31 de mayo de 2010
26 de mayo de 2010
Taller de narrativa en La Casa
El taller tendrá lugar los sábados a partir de las 2 de la tarde, hasta la hora que sea necesario, posible o deseable. El requisito para participar es tener textos escritos o un proyecto en marcha. Y llegar a La Casa.
El taller de poesía sigue funcionando los domingos, de las 3 de la tarde en adelante. Los requisitos son los mismos que para el de narrativa.
Sobra decir que ambos son gratuitos.
A las
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24 de mayo de 2010
Q.E.D.
No he visto, en medio de las apologías a Dalton, los artículos sesudos acerca del que quizá sea nuestro mejor poeta (Lindo) o de nuestros mejores cuentistas y nuestro mejor dramaturgo (Menen Desleal). Quizá el problema es que hay que leer su obra antes de escribir acerca de ellos, y pensar fuerte; para ser experto en Dalton basta con hablar bien de él.
Quod erat demonstrandum.
A las
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20 de mayo de 2010
¿Una derecha no anticomunista?
ARENA nunca dejó de cantar su himno (“El Salvador será la tumba donde los rojos terminarán”, “patria sí, comunismo no”), y de actuar en consecuencia. Con una perspectiva de veinte años de gobierno, puede verse que muchas de las decisiones que se tomaron desde el poder no se correspondían con un proyecto de país, sino con la “necesidad” de golpear a la izquierda --de diferenciarse de ella, de combatirla-- desde diferentes flancos: el económico, el político, el moral, etcétera. Por eso, en parte, el dominio de ARENA fue colapsando, hasta llegar a un punto en que era imposible encontrarle coherencia a las medidas de gobierno y solución a los problemas estructurales. Allí entra también la necesidad de satisfacer a los grupos de la alianza, con intereses económicos y políticos incluso enfrentados, a los cuales no unía un “algo” positivo (un proyecto de país), sino el “anti”; la falta de rumbo del partido tras su derrota electoral podría demostrarlo. El anticomunismo como principal bandera no tiene sentido desde hace mucho tiempo, pero la inercia es difícil de controlar.
La pregunta es si es posible una derecha que no sea anticomunista, y la respuesta podría ser que no por mucho tiempo. Tarde o temprano, en algún momento, se declarará una lucha abierta entre los partidos de izquierda y los de derecha, y el “anti” será la tónica que guíe sus acciones y reacciones. Pero hay un momento, como se está viendo en El Salvador, en que una organización de la derecha (GANA, en este caso) puede dejar de lado el anticomunismo cerril que ha caracterizado a su partido originario (ARENA) y llevarse bien con un gobierno de izquierda y en algún momento llegar a acuerdos fáciles con el partido que lo sustenta, el FMLN, sin que la ideología “anti” sea un problema.
GANA no es una de las tantas disidencias que se han dado en el seno de la Asamblea Legislativa, y que son más carne de folklore que de preocupación. En un tiempo extraordinariamente corto logró su reconocimiento legal como partido político, lo cual habla de una organización más o menos amplia, y esto a su vez habla de que cuenta con bases que no pueden ser sino las que han logrado arrebatar a ARENA. Es una disidencia con todas las de ley; minoritaria, pero disidencia al fin, y lo que le falta es fortalecerse para convertirse en una alternativa viable.
¿Alternativa a qué? Ante todo a ARENA, obviamente. A lo que GANA le tira no es a convertirse en un partido accesorio como el PCN y el PDC de las últimas dos décadas, sino a desplazar a su partido matriz. El objetivo estratégico, como el de cualquier partido político que se respete, es la toma del poder, y eso incluye el desplazamiento de la izquierda con la que ahora sostiene una alianza táctica.
Esa alianza, que a veces parece no tener matices ideológicos, se explica fácilmente: GANA necesita ponerse en el centro de la escena política, y lo está logrando de la mano del Ejecutivo y a un ladito del FMLN. Las votaciones favorables a ambos en la Asamblea Legislativa son verdaderas declaraciones de principios: no vota por las banderas de la izquierda, sino que da a conocer indirectamente cuáles son las propias. En otras palabras, está mostrando su ideario a través de los proyectos ajenos. No creo que tenga, ya, un ideario propio; simplemente usan el sentido común, y dejan de lado el “anti” para mejor ocasión.
De paso, está preparando su campaña electoral. Dentro de unos años, en el recuento que se hará de la trayectoria de GANA, sacará a relucir las causas que han apoyado, que incluirán algunas de la izquierda, algunas de la derecha, algunas propias: es lo que se mostrará al electorado, quién sabe aún con qué resultados.
Es simplista decir que el presidente Funes se ha doblegado a la derecha por el apoyo que ha recibido de GANA; es simplista decir que GANA es un partido de corte popular por unirse a algunos proyectos del mandatario. Se trata de un asunto de simple política, pragmático, en el cual ambos tienen algo que ganar.
Las alianzas son, por definición, tácticas, aunque su objetivo sea estratégico. Tarde o temprano se romperán. Habrá que ver cuánto dura ésta, es decir: habrá que ver qué tanto se fortalece GANA para no depender de nadie y mostrar, así, su verdadera naturaleza.
A las
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14 de mayo de 2010
Luz negra y El hombre marcado
Anoche, en el hotel Real Intercontinental, fue la presentación de la edición de la obra teatral Luz negra, de Álvaro Menen Desleal (1931-2000), bajo el sello de Índole Editores, y de la --breve-- antología de cuentos El hombre marcado, del mismo autor.Las ediciones están bastante cuidadas, como es costumbre de Carlos Clará, el editor de Índole, y no hay nada que pueda decir de Luz negra que no (se) haya dicho ya.
Me tocó en suerte hacer la selección de cuentos de El hombre marcado, que toma su nombre de un cuento hasta ahora inédito de Menen Desleal. De sus cuentos completos (alrededor de cien), escogí once, de una selección previa de quince o dieciséis, y me parece que tomé de lo mejor del autor. Diría que está "lo más representativo", pero me di cuenta de que no hay algo que sea "representativo" suyo, con todo y que tiene una voz bien marcada que lo hace inconfundible. Me refiero a que Álvaro escribía todo: ciencia ficción, fantasía, cuentos de contenido social, cosas de un humor negro violentísimo y cosas de verdad angustiantes, si no las dos al mismo tiempo. (Algo así escribí en la nota introductoria, que es cortita. Me parecía más importante lucir al antologado que lucirme yo.)
Al final de El hombre marcado se reproduce una entrevista que le hice a Álvaro a finales de 1999, y que se publicó en la desaparecida revista Vértice de El diario de hoy, donde yo trabajaba. La entrevista se publicó en dos partes: una el 7 de noviembre de 1999 y otra el 8 de abril de 2001, para conmemorar el primer aniversario de su muerte. Ambas partes crearon polémica, y yo estaba fascinado: ¡Álvaro armando relajo un año después de muerto! Las reproduciría aquí, pero son demasiado largas. A cambio, pongo el fax que me envió para que lo entrevistara, que lo retrata bastante bien:
Están buenos los libritos. Y baratos. No se los pierdan.Ah: una sorpresa. En la entrevista de marras (no entiendo por qué se dice así, pero así se dice), Álvaro me habló de un cuento titulado "País fundado en la basura", y lo describió más o menos en detalle. A su muerte, Cecilia Salaverría, su esposa, buscó entre sus papeles y no lo encontró. Creímos que lo tenía preparado en la cabeza para escribirlo algún día, o de plano se lo había inventado en el momento. Sin embargo, antenoche el cuento apareció en el lugar menos esperado, mientras Cecilia buscaba alguna otra cosa. O sea que no sólo dejó un cuento inédito, sino por lo menos dos, de los cuales uno ya no lo es. Quién sabe qué podría hallar en otro rincón en alguna otra ocasión. (Sí, hay otras cosas inéditas: teatro, ensayo, bastante poesía y cosas no muy clasificables por género. Ojalá puedan publicarse pronto.)
A las
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10 de mayo de 2010
Testosterona, poesía y credenciales
El correo tiene que ver con varios posts que he escrito últimamente acerca de poesía, y su desacuerdo con ellos. Al respecto publicó una nota en El faro, que puede encontrarse en este link. Desde entonces quería discutir conmigo, pero la verdad no veo punto de discusión por ninguna parte. (Álvaro lee en un post mío una respuesta a su nota. Es pretencioso de su parte suponer que mi vida social --e incluso antisocial-- lo tiene como centro de mi atención.) No veo motivos de discusión o polémica con él, por los motivos que paso a exponer:
1. No conozco sus credenciales académicas, quizá porque no las tiene, como es obvio desde sus notas. Las que he leído, muy pocas, son desarticuladas y contradictorias, con algunas citas mal digeridas de autores que con mayor provecho estarían en otra parte. Creo que puede esperarse bastante más de alguien que haya pasado por una universidad, de preferencia por la parte de adentro, y mejor aún si ha recibido clases.
