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18 de febrero de 2011

Amigos

A finales de diciembre, y también hace algnos días, me llamó por teléfono Leo Argüello desde Montreal, donde vive. En ambas ocasiones no supe muy bien de qué hablar, y me puse a hablar de todo; eran casi veinticinco años en los cuales sólo nos habíamos comunicado, cuando la tecnología lo permitió, por correo electrónico.
Y no es que no tviéramos nada de qué hablar; si algo hicimos con Leo fue hablar. De teatro (es un excelente actor, de las huestes del mítico Sol del Río 32), de literatura, de música. A él le debo el conocimiento de Stanislawsky, de Bob Marley, Peter Tosh y Jimmy Cliff, de los rincones más oscuros e interesantes del blues. A eso de las tres de la mañana nos vencía el hambre, más que el sueño, y nos íbamos a un changarro que estaba en Viaducto y Tlaalpan, a comprar cigarros y unas inmejorables qesadillas de sesos. Y a seguir conversando hasta el amanecer. Después yo me dormía en el sofá, a la luz de una vela que servía para quitar el olor del hmo del tabaco. A media mañana, medio despiertos, algo de desayunar y un poco más de plática, y a mediodía de regreso a mi casa.
No siempre fue así; a veces nos veíamos en otras partes, pero es lo que recuerdo con más vividez. No siempre había esos desvelos, pero de que los había, los había, como cuando nos reuníamos en casa de Beto Acevedo, el único salvadoreño con el que mantve contacto hasta que salí de México, vaya uno a saber por qué.
Beto también me ha llamado varias veces por teléfono y, como cuando llamó Leo, han sido pequeñas inyecciones de vida. Quizá de eso se trate con los amigos: que con su presencia, aun lejana, lo hacen vivir más a uno.
Cuando estuve en Francia me perdí de conocer, se supone, lo que todo turista (prefiero llamarme visitante) debe conocer. En realidad, aparte de estar en Nôtre Dame, fui para estar el mayor tiempo posible con mis amigos y platicar con ellos. Preferí varias horas de plática con Thierry Davo que los puentes sobre el Sena, unos cafés (jugos en mi caso) con Alain Mala que un cementerio o un pae de catedrales, y pude mezclar el museo de Rodin con la plática cuando Carlos Ábrego y yo visitamos a Elizabeth Burgos.
Cuando me invitaron a la feria del libro de Buenos Aires, suspendí un tratamiento que se suponía urgente (pero ¿qué es una sola semana?) para poder conversar con mi amigo Nicolás Doljanín y saludar a mi maestro de periodismo, Carlos Vanella. Y lo mismo: conocí algunas cosas, cumplí con mis compromisos, compré algunos libros (entre ellos las obras completas de Borges, para los envidiosos), y el resto fue platicar con Nico y platicar y, claro, comer empanadas, asados y esas cosas que hacen los argentinos. (En Francia también sufrí de una sobredosis de comida deliciosa, cabe aclarar.) Creo que cada vez regresé con un poco más de vida, incluso cando estuve en Bolivia conversando con mi amigo René Bascopé. Fue una plática breve; él estaba en una tumba pequeña y modesta en el Cementerio General. Valió la pena el viaje.

20 de mayo de 2010

¿Una derecha no anticomunista?

Durante decenios, y hasta hace muy poco, las diferentes derechas que han gobernado El Salvador se han caracterizado por su anticomunismo expreso y a veces violento. Buena parte de las medidas de gobierno que adoptaron estaban basadas en el combate al comunismo, es decir a cualquier cosa que lejanamente sonara a izquierda; allí está la represión a veces exagerada contra la democracia cristiana --que de izquierda tenía muy poco-- en los años setenta, y luego la suma de la DC, cuando ésta debió mostrar su verdadero rostro, al combate contra el FMLN y otras fuerzas no tan a la izquierda.
ARENA nunca dejó de cantar su himno (“El Salvador será la tumba donde los rojos terminarán”, “patria sí, comunismo no”), y de actuar en consecuencia. Con una perspectiva de veinte años de gobierno, puede verse que muchas de las decisiones que se tomaron desde el poder no se correspondían con un proyecto de país, sino con la “necesidad” de golpear a la izquierda --de diferenciarse de ella, de combatirla-- desde diferentes flancos: el económico, el político, el moral, etcétera. Por eso, en parte, el dominio de ARENA fue colapsando, hasta llegar a un punto en que era imposible encontrarle coherencia a las medidas de gobierno y solución a los problemas estructurales. Allí entra también la necesidad de satisfacer a los grupos de la alianza, con intereses económicos y políticos incluso enfrentados, a los cuales no unía un “algo” positivo (un proyecto de país), sino el “anti”; la falta de rumbo del partido tras su derrota electoral podría demostrarlo. El anticomunismo como principal bandera no tiene sentido desde hace mucho tiempo, pero la inercia es difícil de controlar.
La pregunta es si es posible una derecha que no sea anticomunista, y la respuesta podría ser que no por mucho tiempo. Tarde o temprano, en algún momento, se declarará una lucha abierta entre los partidos de izquierda y los de derecha, y el “anti” será la tónica que guíe sus acciones y reacciones. Pero hay un momento, como se está viendo en El Salvador, en que una organización de la derecha (GANA, en este caso) puede dejar de lado el anticomunismo cerril que ha caracterizado a su partido originario (ARENA) y llevarse bien con un gobierno de izquierda y en algún momento llegar a acuerdos fáciles con el partido que lo sustenta, el FMLN, sin que la ideología “anti” sea un problema.
GANA no es una de las tantas disidencias que se han dado en el seno de la Asamblea Legislativa, y que son más carne de folklore que de preocupación. En un tiempo extraordinariamente corto logró su reconocimiento legal como partido político, lo cual habla de una organización más o menos amplia, y esto a su vez habla de que cuenta con bases que no pueden ser sino las que han logrado arrebatar a ARENA. Es una disidencia con todas las de ley; minoritaria, pero disidencia al fin, y lo que le falta es fortalecerse para convertirse en una alternativa viable.
¿Alternativa a qué? Ante todo a ARENA, obviamente. A lo que GANA le tira no es a convertirse en un partido accesorio como el PCN y el PDC de las últimas dos décadas, sino a desplazar a su partido matriz. El objetivo estratégico, como el de cualquier partido político que se respete, es la toma del poder, y eso incluye el desplazamiento de la izquierda con la que ahora sostiene una alianza táctica.
Esa alianza, que a veces parece no tener matices ideológicos, se explica fácilmente: GANA necesita ponerse en el centro de la escena política, y lo está logrando de la mano del Ejecutivo y a un ladito del FMLN. Las votaciones favorables a ambos en la Asamblea Legislativa son verdaderas declaraciones de principios: no vota por las banderas de la izquierda, sino que da a conocer indirectamente cuáles son las propias. En otras palabras, está mostrando su ideario a través de los proyectos ajenos. No creo que tenga, ya, un ideario propio; simplemente usan el sentido común, y dejan de lado el “anti” para mejor ocasión.
De paso, está preparando su campaña electoral. Dentro de unos años, en el recuento que se hará de la trayectoria de GANA, sacará a relucir las causas que han apoyado, que incluirán algunas de la izquierda, algunas de la derecha, algunas propias: es lo que se mostrará al electorado, quién sabe aún con qué resultados.
Es simplista decir que el presidente Funes se ha doblegado a la derecha por el apoyo que ha recibido de GANA; es simplista decir que GANA es un partido de corte popular por unirse a algunos proyectos del mandatario. Se trata de un asunto de simple política, pragmático, en el cual ambos tienen algo que ganar.
Las alianzas son, por definición, tácticas, aunque su objetivo sea estratégico. Tarde o temprano se romperán. Habrá que ver cuánto dura ésta, es decir: habrá que ver qué tanto se fortalece GANA para no depender de nadie y mostrar, así, su verdadera naturaleza.

8 de julio de 2009

Casi un año

Hace más de un año --el 27 de junio de 2008, para ser exactos-- vi viva a mi madre por última vez. Sólo pude estar con ella quince minutos; no aguantó más, y quizá ahora quisiera que hubiesen sido quince o diez o tres minutos más para decirle algo, lo que fuera, que le diera otro carácter a nuestra despedida. Pero ¿qué?
Porque fue una despedida de sólo quince minutos, muy poco tiempo si uno piensa en ese periodo que seguiría y que, a falta de mejores palabras, llaman "para siempre".
Hablamos muy poco de muchas cosas. Los dos sabíamos que las posibilidades de vernos otra vez eran casi nulas, pero le dije que iría a verla a Costa Rica a finales de año o principios de éste. Creo que ambos pensamos demasiado en las palabras que debíamos decir para no hacer obvio lo obvio y, según el código familiar --tan inútilmente espartano a veces--, salimos bien librados. Hubiera preferido algo un poco más emocional, pero ¿cómo, a falta de costumbre? En quince minutos no se puede romper lo armado en casi medio siglo.
Lo último fue un abrazo muy cuidadoso (¡estaba tan pequeña y tan delgada y tan anciana a una edad en la que no debía ser para tanto...!), un beso que bien aparentó ser de compromiso y, eso sí, al final una mirada que no dejó lugar a dudas. Pero sólo una mirada, y fue muy rápida; lo que podía seguir de esa mirada era algo para lo que no estábamos preparados.
Un par de días después, cuando yo ya estaba en El Salvador, cayó en coma. Los médicos no le daban más de tres o cuatro días de vida; tuvo daño cerebral, porque tardaron en conectarla a los aparatos y qué sé yo. Ni mis hermanos ni yo estuvimos de acuerdo, pero una vez conectada ya no había modo de sacarla.
Hubo señales, me dijeron, de que a ratos reconocía a gente a su alrededor, o eso parecía. Y no duró tres o cuatro días, sino dos semanas; la señora era dura de roer, con todo y que ya no tenía mucho cuerpo del cual agarrarse. Murió el 12 de julio.
No pude estar en su entierro, y pedí que me mandaran fotos para cumplir al menos simbólicamente el ritual de sepultarla. Unas semanas después fui a su tumba y pude verla otra vez junto a mi padre. (Con él sí pude tener una despedida larga y minuciosa, que aún recuerdo con amor y que agradezco a quien haya que agradecer.) Traté de pensar --como lo intento hoy-- en otra despedida posible con mi madre, y no la encontré, como aún no la encuentro. Quizá ése fue el modo adecuado de decirle adiós. Quizá ninguno de los dos quería despedirse. Quizá a veces no haya que despedirse, excepto para decir "Nos vemos en enero o febrero, que todo vaya bien, prometo traer un buen disco y lo oímos juntos", y ya.
Y ya.
Qué rara se va poniendo la vida. Se llena de aniversarios y, como con ciertas despedidas, uno no sabe qué hacer con ellos. Colocarlos en el calendario no basta. Se vuelven algo orgánico. El cuerpo avisa: "¡Eh, allí viene otro aniversario! ¿Estás preparado?" Y uno nunca está preparado. Lo sé porque ya se acerca también el de mi padre (7 de agosto), y en los últimos nueve años --¡nueve años ya!-- no he podido escaparme de uno solo. Me pescan del lugar que menos espero, en el momento menos propicio --es decir en el momento exacto-- y duele. Tiene que doler. Y a eso, también, le llaman vida, o una de esas cosas de la vida.
Aún no son muchos mis muertos. No sé si en algún momento se conviertan en demasiados. Me imagino que, entre otros motivos, estoy aquí para averiguarlo.

