13 de diciembre de 2013

Lo que Rafael escribió y se quedó en el tintero

Hace unos días, un amigo con el que no conversaba desde meses me preguntaba por qué “me peleaba” con algunas personas a través de este blog, es decir públicamente, por qué mencionaba con nombres y apellidos a gente con la que había tenido problemas, y por qué hablaba de esos problemas tan abiertamente. Dijo que le parece “cruel” de mi parte, y que una “figura pública” como yo no debería hacerlo.
Me pareció que tenía más ánimos de regañarme que de oír razones o pretextos, así que lo dejé que me regañara y después le contesté de manera taxativa, no muy matizada y tono elevado: mi blog es mío y escribo lo que quiera, no soy una “figura pública”, sino alguien que escribe (“un güey que escribe” dije en realidad), detesto a los farsantes y, si un imbécil viene y me insulta a gritos, se arriesga a que le reviente la cara, como pasaría si el insultante fuera yo. No es otro el riesgo que corro al escribir lo que escribo con mi nombre y apellidos, y al toparme a las personas cuando me las topo, y es por eso que los cobardes prefieren el anonimato (que no es lo mismo que usar un nick): para no asumir las consecuencias de sus actos, de sus palabras y de sus idioteces. (Creo que dije “pendejadas”; podría jurarlo, porque me conozco.) Y que, claro, después de años de trabajar en lo que trabajo estoy harto de los que se la pasan saboteando cosas que no entienden, boicoteando a gente que no lo merece, armando chismes estúpidos, pero a veces efectivos, y metiendo bronca por envidia o capricho, sin aportar más que su amargura, las flores de su mediocridad humana y, si acaso, un remedo de obra.
Se me pasó la mano en el tono, y me disculpo; sólo era un modo de que me oyera. Como sé que me está leyendo, lo voy a poner de forma un poco más digerible y –ojalá– menos molesta.
Soy un güey que escribe. I. Uno se puede equivocar seriamente si llega a creer que es más de lo que es. En la particular ecología salvadoreña me tocó ser novelista, como a otros les toca ser cobradores, sociólogos, obreros o pastores del Tabernáculo Bíblico Bautista. Mi oficio es escribir. Es mi obligación, no mi privilegio, ser un buen escritor, y estoy aprendiendo. Lo importante es que mi obra sirva; yo soy incidental. Una “figura pública” de algún modo influye, modera, provoca o lo que sea. Para eso están los políticos, los arzobispos y los motivadores personales; yo soy otra cosa: un güey que escribe, ni más ni menos. Si llego a tragarme que soy “una figura pública”, voy a escribir y a actuar pensando en mantener ese status y –lo siento– no me interesa. Si mi obra hace que yo salga en el diario o en la tele, qué bueno, pero mi objetivo no es que me vean o me “reconozcan”, sino que los lectores se diviertan al leer lo que escribo. Si lo que diga o escriba –dentro o fuera de mis libros– va a tener alguna influencia, será por añadidura; mi objetivo es divertir a la gente. Para ganarme la vida (y no sólo porque de eso me gane la vida), trabajo como escritor, con otros escritores, y me muevo en un radio de un par de kilómetros, de La Casa del Escritor a mi casa. No busco que me entrevisten, no busco publicar en ninguna parte (a veces hay editores generosos a quienes les interesa alguna novela, o me piden artículos sobre esto o lo otro), rara vez asisto a recitales, presentaciones, inauguraciones y todo eso, y tengo contacto con poca gente aparte de la gente de La Casa y de mis amigos, que a veces son los mismos, y algunos familiares. No hay paparazzis en el techo de la casa de enfrente esperando a que salga en bikini, no me hablan para preguntarme qué pienso de la ley antiterrorista –no creo tener una opinión acerca de todo–, y sólo en contadas ocasiones para averiguar acerca de lo que escribo o del trabajo de La Casa. Si soy una “figura pública” no es porque lo haya pedido, y no me siento cómodo con la idea. Si “simplemente es así”, pues que así sea, y me aguanto, pero eso no va a cambiar mi modo de hacer las cosas, porque dejaría de ser lo que soy y quien soy, y me caería mal cuando me viera en el espejo. (Ya estoy bajando de peso y me gusto un poco más. Dentro de veinte o treinta libras me sentiré soñado, y no llamaré a la prensa para que se entere; no creo que haga buen papel en la versión local de Ventanteando.)
Soy un güey que escribe. II. Si en función de mi trabajo como empleado de CONCULTURA (el argumento que más se esgrime: “Un funcionario público no debe decir ciertas cosas”) no puedo decir lo que me parezca correcto o denunciar lo que me parezca incorrecto, qué feo sería trabajar donde trabajo y en lo que trabajo. Lo que estoy “vendiendo” al estado (a los que pagan impuestos, pues) es mi tiempo, mi trabajo y mi experiencia, no mi alma. Si dejo de tener opiniones personales y actitudes personales sólo porque trabajo “en el gobierno”, qué pereza y qué vergüenza. Hay algo paradójico: “Los de siempre” se quejan de que los funcionarios de CONCULTURA son burócratas más bien vacunos –no digo que lo sean, sino que eso dicen–, pero, cuando uno trabaja bien, exigen que uno sea del estilo que ellos mismos dicen despreciar, porque así el mundo es más comprensible. Lo mismo: qué pereza y qué vergüenza. (Y vieran cómo se ponen esos mismos cuando les toca de funcionarios públicos...)
Mi blog es mi blog. Esto es lo más cercano que he hecho a un diario personal, con la diferencia de que lo comparto con quien quiera leerlo. En un diario personal uno pone lo que se le pega la gana, o así debería ser. Lo que está aquí es porque así pasó, o así recuerdo que pasó, y porque es lo que pienso, lo que me alegra o me enoja o impresiona, o cosas tan básicas como eso. No estoy pensando en proyectar una imagen, convencer a nadie de nada ni hacerme el muchacho de la película. A lo sumo seré un poco más claro en mi redacción y escribiré con mejor letra (tengo una letra casi rúnica), y asumiré que alguien más lo lee aparte de mí; pero escribiría lo mismo en el querido diario que tuviera debajo de la almohada, en el mismo tono y expondría las mismas ideas, con las mismas implicaciones. Agradezco a los amigos y compañeros que comparten este blog –y los suyos– conmigo, agradezco también a Los De Siempre con todo su dolor por sí mismos, agradezco a los visitantes eventuales, agradezco a los que se toman la molestia de poner algún comentario. Algo garantizo: escribo lo que escribo porque es lo que quiero escribir. Cuando sientan que estoy echando paja para hacerme el gracioso o para apantallar, por favor dejen de leerme, porque nadie merece eso.
Detesto a los farsantes. Uno de los objetivos explícitos de La Casa del Escritor (así está escrito en el proyecto original) fue dignificar un oficio que en El Salvador estaba “desdignificado” por los propios escritores, o los que navegan con bandera de tales. (Los de verdad se dedican a escribir y no se andan con tanta faramalla.) Se puede describir a estos último con una analogía musical: la niña que, después de un par de meses, aprende a tocar “Los changuitos” en el piano y exige que se le reconozca como pianista, aunque ella misma sepa que no lo es. (Claro que con el tiempo llega a convencerse. Aquí hay una versión malísima de “Los Changuitos”, en video, y aquí está la partitura, por si alguien quiere declararse pianista aunque tenga que aprender a leer música.) “Dignificación”, en mi lenguaje personal, significa “profesionalización”, y ésta a su vez significa –en parte– una actitud madura hacia el oficio, no una feria de vanidades o un desfile bufo constante en el antro de moda. Habrá quien reaccione contra esto, porque tomarse las cosas en serio provoca reacciones, y qué bien; pero sólo la obra puede hablar por uno, y allí es donde se sabe quién es quién. No voy a molestar a los farsantes motu proprio, porque solitos flotan: todo conocimiento es comparativo (es una frase que me gusta), y los lectores no son tontos. Cuando aparecen buenas obras con las cuales comparar las de ellos, las cosas caen en su lugar. Ése es mi trabajo: ayudar a que las cosas caigan en su lugar. ¿Quiénes son los farsantes? Ellos saben. Todos sabemos. Los nombres y apellidos son incidentales; siempre hay, siempre se parecen y siempre se quejan y presumen de lo mismo. (Aquí la respuesta obvia de Los De Siempre será decir que el farsante soy yo. Que así sea. Pero el que yo pueda ser un farsante no los convertirá a ellos en buenos escritores, ni en más de lo que son.)
Por qué me peleo. Hasta donde he visto, siempre en la lógica del diario personal, no me peleo. A lo sumo discutiré, si me dan la oportunidad o quieren que les dé la oportunidad; en general he recibido insultos, amenazas, regaños y descalificaciones. No me he pelado con nadie, según noto al revisar el blog. A lo sumo habré respondido a menciones directas con menciones directas, y habré puesto mis opiniones al respecto. O he planteado temas de discusión. Si “ellos” creen que eso es una pelea, que lo crean; es su fuero. Lo que no veo de su parte son argumentos, y sí un deseo de hacer daño por el simple hecho de hacerlo, o porque destruir hace parecer que sus Changuitos particulares son obra de algún interés.
Por qué menciono sus nombres. Porque han mencionado el mío, y en este blog, en tiempos recientes, se ha visto con qué intenciones, en qué contextos y en qué términos. Por eso alimenté la discusión, para que quedara expuesto lo que esa gente es, cómo funciona y –¡siendo artistas, o sea...!– cómo se expresan cuando no están en público o en persona. Si en algo he mentido o me he equivocado, que me lo digan y con gusto voy a rectificar. La respuesta, hasta ahora, ha sido el silencio público y más chismes del tipo que ya conocemos. (Es cierto, vivo como ermitaño. Pero vieran de lo que se entera uno aquí encerradito. Por eso sigo encerradito.)
Por qué escribo algunas de las cosas que escribo (es decir las “peleas” y eso). Por dos motivos: A) Hartazgo. B) Exorcismo. Llega un momento en que me harto y suelto lo que tengo que soltar para que no me rebase y me enferme. A veces lo hago en el blog, a veces en otras partes y en otras cosas. Luego, con esas cantidades de energías negativas y amargura y dolor, algo se le pega a uno; es imposible evitarlo. Escribirlo en el querido diario es un modo de no quedarse con ello, o de ponerlo en la manejable escala de las palabras. Escribirlo en un querido blog es devolverle a esa gente algo que le pertenece, y con lo que no quiero quedarme. Es decir: si alguien no me pone propaganda política en el plato mientras estoy comiendo, puede estar seguro de que no voy a escribir sobre eso. Si alguien no reparte pornografía infantil con el cliente de correo de Krisma, seguro que no lo voy a escribir y, la próxima vez que lo vea, no le voy a romper el hocico.
En algún post hay una mención a mi amigo, en la que dice que capté mal algo que dijo en público, y que varia gente --yo incluido-- interpretó como una referencia directa a mí. Le ofrecí ponerlo por acá, para aclararlo, y me dijo que no. En el contexto no vi equivocación de mi parte, pero igual la regué, y quizá valga la pena mostrar la contraparte. La oferta sigue en pie.

