15 de abril de 2007

Roque Dalton en Canarias

Me llegaron los tres títulos que la editorial Baile del Sol, de Islas Canarias, ha publicado hasta ahora en su Biblioteca Roque Dalton: La ventana en el rostro, Taberna y otros lugares y Un libro rojo para Lenin. El próximo título, según me han dicho, será Las historias prohibidas del Pulgarcito, para el cual me pidieron el prólogo hace algunos meses. Ya lo pondré por acá cuando se haya publicado.
Me llamó la atención dos cosas cuando la gente de Baile del Sol se puso en contacto conmigo: que en Canarias estuvieran interesados en publicar las obras completas de RD y que, a partir de unos artículos míos que leyeron en internet, les interesara que yo escribiera el prólogo. Lo del interés por Roque Dalton me conmovió, lo agradezco y no le busco motivos; el hecho de que exista es más que suficiente. De lo otro, quizá yo mismo me he creído lo que no pocos dicen: que soy un "antorroquiano", que quiero invalidar su obra, etcétera. Creo que los editores entendieron muy bien cuál es y ha sido mi intención: reivindicar al Roque Dalton poeta, que después de todo es el que debería interesarnos --al menos a los escritores--; el conocimiento crítico de su obra y rescatar --porque hay que hacerlo-- lo que es de valor para nuestras letras y su evolución.
Como se ha planteado en los últimos treinta y dos años de manera dominante, incluso entre escritores y --sobre todo-- en académicos, la emocionalidad y la ideología han sido los factores más importantes para juzgar a alguien que no era eso, sino poeta. Lo duro es que el propio Dalton ponía su propia obra más allá de lo literario, con lo literario a veces como pretexto, es decir: su intencion era hacer lo que hizo, poesía de compromiso, poesía social, poesía al servicio de. Y lo logró, y creo que por eso mucho de su obra va perdiendo brillo y validez a medida que pasa el tiempo, y que sólo pensándolo desde el mundo de la ideología o de la emocionalidad ideológica buena parte de sus poemas han traspasado una barrera de hasta 45 años para llegar hasta nosotros. Pero en medio de todo eso hay poemas que son verdaderas joyas, y que --como diría Menen Desleal que dijo Borges de él mismo-- "son flor para los años". Sólo a partir de la desmitificación de Dalton, del reconocimiento de sus aportes a la literatura y de un desbrozamiento cuidadoso podremos salvarlo como poeta, no como mártir, una imagen harto patética si se lo ve desde el lado de un escritor.
Hay dos extremos con los que me topo de manera cotidiana: los jóvenes que adoptan a Roque Dalton como modelo, acríticamente y sin haberlo leído completo y los que simplemente lo rechazan y no quieren saber de él. Los primeros casi siempre se van por el lado fácil: Poemas clandestinos, la primera parte de Taberna y otros lugares, y nada de la segunda, que es donde está la sustancia, así como en poemas sueltos en casi todos sus libros. Los que tienen suerte se van con El mar, su lado más nerudiano y, después de los Clandestinos, no el más afortunado. Los segundos se están perdiendo cosas que son bien importantes si, como dice Mario Zetino que dice Jorge Galán, hay que insertarse en una tradición. Esta tradición podrá ser universal, pero siempre hay que tener claro de dónde se viene, para no perderse.
Como sea, esto es una discusión larga en la que hoy, domingo, después un taller bien interesante, con la revisión colectiva del excelente poemario que ha terminado Alberto Quiñónez, no me quiero meter a fondo, ni siquiera superficialmente. (Ya habrá otras ocasiones.)
Esperaba que los prólogos fueran mucho de lo que ya conocemos: la apología, el rolllo del martirologio como validador de su poesía, la ceguera a todo lo que no sea el papel social de la poesía, etcétera.
La ventana en el rostro está prologado por Mario Benedetti, y es muy cauto en ese sentido. Más bien se dedica a hablar del humor en la obra de Roque Dalton, de cómo no es una "poesía con humor", sino que usa el humor como recurso, y de cómo puede existir un humor serio, o que no necesariamente sirve para reír. Taberna lo prologa Pedro Flores, quien encuentra un ángulo interesante: la parte rebelde de Roque Dalton. Dice por ejemplo:

La alegría, la autocrítica, la falta de "solemnidades convencionales", la capacidad para reírse de sí mismo, son ingredientes que espantan al autoritarismo; también al autoritarismo policial y burocrático en el que pronto degenera el proceso revolucionario cubano y en el que no tenían sitio muchos verdaderos rebeldes.

El más difícil de prologar me parece Un libro rojo para Lenin, que el propio Dalton excluyó de sus obras completas antes de salir por última vez de Cuba, por motivos de obvio panfleto. Juanjo Barral lo soluciona con una nota descriptiva y una ubicación del libro en la obra de Dalton.
La edición de los libros, bastante bien. Buena tipografía, los materiales de la portada y de interiores son de primera... No había visto una edición más cuidada de RD que éstas.
Contento, pues. Hoy fue un buen taller, y pudo llegar una compañera de Santa Ana con la que no habíamos trabajado directamente en varios meses. De hecho hubo invasión santaneca: además de Claudia, Mario Zetino, Santiago Vásquez, Luis Hernández y Ernesto Bautista, quien hace poco ganó el premio Amílcar Colocho, de la Fundación Metáfora. Igual ayer el de video tuvo su gran encanto. Hemos dejado de filmar durante unas semanas para dedicarnos a reflexionar acerca de dónde estamos metidos. Este proceso de reflexión ha adoptado una forma interesante, que pronto daremos a conocer.

14 de abril de 2007

Mata Hari

Mata Hari era en casa, cuando yo era niño, sinónimo de "espionaje", y "espionaje" era sinónimo de algo exótico, emocionante, por lo que podía perderse la vida a cambio de... uh... no sé muy bien qué; lo del patriotismo no se me da.
A mi padre le brillaban los ojos cada vez que la mencionaba, y mi madre no hacía el menor gesto ni el menor comentario, señal de que
a) No era un tema que pudiera tratarse en familia durante mucho tiempo (es decir que mencionarla ya era más que demasiado) ni era adecuado para que un niño oyera de eso o
b) El tema le tenía sin el menor cuidado o
c) Era una de "esas cosas" con las que mi papá se emocionaba cíclicamente, como cuando le agarró, por allí de 1976, por leer todo lo relativo al triángulo de las Bermudas, y mucho antes de eso por coleccionar lentes para sol. (No muy caros; los primeros Ray Ban que usó, y que le encantaban, fueron unos que le presté en alguna ocasión, por allí de 1994; no quiso que se los regalara.)
Intuyo que el motivo de mi madre iba más por c) que por a), con un mucho de b), y que ninguno de los dos habría visto una foto de la Mata Hari de verdad, o él no me hubiera hablado de ella y mi madre hubiese puesto el grito en la estratósfera de haberlo hecho. Ambos tenían --y mi madre aún tiene-- una buena cultura cinematográfica, y un gusto por el cine que me transmitieron. Lo más probable es que mi padre no me hablara de la Mata Hari de verdad, sino de la versión de Greta Garbo, a la que él adoraba y que a mí siempre me cayó tan mal como María Félix, no sé por qué.
Además de lo que seguramente decía la película, mi padre me hablaba de Mata Hari con datos que habría leído en algunas revistas no muy fiables (también me transmitió la adicción a leer cuanta cosa esté impresa, posologías y hojas volantes incluidas) y con algunos otros que habrá exagerado o inventado, porque en algunos temas le daba por fantasear, y era lo emocionante de platicar con él de esos temas: tenía el rigor de un economista (en ocasiones casi un rigor mortis), y no hablaba ni escribía de nada que no tuviera bien comprobado; pero, cuando se ponía como niño y hablaba como niño, los temas daban para lo que fuera, y Mata Hari era uno de esos temas. De agente doble Mata Hari se convirtió en agente triple, y quizá cuádruple, y era una bailarina excepcional, y viajó por todas partes y qué sé yo.
No se perdió tampoco las primeras películas de James Bond. Las de Sean Connery le gustaban, y las vi con él. Dejó de verlas cuando pusieron a Roger Moore; entonces el vicio de James Bond se le transmitió a mi madre, que se derretía por él y no se perdía un capítulo de El Santo. James Bond no era uno de mis personajes favoritos, y más bien los acompañaba por estar con él o porque no me quedaba de otra (con mi madre también tuve que tirarme todas las de Elvis, las de Pili y Mili, las de Marisol, las de Enrique Guzmán, las de María Victoria, Travesuras de Paquita incluidas...); no me parecía, intuitivamente, que un agente secreto pudiera ser tan ostentoso, y me caía mal eso de estar metiéndose en lo que a uno no le importa y robándoles cosas a los demás, así estuviera de por medio la salvación del mundo. Tampoco que gustaba --ni me gusta--, en mucho del género de espionaje y de cierto cine de aventuras, que los malos de la película tengan siempre defectos físicos evidentes o ciertos rasgos raciales exagerados. (Dos excepciones: el Malvado Ming de Flash Gordon me caía muy bien, y uno de mis primeros amores platónicos --además de Elizabeth Montgomery y la primera Emma Peel, es decir Diana Rigg, de Los vengadores-- fue su hija, la Princesa Aura, representada por Priscila Lawson. La otra es el Fu Manchú de Boris Karloff, y también su hija, protagonizada ni más ni menos que por Myrna Loy.)
Un día me puse a leer a John Le Carré --no paré hasta que los leí todos-- y me fascinó. Se hablaba allí de espías de verdad, de gente con poco o ningún glamour, pero que eran los que verdaderamente hacían que se moviera el mundo de la información: choferes, secretarias, la esposa de alguien, el señor que barre, el maestro de escuela... Me puse a leer también acerca del "espionaje real", y algún estudio sobre el tema decía que James Bond no duraría ni quince minutos como espía: era demasiado visible, demasiada parafernalia. El único motivo por el que el MI-6 británico lo usaría sería para quemarlo en la primera cena con alguna espía rusa igualmente quemable o para que lo mataran de inmediato. Me enteré de ciertos espías sorprendentes como Kim Philby, quien trabajó durante casi dos décadas para el MI-5 y el MI-6 y logró buenas posiciones, cuando desde el principio había sido agente soviético. Y acerca de los espías que pasaban información al enemigo para evitar la predominancia nuclear o tecnológica de su superpotencia sobre la superpotencia contraria, a quienes debemos quizá que no tengamos escamas, tres ojos e invierno nuclear. Casi siempre eran nerds, y en muchos casos terminaron ejecutados. (Mi solidaridad con los hermanos caídos en luchas perdidas de antemano.) Y las infamias, como el rollo racista y anticomunista de los esposos Rosenberg, un remake barato del affaire Sacco y Vanzetti, pero en nombre de la seguridad nacional.
Cuando me enteré más de la "verdadera historia" de Mata Hari resultó que no era para tanto. Nada de ser hija y nieta y tataranieta de príncipes orientales, sino holandesa e hija de holandeses. Y nada de ser quíntuple agente que viajaba por todo el mundo consiguiéndose amantes extravagantes y poderosos, sino una cortesana y bailarina que, aparte de un cuerpo bien trabajado, como lo muestran las fotos que se consiguen en internet, no tenía demasiado que ofrecer. Además de trabajar alguna vez para la inteligencia francesa, se puso a espiar para los nazis, la agarraron casi de inmediato y la ejecutaron. Punto final para ella, pero así se abrió una leyenda. (No sé si le hubiera consolado saberlo de antemano.)
Y allí resultó que Le Carré y otros tenían razón: el problema de Mata Hari --como el de James Bond-- era que resultaba demasiado visible, excesivamente visible en su caso (hay quien dice que fue la primera stripper, un dato harto dudoso), y quizá a su fantasía de provenir de sacerdotisas orientales se mezclara con la de ser una espía tipo James Bond, antes de que a Ian Flemming se le ocurriera inventarlo. Todo esto no se lo dije a mi padre, porque el personaje nunca dejó de fascinarle y no dejó de añadirle detalles a su leyenda particular. Tampoco le dije que un día fui a ver la versión de Mata Hari con Sylvia Kristel, una de las películas más aburridas de todas las que he visto, y ya son varias; si como Emmanuelle ya me resultaba plomosa...
Como venganza o burla histórica, en 1970 se transmitió una serie que se llamaba Lancelot Link: Secret Chimp, protagonizada por chimpancés. La novia de Link, también espía, se llamaba Mata Hairy. No la vi mucho tampoco, excepto cuando iba a casa del tío Juan Menjívar expresamente para eso; a él le fascinaba, y durante un tiempo fue nuestro tema de conversación. (Con él vi también buena parte de la saga de Wang Yu y sus películas delirantes de boxeo chino, como El espadachín manco, El regreso del espadachín manco y otros regresos.)
Abajo, la antítesis de la bailarina oriental: Margaretha Geertruida Zelle (el verdadero nombre de Mata Hari) poco antes de ser ejecutada por los franceses en 1917, a los 41 años de su edad.


