8 de enero de 2009

Relecturas

Pantaleón y las visitadoras es una de las dos novelas que nunca me gustaron del "primer ciclo" de Mario Vargas Llosa. (Primer ciclo: de La ciudad y los perros a La guerra del fin del mundo. Ya hablaremos de eso.) Me siento en minoría, porque es la que más le gusta a la gente que menciona al escritor ex peruano, ahora español, o las dos cosas, o vaya a saber.
Vargas Llosa es un dechado de recursos narrativos. En más de una ocasión he dicho que la novela es ingeniería pura (resistencia de materiales, equilibrio, estructura, etcétera), y me parece que Vargas Llosa es uno de los ingenieros más portentosos que ha dado la novela latinoamericana. Hay otros novelistas que tienen una buena dosis de arquitectos, y además de todo son unos diseñadores sensacionales, como Carpentier y García Márquez. Pero la solidez de Vargas Llosa es incuestionable, y por allí habría que ver un poco qué entendemos por solidez. (No sé si sea el tema de este post.)
Se supone que Pantaleón... debe ser una novela humorística, y para muchos lo será. Digamos que mi idea de diversión, dentro de su propia obra, va más por el lado de La tía Julia y el escribidor, más compleja y elaborada. Quizá el humor no sea el fuerte de Vargas Llosa, no al menos cuando lo hace voluntariamente. O no sé. Éstas son notas en un diario personal, y uno puede poner las barrabasadas que quiera, porque nadie las va a leer; además es un post larguísimo, y quién lee un post tan largo.
La parte interesante del libro es, como en lo de ese "primer ciclo" de Vargas Llosa, sus recursos técnicos. Por ejemplo, el primer capítulo es una obra maestra del armado: diálogos en diferentes lugares y tiempos, colocados como si ocurrieran secuencialmente, como en una narración lineal. El efecto es una sorpresa constante al ver una cadena de causas y efectos a veces lógica, a veces azarosa (bueno, el azar tiene sus lógicas propias, y su orden), y exige un lector atento, un lector "no pasivo". Lo divertido, para mí, no es el tema --la creación de un servicio de prostitutas para los soldados perdidos en la selva--, sino el modo de construir el libro.
Luego se pone un poco más obvio, y se mete en el "género epistolar", siempre efectivo, pero siempre traicionero. (Las obras maestras del "género" serían Drácula, de Bram Stoker, y Las relaciones peligrosas, de Choderlos de Laclos. Si no han leído el primero, corran a la librería y cómprenselo. Es de los mejores libros que habrán leído en su vida. Stoker no era un escritor de grandes ni muchos recursos, pero allí los usa sabiamente.) Se cuenta la historia a través de comunicaciones escitas entre el personaje, los jefes militares encargados del proyecto, los reportes de los jefes de las guarniciones visitadas, las cartas de la esposa de Pantaleón Pantoja (¡qué mal me cae ese nombre para el personaje!; quizá es parte mi aversión a la novela), y en algún momento regresa al recurso del primer capítulo. Poco a poco, para mi gusto, se va perdiendo la sorpresa, la historia --y no el cómo-- se vuelve lo principal, y francamente los enredos de Pantaleón me llegan a parecer rutinarios.
