29 de septiembre de 2008

No hay 20

1. Yo no asesiné a la comandante Ana María en Managua, el 6 de abril de 1983. Fue un comando de las FPL dirigido por el comandante Marcelo. Yo no sé si Salvador Cayetano Carpio, Marcial, ordenó el crimen; las evidencias legales, documentales y testimoniales indican que no, aunque la dirigencia del FMLN sigue diciendo que sí. Lo que no se ha dado es una explicación acerca del caso, excepto insultos y mentiras. ¿Puedo quedarme con la duda? No. Es un asunto familiar que está pendiente y, de paso, es parte de la historia de El Salvador. He escrito e investigado sobre el tema desde 1983, desde mucho antes de que el FMLN estuviera en campaña para las elecciones de 2009. Veintiséis años antes, si se cuenta bien.
2. Yo no ordené que se asesinara a nadie en el Frente Paracentral de las FPL, ni aprobé u oculté matanzas de colaboradores y militantes. Hasta donde sé, Mayo Sibrián tampoco fue el único, sino el más... uh... representativo de cierta locura a lo Apocalypse Now que se apoderó de algunos comandantes. Me parece que el tipo era un psicópata. Me parece también que, aunque sea el responsable directo de las matanzas, hay otros responsables de mayor nivel que debieron pararlo, que durante años no hicieron caso de las denuncias de compañeros de las FPL que, con pruebas, exigían que lo sacaran de allí y que pararan las atrocidades. Había dos responsables directos: Salvador Guerra, jefe militar de Chalatenango y coordinador de los frentes de guerra, y Salvador Sánchez Cerén, Leonel, primer comandante de las FPL. ¿Me lo puedo callar? Sí, pero no quiero. ¿Por qué? Por vergüenza. Yo era parte de las FPL cuando empezaron esas muertes y en mi nombre y con mi aval se asesinó a gente. Y también es parte de la historia del país. Comencé a investigar acerca del caso de Mayo Sibrián a finales de los ochenta, y a publicar al respecto a finales de los noventa, más de diez años antes de las elecciones de 2009.
3. Yo no me inventé que entre el FMLN y Mauricio Funes existen contradicciones serias, y que eso me genera un montón de desconfianza: ¿a quién le creo? Eso se lo inventaron el FMLN y Mauricio Funes. Durante las últimas semanas un montón de... uh... analistas se han pasado tratando de convencernos de que Medardo González y Funes dicen lo mismo, pero de modo diferente, y que no hay contradicción de fondo. El que dijo que sí existe la contradicción fue Funes, en una entrevista que publica El faro en este link. ¿Lo puedo callar? Sí. No entiendo muy bien para qué, pero podría. Pero no quiero. ¿Por qué? Porque es bastante probable que el FMLN --o Funes, ya no sé-- gane las elecciones, y me gustaría saber quién me va a gobernar, y cómo, y a qué tengo que atenerme.
4. ¿Me parece deseable que gane el FMLN? No lo sé, precisamente por esa dualidad de discursos. Mis intenciones hasta ahora, como ya lo he dicho, son no presentarme a las urnas, porque me vería forzado a votar por el FMLN, y tampoco quiero. Ya expliqué por qué: en sus memorias --y en otros lugares--, Salvador Sánchez Cerén miente flagrantemente en un asunto que para mí es personal, de familia, y no pienso votar por un mentiroso. Pero eso es personal. En otro plano, me parece que la alternancia es necesaria, y de hecho existe, pero el electorado no la ha ejercido; me parece que el FMLN no se ha preparado para gobernar, y ni siquiera para ser una oposición interesante e inteligente --demasiado reactiva, sin propuestas propias, sin organización, etcétera--; me parece que el candidato Funes se ha vuelto una persona bastante taxativa, por decir lo menos, y está poniendo en riesgo no sólo su imagen, que me importa poco, sino su credibilidad: no me gustaría tenerlo en la televisión regañándome por cosas en las que quizá esté de acuerdo, ni que me trate como a un párvulo. Y en ésas anda. El plan de gobierno del FMLN me parece una plataforma muy básica, en la cual se establecen puntos buenos e importantes. La pregunta es cómo van a echar a andar todo eso. De dónde van a sacar el dinero, la gente --no tienen cuadros propios, se han deshecho feamente de los que tenían y han logrado buenas enemistades con sus mejores aliados--, la organización necesaria. Ésas son mis dudas, y en serio que les daría el voto para salir de esas dudas de no ser por el motivo que ya cité, y alguno más, que es también personal. Y yo no me inventé esa falta de preparación del FMLN: se la inventó el FMLN, y la ha cultivado durante veinticinco años, sistemáticamente.
5. ¿Me parece deseable que gane ARENA? No. Como ya dije en varios artículos y posts, en los últimos diecinueve años ha desestructurado poco a poco el país, y es necesario que se armen estructuras nuevas. Lo que hay como alternativa es el FMLN. Y lo que creo es que, si el FMLN pretende gobernar, tendrá que hacer muchas concesiones serias en materia de principios, porque sin los profesionales, técnicos y políticos de ARENA no podrá hacerlo. Y es lo que Funes ha planteado en ese discurso que se trata de hacer coincidir con el del FMLN. El FMLN maneja una serie de principios contradictorios con el pragmatismo que significa gobernar, y quizá prefiera perder a dejarlos de lado. Funes está jugando a ganar, a pesar del FMLN. ¿Quién tiene la razón? Desde mi punto de vista, los dos. El asunto es si se quiere alcanzar el poder o no, y bajo qué condiciones, y en qué papel nos dejan a los electores --o ciudadanos que nos negamos a votar, como es mi caso.
6. ¿Me parece que Hugo Chávez es un peligro para El Salvador? No. El tipo me parece un cretino, pero cada país tiene el presidente al que elige... hasta que deja de elegirlo. Es un asunto de Venezuela, no mío. Me parece penoso que alguien como él esté al frente de un proyecto tan interesante como el venezolano.
7. ¿Qué pienso de Alba Petróleos? Nada en particular. Veo que gracias a ellos ha bajado el precio del diésel. Veo que, si fuera ilegal, el propio gobierno salvadorño no lo hubiese autorizado. (Sí, se requiere de un montón de permisos para eso de importar cosas, venderlas en gasolineras y que las alcaldías se queden con ciertas ganancias, que usarán para necesidades que sin duda existen.) Mejor pregúntenle a alguien más capacitado que yo; El faro publica una buena entrevista esta semana, que puede encontrarse en este link.
8. ¿Qué pienso de Evo Morales y lo que pasa en Bolivia? Pienso que se está manejando el gobierno de una manera muy torpe y pasando por encima de un montón de premisas legales necesarias, por ejemplo las que vienen en la Constitución, la aún vigente. Cuando se apruebe la siguiente actualizaremos las opiniones. Me parece que no hay mala fe en esa torpeza, sino falta de experiencia y, de repente, la manipulación de fuerzas políticas con las que Morales debe tratar. Me parece que esa torpeza se debe también a que se está tratando de gobernar sin la participación de la elite política tradicional, que en gran proporción está enquistada en el poder y ve que sus privilegios desaparecen. Me parece que Chávez se mete en lo que no le importa, y que Evo lo tiene como aliado a falta de una fortaleza política interna (así tenga el apoyo de una gran parte de la población, la que nunca tuvo acceso al poder). No sé en qué termine eso. Me temo que, con las proporciones guardadas, pudiera haber una especie de pinochetazo. Ojalá que Evo logre centrarse y que se cuide de qué Constitución va a aprobar, o las repercusiones durarán décadas, y no todas serán buenas.
9. ¿Por qué entrevisté a Carlos Mesa, ex presidente de Bolivia? Porque, dentro de la elite que ha manejado el poder en Bolivia, me parece una de las mentes más lúcidas, y podía dar una visión contrastada de lo que ocurre en Bolivia. No sé si tenga la razón o no; me parece que explica las cosas de un modo en el que nos da chance de sacar las conclusiones que nos parezca. ¿Cómo lo contacté? Sencillo: en la Feria Internacional del Libro de La Paz él y yo participaríamos (como participamos) en una mesa acerca de literatura en tiempos autoritarios. A mí me tocaba --me tocó-- plantear el tema y algunos puntos que me parecen importantes, y a él comentarlos, como lo hizo. Bien interesante y bien bonito. No podía dejar de aprovechar la ocasión, pedí una entrevista a través de Érika Bruzonic antes de viajar a Bolivia, me la consiguió y listo. Le regalé a Mesa una copia de Tiempos de locura; es el libro que tiene en las manos en alguna de las fotos que se publicó junto con la entrevista.
10. ¿Me pagó ARENA, la OIE, CONCULTURA, el Ministerio de Gobernación, la CIA o la NBA el viaje a Bolivia? No. Lo pagó la Feria Internacional del Libro de La Paz. Pedí un permiso personal, porque recibiría --y recibí-- un pago por el taller de literatura que impartí, y también cobré por el reportaje, además de los viáticos y todo eso. En otras ocasiones he viajado con permiso oficial, porque he desarrollado labores que tienen que ver con mi cargo en CONCULTURA y no he recibido pago extra por eso; en otros, con permisos personales, y a veces yo he corrido con algunos o todos los gastos, aunque haya sido parte de mi trabajo en La Casa del Escritor. Cualquier duda pueden aclararla en Recursos Humanos de CONCULTURA. Ah: CONCULTURA no paga viajes ni viáticos ni hotel nunca. Si uno no tiene invitación con todo cubierto, o lo cubre uno mismo, no hay permiso. Cosas de la... ¿cómo se llamaba? Uh... Bueno, cuando se ponen a recortar gastos para que el presupuesto alcance. En viajes se aplica; en publicidad me parece que no, pero sólo en ciertas oficinas, no en Concu. (¿Cambiará eso si cambiamos de partido? ¿Habrá transparencia en la información? No se pierda las próximas elecciones, en el mismo país y en el mismo canal.)
11. ¿Por qué publico en Centroamérica 21? El motivo fundamental ya lo saben: porque se me pega la gana. Si elaboramos un poco más, porque allí puedo escribir acerca de lo que se me pegue la gana. Nunca me han cambiado un renglón, una palabra, nada, y sé que en muchas ocasiones voy en contra de la línea editorial de la publicación o de las opiniones de Geovani Galeas, su director. Sí, recibo un pago por mis artículos, porque me parece correcto cobrar por el trabajo de uno. Es un pago más bien simbólico, y así lo prefiero, a cambio de publicar lo que quiera, y que quizá no quepa en este blog. No, no recibo dinero de la OIE, la CIA, etcétera, para compensar. Me gusta la disciplina de escribir para una publicación semanal --no he publicado en tres números o cuatro, creo, porque me ha rebasado el trabajo-- y me gusta que mis artículos se contrasten con otros puntos de vista. Nadie me dice acerca de qué escribir ni cómo, ni me da línea ni nada. Esta semana apareció una nota sobre ciencia ficción porque fue lo que me nació; es una serie de dos notas, quizá tres, y todo para hablar de una novela importante que apareció hace poco, El sueño de Mariana, de Jorge Galán. Ya lo comentaremos.
12. Una de las cosas más aburridas de ser escritor es que cualquier imbécil se siente con el derecho de cuestionarlo a uno nomás porque uno es una "figura pública". Lo siento: no era mi intención ser una "figura pública", sino escribir bien, tanto en literatura como en periodismo. Y lo he logrado, o no les importaría tanto lo que digo, y cómo lo digo. Creo que hay gente que desfoga sus frustraciones y pobrediableces en otros que han hecho algo que ellos no han logrado hacer, y mala suerte; a mí me ha costado más de treinta años de esfuerzos, a ellos sólo les cuesta un comentario anónimo en un blog tratar de desacreditar algo que no entienden, y que no tuvieron el valor de entender. Ahora bien, si me van a seguir acusando de que este blog es un festín para mi ego, y no mucho más, vean arriba en el encabezado. Dice "Cosa personal de Rafael Menjívar Ochoa". Rafael Menjívar Ochoa soy yo. Es mi espacio personal. Aquí se pone lo que se me sale de donde salgan esas cosas. (Sí, piensen lo que quieran.) Al que no le guste mi ego, mi cosa personal, como quieran llamarlo, para eso está el resto de internet.
13. Existe la idea --ya lo he dicho un montón de veces-- de que me he dedicado alguna vez al periodismo cultural, whatever that means. Nop. Desde 1978 me dediqué al periodismo político, al análisis político, a la investigación encaminada a cosas políticas. Me dediqué al "periodismo cultural" un total de siete u ocho meses en treinta años. Y un año a hacer periodismo computacional; bien divertido.
14. ¿Qué pienso de la inocencia o culpabilidad de Roberto d'Aubuisson en el asesinato de Romero? No tengo pruebas de nada, y a estas alturas el tipo es inimputable, por el simple hecho de que se murió. El Informe de la Comisión de la Verdad lo declara autor intelectual, y para mí eso es lo más cercano que hay a una verdad legal. Mi opinión personal es que mucha gente no ha visto el asunto como lo vería un periodista: ¿y si fuera inocente? Y, señores, creo que no se han dado cuenta de las graves repercusiones que habría si d'Aubuisson fuera inocente, o al menos no hubiera ordenado o participado en el asesinato de Romero. Ya he considerado la hipótesis, y es devastadora. Ahora bien, si quieren quedarse con la versión de la Comisión de la Verdad, yo los acompaño con gusto.
15. ¿Qué pienso de Rodrigo Ávila como candidato a la presidencia? Nada en especial. Lo poco que he sacado en claro ya lo he publicado. Sé que no voy a votar por él. Si otros votan por él y gana, me dará el mismo gusto que si gana Mauricio Funes; vox populi, vox Dei, y a eso estamos jugando, ¿no? Es el juego de los Acuerdos de Paz. Me dice gente en la que confío, gente de izquierda y luchadores probados, que internamente hizo funcionar muy bien la PNC. (Hacia el exterior depende del gobierno, y allí se trata de hacer lo posible.) Que la organizó sin ánimos ideológicos, que lo hizo muy profesionalmente, etcétera, y que otros se dedicaron a desarmarla e iedologizarla y todo lo que ha salido en los diarios en las últimas semanas.
16. ¿Qué pienso de las declaraciones de Ávila y Saca acerca del ejército y de la canciller con respecto al FMLN? Me avergüenzan y me angustian. Aunque yo no haya votado por Saca, él es parte de mi gobierno y no puede hablar en contra de lo que yo pienso nomás porque hay una campaña electoral en marcha. Es el gobernante de todos, y para todos, y su ideología no debería importar. Las declaraciones oficiales del ejército, por otra parte, me parecieron correctas y dignas, con todo y que no me gusta la idea de que haya un ejército (sí, en eso estoy de acuerdo con el FMLN, que según Medardo no ha cambiado de opinión). Lo de la canciller es para meter la cabeza debajo de la almohada o donde quepa; qué oso internacional, en serio. Qué manera tan barata de ponerse a hacer campaña. Y las declaraciones de Ávila con los militares de La Tandona... bueno... es lo más interesante que le he escuchado hasta ahora. Bastante fuera de registro, de lugar y de gusto, eso sí.
17. ¿Qué pensaría mi padre de mis ideas? Lo mismo que yo de las suyas: que son debatibles, y que en el debate hay aprendizaje y evolución. A veces estábamos de acuerdo, a veces no, pero siempre nos quisimos y nos enorgullecimos el uno del otro. Para eso es uno hijo y para eso están los papás. Si otros no tuvieron la misma suerte, tampoco es mi culpa.
18. Con respecto a lo anterior, reitero lo que dije un par de veces. Antes de que muriera, mi padre era atacado, vilipendiado y calumniado por gente del FMLN. Cuando murió se volvió un gran luchador, etcétera. (Siempre lo fue, pero también tenía el inconveniente de pensar por sí mismo. De él lo aprendí.) Cuando regresé a El Salvador, antes de que se me ocurriera abrir la boca por primera vez, comenzaron chismes, ataques y varias cosas divertidas de gente del FMLN contra mí. No sabía por qué, y me desconcerté bastante, hasta que me di cuenta de que me estaban cobrando cuentas de mi padre. Y si lo van a joder a uno, como dijo Juan Rulfo, al menos que le den el derecho de los ahorcados al pataleo. En ésas andamos también. Y es también divertidísimo.
19. Durante un tiempo voy a dejar de publicar los comentarios de los imbéciles de siempre. Allí les dejo material mientras tanto. Tengo un par de libros que escribir, un trabajo que desarrollar en CONCULTURA en lo que los del FMLN --según sus voceros menos autorizados-- me convierten en perseguido político y una familia que atender, y no voy a perder tiempo en idioteces. Ya bastante angustiante se está poniendo el país para que mi blog, mi cosa personal, sea parte de eso.
20. No hay 20.

