29 de noviembre de 2008

Lo que nunca tuvo ojo

El último lugar en el que viví en México fue un departamento pequeñito, muy bien distribuido, en la calle de José María Tornel, en San Miguel Chapultepec, si mal no recuerdo en el número 9, departamento 302. O sea en un cuarto piso: allá se usa el sistema de planta baja, primer piso, segundo, etcétera. Aún me pasa que voy al tercer piso de un edificio, subo por las escaleras, y después tengo que volver a bajar; antes de darme cuenta estoy un piso más arriba de lo que debería.
Estaba --y aún está-- muy bien ubicado. En la esquina terminaba el Circuito Interior, a dos cuadras comenzaba --y comienza-- Avenida Revolución, que lo lleva a uno hasta el mero sur. Sobre la calle de Pedro Antonio de los Santos, el metro Juanacatlán; cruzando la calle, la colonia Condesa, donde se podía comer muy bien y sin tanto aspaviento como ahora, que se ha convertido en... no sé... un lugar de moda, que a veces tiene que ver poco con pasarla padre. Había de todo a sólo unas cuadras de distancia. Primero que nada, la comida. Sobre el Circuito, un puesto de tacos y consomé de barbacoa que abría las 24 horas, o sea que en las madrugadas de frío, hambre y trabajo encontraba combustible para seguir dándole hasta el amanecer. A unas cuatro cuadras, ya sobre Revolución, dos cafés de chinos también abiertos las 24 horas, y allí nos íbamos con mi hijo Eduardo a platicar durante horas y horas. Las tortas Don Polo a solo media cuadra; recomiendo las de bacalao. Un súper Gigante, donde compraba desde calcetines y películas hasta... uh... comida, pasando por cosas eléctricas y ropa de cama. Tenían una excelente panadería; varios kilos de más se los debía a ella. Y más etcétera, como diez salas de cine y, por si hacía falta, la embajada rusa, que antes había sido soviética. Y enfrente la Casa del Tiempo de la Universidad Autónoma Metropolitana, con una buena librería, cine club, conciertos, todo gratis. Hasta yo toqué una vez allí, cierto sábado o domingo, con una banda de blues que armamos para que mi hijo tuviera su primera presentación en público como guitarrista. Muy emocionante.
Viví allí de 1996 a 1998, que fue cuando salí hacia Costa Rica. Tenía pocos muebles, y dos gatos: Spooky --una mezcla de persa con cualquier cosa-- y Pitusa --a la que le hacía falta lo persa.
Disfruté ese departamento como pocas cosas. Los casi dos años anteriores me las había pasado mal. Gracias al gobierno de Zedillo y al famoso "error de diciembre" de 1994 se cerraron varias de mis fuentes de trabajo, otras bajaron su producción --y por lo tanto lo que me pedían que hiciera--, otras seguían a toda máquina, pero agarraron la mala costumbre de no pagarme. Hasta ahora hay gente que me debe entre 3,000 y 5,000 dólares por traducciones, ediciones, regalías y qué sé yo. A estas alturas es tan incobrable como entonces. Así que tuve que descender a los infiernos: una casa de huéspedes en la calle de --gulp-- Amado Nervo, en Santa María la Ribera. Era sólo un cuarto, con baño comunal. En 1995 me pasé siete meses sin trabajo --lo más que he estado sin trabajo--, con muy pocos ahorros y rascando donde se pudiera para sobrevivir, además de la pensión para Eunice y qué sé yo. Salir de allí fue maravilloso, y el departamento de Tornel fue mucho más que maravilloso.
Tenía internet, claro --uso compus desde 1990 e internet desde 1992--, y en esas épocas de crisis me ayudó trabajar con clientes de fuera del país, en especial de Estados Unidos. Me encargaban un trabajo, lo hacía, me depositaban en Western Union y listo. También trabajé una temportada en la Comisión Federal de Electricidad, con mi hermano Salvador de la Mora, y algunos guiones, más las traducciones... Jauja, ni más ni menos, comparado con los años anteriores.
En fin, que además de las cartas por internet, también me llegaban cartas analógicas, o sea las que se escriben a mano --o a máquina o en compu--, se ponen en un sobre y se entregan en una oficina de correos, que se encarga de distribuirlas. No recibía demasiadas, pero sí un bonito paquetito a la semana, recibos incluidos. Y hasta escribía algunas, lo que es la prehistoria...
Un día llegó una carta dirigida a Ricardo Arjona, pero con mi dirección exacta. Subí a la azotea y le pregunté a la portera que qué era eso.
--Ah, sí, es que el muchacho vivió allí donde vive usted.
--¿Hace cuánto?
--No me acuerdo, fíjese. Como tres años. O dos. O cinco. Siempre le llega correspondencia de todas partes del mundo.
--¿Y qué hago con esto?
--Démela. Yo me encargo de que le llegue.
Para ese entonces yo sabía que existía un cantante Ricardo Arjona, que era guatemalteco, que había muchas chavas que se morían por él y que tenía varias canciones en la radio. No le ponía mucha atención a las letras, y la música me parecía un poco desordenada, para qué más que la verdad. Igual les conté a un par de amigas que allí había vivido Arjona y casi se arrodillaban y acariciaban el piso con las manos. (Un piso de parquet muy lindo.)