19 de marzo de 2009

De países y sándwiches de jamón

Seguí revisando mis archivos encriptados en WordPerfect 5.1 --intentos de diario-- y encontré algo que no termino de entender, pero allí está. Fue escrito en diciembre de 1991, seguramente de madrugada. Desde hacía más de un año había entrado peligrosamente en una depresión clínica, que sólo logré empezar a controlar en 1993; creo que algo se notará de eso.
El hombre del cáncer del que hablo por allí era José Belisario Peña, uno de los suboficiales que se levantaron contra Hernández Martínez. De todos sus hijos sólo quedó viva Lorena Peña, que creo anda como diputada en el Parlacen. Era papá también de Felipe Peña, uno de los primeros militantes de las FPL. Él mismo fue militante de las FPL, y estuvo preso en plena guerra en Santa Ana, creo, y después en Santa Tecla. No sé cómo logró que lo dejaran vivo.
Va el trozo de diario:

Uno siempre recuerda con tristeza; el recuerdo es profunda y esencialmente triste. Aun los falsos recuerdos (todo recuerdo es falso), los que se acomodan a la imagen y semejanza que cada quien tiene de sí mismo, son tristes, y más tristes mientras más cierta es su falacia.
Siempre negué que el pasado fuera determinante. Freud al diablo. La memoria colectiva al diablo. Las guerras antiguas, la guerra de ayer mismo. Al diablo. Es claro: un trauma tiene que ver con el pasado, pero no con cualquier pasado, sino con hechos tan específicos que se pierden en la maraña de lo general, de eso que hace las conciencias, la individual y la otra. Cada quien acomoda sus hechos y experiencias según le conviene a su siempre prescindible ego y adquiere el trauma que más le guste, como en barata. Vaya, hay maneras tortuosas de ser feliz.
Comienzo mal, pero tampoco tiene importancia.

¿Quién hace la historia? El que la hace, ¿para qué?
Más allá del slogan, ¿quién recuerda realmente a --digamos-- el héroe (¿Che Guevara?) como no sea como un par de consignas que no lo explican, o al compañero del pupitre de al lado que apareció asesinado bajo un puente un veintisiete de julio como no sea como lo que uno imagina que fue, como lo que desearía ser?
Ejercicio: Ubique la cara del mejor amigo que se le haya muerto. Recuerde su voz. Si logra recordar su voz, nombre sus gestos más característicos. Si lo logra, recuerde la forma de sus uñas. Si lo logra, recuerde una frase textual de por lo menos quince palabras que él o ella le haya dicho alguna vez. Si lo logra, el país lo necesita para ser grande y mejor y libre. Mientras, usted será la persona más triste, porque vivirá recordando a un amigo y el recuerdo de los muertos que se quieren no deja dormir en paz.
Si no pasó la prueba, felicidades. No conviene tener la mente llena de cosas que no vienen al caso. Olvidar, sistemáticamente.

¿Qué tan cansado puede estarse de morir?
Vaya a su casa, mírese en el espejo e imagínese muerto. Divida el tiempo que tarde en llorar entre la cantidad de lágrimas que logre derramar en treinta y cuatro segundos y obtendrá una respuesta cuantitativa que se aproximará al tamaño de su cansancio.
Si permanece indiferente, continúe en lo suyo; aún soporta. Si estalla a carcajadas, siga intentando, al menos una vez diaria, hasta que logre llorar.
Si ha llorado antes, pregúntese si valió la pena.

Me niego a creer que la envidia, el ansia de poder, el abuso de poder, la necesidad de la traición, sean inherentes al ser humano e inevitables sin duda. Pero entonces ¿cómo definir a un ser humano? No al Ser Humano de las mayúsculas, sino a usted o a mí.
Pero ¿no son los personajes de Dostoytevski los más patéticamente adorables? ¿No es Ricardo III asquerosamente bello?
Y pensar que hay quienes aún creen...
Por ejemplo:
Conocí a un hombre que murió de cáncer. Su último acto trascendente --tuvo muchos-- fue ofrecerse como conejillo de indias para que probaran en él nuevos medicamentos. Quizá logró vivir seis meses o un año de más, quizá sólo prolongó innecesariamente una agonía de por sí innecesaria. Pero pensaba en el Ser Humano de las mayúsculas. Antes de eso, con orgullo, perdió tres de sus hijos en una guerra de guerrillas que al final no sirvió para nada, y no maldijo: el Ser Humano. Antes de eso, hace años, mantuvo ocupadas las oficinas de telégrafo durante un golpe de estado, fusil en mano, incluso después de que todos los implicados se hubieran rendido o asilado o ido al demonio. En el exilio siguió siendo amigo de ellos y asistían juntos, dos veces por semana, a las reuniones de Alcohólicos Anónimos. Y mucho antes de eso ayudó a derrocar un gobierno, siendo subteniente.
Convivió, y con humildad, con el responsable político de muchos que pasaban hambre, pero que usaba camisas del que costaban lo mismo que recibía una familia de militantes para sobrevivir todo un mes.
¿Qué es un ser humano, después de todo?

Trato de ser inmune a la nostalgia y a veces lo logro. Muchos amigos se pasaron cinco, siete, quince años pensando en el momento del regreso y siempre el recuerdo: la calle, la cara, la anécdota.
Regresaron y tratan de ser felices; otros se alejaron más: Canadá, Australia. Uno o dos se quedaron aquí y tratan de convencerse de que no necesitan volver, que el país es donde está la familia, el corazón, las librerías de viejo, la seguridad, el trabajo que allá nunca encontrarán.
Tengo otro acento, a veces una mezcla de acentos, pero aquél está listo para atraparme al menor descuido. Se me salen palabras que aquí no tienen sentido, que para mí ya no tienen sentido pero que están allí, agazapadas y esperando con dientes. Oigo de lugares nuevos, olvido los lugares viejos, vienen a verme familiares en los que no me reconozco; mi forma de ser -si algo así existe- cada vez tiene menos que ver con ellos.
Siempre hay un sin embargo para amargar las madrugadas.

Me siento autoconmiserativo y falsamente patético haciendo confesiones. Peor para mí.

¿Qué esperaría ver de El Salvador?
Pienso y pienso y no encuentro en la memoria un lugar que pudiera decirme cosas. Hace tanto tiempo...
Recuerdo un perro que fue mi único amigo durante un tiempo y que murió envenenado. Recuerdo parientes a los que visité eventualmente y que nunca me prestaron demasiada atención. Tengo abuelos, tíos, primos, toda la cohorte de gentes que mal o bien lo acompañan a uno por la vida, incluso tan ausentes.
Pero ningún lugar.
Hay una excepción: la tumba familiar donde está enterrada una hermana a la que no conocí. Cierto primero de noviembre comimos sándwiches de jamón sentados sobre la tumba, después de limpiar y poner algunas flores. Siempre me gustaron los sándwiches de jamón.

25 de enero de 2009

"Violeta sigue", un lema genial

Ya el FMLN y seguidores nos han explicado durante esta semana que perder la imperdible alcaldía de San Salvador no sólo no es importante, sino que hasta fue beneficioso para el partido y --por lo tanto-- para todos los salvadoreños. Y pues cómo no creerles, si se dedicaron a eso con tanta consistencia.
No sé a quién se le habrá ocurrido el lema de la campaña, "Violeta sigue", pero era magnífico para lograr el objetivo, es decir perder las elecciones capitalinas. Uno lo leía y lo primero que se preguntaba era: "¿Seguir qué?" Y allí venía la parte genial: uno iba a la página de la candidata, escuchaba sus discursos, oía a sus seguidores más cercanos, y se daba cuenta de lo que había hecho en casi tres años. Y uno quedaba sorprendido: el problema de la basura estaba resuelto, había avanzado terriblemente en el reordenamiento de los vendedores ambulantes, mayor seguridad ciudadana, más zonas peatonales y... bueno... hasta los camiones chinos servían para algo, pues, sin contar con las fotografías junto a Mauricio Funes, que demostraban que todo era cierto: Funes no se va a fotografiar con cualquiera.
Lo sorprendente no era eso, sino que uno se la creía, se metía en el centro --digamos en el parque Hula Hula-- y todo está absolutamente sucio, desordenado, lleno de vendedores, los peatones --como es tradición-- a punto de ser machucados por los autobuses... ¡Genial! El lema "Violeta sigue" tenía entonces sentido dentro de la estrategia --oculta, claro-- de perder la capital.
Claro que uno eso no lo sabía, y se atrevía a preguntar: ¿eso es lo que va a seguir? Y la gente de la campaña contestaba: ¡Pero si ha mejorado un montón! ¡Mira la Plaza Morazán qué bonita está! (Para quien no conozca la Plaza Morazán, está frente al Teatro Nacional y es de este tamañito; y, sí, casi siempre está sin vendedores ambulantes... que se han trasladado a la acera del Teatro Nacional, y hay que estarlos sacando de allí a cada rato.) Y también ¡qué visión de alquilar camiones para recoger la basura porque buena parte de los que tiene la comuna no sirven para nada apenas dos años después de comprados! (Hasta acabo de comprarme un carro chino, para que no digan que es un asunto de racismo, antocomunismo o intolerancia. De nada.)
Hubo gente que no se dio cuenta de la estrategia del FMLN y trató de ganar las elecciones. Después de dos años de dedicarse a la ineficacia de manera consistente, trataron de hacer cosas visibles en seis meses, desesperadamente, y lo que no les resultaba, se lo inventaban. Alguien debió explicarles que el asunto era otro, para que no desperdiciaran esfuerzos, pero seguro temieron que hubiese filtraciones y ARENA se enterara de que perder era una jugada en contra de la derecha.
Así, después de una serie de errores severos por parte del candidato arenero, Norman Quijano (el berrinche de la bandera, lo del nylon, ofender a los electores capitalinos, etcétera), bastó con que éste pintara el portal de La Dalia, hiciera algunas propuestas, denunciara que se habían gastado 100,000 dólares en arreglar un parque que nunca se arregló (el de la colonia Centroamérica) y trajera un metrobús de Guatemala para que ganara la alcaldía. ¡Y ni siquiera sospechó que era un modo del FMLN de arruinarle la vida! ¡Él también cayó en la trampa!
Y todo por una frase magistral: "Violeta sigue."