28 de septiembre de 2008

Félix Ulloa

Desde hacía meses que se trataba de elegir al rector de la UES, y no se llegaba a un acuerdo. Los motivos no eran académicos, sino de saber quién pondría a su candidato: el Bloque Popular Revolucionario (BPR) o el Frente de Acción Popular Unificada (FAPU). Después de varios candidatos y de elecciones que siempre terminaban en un virtual empate, la decisión quedaba estancada en la Asamblea General Universitaria. Era 1980, el peor año de represión que haya conocido El Salvador, y la polarización no sólo era de la izquierda con respecto al gobierno, sino también con respecto a sí misma. Lo importante era quién hegemonizaría el proceso político --y dentro de los "campos de batalla" se contaba a la UES--, y el BPR y el FAPU eran las organizaciones de masas más poderosas. La fuerza del BPR era mayor, pero estaba más concentrada en el campo, y en todo caso el FAPU entraba en alianzas con las Ligas Populares "28 de Febrero", el Partido Comunista y otras organizaciones, y el impasse tenía a la UES en el aire.
Como último recurso, el FAPU propuso la candidatura de mi padre, que el BPR aceptó de inmediato. Desde 1975 mi padre pertenecía a las Fuerzas Populares de Liberación (FPL), el organismo político militar que "controlaba" al Bloque, pero eso se supo años después. Casi hasta su renuncia a las FPL, en mayo de 1983, se manejaba públicamente como independiente, era presidente de la Comisión Externa del Frente Democrático Revolucionario y su filiación formal era con el Moviniento Independiente de Profesionales y Técnicos (MIPTES). Muchas siglas, mucha complicación, pero así se acostumbraba. Sus mejores contactos e incluso buenas amistades estaban entre miembros de la Internacional Socialista, es decir los socialdemócratas, nada mal para alguien que se declaraba marxista-leninista, y en esa calidad publicaba libros y artículos y se movia por el mundo.
Cuando llamaron por teléfono a mi padre para decirle que el FAPU lo había propuesto, hubo risas, por supuesto, porque "los otros" no se sospechaban a quién promovían, pero también preocupación. El BPR le dijo que era una oportunidad valiosa. También era seguro que tratarían de matarlo si regresaba al país, y lo más probable era que lo lograran. (Lo intentaron cuando vino en 1979, o al menos le dieron una seria advertencia en forma de bombazo.) Además, ¿qué hacer en una universidad así de conflictiva y polarizada? Con todo y que ya había sido rector de la UES, y con todo y que estaba al tanto de lo que ocurría en El Salvador --y hasta formaba parte de un organismo de toma de decisiones--, la lejanía era determinante después de ocho años; no sabía cómo se movía la política práctica dentro del país, y se daba cuenta de que se perdería en una maraña de politiquerías de las que no saldría mucho. Por otra parte, para mediados de 1980 ya estaba en marcha el trabajo para conseguir el reconocimiento internacional de la guerrilla salvadoreña, que él encabezaba, y era quien tenía buena parte de los hilos en la mano.
Aun así, durante días nuestro tema de conversación fue ése: ¿aceptaría o no? Por las mañanas hacía planes para la UES, por la tarde explicaba por qué no podía aceptar, por las noches pasábamos juntos sus insomnios, hablando de lo mismo. Parecía que su decisión sería aceptar --a la familia no le gustaba la idea--, bajo condiciones que sin duda aceptarían el FAPU y el BPR. Pero, como militante de las FPL, la decisión no era sólo suya, aunque le hubiesen dejado que hiciera lo que creyera correcto.
Hubo varias visitas de personas desde Nicaragua y El Salvador para hablar sobre el tema. Lo que le importaba a la mayoría era que el BPR fuera quien controlara la UES; lo que le interesaba a mi padre era que la UES estuviera bien.
Realizó consultas por teléfono con gente dentro de El Salvador, y tomó la decisión: no aceptaría, pero apoyaría abiertamente a alguien que pudiera garantizar unidad dentro de la universidad. El nombre que le mencionaron como más viable fue el de Félix Ulloa. Pidió hablar con él.
Un día --no recuerdo las fechas-- llegó Félix a casa y lo pusieron en el cuarto de mi hermano Mauricio, y a Mauricio en el de mis padres; para ese entonces tenía nueve años. Durante tres días se la pasó conversando con mi padre, y obviamente no me enteré de qué. No pregunté y tenía mucho trabajo también; estábamos en los toques finales para armar Salpress, entre otras cosas. (De verdad que pasó y nos pasó mucho en esa época. Unos meses después matarían a los dirigentes del FDR, entre ellos Enrique Álvarez Córdova y Juan Chacón, amigos de la familia. Ya habían matado a otros. Unas semanas antes nos había rodeado un escuadrón de la muerte; algún día contaré de esa noche. Hay gente que la recuerda claramente porque estuvo allí, aunque ahora parezca que ha olvidado.)
De lo poco que recuerdo de Félix Ulloa era que por las mañanas salía de su cuarto en calzoncillos bóxer y camiseta, ambos blancos inmaculados, con su cepillo de dientes y una toalla, por un corredor del patio que llevaba al baño. Se veía muy solemne y sonriente a la vez. Después de bañarse regresaba a su cuarto y salía vestido de manera que con sólo ponerse un saco y una corbata quedaria formalísimo. Y a trabajar con mi padre.
Al cuarto día mi padre y mi madre lo fueron a dejar al aeropuerto. Me despedí de él como se despide un casi adolescente de un señor con el que apenas cruzó unas frases. Sentí el nudo de siempre en la garganta; así me había despedido de varios que en poco tiempo serían asesinados, y faltaban aún. Durante años no fui al aeropuerto, aunque mi padre o mi madre me pidieran que los acompañara. Era más fuerte que yo.
Félix Ulloa llevaba una carta de mi padre en la que le daba todo su apoyo como candidato a la rectoría de la UES, y se disculpaba de aceptar diciendo que estaba alejado de la realidad universitaria salvadoreña y que quizá no pudiera cumplir con las expectativas que tenían de él.
Eligieron a Ulloa, entiendo, por una amplia mayoría, si no por unanimidad, y mi padre suspiraba a ratos pensando en lo que hubiese podido hacer como rector de la UES; sólo lo habían dejado serlo durante un año y medio, hasta la ocupación militar de julio de 1972. Igual sabía que no podía hacer nada en condiciones de guerra, y que su trabajo era importante en el exterior.
Un día, no mucho tiempo después, llegó la noticia de que un escuadrón de la muerte había asesinado a Félix Ulloa. Mi padre estaba preparando maletas para irse a Francia, en calidad de diplomático del FDR --y de las FPL, y del futuro FMLN-- en Europa y el norte de África. Agarró una depresión tan terrible como las que acostumbraba agarrar, y un sentimiento de culpa como los que no le faltaban. "El culpable no es usted --le dije, como le decía siempre y como le dije durante años--, sino los que lo mataron. Usted hizo lo correcto." No lo logré convencer del todo, pero de algo habrá servido, como siempre.
En octubre se cumplirán 28 años del asesinato de Ulloa. Me encontré una foto que tomé hace unas semanas en la UES y se me ocurrió ponerla por aquí, con un pedazo de historia personal.
Lo que sé es que quien olvida a sus muertos, y cómo murieron, y por qué, y reniega de ellos en su vida cotidiana y en sus ideas y en sus acciones, merece desprecio. Hay cosas que no pueden venderse, y que se vayan a la mierda los que no lo entiendan o finjan que no lo entienden.

