26 de enero de 2005

Fiestas con gorila

Cuando tenía como 18 o 19 años, se me ocurrió hacer unos cuentitos con fines panfletarios que, por suerte, no le gustaron al comisario en turno, por considerarlos pequeñoburgueses o algo así. Se publicaron en alguna parte en por allí de 1980. Los cuentos le deben mucho a De tropeles y tropelías, el primer libro de Sergio Ramírez, que sigo releyendo y disfrutando. El título de los relatos tiene que ver con una historieta que aparecía cuando era niño, que se llamaba "Congorila".

Fiestas con gorila
I.
Y es que el gorila estaba aburrido de ver siempre el mismo cielo limpio y azul, sin siquiera una nube gris que anunciara tormenta.
Reunió a su Consejo de Ministros y ordenó: Que haya lluvia porque ése es mi deseo; ya estoy harto de que en este país ni siquiera pueda caer una lluvia pequeña, como sucede en las repúblicas vecinas.
El gorila delegó a un ministro cada semana para que trajera la lluvia. Ministro que no cumpliera, sería pasado por las armas al domingo siguiente.
Tres gabinetes desfilaron frente al pelotón de fusilamiento, y tres más antes de que el gorila decidiera que en realidad para qué, que al país hay que aceptarlo tal y como es porque así es más nuestro, y mandara a dar su más sentido pésame a cada viuda de cada ministro muerto en el cumplimiento de su deber.

II.
Un día la madre del gorila fue sorprendida por las autoridades correspondientes en flagrante trato carnal ‑documentado con fotografías‑ con uno de los más altos dignatarios de la República. Tras las pesquisas de rigor, encontróse que la Primera Madre no sólo entendíase con él, sino que buena parte de los funcionarios del actual régimen, y no pocos del anterior, habían pasado por su generosa cama.
Todos los funcionarios involucrados, aun a riesgo de crisis política, fueron desterrados de por vida, y su madre debidamente fusilada. Pues el gorila podía ser cualquier cosa, pero nunca un hijo de puta.
Hubo tres días de duelo nacional.

III.
El gorila llevaba por lo menos treinta años al frente del país cuando un funcionario perspicaz descubrió que hasta el momento no se había hecho una sola fotografía suya. Más aún: el pueblo no conocía al gorila en persona, mucho menos en fotografías, estatuas, óleos ni cosas por el estilo.
Así, la Asamblea Legislativa en pleno aprobó un decreto‑ley en el cual se ordenaba levantar estatuas, hacer óleos y repartir fotografías del gorila por todos los confines del país, para que el pueblo conociera a su benefactor.
La primera noche, a unas horas de develadas, todas las estatuas volaron por los aires convertidas en confeti de mármol, merced a efectivos aparatos explosivos de fabricación casera. Las fotografías amanecieron en medio de las calles, cubiertas de leyendas infamantes, y los cuadros fueron convertidos en cenizas por turbas enfurecidas que asaltaron las oficinas gubernamentales.
El gorila decretó el toque de queda y el cese de las garantías constitucionales, y fue entonces que comprendió que en su caso sucedía lo mismo que con Dios: la gente no lo veía, pero creía en él, y que así era mejor. Decidió, pues, que su pueblo tenía razón al desbocarse como lo hacía, pues era equivalente a la herejía el rebajar su grandeza al pagano nivel de efigie.
Se pidieron discretas disculpas a los familiares de los desaparecidos.

IV.
Cuando se murió el gorila, la junta militar que ascendió al poder ordenó que se guardara un mes de silencio, en muestra de duelo por la sensible pérdida del prócer de la Patria y en honor de su siempre vivo recuerdo.
Todo el pueblo estalló en carcajadas, que no fueron acalladas ni con los fusilamientos, encarcelamientos ni con otras oportunas medidas.
A la semana siguiente, y viendo que la cosa continuaba, la junta ordenó que todo el mundo debía reír a carcajadas, en señal de regocijo por que el patricio hubiese alcanzado, en el Cielo, la condición de santo y estuviese estratégicamente sentado a la diestra del Padre.
Años después, las carcajadas continuaban, y hubo de llegar otro gorila a la Primera Magistratura para que la vida transcurriera con la tristeza que garantiza el orden constitucional.

V.
Cuando el nuevo gorila tomó el poder se quedó atónito: no había nadie a quien gobernar. Todo el pueblo se había ido, llevándose con él las casas, los ríos, los árboles, los perros y los aplausos.
El único que decidió no irse, un vagabundo que a nadie tenía en esta vida, fue encarcelado y posteriormente pasado por las armas, acusado de abuchear unánimemente al nuevo gorila durante su discurso de toma de posesión.

2 comentarios:

Aldebarán dijo...

Los he leido varias veces. Me gustan, pero no dejan de remitirme al Coronel, de El otoño del patriarca del Gabriel García Márquez. Y no lo digo de mal modo, es que me parece que los gorilas están muy bien retratados.

Saludos

Rafael Menjivar Ochoa dijo...

No sé si para cuando los escribí ya habría aparecido El otoño del patriarca, o si lo había leído. Es un libro que me encanta, por cierto. La idea vino de mi libro favorito de Sergio Ramírez, el primero, De tropeles y tropelías, que se publicó en El Salvador en 1971 o 1972. Por aquí tengo aún la edición original, que me ha acompañado desde entonces. Curiosos los gustos de uno, ¿no?