La primera vez que leí Pantaleón... fue por allí de 1979 o 1980. En las últimas semanas he peleado para avanzar en él, y tengo que dejarlo después de unas páginas. Quizá lo que más me guste del libro sea ese culto totalmente alucinado y alucinante en el que está metido la mamá del personaje central, pero tampoco es que me emocione demasiado. (La otra novela que no me gusta del "primer ciclo" de Vargas Llosa es La casa verde. Nunca pude terminar más de algunos capítulos, y lo intenté varias veces a lo largo de varios años. Nada más no me la creo. Vargas Llosa es un escritor que se mueve muy bien en ambientes urbanos, y en ciertas capas de los ambientes urbanos. Se sale a la selva, a la puna y a los pueblos perdidos y algo no termina de checar. Garcia Márquez es otro asunto; se mueve muy cómodamente fuera de las ciudades y en épocas remotas o indefinibles. Como ejemplo, además de casi todo lo que ha escrito, está La mala hora, una novela negra ubicada en plena selva. Y se supone que la novela negra es netamente urbana, y que fuera de la ciudad o de los personajes urbanos no podría funcionar.)
Con Vargas Llosa me pasa también que no puedo releer la mayor parte de sus libros. Empiezo la relectura y resulta que ya me los sé, y simplemente los dejo por la paz, con todo respeto. El respeto se debe a que en la primera lectura aprendí muchísimo; de verdad que es un inmenso almacén de recursos narrativos.
Digamos Conversación en La Catedral. En una primera lectura uno llega a alucinar con la cantidad y la calidad de técnicas narrativas que utiliza. Es imposible dejar de leer y, cuando uno cree que ya no tiene más recursos, cambia de capítulo y también cambia radicalmente el modo de narrar, el registro, el ángulo de visión, lo que sea. El "problema" quizá sea que la historia es siempre muy clara y precisa. Nada queda sin explicar, lo que podría ser una gran ventaja. Pero, en el caso de Conversación..., el modo de narrar es tan particular, tan poderoso, pero a la vez tan... uh... técnico, que en la segunda lectura puede resultar tedioso: uno ya se sabe la historia, que es relativamente simple, y ya antes se había peleado con el modo de narrar, lo había logrado y... pues ya. No hay sorpresa la segunda vez. (Conversación... lo leí por primera vez en 1978 o 1979. Lo intenté en 1999 y mejor se lo regalé a alguien que estaba precisamente en el rollo de buscar recursos técnicos. Y le funcionó.)
Hay un libro de Vargas Llosa que he leído por lo menos una docena de veces: Los cachorros. No deja de sorprenderme. Está narrado en primera persona del singular y plural, en segunda del singular, en tercera de singular y plural, todo a la vez, y da la impresión de que los hechos ya pasaron hace mucho, de que están pasando, de que están a punto de pasar, igualmente a la vez. (Eviten como la lepra la edición anotada de Cátedra. Se la pasa haciendo llamadas al pie para explicar cosas que en el texto vienen perfectamente explicadas.)
Lo que llamo "primer ciclo" de Vargas Llosa se cierra con La guerra del fin del mundo, quizá una de los grandes monumentos de la novela de cualquier época y en cualquier idioma. Y lo mismo: un portento de la ingeniería. Manejar un par de docenas de personajes centrales en un par de docenas de escenarios diferentes, mover a los personajes y llevar la cuenta kilómetro a kilómetro de su viaje a Canudos, que no se pierda un solo detalle, y ese final apoteósico, no puede venir de cualquiera.
Si algo puede reconocérsele a Vargas Llosa de ese "primer ciclo" es su rigor, su precisión y su búsqueda constante de recursos. Un gran maestro, pues.

