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9 de julio de 2010

Los inicios. 3

Y la gente seguía llegando. No en masa, ni mucho menos, sino de a uno por uno. A algunos los refería una tercera persona. A otros les había gustado algún promocional de los que pasaban en Canal 10. Otros habían visto alguna entrevista conmigo en el programa Universo crítico, de Geovani Galeas, o en el periódico. A otros alguien les había dicho que le habían dicho.
Algunos de los que llegaban, no pocos, estaban allí porque los habían rechazado en otros talleres; les habían dicho que su poesía era mala y que se dedicaran a otra cosa. En general, bastaba echar un ojo para enterarse de que en esa “poesía mala” había cosas interesantes y originales, que alguien no había logrado detectar; el arte, cuando es novedoso, no es reconocible como tal, y eso no es excepción en el pequeño mundo de los talleres literarios. Si se le suma un imbécil que cree que lo sabe todo acerca de literatura, el resultado es gente desconcertada, si no herida.
Lo interesante es que, con todo lo disímiles que eran los compañeros en todo sentido --oficio, origen de clase, intereses, usted diga--, se fue creando un bonito lazo de amistad entre todos y cada uno. No es que se armara un grupo, sino una comunidad de gente que quería platicar de literatura, y sobre todo escribir. Cuando uno encuentra algo así, lo que menos interesa es buscar problemas, y se dedica a disfrutarlo.
Para enero de 2005 ocurrió una maravilla: me dieron como asistente a Johanna Marroquín. Hasta entonces me había tocado armar el relajo casi solo, con el apoyo de mi hijo Eduardo en cosas de música. Pero para entonces ya estaba a punto de regresarse a México.
La verdad es que no necesitaba una asistente para pequeñas cosas administrativas, aunque no estuviera de más. Lo que quería era que ella se encargara de sus propios proyectos, tomando en cuenta otra de las directrices que me habían dado: insertar La Casa en la comunidad de Los Planes y Panchimalco.
Johanna llevaba unos veinte años bailando danza folklórica, los últimos diez en el Ballet Folklórico Nacional. Yo la conocía desde hacía algún tiempo, y sabía que era justo lo que necesitaba, o más bien lo que La Casa necesitaba. Hablamos, pedí su cambio y me lo concedieron. La idea era utilizar la danza --de la cual hay larga tradición en la zona-- para abrirnos a la comunidad.
Lo primero fue armar un taller con chavos del vecindario, unos ocho o diez. Pedimos a la Casa del Mirador que nos prestaran espacio para ensayar, y nos dijeron que no; ellos tenían su propio ballet. (No veía cómo podían ser excluyentes, pero así las cosas.) Nos ayudó la escuela Goldtree Liebes dándonos un espacio y prestándonos algún vestuario. Johanna aprovechó para reclutar a varios jóvenes más.
Para cuando se desintegró el ballet que había en El Mirador, no mucho después, Johanna ya le había puesto nombre al grupo resultante del taller (“Raíces”) y empezaba a hacer algunas presentaciones cortas. Gracias a que El Mirador nos dio espacio para ensayar, cuando el otro ballet se disolvió, los chavos pudieron avanzar con más rapidez, y en un año se presentaban todos los domingos en el propio Mirador, convirtiéndose en una de las atracciones de Los Planes.
Mientras, Johanna hizo buenas migas con Los Historiantes de Panchimalco. Tan buenas que la invitaron a bailar con ellos: la primera mujer en cuatrocientos años, o vaya a saber cuántos, que no hacía roles femeninos.
Al mismo tiempo --lo de los posts anteriores y esto ocurría todo al mismo tiempo; era un desmadre--, varias organizaciones comunales nos pidieron espacio para armar reunionces: microempresarios, gente que trabaja en cosas de turismo, la alcaldía --de ARENA la anterior, del FMLN la actual--, etcétera. Gracias a la alcaldía de Panchimalco pudimos mantener controlada la pequeña selva que hay detrás de La Casa; cada cierto tiempo llegaban a podar árboles y matorrales. Hubo más, bastante más, pero con esto basta por ahora.
Fue en 2005 también, si no me equivoco, que Salvador Canjura propuso que armáramos un taller de guiones. Yo me gané la vida durante quince años haciéndolos, así que le dije que sí. Armamos un pequeño grupo de seis personas con compañeros que ya trabajaban en La Casa y lo organizamos.
Lo que resultaba obvio era que, una vez terminado el guión, allí se acabaría el proceso: ¿quién lo filmaría después? Así que la condición fundamental del taller era que los guiones los filmaríamos nosotros mismos, con nosotros mismos como actores y con los recursos que tuviéramos. La idea era seguir todo el proceso que sigue un guión, desde su concepción hasta que se exhibe (no sabíamos si se iban a exhibir en alguna parte, pero al menos teníamos nuestros aparatos de DVD o computadoras).
Y allí estuvimos durante meses y meses, con camaritas de ésas que sirven para filmar bodas y bautizos, dándoles forma a los guiones. Rebeca Torres, la segunda más joven del equipo (el más joven era Nelson Ochoa, de 17 años cuando comenzó el taller) fue la directora de casi todos los videos: come cine, bebe cine, sueña cine y sabe mucho de cine. Salvador Canjura hizo varias actuaciones notables, al igual que Carlos Guardado, y ambos unos guiones de lo mejor; yo hice todo lo posible para no aparecer en pantalla. Mi trabajo era componer o adecuar la música y editar los videos.
Empezamos con videos “negros”. Quién sabe por qué nos agarró con lo policial. Después tratamos de pasar a mediometrajes, de por lo menos media hora cada uno, y no nos dio el pellejo ni la tecnología. Necesitábamos luces, sonido, mejores cámaras, mejores computadoras para la edición... Al menos lo intentamos, y hubo amigos que nos apoyaron con actuaciones que allí están, encerradas en cassettes.
Pero no nos rendimos tan fácilmente. Después nos pusimos a filmar una serie titulada “Historias ligeramente estúpidas”, que imitaban el cine mudo. Por lo menos la mitad está editada, hay varias que no llegaron a transferirse a la computadora y hay un par a media edición. Para mientras ya habían pasado casi tres años, y creo que se cumplió el ciclo; después de todo se trataba de un taller de guiones. En el proceso nos ganamos el II Certamen Nacional de Video, en la rama de ficción.
Hubo más talleres. Uno de periodismo, del cual no diré los nombres de los participantes, nomás para molestar a las malas lenguas; uno de novela para dos muchachas de quince años de edad (me llamó la atención su juventud y su talento, y la pregunta era: ¿aguantarán?; la respuesta fue que no; estaban muy pollitas aún); uno de apreciación poética... Qué sé yo.
Lo que sí sé es que me la pasé muy bien trabajando con gente interesante y buena, haciendo cosas igualmente interesantes. ¿Qué más se puede pedir?
Y eso que eran sólo los inicios...

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También está lo de la recopilación de voces de escritores, el taller en Guatemala... Quién sabe cuántas cosas se me olviden. (No, el taller en Guatemala no se me olvida. Hubo muchísimas cosas muy buenas allí, y buenos amigos de los que son para siempre.)

6 de julio de 2010

Los inicios. 2

Hubo varios lugares que se consideraron para sede de La Casa del Escritor. El primero fue la Casa de la Cultura del Centro. Aunque había mucho ruido de la calle --la parada de autobuses está exactamente enfrente--, tenía varios pros. Por ejemplo, desde hacía años era sitio de reunión de escritores jóvenes; allí armamos buenas reuniones con escritores de todas las edades; era sitio obligatorio de paso para mucha de la gente que era nuestro objetivo, y en todo caso quedaba cerca de donde vivía la mayoría de las personas a las que pudiera interesarles el proyecto.
Por algún motivo --por muchos en realidad-- no se pudo. Entonces se pensó en la Casa de la Cultura de la Miramonte, que apenas iba a abrir, y ése fue el objetivo durante un tiempo. Después, más a mediados que a principios de 2003, me dijeron que Concultura (hoy Secretaría de Cultura) estaba adquiriendo la casa de Salarrué, en Los Planes de Renderos, y que allí sería La Casa.
La idea original era hacer un museo de Salarrué, y la habían venido trabajando el presidente Francisco Flores y el presidente de Concultura, Gustavo Herodier. Sin embargo veían que podía ser un museo poco visitado, y que había que darle un plus, y ése sería La Casa del Escritor, con los talleres y todo lo demás.
En un principio me opuse. Me parecía que estaba muy lejos de donde estaba la actividad literaria, pero el motivo principal era político. Penaba que el nombre de Salarrué sería atractivo para muchos que la querrían para sí mismos, y que obviamente tendrían mejores proyectos que el mío. Y así fue y siguió siendo. Nada más se supo que se abriría la casa de Salarrué, y que allí se instalaría La Casa del Escritor, aparecieron personas bastante escandalosas diciendo que poner La Casa allí era casi un sacrilegio, y que lo mejor era dejarlo en un museo, nada más. La propuesta más sensata era de un tipo que decía que él manejaría la casa de Salarrué --el museo-- y que me darían un espacio para que hiciera La Casa del Escritor. Desgastante.
Pensamos entonces en hacer un museo vivo, donde se interactuara con el contenido y que la actividad no se limitara a la exposición. A eso llegamos cuando me dijeron que era la casa de Salarrué o no era nada y, puestos a escoger, pues que fuera la casa de Salarrué. El Museo de la Palabra y la Imagen se haría cargo de la exposición, tanto de las piezas que estaban a su cargo como las que eran propiedad de Concultura, y listo.
(Como aclaración a un par de notas periodísticas: durante las tormentas de principio de año, y con unas goteras de respetable tamaño, se mojaron y dañaron algunos materiales: dos dibujos de Zélie Lardé y un manuscrito de Salarrué. No eran originales. Excepto objetos como un bastón, unos lentes y unos caracoles, todo lo que había allí eran facsímiles de excelente calidad. Todo era cosa de llevárselos y traer otros. No hubiera dormido en paz durante todos esos años si hubiésemos tenido originales.)
El 22 de octubre de 2003 --aunque la placa dice que el 20--, el presidente Flores inauguró La Casa del Escritor y empezamos actividades oficialmente, aunque el nombre de La Casa se había utilizado desde junio del año anterior.
Ese diciembre se estableció una costumbre que se convirtió en ley: los aniversarios de La Casa y los fines de año se celebrarían con mole poblano. No hubo un motivo especial. Nada más que convoqué al almuerzo, había mole y pollo en casa y calculamos que era lo que más rendiría. En algún momento traté de cambiar el menú, pero las protestas fueron bastantes y fuertes.
A partir de 2004, además de los talleres que ya se impartían y los que nos inventábamos, comenzamos un proyecto que se prolongaría por cuatro años: el Archivo de Historia Social. Estaba a cargo de Karen Schairer, de la Universidad del Norte de Arizona (NAU), con el apoyo de su esposo, Don. Recorrió El Salvador desde Ahuachapán hasta el Golfo de Fonseca, a través de las casas de la cultura, haciendo entrevistas con personajes importantes en cada comunidad, que pudieran hablar de la historia del lugar. Hay de todo, entre ello entrevistas sobre oficios perdidos y tradiciones aún más perdidas.
Pero no era sólo de ir y preguntar; daban algo a cambio. Karen, que es lingüista, dio por todo el país pequeños talleres sobre técnicas pedagógicas, y Don impartió clases de dibujo para quien se interesara. Don también dio talleres de acuarela --es un acuarelista excelente-- para pintores ya establecidos, a través de Adapes, y para pintores jóvenes en la Casa Taller Encuentros de Panchimalco, con el apoyo de la Casa de la Cultura del lugar. Todo lo hicieron con el patrocinio de Fullbright.
El archivo allí está, esperando su momento. Consiste en un montón de CDs con entrevistas en video, bien indexado. Quizá aún sea muy pronto para que genere interés; en unos años será una joya. Karen, por su parte, usó las entrevistas para sus trabajos de lingüística y sus clases de español en la NAU.
En 2003, a finales. empecé a trabajar un poco de video, que continuaría en 2004 y 2005, y luego lo sistematizaríamos a través del taller de guiones.
Los primeros fueron de poesía, de unos tres minutos de duración. Por supuesto, Krisma me sirvió de conejillo de Indias. Aparecía ella caminando y haciendo cosas mientras se oía el poema, y terminaba con ella leyendo en un cuarto lleno de tiliches, que era uno de los cuartos de La Casa. Sencillo pero bonito. Después hice uno de Gerardo Chávez, uno de Nancy Gutiérrez y uno de Carlos Clará. Propuse que los pasaran en Canal 10, los pasaron y fueron un éxito.
El problema era que cada video se llevaba horas y horas de renderización; ni la computadora de La Casa ni la mía daban para hacer rápido el trabajo. Se quedó en cassette otro de Heriberto Montano (QEPD), que algún día tendré que renderizar aunque sea por orgullo.
Para lo que sí daba la compu de La Casa era para hacer pequeñas cuñas de 45 segundos con efemérides diversas. Muy diversas. Desde Truman Capote hasta Batman, desde Johnny Weissmuller y Claribel Alegría hasta los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki. Cada cierto tiempo iba a Canal 10 a transferirlas de DVD a BetaMax y, listo, pasaban de diez a doce cuñas diarias. Las cuñas tenían sus fans, y un par de compañeros llegaron a La Casa porque les gustaron los pequeños videos.
Cuando llegó Rolando Reyes a la direcciójn de Canal 10 simplemente dejaron de pasarlas. Quedaron varias "inéditas", al igual que videos de poesía mucho más sencillos y cortos que los originales. Lástima.

