16 de diciembre de 2009

Fumar o no fumar

Dejé de fumar involuntariamente, pero dejé de fumar. Lo más interesante es que no pasé por todos los desagradables síntomas del síndrome de abstinencia: si acaso los tuve, fue en las dos semanas posteriores a mis dos primeras operaciones, cuando estuve delirando más que pensando, a punto de quedarme fuera del juego ni más ni menos que a causa de una deficiencia pulmonar provocada por treinta y cuatro años de fumar un promedio de una cajetilla diaria (a veces fue media, a veces fueron dos, etcétera).
Casi todos los días soñaba que tenía un cigarro en la mano, me lo llevaba a la boca y en ese momento me despertaba con la mano en la boca, a punto de succionar absolutamente nada. Por lo menos tres veces al día, durante los tres meses de mi hospitalización, sentía la necesidad momentánea de fumar. Tomaba un trago de agua y la necesidad desaparecía. O no hacía nada y tardaba unos segundos más. Pero no era una necesidad física. No me lloraban los ojos, no me dolía la cabeza, no me quería morder las falanges ni asesinar a golpes a mi vecino.
De regreso a casa, el miércoles pasado, comenzó una necesidad diferente, de la que ya me había hablado Krisma. Me senté frente a la computadora, abrí mi correo después de tres meses (había muchos menos mensajes de los que esperaba) y en algún momento, zaz, mi mano se fue a buscar la cajetilla donde generalmente la pongo, o la ponía. No la encontré, una sonrisa y seguí en lo mío. Al día siguiente, por la mañana, mientras Krisma preparaba el desayuno, zaz, la necesidad de otro cigarro. Otra sonrisa y la necesidad se fue. Y así: hay situaciones cotidianas que de repente disparan el deseo de encender un cigarro.
El domingo pasado, Ingrid llevó --como siempre-- unos cigarros a La Casa del Escritor. (Para los morbosos que quieran ver cómo quedé, Ricardo Hernández puso unas fotos en su blog.) Le pedí un par de jalones. El primero, delicioso. El segundo, más aún. Le devolví el cigarro y de pronto sentí algo que había olvidado: el sabor a cosa quemada que queda después de fumar. No me gustó y me lo quité con jugo de naranja. Al rato le pedí a Ingrid un jalón más y decidí que no volvería a fumar.
Ayer en la noche le di un jalón pequeño y dos regulares al cigarro nocturno de Krisma. Lo mismo: la sensación del humo me encanta, como siempre me encantó, pero el sabor a quemado es demasiado fuerte para querer fumar más. Igual hay momentos en que siento la necesidad de encender un cigarro; basta con sonreírme para que la necesidad desaparezca.
Veremos si de veras aguanto. Creo que sí. El recuerdo de las dos semanas con oxígeno las veinticuatro horas no es el peor de mi vida, pero entre los menos bonitos está lo que decían los médicos al pie de mi camilla, cuando creían que estaba dormido o inconsciente. No le voy a ayudar a la muerte, ya que estamos en eso de la sobrevivencia.

15 de diciembre de 2009

Prólogo a las Historias prohibidas

Mientras estaba en el hospital me llegó un ejemplar de Las historias prohibidas del pulgarcito, de Roque Dalton, publicad0 en Canarias por las Ediciones Baile del Sol. Quiere la suerte que me hayan pedido el prólogo, que hice con gusto. Como por aquí no se va a conocer muy ampliamente que digamos, y a pesar de que es más o menos largo, lo transcribo para quien pudiera interesarse.

I
Hay dos cosas que son ciertas aquí, ahora y siempre. La primera es que la historia –la oficial, la de mayúsculas reverenciales– la escriben los ganadores. La segunda es que esa historia no soporta el sentido del humor ni las paradojas, es decir las verdades a secas. Basta con que brinque un dato ignorado por los redactores de turno, las palabras inocentes de alguien que recuerde su infancia, un recorte amarillento, para que la Historia se convierta en caricatura de sí misma y los próceres, mártires y grandes gestas sean materia de guiñol.
La consecuencia de aplicar el humor a la historia oficial es una sola: la pérdida del respeto por parte de los marginados de la historia –la de las minúsculas–, los protagonistas verdaderos, que por sí o por no permitieron que sus nombres se pusieran en letras muy pequeñas en la lista de créditos, en pro de la patria o de alguna abstracción igual de excluyente. Sonará a consecuencia demasiado moral para tener valor práctico, pero de allí surgen los motines, las revoluciones y las guerras de liberación nacional: todo lo que tarde o temprano se convertirá de nuevo en Historia, y así sucesivamente.
Por eso la burocracia de 1984 –la terrible caricatura de Orwell– se la pasa rescribiendo la historia libro por libro, noticia por noticia, foto por foto, línea por línea, y controlando implacablemente a los que pudieran encontrar una pista que los llevaría a otro lado. No importa a dónde; talvez sólo a un desechado lugar de sí mismos, a una sensación desconocida, a un espejo.
Por eso –también– el poder necesita gritar como predicador en iglesia de dudosa santidad: los feligreses no deben dejar de ver hacia el frente, hacia él, que cuenta historias de apocalipsis aterradores e improbables, pero fascinantes. Una simple mirada de reojo al vecino de la izquierda propiciaría –por comparación– la revelación: los gestos del hombre santo son ridículos, su voz es ofensiva, sus palabras no llevan a ningún lugar dentro del que uno pueda o quiera imaginarse. Y el encanto se rompe.
Roque Dalton –el de Las historias prohibidas del Pulgarcito– es el feligrés que mira hacia otro lado y después regresa la vista al hombre solemne que amenaza con infiernos pavorosos. (El peor: si pecamos, si dudamos, si preguntamos por qué –o cuándo–, la historia nos olvidará o nos colocará en el sitial de los condenados.) Y lo que Dalton ve es a un tipo subido en unos zancos muy frágiles, una panza bien cultivada, una calva cubierta con un mal bisoñé, parches en los pantalones, una corbata chillona. Y se ríe, y la risa es una enfermedad contagiosa, así su periodo de incubación sea a veces lento.

II
Contaba el escritor salvadoreño Álvaro Menen Desleal (1931–2000), su amigo, compañero de generación y a la vez humorista temible, que Dalton comenzó a publicar los materiales de las Historias prohibidas en las páginas literarias de El diario de hoy, considerado el bastión inalienable de la derecha, en un espacio titulado “Columna vertebral”, a finales de los años cincuenta.
Lo hizo durante las aperturas democráticas –alguna se llamó a sí misma “revolución”– de los gobiernos militares de Óscar Osorio (1950–1956), José María Lemus (1956–1960) y Julio Rivera (1962–1967). La tolerancia de los tres era menos consistente que el humor de Dalton; en esos periodos fue perseguido, encarcelado, casi ejecutado (la historia o la leyenda cuenta que un terremoto derrumbó un muro de la cárcel el día anterior al fusilamiento), y de allí pasó al exilio, que rompería sólo un par de años antes de su muerte.
Claro que entonces era militante del Partido Comunista, hacía poemas políticos (“comprometidos”) y participaba en las actividades de organizaciones estudiantiles, las adversarias más irritantes de los militares. Pero lo peor fue confrontar la verdad oficial con los textos que el lector está a punto de leer: puros y simples retazos de historia cotidiana, literatura, frases y dichos populares, ideas cotejadas con el paso del tiempo. Es interesante que la mayor parte perteneciera al corpus de la historia oficial, y surge otra ley: la historia oficial se modifica para permitir su propia continuidad, y requiere del olvido de sus receptores para no desmoronarse. (El Gran Hermano de Orwell era sabio y cruel: no condenaba al pueblo al olvido, sino a los nuevos recuerdos.)
La paradoja fue que Dalton resultara asesinado por sus propios compañeros del Ejército Revolucionario del Pueblo, el 10 de mayo de 1975, y no por sus enemigos naturales. O quizá los enemigos naturales del sentido del humor no sean necesariamente los opresores del capital y las leyes sesgadas, sino quienes buscan engrosar las páginas de la historia oficial y escribirla a su gusto, para su mayor gloria. El modo de tratar que la historia –la minúscula, con pretensiones de mucho más– no se desviara de un rumbo improbable fue asesinarlo; el mecanismo es viejo y nunca funciona en el plano de la evolución de las ideas, pero tenemos un poeta menos y no sabremos qué escribiría Dalton en su siguiente madurez poética y física. (Lo ejecutaron cuatro días antes de que cumpliera los cuarenta años.)
Otra paradoja es que, tras el crimen, la mayor parte de sus apólogos en El Salvador creó a su sombra un culto según el cual no hacía falta leer su obra, disfrutar su humor, sufrir sus dudas, enternecerse con sus recuerdos de infancia: bastaba con saber un poco de su biografía, las circunstancias de su muerte, haber leído sus poemas menos afortunados, escritos bajo la urgencia de la lucha guerrillera, imitar lo que se pudiera, para ser un seguidor y un conocedor de Roque Dalton, o lo peor: un especialista. Durante los años de la guerra, y después aun, pareció que en El Salvador la poesía se detenía alrededor de la imagen del poeta mártir, y que se trataba del fin de la historia literaria. Más allá no había nada. El culto llegó hasta el extremo en que se nombró un teatro municipal y una pinacoteca universitaria con su nombre, cuando fueron disciplinas que estuvieron fuera de sus alcances, si descontamos alguna puesta en escena universitaria y los dibujos casuales que cualquiera deja en cualquier parte.
Los comisarios de la palabra marginaron a los poetas que buscaban algo de originalidad en la mejor escuela del maestro muerto, dictaron cánones básicos y a la vez inalcanzables –nadie podía ser Roque Dalton, ni siquiera él–, y los académicos y maestros fueron predicadores vociferantes que hablaban de un hombre muerto a quien no comprendían, y no era el caso: lo importante era que los vieran a ellos, y Dalton en la cruz, más como imagen de la víctima desvalida que como un luchador de la palabra y las ideas. Ellos mismos hubieran sido víctimas de su humor.
(Quizá el Gran Hermano fuera después de todo una buena persona, y fueran sus exégetas quienes, tras su muerte, lo convirtieran en un tipo sin entrañas, una variable que Orwell no tomó en cuenta.)

