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23 de octubre de 2010

451

Hay un error importante en Farenheit 451 que uno pasa por alto porque el libro es buenísimo: la dictadura ha prohibido la Biblia, como lo demuestra que al final haya gente que está aprendiendo o ha aprendido de memoria algunos evangelios para preservarlos.
Si a alguien se le ocurriera un despropósito así, se armaría una guerra religiosa que no habría ejército capaz de ganar. Y si a la distopía de Bradbury se le ocurre moverse un poco hacia el cercano y medio oriente, mejor ni hablar.
Orwell, en 1984, va un poco más a fondo, pero es menos pretencioso: en ese mundo está prohibido pensar (por uno mismo, se entiende), pero sólo para la gente del Partido; los demás (“el prole”, como le llaman), mientras cumplan con su cuota de trabajo, pueden hacer lo que quieran y vivir su vida gris y sin perspectivas. El personaje, Winston Smith, es castigado ya no por tener libros, sino un simple cuaderno en el que escribe cosas. Cosas, nada más, aunque poco a poco se va poniendo más subversivo empujado por alguien que es agente del propio Partido. Bien perverso el asunto. (También está prohibido el sexo por diversión y sonreír y otros etcéteras.)
En la película Equilibrium, con Christian Bale (¡ese tipo la ha hecho de todo, y bien!), la sociedad que se plantea es más interesante incluso que la de Bradbury: ¡está prohibido sentir! Ya no sólo se prohíben los libros, sino también los adornos, las fotografías, los perfumes, cualquier cosa que pueda generar emociones. Claro que esto es reforzado por químicos que se reparten a la población, y un sistema de vigilancia bien al estilo fascista del que no escapan padres, vecinos ni esposas. Hay una resistencia, claro está, pero también una policía que sería infalible si uno de ellos no empezara a sentir, etcétera.
La destrucción de los libros, en todo caso --o su ausencia-- tienen un papel importante en estas tres distopías. Bradbury se atreve a poner muchos títulos y son libros básicos y más que básicos de la literatura universal. Lo terrible de Farenheit 451 es que los bomberos destruyen las cimas del intelecto humano, que hay todo un aparato dedicado a eso y que no hay nadie que pueda detenerlo, excepto una tímida y, a fin de cuentas, resignada resistencia.
La pregunta es: ¿qué tanta gente puede formar parte de esa resistencia. Más aún: ¿a cuánta le interesa? Y eso lleva a la pregunta central: ¿cuánta gente “lee”, si por leer entendemos a Shakespeare o Pound, a Baudelaire o Borges? ¿Cuántos armarían un verdadero lío si a “alguien” (a un gobierno, vaya) se le ocurriera empezar a quemar libros que para muchos son cosa sagrada, pero para otro no tienen más sentido que una especie extraña de lagartijas de Borneo? Quizá haya quien arme manifestaciones, que podrán ser clínicamente reprimidas y sus líderes resguardados en prisiones bonitas o feas, pero prisiones al fin.
Y habrá mucha gente a la que simplemente no le importe, que no quiera meterse en líos o que esté de acuerdo. Desde luego que se dejaría circular libremente ciertos libros religiosos y de autoayuda; eso también es “leer” y, si nos ponemos democráticos, nos llevan la ventaja por mucho trecho. Lo que no hay que tocar en la Biblia, algunos de sus derivados menos interesantes y los libros de autoayuda, una variable que no existía, como hoy, en la época en que Bradbury escribió su libro. (Tampoco previó, imagino que por cuestiones de trama, los libros malos, que siempre han sido legión.)
¿Qué nos queda? Esperar que los gobiernos permanezcan sensatos --no lo fueron durante una larga temporada-- y que las pocas librerías que hay traigan cosas buenas. Si no, siempre quedan los usados del centro. Pero no creo que pase nada grave, en el mundo macro, si simplemente dejan de venir libros buenos, los del centro desaparecen y todo queda en un pequeño grupo que se intercambia lo que tiene.
Sí, internet, ya sé, internet. Pero, con todo su poder, es tan frágil... Aún hay países que pueden reducir su acceso a niveles de llanto, y por ahora no hay modo de cambiarlo.
¿O sí?

21 de octubre de 2010

Querida Denise:

Soy una persona llena de prejuicios. Por suerte sé más o menos por dónde van y puedo actualizarlos, o al menos entenderlos y pasarlos por alto.
Recibí con mucho gusto, porque era tuyo, el poemario Manual del mundo paraíso, publicado por Catafixia, en Guatemala. Para empezar con los detalles frívolos, no me gustó la mano de la portada. La anatomía es terrible. Mis prejuicios, en otro caso, me hubieran dicho “Hasta aquí”, pero empecé a darle una ojeada --de atrás para adelante, desde luego-- y no supe cómo reaccionar cuando vi tu cédula de identidad personal como “biografía”. Apenas días después me di cuenta de que era una especie de broma y me reí.
Después agarré versos aquí y allá y me di cuenta de que se trataba de una diatriba en contra de las iglesias evangélicas, y temí que hubieras caído en el panfleto fácil. (Hago constar que hay panfletos que están entre mis poemarios favoritos, como España, aparta de mí este cáliz, de Vallejo, y varios textos de Hernández, como “Niño yuntero”.) Me di cuenta de que estaba haciendo las cosas mal y me puse a leer desde el primer verso del primer poema.
Y no pude parar.
Ante todo, es un texto riguroso y bien escrito. Conozco cosas tuyas de poesía, muy buenas, pero no alcanzan ni de cerca el nivel de tu Manual.... Esto es la comprobación de que puedes escribir lo que se te pegue la gana usando la poesía, pero sin llegar al “sacrificio” que pedían y practicaban poetas de los años setenta y ochenta, y que aún nos tienen como nos tienen. (Si me preguntas, muchos de ellos escribían mal no porque quisieran llegar el pueblo, sino porque simplemente eran malos. O haraganes. Y eso es algo que no hay en tu texto: haraganería. Está trabajado palabra por palabra, casi letra por letra. Te conozco y sé lo obsesiva que puedes llegar a ser.)
Así que me leí tu libro de un tirón, y me encontré ante una disyuntiva: además de disfrutarlo, que era inevitable, indignarme aún más por todo el rollo de las iglesias evangélicas o botarme de la risa. Escogí la segunda opción y me la pasé muy bien. Y no porque no me parezca serio lo que dices, sino porque también con la risa se puede protestar, y a veces es más poderosa que el enojo.
Unos días después Mario Zetino lo leyó frente a nosotros y también se la pasó riéndose, en parte por lo que dices en el poemario, en parte por el gusto de ver lo bien escrito que está, ya ves cómo es Mario con eso de la forma.
Creo que Memorias del mundo paraíso es un libro que vale la pena de leerse por los motivos que sea. Yo pienso darle un par de revisadas para captar cosas que no logré agarrar a la primera. Es muy complejo. Es muy bonito. Gracias.

14 de mayo de 2010

Luz negra y El hombre marcado

Anoche, en el hotel Real Intercontinental, fue la presentación de la edición de la obra teatral Luz negra, de Álvaro Menen Desleal (1931-2000), bajo el sello de Índole Editores, y de la --breve-- antología de cuentos El hombre marcado, del mismo autor.
Las ediciones están bastante cuidadas, como es costumbre de Carlos Clará, el editor de Índole, y no hay nada que pueda decir de Luz negra que no (se) haya dicho ya.
Me tocó en suerte hacer la selección de cuentos de El hombre marcado, que toma su nombre de un cuento hasta ahora inédito de Menen Desleal. De sus cuentos completos (alrededor de cien), escogí once, de una selección previa de quince o dieciséis, y me parece que tomé de lo mejor del autor. Diría que está "lo más representativo", pero me di cuenta de que no hay algo que sea "representativo" suyo, con todo y que tiene una voz bien marcada que lo hace inconfundible. Me refiero a que Álvaro escribía todo: ciencia ficción, fantasía, cuentos de contenido social, cosas de un humor negro violentísimo y cosas de verdad angustiantes, si no las dos al mismo tiempo. (Algo así escribí en la nota introductoria, que es cortita. Me parecía más importante lucir al antologado que lucirme yo.)
Al final de El hombre marcado se reproduce una entrevista que le hice a Álvaro a finales de 1999, y que se publicó en la desaparecida revista Vértice de El diario de hoy, donde yo trabajaba. La entrevista se publicó en dos partes: una el 7 de noviembre de 1999 y otra el 8 de abril de 2001, para conmemorar el primer aniversario de su muerte. Ambas partes crearon polémica, y yo estaba fascinado: ¡Álvaro armando relajo un año después de muerto! Las reproduciría aquí, pero son demasiado largas. A cambio, pongo el fax que me envió para que lo entrevistara, que lo retrata bastante bien:

Están buenos los libritos. Y baratos. No se los pierdan.
Ah: una sorpresa. En la entrevista de marras (no entiendo por qué se dice así, pero así se dice), Álvaro me habló de un cuento titulado "País fundado en la basura", y lo describió más o menos en detalle. A su muerte, Cecilia Salaverría, su esposa, buscó entre sus papeles y no lo encontró. Creímos que lo tenía preparado en la cabeza para escribirlo algún día, o de plano se lo había inventado en el momento. Sin embargo, antenoche el cuento apareció en el lugar menos esperado, mientras Cecilia buscaba alguna otra cosa. O sea que no sólo dejó un cuento inédito, sino por lo menos dos, de los cuales uno ya no lo es. Quién sabe qué podría hallar en otro rincón en alguna otra ocasión. (Sí, hay otras cosas inéditas: teatro, ensayo, bastante poesía y cosas no muy clasificables por género. Ojalá puedan publicarse pronto.)