4 de julio de 2010

Los inicios

Por estas fechas, y desde el 8 de junio de 2002, estábamos comenzando los primeros talleres a nombre de La Casa del Escritor, que aún no existía físicamente y pasaría más de un año para que terminara en la casa de Salarrué, un poco en contra de mi voluntad.
Antes de dar inicio a los talleres, me pasé cerca de tres semanas en la Universidad del Norte de Arizona dando clases, pequeños talleres y pláticas, sin cobrar un centavo, con un objetivo: que después la NAU me enviara como contraparte a la Dra. Karen Schairer para que trabajara conmigo en cosas de La Casa. (Hubo un proyecto, ya terminado, que le llevó cuatro veranos, con el apoyo de la universidad y de Fullbright.) Y antes de eso, desde noviembre de 2001, realizamos varias reuniones de escritores que estuvieron mucho más cocurridas de lo que esperaba, que culminaron con unas que organizamos junto con Tatiana de la Ossa en el Palacio Nacional, ni más ni menos que en Salón Amarillo. Yo convoqué a escritores y ella a teatreros; fue un fin de semana bastante ajetreado.
De esas reuniones de escritores y gente interesada en la literatura surgieron temas para algunos de los talleres que impartimos. El primero fue de métrica y rima, con Roberto Laínez; el segundo, paralelo pero en diferentes días, de edición de revistas, impartido por mí. Este último tuvo su gracia especial: había una primera parte en la que hablaba yo y una segunda en la que había gente invitada para dar otros puntos de vista acerca de la edición. Tuvimos a Cristian Villalta, Carmen Molina Tamacas, Lafitte Fernández, Hugo Ortiz (un amigo mexicano, diseñador gráfico excelente, que se encontraba en el país) y otros. Luego Carmen impartió uno de géneros periodísticos, yo uno de estructuras narrativas (fue el más concurrido: 37 personas), Thierry Davo uno de lectura de Pedro Páramo, que quizá fue de los mejores; Ricardo Roque Baldovinos uno de lectura de Borges y algunos más que se me olvidan, y así hasta casi terminar el año. Los locales para los talleres fueron la Casa de la Cultura del Centro, la Casa Claudia Lars de la Universidad Tecnológica y un salón de clases inmenso de la Universidad Pedagógica, cuando se encontraba atrás de la Catedral.
Me tocó ir a casi todas las sesiones de casi todos los talleres. Y no para ver cómo se desempeñaban los instructores, que la hacían muy bien, sino para medir a los talleristas. Los objetivos de los talleres eran varios: en primer lugar, los talleres mismos y sus temas; en segundo, la búsqueda de talentos para realizar un taller de creación literaria; en tercero, ver el nivel general de conocimiento con el que estaba enfrentándome y, por último, la posibilidad de armar, aunque fuera por un solo año, una escuela de escritores.
Pero no una escuela en la que a alguien se le enseñe a ser poeta o cuentista; eso es imposible. La idea era --y sigue siendo, pero nunca hubo el presupuesto necesario-- dar a los escritores algunas herramientas para que pudieran ganarse la vida, o un dinero extra, trabajando en cosas cercanas a la literatura: guiones, traducción, edición, etcétera.
Casi finalizando el ciclo de talleres, en septiembre de 2002, escogí a siete personas para iniciar un taller encaminado a que trabajaran su obra. Buscaba talento, desde luego, pero sobre todo una actitud especial. Esta actitud incluía que estuvieran dispuestos a pasarse un buen rato trabajando sus textos antes de darlos por buenos y publicables. También significaba el respeto al trabajo de los demás; las apuestas eran totalmente divergentes, pero nunca excluyentes. A la larga redundó en que nadie puede decir que dos compañeros de La Casa escriban igual, ni siquiera parecido. En ese entonces era apenas una posibilidad, y de los siete quedaron cuatro, a la que se sumó otra en noviembre. Los sobrevivientes, curiosamente, eran mujeres., y durante mucho tiempo las mujeres fueron mayoría. Nunca he sabido por qué.
Antes de que se inaugurara La Casa, ya había ocho personas en el taller y además se daban clases de guitarra, impartidas por mi hijo, y después comenzaríamos las de defensa personal para mujeres. Después de inaugurada La Casa, hubo que dividir el taller en dos: uno para prosa y otro para poesía. También se hicieron varias reuniones de escritores, pero resultaba complicadísimo: apenas un año y pico después tendría asistente, y cada evento se llevaba una cantidad terrible de energía y trabajo. No me daba el pellejo. Además de los talleres, tenía que revisar textos y recibir a personas con necesidades especiales (por ejemplo, trabajaban en fin de semana o en horarios extrañísimos).
Eso sí, todos los domingos tenía insomnios. Pasaba horas y horas recordando lo que había hablado con cada uno en el taller --el arte se transmite de persona a persona, no a un grupo por medios estandarizados-- y me preguntaba: "¿Y si la regué con fulano y le dije algo que no era?" "¿Y si se me pasó la mano con fulana?"
Porque lo más grave del asunto es que estaba trabajando con los sueños y los sentimientos de un montón de personas, y un error significaba mucho más que un mal poema o cuento. Significaba arruinar un poco de alguien, pero también veía lo macro: si el objetivo era formar gente como escritores, el error se prolongaría en el tiempo y podía estar dañando a un escritor que quizá debía ser influyente veinte años más tarde. Horrible, y pasó durante años.
Ahora sé que hice lo que pude, y que a un buen escritor no hay quien lo arruine. He tenido la suerte de trabajar con buenos escritores, a los que sólo les hacía falta, quizá, un par de tips técnicos para encontrar su camino, o al menos para intuirlo.
No cambiaría esos años por nada.

7 de junio de 2010

Aquellos cuadros medios

No sé en otros países ni en otras organizaciones, pero en las FPL que me tocaron en suerte, en México, había de todo. En general --lo veo ahora-- predominaba la gente buena que creía en lo que hacía y en la posibilidad de un mundo mejor, que sería posible si cada uno hacía su parte desde su pequeña trinchera.
En los cuadros medios, los que manejaban pequeñas comunidades, me tocó ver a la gente más oscura de la militancia. Mientras más arriba o más abajo estaba la gente con la que hablaba, más posibilidades había de encontrar personas convencidas, honestas e inteligentes, con las humanas salvedades de siempre. Era en la mitad de la estructura partidaria donde algo pasaba, y no siempre era bueno.
Al lado de personas efectivas en su trabajo, había ineptos que cubrían sus carencias con malos modos o echando toda la carga sobre la espalda de los militantes: éstos debían decidir qué se hacía, cómo se hacía, etcétera. Y lo hacían bien, con todo y los maltratos del "compañero responsable", precisamente porque creían en lo que estaban. Luego había los que utilizaban fondos de la organización para vestirse bastante mejor que el promedio de los compañeros, para comer en buenos lugares y pasarse el exilio lo más suavemente posible. El pretexto era que tenían que hacer ciertos contactos, moverse en ciertos círculos --casi nunca era cierto-- y debían estar un poco mejor que los demás, reloj incluido. Y así una gama de lo más variada, y los militantes de base en lo suyo, que no siempre coincidía, para bien, con lo que los cuadros medios decían que querían; mientras se llevaran los créditos de un buen trabajo, no tenían nada que objetar.
Pero había una raza de lo más abyecta: la de los sádicos. Eran pocos, pero eran, y se las arreglaban para que su influencia se extendiera a los ámbitos aledaños a su zona de influencia.
En su trato con los militantes eran generalmente suaves, pero los mantenían siempre en vilo. La amenaza constante era la expulsión de la organización, algo que sonaba terrible para cualquiera: la mayor parte, junto con sus familias, dependía de la organización para tener un techo, para comer, para tener contacto con otras personas; eran ilegales que en la organización encontraban refugio en muchos sentidos. Pero, por encima de eso, la expulsión significaba que estaban fuera del proceso revolucionario por el que muchos habían dejado hermanos o padres muertos, el país, que se desconocía un trabajo honesto, todo lo que significa una decisión personal extrema en un momento extremo.
Y estos cuadros medios lo disfrutaban. Jugaban con los militantes al gato y al ratón, los ponían contra la pared con reglas escritas o que se inventaban según la ocasión; y, si uno trataba de salirse del rincón mediante una discusión sensata, venía lo de la compartimentación: "Por razones de seguridad no le puedo decir lo que se acordó en tal reunión, pero, dado el caso, puede ameritar incluso la expulsión", o "Hay medidas compartimentadas que no puedo discutir con usted, pero el asunto está como yo le digo y tiene que acatar." Y, en general, la gente acataba, y trabajaba igual que siempre, pero con miedo, lo que significaba un ambiente bien denso y un gasto innecesario de energías.
Uno podía protestar, desde luego, y el protocolo indicaba que podía comunicarse con la instancia superior a través de un escrito. Pero ese escrito tenía que pasar a través del cuadro medio del que uno se estaba quejando, o sea que daba junto con pegado. Si se intentaba llegar a través de otro cuadro medio, lo más probable era que el escrito llegara a las manos del implicado y se quedara en el archivo. Y las cosas se ponían peor para el que protestaba.
En otras partes, en otros ámbitos, me ha tocado ver al cuadro medio sádico de voz suave y sonrisa apenas insinuada, que juega con el pequeño poder que le ha tocado recibir. Juegan a lo mismo, y son capaces de crear, para su placer, grandes cantidades de angustia en las personas que se encuentran bajo su responsabilidad. Y lo disfrutan. La idea gráfica es la de alguien que se la pasa muy bien poniéndole el pie en la cara a gente que está en el lodo, por el placer de hacerlo. Habrá un montón de motivos psicológicos de por medio, pero el resultado final es su disfrute.
Lo que siempre me pregunté es si la gente que está por encima de ellos --con la que son necesariamente serviles-- los tiene allí porque son como son o porque creen que son de otro modo. Quizá haya motivos que parecen válidos para sus jefes, o sea los cuadros superiores: ya cambiará cuando tenga mayor experiencia, es que a veces no sabe cómo tratar a la gente, tiene su carácter, la gente bajo su mando hace un buen trabajo, etcétera.
Aquí, desde fuera y desde abajo, lo que he visto es a personas que usan cualquier cuota de poder que tenga para su autogratificación. Si les pagan, mejor; si no, seguro lo harán gratis.
Eso sí: siempre, en serio, tienen altos ideales o misiones que cumplir, cosas que son más grandes que ellos y que sus subordinados. Y ya se sabe las bajezas que se han cometido y se siguen cometiendo en nombre de los ideales más altos.
(Las cosas que recuerda uno, casi treinta años después, un lunes por la mañana...)

