18 de mayo de 2006

Festival de video

Después de pensarlo mucho y de considerar todo tipo de cuestiones, los del taller de guiones de La Casa del Escritor decidieron (decidimos, qué) entrar en el certamen de video que se realizará a partir del próximo viernes. Cada quién necesita a su asesino, de Carlos Guardado, entrará en la competencia, y se exhibirá el miércoles de la próxima semana.
En el taller de La Casa, como está dedicado a los guiones, conocemos el video que se presentará el próximo jueves como "el de Carlos", porque su guionista es Carlos Guardado, y en el programa se le da el crédito al director, que es Rebeca Torres, que tiene un ojo bastante bueno y también es una guionista notable. El actor principal es el narrador Salvador Canjura. Hace un papel tan bueno que a partir de entonces sólo permite que le den de tomar agua de Evian a 6.5 grados centígrados cuando descansa en su camerino, que en la puerta tiene una estrellita con su nombre y al cual no puede entrar nadie con los zapatos puestos. (Salvador actúa en varios más, incluso en uno del que hizo el guión, La hija de Hausmann. En este último Carlos Guardado hace un papelazo, y está lleno de poetas en el elenco: Carlos Clará, Susana Reyes, William Alfaro y Nelson Ochoa. Y Nelson tiene dos videos también.) Actúan también Silvia Salazar, Carolina Villeda (la mejor amiga de Krisma) y el poeta Jorge Galán en el papel de malo. Jorge es de una timidez apabullante, y sé que con su participación le debo los favores que quiera de aquí al big-crunch. Era la única persona que podía haber hecho el papel, y si ven el video se enterarán del porqué.
Lo de los videos que han salido del taller de guiones tiene su chiste. Después de hacer los primeros guiones, se decidió que se producirían, con varias condiciones:
1. Se harían estrictamente con los recursos que tuviéramos, ni un alfiler más. En este caso, dos cámaras de video de 8mm (Handycams, pues), la ropa que tuviéramos, la luz que hubiera y la escenografía con las cosas de nuestras casas... y en nuestras casas o en La Casa del Escritor. La idea era, además de darle rapidez a la producción, que los guiones fueran el eje del asunto, y también aprovechar las limitaciones como parte de los recursos positivos. Es divertidísimo.
2. La actuación la harían los propios guionistas o amigos a los que se lograra convencer. Nada de actores de teatro, que es lo usual en el país. Además de que los guionistas supieran lo que se siente estar en medio de una historia que uno mismo escribió, hay algo crucial: los actores de teatro están entrenados para que los vean en auditorios, no en una cámara, y una actuación que sería buenísima en un teatro es terriblemente exagerada en un close-up. Lo que hemos logrado es mucha naturalidad, y la falta de entrenamiento actoral se compensa poniéndole énfasis a la parte visual y --de nuevo-- al guión. Allí es donde entra el ojo de Rebeca.
3. La edición se haría en las computadoras que tuviéramos a mano, en este caso la mía. (Carlos Guardado acaba de comprarse una que de seguro entrará en el asunto. O eso espero, porque me queda poco tiempo para la edición.)
Ahora estamos terminando la primera etapa, que es la de hacer nuestros propios videos con los recursos que tengamos. O sea: aprender a hacer guiones, videos y edición. Ahora entraremos en la segunda etapa, de la que hablaremos después.
Por de pronto, van los nombres de los miembros del taller: Rebeca Torres, Osmín Magaña, Nelson Ochoa, Salvador Canjura, Ricardo Hernández y Carlos Guardado.
El programa del festival de video es el siguiente:

Viernes 19 de mayo. 6:30 p.m. Auditorium del Museo Nacional de Antropología Dr. David J. Guzmán.

Sin sostén. Muestra Videoteca del Sur. Animación. México. 6 min. René Castillo – Antonio Urrutia. 2003.- El cuento de lo que quiero y no quiero (competencia). Animación. El Salvador. Ricardo Barahona. 4 minutos. Museo de la Palabra y la Imagen. 2005.- Un día de soledad (competencia). Ficción. El Salvador. 20 min. Heinz Kobernik. Brutal Pop Films y Trípode Audiovisual. 2006. Consejo vecinal. Muestra Videoteca del Sur. Ficción. Argentina. 12 min. Emiliano López. 2000.- Monte Rouge. Ficción. Cuba. 15 min. Eduardo del Llano. Sex Machina Producciones. La Habana, Cuba 2004.

Sábado 20 de mayo. Hora: 6:00 p.m - 9:00 p.m. Auditorium del Museo Nacional de Antropología Dr. David J. Guzmán.

Resucitaré en mi pueblo (competencia). Documental. El Salvador. 18 min. Judith Ochoa. Audiovisuales UCA. 2005.- Co(razón) Collage (competencia). Documental. El Salvador. 14 minutos. Norman Douglas Badía. Diciembre 2004. Taller de los Vagos.- La sangre en el cuerpo (competencia). Ficción. El Salvador- E. U. A. 80 min. Edwin Arévalo. Cinematográfica Films. 2005.- Ella. Muestra Videoteca del Sur. Ficción. Venezuela. 12 min. Alejandra Szeplaki.
2004.- Tonatiú, colores en la oscuridad (competencia). Documental. El Salvador. 40 min.
Carlos Funes Velasco. Primer Plano Producciones. 2004. Atrapar un ruiseñor. Ficción. Costa Rica. 20 min. Gustavo Fallas. 2005. Una mirada al nuevo nosotros. El Impacto de las migraciones (competencia). Documental. Santiago Gutiérrez y Carlos Figueroa. 15 min. Meridiano 89. 2005. Vida de una compañía de baile flamenco. Documental. España. 15 min. Ana Sedeño y Adel Khader. 2005.- Arte y Fronteras (competencia). Documental. El Salvador- E. U. A. Tomás Guevara. 32 min. Ángulos Films. 2005.- Cómo comer carne (competencia). Ficción. Cuba-El Salvador. 5 min. Paolo Hasbún Comandari. 2003. EICTV de San Antonio de los Baños, Cuba.- Sólo. Muestra de directores latinos residentes en Estados Unidos / Videoteca del Sur. Ficción. Estados Unidos. 19 min. Wilson Burbano.- La Honra (competencia). Ficción. El Salvador. 14 min. Sergio Sibrián. Contra Luz. Producciones y Cinemateca de la Universidad de El Salvador. 2005.- Julia Quebrado. Animación. Costa Rica. 3 min. Marcos Arias. Posdata producción audiovisual 2005. Tomás extrañado. Animación. Costa Rica. 3 min. Marcos Arias. Posdata producción audiovisual 2005.- American Children (competencia). Video clip. El Salvador. David Gallardo. 4 min. RL Audiovisual. 2004.- Berlanga Mute (competencia). Ficción. El Salvador- Cuba. 3 min. Luis Enrique Molina. Como operado del cerebro Producciones EICTV. 2004.- La Maldita Circunstancia. Muestra de la EICTV. Ficción. Cuba. 13 min. Eduardo Eimil. (Cuba). EICTV 2002.- Sophia (competencia). Animación. El Salvador. Danilo Girón. 3 min. 2003.- Cerrojos (competencia). Ficción. El Salvador. Claudia Verónica Barrientos. 20 min. Fundación Julia Díaz Massini Producciones y Claudia Barrientos.- 2006. Gente que llora S. A. Muestra EICTV. Ficción. Cuba. 20 min. Harem Khralche Ruiz-Zorrilla (España). EICTV. 2003.

Lunes 22 de mayo. Hora: 6:00 p.m - 9:00 p.m. Auditorium del Museo Nacional de
Antropología Dr. David J. Guzmán.

Doble llave y cadena. Documental. Costa Rica. 42 min. Hernán Jiménez. Doble llave producciones. 2005.- Dopado (competencia). Video clip. El Salvador. 5 min. Francisco Morales. Trípode. Audiovisual. 2004.- La Decisión 2006 / Vocalizando (competencia). Animación. El Salvador. 50 seg. Diego. Brito. White Producciones. 2006.- Margarita (competencia). Video clip. El Salvador. 3 min. David Pinto. Relativo Films. 2005.- Detengan la guerra (competencia). Video clip. El Salvador. 5 min. Trípode Audiovisual. 2005.- Es Tan Fácil (competencia). Video clip. El Salvador. 3 min. Davi Pinto. Relativo Films 2004.- Sufrir me tocó pero sigo siendo el rey. Muestra de directores latinos residentes en Estados Unidos / Videoteca del Sur. Ficción. Estados Unidos. 14 min. Diana Logreira.

Martes 23 de mayo. 6:00 p.m - 9:00 p.m. Auditorium del Museo Nacional de Antropología Dr. David J. Guzmán.

De la sombra a la luz, el VIH y la mujer (competencia). Documental. El Salvador. 11 min. David Mártir. Audiovisuales UCA. 2005.- Tu ausencia me mata (competencia). Ficción. El Salvador. 16 min. Roberto Dávila. DVR y 100% Fat free producciones. 2004.- Quítate el zapato. Video clip. El Salvador. 3 min. Josué González. 2003.- Paraísos Perdidos. Documental. El Salvador. 30 min. Jorge Dalton. Cofradía de San Simón El Salvador y Whith a little help from my friends Producciones El Salvador. 2005.- USUL (competencia). Animación. El Salvador. 8 min. Sergio Arístides Rosa/ Hans Rosemberg.- Muestras de trabajos de X Alfonso (Cuba). Videoclips. X Alfons. ADN Films. Cuba: Ya déjame. Civilización. Esta es mi ciudad. Salvando el alm.- Fiestas agostinas de ayer y hoy (competencia). Documental. El Salvador. 8 min. Rocío Rivas de Yun. Audiovisuales UCA. 2005.- In any house. Muestra de directores latinos residentes en Estados Unidos / Videoteca del Sur. Ficción. Estados Unidos. 13 min. Luis Ulloa. 2003.- NA-NA. Ficción. Cuba. 17 min. Patricia Ramos. 2005.

Miércoles 24 de mayo. Hora: 6:00 p.m - 9:00 p.m. Auditorium del Museo Nacional de Antropología Dr. David J. Guzmán.

El otro, el que yo soy. Ficción. El Salvador. 12 min. Alexia Miranda. Indigo Producciones. 2006.- Desarrollo sostenible. Experiencia del Japón en El Salvador (competencia).
Documental. El Salvador. Salvador Castellanos. 48 min. Salvador Castellanos producciones. 2006.- Habilidades para la vida. Documental. El Salvador. 5 min.. Sergio Sibrián y Noé Valladares. ACISAM. 2004.

Y aquí estamos:

Cada quien necesita a su asesino (competencia). Ficción. El Salvador. 7 min. Rebeca Torres. 2006.

Freelance. Muestra de directores latinos residentes en Estados Unidos / Videoteca del Sur. Ficción. Colombia. 22 min. Adolfo Gallego. 2003.- Acostumbra llover. Experimental. Guatemala. 3:50 min. Alejo Crisóstomo. Casa Comal y La Lupe.- Que bonito fuera (competencia). Video Clip. El Salvador. 4 min. Edson Amaya.- Sala Vacía (competencia). Documental. El Salvador. 14 min. Guillo Martillhoz (Colectivo Calle Arte). Lady Anfeta producciones, Bramar N Droguin Producciones Martillhoz Films. Calle Arte. 2006.- ¿Me amas? (competencia). Ficción. El Salvador. 40 min. Pepe Montoya. Omega. 2006.

Jueves 25 de mayo. 6:00 p.m - 9:00 p.m. Auditorium del Museo Nacional de Antropología Dr. David J. Guzmán.