* * *

Algo que me molestó fue la celebración que hizo ARENA de la victoria en San Salvador (aquí podemos guiñar ojos de manera cómplice: ya sabemos que fue una derrota). Fue que los areneros no pudieron evitar ponerse areneros, y dio la impresión de que la mayoría de electores había votado por Quijano no porque tuviera propuestas --que brillaron por su ausencia en la campaña de Violeta Menjívar, quien por cierto no es mi pariente--, ni porque la alcaldesa fuera un dechado de ineficiencia, sino porque eran antocomunistas y seguían el ideario del mayor Roberto d'Aubuisson. El mensaje era "Les ganamos a los comunistas", cuando en realidad los electores votaron por otras cosas.
Ya que se ubiquen, ¿no? Lo de "Patria sí, comunismo no" y lo de "El Salvador será la tumba donde los rojos terminarán" es ofensivo a estas alturas de la historia. Ahora que, si lo quieren usar para perder en la que sigue, con la misma genialidad con que el FMLN perdió en ésta, que le sigan por ese lado.
Y gracias a ARENA nos enteramos que el FMLN perdió también Ciudad Delgado y San Martín, en boca del candidato Ávila. A ver cómo le hacen para sacar a "los rojos" de allí, porque los votos los favorecieron a ellos, no a ARENA. A lo mejor ya estaba hablado con el FMLN, pero a éste le falló la estrategia porque los alcaldes han hecho un buen trabajo.

* * *

Y hay algo que he querido decir desde hace meses pero no lo he dicho para que no digan que por mi culpa perdió Violeta: ¡por favor, que alguien presente un recurso ante la Corte Suprema para que su peinado se declare anticonstitucional! O un decreto de la Asamblea, o que lo use sólo en su casa, o algo...

6 de septiembre de 2008

Un macho sin pasión

Reproduzco una nota acerca de mi novela Trece que se publicó en el diario Prensa Libre de Guatemala, en este link, bajo la firma de Margarita Carrera, una conocida y reconocida reseñista y crítica de por allá. Me gustó bastante (la nota); ya hace un año y medio publicó una acerca de Cualquier forma de morir en la que me acusaba de macho, y ahora falto de pasión, además de decir que mi pobre personaje es impotente. Como dije en su momento, en este post, me lo busqué --allí se habla de los motivos--, y lo pago con gusto.
Lo único que no agradezco es lo de "talento innato". No porque me parezca condescendiente, sino porque el talento no sirve de nada si no se trabaja. Y obviamente yo no he trabajado el mío, je. (Después de la reseña viene una cosa que escribí acerca de Camus, así que no se vayan tan rápido.)
Ah: propongo que en las universidades se establezca una nueva materia: crítica literaria de género. No sé qué tanto serviría, pero sería un éxito.

Revelaciones: Trece
Por Margarita Carrera

Además del talento innato, observo que Rafael Menjívar Ochoa ha tenido éxito dentro del mundo desarrollado.
Escritor, periodista, traductor. Vivió fuera de El Salvador de 1973 a 1999, especialmente en México. Una parte de sus novelas se ha publicado en francés, y sus cuentos aparecen en antologías en Francia, Alemania, Italia, España y México. Esto me recuerda a Cardoza y Aragón, Monteforte Toledo y Tito Monterroso. Talentos excepcionales con no menos excepcionales oportunidades dentro del desarrollo.
Me concentro en la novela Trece de Menjívar. El tema más que filosófico (como lo quería Camus), es, según mi punto de vista, psicológico: el suicidio. La muerte cuando nosotros deseamos, como nosotros deseamos y donde nosotros deseamos. Pero alrededor de ésta, se alínean pensamientos que podrían ser ensayos o simples observaciones. En el Mito de Sísifo, Camus se aleja de la psicología profunda, comulga más bien con la filosofía: “No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio”. “Juzgar que la vida vale o no vale la pena de que se la viva es responder a la pregunta fundamental de la filosofía”. ¿Es esto verdadero? Habría que preguntarle a Freud.
Menjívar no ha tenido psicoanálisis, sí practica un análisis filosófico de cuanto le rodea. Libre de pasiones, su personaje decide suicidarse después de que pasen trece días. En algunos capítulos hay reflexiones, observaciones, pensamientos sin mayor importancia, por lo menos para el lector: “Siempre he tenido pánico de volar. Hoy hubiera sido un excelente día para viajar en avión…” “Quizá me quede aquí, viendo a la muchacha hasta que su belleza se marchite”.
En los capítulos en donde nos relata aconteceres con su familia, la historia se torna interesante. Pero ¿dónde está la pasión? Un hombre o una mujer sin pasión, creo yo, bien merece morir. Pero no lo hará con sus propias manos. Los días pasarán siempre iguales, siempre que no haya malestar físico alguno o alguna pena por equis cosa. Pero esto que hago parece más bien una crítica, no un análisis literario de la obra. ¿Analizar qué? ¿La estupidez del personaje principal? ¿Su carencia de afectos profundos y verdaderos? Ni siquiera un perro o un gato a quien entregar su cariño. ¡Ya sé! El personaje es impotente. Quien no sabe amar a nadie, necesariamente es un impotente, aunque funcione sexualmente. Menjívar Ochoa, estoy segura, tiene mejores obras. Si no, no tendría tanto éxito en el exterior. Desdichadamente en el exterior hay también múltiples escritores sin pasión.
Aparentemente frío, Borges estaba lleno de pasión. No concibo una obra sin pasión. Por eso, quizá, me deleita tanto Madame Bovary. “Es que yo soy Madame Bovary”, nos dice Flaubert. El suicidio es totalmente justificable en este personaje femenino tan magníficamente trazado. Fuera del suicidio, no encuentra salvación alguna. Aunque el arsénico le provoque dolores infinitos. También existe el suicidio lento, de agonía prolongada a manera de autocastigo infame. Quien se suicida es quien ama con hondura la vida. No el que la desprecia.
Opiniones –las mías- que no quitan ni ponen nada a Trece. Una obra bien escrita, casi de manera impecable. Para mí, el problema de la novela es la carencia de pasión. Pero Menjívar Ochoa no lo vio así cuando la escribió. Una vez publicada, ya no le pertenece del todo. Pertenece a los lectores que pueden rehacerla o deshacerla, como quieran. Es simple cuestión de filosofías, psicologías y opiniones.

* * *

Hace ya varios años escribí un libro que debería estar por publicarse (los editores se atrasan, qué sé yo). En el capítulo 11 hablo un poco de El mito de Sísifo, de Camus, que nunca me ha gustado. O sea que una influencia literaria mía no es; de Camus lo único que me gusta es El extranjero y sus cuentos, que me parecen maravillosos. Reproduzco fragmentos de ese capítulo 11, en el que curiosamente se habla de mi amigo René Bascopé, a quien fui a visitar a su tumba hace un par de semanas:

En 1980 compré un libro de Albert Camus, El mito de Sísifo, que me ha seguido desde entonces por casas, maletas y países. Nunca he logrado leerlo completo –lo he intentado– y, a decir verdad, me resulta un tanto tedioso; las preocupaciones de Camus sobre el suicidio me parecen forzadas y poco vitales, aunque cada quién sabe cómo habla de sus cosas, y cómo las siente.
Compré el libro por recomendación de René Bascopé, un cuentista boliviano muerto en La Paz en 1984: se dio un tiro en el estómago, y juran que se trató de un accidente. Cuando lo conocí, René era todo un escritor de 29 años, que sabía lo que yo ignoraba a mis 20, y me enseñó sutilezas de la literatura que aún no termino de comprender. (Quizá sí. Lo más probable es que lo haya idealizado, y está bien.)
De noche en noche, cada dos o tres años, trato de leer El mito de Sísifo y me encuentro con subrayados que he hecho a lo largo del tiempo y de lecturas truncadas, y hago algún subrayado nuevo, casi por inercia, sin que el libro me llegue a interesar.
Cambio de casa y el libro va en la caja de los más importantes; cambio de país y está entre los quince o veinte que llevo en la maleta de mano, los de hojas amarillas y portadas quebradizas, mezclados con mis cuadernos y manuscritos: las cartas de Raymond Chandler, Asesinato en la catedral y Cuatro cuartetos de Eliot, El arte de la poesía de Pound, Homenaje a Cataluña de Orwell, uno sobre el cine expresionista alemán...
Después de escribir el primer borrador de este texto me dije que quizá fuera el momento de entender El mito de Sísifo –su tema es el suicidio–, y me puse a leerlo una noche, antes de dormir. Fue en vano: los ojos y la mente pasaban por encima de las hojas sin encontrar nada de qué agarrarse y, como siempre, sentí vergüenza por mi incapacidad de comprenderlo y emocionarme. Más por defensa que por soberbia –y ya dentro de la lógica de Camus–, pensé que tenía 41 años, que en unos meses cumpliría 42, que había llegado a un punto al que René jamás llegó, que había vivido cosas que él ya no viviría y que, en fin, veía el mundo de un modo que para él fue y será inaccesible.
Sí, me dije con sorna, pero él conoció mucho antes la experiencia que te falta: el instante en el que todo acaba y sabes que el mundo seguirá sin ti, y que no importa. Como siempre que llego a ese punto, me dije que ya será el momento, que no hay prisa, y me dediqué a revisar las frases subrayadas a lo largo de años:

No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio. Juzgar que la vida vale la pena o no vale la pena de que se la viva es responder a la pregunta fundamental de la filosofía.