28 de abril de 2010

La marabunta

Por allí de 1968 --a partir de entonces lo recuerdo al menos--, el cómico Guillermo Hernández, a.k.a. Albertico Limonta, comenzó a utilizar el término "marabunta" para referirse a diferentes cosas, según el contexto: "la gente", los amigos, los que seguían sus programas de radio, el pueblo, la multitud. Al principio explicaba que lo decía de cariño, y que la marabunta era una concentración desmedida de hormigas que arrasaban con todo lo que encontraban.
En la calle empezó a oírse cómo la gente en general hablaba de "la marabunta" como el grupo de amigos, o en el plan de "la marabunta no entiende", etcétera.
Entonces el propio Albertico comenzó a abreviar el término y a hablar de "la mara", y el habla popular se actualizó.
Albertico murió por allí de 1971. El término (junto con algunas otras de sus ocurrencias) quedó como parte del patrimonio lingüístico salvadoreño y más de cuarenta años después aún sigue usándose para lo mismo. Sin embargo, en el exterior y aquí mismo significa cosas más terribles y temibles: criminalidad, falta de límites, muerte. En suma, la destrucción que provoca aquel grupo de hormigas que se reúne para arrasar con lo que se le atraviese.
En una conferencia acerca de la inmortalidad, Borges --siempre Borges-- dice que ésta puede lograrse aun cuando no se conozca el nombre del inmortal, que éste vivirá cada vez que alguien repita una frase suya que se volvió parte del habla cotidiana. Albertico, en ese sentido, logró su ración de inmortalidad con un término que no puede dejar de estar, para bien y a veces para mal, en el léxico de todos los salvadoreños.

23 de marzo de 2010

El viaje

En los primeros días de marzo de 1980, mi padre anunció que se iba a Nicaragua por tiempo más o menos indefinido. Por lo menos desde enero anterior estaba en elaboración el plan para un Gobierno Democrático Revolucionario (GDR), en el cual participaban no sólo las organizaciones que más tarde conformarían el FMLN, sino también los diplomáticos y políticos del Frente Democrático Revolucionario, como Enrique Álvarez Córdova, Guillermo Ungo, Héctor Oquelí Colindres, Rubén Zamora y otros.
El GDR buscaba juntar a sectores amplios de la sociedad salvadoreña, incluidos pequeños y medianos empresarios, algunos militares, figuras políticas y morales que no estuvieran involucradas en las organizaciones existentes y, de ser posible, contar con el aval de la iglesia católica salvadoreña.
En los días anteriores al viaje, mi padre anduvo especialmente nervioso. Los viajes a Nicaragua eran casi rutinarios (allá estaba la comandancia de las FPL, él era miembro de las FPL, y supongo que debía reportar cosas periódicamente). Pero uno no preguntaba, y él no decía, así que no quedaba más que verlo de reojo y tratar de adivinar qué rayos le pasaría.
La noche anterior al viaje, ya con las maletas hechas, me llamó al patio y me dijo que en realidad iba --venía-- a San Salvador, que Nicaragua era sólo una escala. El objetivo era conversar con el arzobispo Romero acerca del GDR y saber qué papel jugaría la iglesia católica --al menos esa iglesia católica-- cuando triunfara la revolución, algo que muchos veíamos como inevitable y casi inminente.
Desde luego sentí miedo. Mi padre aparecía en todas las listas oficiales y extraoficiales (de los escuadrones de la muerte, pues), era una de las figuras más visibles del FDR (presidente de la Comisión Externa) y para esas fechas ya andaba tratando de obtener el reconocimiento de la guerrilla como fuerza representativa. (La declaración ocurrió en agosto de 1981, por parte de México y Francia.) Creo que en eso apareció mi madre y le dijimos lo obvio: que si venía a El Salvador lo iban a matar. Pero una de las condiciones de Romero era que quería hablar con él, y así las cosas.
A lo más que llegó fue a darme recomendaciones en caso de que lo mataran. Triste.
Las tres semanas siguientes fueron larguísimas. No había modo de saber si todavía estaba en Managua o ya había entrado a El Salvador, a menos que él llamara. No llamó.
Cierta noche me encontraba en mi trabajo, en la sección internacional del diario El día, cuando llegó la noticia de que habían asesinado al arzobispo Romero. Seguro me tocó preparar la información, porque me encargaba de las noticias de Centroamérica, pero, con todo lo espantoso del crimen, yo no podía dejar de pensar: "¿Y mi papá?" Lo menos que esperaba era que de pronto llegara algún cable en el que se dijera que también lo habían asesinado o desaparecido.
Esa noche, ya muy tarde, cayó una llamada: "Lito está bien. Todavía está en Managua."
Un par de días después regresó a México. Venía asustado, enojado, frustrado, un montón de cosas al mismo tiempo. Hablamos y hablanos, pero en realidad yo estaba simplemente contento --veinte años al fin-- de que estuviera de regreso. Creo que, en medio de la tragedia, fue uno de los días más felices de mi vida.

18 de marzo de 2010

El vaso roto

No sé si para 1964 o 1965 existiera ya el bolero "La copa rota"; sé que por esa época se me ocurrió la idea de saber qué se sentía morder un vaso de vidrio, averiguar si tenía sabor.
Lo intenté primero con los vasos de casa, pero eran demasiado gruesos, así que aproveché una ocasión en casa de la abuela Mina, y allí estaban: eran de vidrio muy delgado, los que usaba para tomar jugo de naranja por las mañanas. Había pequeños y grandes, y calculé que los grandes serían más fáciles de morder.
Así que me escapé unos minutos a la férrea vigilancia de mi nana, doña Dominga Morales (de muy grata memoria), me subí a una silla, agarré uno de los vasos, me bajé de la silla y le di una mordida en un borde. El vaso simplemente se desbarató y, sí, me quedaron fragmentos de todos tamaños en la boca. No sabían a nada.
Tendría yo cinco años, pero sabía cosas. Para ese entonces ya había oído de gente que se había suicidado comiendo vidrio molido, y que la muerte era terrible y dolorosa. Y yo no me quería morir, así que con cuidado fui sacando los pedazos de vidrio de la boca y tirándolos donde estaba el resto del vaso roto, en el piso. Y en ese momento apareció doña Minga.
--¿Qué hizo ahora? --me preguntó.
--Mordí un vaso.
--¡Santo Cristo crucificado! --debió haber dicho, o "¡El gran poder de Dios!" o algo así.
Me agarró, me abrió la boca y se puso a ver qué había allí. No debió haber mucho más que saliva y lengua, porque ya había sacado todo o casi todo el vidrio, pero armó un escándalo tal que pronto la cocina estaba llena de mujeres tratando de sacarme hasta el último güishte, al tiempo que me regañaban y me decían que estuviera tranquilo y me sacudían de un lado para el otro y trataban de ver al mismo tiempo dentro de una boca necesariamente demasiado pequeña. Y todas tratando de meter dedos para revisar que no quedara un solo vidrio.
Yo trataba de decirles que todo estaba bien, que no me había tragado nada, que me dejaran que me fuera a jugar, pero no hubo modo. Al final debieron llegar a la conclusión de que, si no estaba tirado en el piso convulsionando, con el estómago perforado y vomitando sangre, la cosa no había sido grave, y me soltaron, diciéndome que no volviera a hacer eso. Por supuesto que no pensaba hacerlo; yo era curioso, pero no estúpido.
Tengo la impresión de que no me herí, o el desmadre hubiera sido mayor. Pero cada vez que oigo "La copa rota", de preferencia en la versión de José Feliciano, se me sale una sonrisa y recuerdo que los vasos de vidrio, señores, no tienen sabor.