III
En la bibliografía de Roque Dalton, Las historias prohibidas del Pulgarcito ocupa un lugar especial, en un corpus formado más por excepciones que por constantes.
El “eje central” de la obra de Dalton lo integran sus libros de poemas publicados en vida, apenas cinco: La ventana en el rostro (1961, publicado por Baile del Sol en 2003), El turno del ofendido (1962), El mar (1962), Los testimonios (1964) y Taberna y otros lugares (1969, publicado en 2006 por Baile del Sol). Antes de La ventana, además de los poemas sueltos publicados en revistas, publicó unidades que después integraría en éste: Mía junto a los pájaros y La balada de Anastasio Aquino, ambos de 1957.
En los libros canónicos se percibe una evolución formal constante y una búsqueda de medios de expresión propios. De la influencia casi directa de Neruda, Vallejo y Nicanor Parra (el de la antipoesía), en su primer poemario, pasa a la experimentación con recursos de otros autores, en El turno del ofendido (García Lorca, Eliot, Nazim Hikmet, etcétera). Desde temprano cuenta con un código fuertemente propio, pero no es sino hasta Taberna donde encuentra su voz (o sus voces) y donde se perfila una depuración que truncó la muerte. Vale la pena mencionar en especial el poema “Los extranjeros”, el punto más alto de su producción, y varios textos amorosos.
El poema “Taberna”, una pieza del todo experimental (y por eso mismo sujeta a discusión en cuanto a sus alcances) pone sobre el tapete un concepto que maneja con mano propia: el “poema collage”, un tema sobre el que volveremos más adelante. En la primera parte del poemario hallamos su vena antipoética, aprendida de Parra, que utilizó especialmente para los trabajos de fuerte contenido político.
Fuera de estos cinco libros encontramos los poemas y poemarios que dejó inéditos, que deben tomarse con pinzas; no se encuentra allí lo más significativo de su producción, aunque sí lo más citable: mucho ingenio, humor negro, ideología en seco, incluso amargura, son la constante. Hay sin embargo mucho de la compleja elaboración de sus mejores textos. Es probable que estos libros estuvieran destinados a su publicación después de un proceso de depuración, que ya no le fue posible.
Los poemarios inéditos son: Un libro levemente odioso (escrito en 1970–72, publicado en 1988), El amor me cae más mal que la primavera (1969–1973, aún sin publicar), Los hongos (1968–1973, varias publicaciones) y Doradas cenizas del fénix (inédito), además de piezas sueltas.
Destacan de este corpus dos textos en especial. Por su calidad poética, un poema inconcluso, que sólo se ha publicado en antologías, “Esbozo de adiós” (1973), una despedida de Cuba, de su familia y de sí mismo, escrito poco antes de regresar a El Salvador. El otro es Los hongos, un largo texto que habla de religión, ideología, revolución, la infancia del poeta y sus contradicciones personales. Allí aparece de nuevo el collage como recurso técnico. La forma y los recursos son mucho más precisos y ricos que los de “Taberna”, y es bastante probable que éste le sirviera de antecedente directo.
Hay otro libro que no estaba destinado a formar parte del universo literario del autor, Poemas clandestinos, con textos escritos entre 1973 y 1975, bajo los pseudónimos de Vilma Flores, Timoteo Lúe, Jorge Cruz, Juan Zapata y Luis Luna; fueron publicados después del asesinato de Dalton, en una edición mimeografiada de la Resistencia Nacional (la escisión del ERP tras el crimen), y debían publicarse como parte del trabajo propagandístico de su organización. Aunque hay aciertos poéticos que pueden esperarse de un escritor experimentado, el énfasis está puesto en la ideología, en el momento de la lucha en que fueron escritos, y en las voces de los poetas populares que creó.
Su obra “no poética”, publicada e inédita, está compuesta por Miguel Mármol. Los sucesos de 1932 en El Salvador; la novela Pobrecito poeta que era yo... (escrita entre los años sesenta y 1974, publicada póstumamente en 1975), la monografía El Salvador (1963); un extraño híbrido titulado Un libro rojo para Lenin, escrito a principios de los setenta, inédito hasta 1986 y publicado por Baile del Sol en 2004, y varios textos literarios y políticos (como ¿Revolución en la revolución? y la crítica de la derecha, de 1970, acerca de la teoría del foco revolucionario planteada por Régis Debray de acuerdo con los postulados del Che Guevara).
Miguel Mármol está basado en el testimonio de un sobreviviente de la matanza de 1932, pero hay en él mucho de creación literaria, y quizá sea uno de los libros más redondos y cerrados de Dalton. Pobrecito poeta recurre a recursos poéticos para solucionar problemas narrativos, y cuenta con páginas magistrales que es necesario leer. En Un libro rojo para Lenin, escrito por convocatoria de Casa de las Américas para homenajear al luchador social ruso, utiliza todos sus recursos literarios (poesía, narrativa, ensayo, periodismo...), y recurre también a textos de otros autores para dar forma al todo. En otras palabras, un collage que hay que considerar por su estructura.
Dentro de esta producción (y alguna más), destaca Las historias prohibidas, libro excéntrico, pero talvez el que preparó durante más tiempo: desde sus épocas de estudiante universitario, cuando publicaba los materiales en El diario de hoy, aprovechando aperturas democráticas que no eran para él, hasta tres años antes de su asesinato. Él mismo calificaba el libro como “poema collage”, una forma que buscó durante años, y que cuajó plenamente en el libro que el lector tiene entre las manos.

IV
En Las historias prohibidas del Pulgarcito, Roque Dalton parte de un principio que estableció Dadá a inicios del siglo XX, con no poca ironía: todo es arte, siempre y cuando haya la intención del artista de hacer una pieza de arte. Marcel Duchamp “creó” en 1917 un orinal firmado por R. Mutt, un plomero que hacía de lo suyo un arte, y tituló aquella obra como “La fuente”. Lo único que hizo, además de firmarlo, fue voltearlo 90 grados para que se viera desde otra perspectiva. Aún se exhibe como una declaración de principios y, sobre todo, de actitud y humor.
Roque Dalton logró equivalentes literarios, a través de los fundamentos de la antipoesía de Parra, en una época en que lo de Duchamp se había sistematizado (o todo lo contrario, porque Dadá niega el sistema, no el rigor técnico) en el llamado “arte conceptual”.
En ese marco, los materiales de Historias prohibidas son considerados como poemas o como las partes de un poema mayor, en tanto la intención del autor y compilador es poética. El todo debe dejar la sensación de que se ha leído un poema, no una serie de materiales heterogéneos, ordenados de cierto modo. Como en los collages de los artistas plásticos, los fragmentos deben llegar a un resultado que vaya más allá de la simple suma de las partes, y la sensación deberá ser equivalente a la que deja una obra “original”, totalmente elaborada por el autor.
Hay un concepto que los artistas (plásticos y literarios) no siempre toman en cuenta, y que está en la intención de Dalton: el collage es una obra colectiva, en la medida en que no todas las partes son producto del “integrador”. Los materiales preceden incluso a la intención de elaborar una obra, y ésta sólo encuentra su verdadera forma cuando el artista “descubre” las relaciones que unen un fragmento con los demás. Si un principio de la poesía es plantear –o encontrar– la relación entre elementos disímiles para formar unidades coherentes (imágenes, metáforas, poemas), es en la contradicción donde se genera la sangre de la poesía.
Es en esta relación que Dalton plantea entre elementos antes inconexos donde se halla la efectividad de los materiales de las Historias prohibidas, tanto si se lo ve como un “poema collage”, como un libro en el que campea un humor a veces salvaje, a veces fino (también el humor se basa en la confrontación de elementos disímiles), o –sobre todo– una lectura alternativa de la historia oficial. Y los personajes del libro son a la vez sus autores: los conquistadores de las poblaciones autóctonas y los conquistados, los masacrados y sus asesinos, los oligarcas y los poetas “de torre de marfil”, los poetas del pueblo o los anónimos creadores de los dichos populares, nacidos (los dichos) del distanciamiento ante situaciones en las que sólo la sabiduría –producto de la resignación ante la derrota– permite seguir viviendo en la cordura.
El collage da un mayor margen de juego a Dalton en cuanto al manejo de los textos, mucho más del que podía permitirse en la indispensable rigidez de un poemario. En el collage lo importante es el producto final, y en lo disímil –o contradictorio– de los materiales, de su calidad, de su lenguaje, estriba su encanto; en un poemario –Taberna y otros lugares, para el caso– es necesario crear líneas temáticas, estilísticas, de intención: no sólo se ubica de cierto modo los materiales –que no preexisten–, sino que es necesario elaborarlos, montarlos y, si hay vacíos, llenarlos con piezas que serán asimismo originales y nuevas. El collage será más rico en tanto sea más rica la recopilación de materiales, que se filtrarán a través de los conocimientos y la experiencia del “recopilador”, y en lo que desea comunicar; el poemario tiene que ver menos con la pericia que con el trabajo de creación, la técnica acumulada y refinada a lo largo de los años y un procesamiento sistemático y minucioso de los textos.
En Las historias..., Dalton le da la forma de poemas a textos que no podrían considerarse como tales, no desde la ortodoxia (es parte del juego provocador à la Duchamp: convertir en arte algo que no lo es mediante la voluntad de alguien que es indudablemente un artista): crónicas de conquistadores, ensayos que se encontrarían más cómodos en la prosa, etcétera. También puede ser menos riguroso en la forma de textos que él mismo crea, en tanto embonen con el todo, sin que eso reste méritos ni calidad al resultado.
En suma, Las historias prohibidas del Pulgarcito es un juego, y como tal puede ser descrito, analizado y ubicado, diseccionado su autor, descifradas sus intenciones, pero sólo jugarlo dirá lo que verdaderamente es, y sólo jugándolo se disfrutará.
Bienvenido, pues, al juego. El tablero es un país muy pequeño, y una de las piezas es usted.

14 de diciembre de 2009

Comida de fin de año

Este domingo 20 de diciembre, a partir de las 12 del día, tendrá lugar el almuerzo de fin de año de La Casa del Escritor. Es de estricto traje. Me dará gusto vernos reunidos depués de mi muy personal temporada en el infierno.
Ai nos vemos, pue.

13 de diciembre de 2009

Tiempo, tiempo

2/XI/09

Han pasado casi dos meses desde las primeras dos operaciones y estoy recuperándome de la quinta.
Estoy bien, me dicen amigos, y sé que no es cierto. Estás mejor, te ves mejor que anteayer, dice Krisma con cautela, y le creo porque me veo los brazos y están milimétricamente menos flacos que hace dos días, los pellejos cuelgan quizá un poco menos en las articulaciones de los brazos y las piernas, puedo desplazarme por la cama con menos dolor y un poco de menos penuria. No estoy bien: he sobrevivido a una etapa de un proceso que será largo, o eso espero: mientras más dure el proceso, más tiempo viviré, estaré viviendo, podré hacer algunas cosas que me faltan.
Tiempo, tiempo. Todo es cuestión de tiempo, poco o mucho o ninguno, y las paradojas de la vida, por decir un lugar común. Veamos una: mi amigo Carlos Briones me llama dos días antes de internarme. Quiere platicar un rato, sin tema definido. Le digo lo que tengo, él se desconcierta, me dice que lo siente mucho y me me manda su solidaridad, su cariño, que en lo que pueda ayudar, que lo mantenga informado, etcétera. Unas semanas después Krisma me dice que Carlos murió en una operación de emergencia. El hígado y el esófago, más un paro cardio respiratorio. Todo muy súbito.
Aún no sé qué hacer con la muerte de Carlos.
Poco antes hubo otro amigo, Roberto Laínez (Carlos se llamaba también Roberto), a quien ingresaron de urgencia en un hospital de Santa Tecla para operarlo de una úlcera gástrica perforada. Salió con unos centímetros menos de estómago en unos cuantos días, y sentí tranquilidd. Me pongo en la escala y no sé qué lugar me corresponde: Roberto tendrá que comer por poquitos, Carlos ya no podrá comer y yo estoy en una cama con una sonda para orinar, una colostomía para defecar y, por el carácter de las operaciones que me han hecho, aún no puedo sentarme, ya no se diga caminar o perseguir a alguien hacia cualquier parte.
Pero estoy vivo y mejorando, ahora en un hospital dedicado a la recuperación de pacientes, el Policlínico Arce. El saldo visible, además de las veinticinco o treinta libras perdidas y apenas en proceso de recuperación, son los brazos llenos de marcas de agujas y catéteres que han metido y sacado todo tipo de líquidos de mi cuerpo (hubo uno muy bello, dorado y denso, que parecía miel; no creo que lo haya alucinado), trozos de cuerpo depilados por los jalones de espadadrapo que, sí, siempre pueden doler más y rara vez se pueden negociar con las enfermeras y enfermeros, en especial con los segundos.
Algunos días, aquí en el Policlínico Arce, los he vivido por rutina. Lo único que me ha importado de ellos ha sido que en unas horas o minutos llegaría Krisma. Otros, en especial los de insomnio, los he usado para pensar en lo que viví en el Médico Quirúrgico, y más bien para reconstruirlos. Fue todo tan confuso...
No le encuentro aún el sentido a escribir, pero intuyo que es el inicio de algo. (O el fin, pensaría en un rato sombrío.) En todo caso, es lo que sé hacer: juntar palabras, darles sentido, a veces publicarlas. Veremos.Justificar a ambos lados