(lo que se llama una razón para vivir es, al mismo tiempo, una excelente razón para morir)

Comenzar a pensar es comenzar a ser minado.

Quienes se suicidan suelen estar con frecuencia seguros del sentido de la vida.

La elisión típica, la elisión mortal [...], es la esperanza: esperanza de otra vida que hay que “merecer”, o engaño de quienes viven no para la vida misma, sino para alguna gran idea que la supera, la sublima, le da un sentido y la traiciona.

También los hombres segregan lo inhumano. En ciertas horas de lucidez, el aspecto mecánico de sus gestos, su pantomima carente de sentido vuelven estúpido cuanto les rodea. Un hombre habla por teléfono detrás de un tabique de vidrio; no se le oye, pero se ve su mímica sin sentido: uno se pregunta por qué vive. Este malestar ante la inhumanidad del hombre mismo, esta caída incalculable ante la imagen de lo que somos, esta “náusea”, como la llama un autor de nuestros días, es también lo absurdo. El extraño que, en ciertos segundos, viene a nuestro encuentro en un espejo; el hermano familiar y, no obstante, inquietante que volvemos a encontrar en nuestras fotografías, son también lo absurdo.

El horror procede en realidad del lado matemático del acontecimiento.

Comprender es, ante todo, unificar.

Para un hombre, comprender al mundo es reducirlo a lo humano, marcarlo con su sello.

Si hubiera que escribir la única historia significativa del pensamiento humano, habría que escribir la de sus arrepentimientos sucesivos y sus impotencias.

Existe un hecho evidente que parece enteramente moral: un hombre es siempre presa de sus verdades. Una vez que las reconoce no puede apartarse de ellas. No hay más remedio que pagarlas. Un hombre que adquiere conciencia de lo absurdo queda ligado a ello para siempre. Un hombre sin esperanza y consciente de no tenerla no pertenece ya al porvenir. Esto es natural. Pero es natural también que haga esfuerzos por librarse del universo que él mismo ha creado.

...ese Dios puede ser vengativo y odioso, incomprensible y contradictorio, pero cuanto más odioso es su rostro tanto más afirma su poder. Su grandeza es su inconsecuencia. Su prueba es su inhumanidad.
Creo que alguna vez llegué a la página 126 (de un total de 149) porque allí encuentro un viejo boleto de metro como marcador, pero no hay subrayados después de la página 44; quizá me salté capítulos enteros o puse el boleto en la 126 porque había que ponerlo en alguna parte. Pero –me digo con inocencia– en los subrayados deben estar las claves que expliquen el suicidio de ***, y mi lógica es la del que busca augurios al azar abriendo un libro con los ojos cerrados y pone el dedo en cualquier línea, o espera que en la primera frase que diga la primera persona a la que se encuentre al salir de casa esté la clave para resolver un problema que se es incapaz de descifrar.
Y, sí, lo veo, en las frases de Camus están las claves para explicar la muerte de ***, pero también la vida de cada uno de nosotros, y nuestros amores y odios, y nuestros motivos para seguir vivos o para dedicarnos a cierta cosa en particular. Son buenas frases. Y pienso ahora que a lo largo de casi treinta años he cargado un libro que no me gusta porque creí que en algún momento me haría las preguntas de las que los subrayados serían las respuestas, y veo que quizá sea hora de dejarlo abandonado: no es más que un libro, un objeto, algo externo después de todo, como los países, los monumentos y los muertos ajenos.
Releo las citas y me doy cuenta del motivo por el que nunca pude leer El mito de Sísifo: a Camus en el fondo no le interesa que yo (cualquier lector) comparta sus ideas o sentimientos acerca del suicidio (y por tanto de su sentido de la vida): lo que hace es tratar de justificar su vida y su fascinación por la muerte, y espera mi adhesión incondicional. No que me entere de sus ideas, sino que las haga mías. Y sus palabras encierran verdades, pero son palabras que pertenecen a su alma, no a la mía. (Aun así coloco una de sus frases como epígrafe de este libro, porque es bella.)
Uno de los hechos que me ha sido difícil comprender –y las frases subrayadas lo explican también, cómo no– es que mi padre muriera porque quería morir, que sólo fue al médico cuando el cáncer se había extendido tanto que la cirugía era prácticamente un paliativo. Su gran esperanza era no salir con vida de la primera operación; despertar de la anestesia fue para él una experiencia triste. Para darle un poco más de vida había sido necesario extirparle la vejiga, la próstata, un trozo de intestino, otro de estómago; se sentía mutilado y humillado, y no comprendía que se pudiera vivir así. Pero lo intentó. El médico se lo había dicho: sin la operación, le quedaban dos o tres meses de vida. Con la operación vivió un año, las últimas semanas en condiciones de sufrimiento o inconsciencia.
En enero de 2000, cuando aún no estaba bajo el efecto constante de la morfina, me dijo una frase que aún oigo de tanto en tanto, con su voz ronca y su tristeza:
–Creí que era más fácil morir que vivir, pero no. Ahora no me queda más remedio que tratar de seguir viviendo.
Llegó más lejos de lo que él mismo pensaba: en su estado normal, cuando estaba delgado, pesaba unos 70 kilos; su cadáver pesaba menos de 40. Cuando los médicos le daban tres o cuatro días de vida, llegué a Costa Rica para estar con él en el momento de su muerte. Dos días después comenzó a revivir; los huesos se le cubrieron nuevamente de músculo y durante un mes conversamos casi todas las madrugadas, como siempre que nos veíamos. A ratos lograba salir de entre la morfina y reíamos, cantábamos canciones antiguas y recordábamos con placer a nuestros muertos. Entró en radioterapia (tenía un tumor en la columna, que parecía localizado) y creímos que había alguna posibilidad de que viviera un tiempo más en condiciones aceptables.
Cuando tuve que regresar a El Salvador decidió que era hora de seguir con su muerte. Vivió hasta que en el cuerpo no le quedó nada que pudiera seguir vivo: le sacó hasta la última gota a la vida.
Eso es lo que no encuentro en Camus: la muerte como un proceso vital. La resistencia a la muerte, la necesidad de morir o no morir, el control sobre los mecanismos de la muerte, el juego de la muerte, con la muerte, para la muerte.
Mi padre creía en el suicidio como solución extrema. Me imaginé que, para no llegar al punto al que llegó, recurriría a una sobredosis, y me parecía bien. Nunca se habló en familia, pero sé que lo esperábamos; el orgullo de mi padre no soportaría el no poder valerse a sí mismo, el peligro de perder el control sobre su mente y su cuerpo.
Pero permitió que lo cuidáramos, soportó la silla de ruedas, la debilidad extrema, los viajes al hospital. Era más fácil luchar por la vida que morir. Morir era más difícil que seguir viviendo.
Pienso en la versión que conocí de la muerte de René Bascopé. Volvió de México a Bolivia en 1981 o 1982 para refundar y dirigir el semanario Aquí, a cuyo director, Luis Espinal, habían asesinado en 1980. René, entonces subdirector de la revista, tuvo que exiliarse. A su regreso a Bolivia debió moverse en la clandestinidad y, a pesar de ser sumamente torpe, iba armado con una escuadra del .38. Un día, de regreso a su casa, se sacó la escuadra del cinturón. Había una bala en la recámara y no tenía seguro; metió el dedo en el gatillo y se dio un tiro en el abdomen. Su novia, que estaba presente, lo llevó al hospital. Lo operaron. De México le enviamos medicamentos y bolsas de colostomía. Un mes después sufrió una descompensación y murió.
René no quería morir –era agresivamente vital, con todo y sus modos suaves de boliviano–, pero de algún modo se suicidó; mi padre, que deseaba morir tras una interminable depresión, alargó la vida hasta mes y medio después de lo humanamente posible, y su cadáver fresco tenía una sonrisa.

La frase del epígrafe del libro es: "Pero toda la cuestión consiste en saber si uno puede vivir con sus pasiones, en saber si se puede aceptar su ley profunda: quemar el corazón..."

1 de septiembre de 2008

Plática, columna, entrevista, reportaje, René y otros cementarios

El miércoles 20 de agosto me tocó un día pesado. Por la mañana, desayuno con periodistas de varios medios de comunicación bolivianos; después, una entrevista con el ex presidente Carlos Mesa, que estuvo de lo más interesante. (La primera parte se publica en Centroamérica 21 esta semana, aquí, junto con la primera parte de un pequeño reportaje.) Con Mesa me tocaría estar en una mesa de discusión ("la mesa con el Mesa", decía Érika Bruzonic) el viernes siguiente, acerca de literatura en tiempos autoritarios, así que aproveché para pedir una entrevista previa. Luego, almuerzo antes de ir al taller en El Alto; de regreso, un rato de descanso y por la noche una plática acerca de literatura y exilio, con mi amigo René Bascopé como referencia. Podría decir lo que pasó en la plática, pero mejor los remito a mi columna en CA21, que puede encontrarse en este link. La noche anterior había tenido una cena por mi cumpleaños con la presidenta de la Cámara del Libro, su esposo, Érika y yo. (Una buena cena, por cierto. Comida muy boliviana y deliciosa.) Esa noche recurrí, como siempre, a la comida china para descansar de los condimentos. Ángel Bascopé me llevó a un buen restaurante y me dijo que al día siguiente pasaría por mí para que fuéramos a ver la tumba de René, su hermano y mi amigo.

René está enterrado en el Cementerio General de La Paz. "Enterrado" es un decir, porque la mayor parte de las tumbas son... uh... aéreas, grandes criptas con pequeños nichos. El Cementerio de los Ilustres de El Salvador es a veces como estar en medio de una alucinación; el de La Paz pertenece más a la vida real o, peor, a un sueño en el que uno no sabe para dónde agarrar, o si de verdad está soñando.
Son filas y filas y filas de edificaciones de cuatro o cinco o más niveles, como la que se muestra en la foto de arriba. Hay partes para muertos muy pobres (pero ¿no son pobres todos los muertos?), para muertos más acomodados, para muertos aún más acomodados, pero seguro no para los más ricos.