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Todo lo anterior es porque ayer leí un bonito libro titulado Espionaje, así a secas, con poco texto y muchas ilustraciones, pasta dura y papel couché. Viene de todo: cámaras microscópicas, cómo se guardan los agentes cosas en el tacón de los zapatos, aparatos y técnicas de escucha, codificacion y decodificación de claves, agentes famosos... Pensé que el hecho de que esos agentes secretos sean famosos es la muestra más patente de su fracaso. Sic transit gloria Jamesbondi.

12 de abril de 2007

Un par de lecturas

Logré terminar, en el cuarto o quinto intento en casi diez años, Limpieza de sangre, de Arturo Pérez-Reverte. Lo terminé más por disciplina que por gusto, y desde anteayer trataba de acabar con las últimas cuatro páginas, epílogo incluido. Ya no tuve hígados para lanzarme sobre el "apéndice": varios poemas dedicados al capitán Diego Alatriste escritos por sus amigos de ficción.
Casi la mitad del libro es ambientación y más ambientación: la España de principios del siglo XVII, qué había dónde, a qué olían las cosas y, obsesivamente, el tema de por qué eran capaces los madrileños de batirse a duelo por cualquier tontería. Casi la otra mitad son las reflexiones del personaje narrador, Íñigo Balboa, acerca de la vida, la muerte, la iglesia católica, el capitán Alatriste, el honor, la traición y del poeta Francisco de Quevedo y otros poetas, a los que a lo largo de casi 250 páginas se refiere cada vez prácticamente en los mismos términos. Claro que el personaje narrador, en el momento de vivir lo que narra, tiene 13 años...
El espacio que sobra está dedicado a la novela, y es muy poco. Sin contar con que el personaje de Diego Alatriste, que debería ser fascinante, se queda en agua de borrajas (quiera decir lo que quiera decir), y no hay modo de sentir demasiada simpatía o antipatía por él: sólo aparece o serio y reflexivo o a punto de hacer cosas que no hace, o que hace a medias, aunquie se supone que en sus acciones estará el chiste del asunto.
El primer tomo de las aventuras del Capitán Alatriste ya había sido pesado. Éste fue un poco demasiado. El tercer tomo (El sol de Breda) lo leí casi de urgencia, como conté por aquí; tenía varios meses de no leer una novela en español, y aun así me costó terminarlo. Tengo dos tomos de los tres restantes: El caballero del jubón amarillo y El oro del rey. Voy a ver hasta dónde llego. En serio: aparte de El club Dumas, que es excelente, y un poco La tabla de Flandes, no le encuentro mucha seriedad a lo suyo. El húsar, quizá. Como que no termina de creérselo, pero espera que yo sí, y ése no es el juego. Me da gusto que haya sido un éxito comercial; yo quizá busque otras cosas en un escritor.
Mientras, empecé a leer ayer Historia natural de los ricos, de Richard Conniff. En menos de lo que pensé ya había leído tres capítulos e iba por el cuarto, y hasta ahora voy avanzando en el quinto. Bastante divertido y aleccionador.
Conniff es un periodista científico, colaborador usual de National Geographic y publicaciones por el estilo, y un día se puso a escribir acerca de los ricos más ricos de Estados Unidos y el mundo, en especial los que tienen cotos de caza en Aspen y Mónaco. Lo que hace es una comparación entre el comportamiento de diversas especies animales, el de los seres humanos "ordinarios" a lo largo de dos millones de años y el de la gente que tiene mucho dinero. Para esto último hizo un estudio de campo que no le pide nada a una investigación acerca de los mandriles de cierta región de África. Ya veremos en qué termina.

Estilo, voz y recursos

Por supuesto que vemos American Idol. A veces se nos pasa, porque los jueves hay capítulos de estreno en dos series: House M.D. y CSI, pero en esta temporada estamos seguros de que, si la vida es justa, la ganadora debería ser Melinda Doolittle o Lakisha Jones, con un buen y discreto tercer lugar para Chris Sligh, o menos discreto para Jordin Sparks, un prodigio de diecisiete años.
Estoy dividido en lo del primer lugar. Lakisha Jones tiene un soul magnífico, y no le falta demasiado para ser una buena Gladys Knight, digamos, o para acercársele a Aretha Franklin... cuando era joven. (Aretha es Aretha, y hay que mencionarla con respeto y cautela.) Pero Melinda Doolittle tiene mucho más que eso. Desde que la oí cantar My funny Valentine, una de las baladas de jazz más bellas y endiabladamente difíciles de interpretar, y hacerlo como una profesional, mi corazón se fue por allí, y ya quiero comprar su primer disco. Incluso si no gana, hay una excelente cantante para mucho rato.
Ya dije lo que tenía que decir este año acerca de American Idol, y el pasado, que no dije nada, ni los cuatro anteriores. En realidad no era mi intención dedicarle dos párrafos (y este tercero) al programa, sino a una frase que le dijo anoche Simon Cowell a una de las participantes: que su interpretación había sido "más estilo que calidad".
Me pregunto si algo así es posible: que alguien con un estilo bien marcado --en música, en literatura, en lo demás-- sea capaz de lograr algo de poca calidad, o de menos calidad que estilo. Y allí entraría qué se entiende por estilo (ya hablaremos otro día de etimologías y aplicaciones): la técnica o la originalidad.
La técnica, hasta cierto punto, es algo externo a la "creación en sí". Ese "cierto punto" es, precisamente, cuando el artista logra alcanzar su propia voz --o su equivalente en artes plásticas, actuación, etcétera. Cowell --que me parece un tipo sensato-- hablaba entonces de lo que hablaba: una concursante que aún no se profesionaliza, que aún no logra manejar estándares de calidad, que tiene talento desarrollado hasta cierto punto y que maneja una técnica básica muy buena, pero aún no logra encontrar su propia voz, su propio estilo, y en ésas anda. Y no otra es la función de American Idol: encontrar gente con mucho talento y con técnicas más o menos básicas y que pueda profesionalizarse a través de un proceso acelerado, pero estricto, creo.
La frase de Cowell me llevó inmediatamente a pensar en Neruda: pocos poetas han alcanzado, como él, una voz tan propia, y una técnica tan depurada. Sin embargo, con el debido respeto, me parece un poeta bastante fácil para decir lo que tenga que decir, y no entra en mi Top 100.
Con Jorge Galán, Mario Zetino, Luis Hernández y Santiago Vásquez en especial hemos hablado de ciertos poetas que no son de lo más trascendente en materia poética, pero que tienen una inmensa cantidad de recursos, y Neruda encabeza la lista con harta ventaja. Es un catálogo de recursos poético. Es el gran maestro, digamos, de los alejandrinos en el español. No Rubén Darío, sino Neruda.
En Darío encontramos todavía un manejo un tanto torpe del alejandrino: marca tanto la cesura que a veces da lo mismo que escriba alejandrinos o heptasílabos (recordemos que el alejandrino está formado por dos periodos heptasílabos cesurados), cuando las intenciones de ambos metros son bien diferentes. Tomemos por ejemplo la Sonatina, que me parece una sensacional lección de ritmo:

La princesa está triste... ¿Qué tendrá la princesa?
Los suspiros se escapan de su boca de fresa,
que ha perdido la risa, que ha perdido el color.
La princesa está pálida en su silla de oro;
está mudo el teclado de su clave sonoro,
y en un vaso, olvidada, se desmaya una flor...

Si lo cambiamos a heptasílabos, no se modifica demasiado el ritmo ni la intención:

La princesa está triste...
¿Qué tendrá la princesa?
Los suspiros se escapan
de su boca de fresa,
que ha perdido la risa,
que ha perdido el color.

Etcétera.
En cambio, el "Poema 20" es una verdadera lección de cómo se maneja el alejandrino:

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Escribir, por ejemplo: "la noche está estrellada, y tiritan, azules, los astros, a lo lejos".

El viento de la noche gira en el cielo y canta.

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Yo la quise, y a veces ella también me quiso.

En las noches como ésta la tuve entre mis brazos.
La besé tantas veces bajo el cielo infinito.

Ella me quiso, a veces yo también la quería.
Cómo no haber amado sus grandes ojos fijos.

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Pensar que no la tengo. Sentir que la he perdido.

Oir la noche inmensa, más inmensa sin ella.
Y el verso cae al alma como al pasto el rocío.

Qué importa que mi amor no pudiera guardarla.
La noche está estrellada y ella no está conmigo.

La misma noche que hace blanquear los mismos árboles.
Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.

Ya no la quiero, es cierto, pero cuánto la quise.
Mi voz buscaba el viento para tocar su oído.

De otro. Será de otro. Como antes de mis besos.
Su voz, su cuerpo claro. Sus ojos infinitos.

Ya no la quiero, es cierto, pero talvez la quiero.
Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido.

Porque en noches como ésta la tuve entre mis brazos,
mi alma no se contenta con haberla perdido.

aunque éste sea el último dolor que ella me causa,
y éstos sean los últimos versos que yo le escribo.