2. No lo puedo ver como periodista. En su nota y en su poco amable carta es evidente que distorsiona lo que dije, o de plano no lo entendió. No sabe manejar la información, pues, y, a falta de rigor, se pone a insultarme. Ya alguna vez, en una discusión en un foro de internet, una polémica acerca de Dadá terminó con insultos a mi esposa, que no tenía nada que ver con el asunto. (Guardo los registros y los he leído un par de veces por simple y malsana diversión.) No controla sus emociones a la hora de ponerse a discutir, y eso no es sano cuando uno anda en el oficio periodístico. Sus razones tendrá Carlos Dada para tenerlo en la lista de colaboradores de El faro, y no pienso cuestionarlas.
3. Como crítico, sospecho que no tiene mucha formación, y la que pudiera tener la usa con mal arte. Hace valoraciones acerca de mi trabajo literario cuando no ha leído un solo libro mío (comprobado), y se mete a discutir mis comentarios acerca de una antología (Una madrugada del siglo XXI, de Vladimir Amaya) que no conoce ni puede conocer por simple cuestión geográfica (vive en España).
4. Se supondría, entonces, que estaría discutiendo con un escritor, pero tampoco de eso tiene credenciales. Las credenciales de un escritor, para discutir en serio con otro, son sus libros, y que yo sepa no ha publicado nada, ni de poesía ni de ninguna otra cosa. No veo algo que pueda contraponer a mi "modesta novelística" (uso sus palabras) ni a ninguna otra cosa de las que yo haya podido ir dejando por la vida.
No hay un territorio de encuentro o de desencuentro. ¿Qué puedo discutir con él que no sea, al menos para mí, una pérdida de tiempo y de energías?
Como le dijo un amigo muy querido en los comentarios de otro blog: si tiene un problema de autoestima que me involucre, que lo arregle él solo. Francamente no me interesa servirle como terapia; tengo cosas más interesantes de las cuales ocuparme.
Reproduzco la carta para quienes tampoco la conocieron, que por lo que imagino deben ser pocos aparte de mí. Las posdatas son obviamente de él mismo; mis hormonas las uso para cosas más productivas. (¡Valeria ya va a cumplir seis años!)
Es sorprendente cómo Rafael Menjivar transforma un debate serio en un pleito de mesón, en un “enseñáme el tamaño de tu obra para ver cuánto valen tus ideas”, en un “mi papá es policía y el tuyo no, vaya”. Es triste, pero es así. No sugiero que en un debate estén prohibidas hasta cierto punto las malas artes, pero después del golpe bajo hay que ofrecer buenas ideas. Lamentablemente no es así. La rabia de Menjivar no viene acompañada por ideas de calado, es rabia a secas (de nuevo les recomiendo que hagan una instructiva visita a su blog Tribulaciones y Asteriscos).
Nuestro autor, al que sus pequeños triunfos literarios lo han vuelto infalible, ha pasado de la ficción narrativa a la narrativa histórica: se ha empeñado en contarnos la historia reciente de la literatura salvadoreña como si fuese el argumento de una mala película en la que hay buenos y malos. Los buenos son los poetas jóvenes, y un narrador viejo que los defiende, y los malos, que son muy malos y muy tontos, son unos escritores resentidos, mediocres y reaccionarios que se oponen rabiosamente a los nuevos creadores y a los nuevos aires estéticos que estos promueven (aires de cambio formal que sólo Menjivar ¡qué casualidad¡ comprende). Esta sería la historia literaria reciente de El Salvador, según Menjivar. Como guionista no es muy original que digamos. Pero él jura que pocos comprenden una trama tan sutil. A todas luces, su propuesta interpretativa es un homenaje a los trazos gruesos y simplistas. Al final, desfigura los caminos que se cruzan en nuestra historia literaria más reciente; ignora las diferentes corrientes que chocan y que al chocar se transfiguran; le roba sutileza a los diferentes personajes y los matices de sus tratos y contradicciones; pierde la visión matizada del conjunto y la diluye en unos trazos simples y artificialmente belicosos.
Si de algo debemos huir todos, los jóvenes y lo que ya no somos jóvenes, es de estos esquemas narrativos donde sólo enfrentan dos campos o fuerzas simples. A la historia, no sé por qué, siempre le da por demostrar que es más compleja. Las tramas binarias se tragan los matices y tornan invisibles otras fuerzas y otros fenómenos que intervienen en los problemas. Los esquemas binarios son típicos del peor pensamiento salvadoreño y sobra decir que han hecho muchísimo daño.
Hay quien plantea falsos problemas y se saca de la manga una imagen localista, cerrada y premoderna de la tradición poética salvadoreña de los últimos años. Que yo sepa, desde los años cincuenta del siglo pasado, existe una zona de nuestra tradición que se abre al mundo y que desarrolla una crítica radical de la herencia literaria recibida. Roque Dalton hizo un balance de sus mayores e hizo una reinterpretación moderna y radical de nuestra cultura. A partir de entonces, las generaciones subsiguientes siempre han visto con sospecha las “herencias literarias oficiales”. Dalton hizo una crítica de la tradición y dejó la impronta, en nuestra cultura, de una tradición moderna, radical y crítica.
Entre nosotros, al menos como principio racional explicito, ya no es una norma la imitación dócil de los autores del pasado, sean buenos o sean malos. Quedan resabios localistas, pero en general, desde hace más de medio siglo se ha ido abriendo paulatinamente el diálogo con poetas de otros países. Dalton y Kijadurías ya son un producto de ese diálogo y algo significa, digo yo, que dos de las cabezas más influyentes de nuestra tradición poética moderna sean voces cosmopolitas, voces abiertas.
El presente de nuestra poesía, que seguro tiene sus propios rasgos, ya es un capítulo de la historia moderna de nuestra literatura. Si necesitamos dibujar sus perfiles, en contraste con el pasado más reciente, no conviene hacerlo desfigurando las connotaciones y complejidades de dicho pasado. A quienes les gustan las historias emotivas y maniqueas les incomodará mi reflexión. Dalton, uno de los poetas a los que se pretende negar, era cosmopolita. Dalton, también, era partidario de cuestionar y abrir al mundo las herencias literarias localistas y oficiales. Esos rasgos de Dalton no lo alejan de los últimos poetas, más bien lo acercan, pero entonces ¿Cuál es el problema? ¿Cómo negar a quien se les parece? ¿Cómo romper con un autor que ya pertenece a la tradición de la ruptura?
En una historia simplista de jóvenes buenos y renovadores y de viejos malos y reaccionarios, estas últimas preguntas sobrarían.
En lo personal, creo que superar a Dalton hasta cierto punto es un falso problema. Creo que el problema es cómo acomodarlo en un panorama literario más complejo y menos asediado por las urgencias éticas. La realidad es que, en los hechos y ya desde hace años, se ha vuelto leve en nuestras letras el peso de aquel Dalton simplificado que tanto circuló en los años 70 y 80 del siglo XX. Ese Dalton ya no pesa en obras como las de Carlos Santos, René Rodas y Miguel Huezo Mixco y estos poetas pertenecen a la generación de los 70/80. Los poetas maduros también cambian y se mueven y pueden alejarse de sus primeras influencias. Eso explica que nuestro distanciamiento del Dalton simplificado no haya comenzado el día de ayer, comenzó hace diez o quince años y quienes comenzaron a distanciarse de él (si es que alguna vez estuvieron demasiado cerca) ya no eran poetas veinteañeros.
Así que no mezclemos la promoción de los nuevos poetas, tan positiva y urgente, con un relato simplista de nuestra historia literaria de los últimos tiempos.
No hay ningún problema en reconocer la calidad de los jóvenes, ¿Cómo negar el talento de Jorge Galán? ¿Cómo negar el talento de Tomás Andréu? Ni se niega su talento ni se niega su calidad, pero si hacemos un balance generacional bajo la luz de la ruptura literaria, no hay más remedio que abordar el problema filosófico de “lo nuevo” y no hay más remedio que investigar y valorar sin prejuicios la historia más reciente de nuestra literatura, lejos de las imágenes maniqueas que algunos proponen.
Lo único que demuestra Menjivar es su vieja, sobada y correosa confusión acerca del ejercicio de la crítica y el trabajo creativo en literatura. Ambos se relacionan, pero no hasta el grado de ser lo mismo o de ser el desarrollo de la misma facultad. Muchos escritores con talento no pasan de ser meros divulgadores de las ideas estéticas y literarias de su tiempo. Muchos escritores con talento han sido jueces literarios mediocres. Baudelaire, Eliot, Borges y Octavio Paz son las excepciones que confirman la regla.
Ni Aristóteles ni Kant, personajes que han influido en el lenguaje con el cual formulamos los problemas estéticos, fueron poetas o artistas profesionales. Formaron parte, eso sí, de un público cultivado, buen degustador de las artes y atento a sus problemas.
Pero si los conceptos que el filósofo griego acuñó (para el análisis, diferenciación y ubicación de la música, la lírica y el teatro) los tuviésemos que aceptar sólo si se demuestra que Aristóteles, además de “pensar” sobre el arte, era también un buen artista, no tendríamos más remedio que despreciar su teoría (el brillante Menjivar razonaría así: “Si los poemas de Aristóteles son malos, no tiene derecho de hablar sobre arte y, por lo tanto, no vale la pena leer su poética”). De Kant, que tanto ha influido en la teoría del arte por el arte, se dice que tuvo un gusto convencional y que no era precisamente un buen prosista.