Obviamente es un cementerio bastante antiguo, por lo menos de la segunda mitad del siglo XIX, como se observa en estas lápidas. Hay partes que están muy bien cuidadas, y otras dadas a la desgracia.

Al fondo se puede observar la parte dedicada a la beneficencia, con rótulos que dicen "Vacío". Me explicó Ángel que en en realidad uno no compra los nichos, sino que los renta por periodos de tres años. Si no paga, el muertito va para la fosa común. Imagino que podrá pagar una perpetuidad, o una perpetuidad más larga de tres años. Aquí he visto en el Cementerio General estructuras parecidas, pero son la antesala, precisamente, de la fosa común.

Los hay que tienen terrenos más amplios. Éste en particular creo que era un comentarista de televisión o cantante o algo así --no lo recuerdo--, muerto hace 18 años, según un letrero que anda por el lado izquierdo. Siempre está lleno de flores frescas.

¡Tumbas en condominio!
Esos edificios me recordaron las escuelas mexicanas. Hay muchas así, pero en lugar de tumbas hay salones de clases, que a veces se perciben de manera similar. Caben muchísimas en cada uno de los edificios, y de paso los muertos pueden morir de manera parecida a como vivieron. Como algunos edificios de la Zacamil, pues.

Otra vista de lo mismo.
Esta tumba me llamó la atención, por lo que dice el letrero. Busqué en internet a Daniel Rodríguez Cárdenas y me encontré a alguien con el mismo nombre que se dice perseguido por el gobierno boliviano, y que --se supone-- vive exiliado en Perú. Quizá su exilio terminó en pocos meses, con la muerte de por medio, o quizá se trate de un homónimo.

Ésta es la tumba del sacerdote Luis Espinal, quien fuera director del semanario Aquí, del cual René Bascopé era subdirector. Lo asesinaron en 1980, y René debió exiliarse en México, donde lo conocí.

Y ésta es la tumba de René. La luz no dejó tomar una buena foto, y está en el cuarto nivel de una de esas estructuras. Sentí algo en la garganta y en el estómago y en todas partes al ver la simpleza de la tumba: su nombre escrito a mano con un palito, un QEPD y la fecha de su muerte. Me llamó la atención la rosa azul artificial. Me recordó un cuento que se llama así (puede encontrarse aquí). Trata de una princesa que no quería casarse y dijo que sólo lo haría con alguien que le llevara una rosa azul, que no existen. (Bueno, la genética habrá hecho maravillas, y quizá ya existan.) Rechazó a uno que le llevó una joya azul en forma de rosa, una rosa teñida de azul y un vaso extraordinario, azul, con una rosa grabada. Hasta que se enamoró de un trovador. El padre exigió que llevara una rosa azul para darle la mano --y el resto-- de la princesa, y el trovador dijo que con todo gusto. Cortó una rosa blanca del jardín real y se la llevó a la princesa, quien dijo: "Si, ésta es la rosa azul que quería", y se casó con el trovador.
Siempre hay una rosa azul que uno quiere. Y siempre aparece en el lugar menos esperado, aunque sea de otro color.

21 de julio de 2008

Funeral

Le pedí a Sebastián Vaquerano que me enviara algunas fotos del funeral de mi madre, que se realizó el domingo anterior a ayer. (Qué frase tan complicada. Bastaría con decir "domingo 13 de julio".) Hay rituales en los que creo profundamente, y el del sepelio de la gente de uno es quizá de los más importantes. Lo aprendí precisamente de mi madre. Su papá, el abuelo Miguel Ochoa, murió en 1980, exactamente el día en que fueron asesinados los dirigentes del FDR (Enrique Álvarez Córdova, Juan Chacón, Manuel Franco, Doroteo Hernánez, etcétera). Sólo pudo venir a El Salvador cerca de 10 años después, y pararse frente a su tumba, y contaba que había sentido una gran tranquilidad. Ya me tocará estar frente a su tumba, que es la misma de mi padre, obviamente; por ahora las fotos son suficientes. (Sí, ya sé, tengo que ir a la tumba de los abuelos Carmen y Alfonso. Quizá no quiero que se mueran aún. Quizá nunca se mueran.)
Aunque no sea lo más feliz que se me ocurra para un lunes, pongo las fotos por acá. que por algo es mi diario personal. Gracias a Sonia, la esposa de Sebastián, por tomarlas.

Mi hermana Ana (izquierda), con alguna amiga a la que no conozco.

Sebastián Vaquerano y Tula Alvarenga junto con una amiga a la que sí conozco, pero no ubico por ahora. Me voy a arrepentir de no reconocerla, estoy seguro. Atrás, a la derecha, mi hijo Eduardo.

Sentado, mi sobrino Diego, hijo de Ana.

El tío Mauricio Ochoa, hermano de mi madre.
Entre las fotos no venía ninguna de mi hermano Mauricio. No es mucho de tomarse fotos, y menos en esas circunstancias, supongo. Quizá le pidió a Sonia que no lo hiciera.

3 de julio de 2008

Negación y esperanza

Siempre detesté que me ocultaran información acerca de la --mala-- salud de gente de la familia, y ocurrió varias veces.
De la abuela Carmen sí supe desde el principio, porque estaba presente, en México, cuando le hablaron a mi padre, en enero de 1995, para decirle que tenía una neumonía de los diablos. Con todo y todo, la vieja era resistente, y murió un mes y algo después. Me llamaron ese mismo día.
Con el abuelo Alfonso me enteré desde el principio, gracias a la prima Sonia, que vive en Guatemala. Ella me fue informando de como iba su cáncer, porque era difícil sacar información de alguien más. Eso fue en 1996, año y medio después de la muerte de la abuela; en realidad murió de tristeza... y de 91 años bien cumplidos. (La abuela tendría 87 al morir.) Desde una semana antes estuve hablando con mi padre, casi todos los días, y hasta un par de horas antes del entierro.
El día en que murió el abuelo, por cierto, tenía una tocada con mi banda en un café de la colonia Roma, en el Distrito Federal. Creo que toqué mejor que nunca; era un modo de acompañar al abuelo Alfonso a donde quiera que fuera, si es que uno se va a alguna parte. Es curioso: una de las primeras cosas que me propuse al llegar a El Salvador fue ir a la tumba de los abuelos, para saludarlos. Eso fue en agosto de 1999, y aún no he ido. Sé que están en Jardines del Recuerdo, y más o menos en qué zona; he ido un par de veces a un par de entierros --al de Álvaro Menen Desleal, al de la mamá de la esposa del tío Manuel Posada-- y he estado a punto de buscarlos, pero a última hora algo pasa y no lo hago. Esa segunda vez, al regresar a casa, me llamaron para que fuera a Costa Rica porque mi padre no llegaba vivo al día siguiente. Tomé el primer avión y, sí, llegó al día siguiente; pude estar cerca cuando dejó de respirar.

Mi padre estaba enfermo de cáncer por lo menos desde principios de 1998 --llegó a verme en junio, durante un mes, y allí decidí irme a Costa Rica; creí que era una depresión--, y todo indica que lo sabía, pero no dijo nada a nadie. En abril me fui a Arizona, y para agosto estaba preparando bártulos para ir a Nueva York, donde había posibilidades para un buen trabajo. Hablé con él varias veces, con mi madre, con mis hermanos, y ninguno me dijo nada hasta que en una llamada sentí algo raro (me dijeron que andaba de viaje, y él mismo me había comentado que por esos días iría a Colombia o a Ecuador, por su trabajo). Los presioné y resultó que en ese preciso instante estaba en el quirófano, en una operación de caballo. Agarré un coraje de los de verdad y mi primera reacción fue regresar a Costa Rica, pero se me ocurrió pensar como hijo mayor: había cosas que resolver en El Salvador que tenían que ver con el asunto y una semana después estaba aquí. Me ofrecieron trabajo, me ubiqué y estuve viajando a Costa Rica.
Se veía que se recuperaba, y estuve tres o cuatro meses sin ir. Hablé con él, con mi madre y mis hermanos, y todo igual: está bien, se está recuperando, etcétera. Hasta que me llamaron para decirme que había caído en coma, que fuera para verlo morir.
Le habían hecho una segunda operación; tenía metástasis en la columna y qué sé yo. Sólo lo habían abierto y lo cerraron sin tocar nada.
La versión oficial era que en tres días se había puesto como lo encontré, es decir en los verdaderos huesos, casi sin músculo, pesando a lo sumo unos 45 kilos, cuando era un hombre que siempre andaba en los setenta y algo.
No murió esa vez. Comencé a platicar con él, aunque estuviera inconsciente, y a leerle cosas. A los tres días comenzó a moverse, y al cuarto despertó. Abrió los ojos, levantó la cabeza y me dijo: "Hola, chato. ¿Qué estoy haciendo aquí?
Estuve con él un mes y nos la pasamos muy bien, platicando, cantando y recordando cosas y personas. La gente de El diario de hoy me dejó quedarme lo que fuera necesario (gracias, Lafitte), y yo a cambio traducía Sports Illustrated, escribía algo para Vértice y mandaba las notas por internet. Después tuve que regresar, y dos semanas después me llamaron para que fuera a su muerte.