10 de diciembre de 2009

Miedo

--Tengo miedo --dije, y me dio la impresión de que la voz sonó desde muy lejos, hasta muy lejos, sin eco.
A mi alrededor había sombras. No supe cuántas. Presencias. Era la segunda vez en dos días que iba al quirófano. La primera perdí el sentido antes siquiera de que me asignaran turno. No lo perdí por los medicamentos. Lo perdó porque estaba mal. Me estaba muriendo, había dicho el médico que recomendó llevarme al Hospital Médico Quirúrgico. Allí tienen lo que necesita. Llévenlo ya o se muere. Fue allí, precisamente en su consultorio, mientras explicaba el asunto, que comencé a perder la conciencia.
--Tengo miedo.
No gritaba. No creo que de lo que era en ese momento pudiera salir un grito. Tampoco lloraba. Supongo que el tono sería simplemente de miedo, que debe existir un tono de miedo cuando uno establece que tiene miedo.
--¿De qué tiene miedo? --preguntó una de las formas, en algún rincón de la izquierda.
--Tengo miedo.
--¿De qué?
Lo obvio era contestar "De morir", pero es noche podía ser la última y no estaba para obviedades.
--Necesito que me den una mano. Sólo eso. Alguien deme una mano.
Las formas se agitaron a mi alrededor.
--¿Necesita una mano?
--Tengo miedo. Sólo alguien que me dé una mano.
Había llegado a la simpleza de sentimientos que alguna vez supuse querer: si sentía miedo, que fuera sólo el miedo. Si había un modo de solucionarlo, que fuera con un apretón de manos. De no haber estad0 tan asustado, me hubiera reído del gusto.
--Mi nombre es Francisco -dijo una de las presencias--, pero aquí me llamo don Francisco.
Mierda, pensé. No aquí.
¿Qué era aquí?
Aquí era la noche. Después confirmé que, sí, la segunda operación fue de noche. No sé si estaba oscuro. Mi aquí estaba muy oscuro y sólo estaban las presencias, que de repente se convirtieron en camilleros, y eran dos. Estábamos en un pasillo, esperando.
--Sólo quiero que me den una mano --dije, pero empezaba a perderse el encanto de ese miedo tan puro, tan limpio.
--Sólo la mano de nuestro señor Jesucristo puede salvarte --dijo don Francisco, no se si en susurros o a gritos, muy cerca de mi cara--. Sólo si aceptas a Cristo en tu corazón tendrás la mano que necesitas para que el miedo se vaya para siempre.
El miedo seguía allí, y era tan fuerte como al inicio --si es que hubo un inicio--, y aquel idiota lo hacía peor ofreciéndome la vida eterna unos minutos antes de una operación que serviría para apenas salvar el pellejo. Me lo merecía por pedir lo que necesitaba en el peor momento que podía recordar. (No podía recordar casi nada, es cierto. Yo también era apenas otra presencia.)
El camillero siguió con un rollo que he oído tantas veces que me deja sin palabras cuando me lo endilgan en la calle o en el autobús. Junto con mi miedo siguió la idea necia de que alguien debía darme la mano, frustrada por aquel predicador de ocasión. Perdí la noción de todo otra vez y, zaz, supe que estaba rodeado de otra gente.
--Tengo miedo --intenté de nuevo, y seguía siendo cierto, y era más cierto porque se acercaba el segundo exacto en que se clavaría la navaja.
Las presencias eran más y no reaccionaron del mismo modo que las anteriores. Eran otras.
--Por favor, que alguien me dé una mano.
Hubo una pausa muy breve en lo que hacían y hablaban entre ellos, y una voz que se distinguió con claridad administrativa dijo:
--Estamos preparando la anestesia. Le vamos a poner una raquídea. También lo vamos a sedar un poco. ¿Sabe cómo funciona la raquídea?
La presencia siguió hablando y en medio del miedo recordé la frase de Ángel Bascopé, médico anestesiólogo, hermano de René Bascopé, mi amigo boliviano muerto: "El trabajo de un anestesiólogo no es dormir a una persona, sino hacer que despierte."
También dentro del quirófano había oscuridad. Ahora sé que estaría llena de luces, pero mis ojos funcionaban de otro modo.
Y de pronto llegó la Gran Presencia. Supe que el cirujano había entrado, listo para lo suyo, para lo mío y para lo de todos en ese show de tijeras.
--¿Cirujano? ¿Está allí? --alcancé a decir, ya cansado.
--Aquí estoy --respondió su voz más allá de las demás voces y presencias.
--¿Me garantiza que me va a traer vivo de regreso?
--¡Sí, hombre! ¡Por supuesto que sí! --y fue la voz de un hombre común y corriente la que contestó, y era la que yo esperaba para estar tranquilo.
--Gracias --le dije.
La vida se perdió durante los siguientes días.

9 de diciembre de 2009

Por qué no me muero

Algunos de mis estúpidos favoritos (machos y hembras) me preguntan de tarde en tarde que por qué no me muero, que si ya me morí y cosas por el estilo. Poco original, pero tampoco tenía una respuesta adecuada, y lo único que hacía era no publicar sus comentarios.
Hace tres meses exactos me hicieron dos operaciones de emergencia; si no me las hacían, me moriría en un plazo de tres a cinco días, así de simple. Las operaciones en sí mismas fueron complicadas; se trataba de una enfermedad en la que muere el cincuenta por ciento de los afectados.
Tuve lo que un médico llamó "convalecencia grave", con oxígeno las veinticuatro horas, conectado a aparatos elecrónicos, y el atril de los sueros parecía un arbolito de navidad, además de un tratamiento intensivo para combatir la enfermedad. Fue un muy doloroso periodo en el cual, me dicen, mi estado de ánimo fue decisivo. Si dejo que las pilas se bajen, simplemente me muero. Y lo mismo en el periodo posterior, que incluyó tres operaciones más y unos interesantes injertos de piel. (Puedo enseñarle mi pierna fileteada a quien lo desee previo pago de un dólar. Si desea tocar, la cuota sube a uno con cincuenta.) Siempre estuvo latente el peligro de una infección mayor. Hasta la fecha, mucho ha dependido de mi voluntad de viivir y de mejorar.
Y ahora ya tengo una respuesta para mis estúpidos: no me muero porque no se me ronca la gana, así de simple. Cuando cambie de opinión, lo leerán en los periódicos.
Estoy, pues, de regreso y a las órdenes de mis pocos pero muy queridos lectores.

6 de septiembre de 2009

Breve recuento y el espillage

Thiery Davo me manda el afiche que el dramaturgo Claude Esnault ha hecho para la representación de Breve recuento de todas las cosas en Le Mans. Me pone una nota pertinente: "La palabra "espillage" no aparece en ningún diccionario, significa "quitar la piel". Busca la palabra en google como tuve que hacerlo y verás una foto bien interesante. Je je. Pinche Claude."
Tenía un recorte que no había puesto acá, que es de cuando Claude estaba trabajando --creo-- Instrucciones para vivir sin piel, el año pasado. Y todavía tengo sin publicar unas fotos de cuando estuve en Le Mans, en una representación de Trece que me dejó helado. Es como si me hubieran dicho: "¿Tú escribiste eso? Ahora te lo comes." Y me lo comí con gusto. Un gusto un tanto sórdido, pero gusto al fin.

2 de septiembre de 2009

2 de octubre de 2002


I.
¿Quién caminó en tu sangre?
¿Quién nace de tus ojos hacia fuera?
¿Quién me dice en el fondo de tu carne?

(Hay voces que son nuevas.
Hay versos que aún no se han cantado.)

¿Qué nombre se ha enganchado en tu vestido?
¿Qué emoción en tus labios?

(El ritual de esperar: siempre hay alguien que llega.
Siempre hay alguien que suda. Siempre hay alguien.)

II.
No hay fuego sin remedio.
No hay calor sin entrañas.
No hay vaso sin vacío.
No hay nieto que no llore.
No hay huracán sin árbol.

(¿Quién me sueña en mis ojos cuando duermo?)

No hay silencio sin labios.



III.
¿Cuál es tu nombre, en fin, sin tu apellido,
tu fango y tu mordaza?
¿Cuál es tu lado azul y qué lo alumbra?
¿Quién viaja de tu entraña hasta mi casa?
¿Dónde has vuelto sin culpa? ¿Quién te ama
que no cuente los dientes de tu boca,
los ojos de tu cara?
¿Por qué tu brazo izquierdo se disculpa
si tu brazo derecho va y te abraza?

(No es noche de dormir. No es noche
más que de espera larga.)

¿Quién te sigue y te alcanza?

