió. Loubet había pasado de antemano un cuestionario tentativo para que Fuentes trabajara en él.)
Obviamente para muchos --escritores y periodistas-- fue un impacto: ¡pero si dar entrevistas es para promoverse, para que lo conozcan a uno, para que se interesen en su obra! Y puede ser cierto, pero eso no es responsabilidad de uno, sino de los editores, los agentes --si acaso se puede conseguirse uno-- y de los dueños de las librerías. El trabajo de un escritor es escribir, pensar en literatura, hacer cosas relativas a la literatura y, si no tiene mucha suerte, ganarse la vida haciendo lo que pueda... por ejemplo dando entrevistas.
Y es cierto: cuando los periodistas lo llaman a uno para pedirle entrevistas, es cosa de ponerse a trabajar, si uno se toma en serio, y si se toma en serio a los periodistas. Hay otra cosa cierta: los periodistas no siempre lo toman en serio a uno, y a veces ni a ellos mismos. Se les ocurre un "tema", o se lo da el editor, hacen llamadas telefónicas y en un rato tienen una nota con la que nadie gana nada, ni el periodista ni el entrevistado ni el lector. Lo importante es salir con "el tema" del día, y para eso usan fórmulas, preconceptos y no importa lo que les digan: no los van a sacar de donde estén, y menos aún porque para mañana o pasado o la próxima semana tienen otro "tema" con el cual tampoco nadie ganará nada. Ya hablé aquí de esa mala costumbre, a partir de un "tema" (no) desarrollado por Alfredo García, de El diario de hoy.
Hace poco, la reportera Gabriela Mendoza, de EDH, nos llamó a Krisma y a mí para preguntarnos acerca de lo que pensábamos acerca de los escritores suicidas y de por qué escribíamos acerca del suicidio. A partir del montón de cosas que han publicado y que jamás dije, mi política es (era, en realidad; ya hablaré de eso) que no doy entrevistas por teléfono. Si quieren hablar, que sea en persona, grabadoras en mano (la de ellos y la mía), y de preferencia por correo electrónico; después de todo se trata sólo de hacer copy/paste y no hay modo de errarle. Le recomendé a Krisma que hiciera lo mismo. Y, sí, ambos hemos escrito acerca del suicidio, si es que uno escribe acerca de algo en particular: La puerta de los suicidas en su caso, Trece y Cualquier forma de morir, en el mío. (Además del que estoy haciendo ahora, que es como un accésit de Trece. Está quedando bien.)
El resultado fue una nota... uh... bastante pobre. Y no por el hecho de que me hayan puesto como contraparte de mi gran amigo Carlos Cañas Dinarte, que para no variar dijo algún despropósito, supongo que de buena fe, sino porque el "tema" daba para mucho más, si uno se lo tomaba en serio. De lo que no me di cuenta es de que Gabriela estaba escribiendo junto con Alfredo García; si no, ni siquiera me tomo la molestia. (De hecho apenas me di cuenta hoy, mientras empezaba a escribir este post.)
En fin, que nos tuvo a Krisma y a mí trabajando durante un buen par de horas en las respuestas, y al final ni siquiera puso lo de ella, y de lo mío muy poco. La nota puede encontrarse en este link. (No, no hay pruebas de que Alfredo Espino se suicidara, ni eso lo hace buen poeta.) La entrevista completa que me hizo Gabriela viene a continuación, sin una coma de más o de menos:

¿Sabe de algún escritor salvadoreño que se haya suicidado?
Que se haya suicidado directa y abiertamente, no. Pero, con la cantidad que tomaban Alfredo Espino y Orlando Fresedo, por ejemplo, y el modo de vida que llevaban, era obvio que no iban a llegar a los treinta años. Y no llegaron. Alguien se inventó que Espino se había suicidado, creo que ahorcándose, pero no hay evidencia de que sea así. Roque Dalton se metió con la gente equivocada, en el momento equivocado, y ahora resulta obvio que no iba a salir vivo. Allí tenemos varios "suicidios asistidos", por los cantineros o por jefes guerrilleros. Otros escriben muy mal, y publican lo que escriben, que es otro modo de suicidarse. Y es peor, porque tienen que asistir todos los días a sus propios funerales, y a veces ni siquiera saben que han muerto.

¿Por qué cree que el tema del suicidio es tan recurrente en los escritores?
La muerte, en general, es un tema recurrente, en todas sus posibilidades. Es quizá por miedo. La posibilidad de ser un suicida, sin saberlo, da miedo, al igual que la posibilidad de morir en el momento menos esperado. Ése es un problema de todos los que estamos vivos, pero los escritores tenemos la oportunidad de publicarlo.

