Poetas niños
Durante los último setenta años, los salvadoreños hemos soportado el mito y la obra de Alfredo Espino, "el Poeta Niño", nacido en 1900 y muerto en 1928 de una cirrosis hepática. Y la gente lo adora cuando alguien declama (porque Espino no es para leerse, sino para declamarse, de preferencia en veladas infantiles, con brazos como aspas de molinos y ojos mirando al cielo):
Y es porque un pajarito de la montaña ha hecho
en el hueco de un árbol su nido matinal.
El árbol amanece con música en el pecho
como si tuviera corazón musical.
Si el dulce pajarillo por el hueco asoma
para beber rocío, para beber aroma,
el árbol de la sierra me da la sensación
de que se le ha salido cantando el corazón.
Y así toda su producción: un canto a los ojos de los bueyes, a lo que ven los pájaros cuando vuelan, a las manos de su mamá, etcétera. Si a uno se le ocurre anotar que para alguien de 28 años (o más de 15) sus poemas son rimas bobas o textos de tarjeta postal, sus seguidores contestarán:
-Es que por eso se le llama "el Poeta Niño", porque su alma es inocente.
Si uno recuerda que Espino murió regresando del burdel donde adquirió a pulso la cirrosis que lo mató, y que sus amores eran prostitutas (razón de más para esperar al menos una Dama de las camelias tropical), le dirán que eso no hace más que demostrar que su alma no se vio ensuciada ni siquiera por su vida disoluta, y que en realidad era así porque sufría tanto por toda esa sensibilidad que tenía...
Y no se le ocurra mencionar que, mientras Espino moría de bucolismo y alcohol, en México existía una generación de poetas monstruosos, formada, digamos, por Gorostiza, Cuesta, Owen y Villaurrutia, y que el chileno Huidobro estaba a punto de publicar la versión definitiva de Altazor (la primera vio la luz en 1919).
-Aquí estamos en El Salvador -dirán-, y aquí sentimos las cosas a nuestro modo.
Y ya no le harán caso cuando mencione a Rimbaud o a Mishima o a Jarry: ésos no eran niños, porque no escribían como Espino. Y en este punto uno debe reconocer que tienen razón.
En los últimos años, en La Casa del Escritor, hemos trabajado con "poetas niños" de verdad, como lo muestra la foto de allá abajo. Y hasta ahora no han escrito de pajaritos ni de bueyes, ni siquiera de las manos de su mamá ("tan acariciadoras, tan de ella"). De hecho, ellos y algunos más están cambiando la noción de "poesía joven" en el país; hasta hace muy poco, tipos canosos se presentaban como "las promesas" de las letras locales... que nunca se cumplieron.
Gerardo Chávez participó hace unos meses en un concurso de poesía joven salvadoreña, y no ganó. Uno de los jurados señaló que se había buscado un trabajo que fuera representativo de lo que están haciendo los jóvenes en El Salvador. Si ése era el parámetro, no había mucho que reclamar.
Apenas hace unos días, en una prestigiosa revista de Guatemala apareció una microantología de poesía salvadoreña: tres autores con textos de por lo menos cuatro páginas cada uno. El primero es el susodicho jurado, de sesenta años de edad; el otro es un poeta de la Generación Comprometida (65); el otro es Gerardo Chávez, de quince años. Justicia poética, le dicen.
Nathaly, a sus dieciséis años, sufrió durante un rato: en La Casa del Escritor, buena parte ha optado por escribir poemas muy largos, y ella más bien tiene talento para escribir poemas casi microscópicos. Cuando se convenció de eso, comenzó a producir poemas de dos a cinco versos de largo que son como machetazos en la pituitaria. Son tan buenos que hace poco casi la reprueban en la secundaria: le pidieron un poema, llevó un poema y le dijeron que "eso" no era poesía, que no tenía inspiración... como la de Alfredo Espino. Y era cierto, a la luz de esta miniatura:
INVIERNO
La niebla carcome mi cabello.
El frío congela las uñas
de estas manos que quiebran esqueletos.
La niebla carcome mi cabello.
El frío congela las uñas
de estas manos que quiebran esqueletos.
Tere Andrade hace poco se arruinó un ligamento en la pierna... uh... (a veeer...) derecha. Después de no llegar a La Casa durante casi un mes, apareció con sus muletas para que le diéramos un abrazo y le dijéramosque todo estaría bien, que siguiera escribiendo un poemario formado por veintisiete poemas que va a hacer historia. Y, claro, en sus años más mozos (ahora tiene 20 años), recibió burlas, ataques y expulsiones en talleres literarios donde ser niño era permitido, pero no poeta.
Y estoy siendo injusto con Espino. En realidad él no publicó nada, sino su papá, con la ayuda del poeta Joaquín Castro Canizales (Quino Caso), a la muerte del tardío infante. El engendro se llama Jícaras tristes.
Hace unos años un par de historiadores lanzaron la versión de que Espino (para horror de todos) se había suicidado, y que además era homosexual. Me parece que llegaron un tanto lejos en busca de alguna nueva y original teoría sobre el "poeta nacional" salvadoreño, cuya biografía no da para mucho, pero hay algo cierto: niño no era.
Y estoy siendo injusto con Espino. En realidad él no publicó nada, sino su papá, con la ayuda del poeta Joaquín Castro Canizales (Quino Caso), a la muerte del tardío infante. El engendro se llama Jícaras tristes.
Hace unos años un par de historiadores lanzaron la versión de que Espino (para horror de todos) se había suicidado, y que además era homosexual. Me parece que llegaron un tanto lejos en busca de alguna nueva y original teoría sobre el "poeta nacional" salvadoreño, cuya biografía no da para mucho, pero hay algo cierto: niño no era.
Gerardo Chávez (15 años), Nathaly Castillo (16) y Teresa Andrade (20). De espaldas, Yuleana Juárez, que con 31 aún es niña de corazón y escribe unas excelentes obras de teatro.



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