23 de marzo de 2010

El viaje

En los primeros días de marzo de 1980, mi padre anunció que se iba a Nicaragua por tiempo más o menos indefinido. Por lo menos desde enero anterior estaba en elaboración el plan para un Gobierno Democrático Revolucionario (GDR), en el cual participaban no sólo las organizaciones que más tarde conformarían el FMLN, sino también los diplomáticos y políticos del Frente Democrático Revolucionario, como Enrique Álvarez Córdova, Guillermo Ungo, Héctor Oquelí Colindres, Rubén Zamora y otros.
El GDR buscaba juntar a sectores amplios de la sociedad salvadoreña, incluidos pequeños y medianos empresarios, algunos militares, figuras políticas y morales que no estuvieran involucradas en las organizaciones existentes y, de ser posible, contar con el aval de la iglesia católica salvadoreña.
En los días anteriores al viaje, mi padre anduvo especialmente nervioso. Los viajes a Nicaragua eran casi rutinarios (allá estaba la comandancia de las FPL, él era miembro de las FPL, y supongo que debía reportar cosas periódicamente). Pero uno no preguntaba, y él no decía, así que no quedaba más que verlo de reojo y tratar de adivinar qué rayos le pasaría.
La noche anterior al viaje, ya con las maletas hechas, me llamó al patio y me dijo que en realidad iba --venía-- a San Salvador, que Nicaragua era sólo una escala. El objetivo era conversar con el arzobispo Romero acerca del GDR y saber qué papel jugaría la iglesia católica --al menos esa iglesia católica-- cuando triunfara la revolución, algo que muchos veíamos como inevitable y casi inminente.
Desde luego sentí miedo. Mi padre aparecía en todas las listas oficiales y extraoficiales (de los escuadrones de la muerte, pues), era una de las figuras más visibles del FDR (presidente de la Comisión Externa) y para esas fechas ya andaba tratando de obtener el reconocimiento de la guerrilla como fuerza representativa. (La declaración ocurrió en agosto de 1981, por parte de México y Francia.) Creo que en eso apareció mi madre y le dijimos lo obvio: que si venía a El Salvador lo iban a matar. Pero una de las condiciones de Romero era que quería hablar con él, y así las cosas.
A lo más que llegó fue a darme recomendaciones en caso de que lo mataran. Triste.
Las tres semanas siguientes fueron larguísimas. No había modo de saber si todavía estaba en Managua o ya había entrado a El Salvador, a menos que él llamara. No llamó.
Cierta noche me encontraba en mi trabajo, en la sección internacional del diario El día, cuando llegó la noticia de que habían asesinado al arzobispo Romero. Seguro me tocó preparar la información, porque me encargaba de las noticias de Centroamérica, pero, con todo lo espantoso del crimen, yo no podía dejar de pensar: "¿Y mi papá?" Lo menos que esperaba era que de pronto llegara algún cable en el que se dijera que también lo habían asesinado o desaparecido.
Esa noche, ya muy tarde, cayó una llamada: "Lito está bien. Todavía está en Managua."
Un par de días después regresó a México. Venía asustado, enojado, frustrado, un montón de cosas al mismo tiempo. Hablamos y hablanos, pero en realidad yo estaba simplemente contento --veinte años al fin-- de que estuviera de regreso. Creo que, en medio de la tragedia, fue uno de los días más felices de mi vida.

18 de marzo de 2010

El vaso roto

No sé si para 1964 o 1965 existiera ya el bolero "La copa rota"; sé que por esa época se me ocurrió la idea de saber qué se sentía morder un vaso de vidrio, averiguar si tenía sabor.
Lo intenté primero con los vasos de casa, pero eran demasiado gruesos, así que aproveché una ocasión en casa de la abuela Mina, y allí estaban: eran de vidrio muy delgado, los que usaba para tomar jugo de naranja por las mañanas. Había pequeños y grandes, y calculé que los grandes serían más fáciles de morder.
Así que me escapé unos minutos a la férrea vigilancia de mi nana, doña Dominga Morales (de muy grata memoria), me subí a una silla, agarré uno de los vasos, me bajé de la silla y le di una mordida en un borde. El vaso simplemente se desbarató y, sí, me quedaron fragmentos de todos tamaños en la boca. No sabían a nada.
Tendría yo cinco años, pero sabía cosas. Para ese entonces ya había oído de gente que se había suicidado comiendo vidrio molido, y que la muerte era terrible y dolorosa. Y yo no me quería morir, así que con cuidado fui sacando los pedazos de vidrio de la boca y tirándolos donde estaba el resto del vaso roto, en el piso. Y en ese momento apareció doña Minga.
--¿Qué hizo ahora? --me preguntó.
--Mordí un vaso.
--¡Santo Cristo crucificado! --debió haber dicho, o "¡El gran poder de Dios!" o algo así.
Me agarró, me abrió la boca y se puso a ver qué había allí. No debió haber mucho más que saliva y lengua, porque ya había sacado todo o casi todo el vidrio, pero armó un escándalo tal que pronto la cocina estaba llena de mujeres tratando de sacarme hasta el último güishte, al tiempo que me regañaban y me decían que estuviera tranquilo y me sacudían de un lado para el otro y trataban de ver al mismo tiempo dentro de una boca necesariamente demasiado pequeña. Y todas tratando de meter dedos para revisar que no quedara un solo vidrio.
Yo trataba de decirles que todo estaba bien, que no me había tragado nada, que me dejaran que me fuera a jugar, pero no hubo modo. Al final debieron llegar a la conclusión de que, si no estaba tirado en el piso convulsionando, con el estómago perforado y vomitando sangre, la cosa no había sido grave, y me soltaron, diciéndome que no volviera a hacer eso. Por supuesto que no pensaba hacerlo; yo era curioso, pero no estúpido.
Tengo la impresión de que no me herí, o el desmadre hubiera sido mayor. Pero cada vez que oigo "La copa rota", de preferencia en la versión de José Feliciano, se me sale una sonrisa y recuerdo que los vasos de vidrio, señores, no tienen sabor.