17 de marzo de 2010

Homenaje a Carlos Briones

Anoche tuvo lugar, en el foyer del Museo de Antropología "David J. Guzmán", un homenaje al economista Carlos Briones, director, en el momento de su muerte, del Programa El Salvador de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO). Hubo, desde luego, una serie de discursos, en su mayoría emotivos, acerca de Carlos y su brillante trayectoria como economista, a cargo de personas como Héctor Dada --actual ministro de Economía y fundador del Programa, por cierto junto con mi padre--, el actual director de FLACSO, Carlos Ramos, y, si no me equivoco, del director regional de la institución, con sede en Costa Rica, quien entregó una placa conmemorativa a la familia. Hubo también un video con aspectos y testimonios sobre la vida y obra de Carlos y, lo más importante, cerca de un centenar de sus amigos y compañeros reunidos bajo el mismo techo.
Después, una recepción bien agradable y muy al estilo de Carlos: un buen trío de jazz tocando buenas versiones de buenos estándares ("My Funny Valentine", "All Blues", algo de Paquito de Rivera...) y una generosa cantidad y calidad de fiambres, quesos, aceitunas y vinos. Y los amigos conversando animadamente: una celebración de la vida más que la conmemoración de una muerte.
Para mí fue importante asistir al homenaje; estaba en el hospital, recién salido de mi quinta operación, cuando Carlos murió, el 24 de octubre del año pasado. La operación fue el 22, y apenas me dieron de alta el 9 de diciembre. Creo en la importancia de ciertos rituales, y fue triste no poder asistir a su velorio ni a su entierro. Hasta me entró un poco de culpa estúpida: el 24 de octubre es el día de San Rafael, y no es grato que un amigo muera el día del santo de uno.
La impresión fue más fuerte aún porque un par de noches antes de que me internaran Carlos me llamó por teléfono para conversar de cualquier cosa. Le dije que estaba enfermo, y ya sospechaba que se trataba de algo grave. Él desde luego me dio su solidaridad y me pidió que lo mantuviera informado, que cualquier cosa que necesu¡itara, etcétera. Según sé ahora, unos días después enfermó él, y un mal diagnóstico lo llevó a complicaciones y a una muerte fulminante, a los 54 años de su edad.
Mi amistad con él no fue larga, pero sí intensa y en general divertida; creo que compartíamos el estilo de sentido del humor, algo no muy fácil --intuyo-- para ninguno de los dos. Lo conocí en 1999, cuando él trabajaba en el Ministerio de Educación y se encargaba --entre otras cosas-- del rediseño de la PAES. Yo estaba en Vértice y seguí de cerca el proceso, además de trabajar en otros temas que manejaba el equipo de Evelyn Jacir, un equipo de lujo que integraban, entre otros, el antropólogo Ernesto Richter (fallecido hace unos años), director del programa Escuela 10, y Rafael Guidos Béjar, sociólogo y economista, quien trabajó con mi padre durante varios años y de quien, con orgullo, heredé la amistad. (Anoche tuvimos una buena plática; tenía tiempo de no verlo.)
En 2005, ya como director de FLACSO, tuvo la idea de un libro que relatara el inicio de la guerra en El Salvador, pero que se tratara de una crónica en lugar de un libro académico, y se le ocurrió que yo era la persona adecuada para hacerlo. De allí salió Tiempos de locura. El Salvador 1979-1981. Le pedí un año y medio para hacerlo; me dio siete meses. Y siete meses fueron, porque quería presentarlo el 10 de enero de 2006, el día del 25 aniversario de la "ofensiva final" de 1981.
Hicimos una apuesta: le dije que la edición se acabaría en tres semanas. A él le pareció exagerado. Lo que había de por medio era una buena cena. La edición se agotó en dos semanas, y él pagó con gusto la apuesta.
Durante los siete meses de elaboración de la primera edición recibía llamadas de él todos los días, a veces dos o tres, para saber cómo avanzaba, si hacían falta materiales, cómo iban las entrevistas, etcétera. Quizá pudiera resultar desesperante para otra persona; yo me la pasaba bien con las pláticas. Para la segunda edición aumentada, que comenzamos a trabajar mientras la primera se imprimía, se involucró más activamente: gracias a él conseguimos acceso al primer diario de Ignacio Ellacuría, bajo custodia de la Compañía de Jesús, y un par de personas más accedieron a que las entrevistara, como Román Mayorga Quiroz, ex rector de la UCA y ex miembro de la Junta Revolucionaria de Gobierno formada el 15 de octubre de 1979, luego exiliado en Venezuela y actual embajador de El Salvador en ese país. También me consiguió algunas fuentes que prefirieron guardar el anonimato y qué sé yo. Fue al mismo tiempo director del proyecto y asistente, algo que parecerá incompatible para quien no conociera a Carlos. (Aquí, entre paréntesis, debo reconocer también la ayuda del historiador y poeta Heriberto Montano, quien me ayudó en la consecución de documentos de época. Falleció también hace tres años, víctima de una esclerosis lateral amiotrófica, o mal de Lou Gehrig.)
Hubo varios proyectos de los que hablamos después de Tiempos de locura. (Comercial: aún pueden encontrarse ejemplares de la tercera edición en las farmacias Las Américas y en La Ceiba. Aunque no difiere básicamente de la primera edición, está mucho mejor documentado y más bonito. Y vale lo mismo que la primera edición, o sea $8.50. De nada.) La idea era tomar puntos clave de la historia de la guerra salvadoreña y, sobre todo, de sus intríngulis e implicaciones políticas. Por los motivos que fuera, los proyectos --que estaban ya delineados-- no llegaron a concretarse.
Y hay más, pero con eso basta por ahora. Estoy tranquilo después de haber realizado mi ritual de despedida de Carlos, y que haya sido en un ambiente festivo. Ojalá que, cuando me toque, mis amigos y mi familia hagan algo así, alegre, con buenas vibras y, de ser posible, buena música y buena comida.

27 de agosto de 2009

I love to singa

Hace un rato me puse a dar una vuelta por archive.org, esa maravilla llena de películas y comerciales y propaganda y música que por algún motivo ya ha pasado al dominio público. Buscaba la versión de Rhapsodie in Blue tocada al piano por el propio George Gershwin, que debo tener por allí en alguno de los cientos de CDs que uno jura que va a recordar dónde está y a la hora de las horas...
Tengo una buena docena de versiones de la pieza, y mi favorita es una versión "libre" de Leonard Bernstein, pero siempre es bueno regresar a los orígenes. Me gusta la versión de Gershwin porque uno se entera qué era lo que realmente quería con la pieza, ese ruido de ciudad, los metales exageradamente tocados, los cambios de velocidad, las cadencias del piano... Las versiones posteriores evidentemente trataron de aportar algo nuevo, y lo hicieron a veces a grados de sofisticación que caen en lo excesivo (como la de Bernstein, ejem; nadie dice que a uno no le puede gustar lo excesivo), pero no creo que haya una sola que haya mejorado la original; a lo sumo habrá mejorado la calidad del sonido de 1927 a la fecha. Si no cree, oiga a Gershwin y ya me dirá.
Como siempre, me puse a vagar aquí y allá y encontré cosas como la Coca Cola All String Orchestra, que no está nada mal; una tonelada de canciones del extraordinario Paul Robeson; otra tonelada de Shirley Temple --que estoy oyendo en este momento--, y otra más de la imperdible Lil Armstrong, por no citar uno que otro giga de cosas que ya están en el disco duro. Algunas piezas suenan bien como fondo para futuros videos --se me ocurren un par para uno que está en edición--, otras nomás me gustaron, como el cuarteto vocal de Phillip Morris, lo que es fumar Marlboro.
Entre el montón de pizas sueltas que bajé había una pieza en particular que me llevó volando cuarenta y cinco años atrás: el rip de la pista de un corto animado llamado "I Love to Singa" debido a la genialidad de Tex Avery, dios de los dibujos animados si alguna vez lo hubo. (Estamos hablando del creador de Bugs Bunny, Daffy Duck y Silvestre, para que nos vayamos entendiendo. Y, sí, hay otro dios: Mel Blanc, el que les dio la voz a Bugs Bunny, Daffy Duck, Silvestre, Sam el Pirata y a varias decenas más... a todos al mismo tiempo, también para que nos vayamos entendiendo.)
Así que me fui corriendo --y más bien arrastrando, porque estaba bajando muchísimos archivos de música-- a YouTube a buscar el video de "I Love to Singa", ¡y lo encontré!
En aquellos años sesenta en que pasaban caricaturas de los treinta, sin doblaje y menos aún subtítulos (excepto Popeye: los subtítulos eran minúsculos, pensados para el cine, y daba lo mismo si uno tenía una tele de 14 pulgadas, que era mi caso), uno se aprendía foneticamente las letras, o sea que no aprendía nada, pero la música era inolvidable. Así que, después de esta larga introducción, pongo aquí uno de los videos más importantes de mi infancia, quizá uno de mis primeros acercamientos al jazz, que después me llegaría a tomar más en serio. (No hay que quitarle créditos, en materia de difusión del jazz entre niños, a Walt Disney, y mucho menos a los temas de otras caricaturas, como Los Picapiedra, Don Gato, Magila Gorila y qué sé yo. Nomás que "I Love to Singa" es mucho más que un tema: es una declaración de principios. Ya dije.)

¡PAREN PRENSAS!

Allí dice que la inserción del video está desactivada por solicitud de... uh... Eso no lo dice.
Nos queda el URL: http://www.youtube.com/watch?v=28hk97-vZdQ
Ah: noten que el jazzista --como buen búho-- se llama Owl Jolson, en claro homenaje a Al Jolson, protagonista de la primera película sonora, The Jazz Singer.

22 de agosto de 2009

Diez años

Hoy hace diez años llegué a El Salvador. Venía por un mes, después de cinco meses en Estados Unidos, e iba de camino a Costa Rica. El plan --más o menos indefinido-- era quedarme un mes, arreglando asuntos familiares. Si conseguía trabajo antes, quizá estuviera unos meses más, en plan más de curiosidad que... bueno... de quedarme.
Después de unos días de caminar y caminar por los viejos lugares, con un calor y una humedad de los mil diablos --venía del desierto, de entre 1,500 y 2,500 metros de altura--, comencé a hacer llamadas para ver si entraba a trabajar en un periódico. No hubo respuestas. Sería un mes entonces. A las dos semanas fui a El diario hoy con un amiga, a dejar unos cuentos para el suplemento Hablemos, y de paso me pidieron mi currículum; necesitaban a alguien para Vértice y le llegó la noticia a Lafitte Fernández de que un cuate que andaba por allí era periodista, escritor, que venía de México y qué sé yo. Lo llevé al día siguiente, conversé un rato con Lafitte y me dijo que comenzaba a trabajar una semana después.
Era extraño que en otros lados no me hubieran hecho caso y sí en EDH: lo último que recordaba de ese diario era que había lanzado una campaña muy fuerte en contra de mi padre cuando era rector, entre 1970 y 1972, y que se había congratulado no sólo de la toma militar de la UES, sino también del exilio de "Menjívar y sus 14 muchachos" (así los bautizó un reportero que después sería asesinado durante la guerra). Los antecedentes no eran de lo mejor, pero siempre me quedaba la posibilidad de renunciar a la primera señal de censura, represión o lo que ocurriera. Por de pronto lo que había visto era que el país estaba extrañísimo: uno podía hablar de lo que quisiera, donde quisiera y casi con quien quisiera; no había soldados en la calle, excepto acompañados por policías civiles; los guardias nacionales habían desaparecido con su porte de perros malos, y la gente, en fin, era gente. Nada que ver con la imagen que tenía desde fuera del país: un lugar donde la represión estaba siempre latente, si no oculta bajo otros mecanismos, y donde la izquierda tenía limitados los espacios de expresión y manifestación. (Después descubriría matices, por ejemplo que la izquierda se había institucionalizado a grados serios de burocracia, y en esa época la derecha no tenía muy claro qué hacer con el país, excepto explotarlo lo mejor que se pudiera, usando, eso sí, los cauces institucionales, ejem).
Seis meses, un año, y sigo mi camino, pensé. Quizá regresara a México. Mi padre estaba enfermo de cáncer y viajé a Costa Rica en los meses siguientes. No más de un año.
Fui aprendiendo mucho en Vértice, entre otras cosas a sortear las posibles censuras. Quizá lo logré, porque nunca me censuraron una nota. Eso sí, casi cada semana pensaba: "Después de ésta sí me corren." Nada. Nunca tuve tanta libertad de escribir como en Vértice. Dos años.
Y me pareció que dos años eran más que suficientes para estar en El Salvador, y comencé a lanzar líneas para volver a México. Para ese entonces mi padre había muerto y era el momento de volver a lo de antes, o a algo nuevo, pero en mis lugares habituales.
Una de mis frustraciones era lo poco que pasaba en materia cultural. Había una reunión mensual sobre algún tema literario en la Fundación María Escalón de Núñez, dos mil poetas que se autopublicaban y se autocongratulaban de lo buenos que eran, muy pocas publicaciones de verdad, algunos recitales malísimos y listo, eso era la literatura. No esperaba que el estado hiciera mucho por los artistas, pero veía una gran pasividad e inercia por parte de Concultura. Unas semanas antes de renunciar a EDH y regresar a México, escribí una nota bajo el título ¿Para qué sirve Concultura?, en la cual trataba de hacer un panorama de la situación cultural --en especial artística-- en el país. Era mi despedida.
Luego de un acercamiento de un director nacional, me mandó a llamar Gustavo Herodier, a la postre presidente de Concultura, y me preguntó: "¿Sos capaz de hacer lo que decís que tenemos que hacer?" No me quedó más que contestar que sí, más por orgullo que por convicción. "Entonces hacelo y dejá de hablar." Me nombró coordinador de letras, algo así como director de literatura, y me dio apoyo para lo que hubiera que hacer.
Organizamos buenas reuniones de escritores, incluida una en el Palacio Nacional, en el Salón Amarillo, donde el último presidente que despachó fue Hernández Martínez. Dimos talleres de técnica literaria, de edición, de periodismo, de lectura. Todo estaba encaminado a un fin: la creación de una Casa del Escritor. Fue el plan desde el principio, e incluía la formación de escritores jóvenes desde un punto de vista menos... uh... espontáneo de lo que había. Y, después de casi ocho años de trabajo, creo que mucho se ha logrado. (Sería tema de una discusión que no entra en este post.)
La idea no era que todo el mundo cayera en La Casa --que trabajó un año y medio sin sede, hasta que nos dieron la casa de Salarrué en Los Planes--, y que todos se sumaran. También esperábamos que hubiera gente que hiciera proyectos alternos, como ha ocurrido; que realizara proyectos que fueran claramente contrarios, como también ha ocurrido; que atacara a La Casa y a su vez planteara alternativas, e igual. Por imitación, por irritación, por lo que fuera, La Casa en sí misma no servía de nada; hacía falta gente con talentos especiales y, entre éstos, con una actitud especial hacia la literatura. Es en lo que hemos trabajado, y los resultados comienzan a estar a la vista. (Más los que faltan.) Sin contar con las otras ramas en las que nos hemos metido: video, danza (Johanna Marroquín tiene un buen grupo de baile folklórico), periodismo, historieta, animación...
A lo largo de los años he ido descubriendo qué me mantiene aquí, y es la gente con la que trabajo. Persistente, fuerte, amable, buena.
Diez años... Son un montón de tiempo para hablar de eso en un post. Pero no se sienten tanto cuando ya pasaron, y no angustia si uno piensa en los que vienen en camino.

