19 de abril de 2010

Hablar (paja) y escribir (bien)

A veces se confunde la capacidad --limitada o no-- de hablar acerca de algo con la capacidad de hacer ese algo. O peor: la capacidad --limitada o sí-- de hacer ese algo con la autoridad necesaria para erigirse en autoridad.
Ése es el problema de muchos críticos de andar por casa: manejan nombres, frases, fechas, tendencias, toda la parafernalia, pero son incapaces de escribir algo original y, en ocasiones, coherente o acertado; sus ideas no tienen que ver con el hecho artístico, sino con sus propias necesidades de obtener status como gente de arte o cercana a él, y no podrán ver la grandeza o pequeñez de una obra por
a) sus obvias limitaciones y
b) su objetivo no es el arte, sino acicalar su ego.
O poetas de mediano pelo que, por el hecho de serlo y de haber leído algunos libros, además de haber acumulado edad --y no necesariamente experiencia--, creen que pueden repartir criterios o certificados de calidad, de salud y de la validez o no de las opiniones de personas que se han dedicado un poco más que ellos a eso de escribir.
El caso peor que me he encontrado --un híbrido-- es el de un investigador literario que autopublicó en el extranjero --y no ha difundido en el país, que yo sepa-- un libro de poemas que por aquí tengo, listo para algún post, para algún día que tenga ganas de ponerme mala gente. En su vida diaria lanza criterios como si hubiera escrito Altazor, y la verdad no le pega ni a la métrica de algunos de sus haikús.
No sé dónde leí que no hay que confiar en... uh... críticos que no se dan cuenta de la mediocridad de su propia obra; jamás reconocerán las bondades de la ajena, ni es el caso pedirles tanto. Pero por allí va la cosa en cierta parte del panorama municipal (podríamos incluir a alguno que viviera en el extranjero; el municipio es tan portátil como el cabello o la falta de éste).
Lo que me gustaría sería que hubiera discusiones abiertas acerca de --digamos-- poesía, pero con una condición: antes de exponer puntos de vista, cada participante leerá algo de su obra. El que sea francamente malo, aunque sepa todo lo que haya que saber acerca de poesía, se quedará callado y será respetado como ser humano, que es lo menos que indica la cortesía. Los demás hablarán según lo que realmente sepan de poesía, como lo indique la calidad de sus textos, y lo que ha funcionado para ellos en el nivel en el que se encuentren; los demás escucharán con atención, con educación o les dirán que se callen cuando se les esté pasando la mano. También se valdrían las burlas y aventarles papelitos, mojados o no.
Pound era un poco más radical: proponía castigar a los malos poetas con penas que iban desde una llamada de atención hasta el fusilamiento. Una vez lo propuse en público y alguien me acusó de fascista, ya furioso, mientras buena parte del auditorio se reía, como debía ser. Entiendo que el problema del acusador no tenía relación con el castigo --él se considera un buen poeta--, sino con quién determinaría la calidad de un poeta digno de publicación o de un par de años de cárcel.
Y allí es donde la democracia no funciona: si se tratara de rating, Jícaras tristes sería un excelente poemario, y Sólo la voz, de Hugo Lindo, digno de al menos una ejecución en efigie. Y caemos en el círculo vicioso: no faltará el experto que valide a uno y desacredite a otro sin más criterios que los enunciados en los primeros párrafos de este post, y ya nos amolamos.
Lo que sería interesante, además de las discusiones, sería armar torneos poéticos, con la poesía como arma y sin demasiado rollo teórico o "teórico" acerca de por qué se escribe de un modo o se debería escribir del otro. Poesía a secas. Máscara contra cabellera, sin límite de tiempo o de edades. Uno contra uno o relevos australianos, da igual. Rudos contra técnicos.
Ojo: no desprecio cualquier teorización o análisis literarios y, al contrario, los creo necesarios. Pero también creo que se trata de herramientas para construir algo superior, o sea literatura, y que los rollos que se confunden con la literatura no dejan de ser los nudos que van debajo del tapete o detrás del tapiz. No son la cosa en sí: son sólo la parte que sólo se ve después de que la verdadera cosa en sí ha sido construida. Lo demás es hablar paja.
Para terminar, me propongo como réferi de algún torneo; después de todo se trata de cosas de poetas, y yo no soy más que un humilde narrador.