14 de abril de 2012

Un viejo amor

I

Uno está en ocasiones
atroz como una puerta
y es —si acaso es algo—
mano, bisagra y llanto

Y ya nunca llorar

Cuando uno está entrenado
—dar vuelta de campana, ladrar
fingirse muerto—
las cosas no caminan como deben
El tiempo pasa lento
los taxis huyen lentos
el sueño se desvela y uno se cree santo
y triste
y en realidad sólo piensa en otra cosa

Cuando se acaba el día
si es que se acaba
duelen los pies en serio
la pomada no ayuda, los suspiros
no ayudan ni para estar insomne
Cuando acaba la noche
si es que se acaba
se recuerdan los sueños de tres noches atrás
saludan de lejos con manecitas tristes
y eso, amor, es irse al diablo

(Es oscuro el cementerio de los sueños)

En fin, que arden los ojos
al despertar y cuando el dormir falta
y cuando se está lejos de uno mismo
cerca de nadie en especial
rozando el limbo.
Arden los ojos de agua
arden de tanto ver y de estar ciego
Todo color es vano y no existe memoria
más que de este ardor que ya desangra

Uno camina de nuevo
y duelen más los pies de tantos pasos
de estarse quieto y rayos:
mañana es domingo
nada más que domingo

Quizá sea otro día si lo suplico a rastras
Quizá si fuera lunes sólo tendría la náusea
que da cuando se pierden los calendarios patrios
y las fechas profanas

En fin, amor, que está la casa en calma
y que no tengo casa

Nadie tiene una casa

Fotografía de Mélanie Morand

25 de febrero de 2011

Los años y los hijos

Hace unos días tuve una sensación extrañísima. Después de conversar con mi hijo Eduardo, quien se encuentra en El Salvador, mi hija Valeria pidió su turno, y pues a darle con la platicada con ella.
Lo exrañísimo es que Eduardo tiene 33 años, y Valeria 6, y ni siquiera eso, ni los temas o la madurez o las cosas obvias en una conversación entre dos adultos o entre un adulto y una niña, sino la sensación de estar hablando con dos hijos, y que las pláticas y --Eduardo o Valeria me perdonen-- tuvieran el mismo valor. ¿Cómo clasificar las cosas del cariño, si una plática lo es?
También me di cuenta de que la edad de mi otra hija, Eunice (23 años) es muy cercana a la diferencia de edades entre Vale y Eduardo, y que la diferencia entre cada uno puede ser inmensa, si uno se pone dramático.
Lo que sé es que mis hijos, en especial los mayores, me han devuelto mucho de lo que les enseñé cuando eran niños, y he tenido la fortuna de que fuera lo mejor. En las últimas semanas, ni más ni menos, Eduardo me ha ayudado a recuperar trozos de memoria que perdí en los peores momentos que me ha tocado pasar. Con Eunice siempre estamos cerca, y Valeria me ha dado fuerzas para seguir vivo (los otros también, pero quiero que ella me recuerde, y que me recerde bien).
¡Ah, los años...!