7 de agosto de 2009

Nueve años...



...y aún se siente como si no hubiera pasado uno.
Quizá sea hora de dejar que el tiempo corra.
Quizá se pueda.

4 de agosto de 2009

Un papá para siempre

El abuelo Alfonso tenía 91 años cuando murió, a finales de 1996, y mi padre tenía 61. La abuela Carmen había muerto año y medio atrás, de una neumonía, pero no seguí el proceso; me avisaron cuando ya estaban en los asuntos del velorio, y no tuve mucho contacto con mi padre en esos días. Sé que debió ser devastador para él, por la relación tan especial que llevaban, pero no hablamos más que algunos minutos. De los últimos días del abuelo sí estuve pendiente, casi a diario, por teléfono, y me perturbaba lo que oía en la voz de mi padre: no muy en el fondo había un niño que estaba a punto de perder a su papá, simplemente.
En una de las pláticas que tuvimos pensé, sin decirlo: "A uno siempre le hace falta su papá, tenga la edad que tenga. Uno no deja de ser niño cuando se trata de su papá." En eso incluía a los que no llegan a conocer a su padre, desde luego, pero mi pensamiento no era tan profundo; pensaba en mi padre viendo cómo el suyo moría de cáncer, y me preguntaba qué pasaría cuando me tocara pasar por lo mismo, como me tocó cuatro años más tarde.
Entre mi padre y el abuelo existía mucho cariño y pocos puntos de encuentro; el abuelo era mecánico automotriz y chofer, siempre quiso que mi padre fuera lo mismo y lo veía con un cierto aire compasivo por haber errado el camino. Mi padre lo quería a secas, y cuando se veían le servía de celestino con algunos tragos de whisky y algunos cigarros --que el abuelo tenía prohibidos, y la abuela se encargaba de que se cumpliera la orden del médico; el hígado le fallaba y tenía enfisema desde los cuarenta y tantos--, bromeaban de todo y, en general, permanecían juntos en silencio. Tampoco era que se vieran demasiado, como yo me veía poco con mi padre, pero hablaban por teléfono de tarde en tarde y a veces mi padre pasaba por El Salvador de algún viaje y se quedaba un par de días para visitar a la familia. En los días de la muerte del abuelo estuvo en El Salvador la mayor cantidad de tiempo desde que lo exiliaron en 1972: quizá un poco más de dos semanas.
Tuve la buena o mala suerte de llamar por teléfono justo en el momento en que el abuelo acababa de morir. La voz de mi padre era desolada y, sí, ratifiqué que uno puede tener la edad que tenga, pero su papá es su papá. Ese día, en México, tenía una tocada con mi banda de... uh... bueno, de lo que fuera, y toqué en honor del abuelo y de mi padre, y quizá nunca lo haya disfrutado tanto.
Hoy se acerca el aniversario de la muerte de mi padre (7 de agosto), y me doy cuenta con mucha sorpresa que han pasado nueve años, que es casi la quinta parte de mi vida que he pasado sin mi papá, y que lo extraño con el mismo desconcierto y casi la misma tristeza del primer aniversario. La vida ha seguido, pero en ese punto en particular hay algo que se estancado, bastante cosas sensibles que no dejan de sentirse frescas, demasiado frescas. Y, desde luego, uno siempre extraña a su papá, y quisiera que siguiera allí, aunque fuera del otro lado de la línea telefónica, aun sin verlo más que una o dos veces al año, con suerte. (Él tenía 65 años cuando murió. Yo estaba a diez días de cumplir los 41.)
Algo he avanzado: ya puedo ver sus fotos y sonreír, y recordar cosas que no sean el momento de su muerte. (El síndrome de estrés postraumático es perro.) Ya puedo soñar con él y despertar contento. Ya puedo hablar de él sin tratar de entender los porqués de tantas cosas; cuando murió quedó fijado en el tiempo, definitivo, y ya no hay defectos y aciertos: está él, nada más, y lo que nos dejó y como nos dejó.
Hay amigos y conocidos que lo mencionan como un gran hombre, que sin duda lo fue; como un intelectual de muchos alcances, que también; como un luchador social de los que ya no se hacen, y es cierto. Pero eso, para mí, es lo de menos. Él era mi papá, y lo extraño como un niño que espera en la ventana de su casa a que llegue, para platicar un rato.

1 de agosto de 2009

Agua de colores

Agua de colores, de Valeria.

Hoy Valeria me regaló un dibujo que tituló "Agua de colores", que entre raya y raya tiene cosas interesantes que no sólo pueden atribuirse a la compulsión de un niño con caja de lápices nueva. (Uno de los motivos es que los lápices no son tan nuevos, si he de decir algo en honor a la autora y a mi poca objetividad de padre.)
El dibujo me recordó cuando tenía yo su edad, o menos, y pasábamos de noche frente a la antigua embajada de Estados Unidos, en la 25 avenida norte. A un par de cuadras estaba la única rosticería de pollos de la época, y cada dos o tres o tres semanas mis padres me llevaban a comprar uno, lo que servía para tres cosas: fomentar un vicio que perdí --por sobredosis de pollos rostizados-- ya bien entrada la adolescencia, dar un breve paseo en carro todos juntos (mi hermana aún no habría nacido cuando empezó la costumbre, o estaría muy pequeña) y pasar frente a la Fuente Luminosa, que era como se le decía a la inmensa pila de agua con grandes chorros que la atravesaban y unos reflectores.
Mi padre me había dicho que el agua de la fuente era de colores, y yo no mucho le creía: según mis pocos y muy empíricos conocimientos (pero ¿la ciencia no es empírica?), plastilina mediante, cuando se juntan elementos de diferentes colores éstos tienden a volverse uno solo, gris deprimente en el caso de la plastilina, y otros más sorprendentes en el caso de los líquidos. (Sí, con la abuela Mina nos poníamos a hacer experimentos para ver qué pasaba si se mezclaban gaseosas de diferentes colores y, ugh, sabores.) Pero mi papá era mi papá, y había que creerle que el agua era de colores, que los reflectores eran blancos y que esa agua en particular no se mezclaba como las demás aguas.
Ah: porque había diferentes tipos de agua, y ésa era especial para la Fuente Luminosa. De reojo yo miraba la embajada de Estados Unidos y me imaginaba que sería algo que los gringos habrían traído y, en fin, que a lo mejor era cierto, pero...
Pero de día el agua de la fuente era transparente como cualquier agua, objetaba yo. Alguna vez hice que mi madre me llevara a verla y hasta a tocarla, y era tan agua como cualquier agua. "Es que sólo se hace de colores de noche", me dijo mi madre aguantando la risa --sí, lo noté--; ella tenía menos humor que mi padre o lo usaba para otro tipo de cosas. Lo que traté de ver esa vez fue si había vetas en el agua, con lo cual podría separarse por las noches y colorearse cada una por su lado gracias a los reflectores, que ya de cerca se veía que eran de colores, un detalle que mi madre no imaginó --o no le importó-- que notaría.
Y, desde luego, hubo otros a los que les pregunté si el agua era de colores o se coloreaba con los reflectores, o si tenía vetas que etcétera. Mis tíos Juan y Mauricio, el novio eterno de la abuela Mina (don Chepe Rodríguez, a.k.a. "Pico de Oro", por su talento como orador de plaza en las campañas electorales de Osorio y Lemus) ratificaron que el agua era de colores, pero sólo de noche, aunque no pudieron explicarme por qué. Lo de las vetas no lo entendieron, me da la impresión, y sería por mi falta de léxico, que apenas pasaría de la palabra "capitas".
En medio de una polémica de años, de repente dejó de funcionar la Fuente Luminosa y a alguien se le ocurrió empezar a construir la espantosa escultura que está allí desde entonces, de un color gris deprimente, como la plastilina cuando se juntan todos los colores de la cajita. Mi papá me dijo que no me preocupara, que después iban a poner otra vez el agua de colores, y yo con la misma: el agua no podía ser de colores. Igual dudaba: ¿y si sí? Pero ya era demasiado tiempo de llevarle la contraria como para echarme atrás, y la única solución intermedia que encontraba era la de las vetas, que tampoco me convencía demasiado: había metido las manos en el agua y era tan normal como cualquier otra.
Inauguraron la horrible escultura y, no, no volvió el agua de colores. La pila era la misma, los chorros eran los mismos por la noche, pero los reflectores eran de luz blanca. Le pregunté a mi papá por qué, y me habrá dicho algo como que salía muy caro mantener lal mismo tiempo la estatua y el agua --después de todo era economista-- y el paseo de cada dos o tres semanas se redujo a la compra de pollos rostizados y a una escultura bastante fea que nos había quitado un tema de conversación.
Por las épocas en que uno no sólo deja de creer en ciertas cosas, sino que sabe que son falsas, pasé por la antigua Fuente Luminosa y me acerqué como cuando mi madre me llevó a los cinco o seis años, y seguí buscando las vetas, sin dejar de ver con desprecio los reflectores blancos. No pude dejar de sonreírme y de pensar en pollos rostizados; para ese entonces ya había otras rosticerías en San Salvador, y cada una tenía su sabor especial.
Entrado en la adolescencia, en una de mis visitas a El Salvador de antes de 1975 (después no regresé sino hasta 1999), pasábamos por allí con el tío Mauricio y una novia suya, y él le comentó: "Rafa creía antes que el agua de la fuente era de colores", y desde luego se rieron. Yo me indigné: para ese entonces ya estaba seguro de que era de colores.
Y sigo estándolo.