Cuando vi a mi madre, la semana pasada, supe que no había llegado a ese estado en un par de semanas, sino en meses, y que las diálisis no eran asunto nuevo, como ella misma trató de que creyera. De no ser por Sebastián Vaquerano, quizá no me hubiera enterado de su estado sino hasta hace un par de días, cuando mi hermano llamó para avisar que estaba en el hospital, después de un infarto, con daño cerebral irreversible después de pasarse 25 minutos sin oxígeno (sí, murió durante 25 minutos, la revivieron y la conectaron a los aparatos), con una peritonitis severa --que ya se le había declarado la última vez que la vi-- y una septicemia que ya debe estar bien avanzada; no la están dializando.
Y después de dos días de espera, en los que me he dedicado a pensar cosas horribles de buena parte del mundo --al menos de ese trozo de mundo-- y de mantener al tanto a mis hijos de lo que ocurre, para que sepan qué pasa con su gene, me doy cuenta de que quizá ni siquiera haya mala voluntad en esos ocultamientos, sino negación y, si se quiere, esperanza.
Vamos: mi madre está clínicamente muerta desde el lunes pasado por la mañana; lo que estamos esperando es que deje de respirar. Y sin embargo, entre todo lo terrible que dijo mi hermano acerca de su estado, había una gota de esperanza de que pueda salir de allí. Y no la hay, como no había modo de que viviera mucho tiempo después de que la vi: su estado era de verdad lamentable. Nadie lo merece.
Quizá mi familia --esa parte de mi familia-- siempre pensó que no valía la pena molestarme por algo que, en fin, pasaría, y que cuando llegara todo seguiría más o menos igual. Al menos estarían todos juntos y vivos. No es tan grave, vamos. O sí lo es, pero el médico dijo que...
Etcétera.
Tuve suerte de no hacerles demasiado caso y poder ver a mis padres antes de que murieran. Lástima que con mi madre quedaran tantas cosas por hablar; ya lidiaré con eso.

El peor de los casos fue con doña Dominga Morales, mi nana, la señora que me crió y a la cual le tenía un cariño excepcional. Siempre que llamaba a mi madre o a la abuela o platicaba con mi padre y mis hermanos me contestaban lo mismo: allí está, en su casa, viejita y cascarrabias. No me daban muchos detalles, pero tampoco los pedía. Sin embargo algo me molestaba: ella era diabética, hipotensa y varias cosas más. Antes de ser vieja estuvo a punto de morirse varias veces; a los 80 era difícil que siguera viva, aunque, en fin, no todos se iban a poner de acuerdo para decirme que seguía viva. Tampoco era cosa de llamarla por teléfono, porque los detestaba.
Cuando regresé a El Salvador, lo primero de lo que me enteré fue de que doña Minga había muerto seis años atrás. Lo supe porque fue lo primero que le pregunté a la abuela Mina. Ya no valía la pena recriminarle nada, ni a ella ni a nadie. Nada más me hubiera gustado saberlo en su momento; quizá hasta hubiera venido a despedirme. Era de las pocas personas capaces de sacarme de México; sólo mi padre lo hizo después de 23 años de no moverme de allí. (¿"No moverme" en un país de dos millones de kilómetros cuadrados? Je...)
En fin, las fotos de este post las tomé hoy por la tarde en Los Planes. Se veía hermoso con su niebla y su humedad.

29 de junio de 2008

Séptimo día

Hace casi ocho años, el siete de agosto de 2000, murió mi padre y estuvo en la capilla de la funeraria Montesacro. Thierry Davo andaba por Costa Rica. Nos habíamos visto en San José, donde me había pasado un mes cuidando a mi padre. Después viajó a El Salvador. Una semana después estábamos en la funeraria junto con otros amigos.

Unos kilómetros arriba está el cementerio Montesacro, donde se encuentra enterrado mi padre, y había que ir a saludarlo. La tumba está un poco descuidada, porque mi madre no habrá podido ir por alli para limpiarla, ponerle flores y adornos que acostumbra --o acostumbraba-- cambiar cada semana. Le quité algunas hierbas, limpié la placa y me puse a ver desde allí lo que pasaba en el cementerio, además de nada.

Una mujer entre los árboles.

Una muchacha muy larga caminando por la avenida.

Luego empezó a llegar gente y más gente, carros y más carros, y una carroza fúnebre; había un entierro a unos cincuenta metros.
No estaba para cosas ajenas y me puse a leer Trece en la edición de F&G. Mi padre no llegó a verlo publicado --la primera edición salió en 2003--, ni siquiera vio a versión final, pero leyó una copia electrónica que le envié del último borrador.
Y así durante un buen rato. A veces, desde que yo era niño hasta casi su muerte, nos sentábamos juntos a leer, cada uno por su lado, sin hablar. Fue bueno hacerlo de nuevo.
Es hora de regresar a El Salvador.

1 de junio de 2008

Algo de 1984

Un compañero de La Casa me trajo --y se lo agradezco-- la fotocopia de un ejemplar de la publicación Alternativa socialista, de la Liga Internacional de los Trabajadores (la Cuarta Internacional, pues), el número 4-5, correspondiente a noviembre-diciembre de 1984, editada para Estados Unidos y México.
Todo el número está dedicado al suicidio de Salvador Cayetano Carpio. Incluye desde artículos en los cuales se le defiende hasta otros en los que se le condena, pasando por documentos oficiales del FMLN acerca del caso, etcétera. Un buen dossier.
Por ese documento --y en parte por el sumario judicial del caso, del que sólo tenía trozos-- me vi en una situación bien extraña: el libro acerca del affaire Carpio-Anaya Montes es uno de los que más tiempo me hay llevado escribir --desde 2001--, y en el que he sido más minucioso y cuidadoso en el manejo de datos, testimonios, etcétera. Sin embargo, aunque ya había entregado la versión que se iba a publicar, me vi obligado a revisar nuevamente todo el libro y reforzarlo en apenas tres o cuatro días, a toda prisa y esperando --sabéndolo, más bien-- que el corrector de estilo haga un buen trabajo; con esas prisas alguna incorrección formal se irá, que espero detecte, porque el libro debe entrar en producción la semana que viene.
Por suerte me había adelantado una semana a la fecha final de entrega, y eso me dio un margen no muy cómodo, pero margen al fin, para hacer algo decoroso.
El número de Alternativa socialista abre con un largo artículo publicado por el mexicano y argentino Adolfo Gilly en la revista Nexos en abril de 1984, a un año del asesinato de Ana María y el suicidio de Marcial; sigue con uno de Carmen Lira aparecido en el número siguiente de la misma revista, en el cual se desmiente todo lo que dice Gilly con base en los documentos del FMLN; luego viene una nota, bastante buena, de Cuauhtémoc Ruiz, donde se llega mucho más a fondo y se plantean alternativas a las lecturas de Gilly y Lira, y después una sección de documentos del FMLN (comunicados, el llamado "testamento político" de Marcial, es decir su discurso del 1 de abril de 1983, y un par de etcéteras más). Un modo bien interesante de establecer un debate, en suma, que ojalá algún día sea posible en El Salvador, cuando no haya tantas campañas, precampañas y poscampañas electorales y, sobre todo, cuando las ideas, y no los votos, sean lo que esté de por medio.
Transcribo la introducción del artículo de Gilly, que me parece sensato 24 años después y puede poner en su dimensión lo que es una discusion abierta de la izquierda en cualquier momento, periodos electorales incluidos. Porque lo que está en cuestión no es si la izquierda nos gobierna o no --eso tarde o temprano debe ocurrir--, sino cuál izquierda lo hará, y para dónde nos llevaría. Va, pues:

Sólo la verdad es revolucionaria
Adolfo Gilly

Las masas no se sublevan y se lanzan a sufrir los horrores de una guerra civil porque sus dirigentes sean hábiles, sean santos o sean mártires, sino porque no soportan más la opresión, la humillación, la miseria y la infamia. Una revolución no se explica o justifica por lo que hagan o dejen de hacer sus jefes, sino por esa rebelión de las masas. Éstas, indudablemente, necesitan dirigentes para esa lucha y necesitan creer y confiar en ellos, así como en las organizaciones que ellos encabezan. Pero la revolución no estalla por voluntad de dirigentes o de organizaciones, sino porque las masas no soportan más y se les han cerrado todos los otros caminos. La de El Salvador es una revolución, la más grande, la más costosa, la más extraordinaria en América Latina en términos de participación y resistencia de las masas, al menos desde la insurrección de Hidalgo y Morelos y desde la Revolución Mexicana.
Una revolución así somete a sus militantes y dirigentes a dificultades y pruebas implacables. La medida de su magnitud es que el imperio estadounidense, concentrando su potencia sobre ese pequeño país, no logra doblegarla. Pero cuando ese imperio, sus aliados y sus amigos de todos los colores empeñan así sus odios contra un país pequeño y desguarnecido, cada fusil que logran los revolucionarios, cada pertrecho que reciben, significa un empleo de fuerzas incalculable. Esos esfuerzos --que el bando contrario no debe hacer-- más el constante acoso de un enemigo materialmente mejor armado y más poderoso, más las presiones que significa tomar decisiones cotidianas de las cuales depende la vida o la muerte de muchos compañeros y de la revolución misma, ponen a dura y permanente prueba a los revolucionarios. Esas decisiones deben discutirse y se discuten colectivamente. Lo ideal sería que el mayor número posible participara en la discusión. Pero al mismo tiempo, esa lucha sin cuartel exige discreción y clandestinidad, encerrar la discusión, no permitir al enemigo que la influya.
En esta contradicción cotidiana vive cada organización que debe conducir una guerra revolucionaria: mientras la política requiere discutir, explicar, razonar informar, la guerra exige discreción, clandestinidad, centralización de mando. Es un arte extremadamente difícil alcanzar el equilibrio y evitar la clausura o el envenenamiento de la imprescindible discusión con el argumento, siempre falaz, de que discutir beneficia al enemigo. A esto se agrega que en cualquier guerra revolucionaria --desde la Revolución Mexicana hasta la guerra civil española-- aparece inevitablemente la inclinación a ver en quien diverge de la propia política dentro del bando revolucionario, primero a un obstáculo, después a alguien que hace el juego al enemigo y finalmente al enemigo. Y de ahí al uso de las armas para resolver esa divergencia, hay sólo un paso. La historia de todas las revoluciones, desde la inglesa del siglo XVII y la francesa del siglo XVIII. Sin embargo, las revoluciones siguen siendo necesarias.
Bajo estas presiones terribles, la revolución salvadoreña se encuentra en una encrucijada: la dirección de una de sus organizaciones más poderosas, las FPL, se ha matado entre sí. Según la última versión oficial, un grupo de cuadros y un dirigente mataron a la comandante Ana María, y Marcial, al saber lo que había hecho uno de los hombres en los que él confiaba, se suicidó. La Dirección Revolucionaria Unificada, al firmar el escueto comunicado, asume estos hechos y declara que considera "como un deber y una responsabilidad de todas y cada una de nuestras organizaciones, decir siempre la verdad ante nuestro pueblo".
Hay una sola manera de cumplir este compromiso y hallar una salida a esta crisis desgarradora: informar, explicar, razonar, para poder continuar la lucha y atenuar los efectos de este golpe. Esto significa explicar a fondo: 1) Las diferencias políticas que existieron como base de la crisis, para que la gente conozca y decida con su propia cabeza; 2) las razones de la persistencia de estos métodos: por qué y cómo es posible que cuadros de la dirección de una organización hayan creído o aceptado creer que el asesinato resuelve un conflicto político; 3) cómo hacer para cortar tales medidas de raíz. La razón, y sólo la razón, puede ahora abrir esta llaga, limpiar la herida y preparar el futuro de la lucha.
Un dirigente de las FPL, Salvador Samayoa, nos envía un mensaje, reiterando que cuanto dice el comunicado es la verdad, que la asumen por duras que sean las consecuencias para ellos y que hoy más que nunca es necesaria la solidaridad con la revolución y el pueblo salvadoreño. Mientras tomo con profunda seriedad este pedido, digo: compañeros, hace falta explicar más. Nadie puede pedir a la gente que siga creyendo sobre palabra. Esa época ya pasó. Hay que explicar, demostrar, convencer. La revolución salvadoreña no son sólo quienes luchan armas en mano. Es una inmensa conjunción de voluntades y esperanzas mucho más allá de El Salvador. Hasta la última señora que puso un peso para comprar armas, hasta el último señor que fue a una manifestación, hasta el último niño que llevó una pancarta, necesitan y merecen una explicación. Ellos pusieron en El Salvador mucho más que sus esfuerzos, pusieron sus creencias y sus esperanzas. A ellos hay que explicarles toda la verdad, la verdad entera. Hay que confiar en ellos: la gente sencilla de todos los días entiende todo esto, entiende el sufrimiento, entiende las amarguísimas disputas, entiende el suicidio, entiende la muerte mejor que nadie porque entiende la vida, esa vida en la cual la opresión curte su alma, endurece su voluntad y afina sus sentimientos solidarios. Lo que esa gente no entiende, en cambio, es la reticencia, la verdad a medias, la mentira piadosa, el ser tratados como menores de edad por aquellos en quienes ponen su confianza, el recibir consuelos o explicaciones triunfalistas "para que no se desanimen".
Para salir de esta crisis, una de las más duras de la revolución salvadoreña, hay que explicar. Que el enemigo, los aliados del imperialismo y sus amigo salvadoreños digan lo que quieran. La verdad es siempre revolucionaria. Esa verdad debe ser razonada y explicada. En conferencia pública, la dirección de las FPL y la dirección de la DRU necesitan ahora responder a todos los interrogantes políticos, para desarmar la maledicencia y el veneno de los enemigos y fortalecer la comprensión y la solidaridad de los amigos, puesta a durísima prueba por esta tragedia. Este pedido es mi homenaje ante la tumba de Marcial.