Las opiniones de Menjivar no las respalda su modesta novelística. Ignoro cuál novela suya ofrece Menjivar como prueba de que es cierto ese juicio suyo que predica la inexistencia de una tradición poética en El Salvador. A lo mejor piensa que la presunta calidad de su obra es suficiente razón para justificar todas sus opiniones sobre el asunto, incluso las equivocadas. Las opiniones puntuales acerca de un tema tan complejo como las semejanzas, diferencias y calidades de dos generaciones literarias, Menjivar tendría que validarlas, no ofreciendo su obra como evidencia probatoria y legitimadora, sino que ofreciendo buenos argumentos, planteando bien el tema y ofreciendo ejemplos pertinentes para fundamentar sus juicios. De la forma tan simplista con que Menjivar formula el problema de los poetas jóvenes, yo podría deducir que es un mal novelista, pero las cosas no son así. Ni la buena ni la mala calidad de la prosa de Menjivar sirven para respaldar sus opiniones sobre la poesía joven. Tampoco sus buenas opiniones, si las tuviera, me servirían como criterio para establecer la posible calidad de su obra narrativa. Entre la calidad literaria de un autor y la calidad de su juicio crítico sobre la literatura no se dan relaciones simétricas o de igualdad. George Steiner, por ejemplo, ha sido uno de los grandes críticos literarios del siglo XX, pero no lo ha sido por la calidad de su narrativa. Si la prosa artística que Steiner a veces escribe fuese la prueba, la evidencia, que demostrase la validez de sus opiniones críticas, lo más seguro es que esas opiniones críticas ahora no gozarían de mucha consideración. Un narrador discreto puede ser un gran crítico (el caso de Steiner lo demuestra). Otro novelista discreto (en el caso de Menjivar) con sus opiniones demuestra dos cosas: a) que lo suyo son las valoraciones puntuales de textos puntuales, pero no las visiones críticas de conjunto y b) que no es un polemista bien dotado.
Otra cosa es que algunos, aprovechando su prestigio literario, quieran presumir de hondura crítica cuando sólo son divulgadores de ideas. Y divulgar ideas (repetir a Eliot, por ejemplo) es un papel loable al que yo me sumo, es necesario. Pero en el país de los ciegos, algunos simples y tuertos divulgadores de ideas se creen con derecho a que los traten como a reyes del pensamiento.
Deberíamos recetarnos, por lo tanto, una dosis diaria de modestia, de autocrítica frente al espejo. Citar a Eliot y a Pound, al mismo tiempo que se promueven esquemas explicativos binarios es una contradicción reveladora. No basta con citar a Eliot, si se piensa de forma simplista. Eliot utilizaba mucho el “si, pero” y el “sin embargo”. Eliot era un hombre cuyo estilo de pensamiento no se caracterizaba por encorsetar en un guión elemental y maniqueo los matices y complejidades de un problema.
Aquí, seamos honestos: como promotor literario, Menjivar es una joya. La divulgación de ideas y técnicas literarias es una labor que ha desempeñado de forma loable, lamentablemente esa labor no le concede el estatus de árbitro infalible y lúcido, lo siento. Uno debe tirar con el peso de su propia sombra, sin autoengaños.
Dejando de lado la pequeña y triste soberbia del campeón del barrio, en mi artículo (Rebelión y guerras literarias, Elfaro.net) hay una serie de razonamientos que ponen en tela de juicio los argumentos de Menjivar acerca de la tradición y de la joven poesía. El marco interpretativo que utiliza para ubicar a los nuevos creadores es una variante maniquea del viejo y ya cuestionado modelo de los enfrentamientos y diferencias generacionales. La categoría de “generación” -en la crítica- si se utiliza mal, deja sin explicar a los autores marginales, a los que no salen en la foto de grupo, a los que tienen una evolución más lenta y acaban eclosionando veinte o treinta años después (el caso de Antonio Gamoneda en España, a quien casi nadie identifica con los poetas de “su generación”). Pero volviendo a Menjivar, en su crispado escrito de respuesta (véase su blog Tribulaciones y Asteriscos) no hay una sola palabra que vaya hasta el fondo del problema que se debate. Mis objeciones merecían una réplica razonada. Pero hay personas a las que les interesa más cuidar la imagen de su lastimado ego, que bajar hasta la arena del debate con buenos argumentos. Menjivar, que no maneja con arte la falacia ad hominem, se ha preocupado más de atacarme sin estilo que de enfrentar mis razones con mejores ideas, de esa forma se autorretrata intelectualmente. Triste, digo yo. Bastante pequeño.
PD/ Invito a Menjivar a que me ataque de forma más inteligente, es decir, puede darme algún golpe mafioso en el estomago (no me sorprendería), pero después tendría que atacar mis argumentos y eso es lo que interesa, al fin y al cabo, después de un buen combate dialéctico: los argumentos que sobreviven. No sólo se discute para ganar a cualquier precio, se discute para aprender.
PD/ Le concedo la licencia de que no pronuncie mi nombre, es tan poético ese silencio.
A las
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8 de mayo de 2010
"Bello amigo, atardece..."
De Ricardo Lindo conocía pocos poemas, algunos publicados aquí y allá, otros escuchados en recitales, y algunos hasta ahora inéditos, grabados con la ayuda de Carlos Clará para el proyecto Sólo la voz de La Casa del Escritor.De algo no me cabe duda: Ricardo es un poeta de corazón y entraña. Basta verlo y escucharlo en los recitales para saberlo: mientras lee sus textos en voz alta, los sufre, los disfruta, los vive. Es algo que nunca ha dejado de darme envidia: la intensidad con la que enfrenta sus propios textos, que habla de una gran honestidad, de una vocación indudable.
Hace un par de días, Clará vino a cenar a casa junto con otros amigos y nos trajo el libro Bello amigo, atardece..., publicado por su sello Índole Editores, una larga e importante recopilación de textos poéticos de Ricardo Lindo. (Hablar de su narrativa y de su teatro es asunto aparte.) Es el número 1 de la colección de poesía, lo que no deja de ser significativo para una editorial pequeña e independiente.
Es significativo porque una colección hay que comenzarla --o eso se supondría-- con un título o un autor de peso, que marque una pauta a seguir para el futuro de la colección. Y, sí, como en otras ocasiones, Clará ha dado en el clavo; es ya un editor con colmillos, y ha madurado después de su paso por la Dirección de Publicaciones e Impresos. (Me contó de algunos de sus planes para las próximas semanas, de las que hablaré en su momento. Audaz, francamente.)La misma noche en que nos dio el poemario --el "nos" no es mayestático; también se lo trajo a Krisma-- nos pusimos a leerlo con interés, porque la poesía de Ricardo Lindo siempre nos había intrigado. Lo que encontramos fue a un poeta sólido, quizá de lo más interesante de su camada.
Hubo partes que me gustaron más que otras, como sucede en toda selección de cosas disímiles, pero en ningún momento quedé defraudado.
El libro está dividido en siete apartados; intuyo que cada uno es un poemario o una unidad independiente. En lo personal disfruté más los textos de "Estampas de un reino", "Leve" y "Bello amigo, atardece..."; habrá quien prefiera otros, pero ése es el encanto de recopilaciones de este tipo: uno tiene enfrente un panorama amplio y puede escoger, algo que con Ricardo ha sido difícil por lo poco que ha publicado en poesía y lo lejos que están en el tiempo sus publicaciones.
En suma, si alguien busca algo de buena poesía salvadoreña, la puede encontrar en este libro.
A las
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28 de abril de 2010
La marabunta
En la calle empezó a oírse cómo la gente en general hablaba de "la marabunta" como el grupo de amigos, o en el plan de "la marabunta no entiende", etcétera.
Entonces el propio Albertico comenzó a abreviar el término y a hablar de "la mara", y el habla popular se actualizó.
Albertico murió por allí de 1971. El término (junto con algunas otras de sus ocurrencias) quedó como parte del patrimonio lingüístico salvadoreño y más de cuarenta años después aún sigue usándose para lo mismo. Sin embargo, en el exterior y aquí mismo significa cosas más terribles y temibles: criminalidad, falta de límites, muerte. En suma, la destrucción que provoca aquel grupo de hormigas que se reúne para arrasar con lo que se le atraviese.
En una conferencia acerca de la inmortalidad, Borges --siempre Borges-- dice que ésta puede lograrse aun cuando no se conozca el nombre del inmortal, que éste vivirá cada vez que alguien repita una frase suya que se volvió parte del habla cotidiana. Albertico, en ese sentido, logró su ración de inmortalidad con un término que no puede dejar de estar, para bien y a veces para mal, en el léxico de todos los salvadoreños.
A las
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26 de abril de 2010
La Casa en Contrapunto
Creo que los trabajos publicados (faltam como diez compañeros, pero no enviaron su textos a tiempo, qué le vamos a hacer) valen más que muchos argumentos en cualquier discusión acerca de poesia. Se puede discutir lo que se quiera, pero es la poesía, no los argumentos, lo que al final habla.
