26 de noviembre de 2008

Excepciones a las reglas y mentiras con queso

Hace unos días compré en una gasolinera Esso el libro Viaje por las mentiras de la Historia Universal, de Santiago Tarín, más por curiosidad y tacañería que por necesidad. Había un montón de títulos, de todos los grosores, y todos valían $9.95 (lo que de manera incorrecta están llamando "precio único"). El que de verdad necesitaba (y necesito desde hace varios meses) era Crónica de una muerte anunciada, que he comprado, leído y regalado más veces de las recomendables, pero era el más delgado, y el de Tarín el más grueso, y me porté como cualquier lector de best-sellers: mientras más páginas por menos dinero, mejor. Y, bueno, 12,000 ejemplares vendidos en todo el mundo --como señala la portada-- no son Harry Potter, pero es más de lo que ha vendido cualquiera de mis títulos, honor a quien honor merece.
El libro está bien. Se habla de algunos personajes importantes de la historia (Jesús, Aníbal, el rey Arturo) y se mencionan algunos de los mitos surgidos a su alrededor. Por ejemplo, que Cristo no nació en el año 1, ni siquiera en el 4 antes de Cristo (que es lo que se acepta más comúnmente), sino en el 6 antes de Sí Mismo, y que no murió a los 33 años, sino en el año 30, o sea a los 36. Esto le bota a uno parámetros importantes, por ejemplo El hombre que murió, de D.H. Lawrence, que habla de Jesucristo sobreviviente de la cruz, y de cómo puede ser patético un Mesías de 34 años. Me imagino que Kazantzakis conoció el relato de Lawrence, y algo le debía cuando escribió La última tentación de Cristo, que tiene de lo mismo.
Digamos que el libro es menos escandaloso de lo que promete el título. Más bien me da la impresión de que el autor agarra el tema y se pone a jugar con sus personajes y sus mitos favoritos, y los va colocando en su dimensión histórica. En lugar de andar buscando por todas partes, en un montón de fuentes, uno tiene un compendio de personajes mitificados y una bonita confrontación con los datos históricos que se poseen, que en general son pocos e incompletos. Divertido, pues, y siempre se aprende algo, además del tono humorístico que no choca, algo raro y que se agradece; hay gente que puede ponerse pesada cuando se dedica a desmitificar, o dice que está desmitificando.
Pero eso es lo que menos me ha interesado del libro, que llevo a la mitad y que he disfrutado. Lo que me llamó la atención fue el ensayo introductorio del autor acerca de la mentira, donde hay algunas frases que pondré al final. En el ensayo hay aseveraciones sobre un tema que me ha llamado la atención en los últimos tiempos:
...el refranero popular recoge un aserto que provoca que los científicos echen espuma por la boca: "Es la excepción que confirma la regla"; fórmula que permite incluir en un teorema aquel ejemplo que no la cumple. No hay un precepto más bestia y anticientífico que éste: si hay excepción, no hay regla. El método científico difiere notablemente en este sentido de otros, es más modesto de partida, aunque los debates no son siempre pacíficos: el ego se resiente cuando otro expresa un parecer distinto al de uno.