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Sí, esto va para ustedes. De verdad, ¿creen que se puede ser de izquierda y haber perdido la decencia, como la han perdido? ¿Creen que alguien se puede vender por dinero o poder cuando sus muertos lo observan? Eso aplíquenselo a otros, o a ustedes mismos; yo estoy en paz con los míos.

27 de septiembre de 2008

A otra cosa, mariposa

Anoche, en el baño, empezó a sonar como si un murciélago anduviera golpeándose contra todo lo que se le atravesara, con lo que resultaba claro que no era un murciélago. (Sí, además de toda la fauna de todo tipo que hay alrededor de casa, y dentro, hay también murciélagos.) El ruido se calló, y en una de ésas me iba a lavar las manos cuando vi que al chorro le había salido una hoja.
Una hoja seca, además. Y, bueno, el clima está húmedo últimamente, pero no tan húmedo (quizá por eso estaba seca). Tomé un par de fotos y me fui a lavar las manos a la cocina. Al rato la hoja había desaparecido; quizá el otoño está cerca.

24 de septiembre de 2008

Quién puso el bomp

Cada cierto tiempo, cuando regresaba del kínder con mi madre, ella se metía en una pequeña venta de discos que quedaba en la Segunda Avenida --la que ahora se llama Monseñor Romero-- y le preguntaba a la dependienta: "¿Ya llegó?" La mayor parte de las veces ésta le decía que no, pero entre las pocas veces en que veía sonreír a mi madre estaban cuando le contestaba que sí. Pagaba un poco menos o un poco más de un colón y le daban un disco de 45rpm en su sobrecito de cartón o de papel kraft.
"Te compré un disco nuevo", me decía, y desde ese momento empezaba a aburrirme, porque ya sabía lo que seguía: horas y horas de oír las mismas canciones, lado A y lado B, en la ya vieja radiola que el abuelo le había regalado cuando cumplió 15 años, en 1950, y que pasaría a mi poder cuando cumplí los 9, en 1968, una Phillips que ahora está a mi lado mientras escribo. Se quedó en casa de la abuela durante los 27 años en que estuve fuera. En 1986 se cayó durante el terremoto y tuvo algún daño. La recuperé en 1999, y no sé si funcione. Otrosí: yo estudiaba en el kínder José Gustavo Guerrero, a un par de cuadras de la Alcaldía. Para ese entonces el edificio ya se caía a pedazos. Cuando regresé a El Salvador fue de lo primero que quise ver, y seguía cayéndose a pedazos. Creo que se cayó completo, por fin, durante los terremotos de 2001. Pasé varias veces por allí y habían quitado el letrero, estaba cerrado y listo, adiós otro pedazo de historia. (La radiola pasó a mi poder cuando mis padres compraron un aparato con tornamesa y bocinas Fischer y un amplificador del que no recuerdo el nombre, pero se suponía que era de lo mejor. Todavía deben estar en Costa Rica.)
Los discos que mi madre "me regalaba" eran los sencillos de Los Beatles. Los primeros recuerdos musicales más o menos conscientes que tengo son de "Love Me Do", "Listen", "She Loves You" y "I Want To Hold Your Hand". Y más: las de Little Richard (un LP que también era mío, ejem), varias de los Teen Tops ("Quién puso el bomp"), de Manolo Muñoz ("El gato twist", "La gallinita Josefina"), "Las dieciséis toneladas", con Alberto Vázquez, y un montón más. También eran míos. Todo lo que sonara a rocanrol o a música en inglés era mío. Desde luego que no podía agarrarlos, y mucho menos ponerlos en el aparato. Tampoco decidir cuándo podía oírlos. Me decía: "Voy a ponerte tus discos", los ponía, se sentaba en una silla a escuchar sonriendo y yo tenía que estar cerca. Y cómo olvidar a Chubby Checker: "The Twist" (lado A) y "Slow Twisting" (lado B, una de mis favoritas de todos los tiempos).
Lo que pasaba era que, a sus poco menos de 30 años --nació en 1935-- mi madre era "una señora", y lo había sido desde los 22. Uno ve las fotos de antes y después de la boda y el cambio es radical: de ser una joven común y sonriente había pasado a convertirse en "señora de", y su modo de vestirse, maquillarse, comportarse, ser, era el de una adulta muy adulta, o lo que se entendía como tal. Demasiado peso para alguien tan joven, pero así se estilaba. Y las señoras no oían "eso".
Alguna vez, muchos años después, lo hablamos y, sí, le avergonzaba un poco o un bastante su gusto no sólo por Los Beatles, sino también por Paul Anka, Gene Vincent, Frankie Valli, por las películas de Frankie Avalon y Anette Furnicello (sí, también me las vi completas) y qué sé yo. Entre las grandes limitaciones de mi padre estaba la música; sólo entendía cosas hasta cierto punto, y de allí en adelante todo era ruido. Aunque aprendió a ser tolerante --vamos: después de todo era un muchacho de un barrio muy pobre de Santa Ana--, lo de los tamborazos y las guitarras eléctricas no lo ponía especialmente bien, y mi madre tenía el pretexto ideal: "Son los discos del niño, si quieres los quito", o "Niño, ¿no ves que esa música no le gusta a tu papá?" Y otro etcétera.
Entre los discos que eran oficialmente de mi madre, y que también le gustaban, había unos de Gloria Lasso, Mona Bell, María Victoria (sí, también me vi la serie completa de las aventuras de Paquita), y alli podía irme para otro lado a jugar o a perder el tiempo, que no son lo mismo. Por las noches, programas de variedades, como el que dirigía Rubén Zepeda Novelo y otros que no recuerdo, o que vendrían después. (Hasta allí no tenía más de seis años.) Le encantaban los programas de variedades. Vaya: hasta una semana antes de morir, no se perdió Sábado gigante, y veía Rojo. Fama / Contrafama, La Academia y cuanta cosa en la que hubiera gente cantando y bailando, y se sabía los nombres de todos los participantes como se sabía --no miento-- los de todos los jugadores de los equipos de fut de América Latina y Europa de los últimos cincuenta años y los resultados de las Copas de Oro, Eurocopas y cuanto torneo de fútbol haya inventado Dios. (Sí, Dios es cruel.)
Ya cuando yo era adulto --o tenía la edad para serlo-- me dediqué a hacerle de pusher musical de mi madre. Eso empezó a ocurrir antes de que internet solucionara todo. Un día puse Legend, de Bob Marley, y se enamoró de Bob Marley. Le conseguí todo lo de Bob Marley. Luego, yo tenía por allí un par de canciones de Fela Kuti, a.k.a. Mr President, y le gustó. A conseguirle todo lo de Fela Kuti, o todo lo que le pude conseguir, que fueron como cuatro horas de música. Y todo lo de Chubby Checker. Y todo lo de Los Beatles. Bueno, no todo: sólo hasta Revolver. De allí en adelante se perdía. A mí me pasó también. Hasta antes de 1980 no escuchaba de Los Beatles más que los primeros álbumes, con la excepción del Blanco, que me regalaron en dos cassettes. El Pimienta y el Magical apenas los oí por primera vez alrededor de 1987; Let it be, quizá en 1978 o 1979.
A veces me llegaba con peticiones raras. A mi padre, por ejemplo, le armé una vez un cassette con quince versiones de "Summertime" y otras tantas de "St. Louis Blues". En la época en que ya tenía mi primer quemador de CDs, ella me pidió un disco completo con puras versiones de "Lágrimas negras". Y "Lágrimas negras" it was: más de 20 versiones, desde Miguel Matamoros hasta Cesárea Evora con Compay Segundo, pasando por Pablo Milanés y algunas de grupos modernos, más cerca del rap que del son. Del montón de discos que llegó a tener era su favorito; lo oía por lo menos una vez al día, así de fanática podía ser de la música.
En los últimos días he estado oyendo los "Top 100" anuales de Billboard, de 1960 a 1975 (en este instante estoy con "Raindrops", con Dee Clark, de 1961), y entre todos ellos brincan algunos de los discos que "eran míos", y siento una extraña tranquilidad. Oigo "Runaway", cosas de The Partridge Family, desde luego Elvis, "Who Put the Bomp" (es mi canción favorita absoluta, perdonarán), y me doy cuenta de que las pocas veces en que podía estar totalmente bien con mi madre eran cuando estábamos oyendo música, esa música, en silencio, y creo que me gustaba verla sonreír, y por eso la llenaba de discos.
Había otros momentos especiales: cuando cantábamos juntos. No ocurría a menudo, pero ocurría. Fue mi padre quien me enseñó mis primeras cosas de música; él tocaba la armónica, y bien. Tenía siempre varias de madera, de las baratas, y una en una cajita que sólo sacaba de tarde en tarde, sin terminar de entenderla. Cuando aprendí a tocar las otras, me la regaló: era una Honner "Larry Adler", cromática, que en unos meses manejé de manera aceptable. Yo tenía entre diez y doce años. Mi padre o mi madre tocaban la guitarra y yo tocaba la armónica y cantábamos a dos o tres voces. El problema es que ellos sólo manejaban algunos acordes; mi padre, La, Re y Mi, y en una de ésas el "círculo de Do". Mi madre se sabía algunos más, y se puso a tomar clases de guitarra para ampliar horizontes. En el ínterin, empecé a aprender los acordes que se sabía mi padre, y luego ella me fue enseñando lo que aprendía en el día. A eso de los 12 empecé con la guitarra clásica, y ella siguió con las clases para acompañar canciones, y nos fuimos complementando. Al final mi hermano Mauricio arruinó la Honner y ya era a tres guitarras, o a dos si mi padre no se sabía los acordes. Llegamos a armar un grupo musical con arreglos vocales que yo hacía con mis pocos conocimientos de armonía y contrapunto. Sonaba bien. Después Ana y Mauricio, mis hermanos, aprendieron a su vez a tocar guitarra, y algo de percusión le enseñé a Mauricio, por si las dudas. (Terminó de sociólogo e historiador; ni modo.)
Me aprendí algunas de las canciones de "mis discos", de preferencia en las versiones en español, y las cantaba mientras mi madre oía más o menos con la misma sonrisa que cuando se trataba de Enrique Guzmán o Manolo Muñoz. A veces ella cantaba, pero en general prefería oír y ponerse a pensar en cosas de las que nunca le pregunté.
Ahora acaba de pasar "Will You Still Love Me Tomorrow?", con las Shirelles. Creo que aquí le corto. Todavía tengo varios cientos de canciones por escuchar.
(El jazz me fascina, sí, y quizá me llegue mucho más adentro que los rocanrolitos y baladas de principios de los sesenta. Con el jazz soy feliz; con los rocanrolitos soy feliz como niño. Y es rico ser feliz como niño de tarde en tarde. La adultez aburre un poco.)

22 de septiembre de 2008

Pasado, presente y futuro

En el suplemento Séptimo sentido, de La prensa gráfica, se publicaron cuentos de cuatro salvadoreños bajo el título de Cuatro plumas, cuatro futuros. Me da gusto y orgullo que dos de las personas mencionadas sean compañeras de La Casa del Escritor, Georgina Vanegas y Ana Escoto.
Me llamó la atención los nombres de los escritores a quienes pusieron como pasado y presente de la narrativa salvadoreña (supongo que hablan de narrativa). Dice la nota introductoria:

Pasado hay: Alberto Masferrer, Salazar Arrué, Claudia Lars, Roque Dalton... Presente, también: David Escobar Galindo, Horacio Castellanos Moya, Rafael Menjívar Ochoa, Jorge Galán... ¿Y qué hay del futuro? ¿Hacia dónde va la literatura nacional? Difícil respuesta. Para echar algo de luz, he aquí cuatro cuentos breves de cuatro salvadoreños que aspiran a ser referente en el complejo espectro de la narrativa: Georgina Vanegas, Alberto Pocasangre, Ana Escoto y Herbert Galeano Vargas.

