19 de octubre de 2010

Barrio, tamales y paletas de sombrillita

Durante cinco años vivimos en una casa metida en medio de una quinta. Además de los vecinos y sus trabajadores, que eran bastante discretos, hacía falta caminar al menos una cuadra para toparse con alguien. Había grillos, perros lejanos, algunos viernes y sábados por la madrugada los ecos de la orquesta del restaurante Casa de Piedra y también los ecos del Tabernáculo Bíblico Bautista de la localidad (nunca falta uno). Vivíamos físicamente alejados de la gente (por eso Dios creó internet, o viceversa), y no es que fuera mejor o peor que otra cosa: simplemente era así. Entre semana había visitas, en especial en mis días de descanso, y los sábados por la tarde el taller de video, por la logística o porque había equipo para la producción o por algo.
De pronto, hace dos meses, tuvimos que cambiarnos de casa, y escogimos un pasaje en el barrio de San Jacinto, en la colonia América. Es una casa con patio, corredor, habitaciones en hilera y cosas rarísimas de las que no voy a hablar aquí. (Siempre hemos vivido en casas con excentricidades.)
Los primeros días fueron terribles. De pronto pasaba gente caminando frente a alguna ventana. O peor: platicando. A metro y medio o dos metros o unos centímetros de distancia de donde estuviéramos en ese momento. No sé Krisma --creo que fue quien lo soportó mejor--, pero Valeria y yo nos sentíamos en una película de terror. Cuando algún automóvil se estacionaba frente a la casa, sentíamos que lo había hecho dentro de la sala. Ni hablar de cuando llegaba --y aún llega-- un camión inmenso al depósito o taller o lo que sea que hay enfrente. (Sí, sí, a mí también me dan ganas de gritarme “¡Burgués, burgués!)
Creo que lo que nos salvó del colapso fue cuando logramos identificar algunos gritos que al principio no tenían sentido. Eran vendedores ambulantes, y eran legión. Vendían --y venden-- cosas que uno no se imaginaría que se vendan en la calle.
Por ejemplo, estaba --y está-- el señor que por las mañanas pasa vendiendo lejía con olor a frutas y detergente Rinso. Al día siguiente --me voy al tiempo presente-- vende no sé qué cosas de comer. Al siguiente vuelve con la lejía. Después viene la señora que vende cortinas para baño, y no sé si ella misma es la que ofrece blusas a dos por un dólar. Es diferente, obviamente, del señor que vende ropa al crédito.
A diferentes horas del día pasan al menos dos carritos de paletas, uno de sorbetes y, claro, por la tarde el de las minutas, sin hablar del que pasa cada dos o tres días con paletas de sombrillita y capuchinos. (No sé qué sean los capuchinos; hemos consumido buenas dosis de paletas de sombrillita y minutas, pero no de capuchinos. Se agradecerá información.)
Por las tardes y las noches, las señoras que venden tamales de gallina, tamales pisques, tamales de chipilín y, a veces, tamales dulces; también empanadas de leche y frijoles, y pastelitos de carne. Varias veces ha pasado una señora que vende panes de gallina.
Y así.
Durante las primeras semanas consumimos todo el menú, y hasta con repeticiones. Pero la sazón no cambia, y ya algunos tipos de tamal nos han aburrido; creo que también un poco las empanadas. Con la dieta imposible de calorías que me han dejado --sin hablar de las proteínas--, los tamales son una buena opción, pero enough is enough y Krisma cocina más rico y variado. De vez en cuando compramos y compraremos lo que nos vendan a la puerta, con especial agrado las minutas y paletas de sombrillita.
Creo que así Vale y yo --al menos yo-- nos acostumbramos a tener a la gente tan cerca de nosotros. Y, bueno, es parte de la vida y del encanto de un barrio.
Eso sí, con cinco minutos de plática con cualquiera de los vendedores se va una parte del encanto del barrio idílico. Por ejemplo, una de las señoras que vende tamales empieza a hacerlos a no sé qué hora infame, los termina, los empaca y sale a venderlos. Viene desde la Terminal de Oriente, y más o menos por aquí va acabando con la venta. También el de las minutas termina por aquí casi siempre. Viene con su carrito desde adelante de Rosario de Mora.
Minutas con complejo de culpa. No logra neutralizar las endorfinas (les echa leche condensada y miel de tamarindo, y quién se resiste a eso), pero sí les da otro sabor.