5 comentarios:

Roberto dijo...

Interesante teoría. Creo que si cambiáramos poesía y poetas por periodismo y periodistas también aplicaría. Abrazo.

Anónimo dijo...

Ya esta peleando, señal que esta "alentado"... que bueno tenerlo de regreso.

Carlos Abrego dijo...

Rafa: No creo que los únicos habilitados a hablar de poesía sean los buenos poetas. Creo que todos podemos decir lo que nos ha gustado, lo que no nos ha gustado.

No creo que la poesía se escriba sólo para buenos poetas y que estos sean los únicos buenos lectores existentes en el universo. Hay muy buenos lectores que nunca sentirán la necesidad de escribir ni un poema, ni un cuento.

Si te he entendido bien, pues esta es mi opinión. Si te interpreté mal, bueno, también es esta mi opinión.

Rafael Menjivar Ochoa dijo...

Carlos: Estamos casi de acuerdo, creo. Hablar de poesía, cualquiera que la lea; repartir certificados, nadie, ni siquiera los buenos poetas. Mi problema es con los que muestran no sé qué credenciales (alguna hay que tener) para dictaminar quién sí, quién no y hasta por qué, y lo publican. Es bien diferente a una buena reseña o a una crítica decente. La crítica implica "entrar en crisis", pero desde el punto de vista literario, no hormonal.
Igual culpa tendrá quien publique los desaciertos de esos desacertados, pero eso es otro tema.
Y está otra cosa bien importante: cuando se clava en rollos extraliterarios, mucha gente se olvida de lo fundamental, que es la poesía. Por aquí hay mara aún tan embebida en Roque Dalton que no ve lo que hay desde hace 35 años, y a veces no sólo lo niega, sino también lo ataca. "Eso ya lo hizo Roque" es un modo de decirlo; hay otros más y menos vulgares.
Es gente que piensa en su propio rollo (su "equito", dirías tú) y no alcanza a ver la grandeza en el ojo ajeno. Ha perdido la capacidad de sorprenderse, si alguna vez la tuvo, y quiere afirmarse jodiendo a los demás de diferentes modos, desde el pasivo agresivo hasta el ataque directo.
El tipo más generalizado es el que mide la obra de los demás según su propia obra, pero no hay fair play: lo que no se parezca a lo suyo o no pase por allí es simplemente deleznable. Ven algo nuevo y superior y se espantan, y empiezan en el rollo de desacreditarlo o pulverizarlo, avalados por un espacio en algún periódico o en una supuesta mayor experiencia o autoridad moral.
Los hay que no lo hacen y, al contrario, buscan cosas nuevas y buenas. No es que sean la excepción; es que son los menos ruidosos.
Tengo ocho años trabajando en eso de la formación de gente; más o menos sé lo que digo.
Y, sí, hay buenos lectores que jamás escribirán un verso, pero, precisamente porque son buenos lectores, tampoco hablarán tonterías en público.
Un abrazo.

Mauricio Orellana Suárez dijo...

Bien dicho, Rafael. Creo que la culpa, por llamarlo de alguna manera, la tiene la arbitrariedad con que usamos las palabras, que al final son aproximaciones de lo que se quiere decir, pues si olvidamos que éstas son el anclaje de algo más y no el algo más en sí, nos perdemos y vamos a la deriva en el mar que habitan ellas. Culpa tanto del que hace como del que habla de lo que se hace. Una viaje interesante de todas maneras, lleno de peligros y de cantos de sirenas: marinero (ego) que no se ata al poste... Un abrazo.