La contribución de Masferrer y Lars a la narrativa salvadoreña es marginal y, si se trata de ponerse estrictos, la de Dalton tiene que ver con la novela, no con el cuento (y aún hay que hacer un buen análisis literario de Pobrecito poeta que era yo..., que me parece una novela fallida, con algunas partes muy buenas y, como siempre, con muchas frases excelentes). Más importante hubiera sido mencionar a Alvaro Menen Desleal y José María Méndez y, si se buscaba poner a cuatro, a José María Peralta Lagos, por ejemplo.
En el presente, agradezco que me mencionen, pero mi trabajo como cuentista es también marginal y si, por otra parte, hay que hablar de narradores y no sólo de cuentistas, faltaría Manlio Argueta, el salvadoreño más publicado y traducido fuera del país, con muy poca producción cuentística. Jacinta Escudos tiene mayor obra dentro de ese género, y además es colaboradora de Séptimo sentido; su inclusión no sólo era una cuestión de justicia, sino también de... uh... cortesía editorial, digamos. Claudia Hernández se echa claramente en falta; con sólo tres libros publicados, es quizá nuestra cuentista viva más importante en términos de contribiciones al género.
En literatura la edad cronológica no es necesariamente importante, pero habría paradojas: Jorge Galán y Alberto Pocasangre tienen la misma edad, y a uno se le considera en el presente y al otro en un futuro posible. Claudia es un par de años menor. También me parece que lo fuerte de la obra publicada de Galán está en la poesía, y últimamente se ha inaugurado en la novela, con El sueño de Mariana, una muy bonita y bien lograda novela de ciencia ficción. Ha publicado cuento para niños, pero aún en poca cantidad. Me da gusto sin embargo que lo mencionen; entre los escritores salvadoreños que van hacia la madurez (literaria, claro; la otra no es importante ni puede medirse ni viene al caso), es uno de los más representativos y con mayores logros.
En lo personal, la inclusión de Pocasangre y su reciente publicación en la colección Nueva Palabra me desconcierta un poco. Insisto: la edad no siempre es importante, pero tiene 35 años, y uno esperaría a esa edad que ya hubiese una carrera en marcha desde algún tiempo atrás, como la hubo y la ha habido de parte de los otros mencionados. Otra paradoja: si es importante el que sea gran maestre de los juegos florales salvadoreños en la rama de cuento, tampoco debería estar entre gente que comienza. Dirán que John Milton empezó su carrera literaria fuerte a los 70 años (con El paraíso perdido), y ya en estado de ceguera, o que Henry Miller publicó Trópico de Cáncer a los cuarenta pero, vamos, hay proporciones, y tampoco se trata de mencionar a Rimbaud, Mishima y Lautréamont, el extremo de la juventud genial. Quizá deberían replantearse las bases de Nueva Palabra para que las palabras que allí aparecen sean de gente... no sé... nueva. No soy quién para decirlo, pero me parecería que los 30 años es un límite máximo bastante sensato. La DPI tiene otras colecciones para gente con mayor edad y/o experiencia. (Detesto eso de y/o, a todo esto.)
Y ya que hablamos de narradores, hace unos minutos regresó Denise Phé-Funchal a Guatemala. Fue un gusto tenerla en casa y en La Casa. Ella es otra narradora de peligro y digna, desde su primera novela --Las flores-- y sus primeros cuentos publicados en antologías, de tomarse bastante en consideración. Claro que entraría en la cuenta de los narradores guatemaltecos, si uno se pone en plan de literaturas nacionales, así sea salvadoreña honoraria por su trabajo con La Casa, ejem. Estará dentro de un par de semanas en el VII Festival Internacional de Poesía de El Salvador. Lo curioso es que su primera obra publicada fueron poemas, y que se publicaron en una revista catalana, en catalán. (Tiene 31 años, si el dato sirve para algo.)
Me regreso a dormir. Es día de descanso, y ayer tuvimos lleno completo y los trabajos de dos compañeros nuevos. Emociona ser testigo de cómo se crean cosas importantes.

20 de septiembre de 2008

Tecno, retro, gatitos y Valeria updated

Pues sí, uno se apantalla con la tecnología y cree que necesita estar actualizado in extremis (o sea hasta que la muerte nos separe), pero pues no. Y sobre todo cuando las portátiles que han salido últimamente son tan... tan... bueno, mucho, mucho. Ni más ni menos la que aparece aquí a la derecha es una de las Vaios que hacen que se me ponga jarioso, como diría un mexicano de pura cepa: tres gigas de RAM, Windows Vista downgradeable a XP (de verdad me cae gordo el Vista), sobria, poderosísima y... uh... negra.
Pero no necesito una portátil con tanto poder, sino una de escritorio que sea lo suficientemente seria para hacer música, video, renderear lo más rápido que se pueda, internetear bien y bastante y, de ser posible, todo al mismo tiempo. La que tengo ahora todavía funciona bien, pero no me da más de cinco o siete minutos de video sin ponerse a toser en plan Kafka. Ya es una máquina de cuatro años, y actualizarla me sale más caro que comprar una nueva. Entre otras cosas usa memoria DDR, mucho más cara que la DDR2, y el procesador en un Pentium 4 a 2.25GHz, tiene 640 megas de memoria y, eso sí, una tarjeta de video Nvidia que le da muy buena velocidad, etc.
Pero las portátiles son para otra cosa. Veo la que tengo, una Vaio que alguna vez insinué que es verde, y desfallezco por ella. Ahora, ya obsoleta y todo (Pentium M a 1.87 GHz, 1 giga de ram, 80 megas de disco --más una partición de 20 gigas para no sé qué, y a la que no se tiene acceso), sigue sirviendo muy bien para lo que la uso: escribir artículos, posts, pasar en limpio mis libros --que son pocos, pero son-- y conectarme a internet cuando Krisma está en la de escritorio, porque la suya ya está llegando a mejor vida.

Una maquinota de escribir, pues. Maquinita, porque es pequeña y no pesa más de cinco libras, y ya dije que tecnológicamente está más cerca de las viejas Remington que de las cosas de fibra de carbono que están saliendo.
Ahora el secreto de por qué compré una Vaio verde. (¡Sí! ¡Es verde!) Yo quería una azul o roja, y me dijeron en la tienda que ya se habían terminado y, bueno, les quedaba una verde. Cuando la vi me dije: "Esta máquina nació para ser retro." El color es muy cincuentas, como el papá y el protagonista de la película Robots, y lo mismo su forma redondeada. El teclado también da esa sensación y... bueno... el mousepad no, ni la webcam incorporada ni el slot PCMCIA que nunca he usado, pero no todo en la vida tiene que ser Smith Corona u Olympia.
De hecho se ve menos moderna que la primera máquina de escribir electrónica que compré, en 1985, una Brother pequeñita y liviana, con una matriz de nueve puntos. Me costó 64 mil pesos de la época, algo así como 200 y pico de dólares, y la compré con el premio que ganó en EDUCA la Historia del traidor de Nunca Jamás. La compré en Tepito, de contrabando, y me aseguraron que había cintas suficientes para toda la vida. De hecho, junto con la máquina, compré como diez, con la seguridad de que regresaría por más. Y cuando regresé resultó que habían descontinuado el modelo. Se podían conseguir en Estados Unidos, pero en aquellas épocas ni soñaba con la www, ni siquiera con Fossil, y había de dos sopas: tenerla de adorno --lo cual hice durante una temporada; guardé dos cintas por si se llegaban a ofrecer, y mientras me volví otra vez usuario de la Lettera 30 de Olivetti-- o escribir en papel térmico, como el que aun usan los faxes. Y así no.
Encontré una tercera opción, en vista de que nadie me la iba a comprar: llevarla al Real Monte de Piedad. Le puse una de las cintas y le hice una demostración al tipo que tasaba lo que lleva uno a empeñar, le mostré todas las maravillas que hacía --justificación completa, a la derecha, a la izquierda o al centro; una línea de texto para revisión; bien hi-tech--, y me dio ochenta mil pesos. Según sus listas, la maquinita costaba como cien mil, así que hasta salí ganando. Eso fue como un año después de haberla comprado.
Y, repito, volví a las Lettera 30. Eran desechables. Escribía guiones por toneladas, además de novelas y esas cosas, y me duraban un año y medio en buenas condiciones. Después algo se aflojaba, algo se le caía --generalmente las letras A, E, M o S-- y la mandaba a arreglar, a limpiar y se la regalaba a alguien que no tuviera mano tan pesada. A mí me hubiera durado unos meses más antes de terminar hecha una desgracia; hay gente que todavía debe tenerlas. Fueron tres o cuatro, antes de pasar a mi primera 8088 a 4.77 MHz --10 MHz en modo turbo-- y el WordPerfect 4.2, luego el 5.0 y luego el 5.1, que usé hasta por allí de 1995. Resistí al Windows todo lo que pude, precisamente hasta que apareció el 95, el primero que funcionó como debía ser. Para ciertas cosas usaba el WordPerfect 7 --allí lo tengo, original y todo--, para algunas el Word ya no me acuerdo qué número, también con licencia original, ejem.
Y, en fin, me gusta el aire de máquina viejita con la que nació mi Vaio. Vaya: la tapa externa y la del teclado hasta son de metal. Y, a diferencia de las Lettera y hasta de la Brother, el teclado es suavecísimo y resistente. Compré un par de teclados externos --uno en miniatura, uno normal que ahora está en la de escritorio--, pero el juego no es ése. El juego es el de la máquina portátil, mucho menos pesada. La he llevado por varios países, entre Francia y Bolivia (tampoco es que me la haya pasado de agente viajero ni que conozca demasiados países, pero había que poner la frase), y no me ha dejado tirado. Siempre hay un WiFi o un cable de red cerca, y la pila no durará mucho --entre dos y media y cuatro horas--, pero se vive. Tampoco es que la use demasiado para escribir más que artículos, y éstos me los echo antes de que se acabe la pila en algún aeropuerto o en el lobby de algún hotel, muy de tarde en tarde. La uso también, con sólo la pila, cuando grabamos el programa Tribulaciones y asteriscos; no sé por qué, en el cuarto donde grabamos no hay un pinche tomacorrientes... Allí tengo algunas notas y las canciones que pondremos ese día.

En plan más retro aún, sigo usando cuadernos y mi Parker 45 para hacer novelas y cuentos. Para el que estoy trabajando ahora conseguí en Costa Rica, durante la feria del libro pasada, un cuaderno inglés decorado con una partitura de Bach, con cierre magnético y un papel riquísimo. El cuadernito en el que estaba escribiendo una serie de cuentos, que a la vez será una novela --ya lo verán en su momento--, lo perdí en Bolivia, aún no sé cómo ni, evidentemente, dónde. Es el primer cuaderno que pierdo que no puedo recuperar.
Allí venía un pedazo del segundo cuento y hubo que reconstruirlo --ya lo estoy terminando-- y el inicio del tercero, que aún no logro rearmar. Ya me preocuparé de él en su momento. Y los propios lentes son bien retro también, de cobre y redonditos, pero no pensé en eso cuando los compré; nomás me enamoré de ellos. Supongo que el mundo se ve diferente a través de unos lentes así que a través de unos más... uh... modernos, si el término significa algo; por algo, como dice Thierry, lo más tecnológico que hay en mis novelas son pistolas bien aceitadas. O yo también nací retro, que no le veo nada malo. Me cae bien el papá del personaje de Robots, y hasta me gustaría ser capaz de lavar los platos como él. Vaya, de lavar platos aunque sea, una de mis ocupaciones menos favoritas, igual que tender las camas y planchar. (Lo demás es negociable.)
Más retro aún: el cuaderno está en el piso porque generalmente escribo echado panza abajo. Es comodísimo. Así veo tele y leo la mayor parte de las veces, y desde que tengo memoria.

