1 de febrero de 2011

La palabra

Uno no ha perdido, alguna vez, la oportunidad de decir alguna como “la palabra es mi arma”, no sin un poco de temor porque más de alguno se ha quedado acribillado por y en su propia declaración de principios o porque alguien puede descubrir la simple y dolorosa verdad: uno escribe porque es lo único que sabe hacer, y haría lo mismo en las mismas circunstancias siquiera por pasar el tiempo, siquiera porque es lo oportuno. ¿Qué más se va a escribir cuando uno está al pie de la horca en un país ocupado por los nazis, y tiene papel y lápiz suficientes, sino el Reportaje al pie de la horca? Pongamos a Julius Fucik, el reportero, en el escenario, con el nombre que sea, y tendremos no a un héroe escribiendo la crónica de su muerte, sino a un hombre haciendo algo natural.
Varia gente a la que respetaba murió así, o sufrió atentados o exilio, de modo que no estoy diciendo que eso es morir por los motivos equivocados. Quizá, en tiempos de crisis (guerra, guerra civil, ocupación militar, etcétera) haya menos persecución contra gente que escribe palabras que, digamos, contadores públicos o biólogos, dados los respectivos y honrosos casos (hay que recordar a don Celestino Castro, biólogo marino, gran militante y eterno preso político). Pero uno va a escribir en papelitos, cuadernos, como antes en roca, cera o piel de animal, “porque así es”, y hacer explícito el acto no es más que... bueno... hacer explícito el acto, como lo hago yo en este momento, no sé bien por qué.
(Escribo en el hospital, y me llevo un par de horas en la madrugada en tan sólo un par de párrafos. Tampoco dije que fuera fácil o no se llevara un montón de energías. Pero allí está.)

2 comentarios:

Felipe dijo...

Las palabras son tu osadía, pinche Rafa; el testimonio de que nadie puede amar mundos armados, simplemente porque no es de humanos, te pertenece... Te quiero mucho. Nicolás

Aniuxa dijo...

Abrazos inmensos