26 de mayo de 2005

Hugo

A mediados de 1983 comencé a trabajar con don Hugo Martínez Moctezuma, uno de los hombres más complejos y brillantes que he conocido. A los 23 (casi 24) años, me acababan de nombrar jefe de la sección internacional del periódico mexicano El Día (ya era subjeje desde casi cuatro años atrás, a quién se le ocurre poner a un bebé en esos menesteres); él era un hombre de casi setenta años. Compartíamos el placer por el lenguaje y el fanatismo por las enciclopedias y diccionarios. Por las tardes yo debía estar en la redacción; por las mañanas compartíamos oficina, y nos la pasábamos muy bien hablando de todo.
Dice Cortázar que los mexicanos serán cualquier cosa, pero ante todo son mexicanos, y es cierto. Con Don Hugo, como con un montón de amigos, llevábamos una amistad bien profunda, pero no hablábamos de cuestiones personales. Hasta el día en que me dijo: "Don Rafael --así de formal era también el asunto--, tengo un hijo que me preocupa, un muchacho muy joven, y me gustaría que usted hablara con él y lo orientara." Le dije, claro, que yo era también un muchacho, y que eso de orientar gente no era la parte más fuerte de mi currículum, que apenas me las arreglaba con Eduardo, mi hijo de cinco años (ahora tiene 27), que el hecho de que a los 23 tuviera un hijo de 5 no era la mejor garantía de sensatez. Insistió y le dije que, bueno, platicaría con el muchacho en cuestión.
Esperaba a alguien de quince o dieciséis años, y apareció un tipo 24 años, uno más que yo. Y nos llevamos bien desde el principio. A ambos nos encataba Led Zeppelin, la literatura buena y espesa y nos pasamos horas platicando sobre cualquier cosa y riéndonos hasta el dolor de estómago. También era periodista y no vi ni por dónde quería don Hugo que lo orientara, pero así son los papás y así los hijos. Nuestra única diferencia era, y siempre ha sido, que él es fanático abyecto de Eric Clapton (ese famoso quiropráctico sushi-nigeriano) y yo de Johnny Winter, y ya se sabe que esos fanatismos en particular son exclulyentes.
Un día de 1993 me invitó a que, junto con otros periodistas, nos fuéramos a Acapulco a fundar un diario, El Sur. Le dije que sí, porque hacía años queríamos trabajar juntos pero no lo habíamos logrado. Así que preparé tiliches y agarré para Acapulco.
Primero me dijo que me alcanzaría allá en un par de días. Y estaba bien, aunque no conocía sino superficialmente a un par de los que estaban en el proyecto. Luego me dijo que tres semanas. Y luego me llamó para avisarme que se había casado, que mejor se quedaba en el Defe. La boda la había armado en menos de un mes con una chava que había conocido precisamente por los días del viaje...
Fue la mejor decisión de su vida. Con todo lo amigos que hemos sido desde hace ya más de 20 años, no había conocido a su esposa, y tuve oportunidad apenas hace un par de semanas, el día de la primera comunión de su hija, que ahora tiene ocho años y medio. Hugo se ve y se siente feliz y sigue teniendo la misma cantidad de pelo facial que cuando nos conocimos, aunque ambos hemos tenido el pudor de recortarnos el cabello. (Por aquellas fechas yo lo usaba casi a media espalda, y él abajo de los hombros.)
Fui con mi hija Eunice a la primera comunión y fue divertido: su esposa y su hija también se llaman Eunice. No es un nombre terriblemente común, y había que ver las reacciones cuando alguien gritaba "Eunice" para llamar a alguna de las tres.
Don Hugo murió hace cosa de un año, a los noventa de edad. Además de enseñarme cosas acerca del lenguaje y de la ética de la vida, le agradezco que me dejara a su muchacho desorientado, que siempre me ha dado lecciones importantes de maduez y lucidez.


Hugo y yo, veintidós años después
y con pancita(s). Y por fin lo vi de traje.

25 de mayo de 2005

Imágenes perdidas

Cuando murió mi padre olvidé todas las imágenes de los lugares que había conocido en toda mi vida, cosas del síndrome de estrés post traumático. (Además me salieron casi todas las canas que tengo ahora en cosa de un mes; las que peinaba por entonces no eran para tanto.) Él vivía en San José (Costa Rica), y yo andaba por allí, así que bastó con darme un par de vueltas por la ciudad para recuperarlas. Volví a El Salvador, y lo mismo. Pude viajar a Arizona en 2002, y di una vuelta por Phoenix y tres o cuatro caminatas por Sedona y Flagstaff y listo, sólo fue de ver algunos puntos de referencia para que se fijaran de nuevo las imágenes.
El problema fue el Distrito Federal. Durante casi cinco años (mi padre murió en agosto de 2000) tuve que andar por la vida sin las imágenes de 23 años. Sabía perfectamente qué calle hacía esquina con cuál, en qué linea de metro o de autobús se llega a qué parte, y cómo se llama y dónde está mi pizzería favorita, pero no podía ver nada de lo que mencionaba.
Sólo una imagen había sobrevivido: la vista del Parque de la Madre desde la calle de Serapio Rendón, desde la esquina del hotel Compostela, donde por cierto vendían unas hamburguesas terribles que comía por lo menos una vez cada dos o tres semanas en la época en que viví en Isurgentes Centro 123; llevaban cebolla frita, un huevo, una cantidad peligrosa de tocino, jamón, la carne de magnífico tamaño y todo lo demás que debe llevar una hamburguesa.
Por eso, cuando viajé al Defe hace un par de semanas, después de seis años y medio de ausencia, me alojé en el hotel Compostela, que por suerte resultó barato, cómodo y limpio. Del aeropuerto al hotel no entendía nada de lo que veía, a pesar de que manejé la ruta de Río Consulado y Circuito Interior hacia Sullivan varias decenas de veces. Al llegar a Sullivan comencé a orientarme, y al llegar a la esquina del Compostela todo tuvo sentido otra vez... excepto esa única imagen que había conservado desde agosto de 2000. Era una imagen falsa. Donde yo veía, en mi cabeza, un trozo de parque, había una calle que unía Villalongín con Sullivan, una extensión de Serapio Rendón que ya estaba allí cuando salí de México, aunque no cuando llegué. Según yo, exactamente allí había un teatro, pero el teatro estaba a un lado, y el restaurante de comida china habrá desaparecido hará una década.
Después de comer, mi hija Eunice tenía que presentar un examen en la preparatoria, así que quedé de verme con Hugo Martínez Téllez en el Café Habana, a cosa de un kilómetro del hotel. Me fui caminando, y no escogí el camino cómodo, que era tomar Reforma hasta Morelos y de allí derecho hasta Bucarelli, sino que me clavé en las calles que están atrás de Reforma, en una colonia de la que nunca he sabido el nombre. Tuve una confusión: no sabía cuál estaba primero, si la calle de Morelos o la de Donato Guerra. Resultó que era la de Morelos. En Donato Guerra estaba antes EJEA, donde escribía historieta, en un edificio a un lado de donde desemboca Abraham González.
A partir de ese momento el Defe fue mío otra vez, y todas mis imágenes volvieron, incluidas las de los lugares en los que no estuve. Tal vez haya varias imágenes falsas entre ellas, pero qué diablos: son mías. Igual hay otras que no recuerdo más que de manera imprecisa, como las de Mérida, Nayarit, Tlaxcala (me pasé largas temporadas allí), Acapulco (viví casi un año en Acapulco) y qué sé yo, pero por ahora no las necesito. Y siempre queda ver algunas fotos por internet...