Hay versos terribles: "En las noches como ésta la tuve entre mis brazos. / La besé tantas veces bajo el cielo infinito", digamos, son de lo más previsible, y por lo tanto de lo más imitado. O imágenes espantosas: "Cómo no haber amado sus grandes ojos fijos." Los últimos ocho o diez versos son de un baladí subido... ¡Pero qué manera de hacer alejandrinos! Y, desde luego, no hay una voz como la suya. ¿Exceso de estilo y falta de calidad? (Igual habrá a quien le guste Neruda, pero estamos hablando de otra cosa.)
Tenemos, en otra categoría, a Vicente Huidobro (para tomar una contraparte también chilena), digamos el Canto II de Altazor:

Mujer el mundo está amueblado por tus ojos
Se hace más alto el cielo en tu presencia
La tierra se prolonga de rosa en rosa
Y el aire se prolonga de paloma en paloma

Al irte dejas una estrella en tu sitio
Dejas caer tus luces como el barco que pasa
Mientras te sigue mi canto embrujado
Como una serpiente fiel y melancólica
Y tú vuelves la cabeza detrás de algún astro

¿Qué combate se libra en el espacio?
Esas lanzas de luz entre planetas
Reflejo de armaduras despiadadas
¿Qué estrella sanguinaria no quiere ceder el paso?
En dónde estás triste noctámbula
Dadora de infinito
Que pasea en el bosque de los sueños

Heme aquí perdido entre mares desiertos
Solo como la pluma que se cae de un pájaro en la noche
Heme aquí en una torre de frío
Abrigado del recuerdo de tus labios marítimos
Del recuerdo de tus complacencias y de tu cabellera
Luminosa y desatada como los ríos de montaña
¿Irías a ser ciega que Dios te dio esas manos?

¡Etcétera!
La "voz propia" de Huidobro es poderosísima, pero a la vez sus aportaciones técnicas (el "estilo" externo) son mucho menos tangibles, pero indudables. (Si uno quiere solazarse en el exceso de ambos, basta con leer los Cantos IV y V.) Y quizá es porque "voz propia" y "estilo", para que valgan la pena, deben ser una sola cosa, y sólo se valen para una persona. De Neruda es posible (porque lo ha sido desde hace décadas) imitar el estilo y la voz; de Huidobro uno apenas podrá tomar recursos y tratar de adaptarlos a lo que uno escriba. (En mi caso, ni eso.)
Uno de mis poemas favoritos de todos los tiempos y autores es España, aparta de mí este cáliz, de César Vallejo, que es mucho de lo mismo. Creo que, como el resto del poemario, del mismo nombre (o ése le pusieron: se publicó tras la muerte de Vallejo), trae aparejada una lección: un poema "político" no es necesariamente un panfleto. Un panfleto tiene un objetivo político o ideológico: convencer a alguien de algo. Su alcance es extraliterario. Un poema, en cambio, es un objeto artístico, nada más. Entre lo primero y lo segundo hay más que técnica y voz propia: hay honestidad. Y de eso no se encuentra mucho en la poesía, y nunca se ha encontrado demasiado.
Otro "panfleto que no es panfleto" es El niño yuntero, de Miguel Hernández. Lo demás son ganas de lucirse a costa de "los otros", "ellos", "los objetos" que son tema de mucha y muy mala poesía.

11 de abril de 2007

Texto vs. género

Cuando empecé a escribir quería hacer de todo, es decir cuatro cosas: poesía, cuento, novela y teatro. Con los años descubriría que la vida y el pellejo en general dan --si acaso-- para una sola, y para tratar de entender un poco las demás. Hay excepciones notables, y sin duda no soy una de ellas. También descubriría, con algo de ayuda, que pensar en "cuatro cosas" era ponerse una barrera, que en cierto momento --el del aprendizaje básico-- puede ser importante por simple autodefensa, pero que debe saberse cuándo abrir, traspasar o demoler.
Cuando escribía poesía me apegaba mucho a los cánones: métrica, acentuación, ciertos modos de rimar o de no hacerlo. Gracias a Ricardo Jaimes Freyre y sus Leyes de la versificación castellana descubrí varias cosas: los periodos acentuales o rítmicos (antes de él aún se hablaba de "silabas largas" y "sílabas cortas", que no existen en el español), la compatibilidad entre ciertos metros y, con la práctica, cómo romper con ellos. Traté de entrar en el verso libre (o "métrica libre", como la llama Krisma, con gran acierto) y nunca me sentí muy cómodo. Aún soy bastante cuadrado cuando se trata de hacer poemas, pero los hago porque es un placer, un reto y, en suma, porque se me pega la gana, que es el motivo por el que en definitiva deberían hacerse ciertas cosas.
Mi problema con el teatro era que pensaba en cómo impresionar a un público, no en cómo poner a cierta cantidad de personajes a interactuar y a armar su(s) historia(s). Después de algunos fracasos, logré un par de piezas decentes que por aquí andan (a una de ellas tengo que modificarle el final; la otra ya quedó). No es que eso me haga dramaturgo, ni mucho menos; nada más logré armar un par de piezas divertidas, que no sé si publicaré o se representarán alguna vez. La primera me llevó de 1987 a la fecha; la segunda, de 1998 a 2005, aunque escribí el borrador en sólo tres días. No han sido mi récord de rapidez, pero tampoco de lentitud.
La novela, como buena obra de ingeniería, es asunto de trabajar y trabajar y trabajar, y tarde o temprano saldrá algo. Lo malo fue que no empecé con el pie derecho, ni siquiera con el izquierdo. Desde el principio traté de "romper", "innovar", qué sé yo, y estaba bien para mis diecisiete años, pero no para armar una carrera. Después de la Historia del traidor, tuve que replantearme todo lo que sabía y hacer una modesta novela más o menos lineal, tan by the book como se pudiera, y apenas a mis 30 años salió Los años marchitos, que también tuvo sus tribulaciones y sus asteriscos.
Mi problema siempre fue con los cuentos. ¡Eran malísimos! Todo previsible, los personajes tiesos, diálogos plomosos --a pesar de que en la novela siempre me salieron bien--, etcétera. Todo muy correcto, pero no había nada allí que pudiera decirse original. Mientras, mis primeras novelas --que desaparecieron, AMDG-- tenían un exceso de originalidad, es decir que a veces eran casi ilegibles, y lo del teatro era una serie de pirotecnias que no llegaban a ningún lado. Y, sí, estaba tan confundido que a cada rato decidía dejar de escribir, y seguía haciéndolo "sólo para pasar el rato".
Como a eso de mis 21 o 22 años, cuando ya estaba cocinando El traidor, le planteé el problema a Luis Melgar Brizuela, que vivía a un par de cuadras de mi casa, en Coyoacán. Nos reuníamos una noche a la semana (generalmente los martes) a platicar de literatura hasta bien entrada la madrugada, y a él le debo el conocimiento de Huidobro (en especial de Altazor), de Los Contemporáneos, del Primero sueño (o El sueño) de Sor Juana y de los estructuralistas, entre muchos. Siempre conseguía licores y aguardientes exóticos para él en los lugares a los que iba o que algunos amigos me llevaban para convencerme de que dejara lo abstemio (Luis era apóstol de esa causa, y tampoco lo logró); yo, desde luego, tomaba café, hasta que un comisario de las FPL me quitó el gusto, como he contado aquí, aquí y aquí.
--Tu problema --me dijo Luis, muy estructuralista él-- es que estás pensando en géneros. Tenés que pensar en textos. Un género tenés que seguirlo o que romperlo. Un texto no. Un texto es lo que es, y podés usar recursos de todos los géneros.
Vi la luz, por supuesto, pero estaba demasiado lejos; pasarían dos o tres años para que pudiera empezar a asimilarlo. No conceptualmente, que eso es fácil, sino en la práctica. A finales de 1984 o principios de 1985 empezaría a escribir Terceras personas, y la idea era precisamente hacer textos, que a su vez formaran una unidad. Una pequeña novela fallida se convirtió en el primer "relato", el segundo texto es un cuento con todas las de ley, el tercero no sé qué diablos sea y el cuarto es un falso monólogo teatral. Luego, un montón de microtextos que de algún modo le dan sentido al libro. Apenas en 1995 lograría terminarlo, después de escribir un par de novelas policiales. (Otro que me dio una clave fundamental fue Leo Argüello: me enseñó cómo funcionan los personajes, cómo se arman, y me dio a conocer a Stanislavsky, además de otros autores fundamentales. Gracias, carnal.)
Hay libros con partes que he debido resolver con recursos poéticos, como Instrucciones para vivir sin piel, o con estructuras de cuento, como Trece, (¡Ese libro era un pedacerío! Armarlo como novela es de lo más difícil que me ha pasado.) Mis cuentos, en general, son "micronovelas", aunque un par entran en el "género", como El Cubano, y otros ni se acercan, como Espejos. Están pensados como textos, nada más, y cualquier acercamiento al "género" es coincidencia.
Claro que la diferencia entre un cuento y una novela y un poema y una pieza de teatro siguen existiendo, y hay cosas que distinguen a los géneros. Estructuras, digamos. Escribir un cuento o una novela es harto diferente: se requiere de diferentes lógicas, de diferentes conformaciones mentales (y literarias), de intenciones radicalmente distintas.
La ventaja de pensar en textos es en parte psicológica (no trazarse límites previos), pero también tiene un lado práctico interesante: aprovechar los recursos que se poseen de la mejor manera posible. (Y, si no, aprenderlos.) El plus es que resulta también más divertido.
A la larga, la idea es darle al texto lo que necesita, y tener en la mano lo que sea menester. Mencioné la palabra "intención", que es clave al desarrollar un texto: a veces lo que diferencia una novela de un cuento es la intención del autor, no sólo la extensión o las estructuras; a veces lo que hace un poema, o deja de hacerlo, es lo mismo. Las diferencias pueden ser harto sutiles, pero ciertas.


* * *

Y a propósito de cuentos, "Diario de enero" ha resultado ser uno de los pocos que me han salido como Dios y Cortázar mandan (si es que no son la misma persona cuando se habla de cuentos).


Sí, me puse a corregir aún más el texto (hablo de él aquí), pasé las correcciones, imprimí y, muy satisfecho, me puse a revisarlo con la esperanza de encontrar algunos errores de dedo y listo, después de siete años podía dejar de pensar en él. Y pues no. Sólo en el principio hallé cosas que sobraban, frases imprecisas, la necesidad de cortar párrafos y hasta alguna incómoda repetición de palabras. El resto del texto está por el estilo, así que voy a darle una pasada y lo dejaré unas semanas para, ahora sí --¿cuántas veces lo habré dicho?--, sacar una versión definitiva.
Eso sí: el final nuevo quedó bonito. No, no me decidí por dejarlo "abierto", aunque no deja de ser un final un tanto brusco, como me gustan. Con un poco de cirugía mayor logré darle a la historia el giro que necesitaba, y rematarlo bien. Creo. Espero. Ojalá. Al menos eso me dijo Krisma, quien lo leyó por primera vez y encontró las claves sin que le dijera nada.
Comencé a revisar otro texto que empecé en 2004 (del que conté que no encontraba el final en mis cuadernos, y aún no lo encuentro) y que más o menos terminé en 2006. Creo que esos dos, más un tercero, pueden armar un libro coherente, aunque un tanto excéntrico. Ya consultaré con Thierry, que sabe de eso más que yo.