* * *

Encuentro, en los documentos de las FPL, varias cosas interesantes, de las que sólo transcribo dos párrafos:

Categóricamente afirmamos, no hay ni puede haber ahora en El Salvador, revolucionarios fuera, y menos aún en contra, del FMLN, precisamente porque la revolución está avanzando y venciendo bajo su dirección.

Hay ya y habrá aún, propaganda de los enemigos del pueblo salvadoreño alrededor de este asunto. Urdirán toda clase de falsas versiones y supuestos testimonios, se divulgarán los escritos de Carpio más insidiosos contra la unidad, pero nada de esto detendrá nuestro avance hacia la victoria de la revolución.
Me recuerda a una entrevista con José Luis Merino que publicó El Faro hace unos años. ¿Qué tanto habrá cambiado realmente el asunto? ¿Podrá cambiar esa inercia una sola persona, como se está intentando ahora? No se pierdan las próximas elecciones, en el mismo país y en el mismo canal.

9 de abril de 2008

Bola al centro, homenaje a Marcial y recital

Hoy a las 6 de la tarde estaré en el programa Bola al centro, de Ricardo Rivas, en la emisora 102.9. Por lo que me han dicho, hablaremos de todo, todo de carácter político.
Los otros invitados son Tony Cabezas --supongo que seguirá en TCS; si no, ya me enteraré-- y Daniel Valencia, de El faro. Cuando me invitaron, la semana pasada, me dijeron que estarían Tony Cabezas y Jorge Avalos, pero al parecer este último declinó de última hora. Lástima. No lo veo desde octubre de 2003, poco después de inaugurada La Casa del Escritor. Hubiera sido una buena oportunidad, después del programa, de aclarar algunas cosas pendientes y después, claro, reírnos un rato, porque es bastante sano reírse de esas cosas y de uno mismo. Algunos detalles del asunto se pueden leer en un post ya antiguo, para los que quieran ejercer el morbo. Por mi parte voy en calidad de columnista de Centroamérica 21. Hay algunos de los temas que se supone se tocarán de los que no tengo mucha idea, pero para eso están los otros compañeros.
Será emocionante ver a Tony Cabezas. Lo conocí recién nacido, y no mucho más. Nuestras familias eran bastante unidas desde que recuerdo --nuestros padres, ambos economistas, se conocieron en la UES--, con al menos una visita semanal y fines de semana en El Zonte, con otras familias. Yo era muy amigo de Nuria Cabezas, un poco menor que yo; para la mayor --y un año mayor que yo--, Charo, yo era un bebé y me trataba con cierta displicencia. Ena era amiga de mi hermana Ana, más o menos de su misma edad, y Lillian y mi madre se veían bastante a menudo para conversar. A veces me llevaban, yo tenía unos cuatro o cinco años y me aburría como beduino. (Deben aburrirse los beduinos.)
Gilberto --papá de Tony-- y Lillian juraban que sólo querían tener una pareja de hijos, niño y niña. Nacieron tres niñas, de rindieron y se fueron unos años a vivir a Chile. De regreso siguieron buscándole y allí nacieron Gilberto y Tony --Marco Antonio, creo que se llama; el Marco viene por Marco Tulio, hermano de Gilberto--, y una familia que sólo debía ser de dos hijos se hizo de cinco.
Por allí de 1980 Gilberto fue asesinado por un grupo guerrillero, nunca supe por cuál. Era gerente de una empresa, la guerrilla la ocupó y, como parte del operativo, lo mataron. Para nosotros fue devastador, ya me imagino para ellos.
Lillian era totalmente apolítica, al igual que Gilberto. Había una correspondencia fluida con mis padres, y algo de riesgo para ellos por ponerse en contacto con un connotado... uh... comunista, aunque mi padre nunca lo fue. Después del asesinato de Gilberto, Lillian cortó contacto con la familia, creo que para proteger a los suyos de posibles malentendidos, que en ese entonces se resolvían de manera bastante violenta, con los escuadrones enloquecidos y muy activos.
Con Nuria y Charo, por cierto, vi en estreno Jesucristo Superestrella, en el cine Colonial, luego casino del mismo nombre. Fue sensacional ver una película prohibida ni más ni menos que por el papa Pablo VI. Toda la calle estaba llena de chavos en busca de boleto; creo que conseguimos para dos funciones más tarde. Ellas vivían a unas cuadras de allí, en La Sultana, así que para mientras nos fuimos a oír discos que había traído de Costa Rica --ya vvía allá-- y a bailarlos un rato.
De regreso a El Salvador traté varias veces de reunirme con ellos, pero por algún motivo no fue posible. Va a ser un gusto conocer a Tony --entiendo que ya no es el bebé que recuerdo--; físicamente, por lo que he visto en la tele y los periódicos, se parece mucho a su papá.
Y ayer me llamó Salvador Juárez, viejo --cada vez más, y lo digo por ambos-- y muy querido amigo, para invitarme a la conmemoración de la muerte de Salvador Cayetano Carpio, el 12 de abril, a las 10 de la mañana, en el cementerio de Santa Tecla. Por primera vez, desde que trajeron los restos de Marcial de Nicaragua, se publicó una invitación en el CoLatino, según me contó Salvador, en forma de desplegado.
Son veinticinco años ya. Mucho tiempo para mantener tantas cosas en silencio, tanto por parte de la gente que lo quiso --y lo quiere-- como de la gente que lo detesta. Y pues yo soy de los primeros.
Sabía que todos los 12 de abril se hacía un acto en la tumba de Marcial, pero no soy de andar en esas cosas. Cuando voy, generalmente lo hago en otra fecha, y solo; para mí es un asunto bastante personal. Esta vez, me da la impresión de que voy a estar por allí, y no estará de más darle un abrazo a Tulita Alvarenga, a Salvador, a Tono Morales Carbonell y a un par de compañeros y amigos.
Sé de muy buena fuente que muy pronto se publicará una serie de dos o tres notas largas acerca del caso Marcial en un periódico local. Cuando esté seguro les aviso; va a estar interesante, porque contradice la versión que se ha manejado oficialmente desde finales de 1983, y ya basta, ¿no?
Asi que están invitados: hoy por la tarde, a Bola al centro; el sábado, al cementerio de Santa Tecla.
Y hoy a las 7 hay un buen recital de poesía de Los Tacos de Paco. Junto con Aída Párraga, y en el marco de la presentación de la revista Cultura, estará Roger Guzmán, compañero de La Casa. Vale la pena enterarse de lo que escribe. Es una de las voces poéticas más poderosas que conozco en el país, con un código complejísimo. Lleva casi cuatro años escribiendo un poemario, y su poesía vale cada minuto que se ha pasado en eso.
Y ahora, a trabajar. Hay cosas pendientes.

7 de enero de 2008

Cosas del lunes y columna

¡Por fin llegué al punto en que se encuentran el psicópata y la Directora! Pero no en el presente (o sea el futuro), sino en el pasado (o sea el futuro que es menos futuro que el futuro presente). Ocurre en el capítulo XI, que estoy escribiendo para poder entender qué va a pasar en el capítulo VII, en el cual estoy trabado porque no sabía qué iba a pasar en el XI.
Otra cosa que está pendiente es cómo funciona la cosa en el Barrio Rugama. Si todo está destruido, abandonado, con la selva a los lados y dentro de los edificios, ¿dónde vive ese montón de gente? Debajo de la tierra, no; demasiado fácil, y ya hay un lugar donde la gente usa el antiguo metro como lugar de comercio; no me gusta repetirme. La pregunta es más bien ¿cómo hace toda esa gente para que no la vean? Gloria, hossana, that's the question.