¿Por qué le gusta escribir sobre el tema del suicidio? (Puede mencionar nombres de sus libros que hablen del suicidio)
No es que me guste; es que el tema está allí, y a veces aparece un personaje que quiere o debe suicidarse y uno tiene que hablar de eso. Hay dos libros en especial en los que hablo del suicidio: uno muy en serio (Trece) y otro en plan de humor negro (Cualquier forma de morir). El primero lo escribí después de una depresión clínica. Cuando salí de ella me di cuenta de que muchos depresivos son suicidas, me dio miedo y me puse a investigar sobre el asunto, y salió la novela. Después supe que no todos los depresivos son suicidas, pero ya la novela estaba publicada. El segundo tiene que ver con una etapa política en México en que todo el mundo empezó a suicidarse, o eso dijeron. Hubo uno que se mató de un disparo en la nuca, y otro con dos tiros de revólver en el corazón. ¿Cómo no aprovechar para reírse un poco?

¿Tiene alguna relación la latencia del suicidio en los escritores que lo cometieron con el del talento innato de los escritores?
No creo. Tampoco creo en el talento innato. Alejandra Pizarnik y Sylvia Plath, por ejemplo, eran bipolares, y se suicidaron como lo hacen miles de bipolares, pero ellas eran poetas. Hay muchísimos más escritores que no se suicidan. Mishima se suicidó por una cuestión de honor, y yo diría más bien que por vanidad. Horacio Quiroga se mató por una depresión, seguro; todos en su familia se habían suicidado o muerto trágicamente, y ya sólo iba quedando él. No creo que entre artistas haya más suicidas que en cualquier otro estrato. Al contrario: quizá la escritura ayude a muchos a mantener la cordura, o al menos dará motivos para seguir vivo. Se dice que Hemingway se suicidó cuando descubrió que no podía escribir más. Todo escritor, periódicamente, siente lo mismo, pero las calles no están forradas de escritores suicidados.

¿Cree que el hecho que se hayan suicidado les generó más "fama"?
No creo. Pizarnik y Plath son muy buenas poetas, igual que Mishima es un novelista extraordinario y Quiroga es uno de los pilares del cuento. Pero pocos recuerdan a Jacques Rigaut, quien se pasó anunciando su suicidio en sus obras y después se mató a los 30 años, como había dicho. Quizá si hubiera madurado un poco más como escritor, y si no se hubiera convertido en un militante de su propio suicidio, quedaría de él algo más que algún dato curioso o su libro más importante, Agencia General de Suicidios, también como una curiosidad. Y habrá decenas o cientos de los que no nos hemos enterado.

¿Por qué debe haber una enfermedad mental o depresión detrás de un suicida?
No necesariamente. Están los que se matan por enfermedades terminales, o por impulsos del momento, o por estupideces. Pushkin, que era escritor y no más que escritor, se batió a duelo con un militar hecho y derecho, supuestamente para defender el honor de su esposa, y desde luego que resultó muerto. Eso es un suicidio asistido, provocado por la estupidez. Están los jugadores de ruleta rusa; muchos de ellos lo hacen por machismo. Y no todos los depresivos son suicidas, ni todos los enfermos mentales. Hay enfermedades mentales que, precisamente, evitan que la persona se autodestruya físicamente; a veces la locura es un mecanismo de defensa.

¿Cree que el hecho de suicidarse les permitió liberarse de su sufrimiento en vida?
No sé. Y de verdad que no pienso suicidarme sólo para averiguarlo.

¿Cree que el tema de la muerte permite que ellos desarrollen obras de calidad?
Es que sólo hay tres temas sobre los que vale la pena escribir, como señaló Quiroga: locura, amor y muerte, y las mezclas de los tres en diferentes dosis. Creo que una obra no es de calidad por sus temas, sino por su elaboración, por su "artesanía", digamos. Para mí el tema es incidental. Pero hay excelentes trabajos que tratan acerca de la muerte y el suicidio, como los poemas de Pizarnik, o Las nuevas mil y una noches, de Stevenson, o las tragedias de Shakespeare, donde se mueren todos.

* * *

Me molestó bastante el modo en que trató el asunto, y cómo me gasté algunas neuronas en cosas que no tenía ni siquiera que haber dicho, porque no las iban a publicar. Pero se lo toma uno en serio o no, y siempre es bueno darles el beneficio de la duda a los compañeros de oficio. (No escritores, sino periodistas. Son cosas diferentes, pero me ha tocado estar en ambos bandos.)
A mediados de la semana pasada, ya sin llamada telefónica de por medio, recibí un nuevo cuestionario de Gabriela Mendoza. Tenía mucho trabajo --del que sí da de comer, vaya-- y no revisé ese día lo que decía el correo. Al día siguiente, por la tarde, la llamada: ¿había recibido el mail?, ¿cuándo podría contestarlo?, porque el tema es para el lunes... Me trague´las objeciones y, en fin, revisé el cuestionario. Ahora era acerca de los blogs. Nada original; tanto EDH como La prensa gráfica lo han tratado, me parece que con poca fortuna; no entienden de qué rayos se trata. Hasta escribí una nota en CA21, que puede encontrarse aquí. Creo que debí remitirla a ella; my mistake.
Respondí, y Krisma también, y lo que salió fue un arroz con mango de lo menos suculento. La nota está en este link, y también firma Alfredo García. La entrevista completa viene a continuación:

¿Desde cuándo tiene activo su blog?
Desde noviembre de 2004. Hasta la fecha llevo casi 780 posts o entradas.