18 de febrero de 2011

Amigos

A finales de diciembre, y también hace algnos días, me llamó por teléfono Leo Argüello desde Montreal, donde vive. En ambas ocasiones no supe muy bien de qué hablar, y me puse a hablar de todo; eran casi veinticinco años en los cuales sólo nos habíamos comunicado, cuando la tecnología lo permitió, por correo electrónico.
Y no es que no tviéramos nada de qué hablar; si algo hicimos con Leo fue hablar. De teatro (es un excelente actor, de las huestes del mítico Sol del Río 32), de literatura, de música. A él le debo el conocimiento de Stanislawsky, de Bob Marley, Peter Tosh y Jimmy Cliff, de los rincones más oscuros e interesantes del blues. A eso de las tres de la mañana nos vencía el hambre, más que el sueño, y nos íbamos a un changarro que estaba en Viaducto y Tlaalpan, a comprar cigarros y unas inmejorables qesadillas de sesos. Y a seguir conversando hasta el amanecer. Después yo me dormía en el sofá, a la luz de una vela que servía para quitar el olor del hmo del tabaco. A media mañana, medio despiertos, algo de desayunar y un poco más de plática, y a mediodía de regreso a mi casa.
No siempre fue así; a veces nos veíamos en otras partes, pero es lo que recuerdo con más vividez. No siempre había esos desvelos, pero de que los había, los había, como cuando nos reuníamos en casa de Beto Acevedo, el único salvadoreño con el que mantve contacto hasta que salí de México, vaya uno a saber por qué.
Beto también me ha llamado varias veces por teléfono y, como cuando llamó Leo, han sido pequeñas inyecciones de vida. Quizá de eso se trate con los amigos: que con su presencia, aun lejana, lo hacen vivir más a uno.
Cuando estuve en Francia me perdí de conocer, se supone, lo que todo turista (prefiero llamarme visitante) debe conocer. En realidad, aparte de estar en Nôtre Dame, fui para estar el mayor tiempo posible con mis amigos y platicar con ellos. Preferí varias horas de plática con Thierry Davo que los puentes sobre el Sena, unos cafés (jugos en mi caso) con Alain Mala que un cementerio o un pae de catedrales, y pude mezclar el museo de Rodin con la plática cuando Carlos Ábrego y yo visitamos a Elizabeth Burgos.
Cuando me invitaron a la feria del libro de Buenos Aires, suspendí un tratamiento que se suponía urgente (pero ¿qué es una sola semana?) para poder conversar con mi amigo Nicolás Doljanín y saludar a mi maestro de periodismo, Carlos Vanella. Y lo mismo: conocí algunas cosas, cumplí con mis compromisos, compré algunos libros (entre ellos las obras completas de Borges, para los envidiosos), y el resto fue platicar con Nico y platicar y, claro, comer empanadas, asados y esas cosas que hacen los argentinos. (En Francia también sufrí de una sobredosis de comida deliciosa, cabe aclarar.) Creo que cada vez regresé con un poco más de vida, incluso cando estuve en Bolivia conversando con mi amigo René Bascopé. Fue una plática breve; él estaba en una tumba pequeña y modesta en el Cementerio General. Valió la pena el viaje.

3 de febrero de 2011

Un buen novelista

La primera vez que supe de Mauricio Orellana fue en 2000 --creo--, cuando ganó el primer lugar de los juegos florales de San Salvador, en el género de novela, y a mí me tocó ser uno de los jueces que le dieron el premio. Fue por una novela que se llamaba La marea. Me pasé un par de semanas especulando quién de los escritores --o escritoras-- salvadoreños --o salvadoreñas-- conocidos --o etcétera-- la habría escrito, y no me daban las cuentas. Tenía una voz bastante particular y propia, lo que descartaba a un principiante puro y duro, o a uno de los novelistas de a dos por el dólar que se autopublican regularmente. Abrimos la plica y, francamente, ni idea (aunque ya le habían dado un indigno tercer lugar en el mismo certamen).
Yo trabajaba en El diario de hoy y tenía el pretexto para llamarlo para hacer una nota sobre el premio y, de paso, averiguar quién era. Y lo llamé, y me enteré de no mucho más de lo que ya sabía. (La nota se publicó, desde luego en la sección de espectáculos.) Algo me llamó la atención: me dijo que era ingeniero --creo--, que había ahorrado y se estaba dedicando exclusivamente a escribir. No sé si fue esa vez o después, pero le pedí que me mostrara más de su trabajo, y me envió una o dos novelas. De que se la estaba tomando en serio, se la estaba tomando en serio.
Y me fui a visitar a Miguel Huezo Mixco, quien por entonces era director de la DPI, y le dije: "Hay uno nuevo". Le mostré todo mi entusiasmo y le dejé el manuscrito de La marea --creo-- y el teléfono de Mauricio. Mi recomendación para una posible publicación fue Tantra o el pecado al revés, que para entonces ya conocía, una novela extraña y, a su modo, divertida. Me dijo que ya vería, etcétera. Meses me dijo que la DPI publicaría Te recuerdo que moriremos algún día, y en efecto se publicó. Según lo que me había dicho Mauricio, era su primera novela, y se nota. Está técnicamente bien lograda, pero le falta la fluidez de otras que ya tenía en las manos, y que hubieran sido un mucho mejor debut.
Conocí personalmente a Mauricio un par de años después, e incluso dio un taller de cuento en Santa Ana para La Casa del Escritor. En ese tiempo había seguido con su implacable producción, y quizá un poco después escribió otra novela que me pareció bastante buena, y me enteré que se había metido al rollo histórico y se había salido y qué sé yo. Nos encontramos varias veces aquí y allá e intercambiamos algunos correos electrónicos, y siempre me preguntaba qué rayos hacía con todo ese buen material que ha acumulado durante tanto tiempo.
Viendo hacia atrás, supongo que tener paciencia, aunque supongo que a ratos lo habrá mordido la desesperación (a quién no le sucede). Ahora ha empezado a soltar su trabajo, con una publicación en Costa Rica, y al ganar el premio "Mario Monteforte Toledo", en Guatemala (habrá algo más que no recuerde), y ojalá que siga la racha y que las novelas no sólo se publiquen, sino que también se conozcan en El Salvador, porque en serio que, hasta donde puedo decir, están muy buenas. En un país donde la buena narrativa debe buscarse con lupa grande, es algo que se agradece. (Está siempre el problema de que deba publicar en otras partes, pero ¿cómo resolverlo?)
En fin, contento por Mauricio, y por los que (más o menos) hemos seguido su trabajo.

1 de febrero de 2011

La palabra

Uno no ha perdido, alguna vez, la oportunidad de decir alguna como “la palabra es mi arma”, no sin un poco de temor porque más de alguno se ha quedado acribillado por y en su propia declaración de principios o porque alguien puede descubrir la simple y dolorosa verdad: uno escribe porque es lo único que sabe hacer, y haría lo mismo en las mismas circunstancias siquiera por pasar el tiempo, siquiera porque es lo oportuno. ¿Qué más se va a escribir cuando uno está al pie de la horca en un país ocupado por los nazis, y tiene papel y lápiz suficientes, sino el Reportaje al pie de la horca? Pongamos a Julius Fucik, el reportero, en el escenario, con el nombre que sea, y tendremos no a un héroe escribiendo la crónica de su muerte, sino a un hombre haciendo algo natural.
Varia gente a la que respetaba murió así, o sufrió atentados o exilio, de modo que no estoy diciendo que eso es morir por los motivos equivocados. Quizá, en tiempos de crisis (guerra, guerra civil, ocupación militar, etcétera) haya menos persecución contra gente que escribe palabras que, digamos, contadores públicos o biólogos, dados los respectivos y honrosos casos (hay que recordar a don Celestino Castro, biólogo marino, gran militante y eterno preso político). Pero uno va a escribir en papelitos, cuadernos, como antes en roca, cera o piel de animal, “porque así es”, y hacer explícito el acto no es más que... bueno... hacer explícito el acto, como lo hago yo en este momento, no sé bien por qué.
(Escribo en el hospital, y me llevo un par de horas en la madrugada en tan sólo un par de párrafos. Tampoco dije que fuera fácil o no se llevara un montón de energías. Pero allí está.)