10 de abril de 2007

Club Obi Wan

Indiana Jones y Willie Scott (en la vida real Kate Capshaw, esposa de Steven Spielberg), tras una enloquecida escena con balazos, hielo, diamantes y bailarinas, se tiran de un milésimo piso y, amortiguados por un montón de toldos, caen dentro del carro que conduce Short Round, un niño huérfano que necesita trozos de madera para alcanzar los pedales. El carro arranca y pasa frente a la entrada del club donde está Lao Che, quien ha envenenado a Indiana Jones; éste busca el antídoto en el escote de Willie mientras inicia una persecución por las calles de Shanghai. Durante un segundo se alcanza a ver el nombre del local del cual huyen: Club Obi Wan. ¿De qué otro modo podría llamarse un bar chino?
No es que sea cosa nueva, porque desde hace mucho es parte de la trivia de Indiana Jones and the Temple of Doom, pero me divirtió bastante al volver a verlo y lo pongo aquí por el gusto de ponerlo.
Anoche vimos, por enésima vez, The Last Crusade, y me parece un buen final para la saga de Indiana Jones. Me pregunto qué traerá la cuarta película de la serie, también con Harrison Ford y Sean Connery. Dice Rebeca Torres que habrá un problema serio: Ford, ahora, parece tener la misma edad de Connery, si no más, y no se sabrá cuál Henry Jones será el papá y cuál el hijo. Ojalá que, como en Star Wars, uno no se quede con mal sabor de boca, preguntándose: "¿Por qué tenían que hacer eso?" (Episodio 1 me gusta, la verdad, y hubiera estado bien si lo dejaban como un "capítulo perdido". Los otros dos son intragables. De hecho, el tercero me parece la peor película mejor filmada de todos los tiempos.)

9 de abril de 2007

La espontaneidad y otras malas hierbas


La semana santa me sirvió para descansar, para imprimir un montón de textos pendientes y para corregir sólo uno, pequeño. Es una especie de cuento de unas nueve cuartillas cuyo borrador escribí en 2000, en una semana, junto a un teléfono público afuera del Hospital Médico Quirúrgico, por los días de la muerte de Álvaro Menen Desleal. Hablé de él aquí, hace unos días.
Encontré un final posible, que seguramente cambiará; igual la idea funciona. Después de pensarlo bien, me parece que como estaba, con el final trunco, puede funcionar también según el modo en que por lo general trato mis textos, pero no está de más buscar opciones. Imagino que en unos días o semanas sabré si queda con el final nuevo o con el "no final" que ya tenía.
Ya había trabajado varias veces "Diario de enero" a lo largo de los años, y según yo sólo le faltaba una ligera corrección y el final, que ahora está en duda. Al principio no me sentía muy cómodo con el lenguaje del personaje, pero --también según yo-- había logrado ajustarlo; también me parecía que el personaje era bastante coherente y que el primer párrafo era oportuno.
Cuando estoy armando una versión definitiva de algo, me la imagino impresa y la leo como el más duro de los lectores, de ésos que no perdonan una coma. Le di tres, cuatro pasadas al texto, y seguía incomodándome, y no sabía por qué. A la quinta o sexta encontré gazapos: frases que parecían buenas --y quizá lo fueran en otro contexto-- y que eran sólo obviedades, repeticiones o no venían al caso. Y por fin me resigné a algo: el primer párrafo no servía, y lo eliminé con algo de dolor, según se ve en la imagen. Hay una frase que me gusta en especial: "Lo único que me queda de ella, además de su nombre, son sus fotos, que cada vez se parecen menos a lo que ella debió ser." Es reescribible, claro, pero me gusta. Traté de ponerla en otro lado, y no cabe; la guardaré para mejor ocasión.
Lo que me vino a la cabeza mientras trabajaba el texto --además de sueño; he dormido mucho en estos días-- fue la práctica de muchos escritores, de todo nivel y edad, de no corregir mucho: escriben el texto en unos días o semanas, le dan una corrección tan profunda como lo permite la prisa y listo, tenemos un libro nuevo o un cuento nuevo o un poemario. Muchos se quedan inéditos, algunos se autopublican y otros, muy pocos, salen bajo algún sello editorial, no necesariamente de bajo calibre, y no necesariamente con poco éxito comercial. (No necesariamente con mucho pudor...)
Creo que hay varias premisas de las que parten quienes corrigen poco:
1. Después de alcanzar cierto nivel técnico y de conocimiento literario, es mucho más fácil escribir, y los textos salen mucho mejores. En mi caso, todos los textos me han costado lo mismo que los primeros, e incluso los últimos --con muy pocas excepciones-- me han sacado más canas que los anteriores. (Canas blancas. No quiero hacerme el sufrido ni el de pelo de color ajeno a los estándares.) Creo que uno puede saber perfectamente cómo va a funcionar la estructura del texto, los personajes, la trama, lo que sea, pero es como un ataque de migraña: por mucho que uno conozca de qué va la cosa, siempre duele, y hay que pasar por lo mismo. Lo único que garantiza el conocimiento es la paciencia necesaria para pasar por el proceso. Es cierto que cada vez los textos salen más armados, que los personajes se mueven con más fluidez, que el lenguaje se encuentra con menos problemas; pero también es cierto que, solucionados ciertos asuntos técnicos gracias a la práctica, uno se meterá en otras complicaciones para que escribir siga valiendo la pena, si es que escribir --a secas-- es lo que uno quiere.
2. Si el texto se trabaja demasiado, se perderá la idea original. Y tiene algo de cierto. Cuando uno se pone a escribir, se traza un objetivo, al que, si la maquinaria funciona como debe funcionar, jamás llegará. En el camino aparecen siempre nuevas ideas, personajes, frases, "giros" que el propio texto exige. Si uno se pone necio con sus objetivos originales, seguro el texto será forzado, sin mucha verdad literaria, que es la que importa en la... uh... literatura; si uno va modificando la dirección, algo interesante podrá salir. Y aquí hay otro motivo para corregir bien un texto: cuando uno lo comenzó pensaba en una cosa, y al terminarlo pensaba en otras. Hay que ajustar todo para que desde el inicio se apunte hacia el nuevo objetivo, el que uno descubrió como los va descubriendo en la vida, a punta de prueba y error. Me gustaría decir que un texto no puede trabajarse "demasiado", pero sería mentira; he visto muchos arruinados por el exceso de celo, y un par de los míos descansan en paz por lo mismo.
3. Si se corrige mucho el texto, perderá espontaneidad. Esta premisa parte de ideas mucho más soberbias que las anteriores, aunque a veces tienen su lado ingenuo. Por ejemplo, creer que uno es capaz de lograr un texto fluido --ya ni siquiera espontáneo-- con las herramientas que tiene, muchs o pocas. Si algo he aprendido es que un texto no nace espontáneo, ni siquiera fluido: es a través de la corrección, del pulido, del trabajo fino, del tiempo de reflexión, que se logra algo que parece escrito a la primera. Otro aspecto es que un texto, al escribirse, tiene siempre mucho del autor, y sólo con el trabajo va adquiriendo personalidad propia. Y uno no es lo suficientemente interesante, ni sus ideas ni sus sentimientos, para aparecer en un texto, en serio. Mucho de lo que uno elimina para lograr el "texto espontáneo" es precisamente lo espontáneo, lo más cercano a uno, lo que se le ocurrió en el momento, y que a la hora de revisar a fondo brinca a la cara con las uñas por delante; ya uno decidirá si aguanta el arañazo, y si le gusta.
Y más, pero me quedo en lo evidente.
El proceso de correción también tiene otro sentido. Al plantear el texto, al hacer el primer o segundo borrador, uno no lo tiene totalmente asimilado, en la medida en que está ligado emocionalmente al texto. Es su hijito recién nacido. Cuando uno se separa un poco de él, empieza a verle las imperfecciones. A los hijos hay que quererlos así, y tratar de ayudarles para que vivan lo mejor que puedan con lo que traen; los textos pueden modificarse hasta que encuentren su forma ideal, su tamaño adecuado y desarrollen su potencial.
Y hay algo bien cierto: a un texto "joven" siempre le faltan partes (casi tantas como le sobran), y hay que construírselas. A veces se logra pronto; a veces simplemente a uno no se le ocurre cómo construirlas, y arma soluciones provisionales que uno sabe que están mal, pero que sirven para mientras. ¿Por qué a uno no se le ocurre a veces cómo solucionar una parte o añadir algo, o no se fija siquiera en que algo no anda bien? Pues porque no se le ocurre; tan simple. Hay que esperar el momento de la ocurrencia, y hay que tener cuidado de no dejarlo pasar.
¿En qué momento decidir que un texto ya está? Es una de las preguntas que más me han hecho, y la respuesta ha sido la misma durante años: no tengo la menor idea. Uno sabe cuando el texto ya está. Incluso si tiene prisa, uno sabe.
Hace unos días hablaba de la cantidad de textos que tengo pendientes, y habrá quien piense que escribo muchísimo o que soy un vanidoso. Lo segundo me tiene sin cuidado, y lo primero es falso. No es que escriba mucho: es material acumulado a través de los años, al que tengo que darle salida tarde, temprano o nunca. No quiero que sea la última opción.
Comencé a escribir a los dieciséis recién cumplidos. A los 25 publiqué mi primer libro, a los 26 el segundo, a los 30 el tercero, a los 36 el cuarto. Cuatro libros en veinte años. Si los otros nueve o diez se han publicado en los once años siguientes --más los que se acumulen en 2007--, no es porque haya aumentado el ritmo de trabajo, sino porque tengo cosas que comencé a escribir hace mucho y que he ido terminando poco a poco.
Un texto de nueve páginas corregido --y aún no del todo-- en una semana santa. Nada mal. También me pasé buenos ratos con Krisma y Valeria, y tuvimos visitas, siempre agradables, de buenos amigos.