27 de agosto de 2009

I love to singa

Hace un rato me puse a dar una vuelta por archive.org, esa maravilla llena de películas y comerciales y propaganda y música que por algún motivo ya ha pasado al dominio público. Buscaba la versión de Rhapsodie in Blue tocada al piano por el propio George Gershwin, que debo tener por allí en alguno de los cientos de CDs que uno jura que va a recordar dónde está y a la hora de las horas...
Tengo una buena docena de versiones de la pieza, y mi favorita es una versión "libre" de Leonard Bernstein, pero siempre es bueno regresar a los orígenes. Me gusta la versión de Gershwin porque uno se entera qué era lo que realmente quería con la pieza, ese ruido de ciudad, los metales exageradamente tocados, los cambios de velocidad, las cadencias del piano... Las versiones posteriores evidentemente trataron de aportar algo nuevo, y lo hicieron a veces a grados de sofisticación que caen en lo excesivo (como la de Bernstein, ejem; nadie dice que a uno no le puede gustar lo excesivo), pero no creo que haya una sola que haya mejorado la original; a lo sumo habrá mejorado la calidad del sonido de 1927 a la fecha. Si no cree, oiga a Gershwin y ya me dirá.
Como siempre, me puse a vagar aquí y allá y encontré cosas como la Coca Cola All String Orchestra, que no está nada mal; una tonelada de canciones del extraordinario Paul Robeson; otra tonelada de Shirley Temple --que estoy oyendo en este momento--, y otra más de la imperdible Lil Armstrong, por no citar uno que otro giga de cosas que ya están en el disco duro. Algunas piezas suenan bien como fondo para futuros videos --se me ocurren un par para uno que está en edición--, otras nomás me gustaron, como el cuarteto vocal de Phillip Morris, lo que es fumar Marlboro.
Entre el montón de pizas sueltas que bajé había una pieza en particular que me llevó volando cuarenta y cinco años atrás: el rip de la pista de un corto animado llamado "I Love to Singa" debido a la genialidad de Tex Avery, dios de los dibujos animados si alguna vez lo hubo. (Estamos hablando del creador de Bugs Bunny, Daffy Duck y Silvestre, para que nos vayamos entendiendo. Y, sí, hay otro dios: Mel Blanc, el que les dio la voz a Bugs Bunny, Daffy Duck, Silvestre, Sam el Pirata y a varias decenas más... a todos al mismo tiempo, también para que nos vayamos entendiendo.)
Así que me fui corriendo --y más bien arrastrando, porque estaba bajando muchísimos archivos de música-- a YouTube a buscar el video de "I Love to Singa", ¡y lo encontré!
En aquellos años sesenta en que pasaban caricaturas de los treinta, sin doblaje y menos aún subtítulos (excepto Popeye: los subtítulos eran minúsculos, pensados para el cine, y daba lo mismo si uno tenía una tele de 14 pulgadas, que era mi caso), uno se aprendía foneticamente las letras, o sea que no aprendía nada, pero la música era inolvidable. Así que, después de esta larga introducción, pongo aquí uno de los videos más importantes de mi infancia, quizá uno de mis primeros acercamientos al jazz, que después me llegaría a tomar más en serio. (No hay que quitarle créditos, en materia de difusión del jazz entre niños, a Walt Disney, y mucho menos a los temas de otras caricaturas, como Los Picapiedra, Don Gato, Magila Gorila y qué sé yo. Nomás que "I Love to Singa" es mucho más que un tema: es una declaración de principios. Ya dije.)

¡PAREN PRENSAS!

Allí dice que la inserción del video está desactivada por solicitud de... uh... Eso no lo dice.
Nos queda el URL: http://www.youtube.com/watch?v=28hk97-vZdQ
Ah: noten que el jazzista --como buen búho-- se llama Owl Jolson, en claro homenaje a Al Jolson, protagonista de la primera película sonora, The Jazz Singer.

22 de agosto de 2009

Diez años

Hoy hace diez años llegué a El Salvador. Venía por un mes, después de cinco meses en Estados Unidos, e iba de camino a Costa Rica. El plan --más o menos indefinido-- era quedarme un mes, arreglando asuntos familiares. Si conseguía trabajo antes, quizá estuviera unos meses más, en plan más de curiosidad que... bueno... de quedarme.
Después de unos días de caminar y caminar por los viejos lugares, con un calor y una humedad de los mil diablos --venía del desierto, de entre 1,500 y 2,500 metros de altura--, comencé a hacer llamadas para ver si entraba a trabajar en un periódico. No hubo respuestas. Sería un mes entonces. A las dos semanas fui a El diario hoy con un amiga, a dejar unos cuentos para el suplemento Hablemos, y de paso me pidieron mi currículum; necesitaban a alguien para Vértice y le llegó la noticia a Lafitte Fernández de que un cuate que andaba por allí era periodista, escritor, que venía de México y qué sé yo. Lo llevé al día siguiente, conversé un rato con Lafitte y me dijo que comenzaba a trabajar una semana después.
Era extraño que en otros lados no me hubieran hecho caso y sí en EDH: lo último que recordaba de ese diario era que había lanzado una campaña muy fuerte en contra de mi padre cuando era rector, entre 1970 y 1972, y que se había congratulado no sólo de la toma militar de la UES, sino también del exilio de "Menjívar y sus 14 muchachos" (así los bautizó un reportero que después sería asesinado durante la guerra). Los antecedentes no eran de lo mejor, pero siempre me quedaba la posibilidad de renunciar a la primera señal de censura, represión o lo que ocurriera. Por de pronto lo que había visto era que el país estaba extrañísimo: uno podía hablar de lo que quisiera, donde quisiera y casi con quien quisiera; no había soldados en la calle, excepto acompañados por policías civiles; los guardias nacionales habían desaparecido con su porte de perros malos, y la gente, en fin, era gente. Nada que ver con la imagen que tenía desde fuera del país: un lugar donde la represión estaba siempre latente, si no oculta bajo otros mecanismos, y donde la izquierda tenía limitados los espacios de expresión y manifestación. (Después descubriría matices, por ejemplo que la izquierda se había institucionalizado a grados serios de burocracia, y en esa época la derecha no tenía muy claro qué hacer con el país, excepto explotarlo lo mejor que se pudiera, usando, eso sí, los cauces institucionales, ejem).
Seis meses, un año, y sigo mi camino, pensé. Quizá regresara a México. Mi padre estaba enfermo de cáncer y viajé a Costa Rica en los meses siguientes. No más de un año.
Fui aprendiendo mucho en Vértice, entre otras cosas a sortear las posibles censuras. Quizá lo logré, porque nunca me censuraron una nota. Eso sí, casi cada semana pensaba: "Después de ésta sí me corren." Nada. Nunca tuve tanta libertad de escribir como en Vértice. Dos años.
Y me pareció que dos años eran más que suficientes para estar en El Salvador, y comencé a lanzar líneas para volver a México. Para ese entonces mi padre había muerto y era el momento de volver a lo de antes, o a algo nuevo, pero en mis lugares habituales.
Una de mis frustraciones era lo poco que pasaba en materia cultural. Había una reunión mensual sobre algún tema literario en la Fundación María Escalón de Núñez, dos mil poetas que se autopublicaban y se autocongratulaban de lo buenos que eran, muy pocas publicaciones de verdad, algunos recitales malísimos y listo, eso era la literatura. No esperaba que el estado hiciera mucho por los artistas, pero veía una gran pasividad e inercia por parte de Concultura. Unas semanas antes de renunciar a EDH y regresar a México, escribí una nota bajo el título ¿Para qué sirve Concultura?, en la cual trataba de hacer un panorama de la situación cultural --en especial artística-- en el país. Era mi despedida.
Luego de un acercamiento de un director nacional, me mandó a llamar Gustavo Herodier, a la postre presidente de Concultura, y me preguntó: "¿Sos capaz de hacer lo que decís que tenemos que hacer?" No me quedó más que contestar que sí, más por orgullo que por convicción. "Entonces hacelo y dejá de hablar." Me nombró coordinador de letras, algo así como director de literatura, y me dio apoyo para lo que hubiera que hacer.
Organizamos buenas reuniones de escritores, incluida una en el Palacio Nacional, en el Salón Amarillo, donde el último presidente que despachó fue Hernández Martínez. Dimos talleres de técnica literaria, de edición, de periodismo, de lectura. Todo estaba encaminado a un fin: la creación de una Casa del Escritor. Fue el plan desde el principio, e incluía la formación de escritores jóvenes desde un punto de vista menos... uh... espontáneo de lo que había. Y, después de casi ocho años de trabajo, creo que mucho se ha logrado. (Sería tema de una discusión que no entra en este post.)
La idea no era que todo el mundo cayera en La Casa --que trabajó un año y medio sin sede, hasta que nos dieron la casa de Salarrué en Los Planes--, y que todos se sumaran. También esperábamos que hubiera gente que hiciera proyectos alternos, como ha ocurrido; que realizara proyectos que fueran claramente contrarios, como también ha ocurrido; que atacara a La Casa y a su vez planteara alternativas, e igual. Por imitación, por irritación, por lo que fuera, La Casa en sí misma no servía de nada; hacía falta gente con talentos especiales y, entre éstos, con una actitud especial hacia la literatura. Es en lo que hemos trabajado, y los resultados comienzan a estar a la vista. (Más los que faltan.) Sin contar con las otras ramas en las que nos hemos metido: video, danza (Johanna Marroquín tiene un buen grupo de baile folklórico), periodismo, historieta, animación...
A lo largo de los años he ido descubriendo qué me mantiene aquí, y es la gente con la que trabajo. Persistente, fuerte, amable, buena.
Diez años... Son un montón de tiempo para hablar de eso en un post. Pero no se sienten tanto cuando ya pasaron, y no angustia si uno piensa en los que vienen en camino.

16 de agosto de 2009

50

Para mi cumpleaños número 50 ("medio paquete", dicen, aunque uno sabe que llegar a los 100 va contra las estadísticas) hubo una sorpresa grata: mis hermanos Mauricio (izquierda, claro) y mi hermana Ana (derecha) se la vinieron a pasar conmigo desde Costa Rica. Mi hermana Lorena sólo tuvo que viajar desde Mejicanos para armar una pequeña reunión familiar. En la foto nos acompañan mi sobrino Diego (hijo de Ana) y Valeria.

Los niños jugando en la computadora. Me impresiona lo parecidos que son.

Fiesta sorpresa, claro, de la que ya sabía desde hacía varios días. No, no me dijeron; nomás son muy malos para fingir los compañeros y amigos de La Casa.

Dos pasteles, uno por cada veinticinco años. Por suerte no se dedicaron a poner velitas por todas partes; además de lo embarazoso, los pasteles hubieran quedado agujereados. Al de frutas le tocó tratamiento de harakiri a la hora de partirlo.

El de moka con almendras era más delicado, ejem. Quizá por eso fue el que se acabó más rápido.

Los cuatro hermanos, poco antes de que Ana y Mauricio regresaran al aeropuerto, a media fiesta.

Foto con hijos y todo: además de los ya mencionados, los hijos de Lorena: Javier (escondido junto a Valeria), Andrea y Silvana, además de Boni, mi cuñado.

Y algunos de los buenos amigos y compañeros de siempre: Carlos Guardado, Herberth Cea, Mario Zetino, Ana Escoto, Salvador Canjura, René Figueroa (el nuestro), Santiago Vásquez, Carlos Candel, yo, Krisma, Loida Pineda, Ingrid Umaña, Érika Chiquillo, Valeria, Tere Andrade, Sandra Aguilar y Osmín Magaña.
Muy conmovedor todo. Gracias.
Y me queda todo el lunes para seguir cumpliendo años; nací el día 17. Veremos qué tiene de bueno y de nuevo.

12 de agosto de 2009

Un fantasma


Cada cierto tiempo Valeria viene y dice que ha visto al fantasma que está en su cuarto. A veces coincide con que no quiere quedarse dormida, o con que no quiere cambiarse de ropa. A veces simplemente dice que el fantasma está allí, a secas, como un hecho que no requiere de discusión.
Si le preguntamos cómo es, responde: "Grande." Nada más. No es que le tenga miedo; nada más es un fantasma, y a veces quiere compartir el cuarto con él, a veces no. No sabemos si le habla, o si él hace las cosas particulares que hacen los fantasmas, sean las que sean. Sólo sabemos que es un fantasma.
Hace unos días lo dibujó y me lo trajo. "Es un fantasma", me dijo. Y añadió: "De colores." O sea que cabe la posibilidad de que el original sea en blanco y negro o de algún otro color. Habrá que esperar un nuevo dibujo o que quiera hablar un poco más sobre el tema. Por ahora sabemos que no siempre anda por allí y que es "grande". ¿Qué será "grande" para una niña de cinco años?