31 de enero de 2011

Bolognesa y helio

Hay que actualizar los lugares comunes de vez en cuando para que ciertos significados tengan valor. Por ejemplo aquél que compara a muerte con el desamor, que es como la comparación –que debería ser clásica ya– entre el spaghetti a la bolognesa y el helio hecha por un personaje de The Good Wife: ambos existen, en algún lugar de la escala zoológica o vegetal o cromática o la que sea, pero es radicalmente distinto al otro. Y ni siquiera podría hablarse de una escala o tipo de escala porque habría parentesco entre ambos. Nomás el helio es un gas y el spaghetti a la bolognesa es lo que es, y lo es más si se preparan unas nanoalbóndigas con la carne molida, yo sé lo que les digo.
Y, sí, es cierto que se siente bastante feo cuando uno se está muriendo y cuando lo deja el amor de su vida, igual que oler helio puro y comer ciertas pastas de ciertos cocineros y de más de un refrigerador descuidado. Pero no son comparables.
La muerte del amor no tiene que ver con la amarillez del señor de la cama de al lado, la segunda noche de mi internación, ni con sus tatuajes militares en el brazo derecho (Policía Nacional, Guardia Nacional, Ejército, puestos en perfecta hilera) ni con sus metástasis hasta el cerebro ni con su esposa llorando a gritos apenas quince o veinte minutos más tarde (serían las dos de la mañana, pero ¿cómo saberlo?). Quizá Werther (el libro) sea más muerte que helio. Quizá el cuerpo de Werther (el joven) sea más helio que cualquier cosa: inescrutable, elemental, otra cosa en alguna escala periódica.
Muerte también la de alguien que está esperando ahora en la cama de al lado a que las diálisis dejen de funcionar, como mi madre hace cosa de dos años, y la del que estuvo una semana atrás en otra cama de al lado, ya viejo y dormido casi todo el tiempo, a veces con demencia senil y dos o tres enfermeros (y enfermeras) cuidando que no se tirara de la cama mientras desvariaba. Uno tenía ganas de reírse de las cosas divertidas que decía en sus desvaríos, pero era tan, tan triste...
A otro sólo lo tienen durante una noche en la misma cama de al lado, y es joven, no más de veinticinco. Se jodió el hígado en una borrachera de dos o tres meses, según su relato y el de su mamá. Si uno oye mejor, se da cuenta de que el muchacho –¡es sólo un muchacho!– tiene una larga historia de beber y beber hasta llegar tan cerca del helio, y nada de Tristán e Isolda. En serio, nada. Y es lo bello de Shakespeare, y lo terrible: él como pocos es capaz de juntar el helio con un buen spaghetti a la bolognesa en el mismo plato sin caer en las declaraciones de bolero más la Química de Van Heusen o lo que haya. Y lo hace con adolescentes, y es por algo: son sólo muchachos, y los muchachos se mueren en serio (tenemos una guerra civil a cuestas y deberíamos recordarlo).
¿Y qué rayos hago de nuevo en el Hospital Médico Quirúrgico? Cosas de spaghetti a la bolognesa. Nada que ver con el amor, sino con el corazón, al que le tocó una pequeña operación mientras buscaban otra cosa y por otra parte. Mis amigos saben, porque estuvieron pendientes durante este par de semanas.
Si usted es de los que no, puede mandarme $10 y yo le mandaré un relato pormenorizado. Por $2 más, puedo personalizar el relato con su nombre, y por $1 extra le incluyo una foto del lugar de la pierna de donde sacaron el injerto en la operación anterior. Otros $2 y puede tocar y tomarse una foto conmigo. (Morbosos abstenerse.)

27 de diciembre de 2010

Sebastián

Una noche cualquiera, a eso de las ocho, oí que llegaba una de las vecinas de al lado; aquí se oye todo. Un par de minutos después salió diciendo varias veces: “¡Sebastian! ¡A comer!”.
El tal Sebastian no contestaba, y la señora recorrió el pasaje un par de veces, como buscándolo.
Mi primera y mal pensada impresión fue que Sebastian era un niño al que la señora había dejado en la calle mientras ella se encontraba en el trabajo. Pero el tono inicial fue cambiando, y pensé entonces que llamaría a uno de los tantos perros que pululan en los pasajes aledaños. Pero un perro respondería de inmediato --está en su naturaleza--, y del bendito Sebastian, ni señas.
De repente, se oyó un “Miau” en tono de barítono, y la señora empezó a mimarlo como si fuera el hijo de su hijo preferido. El gato se acercó a la velocidad a la que se dio la maldita gana, y después se metió a la casa a comer.
Nos quedó la curiosidad de conocer a Sebastian; con unos maullidos de ese calibre debía ser de un tamaño para dar miedo. Y pocos días después tuvimos la oportunidad de conocerlo mientras trataba de meterse a casa. El animal, en efecto, era grandote, manchado de blanco y negro, y venía detrás de Sombra, nuestra gata, con la obvia intención de engrosar la insoportable fila de gatitos con la que nos ha regalado en los últimos años.
Creímos que en la nueva casa sería casi imposible que un gato entrara o Sombra saliera para tener romances periódicos; el único contacto con el exterior es un árbol de naranjo, no muy frondoso por cierto. Además está Natasha, que con tres o cuatro ladridos lo hizo huir cuando apenas iba a medio árbol. Asunto arreglado, dijimos inocentemente. Porque Sebastian no puede entrar, de eso no hay duda, pero Sombra aprendió cómo salir.
Cuando conocimos a Sebastian, Sombra tenía una camada de una gatita que regalamos unos días después. Ahora, un par de meses más tarde, ya estamos pensando qué diablos hacer con los --por lo menos-- cuatro gatos que se adivinan en la barriga de Sombra.
Y Sebastian, todas las noches, esperando su comida.

30 de octubre de 2010

Otra primera vez

(Foto cortesía de Manuel Tiberio Bermúdez)