17 de marzo de 2010

Homenaje a Carlos Briones

Anoche tuvo lugar, en el foyer del Museo de Antropología "David J. Guzmán", un homenaje al economista Carlos Briones, director, en el momento de su muerte, del Programa El Salvador de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO). Hubo, desde luego, una serie de discursos, en su mayoría emotivos, acerca de Carlos y su brillante trayectoria como economista, a cargo de personas como Héctor Dada --actual ministro de Economía y fundador del Programa, por cierto junto con mi padre--, el actual director de FLACSO, Carlos Ramos, y, si no me equivoco, del director regional de la institución, con sede en Costa Rica, quien entregó una placa conmemorativa a la familia. Hubo también un video con aspectos y testimonios sobre la vida y obra de Carlos y, lo más importante, cerca de un centenar de sus amigos y compañeros reunidos bajo el mismo techo.
Después, una recepción bien agradable y muy al estilo de Carlos: un buen trío de jazz tocando buenas versiones de buenos estándares ("My Funny Valentine", "All Blues", algo de Paquito de Rivera...) y una generosa cantidad y calidad de fiambres, quesos, aceitunas y vinos. Y los amigos conversando animadamente: una celebración de la vida más que la conmemoración de una muerte.
Para mí fue importante asistir al homenaje; estaba en el hospital, recién salido de mi quinta operación, cuando Carlos murió, el 24 de octubre del año pasado. La operación fue el 22, y apenas me dieron de alta el 9 de diciembre. Creo en la importancia de ciertos rituales, y fue triste no poder asistir a su velorio ni a su entierro. Hasta me entró un poco de culpa estúpida: el 24 de octubre es el día de San Rafael, y no es grato que un amigo muera el día del santo de uno.
La impresión fue más fuerte aún porque un par de noches antes de que me internaran Carlos me llamó por teléfono para conversar de cualquier cosa. Le dije que estaba enfermo, y ya sospechaba que se trataba de algo grave. Él desde luego me dio su solidaridad y me pidió que lo mantuviera informado, que cualquier cosa que necesu¡itara, etcétera. Según sé ahora, unos días después enfermó él, y un mal diagnóstico lo llevó a complicaciones y a una muerte fulminante, a los 54 años de su edad.
Mi amistad con él no fue larga, pero sí intensa y en general divertida; creo que compartíamos el estilo de sentido del humor, algo no muy fácil --intuyo-- para ninguno de los dos. Lo conocí en 1999, cuando él trabajaba en el Ministerio de Educación y se encargaba --entre otras cosas-- del rediseño de la PAES. Yo estaba en Vértice y seguí de cerca el proceso, además de trabajar en otros temas que manejaba el equipo de Evelyn Jacir, un equipo de lujo que integraban, entre otros, el antropólogo Ernesto Richter (fallecido hace unos años), director del programa Escuela 10, y Rafael Guidos Béjar, sociólogo y economista, quien trabajó con mi padre durante varios años y de quien, con orgullo, heredé la amistad. (Anoche tuvimos una buena plática; tenía tiempo de no verlo.)
En 2005, ya como director de FLACSO, tuvo la idea de un libro que relatara el inicio de la guerra en El Salvador, pero que se tratara de una crónica en lugar de un libro académico, y se le ocurrió que yo era la persona adecuada para hacerlo. De allí salió Tiempos de locura. El Salvador 1979-1981. Le pedí un año y medio para hacerlo; me dio siete meses. Y siete meses fueron, porque quería presentarlo el 10 de enero de 2006, el día del 25 aniversario de la "ofensiva final" de 1981.
Hicimos una apuesta: le dije que la edición se acabaría en tres semanas. A él le pareció exagerado. Lo que había de por medio era una buena cena. La edición se agotó en dos semanas, y él pagó con gusto la apuesta.
Durante los siete meses de elaboración de la primera edición recibía llamadas de él todos los días, a veces dos o tres, para saber cómo avanzaba, si hacían falta materiales, cómo iban las entrevistas, etcétera. Quizá pudiera resultar desesperante para otra persona; yo me la pasaba bien con las pláticas. Para la segunda edición aumentada, que comenzamos a trabajar mientras la primera se imprimía, se involucró más activamente: gracias a él conseguimos acceso al primer diario de Ignacio Ellacuría, bajo custodia de la Compañía de Jesús, y un par de personas más accedieron a que las entrevistara, como Román Mayorga Quiroz, ex rector de la UCA y ex miembro de la Junta Revolucionaria de Gobierno formada el 15 de octubre de 1979, luego exiliado en Venezuela y actual embajador de El Salvador en ese país. También me consiguió algunas fuentes que prefirieron guardar el anonimato y qué sé yo. Fue al mismo tiempo director del proyecto y asistente, algo que parecerá incompatible para quien no conociera a Carlos. (Aquí, entre paréntesis, debo reconocer también la ayuda del historiador y poeta Heriberto Montano, quien me ayudó en la consecución de documentos de época. Falleció también hace tres años, víctima de una esclerosis lateral amiotrófica, o mal de Lou Gehrig.)
Hubo varios proyectos de los que hablamos después de Tiempos de locura. (Comercial: aún pueden encontrarse ejemplares de la tercera edición en las farmacias Las Américas y en La Ceiba. Aunque no difiere básicamente de la primera edición, está mucho mejor documentado y más bonito. Y vale lo mismo que la primera edición, o sea $8.50. De nada.) La idea era tomar puntos clave de la historia de la guerra salvadoreña y, sobre todo, de sus intríngulis e implicaciones políticas. Por los motivos que fuera, los proyectos --que estaban ya delineados-- no llegaron a concretarse.
Y hay más, pero con eso basta por ahora. Estoy tranquilo después de haber realizado mi ritual de despedida de Carlos, y que haya sido en un ambiente festivo. Ojalá que, cuando me toque, mis amigos y mi familia hagan algo así, alegre, con buenas vibras y, de ser posible, buena música y buena comida.

15 de marzo de 2010

Límites

Cuando uno se encuentra ante la posibilidad de hablar acerca de su "experiencia cercana a la muerte", ve que hay de dos: lo hace a manera de aparecer como héroe o en tono de víctima. La verdad es que ninguna de las dos se me antoja y, si se piensa bien, no hay mucha diferencia entre ambas perspectivas.
Quizá sea más fácil si la dicha experiencia tiene que ver con un autobús a cien por hora que pasó a cinco centímetros de la nariz de uno, pero el tema no da para mucho rato. Da para más si uno saca referencias médicas de todas partes, expone el caso como ante un tribunal y, después de impresionar un poco al público, declara: "Bueno, pues eso me pasó a mí." Y luego las anécdotas, claro, que dan para mucho más.
De mi particular y cada vez menos reciente "experiencia cercana a la muerte" me quedan varias cosas, como el significado preciso --es decir físico-- del concepto "trauma": el golpe emocional, el moretón --incluso la mutilación-- en la psique que se convierte en algo más poderoso que cualquier razón, que puede sustituir a la razón y contra lo que, en fin, hay que pelear porque no queda de otra; la alternativa es el miedo constante y la fragmentación de uno mismo en... No sé en qué. No he llegado hasta allí.
Uno sabe que llegó hasta cierto punto, que rozó el límite, pero que hay otro límite más adelante, y que ése era o es el definitivo. Uno sobrevivió por ciertos motivos, físicos y psicológicos, pero hizo falta muy poco para llegar al límite real, el punto desde el cual no se puede retroceder. (No sé si sea cierto, pero debe existir un punto desde el cual no se puede retroceder. Lo he visto en gente cercana --o he creído verlo-- que regresó de "allá" o que no pudo regresar.)
Y los límites no son muy precisos, y no se trata, digamos, de tener fuerza de voluntad, o no en mi caso; estuve casi inconsciente durante más de una semana y sólo había espacio en mi cabeza para pequeños pensamientos, casi slogans, a veces una sola palabra que lo ocupaba todo, a veces una imagen o un sonido. Varios médicos me desahuciaron un par de veces --otros no, y se lo agradezco--, según me enteré después, y no encuentro otro motivo para seguir vivo que, como dije hace algunos posts, no se me haya dado la gana morirme. Claro que eso me costó bajar más de treinta libras en unos cuantos días; todavía agradezco que las dietas no hayan sido tan efectivas, porque las reservas fueron vitales. (He recuperado veinte libras hasta la fecha, y no me parece que vaya a ser muy fácil engordar. Ah, las veleidades de uno...)
Ya puesto en la realidad actual, uno aprende las cosas del modo difícil, y puede verse desde diferentes perspectivas. Por ejemplo, tardé casi un mes en aprender de nuevo a caminar, luego de tres meses de estricta cama. Uno puede pensarlo como algo humillante, como algo triste, como algo simplemente necesario, como algo divertido (de que los hay, los hay), como algo después de todo interesante. Por el tipo de operaciones que me hicieron, sé que ya no podré caminar "como antes", y allí viene otro factor: uno acepta o no acepta lo que le tocó. Puedo negar mi condición, pero eso no hará que se revierta; el "como antes" no es una opción, y considerarlo como tal sólo puede llevar a la amargura. Y no es ya asunto de decir "estoy vivo, eso es lo que importa", sino simplemente no cuestionárselo y aprender a vivir con eso como se aprende a usar palillos chinos porque se acabaron los tenedores. (¿Comer con las manos? Bue... Hay cosas que sí, hay cosas que no. En lo personal prefiero que haya algo entre mis manos y la boca, aunque no descarto los tacos y las pupusas y hasta ciertos tipos de comida menos... uh... folklóricos como susceptibles de ser comidos a mano limpia.)
Otro límite que uno no puede controlar es la velocidad de la recuperación. Casi un año, me han dicho los médicos, y se está cumpliendo. De un día a otro, de una semana a la siguiente, la mejoría no es evidente. Me doy cuenta de que hace un mes no podía hacer cosas que ahora me cuestan apenas un poco. Cada vez tengo más energías, y escribir este post no me dejará tirado en cama durante todo el día siguiente. Trabajar es menos difícil; había un montón de dolores --tenía todo un catálogo, y aún hay varios en existencia-- que no me dejaban pensar más que en ellos, y tenía que invertir una cantidad terrible de energía en concentrarme y hacer lo que debía hacer. Y apenas van tres meses desde que salí del hospital...
A veces me pongo trágico mientras veo la tele. Veo algo y digo: "Eso nunca podré hacerlo." Y me doy cuenta de que nunca lo he hecho, o nunca lo hice bien, y no me queda más que reírme. ¿Cómo extrañar lo que nunca se ha tenido? (Ésa es una buena fórmula para los que desearon una mejor niñez o se lamentan por las decisiones que los llevaron a un lugar que no les gusta.)
Y, en fin, uno descubre que no es el superhéroe de ninguna película, ni siquiera de la suya en particular. Y eso puede ser doloroso si no se lo toma uno con el humor necesario.
Lo otro es que la sensación física de la muerte, el miedo físico e involuntario, el trauma, va desapareciendo poco a poco, a fuerza de repeticiones. Uno va olvidando. Y lo que va olvidando es lo más fuerte que le pasó en su vida, lo más terrible, lo inolvidable. Aún no sé si sea lo más conveniente o no; sé que es lo que me ha estado ocurriendo. O quizá uno sólo se acostumbra y asimila su "experiencia cercana a la muerte" como cualquier cena de Navidad que terminó en pleito o qué sé yo.
Sí, sé que no estoy diciendo de qué estuve enfermo y qué es lo que me puso donde estoy. En realidad no es importante, y los amigos lo saben porque deben saberlo: muchos llegaron a verme en los peores ratos, y quizá en buena medida estoy vivo gracias a su presencia. Sólo estoy haciendo un poco de terapia y poniendo en palabras algunas ideas que me han ocupado en los últimos meses. Quisiera escribir sobre otros temas, porque no soy héroe ni víctima. Quisiera hacerlo pronto. Quisiera que este mi diario personal no se quedara empolvado durante tanto tiempo, porque es importante para mí. Quisiera muchas cosas. Al menos ya sé que me queda otro poco de tiempo --espero que mucho-- para poder seguir en lo mío, que es escribir. (¿En serio es tan importante escribir? Es lo que estoy tratando de averiguar también. Al menos ya sé cómo terminar una novela que tengo pendiente; debo decidir si la termino o no. Pero no sólo yo; también mi cuerpo, que está tan raro desde hace unos meses. Ya veré cómo reconciliarme con él. Ahora acabo de tomarme mis medicinas; por algo se empieza.)