8 de julio de 2009

Casi un año

Hace más de un año --el 27 de junio de 2008, para ser exactos-- vi viva a mi madre por última vez. Sólo pude estar con ella quince minutos; no aguantó más, y quizá ahora quisiera que hubiesen sido quince o diez o tres minutos más para decirle algo, lo que fuera, que le diera otro carácter a nuestra despedida. Pero ¿qué?
Porque fue una despedida de sólo quince minutos, muy poco tiempo si uno piensa en ese periodo que seguiría y que, a falta de mejores palabras, llaman "para siempre".
Hablamos muy poco de muchas cosas. Los dos sabíamos que las posibilidades de vernos otra vez eran casi nulas, pero le dije que iría a verla a Costa Rica a finales de año o principios de éste. Creo que ambos pensamos demasiado en las palabras que debíamos decir para no hacer obvio lo obvio y, según el código familiar --tan inútilmente espartano a veces--, salimos bien librados. Hubiera preferido algo un poco más emocional, pero ¿cómo, a falta de costumbre? En quince minutos no se puede romper lo armado en casi medio siglo.
Lo último fue un abrazo muy cuidadoso (¡estaba tan pequeña y tan delgada y tan anciana a una edad en la que no debía ser para tanto...!), un beso que bien aparentó ser de compromiso y, eso sí, al final una mirada que no dejó lugar a dudas. Pero sólo una mirada, y fue muy rápida; lo que podía seguir de esa mirada era algo para lo que no estábamos preparados.
Un par de días después, cuando yo ya estaba en El Salvador, cayó en coma. Los médicos no le daban más de tres o cuatro días de vida; tuvo daño cerebral, porque tardaron en conectarla a los aparatos y qué sé yo. Ni mis hermanos ni yo estuvimos de acuerdo, pero una vez conectada ya no había modo de sacarla.
Hubo señales, me dijeron, de que a ratos reconocía a gente a su alrededor, o eso parecía. Y no duró tres o cuatro días, sino dos semanas; la señora era dura de roer, con todo y que ya no tenía mucho cuerpo del cual agarrarse. Murió el 12 de julio.
No pude estar en su entierro, y pedí que me mandaran fotos para cumplir al menos simbólicamente el ritual de sepultarla. Unas semanas después fui a su tumba y pude verla otra vez junto a mi padre. (Con él sí pude tener una despedida larga y minuciosa, que aún recuerdo con amor y que agradezco a quien haya que agradecer.) Traté de pensar --como lo intento hoy-- en otra despedida posible con mi madre, y no la encontré, como aún no la encuentro. Quizá ése fue el modo adecuado de decirle adiós. Quizá ninguno de los dos quería despedirse. Quizá a veces no haya que despedirse, excepto para decir "Nos vemos en enero o febrero, que todo vaya bien, prometo traer un buen disco y lo oímos juntos", y ya.
Y ya.
Qué rara se va poniendo la vida. Se llena de aniversarios y, como con ciertas despedidas, uno no sabe qué hacer con ellos. Colocarlos en el calendario no basta. Se vuelven algo orgánico. El cuerpo avisa: "¡Eh, allí viene otro aniversario! ¿Estás preparado?" Y uno nunca está preparado. Lo sé porque ya se acerca también el de mi padre (7 de agosto), y en los últimos nueve años --¡nueve años ya!-- no he podido escaparme de uno solo. Me pescan del lugar que menos espero, en el momento menos propicio --es decir en el momento exacto-- y duele. Tiene que doler. Y a eso, también, le llaman vida, o una de esas cosas de la vida.
Aún no son muchos mis muertos. No sé si en algún momento se conviertan en demasiados. Me imagino que, entre otros motivos, estoy aquí para averiguarlo.

24 de abril de 2009

Casi cuarenta años en fotos

Diciembre de 1959.

Algún momento de 1961, en casa de la abuela Mina. Me peinaban con raya a la izquierda, qué horror.

Otro momento de 1961, con mi mamá, en el Parque Infantil. (De verdad era bonito ese parque...)

1988, en Insurgentes Centro 123. ¡Con las botas puestas, chingao! Y con una sudadera de Mickey Mouse, para no desentonar. ¡Y usaba reloj...!

En 1998, o sea diez años después. Aquí estoy jugando póker con mi hijo Eduardo y con mi padre, con nuestras reglamentarias tortas de jamón y/o salami, en mi departamento de José María Tornel 9, en San Miguel Chapultepec. No, nunca puse cortinas. (Mi padre me enseñó a jugar póker cuando tenía siete años. A los nueve les gané a él y al abuelo Alfonso con un par de cuatros, contra un full y una escalera, respectivamente, o sea que entendí de qué se trataba. A veces mi padre llegaba del trabajo, cuando yo tenía diez a doce años, me daba unas monedas y nos poníamos a jugar póker. Lo interesante era que, después, me dejaba todo lo que hubiéramos jugado, lo suyo y lo mío. El dinero se convertía en libros usados --de preferencia de Agatha Christie, en esa época-- o en historietas. No recuerdo si yo le enseñé a jugar a Eduardo; me da la impresión de que no, y que sólo lo "refiné" en un honorable arte que lleva varias generaciones en la familia, ejem. Esa camisa azul, por cierto, me duró como hasta 2001 o 2002, y para 1998 ya tenía sus días.)

Ese mismo 1998, en el restaurante Boca del Río, en la Ribera de San Cosme. Junto a mi padre está Yuli, la mamá de Eduardo. Me pregunto quién tomaría la foto; hay una chamarra en la silla que está en primer plano, y sería su dueño o dueña. (Esa otra camisa azul también me duró muchísimo tiempo, y se parece a tres que tengo por aquí. Soy bastante autista en materia de ropa. También tenía, para las épocas de frío, un montón de sudaderas grises, como la de dos fotos arriba, y dos de ellas siempre eran de Mickey Mouse. Dejé de usar sudaderas por lo mismo que dejé el pelo largo: el calor de Costa Rica y, luego, de El Salvador.)

27 de marzo de 2009

1986

¡Sí! ¡Somos Thierry Davo y yo en diciembre de 1986! Creo que estábamos en Guanajuato, quizá en San Miguel de Allende. El pretexto para reunirnos en México fue trabajar la traducción de Historia del traidor de Nunca Jamás. En ese entonces Thierry estaba haciendo su servicio militar en Costa Rica, en la sección cultural de la embajada de Francia. Y yo... Pos lo que hace uno cuando vive en un lugar y no hace el servicio militar, o sea guiones y artículos y cosas de ésas.
Veintidós años y cacho... Se va rápido el tiempo, pero siempre vale la pena. (Bueno, quizá no siempre.)
La foto la encontró Thierry en alguna de las decenas de cajones en las que guarda todo. "Todo" es... bueno... todo lo guardable. Todo, pues.

21 de marzo de 2009

Notas varias - 1989, 1994 y 1995

Un poco más del/los diario/s que he tratado de llevar, en vano, a lo largo de años. De estas notas me llama la atención la primera; en esta blogosfera, veinte años después, desde cuando internet era un bebé, ya intuía la vocación de policía --o delator, que no es mucho más abyecta-- de algunos imbéciles con pseudónimo y con una causa que creen propia. Policías del pensamiento, como los temía Orwell, y como pulularon tras más de alguna cortina de hierro, física o del alma. Son los peores: los que temen el pensamiento ajeno, sea el que sea. El pensamiento a secas. Y vieran cuántos seguidores consiguen, y sin siquiera mancharse las manos ni arriesgar nada, pobrecitos.

7/III/89
De los militantes de izquierda detesto esa patética propensión a convertirse en policías.
Tienen una excesiva noción del dentro y del fuera. Los de fuera (y hablo de los no enemigos) son despreciados a la vez que temidos; los enemigos son castigables a fuego. Pero sólo los de dentro son punibles con dolor, con humillación, con placer. La pureza talvez incite al sadismo; vaya cosa.
El mundo es mesurable con la vara del dentro; y el dentro es tan pequeño en relación con el mundo... No hay poder sobre el mundo y es necesario ejercer el poder, si no la militancia no tendría sentido. Orwell es claro: el poder es la capacidad absoluta de producir dolor.
NOTA AL MARGEN: Una abyección voluntaria.
Al enemigo se le odia; es sencillo. Al militante de base se le somete; es funcional... y grato. De los demás se necesita, y me imagino que eso llega a producir algo intermedio entre el desprecio, el miedo y la envidia. Pero hay que disimular o, en todo caso, convivir. La prepotencia del que tiene la verdad (pero aun así no termina de comprenderla) vuela entre la necesidad de convencer para convencerse y proteger al clan del posible infiltrado (cualquiera que no sea comprensible es un infiltrado en potencia).
La verdad sólo puede ser sencilla, una frase: patria libre o morir, alianza obrero-campesina con hegemonía proletaria, la religión es el opio de los pueblos. Los demonios, de Dostoyevski: el militante no necesita de preparación teórica, de duda, de contradicción; todo es más sencillo (y efectivo) si se reduce a un slogan fácilmente recordable. "Causa común" quiere decir cualquier cosa, pero sirve para aglutinar.
Sin los de fuera, sin los enemigos incluso, su vida no tendría razón.
Otra idea pedante: se necesita de mil y un militantes para "crear" un solo individuo y, no obstante ser poderoso, sin voluntad propia. Un golem, en suma. Triste destino del pueblo, carajo: ser el fin de la lucha y creerlo, y a cambio anularse en una masa amorfa.

Artículo de Gide acerca de la correspondencia de Dostoyevski: un hombre lleno de vergüenza, un hombre demasiado patético para ser tolerado frente a frente. Dostoyevski sólo puede ser un admirable personaje de Dostoyevski.
Me gustaría ver la (frágil) línea divisoria que hay entre el genio y el pobre diablo.

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Algún momento de 1994
Orwell: Existe una puerta en el Edificio. Detrás de ella está lo peor. ¿Qué es lo peor?, pregunta Winston Smith. Cualquier cosa, responde su torturador. Cada uno tiene su propia idea de lo peor. La de Winston Smith son las ratas.
Pienso: Un espejo en la oscuridad. La imagen de un espejo en la oscuridad. La imagen distorsionada de un espejo en la oscuridad. El que se para enfrente no lo advierte, pero el mundo que el espejo refleja es aberrante.
Cuando era niño tenía una pesadilla cada cierto tiempo: Yo era gente grande y manejaba el coche de mi tío, un Mustang 1966. Iba vestido con traje negro y usaba lentes oscuros. De pronto veía por el retrovisor y la imagen era la mía, la misma cara y los mismos lentes, pero el traje del reflejo era blanco. Despertaba, aliviado. Un segundo más dentro del sueño y quizá no hubiera despertado a causa del terror, me hubiera quedado encerrado en el terror, o hubiera despertado convertido en otra gente, en otra cama, en un mundo aún más difícil de entender.

* * * 

Mayo 14, 1995
En marzo, en el parque donde estaba la Secretaría de Comercio. Un boxeador antes de una pelea se baña en la fuente con dos mujeres, una de unos 20 años, otra de unos 40, la mayor con el pelo pintado. Ellas traen traje de baño de una sola pieza. Las dos tienen unos pechos inmensos. El boxeador tiene unos 22-23 años. Juegan a echarse agua, a toquetearse. En una banca del parque están los guantes.
Se van y aparece una muchacha grande y torpe de unos 14 años ofreciéndome un bebé en adopción. En realidad quiere venderme, por cinco pesos, un muñequito de hule metido en un frasquito. Le doy un billete de diez pesos, no tiene cambio, le compro dos. La muchacha tiene tierra en las uñas.

