Hablar (paja) y escribir (bien)
A veces se confunde la capacidad --limitada o no-- de hablar acerca de algo con la capacidad de hacer ese algo. O peor: la capacidad --limitada o sí-- de hacer ese algo con la autoridad necesaria para erigirse en autoridad.
Ése es el problema de muchos críticos de andar por casa: manejan nombres, frases, fechas, tendencias, toda la parafernalia, pero son incapaces de escribir algo original y, en ocasiones, coherente o acertado; sus ideas no tienen que ver con el hecho artístico, sino con sus propias necesidades de obtener status como gente de arte o cercana a él, y no podrán ver la grandeza o pequeñez de una obra por
a) sus obvias limitaciones y
b) su objetivo no es el arte, sino acicalar su ego.
O poetas de mediano pelo que, por el hecho de serlo y de haber leído algunos libros, además de haber acumulado edad --y no necesariamente experiencia--, creen que pueden repartir criterios o certificados de calidad, de salud y de la validez o no de las opiniones de personas que se han dedicado un poco más que ellos a eso de escribir.
El caso peor que me he encontrado --un híbrido-- es el de un investigador literario que autopublicó en el extranjero --y no ha difundido en el país, que yo sepa-- un libro de poemas que por aquí tengo, listo para algún post, para algún día que tenga ganas de ponerme mala gente. En su vida diaria lanza criterios como si hubiera escrito Altazor, y la verdad no le pega ni a la métrica de algunos de sus haikús.
No sé dónde leí que no hay que confiar en... uh... críticos que no se dan cuenta de la mediocridad de su propia obra; jamás reconocerán las bondades de la ajena, ni es el caso pedirles tanto. Pero por allí va la cosa en cierta parte del panorama municipal (podríamos incluir a alguno que viviera en el extranjero; el municipio es tan portátil como el cabello o la falta de éste).
Lo que me gustaría sería que hubiera discusiones abiertas acerca de --digamos-- poesía, pero con una condición: antes de exponer puntos de vista, cada participante leerá algo de su obra. El que sea francamente malo, aunque sepa todo lo que haya que saber acerca de poesía, se quedará callado y será respetado como ser humano, que es lo menos que indica la cortesía. Los demás hablarán según lo que realmente sepan de poesía, como lo indique la calidad de sus textos, y lo que ha funcionado para ellos en el nivel en el que se encuentren; los demás escucharán con atención, con educación o les dirán que se callen cuando se les esté pasando la mano. También se valdrían las burlas y aventarles papelitos, mojados o no.
Pound era un poco más radical: proponía castigar a los malos poetas con penas que iban desde una llamada de atención hasta el fusilamiento. Una vez lo propuse en público y alguien me acusó de fascista, ya furioso, mientras buena parte del auditorio se reía, como debía ser. Entiendo que el problema del acusador no tenía relación con el castigo --él se considera un buen poeta--, sino con quién determinaría la calidad de un poeta digno de publicación o de un par de años de cárcel.
Y allí es donde la democracia no funciona: si se tratara de rating, Jícaras tristes sería un excelente poemario, y Sólo la voz, de Hugo Lindo, digno de al menos una ejecución en efigie. Y caemos en el círculo vicioso: no faltará el experto que valide a uno y desacredite a otro sin más criterios que los enunciados en los primeros párrafos de este post, y ya nos amolamos.
Lo que sería interesante, además de las discusiones, sería armar torneos poéticos, con la poesía como arma y sin demasiado rollo teórico o "teórico" acerca de por qué se escribe de un modo o se debería escribir del otro. Poesía a secas. Máscara contra cabellera, sin límite de tiempo o de edades. Uno contra uno o relevos australianos, da igual. Rudos contra técnicos.
Ojo: no desprecio cualquier teorización o análisis literarios y, al contrario, los creo necesarios. Pero también creo que se trata de herramientas para construir algo superior, o sea literatura, y que los rollos que se confunden con la literatura no dejan de ser los nudos que van debajo del tapete o detrás del tapiz. No son la cosa en sí: son sólo la parte que sólo se ve después de que la verdadera cosa en sí ha sido construida. Lo demás es hablar paja.