¿Cómo surgió la idea de hacer un blog?
Fue más bien un impulso. Siempre quise llevar un diario de trabajo y personal de manera sistemática, y nunca lo logré, y me pareció que era un buen recurso para hacerlo.

¿Logró familiarizarse rápido con la estructura del blog?
Sí. Es mucho más sencillo que llevar una página personal. Lo único que uno tiene que hacer es escoger el formato y escribir, sin preocuparse por el lenguaje de programación y esas cosas.

¿Por qué hacer público lo que escribe y no dejarlo en un documento de word, por ejemplo?
Mis documentos de Word están en mi computadora y salen de allí cuando se van a publicar en papel.
Para la época en que empecé el blog, había varios millones colgados por todas partes. No creí que nadie fuera a leerlo. Estar en medio de tanta gente lo vuelve a uno invisible. ¿Qué mejor manera de hacer un diario personal?
Además, "lo que escribo" está dividido en muchas partes. Lo que voy escribiendo de literatura no va en el blog, excepto algunas cosas que ya están publicadas, más como ejemplo que como, digamos, "difusión". Para eso tengo otro blog:
http://lamanchaenlapared.blogspot.com
Allí hay muy pocas entradas, y hace meses que no pongo nada. Cuando haga falta lo haré.

Siendo un escritor por naturaleza, ¿qué le da un blog que no pueda darle una publicación en "físico"?
Nada. Son cosas diferentes. Lo que me gusta del blog, como de cualquier diario personal, es revisarlo las anotaciones cada cierto tiempo y de allí pueden salir buenas ideas. Claro que hay interacción con otras personas --es un diario impúdico, digamos--, y eso en ocasiones determina que hable de ciertos temas, pero igual sigue siendo un diario personal, una libreta de apuntes, un lugar donde escribo lo que no escribiría en otra parte. No está pensado para publicarse físicamente. De hecho no está pensado; sale lo que sale. Uno de los atractivos de los blogs, para muchas personas, es dar a conocer su obra. Me parece que no es el medio idóneo; para eso están los libros. Y en general los trabajos literarios que se publican en blogs son deficientes, con las meritorias excepciones del caso. A lo sumo serán borradores, ideas, no filtradas por las necesidades que da una publicación en forma.

Supimos que usted ganó un premio por su blog, ¿puede hablar un poco acerca de eso y cuándo fue?
Me han dado premios de amistad, que inventan y reparten otros bloggers. Me conmueve la idea, pero no sé muy bien cómo manejarla. Me desconcierta que le den premios, así sea de amistad, a una libreta de apuntes...

Si usted tuviera que dar un premio, ¿qué requisitos mínimos debería tener el blog ganador?
Me ha tocado ser jurado de premios literarios, pero las bases ya están establecidas. No sabría qué criterios usar con un blog. Más bien me parece que es un modo de comunicarse con los amigos; los premios son algo demasiado solemne para calilficar a los amigos.

Puede decirme algún dato curioso sobre sus lectores, es decir, algún comentario extraño o alguna propuesta que haya sido fuera de lo común (algo gracioso, algo que lo hizo enojar, algo que lo conmovió, etc.)
En el mundo hay imbéciles, y alrededor de los blogs giran muchos, los llamados trolls, que se dedican a hostigar a los bloggers por el placer de hacerlo. Hay otros que lo hacen para cobrarle a uno cuentas, generalmente imaginarias. Hubo varios --sé quiénes son, y se supone que son gente seria-- que abrieron varios blogs para insultarnos a mi esposa, a mí y hasta a mi hija, que en ese entonces tenía dos años y medio. Hasta mis perros salieron insultados. Eran terribles, racistas, bastante bajos. Curiosamente provenían de gente que se declara de izquierda, y que, cuando no usan el anonimato, se declaran defensores de las mejores causas. (Aprovecho para mandarles un saludo.)
También he conocido gente interesante y gente buena. Hay varios que ahora están entre mis amigos más queridos.