Dos soldados viendo con interés unas botas en un tiradero de mercancía, en una tienda por el metro Normal.

Vivo en una casa grande en la que alquilan cuartos: $150 a la semana los pequeños, que son realmente claustrofóbicos; $200 los grandes, de unos 3.5m por 5. Baño compartido, cocina compartida, lavaderos y tendederos compartidos. Cama, dos sillas, un ropero, una almohada, un par de mesas. Es caro, pero uno tiene la posibilidad de ver toda la semana cómo rayos hacerle para conseguir lo de la renta de la otra semana. Hay que darle al encargado una lista con los nombres de las personas que pueden visitarlo a uno.
El encargado es un mormón que fuma Delicados.
Siempre hay, en algún lugar de la casa, una radio a volumen excesivo; ayer tocó que fuera en el cuarto de al lado. Cumbias, por supuesto, y malas. Es inútil cerrar la puerta; se oye todo. A veces pongo a Zappa a volumen moderado, pero no se logra tapar del todo la música en los otros cuartos. Hay que esperar a que sean las once de la noche para oír música.
También hay pláticas. Hace unos cuatro o cinco días hubo una plática entre el encargado y dos de las inquilinas, una de voz joven y otra de unos 45 años (la edad de las voces engaña). El tema: el encargado decía que las mujeres lloran bastante, y que muchas lo hacen para sacarle dinero a los hombres. La voz joven decía que su mamá lloraba mucho, pero no era de ésas. La voz mayor sólo hacía comentarios y, supongo, mencionaba casos en los que sí es cierto y otros en los que no; en realidad hablaba alto, pero no le entendí mucho.
Anteayer empezó a vivir en el cuarto frente al mío una mujer de unos 32-35 años, pero aparenta algunos más. Tiene tres hijos pequeños. El encargado trató de convencerme de que el cuarto en el que está ella era más bonito que el mío; en realidad es mucho más angosto y oscuro. Su hijo, de unos 8-9 años, estuvo jugando Doom en mi computadora.

Es curioso: mi padre quiso dedicarse a escribir y ahora ése es mi oficio. Yo quise dedicarme a la música y ahora Eduardo está aprendiendo guitarra, y a pasos acelerados. Anoche hubo una jazziza en casa de Toño Malpica. Eduardo se puso a tocar bajo eléctrico por primera vez en su vida, acompañándonos a Toño y a mí en un blues. Se puso nervioso y se equivocó, desde luego, pero no lo hizo mal. Toño y yo nos divertimos viéndolo sudar cuando nos poníamos a sincopar.
Después, algo de jazz, blues y rock and roll. Me subió el ánimo, que últimamente llega a andar bajo cero.

Mayo 19, 1995.
Anoche soñé que la Luna, de repente, empezaba a acercarse a la Tierra hasta verse de tamaño inmenso. Yo estaba en la calle platicando con un amigo (creo que Mauricio Schwarz o Héctor Zamarrón, o una mezcla de ambos), y la veíamos. Mi amigo se ponía nervioso y decía que iba a chocar contra nosotros y nos iba a matar; yo me reía y le decía que no se preocupara, que según Newton la Luna se iba a hacer pedazos antes de estrellarse contra la Tierra.
De repente, la Luna se cuarteaba en muchos pedazos, como si fuera una hostia, y de ella salía mucha luz. "¿Ves?", le decía a mi amigo, y él se reía, aliviado. Después los trozos empezaban a alejarse y, de pronto, la Luna estaba en el lugar de siempre, del tamaño de siempre, del color de siempre.
Antes de dormir estuve leyendo El espacio y el tiempo en el universo contemporáneo, de P. C. W. Davis, un libro que compré hace unos diez años y que no había hojeado. También Crónica del desconcierto, de Mauricio, acerca de los primeros 101 días de gobierno de Ernesto Zedillo. Extraña mezcla de temas en el sueño. Y más extraño que lo recuerde; hacía mucho que no recordaba un sueño.

20 de marzo de 2009

16 de enero de 1992. 04:12

Recordaba que el día de la firma de los Acuerdos de Paz de 1992 me sentía bastante mal, pero no recordaba qué tanto. Copio y pego de mi asistemático diario de trabajo, escrito y encriptado en WordPerfect 5.1. (¡Ah, cómo me gustaba el WP 5.1! Creo que no se ha hecho un procesador de palabras mejor. Más bonito e impresionante, talvez, pero no con tantas posibilidades. Y en puro DOS.)
Viene la catarsis del día de la firma de los Acuerdos de Paz, y ya sabrán disculpar --o no; es igual-- los aludidos:

Dentro de unas horas se firmarán los primeros acuerdos de paz en El Salvador. Los noticieros, los periódicos, la radio no hablan de otra cosa. Se acaba la guerra. Por supuesto, las presiones de siempre (Cristiani no da todas las garantías, el ejército miente en las cifras de soldados, la guerrilla protesta y denuncia las maniobras, como si pudiera esperarse otra cosa); las negociaciones-de-última-hora, los preparativos, el fasto, la mentira de siempre. Ah, cómo me encabrona la pinche mentira; como si no la conociera por haberla proclamado en nombre de la verdad durante tantos años. Me avergüenza a veces el tipo de periodista que fui.
Me siento mal. Asqueado, en realidad. Trato de dormir y siento angustia. Me pongo a ver una película que no me hace reír y a fumarme cigarro tras cigarro hasta que la garganta me arde. Quisiera ser realista y decir: bueno pues, es lo mejor. Si para llegar a esto tuvo que morir tanta gente, valió la pena. Sí, muchacho: la burguesía necesitaba de toda esta guerra para soltar migajas, así es la política. No, no podíamos decir la verdad a los idiotas de siempre, nuestros hermanos: no hubiera resultado nada, ni siquiera la negociación a ultranza. A lo Stanislavski, pues, la puritita escuela de las vivencias. Si el actor no cree en lo que hace (y qué mejor que lo crea realmente), no se logran los resultados buscados. Lo ideal y lo factible, la realidad y la ficción (esto es la ficción, I guess), la muerte y la vida (esto es la vida, y de eso no cabe ninguna duda).
Desde 1983 (desde aquella fecha) los representantes del pueblo se han dedicado a hacer el indigno papel de mendigar pláticas; los gringos y el par de gobiernos salvadoreños desde entonces se han dedicado a dar largas y a permitir que los otros hablen en foros, se desgasten, pierdan credibilidad con todo y su corbata, y que los jodidos sigan muriendo de hambre. ¡Ah, Schafik Handal, si hubiera estado -si yo hubiera estado para hablarlo en voz alta- en las montañas, en medio de las masacres, huyendo del miedo, matando por lo menos! Si buscaban la paz, ¿para qué carajos se metieron y metieron a todos en la guerra? No Schafik, el comandante; ése sólo buscó la forma más rápida de conseguir su dosis miserable de poder, al menos la remota posibilidad de estar cerca de donde se piensa por los demás. Él fue de los que asesinaron la revolución, esa estúpida revolución, sacerdotal, burocrática, sectaria, absurda, pero elaborada con el material de los sueños, como el halcón maltés, como la vida, como los hijos y las cosas que se quieren. A cambio de la revolución que ya no va a ser, disculpen las molestias que estas obras ocasionan: la promesa durante nueve años de negociar. Sigan muriendo de hambre, sigan jodiéndose a gusto, sigan perdiendo hijos y agachen otro poco la cabeza, o ténganla alzada que es peor: dentro de nueve años negociaremos.
Schafik se dejó la barba desde entonces (los revolucionarios usan barba; ¿se dieron cuenta de que Marcial era lampiño?), pero la panza sigue del mismo tamaño.
(Leído no recuerdo dónde: alguien sueña que el líder se acerca a un niño, lo alza en brazos con una sonrisa y después se lo come.)
Hace nueve años alguien asesinó a Ana María. Quiero creer que fue sólo Marcelo; otra cosa resultaría aterradora. Después los sandinistas obligaron a Marcial a suicidarse. Todo por negociar. Los sandinistas perdieron el poder después de un gobierno de corrupción tan pequeña como eran grandes los ideales que despertaron; la corrupción pequeña se convirtió en casi grande -y necia y denigrante- cuando perdieron el poder: algo teníamos que llevarnos después de diez años, ¿no? Palabras casi textuales de Ortega. Igual con los salvadoreños: algo teníamos que llevarnos, ¿no? La posibilidad de mendigar poder, vaya. Aparecer en los diarios y que nos tomen en cuenta, por fin en serio.
(Escena: el nuevo rico se llena de oro, se pone ampuloso, compra ropa cara para ir a su tercera o cuarta o milésima fiesta de sociedad. Usa un diente de oro. Frunce el ceño, habla de caballos y trata de ser snob. A sus espaldas todos sonríen con burla.)
¿Y a los que les prometieron el paraíso y el mundo mejor y el hombre nuevo? Para la próxima, muchachos, nosotros les avisamos. Por ahora confórmense con que a lo mejor hay elecciones democráticas algún día. Ah: la democracia burguesa después de todo no es tan mala, al menos si estamos en ella. Pero recuerden: voten en el cuadrito donde vean nuestra cara; es su deber histórico. Patria o muerte, ¿eh?
Me encantaría escuchar a Schafik en privado, sabihondo, con las manos sobre el estómago, tono de maestro de prepa; él siempre tiene una respuesta para todo, a veces dan ganas de creerle. No será una respuesta necesariamente coherente con lo que habló un minuto antes, pero seguro la tiene. Los comunistas siempre tuvieron la inteligencia (supongo que es inteligencia) de demostrar que lo que acaban de inventarse siempre lo habían sabido, y que además estar en contra es ser un enemigo de los pueblos o algo peor.
De acuerdo: los salvadoreños por fin tendrán paz. La merecen después de tantos años de muerte, muerte y muerte. He releído informes de derechos humanos y aterran. Pero entonces quizá hubiera bastado con las huelgas de 1979. ¿Por qué mintieron? ¿Por qué se mató Marcial? (Por suerte: este mundo ya no sería el suyo. Estaría anciano, quizá senil; la revolución era su fin, no su modo de llegar a nada. Pobre viejo.) De acuerdo: la perestroika, el mundo cambia, el muro de Berlín cae, las concepciones se liberalizan, el posmodernismo, el fin de la historia. Hay que poner los pies sobre la tierra; miren el ridículo que hace Cuba, Fidel chochea. Pero entonces ¿por qué nos mintieron?
En 1983, a principios de 1984, el FMLN tuvo la oportunidad de tomar el poder. Militarmente era posible; políticamente, aún. Pero tuvo miedo de la invasión gringa. ¡Carajo! ¿No que la furia del pueblo respondería a la agresión extranjera? ¿No que se regionalizaría el conflicto y Estados Unidos sufriría una derrota más vergonzosa que la del sudeste asiático? Uno, dos, tres Vietnam. ¡Ah, Salvador Samayoa! ¿Tenías miedo de que se te ensuciara la corbata, los zapatos, a ti el representante impecable de un pueblo miserable, sucio, que muerde sin dientes y humillado?
(Escena: un falso ciego grita: "De lo perdido, lo que aparezca". Sus hijos y sus nietos están muertos, y sus hermanos y todo el mundo. Él pasa junto a sus cadáveres, ignorándolos.)
Me siento un imbécil. Ojalá haya muchos que se sientan imbéciles. Todo la tragedia sólo para que se lucieran los sacerdotes. Como siempre: a Cristo, a Judas, a los apóstoles se los llevó la chingada en la cruz, la horca y cadalsos diversos; como condición lógica no faltó quien --y hasta sobró-- usufructuara la muerte ajena y sedujera a beatas repletas de hastío.
¿Dónde están Roberto Franco, Hugo, Benjamín Valiente, noventa mil más? No murieron para negociar, sino para que alguien, algún día, dijera: Bueno, pues, valió la pena.
Espero conservar la vergüenza hasta que llegue a viejo.