18 de febrero de 2010

Intervención en La Casa

El Taller de Discusión de Arte Contemporáneo de la Universidad de El Salvador realizará este domingo 21 de febrero una intervención del museo de Salarrué, en La Casa del Escritor, a partir de las dos de la tarde. Habrá performance, comida virtual y cosas irreverentes (el cartel ya habla de eso), pero bien interesantes. ¡No se lo pierdan! Vale la pena darse la vuelta. Dos de la tarde. Domingo. Ya quedamos.

13 de febrero de 2010

Mi yo externo y el sindicato

Pues siguió el rollo de mi enfermedad terminal y supuestos voceros del sindicato de trabajadores de la Secretaría de Cultura hablando de mí, en el blog Crónicas de El Salvador, que después de revisarlo un poco parece más un libelo que un órgano... uh... informativo. (Los antecedentes están en el post anterior.) En esta ocasión, como puede leerse aquí (no voy a molestarme en reproducir nada; me dedican media nota) los supuestos sindicalistas no sólo insisten en que yo pedí ayuda del sindicato, sino que me insultan, desde luego de manera anónima, como anónima es la persona que escribe la nota.
Como no tengo demasiado tiempo para estupideces (o no para ese tipo de estupideces), averigüé el nombre de alguno de los principales dirigentes del Sindicato de Trabajadores de la Secretaría de Cultura (SITRASEC) para aclarar el asunto de una vez. Y vieran que sin anonimatos las cosas funcionan mucho mejor.
Me comuniqué con Delmy Zaragoza quien trabaja en la Dirección de Publicaciones e Impresos, y evidentemente me quejé del par de entrevistas en las que gente del SITRASEC se refería a mí, y en qué términos. Le leí incluso la parte en la que me llaman... uh... cosas feas.
Lo primero que la extrañó fue que alguien (en este caso cuatro personas) dieran una entrevista a quien fuera sin la aprobación de la directiva del sindicato, y ni idea de que existiera algo que se llamara Crónicas de El Salvador. Le hice notar que el asunto era anónimo, y me dijo que no era costumbre de la gente del sindicato ocultar sus nombres; hasta me dio completo el directorio de dirigentes, con cargos y todo. (No lo apunté, me perdonarán; tampoco colecciono listas de gente.) En fin, me dijo que para el SITRASEC las supuestas entrevistas son apócrifas, y me pidió una disculpa. Más aún: me prometió que se publicaría una aclaración en el boletín del sindicato.
Y listo. Hablando se entiende la gente. Y el anonimato sigue pareciéndome ruin en las ocasiones en las que está pensado precisamente para ser ruin.
Para que vean que sí estoy bien --o no tan mal como dicen--, reproduzco allá arriba un retrato que me hizo la Vale con la licencia del cabello amarillo. Lo de arriba son nubes, lo de en medio es lluvia de colores y lo de abajo soy yo, a quien el agua no toca, ejem.

22 de enero de 2010

Mi yo interno y el sindicato

Eso de conocerse íntimamente a uno mismo debería tener sus límites, me parece, y en todo caso establecer hasta dónde quiere uno que lo conozcan los demás. No sólo por una cuestión de natural paranoia ("¡Me persiguen los paranoicos", etc.), sino de pudor. Vaya: uno no necesariamente anda poniendo en su blog fotos de uno mismo encuerado o mostrando la cicatriz en la panza de su última operación. (En realidad mi cicatriz en la panza es de la primera de cinco operaciones por las cuales me tocó pasar.) Pero, bueno, una resonancia electromagnética es una resonancia electromagnética, y el que salga diferente --muy diferente-- a las que pongo por aquí que arroje la primera pelvis.

Lo que sí me parece impúdico es que otros anden hablando de las cosas internas de uno sin mala voluntad, pero también sin informarse. Por ejemplo en sindicato de la Secretaría de Cultura. En una nota que se reproduce en este link, un informante anónimo al que toman demasiado en serio para ser anónimo comete tres errores con respecto a mí, si es que se trata de errores:
1. Que en la Secretaría de Cultura ya me habían dado mi carta de despido. Es falso.
2. Que la secretaria de Cultura, Breni Cuenca, se retractó cuando el sindicato le mostró la lista. No creo que pudiera retractarse de una decisión que no hubiera tomado. Hay un aspecto secundario interesante: no pertenezco al sindicato y no sé si conozca a alguien que sí pertenezca. No tengo que ver con el sindicato, pues, y no porque tenga algo en contra de ellos, sino porque no ha habido ocasión de averiguar quiénes son y qué proponen.
3. Que me iban a despedir a pesar de que yo padecía de un cáncer terminal. Hasta la semana pasada no tenía ningún cáncer terminal. Si sí, voy a demandar a los médicos y, en su defecto, a jalarles los pies cuando me muera. Estuve tres meses hospitalizado, y llevo mes y medio más en una leeeeenta convalecencia, a causa de otra enfermedad que, en efecto, casi fue la última, pero no lo fue. (Acabo de salir de una ligera gripe, por ejemplo.) Se trató de otra cosa y mis amigos, familiares y quienes me lo han preguntado saben de qué se trató. Si los del sindicato hubieran llamado para enterarse, con gusto les hubiera informado. Y también hay una falta de... uh... no digamos de responsabilidad, sino de cortesía, por parte del entrevistador. Cuando dieron a conocer la lista, una reportera de La prensa gráficaz me llamó para preguntarme qué era cierto de lo que decían. Le contesté que nada y listo. En El diario de hoy se publicó una nota en la que se citaba a los voceros del sindicato diciendo que entre los despedidos se encontraba una embarazada y un enfermo terminal. No me imaginé que yo fuera el segundo, y menos la primera; las fotos que reproduzco al principio muestran que no es posible.
En fin, aquí sigo. Ya les dije: cuando me muera, prometo que se van a enterar.

16 de enero de 2010

Algo huele a tabaco en Dinamarca

Un amigo definitivamente inglés me mandó un anuncio de sus años mozos, de cigarros Hamlet. Está para no perdérselo. Por cierto, presume --y lo envidio-- de que ha visto en vivo a Patrick Stewart --el capitán Picard-- en el papel de la Sombra, y hasta ha mandado a traer el DVD. Me imagino a Picard comiéndose un chocolate Hamlet y la historia y la vida cambian, en serio. Ya no se diga fumándose un cigarro de la misma marca, y de paso tosiendo. (¿Alguien imagina a la Sombra tosiendo?)