Hace un par de meses me llamó Paulina Aguilar para invitarme para que estuviera en la inauguración del IX Festival Internacional de Poesía. Antes de terminar de pensar la lista completa de pretextos para no ir --algo así como treinta segundos--, le dije que sí, porque con Paulina me es imposible negarme.
Los motivos los dijo ella misma en la inauguración. Durante mucho tiempo (esto no lo dijo), gente que --entiendo-- trabajaba con o para la Fundación los acusaba de no ser poetas y de no saber de poesía, pero en términos un tanto más rudos. Así que me pidieron un taller para apreciar mejor los textos que les llegaban y escoger a los poetas participantes. Incluso llegaron a escribir algunos poemas y a jugar con la métrica para que vieran qué se sentía.
Tres años estuvimos en ésas, quizá un poco más, y hubo que cerrar el taller cuando empezó la campaña para alcalde, que ganó. Paulina iba de concejal, y en ésas está.
En uno de los festivales, después de darse cuenta de que nadie les hacía caso a los compañeros de La Casa del Escritor, metió a diez de un solo golpe, y fueron un éxito. (Entre cierta poetada municipal se armó un pequeño revuelo. Ni modo) En otro festival necesitaba que le ayudaran a andar trayendo y llevando a los poetas extranjeros, y tres compañeros se ofrecieron con mucho gusto. Etcétera. ¿Cómo decirle que no iba a ir a la inauguración?
El problema era que por primera vez me presentaría en público después de las cinco operaciones que me hicieron hace un año, y todavía no estaba recuperado. (Ya casi. Ya casi.) Estaba aterrorizado. La idea de un montón de gente viéndome y oyéndome, de dar un mal paso y caerme, de los espacios abiertos, de lo que fuera, me daba simple y puro miedo. Pero había que ir. (La vez anterior hubiera sido en el Centro Cultural de España, en un conversatorio, el 9 de septiembre de 2009, y me había invitado Susana Reyes. Otra por la que hubiera ido así me estuviera muriendo. Y, sí, me estaba muriendo. No pude cumplir: ese día y a esa hora me internaron en el Hospital Médico Quirúrgico, y salí tres meses más tarde.)
Nick Mahomar me puso en un lugar bastante cómodo, en una silla especial, para que aguantara mejor. El escenario imitaba un café de poetas, y yo sería el primero en leer. Los discursos y presentaciones se hicieron con el telón cerrado. Yo leí y releí en voz baja mi poema --un fragmento de la serie Paisajes de agua--, más para pensar en otra cosa que porque no me lo supiera, y en una de ésas oí que empezaba la función.
Y empezó. Me cayó el cenital encima, y todo lo que pude ver fue una pared absolutamente negra a mi alrededor. Nada. La nada. Sólo nada.
La primera reacción fue pedir que me pusieran más luz, alguna luz. A cambio, le dije “Buenas noches” a la noche total. La segunda fue quedarme paralizado; a cambio empecé a leer el texto. (Mi comercio con pánico escénico es larguísimo; si no me rendí a los dieciséis años, no me iba a rendir entonces.)
Y allí, solo como estaba en medio de tanta gente, el texto tuvo un sentido que no le había visto. En una de ésas se me salió una sonrisa. De repente estuve a punto de soltar un par de lágrimas. La garganta se me cerró. Estuve en otra parte.
Mi lado paranoico se puso en alerta, porque no soy así ni fabricándome otra vez. Mi otro lado le dijo “Cállate”, y lo disfruté.
Aplaudieron y yo estuve a punto de tirar una vela encendida (la torpeza viene con el paquete). Se encendieron las demás luces. Todo volvió a la normalidad. Oí al resto de los de poetas, y cuando empezó a tocar el grupo de música que habían llevado le pedí a Nick bajarme del escenario; ya dolía.
Salí discretamente y ya afuera me fui sobre la mesa de cocacolas. Pronto llegaron Krisma, Sandra y Tere a ver si todo estaba bien.
Todo estaba bien. Estaba contento. Así nomás: contento. Me dolía todo y la reacción inmediata fue irme a casa pero ¿para qué? Un momento más.
Conversé con algunos amigos, con algunos de los poetas invitados, con compañeros de oficio y de trabajo y el dolor no fue tan importante. Había hecho algo que creí que no haría de nuevo.
De regreso a casa platicamos un buen rato con Krisma. Y otro rato. Creo que le gustó verme así, y a mí sentirme así.
La fecha era importante también: 4 de octubre. Ese día mi madre hubiera cumplido 75 años. Había que celebrar. Estar un poco más vivo no era un mal modo.

24 de octubre de 2010

¡Valentino sings! (o algo así)

Krisma y Valeria estaban viendo en Youtube unos videos con música de Ástor Piazzolla. Llegué y, después de un rato, me puse metiche y reaccionario y pedí "Barrio", con Gardel. De allí nos pasamos a "El día que me quieras" (el plagio más plagio que he visto en mi vida; pregúntenle a Amado Nervo). A un ladito había un link a un video de Rodolfo Valentino bailando tango en la argentinísima película Los cuatro jinetes del Apocalipsis (acompañado con "La Cumprasita") ¡y otro en el que canta! (Viene el puro audio, desde luego.)
Aquí está el link de las canciones, una en inglés y otra --¿lo diré?-- en español.
(Había que querer a ese hombre para ser capaz de prestarle un micrófono.)

23 de octubre de 2010

451

Hay un error importante en Farenheit 451 que uno pasa por alto porque el libro es buenísimo: la dictadura ha prohibido la Biblia, como lo demuestra que al final haya gente que está aprendiendo o ha aprendido de memoria algunos evangelios para preservarlos.
Si a alguien se le ocurriera un despropósito así, se armaría una guerra religiosa que no habría ejército capaz de ganar. Y si a la distopía de Bradbury se le ocurre moverse un poco hacia el cercano y medio oriente, mejor ni hablar.
Orwell, en 1984, va un poco más a fondo, pero es menos pretencioso: en ese mundo está prohibido pensar (por uno mismo, se entiende), pero sólo para la gente del Partido; los demás (“el prole”, como le llaman), mientras cumplan con su cuota de trabajo, pueden hacer lo que quieran y vivir su vida gris y sin perspectivas. El personaje, Winston Smith, es castigado ya no por tener libros, sino un simple cuaderno en el que escribe cosas. Cosas, nada más, aunque poco a poco se va poniendo más subversivo empujado por alguien que es agente del propio Partido. Bien perverso el asunto. (También está prohibido el sexo por diversión y sonreír y otros etcéteras.)
En la película Equilibrium, con Christian Bale (¡ese tipo la ha hecho de todo, y bien!), la sociedad que se plantea es más interesante incluso que la de Bradbury: ¡está prohibido sentir! Ya no sólo se prohíben los libros, sino también los adornos, las fotografías, los perfumes, cualquier cosa que pueda generar emociones. Claro que esto es reforzado por químicos que se reparten a la población, y un sistema de vigilancia bien al estilo fascista del que no escapan padres, vecinos ni esposas. Hay una resistencia, claro está, pero también una policía que sería infalible si uno de ellos no empezara a sentir, etcétera.
La destrucción de los libros, en todo caso --o su ausencia-- tienen un papel importante en estas tres distopías. Bradbury se atreve a poner muchos títulos y son libros básicos y más que básicos de la literatura universal. Lo terrible de Farenheit 451 es que los bomberos destruyen las cimas del intelecto humano, que hay todo un aparato dedicado a eso y que no hay nadie que pueda detenerlo, excepto una tímida y, a fin de cuentas, resignada resistencia.
La pregunta es: ¿qué tanta gente puede formar parte de esa resistencia. Más aún: ¿a cuánta le interesa? Y eso lleva a la pregunta central: ¿cuánta gente “lee”, si por leer entendemos a Shakespeare o Pound, a Baudelaire o Borges? ¿Cuántos armarían un verdadero lío si a “alguien” (a un gobierno, vaya) se le ocurriera empezar a quemar libros que para muchos son cosa sagrada, pero para otro no tienen más sentido que una especie extraña de lagartijas de Borneo? Quizá haya quien arme manifestaciones, que podrán ser clínicamente reprimidas y sus líderes resguardados en prisiones bonitas o feas, pero prisiones al fin.
Y habrá mucha gente a la que simplemente no le importe, que no quiera meterse en líos o que esté de acuerdo. Desde luego que se dejaría circular libremente ciertos libros religiosos y de autoayuda; eso también es “leer” y, si nos ponemos democráticos, nos llevan la ventaja por mucho trecho. Lo que no hay que tocar en la Biblia, algunos de sus derivados menos interesantes y los libros de autoayuda, una variable que no existía, como hoy, en la época en que Bradbury escribió su libro. (Tampoco previó, imagino que por cuestiones de trama, los libros malos, que siempre han sido legión.)
¿Qué nos queda? Esperar que los gobiernos permanezcan sensatos --no lo fueron durante una larga temporada-- y que las pocas librerías que hay traigan cosas buenas. Si no, siempre quedan los usados del centro. Pero no creo que pase nada grave, en el mundo macro, si simplemente dejan de venir libros buenos, los del centro desaparecen y todo queda en un pequeño grupo que se intercambia lo que tiene.
Sí, internet, ya sé, internet. Pero, con todo su poder, es tan frágil... Aún hay países que pueden reducir su acceso a niveles de llanto, y por ahora no hay modo de cambiarlo.
¿O sí?

