28 de diciembre de 2008

De plumas y panzas

El asunto es simple, aunque no lo parezca, y aunque en realidad parezca trivial, y quizá lo sea, pero en asuntos de escritores es mejor no meterse mucho. Por el bien de los escritores; ya ven cómo son de sensibles y pueden reaccionar ante las burlas y las miradas de "qué raro es este güey", en general, con frases
a) Solemnes.
b) Estúpidas.
c) Racionales (las peores).
d) Simples explicaciones que nadie les pidió.
e) Cosas hirientes, que pueden llegar a la violencia según el tamaño de la afrenta o según se vaya calentando la situación.
f) Del estilo "voy al baño" o "¿no quieres otro vaso de coca?" (mis favoritas).
g) Una mezcla o una secuencia --no en ese orden-- de todas las anteriores.
(Sin nada que ver: estoy oyendo en el nuevo celular los conciertos para oboe de Albinoni. ¡Qué delicia! El celular no está mal. Saqué un plan de ésos pospago con un Nokia Nosecuántos, al que le caben 2 gigas de cosas con la tarjeta micro SD que trae, y hasta 4 u 8 con la que uno puede comprar. Toma fotos decentes, en especial si es de día --las del hotel de Costa Rica, la de Sebastián y de mi sobrino las tomé con él-- y sirve para hablar por teléfono, que es para lo que menos lo he usado. Bueno, sí, usé el roaming y la larga distancia instantánea desde Costa Rica. Es carísimo. El caso es que estoy feliz oyendo a Albinoni, y el sonido es casi tan bueno como el de un minidisk. Y apenas se nota, a menos que uno traiga los auriculares y el micrófono puestos, un excelente imán para ladrones y metiches. El cambio lo hice porque el anterior, un VeryKool bonito, tenía serios problemas. Por ejemplo, con unas 10 canciones que uno reproduzca empieza a bajarse la pila seriamente (en el actual puede durar hasta tres días oyendo música a buen ritmo), la ranura para la micro SD se abre y hay que estar metiendo o ajustando la dichosa tarjetita; ahora mismo la he extraviado en algún lugar de mi maletín. Además, me aburre eso de cambiar de número cada vez que pierdo el fono o me lo roban, que han sido como cinco veces en unos seis años. Así que tengo el nuevo fono, está asegurado contra robo o descompostura y el número es mío per secula culorum, Salarrué dixit.)

Pues bien, de regreso al tema, a lo poco que llevaba del cuarto texto del libro que estoy escribiendo le receté un tachón bastante... uh... definitivo, porque así no iba. La primera frase es buena, y la voy a usar en el propio cuarto texto, pero no va en ese lugar. Y antes de lo que escribi había que dar un montón de explicaciones, dar vueltas, mover al personaje central para que se sintiera cómodo --incómodo, en realidad-- en su nuevo entorno --hay un nuevo entorno, que en realidad es viejo, pero eso es otro cuento-- y lo peor: me di cuenta de que el cuarto texto está escrito en varias partes del cuaderno principal. Hay anotaciones, frases, fragmentos, en varias páginas, que debo copiar y modificar para que ajuste lo que debe ajustarse. Eso se puede hacer en el mismo cuaderno, pero qué pereza estar buscando páginas y notas y luego regresar a la página en la que estoy escribiendo, y más porque debía empezar en página par, y ya se sabe que incómodas son para esos menesteres. (No sé para los zurdos. Para los diestros puede ser estresante trabajar con las páginas izquierdas, yo sé lo que les digo, que por algo de niño traté de ser ambidiestro.)
Así que habilité una libretita de las que recién compré, pequeña pero de formato secretarial; tiene rayas bastante separadas, como se puede ver, así que calculo que el cuarto texto la va a llenar, o casi, con anotaciones y correcciones incluidas. Y si no, pos no; ya quedarán hojas vacías para hacer avioncitos o anotar teléfonos.
No supe dónde dejé los lentes redondos, así que saqué los de repuesto, que tienen la misma graduación; mandé a ponérsela precisamente después de una mañana en que perdí los anteojos y no podía leer ni siquiera las letras del celular, que son de buen tamaño. Eso sí, los redondos se hacen oscuros con el sol y están más guapos, y son más angostos, así que no me mareo tanto cuando estoy en territorio abierto; los que han usado multifocales saben a lo que me refiero. Los que no, ya lo averiguarán, y créanme: son peores los bifocales, aunque se acostumbre uno más rápido.
Como sea, estoy escribiendo el cuarto texto en tinta azul, con la nueva Parker 45 que me compré en Costa Rica y, sí, aún falta domarla, pero es parte del encanto. Más que encontrarle el ángulo, hay que enseñárselo, ampliarlo, hacer que casi escriba sola, que es una de las maravillas de las plumas fuentes: uno las hace a su modo, como las computadoras y como los viejos Volkswagen. (Tuve uno que casi sólo yo podía usar. Mañoso, el maldito, y ay de aquél que quisiera cambiar de segunda a primera o tratara de dar un viraje brusco a la derecha, sin contar con el arranque y algunas maniobras para frenar con motor. Era modelo 1975. Hubo que venderlo en 1993 o 1994. Eso sí, le cambié el sistema eléctrico, la amortiguación y la dirección, y ni siquiera mi Vaio --que entre muchas otras cosas es verde-- ha sido tan personal como ese vochito.)
Estuve leyendo acerca de las Parker 45 y más de alguno se sentiría... uh... no sé, minimizado. En rigor es uno de los primeros modelos baratos de la Parker, que tiene plumas fuente de oro sólido, plata y hasta con cosas de platino y piedras preciosas. Era una versión affordable de la Parker 51, y la hermana muy pobre de, digamos, la Parker 75, sin contar con los modelos más recientes. No sé si las Parker lleguen a los precios de las Mont Blanc más caras --no lo creo--, pero no son lo más cercano a los lapiceros Bic.
La primera que tuve costaba 15 colones, que en ese entonces eran seis dólares. Ahora las 45 "clásicas" --como la que compré: color negro o azul muy oscuro, capuchón de latón, etc.-- andan en alrededor de 50 dólares; la conmemorativa de 1965 que compré hace tres años y medio me salió un poco más cara porque... bueno... era conmemorativa, con los mismos materiales y colores y todo.
Hay plumas Parker desde 8 o 10 dólares --de los actuales--, y por allí, como ya conté, tengo una que me costó 15. Lo siento: demasiado de plástico. Escribe bien, pero es desbalanceada, y el encanto de una buena pluma es el balance. La Mont Blanc Mozart que tengo por allí es de verdad un exceso: se pierde en la mano no sólo porque es pequeñita, sino también porque el peso y el balance son los adecuados. Y tiene una punta que es una delicia. Cuando logre comprarle el capuchón (que cuesta casi lo que cuatro Parker 45 clásicas) hablaré más de ella; ahora nomás me da tristeza.
Y, además, es un asunto de recuerdos. Aprendí a escribir "en serio" con una Sheaffer (costaba tres colones con cincuenta centavos, o sea un dólar con cuarenta de la época), y después pasé a la Parker 45, y no me moví de allí en años. Y estoy de regreso en ella. La Sheaffer que compré hace poco no está nada mal tampoco. Y, no, no puedo resistir la tentación de ponerme a escribir con la anterior Parker 45; aunque ya está viejita, a veces gotea y no siempre es constante en la escritura, me parece que manejo mi viejo Volkswagen, el que sólo yo conocía, y que sólo a mí me aceptaba para andar por aquellas calles de Dios. (En realidad del Partido de la Revolución Democrática, que es el que gobierna el Distrito Federal.)

Y, a petición de Aldebarán (Cuyo Nombre Verdadero Se Mide En Grados Kelvin), pongo aquí un acercamiento del nuevo miembro de la familia de mis plumas.
(Para los que no saben: los cuadernos y la pluma están en el piso porque es el lugar donde escribo con más comodidad, tirado boca abajo. Si tienen alguna pregunta, lean antes la primera parte de este post.)
Y a ver Saturday Night Live.

24 de diciembre de 2008

Algunos diciembres

Algunas de las fotos que mi hermana encontró entre las cosas de mi madre.

Diciembre de 1959, o sea que tendría cuatro meses de edad. La foto está dedicada a la abuela Carmen, pero obviamente mi madre no se la llegó a dar; se llevaban bastante mal por esas fechas (y por otras posteriores). O en una de ésas mi padre la recuperó cuando murió la abuela, aunque lo dudo; la tía Corina se quedó con sus cosas y no ha querido soltar fotos ni para escanearlas. Ni para que las vea, vaya.

Diciembre de 1960, el día 12, si uno es perspicaz y se guía por las pistas. Detestaba que me disfrazaran los 12 de diciembre, y parece que fue desde muuuy pequeño. También detestaba que me tomaran fotos, y hasta el momento no es de mis cosas favoritas.
(Ponerle bigotes a un niño de un año, por piedad...)

Diciembre de 1961. Hay otra en la que estoy parado frente al Santaclós. Mi expresión es exactamente la misma, pero tengo otro juguete en las manos. Seguro que sólo lo tuve para la foto.

