21 de noviembre de 2008

Foro sobre espacios culturales

Mañana, entre las 11 y 12:30, se llevará a cabo en la Casa de las Academias un foro sobre acción cultural autogestionaria, en el que me invitaron a participar para hablar de la experiencia de La Casa del Escritor. Ya sé que La Casa es un espacio institucional, manejado por un ente estatal (Concultura), con lo que en este caso, y por el tema, quedaría como espacio "alternativo" (y de hecho lo es). La convocatoria la hace el Centro Cultural de España.
También estarán Miguel Ángel Ramírez, Paola Lorenzana y Blanca Estela del Castillo. Nos vemos por allá.

20 de noviembre de 2008

¿En Cuba?

En 1974 el gobierno de Cuba invitó a mi padre a visitar la isla en su calidad de "rector en el exilio" de la Universidad de El Salvador. Aceptó de inmediato; si había un lugar que quisiera conocer era Cuba. La invitación incluía a mi madre.
Se armó toda una "leyenda" para su viaje. Se diría que iban a México durante una o dos semanas (no recuerdo el tiempo que estuvieron allá); la visa se las darían en un papelito aparte, para que no apareciera en el pasaporte (en ese entonces los pasaportes salvadoreños traían un sello en el que se decía que no podría usarse para viajar a varios países, entre ellos la Unión Soviética, la República Democrática Alemana, China, Mongolia y Cuba), y tratarían de que en el aeropuerto de la Ciudad de México, donde harían escala, los agentes de Gobernación no les tomaran las acostumbradas fotos que se les tomaban a todos los que iban a Cuba: usarían lentes oscuros, mi madre un pañuelo que le cubriera la cabeza y todo lo que se pudiera, etcétera. Hasta practicaron, aunque sabían que era por lo menos ingenuo.
No recuerdo si se quedaría con nosotros la abuela Mina o la abuela Carmen; mi hermano Mauricio para ese entonces tendría tres años, mi hermana Ana estaría en los 11 y yo en los 14 o 15; no sería el mejor cuidador para ellos, y garantizo que tampoco pretendía serlo.
Regresaron emocionados. No era que el socialismo fuera lo mejor que hubieran visto, sino que se trataba de otra concepción de vida, del proyecto de algo nuevo. Había esperanzas. Los problemas por los que pasaba la isla eran serios, pero ni de cerca se parecían a la miseria extrema que vivía El Salvador por ese entonces; había un principio básico de igualdad que podía desarrollarse y llegar a buen camino si todo funcionaba como las autoridades prometían y como la población a la que tuvieron acceso deseaba. La cereza del pastel --además de unos discos excelentes de música, incluidos varios de Pablo Milanés, Noel Nicola y Silvio Rodríguez, entonces desconocidos en estos países-- era una foto que ambos se tomaron con Fidel Castro, durante una plática que el comandante tuvo con los rectores centroamericanos que habían asistido a la reunión a la que, precisamente, habían invitado a mi padre. (La abuela Mina quemó la foto, junto con otras cosas, varios años después. Por motivos medio complicados, a finales de 1975 la foto se quedó en El Salvador. La abuela la puso detrás de una estampa grande del Sagrado Corazón de María, en su cuarto. La Guardia Nacional la cateó varias veces, y le divertía que los guardias se persignaran cuando pasaban frente a la estampa. Un día los nervios pudieron más, dejó de divertirse y después de un cateo quemó la foto.)
Por allí de septiembre u octubre de 1975 me avisaron que nos iríamos de Costa Rica, y que había dos posibles destinos: México o Cuba. ¿Dónde pensaba que debíamos irnos? Desde mis 13 años me contaban ya como participantes en las discusiones acerca de ciertas cosas de la familia, y a veces hasta tomaban en cuenta lo que pensara. Así que era Cuba o México, y debía dar mi punto de vista.
Extrañamente mi madre, que era la más pragmática, estaba en favor de irnos a Cuba. Quería vivir "eso", lo nuevo, lo inédito. No recuerdo qué trabajo le ofrecían allá a mi padre. Por documentos que conocí después de su muerte, descubrí que en 1975 comenzó su militancia en las Fuerzas Populares de Liberación "Farabundo Martí"; quizá alguna misión de las FPL, con clases en la universidad para tapar un poco el asunto. La otra opción era una beca del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO, sí; Flacso es otra cosa) para hacer un doctorado en la Facultad de Ciencias Políticas de la UNAM.
Mi padre fue el más sensato. Sus argumentos eran que vivir en Cuba durante dos o tres años --lo que esperaba que durara el "trabajo"-- significaría sacarnos a mis hermanos y a mí de nuestro contexto "natural" y, en esa época, quizá condenarnos al ostracismo o a señalamientos, incluso a peligros físicos, cuando regresáramos a esta parte de América Latina. Estaba también el argumento obvio: si se trataba de pensar en nuestros estudios, aunque Cuba tenía buenos niveles académicos, en México habría muchas más opciones. Pensaba también en mis "problemas con la autoridad" y preveía que esa disciplina no era para mí, o que dejaría de serlo cuando me aburriera de la novedad.
Estaban, pues, los papeles cambiados: mi madre tenía la posición que esperaba de mi padre, y viceversa. Por esos días llegó a casa, no sé por qué artes, el libro En Cuba, de Ernesto Cardenal, publicado en 1972 en México y Argentina por Ediciones Carlos Lohlé. El ejemplar es el mismo cuya portada aparece escaneada allá arriba, y ahora está bastante amarillento y deshojado. Dije que quería leerlo antes de dar una opinión, y en un par de días lo devoré.
Recuerdo mis sensaciones, no mis pensamientos; vaya: tenía 16 años recién cumplidos, y ha llovido desde entonces. Ahora releo trozos del libro y veo que fue escrito de buena fe por Cardenal, aunque era una buena fe bastante dirigida hacia un punto en particular.
Por ejemplo, habla de la represión contra militantes católicos, homosexuales, militantes comunistas "con problemas de actitud", etcétera, y de inmediato hace constar, mediante testimonios, que algunos de ellos están contentos con los "castigos" que reciben, porque creen en la revolución. Supongo que habría quien sí pensara de ese modo, pero dudo que fueran la amplia mayoría, con todo y que era la época donde el futuro pintaba mejor para Cuba. También se nota una tendencia a la que la izquierda militante es bastante proclive: demostrar por qué es excelente algo que de antemano se ha decidido que es excelente. Vaya: el proceso cubano es lo mejor que pudo pasar, con todos sus problemas; sólo hay que demostrar por qué es lo mejor, y cómo los problemas no son tan importantes como las cosas buenas.
El libro me gustó, y lo leí un par de veces más. Tenía mis dudas, pero en general me parecía que vivir "eso" podía valer la pena. A la hora de dar mi opinión, sin embargo, me dolió lo que tuve que decir. Cuba es una isla. De entrar allí, estaríamos por definición aislados, inmersos en un mundo que no conocíamos, pero que se volvería el único. Si íbamos a Cuba, era para vivir Cuba y sólo Cuba, y eso tenía un valor, pero veía que mi padre tenía cosas que trabajar para las que habría mayores posibilidades en México. Por otra parte, no podríamos ver a la familia muy a menudo, a menos que viajáramos a otro país para ver a los abuelos, tíos, primos, etcétera. Podían ir a Cuba pero, al regresar a El Salvador, podían tener serios problemas y sus vidas estarían en riesgo.
No sé qué tanto habré hecho que se inclinara la balanza; al final mi padre aceptó la beca de CLACSO, que era por dos años. Gracias a ella sacó un doctorado en Ciencias Políticas, escribió dos libros (Acumulación originaria y desarrollo del capitalismo en El Salvador y Formación y lucha del proletariado industrial salvadoreño), fundó el área latinoamericana del Centro de Estudios Latinoamericanos de la Facultad de Ciencias Políticas de la UNAM (lo hizo junto a Rafael Guidos Béjar y Ernesto Richter), armó el proyecto del acuerdo México-Francia y lo trabajó junto con otros en diferentes países y ante diferentes organizaciones y qué sé yo. En lo personal no veo mi vida sin los dos o tres años que estaríamos en México, que se convirtieron en veintitrés, ni la veo sin mis hijos y mis amigos y todo lo que me pasó por allá.
No conozco Cuba. Intuyo que ahora la situación es harto diferente de lo que era en 1975 o 1976. Quizá me gustaría ir algunos días de vacaciones, para ver qué hay, pero creo que no sería el hábitat en el que pudiera vivir con tranquilidad, haciendo lo que me gusta, pensando como pienso y diciéndolo cuando es el caso. Lo que sé es que, a pesar de que de Cardenal sólo me gusta su libro Salmos, releo En Cuba y siento gusto más allá de que esté o no de acuerdo con lo que diga, de que mucho de lo que hay en él se quedó en sueños y qué sé yo. En ese libro está una parte importante de mi vida que pudo ser, y que no fue ni será.