A las
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19 de abril de 2010
Hablar (paja) y escribir (bien)
Ése es el problema de muchos críticos de andar por casa: manejan nombres, frases, fechas, tendencias, toda la parafernalia, pero son incapaces de escribir algo original y, en ocasiones, coherente o acertado; sus ideas no tienen que ver con el hecho artístico, sino con sus propias necesidades de obtener status como gente de arte o cercana a él, y no podrán ver la grandeza o pequeñez de una obra por
a) sus obvias limitaciones y
b) su objetivo no es el arte, sino acicalar su ego.
O poetas de mediano pelo que, por el hecho de serlo y de haber leído algunos libros, además de haber acumulado edad --y no necesariamente experiencia--, creen que pueden repartir criterios o certificados de calidad, de salud y de la validez o no de las opiniones de personas que se han dedicado un poco más que ellos a eso de escribir.
El caso peor que me he encontrado --un híbrido-- es el de un investigador literario que autopublicó en el extranjero --y no ha difundido en el país, que yo sepa-- un libro de poemas que por aquí tengo, listo para algún post, para algún día que tenga ganas de ponerme mala gente. En su vida diaria lanza criterios como si hubiera escrito Altazor, y la verdad no le pega ni a la métrica de algunos de sus haikús.
No sé dónde leí que no hay que confiar en... uh... críticos que no se dan cuenta de la mediocridad de su propia obra; jamás reconocerán las bondades de la ajena, ni es el caso pedirles tanto. Pero por allí va la cosa en cierta parte del panorama municipal (podríamos incluir a alguno que viviera en el extranjero; el municipio es tan portátil como el cabello o la falta de éste).
Lo que me gustaría sería que hubiera discusiones abiertas acerca de --digamos-- poesía, pero con una condición: antes de exponer puntos de vista, cada participante leerá algo de su obra. El que sea francamente malo, aunque sepa todo lo que haya que saber acerca de poesía, se quedará callado y será respetado como ser humano, que es lo menos que indica la cortesía. Los demás hablarán según lo que realmente sepan de poesía, como lo indique la calidad de sus textos, y lo que ha funcionado para ellos en el nivel en el que se encuentren; los demás escucharán con atención, con educación o les dirán que se callen cuando se les esté pasando la mano. También se valdrían las burlas y aventarles papelitos, mojados o no.
Pound era un poco más radical: proponía castigar a los malos poetas con penas que iban desde una llamada de atención hasta el fusilamiento. Una vez lo propuse en público y alguien me acusó de fascista, ya furioso, mientras buena parte del auditorio se reía, como debía ser. Entiendo que el problema del acusador no tenía relación con el castigo --él se considera un buen poeta--, sino con quién determinaría la calidad de un poeta digno de publicación o de un par de años de cárcel.
Y allí es donde la democracia no funciona: si se tratara de rating, Jícaras tristes sería un excelente poemario, y Sólo la voz, de Hugo Lindo, digno de al menos una ejecución en efigie. Y caemos en el círculo vicioso: no faltará el experto que valide a uno y desacredite a otro sin más criterios que los enunciados en los primeros párrafos de este post, y ya nos amolamos.
Lo que sería interesante, además de las discusiones, sería armar torneos poéticos, con la poesía como arma y sin demasiado rollo teórico o "teórico" acerca de por qué se escribe de un modo o se debería escribir del otro. Poesía a secas. Máscara contra cabellera, sin límite de tiempo o de edades. Uno contra uno o relevos australianos, da igual. Rudos contra técnicos.
Ojo: no desprecio cualquier teorización o análisis literarios y, al contrario, los creo necesarios. Pero también creo que se trata de herramientas para construir algo superior, o sea literatura, y que los rollos que se confunden con la literatura no dejan de ser los nudos que van debajo del tapete o detrás del tapiz. No son la cosa en sí: son sólo la parte que sólo se ve después de que la verdadera cosa en sí ha sido construida. Lo demás es hablar paja.
Para terminar, me propongo como réferi de algún torneo; después de todo se trata de cosas de poetas, y yo no soy más que un humilde narrador.
A las
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11 de abril de 2010
El yo poético
En otras palabras, el o la poeta hacen todo lo posible para aparecer en primer plano como los receptores primarios y transmisores directos de emociones, ideas, percepciones, etcétera, para la gente, para los que no funcionan así, para quienes no logran ver el mundo en toda su plurivalencia o como se quiera decir.
Whitman es el caso más claro del poeta emocionado que ve y enumera y califica y relaciona cosas sin ponerse demasiados filtros a sí mismo; mucho más elaborado, encontramos a su hijo directo, Neruda quien, quiéralo o no, pasó por las garras de Huidobro, que es otra historia. Borges decía en alguna parte --¡decía tantas cosas en tantas partes!-- que le parecía que Whitman y Neruda se sentían obligados a emocionarse por cuanta cosa vieran o pensaran; su escritura, así, en algún momento se volvía mecánica, y hasta me arriesgaría a decir que previsible. Basta con leer sólo algunas páginas de Hojas de hierba o alguna de las Residencias para ver que es cierto, y cada quién con sus gustos, que no es de eso que estamos hablando.
El poeta concebido como un ser de sensibilidad especial, que se coloca como el eje de su obra, puede provocar serios bostezos, si no es que indiferencia. En realidad todos vemos lo mismo, aunque lo procesemos de diferente manera, y no es un tipo igual a nosotros el que nos va a dar la revelación que esperamos; a lo sumo nos dará una lista de cosas que ya sabíamos, eso sí, quizá hasta muy bien escritas.
Como en la narrativa --digamos la escrita en primera persona--, siempre es necesaria la creación de un personaje narrador, que servirá de filtro en varios sentidos. En primer lugar, y más importante, el propio autor tendrá una mejor visión del texto, un mayor control, si no está involucrado anímicamente con su trabajo. Desde el momento en que el texto está sobre el papel --o la pantalla--, pasa a ser un objeto independiente, no una extensión del poeta, y será más fácil trabajarlo y obtener algo de mejor calidad, si es que hay suerte, talento y ganas. El famoso y necesario distanciamiento.
Y no es que el texto no tenga que ver con las emociones, ideas o percepciones del poeta, que es lo que se espera después de todo, sino que no dependerá de ellas para convertirse en un objeto con vida propia. Con el texto enfrente, ya escrito en primera instancia, viene el trabajo de darle forma, sentido, etcétera, y el texto no necesariamente requerirá lo que busca el poeta, sino lo que necesita él mismo para ser una pieza de arte.
Hay una trampa en la que es fácil caer, y de donde más de uno se agarra: los poetas malditos. Uno lee Las flores del mal y supone que Baudelaire pensaba así. Uno ve más detenidamente, lee sus ensayos, ve sus traducciones de Poe, sus discusiones literarias, y se da cuenta de que el "yo" ("el poeta") de Las flores... es una construcción literaria destinada a provocar ciertos efectos, que sin duda provocó. El propio Rimbaud --un adolescente a pesar de todo-- creó un poderoso "personaje narrador" que quizá no tuviera mucho que ver con su vida real, así fuera todo lo desordenada que nos han dicho que era.
Hay toda una elaboración, en ese sentido, en poetas mucho más antiguos --y poéticamente vivos-- de lo que por comodidad quisiéramos suponer: Salomón, Safo de Lesbos, Omar Khayyam (que a pesar de aseveraciones de algún escritor municipal no era turco, sino persa). De allí, quizá, una buena parte de su trascendencia a través de los milenios. Desde entonces florecieron y se marchitaron muchos que creyeron que Su Voz era lo suficientemente interesante como para durar un par de decenios, aunque fuera.
Hay un caso interesante, el de García Lorca. A pesar de su Poema del cante jondo y del Romancero gitano, en sus cartas mostraba un profundo desagrado por que lo calificaran como poeta gitano o de los gitanos: él sólo estaba escribiendo poesía, no tenía nada que ver con los gitanos y sus tradiciones.
Uno de los momentos más dramáticos de Altazor es cuando el personaje del poema, lanzado al vacío en un paracaídas hacia la muerte, reclama a su autor: "¿Qué has hecho de mí, Vicente Huidobro?" Allí Huidobro no se entromete en el poema: simplemente recalca que ha creado a un personaje (Altazor) sólo para hacerlo morir (e incluso en el momento de la muerte continuará el canto; es una maravilla ese canto último): Altazor no es su yo disfrazado ni su otro yo, sino un ser con vida propia que cae y cae y no hay modo de detener su viaje, digamos, fatal; lo que hace es ejercer --Rulfo dixit-- el derecho de los ahorcados al pataleo.
Aquí alguien podría sacar su libro de español de sexto grado y señalar la separación entre lírica y épica, que quizá haya sido cierta en algún momento de la poesía griega antigua, o teorizar acerca de una fusión de ambas, que sería aún peor. El asunto es otro: la poesía va o debería ir mucho más allá de sus creadores, so riesgo de ser poco más que un querido diario. El poeta, como personaje de su obra, en general no hace más que interferir con las cosas importantes que tuviera que decir.