En México hay unos cigarros marca Raleigh. No sé si lo haya contado por aquí, pero más de uno cayó cuando le dije que era un justo homenaje, porque Raleigh fue quien introdujo el tabaco a América. God bless his boots.

15 de enero de 2010

Algo huele a chocolate en Dinamarca

Faltarían unos chicharrones Ricardo III y que al Prozac le pongan Lady Macbeth como nombre comercial. Otelo sería un buen nombre para el Viagra, y Sueño de una noche de verano para el LSD. Shakespeare da para todo. "¿Me da un cuchillo Shylock? De los pequeños, por favor; es para hacer filetes."
Los chocolates, desde luego, están hechos en México, y valen 35 centavos de dólar. No están tan ricos, pero quién iba a pedir más; nomás por el nombre me compré dos.
Chéquense la descripción:
Tableta con sabor a chocolate rellena con cacahuate / maní, cereal crocante / crujiente y almendras. / Chocolate flavoured bar with peanut, crispy cereal and almond. Políglota y todo.

2 de enero de 2010

Convalecencia y año nuevo

Me he dedicado con demasiado empeño a la convalecencia, esto es: mucho reposo (incluye pasarse horas y horas frente a la tele, en ese sofá delicioso que compramos gracias a la sana insistencia de Krisma), algo de ejercicio (tuve que reaprender a caminar después de casi tres meses sin salir de la cama) y comida incluso en exceso (me gasté toda la grasa y parte de los músculos en recuperarme de las cinco operaciones).
En general, me paso un día completo en casa y al siguiente salgo a alguna parte. La vez que caminé unos doscientos metros fue extenuante; dos días después fue un kilómetro y medio, y lo soporté tan bien como los diez o doce pasos cortos que logré dar el primer día que me puse de pie. Ahora ya he podido ir al supermercado un par de veces, yo solo, sin pagar con más de una hora de siesta. Incluso el 31 de diciembre, además del viaje al súper, me hice cargo de cocinar una parte de la cena, y no me pesaron las horas que me pasé de pie preparando el relleno y ayudándole a Krisma con el pavo. El día 3 comenzaré a trabajar en forma en el taller de La Casa, que nunca dejó de impartirse (gracias, compañeros), y quiero estar en la mejor forma posible. No será la forma ideal, pero en serio que no será tan mala como la de hace tres semanas y media, cuando tuvieron a bien darme de alta.
Lo que me falta aún es retomar la costumbre de escribir y leer, y debo hacerlo también lo más pronto posible. No sólo por las cosas que tengo pendientes en la Secretaría de Cultura, ni porque sea parte fundamental del oficio, sino por simple salud. Casi no escribí –excepto algunas páginas en noviembre– durante el tiempo que estuve en el hospital, y menos leí. Además de sanar, me dediqué a pensar y pensar y más pensar, y creo que me he cargado demasiado de cosas que debo soltar. La prueba es que en los últimos días me ha pescado un insomnio infame –todos los insomnios lo son– y una tensión que no se quita con té de manzanilla (compré una caja con cien sobres, por cierto) ni con las pastillas que me dejaron para esos menesteres.
El problema es que no sé qué escribir. Tengo un montón de textos a medias y proyectos pendientes, pero no he tenido ánimos de revisarlos. Más que ánimos, ganas. Y, más que eso, creo que antes de seguir con los pendientes tengo que soltar cosas nuevas relacionadas con mi reciente temporada en el infierno. Y allí es donde la puerca tuerce el rabo: hay temas de los que me da miedo escribir. No porque alguien se vaya a enterar, sino por el hecho de que ocurrieron, e invocarlos es volver a vivirlos, y no quiero; aún no he sanado por completo. Sería hablar de algo que aún me está pasando, o que podría volver a pasarme con un simple descuido. Podría tomarlo por el otro lado: en vez de una invocación, se trataría de un exorcismo. Quizá. Pero no se trata de tenerlo claro racionalmente, sino que se me mueven palanquitas irracionales que quizá no podría poner de nuevo en su lugar. Está por verse; aún están muy cerca los demonios.
Lo que sé es que llegué a 2010 (en algún momento pareció que no lo lograría). Y hay planes y asuntos que echar a andar, y espero que la energía alcance para todo. Y, en fin, estoy en la mañana de un sábado 2 de enero pensando que habría que poner un post acerca del año nuevo y los buenos deseos para todos. Y claro que tengo buenos deseos para todos, porque de otro modo no tendría chiste, pero tengo sobre todo un agradecimiento muy especial hacia los amigos, que son más de los que pudiera creer y cuyo cariño y solidaridad me ayudaron a vivir. (A Krisma mis agradecimientos se los doy aparte, perdonarán.)
Veamos, pues, qué sigue.

16 de diciembre de 2009

Fumar o no fumar

Dejé de fumar involuntariamente, pero dejé de fumar. Lo más interesante es que no pasé por todos los desagradables síntomas del síndrome de abstinencia: si acaso los tuve, fue en las dos semanas posteriores a mis dos primeras operaciones, cuando estuve delirando más que pensando, a punto de quedarme fuera del juego ni más ni menos que a causa de una deficiencia pulmonar provocada por treinta y cuatro años de fumar un promedio de una cajetilla diaria (a veces fue media, a veces fueron dos, etcétera).
Casi todos los días soñaba que tenía un cigarro en la mano, me lo llevaba a la boca y en ese momento me despertaba con la mano en la boca, a punto de succionar absolutamente nada. Por lo menos tres veces al día, durante los tres meses de mi hospitalización, sentía la necesidad momentánea de fumar. Tomaba un trago de agua y la necesidad desaparecía. O no hacía nada y tardaba unos segundos más. Pero no era una necesidad física. No me lloraban los ojos, no me dolía la cabeza, no me quería morder las falanges ni asesinar a golpes a mi vecino.
De regreso a casa, el miércoles pasado, comenzó una necesidad diferente, de la que ya me había hablado Krisma. Me senté frente a la computadora, abrí mi correo después de tres meses (había muchos menos mensajes de los que esperaba) y en algún momento, zaz, mi mano se fue a buscar la cajetilla donde generalmente la pongo, o la ponía. No la encontré, una sonrisa y seguí en lo mío. Al día siguiente, por la mañana, mientras Krisma preparaba el desayuno, zaz, la necesidad de otro cigarro. Otra sonrisa y la necesidad se fue. Y así: hay situaciones cotidianas que de repente disparan el deseo de encender un cigarro.
El domingo pasado, Ingrid llevó --como siempre-- unos cigarros a La Casa del Escritor. (Para los morbosos que quieran ver cómo quedé, Ricardo Hernández puso unas fotos en su blog.) Le pedí un par de jalones. El primero, delicioso. El segundo, más aún. Le devolví el cigarro y de pronto sentí algo que había olvidado: el sabor a cosa quemada que queda después de fumar. No me gustó y me lo quité con jugo de naranja. Al rato le pedí a Ingrid un jalón más y decidí que no volvería a fumar.
Ayer en la noche le di un jalón pequeño y dos regulares al cigarro nocturno de Krisma. Lo mismo: la sensación del humo me encanta, como siempre me encantó, pero el sabor a quemado es demasiado fuerte para querer fumar más. Igual hay momentos en que siento la necesidad de encender un cigarro; basta con sonreírme para que la necesidad desaparezca.
Veremos si de veras aguanto. Creo que sí. El recuerdo de las dos semanas con oxígeno las veinticuatro horas no es el peor de mi vida, pero entre los menos bonitos está lo que decían los médicos al pie de mi camilla, cuando creían que estaba dormido o inconsciente. No le voy a ayudar a la muerte, ya que estamos en eso de la sobrevivencia.

15 de diciembre de 2009

Prólogo a las Historias prohibidas

Mientras estaba en el hospital me llegó un ejemplar de Las historias prohibidas del pulgarcito, de Roque Dalton, publicad0 en Canarias por las Ediciones Baile del Sol. Quiere la suerte que me hayan pedido el prólogo, que hice con gusto. Como por aquí no se va a conocer muy ampliamente que digamos, y a pesar de que es más o menos largo, lo transcribo para quien pudiera interesarse.