* * *

Pero algo pasó después de La guerra del fin del mundo, por las épocas en que Vargas Llosa comenzó a involucrarse en política (le tocó perder las elecciones presidenciales contra Alberto Fujimori, en su punto más álgido), y allí empezó su "segundo ciclo", que ya se había prefigurado en ¿Quién mató a Palomino Molero?
Historia de Mayta me pareció una novela muy por debajo de la calidad del Vargas Llosa de --digamos-- La ciudad y los perros, la primera. Bastante descuidada, bastantes cabos sueltos. El Elogio de la madrastra, Los cuadernos de don Rigoberto, El hablador, Lituma en Los Andes, los compré religiosamente, religiosamente los leí y religiosamente sentí tristeza. De su teatro sólo toleré leer La señorita de Tacna y Kathy y el hipopótamo, que me parecieron malas, pero no estamos hablando de teatro, y quizá a mí lo de la dramaturgia no se me dé.
Me interesó leer La fiesta del chivo, porque trataba acerca de Rafael Leonidas Trujillo, uno de los personajes más cautivadores y grotescos que han dado nuestros trópicos, pero no me atreví a comprarlo. Me llegó en forma de regalo de cumpleaños unos meses después de su aparición, en 2000, y allí volví a ver mucho del viejo Vargas Llosa.
Lo más notable es un hecho nada banal: la historia de Trujillo uno más o menos la conoce, y sabe que al final se va a morir, y se acabò la historia. Pues no: a Trujillo lo matan alrededor de la mitad de la novela, y todavían quedan más de 200 páginas por desarrollar. ¿Qué rayos se puede poner después de la muerte del personaje que justifica la novela? Y Vargas Llosa se las arregla muy bien. Tiene la ventaja de que tras la muerte del dictador dominicano pasaron muchas cosas, como la invasión de Estados Unidos, la entronización de Balaguer (trujillista si los hubo), la persecución de los asesinos y qué sé yo. Pero resolverlo estructuralmente tampoco es para cualquiera.
No había vuelto a tomar el libro desde 2000, y ahora estoy precisamente en la parte en que lo van a matar. Creo que lo voy a terminar con gusto.
Una confesión: me gustó la idea de terminar una novela a la mitad del libro y después seguir con... ¿qué? Así que hace unos años escribí una novela negra, aún inédita, donde me puse a experimentar con eso. El "misterio" se resuelven poco después de la mitad del libro, y después viene el desarrollo de los temas que habían quedado pendientes en los primeros capítulos, y que dentro de la novela habían quedado pendientes desde veinte años atrás. Excepto la idea inicial (cerrar la historia a la mitad) no tiene que ver mucho con Vargas Llosa. Me gustaría saber de dónde sacó él a su vez la idea.
Una aclaración: con todas las barbaridades que quizá esté diciendo, Vargas Llosa me parece uno de los escritores capitales de América Latina. Quizá soy injusto. Lo que intento es ordenar un poco mis ideas.

