8 de mayo de 2007

Ahora sobre crítica literaria

Como en los últimos martes, coloco aquí mi columna de la revista digital Centroamérica 21. La nota puede hallarse también aquí.


Crítica ideal
Rafael Menjívar Ochoa

Para T. S. Eliot, la crítica literaria, de manera ideal, deberían ejercerla los propios escritores: personas que han trabajado directamente en una disciplina con características particulares y conocen los recovecos que –como en cualquier oficio– sólo alguien directamente involucrado puede conocer. La crítica de un escritor estaría realizada desde dentro de la obra, y tendría que ver con estructuras, técnicas, desarrollo de personajes, etcétera. Trataría de lo que la obra “es”, no de lo que debería o podría ser, el enfoque que buscan quienes ven la literatura desde fuera y a quienes por comodidad o pereza a veces se llama “críticos”.
Un escritor sabe –también de manera ideal– que una obra no está sujeta a ciertas interpretaciones. No va a buscar lo que un autor “realmente” quiso decir: la obra es lo que es, y sólo puede descifrarse con base en lo que hay en el papel, no en las necesidades del crítico. Menos aún buscará en la biografía del autor los motivos que lo llevaron a concebir cierta novela, no buscará en un poema sus dramas y traumas, no verá sus temáticas guiadas por determinismos sobre los que el autor no tiene control.
De manera ideal –otra vez–, y también según Eliot, cada nuevo libro debe poner en cuestión todo lo escrito hasta ese momento acerca de la literatura, y la literatura misma. Toda la experiencia acumulada, la técnica desarrollada durante generaciones, los modos de enfocar los textos, estarán en cuestión ante un nuevo poema, una novela, un libro de cuentos. Y ha habido casos en los que así es: el propio Eliot, con su Tierra baldía y sus Cuatro cuartetos, puso en jaque todo lo que se había hecho en poesía, como, en el caso de la novela, Joyce con Ulises y Proust con En busca del tiempo perdido.
Un “crítico no escritor” buscará motivos por todas partes, rara vez en la hechura de la obra. Hablará del espíritu de la época en Eliot, del monólogo interno en Joyce a partir del psicoanálisis, de la literatura anterior y posterior a Proust y sus temáticas. Ante todo, buscará mensajes ocultos, todos los posibles y muchos improbables: a qué se refería cuando dijo esto, cómo se relaciona lo otro con lo que le haya pasado a los siete años.
Para un escritor, descifrar una obra es más sencillo en sus implicaciones, y mucho más complejo en sus consecuencias. Sabe que no hay mensajes: la novela, el poema, el cuento, son el mensaje en sí mismos. Lo escrito es lo que se quiso decir. El problema consiste en averiguar qué recursos ha creado el autor, cuáles ha reciclado y mejorado, cómo maneja el tiempo narrativo, de qué manera el lenguaje y todo lo demás se corresponden o contradicen (y quizá en la contradicción esté el hallazgo). No se quedará en un ejercicio intelectual o de ego: allí aprenderá lo necesario para aplicarlo en su obra.
Hay de por medio un problema de marketing, más que de conocimiento: la crítica de un escritor le interesaría a otros escritores, a lectores bien entrenados y sólo eventualmente a los críticos. El público en general –si algo así existe– tendrá bastante con una nota en un periódico en la que alguien le diga si el libro le parece bueno, malo y más o menos por qué, sin demasiados parámetros y no siempre con el gusto bien afinado.
¿Por qué pocos escritores escriben crítica literaria? Quizá es un trabajo demasiado concurrido. Quizá están ocupados trabajando en sus libros. Quizá éste no sea un mundo ideal.

–––––
Aclaración del autor. En la columna anterior se afirmó, sumariamente, que sólo tres salvadoreños habían ganado premios literarios en España, y que esto había ocurrido en el lapso del último año. No es así. David Escobar Galindo ganó en 1973, a sus 33 años, el premio Carabela de Oro, en Barcelona. Disculpas por la omisión.

7 de mayo de 2007

Cincuenta minutos que me cambiaron la vida y una visita a Monterroso

En 1973 me mandaron al psiquiatra porque me pasaban cosas raras. De repente empezaba a ver luces blancas y me quedaba ciego en un ambiente lechoso que casi reconocería en Ensayo sobre la ceguera, de José Saramago. Después empezaba a sudar frío y temblaba sin control, y luego me pasaba dos o tres días en cama. Cualquier luz, cualquier ruido, me hubieran hecho gritar, si gritar hubiera servido de algo; era mejor quedarme callado para que no enloqueciera eso que me taladraba la cabeza.
"Eso" me pasaba desde 1969, y siempre fue terrible, pero los médicos a los que me llevaban no sabía qué tenía y sólo me daban analgésicos para caballo y tres días en cama. Un niño muy sensible a los dolores de cabeza, dijeron. Y eso cuando en casa empezaron a creerme; durante un par de años mi madre supuso que era un método muy elaborado que me había inventado para brincarme algunas clases. (Sí, a veces me inventé otros que sí funcionaron, pero no se trataba de eso.)
Para 1973 ya vivíamos en Costa Rica, y se puso peor. Cuando me dio el asunto en medio de una clase de español, la maestra también supuso que lo que quería era brincarme su lección (y lo hubiera hecho con gusto, si me preguntan), y más porque me dio por un lado que le pareció dramático: puse la cabeza entre los brazos sobre el pupitre y no me moví en media hora. Cuando, harta de eso, se puso a gritarme e hizo que levantara la cabeza y vio que debajo había un charco de sudor del tamaño del pupitre, y que estaba tan blanco como ella se puso --a ella no le salió bien lo de los labios morados ni los ojos extraviados--, me mandó de inmediato a la enfermería, que estaba en el segundo piso. No pude siquiera levantarme. Dos compañeros me ayudaron a caminar y allí supe cómo deben sentir las piernas los condenados a muerte.
El enfermero no supo qué hacer y llamó a mi madre. Debió tardar unos minutos, porque vivíamos a unas cuadras del Liceo de Costa Rica, pero para mí fueron horas. Esperaron a que pudiera caminar y me llevaron a la clínica Clorito Picado, donde trabajaba mi otra madre, Silvia Castellanos, esposa de Ítalo López Vallecillos, muy buena médica. Pero tampoco supo lo que tenía. Me mandó a hacer análisis y lo más cercano a lo que llegaron era a que quizá tenía "pequeño mal", o sea una epilepsia de bajo nivel, que quizá se me quitara después de la adolescencia.
Pero yo era gente rara: siempre andaba solo de un lado para otro, me pasaba escribiendo cosas en cuadernos y jugaba con unas niñas de ocho a diez años a saltar la cuerda. (Ellas eran las que jugaban. Yo me ponía a leer sentado en la calle y, para que sirviera de algo, me hacían que moviera la cuerda con la mano que me quedaba libre. Tenían que decirme que parara, que ya le tocaba a otra.) Y no sé qué más habrán visto, pero le dijeron a Silvia que les recomendara a un psiquiatra. Si aquello no era físico, tenía que ser mental.
Silvia llegó a casa y me explicó que visitar a un psiquiatra no necesariamente significaba que estuviera loco, que mucha gente sana va a los psiquiatras y el rollo de siempre. No tuve problema en ir, pero estaba indignado.
El psiquiatra al que me mandó fue Abel Pacheco, quien con los años llegó a ser presidente de Costa Rica. En ese momento era director del Asilo Chapui (el psiquiátrico de por allá), y tenía su consulta particular en Barrio Luján. Había llevado nuevos métodos de México y Estados Unidos y los estaba aplicando, por lo que era atacado a morir por los trolls que nunca faltan. Entre otras cosas, mandó a muchos esquizofrénicos a sus casas, y con algunos de los que quedaban en el asilo armó un equipo de fútbol. El propio Pacheco jugaba con el equipo de los epilépticos.
Cuando me hizo pasar, me pareció que flotaba --él-- cinco centímetros por encima del piso. Irradiaba una tranquilidad espeluznante para alguien que en ese entonces andaba en un rollo hiperactivo reprimido (yo me entiendo), y oírlo hablar bastaba para quedarse sentado esperando que no se callara. Pero hablaba poco. Sólo algunas preguntas y comentarios aquí y allá, hechos como al descuido, en una oficina con olor a tabaco, madera y semipenumbra.
Me oyó durante cuarenta y cinco minutos. Me preguntó en qué circunstancias me daban los ataques, qué hacía en mi tiempo libre, un poco --y muy discreto-- acerca de la historia familiar reciente, cosas así. Los últimos cinco minutos los dedicó a decirme qué tenía y lo que debía hacer.
Lo mío eran vulgares migrañas. Nada grave, aunque sí muy doloroso. (Una de las características de la migraña es que muta. Las que me dan ahora no tienen nada que ver con aquéllas.) Me firmó una receta y me dijo que tomara una pastilla cada vez que fuera a darme un ataque. Le pregunté si no había modo de hacerlas desaparecer, y me dijo que sí, pero sólo provisionalmente. Había tratamientos que duraban entre seis meses y un año, y sólo me garantizaban que podía estar sin migrañas entre seis meses y un año. Mientras el tratamiento durara me mantendría bastante estúpido, y quizá a otra persona se lo recomendaría, pero no a mí. Le pregunté por qué. "Porque sos un muchacho muy creativo. Eso es uno de los precios de la creatividad, y vale la pena pagarlo."
No sabía a qué se refería con lo de creativo, porque no había creado nada. Estudiaba guitarra clásica, pero para eso --en último caso-- sólo se necesita disciplina. También escribía poemitas satíricos --o su equivalente a los trece años-- que eran más copia de otros que cosa propia, mal medidos y mal rimados, de los que llenaba los cuadernos de la escuela. Pero no se lo había dicho. Le pregunté a qué se refería con lo de creativo, y me dijo que no sabía, porque no me conocía lo suficiente, pero que por algún lado iba a brincar.
No me quiso cobrar la consulta. Tampoco se pasó un minuto de los cincuenta que duraba. Me dijo que no hacía falta que regresara, y no volví a verlo. (Cuando era presidente de Costa Rica llegaron a preguntarme mis opiniones acerca de su gobierno, sus medidas, qué sé yo. Nunca pude darlas. Me parecía que lo que dijera sería injusto, y si era acertado me sentiría mal.)
Lo que sí hice fue averiguar quién era. Ítalo López me dijo que había escrito un libro muy bueno, s abajo de la piel, que fui a comprar de inmediato. De paso Ítalo me regaló otro : Animales y hombres, de Augusto Monterroso, de lo primero que publicó EDUCA cuando Ítalo la fundó, en 1971.
Por supuesto que leí primero a Pacheco, y me impresionó. Cuando leí a Monterroso dije: "Yo quiero escribir así." O sea como los dos. O sea escribir.
Empecé a hacerlo, pero también descubrí otras cosas. Después de haberme pasado casi encerrado durante toda la infancia, con un montón de policías rodeando siempre la casa y siguiéndonos a donde fuéramos, San José fue otra cosa. Descubrí las novias y las discotecas. Descubrí el béisbol. Descubrí los violentos partidos callejeros de fútbol. Descubrí el karate --recomendable para el que cumpla los requisitos mínimos para ser nerd-- y el levantamiento de pesas. Descubrí la vida más allá de los libros y, aunque no dejé de leer, lo que menos me interesaba era ponerme a hacer cuentos, francamente.
Poco antes de irnos a México conseguí otro libro, Fábula contada, de Alfredo Cardona Peña. Eran relatos fantásticos y de ciencia ficción. Lo leí varias veces y dije: "Sí, también así quiero escribir." Se lo presté a una amiga y ya no pudo devolvérmelo en las prisas del viaje, pero no me importó: Cardona Peña vivía en México, y de seguro allá se había publicado ese libro junto con los demás. Gran decepción: "lo único" que había publicado allá era su poesía, que era mucha y no me gustó, y más de uno me vio raro en más de una ocasión: "¿Cardona Peña escribiendo cuentos? Pero si él es poeta..."
En fin, al llegar a México sí me puse a escribir, con mis dieciséis años recién estrenados. Y lo primero que hice fueron cuentos cortitos, que no estaban nada mal, pero no dejaban de ser cuentitos de un chavo de dieciséis años. (Hay un par publicados en alguna parte.) Cada vez que terminaba uno me acordaba de Pacheco, y consecutivamente pensaba "tenía razón" o "¿creativo yo?, que no friegue", ya fuera que me saliera bien o mal. De hecho, cada vez que termino un libro me acuerdo de él, y pienso que en esos cincuenta minutos me cambió la vida y me hizo buscar en qué era creativo. Pasé por la música, el teatro y otros menesteres, y al final quedé como escritor. (En 1999 volví a leer Más abajo de la piel. Sigue teniendo cuentos muy buenos. Descubrí que, a pesar de que no lo había leído en veinte años --lo regalé en algún momento a alguien que lo necesitaba más que yo--, casi me lo sabía de memoria.)
Ya en México descubrí que Animales y hombres no era un libro-libro, sino una compilación de La oveja negra y demás fábulas y Obras completas y otros relatos, que compré lo más pronto que pude y leí durante años. (Sigo leyéndolos.)
A principios de 1997, unos meses después de publicar Terceras personas, llegó a México Sebastián Vaquerano, en ese entonces director de EDUCA. Entre otras cosas iba a entregarle a Monterroso un cheque por las regalías de la cuarta o quinta edición de Animales y hombres. (La portada que reproduzco es de una edición de 1997, patrocinada por la Comunidad Europea. Se hizo no sé cuántas bibliotecas completas por cada país centroamericano, creo que con cien títulos, y se donaron a escuelas públicas.) Me preguntó que si quería ir a conocerlo, y en ese momento me puse a temblar y le dije que sí. Y no dejé de temblar cuando pasé por él al lugar donde estaba quedándose, cuando íbamos en el taxi y cuando nos bajamos en Chimalistac y nos pusimos a buscar su casa. Medio había dormido esa noche, y me había despertado tempranísimo, temblando. La cita con Monterroso era a las nueve de la mañana y llegamos en punto.
La casa era hermosa, como todas las de la parte vieja de Chimalistac, en San Ángel. Nos recibió su esposa, Bárbara Jacob, una mujer muy sonriente y amable, y nos explicó que el día anterior habían llegado de Italia, que Monterroso había pescado una conjuntivitis, que estaba durmiendo y no sabía si se levantaría pronto. De todas maneras nos hizo pasar y nos ofreció algo de tomar, y más bien la idea era que quizá nos fuéramos sin verlo.
Pero a los cinco minutos apareció, y allí sí me puse a temblar en serio. Por supuesto que el estilo es el estilo, pero lo más cerca que llegué de eso fue ponerme tieso y decirle "Mucho gusto". Estaba ni más ni menos que frente a uno de mis dioses personales, y eso pesa.
Había leído en sus libros que él mismo decía que era bajito, pero no me imaginé qué tanto. Era verdaderamente bajito. Tenía los ojos absolutamente rojos por la infección, pero la sonrisa no se le quitó en todo el rato. Muchos guatemaltecos a los que conocía me habían dicho que era un tipo vanidoso, déspota, que sólo sabía hablar de sí mismo. Ahora ya tengo experiencia en ese tipo de acusaciones, pero al verlo esperé al menos algún desplante. A cambio, estuvimos platicando durante tres horas con un hombre encantador, con un sentido del humor envidiable, que sabía de todo.
Cuando me vio menos tieso, me preguntó qué onda conmigo, y le conté una parte de la historia que cuento aquí, y le dije que quería darle las gracias por eso. Le di un ejemplar de Terceras personas y se emocionó. Se puso a hojearlo y todo y de repente se levantó y desapareció por donde había aparecido antes.
Regresó con varias cosas. Nos regaló una edición de La oveja negra en español y latín que había publicado la Universidad de San Carlos, unas playeras que hicieron en Cuba con la leyenda "Si es fábula, es de Monterroso", en la que aparece una oveja con boina fumándose un puro de un tamaño que sólo Fidel Castro ha llegado a fumar alguna vez, y Los buscadores de oro, sus memorias de infancia. Ya eran más de las doce del día, y nos dijo que era una buena hora para empezar a echarnos unos tequilas, pero su esposa nos miró de una manera especial y dijimos que gracias, que debíamos ir a hacer otras cosas, que otro día. El viejo estaba contento, pero ya se veía cansado y, además, los ojos no le habían mejorado.
Nos fuimos. No creo que haya hablado en todo lo que tardamos en llegar a la Zona Rosa, donde se hospedaba Sebastián. Desde luego que le di las gracias, y se las sigo dando, y no sólo por lo de Monterroso, sino porque ha sido siempre un amigo excepcional.
Cierro con la dedicatoria que me puso Monterroso en Los buscadores de oro. Seguro habrá puesto lo mismo cientos de veces para cientos de personas, sólo cambiándole el nombre. Pero ésa fue para mí, y significa mucho más que un simple trofeo literario.

