18 de mayo de 2009

La inercia opositora

Una de las cosas que me he preguntado desde que era casi un niño (sí, me daba por pensar en esas cosas; difícil no hacerlo en una casa siempre llena de políticos) es qué hubiera pasado si le hubiesen reconocido el triunfo a la Unión Nacional Opositora (UNO) en las elecciones de 1972 y 1977. De un partido que se llamara así, puesto en la presidencia de la república, quizá no pudiera esperarse un buen desempeño, o al menos un desempeño dirigido a la administración ya no del poder, sino del simple gobierno. Vaya: la UNO, por su propia definición, era una coalición destinada a perder (con lo cual no avalo los fraudes que se le cometieron; hablo de una actitud), y en el mejor de los casos a llevar un gobierno subordinado a... no sé... a los que de verdad detentaban el poder, desde los militares hasta la oligarquía.
Curioso, por la propia integración de la UNO. En primer lugar, el Partido Demócrata Cristiano, que en varios lugares del mundo occidental (sea eso lo que fuere) ya manejaba gobiernos con luz propia, y a veces prestada (como en la extraña alianza con los socialistas en Italia, donde la mayoría era comunista; desde finales de los sesenta hasta la fecha no se ha logrado resolver bien esa contradicción política). Luego, los socialdemócratas (Movimiento Nacional Revolucionario), que también manejaban gobiernos y parlamentos en Europa, o constituían no sólo una oposición activa, sino también con el poder --es decir el apoyo popular-- y la capacidad para mantener gobiernos, como en Alemania o Suecia. En tercer lugar, el Partido Comunista, a través de la Unión Democrática Nacionalista (UDN). Los comunistas, excepto en Cuba, no había tenido mucha suerte en América Latina; en Europa constituían una fuerza poderosa también, y una oposición tanto o más activa --y lista para llegar al poder-- que los socialdemócratas, y ni qué decir del control que ejercían tras eso que se llamó "cortina de hierro", más sus versiones asiáticas y africanas.
Obviamente la UNO estaba controlada por el PDC, que era el partido más poderoso de la coalición, pero no resultaría descabellado pensar en qué hubieran hecho tres ideologías tan dispares compartiendo el gobierno --ya no el poder, insisto--, tratando cada una de establecer su línea como dominante y, encima, con el sambenito de "opositora" en el nombre de la agrupación que les hubiese puesto allí. Un arroz con mango, diría un cubano. (Para los que hicieron los fraudes de 1972 y 1977 el asunto era más simple: los tres partidos eran "comunistas" y al diablo las sutilezas; no los iban a dejar ganar ni juntos ni revueltos ni por separado, y que se conformaran con algunas curules en la Asamblea Legislativa.)
Ahora el FMLN parece no darse cuenta aún de que es el partido en el poder, y que Mauricio Funes es su presidente, así se trate de una alianza, que en todo caso es mucho más coherente que la de la UNO. La actitud del FMLN en la Asamblea y ante el propio Funes es la de un partido opositor, no la del partido en el poder. Quizá sería hora de que fueran acomodando su mentalidad a eso, sin llegar al extremo opuesto (algo que Funes, desde el principio de la campaña, ha luchado por neutralizar), es decir al triunfalismo y a la repartición de botines. Quizá pasen años antes de que la cúpula del FMLN logre una actitud equilibrada con respecto al gobierno y el poder, pero ya se dio el primer paso: están allí. Ahora hay que ver el modo en que van a estar.
Por ésas y otras ideas escribí un artículo que se publica hoy en El faro, y que puede hallarse en este link. También lo transcribo a continuación, para llevar registro:


Funes vs. la inercia opositora

La ocupación, durante unos minutos, del Salón Azul, el pasado 1 de mayo, puede ser sólo un hecho aislado, como los ha habido otros. Si no lo es, quizá pueda considerarse como un buen paso en el confuso camino hacia una democracia que apenas fue esbozada en los Acuerdos de Paz, y que se ha “negociado” en la práctica y los discursos durante más de diecisiete años.
Para muchos de quienes opinaron –en público o privado, da igual– acerca del hecho, no pasó de ser un pequeño acto de vandalismo con un tema interesante, aunque sin consecuencias: la denuncia de Ciro Cruz Zepeda como presidente de la Asamblea Legislativa. El vandalismo tuvo que ver, en resumen, con que los manifestantes se llevaron las botellas de agua “reservadas” a los legisladores.
Espontánea o no, la manifestación puso en claro varias cosas al mismo tiempo. En primer lugar, lo obvio: cualquier grupo perteneciente a la sociedad civil tiene el derecho inalienable de hacer valer su voz a través de sus representantes –es decir los diputados–, y para ello cuenta con otras herramientas más allá del voto cada tres años, como lo es acudir directamente ante los legisladores y exigir lo exigible y necesario.
En segundo lugar está, precisamente, lo exigible y necesario: la voluntad popular –si eso es lo que reflejan las urnas– no ha sido respetada con la elección de personeros del Partido de Conciliación Nacional como directivos del órgano legislativo. La mayoría de los diputados pertenece al FMLN; la segunda fuerza es Arena y, muy por debajo, está el PCN. El hecho de que Cruz Zepeda presida el órgano de poder más importante del país es simplemente una aberración, si no por una cuestión de ética política, por un asunto de números. Quizá, si durante cada plenaria hubiese una manifestación como la de primero de mayo, y si los temas de denuncia se multiplicaran, los diputados comenzarían a pensar que no es a su partido al que deben su sueldo y sus prebendas, sino al pueblo raso, al que tendrían allí como un activo recordatorio de quiénes son, o quiénes deberían ser. No faltaría el que propusiera un piquete policial para conservar el orden, pero la policía, en serio, está para otras cosas, y lo descubrirían el día en que se vieran ante la “necesidad” de reprimir.
En tercer lugar, aunque los manifestantes se declaraban cercanos al FMLN, la demostración fue también en contra del FMLN, por tolerar que una simple mayoría de votos –y una eventual negociación de la que habría que conocer los términos– le quite el control de los máximos órganos de la Asamblea. No es un asunto de que la derecha tenga una mayor cantidad de votos y que se acepte pasivamente: se trata de que el FMLN puede tener una base de apoyo social mucho más amplia y activa que los demás partidos, y que puede hacerla valer para lograr objetivos que se suponen superiores. El lugar de los legisladores del FMLN no era al lado de los diputados a los que despojaron de sus botellitas de agua, sino de los manifestantes. El consenso, por otra parte, es mucho más que el resultado de las negociaciones entre los partidos: tiene que ver con el respaldo social que cada partido tenga, y que lo haga efectivo.
En el juego de la “democracia burguesa” (puede llamársela de otro modo; el término es lo de menos), el FMLN se ha desarticulado en varias “instancias” que se muestran contradictorias entre sí, aunque no deberían serlo.
En primer lugar está la cúpula, que en general ha ocupado y controlado la fracción de izquierda de la Asamblea Legislativa. No es obviamente un órgano homogéneo, pero se presenta como tal, y se dedica a “hacer política”, es decir al establecimiento y mantenimiento de líneas políticas e ideológicas, a la negociación con “los otros” y al aparente control del aparato partidario.
El control es aparente porque la segunda instancia es la que podría llamarse “operativa”, y en general se concentra en las alcaldías. Aunque hay una organicidad entre la cúpula y los “operativos”, ésta tiende a ser débil, y hay las deserciones, purgas y disidencias suficientes para demostrarlo. Los alcaldes y sus concejos son quienes tienen el contacto directo con la población y sus problemas, y hay asuntos prácticos para los cuales la pureza de principios que busca la cúpula no tienen validez: rellenar baches, recoger la basura, gobernar para cada uno más allá de su ideología, es una escuela que no tiene que ver con “la política”, y sin embargo es la política en su sentido más amplio y puro.
Y es en las alcaldías, precisamente, donde se producen los fenómenos de organización de base en los cuales el FMLN, como todo, podría basarse, desde las asociaciones deportivas hasta los comités vecinales, el trabajo en algunas casas comunales y hasta casas de la cultura en las que Concultura sólo ejerce un control nominal –por ejemplo la de Ciudad Delgado–, etcétera. De allí salió, seguramente, el contingente que ocupó la Asamblea, y que tan poco eco encontró de los diputados efemelenistas. Hay otros grupos sociales de base –parroquias, círculos de estudio– que giran alrededor del FMLN, pero a los que sólo eventualmente, como en el caso de unas elecciones, se trata de llegar.
Ahora entra un cuarto factor que, dadas las circunstancias, no es menos importante que los anteriores: el nuevo presidente, Mauricio Funes, relativamente ajeno a la estructura partidaria pero a la vez un punto en el que confluyen todas las instancias que conforman el FMLN.
En los últimos días la cúpula, como siempre, piensa en su carácter de cúpula. Están manejando los nombres de ministros y funcionarios de alto rango que desean imponer a Funes, y hasta vetan a posibles elegidos. Parece, por el modo como lo presentan los medios –y quizá los medios no se alejen mucho de la realidad– que se habla más de la repartición de un botín que de la estructuración de un gobierno coherente. (Ése sería el tema de otra nota.)
Y el poder de Funes y del FMLN, como organización tradicional de la izquierda, no se encuentra en la cúpula, sino en la base, en especial cuando están ante el hecho simple y llano de manejar el aparato de estado a través de su primer gobierno. Y es porque el FMLN piensa con la inercia de la agrupación opositora que le toca ser hasta el 1 de junio: obtener lo posible, atacar lo atacable, negociar lo que se pueda, obtener cuotas de poder gota a gota. Piensa en función de manejar “algo” del gobierno, no de detentar el poder, que no son lo mismo y sólo a veces coinciden.
Ante las desventajas en la Asamblea Legislativa, aunque tenga una mayoría nominal, el FMLN puede tratar de integrar –si es su voluntad, claro– el aparato partidario de manera que cada una de sus partes haga lo que debe hacer, de manera coherente y sincronizada. Ello potenciaría el trabajo de Funes en la presidencia del país, y pondría en la mira los temas más urgentes en materia económica y social.
En el peor de los casos, las bases del FMLN podrían ser un sustento y un motor para el gobierno de Funes, por encima de las ligas partidarias, si sabe manejarlo con acierto; su triunfo no se debe sólo al “voto duro” de la izquierda –ganado, grosso modo, en las agrupaciones de base que a veces la cúpula olvida–, sino al trabajo de su equipo y a su ascendente personal, que seguramente tratará de no perder. Incluso un acercamiento con esas agrupaciones civiles de base podrían servir como contrapeso ante la resistencia que en la cúpula del FMLN no se ha dejado de mostrar desde el día mismo en que se le anunció como candidato presidencial.
La toma, durante unos minutos, del Salón Azul da para pensar eso y mucho más. Y también el hecho de que quienes se llevaron las botellitas de agua pagaron por ellas; es algo que nunca debe olvidarse.