11 de agosto de 2009

Un mundo por fin

Alain Mala, el heoico editor de Cénomane, es un tipo distraído, y yo otro tanto. Un mundo en el que el cielo cae y cae apareció --creo-- en octubre del año pasado, y ni a él se le ocurrió mandarme unos ejemplares ni a mí pedírselos sino hasta hace unas semanas. Llegaron exactamente el último día antes de las vacaciones, y ayer fue lunes, así que apenas hoy fui al correo por los ejemplares. (De paso compramos un buen bote de nieve de limón para festejar.)
Es mi primer libro de cuentos y, según dice en la última página, los escribí entre 1983 y 1998, excepto "La tercera puerta", que escribí en 2007 y sustituye a uno que desentonaba con el conjunto. (Se llama "Una voz profunda como todos los mares, escrito en 1997 o 1998. Se publicó en no sé qué número de la revista Cultura de El Salvador.)
Busco qué cuento pude escribir en 1983 y no tengo mucha idea; casi todos son de los noventa. Me da la impresión que fue el año en que empecé "El campeón", uno de box; me pasé años poniéndole cosas, quitándole cosas y corrigiéndole cosas. O quizá fue un error de imprenta --o mío-- y el primero es de 1988. No importa; me llevé un montón de tiempo armando una colección de siete relatos cortos, casi todos ellos publicados en revistas y antologías aquí y allá, y más allá que aquí. Varias veces he dicho que me avergüenza un poco que me pongan en antologías sin haber publicado un libro de cuentos. Pues bien, aquí se acaba la vergüenza, o por lo menos el libro me servirá de paliativo o pretexto.
Este año --después de varios de mucha actividad-- parece que no voy a publicar ningún libro nuevo ni a reeditar nada, así que fue buena idea que Un mundo se tardara en llegarme. Voy a tratar de leerlo, en la siempre acuciosa y sorprendente traducción de Thierry Davo. Se lleva uno sorpresas cuando lee sus cosas en otro idioma. Sobre todo los ambientes se sienten diferentes; como que cada idioma tiene sus ambientes propios. No sé. Quizá sea mi poco conocimiento del francés, quizá sea que cada idioma tiene incorporadas sus propias posibilidades y convenciones.
En fin, estoy contento. Con su permiso, voy a disfrutar de mi libro.

7 de agosto de 2009

Nueve años...



...y aún se siente como si no hubiera pasado uno.
Quizá sea hora de dejar que el tiempo corra.
Quizá se pueda.

4 de agosto de 2009

Un papá para siempre

El abuelo Alfonso tenía 91 años cuando murió, a finales de 1996, y mi padre tenía 61. La abuela Carmen había muerto año y medio atrás, de una neumonía, pero no seguí el proceso; me avisaron cuando ya estaban en los asuntos del velorio, y no tuve mucho contacto con mi padre en esos días. Sé que debió ser devastador para él, por la relación tan especial que llevaban, pero no hablamos más que algunos minutos. De los últimos días del abuelo sí estuve pendiente, casi a diario, por teléfono, y me perturbaba lo que oía en la voz de mi padre: no muy en el fondo había un niño que estaba a punto de perder a su papá, simplemente.
En una de las pláticas que tuvimos pensé, sin decirlo: "A uno siempre le hace falta su papá, tenga la edad que tenga. Uno no deja de ser niño cuando se trata de su papá." En eso incluía a los que no llegan a conocer a su padre, desde luego, pero mi pensamiento no era tan profundo; pensaba en mi padre viendo cómo el suyo moría de cáncer, y me preguntaba qué pasaría cuando me tocara pasar por lo mismo, como me tocó cuatro años más tarde.
Entre mi padre y el abuelo existía mucho cariño y pocos puntos de encuentro; el abuelo era mecánico automotriz y chofer, siempre quiso que mi padre fuera lo mismo y lo veía con un cierto aire compasivo por haber errado el camino. Mi padre lo quería a secas, y cuando se veían le servía de celestino con algunos tragos de whisky y algunos cigarros --que el abuelo tenía prohibidos, y la abuela se encargaba de que se cumpliera la orden del médico; el hígado le fallaba y tenía enfisema desde los cuarenta y tantos--, bromeaban de todo y, en general, permanecían juntos en silencio. Tampoco era que se vieran demasiado, como yo me veía poco con mi padre, pero hablaban por teléfono de tarde en tarde y a veces mi padre pasaba por El Salvador de algún viaje y se quedaba un par de días para visitar a la familia. En los días de la muerte del abuelo estuvo en El Salvador la mayor cantidad de tiempo desde que lo exiliaron en 1972: quizá un poco más de dos semanas.
Tuve la buena o mala suerte de llamar por teléfono justo en el momento en que el abuelo acababa de morir. La voz de mi padre era desolada y, sí, ratifiqué que uno puede tener la edad que tenga, pero su papá es su papá. Ese día, en México, tenía una tocada con mi banda de... uh... bueno, de lo que fuera, y toqué en honor del abuelo y de mi padre, y quizá nunca lo haya disfrutado tanto.
Hoy se acerca el aniversario de la muerte de mi padre (7 de agosto), y me doy cuenta con mucha sorpresa que han pasado nueve años, que es casi la quinta parte de mi vida que he pasado sin mi papá, y que lo extraño con el mismo desconcierto y casi la misma tristeza del primer aniversario. La vida ha seguido, pero en ese punto en particular hay algo que se estancado, bastante cosas sensibles que no dejan de sentirse frescas, demasiado frescas. Y, desde luego, uno siempre extraña a su papá, y quisiera que siguiera allí, aunque fuera del otro lado de la línea telefónica, aun sin verlo más que una o dos veces al año, con suerte. (Él tenía 65 años cuando murió. Yo estaba a diez días de cumplir los 41.)
Algo he avanzado: ya puedo ver sus fotos y sonreír, y recordar cosas que no sean el momento de su muerte. (El síndrome de estrés postraumático es perro.) Ya puedo soñar con él y despertar contento. Ya puedo hablar de él sin tratar de entender los porqués de tantas cosas; cuando murió quedó fijado en el tiempo, definitivo, y ya no hay defectos y aciertos: está él, nada más, y lo que nos dejó y como nos dejó.
Hay amigos y conocidos que lo mencionan como un gran hombre, que sin duda lo fue; como un intelectual de muchos alcances, que también; como un luchador social de los que ya no se hacen, y es cierto. Pero eso, para mí, es lo de menos. Él era mi papá, y lo extraño como un niño que espera en la ventana de su casa a que llegue, para platicar un rato.

1 de agosto de 2009

Agua de colores

Agua de colores, de Valeria.

Hoy Valeria me regaló un dibujo que tituló "Agua de colores", que entre raya y raya tiene cosas interesantes que no sólo pueden atribuirse a la compulsión de un niño con caja de lápices nueva. (Uno de los motivos es que los lápices no son tan nuevos, si he de decir algo en honor a la autora y a mi poca objetividad de padre.)
El dibujo me recordó cuando tenía yo su edad, o menos, y pasábamos de noche frente a la antigua embajada de Estados Unidos, en la 25 avenida norte. A un par de cuadras estaba la única rosticería de pollos de la época, y cada dos o tres o tres semanas mis padres me llevaban a comprar uno, lo que servía para tres cosas: fomentar un vicio que perdí --por sobredosis de pollos rostizados-- ya bien entrada la adolescencia, dar un breve paseo en carro todos juntos (mi hermana aún no habría nacido cuando empezó la costumbre, o estaría muy pequeña) y pasar frente a la Fuente Luminosa, que era como se le decía a la inmensa pila de agua con grandes chorros que la atravesaban y unos reflectores.
Mi padre me había dicho que el agua de la fuente era de colores, y yo no mucho le creía: según mis pocos y muy empíricos conocimientos (pero ¿la ciencia no es empírica?), plastilina mediante, cuando se juntan elementos de diferentes colores éstos tienden a volverse uno solo, gris deprimente en el caso de la plastilina, y otros más sorprendentes en el caso de los líquidos. (Sí, con la abuela Mina nos poníamos a hacer experimentos para ver qué pasaba si se mezclaban gaseosas de diferentes colores y, ugh, sabores.) Pero mi papá era mi papá, y había que creerle que el agua era de colores, que los reflectores eran blancos y que esa agua en particular no se mezclaba como las demás aguas.
Ah: porque había diferentes tipos de agua, y ésa era especial para la Fuente Luminosa. De reojo yo miraba la embajada de Estados Unidos y me imaginaba que sería algo que los gringos habrían traído y, en fin, que a lo mejor era cierto, pero...
Pero de día el agua de la fuente era transparente como cualquier agua, objetaba yo. Alguna vez hice que mi madre me llevara a verla y hasta a tocarla, y era tan agua como cualquier agua. "Es que sólo se hace de colores de noche", me dijo mi madre aguantando la risa --sí, lo noté--; ella tenía menos humor que mi padre o lo usaba para otro tipo de cosas. Lo que traté de ver esa vez fue si había vetas en el agua, con lo cual podría separarse por las noches y colorearse cada una por su lado gracias a los reflectores, que ya de cerca se veía que eran de colores, un detalle que mi madre no imaginó --o no le importó-- que notaría.
Y, desde luego, hubo otros a los que les pregunté si el agua era de colores o se coloreaba con los reflectores, o si tenía vetas que etcétera. Mis tíos Juan y Mauricio, el novio eterno de la abuela Mina (don Chepe Rodríguez, a.k.a. "Pico de Oro", por su talento como orador de plaza en las campañas electorales de Osorio y Lemus) ratificaron que el agua era de colores, pero sólo de noche, aunque no pudieron explicarme por qué. Lo de las vetas no lo entendieron, me da la impresión, y sería por mi falta de léxico, que apenas pasaría de la palabra "capitas".
En medio de una polémica de años, de repente dejó de funcionar la Fuente Luminosa y a alguien se le ocurrió empezar a construir la espantosa escultura que está allí desde entonces, de un color gris deprimente, como la plastilina cuando se juntan todos los colores de la cajita. Mi papá me dijo que no me preocupara, que después iban a poner otra vez el agua de colores, y yo con la misma: el agua no podía ser de colores. Igual dudaba: ¿y si sí? Pero ya era demasiado tiempo de llevarle la contraria como para echarme atrás, y la única solución intermedia que encontraba era la de las vetas, que tampoco me convencía demasiado: había metido las manos en el agua y era tan normal como cualquier otra.
Inauguraron la horrible escultura y, no, no volvió el agua de colores. La pila era la misma, los chorros eran los mismos por la noche, pero los reflectores eran de luz blanca. Le pregunté a mi papá por qué, y me habrá dicho algo como que salía muy caro mantener lal mismo tiempo la estatua y el agua --después de todo era economista-- y el paseo de cada dos o tres semanas se redujo a la compra de pollos rostizados y a una escultura bastante fea que nos había quitado un tema de conversación.
Por las épocas en que uno no sólo deja de creer en ciertas cosas, sino que sabe que son falsas, pasé por la antigua Fuente Luminosa y me acerqué como cuando mi madre me llevó a los cinco o seis años, y seguí buscando las vetas, sin dejar de ver con desprecio los reflectores blancos. No pude dejar de sonreírme y de pensar en pollos rostizados; para ese entonces ya había otras rosticerías en San Salvador, y cada una tenía su sabor especial.
Entrado en la adolescencia, en una de mis visitas a El Salvador de antes de 1975 (después no regresé sino hasta 1999), pasábamos por allí con el tío Mauricio y una novia suya, y él le comentó: "Rafa creía antes que el agua de la fuente era de colores", y desde luego se rieron. Yo me indigné: para ese entonces ya estaba seguro de que era de colores.
Y sigo estándolo.

