17 de abril de 2009

La nalga, ese instrumento crítico

Sólo hay un artículo que se han negado a publicarme en varias revistas y periódicos, en las columnas en las que he tenido, y es éste, escrito en 1990. Originalmente debía publicarse en La Jornada, pero la mención tan directa de las nalgas le produjo... uh... comezón al editor. Luego, en El financiero, el maese Víctor Roura, adalid de la libertad de expresión, me propuso que le cambiara el título, por lo mismo de la nalga; lo hice y a última hora se echó para atrás. Y así en dos o tres lugares más. Lo pongo aquí, donde no me censura nadie. (No, no traté de publicar en El Salvador; cuando llegué ya había perdido toda esperanza. Y sin embargo mi método es válido, y les juro que funciona, al menos para los que aún van al cine.)


“Bogart se ve más sobreactuado que de costumbre, y el melodrama llega a lo diabético en esas escenas de Europa en guerra, escenas metidas con calzador en una película que tampoco venía al caso. En fin, Michael Curtiz insiste en pregonar su mediocridad, Hollywood en patrocinarla y el público en asistir a ese patético intento de liquidar el séptimo arte. Esperamos que este último filme de Curtiz sea, precisamente, el último.”
En mi fantasía masoquista, tal sería el comentario de mi crítico cinematográfico más recurrido si Casablanca se hubiese estrenado anteayer. Yo, por supuesto, al leer la reseña, diría que los críticos no saben de lo que hablan y pensaría en una acre carta a la redacción que no llegaría a enviar, ni siquiera a escribir. Claro que cada vez que alguien hablara de Casablanca recordaría la crítica, proferiría los sarcasmos pertinentes, daría mi propia opinión sobre las bondades del cine clase B, mi interlocutor diría que sí con solemnidad y yo me sentiría de lo más feliz, al menos hasta la próxima.
Ahora bien, a lo mejor usted no se conforma con hacer una rabieta y desea tomar medidas concretas. La solución es sencilla: conviértase en crítico cinematográfico. Convénzase: nada logrará enviando cartas, ocupando embajadas o firmando desplegados: los críticos de cine no cambiarán. Con pocas y muy honrosas excepciones, no son –ni intentan serlo– representantes de esa casta de pobres gentes que creen que uno va al cine a divertirse.
Lo malo, dirá, es que para ejercer El Arduo Oficio de Crítico es necesario haber visto muchísimas películas, leído innumerables libros y asistido a por lo menos todas las muestras y foros. Se equivoca. Lo único que debe hacer para elaborar una crítica cinematográfica razonable es confiar en las reacciones de su cuerpo, que nunca miente. Concretamente, todo es cuestión de entrenar las nalgas, parte especialmente sensible al arte.
Mi medida acerca de lo buena o mala que está una película es la cantidad de dolor glúteo y el momento de la exhibición en que se produce; usted también habrá sentido molestias en la butaca, a cierta hora y en cierta película, pero de seguro lo adjudicó a problemas ajenos al filme. No es así.
Un ejemplo de lo que el dolor significa: al ver Bird comencé a sentirlo a las dos horas con veinte minutos de iniciada la cinta, y eso porque era inevitable merced a la ley de resistencia de materiales; en Rocky IV, a eso de los cuarenta y cinco minutos ya no podía con la butaca. Conclusión: Bird es una película cinco estrellas, Rocky IV es prescindible.
Otro ejemplo: Verano peligroso, con Alejandra Guzmán, la vi dos veces corridas, acogiéndome a las ventajas de la permanencia voluntaria, con un mínimo dolor; Hanna y sus hermanas terminó con mi resistencia a los veinticinco minutos. El método produce sorpresas.
Sin embargo, como ve, parte de premisas naturistas, casi zen, y no conlleva las molestias inherentes al estudio y al largo aprendizaje, con las confusiones que el excesivo bagaje cultural provoca y los resultados a veces lastimosos que vemos en periódicos y revistas. Incluso, si perfecciona su sensibilidad, hasta pueda enviar su reseña a un medio de prensa y ser querido y respetado por nosotros, los sin voz en asuntos de cinematografía.
“El efecto glúteo de la última película de Fulano es reconfortante –podría decir–. Uno siente que la butaca está forrada de plumas legítimas de ganso. Hubo una pequeña molestia en la región derecha durante la escena de... (escoja aquí algo que crea que no le haya gustado, tampoco es cuestión de ser condescendiente), pero resultó ser una falsa alarma. Un filme ortopédico. No se lo pierda.”
Eso sí, sea honesto. Y, sobre todo, sencillo y objetivo. No comience luego con que La mosca VII le produjo picazón en el metatarso o que las vértebras lumbares se le desacomodaron en la última de Valentín Trujillo. Los revisionismos, en cosas que se refieren a partes tan íntimas, dan demasiada pauta a equívocos.

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P. S. sin nada que ver con lo anterior: Yo no lo hubiera corrido por corrupto, porque eso tiene que probarse en un juicio, sino simplemente por malhablado y por p...oco prudente. ¡Qué terrible lenguaje para un alto dirigente partidario! ¡Y qué manera tan boba de caer! Para el que quiera enterarse, aquí está el clásico del año. Y un excelente trabajo periodístico de Rodrigo Baires y Carlos Martínez, tanto que tuvo efecto el mismo día de su publicación. No se pierdan los audios.
(Y luego resulta que el enemigo del pueblo es un escritor de novelas policiales y artículos sobre nalgas...)

2 comentarios:

Sandra dijo...

Esta técnica me hubiera resultado bastante útil anoche jijiji y con respecto a lo otro... esteeee... qué señor tan buena onda, si él sólo le estaba tendiendo la mano a alguien que necesitaba ayuda, jajaja, ¿dónde se consiguen amigos tan buena onda?

Saludos

Aldebarán dijo...

No sé, eso de "enemigo del pueblo" ya suena gastado. Mejor que usen "Enemigo del Estado" es más hollywoodense, más efectista, más rimbombante, si eso es lo que pretenden tus troles.

;-)