5 de junio de 2006

Shakespeare y la mediocridad

Hay muchas carreras y famas hechas a expensas de gente que sí ha tenido algo que decir al mundo, y de cambiarlo un poco, y son carreras parasitarias y más bien efímeras; la prisa no tiene noción de la vergüenza.
Hay varias figuras alrededor de las cuales un montón de garrapatas académicas --o que quisieran serlo-- se pescan en busca de una razón de ser, o al menos de estar. Las más socorridas han sido Cervantes y Shakespeare.
Con Cervantes la cosa ha sido un poco más sencilla: uno se inventa un tema. arma una teoría acerca de cualquier cosa suya (por ejemplo El Quijote) y, listo, a lo mejor hasta puede encontrar un lugar en la Academia. Si ya lo tiene, de cervantista ínclito no bajará hasta el día de su muerte, y quizá más, sin que exista la obligación de que nadie lea su obra, porque seguro será un bodrio similar a los escritos por la gente que alaba o ataca al manco de Lepanto. (¡De verdad que así le dicen! Como si fuera extraordinario que a alguien a quien le falta una mano le salgan cosas buenas de la pluma... Otro caso sería si trata de escribir decapitado, que no se conocen casos famosos hasta la fecha.)
Entre la bibliografía sobre Cervantes hay cosas bien interesantes, apasionantes y sumamente literarias, como en una lista que recogí hace algunos años y que no encuentro en el disco duro, pero recuerdos uno que se llamaba La salud de la moneda en la época de Cervantes. Había otros maravillosos, como uno acerca del clericalismo en el Quijote y otro del anticlericalismo en el Quijote, que manejaban tesis contrapuestas y ambos juraban que tenían la razón, y que Cervantes era hereje o muy institucional.
Como sea, de Cervantes todo el mundo está de acuerdo con que existió y con que escribió lo que escribió, excepto el Apócrifo de Avellaneda, evidentemente. (Hay de parásitos a parásitos, y ése es de los peores.)
Con Shakespeare el asunto es más serio. Durante años se han manejado teorías y más teorías acerca de su identidad, incluida una --de las más antiguas-- que sostiene que no existió, y que su obra es de la autoría de...
Y allí vienen las sanguijuelas a ver qué se les ocurre para que alguien les haga caso, y desentierran a duques y condes y a gente que quizá no escribió ni la lista del supermercado, porque en la Inglaterra isabelina no había supermercados y una cosa es la mediocridad y otra inventarse estupideces demasiado obvias.
Se ha dicho que Shakespeare era Christopher Marlowe, uno de los más populares dramaturgos de la época, o que el primero plagió al segundo. Sólo he tenido la oportunidad de leer una pieza de Marlowe, el Doctor Faustus, y en honor a la verdad es muy buena, pero nada que se le acerque remotamente al talento de Shakespeare. (Iba a poner "el Cisne de Avon", háganme el favor. Esas cosas se contagian.)
Se ha dicho también que el filósofo Francis Bacon (uno de mis favoritos, por cierto) escribió la obra dramática y poética de Shakespeare, o el Duque Edward de Vere. El colmo es un tipo que --según leí hace un mes aquí-- asegura que Shakespeare sí escribió lo suyo, pero sólo porque fue el hijo bastardo de la "reina virgen", Elizabeth I, y tuvo chance de educarse a conciencia.
Los argumentos en contra de Shakespeare tienen que ver con su vida: habla con gran propiedad de Verona, Venecia, Dinamarca y otros lugares, y él no fue más que un muchacho provinciano sin mayor educación formal. A nadie se le ocurre que fuera autodidacta, que tuviera un talento de los mil diablos, que tuviera algo de imaginación y que hubiera leído un par de libros de historia y hubiese consultado algunos mapas, como cualquier escritor más o menos serio. Es decir: que William Shakespeare fuera William Shakespeare. Pero a muchos les da miedo, quizá, que alguien así haya existido, porque cuestiona sus propias vidas y sus propios talentos, y lo que no se entiende hay que destruirlo. Pero allí sigue Guillermo cuatro siglos después, escribiendo cada vez mejor.

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Y ahora va a resultar que Neil Armstrong escribió De la Tierra a la Luna y Viaje alrededor de la Luna porque Verne apenas salió una vez de Francia y casi nunca de París (y menos fue a la Luna), excepto para recluirse en la torre donde escribió buena parte de su obra. O Kipling, porque Verne nunca conoció la India. O algún minero desconocido, porque jamás fue al centro de la Tierra. O Lord Nelson, porque de andar en barcos no sabía gran cosa.
En El Salvador tenemos a Roque Dalton, que ha servido un poco más para lo mismo, aunque a nivel municipal. Ojalá a alguno de los que medran con su cadáver leyeran por lo menos sus obras completas.

3 comentarios:

Hugo Martínez dijo...

Por acá, en la Región más Transparente (ya se me contagió ese rollo de los sobrenombres jalados: Centauro del Norte, Atila del Sur, Barítono de Argel o Samurai de la Canción... ¿serán apodos, canciones o antros baratos?), hay quien vive de "analizar" las obras de López Velarde, Paz o Sor Juana. Uno de ellos hasta el Nobel se ganó.
Me acuerdo ahora de los intelectuales sesudamente geniales que analizaban las letras de las canciones de los Beatles y encontraban cualquier cantidad de significados ocultos. Creo que los que más se carcajeaban eran Lennon y Harrison. McCartney no, porque no entendía nada.

Rafael Menjivar Ochoa dijo...

(Será lo que los de la Academia --cualquier academia-- consideran un homenaje. O los periodistas de sociales, que no se diferencian mucho.)
Y Charles Manson no sería intelectual sesudamente genial, pero hizo historia interpretando la letra de Helter Skelter.
Y Ringo tocaba la batería. (Creo.)

El-Visitador dijo...

Ahhh... Guillermo, por el lado paterno, chico hijo de exitoso mercader de lana, eventualmente concejal municipal (en una época en que solamente personas de honor podían acceder a dicho cargo, y no cualquier persona soez). Por lado materno, hijo de mujer de la más alta clase (gentry), sin llegar a ser noble. Eventualmente, el concejal adquirió el derecho de heráldica para la familia, lo que lo ubica claramente en estrato superior.

Así que Guillermito sin duda recibió una educación clásica... latín, gramática, Aristóteles, Heródoto, Suetonio, Ovidio, Virgilio.

Soñarían los chicos de hoy con tener una igual. Y de aquí que a nadie debería sorprender la amplia gama de conocimientos del poeta de Avon.