30 de julio de 2009

La muerte burguesa y las otras muertes

Hace unos días estuve revisando relatos policiales de Raymond Chandler, fragmentos de novelas de Chester Himes y comparando con algunas clásicas del género negro. Sería por el estado de ánimo en que me encontraba ese día, pero me puse a pensar: “Qué fácil se muere y se mata a la gente en los libros clase b”. Eso me llevó a releer dos novelas mías, Los héroes tienen sueño y Cualquier forma de morir, más como ejercicio de autocrítica que como ego trip y, sí, qué fácil se muere y –aparentemente– se mata en la ficción.
No en toda. (Comienzan los peros.) En general, en lo que se llama “literatura seria” la muerte es una excepción, un punto de quiebre, el lugar al que se evita llegar, al que se quiere llegar o alrededor del cual gira todo el asunto. La muerte es el eje de esa “literatura seria”, pero es más una idea que un hecho: si se muriera todo el mundo a balazos, envenenado o atropellado, como en una buena novela de Chester Himes, no habría espacio para reflexiones, dudas, relaciones significativas entre personajes, etcétera, y se supone que en eso está la gran literatura. (Igual desde la primera línea se puede cometer y confesar un crimen, como en El túnel, de Sabato, pero matar “de verdad” a María Nosequé se va a llevar unas cien páginas más. Igual Shakespeare armaba unas matanza bastante notables, como en Hamlet o Ricardo III, pero lo suyo era la “clase b” de su época, guardando respeto y distancias.)
Gran literatura, pequeña literatura: quizá la idea del tamaño de la literatura tenga que ver con cómo se considere a la muerte.
Si nos ponemos un tanto dramáticos, bien podría hablarse de que hay una idea burguesa de la muerte de la cual se agarra la literatura seria, y tiene que ver –desde luego– con la vida burguesa ideal: el orden, el ahorro, el trabajo, el tiempo bien distribuido, la fortuna bien estratificada, las relaciones personales definidas por ciertos cánones, los propios cánones, etcétera. Dentro del mundo ideal, la muerte es una meta, en la medida en que debe alcanzarse en cierto momento, de cierta manera, en un entorno casi controlado. La muerte llega cuando debe llegar, y la ruptura del orden de la muerte puede ser el tema de una novela: algo se descontroló, algo salió mal, y el tipo se muere de un aneurisma mucho antes de tiempo, o lo pesca un Alzheimer o le atropellan a la esposa o alguien se suicida o un accidente de tráfico que deja huérfano al muchacho que, en el momento de iniciar el relato, ya ha superado al menos económicamente el infortunio. (O no, y allí entra la historia.)
La novela negra, según la definición de Chandler, pertenece al mundo del crimen, justo donde la muerte es algo cotidiano. No es incidental: es necesaria. Es parte de las reglas de la vida. Es el extremo en un mundo donde se vive rebotando de un extremo a otro, esperando que la pistola apunte para otra parte en el momento en que dispare, o estar viendo en dirección contraria del asesinato del cual uno podría ser el testigo. Pocas cosas menos “burguesas” que eso. (Si se piensa bien, se parece mucho a vivir en ciertos vecindarios de Apopa o Zaragoza.)
En la literatura “del crimen” alguien puede morir en cualquier momento –hay convenciones, pero la premisa básica es cierta–, casi por cualquier motivo, cualquiera puede ser el muerto, y los métodos pueden ser simples o lindar con lo barroco. Y, sí, viendo desde la “gran literatura” habrá cosas que suenen absurdas y hasta pueriles, como las maneras de morir.
En Cualquier forma se me ocurrió poner que a un juez lo declararon suicida, y tenía un tiro en la nuca. Lo curioso es que el juez sí existió y sí tenía un tiro en la nuca, y durante un par de días la hipótesis oficial, publicada en todos los diarios, fue la del suicidio. Lo único que hice fue tomar la información de un par de recortes de periódico y ponerla allí. En la novela hasta resulta divertido; en la vida real fue siniestro a secas. O lo del tipo que se mató de dos disparos de revólver en el corazón; alguien que sepa un poquito de armas sabe que es imposible, y lo mismo debieron intuir los que le hicieron la autopsia al cadáver en la vida real. Pero pues fue suicidio y fue suicidio.
Quizá los que piden que la literatura se ajuste lo más posible a la realidad, del naturalimo más básico al realismo socialista –este último linda con la literatura fantástica, se diga lo que se diga–, no se dan cuenta de que la realidad es demasiado increíble en ocasiones para meterla dentro de la ficción. Matar a alguien en una novela no es cualquier cosa; no se trata de poner al bueno, al malo, al testigo, jalar el gatillo y listo. Es necesario que sea orgánico, así se trate de la más barata de las novelas baratas. El móvil y la oportunidad, a lo Agatha Christie, no son suficientes. Tampoco –y menos aún– la simple voluntad del autor. La diferencia entre la “gran literatura” y la “pequeña literatura”, en ese aspecto, es que la muerte se produce de cierto modo, de manera usualmente más llana y sin demasiados existencialismos. Las consecuencias son las mismas, así se procesen de diferente manera, o así el objetivo de la obra sea otro (generalmente divertir, que hay maneras y maneras).
Lo que quizá no haya es tantos “filtros” entre la voluntad de matar y el hecho de matar, o no los mismos filtros. El personaje de El túnel tiene que matar, eso lo sabemos desde la primera página; los motivos son más bien difusos, y se van aclarando a lo largo del libro. En una de Hammett el asesino también mata porque tiene que matar, pero sus motivos son más precisos (una traición, un robo, una venganza), y todos tienen consecuencias prácticas. En el primer caso el asesinato es un lujo; en el segundo es un recurso extremo, pero recurso al fin. Y lo interesante es que se parecerá mucho más a “la vida real” lo que se cuente en la segunda novela que lo que se cuente en la primera; basta con ojear un periódico no necesariamente amarillista para darse cuenta de los motivos absurdos por los que la gente se mata, los métodos que rayan con lo barroco, las justificaciones estúpidas para hacer algo estúpido. Castel, el de El túnel, es una excepción. Piensa demasiado. Es “burgués” en su modo de enfocar el asesinato. Incluso Ricardo III –el drama “clase b” del siglo XVII– es una excepción, que por algo aspira al trono de Inglaterra, lo obtiene como lo obtiene y lo pierde como lo pierde.
Puede haber varias conclusiones a lo que se ha dicho.
Una, que la literatura negra debería ser el ideal de los que buscan realismo en los libros. Paradójicamente, está clasificada –entre otras clasificaciones– como “literatura de evasión”. Y sin embargo en pocos géneros, subgéneros o llámele como quiera se puede encontrar de manera más clara la “denuncia social” que para muchos es fundamental en las letras.
Dos, que la “gran literatura” se aleja de “la realidad” y genera excepciones, y son esas excepciones las que la hacen “gran literatura”. Por ejemplo Cien años de soledad, un “retrato fiel” de nuestra América Latina: hizo falta que alguien se sacara de la manga lo del “realismo mágico” para que los demás dijéramos “Ah, mira tú...” y viéramos más una serie de magníficos dislates muy bien contados.
Tres, que la muerte es siempre el eje de la literatura que valga la pena de leerse, sea “pequeña” o “gande”, si algo así existe. La diferencia –y no siempre– puede ser la crudeza con la que se la aborda.
Cuatro, que detrás de cualquier texto literario siempre está una premisa fundamental: todos los que allí aparecen pueden terminar muertos. Quiénes y cómo es parte del encanto de leer.
Cinco, que la ventaja de un libro es que no hay más muertos que los que se producen entre tapa y tapa. En la “vida real” no tenemos tanta suerte.
Seis, que vivimos en un país con un promedio de doce homicidios intencionales por día, algo así como 360 al mes y 4,400 al año. ¿Qué le puede contar a la literatura una realidad tan concreta en materia de métodos, motivos, causas y efectos? (La respuesta es “mucho”, pero prefiero no decirla.) Pensar en unos adolescentes que asesinan a un chofer y a un cobrador por no dar dos dólares o tres de “protección” ya es absurdo. Pensar en otros adolescentes que descabezan a una muchacha de quince años por hablar con gente de la pandilla contraria es para producir un terror casi cósmico. Tirar los cadáveres frescos en la puerta de una delegación policial lleva a que uno se pregunte dónde rayos está viviendo, y por qué. Y, sobre todo, se da cuenta de lo fácil que es matar y morir en la vida real, y lo difícil que resulta en la ficción.

26 de julio de 2009

Alicia

Leo Argüello me manda desde Canadá el link de una extraña versión de Alicia en el país de las maravillas, en nueve partes. Vale la pena verla. Aquí va la primera de la serie:



Para encontrar las otras ocho, puede seguir este link.

22 de julio de 2009

¿Y los misiles?

A todo esto, ¿qué pasó con la investigación que el nuevo gobierno iba a hacer sobre unas denuncias del presidente venezolano, Hugo Chávez, de que habría un atentado en su contra si venía a El Salvador al traspaso de poderes el pasado 1 de junio?
La denuncia fue pública, notoria y puntual: la gente del "contra" cubano Posada Carriles había preparado uno o dos misiles que lanzaría contra el avión de Chávez cuando éste despegara de territorio salvadoreño. Ante la falta de seguridad, Chávez no vino.
Era de esperarse que la inteligencia venezonala pasara la información pertinente a su homóloga salvadoreña, y que algo al menos se pueda informar acerca de algo tan grave. Y es de verdad grave: significa que hay estructuras paramilitares clandestinas, extranjeras y bien armadas asentadas impunemente en El Salvador, y que el gobierno --de Funes o de Saca, es igual-- no pudo, no puede, no ha querido o no sabe cómo desarticular. Algo es muchísimo más que un incidente aislado: pone en cuestión la validez del Estado salvadoreño, su viabilidad, su simple capacidad de ser. Eso es, llanamente, lo que Chávez dijo en su denuncia: el Estado salvadoreño no tiene control de su territorio ni de sí mimo. (Buen mensaje para un presidente que apenas estaba tomando posesión.)
¿Dónde están entonces los misiles? ¿Dónde está la estructura paramilitar manejada desde Estados Unidos por Posada Carriles? ¿Dónde y cómo se perpetraría el atentado contra Chávez? ¿En medio de qué redes nos encontramos metidos sin saberlo? ¿O se trató de una payasada de Chávez? A mí me gustaría que me lo dijeran, para saber bajo qué cielo duermo cada noche.
Me harta Chávez, en serio, con esa su pose de niño caprichoso. Me hartan igual los columnistas que se la pasan hablando de él como si fuera... no sé... el mesías negro de la reelección presidencial continental, el sargento que mueve a discreción a los pequeños soldados rasos que son ciertos presidentes del continente (Evo, Correa, Ortega, etcétera), el antihéroe de la ALBA, el que algún día cumplirá sus baladronadas y nos llenará las calles de soldados venezolanos por un quítame de allí esas pajas, el gerente general de Chávez Airlines, el que por qué no se calla de una vez.
Pero lo de los misiles es serio, y lo digo en serio. ¿Dónde están? ¿Los hubo? ¿No los hubo? ¿Los hay? ¿Puede haberlos? Con que nos digan la verdad acerca de eso nos enteraremos mucho acerca de quién nos ha gobernado y nos gobierna y, sobre todo, acerca de Chávez mismo, de qué podemos esperar de él, de sus detractores y de sus apólogos.