Y, bueno, la vida no es hi-tech, aunque no haya nada más hi-tech que ver como salen cosas vivas de otras cosas vivas, merced a los tratos de estas últimas cosas vivas con otras cosas vivas.
Mientras estaba en La Paz, la gata Sombra tuvo tres gatitos. En realidad debió tenerlos antes, pero los había escondido en la casa de la vecina, y Krisma los descubrió cuando los estaba trasladando a una estufa inservible que tenemos en la parte trasera de la casa, junto a una parabólica de Telecom por la que no vinieron jamás cuando cortamos el servicio. Dos hembras --la de la izquierda-- y un macho, curiosamente del tipo llamado "escama de tortuga", un diseño rarísimo y, hasta donde entiendo, bastante apreciado por los que saben de gatos. Mi hija Eunice tiene una gata así, la Amy, que ya anda en los 16 años de su edad. (Amy. Eunice cumplirá 21 años el 1 de octubre.)
Hace como tres semanas los llevamos a una tienda de mascotas y los regalamos. No íbamos a cobrar por ellos. Y Sombra ya está cargada otra vez... Le encanta el hi-tech, como si dijéramos. Eso sí, Natasha no deja que el gato-papá se acerque a la casa, aunque a Sombra la protege bastante, con todo y que de vez en cuando le mete carrera nomás por no olvidar la vieja tradición de que los perros persiguen a los gatos. Casi siempre la alcanza y allí terminan las hostilidades. Uno busca a Sombra y generalmente está echada a un metro de Natasha, ambas dormidas... Sombra sólo con un ojo, no vaya a ser la de malas.

Y, sí, Vale se pone a jugar a tomar fotos con la camarita del Hombre Araña. Ya hace días que dejó de funcionar --la camarita, porque Vale está bastante activa--, y yo a lo mismo.

Hace unas noches nos pusimos en ésas y vi que, aunque Vale tiene mi hardware, el software es totalmente de Krisma. Cada vez se parece más a ella en sus gestos, en su modo de hablar, en su modo de mirar. A la vez, con pequeñas diferencias, como la forma de los ojos, es muy, muy parecida a Eunice cuando tenía esa edad (cuatro años y ya casi el medio).

Hace un par de días compramos una máquina de cortar pelo, para mi cada vez más escaso cabello y sobre todo para la barba. Vale quiso que le recortáramos también el cabello y, sí, con un poco de terror, se lo despuntamos un poco y le dejamos la cara descubierta. (Esta foto es anterior a eso.) No le gustó que no usáramos la máquina, sino las tijeras, pero se conformó. Ahora hay que llevarla con una peluquera de verdad; la última vez que se lo re cortaron fue hace como un año, y en el ínterin ella se metió un par de cortes con la tijera de recortar dibujitos.
Y, sí, esa expresión es de Krisma. Me caen bien ambas.

18 de septiembre de 2008

Viene Denise

El sábado próximo, claritas las siete de la noche, llega a casa Denise Phé-Funchal, con ganas de platicar un rato con los compañeros de La Casa del Escritor. El domingo estará en el taller, para ver a los compañeros que no puedan venir el sábado. Se va el lunes.
Así que ya saben: sábado en la nochecita (traigan algo de comer o beber, pan, gaseosa, postre o lo que gusten; Krisma y yo vemos de algo básico de cenar, un mole, digamos) o domingo por la tarde en La Casa.
(Va a traer canillitas de leche, pero ésas son para mí, je je. Es el tributo debido de los guatemaltecos al Gran Ra Alf, y que hablen lo que quieran acerca de abusos de autoridad. Si no, le toca la Macarena.)

15 de septiembre de 2008

Trabajo en vano

Hace treinta y tantos años, Carlos Fuentes se convirtió en el primer escritor --al menos latinoamericano-- que cobró por dar entrevistas. ¡Mil dólares de la época, ni más ni menos! Por esa cantidad, Enrique Loubet Jr. --fallecido a principios de año-- tuvo el derecho de platicar con él durante tres días, y eso incluyó hacerle las preguntas que quisiera y que Fuentes las contestara. Todo con contrato de por medio.
La entrevista debía aparecer en la revista mexicana Caballero, pero por ese precio consideraron que mejor sacaban un librito aparte, adjunto a la edición, que conseguí en una librería de viejo. La entrevista era excelente. Las respuestas de Fuentes eran de lo mejor, como siempre, porque las preguntas de Loubet estaban muy bien pensadas. Vaya: hasta se había leído a fondo los libros que Fuentes llevaba publicados a la fecha, algo que no muchos periodistas se toman el trabajo de hacer, y por eso salen con cosas como "¿En qué se inspira para escribir?", "¿Cuáles son sus principales motivaciones?", "¿Cuántos libros dice que ha publicado?", etcétera.
Y la primera pregunta de Loubet fue la que hubiera hecho cualquier periodista hijo de mujer (y de hombre también, de preferencia): "¿Por qué cobras por dar entrevistas?"
Porque me estás haciendo trabajar, le dijo Fuentes, y yo cobro por trabajar. Y te cobro caro porque me vas a hacer trabajar bastante. (Como en efecto ocurrió. Loubet había pasado de antemano un cuestionario tentativo para que Fuentes trabajara en él.)
Obviamente para muchos --escritores y periodistas-- fue un impacto: ¡pero si dar entrevistas es para promoverse, para que lo conozcan a uno, para que se interesen en su obra! Y puede ser cierto, pero eso no es responsabilidad de uno, sino de los editores, los agentes --si acaso se puede conseguirse uno-- y de los dueños de las librerías. El trabajo de un escritor es escribir, pensar en literatura, hacer cosas relativas a la literatura y, si no tiene mucha suerte, ganarse la vida haciendo lo que pueda... por ejemplo dando entrevistas.
Y es cierto: cuando los periodistas lo llaman a uno para pedirle entrevistas, es cosa de ponerse a trabajar, si uno se toma en serio, y si se toma en serio a los periodistas. Hay otra cosa cierta: los periodistas no siempre lo toman en serio a uno, y a veces ni a ellos mismos. Se les ocurre un "tema", o se lo da el editor, hacen llamadas telefónicas y en un rato tienen una nota con la que nadie gana nada, ni el periodista ni el entrevistado ni el lector. Lo importante es salir con "el tema" del día, y para eso usan fórmulas, preconceptos y no importa lo que les digan: no los van a sacar de donde estén, y menos aún porque para mañana o pasado o la próxima semana tienen otro "tema" con el cual tampoco nadie ganará nada. Ya hablé aquí de esa mala costumbre, a partir de un "tema" (no) desarrollado por Alfredo García, de El diario de hoy.
Hace poco, la reportera Gabriela Mendoza, de EDH, nos llamó a Krisma y a mí para preguntarnos acerca de lo que pensábamos acerca de los escritores suicidas y de por qué escribíamos acerca del suicidio. A partir del montón de cosas que han publicado y que jamás dije, mi política es (era, en realidad; ya hablaré de eso) que no doy entrevistas por teléfono. Si quieren hablar, que sea en persona, grabadoras en mano (la de ellos y la mía), y de preferencia por correo electrónico; después de todo se trata sólo de hacer copy/paste y no hay modo de errarle. Le recomendé a Krisma que hiciera lo mismo. Y, sí, ambos hemos escrito acerca del suicidio, si es que uno escribe acerca de algo en particular: La puerta de los suicidas en su caso, Trece y Cualquier forma de morir, en el mío. (Además del que estoy haciendo ahora, que es como un accésit de Trece. Está quedando bien.)
El resultado fue una nota... uh... bastante pobre. Y no por el hecho de que me hayan puesto como contraparte de mi gran amigo Carlos Cañas Dinarte, que para no variar dijo algún despropósito, supongo que de buena fe, sino porque el "tema" daba para mucho más, si uno se lo tomaba en serio. De lo que no me di cuenta es de que Gabriela estaba escribiendo junto con Alfredo García; si no, ni siquiera me tomo la molestia. (De hecho apenas me di cuenta hoy, mientras empezaba a escribir este post.)
En fin, que nos tuvo a Krisma y a mí trabajando durante un buen par de horas en las respuestas, y al final ni siquiera puso lo de ella, y de lo mío muy poco. La nota puede encontrarse en este link. (No, no hay pruebas de que Alfredo Espino se suicidara, ni eso lo hace buen poeta.) La entrevista completa que me hizo Gabriela viene a continuación, sin una coma de más o de menos:

¿Sabe de algún escritor salvadoreño que se haya suicidado?
Que se haya suicidado directa y abiertamente, no. Pero, con la cantidad que tomaban Alfredo Espino y Orlando Fresedo, por ejemplo, y el modo de vida que llevaban, era obvio que no iban a llegar a los treinta años. Y no llegaron. Alguien se inventó que Espino se había suicidado, creo que ahorcándose, pero no hay evidencia de que sea así. Roque Dalton se metió con la gente equivocada, en el momento equivocado, y ahora resulta obvio que no iba a salir vivo. Allí tenemos varios "suicidios asistidos", por los cantineros o por jefes guerrilleros. Otros escriben muy mal, y publican lo que escriben, que es otro modo de suicidarse. Y es peor, porque tienen que asistir todos los días a sus propios funerales, y a veces ni siquiera saben que han muerto.

¿Por qué cree que el tema del suicidio es tan recurrente en los escritores?
La muerte, en general, es un tema recurrente, en todas sus posibilidades. Es quizá por miedo. La posibilidad de ser un suicida, sin saberlo, da miedo, al igual que la posibilidad de morir en el momento menos esperado. Ése es un problema de todos los que estamos vivos, pero los escritores tenemos la oportunidad de publicarlo.

¿Por qué le gusta escribir sobre el tema del suicidio? (Puede mencionar nombres de sus libros que hablen del suicidio)
No es que me guste; es que el tema está allí, y a veces aparece un personaje que quiere o debe suicidarse y uno tiene que hablar de eso. Hay dos libros en especial en los que hablo del suicidio: uno muy en serio (Trece) y otro en plan de humor negro (Cualquier forma de morir). El primero lo escribí después de una depresión clínica. Cuando salí de ella me di cuenta de que muchos depresivos son suicidas, me dio miedo y me puse a investigar sobre el asunto, y salió la novela. Después supe que no todos los depresivos son suicidas, pero ya la novela estaba publicada. El segundo tiene que ver con una etapa política en México en que todo el mundo empezó a suicidarse, o eso dijeron. Hubo uno que se mató de un disparo en la nuca, y otro con dos tiros de revólver en el corazón. ¿Cómo no aprovechar para reírse un poco?

¿Tiene alguna relación la latencia del suicidio en los escritores que lo cometieron con el del talento innato de los escritores?
No creo. Tampoco creo en el talento innato. Alejandra Pizarnik y Sylvia Plath, por ejemplo, eran bipolares, y se suicidaron como lo hacen miles de bipolares, pero ellas eran poetas. Hay muchísimos más escritores que no se suicidan. Mishima se suicidó por una cuestión de honor, y yo diría más bien que por vanidad. Horacio Quiroga se mató por una depresión, seguro; todos en su familia se habían suicidado o muerto trágicamente, y ya sólo iba quedando él. No creo que entre artistas haya más suicidas que en cualquier otro estrato. Al contrario: quizá la escritura ayude a muchos a mantener la cordura, o al menos dará motivos para seguir vivo. Se dice que Hemingway se suicidó cuando descubrió que no podía escribir más. Todo escritor, periódicamente, siente lo mismo, pero las calles no están forradas de escritores suicidados.