4 de mayo de 2007

Entrevista con H. Castellanos Moya

La prensa gráfica publica hoy una entrevista con Horacio Castellanos Moya. Me parece que usa un modo bastante elegante de encarar las preguntas del periodista, que intenta obtener ciertas respuestas. Horacio es un viejo y hábil periodista, que no se cuece a la primera.
Agradezco la mención a los compañeros de La Casa del Escritor. (También la mención a Claudia Hernández, aunque no me corresponda.)

3 de mayo de 2007

Prólogo a Taberna

Transcribo el prólogo para la edición de Taberna y otros lugares, de Roque Dalton, publicado por la editorial Baile del Sol, de Tenerife, en Canarias.

Morir cantando a los cuarenta
Pedro Flores

Este libro que hoy edita Baile del Sol es el más emblemático de los libros de un poeta legendario, si tal término es aplicable a un poeta. Su vida azarosa, su obra vital y profunda, su muerte temprana y confusa son los ingredientes que confluyen para llevarlo al te¬rritorio del mito.
Aquí están algunos de los textos más conocidos y celebrados de un «poeta de culto». Dijo en una oca¬sión Paul Valery de Stéphane Mallarmé: «Hay, en cada ciudad de Francia, un joven secreto que se dejaría matar por usted»; Roque Dalton es uno de esos poetas que tiene, quizá en cada rincón del idioma, uno de esos lec¬tores apasionados, un coleccionista de sus versos y sus avatares increíbles y quevedescos. He encontrado «daltónicos» en Argentina y en Holanda, por supuesto en Cuba, en Portugal, en muchos lugares de España... Para todos ellos Dalton es un poeta mítico, pero a la vez de una mitología palpable, cercana y carnal.
Como ya apuntábamos en Taberna y otros lugares se congregan los poemas acaso más emblemáticos del autor salvadoreño:
Ameticalatina, EI descanso del guerrero, La segura mano de Dios, OEA, Buscándome líos, Sobre dolores de cabeza, Revisionismo o el largo «poema collage», como el mismo Roque lo definiera, que da título al libro, entre otros.
‘La taberna’ es la más célebre cervecería de Praga, U-Fleku, en los convulsos y esperanzados tiempos que precedieron al fin, manu militari., de la Primavera de Praga y del Socialismo «de rostro humano» que preco¬nizara Alexander Dubcek. Los «otros lugares» son, esen¬cialmente, El Salvador y la Cuba de sus amores y sus desengaños, la misma cuyo gobierno aprobaría, para es¬panto y vergüenza de gran parte de la intelectualidad de izquierdas de la época (que en gran medida rompe a partir de ahí con el castrismo) la oprobiosa invasión del país de la Taberna.
En 1969, un jurado compuesto por Antonio Cisneros, René Depestre, José Agustín Goytisolo, Efraín Huerta y Roberto Fernández Retamar otorga, por una¬nimidad, el premio de Poesía Casa de las Américas al libro que llevaba el número 87 y que llevaba el seudó¬nimo de «Farabundo».
Desde mil novecientos sesenta la Casa de las Américas cubana se convirtió en lugar de reunión y ebullición de buena parte de los literatos más significa¬dos de América latina, también de España. Muchos de ellos formaron parte de los jurados de los premios; el propio Dalton lo fue al año siguiente de conseguirlo. El rápido final de ese corto idilio del régimen con la cultu¬ra marca el inicio de un lento pero ya imparable declive de la Casa y del premio, pero aún en ese año 69 persis¬tía el espejismo y un poeta revolucionario, aunque muy poco marcial, formaba, en su medida, parte de ello.
Las tres primeras partes del libro (El País 1, II, y III) son un recorrido por ciertos episodios y realidades de una nación convulsa El Salvador, «el Pulgarcito de América», como el poeta lo llamara:

Antes creía que solamente eras muy chico
que no alcanzabas a tener de una vez
Norte y Sur
(El gran despacho).

Marcado tristemente por la violencia en un istmo violento de un subcontinente violento, El Salvador, sus avatares políticos sociales, la lucha guerrillera y la re¬presión militar, marcan también la obra y la vida de Dalton, pero ni la adhesión a una causa lo convierte nunca en un poeta panfletario, ni el desgarro vital lo transforma en un poeta pesimista. Es más, la duda, una ironía mordaz e inteligente, y una negativa constante al dogmatismo y la marcialidad que tanto daño, Roque era consciente de ello, hacían a los procesos de cambio y, en otro orden de cosas, a la literatura en América Latina, provocaron su muerte. La alegría, la autocrítica, la falta de las «solemni¬dades convencionales», la capacidad para reírse de sí mismo, son ingredientes que espantan al autoritarismo; también al autoritarismo policial y burocrático en el que pronto degenera el proceso revolucionario cubano y en el que no tenían sitio muchos verdaderos rebeldes. Pro¬bablemente Roque Dalton era un personaje hasta cier¬to punto incómodo para la ortodoxia, la de su país de acogida durante aquellos años, Cuba, y la de los propios movimientos y grupúsculos de la disidencia salva¬doreña.
Buen ejemplo del talante de Roque a este respec¬to es el poema Buscándome líos:

Fundadores de confederaciones y de huelgas mostraban cierta ronquera y me dijeron que debía
escoger un seudónimo
que me iba a tocar pagar cinco pesos al mes

o cuando dice en Con Palabras, de la parte del libro titulada Poemas en prosa:

Deberíamos recordar lo que le pasó a Stalin por hacer de las palabras excepciones del materialismo dia¬léctico...