I
Hay dos cosas que son ciertas aquí, ahora y siempre. La primera es que la historia –la oficial, la de mayúsculas reverenciales– la escriben los ganadores. La segunda es que esa historia no soporta el sentido del humor ni las paradojas, es decir las verdades a secas. Basta con que brinque un dato ignorado por los redactores de turno, las palabras inocentes de alguien que recuerde su infancia, un recorte amarillento, para que la Historia se convierta en caricatura de sí misma y los próceres, mártires y grandes gestas sean materia de guiñol.
La consecuencia de aplicar el humor a la historia oficial es una sola: la pérdida del respeto por parte de los marginados de la historia –la de las minúsculas–, los protagonistas verdaderos, que por sí o por no permitieron que sus nombres se pusieran en letras muy pequeñas en la lista de créditos, en pro de la patria o de alguna abstracción igual de excluyente. Sonará a consecuencia demasiado moral para tener valor práctico, pero de allí surgen los motines, las revoluciones y las guerras de liberación nacional: todo lo que tarde o temprano se convertirá de nuevo en Historia, y así sucesivamente.
Por eso la burocracia de 1984 –la terrible caricatura de Orwell– se la pasa rescribiendo la historia libro por libro, noticia por noticia, foto por foto, línea por línea, y controlando implacablemente a los que pudieran encontrar una pista que los llevaría a otro lado. No importa a dónde; talvez sólo a un desechado lugar de sí mismos, a una sensación desconocida, a un espejo.
Por eso –también– el poder necesita gritar como predicador en iglesia de dudosa santidad: los feligreses no deben dejar de ver hacia el frente, hacia él, que cuenta historias de apocalipsis aterradores e improbables, pero fascinantes. Una simple mirada de reojo al vecino de la izquierda propiciaría –por comparación– la revelación: los gestos del hombre santo son ridículos, su voz es ofensiva, sus palabras no llevan a ningún lugar dentro del que uno pueda o quiera imaginarse. Y el encanto se rompe.
Roque Dalton –el de Las historias prohibidas del Pulgarcito– es el feligrés que mira hacia otro lado y después regresa la vista al hombre solemne que amenaza con infiernos pavorosos. (El peor: si pecamos, si dudamos, si preguntamos por qué –o cuándo–, la historia nos olvidará o nos colocará en el sitial de los condenados.) Y lo que Dalton ve es a un tipo subido en unos zancos muy frágiles, una panza bien cultivada, una calva cubierta con un mal bisoñé, parches en los pantalones, una corbata chillona. Y se ríe, y la risa es una enfermedad contagiosa, así su periodo de incubación sea a veces lento.

II
Contaba el escritor salvadoreño Álvaro Menen Desleal (1931–2000), su amigo, compañero de generación y a la vez humorista temible, que Dalton comenzó a publicar los materiales de las Historias prohibidas en las páginas literarias de El diario de hoy, considerado el bastión inalienable de la derecha, en un espacio titulado “Columna vertebral”, a finales de los años cincuenta.
Lo hizo durante las aperturas democráticas –alguna se llamó a sí misma “revolución”– de los gobiernos militares de Óscar Osorio (1950–1956), José María Lemus (1956–1960) y Julio Rivera (1962–1967). La tolerancia de los tres era menos consistente que el humor de Dalton; en esos periodos fue perseguido, encarcelado, casi ejecutado (la historia o la leyenda cuenta que un terremoto derrumbó un muro de la cárcel el día anterior al fusilamiento), y de allí pasó al exilio, que rompería sólo un par de años antes de su muerte.
Claro que entonces era militante del Partido Comunista, hacía poemas políticos (“comprometidos”) y participaba en las actividades de organizaciones estudiantiles, las adversarias más irritantes de los militares. Pero lo peor fue confrontar la verdad oficial con los textos que el lector está a punto de leer: puros y simples retazos de historia cotidiana, literatura, frases y dichos populares, ideas cotejadas con el paso del tiempo. Es interesante que la mayor parte perteneciera al corpus de la historia oficial, y surge otra ley: la historia oficial se modifica para permitir su propia continuidad, y requiere del olvido de sus receptores para no desmoronarse. (El Gran Hermano de Orwell era sabio y cruel: no condenaba al pueblo al olvido, sino a los nuevos recuerdos.)
La paradoja fue que Dalton resultara asesinado por sus propios compañeros del Ejército Revolucionario del Pueblo, el 10 de mayo de 1975, y no por sus enemigos naturales. O quizá los enemigos naturales del sentido del humor no sean necesariamente los opresores del capital y las leyes sesgadas, sino quienes buscan engrosar las páginas de la historia oficial y escribirla a su gusto, para su mayor gloria. El modo de tratar que la historia –la minúscula, con pretensiones de mucho más– no se desviara de un rumbo improbable fue asesinarlo; el mecanismo es viejo y nunca funciona en el plano de la evolución de las ideas, pero tenemos un poeta menos y no sabremos qué escribiría Dalton en su siguiente madurez poética y física. (Lo ejecutaron cuatro días antes de que cumpliera los cuarenta años.)
Otra paradoja es que, tras el crimen, la mayor parte de sus apólogos en El Salvador creó a su sombra un culto según el cual no hacía falta leer su obra, disfrutar su humor, sufrir sus dudas, enternecerse con sus recuerdos de infancia: bastaba con saber un poco de su biografía, las circunstancias de su muerte, haber leído sus poemas menos afortunados, escritos bajo la urgencia de la lucha guerrillera, imitar lo que se pudiera, para ser un seguidor y un conocedor de Roque Dalton, o lo peor: un especialista. Durante los años de la guerra, y después aun, pareció que en El Salvador la poesía se detenía alrededor de la imagen del poeta mártir, y que se trataba del fin de la historia literaria. Más allá no había nada. El culto llegó hasta el extremo en que se nombró un teatro municipal y una pinacoteca universitaria con su nombre, cuando fueron disciplinas que estuvieron fuera de sus alcances, si descontamos alguna puesta en escena universitaria y los dibujos casuales que cualquiera deja en cualquier parte.
Los comisarios de la palabra marginaron a los poetas que buscaban algo de originalidad en la mejor escuela del maestro muerto, dictaron cánones básicos y a la vez inalcanzables –nadie podía ser Roque Dalton, ni siquiera él–, y los académicos y maestros fueron predicadores vociferantes que hablaban de un hombre muerto a quien no comprendían, y no era el caso: lo importante era que los vieran a ellos, y Dalton en la cruz, más como imagen de la víctima desvalida que como un luchador de la palabra y las ideas. Ellos mismos hubieran sido víctimas de su humor.
(Quizá el Gran Hermano fuera después de todo una buena persona, y fueran sus exégetas quienes, tras su muerte, lo convirtieran en un tipo sin entrañas, una variable que Orwell no tomó en cuenta.)