8 de abril de 2007

La abuela Mina


La abuela fue la hija número 20 del matrimonio formado por Rafael Molina y María López. No todos esos hijos sobrevivieron; varios murieron en la infancia. (Me hablaba de uno al que quería en especial, la mitad de unos gemelos, fallecido a los quince. La otra mitad se fue a buscar mejor suerte y no volvió a saber de él.)
Aunque fue la menor (nació en 1914), no fue la última. Su madre estaba embarazada de la hija número 21 cuando ocurrió la erupción del volcán de San Salvador y el terremoto de 1917. Murieron en el parto. Su padre murió unos años después.
Los hermanos se dispersaron, y sólo algunos siguieron unidos: la tía Tere (la mayor de todos, a la derecha en la foto superior), el tío Lico (también en la foto), la tía Concha, el tío Leo y la abuela. (He hablado de ellos y de su tumba en este post.) El bisabuelo tenía una pequeña finca en la que hacía de todo para mantener a su pequeño ejército: sembraba, domaba animales y hacía jabón de cuche. El truco de su papá para hacer buen jabón, me decía la abuela, era que no usaba cerdos, porque no hacían espuma, sino perros. De niño me perturbaba la imagen de un perro completo hirviendo en un inmenso caldero. De su madre no se acordaba, pero sí vagamente de su padre. Decía que por las tardes, después del trabajo, llegaba su hora favorita: ponía a los hijos en hilera y los saludaba según su edad y sexo. A la abuela le tocaba abrazo, beso y frases cariñosas. Después se iba a cenar, y supongo que estaría en la mesa de los menores, la más aburrida y lejana del padre.
A la muerte del bisabuelo ocurrió lo que debía ocurrir: su hermano (es decir el hermano del bisabuelo) hizo lo necesario para quedarse legalmente con la finca y dejó a los hermanos en la calle.
La tía Tere hizo lo más sensato: se casó, tuvo hijos y le dejó la responsabilidad a los que seguían. El tío Lico se hizo cargo, supongo, del tío Leo, uno o dos de años mayor que la abuela, y a la abuela le tocó Lo Peor: quedarse con la tía Concha, a quien siempre detestó minuciosamente. La tía la tomó de sirvienta, la golpeó como a su esclava y evitó que aprendiera a leer y escribir. Los fines de semana se iba con el tío Lico y el tío Leo, y ellos le enseñaron los rudimentos de la escritura y las operaciones matemáticas. Alguna vez la tía se enteró y la desolló a golpes, pero no se detuvieron las lecciones; con una golpiza que iban a parar a la abuela.
Hay muchas anécdotas, demasiadas para un blog, acerca de su infancia, como la vez que casi hizo quebrar la tienda de raya de la que su hermana era encargada. Más bien lo era su esposo, Ernesto Medrano, hermano del siniestrísimo general José Alberto Medrano, creador en los años sesenta de los primeros escuadrones de la muerte, entre otros con un hijo del tío Lico, del que ya hablé aquí. Lo curioso es que el hermano del Chele Medrano murió en la rebelión campesina de 1932, y no asesinado por los indígenas, sino por la Guardia Nacional, "por error". El hecho de que El Chele dirigiera treinta años después la Guardia no deja de ser, al menos, una paradoja.
La abuela, pues, sufría la muerte en rebanadas con la abuela Concha, y al cumplir la mayoría de edad se hizo novia del abuelo Miguel Ochoa. Se casó a los diecinueve, en 1934. (Su cumpleaños era en diciembre.) Al tiempo necesario, correcto y requerido, en octubre de 1934, nació mi madre, y un año y medio después el tío Mauricio.
El abuelo y la abuela no se llevaron bien. Ella dice que era tacaño, a pesar de que no le iba mal en el comercio de joyas. Él no me dijo nada, porque apenas hablaba con su voz rápida de chalateco. Así que la abuela se puso a coser vestidos para niña; el oficio lo aprendió de la tía Concha, que además era sastre.
Empezaron a pedirle más, porque era una diseñadora nata, e hizo la primera audacia de su larga vida de audacias: fue a la distribuidora de Singer y sacó doce máquinas de coser casi sin garantía. Contrató también a doce costureras, a las que pagaba por pieza. La abuela diseñaba los vestidos, cortaba y las demás cosían. No eran cosas de gran diseño: ropa para gente pobre, de materiales baratos, pero buena hechura. (A los nueve años de su edad mi madre comenzó también a cortar y a coser. Uno de los dolores de toda la vida fue que ese año le regalaron su primera máquina de coser, y a su hermano una bicicleta. No se lo perdonó a la abuela.)
Como con esa producción lograba excedentes, alquiló un local en el mercado de Santa Tecla, y, además de los vestidos, comenzó a vender tela por yardas. Cuando se quemó el mercado perdió buena parte de lo que tenía, y cambió otra vez de giro: con lo que le quedaba rentó un pequeño local en la calle Rubén Darío y puso el almacén El Trébol.


Aquí aparece en el almacén, en 1970, con Carolina, una empleada que la acompañó durante años y años, hasta su retiro (el de la abuela), ocurrido en 1994, si no me equivoco.
Vendía telas por yardas o por cortes (de dos yardas y media y de tres yardas y media, salvo que le pidieran otra cosa.) Trabajaba en especial con vendedores que llegaban de todo el país: se llevaban una cierta cantidad de tela, botones, tira bordada, cosméticos, se iban a sus cantones y regresaban una semana después para pagar. No compraban demasiado: diez o doce cortes, algún polvo para la cara, un par de paquetes de botones, cinco o seis rollos de tira bordada. Pero eran muchos, porque la abuela era justa en sus tratos, y logró ahorrar lo suficiente para vivir bien: se construyó un par de casas, compraba joyas, cambiaba de carro cada dos o tres años y, sobre todo, viajaba.


Recorrió buena parte del mundo en tours de los que arman las agencias de viajes, pero no de los de tres días y dos noches, sino los de un mes. Por lo menos una vez al año se iba a correr mundo y a tomarse fotos, que rotulaba y veía cada cierto tiempo para recordar. Por aquí conservo algunas de ellas: subida en el mismo camello en el que se fotografían todos los turistas con la pirámide de Keops como fondo, sentada frente al Partenón, en la Expo 70 de Japón, en Buenos Aires o Lima o en las calles coloridas del San Francisco de los años sesenta... No es que acumulara una fortuna: es que se gastaba todo en viajar y en comer bien.

Creo que aquí le corto por ahora. Hoy se cumplen tres años de su muerte, y es la primera vez , desde entonces, que hablo de ella con más de algunas palabras. Todavía la extraño, y me imagino que seguiré extrañándola; fuimos muy buenos amigos.
Para cerrar, arriba, una foto de familia, tomada en enero de 2003. De izquierda a derecha, mi hermana Ana, la abuela Mina, mi madre, mi tía Irma (que se llama María Antonia; es toda una historia) y Krisma.

7 de abril de 2007

Álvaro Menen Desleal



Ayer hace siete años murió, en el Hospital Médico Quirúrgico, el escritor salvadoreño Álvaro Menen Desleal. Padecía de cáncer en el páncreas. Unos días antes de su fallecimiento le hicieron una operación exploratoria, en la que descubrieron que el cáncer se había extendido a otros órganos. Él no llegó a enterarse; no volvió a despertar.
La ilustración que abre este post era parte de su novela No digas amor ni ante un espejo, aún inédita. Es la novela de Luz negra, su pieza de teatro más famosa y exitosa, donde se conoce la historia de Goter y Moter, quizá los personajes de ficción literaria cuyos nombres conocen --y han visto, en diferentes versiones-- mayor cantidad de salvadoreños. Al final, Menen Desleal decidió eliminar las ilustraciones de su novela; quizá deban publicarse aparte en algún momento.
Dejó varios libros inéditos, entre ellos algunas piezas de teatro, ensayos, mucha poesía y algunos cuentos (dos o tres, que se suma al centenar que publicó en una decena de libros). A la derecha se reproduce una página de la farsa Una pizca de paz, que no llegó a publicar, escrita en 1961.
Menen Desleal, entre otras cosas, fue el primero en reivindicar en El Salvador el trabajo de escritor como una profesión de la cual debía vivirse, o al menos intentarlo. La ejerció con rigor y con un sentido del humor que pocos entendieron, y que le trajeron más problemas de los que a veces pudo soportar. Aquí hay un archivo de audio en el que habla del sentido del humor de los salvadoreños, o la falta de él, en una entrevista que le hice en noviembre de 1999 y que se publicó en la desaparecida Vértice. (Hay otros archivos de audio de otros autores en la página de La Casa del Escritor, aquí.)
En La mancha en la pared he puesto un artículo que se publicó en la Revista de la Universidad, de Guatemala, y en Cultura, de El Salvador, acerca de Menen Desleal y algunas de sus tribulaciones como escritor. Se puede encontrar aquí.
En fin, otro año más, otro año menos.