4 comentarios:

Arbolario dijo...

A ver si no peco de ingenuo: creo que era más fácil que las fuerzas dominantes del país hubiesen accedido a que la UNO subiera al poder en 1972 a que lo hubiesen permitido en 1977. Con Claramount la situación del país ya estaba muy polarizada.

No tengo muy claro el panorama de 1972: ¿sería posible que quienes se mostraron más reacios a abandonar el poder fueran los militares y no sus patrones? Ya Duarte había sido alcalde de San Salvador y no era un desconocido.

Gabriel Otero dijo...

Rafael:

UNO y Comunismo es lo mismo, así decía el eslogan tan publicitado por radio y televisión en aquellos años, yo tenía 6 años en ese entonces y recuerdo perfectamente a una de mis hermanas (Julieta) contando votos en voz alta en los juzgados. No sé si usted la conoció, ella fue pieza fundamental en el PDC de antaño.
He intentado establecer alguna analogía de esa coalición (UNO) con el FMLN, siento que la primera tenía matices mucho más románticos y aglutinadores y de haberles reconocido el triunfo hubiera surgido el caos por el montón de escisiones en su cúpula.
El FMLN tiene una oportunidad histórica en estos momentos pero tiene en contra la coyuntura económica y una clase dominante que pateará siempre que pueda.
Coincido con Arbolario en sus apreciaciones y no sé si el gobierno de Molina haya sido menos gorilezco que el de Romero.

Saludos
GO

Aldebarán dijo...

Tu nota en El Faro presenta ideas nuevas, o al menos dos *muy* distintas a las que se presentan en los medios impresos por parte quienes últimamente escriben sobre la realidad política de este país.

Ojalá que las personas correctas las lean, las entiendan y las lleven a cabo

eunice dijo...

wow ke buen escritor es mi padre!!!!! jajaja ke onda pa como te ha ido???? te kiero mucho besitos!!!!!!