9 de abril de 2007

La espontaneidad y otras malas hierbas


La semana santa me sirvió para descansar, para imprimir un montón de textos pendientes y para corregir sólo uno, pequeño. Es una especie de cuento de unas nueve cuartillas cuyo borrador escribí en 2000, en una semana, junto a un teléfono público afuera del Hospital Médico Quirúrgico, por los días de la muerte de Álvaro Menen Desleal. Hablé de él aquí, hace unos días.
Encontré un final posible, que seguramente cambiará; igual la idea funciona. Después de pensarlo bien, me parece que como estaba, con el final trunco, puede funcionar también según el modo en que por lo general trato mis textos, pero no está de más buscar opciones. Imagino que en unos días o semanas sabré si queda con el final nuevo o con el "no final" que ya tenía.
Ya había trabajado varias veces "Diario de enero" a lo largo de los años, y según yo sólo le faltaba una ligera corrección y el final, que ahora está en duda. Al principio no me sentía muy cómodo con el lenguaje del personaje, pero --también según yo-- había logrado ajustarlo; también me parecía que el personaje era bastante coherente y que el primer párrafo era oportuno.
Cuando estoy armando una versión definitiva de algo, me la imagino impresa y la leo como el más duro de los lectores, de ésos que no perdonan una coma. Le di tres, cuatro pasadas al texto, y seguía incomodándome, y no sabía por qué. A la quinta o sexta encontré gazapos: frases que parecían buenas --y quizá lo fueran en otro contexto-- y que eran sólo obviedades, repeticiones o no venían al caso. Y por fin me resigné a algo: el primer párrafo no servía, y lo eliminé con algo de dolor, según se ve en la imagen. Hay una frase que me gusta en especial: "Lo único que me queda de ella, además de su nombre, son sus fotos, que cada vez se parecen menos a lo que ella debió ser." Es reescribible, claro, pero me gusta. Traté de ponerla en otro lado, y no cabe; la guardaré para mejor ocasión.
Lo que me vino a la cabeza mientras trabajaba el texto --además de sueño; he dormido mucho en estos días-- fue la práctica de muchos escritores, de todo nivel y edad, de no corregir mucho: escriben el texto en unos días o semanas, le dan una corrección tan profunda como lo permite la prisa y listo, tenemos un libro nuevo o un cuento nuevo o un poemario. Muchos se quedan inéditos, algunos se autopublican y otros, muy pocos, salen bajo algún sello editorial, no necesariamente de bajo calibre, y no necesariamente con poco éxito comercial. (No necesariamente con mucho pudor...)
Creo que hay varias premisas de las que parten quienes corrigen poco:
1. Después de alcanzar cierto nivel técnico y de conocimiento literario, es mucho más fácil escribir, y los textos salen mucho mejores. En mi caso, todos los textos me han costado lo mismo que los primeros, e incluso los últimos --con muy pocas excepciones-- me han sacado más canas que los anteriores. (Canas blancas. No quiero hacerme el sufrido ni el de pelo de color ajeno a los estándares.) Creo que uno puede saber perfectamente cómo va a funcionar la estructura del texto, los personajes, la trama, lo que sea, pero es como un ataque de migraña: por mucho que uno conozca de qué va la cosa, siempre duele, y hay que pasar por lo mismo. Lo único que garantiza el conocimiento es la paciencia necesaria para pasar por el proceso. Es cierto que cada vez los textos salen más armados, que los personajes se mueven con más fluidez, que el lenguaje se encuentra con menos problemas; pero también es cierto que, solucionados ciertos asuntos técnicos gracias a la práctica, uno se meterá en otras complicaciones para que escribir siga valiendo la pena, si es que escribir --a secas-- es lo que uno quiere.
2. Si el texto se trabaja demasiado, se perderá la idea original. Y tiene algo de cierto. Cuando uno se pone a escribir, se traza un objetivo, al que, si la maquinaria funciona como debe funcionar, jamás llegará. En el camino aparecen siempre nuevas ideas, personajes, frases, "giros" que el propio texto exige. Si uno se pone necio con sus objetivos originales, seguro el texto será forzado, sin mucha verdad literaria, que es la que importa en la... uh... literatura; si uno va modificando la dirección, algo interesante podrá salir. Y aquí hay otro motivo para corregir bien un texto: cuando uno lo comenzó pensaba en una cosa, y al terminarlo pensaba en otras. Hay que ajustar todo para que desde el inicio se apunte hacia el nuevo objetivo, el que uno descubrió como los va descubriendo en la vida, a punta de prueba y error. Me gustaría decir que un texto no puede trabajarse "demasiado", pero sería mentira; he visto muchos arruinados por el exceso de celo, y un par de los míos descansan en paz por lo mismo.