Diciembre de 1983. He tratado desesperadamente de acordarme del nombre del cuate que aparece hasta la izquierda, pero nada. Sé que era secretario de redacción del periódico El día. De los demás, casi todos somos de la sección internacional de ese periódico, y yo --sí, el segundo de izquierda a derecha-- era el jefe desde agosto anterior, poco más o menos. Arriba, siguen Ángel Fosado, Alejandro Juárez (quien después trabajaría en comunicaciones para la Comisión de Derechos Humanos del DF, y después para la Comisión Nacional), Antonio Helguera (ahora un cartonista excepcional; en ese entonces ya era muy bueno, estaba recién estrenado en el periódico y tenía como 18 años), Víctor Juárez y Cuauhtémoc Morgado. Abajo, Claudia Serratos, que escribía algunos comentarios políticos, y Rubén Montedónico. Faltan un montón, porque éramos como 15: Edith Ferreira (la subjefa), Sandra Luz Hernández, María Eugenia Torres, que se hacían cargo de Centro y Sudamérica; Terpsícore Zacarías Capistrán, Gerardo Ochoa, Elizabeth Rangel (escribía 130 palabras por minuto en una máquina Olympia de las grandotas; impresionante), Carlos y Joel, que cortaban los cables... Después entrarían otros, como Arturo Salinas, Jorge Jufresa y qué sé yo.
Y, no, no me vestía así usualmente. Ese día tenía una cena en casa de la directora del diario, Socorro Díaz Palacios, junto con los demás jefes de sección, y ella misma me había mandado a regalar el jersey que traigo puesto. Cuando salí de su casa, a eso de las dos de la mañana, estaba a tres grados bajo cero y no llevaba otra cosa con qué taparme. Y tardé como una hora en conseguir taxi. Quizá fueron diez minutos, pero igual pareció que era una hora muy larga. (Los aros de los lentes todavía los tengo por allí.)

Principios de diciembre de 1986. Por esas fechas conocí a Thierry Davo. (Tengo la foto registrada como de 1987. Para entonces ya había nacido Eunice y vivíamos en otra parte, y no dormía en un colchón ni pegaba así las cosas en las paredes). El cuadro amarillo es una tinta de Miguel Antonio Bonilla, de las épocas en que empezaba a vender sus obras, cuando vivía en la Sierra Norte de Puebla. Ese cuadro --y otro-- está en casa de mi hija, si no me equivoco.
Ah: durante años (digamos de 1985 a 1998) usé sudaderas en otoño e invierno, y a veces en primavera y verano. Comodísimas para trabajar por las madrugadas. Casi todas eran grises, de diferentes tonos, y una azul claro que no duró mucho. Y tenía DOS de Mickey Mouse, que me duraron... híjole... hasta que ya fue imposible ocultar los desgarrones en los codos y las canas de Mickey. La que tengo en la foto la habré tirado por allí de 1994 o 1995.

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Otras cosas que compré en Costa Rica y se me olvidó poner ayer:
  • Tres libros de Borges: El Aleph, La memoria de Shakespeare y el primer tomo de su poesía en la Biblioteca Borges, donde vienen Fervor de Buenos Aires, Luna de enfrente y Cuaderno San Martín. Los de su poesía no son los que más me gustan, pero son los que pertenecen a esa cosa rara llamada "ultraísmo". En lo personal me quedo con el "creacionismo" de Huidobro, pero la adjetivación de Borges siempre será portentosa.
  • Uno que se llama Grandes amores de la mitología griega. Cada cosa que hacían los dioses...
  • Dos botes de tinta Quink para las plumas fuente, uno azul y uno negro.
  • Un tubo de pasta de dientes, porque se me olvidó llevar.

23 de diciembre de 2008

Visita rápida a Costa Rica



San José desde la puerta de mi hotel.

Ana y Mauricio, mis hermanos, dentro del hotel. Hoy no puse "San José desde mi ventana" porque desde esa ventana --la única del cuarto-- sólo se ve una pared. Eso sí, con patiecito y todo.

Diego, mi sobrino, hijo de Ana.

Sebastián Vaquerano, desde luego.

Y mis padres, que después de ocho años pasarán juntos una navidad.

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¿Que por qué el viaje a Costa Rica? Cosas de familia, pue. Entre otras, aquí tengo el acta de defunción de mi madre y algunas fotos que mi hermana encontró en sus álbumes. No ha buscado a fondo, pero seguro que aparecerán más. (Ya pondré algunas.)
Compras importantes:
  • Un montón de cuadernos alemanes como el que estoy usando ahora (antes había puesto que eran ingleses, y no: son alemanes) de diferentes tamaños, algunos con rayas, algunos no. Varios son para Krisma, hay uno especial para Eunice y otros son encargos.
  • ¡Una Parker 45, en versión de los años cincuenta! Le he puesto tinta azul. Se me antojó para ponerle tinta azul. Hay que domarla, porque ya ven cómo son las plumas fuente, pero se escribe rico con ella. La Sheaffer seguirá con tinta negra.
  • Un gato de madera para Krisma. Ya lo pondrá en su blog.
  • La poesía de Bukowsky.
  • They shoot horses, don't they?, de Horace McCoy.
  • Unos discos de reggae y calipso costarricense.
  • Toneladas de plumones de colores para Valeria, junto con algunos libros de colorear y un megalibro de cuentos. (En cada viaje le compro un megalibro de cuentos.)
  • Unos suéteres, una blusa (verde, claro) y una bufanda ligera para Krisma.
  • Una chamarra para mí. Me hice el valiente --en realidad se me olvidó-- y no llevé nada para el frío. De pronto se puso verdaderamente helado y mi hermana me llevó a un centro comercial, donde compré la chamarra, en la primera tienda de ropa que se me atravesó. Antes, para que rindiera la compra, nos echamos unos helados Haagen Dazs en la entrada del centro comercial.
  • Un montón de cigarros Lucky Strike y Camel en las tiendas libres.
  • La trilogía de The Lord of the Rings, en versión extendida.
  • Un paquete de etiquetas azules, de papel. (Si, son pinches etiquetas, como para identificar lo que hay dentro de fólders o cuadernos o lo que sea.)
  • Dos paquetes de café Britt.
  • Dulces de macadamia.
  • Una maleta para todo lo anterior. Llevaba una pequeñita sólo para la ropa.
Ya sé que a nadie le importa lo que he comprado, pero es 23 de diciembre, y es lo más interesante que se me ocurre escribir en este 23 de diciembre en particular.
Y, para hacer más frívolo el asunto, voy por unas palomitas de maíz con mantequilla extra. Con su permiso.

14 de diciembre de 2008

Almuerzo de fin de año de La Casa

Día domingo 21 de diciembre, a las 12 del día, en la misma Casa del Escritor de siempre, por supuesto de estricto traje. Por favor avísenles a los compañeros que no tengan internet. Traigan comida, que es de lo que siempre falta un poco, además de gaseosas, pan y algún postre. Krisma y yo ponemos lo de siempre.

12 de diciembre de 2008

Dos fotos

Y de seguro en Jerusalén habrá una venta de falafel que se llame Panchimalco.

Una de Krisma y Vale en el Parque Balboa.

10 de diciembre de 2008

El objetivo nunca se alcanza y, si se alcanza, algo anda mal

Uno empieza a escribir un texto más o menos por intuición. Después de cierto tiempo de reflexión, alguna idea, una chispa, algo, hace que uno escriba algunas líneas o párrafos que no sabe muy bien qué son ni para dónde van. Un poco más de reflexión, un poco más de darle a la pluma, y uno es capaz de ver el panorama general del texto, y se traza un objetivo, es decir: el texto empieza por aquí, debe llegar allá, y ya veremos qué pasa en el ínterin para llegar de aquí a allá.
Uno debe tener claro, también, que, aunque el objetivo sea de lo más lógico, nunca se alcanzará. Nunca. Y que si uno lo alcanza, salvo excepciones que no hacen regla, es porque algo falló en alguna parte.
Me explico. Al escribir un texto, los personajes plantean sus propias condiciones; los hechos no siempre son como uno quisiera, ni funcionan como deberían, y hay momentos de quiebre en los que debe tomarse una decisión que cambiará las reglas del juego. Por ejemplo, siempre se llegará a la encrucijada en la que uno debe escoger entre A y B, y suena sencillo: una de dos. Pero en general escoger entre A y B llevará a situaciones previsibles, que restarán tensión e interés al relato. Así que, entre A y B, uno debe escoger C. Siempre. Lo malo es que nunca es obvio dónde se encuentra C, y hay otro montón de letras en el alfabeto. Escoger C llevará a reacomodar todo lo demás, y con ello cambiará el objetivo. La tendencia que he observado es obligar al texto a que lleve al mismo objetivo aunque haya cambiado el rumbo de la historia, y allí es donde los personajes se mueren, las situaciones se vuelven forzadas o banales, las tramas se enredan --o peor: se desenredan-- y lo que quedó fue... bueno... un texto sin mucho interés.
Decirlo es fácil. Lo difícil es experimentarlo, y además experimentarlo en cada texto que se escribe. Llega un momento en que uno está harto de ajustar las cosas para que apunten hacia el objetivo final. Y el objetivo final sólo se conoce cuando uno ha llegado a él.
En otras palabras: uno realmente empieza a entender el texto, e incluso a escribirlo, cuando ya lo ha terminado, o cuando tiene una primera versión en la que está lo más básico, las líneas generales, el grosso modo.
Aquí, por ejemplo, está el primer borrador del tercer cuento del libro que estoy escribiendo. Sí, ya sé que no se lee nada, pero es lo de menos.
Antes que nada, escribí el relato a mano, en el cuaderno. Corregí las cosas más obvias, pasé a máquina, corregí un poco más y listo, llegué a la primera versión trabajable.