14 de noviembre de 2008

Re-presentación de Los Héroes

Mañana sábado se presentará en el Museo Forma mi libro Los héroes tienen sueño, editado por la Dirección de Publicaciones e Impresos. Será a las 9:30 de la mañana, o sea de matinée. La presentación estará a cargo de Salvador Canjura, con quien armaremos un conversatorio acerca de la novela negra y sus alrededores.
Se trata, más bien, de la segunda edición de la novela. Se publicó por primera vez en El Salvador en 1998, se agotó pronto y ahora sale por segunda vez, con portada nueva y todo.
Si --como yo-- no saben dónde queda el Museo Forma, háganle clic a la imagen de aquí al ladito y allí viene. Me dijeron que está en un pasaje, en la esquina opuesta de la YSU, en la calle a Santa Tecla.
Nos vemos por allí, pues.

13 de noviembre de 2008

Sobre técnica periodística básica

El diario de hoy publica en su edición de este día una noticia que se dio desde ayer en España acerca de una demanda judicial que se promueve también en España. La nota, que se puede leer en este link, comienza:
Dos organizaciones de derechos humanos presentarán hoy en la Audiencia Nacional de España una petición de apertura de un proceso penal en contra de catorce miembros de la Fuerza Armada de El Salvador, por su presunta participación en el asesinato de seis sacerdotes jesuitas, su ama de llaves y la hija de ésta, de dieciséis años.
La querella incluye a un ex presidente, supuestamente por "encubrimiento de crímenes contra la humanidad".
La noticia, según la publica El país de hoy, dice desde el encabezado que "un ex presidente" es Alfredo Cristiani (1984-1989), a quien se acusa de encubrimiento de crímenes contra la humanidad, y que también se encausará a catorce militares.
No voy a hablar de cuestiones legales, porque la justicia española aún debe decidir si tiene jurisdicción en el asunto, si corresponde el encausamiento, si se pide la extradición a El Salvador y si la ley salvadoreña va a aceptar que el asunto procede y cae fuera de la ley de amnistía de 1993 (la Corte Suprema dice que sí, porque fue promulgada en el periodo de Cristiani, y un gobierno no puede amnistiarse a sí mismo). Tampoco voy a hablar de asuntos políticos, porque en los últimos meses todo el mundo está bastante quisquilloso por la (ilegal) campaña electoral. Apenas haré acotaciones acerca de técnica básica periodística.
Según le enseñan a uno en la escuela o en el periódico (donde haya aprendido; a mí me tocó en el periódico), a la hora de hacer una nota, se debe dar información básica en el primer párrafo: qué, quién, cuándo, dónde y cómo. Suena simple, pero no necesariamente lo es, como se ve en la nota de EDH. ¿Qué? Una demanda en España contra catorce militares y un ex presidente. ¿Quién? Primera falta: no se dice que fue la Asociación Pro Derechos Humanos y el Centro de Justicia y Responsabilidad, con sede en San Francisco. Quizá no haya espacio en el primer párrafo para poner todo eso (que podría aclararse en los párrafos siguientes, de preferencia en el segundo), pero debe, en el "dónde", ubicarse el origen de la demanda (San Francisco o Estados Unidos) y el lugar donde se pondrá (Madrid o España). ¿Cuándo? Hoy. Eso es claro. ¿Dónde? Ya se dijo. ¿Cómo? En este caso es difícil decidir qué es un cómo, pero hay algo importante, también un asunto de periodismo básico, que da la pista: la priorización de la información.
En un accidente o una catástrofe o un atentado, la prioridad es para los muertos, luego para los heridos, luego para los daños materiales, luego para los sobrevivientes. Las declaraciones van en último lugar, y siempre se priorizará las oficiales y, como contraste, las que vayan en contra de las oficiales; en tercer lugar, las que apoyen una u otra posición.
En el caso de la nota en cuestión, se recurre a la jerarquía: "un ex presidente" es de mayor rango que catorce militares, y de hecho fue su comandante en jefe, por lo que en principio --salvo pruebas en descargo-- es responsable de las decisiones de los susodichos militares. A la hora de dar la información, como se ha hecho en varias partes del mundo, lo más importante es el juicio a "un ex presidente", y en segundo término el encausamiento a los militares, así en principio sea más fuerte el delito de los militares (crímenes contra la humanidad y, de paso, contra ciudadanos españoles, que en ambos casos amerita demanda según las leyes españolas) que el de "un ex presidente" (encubrimiento de crímenes contra la humanidad y contra ciudadanos españoles: aquí está el "cómo" o su equivalente).
La información que se ha dado a los medios de comunicación del exterior, hasta donde sé, incluye el nombre de ese ex presidente, es decir Alfredo Cristiani Burkard (se menciona los dos apellidos en las notas que conozco), y es un nombre importante: es ni más ni menos que el presidente al que le tocó negociar y firmar los Acuerdos de Paz de 1992. No es cualquier ex presidente. El hecho de que se enjuicie a un ex presidente con esas características es en sí mismo una noticia fuertísima, y no mencionarlo es faltar a la técnica periodística más elemental. Ya verá el lector si toma posición o no, es decir: si está en favor o en contra de que se le enjuicie, si muestra simpatía o no, si se manifiesta en favor o en contra; eso ya corresponde al terreno de lo político, y lo legal seguirá su curso, y ya se verá si ese curso es también político, o no.
EDH dio la noticia, como correspondía hacerlo, y el modo de hacerlo podría indicar cautela política o algo más. Me parece que es una de las noticias nacionales más importantes de los últimos tiempos, y presentarlo en términos tan... uh... poco técnicos es un error, se esté de acuerdo o no se esté de acuerdo con el proceso contra Cristiani. El papel de un periodista o de un medio periodístico no es estar o no de acuerdo, sino reportar. Y el reporte está muy mal hecho.
¿Era preferible que se publicara así a no publicarlo? ¿Era mejor no publicarlo que publicarlo mal? No sé. Según me enseñaron mis maestros, era una noticia que no podía dejar de publicarse, con todos sus nombres y apellidos. Jamás hubiera entrado en esa contradicción.
Hay una priorización sobre la que hay que tomar una decisión: si la noticia más fuerte en el lead (primer párrafo, pues) es que el juicio se promueve por crímenes contra la humanidad, el asesinato de los sacerdotes jesuitas y sus dos empleadas o el asesinato de ciudadanos españoles, que no incluiría a las empleadas y a varios de los sacerdotes. Para el público salvadoreño es importante que se trate del asesinato de los sacerdotes; el que algunos fueran también españoles es un dato importante en términos jurídicos, y un dato interesante en términos periodísticos, en tanto es uno de los motivos de la demanda. Que se trate de acusaciones de crímenes contra la humanidad es mucho más fuerte, pero menos específico. En lo personal, hubiera encabezado con el juicio contra el ex presidente Cristiani por encubrir el asesinato de los jesuitas, en el sumario (el "sub encabezado", si existiera) hubiera puesto que la demanda se hace a través de las leyes internacionales sobre derechos humanos (el protocolo de Nürenberg, digamos, que fue lo que se usó contra Augusto Pinochet) y por el el asesinato de ciudadanos españoles. En el lead cabe todo lo anterior, en seis o siete líneas, sabiéndolo acomodar.
Y no firmaría la nota, porque no fui yo quien generó la información, sino agencias de prensa o las asociaciones de derechos humanos o los medios españoles o norteamericanos o lo que sea. Uno debe saber también su lugar.

12 de noviembre de 2008

Post 800 (y convocatoria nerd)

Eunice llegó ayer a El Salvador y, por fin, pude tomar una foto suya con Valeria. Varias, en realidad. Y las que faltan.
Es la primera vez que viene al país, a ver la parte salvadoreña que le corresponde. Algo importante para el post número 800 de este blog.