Pero de que va, va. Obviamente las vacaciones apenas alcanzaron para un par de capítulos y para darle orden al texto, lo que no es poco. Ahora vamos a ver qué tal rinden los lunes y martes, además de los minutos sueltos en los que me pongo a escribir. He escrito novelas completas en minutos sueltos que siempre hay en medio del trabajo. Tiene su lado emocionante eso de cazar minutos. Hay una reunión, se acaba y quedan quince minutos en lo que llega la siguiente. Un párrafo. Va a llegar alguien, se atrasa media hora, listo, otro par de párrafos y algunas correcciones. Alguien cancela algo, dos horas libres, y es el alucine. Por la noche, entre la cena y la película en familia, media hora más. El truco es tener todo en la cabeza y conservar latente el estado de ánimo necesario para escribir, y no revisar todo sino saber, de una ojeada a las últimas líneas, qué es lo que sigue. Y seguirle. Ya después habrá tiempo para corregir... de quince minutos en quince minutos o un par de días de descanso que se tomen para eso. Nunca he creído cuando alguien dice que no ha escrito porque no tiene tiempo. Siempre hay tiempo, nomás hay que cazarlo.
Y de paso pongo algunas fotos que estaban en un álbum que traía Valeria. Le encantan los álbumes de fotos, y nosotros casi sólo con fotos digitales... Tendremos que imprimir algunas decenas.

Aquí, la abuela Mina (madre de mi madre) y mi papá, en algún momento de finales de los ochenta o principios de los noventa, seguro antes de los Acuerdos de Paz. Están en la casa familiar de la colonia Buenos Aires, a unos pasos del Ministerio de Hacienda.
Mi padre entró varias veces a El Salvador durante la época de la guerra, por el aeropuerto, con su pasaporte y con su nombre y apellido, con todo y que estaba condenadísimo a muerte por cuanto escuadrón hubiera. Entraba siempre con misiones internacionales que venían a pláticas con el gobierno, casi siempre de la Internacional Socialista. Se estaba sólo dos o tres días, cambiaba su boleto a última hora, ya en el aeropuerto, y nunca se movía sin alguien de la misión en cuestión. Se quedaba en el Camino Real, que era de lo más seguro que había, y lo demás era esperar que no se alocara algún escuadrón. Él no era socialdemócrata, ni mucho menos, pero era sensato, y resultaba un buen asesor para la gente de la IS. Tenía visa diplomática, lo que parecería una protección adicional. pero era de Costa Rica, y a quién le importaban en esos días las visas diplomáticas, cuantimás las de otros países, y menos las de Costa Rica.
Curioso: siempre creí que la abuela Mina se llamaba Herminia. Por aquí tengo su último DUI, sacado unos días antes de su muerte, y se llamaba Erminia. (María Erminia Molina López.) Es raro eso de haber tenido una abuela con falta de ortografía...

Aquí, la abuela (María del) Carmen Larín Choto y el abuelo Alfonso Amado Menjívar Castro, padres de mi padre, con mi madre en medio. (Ella se llama Estela Elsa Ochoa Molina, hija de la abuela de la foto anterior.) Debieron tomarla a principios de 1994 o finales de 1993, en la casa de mi padre en Costa Rica. La abuela mina murió en febrero de 1995, de una neumonía de ésas que le dan a mucha gente a principios de año. El abuelo moriría a finales de 1997. Los lentes de mi madre no son por hacerse la interesante. Desde hace una veintena de años tiene algo que le impide generar lágrimas, y tiene que andar echándose un líquido en los ojos cada cierto tiempo. La luz, el aire acondicionado, el humo, lo que sea, la pone fatal. También tiene su lado raro eso de tener una madre incapaz de llorar; excelente para una telenovela mexicana.

Y éste soy yo en enero de 2000, en la tumba de Salvador Cayetano Carpio. Había ido a conocerla unos meses antes, cuando regresé a El Salvador, y ese día llevé a mi madre al cementerio de Santa Tecla para que también lo visitara.
Fui por última vez hace un par de años, y había cambiado mucho. De hecho en la foto ya no está como cuando la vi por primera vez. Lo único que había era la placa que está a la altura de mis rodillas: "Familia Carpio-Alvarenga". Después le pusieron la bandera de las FPL y cada vez más leyendas. Luego mosaicos, hicieron más grande la estructura de metal y la última vez que la vi, con el debido respeto, parecía más un arbolito de navidad que la tumba de un dirigente revolucionario.
En fin, va la columna de esta semana. Pero antes me alegra decir que Krisma también tiene la suya a partir de este número de Centroamérica 21. Se puede encontrar aquí. (¿Le pagará la OIE? ¿La CIA? ¿La NBA? No ha querido decirme.)
La mía está en este link.

Concepto, plagio y mediocridad (III)
Rafael Menjívar Ochoa

Cuando Andy Warhol pintó sus famosos cuadros con latas de sopas Campbells, lo que pintó realmente fue... latas de sopas Campbells, de tomate y alverjas, para ser precisos. Cuando solarizó cuatro fotografías de Marilyn Monroe de cuatro maneras diferentes, lo que hizo en realidad fue solarizar cuatro fotografías de Marilyn Monroe y ponerlas en dos filas y dos columnas, un recurso que usaría en repetidas ocasiones.
También pintó botellas de Coca–Cola, de perfume, y fotografió a Muhammad Alí y varios iconos de la imaginería popular estadounidense. Hizo películas, como aquélla en que la lente está fija durante horas y horas en la azotea de un edificio, sin mostrar más que lo que ocurría en dicha azotea, es decir no mucho.
A lo que hacía se le dio un nombre: arte pop. El motivo era que Warhol tomaba elementos de la cotidianeidad de los norteamericanos, figuras populares, etcétera, y los “reconocía” como dignos de entrar en el mundo del arte, a veces bastante en bruto, a veces con ligeras modificaciones (la “intervención” de fotos, digamos) y, cuando se trataba de temas del “arte clásico”, de manera casi caricaturesca o muy poco elaborada.
Todo el mundo “intelectual” neoyorquino se volcó a declararlo un genio, y a explicar que las latas de sopa eran mucho más que eso: eran toda una concepción del arte, en la que lo que importaba no era la ejecución de la obra –¿qué tan difícil puede ser pintar una lata de sopa, o solarizar unas fotos?–, sino el concepto. No lo que la pintura decía, sino lo que Warhol “realmente” quería decir.
Hubo un viraje interesante con respecto a la concepción de las artes plásticas: lo importante no era la obra, sino el artista; no el resultado estético del trabajo, sino las intenciones del artista, su mundo interior, sus ideas, etcétera. El fenómeno no era nuevo: en la concepción romántica de la literatura (de Shelley y Blake a Rimbaud y Baudelaire), el artista era tan importante como su obra, con una diferencia diametral: un rigor estético que Warhol no mostraba.
El propio Warhol se convirtió en parte fundamental de su obra: sus palabras, su modo de vestir, sus actitudes, sus gustos personales, lo que comprara y usara, eran milimétricamente analizados y extrapolados. La paradoja fue que el “arte pop” no estaba destinado al pueblo, sino a una autoproclamada elite intelectual, que de pronto se llenó de críticos de “ese” arte, señoras que compraban de antemano cualquier cosa que Warhol fuese a producir, galerías en las que gente con ropa carísima y extravagante intentaba descifrar qué diablos quería decir Warhol con aquello que parecía lo que realmente era. El “tout New York”, pues, se volvió de pronto adicto al arte, ya no sólo como comprador de cosas de alto precio a modo de inversión –Van Goghs, Picassos y esas cosas–, sino como participantes de un fenómeno artístico de vanguardia. Los ricos, y no necesariamente los más cultos –y sus satélites–, ya tenían un artista al que podían entender, comentar y criticar, además de colgarlo en sus paredes.
Hubo muchos imitadores de Warhol, y otros que fueron derivando de él, incluso algunos de talento excepcional, como el “grafittero” Jean–Michel Basquiat y su “movimiento” SAMO (Same Old Shit).
Si se busca antecedentes a las latas de sopa y las botellas de refresco y perfume, quizá se llegue a un cuadro fundamental para la plástica: “Esto no es una pipa”, de René Magritte. El cuadro es, ni más ni menos, una pipa común y corriente, y el título aparece dentro del mismo cuadro, debajo del objeto pintado. Magritte estaba marcando, con él, un concepto fundamental para la pintura, en especial para el surrealismo, y para la comprensión del arte, y no sólo se dedicó a copiar objetos de uso; su obra es diversa, inteligente y, sobre todo, original. Algo similar a los juegos de Dadá, pero con mucha más sustancia que una actitud.
Si lo que se espera es originalidad, Andy Warhol la tuvo: fue el primero al que se le ocurrió hacer lo que hizo, y declararlo arte, con los antecedentes de Dadá y Magritte. Fueron sus sucesores, en sus diferentes vertientes, los que se pescaron como rémoras de su idea y se dedicaron a proclamar que todo lo que se les ocurriera era arte, por el simple hecho de que ellos, artistas, lo proclamaban. Y en general eran artistas con deficientes cualidades como pintores, escultores, actores o lo que fuera, y quizá por eso se pusieran en el plan de que el “concepto” es lo que vale en su obra, no la ejecución. Hubo –y hay– artistas de gran talento y grandes conocimientos que se sumaron a la ola, por el simple hecho de que es un arte “más apreciado”, que los pone a la vanguardia de una vanguardia que hace treinta años ya era vieja y estaba agotada.
Y es que, cuando el “concepto” importa, no la ejecución, cualquiera puede ser artista, con tal de que logre explicar que lo que se ve no es realmente lo que se ve, sino “otra cosa”, algo más profundo, así sea algunos paraguas rotos, unas piedras amontonadas o una foto ajena a la que sólo se le puso un tono sepia y algo de textura para presentar en un concurso, con un tercer lugar como premio, avalado por el Centro Cultural de España.
Eso no es plagio: es concepto. Quienes lo crean serán críticos, y que el autor original exija lo que exija: hay “autoridades” que avalan al plagiario y toda una corriente “artística” que ampara a alguien que quizá no sepa muy bien para lo que sirve un pincel.