La misma inclusión protagonista del poema Taberna, que es virtualmente una crónica de los esquemas mentales de la juventud checa de los años previos a la Primavera de Praga, no lo olvidemos, publicado en una Cuba cuyo mandatario aprobó la intervención armada que la abortó, y en el seno de una izquierda intelectual próxima a un cisma, convierten a este texto en un do¬cumento de un extraordinario valor, no sólo literario, sino también histórico.
Taberna es una serie de opiniones yuxtapuestas, dotadas de cierto montaje (hay en Dalton una fuerte influencia del cine) pero no jerarquizadas entre sí.
Todo este libro, reeditado hoy veinticinco años después por Baile del Sol, justo el año en que se cumplen treinta años del asesinato del poeta, es precisa¬mente, entre otras cosas, un alegato contra el anquilo¬samiento, la falta de humor y de amor, la jerarquización y la falta de diálogo. Es también, por supuesto, una in¬vitación a la creencia de que otro mundo es posible a pesar de los desengaños provocados por procesos en principio ilusionantes.
La figura y la obra de Roque Dalton se agrandan y, creo que lo seguirán haciendo, con los años. Esta es la oportunidad de descubrir al poeta en el más signifi¬cativo de sus libros, publicado por primera vez pocos años antes de morir, a los cuarenta, cómo no, cantando.

2 de mayo de 2007

Watson, Holmes y Sidney Paget,

La imagen de Sherlock Holmes que conocemos no la creó el autor de las ilustraciones, sino su hermano. Y fue precisamente porque las viñetas que acompañaban Adventures of Sherlock Holmes las dibujó su hermano, no el autor. O al menos el autor que originalmente debía hacerlas. O algo así.
En 1980 compré baratísima, en lo que luego sería la famosa librería El Parnaso, una edición facsimilar de Las aventuras de Sherlock Holmes, El regreso de Sherlock Holmes y El sabueso de los Baskerville según aparecieron en The Strand Magazine (los publicó Avenel Books, NY, 1976), que tengo por aquí, y en la que se cuenta la historia.
Strand quería encargar las ilustraciones de Holmes a Walter Paget, quien había tenido un gran éxito como ilustrador de Robinson Crusoe, La isla del tesoro, Las minas del rey Salomón y otros. Su hermano, Sidney, era un pintor de algún reconocimiento, y por error enviaron la correspondencia con la propuesta a su nombre. Paget, aunque intuyó que el encargo no era para él, no se puso a averiguar y comenzó a elaborar las ilustraciones, y así pasó a la historia como el creador visual de Holmes. Lo interesante es que, si se dan cuenta, Paget utilizó como modelo a sí mismo (ver la foto)... y funcionó muy bien.
Hay otro detalle que vale la pena destacar de las ilustraciones de Paget, y tiene que ver con el doctor John Watson. La imaginería "moderna" lo pone como un señor gordito y medio tonto, y no tiene nada que ver con eso. El tipo era un médico de campaña en la guerra de Afganistán, según se cuenta en El signo de los cuatro, y fue dado de baja por una herida recibida en batalla. El tipo que está arriba junto a Holmes es el doctor Watson, que además tiene una estatura respetable: si Holmes andaba alrededor de los dos metros de estatura, Watson andaría en el 1.90. Y, lo más importante, es Watson el que escribe las aventuras de Holmes, y se coloca por debajo de él a propósito: lo suyo no es tontería, sino modestia, o mejor: se crea a sí mismo como personaje un tanto bobo y asombradizo para que Holmes brille.
El Watson gordito e ingenuo viene de la imagen que le dio el actor Nigel Bruce en la serie de películas que protagonizó en los años treinta y cuarenta junto a Basil Rathbone, quien hacía un Holmes excelente, quizá el mejor que ha dado el cine. Es en esta serie en la que se pronunció por primera vez la frase "Elemental, mi querido Watson"; ni a sir Arthur Conan Doyle ni a Holmes se les hubiera ocurrido decir algo así, por respeto a Watson.
Las películas tienen detalles divertidos. Por ejemplo, es sabido que Holmes toca el violín bastante bien y que su némesis, el doctor Moriarty, es un virtuoso del fagot. En una de las películas, para no aburrirse, Watson decide aprender a tocar un instrumento... y se compra una tuba. Por supuesto no llega muy lejos, pero va mucho con la personalidad que le dio el cine.

1 de mayo de 2007

Columna y cosas

Hoy, en El faro, aparece una nota de Ruth Grégori acerca del Día de la Danza, y una parte se la dedica a Johanna, la otra mitad del personal de La Casa del Escritor. Hace un gran trabajo con su grupo de danza, formado por jóvenes de los cantones aledaños a Los Planes y, entre otras cosas, es la primera mujer que baila papeles "de hombre" con Los Historiantes de Panchimalco. Antes lo hacía casi todos los fines de semana, pero entre el trabajo de La Casa, sus estudios de antropología y la familia, no le estaba quedando tiempo ni energías para nada. La nota la pueden encontrar aquí.
También de Ruth viene, aquí, una nota acerca de Breve historia del alba, el nuevo poemario de Jorge Galán. Me gustó la forma en que está escrito.
Y, como en las dos semanas anteriores, ya está en la red la revista Centroamérica 21. Viene una nota interesante acerca de un desertor de la guerrilla que trabajaba como guía del ejército. Lo interesante es que había conocido antes muchas historias de lo contrario, de soldados (incluso de los batallones especiales) que se pasaban a la guerrilla, pero no lo contrario. Supongo que es saludable actualizar los prejuicios. Viene una nota también de uno de mis personajes más detestados (y conste que son pocos), el general José Alberto Medrano. Estoy agarrando fuerzas para leerla.
Y, como en las semanas anteriores, pongo mi columna a continuación. Puede encontrarse aquí.

Escritores contra escritores
Rafael Menjívar Ochoa

Tres poetas han ganado, en sólo un año –y en toda la historia–, premios en España. Krisma Mancía, a los 25 ( Viaje al imperio de las ventanas cerradas , 2006), y Eleazar Rivera, a los 30 ( Ciudad del contrahombre , 2007), fueron premiados en la editorial La Garúa, de Barcelona, que nutre a escritores jóvenes con propuestas de ruptura en el difícil y abigarrado medio español.
La misma editorial ha anunciado la publicación del poemario Los pasillos imaginarios de Carlos Clará (32 años). Estos premios y publicaciones siguen a la antología Trilces trópicos , también de La Garúa. De ocho salvadoreños incluidos, cinco estaban entre los 25 y los 32 años en el momento de la publicación.
Jorge Galán, a sus 33, recibió el prestigioso premio Adonais por su poemario Breve historia del alba . (José Roberto Cea, había obtenido un accésit en 1966, con Códice liberado , a sus 27.) La semana pasada, la cuentista Claudia Hernández (31) fue colocada entre los 39 escritores menores de 39 años más representativos del continente por un jurado internacional. En 2004 obtuvo el premio Anne Seghers, en Alemania, y antes aún, en 1995, se convirtió en la primera centroamericana (o centroamericano) en obtener el premio Juan Rulfo de Radio Francia Internacional.
Lo anterior, y el hecho de que cada vez sean más los jóvenes que ven sus trabajos en buenas revistas extranjeras, podría hacer pensar que la literatura salvadoreña goza de cabal salud, que está proyectándose y que estos jóvenes son orgullo, esperanza y miel sobre hojuelas.
Si se observa mejor, lo que está produciéndose es una severa crisis literaria que pone en cuestión mucho de lo que ha sido canónico en los últimos cuarenta años, por ejemplo los modos, los motivos y los objetivos de la literatura.
De manera esquemática, muchos “viejos” –y otros nada viejos­– encuentran en la nueva producción una negación del “compromiso social” que desde los años sesenta se exige casi indefectiblemente a los escritores salvadoreños, y ven un desarrollo técnico y formal al que no encuentran sentido. El argumento clásico sería: ¿Cómo escribir poemas acerca de conflictos personales cuando tanta gente padece hambre? La respuesta de los jóvenes –y no de todos– es seguir escribiendo dentro de una gama temática amplia y desarrollando sus capacidades técnicas y expresivas.
Tras los argumentos acerca de la “utilidad” de la literatura hay más de lo que se declara. Por ejemplo, que los escritores que están perfilándose tengan acceso de manera tan natural a “mercados” que otros han buscado durante años, y que el carácter utilitario de la literatura local sólo abrió en los restringidos y efímeros círculos de la solidaridad con causas políticas.
Muchos sienten que los jóvenes están ocupando un lugar en las letras del país, y destacando fuera de él, sin pasar por su visto bueno (la aceptación explícita de “el medio”), sin adquirir méritos en la militancia política o social y, peor aún, de manera “prematura”, es decir: antes de que los ya “viejos” hayan obtenido su lugar en las letras y un cierto reconocimiento.
Lo que se ve no es sólo un relevo generacional, sino un desplazamiento, en el cual las reglas del juego no las ponen los mayores, sino los novatos, con la validación de premios y publicaciones en lugares donde lo importante no es el “compromiso”, sino la efectividad de la escritura. Hay escritores ya formados que asumen con madurez el asunto, pero también hay reacciones violentas y salen a la luz resentimientos profundos.
Lo cierto es que el fenómeno no parece tener marcha atrás, y la paradoja es que, ante el relativo rechazo de “el medio”, los nuevos escritores deben buscar fortuna en el exterior, con los resultados ya mencionados.
Sólo el tiempo dará la perspectiva de las cosas... y ya está transcurriendo.

27 de abril de 2007

Los mejores 39 de menos de 39

Pues resulta que la cuentista salvadoreña Claudia Hernández está en la lista de los mejores 39 narradores latinoamericanos de menos de 39 años, según se cuenta aquí (y en otras partes, claro). Uno de los jurados matizó y dijo que eran "los más representativos". En todo caso, sigue la mata dando. Felicidades a y por Claudia.