24 de mayo de 2005

Otra novela negra

Hace unos minutos puse el punto final al primer borrador de una novela negra que comencé en enero pasado. En realidad no es un primer borrador; apenas es la versión manuscrita, que ocupó todo un cuaderno que Karina Luna me envió de Canadá en enero pasado. (Ahora Karina está en el Defe. Gracias por el cuaderno.)
Es la primera vez que escribo una novela de un tirón. Generalmente escribo un par de capítulos, los paso en la computadora, imprimo, corrijo y escribo otro par de capítulos. Y vuelta a empezar, hasta que completo los diez o doce capítulos que me lleva una novela policial. Luego ajusto todo hasta donde es posible, y eso es el primer borrador. Luego vuelvo a corregir, paso las correcciones a máquina, corrijo de nuevo en pantalla, imprimo, corrijo sobre la impresión, paso las correcciones y eso es el segundo borrador. Y lo mismo para el tercero. De éste sale una versión casi final, esto es: imprimo la novela y la dejo por la paz durante unos meses, y luego doy un par de revisadas finales. Y listo. Hay otro par de correcciones antes de publicarla, pero no son significativas después de las masacres que hago en las versiones anteriores.
De esta novela imprimí y corregí dos capítulos y medio, en marzo o a principios de abril, porque el manuscrito ya era totalmente ilegible con tantas tachaduras y flechitas y frases insertadas por todas partes. Después, sólo ajustes y correcciones a medida que escribía.
Como a medida que uno escribe va cambiando la historia y se van definiendo los personajes, habrá un montón de situaciones que están en el cuaderno que ni siquiera tipearé, o que ya sé que no funcionan y deberé modificar radicalmente. Espero que no me dé amnesia antes de pasarla en la compu, o estaré en un problema.
Generalmente uso plumas de gel con punto 0.5, y esta vez así se fue el 70 por ciento del manuscrito. Hace unos días compré una pluma fuente Parker de modelo antiguo, parecida a una que usaba cuando estaba en quinto o sexto grado de primaria. Es una maravilla. La usé para los capítulos 8 a 11 y, como el papel del cuaderno también es una delicia, me la disfruté bastante. Era como si la novela se estuviera escribiendo sola.
Ahora supongo que deberé sufrir de la consabida depresión post parto. No lo sé, porque usualmente me ocurre después de terminar el primer borrador completo.
Tengo desde el año pasado otra novela pendiente, también policial. Me trabé a mitad del sexto capítulo, y calculo unos 12. Allí está esperándome en otro cuaderno. Un día de éstos la retomaré para ver qué falló y terminarla; no debería ser tan difícil, porque ya tenía casi todo claro. Creo que no debí matar a un dirigente sindical que aparece por allí. Eso debe ser.
Y hay otra novela más, creo que lo más cercano que he escrito a una historia de amor, nada que ver con lo policial. Hace medio año me parecía que la terminaría en días; ahora me daré por bien servido si para mediados de 2006 tengo un buen borrador.

21 de mayo de 2005

Comic update


Dragón y Lupe.

Thierry Davo leyó mi post anterior (o sea el siguente a éste) y me envió un par de portadas de una revista seriada que llevé durante poco más de un año, Dragón el karateca, rebautizada como Dragón.
Después de cuatro años, Arturo Lucero, el guionista anterior, se había cansado y se necesitaba un relevo. Los personajes y las historias se repetían, los directores de revista no sabían cómo renovarla, Arturo estaba harto y las ventas habían bajado. Me pidieron una propuesta y lo primero fue una masacre para deshacernos de los personajes que no funcionaban y para meter a algunos nuevos.
El argumento general era previsible. Dragón era un karateca criado en algún monasterio o dojo japonés, o vaya a saber dónde se críen los ninjas por allá. Tenía un némesis, Áspid, el malo de la película, que siempre usaba una capucha negra que en la frente tenía el dibujo de... una cobra, no de un áspid. Se suponía que nadie debía darse cuenta del cambio de animal, y no era yo quien fuera a librar una lucha de principios al respecto. "¿Por qué una cobra?" "Porque es más llamativa que un áspid." Y así las cosas.
Propuse, después de unos capítulos de transición, llevar a Dragón a México, porque encontraba a su verdadero padre, Rodrigo León de Mendoza, en la vida real el nombre de un tío bisabuelo de mi hija Eunice. Don Rodrigo era asesinado después de unos números, Dragón terminaba en un manicomio y allí Áspid trataba de matarlo. Como estaba inconsciente, lo salvaba una muchacha llamada Lupe (la que aparece en la portada de allá arriba). Ella se encargaba de trapear el hospital, y usaba el simple método de darle en la cabeza con una cubeta al ninja. Se llevaba a Dragón a su casa y allí empezaba un romance entre ambos.
La idea era dar un contraste entre la solemnidad de Dragón y el desparpajo de una muchacha de la colonia Morelos, y funcionó. La revista se sostuvo y subió el tiraje a más del doble. Lupe tenía un hermano pandillero y ladrón que se llamaba "El Tuyú".
Y así sucesivamente.
En una ocasión, a Lupe la secuestró no sé quién y la obligó a desnudarse. No le logró hacer nada, no recuerdo por qué, pero según mis cuentas ella se volvía a vestir en la misma escena y vivía no sé qué aventuras para escaparse. Un día, el dibujante de la revista, Arturo López Ugalde, me atajó desesperado y me dijo: "Éste es el tercer número en el que Lupe aparece desnuda. Ya no sé cómo hacerle para que no se le vea nada." Revisé el guión de tres semanas atrás y, en efecto, se me había olvidado vestir a Lupe. Había hecho de todo en traje de Eva durante dos episodios y medio...
Después de unos setenta números estaba agotado y pedí que me relevaran. Pusieron en mi lugar a Pablo González, que sufrió durante el año y resto que aún le quedaba a la revista. Le recomendé una masacre como la que había hecho yo y no se la permitieron, ni meter a nuevos personajes ni hacer otra cosa que seguir con lo que ya venía, Lupe y Tuyú incluidos. No eran sus personajes, y le exigían que conservara el perfil, el lenguaje y todo eso, así que me odiaba más de lo que reconocía en nuestras pláticas, reuniones y viajes, porque éramos muy cuates.
Se me había ocurrido embarazar a Lupe porque mi ex Luz María estaba embarazada de mi hija Eunice. Había sospechas de que eran gemelos, y embaracé a Lupe con gemelos. Lupe tenía unos antojos terribles, como chilaquiles con cajeta y salsa catsup, no muy diferentes a los de Luz María (un día debí ver cómo engullía un gran taco de arroz con mermelada de fresa; otro, una torta de frijoles con miel y chile). Y en ésas estaba cuando dejé la revista.
Áspid secuestró a uno de los gemelos, para criarlo y educarlo a su muy maldito modo. Después de diez episodios, Dragón mató a Áspid, y la historia terminó con --¡por fin!-- la boda de Lupe y Dragón, que habían vivido más de dos años en el concubinato. Pablo recuperó su paz mental y se dedicó a historietas menos complicadas y más de su estilo.
No sé bajo qué criterios, pero los guiones que hice para Dragón se llevaron un premio, el Tlacuilo de Oro, en la rama de historieta. Los Flores nunca me quisieron dar una copia del diploma, o una foto de la estatuilla.
Ah: parte de la emoción de la revista era ver la cara de Áspid, que siempre aparecía enmascarado. Dragón le cortó la cabeza en el episodio final, y no quiso desenmascararlo. Cosas de guerreros orientales, supongo.

México sin historietas


La Catedral de la Ciudad de México
vista desde donde venden de todo,
incluidos libros pirata.


Durante casi 15 años trabajé en México como guionista de historietas. Historietas baratas, claro está; allí estaba el negocio de los hermanos Flores (Editorial EJEA), de doña Yolanda Vargas Dulché (Editorial Vid) y de Novedades Editores: en sus mejores tiempos, Sensacional de traileros llegó a vender un millón 700,000 ejemplares a la semana, Rarotonga cerca de un millón y eran míticos los dos millones semanales de El libro vaquero. De dos pesos o tres el ejemplar, el asunto era excelente negocio, y los guionistas y dibujantes recibíamos buen dinero en calidad de pago y de regalías. Podía uno hacer varios miles de dólares al mes matándose un poco, y en efecto hubo quienes se agotaron hasta el breakdowny hasta el infarto. Está el caso de Sotero García Reyes, que hacía un guión diario, y todo el mundo le decía que se iba a morir. Y se murió. De un infarto. Ganaba unos 20,000 dólares al mes, que gastaba a un ritmo aterrador junto con su familia; fue la primera persona a la que conocí que le regaló un visón de verdad a su mujer. O el caso menos grave de Roberto Castro y Edgar Martiarena, que durante cuatro meses dibujaban un episodio de 92 páginas en seis días, y su récord fue de cuatro. Terminaron con tratamiento de Valium, porque eran mucho más jóvenes que Sotero, que ya andaba arriba de los cincuenta. En mi caso, apenas hacía entre tres y cinco al mes, junto con algunas traducciones y algo de tipografía: trabajaba dos o tres días a la semana, me daba tiempo de escribir y me la pasaba muy bien.
Hace unos días fui al Distrito Federal a ver a mi hija Eunice, después de más de seis años de ausencia, y me puse a ver los puestos de revistas. Las historietas baratas a las que le dediqué tantos años habían desaparecido. EJEA -donde más trabajé- vendió su edificio en la calle de Donato Guerra a una agencia de viajes y el de la calle de Serapio Rendón sigue dedicado a la distribución de revistas, el negocio secundario de la familia Flores y que ahora parece ser el más boyante. Me cayó la nostalgia, y hasta estuve tentado a pensar que "México ya no es México". Pensé en el metro y las decenas de personas que venían leyendo El libro del amor o Sensacional de maestros y esas cosas, y recordé cómo toda la intelectualidad protestaba porque las revistitas estupidizaban a "la gente". En realidad sólo hay una diferencia de grado entre el incesto y el asesinato en la familia Pérez y en la familia Hamlet, y el que nace estúpido tiene altas posibilidades de morir estúpido, venga de la familia que venga. Pero ése es otro tema.
Al mismo tiempo noté que en todas partes había puestos de libros usados, y de libros pirata de muy buena calidad, y gente que los compraba. Y sé que los lectores de historietas de hace diez años no necesariamente serán los mismos que compren El código Da Vinci a precios bajísimos, pero la esperanza no se pierde. Quiero creer que lo de las historietas de algún modo sirvió como transición --como "educación", diría si fuera un tanto más prepotente-- para que algunos descubrieran el placer de leer, y que ese "México que ya no es México" se esté convirtiendo en algo mejor.
Mi amigo Hugo Martínez Téllez me dice que en realidad las historietas dejaron de venderse porque bajó el poder adquisitivo de quienes la compraban, y que las ventas de libros usados y piratas son marginales. Sea, pues. Yo conservo por aquí algunos títulos de los trescientos o cuatrocientos que escribí y de tarde en tarde soy feliz leyéndolos.