Lerack (competencia). Animación. El Salvador. 16 min. Alex Soto. 2006.- Virtualito (competencia). Animación. El Salvador. 2 min. Ricardo Clement y Pepe Montoya. Omega. 2005.- Corazón (competencia). Video clip. El Salvador. 3 min. David Pinto. Relativo Films. 2005.- 25 años de Impunidad (competencia). Documental. El Salvador. 22 min. Olga Chacón. Audiovisuales UCA. 2005.- La Escritora (competencia). Ficción. El Salvador. 2 min. Danilo Girón. 2003. Vocalizando (competencia). Animación. El Salvador. 53 seg. Juan Carlos García. Roonol Estudio. 2006.- Alicia en el país de las oportunidades (competencia). Ficción. El Salvador. 26 min. Raúl Sanabria Bonilla. Ojo Kerke. Fundación Julia Díaz, ID Música. 2006.- A dos cuadras y media. Ficción. México. 10 min. Tito González. Miguel Angel Ornelas. 2004.- La manzana azul. (competencia). Documental. El Salvador. 43 min. Tomás Guevara. Angulos Filme. 2006.- José Manuel, la mula y el televisor. EICTV. Documental. Cuba. 13 min. Elsa Cornevin (Francia). EICTV. 2003.

Viernes 26 de mayo. Hora: 6:00 p.m - 9:00 p.m. Noche de clausura. Auditorium del Museo Nacional de Antropología Dr. David J. Guzmán

26/04/86 Una primavera en la memoria. EICTV. Documental. Cuba. 21 min. Ariane Mondo (Brasil). EICTV. 2004.- CRUCERO/CROSSROADS. Muestra de directores latinos residentes en Estados Unidos / Videoteca del Sur. Documental. Canadá. 28 min. Ramiro Puerta.

Exhibiciones Auditorium ICAS – UCA. martes 23 de mayo de 2006. 4:00 – 6:00 p.m.

LA OFRENDA. Ficción. Estados Unidos. 16 min. Alejandro Fernández. 2003.- Medio Tiempo. Ficción. E. U. A. - El Salvador. 45 min. Francisco Menéndez. 2001.- Me Arte en la pared. Documental. El Salvador-Cuba. 25 min. Jorge Dalton. Whith a little help from my friends producciones El Salvador. 2005.- ROKUNGA, EL ÚLTIMO HOMBRE PÁJARO. Animación. Chile. 7 min. Edwin Gómez Viñales. 2004.- Artesanía contemporánea Taiwanesa. Documental. Taiwan. 20 min. Jin Kwong-Wai yu. 2005.

Exhibiciones Auditorium ICAS – UCA. Jueves 25 de mayo de 2006. 4:00 – 6:00 p.m.

Historia chiquita que cruza el océano. Documental. Uruguay-España. 45 min. Sesi Bergeret. 2004.- Una entre miles de historias sobre la migración. Cuando yo soñaba un mundo al revés. Documental. El Salvador-Cuba. 25 min. Jorge Dalton. Whith a little help from my friends producciones El Salvador. 2005.- Un día sin un mexicano. Ficción E. U. A. - México. 30 min. Sergio Arau. Arau - Arizmendi. 1997. Línea de teléfono. Ficción. Argentina. 17 min. Marcelo Brizante. 1996.

16 de mayo de 2006

A propósito de revistas...

...hay una muy buena, anual, titulada Nuevo mundo, que se puede encontrar aquí. Los anuncios de su aparición me los manda la doctora Elizabeth Burgos, antropóloga, una de las mentes más lúcidas (y a veces más doloridas) de América Latina. Ella es la autora de Me llamo Rigoberta Menchú y así me nació la conciencia, que sin duda fue importante para que Menchú obtuviera el Nobel de la Paz en 1992. La doctora Burgos, luchadora social de vieja data, sufrió después injustos (me parece) ataques de Menchú y de los "menchuistas", pero su lucidez ha permanecido intacta. Como muestra, en Nuevo mundo aparecen interesantes artículos suyos, como éste y éste. (Ella colaboró, entre otras cosas, con la guerrilla del Che, y también con la de Douglas Bravo en su natal Venezuela, y desde luego con la de Guatemala; fue amiga durante muchos años del comandante Rolando Morán, del EGP.) Veo aquí un comentario del escritor guatemalteco Mario Roberto Morales sobre el primeros de los ensayos mencionados; fue Mario precisamente quien me presentó a la doctora Burgos, una vez que estaba trabajando (yo) acerca del testimonio como género literario. (No estoy de acuerdo en que lo sea, y eso involucra a gente que ha tratado mal a la doctora Burgos. Algún día explicaré por qué.)

Las revistas, El ojo y los blogs

El ojo de Adrián, la revista virtual que apareció hace un año como alternativa a lo existente (o casi inexistente) en el país, anunció su último número. Me tocó colaborar con su lanzamiento, entre otras cosas poniendo dos números en Blogspot, el primero con mediana fortuna (ni idea de cómo se hacía una revista en forma de blog), el segundo con un poco más de suerte y al tercero Mayra Barraza lo agarró de mejor manera y yo me retiré.
Mi problema fue que desde los editoriales "El Editor" empezó a lanzar ataques que me parecieron de mal gusto contra quien se pusiera enfrente, y está bien, pero en ningún lado constaban los nombres del responsable o responsables de la publicación, y parecía que los colaboradores estábamos de acuerdo con los ataques. No sé los demás; yo no. Cuando dije que me retiraba y que muchas gracias, recibí ataques de "El Editor" y un cierto hostigamiento por correo privado.
Lo que me desconcertó en especial fueron las burlas al poeta David Escobar Galindo (hubo a más personas, como se puede ver aquí), en especial porque la otra mitad de "El Editor", el también poeta René Rodas, trabaja hasta la fecha en la Universidad José Matías Delgado, cuyo rector es Escobar Galindo. Pegándole al jefe, pero escondiéndose para que no se entere, no sea que tome represalias. (No las ha tomado.) El anonimato, entonces, no era un modo de protegerse de posibles ataques del "sistema", sino un acto de poca... uh... civilidad. (Iba a poner "de poca madre", pero me pareció muy brusco.) Aquí, al final de la página, vienen las justificaciones para no dar los nombres de "El Editor" y cosas bien feas para decirle a los colaboradores: que "ustedes lo que pasa es que son bien tontos y no entienden lo que de veras tratábamos de decir, que no es lo que les estamos diciendo que es, pero son tan tontos que no se van a dar cuenta".
Como sea, El ojo de Adrián apareció como alternativa a la revista Cultura, que por esos días se publicaría de nuevo tras varios años de marasmo, y hasta se habló de una posible desaparición. Unos días antes, Rodas y Carlos Cañas Dinarte, junto con Mayra Barraza, habían pedido que se "entregara" la revista al sector cultural, del que de algún modo se declaraban representantes. (Véase aquí.) Tuve una polémica en un foro con Cañas, en la que básicamente le decía que él no me representaba a mí (no sé a los demás), y que no tenía mi aval (no sé de los demás) para usarme para algo de lo que yo no tenía idea, o sea pedir la revista Cultura para un cierto sector cultural. Hasta donde sabía, en esa reunión (a la que no fui por asuntos de trabajo) iban a pedir que no desapareciera Cultura, no que había que dársela a Carlos o a Rodas. Lo que pasó fue bonito: Mayra me expulsó del foro "Arte con voz", donde se daba la polémica. Con El ojo quedó claro en lo que hubiera parado una revista de mucha tradición y peso, que ahora empieza a gozar de cabal salud.
Como sea o haya sido, no creo que Cultura (con todo y que está haciendo lo suyo) alcance para satisfacer las necesidades de revistas que algunos pudieran tener en El Salvador y para mantener comunicada a la gente del sector artístico salvadoreño, o simplemente para que los lectores lean. Las que hay son irregulares, y con frecuencia malas, no se sabe dónde encontrarlas, o son excluyentes o traen muy poco, o no llegan a ningún lado. Los periódicos no están llenando el vacío, y no sé si sea el caso.
El panorama parecerá desolador, y no lo es. En mi caso, me he armado mi propia revista cultural, y me la paso bien. Esa revista son varios blogs que visito con cierta constancia. Hay de todo, desde apuntes sueltos hasta crucigramas, pasando por críticas de películas, notas de viaje, poesía... La mayoría están escritos por salvadoreños. Hasta visito algunos que sé que no me van a gustar, como no todo lo de una revista debe gustarle a uno, y que contradicen las cosas en las que creo más profundamente; obligan a pensar y a cuestionarse lo que se da por hecho. (Igual soy necio y no cambio de opinión ni de ideas, pero tengo que pensar por qué.)
Por lo demás, le doy una ojeada a la mexicana Letras libres y otras que consigo impresas de vez en cuando, como la española Archipiélago, que es una verdadera joya. (La conocí cuando me pidieron una traducción que hice de una polémica entre Chesterton y Shaw realizada en 1928.) También Cultura, y hasta a El ojo de Adrián le daba una ojeada no muy minuciosa; era un tanto tediosa, quizá porque "El Editor" no era un editor, el problema por el que Cultura casi desapareció; hay que saber de edición para armar una revista que junte temas y gente, o se desarma entre las manos. (Eso no excluye lo que estoy diciendo de los blogs; nada más habla de lo que hace falta para hacer una "revista-revista".)
Los blogs son un modo interesante, y sin duda alternativo y gratuito, de crear una revista "a la medida", ya sea desde la lectura o desde la escritura. Sería bueno que la gente salvadoreña, como era la intención de El ojo, pudiera juntarse y armar buenas revistas virtuales en las que hubiera un movimiento, una discusión y un cuestionamiento constante. Pero pues no. Así que la anarquía sigue siendo la solución, y está más de acuerdo con el sentido original de internet.

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Otrosí: Ya escrito y publicado lo anterior, empecé mi tour por algunos blogs y reencontré dos textos de Denise Phé Funchal, una narradora excelente, que deberían encontrarse en alguna revista, pero no se encuentran: o no hay revistas o no se publican cosas tan chiquitas o no le publican a Denise o saldría demasiado cara la impresión para que el concepto se conservara. Aquí están Costumbre y Costumbre II.
Y hay más.