Carlos Clará en Barcelona

Además de anunciar para este año la publicación de Eleazar Rivera, ganador del II Premio de Poesía Joven con el poemario Ciudad del contrahombre, la editorial La Garúa, de Barcelona, está anunciando en sus planes para 2007 la publicación del libro Los pasillos imaginarios, de Carlos Clará, como puede leerse aquí. Con esto serían cuatro los salvadoreños que publicarían en España en menos de dos años, si incluimos a Krisma Mancía, ganadora del I Premio de La Garúa (y jurado del II), y a Jorge Galán, ganador del premio Adonais en diciembre pasado.
Me da gusto por Carlos. Hasta donde sé, lleva cerca de diez años preparando su poemario, y los textos que conozco me parecen excelentes. Es una pena que no pueda publicar en la Dirección de Publicaciones e Impresos, por ser el editor (conflicto de intereses, le llaman, y se lo toma en serio), pero me parece bien que el poemario encuentre una buena opción fuera del país.
Creo que lo que está pasando con poetas salvadoreños en el extranjero, especialmente en España, es motivo de orgullo para... bueno, diría para todos, pero sé que no será así... Digamos para quienes sabemos y reconocemos lo que les ha costado lograr una obra de alta calidad. De paso, me parece una necesaria validación de Carlos como poeta; a sus 32 años, creo, es de las personas más maduras y sólidas poéticamente que tenemos, y eso es lo que se va a demostrar.
De la lista de publicaciones también conozco a Alejandro Cordero, que ahora andará en los 24 años. Tiene cosas de verdad muy buenas. Éste sería su segundo libro, después de Habitación del olvido, publicado en Costa Rica, su país de origen. Hace un par de años vino junto con otros compañeros del taller Libertad bajo palabra, dirigido por Adriano Corrales Arias, para un encuentro con talleristas de El Salvador, incluidos los de La Casa del Escritor. Estuvo también en el V Festival Internacional de Poesía, el año pasado, y también en 2000, para una serie de encuentros y recitales en la UES. Otra carrera prometedora.
Por si fuera poco, apareció en el periódico El cultural, según me dicen uno de los más prestigiosos en España en materia literaria, una reseña de la antología Trilces trópicos, también de La Garúa, compilada y editada por Joan de la Vega. Allí, el reseñador dice qué es lo que se está viendo en España de la poesía centroamericana, y en ese caso de la salvadoreña y la nicaragüense:

Francamente, esta antología nos da miedo. Catorce poetas [...] Catorce voces. Catorce mundos. Y una sola literatura: la mejor. Adormecidos como estamos en brazos de una poesía mediática entre el glamour y el desaliño, Trilces trópicos nos llega como una bofetada: nos saca de nuestro sopor. [...] ¿Cansado de exhibiciones de egolatría lírica? ¿Desencantado con la poesía de la era Photoshop? Lea Trilces trópicos: se reconciliará con la vida.

Me siento contento y orgulloso. ¿Y cómo no? Y me da gusto que La Garúa esté apostando fuerte por poetas nacidos de este lado del charco, y en estos lugares que se ven tan pequeños en el mapa. No es gratuito, e insisto: se trata de obras de calidad, que han llevado tiempo y trabajo. Como debe ser, pues.

26 de abril de 2007

Hombres contra la muerte: frases, causas y el año equivocado

Voy a llegar hasta donde llegue, pero no prometo nada.
Las primeras páginas de Hombres contra la muerte, de Miguel Ángel Espino, sorprendentes, con personajes bien armados y situaciones perfectamente definidas. Está contado muy a la mexicana, si eso significa algo, con fuertes ecos de Mariano Azuela y José Rubén Romero, los novelistas de la Revolución.
Desde el principio uno sabe el juego del novelista, y lo acepta o no: el “blanco” va a hablar de “el otro”, al estilo de la novela indigenista o de casi todo el costumbrismo (Salarrué se cuece aparte), nada más que no sólo habrá indios y campesinos, sino también negros, mestizos, outcasts, maestros de escuela rebeldes, citadinos que huyen de lo que huyan, patrones indiferentes y capataces malditos, sin quitar el elemento femenino: pobres mujeres piojosas (así las describe literalmente) o bellas e indiferentes niñas ricas. (El mejor resultado de la fórmula, para mi gusto, ha sido Huasipungo, de Jorge Icaza; el peor y más abyecto, El diosero, de Francisco Rojas.) Y está bien, porque después de todo es una literatura de época, y porque así se cocían algunas habas en esos entonces.
Como siempre, Espino tiene frases esplendorosas. Trenes es un catálogo de ellas, y si las hubiera reservado para hacer poesía, no una novela, estarían entre lo mejor que ha dado el país. En Hombres contra la muerte ya hay narración, acción, no una reunión de frases pirotécnicas sin mayor orden ni objetivo.
Transcribo algunas cosas que me gustaron especialmente:

Juan Sel lo contaba. ¿Quién es Juan Sel? Es un puro encendido en la boca, siete machetazos en el cuerpo y nada en el corazón.

Uno de los personajes de Rulfo dijo algo parecido, años después, al describir a Pedro Páramo: “Es un rencor vivo.”

Si usted no ha visto poco a poco el asombro que va brotando, primero, y después el río de lágrimas, y después el ruego y después la desesperación, y por último las canas y cuando ya no les queda nada por esperar, cuando lo han perdido todo, esa luz de perdón en la boca... entonces le falta que caminar con los pies descalzos sobre guijarros ardientes, mil años, cien mil años, para que sepa lo que se siente cuando hemos matado la única esperanza que hubiéramos querido salvar.
Hay un párrafo que me recuerda el Canto de guerra de las cosas, de Joaquín Pasos, en prosa y en otro contexto, pero en el mismo espíritu, a pesar de que se trata de un alegato temprano en contra del calentamiento global:

Los tres mil millones de hectáreas boscosas que cubren la superficie de la tierra se están incendiando urgidas por el hierro de los taladores. Cada árbol que cae es un poco de oxígeno menos. Pero el fuego pide leña, las llamas se extienden, nadie piensa en sembrar, todos piensan en destruir. Un día el mundo amanecerá despoblado de ramas, morirán los pájaros y desaparecerán las nubes, y el calor de la hoguera comenzará a resquebrajar una vida artificial levantada sobre millones de cadáveres. Los bosques están condenados a la agonía. Ya comenzaron a arder, seguirán ardiendo, hasta que la racha maldita arroje por manos del viento, hacia el espejo azul, hacia el cristal de los mares, el último puñado de escoria, la última alegría de los árboles sacrificados por el odio. En la memoria de los hombres quedará bailando, por los siglos, aquel puñado de cenizas que oyó el milagro de los trinos y presenció el sortilegio de las flores.

Y de pronto, entre tanta disquisición, la novela empieza a dispersarse y a mostrar una estructura cada vez más endeble. Icaza, en Huasipungo, cuenta la historia de “el otro”, “del indio”, de manera cruel, casi como en una autopsia, y de allí su efectividad (en Huairapamushcas, o Los hijos del viento, secuela de la anterior, se puso a dar explicaciones y convirtió un buen tema en un trozo de plomo); Espino se pone, él, escritor, a través de sus personajes, a opinar acerca de lo que pasa en ese mundo que creó, y a apelar a la bondad, la lástima o la conciencia del lector. Hay un par de diálogos que hace emitir a su personaje Ramiro Cañas (es el maestro con conciencia social; para entonces los excelentes personajes se le han empezado a acartonar) que me sacaron algunos bostezos. El primero de ellos me recordó el rollo de su hermano mayor, Alfredo (“Un día, primero Dios, / has de quererme un poquito. / Yo levantaré un ranchito / donde vivamos los dos”):

–No es con sangre, no es con sangre. Con sangre han hecho ellos lo que tienen: una vida que ya no se aguanta, de sucia. Lo que debemos conseguir es que nos dejen ser como somos... Que nos dejen entender la vida a nuestro modo. Un pedacito de tierra, una mujer, un hijo... En América la felicidad es así.

–No han querido entendernos... Ha sido más fácil negarnos, decir que somos razas inútiles, perezosas, débiles. Vienen y nos ponen a trabajar, en tanto que la uncinaria nos extenúa y nos roba las ganas de vivir, nos ponen a trabajar y andamos descalzos, sufriendo el paludismo y el catarro. No nos han entendido nunca...

Si se trata de ponerse así de trágicos, prefiero, digamos, La rebelión de los colgados, de Bruno Traven. Y si dicen que Traven la escribió después de Espino, y que Espino fue precursor de algo, podemos irnos a Fuenteovejuna, del buen Lope, o a Lazarillo de Tormes, del buen Anónimo (¡ese anónimo sí servía para algo!), para ver que nada se ha inventado y que sólo se trata de poner apellido a las cosas, o decir “pero en América...” y de negar que, vamos, lo humano es lo humano, y lo obvio es lo obvio, y la literatura es vieja, ancha y nada ajena. Si quieren hasta nos podemos ir a Calderón con aquello de:

¿Qué delito cometí
contra vosotros naciendo?
Aunque si nací ya entiendo
qué delito he cometido.
Bastante causa ha tenido
vuestra justicia y rigor,
pues el delito mayor
del hombre es haber nacido.

(Cito de memoria, así que perdonarán si hay diferencias de puntuación.) Tan aplicable es al príncipe Segismundo como a un maya metido en medio de una selva insoportable, con o sin conciencia social, de clase o lo que gusten y manden.
No sé. Voy por la página 65 y ya me aburrí. Insisto: voy a seguir hasta donde pueda, pero no prometo mucho. Es descorazonador, sobre todo después de ese excelente principio.
Creo que la persona que escribió la nota de La prensa gráfica acerca de Hombres contra la muerte debería recapacitar en su juicio de que es “la gran novela” de El Salvador. No hay prisa. Que lea un poco más, que compare, y en unos años que vuelva a escribir.
Si me preguntan cuál es “la mejor” novela que ha escrito un salvadoreño, y que esté publicada, diré que Caperucita en la zona roja, de Manlio Argueta. Si se puede hablar de inéditas, No digas amor ni ante un espejo, de Álvaro Menen Desleal. Si me preguntan dónde pongo a mis contemporáneos y a mí mismo (o en vista de que seguro me acusarán de algo), diré que en ninguna parte aún: estamos en proceso de producción y desarrollo, demasiado cercanos aún a nuestros libros y a nuestros temas. Hay novelas excelentes, como El libro de los desvaríos, de Carlos Castro, que habría que reeditar y, como señala Jacinta Escudos, hay varias novelas muy buenas, inéditas, de Mauricio Orellana. Por lo demás habrá que esperar para ver qué pasa y qué nos pasa.
Un dato curioso: se supone que la “edición príncipe” de Hombres contra la muerte es la de 1947, en México, hace sesenta años. Veo la página legal de la edición que tengo, de la Dirección de Publicaciones del Ministerio de Educación (San Salvador, 1974), y veo que fue publicada oiginalmente en la Tipografía Nacional de Guatemala en 1942. Pongo la ilustración allí a un ladito para que no quepan dudas. Sin embargo, no se menciona la edición mexicana de 1947, y se pone la de 1974 como segunda.

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Nota bene: Algo malo tiene mi edición. La de la persona que escribió la nota fue publicada en 1986 y "huele a libro viejo [...] huele también a madera. A esa madera de Belice donde los hombres mueren, enferman o se vuelven locos". La mía, de doce años antes, se ve amarillita, pero se conserva en perfecto estado, y no huele más que a papel.
En la primeritita página dice en lapicero negro que perteneció a Idalia Elizabeth Castillo, y hay varias anotaciones muy pequeñitas en lápiz, con referencias a páginas:
46 Ramiro Cañas
74 William Smith
187 Naturaleza participa de los sentimientos del hombre
No hay más anotaciones. Lástima.