26 de abril de 2005

Tres tristes libros

Todas las noches digo "Voy a poner un par de cosas en el blog", pienso en las cosas que quiero escribir, pasa la noche, llega la madrugada y, aunque esté frente a la computadora, no escribo ni una línea por aquí. Así ha pasado un mes y medio, y ha sido un buen mes y medio.
Para empezar, me encargaron un libro acerca de historia reciente de El Salvador, de un periodo que me apasiona y que viví un poco de lejos, un poco de cerca, cuando apenas estaba dejando de ser adolescente. Lo mejor es que tengo muchos fantasmas de esa época, y los estoy exorcisando: ahora, a los casi 46 años, veo como adulto lo que entonces veía casi como niño, y me doy cuenta de que soy mayor que la gente que trabajaba haciendo la historia (esahistoria). Escribí como sesenta y cinco páginas de borrador en menos de un mes y ahora estoy verificando datos y todo eso. Un primer borrador debe estar listo para agosto, y el libro completo para octubre. Ya hablaremos más tarde del asunto.
Luego, está el libro de mi padre, Acumulación originaria y desarrollo del capitalismo en El Salvador, ya en producción, y deberá salir antes de un mes. Le dediqué bastante rato (con la siempre valiosa ayuda de Krisma) a revisarlo, ponerlo bonito, y confirmé algo que siempre supe, y que no recuerdo si escribí por aquí: mi mayor influencia literaria es mi padre, un economista. El mismo tipo de fraseo, el mismo estilo de subordinadas, etcétera. A estas alturas tengo un tanto más de pericia que él en el manejo del lenguaje (era economista), pero en el proceso Borges, Carpentier y toda esa gente de la que uno habla siempre han quedado en segundo lugar.
Lo más difícil fue hacer un prefacio. Prefería dejar el libro así como estaba, pero el editor insistió en que era necesario, y que lo hiciera yo. ¿Cómo hablar del papá de uno sin que se le salga el orgullo o trate de ponerse por encima de las circunstancias? Pues bien, no sé; hablé un poco de su vida y metí un par de párrafos acerca del libro. Ya tendré tiempo de arrepentirme o de alegrarme cuando aparezca.
Y, en medio de todo eso, a la musa se le ocurrió caerme encima y me he puesto a escribir una novela, con sentimiento de culpa y todo: hay dos más en elaboración desde hace meses. Pero ésta está saliendo tan fluidamente que da lástima detenerse.
Ya tengo el borrador de siete capítulos y algunas correcciones. Si todo va bien, en menos de un mes estará lista una primera versión y a finales del año un texto aceptable.
Ahora lo que quiero es regularizar un poco los horarios de sueño. A veces me duermo a las seis de la mañana y me despierto a las diez, hoy me acosté a las ocho de la noche y me desperté a la una y media de la mañana, a veces simplemente no duermo, y después me aviento doce horas de un tirón.
Vacaciones, eso es. Tengo varios años sin vacaciones.
Y mañana sí me pongo a escribir por acá varias cosas que se me han quedado pendientes. O pasado mañana.

10 de marzo de 2005

De los artículos y otras quimeras del yo

Publicado en El Sur de Acapulco en 1993

Todo el mundo quiere publicar artículos, de eso no hay duda. La pregunta --y con no poco de autocrítica-- es para qué.
Uno tiende a pensar que tiene cosas que decir que a nadie se le habían ocurrido antes, que es capaz de revelar pensamientos reservados sólo a unos cuantos y desgranar interpretaciones que cambiarán el rumbo del país, o por lo menos de las ideas.
Y sin embargo uno sabe que no ocurrirá nada terrible si no escribe, si alguien lee o no lo que a uno se le ocurre frente a la Proverbial Hoja en Blanco después de quince minutos o dos semanas ante la máquina --la desesperación es necesaria.
Hay ideas que rondan durante meses y años y que no se atreven a tomar forma de letras; y, cuando por fin se concretan en un artículo y uno apuesta la vida a su ingenio, en el fondo está claro que nada ocurrirá, excepto que algún amigo le dirá días después: “Oye, estuvo bueno tu artículo. No terminé de leerlo, pero el principio estuvo excelente.”
Si lo que se dice en los párrafos de arriba es cierto, no hay nada que justifique este artículo ni muchos de los que lo acompañan, en éste y otros lugares, de éste y de otros autores; el derecho de escribir, en tanto deban tratarse temas novedosos o enfoques singulares, se reduciría a las revistas de cancerología, enciclopedias y algún anuario de estudios marxistas que se sobreviva a sí mismo.
En realidad lo que a uno le preocupa es qué sería, si no publicaran, de los que arriesgan el ego, y quizá algo más, en columnas semanales o mensuales, que escriben su propio nombre, al inicio de la nota, con respeto temeroso; que revisan obsesivamente sus artículos aunque saben que las erratas y gazapos son esenciales a la escritura.
Y aquí está uno, dándole al teclado.
Uno sabe que no tiene ideas suficientes, o no es capaz de procesarlas a la velocidad suficiente, como para decir cosas sensatas todos los días, ni siquiera cada semana, y envidia hasta la abyección a los que sí pueden. Aun así escribe sólo por el simple hecho de que escribir es divertido, e imagina que leer lo que a uno le divierte puede ser igual de divertido para los demás, y que a veces no saldrán cosas que hagan sonreír, pero le hace la lucha.
Un momento, dice uno mismo: eso es salirse por la tangente. Uno habla de la importancia que pueda tener un artículo, no de la cantidad de sonrisas, escalofríos o franco terror que es capaz de producir --hay modos tortuosos de divertirse.
Y uno, que no tiene deseos de entrar en una desgastante autopolémica, pone punto final.

5 de marzo de 2005

Instrucciones por fin

Hace un par de días llegaron, por fin, 20 ejemplares de Instructions pour vivre sans peau, a.k.a. Instrucciones para vivir sin piel, publicado en octubre pasado en Le Mans por la editorial Cénomane, como se hizo constar en este blog en su momento.
La traduccion es de Thierry Davo, buen amigo si los hay. Ahora está revisando la traducción de Terceras personas (se llamará Ils), que deberá aparecer en menos de un mes. Sus preguntas tan minuciosas acerca del texto me hacen ver cosas que no había visto antes, o que eran tan obvias que no había pensado en ellas, y por lo tanto no las tenía claras. Por ejemplo, me dice que en la editorial tienen una polémica acerca de quién es la persona a la que el personaje del relato "Un cabello oscuro en la solapa" le envía unas cartas absolutamente psicóticas. Y no tengo idea. Sé que es mujer, intuyo que está divorciada de un esposo abusador o detestado en su familia, que tiene dos hijos y muchos conocidos y experiencias en común con el personaje central. Se me ocurre, después 20 años de haber empezado el libro y 10 de haberlo terminado (se publicó en México en 1996), que puede ser una prima con la que tuvo algo amoroso en la adolescencia. Igual son sospechas injustificadas de mi parte.
E.M. Foster dice, en Aspectos de la novela, que la diferencia entre una persona y un personaje de ficción es que la primera tiene una vida secreta, y la vida del segundo está al descubierto, o puede estarlo. Krisma, terriblemente perspicaz, como poeta que es, contradice: "Los personajes también tienen secretos."
Y es cierto. En enero comencé una novela policial. Hace un par de semanas terminé el primer capítulo. Los personajes están allí, y se mueven y caminan y hablan y piensan, pero todavía no sé quiénes son. Es decir: sé quiénes son, pero no cómo han llegado hasta allí. Necesito saber más de su vida para armar la historia. En ésas ando.