21 de octubre de 2010

Querida Denise:

Soy una persona llena de prejuicios. Por suerte sé más o menos por dónde van y puedo actualizarlos, o al menos entenderlos y pasarlos por alto.
Recibí con mucho gusto, porque era tuyo, el poemario Manual del mundo paraíso, publicado por Catafixia, en Guatemala. Para empezar con los detalles frívolos, no me gustó la mano de la portada. La anatomía es terrible. Mis prejuicios, en otro caso, me hubieran dicho “Hasta aquí”, pero empecé a darle una ojeada --de atrás para adelante, desde luego-- y no supe cómo reaccionar cuando vi tu cédula de identidad personal como “biografía”. Apenas días después me di cuenta de que era una especie de broma y me reí.
Después agarré versos aquí y allá y me di cuenta de que se trataba de una diatriba en contra de las iglesias evangélicas, y temí que hubieras caído en el panfleto fácil. (Hago constar que hay panfletos que están entre mis poemarios favoritos, como España, aparta de mí este cáliz, de Vallejo, y varios textos de Hernández, como “Niño yuntero”.) Me di cuenta de que estaba haciendo las cosas mal y me puse a leer desde el primer verso del primer poema.
Y no pude parar.
Ante todo, es un texto riguroso y bien escrito. Conozco cosas tuyas de poesía, muy buenas, pero no alcanzan ni de cerca el nivel de tu Manual.... Esto es la comprobación de que puedes escribir lo que se te pegue la gana usando la poesía, pero sin llegar al “sacrificio” que pedían y practicaban poetas de los años setenta y ochenta, y que aún nos tienen como nos tienen. (Si me preguntas, muchos de ellos escribían mal no porque quisieran llegar el pueblo, sino porque simplemente eran malos. O haraganes. Y eso es algo que no hay en tu texto: haraganería. Está trabajado palabra por palabra, casi letra por letra. Te conozco y sé lo obsesiva que puedes llegar a ser.)
Así que me leí tu libro de un tirón, y me encontré ante una disyuntiva: además de disfrutarlo, que era inevitable, indignarme aún más por todo el rollo de las iglesias evangélicas o botarme de la risa. Escogí la segunda opción y me la pasé muy bien. Y no porque no me parezca serio lo que dices, sino porque también con la risa se puede protestar, y a veces es más poderosa que el enojo.
Unos días después Mario Zetino lo leyó frente a nosotros y también se la pasó riéndose, en parte por lo que dices en el poemario, en parte por el gusto de ver lo bien escrito que está, ya ves cómo es Mario con eso de la forma.
Creo que Memorias del mundo paraíso es un libro que vale la pena de leerse por los motivos que sea. Yo pienso darle un par de revisadas para captar cosas que no logré agarrar a la primera. Es muy complejo. Es muy bonito. Gracias.

20 de octubre de 2010

Honor

La gente que no tiene honor sabe que la gente de honor existe, y le tiene miedo, y la envidia, y trata de destruirla. La gente de honor sabe que existe la gente sin honor, pero tiene la esperanza de que el hijo de puta que tiene enfrente muestre alguna señal de honor. No lo hará, pero en una de ésas...
Y así están escritos el cine, la literatura y, por desgracia, la vida.

19 de octubre de 2010

Barrio, tamales y paletas de sombrillita

Durante cinco años vivimos en una casa metida en medio de una quinta. Además de los vecinos y sus trabajadores, que eran bastante discretos, hacía falta caminar al menos una cuadra para toparse con alguien. Había grillos, perros lejanos, algunos viernes y sábados por la madrugada los ecos de la orquesta del restaurante Casa de Piedra y también los ecos del Tabernáculo Bíblico Bautista de la localidad (nunca falta uno). Vivíamos físicamente alejados de la gente (por eso Dios creó internet, o viceversa), y no es que fuera mejor o peor que otra cosa: simplemente era así. Entre semana había visitas, en especial en mis días de descanso, y los sábados por la tarde el taller de video, por la logística o porque había equipo para la producción o por algo.
De pronto, hace dos meses, tuvimos que cambiarnos de casa, y escogimos un pasaje en el barrio de San Jacinto, en la colonia América. Es una casa con patio, corredor, habitaciones en hilera y cosas rarísimas de las que no voy a hablar aquí. (Siempre hemos vivido en casas con excentricidades.)
Los primeros días fueron terribles. De pronto pasaba gente caminando frente a alguna ventana. O peor: platicando. A metro y medio o dos metros o unos centímetros de distancia de donde estuviéramos en ese momento. No sé Krisma --creo que fue quien lo soportó mejor--, pero Valeria y yo nos sentíamos en una película de terror. Cuando algún automóvil se estacionaba frente a la casa, sentíamos que lo había hecho dentro de la sala. Ni hablar de cuando llegaba --y aún llega-- un camión inmenso al depósito o taller o lo que sea que hay enfrente. (Sí, sí, a mí también me dan ganas de gritarme “¡Burgués, burgués!)
Creo que lo que nos salvó del colapso fue cuando logramos identificar algunos gritos que al principio no tenían sentido. Eran vendedores ambulantes, y eran legión. Vendían --y venden-- cosas que uno no se imaginaría que se vendan en la calle.
Por ejemplo, estaba --y está-- el señor que por las mañanas pasa vendiendo lejía con olor a frutas y detergente Rinso. Al día siguiente --me voy al tiempo presente-- vende no sé qué cosas de comer. Al siguiente vuelve con la lejía. Después viene la señora que vende cortinas para baño, y no sé si ella misma es la que ofrece blusas a dos por un dólar. Es diferente, obviamente, del señor que vende ropa al crédito.
A diferentes horas del día pasan al menos dos carritos de paletas, uno de sorbetes y, claro, por la tarde el de las minutas, sin hablar del que pasa cada dos o tres días con paletas de sombrillita y capuchinos. (No sé qué sean los capuchinos; hemos consumido buenas dosis de paletas de sombrillita y minutas, pero no de capuchinos. Se agradecerá información.)
Por las tardes y las noches, las señoras que venden tamales de gallina, tamales pisques, tamales de chipilín y, a veces, tamales dulces; también empanadas de leche y frijoles, y pastelitos de carne. Varias veces ha pasado una señora que vende panes de gallina.
Y así.
Durante las primeras semanas consumimos todo el menú, y hasta con repeticiones. Pero la sazón no cambia, y ya algunos tipos de tamal nos han aburrido; creo que también un poco las empanadas. Con la dieta imposible de calorías que me han dejado --sin hablar de las proteínas--, los tamales son una buena opción, pero enough is enough y Krisma cocina más rico y variado. De vez en cuando compramos y compraremos lo que nos vendan a la puerta, con especial agrado las minutas y paletas de sombrillita.
Creo que así Vale y yo --al menos yo-- nos acostumbramos a tener a la gente tan cerca de nosotros. Y, bueno, es parte de la vida y del encanto de un barrio.
Eso sí, con cinco minutos de plática con cualquiera de los vendedores se va una parte del encanto del barrio idílico. Por ejemplo, una de las señoras que vende tamales empieza a hacerlos a no sé qué hora infame, los termina, los empaca y sale a venderlos. Viene desde la Terminal de Oriente, y más o menos por aquí va acabando con la venta. También el de las minutas termina por aquí casi siempre. Viene con su carrito desde adelante de Rosario de Mora.
Minutas con complejo de culpa. No logra neutralizar las endorfinas (les echa leche condensada y miel de tamarindo, y quién se resiste a eso), pero sí les da otro sabor.

4 de octubre de 2010

IX Festival Internacional de Poesía

Y, sí, por algún extraño motivo me toca estar en la inauguración, en calidad de poeta.
Por allá nos vemos (o sea en el auditorio del MUNA, a las 6:30 pemele).


(Hoy sería el cumpleaños 75 de mi mamá. Felicidades donde quiera que esté.)