En unos avances de House M.D., el doctor Gregory House aparece diciendo precisamente que, si hay excepción, no hay regla, y es una frase que he estado leyendo y oyendo en diferentes lugares desde hace días; quizá la influencia de la tele sobre la ciencia es más fuerte de lo que uno supone. La pregunta que me hago no es si toda regla tiene excepciones, sino si más bien las reglas están mal enunciadas. Esto es: debe existir un modo de fijar reglas para fenómenos generales y específicos que no tengan excepciones, que sean así siempre, dadas ciertas condiciones.
Por ejemplo, sabemos que el sonido viaja a tal velocidad, excepto cuando lo hace a través del agua o de materia sólida, que cambia según el clima, y en el vacío simplemente no viaja, etcétera. Allí hay una regla mal planteada, porque en realidad se trata de varias reglas que no tienen excepciones, no de una regla llena de ellas.
Igual con el lenguaje. Hay verbos regulares --o sea apegados a "la regla"-- y verbos irregulares. Si uno cuenta bien, ve que los regulares son apenas unos cuantos más que los irregulares, esto es: la regla se traza a partir de un... digamos... 60 por ciento de los verbos, y el 40 por ciento son excepcionales. Y así no funciona la cosa. Hay una regla para ese... digamos... 60 por ciento, y algunas más para los verbos restantes. Lo interesante es que uno de los verbos fundamentales (ser) es irregularísimo, y su verbo gemelo (estar) es tan regular que da pereza. Hasta puede ponerse uno a sacar conclusiones filosóficas y existenciales a partir de eso, y desde luego envidiar o despreciar los idiomas que tienen un solo verbo para ambos conceptos.
Quizá haya mucha herencia del positivismo en el asunto: en unos --relativamente-- pocos enunciados describir el universo, o porciones significativas del universo. Lo soberbio no es decir que no hay excepciones a las reglas, sino reducir cosas complejísimas a fórmulas tan simples que siempre deberán tener excepciones para ser válidas. (Ahora que, si me preguntan, excepción a la regla, lo que se llama excepción a la regla, el embarazo. Y dura poco tiempo.) Y vivir con la certeza de la incertidumbre: ¿en qué momento saltará la excepción que mande al diablo mi aseveración tan bonita?
No es que me guste que el mundo se reduzca a fórmulas, pero a veces es bueno tener una definición a mano, o al menos una certeza. Y, además de algunos principios de Newton y Arquímedes, todo lo demás es Disneylandia: la tierra de lo excepcional. (¡Seee! ¡Me salió la frase de la semana!)
En fin, sigo pensando en el tema, no sé para qué. Supongo que tiene que ver con lo que estoy escribiendo. (Ya empecé el cuarto cuento del libro. Ya desarrollé algunas escenas en la cabeza; ahora es cuestión de ponerlas en papel.)
Vienen algunas citas de Tarín acerca de la mentira:
El filósofo Jean François Ravel ha explicado que la mentira es en sí misma parte de la humanidad y psicólogos y psiquiatras estiman que la mentira es un mecanismo normal de la personalidad. Pero ¿por qué mentimos? Hay muchas razones, todas ellas descritas en la bibliografía sobre la materia. Los que engañan buscan algo material, o satisfacer sus fantasías, o tapar sus carencias. Todo el mundo, en mayor o menor grado, miente para protegerse o para proteger a los demás; se falsea la respuesta por miedo a ser rechazados si somos sinceros, para darnos importancia, para evitar un castigo, para obtener una recompensa que de otra forma sería imposible, para ganar admiración, para tener poder sobre otros, para evitar la vergüenza, para ocultar nuestras inseguridades, para encubrir nuestros desmanes, para exagerar un currículo y acceder a un puesto de trabajo...