13 de mayo de 2006

1979. Diciembre


Por allí del 15 o 16 de noviembre de 1979 mi padre vino a El Salvador, aprovechando la apertura que había prometido la Junta Revolucionaria de Gobierno. La idea era pasar la navidad con la familia y regresar a México el 26, para estar con nosotros el año nuevo.
Bajó del avión y lo estaba esperando gente de la universidad, muy formal el asunto con el señor ex rector, y algunos cientos de estudiantes afuera y en las pistas. Después de un par de discursos, algunos jóvenes empezaron a hacer torres humanas y a pintar el aeropuerto (todavía el de Ilopango) con leyendas del Bloque Popular Revolucionario. Un montón de guardias los veía desde no muy lejos, y no creo que de buen humor. Pero como había apertura, pues había apertura, y ya verían cómo repintarlo, supongo.
(Mi padre me decía: "Lo que me daba miedo era que me cobraran la pintura. El sueldo no me alcanzaba para tanto." Más o menos la misma lógica que cuando le pregunté, siendo niño, por qué el capitán se hundía con el barco: "Porque se lo cobran. Imaginate lo que cuesta un barco...")
De regreso a San Salvador la manifestación se fue haciendo más y más grande, más bulliciosa y con más pintas del BPR. Lo llevaron a la universidad, más discursos, una comida y... todos empezaron a irse, y nadie se acordaba de que, ejem, le habían ofrecido protección, porque una cosa era que hubiera apertura y otra cosa que se la creyera. Estaba con la abuela Mina, a seis cuadras de la UES, pero igual no le gustaba la idea de caminar por los lugares por los que habían matado a un montón de gente, el rector Alfaro Castillo incluido. (Unos meses después asesinarían a Félix Ulloa, también rector.) Por fin aparecieron los que lo iban a cuidar y le prestaron un carro de la rectoría para que lo llevara a donde necesitara. (No sé si fuera usar fondos públicos para cuestiones personales, y veintisiete años después no creo que nadie quiera demandar a un señor que ya se murió. Sólo cuento lo que pasó.)
Se dedicó sobre todo a visitar a la familia, a varios amigos y dar algunas pláticas aquí y allá. En la foto aparece en la casa del tío Jaime Olivo, primo suyo (en realidad, y más bien, su hermano menor), creo que ya con unos tragos dentro. El propio tío Jaime me regaló la foto.
El asunto es que la casa donde vivía la abuela Mina se convirtió en el centro de un montón de inseguridad. Había carros de policía por todos lados, desde patrullas y vehículos civiles hasta algunos de gente... eh... un poco más a la izquierda que ellos, sin contar a los de a pie, de ambos bandos, y algunos que se peleaban los edificios para vigilar desde allí, supongo que con algo más que walkie-talkies. Y mi padre regresaba a casa a las dos o tres de la mañana, y la abuela histérica: un estornudo y aquello se convertía en una balacera épica. Así que el 22 de diciembre por la noche estaba esperándolo y le dijo: "Te vas mañana. Aquí está el pasaje. No aguanto ni un día más. Vas a pasar la navidad con tu familia." Y mi padre dijo sí, lo llevaron al aeropuerto y en el momento no le cobraron la pintura.
El 26 de diciembre, el día en que se suponía que iba a regresar, me llegó al periódico un cable que le llevé a mi padre; él hizo como que no le importaba, pero estoy seguro de que lo asustó: una bomba detonó en el carro en que lo habían llevado de un lado a otro, el de la rectoría, más o menos a la hora en que tenía que ir al aeropuerto. Después de todo lo de a pintura había sido importante.
Hay algo que me impresiona de esa foto: mi padre tenía entonces 44 años, casi 45, menos de los 46 que tengo ahora, o sea que podría ser mi hermano menor si no fuera mi padre, pinche dialéctica. Me recuerda un relato, creo que de Camus, en el que un hombre ya mayor va a la tumba de su padre, que murió en la Primera Guerra, y se da cuenta de que allí abajo hay los huesos de un chavo de diecinueve años, tres veces menor que él.
Todavía no soy tan viejo como para entrar en contradicciones, pero sé algo: fue rector a los 35 años, y tengo once más que eso. Hay cosas que ahora entiendo como los hechos de alguien terriblemente inteligente, pero aún inmaduro en más de un aspecto, y me desconcierta: sólo puedo verlo como una persona grande, "adulta", y me cuesta no verme, cuando recuerdo eso, como un chavo de 12 años.
Mi hija tiene ahora 18 años, y va a cumplir 19. A esa edad ya tenía un hijo para quien era todo un adulto... y él tiene ya 28 años. Y mi hijo tiene la edad que yo tenía cuando nació Eunice. Y entre los dos tienen mi edad actual.
No sé si pueda dormir bien; los números me confunden.
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12 de mayo de 2006

Thierry y Alain


En agosto de 2002 vinieron Thierry Davo (al centro) y Alain Mala (izquierda) a El Salvador. Thierry vino a dar un taller de lectura de Pedro Páramo para La Casa del Escritor (hay gente que lo recuerda y le brillan los ojos; fue excelente); ya había estado aquí los dos años anteriores, porque se pasaba los veranos en Costa Rica. Alain vino a que negociáramos la publicación de una serie de libros míos en su editorial, Cénomane, aprovechando que Thierry andaría cerca. Las negociaciones fueron tan arduas y tan encontradas que, con Thierry en el papel de intérprete, duraron unos quince minutos y se sellaron con un apretón de manos, como todo buen trato. En resumen, acepté lo que ofreció y el aceptó lo que le pedí.
Y es que con Alain es difícil ponerse mal; es un tipo espléndido. Cuando apenas apareció mi primera novela, la primera también que traducía Thierry, se aventó a publicarla en el plan de "hay que apostarles a estos jóvenes", aun sabiendo que a quién rayos se le iba a ocurrir comprarla y que lo más probable fuera que se quedara con buena parte de la edición en las bodegas. (Todavía hay ejemplares desde 1989...) Su rollo era otro. A través de Thierry se mantuvo informado durante años y un día decidió que era hora de publicar más cosas mías, y escogió para eso uno de mis libros menos comerciales y más experimentales, y luego otro, y otro, y en ésas estamos. Claro que es un fan abyecto de lo que se da en llamar "música contemporánea", y eso explicaría que le gusten las cosas raras. Para la música tiene un gusto excelente, y por esas fechas nos pasamos oyendo de las cosas más excéntricas que encontré en mi discoteca, que son varias.
La noche en que nos tomaron la foto estábamos revisando la traducción de Instrucciones para vivir sin piel, línea por línea y casi letra por letra, porque así es Thierry de minucioso, y Alain bastante peor. Habíamos cenado cualquier cosa (veo por allí unas salchichas fritas) junto con Krisma y mis hijos Eduardo y Margarita. Al terminar comenzamos con la traducción y... uh... a ninguno se le ocurrió recoger la mesa para tener más espacio, o sea que nos estuvimos hasta bien entrada la madrugada con el manuscrito en el pedacito de mesa que se ve libre. Me di cuenta al día siguiente, cuando pasé las fotos a la computadora. Como justificación se puede decir que cada cierto tiempo alguno de nosotros picoteaba un pedazo de salchicha o se servía un poco de refresco.
Unos días después de la foto Alain hizo un spaghetti a la bolognesa que durante un par de años fue la medida de cómo se debía cocinar en casa. Apenas pude quitarme el estigma un día en que inventé mi propio plato, unos camarones con uvas y papas en salsa blanca, y dijeron: "Bueno, casi como el spaghetti de Alain." Juro que son mejores mis camarones que su spaghetti, pero Alain ya había entrado a la categoría de mito, y así no hay quién pueda competir.
La otra foto me la acaba de mandar Thierry; la tomó después de la representación de Instrucciones para vivir sin piel que está dirigiendo Claude Esnault (el señor de barba). A la izquierda aparece Marie-Aimée, esposa de Alain. No conozco a ninguno de los dos, pero les agradezco todo lo que han hecho y hacen.

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Una receta de emergencia para una salsa agridulce:
A propósito del tema de la comida, hace unas semanas tenía que hacer un pollo rápido y rico, y no tenía salsas ni modo de hacerlas. Ni paciencia. Lo único que había era catsup (o ketchup), que compro en cantidades industriales, así que le eché al pollo una cantidad respetable de salsa y luego un chile chipotle pequeño, y cociné hasta que empezó a pegarse. Quedó excelente. Como podía ser casualidad, hace cuatro días (o cinco) repetí la receta y quedó incluso mejor. El secreto no está tanto en la salsa, sino en cómo se condimenta el pollo, friéndolo a fuego lento y dejando después que los condimentos se integren a la salsa. Los chefs se retorcerían de dolor, pero no está mal para una urgencia.
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11 de mayo de 2006

La tumba


Detrás del monumento que tiene en la cúspide a Rómulo y Remo amamantados por la loba, primera tumba a la derecha, desde la entrada del Cementerio de los Ilustres, está la que debería ser la tumba familiar, comprada por la abuela Mina a finales de los sesenta, según recuerdo. Tiene seis plazas, más un pequeño nicho que está al frente, del lado izquierdo.
Allí están enterrados tres hermanos de los diecinueve que tuvo la abuela (ella, nacida en 1915, era la menor): la tía Concha (de oficio sastre, además de sobadora reconocida en Mejicanos), el tío Lico (Federico), y la tía Tere, todos de apellido Molina.
Un día, cuando la tía Tere tenía 91 años, ya ciega, se estaba muriendo. Llegaron a verla los hermanos sobrevivientes (también el tío Polo, o Leopoldo, además de la abuela) para despedirse de ella. Era cosa de horas. La tía Concha, que tenía 79 años (fue quien crió a la abuela), regresó a su casa, dijo que tomaría una siesta... y se murió mientras dormía. La tía Tere fue a su entierro; se recuperó y vivió dos años más.
El tío Lico (el que seguía en edad a la tía Tere; era como cuatro o cinco años menor, y murió a los 89) tenía no sé qué en el estómago, y a lo largo de los años se lo fueron recortando. La paradoja es que él y su esposa eran dueños de la tienda más grande de Santiago Nonualco, y de las fincas donde se producían muchas de las cosas que se vendían allí: leche, quesos, cereales, pan. Todos los mediodías le servían toneladas de comida, y él apenas podía picotear aquí y allá algunos bocados de cada cosa. Y tenía un humor de perros bravos, con razón, supongo. Lo malo es que era su esposa, Tina, quien lo soportaba, hasta que se murió de cáncer, por allá por 1973 o 1974.
Al tío Polo le decían indistintamente Polo o Leo. Mi hermana juraba, hasta hace pocos años, que eran dos, y que eran gemelos. Era un tipo sensacional. Su oficio era el de coyote: estaba en una esquina del centro, llegaban a ofrecerle o a pedirle una casa para venta o para compra, ponía en contacto a los compradores y vendedores y se llevaba una comisión. También vendía carros o lo que fuera. Un día hizo la venta de su vida, a principios de los cincuenta, y se escapó a Cuba con una mujer mucho más joven. (Él era un par de años mayor que la abuela, o sea que habrá nacido en 1912 o 1913.) El dinero le duró un año, y se lo gastó como se gastaba el dinero en Cuba en esos tiempos si uno quería pasarla de lujo. Se acabó el dinero, la muchacha lo dejó y se regresó a El Salvador, a su esquina de siempre y a lo mismo, con un humor siempre envidiable. No sé cuáles serían sus relaciones familiares, porque siempre me llevé poco con los Molina, pero hay una hija suya que apenas estará llegando a los cuarenta años, y otras de la edad de mi madre (71) o mayores. Pelirroja, por cierto. Creo que no era de su esposa, o no de su primera esposa, porque se casó un par de veces. También se dedicó a cuidar a sus nietos mientras sus hijas estaban en Estados Unidos juntando dinero para llevárselos. Lo hicieron, y se lo llevaron a él también.
Hablo del tío Polo (o Leo) aunque no esté enterrado en la tumba porque la abuela hablaba con él y con sus hijas cada dos o tres meses; llamaba ella o llamaban ellos. Un día de tantos dejaron de llamar, y a ella le dijeron que se habían cambiado de casa y, no, no sabían dónde se habían cambiado. Creo que no quisieron decirle que el tío Polo se había muerto. En el entierro del tío Lico, el tío Polo le dijo a la abuela: "Ya estamos como la miss universo; sólo falta ver quién se lleva el premio."
Allí está enterrada también Nena, la hija mayor de la tía Tere. Era apenas cuatro o cinco años que la abuela, y murió a los ochenta, la que ha muerto más joven después de la tía Concha. Su esposo murió un par de años antes que ella, y era bastante mayor Y allí está también su esposo, el compadre Enrique (de apellido Rodríguez), un hombre bueno que se gastó toda su fortuna (un par de autobuses, un par de camiones de carga, creo que una tienda de abarrotes) en los años cuarenta para buscar a Nena. La encontró precisamente en Cuba, a donde se había escapado, unos años antes que el tío Leo (o Polo). Debió ser un lugar sensacional para huir, porque dos miembros de la familia son demasiados para tratarse de una coincidencia.
La característica del compadre Enrique (así le decían todos; la abuela era madrina de Napoleón, uno de sus hijos) era su humor optimista. Todo estaba bien, todo estaba a punto de solucionarse, la vida siempre era buena. No había modo de enojarlo o de ponerlo a llorar. La única vez que lloró fue cuando murió su hijo Roberto, en 1972. Había quedado totalmente paralizado siete años antes, cuando se estrelló en una moto contra el tren bala, en Villa Delgado (ahora Ciudad Delgado). Venía de dar una serenata (de eso vivía), el que iba manejando creyó que podía pasar antes que el tren bala y, cuando se dio cuenta de que no, se arrojó y se quebró un brazo o algo. La moto era de Roberto pero no quiso conducir porque había tomado y no quería causar algún accidente.
Roberto se dio de frente contra el tren. Junto con él se quebró una mandolina que le había regalado mi padre, que era precisamente lo que tocaba. Mi padre la había comprado con la intención de aprender él, pero nunca pudo pasar de la guitarra, y sólo de algunas notas y ritmos, así que se la dio a Roberto. Un día Roberto decidió que se iba a morir, se pasó una semana despidiéndose de todos y, listo, se murió. Pidió que lo enterraran con un traje de mi padre, y así fue; él ya estaba exiliado en Costa Rica. Roberto dejó un hijo, también llamado Roberto, igualito a él, que había tenido con una señora que un día llegó a dejarlo a su casa y sólo apareció años después, cuando Roberto hijo la buscó y la encontró ni más ni menos que en Ciudad Delgado. Ya muerto su padre, llevaba con ella una relación irregular, pero al parecer buena. Un día fue a verla y no regresó. Apareció en la morgue con un tiro en la base de la columna; unos guardias nacionales le habían dado la orden de detenerse y, como tenía problemas de sordera, no hizo caso. Lo mataron por sordo y por joven. Ninguno de los Robertos está en esa tumba, pero había que recordarlos.
La última a la que se ha enterrado allí es la abuela Mina, una mujer admirable, que murió hace poco más de dos años, a los 89 de su edad. Hay muchísimo que hablar de ella, pero hay una anécdota que la define.
Después de dos años de estar siempre a punto de morirse, por un motivo o por otro, cayó en coma. Tres, cuatro, cinco días, quizá más. Mi madre y el tío Mauricio arreglaron todo para su entierro, las cosas legales, etcétera, y mi madre debió regresar a Costa Rica por alguna emergencia. Cuando estaba allá, con el boleto listo para volver, la abuela revivió. Débil, pero revivió.
Se dio cuenta de que tenía aún asuntos que resolver, lo hizo (algunos no les gustaron a varios miembros de la familia) y un domingo, dos semana después de revivir, me fue a ver a La Casa del Escritor para regalarme un gato, Otelo. (Por cierto se fue de casa un par de días después de que llegó Valeria y, gulp, el día en que trató de hacerse el macho con Gizmo. La gata casi lo mata. Se fue a vivir a la casa de enfrente.) La gente de La Casa la trató de maravilla y ella, adicta al afecto, con todo y lo que le costaba recibirlo y darlo, lo disfrutó literalmente hasta el cansancio.
En el jardín había una flor de izote que le gustó, y le dije que se la llevara; el vigilante me ayudó a bajarla. La acompañamos en masa al taxi en el que la habían llevado y esa noche cenó izote hervido. Al día siguiente no desayunó, pero en el almuerzo pidió izote con huevo. Durmió el resto del día y el martes entró en coma de nuevo, como si nunca hubiera salido de él. Murió el sábado por la tarde.