* * *


Cuando fui a Costa Rica hace unas semanas compré El Aleph, de Borges, junto con un par más de él, a falta de la narrativa completa, que era lo que buscaba. (Igual no me hubiera alcanzado el dinero para comprarla, pero qué diablos.) Lo he leído muchas veces, completo, por pedazos, salteado, como sea, y cada vez encuentro cosas que me sorprenden, desde algunos adjetivos ("el hondo cuchillo de obsidiana") hasta frases completas que he repetido y leído decenas de veces, como el inicio de "El Aleph":
La candente mañana de febrero en que Beatriz Viterbo murió, después de una imperiosa agonía que no se rebajó un solo instante ni al sentimentalismo ni al miedo, noté que las carteleras de fierro de la Plaza Constitución habían renovado no sé qué aviso de cigarrillos rubios; el hecho me dolió, pues comprendí que el incesante y vasto universo ya se apartaba de ella y que ese cambio era el primero de una serie infinita.
También en "El Aleph" viene una de las enumeraciones mejor hechas de la historia, según yo, precisamente cuando Borges se pone a ver la luz que está bajo el escalón número diecinueve en el sótano del primo estúpido de Beatriz Viterbo, Carlos Argentino Daneri.
A ver, una enumeración es... bueno... una enumeración de elementos que dan un ambiente, describen una situación, un contexto o un lugar y... uh... ya. Suena fácil de hacer, pero no lo es. Si la enumeración no es más que eso --una enumeración de cosas que están allí--, el lector se aburre, el texto muere de obviedad y uno, para recuperarse, se pone a leer "El Aleph" por centésima vez, que me ocurre con frecuencia.
En poesía es un poco más evidente. Roque Dalton tiene una pequeña enumeración bastante buena en su poema "Alta hora de la noche":
Cuando sepas que he muerto, di sílabas extrañas.
Pronuncia flor, abeja, lágrima, pan, tormenta.
Cada uno de los elementos enumerados modifica o complementa a los demás. Entre "flor" y "abeja" hay una relación bastante clara y directa: la flor está allí, llega la abeja y le saca la miel a la flor. Pero con "lágrima" la frase toma un giro inesperado: el resultado o el contexto de lo que pase entre la flor y la abeja es una lágrima, se trata de una escena triste, o que desde cierto punto de vista puede resultar triste. "Pan"... Híjole. La imagen se vuelve aún más compleja: todo lo anterior es, después de todo, el pan de la vida, si queremos verlo de ese modo; o es tan necesario como el pan, o vaya a saber. Y con "tormenta" hay la explosión de algo que empezó como una frase casi bucólica. Borges es excelente para las enumeraciones, pero la de "El Aleph" es de dios mayor:
En la parte inferior del escalón, hacia la derecha, vi una pequeña esfera tornasolada, de casi intolerable fulgor. Al principio la creí giratoria; luego comprendí que ese movimiento era una ilusión producida por los vertiginosos espectáculos que encerraba. El diámetro del Aleph sería de dos o tres centímetros, pero el espacio cósmico estaba ahí, sin disminución de tamaño. Cada cosa (la luna del espejo, digamos) era infinitas cosas, porque yo claramente la veía desde todos los puntos del universo. Vi el populoso mar, vi el alba y la tarde, vi las muchedumbres de América, vi una plateada telaraña en el centro de una negra pirámide, vi un laberinto roto (era Londres), vi interminables ojos inmediatos escrutándose en mí como en un espejo, vi todos los espejos del planeta y ninguno me reflejó, vi en un traspatio de la calle Soler las mismas baldosas que hace treinta años vi en el zaguán de una casa en Frey Bentos, vi racimos, nieve, tabaco, vetas de metal, vapor de agua, vi convexos desiertos ecuatoriales y cada uno de sus granos de arena, vi en Inverness a una mujer que no olvidaré, vi la violenta cabellera, el altivo cuerpo, vi un cáncer de pecho, vi un círculo de tierra seca en una vereda, donde antes hubo un árbol, vi una quinta de Adrogué, un ejemplar de la primera versión inglesa de Plinio, la de Philemont Holland, vi a un tiempo cada letra de cada página (de chico yo solía maravillarme de que las letras de un volumen cerrado no se mezclaran y perdieran en el decurso de la noche), vi la noche y el día contemporáneo, vi un poniente en Querétaro que parecía reflejar el color de una rosa en Bengala, vi mi dormitorio sin nadie, vi en un gabinete de Alkmaar un globo terráqueo entre dos espejos que lo multiplicaban sin fin, vi caballos de crin arremolinada, en una playa del Mar Caspio en el alba, vi la delicada osadura de una mano, vi a los sobrevivientes de una batalla, enviando tarjetas postales, vi en un escaparate de Mirzapur una baraja española, vi las sombras oblicuas de unos helechos en el suelo de un invernáculo, vi tigres, émbolos, bisontes, marejadas y ejércitos, vi todas las hormigas que hay en la tierra, vi un astrolabio persa, vi en un cajón del escritorio (y la letra me hizo temblar) cartas obscenas, increíbles, precisas, que Beatriz había dirigido a Carlos Argentino, vi un adorado monumento en la Chacarita, vi la reliquia atroz de lo que deliciosamente había sido Beatriz Viterbo, vi la circulación de mi propia sangre, vi el engranaje del amor y la modificación de la muerte, vi el Aleph, desde todos los puntos, vi en el Aleph la tierra, vi mi cara y mis vísceras, vi tu cara, y sentí vértigo y lloré, porque mis ojos habían visto ese objeto secreto y conjetural, cuyo nombre usurpan los hombres, pero que ningún hombre ha mirado: el inconcebible universo.
"El inmortal" me sigue pareciendo uno de los mejores textos de Borges, y hay algunos que siguen sin gustarme, como "La escritura del dios". Ahora tengo que conseguir Ficciones, que no releo desde hace unos seis o siete años (lo regalé), y Otras inquisiciones, mi favorito. Ya me daré una vuelta por la librería.
Como estoy en el plan de decir herejías, aquí va otra: Borges me parece bastante malo como cuentista si uno se toma en serio el canon. Sus personajes suelen ser acartonados, sus tramas previsibles, sus estructuras bastante flojas, pero ¡qué bueno es! Quizá en su caso no se trate tanto de que uno se ponga a leer un cuento, sino que se pone a leerlo a él jugando con todas las cosas con las que juegue. Lo interesante de Borges es Borges mismo, su modo de reflexionar, su modo de decirnos que somos libres de pensar lo que se nos pegue la gana, y al segundo siguiente jugar con igual fervor y rigor con la idea contraria. Mi texto favorito de él es "Tres versiones de Judas", y mi libro favorito es Otras inquisiciones, quizá porque allí no usa el pretexto de escribir cuentos para decir lo que quiere decir.