¿Cree que el hecho que se hayan suicidado les generó más "fama"?
No creo. Pizarnik y Plath son muy buenas poetas, igual que Mishima es un novelista extraordinario y Quiroga es uno de los pilares del cuento. Pero pocos recuerdan a Jacques Rigaut, quien se pasó anunciando su suicidio en sus obras y después se mató a los 30 años, como había dicho. Quizá si hubiera madurado un poco más como escritor, y si no se hubiera convertido en un militante de su propio suicidio, quedaría de él algo más que algún dato curioso o su libro más importante, Agencia General de Suicidios, también como una curiosidad. Y habrá decenas o cientos de los que no nos hemos enterado.

¿Por qué debe haber una enfermedad mental o depresión detrás de un suicida?
No necesariamente. Están los que se matan por enfermedades terminales, o por impulsos del momento, o por estupideces. Pushkin, que era escritor y no más que escritor, se batió a duelo con un militar hecho y derecho, supuestamente para defender el honor de su esposa, y desde luego que resultó muerto. Eso es un suicidio asistido, provocado por la estupidez. Están los jugadores de ruleta rusa; muchos de ellos lo hacen por machismo. Y no todos los depresivos son suicidas, ni todos los enfermos mentales. Hay enfermedades mentales que, precisamente, evitan que la persona se autodestruya físicamente; a veces la locura es un mecanismo de defensa.

¿Cree que el hecho de suicidarse les permitió liberarse de su sufrimiento en vida?
No sé. Y de verdad que no pienso suicidarme sólo para averiguarlo.

¿Cree que el tema de la muerte permite que ellos desarrollen obras de calidad?
Es que sólo hay tres temas sobre los que vale la pena escribir, como señaló Quiroga: locura, amor y muerte, y las mezclas de los tres en diferentes dosis. Creo que una obra no es de calidad por sus temas, sino por su elaboración, por su "artesanía", digamos. Para mí el tema es incidental. Pero hay excelentes trabajos que tratan acerca de la muerte y el suicidio, como los poemas de Pizarnik, o Las nuevas mil y una noches, de Stevenson, o las tragedias de Shakespeare, donde se mueren todos.

* * *

Me molestó bastante el modo en que trató el asunto, y cómo me gasté algunas neuronas en cosas que no tenía ni siquiera que haber dicho, porque no las iban a publicar. Pero se lo toma uno en serio o no, y siempre es bueno darles el beneficio de la duda a los compañeros de oficio. (No escritores, sino periodistas. Son cosas diferentes, pero me ha tocado estar en ambos bandos.)
A mediados de la semana pasada, ya sin llamada telefónica de por medio, recibí un nuevo cuestionario de Gabriela Mendoza. Tenía mucho trabajo --del que sí da de comer, vaya-- y no revisé ese día lo que decía el correo. Al día siguiente, por la tarde, la llamada: ¿había recibido el mail?, ¿cuándo podría contestarlo?, porque el tema es para el lunes... Me trague´las objeciones y, en fin, revisé el cuestionario. Ahora era acerca de los blogs. Nada original; tanto EDH como La prensa gráfica lo han tratado, me parece que con poca fortuna; no entienden de qué rayos se trata. Hasta escribí una nota en CA21, que puede encontrarse aquí. Creo que debí remitirla a ella; my mistake.
Respondí, y Krisma también, y lo que salió fue un arroz con mango de lo menos suculento. La nota está en este link, y también firma Alfredo García. La entrevista completa viene a continuación:

¿Desde cuándo tiene activo su blog?
Desde noviembre de 2004. Hasta la fecha llevo casi 780 posts o entradas.

¿Cómo surgió la idea de hacer un blog?
Fue más bien un impulso. Siempre quise llevar un diario de trabajo y personal de manera sistemática, y nunca lo logré, y me pareció que era un buen recurso para hacerlo.

¿Logró familiarizarse rápido con la estructura del blog?
Sí. Es mucho más sencillo que llevar una página personal. Lo único que uno tiene que hacer es escoger el formato y escribir, sin preocuparse por el lenguaje de programación y esas cosas.

¿Por qué hacer público lo que escribe y no dejarlo en un documento de word, por ejemplo?
Mis documentos de Word están en mi computadora y salen de allí cuando se van a publicar en papel.
Para la época en que empecé el blog, había varios millones colgados por todas partes. No creí que nadie fuera a leerlo. Estar en medio de tanta gente lo vuelve a uno invisible. ¿Qué mejor manera de hacer un diario personal?
Además, "lo que escribo" está dividido en muchas partes. Lo que voy escribiendo de literatura no va en el blog, excepto algunas cosas que ya están publicadas, más como ejemplo que como, digamos, "difusión". Para eso tengo otro blog:
http://lamanchaenlapared.blogspot.com
Allí hay muy pocas entradas, y hace meses que no pongo nada. Cuando haga falta lo haré.

Siendo un escritor por naturaleza, ¿qué le da un blog que no pueda darle una publicación en "físico"?
Nada. Son cosas diferentes. Lo que me gusta del blog, como de cualquier diario personal, es revisarlo las anotaciones cada cierto tiempo y de allí pueden salir buenas ideas. Claro que hay interacción con otras personas --es un diario impúdico, digamos--, y eso en ocasiones determina que hable de ciertos temas, pero igual sigue siendo un diario personal, una libreta de apuntes, un lugar donde escribo lo que no escribiría en otra parte. No está pensado para publicarse físicamente. De hecho no está pensado; sale lo que sale. Uno de los atractivos de los blogs, para muchas personas, es dar a conocer su obra. Me parece que no es el medio idóneo; para eso están los libros. Y en general los trabajos literarios que se publican en blogs son deficientes, con las meritorias excepciones del caso. A lo sumo serán borradores, ideas, no filtradas por las necesidades que da una publicación en forma.

Supimos que usted ganó un premio por su blog, ¿puede hablar un poco acerca de eso y cuándo fue?
Me han dado premios de amistad, que inventan y reparten otros bloggers. Me conmueve la idea, pero no sé muy bien cómo manejarla. Me desconcierta que le den premios, así sea de amistad, a una libreta de apuntes...

Si usted tuviera que dar un premio, ¿qué requisitos mínimos debería tener el blog ganador?
Me ha tocado ser jurado de premios literarios, pero las bases ya están establecidas. No sabría qué criterios usar con un blog. Más bien me parece que es un modo de comunicarse con los amigos; los premios son algo demasiado solemne para calilficar a los amigos.

Puede decirme algún dato curioso sobre sus lectores, es decir, algún comentario extraño o alguna propuesta que haya sido fuera de lo común (algo gracioso, algo que lo hizo enojar, algo que lo conmovió, etc.)
En el mundo hay imbéciles, y alrededor de los blogs giran muchos, los llamados trolls, que se dedican a hostigar a los bloggers por el placer de hacerlo. Hay otros que lo hacen para cobrarle a uno cuentas, generalmente imaginarias. Hubo varios --sé quiénes son, y se supone que son gente seria-- que abrieron varios blogs para insultarnos a mi esposa, a mí y hasta a mi hija, que en ese entonces tenía dos años y medio. Hasta mis perros salieron insultados. Eran terribles, racistas, bastante bajos. Curiosamente provenían de gente que se declara de izquierda, y que, cuando no usan el anonimato, se declaran defensores de las mejores causas. (Aprovecho para mandarles un saludo.)
También he conocido gente interesante y gente buena. Hay varios que ahora están entre mis amigos más queridos.

¿Cómo ve el futuro de los blogs?
Supongo que en algún momento habrá una sobresaturación e irán desapareciendo para convertirse en otras cosas. La idea del Google Blogger es muy buena, al menos para lo que necesito, pero hay otras que permiten una mayor interacción, que son más dinámicas, como Facebook. Para mí Facebook es demasiado; lo único que quiero es una libreta de apuntes, como ya dije.

¿Para usted es una buena alternativa de comunicación?
Si te refieres a si es una alternativa a los medios de comunicación, no necesariamente, pero en los blogs puedes enterarte de cosas que los medios jamás publicarían, por política editorial o por lo que sea. Si te refieres a comunicación entre personas, sí, es una excelente alternativa. Entre otras cosas, se ha armado una red de blogs de compañeros de La Casa del Escritor, que está entrelazada a otras redes, las de los amigos de cada uno de ellos. Al final hay redes complejas de personas que comparten intereses, y que quizá no se vayan a conocer nunca en vivo, pero igual es divertido y aleccionador.
Pensándolo mejor, una buena mezcla de blogs puede convertirse en una interesante revista cultural, algo que falta en el país. O una revista política. O lo que uno quiera. Uso el Google Reader para leer lo que hay en los blogs, y es como si todas las mañanas recibiera una revista en mi correo, con materiales que generalmente me satisfacen, sin tener que filtrarlos por los gustos de otros o por una línea editorial que sólo comparto parcialmente, o que no comparto.

¿Puede recomendarnos uno o dos de sus blogs favoritos (además de los que tiene en el suyo)?
Xibalbá, de Ixquic: http://ixquic.blogspot.com/
Orsai, de Hernán Casciari: http://www.orsai.es/
Siguiente página, de Paolo Luers: http://siguientepagina.blogspot.com/
Plaqueta y ya, de Tamara de Anda: http://plaqueta.blogspot.com/

* * *

Me doy cuenta, de repente, de que no es que mi opinión acerca del suicidio o de los blogs le interese realmente a nadie, al menos en los términos en los que se plantearon esas notas. Mientras no me suicide no soy experto en el tema, y tampoco mientras no reciba al menos un millón de visitas al mes, como Casciari (¡qué divertido e inteligente es Orsai!); las entre 5,500 y 7,000 visitas mensuales a este blog me hacen casi tan invisible como creía que era, y más bien lo mantienen en el nivel de un grupo de amigos que me visitan --incluyo a los trolls, cómo no--, y a algunos de ellos los visito también con regularidad. Lo que importa es que alguien saque "el tema" del día o la semana, y para eso me usa porque le parece que... bueno... no sé qué le parezca.
Creí que dando las entrevistas por correo electrónico haría que al menos me citaran textualmente, pero fallé: en la nota de los blogs ni Gabriela ni Alfredo leyeron lo que escribí tan claramente. Y eso debe tener consecuencias, o no he aprendido nada.
Y éstas son que daré la menor cantidad posible de entrevistas; no se trata de trabajar para otros, sin que pongan mucho de su parte. Y además trabajar en vano, porque uno se quema el coco y ellos nada más están llenando un machote. Para eso hay trabajos también, en Hacienda o en las tramitadoras de licencias o vaya a saber.
O de plano cobrar por trabajar para ellos. La tarifa sería según la cantidad de trabajo que deba hacer, o sea que primero manden el cuestionario, le pongo precio a las respuestas y allí sí pueden hacer lo que gusten. Están excluidas, desde luego, las cosas que deba decir como empleado de Concultura; ya recibo un sueldo para eso. Y también cuando se presente algún libro mío, que no ocurre con mucha frecuencia en El Salvador. Ya sabrán qué hacer con eso; para mí es parte de mi trabajo habitual.
Y tan lindo que es el periodismo... Y tan emocionante que es hacer entrevistas...

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P.S.: Si se trata de irresponsabilidad periodística, lean este post de Sandra Aguilar acerca de un primo suyo que murió en un accidente. El reportero, según dice, se inventó todo. Triste triste.