Con toda esa gente de tanta edad, la primera persona enterrada allí fue mi hermana María Elena, la del nicho pequeñito que mencioné al principio. No sé nada de ella, excepto que se trató de un parto de 48 horas y que murió en algún momento entre su nacimiento y los dos días siguientes, según la versión que quiera aceptar. (Mi parto duró como media hora. El de mi hermana Ana, veinticuatro horas. El de Mauricio fue como de tres horas.) Mi padre y mi madre jamás hablaron del tema, y a estas alturas no quiero poner triste a mi madre preguntándoselo. Lo único que sé es que su placa tiene una sola fecha: 22 de mayo de 1958, año y medio antes de que yo naciera.
Son interesantes los simbolismos y el modo en que uno hace vivir a la gente de nuevo. Como ya dije, mi pseudónimo en las FPL era "Rafael", porque me parecía absurdo usar otro cuando todo el mundo me conocía. El de mi padre era Roberto, y era por Roberto Rodríguez y la mandolina y el traje con el que lo enterraron y una amistad bien rara, porque no tenían muchas cosas de qué hablar. A veces mi padre lo visitaba solamente para oírlo tocar un rato la mandolina, de un modo que él jamás alcanzaría, y era feliz con eso. El de mi madre era María Elena. Lo supe un día en que Mélida Anaya Montes llegó a casa y encomió frente a todos los presentes, familia incluida, "el trabajo de la compañera Ana María", un lapsus bastante feo, porque no debíamos conocerlo.
Tengo cientos de fotos en la compu, y varias decenas que a lo mejor quiera escanear. Ya pondré alguna otra.
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10 de mayo de 2006

1998


Esta foto fue tomada la noche del 18 de diciembre de 1998, el día en que salí de México hacia Costa Rica. En el orden de siempre, mi hermana Ana, mi hermano Mauricio, mi padre, yo y mi madre. Para ese entonces no lo sabíamos, pero mi padre ya tenía el cáncer del que moriría, el 7 de agosto de 2000.
Si se dan cuenta, allí yo no tenía canas, sólo algunas. La mitad de las que tengo me salieron en un mes, mientras cuidaba a mi padre, poco antes de su muerte. El resto me salió el día de su muerte. Creí que esas cosas sólo pasan en la literatura, pero no.
Y hubo otra mitad (sí, tres mitades; hay cosas que así son) que me salió el día de la muerte de la abuela Mina. Impresionante.
Sigo buscando fotos.
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9 de mayo de 2006

Todos tenemos un pasado...


...incluso Valeria. Aquí está en su primera foto, totalmente desnuda y rodeada de agua, tomada a las trece semanas de gestación. Y la médica le pegó a la fecha: había dicho que nacería el 9 de junio y nació el 11. O sea que ya falta un mes para que tenga dos años...
Está aprendiendo la palabra "pelo", por cierto. Ya sabe decir "raya" (para referirse a lo que dibuja) y "barba" (para referirse a la barba). "Agua" es todo lo que se toma y "pan" todo lo que se come, excepto las galletas, que son galletas. Todos los perros se llaman "Natasha". Y así hasta alcanzar más de una docena de palabras relativamente articuladas.
Hoy se durmió a las diez de la noche, cuatro horas más tarde de lo habitual. Nos divertimos un montón haciendo de todo: comer yoghurt, ponerse ropa de Krisma como gorros, cantar la canción de "El oso y la casa azul", fingir que llorábamos y ponernos a reír (empezó porque en efecto se golpeó un pie, pero cuando ya empezaba a ponerse consentida no aguanté la risa, etc.). De todo, pues, aprovechando la soltería.
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Musiquita

Mucho he hablado de que hago música, pero hablar es fácil, así que abrí una página en mp3.com. Allí hay varias cosas de las últimas que he estado haciendo, en especial música para videos y cosas así. Están armadas en varios programas: Fruity Loops 5 (o FL Studio 5; la versión 6 no me gustó), y últimamente una maravilla, el Reason 3.0. Este último tiene herramientas de equalización y procesamiento excelentes. De las canciones que están en la página, la "Balada vieja" está hecha en Reason. El encanto es que suene a gente reunida en un lugar cualquiera, que enciende la grabadora y se pone a tocar, y las herramientas que tiene el Reason para hacerlo son sensacionales. También el FL Studio tiene herramientas muy buenas, pero me parece complicadísimo, y lo que hago es procesarlo después en otro programa, el Adobe Audition.
También uso --y ya pondré por allí algunas piezas-- una maravilla que se llama Melody Assistant. Lo compré hace como siete años por quince dólares, lo más barato que hay para los resultados magníficos que da, y tiene varias actualizaciones anuales (gratuitas) que lo han hecho un programa poderosísimo. Mientras que para hacer algo en el Reason y el FL sólo se necesita apachurrar botoncitos o usar un teclado virtual (o real, pero no sé tocar teclados), en el Melody hay que hacer todo a mano, y eso es lo que me gusta. Uno escribe la partitura, y el proceso de escritura es a la vez el de ejecución y el de arreglo. Tiene un montón de cosas (ligato, stacatto, sostenuto, whatever) que se pueden aplicar a lo que se escribe y se oye, y unas bases de datos de sonidos bastante decentes.
Tiene también buenas herramientas para procesar el sonido, pero el Audition está hecho especialmente para eso, y hasta lo del Reason lo armo allí, por pistas. (Con el Reason, apenas regulo el volumen de las pistas o quito y pongo algunos agudos; con lo otro hay que ponerle más de ingeniería.)
La página de música, en fin, está aquí. Los archivos están en *.mp3 a 192kbps, que no es lo mejor, pero dan una buena idea de lo que se trata. Ya avisaré de las actualizaciones.

Instrucciones en escena


Ya Alain Mala --el editor de algunos libros míos en Francia-- me había avisado desde hacía algún tiempo que había gente trabajando en una puesta en escena de Instrucciones para vivir sin piel. Thierry Davo me avisó hace algunos días que sería para estos días, y le pedí que, si iba (vive en Reims), llevara una cámara de video y filmara lo que hubieran hecho. Y cómo no iba a ir, si es su otro autor, o el que ha puesto el libro en el único idioma en que se ha publicado hasta ahora. O sea: lo que se representó fueron sus palabras.
Por ahora me envió una copia del cartel. Me imagino que tardaré un tiempo en ver el video en buena definición (me enviará por internet, espero, algunos fragmentos en baja resolución), pero me intriga que habrá quedado.
Instrucciones es un libro basado sobre todo en lenguaje, con poca historia, aunque los personajes son fuertes. Y los personajes son o imágenes o ideas, y en todo caso posibilidades, hipótesis. Algo habrá en eso que permita traducirlo a teatro, si fue eso, que es ante todo acción. Cuatro actores y un director ofrecen algo interesante, al menos. Será interesante ver cómo se concretan en acción cosas que son básicamente ideas.
Estoy contento. Voy a poner un fragmento de Instrucciones en el otro blog.
Listo. Aquí está.
Y aquí está la versión de Thierry.
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5 de mayo de 2006

Madre soltero

Estoy de madre soltero. Hace un rato se fue Krisma a Buenos Aires, a participar en la Feria del Libro, a dar una conferencia y a presentar sus dos libros.
Claro que me estoy haciendo la víctima; doña Rosa Adela, la mamá de Krisma, me ayudará con Valeria en las tardes de este sábado y domingo, porque me toca trabajo pesado. El lunes me la llevaré (a Valeria) a dar una vuelta, quizá a ver algunos parientes. Zoológico, no; cierra los lunes y martes. Y el martes ya veré. En principio, Krisma regresa en la noche de ese día. Muy poco tiempo para ir hasta allá; ojalá lograra cambiar su pasaje y quedarse un par de días más.
Le he mandado unos libros, café y dulces a Nicolás Doljanin, uno de mis hermanos mayores, y algo más a mi maestro de periodismo, Carlos Vanella, un tipo sensacional. Gracias a ellos dos no me perdí mucho a la hora de escribir Tiempos de locura. No porque les haya consultado mientras lo hacía, sino porque aprendí mucho de ellos por allá por finales de los setenta (Carlos) y principios de los ochenta (ambos).
Valeria acaba de dormirse. Voy a trabajar en unos videos mientras tanto.
Por cierto, qué terrible TACA. Casi se cancela el vuelo por la obtusez de los que atienden y de sus supervisores. Y no hay modo de hablar con nadie que no sean ellos, alguien que supervise a los supervisores y no sea juez y parte.
Les interesa vender, no atender a nadie. Cuando no hay dinero extra de por medio, no hay manera de que muevan un dedo. Lo mismo me pasa cada vez que tengo que hablar con gente de ventas. Una vez hecha la venta, se olvidan de que están allí para atender a la gente. Terrible.

¡Un cuento!

Después de escribir tres novelas, terminar otra después de seis años de trabajo, armar un ensayo de historia reciente y algunas gracias (de nada) más, por fin me pasó algo excelente: ¡escribí un cuento, el primero en años! Estoy encantado, porque hace unos días estábamos en que me cuesta un montón.
Exagero: el cuento no está hecho todavía; apenas lo escribí en el cuaderno, lo que significa que no es siquiera el primer borrador. La madrugada del 1 de mayo agarré un bonito cuaderno que me mandó Karina Luna de Canadá hace año y medio (ahora está de regreso en el Defe, y ya tiene ratos de haber vuelto) y me puse a escribir con la tercera pluma que encontré, una de gel color morado. No hallé mi Parker 45, que es la que uso para esas cosas (ejem), y otras dos, negras, de ésas de emergencia, fallaron miserablemente; las pobrecitas ya estaban secas y no quisieron retoñar.
Salió en tres días. Anoche mismo, cuando escribí la última escena, me puse a revisarlo y ya encontré qué le falta (lo que le sobra ya se lo quité, al menos de lo que me he dado cuenta), ya hice apuntes para darle algo de cuerpo y...
Ahora es cuestión de semanas, meses o años para que tome su forma definitiva, o lo que yo crea que es su forma definitiva, que generalmente no tiene nada que ver con lo que salió de primera intención.