Las cartas llegaban --digamos un par al mes; tampoco eran demasiadas-- y cristianamente se las entregaba a la portera, quien además me lavaba y planchaba la ropa. Le puse atención a las letras de algunas de sus canciones y, con excepción de algunas frases aquí o allá, podía vivir sin ellas. La música seguía pareciendome un poco desordenada, pero los arreglos siempre fueron muy buenos. Dejé de ponerle cráneo a sus letras casi de inmediato, cuando oí la de "Señora de las cuatro décadas". Yo ya estaba por llegar a los cuarenta, y me cayó gordo aquello de "Señora, no le ponga años a su vida: póngale vida a sus años, que es mejor". Por una frase ingeniosa estaba diciendo algo harto ofensivo; por otra, eso de darle consejos a las mujeres en las canciones --excepto en los rocarolitos de los cincuenta o sesenta, que están llenos de eso-- me parece de mal gusto, en especial si lo hace un hombre y si este hombre no sabe lo que es tener cuarenta años ni cómo funciona la cosa. (Ahora ya los rebasó; ojalá se haya enterado.) Y, bueno, en esa época salí con chavas que andaban de los cuarenta para arribita, y nada que ver la canción con lo que me mostraba el método empírico.
Un día llegó una carta de Argentina para Arjona, abrí la puerta y la portera estaba barriendo afuera. Antes de dársela le pregunté:
--Oiga, ¿en serio le hace llegar estas cartas a Arjona?
--Sí.
--¿Dónde vive ahora?
--Aquí por... Bueno... Se va por Revolución y... Por allí por el metro Tacubaya, la línea naranja... Allí agarra a la izquierda y...
O sea que no era cierto.
-¿Qué hace con las cartas? --le pregunté.
--Las abro. Viera qué cosas tan bonitas le dicen.
Agarró la carta de Argentina y la abrió allí mismo. A mí se me desgarró algo también, y hasta estuve a punto de decirle cosas feas, pero el morbo pudo más.
Venía una carta escrita con letra torpe. El autor era un tipo de unos treinta años, según los datos que daba, y le deseaba que tuviera buena salud y que siguera llevando felicidad a la gente, que él y su esposa tenían todos sus discos y que los oían constantemente. Una carta muy sencilla. Y también venían estampitas de santos. Como diez o doce. Algunas estaban repetidas --el autor le decía que podía darle algunas a sus amigos--, y otras tenían inscripciones a mano: "Este santo es muy milagroso para tal cosa", "Si llevas este santo en tu cartera no te va a faltar no sé qué", "Este ponlo detrás de tu puerta". Así.
La portera me dio las estampas que no tenían inscripciones y se llevó lo demás, y yo no supe qué hacer con ellas. Las guardé en una gavetita que nunca abría --era de un mueble que más bien era un adorno-- y las olvidé. El día en que limpié el departamento para salir de allí las encontré de nuevo y las tiré a la basura, puedo decir que con un nudo en el pecho. Me parecía que tiraba algo muy importante, que además no era mío.
Ya en El Salvador, mi hijo me dijo que había hecho unas partes en el disco Santopecado, de Arjona, específicamente las de guitarra acústica en los tracks 2, 11 y 12. Y compré el disco, claro; era el primer disco en el que hacía algo, así no le deran créditos: lo contrató una empresa, y esa empresa se quedó con el crédito; le pagaron una lana y hasta a la próxima.
Como por no dejar, le puse atención a las letras de algunas canciones, y decidí que Arjona sigue sin ser para mí. El colmo fueron aquellas frases de "El problema": "Como quitarle una pestaña a lo que nunca tuvo ojo / Como encontrarle plataforma a lo que siempre fue barranco." Espantoso.
En fin, Arjona fue inquilino de aquel departamento como dos o tres inquilinos antes que yo. El anterior era un junior, hijo de papi legítimo, que se la pasaba encerrado con su novia, tomando --quizá algo más-- y comiendo pizza en dosis industriales. Se peleaban todo el día, o las partes menos interesantes del día, supongo. Lo corrieron el día en que rompió uno de los ventanales --sí, tenía unos lindos ventanales-- y estrelló una pizza a medio patio. El problema no fue ése, sino que quería estrellar a su novia en el mismo lugar donde había caído la pizza. Llegó la portera, los vecinos, la policía, lograron que abriera la puerta --buena cerradura, y una madera bien fuerte--, llamaron al papá y adiós con el junior. La ventaja, cuando llegué, fue que en todas las pizzerías me trataban bien; daba el número de teléfono y las que atendían --eran sólo mujeres-- se desvivían por tratarme como cliente VIP. Después les dije que mi nombre era otro, y ya me decían "Don Rafael" después de dar el número de teléfono; igual yo era buen cliente. Lo mismo cuando llamaba a un restaurante japonés para que me llevaran teriyaki o sushi, y en otro que no recuerdo. El tipo en serio comía sólo de eso; yo nomás unas... uh... dos o tres veces por semana, si hemos de ser francos. Quizá cuatro.
La inquilina anterior al junior era una muchacha sola, callada, que no se metía con nadie. Nunca llegó correspondencia a su nombre.