3 de marzo de 2005

Volver a los 17

Entre 1976 y 1977, cuando yo tenía 17 años y él entre 41 y 42 (nací en agosto y él en enero; cambiaba de edad con la entrada del año), mi padre escribió el libro Acumulación originaria y desarrollo del capitalismo en El Salvador (publicado por Editorial Universitaria Centroamericana en 1979). Después de una investigación desesperada (no había muchos datos y tenía que escarbar en pies de página y hasta en los colofones), se la pasó un año entero tipeando borrador tras borrador, y de esos días, como de buena parte de mis días, recuerdo el sonido de la vieja Olympia de baquelita en las madrugadas, a una envidiable velocidad de 100-110 palabras por minuto. Antes de la Olympia era una Remington de metal, y su velocidad al escribir no era menor. De esa máquina heredó los dedos pesados, que hacían sonar un profundo "bum" cada vez que ponía la tecla de las mayúsculas. (Cuando cambió a una computadora, en 1989, sus dedos volaban sobre el teclado, y logró un tacto mucho más ligero. Un día hicimos una medición: 130 palabras por minuto, más del doble de lo que yo he logrado en mis momentos de hiperkinesis.)
Cuando terminó el libro, que debía ser su tesis de maestría (estaba sacando su segundo doctorado, si descontamos el honoris causa que le dieron en Colombia en 1971), se dedicó a hacer trámites en la UNAM y me pidió que le ayudara a pasar el libro en limpio. Lo hice, por supuesto, a mis 35 o 40 palabras por minuto de esa época.
Ya con el libro en limpio, se dio cuenta de que "algo" fallaba en la estructura: estaba trabajando con pocos datos, a veces inciertos (la bronca de ser pionero), y muchos los había inferido mediante triangulaciones. Había puntos oscuros que le quitaban fuerza al libro, y decidió reestructurarlo en forma de ensayos independientes. Tachó como loco y después le ayudé a pasar en limpio el resultado. No recuerdo mucho de ese proceso; por esos días debí cumplir 18 años y nació mi hijo Eduardo. (Él a su vez recuerda las madrugadas en las que, entre sueños, oía mi Olivetti sonar y sonar y sonar y sonar.)
Ahora, 28 años después, me dicen que quieren publicar el libro de nuevo, y por primera vez en El Salvador. Acepto, desde luego. Hay que transcribir el texto y la opción lógica es escanearlo y pasarlo por el Omni Page. Pero resulta que la edición está hecha en linotipo, en papel rústico y ya bien amarillo. El Omni Page no reconoce ni siquiera la mitad de las letras, ya no se diga las palabras. Para más etcétera, tengo el ejemplar de trabajo de mi padre y está lleno de subrayados, notas al margen, rayitas aquí y flechitas allá. Y ni hablar de los cuadros, que para un economista son más un modo de vida que un recurso.
Así que me he puesto a tipear de nuevo el libro, y lo disfruto y lo sufro como cuando tenía 17 años. Falta quizá el frío de la Ciudad de México, y falta mi padre acercándose emocionado al ver el avance de su libro y preguntándeme: "¿Cómo vas, chato?"

De punches y escritores

Aldebarán, viejo amigo de este blog, ha escrito un artículo sobre cangrejos y artistas salvadoreños. Lo pueden encontrar aquí mismo. Gracias, Aldebarán.

24 de febrero de 2005

Un buen espejo



Pues resulta que Sandro Cohen, además de ser amigo. buen poeta y ex compañero de trabajo y aventuras internéticas, tiene una editorial en México (http://www.edicolibri.com). Me pidió hace unas semanas una novela para su publicación. Le envié como cinco y escogió una policial, que por cuestiones editoriales y comerciales renombró como Un buen espejo. Resistí hasta donde pude, pero Sandro siempre ha tenido una lógica tan implacable y sencilla que no hay modo de decirle que no durante mucho tiempo. (Aún me despierto por las noches pensando: "¿Por qué no le contesté que...?" o "¡Si hubiera aguantado un email más...!")
El proceso de publicación del libro, junto con dos más hasta el momento, le ha llevado como tres semanas, y no pasará del mes, nada mal para un editor independiente. Y hoy me mandó el "borrador" de la portada, a la que sólo le cambiará el micrófono hi-tech por uno de los años sesenta.
Hay un detalle: el libro está acreditado e Rafael Menjívar, sin el Ochoa. En México ése no es un problema; durante años fui uno de los dos Rafael Menjívar en todo el país (el otro era mi hijo, Rafael Eduardo Menjívar Mérida, mejor conocido como Eduardo). Aquí en El Salvador encontré 72 en el registro electoral, y el Ochoa es incluso necesario, gracias entre otras cosas a que mi padre era Rafael Menjívar (Larín) y a que hay uno con el que me confundieron hace poco más de un año, que formó parte de una campaña anticomunista de lo más desagradable, más un par de abogados y un médico de renombre. En Costa Rica mi padre es bastante conocido, y más de una vez llegaron a felicitarlo no sólo por sus libros de ciencias sociales, sino también por sus novelas; algo parecido pasa en Francia, donde era catedrático visitante de La Sorbona. En Centroamérica y Francia, pues, tengo que ser Menjívar Ochoa. En México he publicado sólo como Menjívar, y que me perdone mi madre, pero me encanta esa simplicidad, gracias a la cual alguna vez me pidieron también que autografiara un libro sobre acumulación originaria de capital, después de felicitarme por ser tan joven.
El otro detalle es que siempre peleé para que no pusieran fotos mías en mis libros, y sólo dos veces no he tenido éxito. La primera, con Histoire du Traître de Jamais Plus, en 1988; la segunda, ahora, con Un buen espejo. Y además se lleva toda la contratapa... Pero no me atrevo a discutir con Sandro, o es capaz de convencerme de que le mande una más grande. Por suerte la foto es buena, tomada por mi amigo Víctor Hugo Barrientos para un libro que iba a publicar Editorial Norma, que retiré porque a la editora en Costa Rica se le ocurrió decirme que no me daría un adelanto en efectivo porque publicar con Norma más bien era una oportunidad para mí. Y quizá fuera cierto, pero había que ponerse digno, a falta de una actitud más redituable.
Es mi primer libro para 2005. En marzo aparecerá Ils en Francia, una traducción de Thierry Davo para Terceras personas (UAM, México, 1996), y me han dicho que por mayo aparecerá, también en México, Instrucciones para vivir sin piel, publicado en Francia el octubre pasado. Prometen asimismo un par de reediciones en El Salvador.
Seguiremos informando.