Eso sí, tengo que pasarlo rápido en la compu, como se podrá ver. Si me tardo mucho, a veces no reconozco palabras (o su equivalente en mi grafía) y esas palabras pueden ser clave para el texto. (Si no, tampoco puedo saberlo.)
Si lo que se ve en la imagen parece confuso, no sé cómo vaya a quedar el cuaderno después de que le dé la última revisada antes de pasarlo a máquina.
Curioso: me gustan los cuadernos bonitos, de buen papel, cómodos para escribir, para dejarlos así. Y no es sólo eso. Tengo la idea de que cada cuaderno sirve para un texto en particular, o que traen un texto ya escrito y uno tiene que descubrirlo. Algunos cuadernos han estado años y años en mi librero antes de que los agarre para descubrir algo nuevo.
Escribir un texto es un placer. Terminarlo es algo que nadie a quien no le haya pasado puede entender. Guau. Y si el texto llega a servir, qué más que mejor. Si no, lo bailado nadie me lo quita.
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3 de mayo de 2006

Otra vez La mancha en la pared

Desde hacía meses estaba descuidado mi otro blog, La Mancha en la pared, donde he puesto algunas cosas literarias. Hoy volví a poner algo, y espero seguir poniendo más. Se trata de "Un mundo en el que el cielo cae y cae", un texto rarísimo que ya hemos comentado por aquí con Thierry. Debería ser un cuento, pero no lo es, por simple cuestión de estructura. Y por estructura debería ser una novela, pero sólo tiene página y media. O sea que allí lo dejo y ya decidirán qué les parece.
He actualizado un poco los links que están en ambas páginas a blogs de otras personas. Y seguiré haciéndolo.