6 de abril de 2010

De jóvenes radicales a viejos reaccionarios

Buena parte de los comentarios a la antología de poetas jóvenes Una madrugada del siglo XXI, de Vladimir Amaya, han caído en una (molesta) condescendencia, el rechazo (explícito o no) y una especie de análisis casi histórico, casi sociológico, que muestra que los comentaristas no están entendiendo muy bien lo que está pasando con la poesía en El Salvador.
La observación más importante que se ha hecho, explícita o subyacente, es que los poetas antologados no se inscriben dentro de la tradición poética salvadoreña, o que desconocen lo que han publicado antes otros autores nacionales. Cierto o no, me parece que el error de base es suponer que existe algo parecido a una tradición poética en El Salvador que pueda seguirse, como la existe en otros países, es decir: un continuo de poetas o generaciones --vanguardias incluidas-- que van montándose en los anteriores y, con suerte, evolucionando hacia cosas más depuradas e interesantes. (Puede ocurrir, también, que en algún momento una antigua tradición se estanque por exceso --en algún momento los poetas contemporáneos pueden sentirse aplastados o rebasados por quienes los precedieron--; en casos como el nuestro, si no se mira más allá de las fronteras de todo tipo, talvez los escritores se queden embebidos en un par de figuras influyentes y se conviertan en sus apéndices. En El Salvador ocurrió --y sigue ocurriendo-- con Roque Dalton y Salarrué; en Nicaragua aún es difícil ver a Darío como una influencia depurada, y los talleres de poesía oficiales de los años ochenta masificaron el estilo Cardenal, y no para beneficio de la poesía.
El que no haya una tradición poética en El Salvador no significa que no haya cantidad suficiente de escritores a los cuales leer y estudiar; significa que su calibre no es suficiente --y los que lo tienen son muy pocos-- para poder formar una tradición de calidad.
De entre la larga fila de nombres que pasaron por las páginas debidas a la actual Dirección de Publicaciones e Impresos y la Editorial Universitaria --la antigua, claro--, pocos están a la altura de cualquier buen poeta de cualquier parte: Hugo Lindo, Pedro Geoffroy, lo mejor de Dalton... Y eso no es privativo de El Salvador; el error es creer que basta con la producción nacional para alimentarse lo suficiente para generar literatura de talla mayor. Un error muy similar es suponer que basta con leer a los que se considera mejores autores contemporáneos de cualquier parte del mundo: en ellos habrá recursos y pistas importantes, pero hay milenios de poesía a la cual recurrir en la que no está todo, pero sí mucho de lo que falta y que se va diluyendo con el paso del tiempo y de la escritura.
¿Es importante para un poeta joven salvadoreño conocer a Lars, a Guerra Trigueros, a Quijada Urías, a Huezo Mixco? Sí, sin duda; muestra un camino y puede ubicar el lugar donde nos encontramos. Pero esperar que de allí surja toda una poética es un tanto excesivo. No hay suficiente alimento, y el que hay no siempre será digno de digestión.
Un punto importante es que durante años --desde mucho antes de la guerra hasta mucho después de su término-- se perdió lo que en efecto existió hasta principios de los setenta: la cadena de transmisión del conocimiento literario: los "mayores" mostraban caminos a los más jóvenes, y éstos tenían algunas pistas que seguir para ampliar las miras de su trabajo, si ésa era su intención. Oswaldo Escobar Velado y Pedro Geoffroy son reconocidos como ávidos impulsores de los más jóvenes, como antes de ellos Claudia Lars y después Ítalo López Vallecillos.
Esa tradición se fue perdiendo con el incremento de la represión política tras la ocupación de la UES, en 1972, y después vino la guerra con sus urgencias y compromisos, que dejaron buena parte de la poesía en textos en su mayoría sin valor ni perspectivas desde el punto de vista estético.
El resultado, después de la guerra, fue un montón de gente que escribía mal, que hablaba de política cada vez que se le preguntaba de poética, grupos e individuos desarticulados y confrontados y jóvenes que buscaban que "los mayores" les dieran algunas pistas, algún consejo, algo.
Y los mayores no les dieron mucho, aparte de romperles poemas porque "eso no sirve", decirles que "un día de éstos hablamos" o, lo peor, la condescendencia: "Tu poema está bien. Sigue así." Hubo algunos talleres --aún los hay--, de ésos que no duran mucho porque se trata de ejercicios de autogratificación del poeta encargado: se espera que todos escriban de cierto modo, bajo ciertos parámetros, de preferencia muy parecidos a los del conductor.
Lo que muestra la antología de Amaya es algo muy parecido a una rebelión, y la reacción de "los mayores" es negarla, y quizá en algún momento caerán en la tentación de combatirla abiertamente. Pero no es tan fácil: la poesía se combate con poesía y, francamente, en la antología hay gente con calidad poética superior a la de muchos "mayores". Si debo decirlo como parte involucrada, un montón de chamacos nos están pasando por encima, y no hay manera de evitarlo: no nos están pidiendo permiso, y no lo necesitan. No digo que todos los antologados me parezcan buenos --como dije en el post anterior, Amaya quizá sacrificó en algunos casos la calidad en aras de las propuestas--; digo que por lo menos la mitad de los antologados, de treinta años para abajo, tienen una calidad que "los mayores" quizá no alcancemos, con propuestas originales, buena ejecución y madurez personal y literaria. No sólo hay talento: hay productos tangibles y, si hubiese la posibilidad de publicar libros de muchos de ellos, sería más patente. Lo sé: me he pasado ocho años siguiendo muy de cerca el proceso.
Y será difícil --y de allí buena parte del rechazo a la antología-- inscribir a muchos de esos poetas jóvenes en la tradición salvadoreña, con todo y que seguramente, en unos años, eso será parte de nuestra tradición. Lo importante es que hay una fuerte tendencia a nutrirse de una tradición muchísimo más amplia, y no hacer "literatura nacional" sino, simplemente, literatura. Eso, más que una negación de "lo nuestro", me parece que muestra una amplitud de miras que no ha sido la constante en nuestra poesía.
¿Qué va a pasar entonces? ¿Aceptar que se viene un recambio generacional bastante marcado o pelear contra lo inevitable? ¿Decir que no hay nada nuevo después de nosotros o tratar al menos de entender que algo serio está pasando y que la poesía salvadoreña está abandonando sus cómodos cauces habituales?
Es obvio que "lo que viene" no lo detiene nadie. ¿Nos va a tocar el papel de jóvenes radicales que se convirtieron en viejos reaccionarios? Todo indica que ésa también es la tendencia. ¿Es esto último un proceso natural? No lo creo, o más bien no lo quiero. Pero es lo que parece que tenemos. Conozco casos de poetas "de los mayores" que lo ven desde otra perspectiva y, a su manera, estimulan a los escritores más jóvenes; son los que no han olvidado.
Miguel Huezo Mixco dice que la antología de Amaya es "un campanazo", y tiene razón. Ahora es importante leerla para saber lo que anuncia.

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Nota bene 1: Insisto en que siempre he estado en desacuerdo con las autopublicaciones. En este caso no veo alternativa; nadie va a publicar una antología no sancionda por "los mayores" y, como se ve, la de Amaya ni siquiera se hubiera fraguado.
Nota bene 2: En mi mundo ideal, los mejores poetas salvadoreños son Eliot y Vallejo. Algunos preferirán a Neruda o García Lorca o vaya a saber. Hasta ahora ha resultado ser un punto de vista muy poco popular: en esos niveles, ¿dónde quedaría uno, pobrecito?
Nota bene 3: Sería interesante saber qué antología de poesía de jóvenes harían algunos "mayores". Me da la impresion de que sería harto diferente y mucho menos llena de propuestas originales.

1 de abril de 2010

La justicia (poética) por propia mano

En la literatura, como en otras artes, existe la costumbre de que "los mayores" validen a los más jóvenes como merecedores de continuar con el oficio. El porqué es obvio: personas con mayor experiencia y trayectoria deberían reconocer a sus futuros iguales y, a través de la validación, lanzarlos al ruedo y llamar la atención sobre ellos para lo que fuere menester, digamos que su obra se lea, se compre o sea al menos considerada como parte de la corriente artística del momento.
En literatura, uno de los modos posibles es la publicación de antologías en las que se da a conocer una muestra del trabajo de los escritores que el antólogo considera representativos o significativos de lo que se esté produciendo. En El Salvador el último intento ocurrio hace diez años, con Alba de otro milenio, de Ricardo Lindo (Dirección de Publicaciones e Impresos). Hace un tiempo escribí una nota acerca de lo mal que se había tratado a Lindo y su antología, de manera injusta: lo que Lindo estaba haciendo era mostrar lo que en ese momento se veía en el panorama poético joven del país, no una apuesta por ciertos escritores (de muchos de ellos no volvió a saberse o no evolucionaron o dejaron la poesía por otras cosas; hubo otros que no fueron incluidos y han sido de gran importancia); tampoco era una profecía, que en este oficio nunca se sabe, en especial con los más jóvenes. Si algo puedo añadir acerca de la antología es que es honesta y muestra un panorama que, hoy, es un punto de comparación obligatorio.
Pero ¿un punto de comparación con qué?
Diez años parece poco tiempo para preparar una nueva antología "joven", pero en El Salvador, en ese poco tiempo, se ha producido un fenómeno importante que los "mayores" aún no logran detectar o no quieren o pueden comprender. Se trata de un florecimiento que podría incluso parecer excesivo de poesía de gente muy joven, con características bastante diferentes a las de las generaciones anteriores, si es que se puede hablar de generaciones en las últimas décadas.
El trabajo de crear la siguiente antología de poetas jóvenes la tomó en sus propias manos uno de ellos mismos, Vladimir Amaya, con el libro Una madrugada del siglo XXI. Poesía joven de El Salvador. Incluye a 34 autores nacidos entre 1980 y 1989, y en el recuento surge una de las primeras y más interesantes características de esa "generación": dieciséis de los antologados son mujeres. No se trata de una cuestión de corrección política o de algún enfoque de equidad de género, sino de que mucha de la mejor poesía joven salvadoreña la están escribiendo, precisamente, mujeres. Los posibles motivos podrán ser muchos y los que uno quiera pero, hasta ahora, la participación de las mujeres en la poesía salvadoreña había sido por lo menos marginal.
Otra característica de los poetas incluidos en la antología es que difícilmente pueden encuadrarse en una "tradición nacional", si algo así existe. Aunque seguramente muchos de ellos --o todos-- conocen a las figuras más importantes de la literatura nacional, es obvio el acceso directo de la mayoría a la gran poesía, quizá a la más importante de principios y mediados del siglo XX. Pero no se percibe una uniformidad en los textos, ni mucho menos. Si algo caracteriza a los poetas antologados es que cada uno posee propuestas propias y diferentes a las de los demás, incluso los autores más débiles, que los hay. También puede encontrarse un énfasis en la técnica poética, en la necesidad de dejar menos a la espontaneidad que al trabajo y mucho más a la efectividad de los textos que a la sensiblería a veces fácil que suele encontrarse en recitales incluso de voz de los poetas de mayor trayectoria.
Creo que Amaya le apostó a la diversidad de propuestas, a veces en detrimento de la calidad. Sin embargo, hay en por lo menos dos tercios de los antologados un nivel de calidad bastante alto, que podría cuestionar seriamente a muchos de los que ahora se toman como poetas respetados y bien establecidos.
Uno de los puntos que puede resultar incómodo lo hace notar Amaya en el prólogo: la poca influencia de Roque Dalton en los poetas de la muestra. Durante años, escribir "como Roque" era --y quizá siga siendo para muchos-- condición necesaria para que la poesía de alguien fuera tomada en serio: temáticas, giros, estructuras, etcétera. Esto daba --y quizá aún dé-- una poesía que tiende a la uniformidad --también lo anota Amaya--, a la larga poco interesante y contradictoria con uno de los principios del arte, que es la originalidad. Talvez a los "mayores" se les pasó la mano con la apología de Dalton --que tiene su lugar y que estaba en lo suyo; no le echo la culpa a él--, generaron un canon inaceptable y ahora los jóvenes han declarado una sana rebelión poética: ¿no es acaso la rebelión de los jóvenes una necesidad para todos nosotros?
En fin, la de Amaya es una iniciativa audaz y válida. En general estoy en desacuerdo con las autoediciones, pero me parece que en este caso era necesaria; los "mayores", en serio, no terminan de entender lo que está sucediendo, y la tendencia es a ignorarla, rechazarla y, en el mejor de los casos, malinterpretarla.
Una madrugada del siglo XXI me parece un hito importante e inevitable, una lectura obligatoria para quienes estén interesados en la poesía.