25 de abril de 2007

M.A. Espino y la novela

Jacinta Escudos escribió en su blog un post acerca de la novela en El Salvador, con base en una nota publicada hace un par de días en La prensa gráfica, que puede encontrarse aquí. Transcribo la nota:

No es necesario escribir 20 novelas para ser novelista. Con una basta. Eso me lo enseñó hace años Miguel Ángel Espino con “Hombres contra la muerte”.
Mañana la DPI lanza una edición de este libro y me alegra demasiado saber que la gran novela salvadoreña vuelve a estar en los estantes. Mi edición de “Hombres contra la muerte” es de 1986, las páginas están amarillas y huele a libro viejo. Pero me huele también a madera. A esa madera de Belice donde los hombres mueren, enferman o se vuelven locos.
Cuando Espino escribió “Hombres contra la muerte”, el mundo estaba sumido en el inicio de una segunda guerra mundial, seguían los ecos del romanticismo de América inmortal, la gran América de Martí, y este eco del cubano se me vino mientras la leía. Entonces, leyendo, se me vino a la cabeza otra cosa: esta era la mejor novela escrita por un salvadoreño. Y esa idea se me sigue vieniendo. Y quiero confirmarla.
“Hombres contra la muerte” es la mejor novela salvadoreña que he leído, y no lo es por la tesis americanista que dosifica a medida vamos leyendo ni por el contexto por demás colapsado. “Hombres contra la muerte” es la gran novela salvadoreña, la de un país donde casi no se escribe o casi no se publica este género —tengo mis dudas sobre estas tesis—, por su manera de narrar y crear personajes, esa manera tan prosopoética de parir una novela que se inventó Espino. Esa manera tan viva. Que vive la novela misma.
Entiendo que la novela salvadoreña tomó mayor forma y peso como género entre los sesenta, setenta y ochenta. Eso se le debemos a dos boom: el latinoamericano y el de las bombas, nuestra guerra civil. Aquí, entiendo, la novela tiene a Manlio Argueta como patriarca, y luego han venido Horacio Castellanos Moya, Rafael Menjívar Ochoa y Jacinta Escudos.
Pero entiendo también otra cosa: que Miguel Ángel Espino le abrió la puerta al género para que toda esta gente pasara. Miguel Ángel Espino tomó ese largo aliento que se necesita para escribir una novela —como dice Manlio Argueta— y caminó hasta Belice, se enfermó de paludismo, se volvió loco y se hizo árbol con y como los hombres que hizo nacer contra la muerte.
Y a veces eso se nos olvida. Se nos olvida que el género no es muy escrito o no es muy leído —sigo con esa duda— en este país. Y se nos olvida que vivimos pidiendo a nuestros escritores la gran novela salvadoreña, que esperamos algún cataclismo para que nuestros novelistas vivos y los que nacerán la escriban, cuando, en realidad, ya está escrita

Además de los puntos que señala Jacinta, que en lo general comparto, hay otros que me gustaría señalar.
No veo que en El Salvador exista una novelística, ni siquiera una tradición en materia de novela. Si lo forzamos un poco, tampoco veo una literatura nacional, si lo de "nacional" tiene alguna importancia en términos, digamos, literarios; quizá para los académicos, historiadores y críticos (los de verdad, muy pocos, o los de andar por casa, que son demasiados) la tenga en función de una ubicación geográfica más o menos arbitraria o de una --menos arbitraria-- formación social, cultural y hasta política. Lo que hay, y ha habido, es algunos escritores que hacen lo suyo y que han tenido o tienen la importancia que les toque en una cierta línea de tiempo, en medio de algunas decenas de escritores "nacionales", y en medio de miles y miles de escritores a secas, que andan soltando sus obras simultáneamente por esos mundos de Dios o de quien sean los mundos.
Como todo es relativo a un observador, y sin duda a un entorno, habría que ver cuál es el punto de observación y el entorno de quien escribió la nota de LPG, y qué tanto conoce de lo que escriben los compatriotas, de lo que han hecho, o de dónde comienza la novelística y empieza el simple dato y de qué es eso de la literatura.
Por ejemplo, no estoy muy de acuerdo con que una sola novela haga a un novelista, y si hay excepciones es porque deben confirmar la norma. Miguel Ángel Espino, ni más ni menos, publicó dos: Trenes (1940) y Hombres contra la muerte (1947). Hace unos años se decía que "la gran novela" de Espino, la fundacional de nuestra literatura, la inimitable, era Trenes; supongo que sería en 2000, también a sesenta años de su publicación, y la emoción le había ganado (otra vez) a la sensatez.
Si se trata de buscar efemérides y de hablar de cosas fundacionales, se les pasó que Salarrué publicó El Cristo negro en 1926, o sea que el año pasado se les fue la posibilidad de hacer una nota laudatoria muy similar a la que ya transcribí y a las que se publicaron seguramente en el aniversario de Trenes. También que Salarrué publicó cuatro novelas: además de la anterior, El señor de La Burbuja (1927; aún es tiempo de dedicarle su nota), La sed de Sling Bader (1971) y Catleya Luna (1974).
Si se trata de literatura, una vez leí Trenes completa, y varias por pedacitos. La he utilizado como ejemplo de cómo no se hace novela, de por qué la poesía y la narrativa son universos harto diferentes, de cómo no es nada sano ponerse a hacer narrativa con herramientas de la prosa (y las excepciones son bien pocas, como excepciones que son), y viceversa, y de que, en fin, lo que en un género es revelación en el otro es ocultamiento.
Allí viene el otro punto, que tiene que ver con los determinismos. Según la nota, los novelistas salvadoreños somos hijos de Miguel Ángel Espino, concretamente a Hombres contra la muerte, y allí debemos ubicarnos con nuestra respectiva humildad y condenados de antemano a no ser "los mejores" (como si eso fuera importante; ya Jacinta lo dejó en claro).
En mi caso personal, niego esa paternidad con todo conocimiento de causa. Simplemente no he leído Hombres contra la muerte. Allí tengo el libro, esperando el momento en que se me ocurra leerlo, que supongo será hoy mismo, para salir de dudas. Si hay salvadoreños a los que les deba algo en lo que escribo, son Manlio Argueta (Caperucita en la zona roja), Roque Dalton (casi todo lo suyo, y algunas páginas notables de Pobrecito poeta que era yo), Álvaro Menen Desleal (¿y cómo no?) y Hugo Lindo (especialmente Espejos paralelos; la poesía la conocí mucho después). Pero más les debo a otros escritores, como a Sallinger (a quien conocí por Manlio), Borges, García Márquez, Camus, Cortázar, Shakespeare y varias decenas más que a uno del que sólo he leído un libro que me pareció malísimo.
Rulfo sólo escribió una novela, Pedro Páramo, y le bastó para cambiar la idea que teníamos desde Dafnis y Cloe, de Longo, o desde El asno de oro, de Apuleyo, pasando por todo lo demás. Fue una de las excepciones a la regla, al igual que en el cuento: le bastó con El llano en llamas para ser un magnífico cuentista. Pero las cosas no son así para nosotros los mortales: uno se va dando cuenta de que es novelista por allí del tercer o cuarto o quinto libro, cuando empieza a manejar las herramientas con cierta fluidez.
Si les interesan ejemplos, tomemos a Gabriel García Márquez, de quien están celebrándose los ochenta años de vida. Su primera novela, La hojarasca, tiene su encanto... por ejemplo el de ser la primera novela de GGM. Si hubiera dejado sólo ésa, quizá no lo recordaríamos mucho; hay aún torpeza en su ejecución. La segunda, El coronel no tiene quien le escriba, es muy buena, aunque si uno más o menos sabe leer encuentra que está escrita by the book y que más bien es un excelente cuentote. En La mala hora ya tiene afiladas las herramientas del oficio y las usa con fluidez (en lo particular, creo que es una excelente novela negra ubicada en medio de la selva, algo interesante, pues la novela negra es eminentemente urbana). Y viene Cien años de soledad, su primera espectacularidad. Allí vemos al contador de historias que se prefiguraba en sus novelas y cuentos anteriores, y es un libro maravilloso, con una salvedad: a partir de cierto punto --quizá desde la escena de la matanza de los trabajadores de la bananera--, el relato decae seriamente, y sólo logra levantar en las últimas páginas. Es algo que se perdona y hasta se olvida, porque aun lo de menos calidad tiene bastante calidad. Después, una maravilla de la técnica, una novela de una complejidad y una perfección inusual: El otoño del patriarca, su libro más vilipendiado. Si alguien busca al García Márquez maduro, allí está. Lo que pasa es que no tendrá el éxito de Cien años (no es un libro fácil de leer), y quizá pocos críticos o reseñadores quieran tomarse el trabajo de llegar tan lejos y les sale más fácil negarlo. Después del aburridísimo El general en su laberinto, llegó su obra maestra: Crónica de una muerte anunciada, la novela perfecta que a casi cualquier escritor le hubiera gustado firmar... después de escribirla, claro. Lo que sigue a la Crónica es lo que es; me gusta El amor y otros demonios como un buen dulce, y Memorias de mis putas tristes me parece triste, como lo dije aquí, recién inaugurado este blog.
En otras palabras: sí, hace falta más de una novela para ser novelista (Espino escribió dos); no, no veo punto de comparación entre Rulfo y Espino; no, no es Espino "el padre" de la novela salvadoreña, sino Salarrué, si lo que quieren son datos; sí, voy a vencer mi ignorancia y a leer Hombres contra la muerte y la comentaré por aquí en su momento.
Lo que veo en la nota es un entusiasmo municipal sin mucho conocimiento de causa. (Me acaba de decir Salvador Canjura que la nota tampoco viene firmada en la edición impresa.) También veo la mentalidad que mantuvo a la poesía estática y --paradójicamene-- errática durante tantos años: Roque Dalton es el poeta insuperable, lo único que nos queda es escribir como él o perecer. Y no veo que nadie esté autorizado para decir quién es "mejor" o "peor" que quién, o cuál es la trascendencia o no de la obra de un escritor. O sea: qué feo asunto ése de hacerse el taxativo y el muy enterado a costillas de gente a la que de seguro no se ha leído, nomás porque siente un gusto especial por un novelista salvadoreño que publicó dos novelas (no una) hace muchos años, la primera de las cuales fue calificada de lo mismo en la efemérides anterior.
Quizá tiene que ver con el punto de vista del observador: El Salvador está lleno de novelistas de una o dos novelas, como Rodríguez Ruiz, Ambrogi y qué sé yo. Y también está lleno de autores autopublicados con libros ante los que Trenes, en serio, equivale a una de Dostoyevsky. Lo que podría hacer el autor o autora de la nota es leer un poco más, enterarse de lo que hay fuera del país desde hace algunos miles de años y, quizá, dentro de él desde hace menos de un siglo.
Sic transit et coetera.