De cómo dejé de tomar café en abril de 1982. Parte 3

En la ofensiva de 1981, según el análisis de Salvador Cayetano Carpio, faltó una organización estratificada en las estructuras de los grupos de masas. En otras palabras, a todos los trabajadores, estudiantes y etcétera se les tomaba como si fueran lo mismo: gente que se rebelaría en el momento en que el FMLN llamara a la insurrección. Hablaba de que no existía un aparato partidario fuerte, y eso en buena medida llevó al fracaso, si se pensaba como una "ofensiva final". Ponía como ejemplo que del medio millón de personas que movía el Bloque Popular Revolucionario estaban encargadas sólo cinco células partidarias, o sea entre quince y veinticinco personas: una microcefalia pavorosa.
El ERP y la RN creían, por su parte, que si se mostraba una decisión de combate y un poder de fuego suficientes, "las masas" se iban a insurreccionar sin necesidad de que existiera una vinculación orgánica, en la lógica de lo establecido por Régis Debray y el Che Guevara en la teoría del foco insurreccional. Eso fue lo que se intentó también en 1989, con resultados conocidos: la gente simplemente no se sumó, organizada o no. Y ni modo de reclamarle.
Como sea, la gran debilidad de las FPL fue precisamente que había muy poca gente dirigiendo a demasiada. Si se permite un símil, las FPL no crecieron, sino que engordaron. Además, desde 1980 habían comenzado las pugnas para sacar a Carpio de la comandancia general de las FPL, encabezadas por Mélida Anaya Montes, con el apoyo de los comandantes de las demás organizaciones. En casos así, las dirigencias se ensimisman y poco importa lo que esté pasando alrededor, y debajo, y los cuadros medios adquieren una cantidad de poder terrible y desarticulado.
En México habría cerca de 150 militantes y colaboradores muy cercanos de las FPL, más muchas decenas de simpatizantes. Todos ellos dependían de una célula de militantes de alto nivel. Los militantes eran cuatro: José Belisario Peña, un viejo extraordinario y grandote, de los oficiales jóvenes que se levantaron en 1944 contra Maximiliano Hernández Martínez; era padre de Felipe Peña, uno de los primeros militantes de las FPL, muerto junto con su esposa en un enfrentamiento en 1975; Rubén Aguilar Valenzuela, ex sacerdote jesuita mexicano; mi padre y otra persona de la que no voy a mencionar el nombre, uno de los tipos más inteligentes y mejor preparados de que tengo noticia.
Rubén llegaba a casa, siempre sonriente y siempre simpático, con su barba y su pelo largos y canosos, mochila y una voz bien cultivada. Conmigo no hablaba, y no lo culpo; tenía 20 años y era más bien sombrío. Hola, gusto de verte, adiós.
En lo que me consta, llegaba cada cierto tiempo a Salpress, generalmente en las noches o ya tarde en la tarde, se encerraba con Antonieta (a veces Pepe Ventura entraba, a veces no), supongo que a discutir cosas importantes, saludaba y le daba la mano a todo el mundo y se iba. A veces conversaba un rato con Paco Guzmán en voz muy alta (a Paco le encantaba oírse, ya lo dije) y lo mismo: adiós a todos, hasta la próxima.
Antonieta se pasaba más en el control de las personas que en cuestiones que atañen a una responsable política o de línea informativa. En mi caso, después de quitarme a Ricardo Sol como responsable, me puso a uno al que conocíamos como Pedro, un mexicano pequeñito que hablaba de Cayetano Carpio como si fuera Dios, y de Antonieta como su profeta. (Sí, ella era "marcialista", y de las más extremas. Se le quitó al día siguiente de la muerte de Marcial, y se dedicó a hablar bien feo de él. Patético.) Reuniones de colectivo los sábados a las 2 de la tarde. Entre mis compañeros de colectivo estaba el poeta Uriel Valencia, muerto hace un par de años, y Manuelón, un campesino jovencísimo, magnífico amigo, que repartía la información de Salpress junto con su hermano, Luisón. Este último era el único de su unidad que había sobrevivido en la ofensiva de 1981 , en Santa Ana. Se había metido en una alcantarilla y lo habían ametrallado; tenía todo un lado del cuerpo lleno de esquirlas y un par de balas imposibles de sacar. Huyó a México caminando, después de tratar de retomar contacto con la organización. Regresó a El Salvador (tras varios intentos), a pelear a Chalatenango. Un día de 1983 me avisaron que estaba en el DF, de camino a Cuba; una bala le había atravesado la mandíbula y se la iban a reconstruir. Pedí verlo, precisamente a través de gente que tenía que ver con Rubén Aguilar, y no me lo permitieron. Era un gran amigo, y con él y con Manuel nos seguimos llevando aun después de que también (a Manuel) lo expulsaron de la organización y de Salpress.
En fin, la cosa era así: si a uno le gustaba algo y lo disfrutaba, era antirrevolucionario; si uno sufría, era revolucionario, porque significaba un sacrificio que se vivía con estoicismo. Si uno se reía, estaba faltando a la contextura revolucionaria. Había que esperar que no estuviera Antonieta para poder reírse, porque ni siquiera Pepe, que tenía una naturaleza risueña.
Manuel nos pidió que le enseñáramos a escribir a máquina, y después a hacer notas. Lo hicimos, y el tipo aprendía rápido. Pidió ser redactor. No: su tarea era repartir cables, y debía estar consciente de sus limitaciones. O sea: un campesino brillante no puede ser más que campesino.
A María se le murió la mamá y, contra los consejos de todos, regresó a El Salvador a enterrarla, y volvió a los cuatro o cinco días. Agarró una depresión espantosa. Rocío, Jorge, Manuel, Luisón y yo armamos una especie de guardia para cuidarla y estar siempre con ella o cerca de ella. Si había soportado bien el asesinato de Romero y que le cortaran la cabeza a su compañera y la fueran a dejar a la puerta de su oficina, allí reventó todo. Se despertaba gritando, se ponía a llorar en cualquier momento, se ponía en un rincón con los ojos opacos. No se atrevía a ir a su casa, porque vivía sola y quién sabe qué paranoias se le desataron, y se quedaba en Salpress, trabajando compulsivamente. Había una bolsa de dormir para ella que proporcionó Rocío. Tampoco quería comer, y era de obligarla. La mujer estaba mal. Supongo qye tenía que ir a un médico, y me imagino que habrán dicho que no, por cuestiones de seguridad: si alguien sabía todo, absolutamente todo, lo que pasaba por la agencia, era ella.
En las noches había que quedarse con ella en la agencia mientras llegaba Antonieta; entonces nos íbamos. Si ella estaba de viaje (ocurría), alguien se quedaba acompañándola o Rocío se la llevaba a su casa, que fue en lo que quedó al final, cuando Juan Ángel, que era su pareja, se volvió a El Salvador, donde lo mataron. (Pepe Ventura se pasó tratándolo mal por miedoso. Se lo decía a quien lo oyera: que Juan Ángel tenía miedo de irse a El Salvador, que se la había pasado pidiendo irse a El Salvador, pero cuando le dijeron que sí, ya estaba con Rocío y le dio largas. Por supuesto, Pepe andaba detrás de Rocío, y se pasaba toqueteándola, para incomodidad de todos. Agarró una crisis fuerte, aunque pasajera, cuando mataron a Juan Ángel. Según me contaron, en una persecución del ejército, se perdió del resto de la gente y lo capturaron. Apareció descuartizado unos días después.)
Como los demás no tenían dinero, me tocaba invitar a almorzar a María, y lo hacía con gusto, en un lugar que costaba la mitad de lo que gastaba, en la calle de Madrid. Comida pésima, pero daban los frijoles que uno pidiera. Un día de quincena la invité a un lugar más caro y con mejor comida (comer rico lo hace sentor a uno más humano; comprobado) y, como me había dicho que quería aprender más de literatura, le regalé El principito y no recuerdo qué más.
Siguiente reunión de colectivo: además de que llegué tarde (a veces soy patológicamente incapaz de llegar temprano), ¿qué pretendía con María? Evidentemente andaba detrás de ella y, siendo yo una persona casada con una que era también militante, eso era intolerable. Y no hubo modo de salir de allí; si algo no es demostrable son las intenciones, y las mías eran curiosamente sanas.
Lunes: la responsable de María, que era la esposa de Paco Guzmán, empezó a gritarme y a blandir El principito nada más puse un pie en la oficina: ¿qué porquería le estaba dando yo a María? Ella era una mujer fácilmente influenciable, sin una educación sólida, y le daba esas tonterías burguesas que la podían desviar de qué sé yo. Y María presente. No recuerdo qué habré contestado, pero no debió ser agradable, porque siguió la reunión con Antonieta y con mi responsable político y con Pepe y la información atrasándose. Después le dije a María que me disculpara si la había metido en broncas y que, bueno, esperaba que no tuviera más problemas. Después de eso, con sólo saludarla, como todos los días, se hacía un silencio en la sala de redacción y un montón de ojos veían si el tono de alguno de nosotros se salía de margen, si nos mirábamos más fuerte o no sé. Feísimo. Lo raro es que, cuando María se fue para Nicaragua, meses después, varios de ellos mismos se burlaron de mí por no haber hecho nada con ella, porque "se me había ido viva", qué sé yo. Más feo todavía.
Meses antes, cuando apenas empezaban la reuniones de colectivo, me habían hecho preguntas personales, así en seco, que no me parecían convenientes, acerca de mi relación con mi esposa. Las evadí lo mejor que pude, y a la siguiente semana Anonieta se fue a platicar conmigo al diario y me dijo, en lo más cercano que tenía a la ternura, que las FPL era una familia, y que como tal debíamos compartir todo, y eso significaba todo. Que si tenía problemas con mi esposa. Que si mi hijo. Que si cómo me llevaba con mis padres. Que si mis hermanos. Le dije claramente que eran asuntos míos, y me dijo que entre revolucionarios no debía haber secretos. Entonces, contesté, a lo mejor no era revolucionario. Esa frasecita iba a servir durante los siete meses de mi militancia.
Como sea, llegó un momento en que no tenía tiempo para mi vida. Se fue el que estaba como subjefe de internacionales, y me llamaron otra vez, y eso significaba reuniones al mediodía y llegar más temprano y salir más tarde, y hubo no sé qué emergencias en Salpress que requerían de que estuviera más tiempo, más el boletín, más otras cosas de otras instancias de las FPL, y tenía que seguir cantando porque por mi padre ya estaba en Francia negociando lo del acuerdo con México para reconocer al FMLN y me tocaba ayudar más económicamente a la familia, y además invitar a comer a medio mundo (les daban un estipendio al cual llamaban "vilipendio"; no alcanzaba para nada), y además comer yo. Dos o tres veces a la semana no podía irme a casa y me quedaba durmiendo en el despacho de don Hugo Martínez Moctezuma (padre de Hugo Martínez Téllez, quien me dijo que escribiera estas notas), y empezaron las migrañas, y los nervios de punta. Llegó el caso en que mi esposa tuvo que ir a verme un domingo de guardia en Salpress para decírmelo con todas sus letras: o le bajaba al trabajo o hasta allí llegaba. Y tenía razón. Le contesté que no se preocupara, que de todas maneras me iban a expulsar muy pronto. Aunque la información que elaboraba era buena, mis artículos, todo lo demás, siempre quedaba mal. Lo que hablara, lo que no hablara, si tomaba más café o menos café (sí, tomaba un montón de tazas de café), si "sentían que estaba hostil", si había contestado con más o menos interés...
¿Por qué aguanté así tanto tiempo, es decir más de siete minutos? Ni idea. Al principio estaba muy bien, y las cosas se dieron de modo paulatino, y cuando estuve bien metido en esa lógica enferma ya no era una lógica enferma, sino el modo natural de las cosas. Igual estaba seguro de que las cosas iban a cambiar, como en un mal matrimonio. Igual era más importante el trabajo que hacía que las estupideces de los estúpidos de siempre. No sé. Por otra parte, seguía colaborando con otras personas y otras instancias de las FPL, y allí me iba muy bien. Creo que en el fondo sabía que tenía una salida, y que lo que me pasara en Salpress sería provisional y anecdótico.
Y allí viene la otra: ¿por qué, en lugar de contar las cosas desde un punto de vista más distanciado, más analítico, me pongo a hablar de anécdodas desarticuladas? Porque así pasa la vida: anécdotas desarticuladas a las que se les encuentra la lógica sólo mucho después. Uno piensa en los grandes movimientos políticos o religiosos y cree que todo pasó de manera racional y totalmente explicable, y no: los protagonistas podrán dar después los análisis que quieran, pero en el momento están viviendo las cosas, nada más.
Y hay anécdotas que explican mucho más que cualquier análisis. Por ejemplo, los artículos que yo hacía para El nuevo diario, de Nicaragua. Durante meses le pedí a Pepe Ventura que consiguiera ejemplares para verlos; siempre da gusto ver el nombre de uno, y su trabajo, publicados en alguna parte. Me decía que sí, que ya iban a llegar, que los había pedido a la gente de Salpress en Managua.
Como eso no pasaba, le pedí a la gente de la embajada que me consiguiera algunos, y me mandaron un rollote con ejemplares de los últimos meses. Sí, allí estaban mis artículos... firmados por José Ventura. Lo mismo con uno que se publicó en Los Angeles Times, un análisis acerca de que Estados Unidos no buscaba un triunfo militar sino político en Centroamérica. José Ventura traducido al inglés. El colmo fue que por esos días publicó uno en El día, el mismo diario donde yo trabajaba...
Y se acabaron los artículos. Y me metí en más problemas.
El juicio popular fue otra tontería. Además del colectivo, llegó Antonieta, y allí empezó la acusadera. De todo: "objetivamente" yo estaba del lado del enemigo. "Objetivamente" yo era peligroso para la organización. Era un pequeñoburgués y no tenía la disposición de entregarme a la causa. Si no cambiaba mi actitud, habría que tomar conmigo "otras medidas". Pregunté cuáles y me dijo que "las que fueran necesarias". Y después me tocó hablar a mí.
Había llevado los manifiestos de Tzara, porque ya sabía de lo que iba el asunto. Empezaba a hablar y alguien me interrumpía, me acusaba de algo nuevo basándose en lo que acababa de decir, y entonces, cuando me tocaba de nuevo, leía algo de Tzara y les decía que me parecía bastante simpático, como en uno de los manifiestos. Y se fueron poniendo cada vez más agresivos, y yo en mi terreno.
Al final dijeron que, si quería seguir colaborando con las FPL y con Salpress, tenía que cambiar la actitud, o tendría problemas de lo más serios. Que así no me ganaría el derecho de llegar al punto más alto de la militancia: ser enviado a El Salvador a combatir. Y allí sí se me pasó la mano y me diviertí bastante: "Es que yo no puedo regresar a El Salvador a combatir." "¿Por qué?" "Tengo pies planos."
Fue divertidísima la reacción. Como si hubiera escupido la Torah o hubiera escrito los Versos satánicos o me hubiera declarado trotskista. Casi se mueren del shock. Bueno, no todos: Uriel Valencia, a mitad del juicio popular, dijo que él no estaba de acuerdo con lo que estaban haciendo, que se estaban encarnizando conmigo, y que no iba a ser parte de eso, y se fue. Como era viejo y buen amigo de Antonieta no tuvo consecuencias para él. Y soy injusto: Manuel se puso de mi lado y, a su primera defensa, Antonieta le dio un cortón espantoso; de tontito no lo bajó. Él también se rió cuando lo de los pies planos, y lo habrá pagado.
Ese día tenía que tocar con mi banda en la Normal de Maestros, en San Cosme. Todos ellos tenían que ir, porque era un acto en solidaridad con El Salvador. Fue delicioso cantar ese día tres y cuatro y seis canciones, y siete (sólo íbamos a cantar tres, pero nos pidieron más, hasta que el presentador nos bajó), y ver a Antonieta aplaudiéndome en un pasillo después de cada canción. En un cuarto cerrado ella mandaba; en un lugar abierto, no podía alcanzarme.
Fui a casa y me dio migraña. Dormí desde temprano en la noche hasta que fue hora de irme a trabajar, a las cuatro de la tarde. Lunes, historia normal: al trabajo a eso de las doce, regreso a casa a cocinar a eso de las dos, estar con mi esposa y mi hijo, de regreso al periódico. Martes: Vanella trabajaba, así que podía quedarme en casa hasta las cuatro. Miércoles y jueves y los demás días, lo mismo. Manuel llegaba a dejar la información de Salpress, platicábamos un rato, se publicaba lo publicable y lo demás no.
Lunes siguiente: cuando llegué al periódico, Rubén Aguilar estaba en la puerta de Salpress. Tenía semanas de no verlo. Me llamó, con su tono más simpático (tiene la capacidad de ser simpático, en serio) me preguntó que cómo estaba, bien gracias, que cómo me iba, excelente, que si me iba a tomar un café con él a El gran premio, un lugar donde hacen un café magnífico. Allí compraba precisamente mi café, y me lo molían a mi gusto: mitad planchuela, mitad caracolillo, molido medio. Compraba cerca de un kilo a la semana, o sea que tomaba café con consistencia de periodista.
Y nos fuimos al café. Pedí un capuchino caliente (con miel) y él un americano, si mal no recuerdo.
Como Rubén es muy mexicano, y yo estaba aprendiendo, nos pusimos a hablar de cualquier cosa: que del capuchino con miel y sin miel, que el mezclado del café, que si el molido fino vs. el molido grueso... Luego, que qué estaba escribiendo (cuentos, en esa época), que si la familia y que qué había pensado con respecto a Salpress. Esto último coincidió con que llegaba el café. A revolver el café y a esperar que se enfriara mientras contestaba que, en fin, estaba cansado y estaba harto de Salpress, y sobre todo de cierta gente; que lo único que había querido era "hacer algo", y había fallado. En todo caso, seguía trabajando con las FPL, como lo había hecho desde 1978, y eso era lo que importaba, y que iba a tratar de salvar mi relación con mi esposa. (No fue posible. Terminó a finales de 1983.) Primer sorbo al capuchino. Riquísimo.
¿Entonces no había posibilidades de que volviera a Salpress? Sorbo y pausa.
Ninguna. Otro sorbo. Pausa larga.
Qué pena, porque era importante que un periodista como yo, etcétera. Un sorbo cada uno.
Si querían podía esribir algún artículo, siempre que no saliera con el nombre de Pepe Ventura. Risas.
No, es que el problema era otro. El problema era yo.
Ah.
Otro sorbo.
¿Y por qué?
Lo que yo tenía que hacer era buscar regresar a Salpress. Era lo que me recomendaba. Iba a ser difícil, pero valía la pena intentarlo, y para eso había que estar bien en las FPL. No lo iba a lograr con mi actitud actual, así que la cosa era un cambio de actitud. Él sabía que Antonieta era difícil, pero era lo que había, y se podía solucionar lo de Pepe y lo de los chismes. Pero tenía que cambiar de actitud.
Sorbos.
¿Más o menos cómo?
Bueno, por ejemplo dedicándome más a la agencia y a la militancia. Podía, por ejemplo, pasar a trabajar de tiempo completo con la organización. ("Ni por putas", pensé.) Tratarían de darme un poco más de dinero que a los demás, quizá pagarme la renta, y así estaba seguro de que mi nivel de compromiso sería mayor.
Pues no. No por el momento. Estaba demasiado cansado, y quería tomarme una pausa.
Entonces, me dijo --y ya no había sorbos de café, y las pausas se acabaron-- no puedo garantizar tu seguridad.
Ring. En un segundo me sentí en otra parte, no en El gran premio, uno de mis placeres personales, en plena ciudad de México, en la siempre llenísima calle de Antonio Caso.
¿De qué estás hablando?
Hay gente que está muy irritada contigo. Hasta ahora he podido tranquilizarlos, pero, si no vuelves a Salpress, no puedo responsabilizarme de lo que te pase.
¿Como qué gente?
Gente. Hay alguna a la que ni siquiera conoces. (Otro ring.) Es gente sobre la que no tengo control.
Allí estaba uno de los cuatro jefes de las FPL en México diciéndome cosas bien feas, en un aire más desenfadado que preocupado, y yo con medio capuchino junto a mí.
¿Qué me estás diciendo?
Que hay gente a la que le preocupa lo que puedas hablar. Sabes muchas cosas. Si algo se filtra, te van a ver como responsable. Y no se van a arriesgar a que se filtre nada. Así que lo mejor es que regreses a Salpress, a la militancia, cambies tu actitud o no puedo garantizar su seguridad.
La primera vez que hablábamos y se ponía en ese plan.
Me estás amenazando de muerte, ¿verdad?
Yo no. Te estoy diciendo lo que pasa.
Estás diciendo que hay gente que me va a matar si no regreso a Salpress y a la organización.
Si así lo interpretas...
Me paré.
Ustedes son muchos y yo soy uno. Ustedes son muy malos y yo soy bien pendejo. Si quieren joderme, me van a joder, y no tengo modo de evitarlo. Hagan lo que tengan que hacer.
Dejé un billete en la mesa (bastante más de lo que valían los cafés) y me fui al periódico. Ningún imbécil me iba a pagar el café.
Pepe llegó esa tarde a decirme que había malinterpretado a Rubén, que él sólo trataba de ponerme un ejemplo.
Te vas a la mierda, le dije. Ese día y los siguientes no se publicaría nada de Salpress; le dije a Vanella lo que había pasado y estuvo de acuerdo. Me habló alguien más para preguntarme que por qué no se publicaba nada de la agencia, y le dije que sólo iba a aceptar que Manuel llevara el material, y que se iba a dar prioridad a lo que llevaran las otras agencias.
El día mismo de la plática con Rubén me serví una taza de café que se quedó en el escritorio, enfriándose. Lo mismo esa tarde, y mejor fui por una cocacola. En casa igual. Llegué a notar que hacía como un mes que no tomaba café, y dije: "Así duermo mejor." Y dejé de ir a El gran premio Más bien me aficioné a los helados de La especial de París y a los licuados de la fonda que estaba abajo del diario y qué sé yo.
Durante meses no me di cuenta de que no estaba tomando café, hasta que un día llegó mi padre de Francia, le ofrecí un café y me di cuenta de que mi cafetera italiana tenía telarañas por dentro. Le conté lo de Rubén, porque hasta ese momento me lo había callado (¿quién cuenta algo tan ridículo?).
Pendejo Rubén, me dijo. Te hizo un favor.
Y allí quedó.
Hubo más con y alrededor de Salpress, como la vez que, en 1983, ellos, la embajada nicaragüense y la cubana me acusaron de estar a sueldo de Edén Pastora, en colaboración con Rubén Montedónico, un locutor uruguayo que entró a la sección en 1980 y desde el primer momento se lanzó a botarme de la subjefatura, luego de la jefatura, y sólo llegó a jefe cuando ya no quedaba nadie más, por allí de 1985 o 1986.
Para cuando lo de la acusación yo ya era jefe de internacionales de El día. Me llamó la directora, me preguntó qué era eso, que la habían llamado para pedir que me despidiera, y le dije que lo que me enojaba no era que me acusaran de contra, sino que creyeran que iba a aceptar dinero de alguien como Pastora. En ese momento llamó a los agregados de prensa de Nicaragua y Cuba para decirles que ella decidía quién era jefe en el periódico y quién no, y que acusarme de eso la ponía a ella como tonta, y que no era tonta. Exigía que se disculparan conmigo, o de lo contrario no se publicaría nada de Prensa latina ni de Agencia Nueva Nicaragua, y lo mismo iba para Salpress. Y lo cumplimos durante semanas y meses, hasta que, a su modo, cada quién pidió disculpas. Los últimos, por spuesto, fueron los de la embajada cubana; los primeros, los de Salpress, pero no conmigo, sino con la directora. Le dije que no tenía problemas. Ella me dijo que despidiera a Rubén, y no lo hice; tenía como cinco hijos, y que fuera un cretino no significaba que lo iba a dejar sin trabajo. Lo trasladé a la sección de economía, que en ese entonces era como un exilio indigno, pero conveniente.
Y mucho más. Pero para ese entonces ya no tomaba café. Ahora estoy seguro de que empezó el día en que Rubén Aguilar me amenazó de muerte. No porque pensara cumplirlo, porque estoy seguro de que no (le habrá parecido que me iba a asustar como asustaban a otros militantes), sino porque...
No sé. Tampoco me interesa. He tomado algunas tazas de café en estos veinticuatro años (además de los capuchinos helados) y, en fin, han estado bien. Quizá lo que no le perdone sea que me haya quitado un placer tan personal. Y lo que no me perdono es habérselo permitido.
Ojalá funcione diferente ahora que es vocero del presidente Fox. Si no, ya le queda poco tiempo en el cargo.
(Se veía mejor con ropa informal y barba. Caía bien.)