Como se ve, en las primeras páginas hay casi tantas cosas escritas a máquina como correcciones a mano. Eso se debe a que ya terminé el texto preliminar: sé para dónde voy, en qué termina, cómo quedan los personajes, etc. Lo he ido descubriendo a medida que escribo, y de repente llego a un punto en el que digo: "¡Ah! Aquí pasó tal cosa. Cuando regrese a la página dos lo voy a añadir, pero hay que prepararlo con una frase en la página uno. Y cuando llegue a la última voy a escribir tal cosa para justificar todo y que quede bien cerradito."
Pero hay más. De repente el personaje ha hecho o dicho algo que uno tenía previsto, y unas páginas más adelante se contradice. Y viene la decisión: ¿lo arreglo para que no haya contradicción? ¿Escojo lo que dijo primero o lo que dijo después? En ambos casos tendrá consecuencias sobre todo el texto. Y viene la solución C: ¿y si dejo la contradicción, pero de algún modo la hago coherente, que esa contradicción sea un punto de ruptura, una pista, un modo de mostrar algo oculto del personaje, etcétera?

Además uno va aprendiendo la lógica del texto a medida que escribe, y no sólo va depurando los personajes y la historia, sino también el lenguaje, ciertos giros, y al regresar al inicio del texto tiene que "ecualizar" el registro (o sea el universo de palabras y el tipo de frases que usará en ese texto en particular).
En mi caso, hay cosas que ni siquiera escribo. ¿Ven allá arriba una nota en color? Allí hace falta una transición entre una escena y otra. En el momento no tenía mucha idea de cómo hacerla, pero era obvio que se trataba de un rollo técnico, que no cambiaría nada esencial. Sólo era asunto de hacer que algo pasara de cierto modo para que siguiera la acción del modo en que los personajes necesitaban que siguiera. Así que lo dejé para después --ese "después" fue anteayer: me fui a un café a trabajar el texto, aprovechando mi descanso-- y me puse a escribir cosas más importantes. Además era algo de urgencia: si esperaba que llegaran las palabras y los hechos de la transición, seguro se me olvidaba lo que seguía.

Aquí está la transición de la que hablaba, escrita en la parte trasera del cuaderno. (Los añadidos los hago escribiendo de atrás hacia delante. Las páginas las "numero" en letras mayúsculas, y en minúsculas pongo las llamadas del texto hacia esas notas.) La página del centro es la página A, la de la izquierda es la B, y el añadido va escrito en ese orden. De pronto hubo cosas que me faltaron en la página central y las escribí en la de la derecha, que por algo había dejado en blanco.

Y aquí las correcciones y anotaciones son muchas menos: para ese momento ya sabía todo lo del texto, para dónde iba, y más o menos cómo ajustar todo lo anterior.
Y viene el pero: se trata apenas de un primer borrador. Al revisar nuevamente voy a encontrar cosas nuevas, por ejemplo frases que me llevarán a ciertas características del personaje, otras contradicciones, torpezas, cosas que quedarían mejor su escogiera D en lugar de C, resoluciones fáciles que debo ajustar, etcétera. Y peor todavía: el objetivo es escribir un volumen de relatos en los cuales el personaje central es el mismo, y la acción transcurre en no más de un día, de preferencia en unas doce o dieciocho horas. O sea que lo que cambie en un texto modificará los demás, y la unidad.
Llevo los borradores completos de tres textos. Voy por la tercera versión del primero, por la segunda del segundo y por la primera del tercero. Llevo algunas páginas y notas del cuarto texto; aún debo resolver algunas situaciones y ver cómo empalmarlas con los textos cinco y seis (de los que tengo ideas vagas), y cómo llegar al objetivo que en principio me he trazado para el libro completo. Un desmadre, pues.
Me parece que este tercer texto puede ser el eje de todo lo demás, es decir: allí están ya bien pintados los personajes, ya están claras las historias, las relaciones entre personajes son sólidas (literariamente hablando) y qué sé yo. He empezado, pues, a reajustar el primer texto, y en los siguientes días seguiré con el segundo y avanzaré en el cuarto. Me tienta escribir el último de una vez, que en principio sería el sexto, aunque igual debo aumentar uno para que quepa todo lo que falta. Ya veremos.
Y cierro con una frase que oí en un "capítulo perdido" de Babylon 5, cuando ya había dejado de hacerse la serie:

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Hay algo que no se me olvida: este libro estoy escribiéndolo, en buena medida, porque hubo un momento en que me trabé en la novela de ciencia ficción que comencé hace poco más de un año. Hay lógicas y... uh... mecánicas que necesito aprender, ciertos modos de narrar con los que no estoy familiarizado. Creo que algunos ya los resolví. Por ejemplo, estaba complejizando un par de asuntos que pueden resolverse de manera más sencilla. Lo mismo de antes: decirlo es fácil; lo jodido es llegar a entenderlo y, sobre todo, a hacerlo. La idea surgió de una escena de Trece en la que había situaciones que no están y quería saber, y estoy averiguándolas.
Y un comercial: me dicen que la próxima semana a más tardar estará Trece en las librerías. No es porque esté yo presente, pero de verdad que me quedó bien. Y Tiempos de locura sigue vendiéndose en las farmacias Las Américas. Así que ya saben, para la próxima vez que deban comprar su Colitrán o el jarabe para la tos, llévense su ejemplar.

9 de diciembre de 2008

Demanda a Raúl Figueroa Sarti por una foto y, en serio, las cosas no fueron así

Me envían una nota de Guatemala en la que se habla de un caso que ya me había comentado Raúl Figueroa Sarti, director de F&G Editores. Se trata de la foto que usó para la portada de mi libro Cualquier forma de morir, por la cual el autor --de la foto-- reclama ahora no sé cuánto dinero y ha puesto una demanda que me desconcierta, porque no sólo le pagaron su trabajo, según entiendo, sino porque además puede meter al bote a Raúl, y de hecho se habla de arresto domiciliario.


Según recuerdo, al día siguiente de la presentación del libro, fui a las oficinas de F&G a firmar libros para los compañeros que trabajan con Raúl, y en eso llegó el fotógrafo. (Si me lo ponen en rueda de reconocimiento la regaría de a feo; soy un pésimo fisonomista. Pero Raúl me lo presentó como el fotógrafo y él dijo que sí, que él era, así que estoy seguro de que hablé con el fotógrafo.) Estuvimos conversando bastante animados y me contó algo de la historia del perro del cual había tomado la foto. Ya estaba viejo, le hacían falta los dientes, estaba fuera de una tienda, una ferretería o algo. En una de ésas el perro hizo cierto gesto y le tomó la foto, se la mostró a Raúl y Raúl la escogió para la portada. Algo hablé en varios posts acerca de la portada, y en uno de ellos hasta puse varias de las que se habían barajado:


Lo que recuerdo es que el fotógrafo estaba contento con la publicación de la foto, platicó un buen rato con Raúl y conmigo y nos la pasamos padre. Hace como un año fue que Raúl me habló de que le habían puesto la demanda, y parecía que no habría problema, pero lo hay, y no entiendo por qué, aunque parece obvio.
Le estoy escribiendo a Raúl para decirle que, si hace falta, voy a Guatemala y puedo declarar lo que recuerde de esa ocasión, que es poco, pero es. Lo fuerte es que no sé qué vaya a ganar el fotógrafo: si obliga a Raúl a que le pague --todo es posible--, quiero ver al guapo que se atreva después a pedirle algún trabajo; yo no me arriesgaría a que me cambiara las reglas del juego y me clavara una demanda.
Ah: el autor de la foto se llama Mardo Escobar, según consta en la página legal del libro.
Va la nota.