* * *

Y aprovechamos este espacio para convocar a los compañeros de La Casa para que lleguen el domingo próximo a la una de la tarde a --precisamente-- La Casa del Escritor. Habrá una filmación bien divertida y los compañeros de video necesitan gente. Si pueden, lleven la camiseta más nerd que tengan, de preferencia con cosas que tengan que ver con la literatura. Si no, con el arte en general. Si no, con lo que sea, pero que en serio sea nerd. Si no, con que lleguen vestidos es suficiente.
Gracias y nos vemos el domingo.

11 de noviembre de 2008

Ciao, amore, ciao


En un mes he avanzado sólo unas cinco o seis cuartillas del mismo cuento, el tercero del libro, y no sé si sea bueno o no. Mi apuesta es que sí; hasta ahora, y con sólo un par de excepciones, mis cuentos --o lo que sean-- no pasan de las cinco o seis cuartillas en total.
El experimento de --por fin-- hacer cuentos que sean cuentos, y que a la vez formen una unidad que semeje una novela, está funcionando sólo parcialmente. Me explico: hasta este libro, sólo habré hecho algunos cuentos que llenarían los requisitos de Poe o de Quiroga o Cortázar --pongamos como parámetro "El cuento breve y sus alrededores", precisamente de Cortázar, que viene en Ultimo round, para que nos entendamos--, y la mayor parte de ellos los he desechado, por previsibles, o porque yo los siento previsibles, que es más grave. En el recuento de daños y sobrevivencias, habré escrito unos cien relatos cortos --mejor llamémosles así--, de los cuales quedan unos cuarenta más o menos vivos, y unos treinta funcionan como quiero. Hay textos que me gustan bastante, como "Cementerio de carros", que es bastante sólido, pero no es un "cuento cuento", en la medida en que no tiene planteamiento, desarrollo y un cierto tipo de desenlace. Hay otros, como "El cubano" hacia los que siento un cierto tipo de rechazo, aunque sé que están bien, y quizá el problema es que se parece demasiado a un cuento, con una historia, unos personajes que se mueven muy bien dentro de esa historia --aunque quizá no podrían funcionar en una novela; es parte de las reglas, o es lo que se acostumbra-- y una estructura bien cerrada. Hay otros que me divirtió escribir, porque tenían retos interesantes, y que ahora leo y encuentro técnicamente impecables, como "Retrato de mujer con canario" y "Ultimos momentos", pero sé que no pasan de ser ejercicios, quizá curiosidades, que bien podrían ser el resultado de un taller de lo más estricto, sin posibilidades reales de salir del taller o de alguna revista. (Sí, se publicaron en revistas.) El problema es que sólo se puede escribir un puñado de ésos antes de comenzar a repetirse y repetir recursos, y caer en la tentación de pensar "Bien, así se hace cuento, y de aquí a la eternidad."
Hay un escritor bastante respetado y querido en México, Julio Torri, que tiene cuentos sensacionales, muy cortos, de un estilo muy suyo, aunque hubo algunas decenas de imitadores de los que no vale la pena hablar. El problema que siempre le encontré fue que, sí, es técnico a morir, y después de los primeros diez o quince textos la sorpresa comienza a desvanecerse y uno empieza a leer los que siguen por encimita, en busca de El Texto, que quizá encuentre, quizá no, pero ya no será lo mismo. Aquí puede encontrarse un cuento suyo, y hallé algunos más, que no me parecieron de los mejores. He escrito ejercicios à la Torri, pero sólo he publicado un par, como "Los bárbaros se van en febrero", obviamente basado en el poema "Esperando a los bárbaros", de Kavafis. No dedicaría mi vida a hacer textos de ese tipo, pero me gustaría hacer algunos más, y que funcionaran.
Y, en fin, me siento más cómodo con cuentos que ni de cerca son cuentos, como "Espejos" o "Un mundo en el que el cielo cae y cae". (Krisma dice que, si uno "se siente cómodo" escribiendo algo, quizá no funcione, que la incomodidad y la necesidad de deshacerse de ella son lo que hace que uno escriba sus mejores textos. Estoy de acuerdo, con las salvedades del caso: me siento cómodo escribiendo novela e incomodísimo haciendo poesía, lo cual es un asunto de vocación, talento y sobre todo de límites y limitaciones.) El segundo tardé por lo menos un año y medio en escribirlo, y no sé cuánto en corregirlo, y es de los que más me gustan, con todo y que tiene apenas un par de páginas. Hay un texto que vengo cargando desde hará unos... no sé... quince o veinte años, y que me gusta así como está, pero sé que es de los impublicables. Me encantaría tener un libro formado por textos de ese tipo, pero no funcionaría, o todavía no sé cómo hacer que funcione. Se llama "23 minutos" y lo he puesto en mi otro blog para... bueno, para que esté allí. Hay un par de versiones más, con datos diferentes, y de una de ellas creí que saldría algo interesante, pero los personajes empezaron a decaer, la historia se volvió predecible y qué sé yo. Fue una de las tantas cosas que uno escribe y terminan olvidadas en un rincón del disco duro o en medio de un montón de papeles en una caja, esperando quizá que algún día las encuentre y use alguna frase o alguna idea o algo.
Para el libro que estoy escribiendo ahora, como ya dije un día de éstos, ya me salió un "cuento cuento", el primero, y funciona muy bien. En el segundo no pude resistir la tentación de ponerme a jugar con tiempo, historias dentro de la historia, cambios bruscos de dirección y qué sé yo. O sea: una estructura abierta que aguanta con todo. O sea: una pequeña novela otra vez, o un texto corto con la estructura de una novela. Aún falta arreglarle detalles --por ejemplo: ¿hay escuelas cerca de donde el protagonista encontró a la muchacha?, y la respuesta es que no, y viene la nueva pregunta: ¿entonces qué rayos hacía allí? o ¿cómo rayos la llevaron allí los que la secuestraron, si los pobres no dan para salir de donde están por su propio pie sin morirse de miedo?, etcétera--, en especial los que tienen que ver con el libro en general, y para arreglar la mayor parte necesito terminar el libro.
Hay una meta aparentemente superficial que me he fijado: los relatos tendrán por lo menos veinte cuartillas. (Una cuartilla: 250 palabras.) Hay otra un poco menos superficial: todos los relatos deben funcionar de manera independiente. Se puede leer cualquiera y tener la información necesaria para que funcione. Me he topado con un detalle interesante: leo el primer texto y allí está la información básica del personaje central y de quienes lo rodean. Leo el segundo y también, pero la información tiene un valor diferente, esto es: los mismos datos llevan a armar una historia previa similar a la del primer relato, pero apuntan en otra dirección, como si se tratara de una vida distinta. Lo mismo para el tercer relato, que es el que estoy trabajando, y en el que sólo he avanzado unas cinco o seis cuartillas en un mes. (Ya van como 18 o 20 en total.)