Lo peor es cuando trata de trasladar ese personaje a la vida real, con ropa negra, boinas, bufandas y peinados estrafalarios; es la demostración más directa --y más pasada de moda, vaya: los malditos al menos escribían bien-- de que poéticamente no tienen mucho que decir. Cuando se recurre a factores externos al texto --recitar a gritos, peinarse raro, confrontar al público-- es que algo anda mal en el texto mismo y se quema la casa para que nadie se dé cuenta de que se rebalsó la leche.
Quizá una de las características de alguna poesía joven salvadoreña actual sea que los autores han logrado --para bien-- separarse de sus textos y convertirlos en piezas de arte independiente, con vida propia, como debería ser el sueño de cualquier artista. Eso será difícil de comprender para poetas acostumbrados a estar dentro de sus poemas, como parte integral de éstos: el ego a veces rebasa las necesidades del oficio, y contra eso no hay mucho que hacer.
A las
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6 de abril de 2010
De jóvenes radicales a viejos reaccionarios
La observación más importante que se ha hecho, explícita o subyacente, es que los poetas antologados no se inscriben dentro de la tradición poética salvadoreña, o que desconocen lo que han publicado antes otros autores nacionales. Cierto o no, me parece que el error de base es suponer que existe algo parecido a una tradición poética en El Salvador que pueda seguirse, como la existe en otros países, es decir: un continuo de poetas o generaciones --vanguardias incluidas-- que van montándose en los anteriores y, con suerte, evolucionando hacia cosas más depuradas e interesantes. (Puede ocurrir, también, que en algún momento una antigua tradición se estanque por exceso --en algún momento los poetas contemporáneos pueden sentirse aplastados o rebasados por quienes los precedieron--; en casos como el nuestro, si no se mira más allá de las fronteras de todo tipo, talvez los escritores se queden embebidos en un par de figuras influyentes y se conviertan en sus apéndices. En El Salvador ocurrió --y sigue ocurriendo-- con Roque Dalton y Salarrué; en Nicaragua aún es difícil ver a Darío como una influencia depurada, y los talleres de poesía oficiales de los años ochenta masificaron el estilo Cardenal, y no para beneficio de la poesía.
El que no haya una tradición poética en El Salvador no significa que no haya cantidad suficiente de escritores a los cuales leer y estudiar; significa que su calibre no es suficiente --y los que lo tienen son muy pocos-- para poder formar una tradición de calidad.
De entre la larga fila de nombres que pasaron por las páginas debidas a la actual Dirección de Publicaciones e Impresos y la Editorial Universitaria --la antigua, claro--, pocos están a la altura de cualquier buen poeta de cualquier parte: Hugo Lindo, Pedro Geoffroy, lo mejor de Dalton... Y eso no es privativo de El Salvador; el error es creer que basta con la producción nacional para alimentarse lo suficiente para generar literatura de talla mayor. Un error muy similar es suponer que basta con leer a los que se considera mejores autores contemporáneos de cualquier parte del mundo: en ellos habrá recursos y pistas importantes, pero hay milenios de poesía a la cual recurrir en la que no está todo, pero sí mucho de lo que falta y que se va diluyendo con el paso del tiempo y de la escritura.
¿Es importante para un poeta joven salvadoreño conocer a Lars, a Guerra Trigueros, a Quijada Urías, a Huezo Mixco? Sí, sin duda; muestra un camino y puede ubicar el lugar donde nos encontramos. Pero esperar que de allí surja toda una poética es un tanto excesivo. No hay suficiente alimento, y el que hay no siempre será digno de digestión.
Un punto importante es que durante años --desde mucho antes de la guerra hasta mucho después de su término-- se perdió lo que en efecto existió hasta principios de los setenta: la cadena de transmisión del conocimiento literario: los "mayores" mostraban caminos a los más jóvenes, y éstos tenían algunas pistas que seguir para ampliar las miras de su trabajo, si ésa era su intención. Oswaldo Escobar Velado y Pedro Geoffroy son reconocidos como ávidos impulsores de los más jóvenes, como antes de ellos Claudia Lars y después Ítalo López Vallecillos.
Esa tradición se fue perdiendo con el incremento de la represión política tras la ocupación de la UES, en 1972, y después vino la guerra con sus urgencias y compromisos, que dejaron buena parte de la poesía en textos en su mayoría sin valor ni perspectivas desde el punto de vista estético.
El resultado, después de la guerra, fue un montón de gente que escribía mal, que hablaba de política cada vez que se le preguntaba de poética, grupos e individuos desarticulados y confrontados y jóvenes que buscaban que "los mayores" les dieran algunas pistas, algún consejo, algo.
Y los mayores no les dieron mucho, aparte de romperles poemas porque "eso no sirve", decirles que "un día de éstos hablamos" o, lo peor, la condescendencia: "Tu poema está bien. Sigue así." Hubo algunos talleres --aún los hay--, de ésos que no duran mucho porque se trata de ejercicios de autogratificación del poeta encargado: se espera que todos escriban de cierto modo, bajo ciertos parámetros, de preferencia muy parecidos a los del conductor.
Lo que muestra la antología de Amaya es algo muy parecido a una rebelión, y la reacción de "los mayores" es negarla, y quizá en algún momento caerán en la tentación de combatirla abiertamente. Pero no es tan fácil: la poesía se combate con poesía y, francamente, en la antología hay gente con calidad poética superior a la de muchos "mayores". Si debo decirlo como parte involucrada, un montón de chamacos nos están pasando por encima, y no hay manera de evitarlo: no nos están pidiendo permiso, y no lo necesitan. No digo que todos los antologados me parezcan buenos --como dije en el post anterior, Amaya quizá sacrificó en algunos casos la calidad en aras de las propuestas--; digo que por lo menos la mitad de los antologados, de treinta años para abajo, tienen una calidad que "los mayores" quizá no alcancemos, con propuestas originales, buena ejecución y madurez personal y literaria. No sólo hay talento: hay productos tangibles y, si hubiese la posibilidad de publicar libros de muchos de ellos, sería más patente. Lo sé: me he pasado ocho años siguiendo muy de cerca el proceso.
Y será difícil --y de allí buena parte del rechazo a la antología-- inscribir a muchos de esos poetas jóvenes en la tradición salvadoreña, con todo y que seguramente, en unos años, eso será parte de nuestra tradición. Lo importante es que hay una fuerte tendencia a nutrirse de una tradición muchísimo más amplia, y no hacer "literatura nacional" sino, simplemente, literatura. Eso, más que una negación de "lo nuestro", me parece que muestra una amplitud de miras que no ha sido la constante en nuestra poesía.
¿Qué va a pasar entonces? ¿Aceptar que se viene un recambio generacional bastante marcado o pelear contra lo inevitable? ¿Decir que no hay nada nuevo después de nosotros o tratar al menos de entender que algo serio está pasando y que la poesía salvadoreña está abandonando sus cómodos cauces habituales?
Es obvio que "lo que viene" no lo detiene nadie. ¿Nos va a tocar el papel de jóvenes radicales que se convirtieron en viejos reaccionarios? Todo indica que ésa también es la tendencia. ¿Es esto último un proceso natural? No lo creo, o más bien no lo quiero. Pero es lo que parece que tenemos. Conozco casos de poetas "de los mayores" que lo ven desde otra perspectiva y, a su manera, estimulan a los escritores más jóvenes; son los que no han olvidado.
Miguel Huezo Mixco dice que la antología de Amaya es "un campanazo", y tiene razón. Ahora es importante leerla para saber lo que anuncia.
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Nota bene 1: Insisto en que siempre he estado en desacuerdo con las autopublicaciones. En este caso no veo alternativa; nadie va a publicar una antología no sancionda por "los mayores" y, como se ve, la de Amaya ni siquiera se hubiera fraguado.
Nota bene 2: En mi mundo ideal, los mejores poetas salvadoreños son Eliot y Vallejo. Algunos preferirán a Neruda o García Lorca o vaya a saber. Hasta ahora ha resultado ser un punto de vista muy poco popular: en esos niveles, ¿dónde quedaría uno, pobrecito?
Nota bene 3: Sería interesante saber qué antología de poesía de jóvenes harían algunos "mayores". Me da la impresion de que sería harto diferente y mucho menos llena de propuestas originales.
A las
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1 de abril de 2010
La justicia (poética) por propia mano
En la literatura, como en otras artes, existe la costumbre de que "los mayores" validen a los más jóvenes como merecedores de continuar con el oficio. El porqué es obvio: personas con mayor experiencia y trayectoria deberían reconocer a sus futuros iguales y, a través de la validación, lanzarlos al ruedo y llamar la atención sobre ellos para lo que fuere menester, digamos que su obra se lea, se compre o sea al menos considerada como parte de la corriente artística del momento.En literatura, uno de los modos posibles es la publicación de antologías en las que se da a conocer una muestra del trabajo de los escritores que el antólogo considera representativos o significativos de lo que se esté produciendo. En El Salvador el último intento ocurrio hace diez años, con Alba de otro milenio, de Ricardo Lindo (Dirección de Publicaciones e Impresos). Hace un tiempo escribí una nota acerca de lo mal que se había tratado a Lindo y su antología, de manera injusta: lo que Lindo estaba haciendo era mostrar lo que en ese momento se veía en el panorama poético joven del país, no una apuesta por ciertos escritores (de muchos de ellos no volvió a saberse o no evolucionaron o dejaron la poesía por otras cosas; hubo otros que no fueron incluidos y han sido de gran importancia); tampoco era una profecía, que en este oficio nunca se sabe, en especial con los más jóvenes. Si algo puedo añadir acerca de la antología es que es honesta y muestra un panorama que, hoy, es un punto de comparación obligatorio.