8 de agosto de 2010

Diez años

Ayer hace diez años murió mi padre.
Por primera vez el síndrome de aniversario no me atacó desde días o semanas antes. Quizá tenga que ver con que el año pasado haya descubierto que me pasaba en un luto casi permanente y doloroso, y que ése no es el modo de llevar las cosas. No creo que a él le hubiera gustado, y sin duda a mí tampoco me gustaba, pero era bien difícil evitarlo.
Últimamente me ha dado por recordar algunos de mis sueños. En dos de ellos estaba conversando con él, y nos reíamos a carcajadas. No oía lo que decíamos, y no importaba. Estábamos juntos y podía escuchar su risa ronca; eso era más que suficiente. Las dos veces me desperté de un humor excelente, y ahora los recuerdio y sonrío.
Ha ayudado también que mi hija Eunice esté de visita. Hemos platicado bastante --el año pasado estaba demasiado enfermo y no pude disfrutar bien de su compañía--, hemos recordado, armado cosas nuevas... Hemos compartido bastante con Krisma y Valeria y, en fin, durante unos días, y por algunos más, la familia ha tenido otras características, y ha sido maravilloso.
Sigo extrañando a mi padre, en especial las largas pláticas y las risas, pero ya no me angustio. Igual, ¿quién dice que a los casi cincuenta y un años a uno no le hace falta su papá? Pero para eso están los sueños; allí he hecho vivir a algunos de mis muertos. (Sí, la abuela Mina me ha visitado un par de veces. Nos la hemos pasado bien.)

4 de agosto de 2010

Pedazos de gente muerta

Un día seguí una visita guiada en la catedral de Puebla y una de las cosas que el guía mostró con mayor emoción fue toda un ala dedicada a exhibir un buen par de decenas de contenedores con huesos y pedazos de órganos de gente muerta, que recitó en detalle. (Disculparán que no los recuerde. Estaba de verdad aterrorizado.)
Me extrañó que no hubiera llegado la autoridad competente --fuera la que fuera-- para intervenir el lugar, arrestar a los encargados de tener "eso" allí y darles cristiana sepultura a los --literalmente-- restos, sin contar con la correspondiente averiguación para determinar la identidad de los mutilados y cómo habían llegado a una iglesia católica como uno de sus mayores atractivos, y no como una de sus peores vergüenzas. A unas cuadras, el cadáver de un señor llamado Sebastián de Aparicio se exhibía en una urna como llamativo turístico de otra iglesia. Su encanto es que lleva varios siglos incorrupto, y por eso se le antecede el título de "beato". E igual: a nadie se le ocurre darle el beneficio de un entierro digno.
Unas semanas después me tocó estar en la catedral de Pachuca, y al fondo a la derecha del ala principal estaba exhibido otro cadáver completo, de una adolescente asesinada. Lo mismo: uno de los grandes orgullos de esa iglesia en particular, y de la mexicana en general, y ni de cerca se ven autoridades ansiosas de averiguar qué hace allí y no en un cementerio.
Claro que no se trataban de pedazos de muerto cualquiera, sino de "reliquias", y la adolescente, ya momificada, ejecutada por su propio padre, era Santa Columba, que antes había sido "propiedad" de los condes de Regla, los dueños de las minas del actual estado de Hidalgo. Con el hecho de que fueran santos se resolvía el asunto: estaban --y están-- fuera del alcance del ministerio público y la gente puede ir a pedirles milagros, favores o lo que se le pueda pedir a un muerto o a un pedazo de muerto. Algo así como amuletos humanos a los que se les ha negado una buena muerte porque en su momento debieron ser gente especial, o eso se supone.
Si el caso de los cadáveres completos me resultó siniestro, el de los trozos me pareció espeluznante. Porque esos trozos vienen de cadáveres que alguna vez estuvieron íntegros, y alguien los despedazó para repartirlos entre diferentes iglesias, imagino que para esas iglesias habrá sido un honor inenarrable recibir su pedazo de santo.
Creo que mi lado pagano es demasiado pequeño y mi lado cristiano demasiado grande (el ateísmo se vende por separado). Si fuera cristiano, sentiría mucho dolor de ver cómo andan llevando de arriba para abajo los pedazos de algunos de mis santos (de mis padres, digamos) como si fueran cosa de circo, o cómo los exhiben sin darles el descanso al que todos tenemos derecho: "Descanse en paz." "Así sea."

31 de julio de 2010

Es una lástima

Me hubiera gustado que aprobaran, sin veto, la ley según la cual se leería la Biblia de manera obligatoria en las escuelas, para fortalecer moralmente a los estudiantes.
Varios pasajes se me vinieron a la cabeza de inmediato, como aquél en el que Dios, sin motivo alguno, desprecia los sacrificios de Caín y acepta los de Abel, con consecuencias de muchos conocidas, y a los que los alumnos podrían acceder en detalle por primera vez. Y, claro, cuando Dios les miente a Adán y Eva y les dice que, si comen del árbol aquél, morirán. Al final resulta que es el Demonio el que tiene la razón: comieron y fueron como Él, o sea que adquirieron un conocimiento que no era grato para Dios. ("La ignorancia es la felicidad", diría George Orwell muchos siglos después.) Y, para seguir en la misma línea, es importante que se enteren que La Mujer (o sea Eva) fue creada de una costilla de Adán, pero unas páginas después nos enteramos que en realidad con ella fundó una segunda familia, que ya existía Lilith por allí, la verdadera primera esposa.
O la masacre casi nuclear de Sodoma y, si eso tuviera justificación, la conversión de una mujer en sal por el simple hecho de atestiguar la matanza; los actos de Dios no son para que los vean los humanos.
O la degradación al extremo del hombre más fiel a Dios, por una simple apuesta con el Demonio. O la historia aquélla del hombre santo y sabio que manda a matar a su hermano para quedarse con su esposa.
Ya en plan más moderno, el par de desprecios de Jesucristo a su mamá, o sus ataques caprichosos, como cuando volvió estéril a la higuera porque no tenía higos en una época del año en que las higueras no producen... uh... higos. O cuando le dice a un tipo aquello de "dejad que los muertos entierren a sus muertos" porque quiere enterrar a su papá antes de seguirlo; "los muertos" son los que no están con Él, y punto. (En ese entonces debían ser muy poquitos.) O lo de los pobres puercos a los que llenó de demonios e hizo que se suicidaran para exorcizar a un fulano poseído.
O los pasajes más picantes --que son muchos-- del Cantar de los cantares...
Moral extrema desde la fuente misma. Justo lo que necesitábamos y ahora no podremos tener.