III
En la bibliografía de Roque Dalton, Las historias prohibidas del Pulgarcito ocupa un lugar especial, en un corpus formado más por excepciones que por constantes.
El “eje central” de la obra de Dalton lo integran sus libros de poemas publicados en vida, apenas cinco: La ventana en el rostro (1961, publicado por Baile del Sol en 2003), El turno del ofendido (1962), El mar (1962), Los testimonios (1964) y Taberna y otros lugares (1969, publicado en 2006 por Baile del Sol). Antes de La ventana, además de los poemas sueltos publicados en revistas, publicó unidades que después integraría en éste: Mía junto a los pájaros y La balada de Anastasio Aquino, ambos de 1957.
En los libros canónicos se percibe una evolución formal constante y una búsqueda de medios de expresión propios. De la influencia casi directa de Neruda, Vallejo y Nicanor Parra (el de la antipoesía), en su primer poemario, pasa a la experimentación con recursos de otros autores, en El turno del ofendido (García Lorca, Eliot, Nazim Hikmet, etcétera). Desde temprano cuenta con un código fuertemente propio, pero no es sino hasta Taberna donde encuentra su voz (o sus voces) y donde se perfila una depuración que truncó la muerte. Vale la pena mencionar en especial el poema “Los extranjeros”, el punto más alto de su producción, y varios textos amorosos.
El poema “Taberna”, una pieza del todo experimental (y por eso mismo sujeta a discusión en cuanto a sus alcances) pone sobre el tapete un concepto que maneja con mano propia: el “poema collage”, un tema sobre el que volveremos más adelante. En la primera parte del poemario hallamos su vena antipoética, aprendida de Parra, que utilizó especialmente para los trabajos de fuerte contenido político.
Fuera de estos cinco libros encontramos los poemas y poemarios que dejó inéditos, que deben tomarse con pinzas; no se encuentra allí lo más significativo de su producción, aunque sí lo más citable: mucho ingenio, humor negro, ideología en seco, incluso amargura, son la constante. Hay sin embargo mucho de la compleja elaboración de sus mejores textos. Es probable que estos libros estuvieran destinados a su publicación después de un proceso de depuración, que ya no le fue posible.
Los poemarios inéditos son: Un libro levemente odioso (escrito en 1970–72, publicado en 1988), El amor me cae más mal que la primavera (1969–1973, aún sin publicar), Los hongos (1968–1973, varias publicaciones) y Doradas cenizas del fénix (inédito), además de piezas sueltas.
Destacan de este corpus dos textos en especial. Por su calidad poética, un poema inconcluso, que sólo se ha publicado en antologías, “Esbozo de adiós” (1973), una despedida de Cuba, de su familia y de sí mismo, escrito poco antes de regresar a El Salvador. El otro es Los hongos, un largo texto que habla de religión, ideología, revolución, la infancia del poeta y sus contradicciones personales. Allí aparece de nuevo el collage como recurso técnico. La forma y los recursos son mucho más precisos y ricos que los de “Taberna”, y es bastante probable que éste le sirviera de antecedente directo.
Hay otro libro que no estaba destinado a formar parte del universo literario del autor, Poemas clandestinos, con textos escritos entre 1973 y 1975, bajo los pseudónimos de Vilma Flores, Timoteo Lúe, Jorge Cruz, Juan Zapata y Luis Luna; fueron publicados después del asesinato de Dalton, en una edición mimeografiada de la Resistencia Nacional (la escisión del ERP tras el crimen), y debían publicarse como parte del trabajo propagandístico de su organización. Aunque hay aciertos poéticos que pueden esperarse de un escritor experimentado, el énfasis está puesto en la ideología, en el momento de la lucha en que fueron escritos, y en las voces de los poetas populares que creó.
Su obra “no poética”, publicada e inédita, está compuesta por Miguel Mármol. Los sucesos de 1932 en El Salvador; la novela Pobrecito poeta que era yo... (escrita entre los años sesenta y 1974, publicada póstumamente en 1975), la monografía El Salvador (1963); un extraño híbrido titulado Un libro rojo para Lenin, escrito a principios de los setenta, inédito hasta 1986 y publicado por Baile del Sol en 2004, y varios textos literarios y políticos (como ¿Revolución en la revolución? y la crítica de la derecha, de 1970, acerca de la teoría del foco revolucionario planteada por Régis Debray de acuerdo con los postulados del Che Guevara).
Miguel Mármol está basado en el testimonio de un sobreviviente de la matanza de 1932, pero hay en él mucho de creación literaria, y quizá sea uno de los libros más redondos y cerrados de Dalton. Pobrecito poeta recurre a recursos poéticos para solucionar problemas narrativos, y cuenta con páginas magistrales que es necesario leer. En Un libro rojo para Lenin, escrito por convocatoria de Casa de las Américas para homenajear al luchador social ruso, utiliza todos sus recursos literarios (poesía, narrativa, ensayo, periodismo...), y recurre también a textos de otros autores para dar forma al todo. En otras palabras, un collage que hay que considerar por su estructura.
Dentro de esta producción (y alguna más), destaca Las historias prohibidas, libro excéntrico, pero talvez el que preparó durante más tiempo: desde sus épocas de estudiante universitario, cuando publicaba los materiales en El diario de hoy, aprovechando aperturas democráticas que no eran para él, hasta tres años antes de su asesinato. Él mismo calificaba el libro como “poema collage”, una forma que buscó durante años, y que cuajó plenamente en el libro que el lector tiene entre las manos.

IV
En Las historias prohibidas del Pulgarcito, Roque Dalton parte de un principio que estableció Dadá a inicios del siglo XX, con no poca ironía: todo es arte, siempre y cuando haya la intención del artista de hacer una pieza de arte. Marcel Duchamp “creó” en 1917 un orinal firmado por R. Mutt, un plomero que hacía de lo suyo un arte, y tituló aquella obra como “La fuente”. Lo único que hizo, además de firmarlo, fue voltearlo 90 grados para que se viera desde otra perspectiva. Aún se exhibe como una declaración de principios y, sobre todo, de actitud y humor.
Roque Dalton logró equivalentes literarios, a través de los fundamentos de la antipoesía de Parra, en una época en que lo de Duchamp se había sistematizado (o todo lo contrario, porque Dadá niega el sistema, no el rigor técnico) en el llamado “arte conceptual”.
En ese marco, los materiales de Historias prohibidas son considerados como poemas o como las partes de un poema mayor, en tanto la intención del autor y compilador es poética. El todo debe dejar la sensación de que se ha leído un poema, no una serie de materiales heterogéneos, ordenados de cierto modo. Como en los collages de los artistas plásticos, los fragmentos deben llegar a un resultado que vaya más allá de la simple suma de las partes, y la sensación deberá ser equivalente a la que deja una obra “original”, totalmente elaborada por el autor.
Hay un concepto que los artistas (plásticos y literarios) no siempre toman en cuenta, y que está en la intención de Dalton: el collage es una obra colectiva, en la medida en que no todas las partes son producto del “integrador”. Los materiales preceden incluso a la intención de elaborar una obra, y ésta sólo encuentra su verdadera forma cuando el artista “descubre” las relaciones que unen un fragmento con los demás. Si un principio de la poesía es plantear –o encontrar– la relación entre elementos disímiles para formar unidades coherentes (imágenes, metáforas, poemas), es en la contradicción donde se genera la sangre de la poesía.
Es en esta relación que Dalton plantea entre elementos antes inconexos donde se halla la efectividad de los materiales de las Historias prohibidas, tanto si se lo ve como un “poema collage”, como un libro en el que campea un humor a veces salvaje, a veces fino (también el humor se basa en la confrontación de elementos disímiles), o –sobre todo– una lectura alternativa de la historia oficial. Y los personajes del libro son a la vez sus autores: los conquistadores de las poblaciones autóctonas y los conquistados, los masacrados y sus asesinos, los oligarcas y los poetas “de torre de marfil”, los poetas del pueblo o los anónimos creadores de los dichos populares, nacidos (los dichos) del distanciamiento ante situaciones en las que sólo la sabiduría –producto de la resignación ante la derrota– permite seguir viviendo en la cordura.
El collage da un mayor margen de juego a Dalton en cuanto al manejo de los textos, mucho más del que podía permitirse en la indispensable rigidez de un poemario. En el collage lo importante es el producto final, y en lo disímil –o contradictorio– de los materiales, de su calidad, de su lenguaje, estriba su encanto; en un poemario –Taberna y otros lugares, para el caso– es necesario crear líneas temáticas, estilísticas, de intención: no sólo se ubica de cierto modo los materiales –que no preexisten–, sino que es necesario elaborarlos, montarlos y, si hay vacíos, llenarlos con piezas que serán asimismo originales y nuevas. El collage será más rico en tanto sea más rica la recopilación de materiales, que se filtrarán a través de los conocimientos y la experiencia del “recopilador”, y en lo que desea comunicar; el poemario tiene que ver menos con la pericia que con el trabajo de creación, la técnica acumulada y refinada a lo largo de los años y un procesamiento sistemático y minucioso de los textos.
En Las historias..., Dalton le da la forma de poemas a textos que no podrían considerarse como tales, no desde la ortodoxia (es parte del juego provocador à la Duchamp: convertir en arte algo que no lo es mediante la voluntad de alguien que es indudablemente un artista): crónicas de conquistadores, ensayos que se encontrarían más cómodos en la prosa, etcétera. También puede ser menos riguroso en la forma de textos que él mismo crea, en tanto embonen con el todo, sin que eso reste méritos ni calidad al resultado.
En suma, Las historias prohibidas del Pulgarcito es un juego, y como tal puede ser descrito, analizado y ubicado, diseccionado su autor, descifradas sus intenciones, pero sólo jugarlo dirá lo que verdaderamente es, y sólo jugándolo se disfrutará.
Bienvenido, pues, al juego. El tablero es un país muy pequeño, y una de las piezas es usted.