23 de febrero de 2005

Santa María de Iquique y otras circunstancias

En 1969 mi padre se pasó un año sabático en Chile (nueve meses sabáticos, en realidad), del que resultó su libro Reforma agraria en Chile (Editorial Universitaria, San Salvador, 1970). Era su tema en ese entonces (mientras estaba en Chile apareció otro libro, Reforma agraria en Guatemala, Bolivia y Cuba, que aún es parte del programa universitario en El Salvador), y de hecho fue su tema, muy a su pesar, durante lo que le alcanzó la vida. Buscaba trabajo como profesor de teoría del estado --que le apasionaba-- o estudios latinoamericanos o cosas así, y lo contrataban como economista agrícola. En sus últimos años logró investigar y publicar de otros temas, gracias a que era el jefe y decidía qué investigaciones se hacían y quién las hacía.
Cuando regresó de Chile trajo varios discos, escondidos en fundas de Los Huasos Quincheros, los Hermanos Silva y Leonardo Favio, junto con otro en una funda totalmente blanca.
Tenía sólo 10 años, y me prohibieron estrictamente que oyera los discos si no estaba mi padre presente, y era poco el tiempo en que estaba presente (al año siguiente lo elegirían rector de la Universidad de El Salvador y la campaña y los preparativos ya estaban en marcha). El motivo de la restricción era sencillo: bastaba con que algún policía o guardia nacional que pasara frente a la casa escuchara cualquier cosa de la que hubiera en los discos para meternos en serios problemas. O alguno de los policías de civil que nos rodeaban desde que yo tenía memoria: uno que seguía a mi madre a cualquier parte, un automóvil completo lleno de judiciales para mi padre y uno que se la pasaba frente a la casa simulando que no existíamos, más una patrulla con uniformados a media cuadra, más los teléfonos intervenidos y toda la parafernalia de las dictaduras de aquel entonces. (A partir de mis doce años tuve mi propio policía, que me seguía a donde fuera. No iba a muchas partes, así que el tipo se ganaba la vida sin complicaciones.)
Escuché, algún sábado, a bajo volumen, fragmentos de la Cantata de Santa María de Iquique, de Quilapayún. Quizá fue lo que me llevó a empezar con la música un par de años después. No tanto por la temática o la intensidad de la narración y de la interpretación, sino por el sonido como cortado a cuchillo de la quena, el brillo del charango, las disonancias que no se parecían a nada que hubiera oído hasta entonces, la métrica de las letras, harto diferentes de las canciones de protesta que había oído y de la mayor parte de las que oiría después, excluyendo desde luego a Violeta Parra, que aún me encanta y a quien aún admiro.
Junto con el disco, mi padre trajo una quena. No hubo modo de sacarle sonido. Alguna vez me pusieron un charango entre las manos, pero la persona que lo tenía no sabía ni afinarlo. Vi algún bombo de lejos, en Costa Rica, por allí de 1974. Aunque para ese entonces ya tocaba razonablemente la guitarra, no hubo quien me enseñara los respectivos acompañamientos.
Cuando llegamos a México, en 1976, encontré de todo: los instrumentos y gente que los tocara, porque precisamente estaba de moda la música sudamericana y era de buen tono que la gente de izquierda la escuchara todo el tiempo. Me pasé tres años aprendiendo y llegué a manejar razonablemente un par de los intrumentos. Cuando ya los manejaba me di cuenta de que lo que me gustaba era otra cosa, y que más bien quería ser escritor. De algo me sirvió, en todo caso; algunos centavos gané con eso, y me divertí.
Hoy, treinta y cinco años después de la primera vez, unos quince después de escucharla por última, conseguí nuevamente la Cantata (la escucho por segunda vez mientras escribo esto) y la disfruto sin juzgarla; me ha acompañado durante buena parte de mi vida y sería injusto y tonto. Quisiera ponerme inteligente o pedante y decir "Bueno, hay que entender, el tiempo ha pasado, esa época de la música de protesta, claro, Quilapayún sigue siendo un icono, ya superado pero icono al fin", etcétera. No puedo ni quiero. Me doy cuenta de que conozco las letras de memoria, cada inflexión de la voz del narrador, cada vibración de las quenas. Y, con todo lo trágico de la historia que cuenta, me llena de alegría oír el disco y saber que el tiempo no borra todo (y de hecho borra muy poco). Lo oigo a bajo volumen no por añoranza o peligro, sino porque son las tres y tantos de la mañana y la bebé y Krisma están dormidas.
Para cerrar la historia, en aquellos mis diez años, un día saqué de su escondite los discos prohibidos de mi padre, me fui a casa de la abuela (que vivía al lado) y los escuché durante toda una tarde en el aparato de sonido del tío Mauricio, un Fisher de lo mejorcito. Entre los discos estaba la Cantata, que oí completa por primera vez, y algo más, que no recuerdo; creo que eran cosas de Angel Parra y Víctor Jara.
Escuché el disco que venía en la funda en blanco, sin etiquetas por ninguna parte. Era una voz desagradable, leyendo cosas con mucho ritmo pero que no me decían nada. Mi medida de la poesía era el Romancero gitano, de Lorca, que mi padre me leía desde que era bebé, sentado en sus piernas, y algo de Quevedo y Barba Jacob. Lo que me pareció en ese momento fue que el tipo del disco no creía en lo que me estaba diciendo, y nunca soporté a la gente así.
No reuerdo cómo se enteraron de que había escuchado los discos; quizá llegaron antes de tiempo y no hubo modo de ocultarlo. Después de un regaño pavoroso, comenté con mi padre lo del tipo del disco, y dijo que en efecto leía muy mal su poesía, pero que era uno de los genios de la poesía y que seguro se ganaba el Nobel aunque fuera comunista. Cuando en efecto se ganó el Nobel, compró --también clandestinamente-- sus poemas completos, y juro que traté de que me gustaran, al menos de encontrarles alguna gracia. Hasta ahora ha sido imposible. Si la clandestinidad no había logrado que le agarrara aprecio a Neruda, nada lo lograría. Ni lo ha logrado.

Nota bene: Acabo de buscar en Amazon.com la Cantata de Santa María de Iquique. Encuentro que hay dos discos disponibles, y que el precio de un ejemplar "casi nuevo" es de $1,010.84. Sí: mil diez dólares con ochenta y cuatro centavos. El de uno nuevo es de $1,010.85, o sea de un centavo más. Y eso que la izquierda y sus iconos están a la baja. No pagaría tanto por un disco que debería ser para todos, no sólo para el dueño (seguramente snob) de una cantidad que alcanzaría para comprar, digamos, las obras completas de Bach, y algo más.

7 de febrero de 2005

Nerd o no nerd

Después de trece años de andar dando vueltas por Internet y de tener algunos amigos adictos a cosas como Linux, Star Trek y The Hitchiker's Guide to the Galaxy, y de ver que son más o menos como uno ha sido durante su vida (quizá más inclinados a la tecnología y a la ciencia que a la literatura), el término "nerd" ya suena natural, aunque entiende que los nerds son los demás, que uno sólo anda en lo suyo.
Uno, buscando buscando, encuentra una página en la que se puede medir el nivel de nerditud y, a falta de otra cosa que hacer antes de irse a dormir, realiza el test correspondiente. Algunas de las preguntas son un tanto bobas, como "Do you have biohazard or warning signs posted in your room?", y la respuesta es no; esas cosas generalmente no se ponen cuando uno tiene una bebé de 8 meses dentro del cuarto. Hay una cierta simbología, un algo de pudor, cierto sentido de las proporciones y una esposa que lo impiden. Un nerd de verdad no sólo contestaría de manera positiva: es seguro que tendrá los letreros dentro de su cuarto, con o sin esposa y/o bebé.
A otra pregunta ("What is the grossest thing in your room, right now?"), hay una serie de respuestas a escoger: "Nada. Está limpio." "Algunas ropas sucias." (La verdad en el caso de uno; hoy vino la señora que lava y plancha.) "Algo de comida vieja." "Insectos y roedores." "Insectos y roedores muertos." Supongo que algunos de los nerds de verdad, o todos los que quisieran ser nerds, marcarán la última opción, los primeros porque es cierto y los segundos para levantar la puntuación y la autoestima, pobrecitos ambos.
Uno dice: "Bueno, mi puntaje bajará cuando conteste que uso Windows y no Linux o Solaris". Windows es el sistema operativo universalmente despreciado por los nerds (aunque casi todos lo usen y se justifiquen diciendo que es "por cuestiones de trabajo"). Se resigna asimismo a contestar que Mn es la abreviatura para el mendeleevio, porque obviamente el magnesio se llama Ma y el manganeso es Mg, como todo el mundo sabe; la respuesta llega por simple descarte. Incluso uno se porta decente y contesta lo de "¿Qué tan nerd se considera?" con un "slightly nerdy", que suena exagerado y hasta soberbio. Por eso, uno se desconcierta cuando el asunto ese le dice:

21% scored higher (more nerdy), and
79% scored lower (less nerdy).

What does this mean? Your nerdiness is:
Mid-Level Nerd. Wow, it takes a lot of hard nerdy practice to reach this level.


Y resulta que un punto más (un 80) basta para que lo manden a uno a que presente solicitud en el MIT, porque es un nerd de hueso colorado...
Hay de dos: o uno ha vivido en la ignorancia de sí mismo o la máquina de tests miente, porque uno ha contestado la verdad (aun pudiendo truquear y ser declarado nerd de nerds), y la verdad es que más de la mitad de las respuestas deben estar mal en materia de nerditud. Y no. Aquí está la prueba (puede seguir el link para hacer usted mismo el test):

.I am nerdier than 79% of all people. Are you nerdier? Click here to find out!

Uno se pregunta entonces: ¿qué es un nerd? Y busca, desde luego, en un buscador que no sabe si los nerds usen, pero deberían (http://www.ask.com). Ante la pregunta "What is a nerd?", la respuesta llega sin piedad:

Nerd (also nurd). n. (slang) A stupid, foolish, socially inept or unattractive person. A person (usually male) who is single-minded or accomplished in scientific pursuits, but lacks social skills. An unpleasant, unattractive, ineffectual or insignificant person. Also geek, anorak, bufty, train-spotter.