Tengo claro hacia dónde va el texto y más o menos sé dónde va a terminar. Tengo idea de cómo serán el cuarto y el quinto, y ya sé en qué terminará el último, que será el sexto o el séptimo. Pero aquí viene el problema técnico: todos los relatos ocurren en una tarde, y quizá parte de la noche. Allí se resuelven muchos problemas que el personaje viene arrastrando desde que era niño, o al menos se contesta algunas preguntas, y listo, a otra cosa. ¿Cómo hacer que en un lapso tan pequeño ocurran un montón de cosas lo suficientemente interesantes para hacer seis o siete cuentos, y que a su vez la unidad no se afloje, y que a su vez no sea necesario recurrir a recursos truculentos al estilo de Stephen King, que empieza a sacar muertos de las tumbas, hace aparecer extraterrestres y cosas así cuando la novela no da para más?
Cada párrafo, y casi cada frase, me ha llevado días, y hasta semanas --lo vengo trabajando desde que estaba con el segundo. Anoche logré avanzar un par de cuartillas y descubrí cosas que dan un giro a la unidad y, como siempre, tengo que preparar ese giro desde el primer texto, para que al llegar a ese punto el asunto sea terso y el lector diga "Obvio, yo ya lo sabía", aunque en realidad no lo supiera. Hay que ver también cómo hacer para que esa información no haga que se precise de los demás relatos para entender cada uno. Y así sucesivamente.
Y en ésas ando, y por eso no he escrito por aquí, aunque haya temas más que suficientes. Por ejemplo el título de este post, que es el de una canción que oía a cada rato cuando era niño, y de la cual apenas hace unos días supe la historia. "Ciao, amore, ciao" es una canción de Luigi Tenco, con la que participó en las preliminares del Festival de San Remo en 1967. El jurado decidió que no participaría en las eliminatorias --es decir: que no entraría a concurso--, Tenco se fue a su hotel y se pegó un tiro. Lo curioso es que Tenco, según una película acerca de la cantante egipcia italiana francesa Dalida, que vi porque en ese momento no había nada más interesante en el cable --por ejemplo una cadena nacional o la inauguración de alguna cumbre latinoamericana--, Tenco se tenía por un tipo contestatario, underground, contrario a esas cosas burguesas como los festivales pop y el oropel vacuo. Entró en el juego sabiendo que no lo dejarían llegar muy lejos, y se lo tomó tan en serio que se mató sólo porque ocurrió lo que sabía que ocurriría. (La información sobre la película se puede encontrar aquí.)
Se me ocurrió que en algún momento habrá una referencia a la canción y a Tenco y a Dalida en alguno de los relatos --quizá en el cuarto, porque el tercero ya está en otra cosa--; después de todo, como se recordará, el libro es una especie de autoplagio, para usar un término dramático, y trata acerca del suicidio, si es que trata de algo. La idea salió de una escena del capítulo XII de Trece (es decir el II), de una escena de jugadores de ruleta rusa. Lo que pasa en el libro de relatos viene de algo que no se ve en Trece, porque no viene al caso, y que merecía algo aparte. Me tardé como diez años después de terminarlo en darme cuenta de que allí había "algo" interesante para otro libro.
También se me pasó lo de la elección de Obama; de hecho el día de la elección se me olvidó que debía estar pendiente para celebrar o decir algo como "¡Por fin!", etcétera. Al día siguiente pensé lo que debía pensar: el hecho de que sea negro --o afroamericano, usted escoja-- me parece absolutamente irrelevante en términos prácticos. La diferencia que veo entre él y Bush es que Bush tiene una sonrisa desagradable y él tiene una sonrisa agradable, pero no veo cómo el carácter de una sonrisa va a cambiar significativamente las políticas de Estados Unidos hacia América Latina. Hay algo que es obvio: los demócratas se portan menos rudos que los republicanos, pero no apostaría mi vida a eso. Hay una armazón sistémica sobre la que Obama ni nadie puede --si acaso quiere-- pasar, y para mí seguirá siendo un presidente gringo más. Clinton me caía bien, y hasta me gustaba cómo tocaba el sax, pero hasta allí. Igual fue el primer candidato del Profundo Sur que llegó a la presidencia, e igual era más inteligente y menos troglodita que Bush o Reagan. A lo sumo, nos dejó en paz en ciertos asuntos, pero en lo esencial siguió siendo lo mismo de siempre. También se ha dado en traspolar lo de Obama con la candidatura de Mauricio Funes, y a poner a este último como la panacea que él mismo dice que no es, pero no lo oyen. Si Funes llega a la presidencia, deberá gobernar con muchos de los parámetros actuales, es decir los fijados por Arena durante casi veinte años, de manera pragmática y con mucha de la gente que tiene el know-how, y que no es precisamente de izquierda. En primer lugar, porque otra cosa nos llevaría a un desastre instantáneo; en segundo, porque la izquierda institucional se ha encargado de deshacerse de sus cuadros intelectuales y de pelearse con los que hay, y que podrían ser sus aliados a la hora de los conques.
También murió Michael Crichton, de quien he leído con placer cosas desde hace unos veinticinco años y he visto películas desde la niñez, como La amenaza de Andrómeda o Westworld. El primero de sus libros que leí, y me fascinó, fue El hombre terminal, del que se hizo una buena película con George Segal (uno de los cuatro protagonistas de la versión cinematográfica de Who's afraid of Virginia Woolf?, del dramaturgo Edward Albee, quizá con las mejores actuaciones de Liz Taylor y Richard Burton), y después me seguí con varios libros que me parecieron especialmente inteligentes, como Jurassic Park (la película apenas toma pedacitos, con todo y que es muy buena) y The Lost World. Me parece que clasificarlo como escritor de best-sellers es por lo menos injusto. Pocos escritores han profundizado como él en el tema de la ética de la ciencia, y con tanto acierto. Hay otro libro sensacional que se sale de su estilo y sus temas, Los devoradores de cadáveres, del que se hizo la película Trece guerreros (el título en inglés es más interesante: The 13th Warrior, pero no veo cómo traducirlo y que no quede forzado).
Y murió la cantante Miriam Makeba, de la que conozco apenas piezas sueltos y un disco que sacó Putumayo, además de la clásica "Pata pata". Aparece, por cierto, en la excelente película Sarafina, como la mamá de la protagonista central. Esa película la vi un montón de veces en México, y cuando regresé a El Salvador la vi anunciada, creo que en el 12, como El canto de la libertad. Me puse a verla y... ugh... estaba censurada. Habían borrado las escenas en las que el ejército sudafricano del apartheid reprime a los jóvenes, con varios asesinatos de por medio, y se volaron casi toda la parte en la que los torturan en prisión, entre otras. Eso fue hace como nueve años. ¿La pasarían completa ahora? ¿O a mediados del año próximo? La he visto anunciada un par de veces más en televisión nacional y no me he atrevido a verla; "eso" es más que la mutilación de una película: indica la mutilación de una conciencia.
Y murió el secretario de Gobernación mexicano en un avionazo, en hora pico, cerca de la Fuente de Petróleos Mexicanos. De eso no sé qué decir. No sé si había habido un accidente --si lo fue-- de esa naturaleza antes en la Ciudad de México. Sentí que algo me dolía, y me sigue doliendo.
Y hay más, pero es hora de ponerme a hacer otras cosas. Creo que puedo avanzar un par de párrafos más en el cuento que estoy escribiendo, antes de ir al aeropuerto a recoger a...
¡No se pierda mañana la conclusión de este post! Y, ugh, éste es el post 799 de este blog, o sea que el de mañana debe ser muy especial.