14 de diciembre de 2009

Comida de fin de año

Este domingo 20 de diciembre, a partir de las 12 del día, tendrá lugar el almuerzo de fin de año de La Casa del Escritor. Es de estricto traje. Me dará gusto vernos reunidos depués de mi muy personal temporada en el infierno.
Ai nos vemos, pue.

13 de diciembre de 2009

Tiempo, tiempo

2/XI/09

Han pasado casi dos meses desde las primeras dos operaciones y estoy recuperándome de la quinta.
Estoy bien, me dicen amigos, y sé que no es cierto. Estás mejor, te ves mejor que anteayer, dice Krisma con cautela, y le creo porque me veo los brazos y están milimétricamente menos flacos que hace dos días, los pellejos cuelgan quizá un poco menos en las articulaciones de los brazos y las piernas, puedo desplazarme por la cama con menos dolor y un poco de menos penuria. No estoy bien: he sobrevivido a una etapa de un proceso que será largo, o eso espero: mientras más dure el proceso, más tiempo viviré, estaré viviendo, podré hacer algunas cosas que me faltan.
Tiempo, tiempo. Todo es cuestión de tiempo, poco o mucho o ninguno, y las paradojas de la vida, por decir un lugar común. Veamos una: mi amigo Carlos Briones me llama dos días antes de internarme. Quiere platicar un rato, sin tema definido. Le digo lo que tengo, él se desconcierta, me dice que lo siente mucho y me me manda su solidaridad, su cariño, que en lo que pueda ayudar, que lo mantenga informado, etcétera. Unas semanas después Krisma me dice que Carlos murió en una operación de emergencia. El hígado y el esófago, más un paro cardio respiratorio. Todo muy súbito.
Aún no sé qué hacer con la muerte de Carlos.
Poco antes hubo otro amigo, Roberto Laínez (Carlos se llamaba también Roberto), a quien ingresaron de urgencia en un hospital de Santa Tecla para operarlo de una úlcera gástrica perforada. Salió con unos centímetros menos de estómago en unos cuantos días, y sentí tranquilidd. Me pongo en la escala y no sé qué lugar me corresponde: Roberto tendrá que comer por poquitos, Carlos ya no podrá comer y yo estoy en una cama con una sonda para orinar, una colostomía para defecar y, por el carácter de las operaciones que me han hecho, aún no puedo sentarme, ya no se diga caminar o perseguir a alguien hacia cualquier parte.
Pero estoy vivo y mejorando, ahora en un hospital dedicado a la recuperación de pacientes, el Policlínico Arce. El saldo visible, además de las veinticinco o treinta libras perdidas y apenas en proceso de recuperación, son los brazos llenos de marcas de agujas y catéteres que han metido y sacado todo tipo de líquidos de mi cuerpo (hubo uno muy bello, dorado y denso, que parecía miel; no creo que lo haya alucinado), trozos de cuerpo depilados por los jalones de espadadrapo que, sí, siempre pueden doler más y rara vez se pueden negociar con las enfermeras y enfermeros, en especial con los segundos.
Algunos días, aquí en el Policlínico Arce, los he vivido por rutina. Lo único que me ha importado de ellos ha sido que en unas horas o minutos llegaría Krisma. Otros, en especial los de insomnio, los he usado para pensar en lo que viví en el Médico Quirúrgico, y más bien para reconstruirlos. Fue todo tan confuso...
No le encuentro aún el sentido a escribir, pero intuyo que es el inicio de algo. (O el fin, pensaría en un rato sombrío.) En todo caso, es lo que sé hacer: juntar palabras, darles sentido, a veces publicarlas. Veremos.Justificar a ambos lados

10 de diciembre de 2009

Miedo

--Tengo miedo --dije, y me dio la impresión de que la voz sonó desde muy lejos, hasta muy lejos, sin eco.
A mi alrededor había sombras. No supe cuántas. Presencias. Era la segunda vez en dos días que iba al quirófano. La primera perdí el sentido antes siquiera de que me asignaran turno. No lo perdí por los medicamentos. Lo perdó porque estaba mal. Me estaba muriendo, había dicho el médico que recomendó llevarme al Hospital Médico Quirúrgico. Allí tienen lo que necesita. Llévenlo ya o se muere. Fue allí, precisamente en su consultorio, mientras explicaba el asunto, que comencé a perder la conciencia.
--Tengo miedo.
No gritaba. No creo que de lo que era en ese momento pudiera salir un grito. Tampoco lloraba. Supongo que el tono sería simplemente de miedo, que debe existir un tono de miedo cuando uno establece que tiene miedo.
--¿De qué tiene miedo? --preguntó una de las formas, en algún rincón de la izquierda.
--Tengo miedo.
--¿De qué?
Lo obvio era contestar "De morir", pero es noche podía ser la última y no estaba para obviedades.
--Necesito que me den una mano. Sólo eso. Alguien deme una mano.
Las formas se agitaron a mi alrededor.
--¿Necesita una mano?
--Tengo miedo. Sólo alguien que me dé una mano.
Había llegado a la simpleza de sentimientos que alguna vez supuse querer: si sentía miedo, que fuera sólo el miedo. Si había un modo de solucionarlo, que fuera con un apretón de manos. De no haber estad0 tan asustado, me hubiera reído del gusto.
--Mi nombre es Francisco -dijo una de las presencias--, pero aquí me llamo don Francisco.
Mierda, pensé. No aquí.
¿Qué era aquí?
Aquí era la noche. Después confirmé que, sí, la segunda operación fue de noche. No sé si estaba oscuro. Mi aquí estaba muy oscuro y sólo estaban las presencias, que de repente se convirtieron en camilleros, y eran dos. Estábamos en un pasillo, esperando.
--Sólo quiero que me den una mano --dije, pero empezaba a perderse el encanto de ese miedo tan puro, tan limpio.
--Sólo la mano de nuestro señor Jesucristo puede salvarte --dijo don Francisco, no se si en susurros o a gritos, muy cerca de mi cara--. Sólo si aceptas a Cristo en tu corazón tendrás la mano que necesitas para que el miedo se vaya para siempre.
El miedo seguía allí, y era tan fuerte como al inicio --si es que hubo un inicio--, y aquel idiota lo hacía peor ofreciéndome la vida eterna unos minutos antes de una operación que serviría para apenas salvar el pellejo. Me lo merecía por pedir lo que necesitaba en el peor momento que podía recordar. (No podía recordar casi nada, es cierto. Yo también era apenas otra presencia.)
El camillero siguió con un rollo que he oído tantas veces que me deja sin palabras cuando me lo endilgan en la calle o en el autobús. Junto con mi miedo siguió la idea necia de que alguien debía darme la mano, frustrada por aquel predicador de ocasión. Perdí la noción de todo otra vez y, zaz, supe que estaba rodeado de otra gente.
--Tengo miedo --intenté de nuevo, y seguía siendo cierto, y era más cierto porque se acercaba el segundo exacto en que se clavaría la navaja.
Las presencias eran más y no reaccionaron del mismo modo que las anteriores. Eran otras.
--Por favor, que alguien me dé una mano.
Hubo una pausa muy breve en lo que hacían y hablaban entre ellos, y una voz que se distinguió con claridad administrativa dijo:
--Estamos preparando la anestesia. Le vamos a poner una raquídea. También lo vamos a sedar un poco. ¿Sabe cómo funciona la raquídea?
La presencia siguió hablando y en medio del miedo recordé la frase de Ángel Bascopé, médico anestesiólogo, hermano de René Bascopé, mi amigo boliviano muerto: "El trabajo de un anestesiólogo no es dormir a una persona, sino hacer que despierte."
También dentro del quirófano había oscuridad. Ahora sé que estaría llena de luces, pero mis ojos funcionaban de otro modo.
Y de pronto llegó la Gran Presencia. Supe que el cirujano había entrado, listo para lo suyo, para lo mío y para lo de todos en ese show de tijeras.
--¿Cirujano? ¿Está allí? --alcancé a decir, ya cansado.
--Aquí estoy --respondió su voz más allá de las demás voces y presencias.
--¿Me garantiza que me va a traer vivo de regreso?
--¡Sí, hombre! ¡Por supuesto que sí! --y fue la voz de un hombre común y corriente la que contestó, y era la que yo esperaba para estar tranquilo.
--Gracias --le dije.
La vida se perdió durante los siguientes días.

