21 de marzo de 2009

Notas varias - 1989, 1994 y 1995

Un poco más del/los diario/s que he tratado de llevar, en vano, a lo largo de años. De estas notas me llama la atención la primera; en esta blogosfera, veinte años después, desde cuando internet era un bebé, ya intuía la vocación de policía --o delator, que no es mucho más abyecta-- de algunos imbéciles con pseudónimo y con una causa que creen propia. Policías del pensamiento, como los temía Orwell, y como pulularon tras más de alguna cortina de hierro, física o del alma. Son los peores: los que temen el pensamiento ajeno, sea el que sea. El pensamiento a secas. Y vieran cuántos seguidores consiguen, y sin siquiera mancharse las manos ni arriesgar nada, pobrecitos.

7/III/89
De los militantes de izquierda detesto esa patética propensión a convertirse en policías.
Tienen una excesiva noción del dentro y del fuera. Los de fuera (y hablo de los no enemigos) son despreciados a la vez que temidos; los enemigos son castigables a fuego. Pero sólo los de dentro son punibles con dolor, con humillación, con placer. La pureza talvez incite al sadismo; vaya cosa.
El mundo es mesurable con la vara del dentro; y el dentro es tan pequeño en relación con el mundo... No hay poder sobre el mundo y es necesario ejercer el poder, si no la militancia no tendría sentido. Orwell es claro: el poder es la capacidad absoluta de producir dolor.
NOTA AL MARGEN: Una abyección voluntaria.
Al enemigo se le odia; es sencillo. Al militante de base se le somete; es funcional... y grato. De los demás se necesita, y me imagino que eso llega a producir algo intermedio entre el desprecio, el miedo y la envidia. Pero hay que disimular o, en todo caso, convivir. La prepotencia del que tiene la verdad (pero aun así no termina de comprenderla) vuela entre la necesidad de convencer para convencerse y proteger al clan del posible infiltrado (cualquiera que no sea comprensible es un infiltrado en potencia).
La verdad sólo puede ser sencilla, una frase: patria libre o morir, alianza obrero-campesina con hegemonía proletaria, la religión es el opio de los pueblos. Los demonios, de Dostoyevski: el militante no necesita de preparación teórica, de duda, de contradicción; todo es más sencillo (y efectivo) si se reduce a un slogan fácilmente recordable. "Causa común" quiere decir cualquier cosa, pero sirve para aglutinar.
Sin los de fuera, sin los enemigos incluso, su vida no tendría razón.
Otra idea pedante: se necesita de mil y un militantes para "crear" un solo individuo y, no obstante ser poderoso, sin voluntad propia. Un golem, en suma. Triste destino del pueblo, carajo: ser el fin de la lucha y creerlo, y a cambio anularse en una masa amorfa.

Artículo de Gide acerca de la correspondencia de Dostoyevski: un hombre lleno de vergüenza, un hombre demasiado patético para ser tolerado frente a frente. Dostoyevski sólo puede ser un admirable personaje de Dostoyevski.
Me gustaría ver la (frágil) línea divisoria que hay entre el genio y el pobre diablo.

* * * 

Algún momento de 1994
Orwell: Existe una puerta en el Edificio. Detrás de ella está lo peor. ¿Qué es lo peor?, pregunta Winston Smith. Cualquier cosa, responde su torturador. Cada uno tiene su propia idea de lo peor. La de Winston Smith son las ratas.
Pienso: Un espejo en la oscuridad. La imagen de un espejo en la oscuridad. La imagen distorsionada de un espejo en la oscuridad. El que se para enfrente no lo advierte, pero el mundo que el espejo refleja es aberrante.
Cuando era niño tenía una pesadilla cada cierto tiempo: Yo era gente grande y manejaba el coche de mi tío, un Mustang 1966. Iba vestido con traje negro y usaba lentes oscuros. De pronto veía por el retrovisor y la imagen era la mía, la misma cara y los mismos lentes, pero el traje del reflejo era blanco. Despertaba, aliviado. Un segundo más dentro del sueño y quizá no hubiera despertado a causa del terror, me hubiera quedado encerrado en el terror, o hubiera despertado convertido en otra gente, en otra cama, en un mundo aún más difícil de entender.

* * * 

Mayo 14, 1995
En marzo, en el parque donde estaba la Secretaría de Comercio. Un boxeador antes de una pelea se baña en la fuente con dos mujeres, una de unos 20 años, otra de unos 40, la mayor con el pelo pintado. Ellas traen traje de baño de una sola pieza. Las dos tienen unos pechos inmensos. El boxeador tiene unos 22-23 años. Juegan a echarse agua, a toquetearse. En una banca del parque están los guantes.
Se van y aparece una muchacha grande y torpe de unos 14 años ofreciéndome un bebé en adopción. En realidad quiere venderme, por cinco pesos, un muñequito de hule metido en un frasquito. Le doy un billete de diez pesos, no tiene cambio, le compro dos. La muchacha tiene tierra en las uñas.

