5 de noviembre de 2004

Memorias de mis putas tristes y La casa de las bellas durmientes

Hoy leí Memoria de mis putas tristes, de Gabriel García Márquez, con algo de desconfianza. De sus libros anteriores (me refiero a los posteriores a Crónica de una muerte anunciada) sólo logré disfrutar Del amor y otros demonios. Noticia de un secuestro me resultó más o menos infumable, excepto por las partes en las que aparece Pablo Escobar, por la escena del asesinato de la anciana y por la escena de la muerte de Diana Turbay; Diatriba de amor contra un hombre sentado logré leerla por disciplina (después vería una muy buena adaptación de Roberto Salomón en el Teatro Poma, en El Salvador, por la que fue demandado por el agente de GM; así la vida); de Doce cuentos peregrinos prefiero algunos cuentos, no más de tres, y no tanto como cualquier otro suyo. Triste el asunto, porque he admirado a García Márquez (y sigo admirándolo hasta cierto momento de su obra) con algo menos que abyección; sin ir más lejos, Crónica de una muerte anunciada me parece la novela perfecta que cualquiera quisiera escribir (o que yo quisiera escribir), El otoño del patriarca es una lección de cómo hacer literatura y La increíble y triste historia... tiene muchas de las páginas más memorables del español.
En fin, García Márquez lo advierte desde el principio con un epígrafe del premio Nobel Yasunari Kawabata, extraído de La casa de las bellas durmientes. Pero uno ya sabe que Cien años de soledad, con el que comenzó su carrera de escritor internacional, salió de la idea desarrollada por otro premio Nobel, William Faulkner, del libro ¡Absalón! ¡Absalón!, y no desmerecen un ápice el uno del otro.
Lo triste fue ver que en Memoria de mis putas tristes no hay, como en Cien años de soledad, un texto que ofrezca una alternativa al original, de la misma calidad, con planteamientos estilísticos o temáticos al menos igual de interesantes. Al Sur sombrío de Faulkner y sus relaciones excesivas, García Márquez ofrece en Cien años de soledad un universo frondoso, de gente y relaciones asimismo excesivas, y un modo de narrar que no se había visto hasta ese momento. En Memoria... sólo hay una versión costeña y ni de cerca tan profunda y sugerente como La casa de las bellas durmientes, de Kawabata. El modo de narrar, además, es descuidado en relación con el estilo depurado que uno espera de García Márquez.
Es el problema de jugar con los temas de los maestros: si no se logra por lo menos algo igualmente bueno (como Cien años... en relación con ¡Absalón...!), algo habrá que se pierda en la admiración que uno ha tenido por alguien de la grandeza de GM. El extremo es cuando se acusa a Shakespeare de plagiar a Marlowe. ¿A quién le interesa? Marlowe jamás alcanzó las alturas de una escena de Macbeth.
Algo similar me ha ocurrido con Vargas Llosa: desde La guerra del fin del mundo, consideré un error leer sus cosas nuevas, tras hacerlo con Historia de Mayta, El hablador, Kathy y el hipopótamo y Elogio de la madrastra. Hubo una casi excepción -La fiesta del chivo-, que tiene un par de lecciones literarias fundamentales, de las que quizá hable después. Me he negado a leer otros libros suyos además de los mencionados; prefiero quedarme con el Vargas Llosa de La ciudad y los perros, Los cachorros y, sobre todo, La guerra del fin del mundo.
Y prefiero quedarme con el García Márquez de Crónica de una muerte... hacia atrás, con la excepción de Del amor y otros demonios. La primera versión alterna que hizo el Nobel de otro Nobel es magnífica; esta segunda... bueno... quizá deba tomarse como un ejemplo de lo que, en lo personal, preferiría no publicar. Eso es algo que también enseñan los maestros.