6 de abril de 2007

Limpieza de armario

Así como de vez en cuando toca revisar los armarios para tirar lo que sobra –en este caso no se permite regalarlo–, me puse a revisar qué textos tengo en el disco duro, para poner un poco de orden mental y, sobre todo, ver qué rayos está pendiente y qué voy a hacer con lo que haya, si vale la pena hacer algo.
En la carpeta de los libros inéditos encuentro un poema largo que alguna vez debía ser una cantata, con música del maestro mexicano Leonardo Velázquez, fallecido hace un par de años. El proyecto, iniciado en 1990, no se concretó, no sé si lo he contado por aquí. El maestro estaba haciendo la música, por encargo de la UNAM, y la cantata debía estrenarse para el 500 aniversario de la llegada de Colón a América, el 12 de octubre de 1992, en la Sala Nezahualcóyotl. Bien impresionante. De repente, unos meses antes, un viraje político y el proyecto fue cancelado. El poema en cuestión no me gusta mucho, pero Thierry Davo le encontró un lado bien interesante e hizo una traducción que, en serio, está mucho mejor que el original. Alguna vez pensé en publicarlo en una plaquette, pero resistí la tentación. No está del todo inédito; el poema se publicó, en español y flamenco, en una revista holandesa, por allí de 1992 o 1993. Nunca me mandaron un ejemplar, perdí contacto con la editora y no volví a establecerlo. No recuerdo siquiera del nombre de la traductora (porque fue una traductora); tenía un apellido larguísimo y un nombre con una “y” con diéresis.
Hay otro poemario, que me han ofrecido publicar un par de veces, pero he resistido. No me parece que aporte nada nuevo, aunque tiene un par de cosas buenas; les dejo el espacio a los que han hecho más méritos que yo en materia de poesía. (Del único que publiqué, Algunas de las muertes, en 1986, me arrepiento, me arrepiento, me arrepiento. Eso sí, han aparecido poemas sueltos por todas partes a lo largo de los años.)
Hay una pieza de teatro terminada, y bien bonita, que escribí de una sentada de tres días en 1998. Claro que la fui corrigiendo a lo largo de años, y gracias a amigos teatreros ha llegado a ponerse interesante. No le he hecho mucho caso, pero allí está.
Hay un ensayo acerca del “género” testimonial, que escribí en colaboración con la doctora Karen Schairer, de la Northern Arizona University, entre 1999 y 2001. He puesto por acá un par de capítulos. Hay cosas que han cambiado desde su escritura, y hará falta una ligera reingeniería. (“Ligera” y “reingeniería” rara vez son palabras compatibles; espero que en este caso sí.)
Hay varias novelas terminadas, corregidas e inéditas, concretamente tres; una de ellas se publicará en Francia este año, Breve recuento de todas las cosas. Lo paradójico es que ésa y otra ya publicada allá, Instrucciones para vivir sin piel, técnicamente seguirán inéditas: no están publicadas en español, y no creo que se publiquen pronto. Son rarísimas para lo que estilan las editoriales en español, incluso las independientes. (Lo más que me publicarán, este año, será Trece, en Guatemala.) Peor todavía: me gustan, y sería una maravilla poder verlas en un libro, en español, que para eso escribe uno: para leer lo que nadie más haría si uno no lo hace, y disfrutarlo.
Hay, también, uno de historia reciente, que escribí en 2002. Acabo de revisarlo y, sí, quiero que se publique ya. Hace cinco años era demasiado pronto; ahora va a funcionar bien y a cumplir el cometido que debe cumplir. Tengo posibles editores desde que lo escribí, pero no era el tiempo.
En fin, sea lo que sea, algo ocurrirá con esos libros; mi teoría –que no me ha fallado hasta ahora– es que uno no tiene que hacer demasiado para que los libros se publiquen; todos tienen su tiempo y su editor, y lo encuentran solos. El problema está con los proyectos iniciados y ya bien avanzados que, por algún motivo, no he podido terminar. En algún momento me trabé y dejé los textos para mejor ocasión, y llegó a darse el caso –según veo ahora– que simplemente los olvidé, y algo hay que hacer con ellos.
Hay una novela a la que le faltan unos cuatro capítulos de diez; el borrador está bueno, el tema está bueno, todo parece ir bien, pero no veo el modo de avanzar sin que se me disperse. O sea que tengo que buscar dónde está el error (tiene que haberlo), en medio de cien páginas, más o menos, que me trancó el texto. (Aquí entre nos, creo que no debí matar al Secretario General. Voy a ver qué pasa si sólo lo dejo herido. No lo quiero ileso, eso es seguro.)
Hay otra pieza de teatro, para dos actores –como la que ya terminé–, que está divertida y siniestra. Tiene partes muy tristes también, en especial la primera parte. Es de las que había olvidado. Hay que cambiar el último cuadro, y ajustar algunas cosas en medio. Ya lo había hecho, pero tenía los arreglos en la máquina de La Casa, se jodió el disco duro y.
Hay una novela que empecé a escribir en 1980, y no he podido terminarla. Creo que tampoco he querido; el tema cada vez se aleja más de lo que me interesa literariamente. Hace poco hablé por acá de que había encontrado una versión de 1983, y que podría salir algo interesante; pero acabo de encontrar una de 2003 (además de una de 2001, que deseché con justicia) y me parece mucho más sólida. Pasa algo interesante: aunque ha evolucionado de manera que se trata de dos novelas radicalmente diferentes, son excluyentes, porque los personajes y el núcleo son los mismos en ambas. Creo que me decidiré por la versión más “técnica”.
¡Hay unos capítulos de una novela de ciencia ficción! El tema y el título me los dio Hugo Martínez Téllez. Más bien se los pedí. Resulta que un día escribió una columna en un periódico acerca de un escritor que no existía, y de su obra, y una de sus novelas tenía un tema genial, del que no hablaré. Le dije que era una lástima que se quedara en eso, y me los regaló. Y, aunque no he avanzado más que unas treinta cuartillas –es de las que he olvidado–, bastaría con un mes de trabajo para tener un buen borrador. La historia es sencilla; lo difícil es la trama y –¿cómo no?– el manejo del tiempo: son historias paralelas que ocurren con diecisiete mil años de diferencia, y no sólo paralelas: una es espejo de la otra. Un espejo desfasado, pero espejo al fin. Bonito reto.
Hay dos textos muy raros, que deben terminar en novelas cortitas, digamos de unas 50 cuartillas cada una. El problema es que no he escrito nada que se le parezca, y me cuesta resolverlas; aunque el estilo parece sencillo, tiene sus complicaciones: uno corre el riesgo de ser innecesariamente denso y el otro innecesariamente ligero. El innecesariamente denso es del que hablé hace unos días, del que he perdido el final en algún cuaderno (y aún no lo encuentro); del otro no le he contado a nadie. Tiene que ver con una amiga a la que asesinaron hace años en México. Un día se fue a un bar y levantó al psicópata equivocado. La encontraron el día de navidad en su departamento, muerta como en las peores películas del género. Ése no es el tema central, pero sí el que me sirvió de arranque. El pretexto es una entrevista con el que supuestamente la mató, que habla de su mejor amigo. Algo así.
Y un montón de textos cortos. Un montón es un montón. La mayor parte son... uh... lo que entiendo por cuentos, aunque sé que no lo son. A algunos sólo hay que darles una corrección de rutina, otros hay que terminarlos, de otros sólo hay esbozos.
Y un rollo autobiográfico –no, no son unas memorias– que he estado trabajando desde enero, más por salud y orden mental que porque quiera publicarlo. Mi problema allí es que se habla de cosas terribles, pero está escrito de modo que resulta ameno, no dramático. Hasta tierno es el pinche libro. Me imagino que voy a tener que dejarlo descansar un muy rato, cuando lo termine, para poder asimilarlo.
No me voy a meter por ahora con las notas que tengo en cuadernos. Hay por lo menos cuatro novelas iniciadas, que no pintan mal, pero no es su momento.
El asunto, por lo que veo, es si me alcanzará la vida no ya para escribir unos libros más, sino para terminar los que tengo pendientes. Como buen escritor compulsivo, espero que sí. Ya imprimí un montón de páginas, a espacio sencillo, y me pondré a ver qué es lo más fácil de terminar sin que tenga que forzarlo, y sobre eso me iré.
Y pensar que hubo un momento en que me ofrecieron publicarme un libro y tuve que decir que no, porque acababa de salir el único que tenía terminado, y aun así le faltaba corrección... Eso fue en 1990, con Los años marchitos.
De verdad que alcanza la vida para un montón de cosas. Muchas de ellas las he quitado del currículum, porque no valen la pena, con todo y que se llevaron su buen tiempo. Quizá hable de eso mañana o pasado o un día de éstos. Ahora voy a cenar unos huevos con tocino, aprovechando que es vigilia.

Pérez-Reverte, Dumas y Alatriste

Durante meses, por allá de 1996, mi hijo Eduardo estuvo casi acosándome para que leyera un libro que le había fascinado, y que él a su vez había leído unas cuatro o cinco veces, El Club Dumas, de Arturo-Pérez Reverte.
No leo a Dumas desde hace muchos años, pero leí muchas veces varios de sus libros, primero en ediciones abreviadas (¡tenía siete u ocho años, por Dios!), luego en versiones completas, y El conde de Montecristo y Los tres mosqueteros siguen siendo parámetros. Me pareció, con esa lógica excesivamente simple que se le sale a uno a veces, que leer algo sobre las novelas de Dumas era por lo menos redundante. (Por eso quemaron la biblioteca de Alejandría: si lo que hay allí dentro no está en el Corán, es herético; si está, es redundante. Desde que conocí la frase y leí El Club Dumas uso otros pretextos para no leer lo que no quiero leer.)
Mi hijo dejó el libro en mi estudio, de manera que pudiera verlo desde la computadora, y cada vez que llegaba me decía que confiara en él una vez en la vida y lo leyera. Una tarde en que no tenía nada que hacer lo agarré, para darle gusto. Y lo que terminé, esa misma madrugada, fue un libro excepcional, que leí varias veces después de ésa y que regalé a gente a la que le gustan las cosas excepcionales. (Polanski hizo una versión cinematográfica, The Ninth Gate, con Johnny Depp. Sólo usa una de las dos tramas principales de la novela, referente a un libro que posee grabados con claves para invocar al demonio. No me parece la película más acertada de Polanski, ni la mejor adaptación de un libro, pero tiene su lado divertido.)
Me gustó, ante todo, que fuera una novela negra centrada en el mundo de los bibliófilos de hueso duro: los coleccionistas de libros antiguos, de ediciones únicas, y todo el submundo que se mueve a su alrededor. El detective, Lucas Corso, es uno de los personajes más convincentes del género, si acaso Pérez-Reverte tenía la intención de hacer algo dentro del género. Otros personajes, los bibliófilos, me recordaron en mucho a los personajes excéntricos, enfermos de codicia o de estupidez o de cualquier cosa humana, que desfilan por Las almas muertas, de Gógol. El propio Gógol era un poco de lo mismo: en un ataque de misticismo, o lo que le dé a la gente cuando le pega la religión, quemó la segunda parte de esa misma obra, lo que desde entonces ha provocador jalones de cabellos entre sus lectores, porque lo que sobrevive de Las almas muertas es genial.
Me gustó también, en la novela de Pérez-Reverte, el personaje del ángel, que a la hora de verse en pantalla pierde mucho. Y, en especial, que veía a un narrador fino, inteligente y con un manejo sabio de sus recursos narrativos, que eran muchos.
De inmedito busqué más de él y encontré La tabla de Flandes, y luego La piel del tambor. La primera me gustó, aunque no se veía al escritor potente de El Club: una bonita novela "de enigma" que, me temo, a ratos no tendrá sentido para quienes no hayan estado metidos en el ajedrez y sus obsesiones. La segunda... bueno... no me creí el punto de partida y de llegada --que es más o menos obvio desde el principio--: a una anciana cuya característica más notoria es que toma Coca-Cola hackea los servers del Vaticano. No me la creo, y menos en 1995, fecha de publicación del libro. (Ya en unos años los háckers originales serán ancianos y harán sus cosas; por ahora son señores de mediana edad, apenas.)
Cuando empezó a aparecer la saga del Capitán Alatriste, corrí a comprar el primer tomo, titulado precisamente El capitán Alatriste, escrito en colaborción con su hija Carlota. Empecé a leerlo y simplemente no pude pasar de algunas páginas. No pude. Lo único que saqué de él fue la excelente frase con la que inicia la novela:

No era el hombre más honesto ni más piadoso, pero era un hombre valiente.