15 de diciembre de 2009

Prólogo a las Historias prohibidas

Mientras estaba en el hospital me llegó un ejemplar de Las historias prohibidas del pulgarcito, de Roque Dalton, publicad0 en Canarias por las Ediciones Baile del Sol. Quiere la suerte que me hayan pedido el prólogo, que hice con gusto. Como por aquí no se va a conocer muy ampliamente que digamos, y a pesar de que es más o menos largo, lo transcribo para quien pudiera interesarse.

I
Hay dos cosas que son ciertas aquí, ahora y siempre. La primera es que la historia –la oficial, la de mayúsculas reverenciales– la escriben los ganadores. La segunda es que esa historia no soporta el sentido del humor ni las paradojas, es decir las verdades a secas. Basta con que brinque un dato ignorado por los redactores de turno, las palabras inocentes de alguien que recuerde su infancia, un recorte amarillento, para que la Historia se convierta en caricatura de sí misma y los próceres, mártires y grandes gestas sean materia de guiñol.
La consecuencia de aplicar el humor a la historia oficial es una sola: la pérdida del respeto por parte de los marginados de la historia –la de las minúsculas–, los protagonistas verdaderos, que por sí o por no permitieron que sus nombres se pusieran en letras muy pequeñas en la lista de créditos, en pro de la patria o de alguna abstracción igual de excluyente. Sonará a consecuencia demasiado moral para tener valor práctico, pero de allí surgen los motines, las revoluciones y las guerras de liberación nacional: todo lo que tarde o temprano se convertirá de nuevo en Historia, y así sucesivamente.
Por eso la burocracia de 1984 –la terrible caricatura de Orwell– se la pasa rescribiendo la historia libro por libro, noticia por noticia, foto por foto, línea por línea, y controlando implacablemente a los que pudieran encontrar una pista que los llevaría a otro lado. No importa a dónde; talvez sólo a un desechado lugar de sí mismos, a una sensación desconocida, a un espejo.
Por eso –también– el poder necesita gritar como predicador en iglesia de dudosa santidad: los feligreses no deben dejar de ver hacia el frente, hacia él, que cuenta historias de apocalipsis aterradores e improbables, pero fascinantes. Una simple mirada de reojo al vecino de la izquierda propiciaría –por comparación– la revelación: los gestos del hombre santo son ridículos, su voz es ofensiva, sus palabras no llevan a ningún lugar dentro del que uno pueda o quiera imaginarse. Y el encanto se rompe.
Roque Dalton –el de Las historias prohibidas del Pulgarcito– es el feligrés que mira hacia otro lado y después regresa la vista al hombre solemne que amenaza con infiernos pavorosos. (El peor: si pecamos, si dudamos, si preguntamos por qué –o cuándo–, la historia nos olvidará o nos colocará en el sitial de los condenados.) Y lo que Dalton ve es a un tipo subido en unos zancos muy frágiles, una panza bien cultivada, una calva cubierta con un mal bisoñé, parches en los pantalones, una corbata chillona. Y se ríe, y la risa es una enfermedad contagiosa, así su periodo de incubación sea a veces lento.

II
Contaba el escritor salvadoreño Álvaro Menen Desleal (1931–2000), su amigo, compañero de generación y a la vez humorista temible, que Dalton comenzó a publicar los materiales de las Historias prohibidas en las páginas literarias de El diario de hoy, considerado el bastión inalienable de la derecha, en un espacio titulado “Columna vertebral”, a finales de los años cincuenta.
Lo hizo durante las aperturas democráticas –alguna se llamó a sí misma “revolución”– de los gobiernos militares de Óscar Osorio (1950–1956), José María Lemus (1956–1960) y Julio Rivera (1962–1967). La tolerancia de los tres era menos consistente que el humor de Dalton; en esos periodos fue perseguido, encarcelado, casi ejecutado (la historia o la leyenda cuenta que un terremoto derrumbó un muro de la cárcel el día anterior al fusilamiento), y de allí pasó al exilio, que rompería sólo un par de años antes de su muerte.
Claro que entonces era militante del Partido Comunista, hacía poemas políticos (“comprometidos”) y participaba en las actividades de organizaciones estudiantiles, las adversarias más irritantes de los militares. Pero lo peor fue confrontar la verdad oficial con los textos que el lector está a punto de leer: puros y simples retazos de historia cotidiana, literatura, frases y dichos populares, ideas cotejadas con el paso del tiempo. Es interesante que la mayor parte perteneciera al corpus de la historia oficial, y surge otra ley: la historia oficial se modifica para permitir su propia continuidad, y requiere del olvido de sus receptores para no desmoronarse. (El Gran Hermano de Orwell era sabio y cruel: no condenaba al pueblo al olvido, sino a los nuevos recuerdos.)
La paradoja fue que Dalton resultara asesinado por sus propios compañeros del Ejército Revolucionario del Pueblo, el 10 de mayo de 1975, y no por sus enemigos naturales. O quizá los enemigos naturales del sentido del humor no sean necesariamente los opresores del capital y las leyes sesgadas, sino quienes buscan engrosar las páginas de la historia oficial y escribirla a su gusto, para su mayor gloria. El modo de tratar que la historia –la minúscula, con pretensiones de mucho más– no se desviara de un rumbo improbable fue asesinarlo; el mecanismo es viejo y nunca funciona en el plano de la evolución de las ideas, pero tenemos un poeta menos y no sabremos qué escribiría Dalton en su siguiente madurez poética y física. (Lo ejecutaron cuatro días antes de que cumpliera los cuarenta años.)
Otra paradoja es que, tras el crimen, la mayor parte de sus apólogos en El Salvador creó a su sombra un culto según el cual no hacía falta leer su obra, disfrutar su humor, sufrir sus dudas, enternecerse con sus recuerdos de infancia: bastaba con saber un poco de su biografía, las circunstancias de su muerte, haber leído sus poemas menos afortunados, escritos bajo la urgencia de la lucha guerrillera, imitar lo que se pudiera, para ser un seguidor y un conocedor de Roque Dalton, o lo peor: un especialista. Durante los años de la guerra, y después aun, pareció que en El Salvador la poesía se detenía alrededor de la imagen del poeta mártir, y que se trataba del fin de la historia literaria. Más allá no había nada. El culto llegó hasta el extremo en que se nombró un teatro municipal y una pinacoteca universitaria con su nombre, cuando fueron disciplinas que estuvieron fuera de sus alcances, si descontamos alguna puesta en escena universitaria y los dibujos casuales que cualquiera deja en cualquier parte.
Los comisarios de la palabra marginaron a los poetas que buscaban algo de originalidad en la mejor escuela del maestro muerto, dictaron cánones básicos y a la vez inalcanzables –nadie podía ser Roque Dalton, ni siquiera él–, y los académicos y maestros fueron predicadores vociferantes que hablaban de un hombre muerto a quien no comprendían, y no era el caso: lo importante era que los vieran a ellos, y Dalton en la cruz, más como imagen de la víctima desvalida que como un luchador de la palabra y las ideas. Ellos mismos hubieran sido víctimas de su humor.
(Quizá el Gran Hermano fuera después de todo una buena persona, y fueran sus exégetas quienes, tras su muerte, lo convirtieran en un tipo sin entrañas, una variable que Orwell no tomó en cuenta.)