12 de septiembre de 2008

Más tribulaciones y más asteriscos

Los compañeros de Radio Don Bosco me pasaron otros diez programas de Tribulaciones y asteriscos, con entrevistas bien interesantes, en especial con compañeros de La Casa del Escritor. Hay algunas entrevistas que se llevan hasta tres partes, como la de Denise Phé-Funchal, que enfoca la literatura y la vida de una manera muy personal e interesante; hay un par de programas con Mario Zetino y Santiago Vásquez, donde hablan de literatura universal y salvadoreña desde puntos de vista bastante... uh... inquietantes, digamos. Viene la segunda parte de la entrevista con Ana Escoto, que estaba pendiente desde hacía casi dos meses, y una con don Manuel, el director de Los Historiantes de Panchimalco. Como de eso sé poco, le pasé el micrófono a Johanna Marroquín, la otra mitad de La Casa, y ella hizo la entrevista. Estaba aterrada, desde luego, pero lo hizo muy bien. Etcétera.
Los nuevos programas los pueden encontrar aquí. Si quieren ver todos, pueden ir acá.
Todos los archivos pueden escucharse en eSnips o descargarse. Están en mp3, a 64kbps, para que no resulten muy pesados. (Me han dicho que, al tratar de escucharlos directamente en eSnips, suenan como Alvin y las Ardillas. No sé a qué se deberá. Mejor bájenlos a la compu.)

11 de septiembre de 2008

11/9

...de 1973.

Algo más para la lista de cosas que no deben olvidarse.

7 de septiembre de 2008

Nostalgia de Los Andes

Como no he podido conocer Los Andes, al menos no de los que me habían hablado. Lilian Fernández Hall me manda --de Suecia, desde luego-- unas bonitas fotos de la cordillera. Recomienda, para disfrutarlos mejor, un viaje en autobús de Mendoza a Santiago. Las reproduzco aquí, con muchas gracias para ella.

6 de septiembre de 2008

Un macho sin pasión

Reproduzco una nota acerca de mi novela Trece que se publicó en el diario Prensa Libre de Guatemala, en este link, bajo la firma de Margarita Carrera, una conocida y reconocida reseñista y crítica de por allá. Me gustó bastante (la nota); ya hace un año y medio publicó una acerca de Cualquier forma de morir en la que me acusaba de macho, y ahora falto de pasión, además de decir que mi pobre personaje es impotente. Como dije en su momento, en este post, me lo busqué --allí se habla de los motivos--, y lo pago con gusto.
Lo único que no agradezco es lo de "talento innato". No porque me parezca condescendiente, sino porque el talento no sirve de nada si no se trabaja. Y obviamente yo no he trabajado el mío, je. (Después de la reseña viene una cosa que escribí acerca de Camus, así que no se vayan tan rápido.)
Ah: propongo que en las universidades se establezca una nueva materia: crítica literaria de género. No sé qué tanto serviría, pero sería un éxito.

Revelaciones: Trece
Por Margarita Carrera

Además del talento innato, observo que Rafael Menjívar Ochoa ha tenido éxito dentro del mundo desarrollado.
Escritor, periodista, traductor. Vivió fuera de El Salvador de 1973 a 1999, especialmente en México. Una parte de sus novelas se ha publicado en francés, y sus cuentos aparecen en antologías en Francia, Alemania, Italia, España y México. Esto me recuerda a Cardoza y Aragón, Monteforte Toledo y Tito Monterroso. Talentos excepcionales con no menos excepcionales oportunidades dentro del desarrollo.
Me concentro en la novela Trece de Menjívar. El tema más que filosófico (como lo quería Camus), es, según mi punto de vista, psicológico: el suicidio. La muerte cuando nosotros deseamos, como nosotros deseamos y donde nosotros deseamos. Pero alrededor de ésta, se alínean pensamientos que podrían ser ensayos o simples observaciones. En el Mito de Sísifo, Camus se aleja de la psicología profunda, comulga más bien con la filosofía: “No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio”. “Juzgar que la vida vale o no vale la pena de que se la viva es responder a la pregunta fundamental de la filosofía”. ¿Es esto verdadero? Habría que preguntarle a Freud.
Menjívar no ha tenido psicoanálisis, sí practica un análisis filosófico de cuanto le rodea. Libre de pasiones, su personaje decide suicidarse después de que pasen trece días. En algunos capítulos hay reflexiones, observaciones, pensamientos sin mayor importancia, por lo menos para el lector: “Siempre he tenido pánico de volar. Hoy hubiera sido un excelente día para viajar en avión…” “Quizá me quede aquí, viendo a la muchacha hasta que su belleza se marchite”.
En los capítulos en donde nos relata aconteceres con su familia, la historia se torna interesante. Pero ¿dónde está la pasión? Un hombre o una mujer sin pasión, creo yo, bien merece morir. Pero no lo hará con sus propias manos. Los días pasarán siempre iguales, siempre que no haya malestar físico alguno o alguna pena por equis cosa. Pero esto que hago parece más bien una crítica, no un análisis literario de la obra. ¿Analizar qué? ¿La estupidez del personaje principal? ¿Su carencia de afectos profundos y verdaderos? Ni siquiera un perro o un gato a quien entregar su cariño. ¡Ya sé! El personaje es impotente. Quien no sabe amar a nadie, necesariamente es un impotente, aunque funcione sexualmente. Menjívar Ochoa, estoy segura, tiene mejores obras. Si no, no tendría tanto éxito en el exterior. Desdichadamente en el exterior hay también múltiples escritores sin pasión.
Aparentemente frío, Borges estaba lleno de pasión. No concibo una obra sin pasión. Por eso, quizá, me deleita tanto Madame Bovary. “Es que yo soy Madame Bovary”, nos dice Flaubert. El suicidio es totalmente justificable en este personaje femenino tan magníficamente trazado. Fuera del suicidio, no encuentra salvación alguna. Aunque el arsénico le provoque dolores infinitos. También existe el suicidio lento, de agonía prolongada a manera de autocastigo infame. Quien se suicida es quien ama con hondura la vida. No el que la desprecia.
Opiniones –las mías- que no quitan ni ponen nada a Trece. Una obra bien escrita, casi de manera impecable. Para mí, el problema de la novela es la carencia de pasión. Pero Menjívar Ochoa no lo vio así cuando la escribió. Una vez publicada, ya no le pertenece del todo. Pertenece a los lectores que pueden rehacerla o deshacerla, como quieran. Es simple cuestión de filosofías, psicologías y opiniones.

* * *

Hace ya varios años escribí un libro que debería estar por publicarse (los editores se atrasan, qué sé yo). En el capítulo 11 hablo un poco de El mito de Sísifo, de Camus, que nunca me ha gustado. O sea que una influencia literaria mía no es; de Camus lo único que me gusta es El extranjero y sus cuentos, que me parecen maravillosos. Reproduzco fragmentos de ese capítulo 11, en el que curiosamente se habla de mi amigo René Bascopé, a quien fui a visitar a su tumba hace un par de semanas:

En 1980 compré un libro de Albert Camus, El mito de Sísifo, que me ha seguido desde entonces por casas, maletas y países. Nunca he logrado leerlo completo –lo he intentado– y, a decir verdad, me resulta un tanto tedioso; las preocupaciones de Camus sobre el suicidio me parecen forzadas y poco vitales, aunque cada quién sabe cómo habla de sus cosas, y cómo las siente.
Compré el libro por recomendación de René Bascopé, un cuentista boliviano muerto en La Paz en 1984: se dio un tiro en el estómago, y juran que se trató de un accidente. Cuando lo conocí, René era todo un escritor de 29 años, que sabía lo que yo ignoraba a mis 20, y me enseñó sutilezas de la literatura que aún no termino de comprender. (Quizá sí. Lo más probable es que lo haya idealizado, y está bien.)
De noche en noche, cada dos o tres años, trato de leer El mito de Sísifo y me encuentro con subrayados que he hecho a lo largo del tiempo y de lecturas truncadas, y hago algún subrayado nuevo, casi por inercia, sin que el libro me llegue a interesar.
Cambio de casa y el libro va en la caja de los más importantes; cambio de país y está entre los quince o veinte que llevo en la maleta de mano, los de hojas amarillas y portadas quebradizas, mezclados con mis cuadernos y manuscritos: las cartas de Raymond Chandler, Asesinato en la catedral y Cuatro cuartetos de Eliot, El arte de la poesía de Pound, Homenaje a Cataluña de Orwell, uno sobre el cine expresionista alemán...
Después de escribir el primer borrador de este texto me dije que quizá fuera el momento de entender El mito de Sísifo –su tema es el suicidio–, y me puse a leerlo una noche, antes de dormir. Fue en vano: los ojos y la mente pasaban por encima de las hojas sin encontrar nada de qué agarrarse y, como siempre, sentí vergüenza por mi incapacidad de comprenderlo y emocionarme. Más por defensa que por soberbia –y ya dentro de la lógica de Camus–, pensé que tenía 41 años, que en unos meses cumpliría 42, que había llegado a un punto al que René jamás llegó, que había vivido cosas que él ya no viviría y que, en fin, veía el mundo de un modo que para él fue y será inaccesible.
Sí, me dije con sorna, pero él conoció mucho antes la experiencia que te falta: el instante en el que todo acaba y sabes que el mundo seguirá sin ti, y que no importa. Como siempre que llego a ese punto, me dije que ya será el momento, que no hay prisa, y me dediqué a revisar las frases subrayadas a lo largo de años:

No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio. Juzgar que la vida vale la pena o no vale la pena de que se la viva es responder a la pregunta fundamental de la filosofía.

(lo que se llama una razón para vivir es, al mismo tiempo, una excelente razón para morir)

Comenzar a pensar es comenzar a ser minado.

Quienes se suicidan suelen estar con frecuencia seguros del sentido de la vida.

La elisión típica, la elisión mortal [...], es la esperanza: esperanza de otra vida que hay que “merecer”, o engaño de quienes viven no para la vida misma, sino para alguna gran idea que la supera, la sublima, le da un sentido y la traiciona.

También los hombres segregan lo inhumano. En ciertas horas de lucidez, el aspecto mecánico de sus gestos, su pantomima carente de sentido vuelven estúpido cuanto les rodea. Un hombre habla por teléfono detrás de un tabique de vidrio; no se le oye, pero se ve su mímica sin sentido: uno se pregunta por qué vive. Este malestar ante la inhumanidad del hombre mismo, esta caída incalculable ante la imagen de lo que somos, esta “náusea”, como la llama un autor de nuestros días, es también lo absurdo. El extraño que, en ciertos segundos, viene a nuestro encuentro en un espejo; el hermano familiar y, no obstante, inquietante que volvemos a encontrar en nuestras fotografías, son también lo absurdo.

El horror procede en realidad del lado matemático del acontecimiento.

Comprender es, ante todo, unificar.

Para un hombre, comprender al mundo es reducirlo a lo humano, marcarlo con su sello.

Si hubiera que escribir la única historia significativa del pensamiento humano, habría que escribir la de sus arrepentimientos sucesivos y sus impotencias.

Existe un hecho evidente que parece enteramente moral: un hombre es siempre presa de sus verdades. Una vez que las reconoce no puede apartarse de ellas. No hay más remedio que pagarlas. Un hombre que adquiere conciencia de lo absurdo queda ligado a ello para siempre. Un hombre sin esperanza y consciente de no tenerla no pertenece ya al porvenir. Esto es natural. Pero es natural también que haga esfuerzos por librarse del universo que él mismo ha creado.