Para terminar, me propongo como réferi de algún torneo; después de todo se trata de cosas de poetas, y yo no soy más que un humilde narrador.
Ése es el problema de muchos críticos de andar por casa: manejan nombres, frases, fechas, tendencias, toda la parafernalia, pero son incapaces de escribir algo original y, en ocasiones, coherente o acertado; sus ideas no tienen que ver con el hecho artístico, sino con sus propias necesidades de obtener status como gente de arte o cercana a él, y no podrán ver la grandeza o pequeñez de una obra por
a) sus obvias limitaciones y
b) su objetivo no es el arte, sino acicalar su ego.
O poetas de mediano pelo que, por el hecho de serlo y de haber leído algunos libros, además de haber acumulado edad --y no necesariamente experiencia--, creen que pueden repartir criterios o certificados de calidad, de salud y de la validez o no de las opiniones de personas que se han dedicado un poco más que ellos a eso de escribir.
El caso peor que me he encontrado --un híbrido-- es el de un investigador literario que autopublicó en el extranjero --y no ha difundido en el país, que yo sepa-- un libro de poemas que por aquí tengo, listo para algún post, para algún día que tenga ganas de ponerme mala gente. En su vida diaria lanza criterios como si hubiera escrito Altazor, y la verdad no le pega ni a la métrica de algunos de sus haikús.
No sé dónde leí que no hay que confiar en... uh... críticos que no se dan cuenta de la mediocridad de su propia obra; jamás reconocerán las bondades de la ajena, ni es el caso pedirles tanto. Pero por allí va la cosa en cierta parte del panorama municipal (podríamos incluir a alguno que viviera en el extranjero; el municipio es tan portátil como el cabello o la falta de éste).
Lo que me gustaría sería que hubiera discusiones abiertas acerca de --digamos-- poesía, pero con una condición: antes de exponer puntos de vista, cada participante leerá algo de su obra. El que sea francamente malo, aunque sepa todo lo que haya que saber acerca de poesía, se quedará callado y será respetado como ser humano, que es lo menos que indica la cortesía. Los demás hablarán según lo que realmente sepan de poesía, como lo indique la calidad de sus textos, y lo que ha funcionado para ellos en el nivel en el que se encuentren; los demás escucharán con atención, con educación o les dirán que se callen cuando se les esté pasando la mano. También se valdrían las burlas y aventarles papelitos, mojados o no.
Pound era un poco más radical: proponía castigar a los malos poetas con penas que iban desde una llamada de atención hasta el fusilamiento. Una vez lo propuse en público y alguien me acusó de fascista, ya furioso, mientras buena parte del auditorio se reía, como debía ser. Entiendo que el problema del acusador no tenía relación con el castigo --él se considera un buen poeta--, sino con quién determinaría la calidad de un poeta digno de publicación o de un par de años de cárcel.
Y allí es donde la democracia no funciona: si se tratara de rating, Jícaras tristes sería un excelente poemario, y Sólo la voz, de Hugo Lindo, digno de al menos una ejecución en efigie. Y caemos en el círculo vicioso: no faltará el experto que valide a uno y desacredite a otro sin más criterios que los enunciados en los primeros párrafos de este post, y ya nos amolamos.
Lo que sería interesante, además de las discusiones, sería armar torneos poéticos, con la poesía como arma y sin demasiado rollo teórico o "teórico" acerca de por qué se escribe de un modo o se debería escribir del otro. Poesía a secas. Máscara contra cabellera, sin límite de tiempo o de edades. Uno contra uno o relevos australianos, da igual. Rudos contra técnicos.
Ojo: no desprecio cualquier teorización o análisis literarios y, al contrario, los creo necesarios. Pero también creo que se trata de herramientas para construir algo superior, o sea literatura, y que los rollos que se confunden con la literatura no dejan de ser los nudos que van debajo del tapete o detrás del tapiz. No son la cosa en sí: son sólo la parte que sólo se ve después de que la verdadera cosa en sí ha sido construida. Lo demás es hablar paja.
Para terminar, me propongo como réferi de algún torneo; después de todo se trata de cosas de poetas, y yo no soy más que un humilde narrador.




