III
En la bibliografía de Roque Dalton, Las historias prohibidas del Pulgarcito ocupa un lugar especial, en un corpus formado más por excepciones que por constantes.
El “eje central” de la obra de Dalton lo integran sus libros de poemas publicados en vida, apenas cinco: La ventana en el rostro (1961, publicado por Baile del Sol en 2003), El turno del ofendido (1962), El mar (1962), Los testimonios (1964) y Taberna y otros lugares (1969, publicado en 2006 por Baile del Sol). Antes de La ventana, además de los poemas sueltos publicados en revistas, publicó unidades que después integraría en éste: Mía junto a los pájaros y La balada de Anastasio Aquino, ambos de 1957.
En los libros canónicos se percibe una evolución formal constante y una búsqueda de medios de expresión propios. De la influencia casi directa de Neruda, Vallejo y Nicanor Parra (el de la antipoesía), en su primer poemario, pasa a la experimentación con recursos de otros autores, en El turno del ofendido (García Lorca, Eliot, Nazim Hikmet, etcétera). Desde temprano cuenta con un código fuertemente propio, pero no es sino hasta Taberna donde encuentra su voz (o sus voces) y donde se perfila una depuración que truncó la muerte. Vale la pena mencionar en especial el poema “Los extranjeros”, el punto más alto de su producción, y varios textos amorosos.
El poema “Taberna”, una pieza del todo experimental (y por eso mismo sujeta a discusión en cuanto a sus alcances) pone sobre el tapete un concepto que maneja con mano propia: el “poema collage”, un tema sobre el que volveremos más adelante. En la primera parte del poemario hallamos su vena antipoética, aprendida de Parra, que utilizó especialmente para los trabajos de fuerte contenido político.
Fuera de estos cinco libros encontramos los poemas y poemarios que dejó inéditos, que deben tomarse con pinzas; no se encuentra allí lo más significativo de su producción, aunque sí lo más citable: mucho ingenio, humor negro, ideología en seco, incluso amargura, son la constante. Hay sin embargo mucho de la compleja elaboración de sus mejores textos. Es probable que estos libros estuvieran destinados a su publicación después de un proceso de depuración, que ya no le fue posible.
Los poemarios inéditos son: Un libro levemente odioso (escrito en 1970–72, publicado en 1988), El amor me cae más mal que la primavera (1969–1973, aún sin publicar), Los hongos (1968–1973, varias publicaciones) y Doradas cenizas del fénix (inédito), además de piezas sueltas.
Destacan de este corpus dos textos en especial. Por su calidad poética, un poema inconcluso, que sólo se ha publicado en antologías, “Esbozo de adiós” (1973), una despedida de Cuba, de su familia y de sí mismo, escrito poco antes de regresar a El Salvador. El otro es Los hongos, un largo texto que habla de religión, ideología, revolución, la infancia del poeta y sus contradicciones personales. Allí aparece de nuevo el collage como recurso técnico. La forma y los recursos son mucho más precisos y ricos que los de “Taberna”, y es bastante probable que éste le sirviera de antecedente directo.
Hay otro libro que no estaba destinado a formar parte del universo literario del autor, Poemas clandestinos, con textos escritos entre 1973 y 1975, bajo los pseudónimos de Vilma Flores, Timoteo Lúe, Jorge Cruz, Juan Zapata y Luis Luna; fueron publicados después del asesinato de Dalton, en una edición mimeografiada de la Resistencia Nacional (la escisión del ERP tras el crimen), y debían publicarse como parte del trabajo propagandístico de su organización. Aunque hay aciertos poéticos que pueden esperarse de un escritor experimentado, el énfasis está puesto en la ideología, en el momento de la lucha en que fueron escritos, y en las voces de los poetas populares que creó.
Su obra “no poética”, publicada e inédita, está compuesta por Miguel Mármol. Los sucesos de 1932 en El Salvador; la novela Pobrecito poeta que era yo... (escrita entre los años sesenta y 1974, publicada póstumamente en 1975), la monografía El Salvador (1963); un extraño híbrido titulado Un libro rojo para Lenin, escrito a principios de los setenta, inédito hasta 1986 y publicado por Baile del Sol en 2004, y varios textos literarios y políticos (como ¿Revolución en la revolución? y la crítica de la derecha, de 1970, acerca de la teoría del foco revolucionario planteada por Régis Debray de acuerdo con los postulados del Che Guevara).
Miguel Mármol está basado en el testimonio de un sobreviviente de la matanza de 1932, pero hay en él mucho de creación literaria, y quizá sea uno de los libros más redondos y cerrados de Dalton. Pobrecito poeta recurre a recursos poéticos para solucionar problemas narrativos, y cuenta con páginas magistrales que es necesario leer. En Un libro rojo para Lenin, escrito por convocatoria de Casa de las Américas para homenajear al luchador social ruso, utiliza todos sus recursos literarios (poesía, narrativa, ensayo, periodismo...), y recurre también a textos de otros autores para dar forma al todo. En otras palabras, un collage que hay que considerar por su estructura.
Dentro de esta producción (y alguna más), destaca Las historias prohibidas, libro excéntrico, pero talvez el que preparó durante más tiempo: desde sus épocas de estudiante universitario, cuando publicaba los materiales en El diario de hoy, aprovechando aperturas democráticas que no eran para él, hasta tres años antes de su asesinato. Él mismo calificaba el libro como “poema collage”, una forma que buscó durante años, y que cuajó plenamente en el libro que el lector tiene entre las manos.

IV
En Las historias prohibidas del Pulgarcito, Roque Dalton parte de un principio que estableció Dadá a inicios del siglo XX, con no poca ironía: todo es arte, siempre y cuando haya la intención del artista de hacer una pieza de arte. Marcel Duchamp “creó” en 1917 un orinal firmado por R. Mutt, un plomero que hacía de lo suyo un arte, y tituló aquella obra como “La fuente”. Lo único que hizo, además de firmarlo, fue voltearlo 90 grados para que se viera desde otra perspectiva. Aún se exhibe como una declaración de principios y, sobre todo, de actitud y humor.
Roque Dalton logró equivalentes literarios, a través de los fundamentos de la antipoesía de Parra, en una época en que lo de Duchamp se había sistematizado (o todo lo contrario, porque Dadá niega el sistema, no el rigor técnico) en el llamado “arte conceptual”.
En ese marco, los materiales de Historias prohibidas son considerados como poemas o como las partes de un poema mayor, en tanto la intención del autor y compilador es poética. El todo debe dejar la sensación de que se ha leído un poema, no una serie de materiales heterogéneos, ordenados de cierto modo. Como en los collages de los artistas plásticos, los fragmentos deben llegar a un resultado que vaya más allá de la simple suma de las partes, y la sensación deberá ser equivalente a la que deja una obra “original”, totalmente elaborada por el autor.
Hay un concepto que los artistas (plásticos y literarios) no siempre toman en cuenta, y que está en la intención de Dalton: el collage es una obra colectiva, en la medida en que no todas las partes son producto del “integrador”. Los materiales preceden incluso a la intención de elaborar una obra, y ésta sólo encuentra su verdadera forma cuando el artista “descubre” las relaciones que unen un fragmento con los demás. Si un principio de la poesía es plantear –o encontrar– la relación entre elementos disímiles para formar unidades coherentes (imágenes, metáforas, poemas), es en la contradicción donde se genera la sangre de la poesía.
Es en esta relación que Dalton plantea entre elementos antes inconexos donde se halla la efectividad de los materiales de las Historias prohibidas, tanto si se lo ve como un “poema collage”, como un libro en el que campea un humor a veces salvaje, a veces fino (también el humor se basa en la confrontación de elementos disímiles), o –sobre todo– una lectura alternativa de la historia oficial. Y los personajes del libro son a la vez sus autores: los conquistadores de las poblaciones autóctonas y los conquistados, los masacrados y sus asesinos, los oligarcas y los poetas “de torre de marfil”, los poetas del pueblo o los anónimos creadores de los dichos populares, nacidos (los dichos) del distanciamiento ante situaciones en las que sólo la sabiduría –producto de la resignación ante la derrota– permite seguir viviendo en la cordura.
El collage da un mayor margen de juego a Dalton en cuanto al manejo de los textos, mucho más del que podía permitirse en la indispensable rigidez de un poemario. En el collage lo importante es el producto final, y en lo disímil –o contradictorio– de los materiales, de su calidad, de su lenguaje, estriba su encanto; en un poemario –Taberna y otros lugares, para el caso– es necesario crear líneas temáticas, estilísticas, de intención: no sólo se ubica de cierto modo los materiales –que no preexisten–, sino que es necesario elaborarlos, montarlos y, si hay vacíos, llenarlos con piezas que serán asimismo originales y nuevas. El collage será más rico en tanto sea más rica la recopilación de materiales, que se filtrarán a través de los conocimientos y la experiencia del “recopilador”, y en lo que desea comunicar; el poemario tiene que ver menos con la pericia que con el trabajo de creación, la técnica acumulada y refinada a lo largo de los años y un procesamiento sistemático y minucioso de los textos.
En Las historias..., Dalton le da la forma de poemas a textos que no podrían considerarse como tales, no desde la ortodoxia (es parte del juego provocador à la Duchamp: convertir en arte algo que no lo es mediante la voluntad de alguien que es indudablemente un artista): crónicas de conquistadores, ensayos que se encontrarían más cómodos en la prosa, etcétera. También puede ser menos riguroso en la forma de textos que él mismo crea, en tanto embonen con el todo, sin que eso reste méritos ni calidad al resultado.
En suma, Las historias prohibidas del Pulgarcito es un juego, y como tal puede ser descrito, analizado y ubicado, diseccionado su autor, descifradas sus intenciones, pero sólo jugarlo dirá lo que verdaderamente es, y sólo jugándolo se disfrutará.
Bienvenido, pues, al juego. El tablero es un país muy pequeño, y una de las piezas es usted.