...ese Dios puede ser vengativo y odioso, incomprensible y contradictorio, pero cuanto más odioso es su rostro tanto más afirma su poder. Su grandeza es su inconsecuencia. Su prueba es su inhumanidad.
Creo que alguna vez llegué a la página 126 (de un total de 149) porque allí encuentro un viejo boleto de metro como marcador, pero no hay subrayados después de la página 44; quizá me salté capítulos enteros o puse el boleto en la 126 porque había que ponerlo en alguna parte. Pero –me digo con inocencia– en los subrayados deben estar las claves que expliquen el suicidio de ***, y mi lógica es la del que busca augurios al azar abriendo un libro con los ojos cerrados y pone el dedo en cualquier línea, o espera que en la primera frase que diga la primera persona a la que se encuentre al salir de casa esté la clave para resolver un problema que se es incapaz de descifrar.
Y, sí, lo veo, en las frases de Camus están las claves para explicar la muerte de ***, pero también la vida de cada uno de nosotros, y nuestros amores y odios, y nuestros motivos para seguir vivos o para dedicarnos a cierta cosa en particular. Son buenas frases. Y pienso ahora que a lo largo de casi treinta años he cargado un libro que no me gusta porque creí que en algún momento me haría las preguntas de las que los subrayados serían las respuestas, y veo que quizá sea hora de dejarlo abandonado: no es más que un libro, un objeto, algo externo después de todo, como los países, los monumentos y los muertos ajenos.
Releo las citas y me doy cuenta del motivo por el que nunca pude leer El mito de Sísifo: a Camus en el fondo no le interesa que yo (cualquier lector) comparta sus ideas o sentimientos acerca del suicidio (y por tanto de su sentido de la vida): lo que hace es tratar de justificar su vida y su fascinación por la muerte, y espera mi adhesión incondicional. No que me entere de sus ideas, sino que las haga mías. Y sus palabras encierran verdades, pero son palabras que pertenecen a su alma, no a la mía. (Aun así coloco una de sus frases como epígrafe de este libro, porque es bella.)
Uno de los hechos que me ha sido difícil comprender –y las frases subrayadas lo explican también, cómo no– es que mi padre muriera porque quería morir, que sólo fue al médico cuando el cáncer se había extendido tanto que la cirugía era prácticamente un paliativo. Su gran esperanza era no salir con vida de la primera operación; despertar de la anestesia fue para él una experiencia triste. Para darle un poco más de vida había sido necesario extirparle la vejiga, la próstata, un trozo de intestino, otro de estómago; se sentía mutilado y humillado, y no comprendía que se pudiera vivir así. Pero lo intentó. El médico se lo había dicho: sin la operación, le quedaban dos o tres meses de vida. Con la operación vivió un año, las últimas semanas en condiciones de sufrimiento o inconsciencia.
En enero de 2000, cuando aún no estaba bajo el efecto constante de la morfina, me dijo una frase que aún oigo de tanto en tanto, con su voz ronca y su tristeza:
–Creí que era más fácil morir que vivir, pero no. Ahora no me queda más remedio que tratar de seguir viviendo.
Llegó más lejos de lo que él mismo pensaba: en su estado normal, cuando estaba delgado, pesaba unos 70 kilos; su cadáver pesaba menos de 40. Cuando los médicos le daban tres o cuatro días de vida, llegué a Costa Rica para estar con él en el momento de su muerte. Dos días después comenzó a revivir; los huesos se le cubrieron nuevamente de músculo y durante un mes conversamos casi todas las madrugadas, como siempre que nos veíamos. A ratos lograba salir de entre la morfina y reíamos, cantábamos canciones antiguas y recordábamos con placer a nuestros muertos. Entró en radioterapia (tenía un tumor en la columna, que parecía localizado) y creímos que había alguna posibilidad de que viviera un tiempo más en condiciones aceptables.
Cuando tuve que regresar a El Salvador decidió que era hora de seguir con su muerte. Vivió hasta que en el cuerpo no le quedó nada que pudiera seguir vivo: le sacó hasta la última gota a la vida.
Eso es lo que no encuentro en Camus: la muerte como un proceso vital. La resistencia a la muerte, la necesidad de morir o no morir, el control sobre los mecanismos de la muerte, el juego de la muerte, con la muerte, para la muerte.
Mi padre creía en el suicidio como solución extrema. Me imaginé que, para no llegar al punto al que llegó, recurriría a una sobredosis, y me parecía bien. Nunca se habló en familia, pero sé que lo esperábamos; el orgullo de mi padre no soportaría el no poder valerse a sí mismo, el peligro de perder el control sobre su mente y su cuerpo.
Pero permitió que lo cuidáramos, soportó la silla de ruedas, la debilidad extrema, los viajes al hospital. Era más fácil luchar por la vida que morir. Morir era más difícil que seguir viviendo.
Pienso en la versión que conocí de la muerte de René Bascopé. Volvió de México a Bolivia en 1981 o 1982 para refundar y dirigir el semanario Aquí, a cuyo director, Luis Espinal, habían asesinado en 1980. René, entonces subdirector de la revista, tuvo que exiliarse. A su regreso a Bolivia debió moverse en la clandestinidad y, a pesar de ser sumamente torpe, iba armado con una escuadra del .38. Un día, de regreso a su casa, se sacó la escuadra del cinturón. Había una bala en la recámara y no tenía seguro; metió el dedo en el gatillo y se dio un tiro en el abdomen. Su novia, que estaba presente, lo llevó al hospital. Lo operaron. De México le enviamos medicamentos y bolsas de colostomía. Un mes después sufrió una descompensación y murió.
René no quería morir –era agresivamente vital, con todo y sus modos suaves de boliviano–, pero de algún modo se suicidó; mi padre, que deseaba morir tras una interminable depresión, alargó la vida hasta mes y medio después de lo humanamente posible, y su cadáver fresco tenía una sonrisa.

La frase del epígrafe del libro es: "Pero toda la cuestión consiste en saber si uno puede vivir con sus pasiones, en saber si se puede aceptar su ley profunda: quemar el corazón..."

5 de septiembre de 2008

Corazonadas, correcciones y ripios

Estoy revisando la primera parte de una novela que empecé en octubre pasado, y de la que he hablando aquí incluso más de la cuenta, con fotos de cuadernos franceses y todo.
Hace dos o tres meses traté de darle una revisión a fondo y simplemente no pude. La rechacé. No me gustó el modo en que estaba escrita, con todo y que lo demás --la historia, los personajes-- me encantaba. (Se está armando un mundo rarísimo, de ésos en los que a uno no le gustaría vivir, aunque nunca estaría de más conocer.) Ponía una corrección y pensaba que había que refrasear el párrafo completo, y, según mi estilo de corrección, eso equivalía a la larga a reescribir todo, algo que no podría hacer: el momento de "crear" ha pasado, y sólo queda aceptar lo que hay o desecharlo (con hartas posibilidades de que después se pueda pedacear y sirva para algo más).
El lunes pasado me puse, pues, a checar otra vez el texto. Había correcciones en una versión impresa, que me parecieron adecuadas, pero me di cuenta de que había muchas que eran innecesarias o imprecisas, y que mucho del texto original estaba bien. Así que me puse a revisar en pantalla y, sí, salvo algunas repeticiones innecesarias --hay otras necesarias--, me pareció un texto sólido. Me había pasado algo que he visto a cada momento en los compañeros de La Casa: cambió mi modo de narrar, mi registro, los temas son nuevos, los personajes están armados de otro modo, y rechacé el texto porque no se parece a nada que haya escrito antes. Después de dejarlo reposar un rato más o menos largo, pude verlo más en perspectiva, e incluso disfrutarlo.
Le conté a Thierry Davo un poco de esto, y entre otras cosas me contestó:
Si puedo ayudarte en algo, aunque no me gusta criticar a mis amigos, un consejo sería el siguiente: no te censures demasiado. En varias oportunidades he preferido tus corazonadas a tus correcciones.
Creo que Thierry es un tanto duro con eso de que quizá me "censure" demasiado, pero hay algo cierto, aparte del hecho de que conoce mi obra mucho mejor que yo: no hay un solo texto mío en el que, salvo errores de dedo o de edición, no pueda explicar por qué está allí cada palabra y cada coma. Eso es especialmente así en mis novelas "no policiales" (Terceras personas, Trece, Instrucciones para vivir sin piel, Breve recuento de todas las cosas). A eso lo llamo "control de texto", y no quiere decir que todo sea... uh... perfecto, sino que cada cosa está adecuada al texto en sí mismo, en especial al modo en que funcionan los personajes. A veces la sintaxis está chueca, a veces hay muchas repeticiones, o muy pocas; a veces se explica todo en detalle, a veces no se explica nada. Cada texto da la pauta.
A veces me pasa que reviso cuadernos antiguos o últimos borradores y me pregunto: "¿Por qué quité esta parte, si estaba muy bien?" Buenos pasajes, buenas frases, cosas que podrían enriquecer la trama y, zaz, me doy cuenta de que las he quitado. Después reviso el producto final y me doy cuenta de que, si hubiera dejado esos pasajes y frases, la novela hubiese quedado floja, o hubiese habido pequeñas contradicciones que, en el conjunto, hubieran dado una sensación de "no realidad". Cosas muy buenas que sin embargo eran ripio, pues. De algunos de estos ripios han salido cosas, como el cuento "El cubano", que a Thierry le gusta y a mí no demasiado, que se publicó el año pasado o antepasado en la antología Tiempo de narrar, de Francisco Alejandro Méndez, en Piedra Santa, de Guatemala. De uno de esos "ripios" salió Los héroes tienen sueño, de un trozo que eliminé de De vez en cuando la muerte. Y ambas vienen de una pésima novela que escribí por allá de 1986, que era un ripio toda ella.
Curiosamente, aunque me cueste mucho más escribirlos que las novelas, es en los cuentos donde me siento con más libertad, y donde uso más la intuición que la... uh... censura. Quizá, como no es lo mío, me tomo licencias que no me tomaría en una novela, y me arriesgo a cosas que jamás dejaría pasar en una novela. No es que no los corrija; al contrario, me siento más inseguro y trato de que queden lo más ajustados que se pueda; pero me permito giros bruscosen los personajes, quiebres en la estructura, lo que sea. Los cuentos --si es que son cuentos-- me sirven como laboratorio de pruebas para las estructuras más grandes y abiertas.
Cuando empecé la novela que llevo en marcha, decidí que iba a contar algo, y punto. Revisé poco, solté mucho, dejé que el ambiente interactuara más activamente con los personajes. Esto último no fue difícil; me puse a narrar en tercera persona. Hasta ahora lo predominante en mí ha sido la primera persona, y el ambiente ya llega filtrado y procesado por el personaje. No es que sea más fácil o difícil; es diferente. (En segunda persona pasa algo parecido: el personaje narrador la hace de interlocutor o de juez, y no sólo está filtrado el ambiente, sino también el propio personaje principal. Instrucciones para vivir sin piel funciona así.) Y por primera vez no me he aburrido escribiendo en tercera persona, aunque después viniera el rechazo inicial y, ahora, la aceptación.
Hoy Krisma me hizo un cuestionamiento interesante: ¿cuál es la tecnología que se usa en el mundo que estoy armando, en especial en vista de que se usan recursos de la ciencia ficción? De que la hay, la hay, cómo no, pero es terriblemente limitada para ocurrir dentro de... no sé... cien o doscientos años. Y es más interesante porque, aunque no puedo vivir mucho tiempo lejos de una computadora, y buena parte de lo que hago tiene que ver con ella --internet, elaboración de música, cosas de video, lo que sea--, en mis relatos la tecnología ocupa un papel muy secundario. Sólo en Trece, por ejemplo, se habla de una computadora... que el personaje central nunca enciende. En Los años marchitos el protagonista, un actor de radioteatros, tiene un aparato de radio, pero tampoco lo escucha, y ve con desagrado la posibilidad de comprar un televisor. Y así. A la hora de escribir soy bastante reaccionario en materia tecnológica.
El cuestionamiento me hizo tener que armar cosas de ese mundo que intuía, y que he estado usando, pero que no había racionalizado. Hay cosas que quizá no vaya a ver con claridad, porque es un mundo muy complejo y uno apenas alcanza a ser testigo de los resultados de acciones de personajes poderosos que ni siquiera aparecen en escena, pero creo que es allí donde tendré que aplicar las "corazonadas" de las que habla Thierry, y dejar que las cosas pasen porque pasan.
Igual no voy a dejar que el texto "se afloje". No me lo perdonaría. Pero ya sé por qué en ese mundo la tecnología es tan limitada. Y es parte del encanto de la novela, si alguno tiene.