* * *

Mi hermano carnal Hugo Martínez Téllez, a pesar de que es un lector voraz y un crítico de los que pocas veces se hacen, me dijo hace ya muchos años que él no escribe acerca de ciertas obras o autores porque le quedan grandes, y el ejemplo que usó fue Gabriel García Márquez. Y es cierto: en general García Márquez es un autor que le queda grande a uno, y sólo le queda leerlo con algo parecido a la veneración, con rasgos que siempre rayan en la envidia. (Quizá por eso tenga tantos imitadores, pobrecitos.)
Mi libro favorito de él es Crónica de una muerte anunciada. Es perfecto. No podría decir otra cosa. Perfecto. Y hasta se da el lujo de iniciar la novela con una doble cacofonía a la que cualquier otro no se hubiera atrevido, pero que en su caso sólo se nota si uno lo ha leído unas quince veces, como es mi caso:
El día en que lo iban a matar, Santiago Nasar se levantó a las 5:30 para esperar el buque en que llegaba el obispo.
Durante todo el libro, y desde la primera frase, uno sabe que a Santiago Nasar lo van a matar, punto, y pronto se entera de que serán los hermanos Vicario, y también el motivo. Y lo lee varias veces en cada capítulo. Al final, cuando los hermanos Vicario lo han destazado, Santiago Nasar sigue vivo y caminando y hablando, y uno dice "¡Lo mataron!", y siente un escalofrío, a pesar de que conoce todos los detalles de su asesinato y que, al final, aún no está muerto. Sensacional.
Mi padre decía que para él la novela perfecta de García Márquez es El coronel no tiene quien le escriba, y estructuralmente tenía razón: no hay un solo elemento que sobre o falte, y todo apunta hacia la palabra final, que le revienta a uno en la cara como un globo lleno de... uh... Lean la novela y vean el final. Me parece, sin embargo --perdón, Hugo--, que El coronel... es un arma de un solo tiro: cuando uno ya se sabe la historia y --precisamente-- el desenlace, releer con sorpresa es difícil, quizá innecesario. Pero de que es sensacional, es sensacional.
Mi otro libro "perfecto" es El extranjero, de Camus. Y es todo lo contrario que el de García Márquez: desestructurado, contradictorio, azaroso. La perfección tiene también sus modos y sus lados.
Leí la Crónica por primera vez en 1981, en estreno, en una horrible edición en rústica de Diana. Me costó 90 pesos, una fortuna en ese entonces. La he leído montón de veces, la he comprado un montón de veces y la he regalado otro montón de veces. Hace una semana me la regalaron Mario y Érika porque escribí por aquí que estaba necesitando leerla. Y sí lo estaba necesitando, y ya está, y guau. Gracias, Mario y Érika.