¿Justicia o extorsión para Raúl Figueroa Sarti?
Jaime Barrios Carrillo

¿A dónde iremos a parar? Me dice indignada una amiga escritora, comentando el caso de extorsión al conocido editor Raúl Figueroa Sarti. La impunidad estructural que vivimos se expresa en todos los níveles. La lucha contra las ascendentes dosis de estupidez “jurìdica” resulta un deber ciudadano.
Hace unos años, Figueroa Sarti publicò unos cuentos de un autor desconocido y que paradójicamente ahora trabaja en los Tribunales. En el 2006 este “escritor” se apareció en las oficinas de F & G Editores, para mostrar unas fotos que él había tomado en el barrio de El Gallito y que serían parte de una exposición. Entre las fotos, Figueroa Sarti consideró que una podría usarse para la portada de un libro. Raúl le solicitó la autorización para usarla y el escritor, y empleado de Tribunales, se puso muy contento de ver publicada su foto, no siendo él fotográfo. El libro fue presentado en 2007 (el autor es salvadoreño). Un día después de la presentación, el “fotógrafo” estuvo en la oficina de F&G Editores, en donde estaba el autor del libro con la foto en portada, quien le autografió un ejemplar del mismo al susodicho “escritor-fotógrafo y empleado de Tribunales”.
A finales del 2007 Raúl recibió, con gran sorpresa, una citación del Ministerio Público. El “fotógrafo” lo había denunciado por el uso sin su autorización de la foto. En su alegato indicaba que se había enterado del uso de su foto cuando había comprado el libro en una librería. Se le había olvidado que en F&G Editores, había firmado en el mes de enero una nota de envío por recibo de ejemplares del libro. Su reclamo ante la justicia es de 60 mil quetzales.
El abogado del “fotógrafo” ha insistido en que el delito “cometido” por Raúl, tiene una pena de cinco años de carcel y multa de 50 mil a medio millón. Y exige: o se pagan 60 mil quetzales o el editor Figueroa Sarti se va al bote.
A pesar de que el “fotógrafo” reconoció que había autorizado verbalmente el uso de la foto, el fiscal del Ministerio Público dio trámite a la denuncia. A principios de este mes fue citado Raúl Figueroa Sarti a “declarar” ante juez que, pese a la debilidad de la denuncia, resolvió darle al fiscal seis meses para investigar el caso y dictó “arresto domiciliario” en contra de Figueroa Sarti
La falta de justicia y la impunidad campeante, no se deben sólo a falta de recursos materiales, sino a las carencias éticas de los “licenciados licenciosos” y de los criminales encubiertos. Es necesario comenzar a fiscalizar a los fiscales, juzgar ciudadanamente a los jueces y cuestionar todo aquello que se presente como distorsión, falta de equidad e incapacidad jurìdica. No por las manzanas podridas se debe condenar a todos los abogados. Pero por la ética profesional y el profesionalismo y la efectividad del sistema de justicia, es necesario que las extorsiones y la corrupción legalista (al peor estilo estradacabrerista), se denuncien por todos los medios. El que calla, otorga.

3 de diciembre de 2008

Escáner nuevo

El escáner ya está viejito, y lento, y los colores comienzan a fallar un poco. Nada que un photoshopazo no arregle, pero siete años son siete años, y supuse que debía haber algo un poco mejor.
En una de esas tardes en que a uno le gusta sentirse humano, fui y me compré un escáner sencillito y barato, con interfaz USB (el otro es paralelo), que además funcionara con la Vaio verde y, sí, con la Aspire One de Krisma. (¡Es una joyita la Aspire One, que entre otras cosas es azul).
Así que me he puesto a escanear portadas de libros (como la del post anterior y las de otros que pondré después) y algunas fotos que me pareció que podía poner.

Por ejemplo ésta, de mi abuela con mi madre y su hermano, el tío Mauricio, tomada en Xochimilco. Esto es por allí de 1950; mi madre tendrá 15 años y el tío, aunque no lo parezca, entre 13 y 14. Nótese que al pie de la foro dice MEGICO. La abuela aprendió a leer y escribir a escondidas de la tía Concha, su... uh... tutora. Sus hermanos Lico y Leo le enseñaron las primeras letras y las primeras cuentas. Después trabajó mucho y se dedicó a recorrer el mundo, qué carajos.

Ésta es de la "fiesta rosa" de mi madre, con el abuelo Miguel presentándola o lo que se haga en esos casos.

Ésta es una foto que me gusta de la abuela Mina. No sé cuándo se la habrán tomado ni nada; nomás me gusta.

Otra foto escaneada, mucho más acá en el tiempo. Está tomada en el Gran Cañón, en Arizona, a mediados de 1999, después de un congreso de académicos y un encuentro de escritores.

Y ésta no es escaneada, pero había que ponerla. El de la izquierda es mi tío --¡sí, mi tío!-- Miguel Ochoa, hijo del abuelo Miguel y hermano de mi mamá. Es poco más de dos años menor que yo; su mamá, Lila Romero, fue la segunda esposa del abuelo Miguel. Y hay un hermano menor, Eduardo, nueve años más chico que yo. Allí estamos con Eunice, desde luego, en el negocio de Miguel. Le encanran los celulares y, lana aparte, se divierte comerciando con ellos.
Y tará.

2 de diciembre de 2008

Si muero lejos de ti

Si hay algo con lo que un mexicano puede ponerse a llorar, si lo agarran destanteado, es la "Canción Mixteca". No hace falta tener un par de tragos dentro, sufrir de una cruda grado 10.5 ni --peor aún-- estar sobrio. Más de un macho calado ha soltado más de una lágrima con aquello de "México lindo y querido, / si muero lejos de ti, / que digan que estoy dormido / y que me traigan aquí..."
El autor de la Canción Mixteca es José López Alavés. Para mayores datos biográficos, buscar en su página oficial.
Lo bonito e interesante es que su nieto, Raúl Campos López, se ha lanzado al proyecto de recopilar las obras de López Alavés, con el patrocinio de la Secretaría de Cultura de Oaxaca, CONACULTA y la Fundación Alfredo Harp Helú, también de Oaxaca. Y más aún: la investigación y transcripción de las obras las está haciendo junto con Rafael Eduardo Menjívar Mérida, mi hijo, como consta en la página de los créditos.

La vieja manía de hacer libros, pues. Ahora están trabajando en el tomo que sigue.
Otra cosa interesante es que Raúl y Eduardo no se dedican a la música --digamos-- popular mexicana, vernácula o como se quiera llamar, sino al jazz. Ya deben tener unos diez años trabajando en eso. Igual la música es la música, el trabajo es el trabajo y, en serio, la "Canción Mixteca" es peligrosísima para el estado de ánimo, si uno no se cuida.
Felicidades para ambos, y un gran orgullo para mí.

