23 de octubre de 2010

451

Hay un error importante en Farenheit 451 que uno pasa por alto porque el libro es buenísimo: la dictadura ha prohibido la Biblia, como lo demuestra que al final haya gente que está aprendiendo o ha aprendido de memoria algunos evangelios para preservarlos.
Si a alguien se le ocurriera un despropósito así, se armaría una guerra religiosa que no habría ejército capaz de ganar. Y si a la distopía de Bradbury se le ocurre moverse un poco hacia el cercano y medio oriente, mejor ni hablar.
Orwell, en 1984, va un poco más a fondo, pero es menos pretencioso: en ese mundo está prohibido pensar (por uno mismo, se entiende), pero sólo para la gente del Partido; los demás (“el prole”, como le llaman), mientras cumplan con su cuota de trabajo, pueden hacer lo que quieran y vivir su vida gris y sin perspectivas. El personaje, Winston Smith, es castigado ya no por tener libros, sino un simple cuaderno en el que escribe cosas. Cosas, nada más, aunque poco a poco se va poniendo más subversivo empujado por alguien que es agente del propio Partido. Bien perverso el asunto. (También está prohibido el sexo por diversión y sonreír y otros etcéteras.)
En la película Equilibrium, con Christian Bale (¡ese tipo la ha hecho de todo, y bien!), la sociedad que se plantea es más interesante incluso que la de Bradbury: ¡está prohibido sentir! Ya no sólo se prohíben los libros, sino también los adornos, las fotografías, los perfumes, cualquier cosa que pueda generar emociones. Claro que esto es reforzado por químicos que se reparten a la población, y un sistema de vigilancia bien al estilo fascista del que no escapan padres, vecinos ni esposas. Hay una resistencia, claro está, pero también una policía que sería infalible si uno de ellos no empezara a sentir, etcétera.
La destrucción de los libros, en todo caso --o su ausencia-- tienen un papel importante en estas tres distopías. Bradbury se atreve a poner muchos títulos y son libros básicos y más que básicos de la literatura universal. Lo terrible de Farenheit 451 es que los bomberos destruyen las cimas del intelecto humano, que hay todo un aparato dedicado a eso y que no hay nadie que pueda detenerlo, excepto una tímida y, a fin de cuentas, resignada resistencia.
La pregunta es: ¿qué tanta gente puede formar parte de esa resistencia. Más aún: ¿a cuánta le interesa? Y eso lleva a la pregunta central: ¿cuánta gente “lee”, si por leer entendemos a Shakespeare o Pound, a Baudelaire o Borges? ¿Cuántos armarían un verdadero lío si a “alguien” (a un gobierno, vaya) se le ocurriera empezar a quemar libros que para muchos son cosa sagrada, pero para otro no tienen más sentido que una especie extraña de lagartijas de Borneo? Quizá haya quien arme manifestaciones, que podrán ser clínicamente reprimidas y sus líderes resguardados en prisiones bonitas o feas, pero prisiones al fin.
Y habrá mucha gente a la que simplemente no le importe, que no quiera meterse en líos o que esté de acuerdo. Desde luego que se dejaría circular libremente ciertos libros religiosos y de autoayuda; eso también es “leer” y, si nos ponemos democráticos, nos llevan la ventaja por mucho trecho. Lo que no hay que tocar en la Biblia, algunos de sus derivados menos interesantes y los libros de autoayuda, una variable que no existía, como hoy, en la época en que Bradbury escribió su libro. (Tampoco previó, imagino que por cuestiones de trama, los libros malos, que siempre han sido legión.)
¿Qué nos queda? Esperar que los gobiernos permanezcan sensatos --no lo fueron durante una larga temporada-- y que las pocas librerías que hay traigan cosas buenas. Si no, siempre quedan los usados del centro. Pero no creo que pase nada grave, en el mundo macro, si simplemente dejan de venir libros buenos, los del centro desaparecen y todo queda en un pequeño grupo que se intercambia lo que tiene.
Sí, internet, ya sé, internet. Pero, con todo su poder, es tan frágil... Aún hay países que pueden reducir su acceso a niveles de llanto, y por ahora no hay modo de cambiarlo.
¿O sí?