20 de julio de 2009

Poesía y miedo histérico

Últimamente me ha dado varias veces por escribir poemas, y me siento --Krisma dixit-- como "un extranjero en la ciudad prometida". Sé que no es mi ciudad, sé que la poesía no es donde me muevo con mayor comodidad, pero ¿quién dijo que las cosas tenían que ser cómodas para que uno las disfrutara? Hasta la proverbial piedra en el zapato, bien colocada, puede reportar sensaciones interesantes.
Lo que nunca he podido hacer es verso libre según manda... uh... no sé quién mande cómo se escribe el verso libre. Comienzo a escribir y según yo estoy rompiendo la métrica, y a la hora de la revisión resulta que hay por allí regados, disimulados en el corte de verso, un montón de heptas, endecas, eneas y alejandrinos, y opto por lo más sano: dejarlos ser y dedicarme a ver si el poema funciona o no funciona. Si funciona, lo paso del cuaderno a la computadora, lo imprimo y lo trabajo. Si no funciona, pues no funciona y ya; lo mismo que cualquier texto.
Hace unas semanas me puse a jugar con los alejandrinos, que pueden ser muy parecidos a la prosa si se trabajan bien (Neruda no me gusta, aunque es un dios para hacerlos: "Puedo escribir los versos más tristes esta noche", etcétera), pero pueden ser de un retintín insoportable si no se distribuyen bien los acentos o no se tratan bien los hemistiquios. O de plano no ser alejandrinos, y que me perdone Darío con lo de "La princesa está triste", que puede dividirse en heptasílabos sin que sufra mucho el poema ni uno. (Sí, a mí lado cursi le encanta la "Sonatina".)
Tenía ya tres o cuatro años de no escribir poesía, en fin, y ha sido un placer. Quizá yo mismo me contengo y dejo pasar las oportunidades con eso de que la prosa es lo mío y es de lo que más sé, que en suma no sería más que un pretexto detrás del que se esconde algún miedo histérico no sé si justificado, y no importa. En los talleres me la paso diciendo que uno debe escribir lo que le salga, en el momento en que le salga, y que ya después decidirá si sí o si no o si qué. Y creo que tengo razón: uno no siempre decide --conscientemente al menos-- qué está preparado para escribir en qué momento, ni qué va a salir de eso; quizá el poema no funcione, pero allí habrá una pista para algún cuento, o una frase para una novela, o una idea para cualquier cosa. Y lo que acabo de escribir en las líneas anteriores también es una justificación, si se lo piensa bien: no muy en el fondo está la posibilidad de que uno esté negado para la poesía, y qué oso de andar cortando líneas creyendo que eso es algo que no es.
Fuerza, canejo, fuerza y no llore. Voy a poner aquí mismo uno de los poemas que han salido en las últimas semanas, y uno de los poquísimos que verán publicados alguna vez. Es lo más cercano que tengo al verso libre.

Caigo de un viernes al siguiente.
No despierto. No grito. No me muero.

Rasgo mi voz un domingo por la noche.
No sudo.

Desayuno mi trigo algún jueves y miento
y me cae la semana como culpa en los ojos
y dormito y descanso.

(Talvez ayer sea lunes y mañana
no quiera estar de nuevo en otro miércoles.)

16 de julio de 2009

El sombrero

Lo de Manuel Zelaya era una cuestión de principios que se está convirtiendo en un asunto engorroso de personalidad excesivamente autovalorada.
Vaya: no estuvo nada bien que lo sacaran de la cama, lo pusieran en un avión a Costa Rica y que debiera dar su primera conferencia de prensa en el exilio en traje de dormir. Eso lo puede entender incluso la gente que lo sacó del lecho nupcial y de Honduras. Que pidiera y obtuviera de inmediato la solidaridad de la OEA era más bien obvio: el tema de las barbas en remojo siempre está sobre el tapete si los militares, cuando uno despierta, todavía están allí.
Pero ese sombrero, Dios mío... No el sombrero en sí, sino el modo de usarlo, como si se tratara de una corona o de una parte fundamental de su investidura.
Empezó con la foto que se tomó con el presidente Arias de Costa Rica: Arias muy en su papel, con toda la paciencia y comprensión que puede dar un premio Nobel, y Zelaya con el asunto ese puesto en la cabeza, como si las más elementales normas de buena educación, ya no se diga las del protocolo, no dijeran que debía quitárselo y ponerlo por allí, lejos de las cámaras.
Luego, la compulsividad en los viajes, gracias a lo que se ha llamado Chávez Airlines: de un país viaja a otro, regresa al primero, salta a un tercero y a un cuarto, vuelve al segundo... Me imagino que ya debe tener un tanto harta a la gente de más de un gobierno, la misma que de seguro sigue dándole apoyo porque, en serio, el presidente es él, los otros son golpistas espurios, etcétera, y Micheletti que diga lo que quiera de la institucionalidad y la Constitución y otras entelequias. (No lo son: en eso las han convertido en los últimos días.)
Lo peor es que no se trata de irles a unos o al otro, sino de que todo suena tanto a una farsa tan mal construida, tan para el público de galería de un cine tan barato...
Vaya: que se inventen una carta de renuncia está bien, pero que lancen una orden de captura internacional acusando a Zelaya de traición a la patria es simplemente ridículo. ¿Qué diablos va a hacer Interpol con eso, sino decir que no se va a meter en asuntos políticos, que por algo es una corporación policial? ¿Cómo se mide técnicamente la traición a la patria? Luego, el gobierno de Micheletti asegura que hay una orden de captura contra Zelaya y, cuando éste trata de aterrizar en el aeropuerto de Tegucigalpa, los militares bloquean la pista y se ponen a flanquear el avión con aparatos de combate, en el plan de “Vamos a derribarlo, ¿eh?” ¿No era más fácil dejar que aterrizara y agarrar a Zelaya por traidor a la patria, y asunto arreglado? ¿Qué podían hacer al respecto los presidentes y funcionarios internacionales que se encontraban en El Salvador esperando que pasara lo que pasara? Claro que había una multitud alrededor del aeropuerto de Toncontín, esperando a Zelaya para... bueno... para ponerlo en el lugar que le corresponde, o sea la presidencia, si es que las multitudes sirven para algo así. Pero el ejército ya había dicho: la solución era matar gente que apoyara a Zelaya o echar a éste del país, como si no se pudiera hacer otra cosa en un universo tan complejo. Y mientras Zelaya era ahuyentado con matamoscas voladores, el ejército disparó y mató a un adolescente. Y después lo desmintió, claro, a pesar de que hubo un montón de periodistas extranjeros que lo atestiguaron.
Mientras, Arias logró que se instalara una mesa de negociación entre Zelaya y el gobierno de Micheletti. En ese momento, desde luego, las posiciones de ambos pierden fuerza, pero más aún la de Zelaya: está reconociendo que existe un contrincante al cual debe combatir. Está reconociendo como interlocutores a los que lo corrieron en pijama. ¡Y lo que hace es dar un ultimátum y llamar a la insurrección...! En ese momento, claro, todos los que lo apoyaban tan decididamente y estaban dispuestos a jugarse el pellejo con él simplemente lo llamaron a la moderación: ya hay abiertas instancias de diálogo, hay que hacerlas efectivas, esto puede llevar tiempo y hasta ser irreversible. Como cereza del pastel, Micheletti se declara dispuesto a renunciar si con eso logra la tranquilidad en Honduras, pero que quede claro: Zelaya no regresa como presidente. Si quieren lo amnistían por delitos que evidentemente no ha cometido, pero de que no lo reinstalan, no lo reinstalan.
No sé cuál sea el etcétera de esta historia. No sé sobre qué país esté volando o en qué cama esté durmiendo Zelaya. Sólo puedo pensar en su sombrero y en su aire de cacique destronado que busca que alguien le dé posada mañana, pasado mañana, quién sabe durante cuánto tiempo.
Y, sí, creo que él es el presidente constitucional de Honduras, y que debe ponérsele de nuevo en su lugar; que lo de la “cuarta urna” fue un error político, pero no un delito; que lo que tenga de o con Chávez que con su pan se lo coma junto con los que lo eligieron y lo apoyan; que si se quería reelegir sólo lo sabe él, porque lo que dicen sus detractores no se basa más que en la especulación: ¿quién sabe qué iba a hacer una constituyente que ni siquiera alcanzó a plantearse?
Lo que no soporto es el sombrero y el modo en que le ha dado por levantar la mano ante las cámaras, como Jescucristo desterrado. Y por eso, niños, es que no hay que meterse en pleitos que no son de uno, es decir respetar la autodeterminación y esas cosas: no se sabe en medio de qué ridículos se puede meter uno, y después cómo salir bien parado.
Y el oso de osos: cuando no lo dejaron aterrizar en Honduras y llegó a El Salvador, agradeció a los presidentes que lo acompañaban, al secretario general de la OEA y al presidente de la Asamblea General de la ONU... y se le olvidó mencionar ni más ni menos que al presidente anfitrión, Mauricio Funes. Yo no lo volvería a invitar a mi casa, en serio. Y menos si no se quita el sombrero.

12 de julio de 2009

11 de julio de 2009

Eunice otra vez

Pues sí, llegó ayer viernes de vacaciones (de verano mexicano y de invierno salvadoreño, quién entiende a los países). Trajo cigarros Delicados con filtro, de los que fumaba antes y algunas cosas más, como una jirafa gorda para Valeria y dulces de fresa con chile, sin contar una botellota de tequila y una de Kahlúa que durarán años, seguramente.
Etcétera, pues.