29 de noviembre de 2008

Lo que nunca tuvo ojo

El último lugar en el que viví en México fue un departamento pequeñito, muy bien distribuido, en la calle de José María Tornel, en San Miguel Chapultepec, si mal no recuerdo en el número 9, departamento 302. O sea en un cuarto piso: allá se usa el sistema de planta baja, primer piso, segundo, etcétera. Aún me pasa que voy al tercer piso de un edificio, subo por las escaleras, y después tengo que volver a bajar; antes de darme cuenta estoy un piso más arriba de lo que debería.
Estaba --y aún está-- muy bien ubicado. En la esquina terminaba el Circuito Interior, a dos cuadras comenzaba --y comienza-- Avenida Revolución, que lo lleva a uno hasta el mero sur. Sobre la calle de Pedro Antonio de los Santos, el metro Juanacatlán; cruzando la calle, la colonia Condesa, donde se podía comer muy bien y sin tanto aspaviento como ahora, que se ha convertido en... no sé... un lugar de moda, que a veces tiene que ver poco con pasarla padre. Había de todo a sólo unas cuadras de distancia. Primero que nada, la comida. Sobre el Circuito, un puesto de tacos y consomé de barbacoa que abría las 24 horas, o sea que en las madrugadas de frío, hambre y trabajo encontraba combustible para seguir dándole hasta el amanecer. A unas cuatro cuadras, ya sobre Revolución, dos cafés de chinos también abiertos las 24 horas, y allí nos íbamos con mi hijo Eduardo a platicar durante horas y horas. Las tortas Don Polo a solo media cuadra; recomiendo las de bacalao. Un súper Gigante, donde compraba desde calcetines y películas hasta... uh... comida, pasando por cosas eléctricas y ropa de cama. Tenían una excelente panadería; varios kilos de más se los debía a ella. Y más etcétera, como diez salas de cine y, por si hacía falta, la embajada rusa, que antes había sido soviética. Y enfrente la Casa del Tiempo de la Universidad Autónoma Metropolitana, con una buena librería, cine club, conciertos, todo gratis. Hasta yo toqué una vez allí, cierto sábado o domingo, con una banda de blues que armamos para que mi hijo tuviera su primera presentación en público como guitarrista. Muy emocionante.
Viví allí de 1996 a 1998, que fue cuando salí hacia Costa Rica. Tenía pocos muebles, y dos gatos: Spooky --una mezcla de persa con cualquier cosa-- y Pitusa --a la que le hacía falta lo persa.
Disfruté ese departamento como pocas cosas. Los casi dos años anteriores me las había pasado mal. Gracias al gobierno de Zedillo y al famoso "error de diciembre" de 1994 se cerraron varias de mis fuentes de trabajo, otras bajaron su producción --y por lo tanto lo que me pedían que hiciera--, otras seguían a toda máquina, pero agarraron la mala costumbre de no pagarme. Hasta ahora hay gente que me debe entre 3,000 y 5,000 dólares por traducciones, ediciones, regalías y qué sé yo. A estas alturas es tan incobrable como entonces. Así que tuve que descender a los infiernos: una casa de huéspedes en la calle de --gulp-- Amado Nervo, en Santa María la Ribera. Era sólo un cuarto, con baño comunal. En 1995 me pasé siete meses sin trabajo --lo más que he estado sin trabajo--, con muy pocos ahorros y rascando donde se pudiera para sobrevivir, además de la pensión para Eunice y qué sé yo. Salir de allí fue maravilloso, y el departamento de Tornel fue mucho más que maravilloso.
Tenía internet, claro --uso compus desde 1990 e internet desde 1992--, y en esas épocas de crisis me ayudó trabajar con clientes de fuera del país, en especial de Estados Unidos. Me encargaban un trabajo, lo hacía, me depositaban en Western Union y listo. También trabajé una temportada en la Comisión Federal de Electricidad, con mi hermano Salvador de la Mora, y algunos guiones, más las traducciones... Jauja, ni más ni menos, comparado con los años anteriores.
En fin, que además de las cartas por internet, también me llegaban cartas analógicas, o sea las que se escriben a mano --o a máquina o en compu--, se ponen en un sobre y se entregan en una oficina de correos, que se encarga de distribuirlas. No recibía demasiadas, pero sí un bonito paquetito a la semana, recibos incluidos. Y hasta escribía algunas, lo que es la prehistoria...
Un día llegó una carta dirigida a Ricardo Arjona, pero con mi dirección exacta. Subí a la azotea y le pregunté a la portera que qué era eso.
--Ah, sí, es que el muchacho vivió allí donde vive usted.
--¿Hace cuánto?
--No me acuerdo, fíjese. Como tres años. O dos. O cinco. Siempre le llega correspondencia de todas partes del mundo.
--¿Y qué hago con esto?
--Démela. Yo me encargo de que le llegue.
Para ese entonces yo sabía que existía un cantante Ricardo Arjona, que era guatemalteco, que había muchas chavas que se morían por él y que tenía varias canciones en la radio. No le ponía mucha atención a las letras, y la música me parecía un poco desordenada, para qué más que la verdad. Igual les conté a un par de amigas que allí había vivido Arjona y casi se arrodillaban y acariciaban el piso con las manos. (Un piso de parquet muy lindo.)
Las cartas llegaban --digamos un par al mes; tampoco eran demasiadas-- y cristianamente se las entregaba a la portera, quien además me lavaba y planchaba la ropa. Le puse atención a las letras de algunas de sus canciones y, con excepción de algunas frases aquí o allá, podía vivir sin ellas. La música seguía pareciendome un poco desordenada, pero los arreglos siempre fueron muy buenos. Dejé de ponerle cráneo a sus letras casi de inmediato, cuando oí la de "Señora de las cuatro décadas". Yo ya estaba por llegar a los cuarenta, y me cayó gordo aquello de "Señora, no le ponga años a su vida: póngale vida a sus años, que es mejor". Por una frase ingeniosa estaba diciendo algo harto ofensivo; por otra, eso de darle consejos a las mujeres en las canciones --excepto en los rocarolitos de los cincuenta o sesenta, que están llenos de eso-- me parece de mal gusto, en especial si lo hace un hombre y si este hombre no sabe lo que es tener cuarenta años ni cómo funciona la cosa. (Ahora ya los rebasó; ojalá se haya enterado.) Y, bueno, en esa época salí con chavas que andaban de los cuarenta para arribita, y nada que ver la canción con lo que me mostraba el método empírico.
Un día llegó una carta de Argentina para Arjona, abrí la puerta y la portera estaba barriendo afuera. Antes de dársela le pregunté:
--Oiga, ¿en serio le hace llegar estas cartas a Arjona?
--Sí.
--¿Dónde vive ahora?
--Aquí por... Bueno... Se va por Revolución y... Por allí por el metro Tacubaya, la línea naranja... Allí agarra a la izquierda y...
O sea que no era cierto.
-¿Qué hace con las cartas? --le pregunté.
--Las abro. Viera qué cosas tan bonitas le dicen.
Agarró la carta de Argentina y la abrió allí mismo. A mí se me desgarró algo también, y hasta estuve a punto de decirle cosas feas, pero el morbo pudo más.
Venía una carta escrita con letra torpe. El autor era un tipo de unos treinta años, según los datos que daba, y le deseaba que tuviera buena salud y que siguera llevando felicidad a la gente, que él y su esposa tenían todos sus discos y que los oían constantemente. Una carta muy sencilla. Y también venían estampitas de santos. Como diez o doce. Algunas estaban repetidas --el autor le decía que podía darle algunas a sus amigos--, y otras tenían inscripciones a mano: "Este santo es muy milagroso para tal cosa", "Si llevas este santo en tu cartera no te va a faltar no sé qué", "Este ponlo detrás de tu puerta". Así.
La portera me dio las estampas que no tenían inscripciones y se llevó lo demás, y yo no supe qué hacer con ellas. Las guardé en una gavetita que nunca abría --era de un mueble que más bien era un adorno-- y las olvidé. El día en que limpié el departamento para salir de allí las encontré de nuevo y las tiré a la basura, puedo decir que con un nudo en el pecho. Me parecía que tiraba algo muy importante, que además no era mío.
Ya en El Salvador, mi hijo me dijo que había hecho unas partes en el disco Santopecado, de Arjona, específicamente las de guitarra acústica en los tracks 2, 11 y 12. Y compré el disco, claro; era el primer disco en el que hacía algo, así no le deran créditos: lo contrató una empresa, y esa empresa se quedó con el crédito; le pagaron una lana y hasta a la próxima.
Como por no dejar, le puse atención a las letras de algunas canciones, y decidí que Arjona sigue sin ser para mí. El colmo fueron aquellas frases de "El problema": "Como quitarle una pestaña a lo que nunca tuvo ojo / Como encontrarle plataforma a lo que siempre fue barranco." Espantoso.
En fin, Arjona fue inquilino de aquel departamento como dos o tres inquilinos antes que yo. El anterior era un junior, hijo de papi legítimo, que se la pasaba encerrado con su novia, tomando --quizá algo más-- y comiendo pizza en dosis industriales. Se peleaban todo el día, o las partes menos interesantes del día, supongo. Lo corrieron el día en que rompió uno de los ventanales --sí, tenía unos lindos ventanales-- y estrelló una pizza a medio patio. El problema no fue ése, sino que quería estrellar a su novia en el mismo lugar donde había caído la pizza. Llegó la portera, los vecinos, la policía, lograron que abriera la puerta --buena cerradura, y una madera bien fuerte--, llamaron al papá y adiós con el junior. La ventaja, cuando llegué, fue que en todas las pizzerías me trataban bien; daba el número de teléfono y las que atendían --eran sólo mujeres-- se desvivían por tratarme como cliente VIP. Después les dije que mi nombre era otro, y ya me decían "Don Rafael" después de dar el número de teléfono; igual yo era buen cliente. Lo mismo cuando llamaba a un restaurante japonés para que me llevaran teriyaki o sushi, y en otro que no recuerdo. El tipo en serio comía sólo de eso; yo nomás unas... uh... dos o tres veces por semana, si hemos de ser francos. Quizá cuatro.
La inquilina anterior al junior era una muchacha sola, callada, que no se metía con nadie. Nunca llegó correspondencia a su nombre.

28 de noviembre de 2008

Parker y Sheaffer

La Parker 45 ya tiene sus problemitas después de tres años y medio de acompañarme en más de dos batallas. Hay un par que son cosméticos, como la quemadura de cigarro o como las marcas de dientes, que por cierto no le hice yo, ejem. Puedo vivir con eso. Pero también, en una de ésas, se le hizo una pequeña rajadura justo en el anillo, donde se atornillan las partes principales del cuerpo, lo que significa que se abre a cada momento y que no se puede enroscar. La rajadura casi no se ve porque
1. La foto está muy borrosa.
2. Krisma le puso una gota de pegamento que hasta ahora ha funcionado bien.
El mayor problema es que la punta con la que se escribe ya está bastante desgastada, y a veces suelta más tinta de la que debe, a veces menos, y mancha con bastante frecuencia. Habré escrito con ella unas 170 cuartillas de una novela, como 60 de cuentos, unas 120 más de un rollo que escribí a principios del año pasado, más correcciones y notas por todas partes. Ahora, cuando escribo, el papel "cruje", como si estuviera pasándole un alfiler. Escribe y todo, pero ya está cumpliendo su ciclo vital. La voy a tener en el escritorio para tomar notas, pero no creo que dure mucho si le sigo dando el tren de vida que le he dado.
Así que me fui a buscar plumas fuente, y hay de dos:
1. Son demasiado caras y ostentosas.
2. Son baratas y desbalanceadas.
Sí, por allí tengo una Mont Blanc que me regalaron, una modelo Mozart, negra, que es una delicia, pero ocurrió una desgracia: un día que fuimos al súper se perdió el capuchón. Hace tres años y pico que fui a México pregunté cuánto costaba, y en aquel momento eran 185 dólares sólo por el capuchón. Por mucho menos de la mitad compré la Parker 45, que estaba en oferta; era una edición conmemorativa del modelo aparecido en los años sesenta, fabricado en baquelita y toda la cosa, con los colores de la época.
Y me gusta la Mont Blanc Mozart, pero las otras Mont Blanc no sólo son muuuy caras, sino también terriblememte ostentosas, y de lo que se trata es de escribir, no se presumir.
Cuando era chavo tenía dos plumas fuente: una Parker 45 de ese mismo modelo, pero en color vino, y una Sheaffer pequeñita, bastante práctica. Después de aprender a escribir con lápiz, pasé directamente a la pluma fuente; los lapiceros los usaba en caso de emergencia, y sólo dejé la pluma fuente cuando tenía como 20 años, porque ya no se encontraban, porque eran muy caras para mi presupuesto y porque empezaron a salir las plumas de tinta china y después de gel, que usé desde esa época hasta... bueno... allí tengo varias; a veces me harta la pluma fuente y escribo con ellas.
Después de buscar en Sanborns y Simán, y de no encontrar una pluma que me convenciera, me fui a Office Depot, donde sólo tenían tres modelos. Compré el que me gustó más, y me salió un poco más barata que la Parker 45.