Pero ¿un punto de comparación con qué?
Diez años parece poco tiempo para preparar una nueva antología "joven", pero en El Salvador, en ese poco tiempo, se ha producido un fenómeno importante que los "mayores" aún no logran detectar o no quieren o pueden comprender. Se trata de un florecimiento que podría incluso parecer excesivo de poesía de gente muy joven, con características bastante diferentes a las de las generaciones anteriores, si es que se puede hablar de generaciones en las últimas décadas.
El trabajo de crear la siguiente antología de poetas jóvenes la tomó en sus propias manos uno de ellos mismos, Vladimir Amaya, con el libro Una madrugada del siglo XXI. Poesía joven de El Salvador. Incluye a 34 autores nacidos entre 1980 y 1989, y en el recuento surge una de las primeras y más interesantes características de esa "generación": dieciséis de los antologados son mujeres. No se trata de una cuestión de corrección política o de algún enfoque de equidad de género, sino de que mucha de la mejor poesía joven salvadoreña la están escribiendo, precisamente, mujeres. Los posibles motivos podrán ser muchos y los que uno quiera pero, hasta ahora, la participación de las mujeres en la poesía salvadoreña había sido por lo menos marginal.
Otra característica de los poetas incluidos en la antología es que difícilmente pueden encuadrarse en una "tradición nacional", si algo así existe. Aunque seguramente muchos de ellos --o todos-- conocen a las figuras más importantes de la literatura nacional, es obvio el acceso directo de la mayoría a la gran poesía, quizá a la más importante de principios y mediados del siglo XX. Pero no se percibe una uniformidad en los textos, ni mucho menos. Si algo caracteriza a los poetas antologados es que cada uno posee propuestas propias y diferentes a las de los demás, incluso los autores más débiles, que los hay. También puede encontrarse un énfasis en la técnica poética, en la necesidad de dejar menos a la espontaneidad que al trabajo y mucho más a la efectividad de los textos que a la sensiblería a veces fácil que suele encontrarse en recitales incluso de voz de los poetas de mayor trayectoria.
Creo que Amaya le apostó a la diversidad de propuestas, a veces en detrimento de la calidad. Sin embargo, hay en por lo menos dos tercios de los antologados un nivel de calidad bastante alto, que podría cuestionar seriamente a muchos de los que ahora se toman como poetas respetados y bien establecidos.
Uno de los puntos que puede resultar incómodo lo hace notar Amaya en el prólogo: la poca influencia de Roque Dalton en los poetas de la muestra. Durante años, escribir "como Roque" era --y quizá siga siendo para muchos-- condición necesaria para que la poesía de alguien fuera tomada en serio: temáticas, giros, estructuras, etcétera. Esto daba --y quizá aún dé-- una poesía que tiende a la uniformidad --también lo anota Amaya--, a la larga poco interesante y contradictoria con uno de los principios del arte, que es la originalidad. Talvez a los "mayores" se les pasó la mano con la apología de Dalton --que tiene su lugar y que estaba en lo suyo; no le echo la culpa a él--, generaron un canon inaceptable y ahora los jóvenes han declarado una sana rebelión poética: ¿no es acaso la rebelión de los jóvenes una necesidad para todos nosotros?
En fin, la de Amaya es una iniciativa audaz y válida. En general estoy en desacuerdo con las autoediciones, pero me parece que en este caso era necesaria; los "mayores", en serio, no terminan de entender lo que está sucediendo, y la tendencia es a ignorarla, rechazarla y, en el mejor de los casos, malinterpretarla.
Una madrugada del siglo XXI me parece un hito importante e inevitable, una lectura obligatoria para quienes estén interesados en la poesía.
A las
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23 de marzo de 2010
El viaje
El GDR buscaba juntar a sectores amplios de la sociedad salvadoreña, incluidos pequeños y medianos empresarios, algunos militares, figuras políticas y morales que no estuvieran involucradas en las organizaciones existentes y, de ser posible, contar con el aval de la iglesia católica salvadoreña.
En los días anteriores al viaje, mi padre anduvo especialmente nervioso. Los viajes a Nicaragua eran casi rutinarios (allá estaba la comandancia de las FPL, él era miembro de las FPL, y supongo que debía reportar cosas periódicamente). Pero uno no preguntaba, y él no decía, así que no quedaba más que verlo de reojo y tratar de adivinar qué rayos le pasaría.
La noche anterior al viaje, ya con las maletas hechas, me llamó al patio y me dijo que en realidad iba --venía-- a San Salvador, que Nicaragua era sólo una escala. El objetivo era conversar con el arzobispo Romero acerca del GDR y saber qué papel jugaría la iglesia católica --al menos esa iglesia católica-- cuando triunfara la revolución, algo que muchos veíamos como inevitable y casi inminente.
Desde luego sentí miedo. Mi padre aparecía en todas las listas oficiales y extraoficiales (de los escuadrones de la muerte, pues), era una de las figuras más visibles del FDR (presidente de la Comisión Externa) y para esas fechas ya andaba tratando de obtener el reconocimiento de la guerrilla como fuerza representativa. (La declaración ocurrió en agosto de 1981, por parte de México y Francia.) Creo que en eso apareció mi madre y le dijimos lo obvio: que si venía a El Salvador lo iban a matar. Pero una de las condiciones de Romero era que quería hablar con él, y así las cosas.
A lo más que llegó fue a darme recomendaciones en caso de que lo mataran. Triste.
Las tres semanas siguientes fueron larguísimas. No había modo de saber si todavía estaba en Managua o ya había entrado a El Salvador, a menos que él llamara. No llamó.
Cierta noche me encontraba en mi trabajo, en la sección internacional del diario El día, cuando llegó la noticia de que habían asesinado al arzobispo Romero. Seguro me tocó preparar la información, porque me encargaba de las noticias de Centroamérica, pero, con todo lo espantoso del crimen, yo no podía dejar de pensar: "¿Y mi papá?" Lo menos que esperaba era que de pronto llegara algún cable en el que se dijera que también lo habían asesinado o desaparecido.
Esa noche, ya muy tarde, cayó una llamada: "Lito está bien. Todavía está en Managua."
Un par de días después regresó a México. Venía asustado, enojado, frustrado, un montón de cosas al mismo tiempo. Hablamos y hablanos, pero en realidad yo estaba simplemente contento --veinte años al fin-- de que estuviera de regreso. Creo que, en medio de la tragedia, fue uno de los días más felices de mi vida.
A las
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18 de marzo de 2010
El vaso roto
Lo intenté primero con los vasos de casa, pero eran demasiado gruesos, así que aproveché una ocasión en casa de la abuela Mina, y allí estaban: eran de vidrio muy delgado, los que usaba para tomar jugo de naranja por las mañanas. Había pequeños y grandes, y calculé que los grandes serían más fáciles de morder.
Así que me escapé unos minutos a la férrea vigilancia de mi nana, doña Dominga Morales (de muy grata memoria), me subí a una silla, agarré uno de los vasos, me bajé de la silla y le di una mordida en un borde. El vaso simplemente se desbarató y, sí, me quedaron fragmentos de todos tamaños en la boca. No sabían a nada.
Tendría yo cinco años, pero sabía cosas. Para ese entonces ya había oído de gente que se había suicidado comiendo vidrio molido, y que la muerte era terrible y dolorosa. Y yo no me quería morir, así que con cuidado fui sacando los pedazos de vidrio de la boca y tirándolos donde estaba el resto del vaso roto, en el piso. Y en ese momento apareció doña Minga.
--¿Qué hizo ahora? --me preguntó.
--Mordí un vaso.
--¡Santo Cristo crucificado! --debió haber dicho, o "¡El gran poder de Dios!" o algo así.
Me agarró, me abrió la boca y se puso a ver qué había allí. No debió haber mucho más que saliva y lengua, porque ya había sacado todo o casi todo el vidrio, pero armó un escándalo tal que pronto la cocina estaba llena de mujeres tratando de sacarme hasta el último güishte, al tiempo que me regañaban y me decían que estuviera tranquilo y me sacudían de un lado para el otro y trataban de ver al mismo tiempo dentro de una boca necesariamente demasiado pequeña. Y todas tratando de meter dedos para revisar que no quedara un solo vidrio.
Yo trataba de decirles que todo estaba bien, que no me había tragado nada, que me dejaran que me fuera a jugar, pero no hubo modo. Al final debieron llegar a la conclusión de que, si no estaba tirado en el piso convulsionando, con el estómago perforado y vomitando sangre, la cosa no había sido grave, y me soltaron, diciéndome que no volviera a hacer eso. Por supuesto que no pensaba hacerlo; yo era curioso, pero no estúpido.