No me terminé de tragar al personaje de Francisco de Quevedo, gran amigo de Alatriste. El personaje narrador, Íñigo Balboa, no sólo me recordó demasiado a Adso de Melk, el narrador de El nombre de la rosa, de Umberto Eco --mucho más interesante y con un maestro más profundo--, sino que se gasta demasiado tiempo en eso de la ambientación y de contar lo que significa cada cosa de la época ("mil quinientos veinte y tantos"), se la pasa diciendo que España es España porque es España --cosa que ya sabíamos-- y repitiendo cada tanto las mismas frases como para que al lector no se le olvide lo que dijo. Y en serio que al lector no se le olvida. Así que no pasé de algunas páginas, y a lo que sigue.
A los meses compré la segunda novela, Limpieza de sangre. Tampoco logré tragarla, aunque el tema me interesó.
Cuando venía de Arizona a El Salvador, por primera vez en 24 años, compré la tercera, El sol de Breda, que encontré en una librería de Flagstaff, Bookmans, a un par de dólares. (¡Es una librería extraordinaria! Sólo venden cosas usadas. Tienen decenas de miles de libros de cuanto tema o disciplina uno quiera, perfectamente clasificados, y discos, adornos, todo baratísimo.) Era la primera novela que leía en español en casi medio año, así que me la leí desde que esperaba a que saliera el avión en Phoenix hasta algún lugar entre Dallas y Guatemala. Me resultó pesada, por lo mismo que ya dije, pero la acabé, y tomé varios descansos para traducir pedazos de Notes Towards de Definition of Culture, de Eliot, que ojalá se publicara por aquí; hace falta.
Me han regalado otras dos de las novelas de Alatriste (hace poco salió la sexta), y la verdad no he tenido hígados para leerlas. En especial porque he leído o empecé a leer otras cosas de él que me desagradaron.
La primera fue El maestro de esgrima, que me eché completa y por disciplina A diferencia de El Club Dumas, y hasta La tabla de Flandes, no me creí a uno solo de sus personajes, vi el desenlace casi desde el principio, me resultó interesante todo lo de la técnica de esgrima, pero me parece que una novela no es el lugar para tomar un curso intensivo de cosas que uno no sabe cómo funcionan (y si lo sabe es redundante, vaya). Ante todo me dio una triste impresión: que había escrito y terminado el libro a la carrera, como para publicarlo lo antes posible, y que no le dio más que alguna revisada.
Traté después con La carta esférica, y ni siquiera llegué a la página veinte. Con La reina del sur me fue mejor: pasé, con gusto, de la mitad, y de repente, zaz, páginas y páginas acerca del Mediterráneo, de los contrabandistas en el mediterráneo, de ambientación, de más ambientación, España es España porque es España (versión mediterránea) y los personajes bien, gracias, y otro tanto con la historia. Con esas tres me pareció que Pérez-Reverte estaba escribiendo "con manual", siguiendo una fórmula, y me sentí estafado: me había dado El Club Dumas sólo para que comprara las demás, y las demás no estaban valiendo a pena. Por curiosidad hojeé Cabo Trafalgar, y no quedé invitado.
En fin, hace un par de años me regalaron en Santillana de Guatemala una bonita edición de lujo de El capitán Alatriste, publicada por Aguilar en la colección Crisol. Me chocó un poco: Crisol está conformada por libros pequeñitos, de no más de diez o doce centímetros de largo por unos siete u ocho de ancho, unas miniaturas sensacionales. De ellos tengo obras en prosa de Quevedo, El príncipe, de Maquiavelo, y dejé en México y Costa Rica y en manos de amigos algunos por el estilo. Supongo que Aguilar habrá considerado que la novela era un clásico, o habrá alcanzado ventas suficientes para ameritar la edición de lujo, forrada en piel y todo.
En fin, hace unos días me puse a pensar qué leer en la semana santa (ahora estoy oyendo una procesión fuera de casa, con cura, megáfono y todo), y dije que quizá lo mío fueran prejuicios, y me puse a leer El capitán Alatriste, con la intención de terminarlo. El estímulo era leerlo en la edición de Crisol. Funcionó, porque lo terminé, aunque básicamente mis observaciones son las mismas: hay que perdonarle muchas cosas al texto. O quizá los libros "de época", como los entiende Pérez-Reverte, no son para mí, y menos si traen esgrima.
Como sea, además de la excelente frase inicial de la novela, hay fragmentos de poemas satíricos, o francamente de insulto, de don Francisco de Quevedo Mi favorito de los que vienen allí puede leerse en la imagen que sigue, y tiene que ver con la mítica enemistad que mantenía con Góngora:


Pongo el poema completo:

Este que, en negra tumba, rodeado
de luces, yace muerto y condenado,
vendió el alma y el cuerpo por dinero,
y aun muerto es garitero;
y allí donde le veis, está sin muelas,
pidiendo que le saquen de las velas.

Ordenado de quínolas estaba,
pues desde prima a nona las rezaba;
sacerdote de Venus y de Baco,
caca en los versos y en garito Caco.
La sotana traía
por sota, más que no por clerecía.

Hombre en quien la limpieza fue tan poca
(no tocando a su cepa),
que nunca, que yo sepa,
se le cayó la mierda de la boca.
Éste a la jerigonza quitó el nombre,
pues después que escribió cíclopemente,
la llama jerigóngora la gente.
Clérigo, al fin, de devoción tan brava,
que, en lugar de rezar, brujuleaba;
tan hecho al tablarejo el mentecato,
que hasta su salvación metió a barato.

Vivió en la ley del juego,
y murió en la del naipe, loco y ciego;
y porque su talento conociesen,
en lugar de mandar que se dijesen
por él misas rezadas,
mandó que le dijesen las trocadas.
Y si estuviera en penas, imagino,
de su tahúr infame desatino,
si se lo preguntaran,
que deseara más que le sacaran,
cargado de tizones y cadenas,
del naipe, que de penas.
Fuese con Satanás, culto y pelado:
¡Mirad si Satanás es desdichado!

Hay también fragmentos de poemas de Góngora, como:

Musa que sopla y no inspira,
y sabe por lo traidor
poner los dedos mejor
en mi bolsa que en su lira...

Puede encontrarse aquí el poema completo, dedicado "A Miguel Musa, que escribió contra la Canción de Esgueva". Dice Pérez-Reverte que es para Quevedo, pero en la página donde viene el poema puede verse que no necesitaba Góngora de ocultar nombres para dedicar lo que dedicare.
Voy a tratar de leer las novelas de Alatriste que tengo y que me falta por leer, o sea tres más. Si no resulta, no me quedará más remedio que releer el Club Dumas; ése seguro que lo disfrutaré.

3 de abril de 2007

Cuando era fácil ser de izquierda

Y no es que haya habido una época en que fuera fácil, no vaya a creer, y desde el mismísimo principio, en la Revolución Francesa, se andaban mandando a cortar las cabezas mutuamente, y llegó Napoleón I a enseñarles que todo es relativo, y no aprendieron, de verdad, no han aprendido; y allí tiene La Internacional cuando no era sólo la Primera Internacional (se quedaron en cuatro, y La Cuarta era rarísima), y las broncas entre Marx y Bakunin (ese genial viejo topo), y luego bolcheviques contra mencheviques y el renegado Kaustzky, y luego Stalin contra Trotsky y los pioletazos, hágame el favor, y así sucesiva y disyuntivamente. Y no le cuento en El Salvador, donde se llegaron a matar por alguna palabra de diferencia en las declaraciones de principios, que es como decir por una mala mirada, y si no creen allí están Roque Dalton el asesinado o Mayo Sibrián el psicópata de la izquierda, no el único en la historia, pero sí muy nuestro.
Eran momentos, apenas, en los que era fácil. Un par de horas de vez en cuando en que uno se ponía a oír música junto a "los otros" y las diferencias desparecían, y todos aplaudían igual, y éramos hermanos porque en una plaza o en una peña o en un auditorio alguien cantaba una de Quilapayún o de Víctor Jara, aunque fuera una de Atahualpa Yupanqui (¿aunque fuera?, ¡el viejo era candela!) o de preferencia una de Violeta Parra, la madre de todos nosotros. Después dejábamos de querernos, porque los intereses del proletariado o las alianzas de clase o el reformismo y el ultraizquierdismo o lo que guste y mande. Pero, mientras, uno era feliz y bueno, y todos de izquierda, y hermanos.
Cuando era músico, estudiaba música, iba a ser director de orquesta y tenía que ganarme la vida y mantener a un bebé que ahora tiene 29 años, tuve mi ración de hacer que los compañeros fueran en efecto compañeros durante el tiempo en que cantaba, solo o acompañado, con tres canciones o con un programa completo, y era más feliz por eso que por el hecho de cantar, y ya cantar era motivo bastante. Tocaba en bares y fiestas y lo que cayera y así me ganaba la vida (también empecé por esos días con el periodismo, con un salario que daba lástima), pero era mejor un festival en el que acababa echando unas monedas en el bote en lugar de cobrar, y a veces, al final, nos juntábamos todos los que hubiéramos estado y el asunto terminaba en baile: compañeras de una organización bailando con compañeros de otra, y todos al mismo tiempo.
Hubo canciones que me negué siempre a cantar, como la de "Dale la mano al indio" y "Si se calla el cantor", de lo más pequeñoburguesas, y uno sería pequeñoburgués, pero tenía límites. (No la traigo contra Viglietti. Es más: pongo un link para el video de una canción titulada Daltoniana por razones obvias; la letra está aquí.) Igual me echaba alguna de Víctor Jara, por no dejar, como Te recuerdo, Amanda o Ni chicha ni limonada, pero mi favorita era "El cigarrito", poco izquierdosa a menos que se vea la intención del video, que pongo completo y no sólo el link, porque en serio. (Hasta hoy, nunca había visto un video de Víctor Jara. No me ha cambiado la vida, pero él me dio esa canción, y algunas más, y se lo agradezco.)



No recuerdo si en 1976 o en 1977 fui a ver con mi madre a los de Quilapayún, que en este video están más o menos como estaban. Lo impresionante del video es que se filmó en el Estadio Nacional de Chile en 1973, es decir poco antes del suicidio de Allende, la llegada de Pinochet y que asesinaran, allí mismo, a Víctor Jara. Me puse a ver videos más recientes de Quilapayún y no me gustaron, en especial uno titulado Malembe, que les oí en aquella ocasión. Algo que era tan serio y alegre en 1976 o 77 se convirtió en una caricatura, y así no. Y se nota que después de tocar la canción tantas y tantas y tantas veces algo se perdió, y no le cuento del contexto que dio origen a la pieza en cuestión, y la intención pero, en fin, qué rayos: de algo hay que ganarse la vida.
Ahora ser de izquierda es igual de relativo que siempre, pero un concierto no arregla nada ni siquiera durante un par de horas. Ahora ser de izquierda es estar enojado siempre, y ¿cómo cantar y hablar de esperanzas así, enojado? Porque antes ser de izquierda era tener esperanzas, y quizá por eso "El pueblo unido jamás será vencido tenía sentido", aunque más tarde y a solas uno se preguntara: "¿Será que sí?" Pero cómo no iba a ser. Pero cómo no. Pero cómo. Pero.
(Para que no digan, aquí está cantada en el Estadio Cuscatlán por militantes del FMLN. Claro que con pista de Inti Illimani, no con un grupo musical, a la antigüita. Y aquí está tocado directamente por los Intis, en un festival celebrado en 2006. La versión es lenta, quizá por tantos años que llevan cantando la canción; uno se cansa. Si me preguntan, de ellos prefiero algunas de la Violeta, y algunas instrumentales, y de preferencia una instrumental de la Violeta, La partida. Y por las edades de los ejecutantes veo que no quedan muchos de los Intis originales...)
Era lindo cantar y fácil ser lo que uno era. Ahora ya no canto mucho, pero igual de tarde en tarde sale alguna de Zitarrosa (no hallé un video decente de AZ, así que pongo éste, que no tiene nada que ver y es hasta de mal gusto, pero la voz es de Soledad Bravo, que algo sabía de eso) o de la Violeta. ¿Cómo no regresar a la Violeta? ¿Cómo no cantar de tarde en tarde a la Violeta?