25 de mayo de 2009

Releer

Releer un libro que uno ha leído varios años atrás es más que una experiencia interesante: es un jab directo al ego.
Por ejemplo, uno lee el libro, lo termina, lo asimila y lo archiva en dos lugares al mismo tiempo: en el librero y en la memoria. Uno puede decir con propiedad: "Leí tal libro, trata de esto y de lo otro, hay unas frases muy buenas --como 'Ésta' y 'Ésta'-- y lo que más me gustó fue la parte donde..." Si queda alguna duda, allí está el volumen --la prueba material--, en medio de otro montón de pruebas materiales de que uno "ha leído", y la memoria le dice a uno, cada vez que pasa junto a tal librero, que tal libro trata de tal cosa, que éste hay que tenerlo en especial estima, que en otro aprendió uno tal y tal cosa, y que lo mejor de aquél es tal y tal otra. Y lísto, a seguir acumulando libros en las estanterías y en la cabeza porque, en fin, para eso son los libros.
Hay libros que uno no vuelve a tocar --excepto para quitarles el polvo cada tanto--, y los motivos pueden ser los que sean: uno quedó satisfecho con la primera y única lectura, uno quedó insatisfecho, uno encontró lo que buscaba y/o necesitaba y/o quería, que es un poco de lo mismo, o simplemente, en el balance de las cosas, una posible relectura es diferida por nuevos libros o por relecturas más urgentes.
Porque hay libros que fueron hechos para releerse, y es urgente releerlos cada cierto tiempo, digamos al día siguiente de terminarlos, o un mes después, o seis meses, o un año, o todas las anteriores. Puede tratarse de simple gusto por un libro en especial, pero es más probable que en una sola lectura uno no haya podido agotar las posibilidades del texto, o no haya querido; que quiera aprender algo en especial, que quiera buscar algo que se le haya pasado por alto, que cada vez sea un libro diferente --según la perspectiva desde la que se lo relea-- aunque el texto esté allí, bien quietecito, tan en su papel como la primera vez. (Me pasa con Crónica de una muerte anunciada. ¡Es perfecto! Las doce o quince o vaya a saber cuántas veces que lo he leído es el mismo texto, que casi conozco de memoria, pero cada vez hay sorpresas esperando saltar al menor descuido --valga por favor el lugar común--, frases que adquieren diferentes significados, que enlazan con otras frases y las escenas ya no son lo que eran en la lectura anterior, etcétera. Pedro Páramo es otro de ésos, pero lo tomo con más cautela; cada lectura es tan poderosa como la primera, y no quiero una sobredosis de Juan Rulfo.)
Hay libros de los que uno sólo relee ciertos pasajes, ciertos subrayados, algunas frases, porque le producen placer o porque allí hay ideas que uno quiere tener frescas, lugares que uno quiere visitar o gente con la que quiere conversar de tarde en tarde. Uno sabe lo que encontrará, como en una fotografía, y quizá después tome otros libros para ver otros pasajes y pasársela como ante el álbum familiar.
Pero hay libros que uno agarra después de varios años, pensando que será como lo del álbum, y se da cuenta de que no los ha leído. Es decir: sí, los leyó alguna vez, y los dejó bien guardaditos, pero a la hora de la relectura no tienen nada que ver con lo que uno recuerda. El tono es diferente, los personajes son otros, el modo en que está escrito no es el mismo, las cosas pasan en momentos diferentes y en contextos diferentes a los que uno recordaba...
Hay de dos: tira el libro al carajo y se pone a repetir obsesivamente "Esto no está pasando, esto no está pasando" y se queda clavado en que uno ya leyó ese libro, y ése no es ese libro, o respira hondo un par de veces, se relaja y lo disfruta. O no. Porque quizá se trate de una porquería de libro que uno recordaba muy bueno, y qué vergüenza, que se dan casos. Igual es un libro muy bueno, pero es otro. Uno lo leyó, lo procesó y siguió procesándolo y siguió hasta convertirlo en un libro diferente, esto es: lo guardó en el librero y en la memoria, pero cada vez que pensaba en él iba recreándolo, rehaciéndolo, recombinándolo. Quizá releyéndolo sin siquiera tenerlo enfrente, vaya. Lo emocionante será --me ha pasado-- esperar unos años y volver a tomar el libro en cuestión y darme cuenta de que de nuevo ha cambiado, que de nuevo es otro. Si uno lo piensa en términos económicos, no está mal: paga por un libro y de repente se da cuenta de que son dos o tres o cuatro, y cada vez igual de buenos. (Me ha pasado sobre todo con novelas negras y de ciencia ficción. No sé si sea así, pero me da la impresión de que hay escritores en esos géneros tienen una magia especial, que me gustaría también tener y que envidio verdemente.)

Uno de los libros que he comprado varias veces para releer es Último round, de Julio Cortázar, igual que La vuelta al día en ochenta mundos. (Los he regalado o perdido varias veces. La penúltima edición que tuve de Último round quedó hecha una desgracia, en México; la de ahora está nuevecita, recién comprada y recién releída.) Y hay un juego en el que siempre salgo perdiendo: recordar qué textos están en La vuelta al día, cuáles en Último round, y en qué tomo. (Ahora tengo la versión de La vuelta al día en un solo tomo, así que el juego es un poco menos divertido.)
Hay textos que confundo, por ejemplo "El cuento breve y sus alrededores", que viene en el tomo I, con trozos de una ponencia sobre el intelectual en América Latina que viene al final del tomo II (hace unos días lo recomprobé). Hay un texto acerca de una estación de ferrocarriles en Calcuta que siempre recuerdo en La vuelta al día que está en Último round, en el primer tomo. (Creo. Ya empezó otra vez la dinámica del olvido.) Igual un texto sobre Teodoro W. Adorno (o sea el gato de Cortázar) que no sé en cuál de los dos. Y así.
Hay textos de los dos libros que simplemente no releo. No me interesan. De año en año les doy una ojeada, recompruebo que no me gustan, y me voy al texto que sigue, o al tomo que sigue, o me brinco al otro libro, a algún texto que me pida la libre y soberana asociación de ideas, o agarro uno de los tomos de los cuentos completos de Cortázar y leo un par, casi al azar. Por eso tampoco sé muy bien en qué libro se encuentra cuál cuento, y tengo que preguntar cada vez que me toca recomendar "Las babas del diablo" o "El perseguidor" o "Carta a una señorita en París".

Ahora me doy cuenta de que con Cortázar he armado mi Rayuela particular, con una aclaración: no me gusta Rayuela. Punto. No he pasado de leer algunos capítulos. He tratado de leer otras novelas de Cortázar y sólo terminé, con pujidos y todo, Los premios. No me pescan 62 ni El libro de Manuel. Lo he intentado, en vano.
En la más reciente relectura de Último round sumé un libro más a mi Rayuela personal: Papeles inesperados, que compré en la Feria del Libro de Buenos Aires, recién presentadito. Y, desde luego, no lo leí en orden: primero me lancé sobre unos textos sobre cronopios y famas, luego sobre unos eliminados de Un tal Lucas, luego unas autoentrevistas (en una de ellas asegura que La vuelta al día y Último round son cosas diferentes, que el segundo no es continuación del primero), a medio camino unos artículos acerca de la guerra en El Salvador, luego unos poemas --me gustó apenas uno; la poesía de Cortázar me parece a veces demasiado... uh... teórica-- y, para no dejar, me estuve cambiando a otros libros y me leí un par de cosas de... este... creo que de Bestiario y de Las armas secretas.
Encontré algunos pasajes que me recordaron a Borges, así que aproveché que también compré sus obras completas y me puse a darle a la enésima relectura de Ficciones (en eso estoy ahora) y releí "El jorobadito", de Roberto Arlt, cuando sentí que me estaba saturando.
No, no soy así de desordenado para leer y para releer. Tampoco soy tan estricto como para no permitirme jugar con lecturas y relecturas, y ¿quién mejor que Cortázar para ponerse a jugar?
Ya que hablé de Papeles inesperados, un comentario. Me parece que es un libro interesante si uno es fan de Cortázar, pero no añade ni quita nada a su obra. Por mi parte me lo he pasado bien leyéndolo como apéndice de relecturas y, como en mis relecturas de él, hay textos que no me ha interesado leer. Quizá después.

15 de mayo de 2009

Diálogos Borges-Sabato

Diálogos Borges-Sabato,
compaginados por Orlando Barone.
Emecé Editores, Buenos Aires,
8a edición, 2007, 213 pp.

Podría resultar lógico suponer que basta con poner a platicar a Jorge Luis Borges con Ernesto Sabato para obtener un libro por lo menos excelente, pero no es necesariamente el caso, como lo demuestra Diálogos Borges-Sabato, una colección de conversaciones entre los dos escritores argentinos "compaginadas" por el también escritor Orlando Barone entre 1974 y 1975.
Eran famosas las tertulias entre Sabato, Bioy Casares, Silvina Ocampo y Borges, en las que se hablaba "de todo", o sea de espejos, enciclopedias, laberintos y autores exóticos o terriblemente canónicos. Pero, quizá, la simple reproducción de los diálogos, aun con la contextualización necesaria (la crónica de los gestos y de los cuchicheos, las miradas o el modo de manejar la ceguera) no baste para obtener algo apasionante. Si uno se descuida, puede llegar a ser, como Borges y Sabato dicen en el mismo libro, algo muy parecido a escuchar el diálogo entre dos enamorados en la banca de un parque: aburridísimo, en tanto lo que se dice sólo tiene sentido para los participantes. La grandeza de Shakespeare fue convertir en metáforas vibrantes lo que en suma sería sólo la plática de dos adolescentes enamorados; el equivalente, en este caso, sería leer la "metaforización" de las pláticas en bruto y el resultado final de la tan particular manera de pensar de los protagonistas, es decir meterse en sus libros y, si es el caso, disfrutarlos.
Las conversaciones "espontáneas" entre Borges y Sabato corren a trancos; la mayor parte del tiempo se la pasan tratando de ponerse de acuerdo en el tema a abordar, algo a lo que Borges no se muestra demasiado permeable. En la mayor parte de los casos, Sabato plantea un tema, Borges hace algunas observaciones casuales y Barone suda para que el asunto tenga sentido. En el mejor de los casos, el libro lo lee uno --y antes de eso lo compra-- por un asunto de fetichismo y de voyeurismo, con la esperanza de que los participantes muestren lo más posible de la manera más abierta posible. Ocho ediciones desde 1976 demuestran que no son pocos los que han caído en tentación, aunque tampoco sean para tanto si se considera el peso de los nombres involucrados.
Como es de esperarse, hay frases, referencias e ideas muy buenas de ambos:
BORGES: [...] Si al final, cuando termina la obra, el autor piensa que hizo lo que se propuso, la obra no vale nada.

No sé qué escritor dijo: [...] "Las ideas nacen dulces y envejecen feroces."

Es que creo en la teología como literatura fantástica: es la perfección del género.

SABATO: Bernard Shaw dijo: "Una lengua común nos separa." Un aforismo casi hegeliano.

Claro, pensemos en Shakespeare, que tomaba argumentos de autores secundarios. Con esos esquemas triviales hacía sus grandes tragedias. Lo que significa que el argumento es casi nada.

BORGES: Es el gran descubrimiento de los políticos, que no necesitan ser coherentes.
SABATO: No, claro, apelan al corazón. El principio de identidad no fue descubierto por ningún político. (Risas.)

BORGES: Cualquiera recuerda eso que dice "el animal arranca la fusta de manos de su dueño y se castiga hasta convertirse en el dueño y no comprende que no es más que una ilusión producida por un nuevo nudo en la fusta..."