¿Cómo ve el futuro de los blogs?
Supongo que en algún momento habrá una sobresaturación e irán desapareciendo para convertirse en otras cosas. La idea del Google Blogger es muy buena, al menos para lo que necesito, pero hay otras que permiten una mayor interacción, que son más dinámicas, como Facebook. Para mí Facebook es demasiado; lo único que quiero es una libreta de apuntes, como ya dije.

¿Para usted es una buena alternativa de comunicación?
Si te refieres a si es una alternativa a los medios de comunicación, no necesariamente, pero en los blogs puedes enterarte de cosas que los medios jamás publicarían, por política editorial o por lo que sea. Si te refieres a comunicación entre personas, sí, es una excelente alternativa. Entre otras cosas, se ha armado una red de blogs de compañeros de La Casa del Escritor, que está entrelazada a otras redes, las de los amigos de cada uno de ellos. Al final hay redes complejas de personas que comparten intereses, y que quizá no se vayan a conocer nunca en vivo, pero igual es divertido y aleccionador.
Pensándolo mejor, una buena mezcla de blogs puede convertirse en una interesante revista cultural, algo que falta en el país. O una revista política. O lo que uno quiera. Uso el Google Reader para leer lo que hay en los blogs, y es como si todas las mañanas recibiera una revista en mi correo, con materiales que generalmente me satisfacen, sin tener que filtrarlos por los gustos de otros o por una línea editorial que sólo comparto parcialmente, o que no comparto.

¿Puede recomendarnos uno o dos de sus blogs favoritos (además de los que tiene en el suyo)?
Xibalbá, de Ixquic: http://ixquic.blogspot.com/
Orsai, de Hernán Casciari: http://www.orsai.es/
Siguiente página, de Paolo Luers: http://siguientepagina.blogspot.com/
Plaqueta y ya, de Tamara de Anda: http://plaqueta.blogspot.com/

* * *

Me doy cuenta, de repente, de que no es que mi opinión acerca del suicidio o de los blogs le interese realmente a nadie, al menos en los términos en los que se plantearon esas notas. Mientras no me suicide no soy experto en el tema, y tampoco mientras no reciba al menos un millón de visitas al mes, como Casciari (¡qué divertido e inteligente es Orsai!); las entre 5,500 y 7,000 visitas mensuales a este blog me hacen casi tan invisible como creía que era, y más bien lo mantienen en el nivel de un grupo de amigos que me visitan --incluyo a los trolls, cómo no--, y a algunos de ellos los visito también con regularidad. Lo que importa es que alguien saque "el tema" del día o la semana, y para eso me usa porque le parece que... bueno... no sé qué le parezca.
Creí que dando las entrevistas por correo electrónico haría que al menos me citaran textualmente, pero fallé: en la nota de los blogs ni Gabriela ni Alfredo leyeron lo que escribí tan claramente. Y eso debe tener consecuencias, o no he aprendido nada.
Y éstas son que daré la menor cantidad posible de entrevistas; no se trata de trabajar para otros, sin que pongan mucho de su parte. Y además trabajar en vano, porque uno se quema el coco y ellos nada más están llenando un machote. Para eso hay trabajos también, en Hacienda o en las tramitadoras de licencias o vaya a saber.
O de plano cobrar por trabajar para ellos. La tarifa sería según la cantidad de trabajo que deba hacer, o sea que primero manden el cuestionario, le pongo precio a las respuestas y allí sí pueden hacer lo que gusten. Están excluidas, desde luego, las cosas que deba decir como empleado de Concultura; ya recibo un sueldo para eso. Y también cuando se presente algún libro mío, que no ocurre con mucha frecuencia en El Salvador. Ya sabrán qué hacer con eso; para mí es parte de mi trabajo habitual.
Y tan lindo que es el periodismo... Y tan emocionante que es hacer entrevistas...

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P.S.: Si se trata de irresponsabilidad periodística, lean este post de Sandra Aguilar acerca de un primo suyo que murió en un accidente. El reportero, según dice, se inventó todo. Triste triste.