19 de marzo de 2009

De países y sándwiches de jamón

Seguí revisando mis archivos encriptados en WordPerfect 5.1 --intentos de diario-- y encontré algo que no termino de entender, pero allí está. Fue escrito en diciembre de 1991, seguramente de madrugada. Desde hacía más de un año había entrado peligrosamente en una depresión clínica, que sólo logré empezar a controlar en 1993; creo que algo se notará de eso.
El hombre del cáncer del que hablo por allí era José Belisario Peña, uno de los suboficiales que se levantaron contra Hernández Martínez. De todos sus hijos sólo quedó viva Lorena Peña, que creo anda como diputada en el Parlacen. Era papá también de Felipe Peña, uno de los primeros militantes de las FPL. Él mismo fue militante de las FPL, y estuvo preso en plena guerra en Santa Ana, creo, y después en Santa Tecla. No sé cómo logró que lo dejaran vivo.
Va el trozo de diario:

Uno siempre recuerda con tristeza; el recuerdo es profunda y esencialmente triste. Aun los falsos recuerdos (todo recuerdo es falso), los que se acomodan a la imagen y semejanza que cada quien tiene de sí mismo, son tristes, y más tristes mientras más cierta es su falacia.
Siempre negué que el pasado fuera determinante. Freud al diablo. La memoria colectiva al diablo. Las guerras antiguas, la guerra de ayer mismo. Al diablo. Es claro: un trauma tiene que ver con el pasado, pero no con cualquier pasado, sino con hechos tan específicos que se pierden en la maraña de lo general, de eso que hace las conciencias, la individual y la otra. Cada quien acomoda sus hechos y experiencias según le conviene a su siempre prescindible ego y adquiere el trauma que más le guste, como en barata. Vaya, hay maneras tortuosas de ser feliz.
Comienzo mal, pero tampoco tiene importancia.

¿Quién hace la historia? El que la hace, ¿para qué?
Más allá del slogan, ¿quién recuerda realmente a --digamos-- el héroe (¿Che Guevara?) como no sea como un par de consignas que no lo explican, o al compañero del pupitre de al lado que apareció asesinado bajo un puente un veintisiete de julio como no sea como lo que uno imagina que fue, como lo que desearía ser?
Ejercicio: Ubique la cara del mejor amigo que se le haya muerto. Recuerde su voz. Si logra recordar su voz, nombre sus gestos más característicos. Si lo logra, recuerde la forma de sus uñas. Si lo logra, recuerde una frase textual de por lo menos quince palabras que él o ella le haya dicho alguna vez. Si lo logra, el país lo necesita para ser grande y mejor y libre. Mientras, usted será la persona más triste, porque vivirá recordando a un amigo y el recuerdo de los muertos que se quieren no deja dormir en paz.
Si no pasó la prueba, felicidades. No conviene tener la mente llena de cosas que no vienen al caso. Olvidar, sistemáticamente.

¿Qué tan cansado puede estarse de morir?
Vaya a su casa, mírese en el espejo e imagínese muerto. Divida el tiempo que tarde en llorar entre la cantidad de lágrimas que logre derramar en treinta y cuatro segundos y obtendrá una respuesta cuantitativa que se aproximará al tamaño de su cansancio.
Si permanece indiferente, continúe en lo suyo; aún soporta. Si estalla a carcajadas, siga intentando, al menos una vez diaria, hasta que logre llorar.
Si ha llorado antes, pregúntese si valió la pena.

Me niego a creer que la envidia, el ansia de poder, el abuso de poder, la necesidad de la traición, sean inherentes al ser humano e inevitables sin duda. Pero entonces ¿cómo definir a un ser humano? No al Ser Humano de las mayúsculas, sino a usted o a mí.
Pero ¿no son los personajes de Dostoytevski los más patéticamente adorables? ¿No es Ricardo III asquerosamente bello?
Y pensar que hay quienes aún creen...
Por ejemplo:
Conocí a un hombre que murió de cáncer. Su último acto trascendente --tuvo muchos-- fue ofrecerse como conejillo de indias para que probaran en él nuevos medicamentos. Quizá logró vivir seis meses o un año de más, quizá sólo prolongó innecesariamente una agonía de por sí innecesaria. Pero pensaba en el Ser Humano de las mayúsculas. Antes de eso, con orgullo, perdió tres de sus hijos en una guerra de guerrillas que al final no sirvió para nada, y no maldijo: el Ser Humano. Antes de eso, hace años, mantuvo ocupadas las oficinas de telégrafo durante un golpe de estado, fusil en mano, incluso después de que todos los implicados se hubieran rendido o asilado o ido al demonio. En el exilio siguió siendo amigo de ellos y asistían juntos, dos veces por semana, a las reuniones de Alcohólicos Anónimos. Y mucho antes de eso ayudó a derrocar un gobierno, siendo subteniente.
Convivió, y con humildad, con el responsable político de muchos que pasaban hambre, pero que usaba camisas del que costaban lo mismo que recibía una familia de militantes para sobrevivir todo un mes.
¿Qué es un ser humano, después de todo?

Trato de ser inmune a la nostalgia y a veces lo logro. Muchos amigos se pasaron cinco, siete, quince años pensando en el momento del regreso y siempre el recuerdo: la calle, la cara, la anécdota.
Regresaron y tratan de ser felices; otros se alejaron más: Canadá, Australia. Uno o dos se quedaron aquí y tratan de convencerse de que no necesitan volver, que el país es donde está la familia, el corazón, las librerías de viejo, la seguridad, el trabajo que allá nunca encontrarán.
Tengo otro acento, a veces una mezcla de acentos, pero aquél está listo para atraparme al menor descuido. Se me salen palabras que aquí no tienen sentido, que para mí ya no tienen sentido pero que están allí, agazapadas y esperando con dientes. Oigo de lugares nuevos, olvido los lugares viejos, vienen a verme familiares en los que no me reconozco; mi forma de ser -si algo así existe- cada vez tiene menos que ver con ellos.
Siempre hay un sin embargo para amargar las madrugadas.

Me siento autoconmiserativo y falsamente patético haciendo confesiones. Peor para mí.

¿Qué esperaría ver de El Salvador?
Pienso y pienso y no encuentro en la memoria un lugar que pudiera decirme cosas. Hace tanto tiempo...
Recuerdo un perro que fue mi único amigo durante un tiempo y que murió envenenado. Recuerdo parientes a los que visité eventualmente y que nunca me prestaron demasiada atención. Tengo abuelos, tíos, primos, toda la cohorte de gentes que mal o bien lo acompañan a uno por la vida, incluso tan ausentes.
Pero ningún lugar.
Hay una excepción: la tumba familiar donde está enterrada una hermana a la que no conocí. Cierto primero de noviembre comimos sándwiches de jamón sentados sobre la tumba, después de limpiar y poner algunas flores. Siempre me gustaron los sándwiches de jamón.

27 de febrero de 2009

1966

En medio de un artículo que publicó Álvaro Darío Lara en el Suplemento 3000 del Diario Colatino (puede hallarse aquí en pdf), y en la sección Aula Abierta, pueden encontrarse unas fotos en las que aparece mi papá (no mi padre: mi papá; lo digo con gusto de niño) en una premiación a Matilde Elena López.

En la primera se ve a Claudia Lars, a mi papá, a Salarrué y a Matilde Elena López. Según el texto, el asunto ocurrió en 1966, cuando mi padre (ahora sí, con más respeto) era decano de la facultad de Economía (lo fue de 1963 a 1967). Tenía 31 años, o sea todo un bebé para esos cargos, pero así fue él: todo le pasó y lo hizo a una velocidad exorbitante; quizá por eso se quemó tan rápido.

Aquí aparece, a la derecha, mientras le dan el premio a la doctora López.
La pregunta obvia es: ¿qué hace un economista en un acto cultural? Y la respuesta es que mi padre se pasó toda su vida haciendo lo posible y lo imposible para que la cultura --en especial la literatura-- fueran parte fundamental de la vida universitaria. Cuando lo eligieron rector, en 1970, lo primero que hizo fue organizar un homenaje a Salarrué y Claudia Lars, junto con Ítalo López Vallecillos, con publicación de obras y doctorado honoris causa y todo el show. Salarrué, desde luego, no asistió, como ya he contado por aquí; esas cosas lo incomodaban y no les daba mucha importancia, así que la noche fue para Claudia Lars. (Desde entonces comenzó a llegar a casa. No permitía que le dijéramos "doña Claudia"; para nosotros era "doña Carmen".) También mandó a hacer un galerón de madera y allí montó una escuela de artes plásticas. Contrató para eso a Camilo Minero, Carlos Cañas y César Sermeño. Su sueño era crear una facultad de artes antes de terminar su periodo, que debía ser en 1975.
Estudié en la escuela durante el año y medio que duró, antes de la ocupación militar de 1972. Descubrí dos cosas:
1. Soy pésimo para eso de la dibujada.
2. Soy pésimo para eso de la dibujada.
O sea pésimo por partida doble. Pero me la pasaba bien, y qué más podía pedir un chavo nerd de 11 o 12 años de edad. Lo otro era quedarme encerrado en casa leyendo --como el resto de días-- o salir aún de madrugada con mi perro Chéster a buscar renacuajos y a ver cómo se iban desarrollando en la zona inhóspita donde ahora están las Tres Torres. (Un señor que vivía a una cuadra de casa, en una vivienda absolutamente rural que hacía esquina con el Boulevard de los Héroes, llevaba a una vaca y a su becerro a pastar al parque de la colonia Buenos Aires, que aún no era un parque; así estaban las cosas.) Y las matinés de sábados y domingos en el Viéytez y el Izalco. Y los fines de semana con mis tíos, con uno de ellos a bebederos de toda calaña (él tomaba, yo comía), con el otro a su finca entre Aguilares y Suchitoto. O los fines de semana largos en la playa, hasta el punto en que me decían "el Negro Menjívar". Y en realidad, ahora que lo veo, no me la pasé tan mal en la infancia, nomás que casi todo lo hacía solo o me alejaba de la gente; por eso mi madre, que detestaba los animales, decidió comprarme un perro.
Como sea, me dio gusto ver a mi papá en el periódico, aunque no estuvieran hablando de él. Uno siempre extraña a su papá. Ahora que extraño, lo que se dice extraño, es ver a mi papá de 31 años, verlo como papá y tener --yo-- 49 años de edad. Me pregunto si me hubiera llevado bien con él, yo con mis 49 y él con sus 31... Creo que sí, y quizá no hubiera evitado verlo como mi papá; la impronta es la impronta.
Ya estoy desvariando. Me pongo a trabajar.