SABATO: De todas las formas de contar, la más falsa es la naturalista. Porque la realidad es infinita y el naturalismo no puede abarcarla.
BORGES: Stevenson dice que el que tenía la culpa era Walter Scott. Pero que él lo había hecho para escribir ambientes medievales y entonces era lógico para describir un castillo, sus puentes levadizos, sus murallas, etcétera. Luego, este procedimiento del detalle fue aplicado por autores contemporáneos, y eso ya no tenía sentido.
SABATO: En Moby Dick, por ejemplo, hay detalles naturalistas sobre la caza de la ballena o la navegación. Pero es una novela metafísica. También hay descripciones naturalistas en Kafka, lo que le confiere fuerza y credibilidad a lo otro, a lo metafísico.
Casi al final hay una sección dedicada al suicidio, en la que Sabato habla en serio de su propensión a matarse (desmentida por su edad actual, claro) y Borges se dedica a hacer bromas al respecto:
SABATO: [...] Pensé en el suicidio muchas veces en mi vida.
BORGES: Yo también. Hace setenta y cinco años que vengo suicidándome. Tengo más experiencia que usted, Sabato.
SABATO: Con muy poca eficacia, por lo que se ve.
BORGES: Sí, pero con mucha vocación, realmente.
Este libro lo compré y leí por allá de 1980, y lo recordaba un poco más interesante. Volví a comprarlo y, sí, me pasé un buen rato, especialmente en la búsqueda de cosas interesantes, que a veces llegaron. Unos subrayados más de los que he transcrito y ha valido la pena.

13 de mayo de 2009

Un bar para fumadores, buenos amigos y un poco de Argentina

En el aeropuerto de Lima, donde hice una escala de tres horas en el vuelo a Buenos Aires, hay un café / bar / restaurante para fumadores. Es inmenso, siempre está lleno de gente y es carísimo ($4.80 por una cocacola me parece un exceso; si uno quiere unas boquitas, $11), pero saben lo que venden: la posibilidad de fumarse un cigarro después de cinco horas de abstinencia, y nadie parece enojarse. Yo no me enojé: me dediqué a fumar, a escribir un cuento después de dos o tres meses de sequía literaria (escribiría otro en Buenos Aires), a fumar, a comerme unos dulces tía Toya que había comprado para el camino, a fumar y, de paso, a esperar que saliera el vuelo; la sala de embarque estaba apenas a unos metros de distancia.

Un anuncio en la avenida 9 de Julio de Buenos Aires.

Cerca de la embajada de El Salvador está algo que se llama Colegio del Salvador. Me dijo la gente de la embajada (ellos me invitaron, para dar una plática en la Feria del Libro de Buenos Aires) que constantemente los llaman para pedir información acerca de inscripciones, colegiaturas, etcétera. Y pues ellos qué van a saber.

La calle de Corrientes. Me tomé un delicioso capuchino (está bien, fueron dos) con Alberto, el chofer de la embajada, que me dio un tour rápido para comprar libros. Antes me metí en un par de librerías y compré las obras completas de Antonio Machado y una antología de mujeres poetas estadounidenses para Krisma, unos discos de Troilo y de Goyeneche, los cuentos completos de Roberto Arlt y un par de delicias más, a precios bastante razonables, o sea baratos.

En casa de Nicolás Doljanín, mi hermano mayor, donde me alojé. De izquierda a derecha, Nico, Carlos Vanella y --de manera inevitable-- yo. Carlos fue mi jefe y uno de mis maestros de periodismo en México, de 1978 a 1983, cuando regresó a Argentina y lo sustituí como jefe de internacionales del periódico El día. Nico entró a trabajar al periódico a finales de 1980 o principios de 1981. En 1981 fue a Chalatenango, a los frentes de guerra, y publicó un libro que se llamó Chalatenango: la guerra descalza. Fue un libro bien importante para la solidaridad mexicana con la revolución salvadoreña, y tuvo algún ascendente en la declaración de México y Francia que reconoció al FMLN como fuerza política representativa. Después regresó a El Salvador en 1983, y se pasó en Chalatenango durante el resto de la guerra como internacionalista. Los dos son unos tipazos.

Hilda, la esposa de Nicolás.

El sábado pasado, Carlos nos llevó a un lugar que se llama El Tigre, donde se juntan los ríos Uruguay y (creo) Paraná, para formar el Río de la Plata.

El Tigre, pues.

Y el lunes 11 por la noche me tocó dar la conferencia, que trató acerca de la experiencia de La Casa del Escritor, que para eso me invitaron. Hubo cerca de cien asistentes --la mitad salvadoreños--, preguntas, respuestas y comentarios, y algunos contactos interesantes. A mi lado, Guillermo Rubio, embajador de El Salvador en Argentina.
Después nos fuimos con Carlos y Nicolás a comer un asado de tira a Boedo (que es donde vive Nico) y a platicar hasta la madrugada. De hecho salí poco a la calle y me la pasé platicando durante horas y horas con Nico; teníamos veintiséis años de no vernos, y veintidós con Carlos. Hubo empanadas, asados, ravioles y de todo lo que Nicolás sabe cocinar, que es mucho, y en buena cantidad.
Botín del viaje, además de lo ya citado:
* Obras completas de Borges, en edición rústica.
* Papeles inesperados, de Cortázar.
* Último round, también de Cortázar. Tenía años buscándolo para releerlo.
* Martín Fierro ilustrado por el sensacional Alberto Breccia.
* Diálogos Borges-Sabato, que había leído hace muchos años.
* La poesía de Safo de Lesbos.
* Fuegia, de Eduardo Belgrano Rawson, acerca de los onas, de Tierra del Fuego, extintos desde hace un par de décadas.
* Las dos versiones de Cape Fear (la de Robert Mitchum y Gregory Peck y el remake con Robert de Niro), compradas baratísimas en un puesto de revistas en el metro.
* Varios libros-objeto y de colorear para Valeria.
* Mermeladas y dulce de leche.
* Cartuchos de tinta para las Parker.
* Ganas de volver.
Ya iré comentando algunos de los libros.

14 de abril de 2009

La literatura light y el apocalipsis

(Artículo publicado en la revista Forja, San José, Costa Rica, en enero o febrero de 1999. No viene al caso en este blog, pero me lo encontré en el disco duro y se me antojó reproducirlo. Además me estoy poniendo light. Mira que hacer un post acerca de las pastillas Altoids... Eso sí: el site de Altoids está buenísimo. Y las Altoids también.)


En realidad el asunto no es nuevo: cada cierto tiempo las trompetas del Apocalipsis soplan sobre la literatura y prometen hacerla víctima de la más terrible de las pestes: el olvido.
Buena parte de la preocupación se centra ahora sobre la llamada “literatura light”, que según muchos está captando a un buen porcentaje de lectores en detrimento de la “literatura seria”. Las previsiones —los temores— son en el sentido de que la primera desplazará paulatinamente a la segunda, y que en unos años sólo podrá encontrarse en las librerías la obra de escritores light, que crearán a su vez lectores light, y buena parte del pensamiento crítico y analítico que genere la literatura será, por lo tanto, de consistencia light.
Un fenómeno así sería un duro golpe para la evolución del pensamiento: el Poder —ese bicho indescriptible pero cierto— se adueñaría con facilidad de los intelectos de personas poco acostumbradas a los rigores de la razón, y no habría sueños lo suficientemente intensos para oponerse a los designios de quienes temen a la imaginación.
Son muchas las cosas que a lo largo de siglos han conspirado contra la literatura: las quemas de libros promovidas por la Inquisición y el oscurantismo nazi, las políticas “proletarias” de Stalin, la paranoia de las dictaduras militares latinoamericanas, la de ciertas izquierdas, ciertas derechas y más de un centro... El cómic, el cine, la televisión fueron vistos, a medida que aparecían, como grandes enemigos de las letras, pues resultaba obvio para sus detractores que no tenían nada que ver con el conocimiento y atraían con sus hechizos a los lectores reales o potenciales.
La literatura parecería que es incapaz de soportar ya no los siglos de terror inquisitorial, sino la simple evolución del mundo y de sus cosas, pero allí sigue, gozando de cabal salud. Curiosamente, no es de los enemigos de los que pueden salir los mayores atentados, sino de los miembros del bando propio, quizá por la tendencia a mantener la pureza de sus manifestaciones.

LA NOVELA, ESA SEÑORA OBESA
Sin ir más lejos, E.M. Forster, en Aspectos de la novela, pone en riesgo la vigencia misma de un género que es quizá el icono más venerado de eso que por comodidad se llama cultura. Para Forster, la novela es “una ficción en prosa de cierta extensión”, y tal extensión debe ser, a su juicio, de por lo menos 50,000 palabras. Si uno se toma en serio las definiciones, buena parte de la literatura está en peligro mortal.
Las conferencias de Aspectos de la novela fueron dictadas en 1927, y precedieron apenas una serie de cambios sociales, económicos y culturales vertiginosos que Forster no pudo prever, ni era su papel. En el género novelístico en particular, de Forster a la fecha surgió una marcada tendencia a la economía de recursos: historias en general más ajustadas a la realidad inmediata de los escritores y lectores; personajes extraídos de la vida cotidiana, tramas en las cuales todos los elementos están a la vista del lector, descripciones escuetas y un cierto desprecio por la retórica.
Este cambio coincidió con (y fue producto de) varios factores importantes: la crisis económica global de 1929, el auge de la industrialización y una vida que se hacía cada vez más rápida y difícil de manejar. Uno de los resultados fueron novelas que ni de cerca alcanzaban las 50,000 palabras, y que sin embargo respondían estructuralmente a las exigencias del género. Buena parte de la producción novelística estaba (y está) formada por obras de 50,000 o más palabras, pero un porcentaje cada vez mayor rompía (y rompe) con la regla, si es que alguna vez se ajustó a ella. De 1927 a la fecha pueden mencionarse El extranjero, 62/Modelo para armar y Pedro Páramo, ejemplos de parquedad y efectividad. Mucho más atrás en el tiempo, basta con recordar Lazarillo de Tormes y las Novelas ejemplares de Cervantes, y en el extremo de la economía se halla la obra de Onetti y las “micronovelas” de Yasunari Kawabata, que en quince o veinte páginas despachan asuntos de veras complejos.
Algo importante ocurrió en los años treinta, que quizá tiene que ver con el tema de este artículo: un incremento en el rango de lectores de novelas y en el de los escritores. Antes, la escritura estaba reservada, con notables excepciones, a personas con una minuciosa formación académica y una preparación técnica fuera de serie, y se requería de lectores harto especializados para disfrutarlas. De pronto, gente común y corriente (como Hemingway y los novelistas negros) incursionó en la literatura, y detrás llegaron los lectores respectivos, que quizá no compartieran las sutilezas de escritores más académicos, pero que deseaban leer. La democracia —ese bicho raro— ponía el fuego de las letras en manos de los mortales.
Es paradójico que la definición de Forster se corresponda particularmente con expresiones literarias que han sido incluso despreciadas por los estudiosos, en especial los llamados best-sellers. El motivo de que libros como los de Morris West, Irving Wallace y cientos más sean tan extensos no tiene que ver con su complejidad —que la tienen—, ni con la búsqueda de la pureza del género, sino en el hecho de que sus compradores esperan muchas letras a cambio de su dinero, y los editores y escritores se las dan para mantenerlos contentos. Una consideración tan pedestre no debería formar parte del proceso de fabricación de sueños, pero los lectores de best-sellers son amplia mayoría desde hace años: si se tratara de democracia, poco tendrían que criticar los lectores, escritores y estudiosos de la “literatura seria” ante tanta realidad.