Tengo la impresión de que no me herí, o el desmadre hubiera sido mayor. Pero cada vez que oigo "La copa rota", de preferencia en la versión de José Feliciano, se me sale una sonrisa y recuerdo que los vasos de vidrio, señores, no tienen sabor.
A las
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17 de marzo de 2010
Homenaje a Carlos Briones
Anoche tuvo lugar, en el foyer del Museo de Antropología "David J. Guzmán", un homenaje al economista Carlos Briones, director, en el momento de su muerte, del Programa El Salvador de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO). Hubo, desde luego, una serie de discursos, en su mayoría emotivos, acerca de Carlos y su brillante trayectoria como economista, a cargo de personas como Héctor Dada --actual ministro de Economía y fundador del Programa, por cierto junto con mi padre--, el actual director de FLACSO, Carlos Ramos, y, si no me equivoco, del director regional de la institución, con sede en Costa Rica, quien entregó una placa conmemorativa a la familia. Hubo también un video con aspectos y testimonios sobre la vida y obra de Carlos y, lo más importante, cerca de un centenar de sus amigos y compañeros reunidos bajo el mismo techo.Después, una recepción bien agradable y muy al estilo de Carlos: un buen trío de jazz tocando buenas versiones de buenos estándares ("My Funny Valentine", "All Blues", algo de Paquito de Rivera...) y una generosa cantidad y calidad de fiambres, quesos, aceitunas y vinos. Y los amigos conversando animadamente: una celebración de la vida más que la conmemoración de una muerte.
Para mí fue importante asistir al homenaje; estaba en el hospital, recién salido de mi quinta operación, cuando Carlos murió, el 24 de octubre del año pasado. La operación fue el 22, y apenas me dieron de alta el 9 de diciembre. Creo en la importancia de ciertos rituales, y fue triste no poder asistir a su velorio ni a su entierro. Hasta me entró un poco de culpa estúpida: el 24 de octubre es el día de San Rafael, y no es grato que un amigo muera el día del santo de uno.
La impresión fue más fuerte aún porque un par de noches antes de que me internaran Carlos me llamó por teléfono para conversar de cualquier cosa. Le dije que estaba enfermo, y ya sospechaba que se trataba de algo grave. Él desde luego me dio su solidaridad y me pidió que lo mantuviera informado, que cualquier cosa que necesu¡itara, etcétera. Según sé ahora, unos días después enfermó él, y un mal diagnóstico lo llevó a complicaciones y a una muerte fulminante, a los 54 años de su edad.
Mi amistad con él no fue larga, pero sí intensa y en general divertida; creo que compartíamos el estilo de sentido del humor, algo no muy fácil --intuyo-- para ninguno de los dos. Lo conocí en 1999, cuando él trabajaba en el Ministerio de Educación y se encargaba --entre otras cosas-- del rediseño de la PAES. Yo estaba en Vértice y seguí de cerca el proceso, además de trabajar en otros temas que manejaba el equipo de Evelyn Jacir, un equipo de lujo que integraban, entre otros, el antropólogo Ernesto Richter (fallecido hace unos años), director del programa Escuela 10, y Rafael Guidos Béjar, sociólogo y economista, quien trabajó con mi padre durante varios años y de quien, con orgullo, heredé la amistad. (Anoche tuvimos una buena plática; tenía tiempo de no verlo.)
En 2005, ya como director de FLACSO, tuvo la idea de un libro que relatara el inicio de la guerra en El Salvador, pero que se tratara de una crónica en lugar de un libro académico, y se le ocurrió que yo era la persona adecuada para hacerlo. De allí salió Tiempos de locura. El Salvador 1979-1981. Le pedí un año y medio para hacerlo; me dio siete meses. Y siete meses fueron, porque quería presentarlo el 10 de enero de 2006, el día del 25 aniversario de la "ofensiva final" de 1981.
Hicimos una apuesta: le dije que la edición se acabaría en tres semanas. A él le pareció exagerado. Lo que había de por medio era una buena cena. La edición se agotó en dos semanas, y él pagó con gusto la apuesta.
Durante los siete meses de elaboración de la primera edición recibía llamadas de él todos los días, a veces dos o tres, para saber cómo avanzaba, si hacían falta materiales, cómo iban las entrevistas, etcétera. Quizá pudiera resultar desesperante para otra persona; yo me la pasaba bien con las pláticas. Para la segunda edición aumentada, que comenzamos a trabajar mientras la primera se imprimía, se involucró más activamente: gracias a él conseguimos acceso al primer diario de Ignacio Ellacuría, bajo custodia de la Compañía de Jesús, y un par de personas más accedieron a que las entrevistara, como Román Mayorga Quiroz, ex rector de la UCA y ex miembro de la Junta Revolucionaria de Gobierno formada el 15 de octubre de 1979, luego exiliado en Venezuela y actual embajador de El Salvador en ese país. También me consiguió algunas fuentes que prefirieron guardar el anonimato y qué sé yo. Fue al mismo tiempo director del proyecto y asistente, algo que parecerá incompatible para quien no conociera a Carlos. (Aquí, entre paréntesis, debo reconocer también la ayuda del historiador y poeta Heriberto Montano, quien me ayudó en la consecución de documentos de época. Falleció también hace tres años, víctima de una esclerosis lateral amiotrófica, o mal de Lou Gehrig.)
Hubo varios proyectos de los que hablamos después de Tiempos de locura. (Comercial: aún pueden encontrarse ejemplares de la tercera edición en las farmacias Las Américas y en La Ceiba. Aunque no difiere básicamente de la primera edición, está mucho mejor documentado y más bonito. Y vale lo mismo que la primera edición, o sea $8.50. De nada.) La idea era tomar puntos clave de la historia de la guerra salvadoreña y, sobre todo, de sus intríngulis e implicaciones políticas. Por los motivos que fuera, los proyectos --que estaban ya delineados-- no llegaron a concretarse.
Y hay más, pero con eso basta por ahora. Estoy tranquilo después de haber realizado mi ritual de despedida de Carlos, y que haya sido en un ambiente festivo. Ojalá que, cuando me toque, mis amigos y mi familia hagan algo así, alegre, con buenas vibras y, de ser posible, buena música y buena comida.
A las
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15 de marzo de 2010
Límites
Quizá sea más fácil si la dicha experiencia tiene que ver con un autobús a cien por hora que pasó a cinco centímetros de la nariz de uno, pero el tema no da para mucho rato. Da para más si uno saca referencias médicas de todas partes, expone el caso como ante un tribunal y, después de impresionar un poco al público, declara: "Bueno, pues eso me pasó a mí." Y luego las anécdotas, claro, que dan para mucho más.
De mi particular y cada vez menos reciente "experiencia cercana a la muerte" me quedan varias cosas, como el significado preciso --es decir físico-- del concepto "trauma": el golpe emocional, el moretón --incluso la mutilación-- en la psique que se convierte en algo más poderoso que cualquier razón, que puede sustituir a la razón y contra lo que, en fin, hay que pelear porque no queda de otra; la alternativa es el miedo constante y la fragmentación de uno mismo en... No sé en qué. No he llegado hasta allí.
Uno sabe que llegó hasta cierto punto, que rozó el límite, pero que hay otro límite más adelante, y que ése era o es el definitivo. Uno sobrevivió por ciertos motivos, físicos y psicológicos, pero hizo falta muy poco para llegar al límite real, el punto desde el cual no se puede retroceder. (No sé si sea cierto, pero debe existir un punto desde el cual no se puede retroceder. Lo he visto en gente cercana --o he creído verlo-- que regresó de "allá" o que no pudo regresar.)
Y los límites no son muy precisos, y no se trata, digamos, de tener fuerza de voluntad, o no en mi caso; estuve casi inconsciente durante más de una semana y sólo había espacio en mi cabeza para pequeños pensamientos, casi slogans, a veces una sola palabra que lo ocupaba todo, a veces una imagen o un sonido. Varios médicos me desahuciaron un par de veces --otros no, y se lo agradezco--, según me enteré después, y no encuentro otro motivo para seguir vivo que, como dije hace algunos posts, no se me haya dado la gana morirme. Claro que eso me costó bajar más de treinta libras en unos cuantos días; todavía agradezco que las dietas no hayan sido tan efectivas, porque las reservas fueron vitales. (He recuperado veinte libras hasta la fecha, y no me parece que vaya a ser muy fácil engordar. Ah, las veleidades de uno...)
Ya puesto en la realidad actual, uno aprende las cosas del modo difícil, y puede verse desde diferentes perspectivas. Por ejemplo, tardé casi un mes en aprender de nuevo a caminar, luego de tres meses de estricta cama. Uno puede pensarlo como algo humillante, como algo triste, como algo simplemente necesario, como algo divertido (de que los hay, los hay), como algo después de todo interesante. Por el tipo de operaciones que me hicieron, sé que ya no podré caminar "como antes", y allí viene otro factor: uno acepta o no acepta lo que le tocó. Puedo negar mi condición, pero eso no hará que se revierta; el "como antes" no es una opción, y considerarlo como tal sólo puede llevar a la amargura. Y no es ya asunto de decir "estoy vivo, eso es lo que importa", sino simplemente no cuestionárselo y aprender a vivir con eso como se aprende a usar palillos chinos porque se acabaron los tenedores. (¿Comer con las manos? Bue... Hay cosas que sí, hay cosas que no. En lo personal prefiero que haya algo entre mis manos y la boca, aunque no descarto los tacos y las pupusas y hasta ciertos tipos de comida menos... uh... folklóricos como susceptibles de ser comidos a mano limpia.)