5 de agosto de 2008

El caracol, el gusanito y otros salvadoreños

Pues sí, tal cual: un caracol y un gusanito en el barandal de la entrada de casa. Uno de esos gusanitos, por cierto, me rozó hace como tres semanas y todavía tengo la cicatriz; tuve la mano inflamada durante tres o cuatro días, y dolores durante una semana. Y no es porque sean salvadoreños; está en la naturaleza de esos gusanitos quemar a la gente, e incidentalmente nacer en El Salvador. En todas partes hay gusanos, pues. Y caracoles. Ése me gustó especialmente.
Por otra parte, y sin nada que ver con el asunto, Centroamérica 21 publicó esta semana una buena reseña de la presentación de los libros de Jorge Galán, Vanessa Núñez y mío en la Feria del Libro de Guatemala. Puede encontrarse en este link, con reseñas, a su vez, de cada uno de los libros, realizadas por Vanessa y por Hilma Schmook.
En la foto que se presenta en la parte de abajo hay varias personas a las que Hilma no menciona, ni tiene por qué conocerlas. Por ejemplo, a la derecha está Ricardo Roque Baldovinos, y al centro, atrás, Luis Alvarenga, además de Werner Mackenbach (de pelo y bigote blancos), Beatriz Cortez a su lado y en primer plano hacia la izquierda, casi de espaldas, María José, a quien conocí en Biarritz y luego estuvimos en una presentación en Montpellier, donde vive. En primer plano, a la derecha, Lilian Fernández Hall, quien me reclamó --muy discretamente-- por ponerle dos "l" a su nombre. Prometo no hacerlo de nuevo.
Mientras, escribo para matar el tiempo en el aeropuerto de Comalapa. Me gusta que el internet inalámbrico sea gratuito. En el de Costa Rica hay que pagar --a menos que uno se ponga en el Burger King, que siempre está llenísimo y con refrescos dispuestos a caerse sobre el teclado--, y es complicado y caro. En el de la Ciudad de México hay que estar suscrito a no sé qué, o también pagar una tarjeta. Traté de comprar en septiembre pasado, en escala a Francia, y nadie supo decirme dónde comprarla. Resultado: pagué no sé cuántos dólares por media hora en un cíber lento y con máquinas que daban pena.
Tengo cosas pendientes que contar, como de un insecto rarísimo que llegó a casa hace un par de días. Ya habrá tiempo.