Como cuestión de status quince o veinteañero está bien, pero a la edad de uno (y con una bebé de ocho meses que tarde o temprano se enterará de lo que es su padre) no es agradable que le digan cosas así, aunque algunas sean ciertas. Está bien que en las películas sobre adolescentes y universitarios siempre haya un personaje "chistoso" que use lentes, tenga dientes de conejo y babee textualmente al ver hasta a la menos guapa de la clase, y que se burlen de él porque sabe de todo y lo desprecien porque se saca 10 en los exámenes; está bien que uno tenga problemas para relacionarse con la gente (pero sólo cuando lo intenta), y hasta es soportable lo de "single-minded". Pero poner "desagradable", "nada atractivo" e "insignificante" al mismo nivel que "intelectual" puede ofender... aunque mida claramente el concepto que "los otros" tienen de sí mismos y del conocimiento como algo necesario para que su siguiente celular sea más barato, traiga más lucecitas y muchas más características inútiles. (En el caso de uno, para que se diviertan con la siguiente novela que publique.)
Y los nerds (los de verdad) se sienten gratificados con ese tipo de definiciones. No porque realmente les gusten, sino porque, con todo y lo dolorosas que son, ellos saben que los demás no tienen maldita idea de los placeres únicos e intransferibles del conocimiento (útil o no: es lo de menos), de la belleza de las sutilezas sobre un tema o una frase que a los demás les parece simple redundancia, de la maravilla de saber (o querer saber) el nombre de cada cosa que uno ve en el mundo o imagina en sueños, y averiguar cómo todo (es decir todo) llegó allí, y para qué, y cuándo, y cómo, y desde dónde. Nada más saberlo. No importa el carácter de las respuestas, sino saberlas, y emocionarse con ellas, y nada más. Para un nerd, toda información tiene el mismo valor, de las tradiciones germánicas antiguas a los nombres y apodos de los Hombres X, de la teoría del caos a la poesía de Torcuato Gemini, de la cifra interminable de Pi a la receta secreta del pollo Kentucky.
O eso es lo que a uno le han contado.

26 de enero de 2005

Fiestas con gorila

Cuando tenía como 18 o 19 años, se me ocurrió hacer unos cuentitos con fines panfletarios que, por suerte, no le gustaron al comisario en turno, por considerarlos pequeñoburgueses o algo así. Se publicaron en alguna parte en por allí de 1980. Los cuentos le deben mucho a De tropeles y tropelías, el primer libro de Sergio Ramírez, que sigo releyendo y disfrutando. El título de los relatos tiene que ver con una historieta que aparecía cuando era niño, que se llamaba "Congorila".

Fiestas con gorila
I.
Y es que el gorila estaba aburrido de ver siempre el mismo cielo limpio y azul, sin siquiera una nube gris que anunciara tormenta.
Reunió a su Consejo de Ministros y ordenó: Que haya lluvia porque ése es mi deseo; ya estoy harto de que en este país ni siquiera pueda caer una lluvia pequeña, como sucede en las repúblicas vecinas.
El gorila delegó a un ministro cada semana para que trajera la lluvia. Ministro que no cumpliera, sería pasado por las armas al domingo siguiente.
Tres gabinetes desfilaron frente al pelotón de fusilamiento, y tres más antes de que el gorila decidiera que en realidad para qué, que al país hay que aceptarlo tal y como es porque así es más nuestro, y mandara a dar su más sentido pésame a cada viuda de cada ministro muerto en el cumplimiento de su deber.

II.
Un día la madre del gorila fue sorprendida por las autoridades correspondientes en flagrante trato carnal ‑documentado con fotografías‑ con uno de los más altos dignatarios de la República. Tras las pesquisas de rigor, encontróse que la Primera Madre no sólo entendíase con él, sino que buena parte de los funcionarios del actual régimen, y no pocos del anterior, habían pasado por su generosa cama.
Todos los funcionarios involucrados, aun a riesgo de crisis política, fueron desterrados de por vida, y su madre debidamente fusilada. Pues el gorila podía ser cualquier cosa, pero nunca un hijo de puta.
Hubo tres días de duelo nacional.

III.
El gorila llevaba por lo menos treinta años al frente del país cuando un funcionario perspicaz descubrió que hasta el momento no se había hecho una sola fotografía suya. Más aún: el pueblo no conocía al gorila en persona, mucho menos en fotografías, estatuas, óleos ni cosas por el estilo.
Así, la Asamblea Legislativa en pleno aprobó un decreto‑ley en el cual se ordenaba levantar estatuas, hacer óleos y repartir fotografías del gorila por todos los confines del país, para que el pueblo conociera a su benefactor.
La primera noche, a unas horas de develadas, todas las estatuas volaron por los aires convertidas en confeti de mármol, merced a efectivos aparatos explosivos de fabricación casera. Las fotografías amanecieron en medio de las calles, cubiertas de leyendas infamantes, y los cuadros fueron convertidos en cenizas por turbas enfurecidas que asaltaron las oficinas gubernamentales.
El gorila decretó el toque de queda y el cese de las garantías constitucionales, y fue entonces que comprendió que en su caso sucedía lo mismo que con Dios: la gente no lo veía, pero creía en él, y que así era mejor. Decidió, pues, que su pueblo tenía razón al desbocarse como lo hacía, pues era equivalente a la herejía el rebajar su grandeza al pagano nivel de efigie.
Se pidieron discretas disculpas a los familiares de los desaparecidos.

IV.
Cuando se murió el gorila, la junta militar que ascendió al poder ordenó que se guardara un mes de silencio, en muestra de duelo por la sensible pérdida del prócer de la Patria y en honor de su siempre vivo recuerdo.
Todo el pueblo estalló en carcajadas, que no fueron acalladas ni con los fusilamientos, encarcelamientos ni con otras oportunas medidas.
A la semana siguiente, y viendo que la cosa continuaba, la junta ordenó que todo el mundo debía reír a carcajadas, en señal de regocijo por que el patricio hubiese alcanzado, en el Cielo, la condición de santo y estuviese estratégicamente sentado a la diestra del Padre.
Años después, las carcajadas continuaban, y hubo de llegar otro gorila a la Primera Magistratura para que la vida transcurriera con la tristeza que garantiza el orden constitucional.

V.
Cuando el nuevo gorila tomó el poder se quedó atónito: no había nadie a quien gobernar. Todo el pueblo se había ido, llevándose con él las casas, los ríos, los árboles, los perros y los aplausos.
El único que decidió no irse, un vagabundo que a nadie tenía en esta vida, fue encarcelado y posteriormente pasado por las armas, acusado de abuchear unánimemente al nuevo gorila durante su discurso de toma de posesión.

11 de diciembre de 2004

Pobrecitos poetas que somos los demás


Roque Dalton

(Artículo publicado en El faro en algún momento de 2003)

Roque Dalton murió hace casi tres décadas y dentro de algunos sectores sigue considerándosele como la más alta cumbre de la poesía salvadoreña. Hay algo de cierto y mucho de relativo en la afirmación. Es claro, no obstante, que uno de los revolucionarios de las letras nacionales se ha convertido en la bandera de un paradójico conservadurismo y en instrumento para ocultar las carencias de sus más incondicionales seguidores, o en el peor de los casos para darles algún prestigio académico o literario.

Para la izquierda, el carácter de su literatura de corte político convirtió a Dalton en un héroe de las letras; su muerte, a manos de sus propios compañeros, en un mártir. Es a su heroísmo y a su martirologio que ciertos intelectuales han ligado la calidad e incluso la validez de su obra. El mito ha llegado a un punto en el que no es necesario leer, y mucho menos estudiar, su poesía ni su prosa para ser especialista en Dalton, sino conocer de los avatares de su vida, manejar algunas consignas que forman parte del lugar común y tener la capacidad para generar nuevos mitos y para especular sobre los motivos verdaderos y las verdaderas circunstancias de su muerte. Su obra pasa así a un segundo y lejano plano con respecto a su vida, y su ideología y sus opciones personales de vida sirven para que se dé como valiosa alguna de su obra que, por su carácter urgente, ha perdido vigencia, si alguna vez la tuvo.