2 de abril de 2007

Eliot, cuadernos y el final perdido

Thierry Davo ya tradujo, y ya entrará en proceso de edición, el Brief inventaire de touts les choses. Antenoche me puse a revisarlo (en español, desde luego) y encontré un error que no parece demasiado importante, pero me puso a temblar de ansiedad.
En el capítulo 2, el personaje central decía que Ágata lo siguió mientras paseaba, y siguió siguiéndolo; él trató de evadirla durante horas, pero ella siempre lo encontraba. Cuando llegó a su casa, y sin que viera de dónde salió, ella entró antes que él y le pidió que la esculpiera. (Hay que leer el libro para enterarse de qué se trata.) Se quedó, en fin, mientras él se dedicaba a matar conejos --su madre le había dejado un criadero de conejos-- y se sentó en una mecedora, y esa mecedora no era la misma que ella había usado durante toda la vida para ver pasar el mundo por la ventana. O sea: él le consiguió otra mecedora. En el capítulo 4, ella decía que él fue a su casa por su mecedora, y que fue lo único que llevó de sus cosas viejas. ¡Desde 1988 hasta anteayer no me había dado cuenta! Por algo a los gazapos (erratas que afectan el contenido) les llaman gazapos (los bebés de los conejos, que se agazapan mejor que nadie si hemos de creer en las etimologías).
De inmediato lo corregí y le envié una carta a Thierry, que desde luego no se la tomó tan a la tremenda. Me preguntó, también, que qué era lo que seguía para publicar. Es fácil: Un mundo en el que el cielo cae y cae, que ya tiene traducido desde el año pasado. Pero ¿y para los años siguientes?
Lo que hice fue mandarle una serie de textos en diferente estado de elaboración, o ya terminados, para que me dijera qué rayos podríamos hacer con ellos. La conclusión, después de su respuesta, fue hay debo terminar varios textos que ya están para compilarlos en un solo libro. Son textos que he elaborado a lo largo de años, que curiosamente tienen relación entre sí.
Uno de ellos, "Diario de enero", tiene varias historias, pero contaré sólo una.
Empecé a escribirlo en 2000, en el Hospital Médico Quirúrgico, al día siguiente en que internaron a Álvaro Menen Desleal. Fui a buscar a Álvaro, no me dejaron pasar, y llamé a Cecilia, su esposa. Me dijo que iba en camino y, mientras me fumaba un cigarro y me tomaba un refresco, me puse a escribir junto al teléfono. No sabía muy bien qué estaba escribiendo, pero me pareció que funcionaba. (Es algo de un tipo que sólo puede recordar que olvida, y sus olvidos y sus recuerdos son falsos. Leerlo no es tan difícil como explicarlo.)
Llegó Cecilia, estuve un rato con Álvaro y me fui a trabajar después de escribir otro rato en la entrada. O salida, según.
Al día siguiente regresé un rato al HMQ, a platicar y trabajar un poco en la edición de Tres novelas cortas y poco ejemplares, que estaba por publicarse, y él me pidió que la revisara. En los ratos en que recibía visitas o médicos me ponía a escribir.
Dos días antes de la operación, me fui a hablar por teléfono, me llamaron del diario y me fui a hacer lo que tuviera que hacer. El relato lo estaba escribiendo en una agenda que me regalaron en EDH para navidad, y la dejé olvidada en el teléfono. Me di cuenta cuando ya estaba en el diario. Perdida sin remedio, pensé.
Al día siguiente, el día de la operación, trabajamos con Álvaro en la edición y corrección de La bicicleta al pie de la muralla y otras cosas. "Usted sabe que es posible que no salga vivo de esa operación", me dijo, y nos pusimos a hablar acerca de qué hacer con sus cuentos completos, un proyecto que habíamos trabajado no muy detenidamente en los pasados meses (los tituló Cuentos incompletos y maravillosos), la novela inédita y otros asuntos. Le dije que había perdido el cuaderno y se condolió en serio. Me recomendó que tratara de reconstruirlo, pero el texto era tan raro y tan complejo que era imposible. Nos despedimos y ya no volví a conversar con él. (Esa misma tarde se casó formalmente con Cecilia e hizo su testamento.)
Por la noche, alguien llamó al periódico: era un muchacho que trabajaba en una farmacia de Montserrat. Había encontrado la agenda y quería devolvérmela. Rodrigo Baires me llevó en su heroico carro de entonces (¡caminaba!) y allí estaba el relato, recuperado. El muchacho de la tienda, buena onda. Ni siquiera traté de ofrecerle una recompensa; era obvio que lo hubiera ofendido. (Me pasó otra vez con otro cuaderno y con el gafete de EDH: los perdí, alguien los encontró, me los devolvió. Buena onda.)
A la mañana siguiente Cecilia me llamó para decirme que la operación no había salido bien (al parecer hubo muerte cerebral, pero ella tenía esperanzas). Fui al hospital a conversar un rato, fui al trabajo y por la tarde llevé La bicicleta a la DPI. Yo mismo pasé las correcciones, aunque el encargado de tipear se ofendiera un poco. No sólo era para que quedaran mejor; era para estar un poco más cerca de Álvaro, estuviera donde estuviera.
Empezaron las hemorragias, y el hospital pidió donación de sangre, algo así como 14 litros, y fui a dar mi parte. Allí me encontré con Luis Alvarenga, que también iba a lo mismo. Sólo había platicado una vez, muy poco, con él, y esa vez tampoco hablamos demasiado, porque nos llamaron pronto para lo de la donación. Yo acababa de escribir un artículo acerca de la huelga de médicos del Seguro Social, en el que decía que la patronal no era el gobierno, sino el pueblo, y era al pueblo al que se estaba afectando con los cierres de hospitales y servicios y todo lo demás. Un artículo duro, creo.
Me pusieron en una camilla y la doctora hizo todo el ritual de sacarme sangre. Cuando ya había clavado la aguja y la sangre estaba saliendo, le dije algo como que qué buena mano tenía para eso, que no me había dolido. "Para que vea por lo que peleamos --me dijo--, para que esto sea posible." Le pregunté que por qué me lo decía, me miró a los ojos con una sonrisa un tanto tensa, pero amable, y me contestó: "Usted sabe por qué lo digo." Estuve a punto de pegar el brinco y quitarme la aguja y salir corriendo, pero el estilo es el estilo, y todavía no había perdido --ni he perdido aún-- la confianza en la humanidad. (Claro que hay cada imbécil...)
Salí, me senté fuera de la clínica y me puse a escribir más del cuento. Escribía un poco cada vez que iba, y en los días siguientes en que fui, más para conversar con Cecilia que por ver a Álvaro; de hecho no volví a verlo. Una de las reglas para hacer el relato era que sólo lo escribiría en el HMQ, mientras Álvaro estuviese allí. Es una tontera, pero fue lo que decidí, y asi pasó.
El día en que murió ya había terminado el relato, con la excepción del cierre. Según mis cálculos, me faltaba un párrafo, nada más que uno. Y no pensé en eso al oír a Cecilia del otro lado, y no pensé en el relato en varias semanas. Sé algo: cuando me dijeron que Álvaro había muerto, estuve seguro de que mi padre moriría también. Fue una certeza triste, sin más fundamento que la tristeza. Lo de Álvaro fue cáncer en el páncreas; mi padre estaba luchando contra el suyo desde hacía meses, y estaba a punto de otra operación. Moriría cuatro meses después.
En fin, un día me puse a pasar a máquina el relato y, sí, estaba rarísimo. Ajusté aquí y allá, moví cosas de un lado a otro, resolví detalles como la distancia de una puerta a una esquina, el tiempo que se tarda un anciano en correr una cuadra y recuperar el aliento, etcétera. Al llegar al final me trabé. Sabía cómo debía terminarlo, pero no encontraba las palabras. Lo dejé, y a lo largo de los años, cada cierto tiempo, he agarrado el relato para tratar de terminarlo, y siguen sin salir las palabras. Sé que es un párrafo apenas, y sé que es endemoniadamente difícil ese final en ese espacio, pero cosas más difíciles me ha tocado escribir y he salido airoso.
Pues bien, éste es uno de los textos que entraría en la recopilación que propone Thierry. Ahora tengo que imprimirlo y, pase lo que pase, hacer el final. Y lo voy a hacer en semana santa. Garantizado. (Eso espero.)
Luego, a principios de 2004 empecé un relato rarísimo, lo más cercano que he escrito a una historia de amor. Lo fui armando hasta principios o mediados de 2006, y luego lo dejé descansar. Hasta escribí un final, que según yo había pasado a máquina. Y hace un par de días lo revisé y no, no lo he pasado, o lo pasé en la máquina de La Casa, cuyo disco formatearon hace un par de meses sin tratar de recuperar lo que había dentro. Pero seguro que está en algún cuaderno, porque todo lo escribo en cuadernos, y luego paso en limpio. Lo más probable era que estuviera en el cuaderno donde, precisamente, escribí el relato. Pero no. Allí se corta en el capítulo anterior. Debió ser en otro entonces, y no recuerdo en cuál, porque son decenas, y seguro después escribí algo más, y ahora a identificarlo... Y he buscado y no lo hallo. Y a lo mejor no lo escribí en un cuaderno, sino al reverso de las hojas donde imprimí ese relato, que no sé dónde quedaron, porque hay cientos por todas partes. O no. Son como cinco páginas, no más, pero igual: es un relato tan complicado --me refiero al armado, no a la lectura-- que no podría reproducirlo. O sea que tengo la semana santa también para encontrarlo. (Excepto el miércoles; tengo que trabajar con una compañera de La Casa.)
De los otros textos ya veremos. Quizá quede Espejos, que ya está traducido también, y publicado en el bonito catálogo literario de Cénomane; quizá no.
Todo lo anterior es porque, buscando el final perdido, encontré que hice, quizá a finales de 2002 o principios de 2003, la traducción de una parte de The Waste Land, de Eliot. La idea era que Krisma lo leyera. En La mancha en la pared reproduzco el primer canto, El sepelio de los muertos. Es una versión preliminar, pero algo tendrá de bueno.

1 de abril de 2007

Hamlet, Acto III, Escena XVII

Traducción de Inarco Celenio, 1788. Se puede encontrar aquí.

HAMLET.- [...] Parece que me quieres hacer caer en alguna trampa, según me cercas por todos lados.

GUILLERMO.- Ya veo, señor, que si el deseo de cumplir con mi obligación me da osadía; acaso el amor que os tengo me hace grosero también e importuno.

HAMLET.- No entiendo bien eso. ¿Quieres tocar esta flauta?

GUILLERMO.- Yo no puedo, señor.

HAMLET.- Vamos.

GUILLERMO.- De veras que no puedo.

HAMLET.- Yo te lo suplico

GUILLERMO.- Pero, si no sé palabra de eso.

HAMLET.- Más fácil es que tenderse a la larga. Mira, pon el pulgar y los demás dedos según convenga sobre estos agujeros, sopla con la boca y verás que lindo sonido resulta. ¿Ves? Estos son los toques.

GUILLERMO.- Bien, pero si no sé hacer uso de ellos para que produzcan armonía. Como ignoro el arte...

HAMLET.- Pues, mira tú, en qué opinión tan baja me tienes. Tú me quieres tocar, presumes conocer mis registros, pretendes extraer lo más íntimo de mis secretos, quieres hacer que suene desde el más grave al más agudo de mis tonos y ve aquí este pequeño órgano, capaz de excelentes voces y de armonía, que tú no puedes hacer sonar. ¿Y juzgas que se me tañe a mí con más facilidad que a una flauta? No; dame el nombre del instrumento que quieras; por más que le manejes y te fatigues, jamás conseguirás hacerle producir el menor sonido.