* * *

Y ésta es una de las joyas de la literatura de cualquier tiempo y en cualquier planeta. Su título en inglés es uno de los mejores que conozco, y me hubiera gustado que fuera mío: They shoot horses, don't they?, y lo han traducido como También matan a los caballos (mi favorito) y ¿Acaso no matan a los caballos?, que no es tan bonito pero es mucho más preciso para los efectos de la novela.
Es una novela negra, ambientada en los años treinta o cuarenta, en un concurso de baile, donde lo importante no es quién baila mejor, sino qué pareja resiste más. Y se pasan semanas en la pista de bailes, y el espectáculo consiste en ver caer desmayadas a las parejas, hacer absurdas carreras de resistencia entre descanso y descanso, etcétera. Con mano maestra, Horace McCoy va contando casi día a día cómo se mueve el microuniverso de fracasados, criminales, desempleados, aspirantes a starlettes, las decenas de parejas que se humillan para obtener un premio que seguro no valdrá la pena. El final está narrado desde la primera página, y uno intuye desde allí por qué el libro se titula como se titula.
Va el inicio, en traducción de Josep Rovira Sánchez:
Me puse en pie. Por un instante vi nuevamente a Gloria sentada en aquel banco del muelle. El proyectil le había penetrado por un lado de la cabeza; ni siquiera manaba sangre de la herida. El fogonazo de la pistola iluminaba todavía su rostro. Todo fue de lo más sencillo. Estaba relajada, completamente tranquila. El impacto del proyectil hizo que su cara se ladeara hacia el otro lado; no la veía bien de perfil pero podía apreciar lo suficiente para saber que sonreía. El fiscal se equivocó cuando dijo al jurado que había muerto sufriendo, desvalida, sin amigos, sola salvo por la compañía de su brutal asesino, en medio de la noche oscura a orillas del Pacífico. Estaba muy equivocado. No sufrió. Estaba completamente relajada y tranquila y sonreía. Era la primera vez que la veía sonreír. ¿Cómo podía decir pues el fiscal que sufrió? Y no es verdad que careciera de amigos.
Yo era su mejor amigo. Era su único amigo. Por tanto, ¿qué era eso de que no tenía amigos?

* * *

Y hay más, pero de estos se me ocurrió hablar para abrir el año.

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Pues muchísimas gracias por haber abierto el año de esta forma tan interesante. Un abrazo. Thierry

Arbolario dijo...

Coincido con vos en La casa verde. No es un libro al que le tenga mucho afecto. Mi título favorito de esa época de Vargas Llosa es La ciudad y los perros. Lo leí en mi adolescencia y se me quedó pegado al esqueleto.

También me gusta mucho Crónica de una muerte anunciada. Creo que es el mejor libro de García Márquez. Aprendí mucho leyendo sus cuentos, en especial los de la Cándida Eréndira.

Gabriel Otero dijo...

Interesantísimo post, hoy habló de muchos libros fundamentales de la literatura latinoamericana. Coincidimos en que Pantaleón y las visitadoras es uno de los libros más flojos de Mario Vargas Llosa aunque sea popular. Me extrañó un poco que siendo usted narrador no hablara de La Casa Verde (digo no es obligación)por sus recursos técnico-narrativos. En mi opinión la dramaturgia no se le da al peruano-español (La Señorita de Tacna, Katie y el Hipopótamo ni La Chunga, creo que hay otro par más)ni a mi como lector. ¿Qué piensa de Lituma en los Andes, Las Travesuras de la niña mala, Quién mató a Palomino Molero? o ¿Del Pez en el agua o Contra viento y marea?, luego le seguimos.
Saludos

madreselvas dijo...

¡Wow| Amé tu post.

Rafa Sanchez dijo...

Me parece maravilloso el post ... Muchas cosas interesantes...

Yo tengo que coincidir que Cronica de una muerte anunciada es excelente....

Dentro de lo que comentas, aunque siendo de un género diferente, creo que se parace en algo a El Túnel de Sábato: Ambos autores nos revelan ,en la primera linea de su narracion, el "desenlace" de la historia.

Ambas obras, Cronica... y El Tunel, me parece han sido labradas con gran maestria.