11 comentarios:

Anónimo dijo...

Señor
He leído constantemente sus post. Pero éste que habla sobre tantas historias y un tanto el papel de la Internet en la vida de uno, me provoca no sé qué sensación entre nostalgia y alegría. Algo me recuerda pero no encuentro la imagen. Saludos y bendiciones.
Cynthia de los Santos

Carlos dijo...

Que buena crónica; hasta de las cosas más sencillas, comunes y corrientes se puede armar un buen relato, simpre que se tenga el don de la escitura
Felíz día

Rafael Menjivar Ochoa dijo...

¡Ah! Y como tres zapaterías, y en la esquina una venta de camas, y a la salida del metro unas quesadillas de flor de calabaza y champiñones bastante notables. Y Chaoultepec como a cinco cuadras a pie. Y un grupo de Alcohólicos Anónimos a la vuelta, y, sobre Avenida Jalisco, toneladas de fábricas de muebles, donde compré el mejor comedor que he tenido en mi vida. Y cinco tienditas en dos cuadras a la redonda. Y curiosamente no era muy ruidoso, porque la cantidad de gente y carros que pasaba por allí se medía por legiones.

Roberto dijo...

En efecto, como alguien ya ha dicho (escrito) antes que yo, es un gran relato. Hasta se olvida uno de que lo está leyendo en una computadora. Bueno, quizá en este punto exagere un poco.

Enhorabuena.

Gabriel Otero dijo...

Bueno hoy el Gigante es Soriana, cerca también está el Puerto de Veracruz (una excelente cantina), del puesto de tacos (¿es el Borrego?)(Revolución esquina Viaducto). Sí, la zona es concurrida y ruidosa, están construyendo el metrobus sobre el eje tres (Chilpancingo). Los cafés de chinos ahí siguen. Lo rico de esta ciudad es la cantidad de historias que hay, en cada callejón, en cada edificio, en fin en todos lados.
Estuvo sabroso el post.
Saludos

Rafael Menjivar Ochoa dijo...

De cantinas no sé, porque no tomo. Hubo algunas a las que iba a comer: La Polar, que queda en Circuito y alguna de las calles de la San Rafael, y La Ópera, hasta que se puso carísima.
No, los tacos estaban sobre Circuito, a la salida del metro Juanacatlán. Hacían una cantidad obscena de consomé, y lo regalaban a la menor provocación. Yo hasta tenía mi credencial de cliente frecuente; en invierno, a eso de las tres de la mañana, siempre hace falta un vaso jumbo de consomé de barbacoa.
Allí llegaba a comer de todo: gente en Mercedes, trabajadores del metro o de los que limpian las calles, clasemedieros que quieren quitarse la briaga... Todo un rollo sociológico. De día estaba abierto también, y vendían como locos, pero nunca compré de día; no hubieran sabido igual.
Soriana... Me gustaba más Gigante. Ojalá que no hayan quitado la panadería.

Gabriel Otero dijo...

La panadería sigue, Gigante se fue desdibujando porque le comieron el mandado Wal Mart (antes Aurrerá) y la Comercial Mexicana. Ya sé cuales caldos dice usted, siempre está lleno. La Ópera está prohibitiva y en La Polar siguen sirviendo birria. Por lo que me comenta usted es sibaríta, en La Condesa han abierto cualquier cantidad de restaurantes y bares, en algunos se come excelente.
Saludos
GO

Aniuxa dijo...

Es algo así como si las paredes hablaran... Ay empiezo a entender las referencias geográficas mexicanas!!! :D

Anónimo dijo...

"... y la música me parecía un poco desordenada."

Bravooooooo!!!

"... y, con excepción de algunas frases aquí o allá, podía vivir sin ellas."

Bravooooooo!!!

"... decidí que Arjona sigue sin ser para mí."

Bravooooooo!!!

"Espantoso."

Bravíííííísimo... ;-)

como decía aquel tipo: nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio...

Anónimo dijo...

O "Halarle el pelo a una botella" Qué pex, qué había en ese Depa, loco jajajajajaja...

AntiCristo.

Anónimo dijo...

que horrible camisa azul se mira la que tiene ese barbudo que escribe de cantinas que novedad nosele ocurrio mejor hablar de las buenas librerias y los buenos teatros pero no solo cantinas y esas galeras donde venden chunches plasticos de china que es igual entodo el mundo da lo mismo vivir en chile que en polonia la misma galera llena de plasticos chinos si ya lo decia mi compadre que llegas a un pueblo y en cada esquina hay una cantina pero no hay una libreria y los mismo pasa un domingo podes hallar cien mil cantinas abiertas abiertas pero ni una farmacia que cultura la de los gunacos solo cantina y mas cantinas debian escribir diotras coasa novedosas salu pues