3. Si se corrige mucho el texto, perderá espontaneidad. Esta premisa parte de ideas mucho más soberbias que las anteriores, aunque a veces tienen su lado ingenuo. Por ejemplo, creer que uno es capaz de lograr un texto fluido --ya ni siquiera espontáneo-- con las herramientas que tiene, muchs o pocas. Si algo he aprendido es que un texto no nace espontáneo, ni siquiera fluido: es a través de la corrección, del pulido, del trabajo fino, del tiempo de reflexión, que se logra algo que parece escrito a la primera. Otro aspecto es que un texto, al escribirse, tiene siempre mucho del autor, y sólo con el trabajo va adquiriendo personalidad propia. Y uno no es lo suficientemente interesante, ni sus ideas ni sus sentimientos, para aparecer en un texto, en serio. Mucho de lo que uno elimina para lograr el "texto espontáneo" es precisamente lo espontáneo, lo más cercano a uno, lo que se le ocurrió en el momento, y que a la hora de revisar a fondo brinca a la cara con las uñas por delante; ya uno decidirá si aguanta el arañazo, y si le gusta.
Y más, pero me quedo en lo evidente.
El proceso de correción también tiene otro sentido. Al plantear el texto, al hacer el primer o segundo borrador, uno no lo tiene totalmente asimilado, en la medida en que está ligado emocionalmente al texto. Es su hijito recién nacido. Cuando uno se separa un poco de él, empieza a verle las imperfecciones. A los hijos hay que quererlos así, y tratar de ayudarles para que vivan lo mejor que puedan con lo que traen; los textos pueden modificarse hasta que encuentren su forma ideal, su tamaño adecuado y desarrollen su potencial.
Y hay algo bien cierto: a un texto "joven" siempre le faltan partes (casi tantas como le sobran), y hay que construírselas. A veces se logra pronto; a veces simplemente a uno no se le ocurre cómo construirlas, y arma soluciones provisionales que uno sabe que están mal, pero que sirven para mientras. ¿Por qué a uno no se le ocurre a veces cómo solucionar una parte o añadir algo, o no se fija siquiera en que algo no anda bien? Pues porque no se le ocurre; tan simple. Hay que esperar el momento de la ocurrencia, y hay que tener cuidado de no dejarlo pasar.
¿En qué momento decidir que un texto ya está? Es una de las preguntas que más me han hecho, y la respuesta ha sido la misma durante años: no tengo la menor idea. Uno sabe cuando el texto ya está. Incluso si tiene prisa, uno sabe.
Hace unos días hablaba de la cantidad de textos que tengo pendientes, y habrá quien piense que escribo muchísimo o que soy un vanidoso. Lo segundo me tiene sin cuidado, y lo primero es falso. No es que escriba mucho: es material acumulado a través de los años, al que tengo que darle salida tarde, temprano o nunca. No quiero que sea la última opción.
Comencé a escribir a los dieciséis recién cumplidos. A los 25 publiqué mi primer libro, a los 26 el segundo, a los 30 el tercero, a los 36 el cuarto. Cuatro libros en veinte años. Si los otros nueve o diez se han publicado en los once años siguientes --más los que se acumulen en 2007--, no es porque haya aumentado el ritmo de trabajo, sino porque tengo cosas que comencé a escribir hace mucho y que he ido terminando poco a poco.
Un texto de nueve páginas corregido --y aún no del todo-- en una semana santa. Nada mal. También me pasé buenos ratos con Krisma y Valeria, y tuvimos visitas, siempre agradables, de buenos amigos.

2 comentarios:

Vanessa dijo...

Ya te lo he dicho, deberías escribir un manual: Como ser Escritor y no morir en el intento. Pero ya sé tu opinión al respecto. Seguimos chateando. Saludos.

Rafael Menjivar Ochoa dijo...

Fíjate que he estado tentado, porque cada vez que llega un compañero hay que echarse casi el mismo rollo. Y más bien diría: "Cómo morir dignamente en el intento."
No sé... Necesitaría que me echaran la mano tú y los compañeros para ver qué es lo más importante.