1 de noviembre de 2008

"¡La tele se arruinó!"

Al fin llegamos a un acuerdo: Valeria se ha quedado con el televisor grande, que está en la sala "de adentro" (la "de afuera" es el estudio, y de sala tiene poco), y nosotros con el televisor pequeño, un Sony del año de la canica que era de la abuela Mina y que hemos puesto en nuestra recámara. Eso sí: como la de Vale tiene conectado el cable, nos hemos reservado el derecho de quedarnos con el aparato de DVD, para evitarnos la penuria de ver televisión nacional. (Perdonen la tristeza, que diría Vallejo.)
Nos aventamos tres noches de maratón para ver la primera serie de Jericho (la segunda fue sólo de siete capítulos, perdonen otra vez la tristeza), y estábamos en los últimos cuando oímos el llanto desgarrado (en serio: desgarrado) de Valeria, que veía el canal de Disney (no el Disney Channel, sino el que está en el número 69, lo que son las cosas). Krisma dio el salto y fue a ver qué pasaba, y desde la cama oí otro grito más desgarrado aún: "¡La tele se arruinó!" A renglón seguido, la carcajada de Krisma.
En la pantalla estaba el presidente Saca, en el discurso de inauguración de la cumbre iberoamericana. Técnicamente no se había arruinado la tele, sino la programación; no sé para qué rayos ponen en un canal para niños las cosas de cadena nacional, sobre todo si uno paga precisamente para evitárselas. ¿Libre mercado? Ja. Ya vimos los 700,000 millones que le costó al erario estadounidense la no intervención en los asuntos de la empresa privada, en especial cuando hace estupideces, que no es infrecuente. En otras palabras: no, no se había arruinado la tele, nomás habían interferido la programación de Amnet, como acostumbran.
Así, pues, la Vale se fue a la recámara con nosotros, con su libro de colorear y sus lápices, todavía con algunas lágrimas, y Krisma me echó una mirada. "Sí, qué diablos", le dije. Pausamos Jericho y pusimos el 6. Allí estaba Saca con el discurso de inauguración, y de verdad que tratamos de sacar algo sustancial de lo que dijo, pero sólo había llamados a la unidad iberoamericana y un montón de lugares comunes; quizá no les pagan bien a los que hacen los discursos, porque en serio que lo hicieron leer frases que hace muchos años ya eran viejas.
Dejamos el 6, porque estaba la Sinfónica Juvenil y queríamos ver a mis sobrinas Silvana y Andrea, hijas de mi hermana Lorena, que estarían allí tocando violín y cello, respectivamente.
Y, sí, las alcanzamos a ver: a Silvana muchas veces, de espaldas, y tres veces de frente. A Andrea, metida en un rinconcito y muy seria; así es ella.
Lo del potpurrí latinoamericano estuvo chistoso. Entre otras cosas, y supongo que en la sección correspondiente a Cuba, tocaron un mambo de Pérez Prado. Lo interesante es que Pérez Prado negaba que el mambo fuera cubano, y decía que era mexicano, porque él lo había creado y él era mexicano. Me tocó ver una entrevista en la que le decían: "Pero si usted es cubano..." "No. Soy mexicano. El mambo es mexicano." Y háganle.
En rigor, el mambo se creó en Estados Unidos, hasta donde sé. Allí Pérez Prado trabajó con el percusionista Chano Pozo para --precisamente-- crearlo. O sea que en una de ésas hasta gringo resulta el ritmo, a reserva de que Chano Pozo fuera cubano y Pérez Prado mexicano. Otra curiosidad es que Chano Pozo fue el "co-creador" del jazz latino, junto con Dizzy Gillespie, con la mítica pieza "Manteca". En fin.
Después vino el joven talento pianístico que tocó algo de Franz Liszt (no, Chano Pozo no tuvo que ver con las Rapsodias Húngaras; no había nacido, o seguro también hubiese estado metido en ese ajo). De entrada no me gustó la sonrisa del chavo ni su modo de encarar al público, en el plan de "Miren, soy un joven talento". Me pareció que tenía la mano un tanto pesada para tocar a Liszt, y su actitud me recordó a la de Roger Daltrey (sí, el cantante de The Who) en la mítica película Lisztomania, en el papel de Liszt himself, rodeado de adolescentes que gritaban y langudecían por él, nomás que Daltrey estaba actuando, y el joven talento no. Cosas de la química; a lo mejor toca tan bien como su actitud haría esperar, pero no logré percibirlo.
¡Y llegó Alejandro Fernández! Y allí sí el montón de jovencitas gritaron y languidecieron, que para eso está Alejandro Fernández. ¡Y cantó "El carbonero", de Pancho Lara!
Tenía apuntadores en las dos orejas --sí, eran dos; las conté--, pero algo estaba fallando. Se brincó el tercer verso, creo, el de "con mi carboncito negro", y de repente se trababa en cosas como "chaperno" "copi... ¿qué?" y algunas más. Creo que cantó lo que le dictaban porque así se lo dictaban, en automático, pero salió muy bien librado. Y luego "Granada", de Agustín Lara.
Después de ver la posición oficial salvadoreña con respecto a la juventud (con una pequeña ayuda del arzobispado, why of course), y visto que la producción de Lara, por cantidad, tenía menos que ver con lugares españoles que con lupanares veracruzanos, donde se ganó la cicatriz en la mejilla, consideramos con Krisma que lo correcto hubiera sido que cantara "Aventurera" o, ya en plan metalero, "Pervertida". Quizá el rey Juan Carlos no lo hubiera entendido muy bien, pero de todas maneras no parecía muy divertido, y ya esperábamos que le dijera al Potrillo: "¿Por qué no te callas?" Pero la diplomacia es la diplomacia, y sin Hugo Chávez cerca no tenía sentido.
Después la canción de Parker y los muchachos que la cantaron moviendo las manos como poetisa municipal en velada infantil. En serio: ¿por qué no les enseñan a ser más naturales? Los chavos no tienen la culpa de los vicios de sus maestros, y levantar las caras así, con ese gesto de "mirar al futuro", les va a sacar arrugas antes de tiempo.
¡Y por fin se compuso la televisión! Es decir: terminó la cadena nacional. Valeria volvió a su tele y nosotros seguimos con Jericho, con gente matándose en una época post apocalíptica, amigos traicionando a sus amigos, un agente de la CIA viendo cómo diablos se dehace de un arma nuclear, una niña de 15 años que mata a una mercenaria y, en fin, lo que hace la vida cotidiana.
No vi lo que había en el canal 69 de Disney. Después de la cadena nacional no sé si lo hubiera soportado.

27 de octubre de 2008

Fotos de aniversario

El sábado 25, en fin, se realizó el almuerzo de La Casa del Escritor, bien sencillo pero agradable. Aprovechamos para inaugurar una pequeña sala de exposiciones donde estaba la cochera, y quedó muy bien. También hubo actividades del Museo de la Palabra y la Imagen, como la presentación de un juego de mesa y de los videos basados en Cuentos de cipotes que produjo el MUPI el año pasado. Y comida auténticamente salvadoreña, como mole poblano, tinga, chau fan y verduras en salsa de soya, entre otras.

Llegaron tres de las cinco fundadoras de La Casa (es decir de Las Innombrables, el Consejo de Ancianas --detestan que les llamen así--, las Primigenias, etcétera): Teresa Andrade, Nancy Gutiérrez (¡narradora entre poetas!) y Krisma Mancía.

Los del taller de video conversan con... o sea... un poeta, que es Santiago Vásquez, de blanco y con lentes. Además de Santiago, de izquierda a derecha, Carlos Guardado, Salvador Canjura, Nelson Ochoa y Osmín Magaña.

Más poetas: Emmanuel Arias Pocasangre, Loida Pineda, Herberth Cea, Érika Salinas y Mario Zetino.

Una de Krisma.

Santiago (a.k.a. Carlos Henríquez Consalvi) hace los honores después del almuerzo. En nombre de La Casa habló Johanna Marroquín, a quien se puede ver de negro. Abajo de ella está la Vale con una muñeca que le mandó su hermana Eunice, y Camilo, el hijo de Santiago.

Mario, Emmanuel y Beatriz Valdés, compañera nueva que escribe narrativa. ¡Y novela, además! ¡Y bien!


Loida en la nueva sala de exposiciones, viendo los cuadros de un compañero de la Casa Taller Encuentros, de Panchimalco.


Y aquí hace una graciosa salida de la susodicha sala.

Los dos Santiagos.

Quién sabe de dónde rayos salió este perro, pero se la pasó excelente durante todo el rato. Comió, departió con la gente y luego se echó una siesta. Se fue antes que el resto de los invitados.

Una de Valeria.

Con el pastel en la mano, Víctor Hugo Barrientos, de la Dirección Nacional de Patrimonio Cultural de Concultura, junto con su novia. Él fue el responsable de las obras que se han realizado últimamente en La Casa, como la sala de exposiciones, una pila de agua y una plataforma de cemento en la parte trasera de la construcción. Su mamá, Judith Barrientos, es otra de las fundadoras de La Casa, pero no pudo llegar.

Y lo celebrativo no quita lo dictador: aprovechamos el rato para trabajar la novela de Beatriz, y le seguimos el domingo por la tarde.

Durante la celebración, los jóvenes de varias escuelas de la zona de Los Planes jugaron al juego Los Izalcos, realizado por el MUPI. Hubo regalos y premios para ellos y comida.
Y más, pero de lo anterior quedó constancia en las fotos.

23 de octubre de 2008

Quinto aniversario de La Casa

Este sábado 25 se celebrará el quinto aniversario de la fundación de La Casa del Escritor en Los Planes de Renderos, en la antigua casa de Salarrué.
A las 12 del día será el tradicional almuerzo con los compañeros de La Casa y amigos, y será de estricto traje, como siempre. Los que lean este mensaje, por favor, avísenles a los compañeros que no tengan acceso a internet o que no circulen por los blogs.
A las 2 de la tarde comenzarán las actividades para todo el público, como la inauguración de la sala de exposiciones "Zélie Lardé", que apenas terminó de habilitarse en esta semana. Quedó bonita. Habrá una exposición de obra de jóvenes de la Casa Taller Encuentros, de Panchimalco. Estará el grupo de danza de La Casa con algunos números y cosas preparadas por los compañeros del Museo de la Palabra y la Imagen, que son quienes nos proporcionan la exposición permanente. Se han realizado algunos trabajos nuevos para mejorar el local y, por desgracia, no alcanzamos a pintar; eso se hará a partir de la próxima semana.
Al rato iré a comprar las cosas para el mole, y a petición de algunos compañeros quizá haya tinga poblana. (Sabe más rica de lo que suena.) Quien pueda llevar comida, por favor que la lleve. Pan, chucherías, postres, ensaladas y todo eso son siempre bien recibidos.
Nos vemos pasado mañana, pues.
(Para que conste: celebramos el quinto aniversario de la fundación formal de La Casa en Villa Montserrat. El proyecto comenzó a funcionar, en diferentes locales, en mayo de 2002, o sea que ya llevamos seis años y medio de trabajo. El taller literario comenzó el 22 de septiembre de 2002; seis años ya, válgame.)