LA SOPORTABLE LEVEDAD
En su libro póstumo Seis propuestas para el próximo milenio (Siruela, 1998), Italo Calvino habla de la necesidad de un viraje de la literatura hacia un estado de “levedad” que la haga más adecuada a los tiempos que corren. La literatura, según Calvino, debe plantearse como “una necesidad existencial” y, al contrario de Sartre o Kierkegaard, que en su momento asumieron la misma premisa para lograr algo de densidad en las letras, debe buscarse “la levedad como reacción al peso de vivir”.
El propio ensayo de Calvino (una conferencia preparada en 1985) sufre de esa levedad que proclama: a partir de la enumeración de ciertos mitos antiguos y referencias a veces forzadas, llega a la conclusión de que la levedad es deseable para la literatura de fin de milenio. No hay argumentación, sino la gana de que las cosas pasen de cierto modo; el simple planteamiento parece ser motivo suficiente para que las premisas deban convertirse en realidad. Pero no se trata de criticar a Calvino, sino de echar un vistazo a lo que se conoce como literatura light.
Varios autores vienen a la mente cuando se habla de ella: Isabel Allende, Marcela Serrano, Milan Kundera (con la notable excepción de La broma), Angeles Mastretta, Guadalupe Loaeza... Podrían sacarse conclusiones del hecho de que la lista de escritores light esté mayoritariamente formada por plumas femeninas, pero la corrección política indica que no debe hacerse caso de este fenómeno, que por otra parte es casual.
Antes habría que ponerse de acuerdo respecto a lo que define la literatura light, y el asunto es de entrada complejo: los parámetros necesariamente serán subjetivos. Buena parte de los críticos pretenden hacer creer que existen medidas “objetivas”, por lo menos precisas, para juzgar una obra literaria (o musical o pictórica). En realidad, el único método posible para el análisis de una obra artística es el comparativo: mientras más puntos de referencia tenga una persona (en este caso, mientras más libros haya leído), mayores y mejores posibilidades tendrá de acercarse con conocimiento de causa a una obra literaria en particular, y por tanto de juzgarla. Y hasta esto es relativo: para comprender a Borges o a Musil no basta con haber leído a todos los best-sellers, y el hecho de haber leído a Musil o Borges no garantiza que se adquieran los instrumentos necesarios para descifrar siquiera a los best-sellers. Sin contar con que la “densidad” de una obra literaria está determinada por el contexto cultural, varía de época a época y, a veces, de lugar a lugar.
El ejemplo más obvio es El ingenioso hidalgo Don Quijote de La Mancha: en la actualidad se sabe (se acepta) que es una de las grandes obras de la literatura universal. Sin embargo, en su momento fue severamente atacada por figuras de la talla de Quevedo y Góngora, de quienes podrá decirse lo que se guste, excepto que no supieran su oficio.
El problema que tenían los grandes del Siglo de Oro con El Quijote era que se trataba de una novela para el vulgo, para la masa, esto es: de una novela comprensible para cualquiera que no fuera analfabeto, y que carecía del rigor técnico necesario para llamarse “literatura”. En resumen, El Quijote era una novela light.
La aseveración es risible a estas alturas de la vida, pero Quevedo y sus compañeros tenían razón: El Quijote, visto desde su punto de vista, tiene fuertes carencias técnicas que por otra parte no explican nada, sobre todo si se toma en cuenta que Cervantes fue el creador de lo que ahora entendemos por novela, un género que Dostoyevski —cuyas obras llegaron a aparecer por entregas en “revistas para señoras”— llevó a su forma definitiva.

LA INSOPORTABLE DENSIDAD
En definitiva, ¿qué distingue a la “gran literatura” de la “pequeña literatura”? Se trata de una pregunta sin respuesta aceptable, es decir: no puede darse una respuesta que funcione para todos los casos, ni siquiera para un cómodo porcentaje.
Es obvio para un lector avezado que Cortázar y Borges son grandes escritores, y si fuera necesario podría ponérseles sin problemas el uno al lado del otro, a pesar de que lo que los hace grandes no es lo mismo ni puede juzgarse con las mismas medidas. Vallejo, Neruda y Eliot podrían compartir el mismo altar, si de eso se tratara, y sin embargo no hay modo de encontrar un parentesco entre ellos más allá del hecho de que escriben dentro de una forma literaria particular llamada poesía. La pregunta es: ¿qué los hace grandes o “más grandes” que otros? ¿Qué hace a Quevedo superior a Bécquer, a e.e. cummings análogo a García Lorca (aunque “inferior” a Vallejo), a Virgina Woolf superior que Graham Greene, aunque éste sea un novelista excelente? Las preguntas anteriores parten de apreciaciones personales que sonarán antojadizas o injustas, aunque podrían ser demostradas de un modo u otro; para la demostración, dado el caso, deberían buscarse argumentos basados en preferencias personales, no en parámetros estables.
Desde un plano más o menos elemental, podría aventurarse que lo que hace la densidad es el manejo de la información según un tema determinado. Si se piensa en El péndulo de Focault uno podrá decir que acertó en la primera premisa, pero basta con recordar Los bufones de Dios, de Morris West, y La palabra, de Irving Wallace —dos obras de escritores light, si quiere considerarse así a los best–sellers— para darse cuenta de que el asunto no va por ese lado: pocos manejan mejor la información que los best-sellers, quizá como manera de contrarrestar cierta carencia de eso que podría llamarse “rigor literario”.
Debería entonces pensarse en el modo de procesar la información, es decir: en la profundidad y trascendencia que se le dé al manejo de información dentro de una obra determinada. Encontraríamos entonces que Dos Passos, en Manhattan Transfer, y Musil, en El hombre sin atributos, recurren a collages de información en bruto, que adquieren todo su valor dentro del contexto aunque no por sí mismos, mientras que Michael Crichton, logra profundidades apabullantes en Parque Jurásico, otro best-seller.
Podría pensarse en el manejo del lenguaje, y nos encontraríamos con Roberto Arlt, que es grande a pesar de que su sintaxis y su sentido del idioma son deficientes hasta el dolor, y con B. Traven, que escribe como un principiante, pero cuyo poder de expresión es algo fuera de serie. Si buscamos en el manejo de las estructuras, nos encontraremos con que los cuentos de Borges están mal armados (si los de Cortázar son la medida), sus personajes son acartonados, y sin embargo hay en ellos una magia y una grandeza más allá de las formas.
Con cualquier regla que se mida, tarde o temprano uno se encontrará con que sólo es suficiente para un cierto espectro de escritores, y aun así el asunto sería engorroso: al hablar de Goethe, ¿cómo no caer en la tentación de considerar Fausto como una obra “densa” y Werther como una obra light?
En definitiva, ¿hay una literatura light? Desde el punto de vista de algunos profesionales de las letras, críticos, escritores y un grupo “selecto” de lectores, sí. ¿Qué significa en este caso el término Light? Quizá que las obras no tienen la profundidad, técnica, elaboración y manejo de referentes culturales que las obras densas... que no pueden ser cuantificados, y en esa negativa a cuantificarse está precisamente parte del encanto de la literatura y del arte en general. Desde otro punto de vista —el de la historia de la literatura—, simplemente existen libros y autores; algunos siguen vigentes después de azarosos siglos, la mayoría no.
Si existe la “literatura light”, no es un “peligro” para las letras “serias”, como no lo fue en 1929 el surgimiento de una novela más popular, con Hemingway y los novelistas negros y los magos de la ciencia ficción, ni la novela de aventuras el siglo pasado ni la de caballería antes de Cervantes, así la Inquisición la haya condenado al ostracismo: simplemente ha ido ampliándose el espectro de lectores y, claro está, de escritores. Lo mismo puede decirse de los best-sellers o los cómics: no atrajeron en exclusiva a los lectores de literatura “seria” para dejarlos empantanados en un camino sin retorno, sino que crearon un nuevo público, a la vez que respondieron a las necesidades de los que deseaban leer, pero no encontraban satisfacción —por los motivos que fuera— en lo que existía.
Borges decía que sólo el tiempo es capaz de juzgar qué autor o qué obra valen realmente la pena de sobrevivir. Quevedo y Góngora se equivocaron con Cervantes, pero no podían saberlo. Colette es, a estas alturas, una pieza de museo, aunque también lo son muchísimos que en su tiempo fueron considerados baluartes inamovibles de las letras, como Gautier, Thackeray y el más agrio crítico y plagiario de Cervantes, Avellaneda.
Ernesto Sabato afirmaba alguna vez que un escritor plantea cuál es su relación con el universo y del universo con él. Mientras más rica y compleja sea dicha relación, más compleja y profunda será su obra y —podríamos extrapolar— correrá menos el riesgo de caer en las garras de lo light.
En todo caso, lo importante es leer; ya se ocupará el tiempo de poner cada cosa en su lugar.