La pluma es un poco pesada (y no es así de borrosa como aparece en la foto), porque es de metal, pero lo importante es el balance. Hace un par de años compré una Parker barata, como en 15 dólares, y es bien cansado hacer con ella algo más que firmar o tomar algunas notas. Es muy liviana, y pesa lo mismo en todas partes. Hay que hacer un cierto esfuerzo para mantenerla en posición de escritura. No es mortal, pero después de un par de horas es escribir llegan a doler los tendones y uno está demasiado preocupado en mantenerla en posición como para preocuparse de lo que escribe. La Sheaffer pesa, pero está bien balanceada; sólo es cuestión de "domarla", porque sólo una computadora personal es tan personal como una pluma fuente; llega un momento en que sólo uno sabe cómo hacerla... uh... cantar, digamos.

Y aquí están las tres: la Parker 45, la de 15 dólares (que igual sirve e igual uso cuando hace falta) y la Sheaffer nueva. La página del cuaderno que se ve en la foto la escribí con ella; se siente bien, aunque aún extraño la otra.
(Y tiene que ser buen papel. Si no, ¿para qué tanta jodedera con la pluma?)

27 de noviembre de 2008

El III de Roque Dalton

No recuerdo si estaba en México, Costa Rica o en Arizona (de 1998 a 1999 tuve un año bastante movido) cuando me enteré de que la Asamblea Legislativa había declarado "hijo meritísimo" --qué horrible gramática la de los diputados-- a Roque Dalton, y me pareció excelente. Me parecieron demasiado obvias, por previsibles, las reacciones de alguna gente de izquierda con respecto al tema: se decía que "la derecha" y "el gobierno" querían quitar "al pueblo" una de sus figuras más importantes, alienarla y apropiársela. En realidad fue la izquierda "reconocida" la que lo asesinó, si me lo preguntan así en crudo. Por eso nunca entendí muy bien los malabares conceptuales de gente que apoyaba al Ejército Revolucionario del Pueblo, leía a Roque Dalton con emoción --y lo reivindicaba como revolucionario-- y le parecía natural que el FMLN tuviera al ERP en su lista de organizaciones. Vaya: hasta era la segunda más poderosa. (Lo que después haya dicho o hecho Villalobos es otro cuento. Cuando estaba en el FMLN era parte de la lista de incuestionables.)
Si algo me gustó de que Dalton fuera "reconocido" por la Asamblea fue precisamente que a su obra se le quitó el carácter de cuco ideológico y se le declaró, simplemente, una obra poética a secas, que es lo que corresponde cuando se trata de literatura. Habrá habido gente a la que se capturó, torturó y quizá hasta se asesinó por el simple hecho de llevar algún libro de Dalton; aún andan por allí --y son legión-- "expertos" en Dalton que por ello, y quizá sin haberlo leído como Dios manda --si hay un dios y si manda en esas cosas--, aún gozan de reputación no sólo académica, sino --sobre todo-- ideológica.
En otras palabras, con la declaratoria de la Asamblea, por la que votaron por igual la derecha, la izquierda, el centro y todo lo demás, se reconocía a Dalton como poeta... uh... digamos nacional y se le quitaba su carácter de bandera política en contra de lo que fuera y de quien fuera.
Cuando anunciaron que la Dirección de Publicaciones e Impresos, la editorial estatal, lanzaría su poesía completa (la de Dalton, se entiende), me pareció mucho mejor aún: por fin habría la posibilidad de leerlo completo, en tres tomos, todo de corrido, y además el reconocimiento se concretaba en algo tangible. Y, más aún, estaría la posibilidad de verlo de manera crítica, y ubicarlo en el lugar literario que le corresponde. No ahora mismo, porque las sensibilidades ideológicas aún están muy... uh... sensibles, y menos en medio de una larga y agotadora --y hasta hace poco ilegal-- campaña electoral. Otro día. Algún día.
Tengo los dos primeros tomos de la poesía completa de Dalton, y los he (h)ojeado con mucho interés; la edición me parece bastante seria y muy bien hecha. Entre otras cosas, resulta interesante cómo algunas de sus cosas que se tienen como mejores, más representativas o más populares (use la acepción que quiera para "populares") fueron las que el propio autor descartó de sus obras completas, que preparó desde antes de viajar a El Salvador, en 1973. Otras se quedaron como estaban, pero no hay un poemario suyo que no haya sufrido cambios, previstos por él mismo, lo que nos da un interesante panorama de lo que Dalton pensaba de su propia obra. (Aun así, se siguen publicando los poemarios "originales", en la UCA y en otros lugares. Supongo que durante mucho rato persistirá la dualidad; es difícil después de más de 30 años cambiar de visión y de costumbres, sin contar los asuntos obvios de derechos de autor.)
Mi opinión es que los "roquianos" le han hecho mucho daño a la poesía salvadoreña. Durante mucho tiempo, por motivos extraliterarios, se le presentó y sigue presentando como el parámetro más elevado e inalcanzable de la poesía nacional, pero los parámetros son netamente ideológicos. Mientras, se olvidó a otros grandes de las letras --como Hugo Lindo, Pedro Geoffroy y Osvaldo Escobar Velado-- y se negó la posibilidad de que hubiera una buena poesía joven si no caía bajo la influencia y el "ejemplo" de Dalton. Han sido treinta años de eso, y ya estuvo suave. Por eso, quizá, las a veces violentas reacciones hacia los poetas más jóvenes que tratan de hacer lo suyo, es decir poesía. Y que conste: creo que Roque Dalton también trataba de hacer lo suyo, y tenía una apuesta poética personal que llevó a cabo con todos sus riesgos y consecuencias, quod erat demonstrandum. Pero no es ni puede ser la única, y no hay nadie que pueda ponerle límites ni cauce a un oficio de libertad.
En fin, que mañana se presenta el tomo III de la poesía de Roque Dalton en la Sala Nacional de Exposiciones, en el Parque Cuscatlán, a eso de las 5:30 de la tarde. Se cierra así parte de un proceso importante, y se abre otro.
Lamento un poco que la DPI no haya llevado un orden adecuado en sus publicaciones; aunque ya salió la poesía de Geoffroy, aún faltan dos tomos de la de Hugo Lindo, entre la cual pueden encontrarse de las mejores páginas que se hayan escrito hasta ahora en la poesía salvadoreña. Ya vendrán en su momento.