30 de abril de 2008

Primero, silencio y luego, el balazo

El 12 de abril pasado fui a la conmemoración por los 25 años de la muerte de Marcial, que me produjo cosas contradictorias. Primero, alegría de ver a gente a la que quiero bastante, como Tulita Alvarenga, Rosario Luna y Salvador Juárez --con quien llevamos una fuerte amistad desde 1985, cuando debió asilarse en México con su familia--; también me gustó volver a hablar con Antonio Morales Carbonell y conversar con gente que trabajó con mi padre en la UES, desde su decanato, en la Facultad de Economía, hasta su rectoría, que terminó bruscamente el 19 de julio de 1972, con la ocupación militar de la UES. Hubo, también, gente que me parece oportunista, la menos, y que no me cae bien. Incluso eso fue soportable; de todo hay en cualquier viña.
El otro sentimiento fue de tristeza, por varios motivos. El acto comenzó con el canto a la bandera de las FPL o algo así. No lo conocía, y sigo sin querer conocerlo. Me pareció retroceder un par de decenas de años, y no a la parte más racional del conflicto, que la tuvo. Algunos discursos y consignas también me parecieron un tanto fuera de contexto; allí también va en gustos, y yo sólo fui un invitado.
Lo que más tristeza me produjo fue el desconcierto de la mayor parte de los asistentes. Muchos de ellos eran gente curtida por luchas importantes, y su pellejo siempre fue la apuesta en el juego. Allí, en el cementerio, parecían --perdonarán la imagen-- pollitos sin dueño, tan desorientados como si la muerte de Marcial huiera ocurrido apenas ayer, o hace una semana, o hace un año, no veinticinco.
Muchos hablaban de que "había que hacer algo" para empezar a crear las condiciones para reivindicar la figura de Marcial, y proponían de todo. Entre los presentes, sólo Tono Morales Carbonell y yo hemos publicado sobre el tema, y me parece que el aporte de él es invalluable. (Debería republicarse Nuestras montañas son las masas, que apareció en Bélgica; aquí sólo llegaron algunos ejemplares.) Y, bueno, hablar de eso me parece el modo más adecuado de comenzar, pero me dio la impresión de que existe miedo de hacerlo. No por temor a las consecuencias prácticas --represión política, etcétera--, sino a algo más intangible, pero que no es menos poderoso en sus concepciones: que se confunda la reivindicación de Marcial como un apoyo "al enemigo", en especial en estas épocas de campaña. Una campaña ilegal de todo a todo, cabe repetirlo.
Igual fue emocionante. Según me contaba Tulita, en otros años apenas llegaban al acto de conmemoración entre ocho y doce personas. Esta vez hubo constantemente, durante las casi cuatro horas que duró el acto, más de sesenta personas, y me dicen que había gente encargada de contar que asegura que, entre los que se quedaban y los que se iban pronto, hubo un total de 200.
Creo que el hecho de que Tulita Alvarenga haya decidido dar abiertamente la cara, hablar, estar allí, moverse, ha dado valor a mucha gente, a los derrotados directos de abril de 1983. (¿Quién no fue derrotado en abril de 1983, excepto los pocos que se quedaron con el aparato de las FPL, con tan pocas credenciales que mostrar?) Tulita, a los 84 años, sigue siendo un símbolo poderoso de un tipo de lucha que la izquierada ha olvidado: la lucha abierta por derechos básicos, por la dignidad, por los sueños. Siempre le digo a Tulita que la obra maestra suya y de Marcial es la huelga general de abril de 1967, cuando en tres días casi paralizaron el país en solidaridad --nada más eso-- con trabajadores del acero que habían sido despedidos por sus actividades sindicales. La huelga, escalonada y ejecutada con una precisión milimétrica, fue levantada al tercer día, porque el gobierno y los empresarios tuvieron que ceder; el paro total del país debía ocurrir al cuarto o quinto día, y no había manera de detenerlo. (Después se violaron los acuerdos a los que se llegó, y fue el momento de la mítica huelga de hambre de Cayetano Carpio en el campus de la UES.)
Allí, en el cementerio, pensé que, si uno busca el momento ideal para hablar de los casos de Marcial y Ana María, se va a quedar esperando para siempre. Ahora es la precampaña electoral --llamémosla así por aquello de presumir inocencia mientras no haya una resolución judicial--, luego la campaña en sí, luego las elecciones, luego la victoria o derrota; en el primer caso, vendrá un gobierno frágil; en el segundo, parecerá que se hace leña del árbol caído. Y después otras coyunturas, otra necesidad de esperar el mejor momento, y así sucesivamente.
Unos días antes había decidido que publicaría el libro, que escribí en 2002, después de las elecciones, ganara quien ganara, y que ése sería mi momento. Al editor no le gustó mucho la idea; era uno de sus libros fuertes para este año. Le dije que cambiaba de opinión, y hace unos minutos me avisaron que se publica para presentarse en junio, como parte de una serie de libros --sólo ése es mío-- de la que ya se enterarán, creo que con gusto. "Ya es el momento" me parece una frase hueca; siempre ha sido el momento. Ver a toda esa gente con ese trauma, con esa necesidad de hablar pero permaneciendo en silencio, fue lo que me dio la pauta. Veremos qué pasa. Supongo que, como con Tiempos de locura, la mayor parte de los compradores serán jóvenes que siempre preguntaron sobre el tema y nadie les quiso responder. Eso me gusta. Los viejos hemos tratado de enterrar a nuestros muertos, y olvidarlos; para los jóvenes es necesario revivirlos y hablar con ellos.
Lo que me ha resultado sintomático es la catidad de jóvenes que han buscado a Tulita. Allí está siempre la esperanza. Lo más importante es que tratan de ver más allá de la visión de corto plazo del FMLN, y que no se mueven por simple consigna. Sea la cantidad que sea, espero que crezca exponencialmente a través de la discusión abierta de temas que han sido tabú para la izquierda actual. Demasiados fantasmas en el ropero, o debajo de la cama, o donde sea que se escondan esos fantasmas. De una discusión, el pensamiento de izquierda saldrá fortalecido, aunque no garantizo nada para el FMLN, que no sé en qué se ha convertido.
Hoy El mundo publica la tercera de tres partes del pequeño reportaje acerca del suicidio de Salvador Cayetano Carpio, Marcial. En la edición electrónica no viene un trozo de una entrevista que le hice a Tula Alvarenga hace seis años. Lo pongo aquí, en la transcripción de la nota. La versión electrónica de El mundo puede encontrarse en este link.
Curioso: por primera vez no me han llovido insultos inmediatos por algo de ese tipo que haya escrito. Quizá están esperando la tercera parte. Allí les va.


TRAS EL FRACASO DE LA "OFENSIVA FINAL" contra la Junta Revolucionaria de Gobierno (JRG), en enero de 1981, todas las fuerzas del FMLN se plantearon la necesidad de una negociación. Pero no todas la entendían de la misma manera, ni buscaban los mismos objetivos.
Había dos posiciones bien marcadas. La del sector de las FPL controlado por Salvador Cayetano Carpio, comandante “Marcial”, hablaba de sostener e incluso intensificar la guerra mientras se negociaba, como había ocurrido unos años antes en el conflicto de Estados Unidos contra Vietnam. Las pláticas, al final, sirvieron para negociar la retirada estadounidense de Vietnam del Norte, en 1973, y del Sur, en 1975. El fin era la creación de un régimen socialista, encabezado por obreros y campesinos, y apoyado por capas medias, como estudiantes, pequeños empresarios, intelectuales y sectores “progresistas”.
La otra posición, sostenida por el Partido Comunista Salvadoreño, dirigido por Schafik Handal, y seguida por las demás organizaciones, incluido el sector de “Ana María”, era más moderada. Buscaba una negociación inmediata, que podía incluir una tregua, y la formación de un gobierno de amplia participación.
Aunque todo el FMLN apoyaba esta posición, incluida una parte de las propias FPL, “Marcial” controlaba más de la mitad de todos los efectivos guerrilleros, incluidas las Unidades de Vanguardia, un pequeño ejército regular –que después de su muerte sería desarticulado– formado por los mejores combatientes, sin contar las milicias.
Desde mediados de 1982, “Marcial” había encargado a sus asesores varios estudios políticos y militares para determinar si era posible lanzar y ganar una nueva ofensiva, y si ésta podía ser sostenida solamente por las FPL. Para finales de 1982 le aseguraron que era posible bajo determinadas circunstancias. Ordenó entonces un plan, que estaría listo para los últimos días de marzo o los primeros de abril, y ya desde 1980 contaba con una plataforma de gobierno, la misma que debía instrumentarse de triunfar la ofensiva de 1981.
Según los resultados de los estudios, la ofensiva podía lanzarse entre agosto y octubre de 1983. Los preparativos incluían una serie de movimientos diplomáticos, y es probable que entre ellos estuviera la gira que realizaba en el momento del asesinato de “Ana María”.