Hay varios hechos sintomáticos: el bautizo del antiguo Teatro de Cámara de San Salvador con el nombre de Teatro Municipal “Roque Dalton”, a pesar de que no contribuyó de manera interesante a la dramaturgia salvadoreña; la utilización de fotografías del autor, como las de su ficha policial y las de la infancia, en las portadas de las ediciones de UCA Editores (EDUCA, Siglo XXI y otras generaron portadas que venían más al caso) y el carácter de las polémicas recurrentes acerca de su muerte. Estas últimas se hacen pasar como discusiones meramente intelectuales, cuando se trata de un asunto judicial que debe resolverse en los tribunales. Si los interesados desearan que la verdad saliera a la luz, interpondrían una denuncia ante la Fiscalía General de la República, aportarían elementos para el seguimiento de pistas y ejercerían las presiones necesarias para que no terminara en el olvido.

LA EDAD DE LA RAZON

Dalton murió a los cuarenta, la edad a la que un autor comienza a ofrecer su obra de madurez, si se ha preparado a conciencia. Y había ya un vislumbre de lo que sería su obra madura. En Taberna y otros lugares está el poema largo “Los extranjeros”, que es en efecto una de las cumbres más altas de la poesía salvadoreña, y que curiosamente sus especialistas no han estudiado a fondo y rara vez mencionan, quizá por su complejidad y porque plantea retos demasiado complejos. Salvo algunos poemas sueltos, el resto del libro está formado por “textos de emergencia” o de corta vida. Uno de ellos es el poema experimental “Taberna”, superado con creces tanto en lo formal como en lo temático; no es de extrañarse después de 34 años de su publicación.

Un poema excelente sobre el que se habla poco es “Esbozo de adiós”, en el que se ve también esa etapa madura a la que Dalton no entró de lleno.

Pobrecito poeta que era yo es una novela que no llegó a cuajar (las de Manlio Argueta, Jacinta Escudos y Mauricio Orellana tienen mucho más que ofrecer literariamente); Las historias prohibidas del pulgarcito es una propuesta audaz y muy bien lograda; la primera parte de La ventana en el rostro incluye páginas y frases memorables, y hay aquí y allá poemas de amor que no queda más que recordar. Un buen balance, aunque parezca magro, para un poeta de cuarenta años.

Ahora, sin embargo, hay poetas de esa edad, o más, que eran unos adolescentes cuando Dalton murió y que, incluso gracias a él, han alcanzado un grado de depuración a la que, por cuestiones de tiempo y de vida, no llegó.

Alfonso Quijada Urías, hermano menor de Dalton en materia literaria, y con veinte años más de experiencia, cuenta con una obra global que no necesita de la apología personal o política para sostenerse. Con Comarcas, Miguel Huezo Mixco ha llegado a una envidiable economía poética, lo mismo que René Rodas con La balada de Lisa Island y El libro de la penumbra, ambos de próxima aparición. La casa en marcha, de Carlos Santos, es uno de lo más sólidos e innovadores poemarios publicados en el país desde Los estados sobrenaturales, de Quijada Urías, y Los nietos del jaguar, de Pedro Geoffroy Rivas.

El hecho de convertir a Dalton en figura central de las letras nacionales oculta, a sabiendas o no, que la vida ha seguido su marcha desde 1975 y que desde entonces las letras han evolucionado y generado nuevas e importantes propuestas.

El ocultamiento no se refiere sólo a los que siguieron de Dalton, sino también a los maestros: Geoffroy Rivas y especialmente Hugo Lindo, quien con el poemario Desmesura se coloca en un lugar que aún no ha alcanzado nuestra poesía, por no mencionar los mejores pasajes de Sólo la voz.

AFIRMACION Y NEGACION

Hay otras consecuencias graves en la mitificación de Dalton, además del desconocimiento real de su obra y la “represión” de otros poetas. Por una parte, el mensaje que se da a los poetas jóvenes en el sentido de que es inútil el trabajo y la experimentación: no se podrá superar a Dalton (para igualarlo, tal vez, sería necesario convertirse en mártir). Por otra, y consecuencia de lo anterior, sólo queda el camino de la imitación para llegar a alguna parte.

Por eso quizá el panorama poético es tan desolador a pesar de la cantidad extrema de poetas que se mueven y autopublican en El Salvador. Por debajo de los cuarenta y por encima de los veinticinco pueden contarse con una mano los poetas con propuestas propias y sólidas. Quizá el más interesante sea Carlos Clará, con Los pasillos imaginarios, poemario aún inédito.

Por debajo de los veinticinco años comienza a notarse una fuerte tendencia a negar a Roque Dalton como poeta fundamental precisamente por los motivos que para los mayores es valioso: su orientación política, su apología de la violencia (que tuvo su tiempo y sus motivos) y el aura de santón que injustamente se le ha creado desde la oficialidad de la izquierda. Y es lógico tal rechazo: el papel de los más jóvenes es romper con la ortodoxia y el dogma, del signo que sea. Roque Dalton, pues, está quedando como símbolo del conservadurismo de la izquierda, ni más ni menos el tipo de conservadurismo que lo mató.

Entre los poetas más jóvenes se ven varias tendencias. La predominante es el desconcierto ante la inexistencia, por ocultamiento o ignorancia de sus maestros, de parámetros sólidos que los guíen en su obra. Otra es la búsqueda y adopción, a contracorriente, de parámetros alternos, sólo a veces con éxito ante la falta de información.

Hay algo cierto: la avidez de conocimiento existe, y tarde o temprano las cosas se pondrán en su lugar, la poesía de Roque Dalton (y la de otros) incluida. La honestidad de académicos y escritores podría hacer de este proceso algo menos azaroso, y así Roque Dalton brillaría por lo que es: uno de los poetas más innovadores que ha dado el país, a pesar de su fin prematuro.

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Actualización de 2004.- Pues bien, en la Universidad de El Salvador se inauguró hace unos meses la Pinacoteca "Roque Dalton", en homenaje más a la figura que al poeta... o al pintor. Porque Dalton no se dedicó a la pintura, que se sepa. Eso, me parece, es no tener sentido de los límites.

6 de diciembre de 2004

Poetas niños

Durante los último setenta años, los salvadoreños hemos soportado el mito y la obra de Alfredo Espino, "el Poeta Niño", nacido en 1900 y muerto en 1928 de una cirrosis hepática. Y la gente lo adora cuando alguien declama (porque Espino no es para leerse, sino para declamarse, de preferencia en veladas infantiles, con brazos como aspas de molinos y ojos mirando al cielo):

Y es porque un pajarito de la montaña ha hecho
en el hueco de un árbol su nido matinal.
El árbol amanece con música en el pecho
como si tuviera corazón musical.
Si el dulce pajarillo por el hueco asoma
para beber rocío, para beber aroma,
el árbol de la sierra me da la sensación
de que se le ha salido cantando el corazón.

Y así toda su producción: un canto a los ojos de los bueyes, a lo que ven los pájaros cuando vuelan, a las manos de su mamá, etcétera. Si a uno se le ocurre anotar que para alguien de 28 años (o más de 15) sus poemas son rimas bobas o textos de tarjeta postal, sus seguidores contestarán:
-Es que por eso se le llama "el Poeta Niño", porque su alma es inocente.
Si uno recuerda que Espino murió regresando del burdel donde adquirió a pulso la cirrosis que lo mató, y que sus amores eran prostitutas (razón de más para esperar al menos una Dama de las camelias tropical), le dirán que eso no hace más que demostrar que su alma no se vio ensuciada ni siquiera por su vida disoluta, y que en realidad era así porque sufría tanto por toda esa sensibilidad que tenía...
Y no se le ocurra mencionar que, mientras Espino moría de bucolismo y alcohol, en México existía una generación de poetas monstruosos, formada, digamos, por Gorostiza, Cuesta, Owen y Villaurrutia, y que el chileno Huidobro estaba a punto de publicar la versión definitiva de Altazor (la primera vio la luz en 1919).
-Aquí estamos en El Salvador -dirán-, y aquí sentimos las cosas a nuestro modo.
Y ya no le harán caso cuando mencione a Rimbaud o a Mishima o a Jarry: ésos no eran niños, porque no escribían como Espino. Y en este punto uno debe reconocer que tienen razón.
En los últimos años, en La Casa del Escritor, hemos trabajado con "poetas niños" de verdad, como lo muestra la foto de allá abajo. Y hasta ahora no han escrito de pajaritos ni de bueyes, ni siquiera de las manos de su mamá ("tan acariciadoras, tan de ella"). De hecho, ellos y algunos más están cambiando la noción de "poesía joven" en el país; hasta hace muy poco, tipos canosos se presentaban como "las promesas" de las letras locales... que nunca se cumplieron.
Gerardo Chávez participó hace unos meses en un concurso de poesía joven salvadoreña, y no ganó. Uno de los jurados señaló que se había buscado un trabajo que fuera representativo de lo que están haciendo los jóvenes en El Salvador. Si ése era el parámetro, no había mucho que reclamar.
Apenas hace unos días, en una prestigiosa revista de Guatemala apareció una microantología de poesía salvadoreña: tres autores con textos de por lo menos cuatro páginas cada uno. El primero es el susodicho jurado, de sesenta años de edad; el otro es un poeta de la Generación Comprometida (65); el otro es Gerardo Chávez, de quince años. Justicia poética, le dicen.
Nathaly, a sus dieciséis años, sufrió durante un rato: en La Casa del Escritor, buena parte ha optado por escribir poemas muy largos, y ella más bien tiene talento para escribir poemas casi microscópicos. Cuando se convenció de eso, comenzó a producir poemas de dos a cinco versos de largo que son como machetazos en la pituitaria. Son tan buenos que hace poco casi la reprueban en la secundaria: le pidieron un poema, llevó un poema y le dijeron que "eso" no era poesía, que no tenía inspiración... como la de Alfredo Espino. Y era cierto, a la luz de esta miniatura:

INVIERNO
La niebla carcome mi cabello.
El frío congela las uñas
de estas manos que quiebran esqueletos.

Tere Andrade hace poco se arruinó un ligamento en la pierna... uh... (a veeer...) derecha. Después de no llegar a La Casa durante casi un mes, apareció con sus muletas para que le diéramos un abrazo y le dijéramosque todo estaría bien, que siguiera escribiendo un poemario formado por veintisiete poemas que va a hacer historia. Y, claro, en sus años más mozos (ahora tiene 20 años), recibió burlas, ataques y expulsiones en talleres literarios donde ser niño era permitido, pero no poeta.
Y estoy siendo injusto con Espino. En realidad él no publicó nada, sino su papá, con la ayuda del poeta Joaquín Castro Canizales (Quino Caso), a la muerte del tardío infante. El engendro se llama Jícaras tristes.
Hace unos años un par de historiadores lanzaron la versión de que Espino (para horror de todos) se había suicidado, y que además era homosexual. Me parece que llegaron un tanto lejos en busca de alguna nueva y original teoría sobre el "poeta nacional" salvadoreño, cuya biografía no da para mucho, pero hay algo cierto: niño no era.

Gerardo Chávez (15 años), Nathaly Castillo (16) y Teresa Andrade (20). De espaldas, Yuleana Juárez, que con 31 aún es niña de corazón y escribe unas excelentes obras de teatro.

La equidad de género y el sonrojo

Terminamos de leer las ponencias y el moderador (el vicerrector de la Universidad de Costa Rica) pregunta si alguien del auditorio tiene alguna pregunta o comentario, para pasarle el micrófono. Se alzan siete u ocho manos en el auditorio. Las dos primeras, según alcanzo a ver desde la mesa, son de dos mujeres que están sentadas al frente, a la izquierda. El vicerrector dice que le pasen primero el micrófono a los hombres que están al frente, a la derecha, luego a los que están atrás y por último a las dos mujeres.
El primero al que le dan el micrófono protesta:
-Ellas van primero. Levantaron la mano primero.
El vicerrector habla con voz tranquila, pero firme:
-Es por una cuestión de equidad.
Y el micrófono pasa por todos los hombres antes de llegar a ellas, que no sé si se veían orgullosas o enojadas, porque son expresiones que se parecen demasiado para distinguirlas desde esa distancia.
¿Dónde empieza lo correcto y dónde termina lo ridículo? Ni idea. Si alguien lo supiera con certeza, el mundo sería menos complicado, aunque también menos divertido. Lo que sé es que los ponentes menos versados en la problemática de género salimos de allí con un sonrojo y no nos atrevimos a comentar el asunto, ni aun en voz baja, no fuéramos a violar la dignidad femenina o masculina de alguien.

3 de diciembre de 2004

De turistas, hoteles, proxenetas y tarjetas

Sonará a verdad natural, que es como decir de Perogrullo: a los turistas todos les quieren sacar la mayor cantidad de dinero posible.
Las cosas son más caras para ellos, y se parte del supuesto de que tienen suficiente dinero para pagar lo que sea sólo porque son turistas. También se parte de que las instalaciones para su atención son más caras... y son más caras porque los turistas tienen dinero para gastar y amortizar lo que se gastó en las instalaciones. Y así sucesivamente.
Un tipo que recibe un salario que supongo digno --para eso están las leyes-- espera una retribución extra por hacer lo que de todas maneras debe hacer: abrir una puerta, servir en un restaurante o llevar una maleta a un cuarto. Y el turista se la da, cómo no, y hasta sonríe con algo de superioridad: ha ahorrado durante meses o años para demostrar que puede tirar ese dólar en algo que no necesita --bien podría abrir él mismo la puerta--, cuando allá en Oklahoma o San Salvador compra una pasta de dientes que no le gusta porque es quince centavos más barata.
Conocer otros lugares, probar otra comida, andar entre personas que algo tienen de diferente, debería ser algo natural... y a precios razonables. Francamente, ¿quién necesita ese mostrador de caoba, iluminado por arañas de cristal cortado, con mármol por todas partes? El de Oklahoma y San Salvador no tienen en casa algo que se le parezca remotamente, y el que tiene dinero para darse el lujo no se va a quedar en un hotel de tan mal gusto: se compra un departamento y ya, o lo renta en un lugar más discreto, sin tanto aparato innecesario.
Lo que las agencias de viaje venden en realidad, en connivencia con hoteles, tiendas y los propios habitantes del lugar, es la ilusión de que, durante cuatro días y tres noches, uno es quien no es, y todos están atentos al menor guiño, al cigarro que uno quizá no quiera encender en ese momento, a la mirada que se va detrás de una joven nativa. Uno es especial, único; compra en lugares en los que no compraría en su vida de siempre y en su sano juicio. (Uno, cuando viaja, no está en su sano juicio. Por eso viaja.) Y todo, desde luego, tiene un precio que se paga a manos llenas; ya habrá tiempo para regresar a las facturas de la luz y al jefe que hostiga de ocho a cuatro, y a las camisas en rebaja, que por algo lo sufre uno: por el placer de viajar y de soñar que el mundo es bueno, y allí están las tarjetas postales para comprobarlo.

NOTA BENE 1.
Ya comienzan a desaparecer los carteles turísticos de mujeres en bikini, de mujeres con minifalda, de mujeres de ojos claros o muy oscuros, pero siempre sugerentes; de mujeres de diferentes maneras y colores, especialmente los firmados por ministerios de turismo. Ya no se leen casi los folletos que hablan de "las hermosas mujeres" de los países en cuestión como atracciones turísticas. Si ha habido algo patético, ha sido ese proxenetismo institucional que, en suma, apenas busca que alguien le dé propina a un mal pagado tipo que abre una puerta y que los hoteles cobren caro por un lujo que uno no necesita.

NOTA BENE 2.
Todo lo anterior surgió de un motivo un tanto estúpido, pero significativo. Compré una tarjeta de teléfono de mil colones en una tienda para turistas en San José (Costa Rica). La dueña de la tienda me cobró mil cien colones, cuando se supone que la empresa telefónica ya contempla un margen de ganancia suficiente. Y no tuve tiempo de disfrutar del lujo de la tienda, porque no lo tenía y porque la transacción no duró más de un minuto. Pero andaba de turista (en realidad era un viaje de trabajo), y hubo que apechugar.

Soneto

Harto de no correr y de cantar a gatas.

Harto de mi paciencia. Harto de no estar vivo

Sino en el ojo tuerto y en las vacías lápidas

Que dejan las palabras cuando callan los gritos.

Harto de malas sábanas. Harto de los milímetros

Que van del ojo al sol, desde el cielo hasta el alma,

Del pan a los lamentos, de la cama al cilicio.

Harto de esta pasión de vegetal en brama.


No se redime a Dios si se llora en silencio.

No se redime a Dios. Nadie llega de noche

Para pedir perdón y algo de linimento

Y así curar su sombra mientras la voz esconde.


Harto de oler el tiempo cuando el tiempo no pasa.

Harto de correr sólo cuando la quietud mata.


2 de diciembre de 2004

Hipótesis

La noción de bien y mal no se resuelve en el plano ético, jurídico o religioso, sino en el emotivo: de allí la dificultad de lograr medidas universales y la facilidad con la que se pasa de la bondad a la psicosis.