26 de noviembre de 2008

Excepciones a las reglas y mentiras con queso

Hace unos días compré en una gasolinera Esso el libro Viaje por las mentiras de la Historia Universal, de Santiago Tarín, más por curiosidad y tacañería que por necesidad. Había un montón de títulos, de todos los grosores, y todos valían $9.95 (lo que de manera incorrecta están llamando "precio único"). El que de verdad necesitaba (y necesito desde hace varios meses) era Crónica de una muerte anunciada, que he comprado, leído y regalado más veces de las recomendables, pero era el más delgado, y el de Tarín el más grueso, y me porté como cualquier lector de best-sellers: mientras más páginas por menos dinero, mejor. Y, bueno, 12,000 ejemplares vendidos en todo el mundo --como señala la portada-- no son Harry Potter, pero es más de lo que ha vendido cualquiera de mis títulos, honor a quien honor merece.
El libro está bien. Se habla de algunos personajes importantes de la historia (Jesús, Aníbal, el rey Arturo) y se mencionan algunos de los mitos surgidos a su alrededor. Por ejemplo, que Cristo no nació en el año 1, ni siquiera en el 4 antes de Cristo (que es lo que se acepta más comúnmente), sino en el 6 antes de Sí Mismo, y que no murió a los 33 años, sino en el año 30, o sea a los 36. Esto le bota a uno parámetros importantes, por ejemplo El hombre que murió, de D.H. Lawrence, que habla de Jesucristo sobreviviente de la cruz, y de cómo puede ser patético un Mesías de 34 años. Me imagino que Kazantzakis conoció el relato de Lawrence, y algo le debía cuando escribió La última tentación de Cristo, que tiene de lo mismo.
Digamos que el libro es menos escandaloso de lo que promete el título. Más bien me da la impresión de que el autor agarra el tema y se pone a jugar con sus personajes y sus mitos favoritos, y los va colocando en su dimensión histórica. En lugar de andar buscando por todas partes, en un montón de fuentes, uno tiene un compendio de personajes mitificados y una bonita confrontación con los datos históricos que se poseen, que en general son pocos e incompletos. Divertido, pues, y siempre se aprende algo, además del tono humorístico que no choca, algo raro y que se agradece; hay gente que puede ponerse pesada cuando se dedica a desmitificar, o dice que está desmitificando.
Pero eso es lo que menos me ha interesado del libro, que llevo a la mitad y que he disfrutado. Lo que me llamó la atención fue el ensayo introductorio del autor acerca de la mentira, donde hay algunas frases que pondré al final. En el ensayo hay aseveraciones sobre un tema que me ha llamado la atención en los últimos tiempos:
...el refranero popular recoge un aserto que provoca que los científicos echen espuma por la boca: "Es la excepción que confirma la regla"; fórmula que permite incluir en un teorema aquel ejemplo que no la cumple. No hay un precepto más bestia y anticientífico que éste: si hay excepción, no hay regla. El método científico difiere notablemente en este sentido de otros, es más modesto de partida, aunque los debates no son siempre pacíficos: el ego se resiente cuando otro expresa un parecer distinto al de uno.
En unos avances de House M.D., el doctor Gregory House aparece diciendo precisamente que, si hay excepción, no hay regla, y es una frase que he estado leyendo y oyendo en diferentes lugares desde hace días; quizá la influencia de la tele sobre la ciencia es más fuerte de lo que uno supone. La pregunta que me hago no es si toda regla tiene excepciones, sino si más bien las reglas están mal enunciadas. Esto es: debe existir un modo de fijar reglas para fenómenos generales y específicos que no tengan excepciones, que sean así siempre, dadas ciertas condiciones.
Por ejemplo, sabemos que el sonido viaja a tal velocidad, excepto cuando lo hace a través del agua o de materia sólida, que cambia según el clima, y en el vacío simplemente no viaja, etcétera. Allí hay una regla mal planteada, porque en realidad se trata de varias reglas que no tienen excepciones, no de una regla llena de ellas.
Igual con el lenguaje. Hay verbos regulares --o sea apegados a "la regla"-- y verbos irregulares. Si uno cuenta bien, ve que los regulares son apenas unos cuantos más que los irregulares, esto es: la regla se traza a partir de un... digamos... 60 por ciento de los verbos, y el 40 por ciento son excepcionales. Y así no funciona la cosa. Hay una regla para ese... digamos... 60 por ciento, y algunas más para los verbos restantes. Lo interesante es que uno de los verbos fundamentales (ser) es irregularísimo, y su verbo gemelo (estar) es tan regular que da pereza. Hasta puede ponerse uno a sacar conclusiones filosóficas y existenciales a partir de eso, y desde luego envidiar o despreciar los idiomas que tienen un solo verbo para ambos conceptos.
Quizá haya mucha herencia del positivismo en el asunto: en unos --relativamente-- pocos enunciados describir el universo, o porciones significativas del universo. Lo soberbio no es decir que no hay excepciones a las reglas, sino reducir cosas complejísimas a fórmulas tan simples que siempre deberán tener excepciones para ser válidas. (Ahora que, si me preguntan, excepción a la regla, lo que se llama excepción a la regla, el embarazo. Y dura poco tiempo.) Y vivir con la certeza de la incertidumbre: ¿en qué momento saltará la excepción que mande al diablo mi aseveración tan bonita?
No es que me guste que el mundo se reduzca a fórmulas, pero a veces es bueno tener una definición a mano, o al menos una certeza. Y, además de algunos principios de Newton y Arquímedes, todo lo demás es Disneylandia: la tierra de lo excepcional. (¡Seee! ¡Me salió la frase de la semana!)
En fin, sigo pensando en el tema, no sé para qué. Supongo que tiene que ver con lo que estoy escribiendo. (Ya empecé el cuarto cuento del libro. Ya desarrollé algunas escenas en la cabeza; ahora es cuestión de ponerlas en papel.)
Vienen algunas citas de Tarín acerca de la mentira:
El filósofo Jean François Ravel ha explicado que la mentira es en sí misma parte de la humanidad y psicólogos y psiquiatras estiman que la mentira es un mecanismo normal de la personalidad. Pero ¿por qué mentimos? Hay muchas razones, todas ellas descritas en la bibliografía sobre la materia. Los que engañan buscan algo material, o satisfacer sus fantasías, o tapar sus carencias. Todo el mundo, en mayor o menor grado, miente para protegerse o para proteger a los demás; se falsea la respuesta por miedo a ser rechazados si somos sinceros, para darnos importancia, para evitar un castigo, para obtener una recompensa que de otra forma sería imposible, para ganar admiración, para tener poder sobre otros, para evitar la vergüenza, para ocultar nuestras inseguridades, para encubrir nuestros desmanes, para exagerar un currículo y acceder a un puesto de trabajo...

...un trabajo en la Universidad de Carolina del Sur aseguró que los mentirosos compulsivos tienen menos materia gris. (Eso está bien, porque en un futuro podemos imaginar los juicios, los debates políticos o las entrevistas con el orador con un casco en la cabeza que se ilumine cuando está intentando dárnosla con queso.)

Y, además, los estudiosos de la mentira han constatado que engañar puede causar en el embaucador un placer, el de sentirse superior al engañado. Esto roza con lo patológico, pero es que también existe una mentira enfermiza, el mentiroso compulsivo, que vive en la creencia de que el mundo elaborado por sus fantasías es real. Los psiquiatras explican que el autoengaño se usa como defensa.

Un filósofo tan reputado como Arthur Schopenhauer escribió un manual llamado Dialéctica erística o el arte de tener razón expuesta en 38 estratagemas, donde facilita consejos para lograr superar en el debate a un adversario, prescindiendo de si se esgrimen los argumentos correctos o no, de si lo que se expone es lícito o no. Entre los ardides que facilita el pensador para vencer en el combate oratorio se incluyen irritar al oponente (y si notamos que se molesta, insistir aún más), establecer las preguntas desordenadamente para confundir al interlocutor, no dejar continuar al otro orador si vemos que va bien enfocado, menospreciar a la gente común dando muchas citas de autoridades para deslumbrar al auditorio y desconcertar al rival con "absurda y excesiva locuacidad".

Jean Gervais, profesor de la Universidad de Quebec, ha dicho que la historia miente más que habla, y es que en no pocas ocasiones se emplea como arma ideológica o como excusa. Los gobiernos aluden a conceptos como seguridad nacional o razón de Estado para escudarse y no dar cuenta de sus actos. Aceptemos que existen estos argumentos, pero también recordemos que cuando se revela la integridad de lo ocurrido hemos visto que a veces, simplemente, se trata de la seguridad del gobernante o de la razón para continuar en el poder. Eso, cuando no se incurre en falsificaciones groseras. Austria condenó al historiador inglés David Irving por negar que existió el Holocausto. Y personajes tan poco dignos de encomio como César Augusto Pinochet o Sadam Hussein levantaron la bandera de la economía o del patriotismo para justificar la persecución de su propio pueblo, para que al final sepamos que su amor a la patria es directamente proporcional a su cuenta corriente.
De un lado está el papel del que mente, pero del otro el del que es engañado, que a veces transige con la farsa por comodidad, aceptando un bien común superior que sirge de actuaciones poco claras.

La verdad absoluta, en la historia, en la ciencia, en la política, en la vida, queda para los otros: para los Pinochos profesionales, a quienes, por mucho que embauquen, mientan o falseen, no les crecerá nunca la nariz.

25 de noviembre de 2008

El diablo sabe su nombre

Mañana a las 6:30 de la tarde, en el Centro Cultural de España, se presentará el libro El diablo sabe mi nombre, de Jacinta Escudos, con la participación de la autora. Espero poder estar por allí para saludarla.
Hoy La prensa gráfica publica una nota acerca de la presentación, que puede encontrarse en este link.

24 de noviembre de 2008

De estampillas y otras matanzas

La semana pasada me llegó una correspondencia, y me dio gusto enterarme, gracias a las estampillas, que hace 82 años comenzó la radiofonía en El Salvador. Hubo otro dato que ya sabía, pero me gustó recordar: que Maximiliano Hernández Martínez fue presidente de El Salvador de 1931 a 1934 y de 1935 a 1944. O sea: las estampillas tienen su parte educativa.
Para ser consistentes con esa vocación pedagógica, en vista de una edición de estampillas no es así nomás, y considerando que Farabundo Martí ya está muy visto, propongo a quien se dedique a esas cosas que la siguiente que se publique sea de Feliciano Ama, el némesis de Hernández Martínez, o sea el líder de la insurrección de enero de 1932 en Izalco y zonas aledañas.
Hay dos fotografías muy llamativas que podrían utilizarse para la estampilla que propongo:

1. Feliciano Ama antes de ser ahorcado por el ejército del cual Hernández Martínez era comandante en jefe (de facto, porque llegó mediante un golpe de estado).
2. Feliciano Ama ahorcado.
Preferiría la primera, para no impresionar a los niños a los que alguien pueda mandarles alguna tarjeta de felicitación de cumpleaños o una tarjeta de Navidad, digamos.
Para los que crean que los niños deben saber desde temprana edad un poco de la historia de su país, y que tienen hígado suficiente para aguantar escenas fuertes (ya ven cosas bastante duras en los programas infantiles de la tele), habría de dos:
1. Proponer que debajo de la cara de Hernández Martínez se pongan treinta mil cuadritos con las caras de los asesinados (aunque según Anderson apenas serían entre ocho y diez mil), a fin de compensar ideológicamente la estampilla.
2. Lanzar una estampilla con una muestra de esos treinta mil, ocho mil o diez mil o los que fueran, como la que sigue:

Así tendríamos dos o varias estampillas interesantes: la del presidente a la que la mayoría de los salvadoreños ahora considera como el mejor que hemos tenido y la de algunos de los que fueron gobernados por él. ¿Podría pedirse menos en estas épocas regidas por el espíritu de los Acuerdos de Paz de 1992?
Igual podrían publicarse algunas más, como una del coronel Monterrosa con El Mozote como fondo, de Mayo Sibrián con alguna bonita estampa del Frente Paracentral de las FPL y qué sé yo. Por favor: no hagan una de Schafik. Es poco fashion. Ni de Hugo Chávez: ya bajó el precio del petróleo y no hay motivo para estar lambisconeándolo. Ni de George W. Bush, otro impresentable.
(Así que 82 años de la radio... Estamos en 2008... 2008 menos 82... O sea que la radio empezó en el país en 1926. Nunca está de más saberlo.)