Un poema número 16

En poesía, como en otras cosas, poca gente está conforme con lo que tiene, y más bien hace lo que hace porque eso le sale. (Habrá casos excepcionales, y más que excepciones serán la norma, pero no hablo de ellos, sino de gente que simplemente trabaja.) Los que hacen poemas muy largos darían cualquier cosa por hacer un haikú, y los que hacen poemas de un par de líneas quisieran echarse La Odisea cada vez que se sientan frente a la máquina o al cuaderno; los que trabajan versos largos buscan las pocas sílabas, y los más concisos suspiran frente a un verso de Eliot o Pasos. Y está bien; mientras buscan cambiar el estilo, lo logren o no, aprenderán muchísimo, y ya los años dirán para qué nacieron y el devenir de la obra los pondrá donde deban estar.
Hace tres años (es decir a sus 16), Nathaly Castillo Menjívar llegó a casa (vivíamos frente a la suya) en un drama terrible: por más que lo intentara, sus poemas no pasaban de los cinco o seis versos. Escribía textos de una página o dos, y después de corregirlos sobrevivía una mínima parte, o salían dos o tres poemas igualmente pequeños. Lo curioso es que todos la envidiábamos verdemente por eso, por su capacidad de concisión, y porque cada poema suyo era un golpe de los que uno tarda un buen rato en recuperarse. Y no es que le salieran muy rápido: esos tres versos le llevaban uno o dos meses de trabajo, lo mismo que a --digamos-- Tere Andrade, quien escribía unos poemas largos y de versos generosos. (Ahora ha cambiado un poco su estilo y hace unos poemas de, digamos, diez o quince versos, e igual se lleva un montón de tiempo.)
No sabía cómo convencerla de que se podía decir muchas cosas en muy poco espacio, y que lo suyo más bien era una virtud, y lo único que se me ocurrió fue agarrar un cuaderno y ponerme a escribir textos pequeños, quince en total. Y más bien fueron catorce, y uno más que era el cierre de la serie. Los poemas aún están inéditos, y no creo que sean tan buenos como los suyos, pero la pusieron de buen humor, y ése era el objetivo. Krisma le mostró sus primeros trabajos, los de antes de La era del llanto, que eran pequeñitos, y también de algo sirvió.
Lo que no recordaba era que había un poema número 16 en el cuaderno, escrito quién sabe cuándo (los otros tienen fecha del 7 de abril de 2004). Hoy, mientras buscaba un cuaderno para escribir unas notas, encontré el que me había servido para los 15 poemas, y me extrañó encontrarlo; lo había olvidado.


Por supuesto que lo corregí, pero había algo que no me gustaba: después de dos versos, se abre un paréntesis, y el poema termina cuando se cierra el paréntesis. O sea: son dos versos de poema y cinco entre paréntesis, como una anotación o explicación o lo que sea. No supe si eso era bueno o malo, pero no vi otro modo de resolverlo que dejarlo como estaba. Pongo a continuación lo que quedó después de corregirlo, siempre sujeto a cambios:

Duerme en el fondo de unos brazos vacíos. No resistas
la gana de estar sola, como se está ante una foto en blanco y negro.
(Los sueños no son nada
más que nostalgia de ese último suspiro que no llega,
que se retrasa y arde. Los sueños, en fin, son el pretexto
para un ronquido hastiado, para cerrar sin culpa los ojos y dejar
que las sábanas mojen tus párpados de nieve.)


(Está medio raro el corte de verso.)

24 de abril de 2007

Intolerancia, el Ishto y otros poemas

Ya está en línea el segundo número de Centroamerica 21, el nuevo periódico salvadoreño digital. Trae materiales bien interesantes, como una entrevista de Teresa Andrade a Alfonso Kijadurías. Creo que refleja muy bien al poeta.
Hay también una nota que me emocionó: la historia de Walter Rojas, "el Ishto" (así le puso un compañero guatemalteco, porque siempre pareció un niño), un muy buen amigo que también estuvo en aquello de las FPL. Vino hace poco a El Salvador desde Australia, donde vive, me llamó a La Casa a eso de la medianoche, le dejó un número de celular al guardia, llamé y... estaba equivocado. No tuve modo de comunicarme con él, y supongo que ya habrá regresado a Australia. Lo vi por última vez hace unos cuatro años, la vez anterior en que vino. Toca el oboe como pocos, y su historia es digna de leerse.
Me parece interesante algo en este número de la revista: la recuperación de historias de la izquierda radical de los años ochenta. No tengo mucha idea de qué vaya el proyecto (Lafitte Fernández y Geovani Galeas me pidieron una columna acerca de lo que quisiera, y eso hago), pero ese lado, al menos en este número, me suena a algo pendiente y que hay que hacer. Curioso que no lo haga la propia izquierda...
A propósito de publicaciones digitales, me conmovió mucho una crónica que hace Rosarlin Hernández en El faro, titulada La lotería de los olvidados.
En fin, mi columna de esta semana va sobre la tolerancia y de cómo puede convertirse muy fácilmente en todo lo contrario. La transcribo, sin detrimento de que se vayan a dar una vuelta a la publicación.

Intolerancia
Rafael Menjívar Ochoa

Se habla de la “tolerancia” como un objetivo personal y social deseable y positivo, cuando es sólo un frágil punto de partida, su carácter es provisional y por sí misma no lleva a ningún lado en el que se quiera estar durante mucho tiempo.
La primera acepción del verbo “tolerar”, en el Diccionario de la Real Academia Española (edición 21, versión electrónica), es “sufrir”, y eso da una medida de lo que se trata. No es aceptar (“aprobar, dar por bueno”) las diferencias entre individuos o grupos, sino de sufrirlas, “llevar[las] con paciencia”, con una sonrisa congelada y la falsa impresión de que todo está bien. El DRAE lo dice en su segunda acepción: “Permitir algo que no se tiene por lícito, sin aprobarlo expresamente”, esto es: soportar lo insoportable, y callarlo.
Se puede tolerar cierto color de piel, status social, ideología religiosa o política, sin considerarlos lícitos (“justo, permitido, según justicia o razón”), con lo que el conflicto permanece latente, siempre a punto de estallar. Detrás del que “tolera” sigue existiendo alguien que sufre, y el sufrimiento sólo puede llevar al hartazgo, la desesperación y la violencia.
El concepto de tolerancia, en el caso de sociedades que salen de un conflicto como el que vivió El Salvador, no es un fin, sino una plataforma mínima que apenas servirá como soporte para lo que deba seguir: la discusión de las diferencias, su aceptación o rechazo dentro de marcos de convivencia política; el reconocer (“examinar con cuidado a una persona o cosa para enterarse de su identidad, naturaleza y circunstancias”) al adversario y fijar mecanismos de confrontación aceptables para la comunidad.
En un sistema político estructurado alrededor de partidos, se presupone que éstos representan al conjunto de la sociedad, o a una mayoría significativa. Sus plataformas deberían ajustarse a necesidades o exigencias de sectores diversos, y tomar en cuenta factores como clases sociales, etnias, sexo (eso que malamente se llama “género”), nacionalismo o globalización, etcétera, resumidos en una ideología.
En la práctica, en El Salvador, los partidos políticos mayoritarios no sólo están conformados con base en las exigencias sociales, y desde allí plantean los espacios de enfrentamiento; la tendencia es crear los motivos de la confrontación, o sostener y reciclar los antiguos, a partir de temas no resueltos, postergados en aras de la “tolerancia”.
Pareciera que las casi permanentes campañas electorales, preelectorales y postelectorales obligan a echar mano de mecanismos inmediatos de confrontación, y el más recurrido es poner en duda la “licitud” del contrincante; parece mucho más fácil y redituable que la generación de pensamiento político, el reconocimiento del adversario y un debate entre organizaciones que se convierta en debate social.
Los partidos mayoritarios juegan, en gran medida, a obtener “el voto del miedo”, “el voto de castigo”: un voto irreflexivo, que explote el lado negativo de la “tolerancia”. Al parecer funciona, pero no necesariamente se refleja en la cotidianeidad; la prueba, simple y empírica, es que los enfrentamientos “intolerantes” se producen en la Asamblea Legislativa y los medios de comunicación, y muy de vez en cuando, bajo directrices partidarias, entre la población y en espacios públicos.
“La gente”, convive mucho más allá de la “tolerancia”, y en términos políticos se ve reducida a escoger entre lo que hay, a votar por lo que los partidos ofrecen o a no votar. Si se examina sin prejuicios, se trata de una votación razonada, en la que el “miedo” o el “castigo” son factores secundarios, y hasta podría entenderse el abstencionismo –que los partidos atribuyen a la apatía– como un modo activo de participar en los espacios políticos permitidos.
Aun así, se corre el riesgo que en sectores significativos de la sociedad la “tolerancia”, a fuerza de esa política de cuerda floja, deje salir su lado oscuro. Lo ideal sería que, a tantos años de terminada la guerra, comience a convertirse en una palabra obsoleta, incluso en una mala palabra.

23 de abril de 2007

En la RDSMSA


Ayer domingo, el taller (o lo que sea; cada vez dudo más de que sea un taller y estoy más seguro de que es algo mejor) de La Casa del Escritor se trasladó a la República Democrática, Soberana y Morena de Santa Ana (RDSMSA) y, aunque no fueron todos los que están, todos los que fueron son (qué frase tan enredada), con el añadido de Valeria, a quien no teníamos con quién dejar. Nos dieron la Casa de la Cultura para nosotros solitos, y nos la pasamos muy bien. Sentados al frente, Ricardo Hernández, Luis Hernández y Santiago Vásquez. De pie, además de Valeria, Krisma Mancía, Herberth Cea, Sandra Aguilar, Nelson Ochoa, Ana Escoto, Mario Zetino y René Figueroa. (Yo soy el que está tomando la foto.)


De pronto, nos dimos cuenta, por una pregunta de Ana, de que no tenemos fotos familiares... La única en la que aparecemos los Krisma, Valeria y yo es una que nos tomaron a los once días de nacida la Vale. Y no por falta de voluntad, sino porque siempre estamos Krisma o yo detrás de la cámara, precisamente. Así que Ana nos tomó un par, sentados en la acera.


Aproveché la ida a la hermana república para visitar a los tíos Neto, Sara y Carmen Menjívar. (No se preocupen: nos fuimos en el carro de Nelson, así que no gastamos gasolina financiada por el estado para recorrer las ocho cuadras de ida y las de regreso desde la Casa de la Cultura.) Los tíos tienen un negocito de renta de sillas, mesas, mantelería, platos y trajes para fiestas. El tío Neto andaba en un rollo de ésos en el norte de la RDSMSA, así que no pude verlo, pero allí estaba la tía Sara. Ella nació exactamente el mismo día que mi padre, el 3 de enero de 1935, de oficio costurera, como buena parte de las mujeres de mi familia de la generación anterior a la mía. (Ahora hay una sobrepoblación de ingenieras civiles, con alguna nutricionista y un par de periodistas.) Es hija del tío Francisco Menjívar, hermano de mi abuelo Alfonso, asesinado a sus 30 años de edad hace un montón de tiempo. El abuelo vivió hasta los 91, y su hermana mayor, la tía Mercedes, murió a los 96.