Dos soldados viendo con interés unas botas en un tiradero de mercancía, en una tienda por el metro Normal.

Vivo en una casa grande en la que alquilan cuartos: $150 a la semana los pequeños, que son realmente claustrofóbicos; $200 los grandes, de unos 3.5m por 5. Baño compartido, cocina compartida, lavaderos y tendederos compartidos. Cama, dos sillas, un ropero, una almohada, un par de mesas. Es caro, pero uno tiene la posibilidad de ver toda la semana cómo rayos hacerle para conseguir lo de la renta de la otra semana. Hay que darle al encargado una lista con los nombres de las personas que pueden visitarlo a uno.
El encargado es un mormón que fuma Delicados.
Siempre hay, en algún lugar de la casa, una radio a volumen excesivo; ayer tocó que fuera en el cuarto de al lado. Cumbias, por supuesto, y malas. Es inútil cerrar la puerta; se oye todo. A veces pongo a Zappa a volumen moderado, pero no se logra tapar del todo la música en los otros cuartos. Hay que esperar a que sean las once de la noche para oír música.
También hay pláticas. Hace unos cuatro o cinco días hubo una plática entre el encargado y dos de las inquilinas, una de voz joven y otra de unos 45 años (la edad de las voces engaña). El tema: el encargado decía que las mujeres lloran bastante, y que muchas lo hacen para sacarle dinero a los hombres. La voz joven decía que su mamá lloraba mucho, pero no era de ésas. La voz mayor sólo hacía comentarios y, supongo, mencionaba casos en los que sí es cierto y otros en los que no; en realidad hablaba alto, pero no le entendí mucho.
Anteayer empezó a vivir en el cuarto frente al mío una mujer de unos 32-35 años, pero aparenta algunos más. Tiene tres hijos pequeños. El encargado trató de convencerme de que el cuarto en el que está ella era más bonito que el mío; en realidad es mucho más angosto y oscuro. Su hijo, de unos 8-9 años, estuvo jugando Doom en mi computadora.

Es curioso: mi padre quiso dedicarse a escribir y ahora ése es mi oficio. Yo quise dedicarme a la música y ahora Eduardo está aprendiendo guitarra, y a pasos acelerados. Anoche hubo una jazziza en casa de Toño Malpica. Eduardo se puso a tocar bajo eléctrico por primera vez en su vida, acompañándonos a Toño y a mí en un blues. Se puso nervioso y se equivocó, desde luego, pero no lo hizo mal. Toño y yo nos divertimos viéndolo sudar cuando nos poníamos a sincopar.
Después, algo de jazz, blues y rock and roll. Me subió el ánimo, que últimamente llega a andar bajo cero.

Mayo 19, 1995.
Anoche soñé que la Luna, de repente, empezaba a acercarse a la Tierra hasta verse de tamaño inmenso. Yo estaba en la calle platicando con un amigo (creo que Mauricio Schwarz o Héctor Zamarrón, o una mezcla de ambos), y la veíamos. Mi amigo se ponía nervioso y decía que iba a chocar contra nosotros y nos iba a matar; yo me reía y le decía que no se preocupara, que según Newton la Luna se iba a hacer pedazos antes de estrellarse contra la Tierra.
De repente, la Luna se cuarteaba en muchos pedazos, como si fuera una hostia, y de ella salía mucha luz. "¿Ves?", le decía a mi amigo, y él se reía, aliviado. Después los trozos empezaban a alejarse y, de pronto, la Luna estaba en el lugar de siempre, del tamaño de siempre, del color de siempre.
Antes de dormir estuve leyendo El espacio y el tiempo en el universo contemporáneo, de P. C. W. Davis, un libro que compré hace unos diez años y que no había hojeado. También Crónica del desconcierto, de Mauricio, acerca de los primeros 101 días de gobierno de Ernesto Zedillo. Extraña mezcla de temas en el sueño. Y más extraño que lo recuerde; hacía mucho que no recordaba un sueño.

1 comentario:

Fernando Bonatto dijo...

Le he dejado un comentario en un post muy viejo que citaba a un escritor de mi pais, Roberto Arlt.
He leido con atencion este.
Desconozco la situacion politica salvadoreña,solo se que han sufrido mucho y que lo que antaño era blanco o negro ,ahora trocaron en un gris difuso.
Pero amigo que quiere que le diga
,no me une a cierta el amor, sino el espanto visceral a la derecha que repugna.
Otra,no creo que Fidel ande tan chocho como parece Ud inferir.
saludos cordiales