2 de mayo de 2006

Ante Schafik, el pueblo y los luteranos

Pues sí, alcaldes y diputados se fueron a jurar cosas ante la tumba de Schafik Hándal, según señalan El diario de hoy y el Colatino. Luego se fueron a El Salvador del Mundo a juramentarse ante el pueblo... y ante un pastor luterano, según se señala aquí.
No tengo absolutamente nada contra los luteranos, y de hecho no tengo idea de lo que los separa de los pentecostales, los anglicanos o los adventistas del séptimo día. (De los católicos sí tengo alguna idea, pero tampoco me afecta.) La pregunta es: ¿por qué un pastor luterano? No sería de pensarse que el pueblo salvadoreño al que representa el FMLN sea mayoritariamente luterano, y si lo es, qué bueno, porque algo de unidad y consenso se habrá logrado en la marcha hacia alguna parte. Por otro lado, no entiendo eso de que un funcionario de estado se juramente ante un funcionario religioso; quizá viví demasiado tiempo en un lugar donde le dicen a uno a cada rato que eso no debe ser así, que el estado es laico y que los institutos religiosos representan intereses de otro tipo, no siempre compatibles con los del estado. Y luego está lo de que una izquierda marxista que se pone a pedirle aval a una iglesia no es lo que se llame demasiado ortodoxa, y dudaría mucho de que fuera marxista, y hasta me darían ganas de preguntar qué tipo de izquierda representa.
A lo mejor "las condiciones objetivas" obligan a hacer cosas así. Ni idea. Sólo acabo de leer los periódicos y me encuentro con que, al menos, los diputados y alcaldes del FMLN fueron a la marcha del Día del Trabajo, como cualquiera hubiera esperado.
Creía que a los funcionarios públicos los juramentaban otro funcionarios públicos --aquí no se habla de eso--, no un señor muerto (así sea en el Cementerio de los Ilustres, que es una belleza) y otro señor que representa a una iglesia del signo que sea, con "cientos" de militantes como testigos.
Cada vez entiendo menos el mundo; quizá me estoy haciendo viejo y la pos-posmodernidad (o donde quiera que estemos) me pasó por encima sin que me diera cuenta.
A dormir, pues. Es martes, mi segundo día de descanso de la semana, pero tengo que hacer cosas en San Salvador en un rato. Quizá vaya al Cementerio de los Ilustres a platicar con mi abuela, a ver si ella sabe algo. Si no, estaré cerca de la tumba de Schafik para enterarme de primera mano.