...un trabajo en la Universidad de Carolina del Sur aseguró que los mentirosos compulsivos tienen menos materia gris. (Eso está bien, porque en un futuro podemos imaginar los juicios, los debates políticos o las entrevistas con el orador con un casco en la cabeza que se ilumine cuando está intentando dárnosla con queso.)

Y, además, los estudiosos de la mentira han constatado que engañar puede causar en el embaucador un placer, el de sentirse superior al engañado. Esto roza con lo patológico, pero es que también existe una mentira enfermiza, el mentiroso compulsivo, que vive en la creencia de que el mundo elaborado por sus fantasías es real. Los psiquiatras explican que el autoengaño se usa como defensa.

Un filósofo tan reputado como Arthur Schopenhauer escribió un manual llamado Dialéctica erística o el arte de tener razón expuesta en 38 estratagemas, donde facilita consejos para lograr superar en el debate a un adversario, prescindiendo de si se esgrimen los argumentos correctos o no, de si lo que se expone es lícito o no. Entre los ardides que facilita el pensador para vencer en el combate oratorio se incluyen irritar al oponente (y si notamos que se molesta, insistir aún más), establecer las preguntas desordenadamente para confundir al interlocutor, no dejar continuar al otro orador si vemos que va bien enfocado, menospreciar a la gente común dando muchas citas de autoridades para deslumbrar al auditorio y desconcertar al rival con "absurda y excesiva locuacidad".

Jean Gervais, profesor de la Universidad de Quebec, ha dicho que la historia miente más que habla, y es que en no pocas ocasiones se emplea como arma ideológica o como excusa. Los gobiernos aluden a conceptos como seguridad nacional o razón de Estado para escudarse y no dar cuenta de sus actos. Aceptemos que existen estos argumentos, pero también recordemos que cuando se revela la integridad de lo ocurrido hemos visto que a veces, simplemente, se trata de la seguridad del gobernante o de la razón para continuar en el poder. Eso, cuando no se incurre en falsificaciones groseras. Austria condenó al historiador inglés David Irving por negar que existió el Holocausto. Y personajes tan poco dignos de encomio como César Augusto Pinochet o Sadam Hussein levantaron la bandera de la economía o del patriotismo para justificar la persecución de su propio pueblo, para que al final sepamos que su amor a la patria es directamente proporcional a su cuenta corriente.
De un lado está el papel del que mente, pero del otro el del que es engañado, que a veces transige con la farsa por comodidad, aceptando un bien común superior que sirge de actuaciones poco claras.

La verdad absoluta, en la historia, en la ciencia, en la política, en la vida, queda para los otros: para los Pinochos profesionales, a quienes, por mucho que embauquen, mientan o falseen, no les crecerá nunca la nariz.

1 comentario:

TITO dijo...

lo mas grotesco es como muchos de los que se sienten exentos de caer o tragarse las "verdades absolutas de la historia", siempre terminan envueltos en su misma telaraña al estilo del autor del referido libro y para muestra un botón, sacado por cierto de las frases provocadoras citadas por el historiador?, literato?, filosofo?, todologo?:
tal parece ser que es licito, en este mundo al menos, renegar o al menos poner en duda todo lo escrito ya sea idea religiosa, científica(naturales y sociales), mientras, claro esta, no lastime los intereses de ciertas gentes u agrupaciones que tiene de por si toda "la solvencia moral como entes liberadores o martirizados". Es decir, se puede renegar o poner en duda al menos, la existencia de un ente superior o creador, si fueron 30 mil, 10 mil 0 solo mil los muertos del E/32 y hasta si el general mas que asesino, fue un estadista que amo a su patria, si en el mozote fueron menos de 1000 y hasta si no será que se merecían lo que los angelitos del infierno realizaron en dicho lugar, si el coronel trompa de chuche fue el militar mas patriota y con mas webos de la historia reciente o si por el contrario fue el martinez2. Es claro que cada quien ve y juzga la historia de acuerdo a sus ideas, principios o falta de estos, por muy estúpido o estudioso se sea lo cual me parece lo mas valido y legítimo y así vemos como historiadores académicos tiene muy distintos enfoques entre ellos mismo, lo cual hace a esta disciplina, científica al menos desde el ámbito social.
lo que no es valido, ni moral, ni ético, ni mucho menos científico, es que dentro de esta e'cepticidad que para mi es la regla principal de toda ciencia sea esta exacta o humana, es que se persiga y se condene aun por la misma "comunidad científica", a los que se atreven a tocar intereses de las "victimas canonizadas", y hay de aquel que lo haga como muy bien lo demuestra el caso del historiador inglés David Irving.
tal parece ser que cualquier 'verdad' puede ser puesta en duda o negada, mientras no se toquen la subceptibilidad de los elegidos o hijos leg'itimos.