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He publicado y republicado este post varias veces, porque estaba lleno de errores de dedo y de fechas y qué sé yo, con todo y que estaba viendo los datos en el momento de escribirlo. Moraleja, niños: no escriban cuando están enojados y, si lo hacen, esperen a que se les pase para publicar lo que sea. La cabeza se nubla bieeen feo.

21 de noviembre de 2008

Foro sobre espacios culturales

Mañana, entre las 11 y 12:30, se llevará a cabo en la Casa de las Academias un foro sobre acción cultural autogestionaria, en el que me invitaron a participar para hablar de la experiencia de La Casa del Escritor. Ya sé que La Casa es un espacio institucional, manejado por un ente estatal (Concultura), con lo que en este caso, y por el tema, quedaría como espacio "alternativo" (y de hecho lo es). La convocatoria la hace el Centro Cultural de España.
También estarán Miguel Ángel Ramírez, Paola Lorenzana y Blanca Estela del Castillo. Nos vemos por allá.

20 de noviembre de 2008

¿En Cuba?

En 1974 el gobierno de Cuba invitó a mi padre a visitar la isla en su calidad de "rector en el exilio" de la Universidad de El Salvador. Aceptó de inmediato; si había un lugar que quisiera conocer era Cuba. La invitación incluía a mi madre.
Se armó toda una "leyenda" para su viaje. Se diría que iban a México durante una o dos semanas (no recuerdo el tiempo que estuvieron allá); la visa se las darían en un papelito aparte, para que no apareciera en el pasaporte (en ese entonces los pasaportes salvadoreños traían un sello en el que se decía que no podría usarse para viajar a varios países, entre ellos la Unión Soviética, la República Democrática Alemana, China, Mongolia y Cuba), y tratarían de que en el aeropuerto de la Ciudad de México, donde harían escala, los agentes de Gobernación no les tomaran las acostumbradas fotos que se les tomaban a todos los que iban a Cuba: usarían lentes oscuros, mi madre un pañuelo que le cubriera la cabeza y todo lo que se pudiera, etcétera. Hasta practicaron, aunque sabían que era por lo menos ingenuo.
No recuerdo si se quedaría con nosotros la abuela Mina o la abuela Carmen; mi hermano Mauricio para ese entonces tendría tres años, mi hermana Ana estaría en los 11 y yo en los 14 o 15; no sería el mejor cuidador para ellos, y garantizo que tampoco pretendía serlo.
Regresaron emocionados. No era que el socialismo fuera lo mejor que hubieran visto, sino que se trataba de otra concepción de vida, del proyecto de algo nuevo. Había esperanzas. Los problemas por los que pasaba la isla eran serios, pero ni de cerca se parecían a la miseria extrema que vivía El Salvador por ese entonces; había un principio básico de igualdad que podía desarrollarse y llegar a buen camino si todo funcionaba como las autoridades prometían y como la población a la que tuvieron acceso deseaba. La cereza del pastel --además de unos discos excelentes de música, incluidos varios de Pablo Milanés, Noel Nicola y Silvio Rodríguez, entonces desconocidos en estos países-- era una foto que ambos se tomaron con Fidel Castro, durante una plática que el comandante tuvo con los rectores centroamericanos que habían asistido a la reunión a la que, precisamente, habían invitado a mi padre. (La abuela Mina quemó la foto, junto con otras cosas, varios años después. Por motivos medio complicados, a finales de 1975 la foto se quedó en El Salvador. La abuela la puso detrás de una estampa grande del Sagrado Corazón de María, en su cuarto. La Guardia Nacional la cateó varias veces, y le divertía que los guardias se persignaran cuando pasaban frente a la estampa. Un día los nervios pudieron más, dejó de divertirse y después de un cateo quemó la foto.)
Por allí de septiembre u octubre de 1975 me avisaron que nos iríamos de Costa Rica, y que había dos posibles destinos: México o Cuba. ¿Dónde pensaba que debíamos irnos? Desde mis 13 años me contaban ya como participantes en las discusiones acerca de ciertas cosas de la familia, y a veces hasta tomaban en cuenta lo que pensara. Así que era Cuba o México, y debía dar mi punto de vista.
Extrañamente mi madre, que era la más pragmática, estaba en favor de irnos a Cuba. Quería vivir "eso", lo nuevo, lo inédito. No recuerdo qué trabajo le ofrecían allá a mi padre. Por documentos que conocí después de su muerte, descubrí que en 1975 comenzó su militancia en las Fuerzas Populares de Liberación "Farabundo Martí"; quizá alguna misión de las FPL, con clases en la universidad para tapar un poco el asunto. La otra opción era una beca del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO, sí; Flacso es otra cosa) para hacer un doctorado en la Facultad de Ciencias Políticas de la UNAM.
Mi padre fue el más sensato. Sus argumentos eran que vivir en Cuba durante dos o tres años --lo que esperaba que durara el "trabajo"-- significaría sacarnos a mis hermanos y a mí de nuestro contexto "natural" y, en esa época, quizá condenarnos al ostracismo o a señalamientos, incluso a peligros físicos, cuando regresáramos a esta parte de América Latina. Estaba también el argumento obvio: si se trataba de pensar en nuestros estudios, aunque Cuba tenía buenos niveles académicos, en México habría muchas más opciones. Pensaba también en mis "problemas con la autoridad" y preveía que esa disciplina no era para mí, o que dejaría de serlo cuando me aburriera de la novedad.
Estaban, pues, los papeles cambiados: mi madre tenía la posición que esperaba de mi padre, y viceversa. Por esos días llegó a casa, no sé por qué artes, el libro En Cuba, de Ernesto Cardenal, publicado en 1972 en México y Argentina por Ediciones Carlos Lohlé. El ejemplar es el mismo cuya portada aparece escaneada allá arriba, y ahora está bastante amarillento y deshojado. Dije que quería leerlo antes de dar una opinión, y en un par de días lo devoré.
Recuerdo mis sensaciones, no mis pensamientos; vaya: tenía 16 años recién cumplidos, y ha llovido desde entonces. Ahora releo trozos del libro y veo que fue escrito de buena fe por Cardenal, aunque era una buena fe bastante dirigida hacia un punto en particular.
Por ejemplo, habla de la represión contra militantes católicos, homosexuales, militantes comunistas "con problemas de actitud", etcétera, y de inmediato hace constar, mediante testimonios, que algunos de ellos están contentos con los "castigos" que reciben, porque creen en la revolución. Supongo que habría quien sí pensara de ese modo, pero dudo que fueran la amplia mayoría, con todo y que era la época donde el futuro pintaba mejor para Cuba. También se nota una tendencia a la que la izquierda militante es bastante proclive: demostrar por qué es excelente algo que de antemano se ha decidido que es excelente. Vaya: el proceso cubano es lo mejor que pudo pasar, con todos sus problemas; sólo hay que demostrar por qué es lo mejor, y cómo los problemas no son tan importantes como las cosas buenas.
El libro me gustó, y lo leí un par de veces más. Tenía mis dudas, pero en general me parecía que vivir "eso" podía valer la pena. A la hora de dar mi opinión, sin embargo, me dolió lo que tuve que decir. Cuba es una isla. De entrar allí, estaríamos por definición aislados, inmersos en un mundo que no conocíamos, pero que se volvería el único. Si íbamos a Cuba, era para vivir Cuba y sólo Cuba, y eso tenía un valor, pero veía que mi padre tenía cosas que trabajar para las que habría mayores posibilidades en México. Por otra parte, no podríamos ver a la familia muy a menudo, a menos que viajáramos a otro país para ver a los abuelos, tíos, primos, etcétera. Podían ir a Cuba pero, al regresar a El Salvador, podían tener serios problemas y sus vidas estarían en riesgo.
No sé qué tanto habré hecho que se inclinara la balanza; al final mi padre aceptó la beca de CLACSO, que era por dos años. Gracias a ella sacó un doctorado en Ciencias Políticas, escribió dos libros (Acumulación originaria y desarrollo del capitalismo en El Salvador y Formación y lucha del proletariado industrial salvadoreño), fundó el área latinoamericana del Centro de Estudios Latinoamericanos de la Facultad de Ciencias Políticas de la UNAM (lo hizo junto a Rafael Guidos Béjar y Ernesto Richter), armó el proyecto del acuerdo México-Francia y lo trabajó junto con otros en diferentes países y ante diferentes organizaciones y qué sé yo. En lo personal no veo mi vida sin los dos o tres años que estaríamos en México, que se convirtieron en veintitrés, ni la veo sin mis hijos y mis amigos y todo lo que me pasó por allá.
No conozco Cuba. Intuyo que ahora la situación es harto diferente de lo que era en 1975 o 1976. Quizá me gustaría ir algunos días de vacaciones, para ver qué hay, pero creo que no sería el hábitat en el que pudiera vivir con tranquilidad, haciendo lo que me gusta, pensando como pienso y diciéndolo cuando es el caso. Lo que sé es que, a pesar de que de Cardenal sólo me gusta su libro Salmos, releo En Cuba y siento gusto más allá de que esté o no de acuerdo con lo que diga, de que mucho de lo que hay en él se quedó en sueños y qué sé yo. En ese libro está una parte importante de mi vida que pudo ser, y que no fue ni será.