3 de marzo de 2009

Lecturas rezagadas y relecturas

Il Novelino. Las cien novelas antiguas es --literal y literariamente-- un pequeño libro compuesto entre 1280 y 1330, en pleno inicio del renacimiento italiano (por esas fechas Dante fijó la forma del soneto y, vaya, escribió La divina comedia). Fue lanzado por el Instituto Mexiquense de la Cultura en  una colección que incluye el Primero sueño, de Sor Juana, y la poesía completa de San Juan de la Cruz, en ediciones realmente bellas y bien cuidadas.
Me lo regaló el entonces jefe de diseño del IMC, y luego gran amigo, Hugo Ortiz, en 2002, durante una exposición que se hizo en la Biblioteca Nacional de las ediciones de las obras completas de Sor Juana, incluido un libro de cocina (que luego compré en México), iconografías y qué sé yo. Gracias a esas ediciones tan bellas me decidí a publicar Trece en el IMC, y no quedé decepcionado, como conté alguna vez. Apenas hace unos meses me decidí a leerlo.
Es evidente que en las 220 páginas de Il novelino no caben cien novelas. Más bien se trata de pequeños relatos dedicados a entretener y a dar alguna guía "moral" al eventual lector. Hay relatos que apenas están esbozados, otros son de una efectividad y una capacidad de síntesis difíciles de encontrar en el siglo XIII, y en el XXI; otros son relatos convencionales. Algunos son dolorosamente imperfectos, otros son deliciosamente imperfectos, pero uno siempre está ávido de pasar a la página siguiente, para saber qué encontrará. Y no siempre encuentra algo que lo satisfaga, pero algo, de entre esas líneas casi siempre truncas, le sacará al menos una sonrisa.
En el prólogo, Giorgio Manganelli lo describe muy bien: "...visiones minúsculas, estos débiles alientos de sueño no inventan un mundo: se disponen uno junto al otro, a veces fáciles y risiblemente necios: no son más que visiones, no son un libro; y no obstante, son acaso, en su armonía desigual y discontinua, mucho más que un libro, del cual conocemos sus dimensiones y fronteras."
Se cree que el libro tenía como objetivo a gente poco afecta a la lectura, en especial comerciantes, que en pocas palabras podían sacar algo de provecho o al menos divertirse con unos instantes de lectura. Hay errores de bulto que uno, en fin, debe perdonar, como cuando habla del filósofo romano Sócrates, y Pitágoras aparece como astrólogo. Hasta es probable que no se trate de errores, sino de una "vulgarización" extrema para facilitar la lectura; ¿quién sabe cómo pensaban en los siglos XIII y XIV?
Transcribo mi fragmento favorito, bastante borgiano:
XXIX
De cómo los sabios astrólogos discutían cerca del Cielo Empíreo

Grandísimos sabios se hallaban en una escuela de París, y discutían acaloradamente acerca del Cielo Empíreo, afirmando que estaba por encima de todos los demás cielos. Hablaban del cielo donde estaba Júpiter, Saturno y Marte; y del cielo del Sol y de la Luna, y de cómo, sobre éstos, se hallaba el Cielo Empíreo, donde está Dios Padre en toda su majestad. Mientras así hablaban, llegó un loco y les dijo: "Señores, ¿y qué tiene tal Señor sobre su cabeza?" Uno de los sabios le respondió en son de burla: "Tiene un sombrero." El loco se fue y los sabios permanecieron. Uno de ellos dijo: "Tú crees que le has dado una lección, pero la locura ha quedado entre nosotros. Ahora os pregunto: ¿qué hay sobre su cabeza?"

* * *

He revisado rápidamente (conocía desde antes todo el material) el tomo III de la poesía completa de Roque Dalton, recopilada bajo el título No pronuncies mi nombre, que hace referencia a uno de sus mejores poemas ("Cuando sepas que he muerto no pronuncies mi nombre / porque se detendría la muerte y el reposo..."), escrito en impecables alejandrinos, por cierto. Hay quienes se escudan en RD para escribir simplemente mal, so pretexto de que éste no sabía de preceptivas. Y este tercer tomo podría ser la confirmación de esa percepción: con excepción de Las historias prohibidas del Pulgarcito, bien podría subtitularse "Lo peor de Roque Dalton".
El volumen incluye los libros El amor me cae más mal que la primavera, Un libro levemente odioso, Las historias prohibidas del Pulgarcito, Un libro rojo para Lenin e Historias y poemas de una lucha de clases, mejor conocido como Poemas clandestinos.
Hace cerca de medio año traté de leer completo, después de varios intentos fallidos, con toda la buena voluntad del mundo, Un libro rojo para Lenin. No pude. Es verdaderamente malo. Y sin embargo la idea del "poema-collage" es excelente, y llegó a cuajar en Las historias prohibidas.... No es de extrañarse que, antes de salir de Cuba en 1973, en el ordenamiento que hizo de su propia obra completa, Dalton retirara ese libro como si no hubiese existido (entre otras cosas que sin embargo son dogma de calidad para muchos de sus seguidores y... uh... estudiosos).
Mi teoría siempre ha sido que RD dejó sin publicar, a propósito, Doradas cenizas del fénix, El amor me cae más mal que la primavera y Un libro levemente odioso. Eran cosas que tenía para él y nada más, quizá libros fallidos, quizá borradores que no llegó a corregir, por falta de tiempo o interés. Pero, en fin, era necesaria la publicación de este tercer tomo; uno puede decir misa si lo desea, pero sólo el conocimiento de la obra de alguien pondrá finalmente las cosas en su lugar. Y, sí, habrá quien ponga este tomo III entre sus favoritos, que para gustos están los colores.
Pongo uno de los poemas que siempre me ha indignado por su prepotencia:
De un revolucionario a J.L. Borges

Así que para nuestro Código de Honor,
Ud. también, señor,
fue de los tantos lúcidos que agotaron la infamia.

Y en nuestro Código de Honor
el decir: "qué escritor"
es bien pobre atenuante;
es, quizás,
otra infamia...

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Pisando fuerte, de Alexandre Jardin, lo compré de segunda mano hará unos tres o cuatro años, y por algún motivo no lo había leído. Lo atribuyo al gerundio al inicio del título, que me parece espantoso, como cualquier gerundio mal usado; histerias de uno, pues.
Lo leí rápidamente y sin demasiada emoción, con todo y que Gallimard le dio el premio a la mejor primera novela en 1987. Dice la contratapa:
A sus dieciséis años, Virgile pretende vivir la vida a todo gas y no se resigna a amargarse en las aulas de su escuela. Adolescente encantador, dotado de una alegría infernal, seduce a Clara, una millonaria amiga de su padre. Noches de amor en hoteles, en los que son confundidos como madre e hijo, van convirtiendo esta relación en una especie de cuento de hadas amoral. Su padre no acepta esta conducta de Virgile, que sólo encuentra apoyo en su abuela. Mujer tierna, fuerte y auténtica, la abuela es para Virgile una especie de aval contra todos los peligros que se ciernen sobre su vida sentimental.
Lo encantador no se lo encontré por ningún lado, la "alegría infernal" está hecha de palabras, a veces compuestas de manera bastante torpe, y la seducción de Clara y su relación con ella son tan creíbles como un billete de cuatro dólares. Lo de "cuento de hadas amoral" también es excesivo, a menos que quien haya escrito el texto de la contratapa tenga los mismos 16 años de Virgile.
La única parte que me gustó y conmovió, casi al final, fue el modo en que Virgile ayuda a su abuela a bien morir, con un banquete pantagruélico. Después se va de la casa de la abuela para no enterarse de su muerte.
Quizá me hubiese gustado un poco si no existiera El guardián en el centeno, de Sallinger. Pisando fuerte es una versión edulcorada y facilona, con ínfulas de más. No sé qué otras cosas haya escrito Jardin, pero no creo que me interese leerlas.

* * *

Yo, Augusto fue escrito antes de la muerte de Pinochet, y es un estudio minucioso (digamos más de mil cuartillas) de su trayectoria pública desde que era ministro de Defensa del presidente constitucional chileno Salvador Allende, a quien "sustituyó" después de un golpe de estado en el cual entró de última hora, pero del cual tomó el control para convertirlo en una de las más terribles pesadillas de las que se tiene noticia en América Latina, continente acostumbrado a los malos sueños.
En un principio me molestó algo: no se trata de un libro escrito "desde abajo", desde donde se sufren las consecuencias de las decisiones del poder, sino desde la perspectiva de la elite misma del poder. Pronto me di cuenta de que ése es su gran valor: no la denuncia de siempre, con cifras y testimonios de los sobrevivientes --aunque algo, muy poco, haya de eso--, sino la crónica de cómo funcionan realmente las cosas en los centros de decisión, cómo van interrelacionándose las elites políticas, cómo se atacan y al mismo tiempo cenan en la misma mesa, cómo se protegen cuando las cosas llegan a un punto en que uno de los suyos (en este caso Pinochet) se encuentra en peligro: las barbas del vecino nunca dejan de parecerse a las propias.
El eje del libro es la captura de Pinochet en Inglaterra por petición de las autoridades judiciales españolas, bajo las acusaciones de delitos contra la humanidad, respaldadas por los protocolos de Nüremberg. Para quienes hablan en El Salvador de que es necesario juzgar a los criminales de guerra locales, allí hay muchas pistas que pueden seguirse.
No tengo nada especial que decir acerca del libro, excepto que vale la pena de leerse. Es una lección de realpolitik que a nadie le cae mal para fortalecer el carácter y no creerse demasiado los shows mediáticos en los que se involucran los políticos, en tiempos electorales o en cualquier tiempo.

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Casi por casualidad, un físico escocés descubre que ha habido una explosión en el centro de nuestra galaxia y que después de decenas o cientos o millones de años ésta pasará por la Tierra, arrasando con casi toda la vida del planeta. Viaja a su nativa Escocia --que será de las zonas menos afectadas por la explosión-- y se dispone a armar una "resistencia" en contra de la naturaleza y por la sobrevivencia pura y simple de su gente más cercana.
Ésa es, en suma, la historia de Infierno, de los ingleses Fred y Geoffey Hoyle, publicada en la magnífica colección Súper Ficción de Martínez Roca, ya desaparecida.
El libro lo habré leído hace un cuarto de siglo, lo compré hará unos seis años en Punto Literario (QEPD) por 15 colones, y apenas lo releí en los últimos tres días; hasta le debo el desvelo de anoche.
Se trata de ciencia ficción "dura", esto es: basada en probabilidades científicamente mesurables, con fórmulas y diagramas y lenguaje técnico y todo.
Como en la lectura original, me gustó el modo pausado y minucioso de la narración, muy "literario" si se quiere. Los personajes están trazados con parquedad y todo está justificado con precisión. No es el mejor libro de ciencia ficción que haya leído (o releído), pero me pasé algunas horas bien divertido, que es lo que uno espera cuando lee cualquier libro. (Hay modos y modos de divertirse.)
Quizá he tratado de leer a demasiados escritores "inteligentes" en los últimos tiempos, y, como ya dije, detesto a los escritores "inteligentes". Siempre que me toca una racha de ésas regreso a Borges, a Cortázar, a la novela negra y a la ciencia ficción. Y nunca me decepcionan.