COSAS DE SALVADOREÑOS
Pero, en diciembre de 1982, Fidel Castro convocó a una serie de reuniones en La Habana a los dirigentes del FMLN: Eduardo Sancho por la Resistencia Nacional, Joaquín Villalobos por el Ejército Revolucionario del Pueblo, Schafik Handal por el Partido Comunista y Francisco Jovel por el Partido Revolucionario de los Trabajadores Centroamericanos. Las FPL contaban con una doble representación: Salvador Cayetano Carpio y, por el sector de “Ana María”, Salvador Sánchez Cerén.
Además de Castro, en las reuniones estuvieron presentes por el lado cubano, entre otros, Manuel Piñeiro, encargado de América Latina; el encargado para El Salvador, de pseudónimo “Ibrahim”, y el embajador en Nicaragua, que respondía al nombre de “Martín”. Se presionaría a “Marcial” para que se sumara a la posición del resto del FMLN y se buscara una negociación desde posiciones menos “duras”. Según algunas versiones, se le obligó a firmar un documento en el cual aceptaba un compromiso.
Sin embargo, lo que se planteó a “Marcial” fue más crudo aún: la revolución salvadoreña no podía triunfar militarmente, y más bien el mensaje era que no debía hacerlo, bajo el riesgo de una invasión estadounidense a El Salvador, pero también a Nicaragua y quizá a Cuba. El mensaje de Fidel Castro era que había que salvar lo que se pudiera de la revolución salvadoreña, nada más, y que sobrevivieran la cubana y la nicaragüense. Según testigos, “Marcial” agradeció el consejo, dijo que los asuntos salvadoreños los resolvían los salvadoreños y se retiró.
Las presiones venían de más lejos que La Habana. Pese a lo que se decía, la Unión Soviética siempre estuvo en desacuerdo con la lucha armada en El Salvador, la posición que sostenía el Partido Comunista.
Excepto las FPL, las organizaciones del FMLN dependían de Cuba y países cercanos a la URSS para sobrevivir. “Marcial”, a pesar de que se le acusaba de ser un comunista intolerante, obtenía ayuda de lugares ajenos a la órbita soviética: Al Fatah, de la Organización para la Liberación de Palestina, de línea socialdemócrata; Yugoslavia, la “oveja negra” del mundo socialista; Libia, abiertamente antisoviética, y diversos países europeos y latinoamericanos más cercanos a la socialdemocracia. “Marcial” podía darse el lujo de desairar al gobierno cubano, y eso hizo.
Quedaba la posibilidad de desplazarlo de la jefatura de las FPL, y en efecto sus tesis fueron derrotadas en los órganos de dirección, cooptados por el sector de “Ana María”, a principios de 1983. En abril debía reunirse el Consejo Revolucionario de las FPL, y allí “Marcial” sería destituido. A través de una serie de maniobras, logró que se aplazara hasta agosto siguiente, la fecha aproximada para la cual se consideraba el lanzamiento de la nueva ofensiva, con o sin el resto del FMLN. (Si era factible o no es un tema que escapa al alcance de este breve recuento.)