La menor de los cuatro, la tía Carmen, es la que ha llegado más lejos hasta ahora: tiene 98 años bien cumplidos, y promete llegar a los 99 en agosto. Hace más de un año tuvo un par de ataques y ya no reconoce a nadie, excepto --casi siempre-- a la tía Sara. Estuve platicando un rato con ella, a pesar de que está sorda como puerta desde hace como veinte años. Un detalle curioso: a la tía Carmen le dieron dos meses de vida en 1973, por un cáncer en el útero, que le extirparon. Y como que les falló...


Lo de la longevidad viene de la fundadora de nuestro pedazo de familia, la bisabuela Dionisia Menjívar, que aquí aparece en una foto tomada muy a principios del siglo XX, si no antes. Murió después de los 100 años, en 1972. En la familia hubo algunos buenos ebanistas, y el marco es de alguno de ellos, quizá del tío Jeremías Castro, hermano de mi bisabuelo Jacinto. A la bisabuela le tocó criar a los cuatro hijos lavando y planchando ajeno. Mi padre siempre quiso que le dejara sus planchas; tenía unas maravillosas, como la que servía para los cuellos y la que servía para las solapas. Quién sabe qué se habrán hecho.

19 de abril de 2007

Santa Ana, Centroamérica 21 y estoy sólo un poco muerto

El domingo próximo, el taller de poesía se va a la República Democrática, Soberana y Morena de Santa Ana (RDSMSA). Como ya habíamos quedado, Herberth y Alberto se van con nosotros; nos encontramos a las 10:15 (más o menos) en el puente, o un poco antes. (Digamos frente al motel, pero miren para otra parte.)
René, Hormigas, etcétera, nos vemos por allá. Tenemos la Casa de la Cultura desde las 11 de la mañana hasta como las 5 de la tarde.
Para los ciudadanos santanecos, desde las 11 pueden llegar a la Casa de la Cultura y allí nos encontramos. Nos van a dar el patio y el pasillo, quizá el lugar más cómodo.
Si pueden comunicarse con otros compañeros, háganlo, por favor, que también están invitados y ya veríamos lo del transporte. Por de pronto, la agenda la empezamos con el poemario de Alberto, que está buenísimo. (El poemario. Alberto está muy flaco, la verdad.)
Ya estamos, pues.

* * *
Desde el martes pasado está en la red una nueva revista electrónica salvadoreña, Centroamérica 21, que dirige Lafitte Fernández. El editor es Geovani Galeas, y entre los reporteros hay dos compañeras de La Casa con una obra poética y cuentística excelente: Teresa Andrade y Georgina Vanegas, respectivamente.
Me pidieron que escribiera una columna semanal acerca de lo que quisiera, y para esta semana lo que quise fue hablar acerca de "el medio" artístico. La nota puede encontrarse aquí. Si la cambian de lugar o la quitan la semana que viene, aprovecho y la pongo a continuación. (No se pierdan el artículo de Lafitte. Está bien interesante.)

El medio

Todo país, toda ciudad, todo pueblo, tiene uno, y muchísima gente haría cualquier cosa por pertenecer a él.

Rafael Menjivar [Ochoa, ejem]

Los de dentro le llaman “el medio” con satisfacción. Para “los de fuera”, las emociones van de la furia impotente, para los rechazados, al suspiro de ilusión para los que están a minutos de su primer recital de poesía, su primer cuadro en una exposición más multitudinaria que colectiva, su primera borrachera con “ellos”, los que sí están.
“El medio” es el lugar virtual donde conviven los artistas, o los que se reconocen entre sí como tales. Este reconocimiento no tiene que ver con trayectoria, originalidad o méritos de trabajo, sino con asuntos más complejos: posición ante los problemas de la sociedad y la globalidad (ecología, género, ideología, neoliberalismo), el papel del creador, el modo de vestirse en las inauguraciones...
No todos escriben o pintan, pero hacen como que sí, y los demás fingen que también. Y cuando pintan o escriben lo hacen igual, para que no digan que se creen originales, la peor de las acusaciones.
Sin ellos uno tendría que conformarse con tediosos conciertos de música tonal, exposiciones de cosas al óleo, teatro con olor a polilla. Es decir: “Bach está sobrevalorado. Rembrandt tuvo su oportunidad. Shakespeare era un plagiario. Ahora es nuestro momento.”
Y es su momento, y lo aprovechan en espacios que “el gobierno” no ha copado o censurado. O mejor aún: en espacios del propio “gobierno” y patrocinados por éste. Tendremos recitales de poesía erótica a cargo de señoras que conocieron de eso en alguna ocasión, coreografías contra la matanza de focas en el Cabo Hatteras (no hace falta saber si allí hay focas), exposiciones de arte conceptual (decenas de botellas de agua pintadas de verde colocadas por todas partes) y eventos multidisciplinarios: la señora lee mientras alguien danza lo de las focas al ritmo de un tambor tocado por su ex esposo. A la salida se reparten las botellas.
La prensa reflejará cristianamente los recitales y performances, y los periodistas harán largas crónicas de algo que no entendieron, ni era el caso. Detrás vendrán los críticos, que explicarán lo que quiso decir la señora con lo del útero en llamas y lo que representa para el desarrollo de las artes el tema de la foca (habrá que citar a algún oceanógrafo sueco), la botella de agua y el tamborcito. (“No se arredró ante las exigencias formales y dio rienda suelta a su particular concepto rítmico”.)
Hay algo cierto: los malos artistas no entrarán en “el medio”, y “los otros” no querrán estar allí. (“Los otros” se mencionan sólo de manera despectiva: “vacas sagradas”, “ungidos”, “vendidos”, por usar términos publicables.) Tiene lógica: los primeros no han hecho méritos y los segundos están en eso de trabajar su obra y no se meten en asuntos de verdadera trascendencia, como el décimonoveno homenaje al pintor que murió dos semanas antes, pasear descalzo con una toga por el centro de la ciudad, o leer poemas con enfoque de género afuera de una marisquería.
Rara vez sale de “el medio” algo que tenga interés fuera de él y, ante el sabotaje sistemático de “los otros”, “el gobierno” y “la comercialización” (el establishment ), autopublican sus poemarios, aplauden sus propias coreografías, se regalan cuadros y se tocan tamborcitos los unos a los otros.
Es paradójico que los que están en “el medio” se muevan en los márgenes (su orgullo es esa marginalidad), a menos que uno se dé cuenta de que “medio” no es equivalente a “centro”, sino a “mitad”: lo que hay en el camino entre una cosa que no existe y otra que no se comprende, ni hace falta comprender.
Lo importante es estar allí. Es lo único importante. Lo demás es apenas arte.

* * *
En las últimas semanas, un supuesto anónimo (en realidad ya me dijo su nombre de varios modos y en varias ocasiones, pero no vale la pena mencionarlo; además dejó abierta su dirección IP, y más abierta su calaña moral, bien pequeñita) lanzó una divertida campaña de spam contra mi correo en GMail, de la que estuve a punto de no darme cuenta, porque el filtro contra la basura es muy bueno. (Ya hablaré de eso después. ¡Es de antología!) Lo último fue mandarme una "amenaza de muerte virtual". Me emocioné, porque sólo me habían amenazado de muerte por teléfono y en vivo, pero resulta que a última hora al parecer se arrepintió, porque la amenaza está borrada del servidor. Seguí el link de varios modos, y nada.


Querido pobre diablo (o imbécil, como prefieras): ¿podrías mandarme otra vez la amenaza, sin borrarla, o poniendo bien el link? Gracias. A cambio, prometo dedicar unos minutos a pensar en ti.
(¡Lo que hacen las Helgas Pataki masculinas para llamar la atención...! ¿No sería mejor hablar por teléfono o mandar un email normal o ponerse a oír música contemporánea o algo?)

Algunos sonetos de Quevedo

A uno que mudaba cada día por guardar su mujer

Cuando tu madre te parió cornudo,
fue tu planeta un cuerno de la luna;
de maderas de cuernos fue tu cuna,
y el castillejo un cuerpo muy agudo.

Gastaste en dijes cuernos a menudo;
la leche que mamaste era cabruna;
diote un cuerpo por armas la Fortuna
y un toro en el remate de tu escudo.

Hecho un corral de cuernos te contemplo;
cuernos pisas con pies de cornería;
a la mañana un cuerno te saluda.

Los cornudos en ti tienen un templo.
Pues, cornudo de ti, ¿adónde iría
siguiéndote una estrella tan cornuda?


Otro

Que tiene ojo de culo es evidente,
y manojo de llaves, tu sol rojo,
y que tiene por niña en aquel ojo
atezado mojón duro y caliente.

Tendrá legañas necesariamente
la pestaña erizada como abrojo,
y guiñará, con lo amarillo y flojo,
todas las veces que a pujar se siente.

¿Tendrá mejor metal de voz su pedo
que el de la mal vestida mallorquina?
Ni lo quiero probar ni lo concedo.

Su mierda es mierda, y su orina, orina;
sólo que ésta es verdad, y esa otra, enredo,
y estanme encareciendo la letrina.


A un hombre llamado Diego, que casaron con una mala mujer llamada Juana

A las bodas que hicieron Diego y Juana
dio de su cuerno flores Amaltea,
tocaron la corneta del aldea
y una cuerna almorzaron valenciana.

En cuerno meó el novio, aunque sin gana,
cuando la novia en otro cuerno mea,
y en la cornija de la chimenea
les cantó la corneja de mañana.

El cura, que es Cornejo, escribió el nombre
con tintero de cuerno, y él le ha dado
un cornado, que es todo lo que pudo.

Y es el bueno de Diego tan buen hombre,
que, con tantos agüeros, no ha notado
cómo le casan para ser cornudo.


Extensión y fama del oficio de puta

No te quejes, ¡oh, Nise!, de tu estado
aunque te llamen puta a boca llena,
que puta ha sido mucha gente buena
y millones de putas han reinado.

Dido fue puta de audaz soldado
y Cleopatra a ser puta se condena
y el nombre de Lucrecia, que resuena,
no es tan honesto como se ha pensado;

esa de Rusia emperatriz famosa
que fue de los virotes centinela,
entre más de dos mil murió orgullosa;

y, pues todas lo dan tan sin cautela,
haz tú lo mismo, Nise vergonzosa;
que aquesto de honra y virgo es bagatela.


Soneto

¿Qué captas, noturnal, en tus canciones,
Góngora bobo, con crepusculallas,
si cuando anhelas más garcibolallas
las reptilizas más y subterpones?

Microcosmote Dios de inquiridiones,
y quieres te investiguen por medallas
como priscos, estigmas o antiguallas,
por desitinerar vates tirones.