9 de diciembre de 2009

Por qué no me muero

Algunos de mis estúpidos favoritos (machos y hembras) me preguntan de tarde en tarde que por qué no me muero, que si ya me morí y cosas por el estilo. Poco original, pero tampoco tenía una respuesta adecuada, y lo único que hacía era no publicar sus comentarios.
Hace tres meses exactos me hicieron dos operaciones de emergencia; si no me las hacían, me moriría en un plazo de tres a cinco días, así de simple. Las operaciones en sí mismas fueron complicadas; se trataba de una enfermedad en la que muere el cincuenta por ciento de los afectados.
Tuve lo que un médico llamó "convalecencia grave", con oxígeno las veinticuatro horas, conectado a aparatos elecrónicos, y el atril de los sueros parecía un arbolito de navidad, además de un tratamiento intensivo para combatir la enfermedad. Fue un muy doloroso periodo en el cual, me dicen, mi estado de ánimo fue decisivo. Si dejo que las pilas se bajen, simplemente me muero. Y lo mismo en el periodo posterior, que incluyó tres operaciones más y unos interesantes injertos de piel. (Puedo enseñarle mi pierna fileteada a quien lo desee previo pago de un dólar. Si desea tocar, la cuota sube a uno con cincuenta.) Siempre estuvo latente el peligro de una infección mayor. Hasta la fecha, mucho ha dependido de mi voluntad de viivir y de mejorar.
Y ahora ya tengo una respuesta para mis estúpidos: no me muero porque no se me ronca la gana, así de simple. Cuando cambie de opinión, lo leerán en los periódicos.
Estoy, pues, de regreso y a las órdenes de mis pocos pero muy queridos lectores.

6 de septiembre de 2009

Breve recuento y el espillage

Thiery Davo me manda el afiche que el dramaturgo Claude Esnault ha hecho para la representación de Breve recuento de todas las cosas en Le Mans. Me pone una nota pertinente: "La palabra "espillage" no aparece en ningún diccionario, significa "quitar la piel". Busca la palabra en google como tuve que hacerlo y verás una foto bien interesante. Je je. Pinche Claude."
Tenía un recorte que no había puesto acá, que es de cuando Claude estaba trabajando --creo-- Instrucciones para vivir sin piel, el año pasado. Y todavía tengo sin publicar unas fotos de cuando estuve en Le Mans, en una representación de Trece que me dejó helado. Es como si me hubieran dicho: "¿Tú escribiste eso? Ahora te lo comes." Y me lo comí con gusto. Un gusto un tanto sórdido, pero gusto al fin.

2 de septiembre de 2009

2 de octubre de 2002


I.
¿Quién caminó en tu sangre?
¿Quién nace de tus ojos hacia fuera?
¿Quién me dice en el fondo de tu carne?

(Hay voces que son nuevas.
Hay versos que aún no se han cantado.)

¿Qué nombre se ha enganchado en tu vestido?
¿Qué emoción en tus labios?

(El ritual de esperar: siempre hay alguien que llega.
Siempre hay alguien que suda. Siempre hay alguien.)

II.
No hay fuego sin remedio.
No hay calor sin entrañas.
No hay vaso sin vacío.
No hay nieto que no llore.
No hay huracán sin árbol.

(¿Quién me sueña en mis ojos cuando duermo?)

No hay silencio sin labios.



III.
¿Cuál es tu nombre, en fin, sin tu apellido,
tu fango y tu mordaza?
¿Cuál es tu lado azul y qué lo alumbra?
¿Quién viaja de tu entraña hasta mi casa?
¿Dónde has vuelto sin culpa? ¿Quién te ama
que no cuente los dientes de tu boca,
los ojos de tu cara?
¿Por qué tu brazo izquierdo se disculpa
si tu brazo derecho va y te abraza?

(No es noche de dormir. No es noche
más que de espera larga.)

¿Quién te sigue y te alcanza?

27 de agosto de 2009

I love to singa

Hace un rato me puse a dar una vuelta por archive.org, esa maravilla llena de películas y comerciales y propaganda y música que por algún motivo ya ha pasado al dominio público. Buscaba la versión de Rhapsodie in Blue tocada al piano por el propio George Gershwin, que debo tener por allí en alguno de los cientos de CDs que uno jura que va a recordar dónde está y a la hora de las horas...
Tengo una buena docena de versiones de la pieza, y mi favorita es una versión "libre" de Leonard Bernstein, pero siempre es bueno regresar a los orígenes. Me gusta la versión de Gershwin porque uno se entera qué era lo que realmente quería con la pieza, ese ruido de ciudad, los metales exageradamente tocados, los cambios de velocidad, las cadencias del piano... Las versiones posteriores evidentemente trataron de aportar algo nuevo, y lo hicieron a veces a grados de sofisticación que caen en lo excesivo (como la de Bernstein, ejem; nadie dice que a uno no le puede gustar lo excesivo), pero no creo que haya una sola que haya mejorado la original; a lo sumo habrá mejorado la calidad del sonido de 1927 a la fecha. Si no cree, oiga a Gershwin y ya me dirá.
Como siempre, me puse a vagar aquí y allá y encontré cosas como la Coca Cola All String Orchestra, que no está nada mal; una tonelada de canciones del extraordinario Paul Robeson; otra tonelada de Shirley Temple --que estoy oyendo en este momento--, y otra más de la imperdible Lil Armstrong, por no citar uno que otro giga de cosas que ya están en el disco duro. Algunas piezas suenan bien como fondo para futuros videos --se me ocurren un par para uno que está en edición--, otras nomás me gustaron, como el cuarteto vocal de Phillip Morris, lo que es fumar Marlboro.
Entre el montón de pizas sueltas que bajé había una pieza en particular que me llevó volando cuarenta y cinco años atrás: el rip de la pista de un corto animado llamado "I Love to Singa" debido a la genialidad de Tex Avery, dios de los dibujos animados si alguna vez lo hubo. (Estamos hablando del creador de Bugs Bunny, Daffy Duck y Silvestre, para que nos vayamos entendiendo. Y, sí, hay otro dios: Mel Blanc, el que les dio la voz a Bugs Bunny, Daffy Duck, Silvestre, Sam el Pirata y a varias decenas más... a todos al mismo tiempo, también para que nos vayamos entendiendo.)
Así que me fui corriendo --y más bien arrastrando, porque estaba bajando muchísimos archivos de música-- a YouTube a buscar el video de "I Love to Singa", ¡y lo encontré!
En aquellos años sesenta en que pasaban caricaturas de los treinta, sin doblaje y menos aún subtítulos (excepto Popeye: los subtítulos eran minúsculos, pensados para el cine, y daba lo mismo si uno tenía una tele de 14 pulgadas, que era mi caso), uno se aprendía foneticamente las letras, o sea que no aprendía nada, pero la música era inolvidable. Así que, después de esta larga introducción, pongo aquí uno de los videos más importantes de mi infancia, quizá uno de mis primeros acercamientos al jazz, que después me llegaría a tomar más en serio. (No hay que quitarle créditos, en materia de difusión del jazz entre niños, a Walt Disney, y mucho menos a los temas de otras caricaturas, como Los Picapiedra, Don Gato, Magila Gorila y qué sé yo. Nomás que "I Love to Singa" es mucho más que un tema: es una declaración de principios. Ya dije.)

¡PAREN PRENSAS!

Allí dice que la inserción del video está desactivada por solicitud de... uh... Eso no lo dice.
Nos queda el URL: http://www.youtube.com/watch?v=28hk97-vZdQ
Ah: noten que el jazzista --como buen búho-- se llama Owl Jolson, en claro homenaje a Al Jolson, protagonista de la primera película sonora, The Jazz Singer.