Otro límite que uno no puede controlar es la velocidad de la recuperación. Casi un año, me han dicho los médicos, y se está cumpliendo. De un día a otro, de una semana a la siguiente, la mejoría no es evidente. Me doy cuenta de que hace un mes no podía hacer cosas que ahora me cuestan apenas un poco. Cada vez tengo más energías, y escribir este post no me dejará tirado en cama durante todo el día siguiente. Trabajar es menos difícil; había un montón de dolores --tenía todo un catálogo, y aún hay varios en existencia-- que no me dejaban pensar más que en ellos, y tenía que invertir una cantidad terrible de energía en concentrarme y hacer lo que debía hacer. Y apenas van tres meses desde que salí del hospital...
A veces me pongo trágico mientras veo la tele. Veo algo y digo: "Eso nunca podré hacerlo." Y me doy cuenta de que nunca lo he hecho, o nunca lo hice bien, y no me queda más que reírme. ¿Cómo extrañar lo que nunca se ha tenido? (Ésa es una buena fórmula para los que desearon una mejor niñez o se lamentan por las decisiones que los llevaron a un lugar que no les gusta.)
Y, en fin, uno descubre que no es el superhéroe de ninguna película, ni siquiera de la suya en particular. Y eso puede ser doloroso si no se lo toma uno con el humor necesario.
Lo otro es que la sensación física de la muerte, el miedo físico e involuntario, el trauma, va desapareciendo poco a poco, a fuerza de repeticiones. Uno va olvidando. Y lo que va olvidando es lo más fuerte que le pasó en su vida, lo más terrible, lo inolvidable. Aún no sé si sea lo más conveniente o no; sé que es lo que me ha estado ocurriendo. O quizá uno sólo se acostumbra y asimila su "experiencia cercana a la muerte" como cualquier cena de Navidad que terminó en pleito o qué sé yo.
Sí, sé que no estoy diciendo de qué estuve enfermo y qué es lo que me puso donde estoy. En realidad no es importante, y los amigos lo saben porque deben saberlo: muchos llegaron a verme en los peores ratos, y quizá en buena medida estoy vivo gracias a su presencia. Sólo estoy haciendo un poco de terapia y poniendo en palabras algunas ideas que me han ocupado en los últimos meses. Quisiera escribir sobre otros temas, porque no soy héroe ni víctima. Quisiera hacerlo pronto. Quisiera que este mi diario personal no se quedara empolvado durante tanto tiempo, porque es importante para mí. Quisiera muchas cosas. Al menos ya sé que me queda otro poco de tiempo --espero que mucho-- para poder seguir en lo mío, que es escribir. (¿En serio es tan importante escribir? Es lo que estoy tratando de averiguar también. Al menos ya sé cómo terminar una novela que tengo pendiente; debo decidir si la termino o no. Pero no sólo yo; también mi cuerpo, que está tan raro desde hace unos meses. Ya veré cómo reconciliarme con él. Ahora acabo de tomarme mis medicinas; por algo se empieza.)
A las
22:31
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18 de febrero de 2010
Intervención en La Casa
El Taller de Discusión de Arte Contemporáneo de la Universidad de El Salvador realizará este domingo 21 de febrero una intervención del museo de Salarrué, en La Casa del Escritor, a partir de las dos de la tarde. Habrá performance, comida virtual y cosas irreverentes (el cartel ya habla de eso), pero bien interesantes. ¡No se lo pierdan! Vale la pena darse la vuelta. Dos de la tarde. Domingo. Ya quedamos.
A las
13:16
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13 de febrero de 2010
Mi yo externo y el sindicato
Pues siguió el rollo de mi enfermedad terminal y supuestos voceros del sindicato de trabajadores de la Secretaría de Cultura hablando de mí, en el blog Crónicas de El Salvador, que después de revisarlo un poco parece más un libelo que un órgano... uh... informativo. (Los antecedentes están en el post anterior.) En esta ocasión, como puede leerse aquí (no voy a molestarme en reproducir nada; me dedican media nota) los supuestos sindicalistas no sólo insisten en que yo pedí ayuda del sindicato, sino que me insultan, desde luego de manera anónima, como anónima es la persona que escribe la nota.Como no tengo demasiado tiempo para estupideces (o no para ese tipo de estupideces), averigüé el nombre de alguno de los principales dirigentes del Sindicato de Trabajadores de la Secretaría de Cultura (SITRASEC) para aclarar el asunto de una vez. Y vieran que sin anonimatos las cosas funcionan mucho mejor.
Me comuniqué con Delmy Zaragoza quien trabaja en la Dirección de Publicaciones e Impresos, y evidentemente me quejé del par de entrevistas en las que gente del SITRASEC se refería a mí, y en qué términos. Le leí incluso la parte en la que me llaman... uh... cosas feas.
Lo primero que la extrañó fue que alguien (en este caso cuatro personas) dieran una entrevista a quien fuera sin la aprobación de la directiva del sindicato, y ni idea de que existiera algo que se llamara Crónicas de El Salvador. Le hice notar que el asunto era anónimo, y me dijo que no era costumbre de la gente del sindicato ocultar sus nombres; hasta me dio completo el directorio de dirigentes, con cargos y todo. (No lo apunté, me perdonarán; tampoco colecciono listas de gente.) En fin, me dijo que para el SITRASEC las supuestas entrevistas son apócrifas, y me pidió una disculpa. Más aún: me prometió que se publicaría una aclaración en el boletín del sindicato.
Y listo. Hablando se entiende la gente. Y el anonimato sigue pareciéndome ruin en las ocasiones en las que está pensado precisamente para ser ruin.
Para que vean que sí estoy bien --o no tan mal como dicen--, reproduzco allá arriba un retrato que me hizo la Vale con la licencia del cabello amarillo. Lo de arriba son nubes, lo de en medio es lluvia de colores y lo de abajo soy yo, a quien el agua no toca, ejem.
A las
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22 de enero de 2010
Mi yo interno y el sindicato
Eso de conocerse íntimamente a uno mismo debería tener sus límites, me parece, y en todo caso establecer hasta dónde quiere uno que lo conozcan los demás. No sólo por una cuestión de natural paranoia ("¡Me persiguen los paranoicos", etc.), sino de pudor. Vaya: uno no necesariamente anda poniendo en su blog fotos de uno mismo encuerado o mostrando la cicatriz en la panza de su última operación. (En realidad mi cicatriz en la panza es de la primera de cinco operaciones por las cuales me tocó pasar.) Pero, bueno, una resonancia electromagnética es una resonancia electromagnética, y el que salga diferente --muy diferente-- a las que pongo por aquí que arroje la primera pelvis.
Lo que sí me parece impúdico es que otros anden hablando de las cosas internas de uno sin mala voluntad, pero también sin informarse. Por ejemplo en sindicato de la Secretaría de Cultura. En una nota que se reproduce en este link, un informante anónimo al que toman demasiado en serio para ser anónimo comete tres errores con respecto a mí, si es que se trata de errores:1. Que en la Secretaría de Cultura ya me habían dado mi carta de despido. Es falso.
2. Que la secretaria de Cultura, Breni Cuenca, se retractó cuando el sindicato le mostró la lista. No creo que pudiera retractarse de una decisión que no hubiera tomado. Hay un aspecto secundario interesante: no pertenezco al sindicato y no sé si conozca a alguien que sí pertenezca. No tengo que ver con el sindicato, pues, y no porque tenga algo en contra de ellos, sino porque no ha habido ocasión de averiguar quiénes son y qué proponen.
3. Que me iban a despedir a pesar de que yo padecía de un cáncer terminal. Hasta la semana pasada no tenía ningún cáncer terminal. Si sí, voy a demandar a los médicos y, en su defecto, a jalarles los pies cuando me muera. Estuve tres meses hospitalizado, y llevo mes y medio más en una leeeeenta convalecencia, a causa de otra enfermedad que, en efecto, casi fue la última, pero no lo fue. (Acabo de salir de una ligera gripe, por ejemplo.) Se trató de otra cosa y mis amigos, familiares y quienes me lo han preguntado saben de qué se trató. Si los del sindicato hubieran llamado para enterarse, con gusto les hubiera informado. Y también hay una falta de... uh... no digamos de responsabilidad, sino de cortesía, por parte del entrevistador. Cuando dieron a conocer la lista, una reportera de La prensa gráficaz me llamó para preguntarme qué era cierto de lo que decían. Le contesté que nada y listo. En El diario de hoy se publicó una nota en la que se citaba a los voceros del sindicato diciendo que entre los despedidos se encontraba una embarazada y un enfermo terminal. No me imaginé que yo fuera el segundo, y menos la primera; las fotos que reproduzco al principio muestran que no es posible.
En fin, aquí sigo. Ya les dije: cuando me muera, prometo que se van a enterar.
A las
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