22 de octubre de 2008

Menjívares, hermanos, nietas, patos de guayaba y otros tacos de chuleta

Margarita, Eunice, Eduardo y yo. Todos Menjívar, por supuesto. Estamos en una cena a la que me invitó (con hijos incluidos) la gente de la Feria del Libro del Zócalo. Eunice estudió arquitectura del paisaje durante un año --ahora estudia ópera--, y se había pasado horas y horas y horas hablándome del edificio 222 de Reforma, construido con concreto translúcido, entre otras rarezas. La cena fue en un restaurante de ese edificio, y de verdad que está impresionante por donde se lo vea.

Aisha Menjívar, de un año con tres meses, hija de Margarita. Y yo en el papel de abuelo, claro. Le gustó el león gordo que le compré, pero creo que le pareció más interesante el celular que me prestó Eunice durante los días en que estuve en el Distrito Federal.

Eunice y Eduardo en el Café La Habana, el lugar tradicional de reunión de los periodistas desde hace... no sé... ochenta años. Allí cerca están el Excélsior, El Universal, estaba el Novedades (que ya no existe), El Día (que tampoco, o casi), La Jornada (que se pasó para otra parte), la mítica revista diaria Cine Mundial --donde trabajó durante varios años Álvaro Menen Desleal-- y dos o tres más. Aún llegan por las tardes algunos periodistas viejos, y otros no tan viejos, como mi hermano Hugo Martínez Téllez y, en este caso, yo.

Y aquí estamos precisamente Hugo Martínez y yo, en el Café La Habana, cada vez más canosos, pero qué jijos. ¡Nos conocemos desde hace 25 años...! Un buen rato.

Aquí, a la izquierda, Ranllús Sleman, una Menjívar honoraria, y mucho más. Cómo llegó a eso es una historia que quizá le corresponda a ella contar; mi papel es quererla como a una hija que también me hubiera gustado tener.

Aquí, con Salvador de la Mora, otro de mis hermanos carnales, con quien hemos pasado dos o tres cosas desde 1992, cuando nos conocimos. Él me regaló los primeros libros de José Saramago que leí, porque me resistía a comprarlos. y es él quien nos da el hosting y el dominio de La Casa del Escritor.

Aquí, al día siguiente, con el escritor Bernardo Ruiz, también gran amigo. Él fue quien publicó Terceras personas cuando era director de Promoción y Difusion de la Universidad Autónoma Metropolitana. Ahora tiene su propia editorial, y me dijo que le gustaría hacer otra edición. Bernardo y Terceras personas se llevaron muy bien desde que se conocieron, y se lo agradezco a ambos. En esta foto estamos en la Hostería de Santo Domingo, en la maravillosa Plaza de Santo Domingo, a unas cuadras del Zócalo. La foto la tomó Aniuxa, quien se encuentra por allá estudiando una mestría en FLACSO.

Y aquí, de derecha a izquierda, están Ana, Selva Prieto Salazar (Madreselvas) y Tamara de Anda (o sea Plaqueta, ¡y ya!), nieta y bisnieta del rockstar de la literatura salvadoreña Salvador Salazar Arrué. (Lo de "rockstar" es invento de Tamara, no mío, pero es bastante citable.)

En la tienda de un restaurante Vips, Eduardo toca una pieza victoriana en una guitarra de juguete. Un poco con el sonido Mario Bros., pero le salió muy bien, que por algo se dedica a eso. (A la guitarra. A Mario Bros. no se dedica desde hace varios años; también era bueno para los videojuegos, y hasta fue parte del equipo de exhibición de Nintendo en México.)

Yo mero, chateando con Krisma en la Hewlett Packard de Ana Escoto. Había dejado la Vaio (que supongo alguna vez mencioné que es verde) en el hotel, y estaba con Eduardo en el departamento de Aniuxa en Universidad y Copilco. Lindo depto. (Quizá un día deje que Ana se acerque a menos de un metro de la Vaio, en compensación. Sí, sí, es verde. La Vaio; Ana es más bien... uh... muy poco morena.)

Y la multicitada Aniuxa demostrando que en un mes ha aprendido las más sofisticadas técnicas para comer tacos de chuleta con queso sin morir en el intento. Eso sí, con la ayuda de un pato de guayaba, o sea un refresco Pascual Boing. (En la botella ya no aparece el pato, y ya no se llama Pascual, sino Boing a secas, pero uno no olvida.)

21 de octubre de 2008

Instrucciones para vivir sin piel en México


La semana pasada fui a la Ciudad de México para participar en la VIII Feria del Libro del Zócalo, invitado por la Secretaría de Cultura del gobierno del Distrito Federal. Me tocó participar en dos actividades: la presentación de mi libro Instrucciones para vivir sin piel, el lunes 13 de octubre, y el miércoles 15 en una mesa con un tema ambiguo y polémico del que hablaré después, en compañía del escritor guatemalteco Rodrigo Rey Rosa y del nicaragüense Omar Cabezas, ex comandante guerrillero, autor de un libro que en los ochenta fue bastante importante (La montaña es algo más que una inmensa estepa verde) y actualmente procurador de derechos humanos de su país.
Instrucciones para vivir sin piel fue publicado por la editorial La Orquídea Errante, de mi hermano (salvadoreño, por cierto) Humberto Acevedo, con quien corrimos más de una aventura y tenemos más de tres anécdotas. Lo conocí en 1983, poco después de la muerte de Salvador Cayetano Carpio, y a ambos nos provocó más o menos lo mismo. Trabajó como titiritero, artesano, promotor cultural y actualmente, además de dar talleres de literatura, se ha lanzado a armar su propia editorial, en la que ya casi lleva una decena de títulos.
Por contar algo, el día del terremoto del 19 de septiembre de 1985, Beto y su entonces compañera, Angélica, estaban de gira en el sureste mexicano, dando funciones de títeres para el ISSSTE (el seguro social de los trabajadores del estado), y yo me había quedado en su casa para cuidar a su hija Catía. Para entonces yo hacía guiones de historieta y daba talleres para la Secretaría de Educación Pública, y era igual dónde escribiera los guiones, y los talleres los daba en el interior del país, eran bien pagados y con cuatro o cinco --de una semana de duración-- podía vivir hasta seis meses. Así que, si sus giras no chocaban con mis cursos, me iba a su casa y me hacía cargo de Catía. Cuando podía llevaba a mi hijo Eduardo. Una vez hasta compré un perrito para que jugaran. No duró mucho, debido a un parvovirus mal diagnosticado por el veterinario.
En casa de Beto me pescó el terremoto. Mi departamento --que estaba en la colonia Centro-- quedó en muy mal estado, con una cuarteadura horizontal que le daba la vuelta completa. Los vecinos creyeron que se había caído el techo, y se metieron a la fuerza, porque oyeron un ruido estrepitoso y no me vieron salir corriendo. Lo que pasó fue que tenía un inmenso librero Dexion, de ésos metálicos y armables, con cerca de 1,500 libros, en filas dobles, colocado en medio del estudio, y se cayó. De eso me enteré cuatro o cinco días después, cuando logré llegar a casa, después de un extraño tour por campamentos de refugiados y casas de amigos para saber si estaban bien.
Para terminar de presentar a Beto: estudió en el Bachillerato en Artes, fue uno de los capturados en 1979, cuando agarraron a Facundo Guardado, secretario general del Bloque Popular Revolucionario, y liberado junto con él y otros dirigentes, después de torturas bastante salvajes en la Policía Nacional. Durante la ofensiva final de 1981, y en vista de que el triunfo era seguro e inminente, las FPL lo mandaron a insurreccionar a la población a Mejicanos, a su barrio, a su calle... y terminó asilado en la embajada de México, porque evidentemente lo denunciaron, comenzaron a buscarlo y casi lo encuentran. Estuvo varios meses en la embajada, hasta que el gobierno salvadoreño, gracias a las gestiones de Gustavo Iruegas, entonces encargado de negocios mexicano, le dio el salvoconducto, y no ha regresado. Veintisiete años fuera. El mismo tiempo que me tocó en suerte, pero él no parece que vaya a venir muy pronto, ni siquiera de visita. Cosas de él.