8 de julio de 2009

Casi un año

Hace más de un año --el 27 de junio de 2008, para ser exactos-- vi viva a mi madre por última vez. Sólo pude estar con ella quince minutos; no aguantó más, y quizá ahora quisiera que hubiesen sido quince o diez o tres minutos más para decirle algo, lo que fuera, que le diera otro carácter a nuestra despedida. Pero ¿qué?
Porque fue una despedida de sólo quince minutos, muy poco tiempo si uno piensa en ese periodo que seguiría y que, a falta de mejores palabras, llaman "para siempre".
Hablamos muy poco de muchas cosas. Los dos sabíamos que las posibilidades de vernos otra vez eran casi nulas, pero le dije que iría a verla a Costa Rica a finales de año o principios de éste. Creo que ambos pensamos demasiado en las palabras que debíamos decir para no hacer obvio lo obvio y, según el código familiar --tan inútilmente espartano a veces--, salimos bien librados. Hubiera preferido algo un poco más emocional, pero ¿cómo, a falta de costumbre? En quince minutos no se puede romper lo armado en casi medio siglo.
Lo último fue un abrazo muy cuidadoso (¡estaba tan pequeña y tan delgada y tan anciana a una edad en la que no debía ser para tanto...!), un beso que bien aparentó ser de compromiso y, eso sí, al final una mirada que no dejó lugar a dudas. Pero sólo una mirada, y fue muy rápida; lo que podía seguir de esa mirada era algo para lo que no estábamos preparados.
Un par de días después, cuando yo ya estaba en El Salvador, cayó en coma. Los médicos no le daban más de tres o cuatro días de vida; tuvo daño cerebral, porque tardaron en conectarla a los aparatos y qué sé yo. Ni mis hermanos ni yo estuvimos de acuerdo, pero una vez conectada ya no había modo de sacarla.
Hubo señales, me dijeron, de que a ratos reconocía a gente a su alrededor, o eso parecía. Y no duró tres o cuatro días, sino dos semanas; la señora era dura de roer, con todo y que ya no tenía mucho cuerpo del cual agarrarse. Murió el 12 de julio.
No pude estar en su entierro, y pedí que me mandaran fotos para cumplir al menos simbólicamente el ritual de sepultarla. Unas semanas después fui a su tumba y pude verla otra vez junto a mi padre. (Con él sí pude tener una despedida larga y minuciosa, que aún recuerdo con amor y que agradezco a quien haya que agradecer.) Traté de pensar --como lo intento hoy-- en otra despedida posible con mi madre, y no la encontré, como aún no la encuentro. Quizá ése fue el modo adecuado de decirle adiós. Quizá ninguno de los dos quería despedirse. Quizá a veces no haya que despedirse, excepto para decir "Nos vemos en enero o febrero, que todo vaya bien, prometo traer un buen disco y lo oímos juntos", y ya.
Y ya.
Qué rara se va poniendo la vida. Se llena de aniversarios y, como con ciertas despedidas, uno no sabe qué hacer con ellos. Colocarlos en el calendario no basta. Se vuelven algo orgánico. El cuerpo avisa: "¡Eh, allí viene otro aniversario! ¿Estás preparado?" Y uno nunca está preparado. Lo sé porque ya se acerca también el de mi padre (7 de agosto), y en los últimos nueve años --¡nueve años ya!-- no he podido escaparme de uno solo. Me pescan del lugar que menos espero, en el momento menos propicio --es decir en el momento exacto-- y duele. Tiene que doler. Y a eso, también, le llaman vida, o una de esas cosas de la vida.
Aún no son muchos mis muertos. No sé si en algún momento se conviertan en demasiados. Me imagino que, entre otros motivos, estoy aquí para averiguarlo.

7 de julio de 2009

Noticias de Silvana


Hola a todos!!
Quiero decirles que estoy muy bien y que el campamento es muy interesante, he aprendido muchas cosas nuevas y he hecho nuevos amigos. Jamás lo hubiera pensado pero soy la concertina de la orquesta e igual que allá es bastante presión.
Los extraño pero estoy bien, no se preocupen.
Los quiere:
Silvana.

30 de junio de 2009

Frase encontrada en el disco duro

Los soñadores hacen la historia. Los políticos la administran, pero no la entienden.

27 de junio de 2009

¿Quién dice quién?

La pregunta se las trae: ¿quién determina quién es artista y quién no? Y la respuesta no es clara se la enfoque desde donde se la enfoque.
Por ejemplo, habrá quien le endose a los críticos la determinación de dónde comienza y dónde no el arte. Pero hay un problema fundamental: en el mejor de los casos, los críticos saben mucho de lo que se mueve alrededor del arte --tendencias, periodos, subperiodos, corrientes, influencias--, pero no tienen un visión desde dentro, es decir desde el arte mismo, y por lo tanto su opinión dependerá de factores externos a éste. En el peor de los casos, los críticos han pasado por el arte y, al no obtener resultados notables, decidieron dedicarse a ver el arte desde fuera. En tal caso son personas que sólo parcialmente conocen lo que se mueve dentro del arte --no han terminado su formación artística o ésta es deficiente-- y tenderán a moverse entre dos mundos, con parámetros externos en un caso y parámetros deficientes en el otro. Están los más peores, si algo así es posible: los que llevan una doble vida de académicos y artistas, que en general aplican la teoría a sus obras o justifican éstas según parámetros académicos no siempre objetivos. (Los parámetros académicos, aquí entre nos, nunca son objetivos; sólo se visten de eso.) Por aquí tengo, sin ir más lejos, los haikús de un... uh... estudioso de las letras. Son pésimos: mal medidos, mecánicos, sin fibra. No son poemas, simplemente, pero el tipo de seguro jura que sí, o no los hubiera publicado, y es probable que tenga argumentos para sostenerlo, así algunos hepasílabos se le vayan al diablo porque no tiene noción de cosas técnicas tan básicas como una sinalefa o un hiato.
Habrá quien le confíe a los lectores, por su cantidad, el éxito de una obra. En tal caso Dan Brown --un escritor harto deficiente-- sería un escritorazo, mientras que Borges sería más bien regular y el Roa Bastos de Yo, el supremo apenas un principiante. Eso sin contar a los que, en nuestras latitudes, apenas logran poner un millar o dos de ejemplares entre los lectores, cuando bien les va, o con los que se quedan con toda una edición de un poemario autoeditado bajo la cama, echando polvo y casi pidiendo perdón.

Aquí hay un caso importante: los propios artistas que se declaran artistas a sí mismos. Los habrá que tengan razón, pero hay poetas, artistas audiovisuales, pintores, músicos, escultores --dactilógrafos, añadiría Thierry--, en cantidades suficientes para llenar un estadio, que lo son sólo por una declaración de fe de sí mismos y de otros como ellos, en y con los que se reconocen. Su obra es bastante deficiente --caemos otra vez en la técnica--, pero no la conocen o la niegan en aras de la frescura, la espontaneidad o "lo esencial". Allí los tenemos dando recitales y armando revistas, haciendo performances al por mayor, exponiendo en paredes marginales, colgados de los blogs y, cuando encuentran un reportero inexperto, dando entrevistas que, la verdad, no suenan del todo mal. (Lo que les falta es el sustento de una obra, ni más ni menos.)
¿Son otros artistas los que validan a los artistas más nuevos? Visto lo que se dice en líneas anteriores, da un poco de miedo decir que sí, pero sí. Se presupone que gente de mayor experiencia, ya instalada en un lugar importante dentro del arte, le da el espaldarazo a los más jóvenes y pone a "los demás" (críticos, público, otros artistas) en conocimiento de que algo se está cociendo. "Jóvenes promesas" es el título que generalmente se usa, y es horrible, pero es así. El problema es el de siempre: de diez "jóvenes promesas", si alguna llega a cumplir, bendito sea Dios; los otros nueve --o los mismos diez-- se quedarán en lo mismo de antes, al suponer que el aval de un mayor ya significa un punto de llegada, y no un punto de partida, y que los mayores no se equivocan.
Sin embargo hay una razón para que las editoriales tengan comités editoriales formados por notables, para que entre los músicos la jerarquía sea harto estricta y para que los museos y galerías tengan comisiones de artistas, críticos y curadores que deciden qué se expone y qué no se expone, como en otros casos los notables deciden qué se toca y qué se publica. No faltará quien hable de elites que impiden el desarrollo de los más jóvenes; el asunto es más sencillo: las cosas funcionan o no funcionan, y los mayores deciden, con razón o no, si ciertas obras cumplen con --otra vez-- ciertos parámetros técnicos, y un poco más.

¿Hay un modo "objetivo" de saber si una obra de arte es en efecto una obra de arte? Me parece que no. Hay medidas para saber, digamos, si un libro está bien escrito, pero no para decir que es bueno; dependerá siempre de los referentes del que haga la calificación. Un cuadro técnicamente impecable puede ser simplemente malo; una sonata perfectamente escrita puede ser aburridísima, y una ejecución al piano puede estar muy bien y no transmitir absolutamente nada.
Aquí caemos en otro lado del mismo cubo: un poema puede transmitir muchísimo y estar pésimamente escrito bajo cualquier estándar. ¿Será un poema por lo que transmite? Mi punto de vista es que no; si me pongo en ésas, soy capaz de sacarle el apéndice a un enfermo usando un manual básico de crugía, pero eso no será una operación, sino una masacre. Se es artista o no se lo es, como se es abogado o economista. Pero conozco medio centenar de personas que declararían con la mano en el corazón, incluidos algunos mayores, que un mal poema es excelente por su calidad expresiva, y al diablo las veleidades como la técnica (el modo de usar el bisturí, pues).
Y están los artistas a los que no se les reconoce (en el sentido más básico del verbo) porque desde un principio muestran una originalidad fuera de serie. El arte, con todo, es bastante impermeable a las novedades, y más aún sus cultores y críticos. Si se ve algo bueno y novedoso, quizá se le rechace y se encuentren defectos donde precisamente están sus hallazgos, y allí es donde los mayores tienden a confundirse con harta facilidad: pueden calificar como simplemente malo lo que talvez sea lo más interesante que han tenido enfrente. (Charlie Parker, genio indudable del jazz, recibió de Duke Ellington --otro genio-- la declaración de que "eso" no era música. Años después Ellington hacía incursiones en el terreno de Parker, con gran acierto, y no antes de desdecirse.)
¿Quién determina, entonces, quién es artista y quién no? Después de un montón de exposiciones y manifestaciones diversas de... uh... arte conceptual, cada vez me atrevo menos a intentar una respuesta. No muy en el fondo se trata de un asunto de honestidad personal, que en el arte no siempre es la constante: a veces el status de artista es más importante que la calidad de artista, y allí se está jugando a otra cosa, no al arte. Cuando un ego mal trabajado entra en escena, es bien difícil quitarle el micrófono; el micrófono es en sí mismo el hecho, el placer, el objetivo.
¿Garantiza una obra extensa que alguien sea artista? Evidentemente no, aunque hablaría al menos de cierta disiplina. ¿Garantiza algo que la obra trascienda las fronteras nacionales o municipales? Quizá, pero sólo de manera relativa.
Lo que sé es que cada vez desconfío más de quienes se declaran artistas de cualquier tipo sin más garantía que su palabra y algunos cuadros o poemas o una guitarra mal tocada acompañando a un voz de buen timbre, pero que tiembla, por no mencionar intervenciones, performances y cosas por el estilo. Cada vez, también, soy más duro con lo que escribo, a veces hasta el punto de la inmovilidad. (Ya pasará.) Treinta y tantos años en mi oficio tampoco son garantía de nada, pero qué diablos; son lo que tengo, y son lo que trato de no olvidar todos los días.
Y el tiempo. Sólo el tiempo puede decir; lo demás son especulaciones.

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Las ilustraciones de este post son cortesía de Valeria, con cinco años recién cumplidos y sin más pretensión que decenas de páginas dibujadas --sólo por el placer de dibujarlas-- con plumones, plumas, lápices y crayones de diferentes colores. En esta ocasión le tocó al naranja.