3 de diciembre de 2004

De turistas, hoteles, proxenetas y tarjetas

Sonará a verdad natural, que es como decir de Perogrullo: a los turistas todos les quieren sacar la mayor cantidad de dinero posible.
Las cosas son más caras para ellos, y se parte del supuesto de que tienen suficiente dinero para pagar lo que sea sólo porque son turistas. También se parte de que las instalaciones para su atención son más caras... y son más caras porque los turistas tienen dinero para gastar y amortizar lo que se gastó en las instalaciones. Y así sucesivamente.
Un tipo que recibe un salario que supongo digno --para eso están las leyes-- espera una retribución extra por hacer lo que de todas maneras debe hacer: abrir una puerta, servir en un restaurante o llevar una maleta a un cuarto. Y el turista se la da, cómo no, y hasta sonríe con algo de superioridad: ha ahorrado durante meses o años para demostrar que puede tirar ese dólar en algo que no necesita --bien podría abrir él mismo la puerta--, cuando allá en Oklahoma o San Salvador compra una pasta de dientes que no le gusta porque es quince centavos más barata.
Conocer otros lugares, probar otra comida, andar entre personas que algo tienen de diferente, debería ser algo natural... y a precios razonables. Francamente, ¿quién necesita ese mostrador de caoba, iluminado por arañas de cristal cortado, con mármol por todas partes? El de Oklahoma y San Salvador no tienen en casa algo que se le parezca remotamente, y el que tiene dinero para darse el lujo no se va a quedar en un hotel de tan mal gusto: se compra un departamento y ya, o lo renta en un lugar más discreto, sin tanto aparato innecesario.
Lo que las agencias de viaje venden en realidad, en connivencia con hoteles, tiendas y los propios habitantes del lugar, es la ilusión de que, durante cuatro días y tres noches, uno es quien no es, y todos están atentos al menor guiño, al cigarro que uno quizá no quiera encender en ese momento, a la mirada que se va detrás de una joven nativa. Uno es especial, único; compra en lugares en los que no compraría en su vida de siempre y en su sano juicio. (Uno, cuando viaja, no está en su sano juicio. Por eso viaja.) Y todo, desde luego, tiene un precio que se paga a manos llenas; ya habrá tiempo para regresar a las facturas de la luz y al jefe que hostiga de ocho a cuatro, y a las camisas en rebaja, que por algo lo sufre uno: por el placer de viajar y de soñar que el mundo es bueno, y allí están las tarjetas postales para comprobarlo.

NOTA BENE 1.
Ya comienzan a desaparecer los carteles turísticos de mujeres en bikini, de mujeres con minifalda, de mujeres de ojos claros o muy oscuros, pero siempre sugerentes; de mujeres de diferentes maneras y colores, especialmente los firmados por ministerios de turismo. Ya no se leen casi los folletos que hablan de "las hermosas mujeres" de los países en cuestión como atracciones turísticas. Si ha habido algo patético, ha sido ese proxenetismo institucional que, en suma, apenas busca que alguien le dé propina a un mal pagado tipo que abre una puerta y que los hoteles cobren caro por un lujo que uno no necesita.

NOTA BENE 2.
Todo lo anterior surgió de un motivo un tanto estúpido, pero significativo. Compré una tarjeta de teléfono de mil colones en una tienda para turistas en San José (Costa Rica). La dueña de la tienda me cobró mil cien colones, cuando se supone que la empresa telefónica ya contempla un margen de ganancia suficiente. Y no tuve tiempo de disfrutar del lujo de la tienda, porque no lo tenía y porque la transacción no duró más de un minuto. Pero andaba de turista (en realidad era un viaje de trabajo), y hubo que apechugar.