El presentador fue José Eduardo Serrato Córdova, catedrático de la UNAM (a la izquierda en la foto), autor del libro Los sueños de la razón. Poética y profética de Luis Cardoza y Aragón, publicado precisamente por la UNAM, que me regaló y prometo leer.
Después de una presentación general de Beto (a la derecha en la foto, por supuesto), a Serrato le tocaba hacerme algunas preguntas acerca del libro, y después intervendría el público. Cuando Beto terminó, entró un hombre con serios síntomas de borrachera y de algo más fuerte, y comenzó a hablar a voz en grito. Nadie le hizo mucho caso, pero él agarró a un amigo de Beto que estaba en primera fila y empezó a hablarle no me enteré muy bien de qué. En un par de minutos llegaron unos policías y se lo llevaron de la mejor manera posible. Y de verdad que fue de la mejor manera posible.
Y vino la primera pregunta de Serrato, que me desconcertó bastante. Me preguntó qué se sentía presentar un libro ante un público tan mediocre, al que le “valía madre la literatura” (textual) y que sólo estaba allí casi casi por inercia, para tener algo que hacer, y que seguramente no compraría ni leería mi libro; que qué pensaba de gente que llegaba drogada a ese tipo de cosas, y que si no me sentía frustrado.
Cuando yo comenzaba a responder (le dije que no compartía su punto de vista, que agradecía a los presentes, etcétera), un señor del público se puso de pie y le dijo que no tenía derecho de hablar así del público, que había habido un incidente aislado y que no tenía por qué ofender al público, ni siquiera al borrachito que, después de todo, estaba en lo suyo. Serrato comenzó a sacar palabras gruesas, y el señor siguió reclamándole en términos que, la verdad, me parecieron razonables. Beto y yo no sabíamos qué hacer. Aproveché una pausa para decir: “¿Puedo seguir contestando?” Un par de insultos más y seguí como si no hubiera pasado nada. Serrato me hizo alguna pregunta más, menos agresiva, contesté y dijo que por su parte era todo. Incomodísimo para el público en general, y para mí en particular por ciertos invitados, como Selva Prieto Salazar (Madreselvas), Tamara de Anda (Plaqueta), nieta y bisnieta de Salarrué, respectivamente; mi hija Eunice y mi otro hermano, Salvador de la Mora, a quien no veía desde hacía diez años. Él nos proporciona el hosting y el dominio de la página de La Casa del Escritor. (No, no lo paga Concultura. Es una donación de Salvador.)
Al final Beto y yo terminamos conversando entre nosotros y recordando cosas viejas, planeando algunas buenas y queriéndonos mucho, como siempre. Se vendió una buena cantidad de libros, me tocó firmar la mayoría de ellos y listo, nos fuimos después a tomar algo a la terraza del hotel.
En los días siguientes pasó algo bien interesante, y que no me esperaba. Instrucciones para vivir sin piel se publicó primero en Francia, en traducción de Thierry Davo, desde luego, por la editorial Cénomane, del buen Alain Mala. Tuvo buena acogida entre académicos, y tuve la oportunidad de hablar con ellos hace un año, cuando viajé para allá. En México, la mayor parte de los que compraron el libro –y me tocó firmar un buen par de docenas– fueron jóvenes de secundaria y bachillerato.
Más aún: al menos la mitad de los compradores fueron lo que llaman darketos. Alguno de ellos compró uno, según me dijo Beto; corrió la voz y llegaban directamente sobre el libro. Y no en plan acrítico: leían las primeras páginas, algunas otras al azar, y se lo llevaban. El precio ayudaba: treinta pesos, o sea menos de tres dólares. Hubo unas muchachas de secundaria que no tenían el dinero suficiente y me pidieron que les firmara un separador, de los que regalaron por decenas.
Cuando Krisma vio la portada, me dijo: “Esto está pensado para que lo compren los chavos.” En lo personal, cuando Beto me la envió, me pareció terriblemente fuerte, y me pareció que a los chavos sería a los que menos les interesaría, pero creo que ahora los hacen menos impresionables que en mis años mozos.
La que aparece primero, aquí al lado, es la versión en negativo de la foto original, que no he preguntado de dónde salió; me temo que la respuesta me provoque anguatia. Corresponde a la camisa del libro. Sí, porque la edición será todo lo sencilla que quieran, pero tiene su camisa y todo. Lo interesante es que los chavos que querían comprarlo no pedían la versión en negativo, sino en positivo, que es mucho más fuerte, como se podrá apreciar, y además no trae el nombre del autor, que eventualmente soy yo.
Había que explicarles lo de la camisa, que sólo era cuestión de quitársela para que quedara la portada que querían. Aun así, hubo quienes se llevaron ejemplares sin camisa y sin crédito; querían esa portada y no otra, así pudieran deshacerse de ella con facilidad, y en esas cosas el cliente tiene la razón, amén.
Buena venta, en todo caso, y eso que el stand de La Orquídea Errante era apenas un pequeño mostrador de libros, colocado en medio de decenas de editoriales independientes. (Siempre me he cuestionado eso de "independientes" para referirse a las editoriales pequeñas. Digo: más "independiente", en todo sentido, que Alfaguara o Tusquets difícilmente se encontrará... No dependen de absolutamente nadie.)


Beto preparó buenos materiales de apoyo. Además de los separadores, unas tarjetas postales con la portada del libro. En lo personal no mandaría algo así a mi abuelita, si viviera, pero la idea es buena. También hizo unas micropostales con el mismo diseño y qué sé yo. Fue agradable ver cómo se vendían los libros, y tantos, y cómo los compraba gente tan joven. (Sólo vi comprarlo a dos o tres adultos. La mayoría desertaba desde la portada, sin siquiera leer las primeras líneas.)
Hace un tiempo publiqué en mi otro blog un fragmento de Instrucciones para vivir sin piel. El fragmento puede encontrarse en este link.

20 de octubre de 2008

El Distrito Federal desde mi ventana

Lunes 13 de octubre de 2008, a eso de las siete y media de la mañana (hora del DF). La ventana está en el tercer piso del hotel Majestic, a unos pasos de Zócalo.







14 de octubre de 2008

Locura a domicilio

Me escribe Carlos Clará para decirme que ya está Tiempos de locura en la mayoría de las sucursales de la farmacia Las Américas (transcribo la lista a continuación, algunas con teléfono y todo), y que además tienen un call center al cual se puede pedir, sin cargo extra. El número del call center es 2250-7979.
Las sucursales donde puede encontrarse el libro son:

# Sierra Nevada - 2260-1411
# Unicentro Metrópolis - 2232-1362
# Colonia Médica - 2226-0929
# Metrocentro (2) ambas en la octava etapa
# Óptima Metrocentro - 2260-0718
# Metrosur - 2260-9915
# Escalón - 2298-2847
# Lomas Verdes - 2263-4211
# Salvador del Mundo - 2224-2603, 2224-2604
# Unicentro Altavista - 2299-7016
# Aeropuerto - 2339-9563
# Plaza Mundo - 2277-5502
# Unicentro Soyapango - 2291-9637
# Santa Elena
# Multiplaza - 2243-0420
# Hospital de Ojos
# Candray
# Las Palmas

A mediados de la semana estará en las tiendas On the Run. O sea en un par de días.

11 de octubre de 2008

Locura en farmacias y On the Run

Carlos Clará se ha lanzado no sólo a la aventura de hacer una editorial (Indole) y a publicar tútulos "de riesgo", sino también a un plan de comercialización bastante interesante, como la alianza con F&G Editores de Guatemala para la distribución fuera de El Salvador, etcétera. Pero hay más: a partir de la próxima semana. Tiempos de locura. El Salvador 1979-1981 se venderá en las sucursales de la farmacia Las Américas y en las tiendas de conveniencia On the Run, además de las librerías. (Sé que ya está en las librerías La Ceiba, y me imagino que en La Casita, además de FLACSO.) Así que ya saben: compren su Sertal y Tiempos de locura, que les costará más o menos lo mismo. O unos chicles, pagan la gasolina y Tiempos de locura.
Para los indecisos, el próximo lunes comenzarán a publicarse, en El Mundo, fragmentos de Tiempos de locura referentes a los hechos más importantes del periodo 1979-1981. (On the Run también vende buenos hot-dogs, y los sándwiches no están mal...)
Y la siempre querida Lilian Fernández Hall me avisa que escribió una reseña acerca de Trece, que puede encontrarse aquí. Gracias de todo corazón, Lilian.