1 de mayo de 2006

De cómo dejé de tomar café en abril de 1982. Parte 2

Ahora que veo las fechas me doy cuenta de que en enero de 1981 debió llegar todo el equipo de Salpress, o antes: el día 10 comenzó la ofensiva final del FMLN, y no creo que las FPL quisieran pasársela con Benjamín, Joaquín y mi muy inestable colaboración.
Es como si se tratara de dos recuerdos diferentes: por un lado, lo de Salpress; por otro, lo de la ofensiva final, que debía triunfar antes de que Ronald Reagan tomara posesión, el 20 de enero.
Me acuerdo de que llegaban toneladas de cables de las agencias informativas. Los encargados de la información debimos ser Nicolás Doljanin --que entró a trabajar a finales de 1980-- y yo. Aunque no recuerdo bien lo de Salpress, sí recuerdo que la gente de las FPL con la que me llevaba (y no era Antonieta) estaba disciplinadamente furiosa con Cayetano Carpio porque la organización se hubiera sumado a la ofensiva, y porque se le llamara "final", algo que se inventaron el ERP y la Resistencia Nacional para subir el ánimo, o porque de verdad lo creyeron. Fue contraproducente: al fallar la ofensiva, muchos lo vieron --en especial dentro del país-- como una derrota estratégica de la guerrilla, cuando en realidad era una ofensiva fuerte, pero no la última. Aun así, rezábamos (a San Marx, ejem) para que no fallara, y en el fondo del corazón queríamos que ganara.
En septiembre de 1981, pues, me presenté a trabajar a Salpress después de hacer una serie de movimientos en mi vida. El primero, dejé la sección internacional de El día y me pasé a cultura, para tener más tiempo, menos trabajo y menos responsabilidades. En segundo, dejé la escuela de música, algo que de todas maneras haría: no iba bien con la literatura y la música al mismo tiempo. Durante un tiempo más seguiría cantando por las noches, porque el sueldo era malísimo, y los artículos y editoriales que hacía no terminaban de llenar la canasta. Y el primer día me pusieron un contacto para esa misma noche con mi responsable político. No me dijeron el nombre, y me imaginé a algún comisario muy serio y más malencarado que Antonieta. Emocionante.
El trato estaba así: estaría en Salpress de 9 de la mañana a 1 de la tarde. Me iría a casa (tenía que preparar la comida tres o cuatro veces por semana), regresaría a trabajar a El día a las cinco, cantaría en las noches. Me ofrecieron darme algo de dinero, y dije que no; mi rollo no iba por ese lado.
Tenía que hacer notas diarias, con base en la información que mandaban de Nicaragua y El Salvador (ya no era necesario copiar las cosas de los cables de agencias), un artículo semanal para El nuevo diario de Nicaragua y editaría un boletín semanal. Vendría un resumen informativo (lo elaboraría Rocío), un análisis nacional (Juan Ángel), un análisis de no sé qué (Paco Guzmán, un periodista de vieja escuela a quien le gustaba más oírse a sí mismo a que lo oyeran los demás, o sea un caso serio) y no recuerdo qué haría yo, pero era como la cuarta parte de la revista. Los materiales se harían con una máquina IBM de bolita (María y yo tipeábamos), en columnas, y luego yo los pegaría en unas hojas de couché y pondría algunas ilustraciones. Era la segunda época del boletín; en la primera se hacía en mimeógrafo, y yo más bien armaría originales mecánicos para offset y hablaría de más cosas. Bonito, pues.
Esa noche, todo bien. Mi responsable político resultó ser Ricardo Sol Arriaza, que en ese entonces era igual de raro que yo (aunque con mucha más experiencia práctica en materia conspirativa). Me dijo que nada de analizar El rebelde (el órgano de las FPL) y hacer ejercicios de proletarización, sino discutir de otras cosas, la coyuntura del país, materiales críticos, etcétera. Él estaba trabajando en ese momento en algo de los poderes populares en El Salvador, de cómo se habían planificado y se estaban armando en Chalatenango. Y hablamos de eso, y también de literatura, hasta las dos o tres de la mañana. Quedamos en vernos el sábado siguiente para nuestra primera "reunión formal", a la que se sumaría una tercera persona.
Antonieta me pidió un día de ésos que le diera una copia de mi novela, Historia del traidor, para darle una ojeada. No para discutir si servía o no, no fuera a creer, ni para ver si estaba en línea, porque los creadores necesitan de libertad, sino para ver qué estaba produciendo un salvadoreño que apenas empezaba a escribir; ella era maestra de letras, ¿recordaba? Tenía un posgrado en fonética, estudiado en España. Y muy imbécilmente se la pasé.
Pepe quería seguir discutiendo acerca de poesía, especialmente de la suya o de gente a la que conocía y que escribía incluso peor que él, y un día le dije que no me gustaba, que andaba en otra onda y que mejor de eso no habláramos mucho. Allí empezaron las primeras acusaciones de pequeñoburgués, y en serio que Pepe no parecía mucho más proletario que yo.
Las segundas llegaron cuando Antonieta leyó El traidor. Me llevó a la sala de juntas, cerró la puerta y muy seria empezó a usar un método que en alguna ocasión debió ser socrático, pero que desde que se inventaron los partidos comunistas se volvió una tortura: hacer una pregunta cualquiera, obtener una respuesta; de cualquier palabra que uno diga, hacer una pregunta como si el uso de esa palabra fuera... no sé... en ese caso, antirrevolucionario, una palabra que a Antonieta le encantaba. Y así sucesivamente, hasta que el quídam ya no supo ni de qué estaban hablando y de repente esté confesando que "objetivamente" es un enemigo, porque se salió de la ortodoxia, pero pordiosito que no sabía que eso era pecado. Detestable. Era uno de los motivos por los que no me interesaba la militancia; lo había visto demasiadas veces.
El tema era que en la Historia del traidor yo hablaba de un traidor, y no era del todo cierto: trata de un tipo que colabora con su hermano, que sí es guerrillero, lo agarran con unos materiales que había hecho para él y, para evitar la tortura, dice lo que los otros quieren y aparece en televisión confesando cosas que ni sabe. Canta al hermano y éste muere; a él le dan algo de dinero y lo mandan a la Ciudad de México. Allí empieza la novela.
Entonces trataba de alguien que colaboraba con la guerrilla y que tenía poca consistencia.
No: colaboraba con su hermano.
Ajá. Entonces lo que estás diciendo es que los militantes de la guerrilla cometen errores como encargarle trabajo a su hermano, y que éste habla a las primeras de cambio. Estás diciendo que la guerrilla no sabe escoger ni formar a sus militantes.
Y así un buen rato.
El asunto es que me "recomendó" que me deshiciera de la novela, que ni siquiera dejara copia, y que escribiera otra cosa, porque era intolerable que se aceptara que una organización como las FPL no era monolítica, que podía tener debilidades. Eso daba armas al enemigo, y no podíamos ofrecer flancos. Me entendía, porque yo no había tenido antes una formación política en una organización seria, y todavía tenía que dar pasos muy grandes hacia la proletarización para adquirir una mística revolucionaria.
Con lo que sé ahora, debí decir "Sí, gracias", irme a mi casa y no regresar. Lo que hice fue preguntarle qué era mística revolucionaria, y cómo se adquiría. Me citó el manual (que yo conocía; era bien aburrido) y le dije que no entendía eso, quizá porque no era proletario, y que no era mi intención serlo; que había nacido en efecto pequeñoburgués (muy pequeño), el primero de mi familia en nacer en la clase media, y que eso me daba orgullo. Y que mi novela era mi novela, y así se quedaba. ¿Deshacerme de ella? ¿Después de un año de trabajo? "Ni por putas", diría García Márquez.
"Pero ahora sos militante", me dijo. Y el brillo de sus ojos debió ser igual de brillante que como lo recuerdo. Me había estado persiguiendo durante meses y ahora me tenía en sus manos. Tonto yo.
No sé en qué acabó, pero hablé con Juan Ángel para preguntarle qué hacía, y me dijo que aguantara, que el modo de cambiar las cosas era desde dentro, ganando posiciones, ocupando espacios, siendo honesto, y que tarde o temprano la gente como Antonieta desaparecería.
A Ricardo sólo lo tuve dos semanas como responsable político, por varios motivos. Uno de ellos fue que Antonieta se dio cuenta de que juntar a dos pequeñoburgueses (aunque uno de ellos tuviera mucha más experiencia en asuntos revolucionarios que ella, como era el caso de Ricardo) era peligroso, sobre todo si detrás venía otro (supe quién sería el tercero del colectivo, que era de origen obrero, pero pensaba demasiado, y sigue pensando). A los días desapareció Ricardo del mapa y sólo lo vi un año después, o algo así. Lo expulsaron de la organización. El motivo era que José Ventura había publicado un libro con el título Los poderes populares en El Salvador. Era una simplificación burda y mal hecha de la investigación que a Ricardo le había llevado un año y medio. Cuando Ricardo protestó... bueno... lo acusaron de personalista, de querer que se conociera su nombre y no las acciones del pueblo, y que la organización había decidido que se publicara bajo en nombre de Pepe (no era cierto), que era un pseudónimo, lo que indicaba que Enrique Castro no quería sobresalir, sino casi sacrificarse. Feo, pero yo aún no lo sabía, y ya me tocaría en carne propia. La versión que me dio Pepe cuando salió el libro fue que lo de Ricardo había sido una investigación "de apoyo", y que él era el verdadero autor.
Paco Guzmán siempre tenía cosas más importantes que hacer que el material para el boletín (almuerzos con gente de la Federación Latinoamericana de Periodistas, reuniones con agregados de prensa de las embajadas, cafés con exiliados políticos, cosas así), y siempre lo entregaba a última hora, si no es que después de la última hora. La nota debía estar lista el viernes a mediodía, para incorporarla al boletín, que se armaba entre el lunes y martes, se entregaba el miércoles por la mañana para impresión y el viernes nos daban como 500 ejemplares, que se repartían el lunes. Casi todos entregaban sus materiales el jueves y empezaba a armar; excepto un par de veces, Paco entregaba el martes por la noche, y lo que entregaba era deprimente, porque tenía la teoría de que era capaz de hacer en quince minutos un análisis acerca de cosas de las que no tenía idea, pues tampoco es que se la pasara leyendo diarios o armando noticias, como los demás.
Resultado: varios martes a la medianoche estaba tipeando lo de Paco y luego armándolo. Y nada de decirle a Antonieta, porque yo era el responsable del boletín y debía hacer lo necesario para que estuviera a tiempo. Y tenía razón. Además, Paco tenía un trabajo muy importante, y lo que hacía era una pantalla, no podía explicarme porque era "compartimentado". Y eso ya era paja.
Un día me harté y escribí yo mismo la nota de Paco, y así la mandé. Paco entregó su nota y le dije que era demasiado tarde, que ya estaba hecho, armado y listo para irse a imprenta desde el lunes. Antonieta dijo que había que volver a armar el boletín, que lo de Paco iba, y le dije que lo hicieran ellos, porque ya estaba harto, y me fui. Eso pasó un par de semanas antes de mi juicio popular. El boletín no salió, ni esa semana ni las siguientes. Me echaron la culpa de la falla, me castigaron quitándome el boletín y me dijeron que mientras no me pusiera en orden no iba a trabajar con Salpress, que se tomaría una decisión al más alto nivel. (O sea ellos. Consulté después y resultó que nunca había salido de allí.) Ya me comunicarían cuándo iban a reunirse conmigo.
Para ese entonces ya no me necesitaban, la verdad; se habían traído a Horacio Castellanos Moya de Costa Rica para apoyar la agencia, y me parece que fue lo más acertado. Yo ya estaba cansadísimo de tanto trabajo y de tanta estupidez (ya lo contaré en la siguiente parte).
Ojo: no digo que Horacio fuera parte del pastel que me estaban cocinando, porque no lo fue. Él era un periodista y un militante que hizo lo que tenía que hacer, es decir: trabajar en una agencia de prensa haciendo trabajo periodístico.
Cuando pasó lo del boletín Paco estaba viviendo en mi casa con su familia, y allí mismo había nacido su hija. Me tocaba comprar comida para todos. Mientras mi esposa, yo y los demás veíamos qué rayos hacer de comer, porque en serio que ganaba poco, Paco se conseguía unos filetes envidiables que comía frente a nosotros. De muy mal gusto. Con lo que costaba su filete cenábamos un par de veces. Igual nos divertíamos comiendo lo que Mundo, un compañero excelente, cocinaba con lo que tuviéramos.
Retrocedo un poco.
Para armar el boletín me dieron tijeras, las plantillas donde debía poner las columnas y un bote inmenso de resistol blanco para pegarlas. Como las columnas estaban en papel bond común, si algo fallaba, la columna podía romperse y había que tipearla de nuevo. Me pasó una vez. Pedí pegamento plástico, me dijeron que no había dinero para eso y que me las arreglaba con el resistol. Al día siguiente me fui a la papelería a comprar una latita de Uhu, una brochita y asunto arreglado.
A eso de las once de la noche estaba terminando de armar el boletín y Antonieta estaba allí, en su oficina. Ella y yo solos. La pura intimidad.
Se acercó al escritorio donde yo estaba (el de Rocío, si no me equivoco; el mío estaba demasiado encerrado) y tomó dos libros que andaba leyendo: los Manifiestos Dadá, de Tristan Tzara, publicado por Tusquets, y otro con la Sonata de primavera y la Sonata de verano, de Valle Inclán, que había encontrado baratísimo en una librería de usado en Antonio Caso, frente al Sindicato de Electricistas; más un zaguán con pilas de papel usado que una librería. (El dueño era un viejo inexpresivo, muy moreno, bajito. Hace un año que fui a México lo vi todavía, imposiblemenre viejo, con muletas, igual de moreno y de inexpresivo; sentí mucha ternura; le compré cosas desde 1978 hasta que 1998, y siempre me ofrecía los libros más gordos que tenía, fueran de termodinámica o novelas en alemán. A unos pasos estaba una anciana que vendía periódicos y revistas usadas; a ella le regalaba unos años después los paquetes que me daban en Ejea. ¡Y seguía allí! Debe tener unos 100 años, y no es broma. Lo que ya no está en esa cuadra es El día, ni en el universo. Salpress tampoco.)
Antonieta tomó los libros, los ojeó, los hojeó, los blandió y me dijo: "¿Sabes lo que estás leyendo?" Le dije que sí. "Esto es literatura antirrevolucionaria."
Le dije que no tenía tiempo para discutir, porque se me iba a ir el metro y no llevaba para taxi, así que se puso a explicarme cómo las vanguardias (Dadá, el surrealismo, lo que fuera) eran "lo peor" de la literatura, que desviaban la atención de problemas más importantes, que la literatura debía ser etcétera etcétera. Luego la agarró con Valle Inclán. Ni siquiera el Tirano Banderas se salvaba, ya no se digan las Sonatas, el amor burgués y lo que fuera. Le dije que de verdad no tenía tiempo, que tenía que terminar el boletín, y que me perdonara si quiería leer las cosas antes de juzgarlas. Me advirtió que tuviera cuidado, que no dejara mis lecturas políticas (Lenin, Marx, Engels, Giap, pero especialmente Lenin), le dije que sí y le agarró por otro lado.
"¿Cómo estás pegando esas columnas?" Le contesté que como debía ser: se pone pegamento en la columna, en la plantilla, se espera a que se seque, se coloca. Si falla, se despega y se vuelve a pegar, y así al infinito. Después, lo que sobra se quita frotando con el dedo. No mancha, no hay que repetir nada, se ahorra tiempo.
"¿Y no sabés que eso es antirrevolucionario también?" Debí contener la risa, pero no pude. Creo que allí firmé mi condena de no tomar café nuevamente, porque (en serio) me dijo que estaba usando mal los recursos que el pueblo me confiaba, que con una capa de pegamento debía bastar, y que yo debía hacer las cosas bien para no cometer errores y ahorrar lo que el pueblo pagaba con sangre.
Contesté, ya recogiendo mis cosas (incluso los libros antirrevolucionarios), que la sangre era mía, porque yo lo había comprado. Retrucó: "Desde el momento en que lo trajiste, esto es del pueblo." Le dije que sí y me fui corriendo al metro.
En ese entonces estaba indignado por la estupidez de Antonieta. Ahora me doy cuanta de que era una pobre mujer sola que quería hablar, que alguien le hiciera caso, pero no sabía otro modo de lograrlo. Con sacar cualquier tema hubiera bastado, pero necesitaba ejercer su pequeño poder para sentirse segura.
Cuando regresé a El Salvador la vi de lejos y sentí náuseas. Así, orgánico el asunto. Estaba en su cubículo en el Departamento de Letras de la Universidad de El Salvador, donde habia ido a visitar a mi amigo y maestro Luis Melgar Brizuela. Supe que ella había tenido que ver con el armado del pésimo programa de licenciatura que para entonces tenía la UES (no sé ahora). Entre otras cosas, los alumnos, en toda su carrera, apenas leían un par de libros de literatura. El resto era antropología, semiótica y supongo que fonética.
Cuando llegó la doctora María Isabel Rodríguez a la rectoría (lo mejor que le pasó a la UES en muchos años) resultó que Antonieta iba como secretaria general. Se llama Margarita. El apellido que daba en México, cuando no se hacía llamar Antonieta, era Hernández, Muñoz o Muñoz Hernández. Entiendo que ahora es otro.
Le conté parte de esta historia (y de la que sigue en la siguiente parte) a la doctora, y estaba espeluznada. Le aseguré que entendía que tenía compromisos políticos y que, bueno, ella y su gente la habían apoyado, pero que no podía resistirme a decírselo. Y me contestó algo interesante: No, no la había puesto por motivos políticos, ni para pagar ninguna cuota de apoyo. "¿Entonces por qué?" "Porque estaba allí. Me la recomendaron, me pareció que funcionaría y acepté."
"Porque estaba allí." Eso define a mucha gente: a la que sabe "estar allí".