10 de junio de 2009

Hipercrítico

En los últimos días he andado en plan hipercrítico, y he estado a punto de desbaratar proyectos literarios que están bien, pero que la hipercriticidad ve espantosos. Creo que es el extremo contrario de la aridez literaria: la creatividad extrema basada en lo intelectual. Porque quiero trabajar en los textos que ya tengo en marcha, pero todo lo que veo me parece baladí, y lo que está escrito me parece al borde de lo fallido. (Ahora mismo estoy dudando de lo que escribo y le encuentro vueltas por todas partes: siento que toda idea está incompleta, que hay demasiados peros en cualquier enunciado, que no hay modo de hacer una frase sin que se desbarate de pura incoherencia.)
Se trata, creo, de que la famosa "suspensión de la incredulidad" no sólo funciona para el lector de un texto, que aceptará todo lo que se le diga con tal de que se le diga bien. También cuando uno escribe debe suspender un mucho la incredulidad y suponer (estar seguro) de que lo que dice no es una mera ficción, sino que es cierto, que puede ser demostrado, y que la demostración de un texto está en el texto mismo. (Si no, nadie escribiría fantasía, terror e incluso ciencia ficción. Allí es donde se hallan algunos de los extremos de la suspensión susodicha.)
Cuidado: hay un asunto importante: aunque uno escriba ficción --es decir cosas que realmente no han pasado, pero que son probables bajo ciertas condiciones--, todo lo que se escribe es verdad, o así debe vérsele desde el lado del escritor. Lo que uno enuncia es verdadero dentro del extraño mundo del texto, que son palabras y sin embargo se traducen en hechos, voces, lugares, lo que sea. Si uno deja de creer en eso, no hay modo de escribir ficción de verdad; a lo sumo habrá una emulación de ficción, pues se requiere de la sangre del escritor, no sólo su técnica y su suspensión de la incredulidad, para crear algo interesante, y sostenerlo. No es sólo de tener un tema, una historia y unos personajes y ponerlos en papel, sino de vivirlos, creerlos, ser ellos, sin que eso indique que uno deje de lado su distanciamiento crítico y su sentido de las proporciones, comovaser.
No es la primera vez que me da una crisis de éstas, pero sí es la más fuerte. En una de ellas deseché varios libros de un plumazo, ahora veo que con razón. En otra deseché Terceras personas, ahora veo que sin razón; de los que he escrito, es mi libro preferido, quizá por lo extraño de su estructura y lo complejo de las relaciones y lo fragmentario y todo lo demás. En otras he desechado borradores que, sin embargo, como simples borradores que eran, estaban muy bien, y así lo vi meses o años después. La ventaja ha sido que de cada crisis de ésas salen algunos textos buenos, de los que necesitan de ese estado de ánimo para funcionar. (Un ejemplo es "Espejos". Lo interesante es que, después de escrito, y pasado el periodo hipercrítico, me pareció que no era publicable, precisamente por sacado de onda. Terminó en una revista mexicana, Castálida, y de allí brincó a Los mejores cuentos mexicanos 2004, de Joaquín Mortiz. Cosas veredes.) La desventaja es estar viviéndolo. Hasta ahora nno me he atrevido a revisar varios borradores de trabajos en marcha; lo intenté con uno y estuve a punto de mandarlo a la picota. Hay otro que no he revisado en el último año y pico, y veo problemas fundamentales que no encuentro cómo resolver sin que resulte mal; quizá termine desechándolo. Este hipercriticismo también puede tener un efecto limpiador sano.
Necesito en todo caso estar menos en alerta y entrar más en el juego, o voy a terminar de escritor naturalista o realista socialista o alguna cosa de ésas; al igual que cuando a uno le entra la aridez, parece que esa hiperestesia intelectual va a durar para siempre, y no es así, pero el sentimiento es imposible de quitarse. Ya se quitará solo, espero. Mientras, a ver qué escribo. Tengo unas páginas de hace unos días y me parecen coherentes y sensatas; pertenecen a un trabajo que llevo un par de años haciendo de a poco, después de una carrera inicial de cien páginas. Veremos si funciona.
(Se siente como un desdoblamiento de la personalidad, y como si la parte desdoblada hubiese adquirido el control sobre uno y uno no pudiera hacer nada para evitarlo. No es patológico, sólo incómodo. No me he atrevido tampoco a releer alguno de mis libros; quizá deje de gustarme, así sea provisionalmente. Lecturas recomendadas para este periodo: Borges. Estoy leyendo sus artículos de los años treinta y algunas conferencias, nada de ficción, o seguro se me desarma en las manos. O quizá deba cambiar de autor; desde hace varias semanas que no leo más que a Borges, con algunos toques de Foucault y un par de intentos fallidos con Hammett.)