UN FINAL SIN EPÍLOGO
En abril de 1984, un año después del suicidio de “Marcial”, el juez que condenó al comandante “Marcelo” declaró a petición del abogado defensor que, “...de conformidad con el art. 186 del Código de Instrucción Criminal, en razón de su fallecimiento debe sobreseerse definitivamente en la presente causa a Salvador Cayetano Carpio (Marcial), mencionado por la Procuraduría Penal como autor intelectual del delito investigado. Siendo opinión de esta autoridad que se adhiere a lo expresado por el defensor Gutiérrez Mayorga en su escrito de defensa, que no fueron aportadas pruebas en el proceso que respalden tal imputación.”
En otras palabras, Salvador Cayetano Carpio fue declarado inocente (o más correctamente “no culpable”) del asesinato de Mélida Anaya Montes. A pesar de todas las investigaciones de los sandinistas y las FPL, la autoría intelectual sólo pudo ser atribuida a Rogelio Bazzaglia. Es un dato que el FMLN nunca dio a conocer, y hasta la fecha.
Como resultado de la muerte de “Marcial”, mientras tanto, la mayor parte de sus colaboradores y seguidores, los que no se sumaron a la “nueva línea”, dirigida por Salvador Sánchez Cerén, fueron expulsados, y existe el rumor de que muchos fueron “purgados” a través de las acciones de “Mayo Sibrián”, el comandante psicópata de la zona parecentral, responsable del asesinato de al menos un millar de militantes y colaboradores. Otros, como su esposa, fueron enviados a Cuba en un virtual arresto; otros simplemente se retiraron, y sólo unos cuantos trataron de formar nuevas organizaciones, que se esfumaron en poco tiempo.
Había el rumor insistente, en los días del asesinato de “Ana María”, de que los sandinistas le habían colocado un dispositivo de vigilancia especial, que incluía a militares y perros bien entrenados. Tres semanas antes del crimen, se dice, el dispositivo fue retirado sin mayores explicaciones. Pero esto no hay nadie vivo que pueda o que quiera confirmarlo. Sería como decir que alguien dejó a la comandante a la absoluta merced de sus asesinos.

MUERTE POR SUEÑO
La pregunta está en pie: si era inocente, ¿por qué se suicidó “Marcial”? En una entrevista realizada por este autor en 2002, su esposa, Tula Alvarenga, da una respuesta posible, que a muchos sonará simple, pero que es simplemente humana. A continuación se transcribe un fragmento:
“Le ofrecí de cenar a Salvador, unos huevitos con frijoles o algo. Me dijo que no quería comer, que no tenía hambre, que mejor le preparara un té negro. Así que fui a la cocina y le preparé un té con limón, y otro para mí.
“Me di cuenta de que el té como que no le pasaba, como que no se lo podía tomar. Se lo tomaba a gotas, como por cucharadas, y seguía escribiendo.
“En una de ésas me dice:
“–Mirá, debías ir a ver si la Clarita [su nieta] se puso la pijama para dormir.
“Llegando al dormitorio oí los gritos de las compañeras. ‘Marcial se mató, Marcial se mató’, gritaban. No oí el ruido del disparo. No sé por qué, pero no lo oí. Debió sonar fuerte, pero no lo oí, sólo los gritos de las compañeras: ‘Marcial se mató, Marcial se mató.’ Y ya me olvidé de Clarita y no fui a ver si se había puesto la pijama.
“Estaba sentado en la silla y parecía que estaba vivo, pero tenía un balazo en el corazón. La sangre le había manchado los zapatos, le había manchado el pantalón, toda la ropa le estaba manchando. Salía la sangre a borbollones. En el corazón se dio el disparo. Tenía un hoyo y de allí le salía toda la sangre.
“Pero tenía una expresión serena, como si estuviera dormido. Bien serena. Hacía mucho que no le veía una expresión tan serena.
“No me acuerdo mucho de lo que pasó después, porque me puse muy mal. Mi primera reacción fue gritar ‘Lo mataron, lo mataron. ¿Por qué lo mataron? ¿Por qué?’
“Porque a Salvador nunca le conocí actitudes así, ideas suicidas. El no era así. Yo creí que lo habían matado.
“Desde lo que le hicieron a Ana María no había dormido. Desde ese momento no durmió, desde que salió de Libia. Llegó a Managua y tuvo reunión tras reunión tras reunión, con todo el mundo se reunía, y no era para menos con lo que había pasado: reuniones con los sandinistas, con los compañeros, con la comandancia, y trabajaba y trabajaba y trabajaba. Cuando se mató estaba trabajando, se había pasado toda la tarde escribiendo después de varias reuniones, y sin dormir ni un minuto en cinco días.
“Yo creo que una persona que no duerme en tanto tiempo no piensa igual que una que ha dormido aunque sea un rato. No ve las cosas del mismo modo. Estaba muy cansado. A lo mejor si hubiera dormido un poquito en todo ese tiempo hubiera visto que las cosas podían arreglarse de otro modo. A lo mejor no se hubiera matado. No sé. Eso no se puede saber.
“Lo que yo sé es que, si ‘Marcial’ hubiera dado la orden, no hubiera permitido que ‘Marcelo’ y otra gente pagaran por lo que no debían. Salvador siempre se responsabilizaba de sus actos.”