2 de septiembre de 2008

Novedades

Juan Ignacio Calcagno, director de Ediciones El Andariego, de Argentina, me avisó hace unos días que me había enviado Piedras encantadas, del guatemalteco Rodrigo Rey Rosa, que acaba de publicar. Me llegó hoy por la tarde, y me puse a leerlo de inmediato. Me lo eché de una sentada, en cosa de una hora. Hacía días que no leía algo de Rodrigo --con todo y que la primera edición del libro, publicada por El Pensativo de Guatemala, es de 2001--, y como siempre me gustó su modo seguro y brusco de hacer las cosas.
Me llamó la atención la estructura del libro. Más que una novela, me pareció un cuento muy largo, y ya desde la mitad me estaba preguntando cómo iba a resolverlo: el relato se abre y se abre y siguen entrando personajes, que se mueven con mucha comodidad para las pocas páginas que van quedando. Es decir: de un tema pequeño --el atropellamiento accidental de un niño por parte de un tipo que huye, y que deja la camioneta con la que lo atropelló en casa de un amigo-- empieza a desenredar acciones, motivaciones y circunstancias secundarias que, en rigor, deberían llevarse mucho más espacio en resolverse. Y de pronto, zaz, el cierre, y todo lo demás cae en su lugar. Un buen cierre, hay que decirlo. Un tanto truculento, pero buen cierre.
Y no es que resuelva todos los hilos de la trama: es que simplemente ésta es demasiado grande para la comprensión del personaje principal --que de algún modo es el guía del lector--, y sólo alcanza a verse que un simple accidente puede tener vericuetos y giros y consecuencias insospechados.
Eso me gustó. En la serie de novelas negras que comencé hace... híjole... ya veinte años, pasan cosas parecidas. En términos generales, las cinco --¡sólo queda una inédita!-- tratan acerca de la imposibilidad de saber. Los personajes se ven metidos en situaciones de las que son apenas participantes secundarios, si no es que testigos no muy cercanos, y apenas se puede intuir un poco de la Gran Trama en la que están metidos. Y aun así es cosa de dudar.
Como siempre, la sordidez, los personajes amorales y egocéntricos, humanamente erráticos, a veces casi infantoles en sus reacciones, a veces excesivamente adultos, que es un poco de lo mismo. Si no me equivoco, también a Rodrigo lo ponen como parte de esa "estética del cinismo" en la que colocan a algunos escritores centroamericanos como Horacio Castellanos, Jacinta Escudos y a un servidor. No estoy de acuerdo con la clasificación, pero tiene sentido desde cierto punto de vista, ejem.
Y la edición es una hermosura, como otras que ha publicado El Andariego. Buenos materiales, buena tipografía, buen diseño. Excelente por Rodrigo y por Juan Ignacio.

* * *

Y de Canarias me llegaron, también hoy por la tarde, las últimas novedades de la Biblioteca Roque Dalton de Ediciones Baile del Sol.


Se trata, esta vez, de Los testimonios, con prólogo de Jorge Majfoud, y Poemas clandestinos, con prólogo de Luis Alvarenga. Los anteriores --como lo había reseñado en algún post-- son La ventana en el rostro, Un libro rojo para Lenin, Miguel Mármol (que no tengo en esa edición) y Taberna y otros lugares.
Majfoud y Alvarenga, en sus respectivos prólogos, se meten en el pantanoso terreno de explicar al "escritor comprometido", sus motivaciones, su idea estética y, sobre todo, su ética de la escritura. Creo que salen bien librados.
Majfoud cierra su prólogo así:
Creo que Los testimonios no sólo es una obra fundamental en el mundo poético yrevolucionario de Roque Dalton; además es una de sus obras más recomendables para aquellos que entran por primera vez en su mundo y pretenden acercarse al conocimiento --si no a la experiencia plena-- del mundo del intelectual comprometido, del rebelde marginal; del mundo donde ética y estética, para bien o para mal, alcanzaron uno de sus grados máximos de comunión. Pero la poesía, aun la poesía más popular, si es poesía, conserva siempre un grado mínimo de hermetismo. No todos los aprendices sobrevivirán. Esta, como cualquier gran poesía, no es una puerta universal: para unos será la vertiginosa entrada a una revelación; para otros, sólo será el ojo de la aguja del que hablaba el maestro.
Lindas ediciones también, cómo no. Hoy mismo voy a darles una (h)ojeada.