Tu forasteridad es tan eximia,
que te ha de detractar el que te rumia,
pues ructas viscerable cacoquimia,

farmacofolorando como numia,
si estomacabundancia das tan nimia,
metamorfoseando el arcadumia.

Tomados de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes. Más sonetos manuscritos de Quevedo pueden encontrarse aquí.

18 de abril de 2007

El currículum

Cuando me pidieron por primera vez que hiciera un currículum vitae, por allí de los 25 años, para un trabajo de periodista, no supe qué poner. O más bien tenía un montón de cosas que poner, pero muy pocas calzaban entre sí, y me parecía que no sería muy bien visto y más bien indicaría desorden.
Estaba, por ejemplo, lo del teatro; cerca de un año y medio metido en eso. Y lo de la música para teatro, las tocadas de todo tipo, en todo tipo de lugares, para todo tipo de cosas; los estudios de guitarra clásica, flauta, percusión, los cursos de canto, los arreglos instrumentales y vocales para quien pagara lo suficiente... Sin contar con el par de años de pintura hasta que tenía como 12 años y no sé qué más. Lo que querían era un periodista, punto. Cuando eso pasó, ni siquiera se había publicado mi primer libro, Historia del traidor de Nunca Jamás, había ganado un par de premios pequeños, y tres o cuatro textos andaban en revistas literarias.
Así que a poner estrictamente lo periodístico.
Recordé el montón de currículums que había visto desde niño, los que llevaba mi padre a casa de gente que buscaba trabajo. Eran impresionantes. Había unos de cuarenta o cincuenta o más páginas a renglón corrido, que no necesariamente eran los mejores. Si habían publicado veinte artículos en un periódico, venía el título de cada uno, con constancia del medio, la fecha, etcétera. Toda una ficha técnica para cada nota, así hubiera tenido media cuartilla. Para ese entonces, además de un par de cientos de editoriales, yo había escrito por allí de 300 artículos, la mayor parte en el periódico El día, algunos en revistas y ninguno en internet, porque no había internet para la gente de a pie. Luego, cada congreso, reunión, seminario, curso, lo que fuera, tenía también un espacio largo, y cada premio o medalla o reconocimiento o diploma de ésos que dan por asistir a lo que sea. Desde entonces ya me daba un poco de vergüenza ajena eso de ver cómo la gente se pasa recopilando datos mínimos para tener un currículum lo más gordo que se pueda y demostrar... no sé qué... Basta con una hojeada para saber que aquello es aire. Así que el currículum que presenté decía más o menos así:

1978. Redactor de la Sección Internacional del periódico El día.
1979-1980. Redactor y articulista de la Sección Internacional del periódico El día. Colaborador de El gallo ilustrado y otras revistas.
1980-1983. Subjefe, editorialista y articulista de la Sección Internacional del periódico El día. Colaborador de... (Aquí venía un par de revistas.)
1983-1984. Jefe, articulista, etcétera, de la Sección Internacional, etcétera.

Media página con buen margen, si tomamos en cuenta los datos personales (nombre, dirección y lo demás).
Me la dieron de subjefe de internacionales del diario El nacional el mismo día en que llevé el currículum, porque ya conocían mi trabajo y en efecto les hacía falta un subjefe. Me dijeron que me presentara a trabajar a la semana siguiente, pero un día antes llamé para dar las gracias y decir que no, que lo lamentaba mucho, que había salido algo más. Entonces apareció otra línea en el currículum:

Instructor de literatura del Programa de Actualización y Capacitación de Maestros de la Secretaría de Educación Pública.

Luego, lo de guionista de historieta. Luego, lo del premio y la publicación del Traidor. Luego comencé con las traducciones (las hacía desde los 19 años, pero no sabía que de eso se podía uno ganar la vida, y bien). Y luego el currículum comenzó a ponerse incontrolable.
La meta siempre fue que no pasara de dos páginas, y casi lo he logrado: no pasa de tres si uso cierto formato y si cada vez voy borrando lo menos importante. Nada de congresos y festivales y encuentros, nada de publicaciones en revistas, nada de mi carera musical, nada de premios pequeños, nada del trabajo que otras personas hacen con lo mío (tesis, artículos, etcétera), con la notable excepción de las traducciones y quienes las realizan; nada de lo que aparezca en páginas web. Y menos aún aquello de "comenzó a escribir a los nueve años y desde muy temprano mostró..."
A la fecha mi currículum literario tiene una página, y el periodístico poco más de una y media. Todavía se les puede cortar más. Si se fusionan, llega a las tres. Si pongo lo que he estudiado, quizá llegue a las cuatro, pero nada de cursos, nada de seminarios, etcétera.
Hace mucho que no me piden un currículum (excepto para algo bien informal, hace como tres semanas). El que tengo en la compu no lo he actualizado desde 2001, cuando me lo pidieron para trabajar en Concultura. Creo que lo voy a actualizar; ya sobran cosas.
Pero eso sí: no se me olvida lo que he hecho, lo que he aprendido y lo que soy. Y lo practico todos los días. (Ya me veo haciéndole caso a un simple papel...)

17 de abril de 2007

Noticias de más allá del mar

En agosto de 2000, cuando murió mi padre, me quedé sin palabras, literalmente. Hablaba poco, escribía nada, pensaba tanto que no recordaba nada, hacía muchas cosas sin mucho sentido. Algo de eso lo puse en un artículo que publiqué por catarsis y con enojo, Algo sobre la muerte de Rafael Menjívar, que está en mi otro blog.
Mi trabajo en ese entonces era traducir Sports Illustrated todas las semanas, lo que me permitía viajar a Costa Rica y estar pendiente de mi padre. También echaba la mano en Vértice con algún artículo. Esa flexibilidad es algo que siempre le agradeceré a Lafitte Fernández, mi jefe en ese tiempo.
Como no había modo de que salieran las palabras, me puse a hacer música con una maravillita llamada Melody Assistant, un programa francés para hacer música, con partitura y todo lo que uno quiera, y durante cuatro meses no supe a qué hora amanecía o si hacía calor, si era de noche o llovía. Trabajaba y me ponía a escribir música; dormía cuando podía y seguía haciendo música. Y la música iba saliendo dolorosa, pero con fluidez.
En diciembre terminé una unidad, digamos un disco, que se llamó Noticias de más allá del mar. Usé de todo: flauta, oboe, corno, fagot, cello, sintetizadores, guitarra eléctrica, efectos de sonido, coros sintetizados, etcétera. Y poesía. En mi universo particular se trató de canto fúnebre, un réquiem, aunque agnus dei ni confutatis nada de eso. Nomás música llena de dolor.
Hasta hace muy poco --digamos un año-- escucharla me seguía llenando de un dolor profundo y seco. Hace unos días, mientras revisaba materiales musicales para que un amigo se llevara a Suecia, encontré el disco, lo puse y ya no sentí "eso". Más bien se me salió una sonrisa y no se me quitó en cuarenta minutos.
Ahora quiero compartirlo con los amigos. Se puede encontrar en mi página en mp3.com. Son las piezas numeradas de 01 a 05. Había una sexta, pero la eliminé; no venía al caso.
Cada pieza tiene su historia --y todas de algún modo cuentan una historia--, de las que sólo hablaré rápidamente.
La primera pieza ("La noche de un día antes") es lo que sentí cuando me avisaron --acababa de llegar de un entierro, por cierto-- que mi padre se moría y tenía que llegar antes de la noche a Costa Rica. Sin boleto y sin nada, en menos de cinco horas estaba allá. En el avión pensé y sentí y recordé de todo, y me di cuenta de que el cuerpo se estaba preparando para un dolor.
La segunda ("Perchance to Dream") fue el tiempo de espera antes de que muriera. Murió al mediodía del lunes 7 de agosto de 2000.
La tercera ("Una tarde cualquiera de 1945") es una historia tierna. En 1943, el abuelo Alfonso se fue para Panamá, como estibador, bajo el régimen de silver roll, por supuesto. Mi padre estaba seguro de que regresaría un día entre las cinco y las seis de la tarde, y durante dos años, a esa hora, lo esperó en una cuesta que daba a no sé qué calle. Mientras, se puso a aprender a tocar una flauta, un pito, y eso hacía mientras esperaba al abuelo. Y el abuelo llegó, en efecto, una tarde de 1945 por esa cuesta, entre cinco y seis de la tarde. Y mi padre dejó la flauta.
La cuarta ("Eclipse") es el entierro.
Y la quinta ("Sirenas") no sé qué hace allí. Creo que la puse porque necesitaba algo relajante después de todo ese montón de emociones.
De no ser por la música, por esa música, quizá hubiera caído en una depresión bien honda. Hay un par de historias anexas que algún día contaré.

16 de abril de 2007

Claudia Hernández en Guatemala

Esta semana se presentará en Guatemala el libro De fronteras, de la cuentista salvadoreña Claudia Hernández. El libro es un hito en las letras nacionales a pesar de que son textos escritos por alguien muy joven (21 a 24 años, en su momento; ahora anda en los 31 y cerca de los 32). Son los cuento elaborados después de que fuera la primera centroamericana en ganar el premio Juan Rulfo de Radio Francia Internacional, a sus veinte años.
La publicación está a cargo de Editorial Piedra Santa, en su colección Mar de Tinta, que ya lleva varios títulos interesantes en su haber, en especial de escritores jóvenes guatemaltecos.
La noticia de la presentación la publica La prensa gráfica aquí, y puede hallarse aquí la página de Piedra Santa dedicada al libro.
Dice Claudia en una entrevista que el libro es una nueva edición --una revisión-- del publicado en 2002 de Mediodía de frontera. Ése fue un título decidido por el editor; De fronteras era el original, que ahora recupera con algunas correcciones a los textos y la incorporación de varios más. No conozco aún la versión definitiva del libro, pero estoy seguro de que será impecable y llena de la inteligencia literaria --y de la otra-- que caracteriza a Claudia.
Me da gusto que cada vez más obras de salvadoreños, y con mayor frecuencia, estén publicándose en el exterior. Sería excesivo decir la "la literatura salvadoreña" es cada vez mejor y más digna de méritos. Creo que aún no tenemos algo que pueda llamarse "literatura salvadoreña", sino a autores individuales, pocos aún, que hacen lo mejor que honestamente pueden, y cada vez lo hacen mejor. Es estimulante que la pequeña explosión literaria en El Salvador esté a cargo de artistas jóvenes, a veces muy jóvenes, que a su vez están creando nuevas concepciones del oficio y de las letras nacionales. (No digo que para muchos, en especial algunos "viejos" sea agradable, y no tiene que serlo. Nuestra literatura --digamos que sí la hay-- está en una crisis, que me parece positiva, y los más jóvenes son su piedra angular, como debe ser.)
La presentación será el jueves próximo durante el XV Congreso Internacional de Literatura Centroamericana, que se realiza en Antigua Guatemala. Aquí hay más información acerca del congreso en La prensa libre, de Guatemala, Felicidades a Claudia y felicidades a todos nosotros.