8 de octubre de 2008

De locuras, héroes y Burt Lancaster

Ayer fue la presentación ante la prensa de la tercera edición de Tiempos de locura. El Salvador 1979-1981. Fue en el Mesón de Goya, en el ITCA, y al final hubo sanguchitos de jamón y queso. No, no de ésos a los que sólo les ponen un poco de margarina y luego unas lasquitas de jamón y de queso amarillo, sino Sándwiches de Jamón y Queso, con mayúsculas. Coca-Cola, té helado o café. En mi caso, té helado.
Cuando llegué al Mesón, a eso de las 9:45, decidí fumarme antes un cigarro. Lo acababa de encender y aparecieron de la nada un montón de personas con cámaras de televisión, grabadoras, celulares y libretas, y a ponerme a contestar preguntas, sin siquiera poder darle una fumada al cigarro, que se consumió solo, el pobrecito. Me hicieron la de siempre: --"¿Por qué Tiempos de locura?"--, pero ampliada: ¿no me parecía que lo que estaba en juego no podía calificarse de locura, que era la lucha de un pueblo, que había toda una ideología estructurada y un proyecto de país, etcétera? Como todavía no me había fumado el cigarro, me agarré de una idea de Knut Walter, quien hizo la introducción de la tercera edición. Lo cito, porque lo dice más bonito que yo:

A primera vista, el título del libro parece un poco impertinente: para los protagonistas --y para los observadores-- fueron tiempos de extrema gravedad, una crisis mayúscula donde cada uno de los bandos (y fueron más de dos) terminó jugándose el todo por el todo. La "locura" tiene que ver más con los niveles de exaltación que caracterizaron las posiciones de los diversos actores que con alguna condición mental, aunque no hay duda de que la irrealidad también jugó un papel importante. No resultaba nada fácil desarrollar planteamientos de análisis y acción, medianamente racionales y objetivos, en un entorno donde los acontecimientos se sucedían uno al otro en medio de violencia extrema, en un constante medir de fuerzas políticas y militares.
Algunos estaban seguros de la certeza de sus posiciones y de la inevitable victoria de su causa, mientras que otros se preocupaban por comprender las voluntades y los recursos del adversario, todavía no convencidos de que era el momento de alcanzar un desenlace definitivo. Y hubo otros que se dedicaron a buscar mecanismos y caminos de resolución política mientras el país se acercaba a un enfrentamiento armado en gran escala. Pero todos, sin excepción, estaban caminando sobre terreno desconocido. Quizás por eso creían que los "tiempos de locura" habrían de pasar rápido, sobre todo cuando se tenía frente a sí la muy reciente experiencia del triunfo sandinista en Nicaragua, el modelo obvio tanto para los que intentaban llevar adelante la revolución y la lección obvia para los que se esforzaban por detenerla.

Y, bueno, aquí en este blog sabemos que lo que Knut dijo es cierto, pero que el título fue un hallazgo de Carlos Briones, el director de Flacso-El Salvador: un título que pegara, de impacto, etc. Puro instinto de editor. A mí no me gustó en un principio (no recuerdo cuál había propuesto), pero siempre estuve de acuerdo en que es muy bueno. Ahora, gracias a Knut, ya sabemos por qué, je.
Después los periodistas se fueron adentro, encendí otro cigarro, me lo fumé a gusto y pude empezar a pensar para la presentación formal.
Fue muy agradable y fluido. Estuvimos Carlos Briones, director de Flacso-El Salvador; Knut Walter, historiador salvadoreño-guatemalteco, como su nombre lo indica; el embajador Ernesto Arrieta Peralta, quien en 1979 tomó parte en las negociaciones para la designación de Mario Andino como representante del sector privado en la Junta Revolucionaria de Gobierno; Juan Ramón Medrano, el comandante Balta del ERP; Carlos Clará, director de Indole Editores, que hizo la coedición junto con Flacso, y yo, que nada más soy yo.
En fin, el libro ya está a la venta y el precio sugerido es de $8.50, al menos en el país. (En el post anterior se dice cómo conseguirlo si no lo halla en librerías o no vive en El Salvador.) Nada mal para un animal de más de 400 páginas (y como 650 cuartillas de 250 palabras por cuartilla). La edición está muy bien hecha y me encantó el acabado mate de la portada. Carlos Clará ha hecho malabares para que el precio se mantenga bajo; la idea es que se lea.

* * *

Mientras escribía lo anterior el embajador Arrieta y Carlos Clará me enviaron unos videos de Canal 33 y Canal 12 en los cuales se habló de la presentación. (También estuvo Canal 10 y otro que no identifiqué.) Le dedicaron como dos minutos y medio cada uno; nada mal. Hay una nota en La prensa gráfica, que puede hallarse en este link.
Van los videos. (Nótese que tengo una gripe de los mil diablos, pero intento ocultarla.)







* * *

Y como casi no salgo de Los Planes de Renderos, aproveché para pasar por la Dirección de Publicaciones e Impresos por los ejemplares que me corresponden por la reedición de Los héroes tienen sueño. La novela aún no está en librerías ni se ha presentado, pero se puede conseguir en el local de la DPI. Cuesta $2.75. Igual hicieron todo lo posible para mantener bajo el precio; en la edición anterior, costaba $2.29.
La portada, como se puede ver, cambió mucho con respecto a la de 1998, que está aquí a la izquierda. La anterior estaba basada en un cuadro de David Méndez, fotógrafo y pintor salvadoreño que ahora vive en Nueva Orleans. David tomó muchas de las más importantes fotos de los inicios de la guerra, antes de tener que asilarse en México por motivos de salud. (A su esposa, Nelly, la conozco desde que nació, literalmente. Es de la edad de mi hermana Ana, y fueron muy amigas desde bebés.) Una de las costumbres de David, a.k.a. "El Papo", era que siempre quedaba en medio de los balazos del ejército o la guardia y la guerrilla o la seguridad de los grupos de masas. Es un tipo pausado, incluso en esas circunstancias, y no creo que en su vida se le haya ocurrido caminar rápido siquiera. Entonces tomaba fotos de gente disparando exactamente a donde él se encontraba, pero jamás tuvo siquiera un raspón en las rodillas. En México trabajó como camarógrafo para empresas de publicidad, y luego se fue a Nueva Orleans, donde se hizo socio de su hermano en una taquería. Se dedicó, pues, a levantar la taquería, y hace poco la vendió para dedicarse a lo suyo, que es la fotografía y la pintura. Ya ha hecho exposiciones aquí en El Salvador desde hace más de diez años.
En fin, la nueva portada, con ilustración de Antonio Romero, me parece bien de acuerdo con lo que se estila en el género negro, en las publicaciones pulp (que, con todo lo que dice Wikipedia, no sólo se aplicaba a las revistas, sino también a los libros). Me refiero al diseño; los materiales son de buena calidad.
Y, claro, me puse a leer la novela; no lo hacía desde hacía unos siete u ocho años. Me está gustando. (Uno escribe los libros que quiere leer, etc. No, no me inventé yo la frase, pero el concepto me funciona muy bien.) Había algunos errores en la primera edición que se corrigieron para ésta. Y había uno en especial que pongo a continuación:


La película en cuestión se llama The Swimmer. La vi por primera vez quizá en 1969 o 70, y no entendí mucho; tenía como 10 años, y a mis primos mayores, que me llevaron, les pareció genial. Luego la he visto unas cuatro o cinco más, pero después de haber escrito Los héroes tienen sueño. El error es que la película es con Burt Lancaster, no con Charlton Heston, y eso me lo dijo mi tío Eduardo Ochoa (hermano de mi mamá, que por supuesto es nueve años menor que yo) hace ya varios años. Lo corregí en el texto original, etcétera.
A la hora de plantearse la reedición, pensé en cambiar el nombre, y ya estábamos en ésas cuando pensé: ¿y para qué cambiarlo? El personaje es un policía medio estudiado, pero bastante basto en ciertas cosas, como el cine, y para él es igual Burt Lancaster, Charlton Heston o Hedi Lamarr. Así que les dije que quedara Charlton Heston.
Si leyeron la primera edición, sí, fue un error grave, y fue mi error; si leen la segunda, el error es del personaje narrador, y ya no es tan grave. (La onda de Pierre Menard, pues: el mismo texto tiene valores diferentes si se escribe en diferentes contextos.) Así que mejor lean la segunda edición; allí todo está bien.