7 comentarios:

Denise Phé-Funchal dijo...

Guau! ropa al crédito... desde que vivo lejos del centro (15 tristes y no tan tristes años) no había escuchado de eso ... los capuchinos, al menos por acá, son helados de bola, del sabor que querrás o que tengan, bañados con chocolate líquido (que luego se solidifica) y maní. Abrazos

Roberto dijo...

Celebro que revivieras el blog, y más aún que lo hagás con un post de esos que lee con sonrisa en los labios, que uno degusta -al menos a mí me acaba de pasar- como si fuera paleta.
Una curiosidad de Trivial. En esa tu colonia, la América, se crió Salvador Moncada, es colonia de ilustres. Lo malo, enlazándolo con el infierno, es que las tasas municipales vienen disparadas. Cuidate.

Rafael Menjivar Ochoa dijo...

Denise: Un día me atreveré a pedir un capuchino, cuando no traigan paletas de ron con pasas (mis favoritas, aunque no les veo el ron por ningún lado y tienen una pasa, sólo una, en la parte de arriba). Lo de la ropa a plazos no los veía desde mis tiempos del barrio San Cayetano, en Costa Rica, a principios de los setenta. A los vendedores se les llamaba "polacos" y, sí, eran gente de edad que hablaba con acento muy extranjero. (En mi experiencia con los barrios, en México, viví en la Colonia Centro, en los alrededores de Tepito. Otro rollo.)

Roberto: Siempre trato de revivir el blog; espero que esta vez sí funcione.
En la colonia América vivió durante muchos años la familia Salazar Arrué. Entiendo que la casa ya no existe. Y, sí, nos acaban de subir los impuestos municipales, como puso Krisma en su blog. Los servicios son más caros en Los Planes, según nuestras cuentas, y además no es que nos hayan aumentado la tasa: nomás la ajustaron. Ajá.

la sombra de los cactus dijo...

¡Hola querido Rafa! Para muestra un botón de los deliciosos capuchinos:
http://www.riosoto.com/productosdetail.php?id=0000000055
"Sabroso sorbete de vainilla y cafe colocado en un cono azucarado con chocolate con una delicada cobertura de chocolate y maní."
Los que venden en el parque
San Martín de Santa Tecla están riquísimos también pero mucho más baratos. Pero son higiénicos los de Riosoto -creo- y los otrs casi que no. Un abrazo y qué emocionante sus días rodeados de vida comercial-culinaria. Pero a veces nos despiertan esos cantares ¿cierto? Hasta luego Rafa.

Herberth Cea dijo...

Yo me había acostumbrado a los vendedores tanto cuando vivía en San Jacinto que casi no los escuchaba.
El grito más peculiar era el de una señora que compraba papel y botella hace años, y la señora de los tamales (y veces empanadas) que pasa los días sábados lo ha hecho por cerca de 25 años, desde que recuerdo vende tamales. Incluso hay sábados que pasaban dos señoras vendiendo tamales en una misma noche.
También le comprábamos al de la lejía. Saludos.

Thierry dijo...

Comparto el entusiasmo de todos por volver a leerte, Rafa. Genial tu visión de la ciudad. No me extraña lo que explica la sombra de los cactus, suele llamarse capuchino a todo lo que lleva los dos colores del hábito de los franciscanos capuchinos: vainilla y café. Somos muchos los que anhelamos volver a leerte de manera más seguida, un abrazo fuerte.

Aldebarán dijo...

Interesante la vida de los barrios, con todos sus personajes.

Me parece admirable que el señor de las minutas llegue desde Rosario de Mora. Eso, moviendo un carrito es muuucha distancia. Mis respetos. Los mismos que para la señora de los tamales.