13 de julio de 2010

Dos años

Ayer hace dos años que murió mi madre. Como buen viajero de los de los fenómenos psicosomáticos, fue quizá el peor día, en un par de meses, de mi larga convalecencia. No todo fue malo: en el trabajo me dieron una computadora con una rápida conexión a internet. En lugar de Microsoft Office le instalaron OpenOffice, por aquello de que las licencias son carísimas y hay que evitar la piratería. (En las máquinas nuevas están instalando Linux, me dijeron. A mí me tocó XP.) Conozco bien el software y sé que me voy a divertir. Por la noche, en Cinemax, dieron Pasqualino Sietebellezas, con Giancarlo Giannini, uno de esos actores que ya no se hacen. Krisma no la había visto, y a mi me hizo reír y me hizo que se me cerrara la garganta. No sabía que era tan vieja: 1975. Para que vean que hay cine antes de Iron Man (que también me gusta).
Sólo una vez he soñado con mi madre desde que murió. Fue mientras estaba internado en el Médico Quirúrgico, por allí de septiembre pasado, con quién sabe qué medicamentos en la sangre y la conciencia partida en dos.
Ella estaba sentada en una banca de madera, en una playa de arena negra, viendo hacia el mar en una noche sin luna. Había luz, pero salía de ella. Se veía muy joven --unos 15 o 16 años-- y bella. Tenía la vista clavada por encima de donde debía estar el horizonte, con el cuello ligeramente doblado y las manos sobre el regazo, con un vestido de una sola pieza, inconcebiblemente blanco.
El agua casi llegaba a sus pies, y yo trataba de advertírselo. (Mi madre adoraba el mar y a la vez le tenía terror. No sabía nadar. Ese miedo hizo que me metiera a clases de natación a los cuatro años, al igual que a mi hermana Ana. Terminé como seleccionado infantil, a los 10 años, y me negué a competir. Creo que es de las tantas cosas que le costó perdonarme.) Ella no me oía ni me miraba; simplemente estaba allí, siendo bonita, rodeada de luz.
Pensé y pensé y me di cuenta de que no podía verme: ella era demasiado joven, y yo nací cuando tenía veinticuatro años. Tampoco había nacido mi hermana María Elena, que murió en el parto un año y medio antes, algo que tampoco creo que le haya perdonado a nadie, la vida incluida.
No sé qué quería decirle. Quizá decirle lo que sería su vida en los casi sesenta años posteriores. Quizá sólo quería saber cómo era su voz. (En el sueño yo tenía los cincuenta años que tenía.) Y ella seguía sin verme ni oírme.
Entendí que era inútil, así que la miré durante unos minutos más y me fui por la playa. A los pocos pasos había desaparecido, aunque la banca de madera seguía allí. Creo que esa vez logré dormir profundamente un par de horas, y creo que durante ese tiempo no tuve dolor.
La mayor parte de las veces en que me llevé muy bien con mi madre fue mientras estábamos en silencio. Hablar no siempre es lo mejor para la gente.

9 de julio de 2010

Los inicios. 3

Y la gente seguía llegando. No en masa, ni mucho menos, sino de a uno por uno. A algunos los refería una tercera persona. A otros les había gustado algún promocional de los que pasaban en Canal 10. Otros habían visto alguna entrevista conmigo en el programa Universo crítico, de Geovani Galeas, o en el periódico. A otros alguien les había dicho que le habían dicho.
Algunos de los que llegaban, no pocos, estaban allí porque los habían rechazado en otros talleres; les habían dicho que su poesía era mala y que se dedicaran a otra cosa. En general, bastaba echar un ojo para enterarse de que en esa “poesía mala” había cosas interesantes y originales, que alguien no había logrado detectar; el arte, cuando es novedoso, no es reconocible como tal, y eso no es excepción en el pequeño mundo de los talleres literarios. Si se le suma un imbécil que cree que lo sabe todo acerca de literatura, el resultado es gente desconcertada, si no herida.
Lo interesante es que, con todo lo disímiles que eran los compañeros en todo sentido --oficio, origen de clase, intereses, usted diga--, se fue creando un bonito lazo de amistad entre todos y cada uno. No es que se armara un grupo, sino una comunidad de gente que quería platicar de literatura, y sobre todo escribir. Cuando uno encuentra algo así, lo que menos interesa es buscar problemas, y se dedica a disfrutarlo.
Para enero de 2005 ocurrió una maravilla: me dieron como asistente a Johanna Marroquín. Hasta entonces me había tocado armar el relajo casi solo, con el apoyo de mi hijo Eduardo en cosas de música. Pero para entonces ya estaba a punto de regresarse a México.
La verdad es que no necesitaba una asistente para pequeñas cosas administrativas, aunque no estuviera de más. Lo que quería era que ella se encargara de sus propios proyectos, tomando en cuenta otra de las directrices que me habían dado: insertar La Casa en la comunidad de Los Planes y Panchimalco.
Johanna llevaba unos veinte años bailando danza folklórica, los últimos diez en el Ballet Folklórico Nacional. Yo la conocía desde hacía algún tiempo, y sabía que era justo lo que necesitaba, o más bien lo que La Casa necesitaba. Hablamos, pedí su cambio y me lo concedieron. La idea era utilizar la danza --de la cual hay larga tradición en la zona-- para abrirnos a la comunidad.
Lo primero fue armar un taller con chavos del vecindario, unos ocho o diez. Pedimos a la Casa del Mirador que nos prestaran espacio para ensayar, y nos dijeron que no; ellos tenían su propio ballet. (No veía cómo podían ser excluyentes, pero así las cosas.) Nos ayudó la escuela Goldtree Liebes dándonos un espacio y prestándonos algún vestuario. Johanna aprovechó para reclutar a varios jóvenes más.
Para cuando se desintegró el ballet que había en El Mirador, no mucho después, Johanna ya le había puesto nombre al grupo resultante del taller (“Raíces”) y empezaba a hacer algunas presentaciones cortas. Gracias a que El Mirador nos dio espacio para ensayar, cuando el otro ballet se disolvió, los chavos pudieron avanzar con más rapidez, y en un año se presentaban todos los domingos en el propio Mirador, convirtiéndose en una de las atracciones de Los Planes.
Mientras, Johanna hizo buenas migas con Los Historiantes de Panchimalco. Tan buenas que la invitaron a bailar con ellos: la primera mujer en cuatrocientos años, o vaya a saber cuántos, que no hacía roles femeninos.
Al mismo tiempo --lo de los posts anteriores y esto ocurría todo al mismo tiempo; era un desmadre--, varias organizaciones comunales nos pidieron espacio para armar reunionces: microempresarios, gente que trabaja en cosas de turismo, la alcaldía --de ARENA la anterior, del FMLN la actual--, etcétera. Gracias a la alcaldía de Panchimalco pudimos mantener controlada la pequeña selva que hay detrás de La Casa; cada cierto tiempo llegaban a podar árboles y matorrales. Hubo más, bastante más, pero con esto basta por ahora.
Fue en 2005 también, si no me equivoco, que Salvador Canjura propuso que armáramos un taller de guiones. Yo me gané la vida durante quince años haciéndolos, así que le dije que sí. Armamos un pequeño grupo de seis personas con compañeros que ya trabajaban en La Casa y lo organizamos.
Lo que resultaba obvio era que, una vez terminado el guión, allí se acabaría el proceso: ¿quién lo filmaría después? Así que la condición fundamental del taller era que los guiones los filmaríamos nosotros mismos, con nosotros mismos como actores y con los recursos que tuviéramos. La idea era seguir todo el proceso que sigue un guión, desde su concepción hasta que se exhibe (no sabíamos si se iban a exhibir en alguna parte, pero al menos teníamos nuestros aparatos de DVD o computadoras).
Y allí estuvimos durante meses y meses, con camaritas de ésas que sirven para filmar bodas y bautizos, dándoles forma a los guiones. Rebeca Torres, la segunda más joven del equipo (el más joven era Nelson Ochoa, de 17 años cuando comenzó el taller) fue la directora de casi todos los videos: come cine, bebe cine, sueña cine y sabe mucho de cine. Salvador Canjura hizo varias actuaciones notables, al igual que Carlos Guardado, y ambos unos guiones de lo mejor; yo hice todo lo posible para no aparecer en pantalla. Mi trabajo era componer o adecuar la música y editar los videos.
Empezamos con videos “negros”. Quién sabe por qué nos agarró con lo policial. Después tratamos de pasar a mediometrajes, de por lo menos media hora cada uno, y no nos dio el pellejo ni la tecnología. Necesitábamos luces, sonido, mejores cámaras, mejores computadoras para la edición... Al menos lo intentamos, y hubo amigos que nos apoyaron con actuaciones que allí están, encerradas en cassettes.
Pero no nos rendimos tan fácilmente. Después nos pusimos a filmar una serie titulada “Historias ligeramente estúpidas”, que imitaban el cine mudo. Por lo menos la mitad está editada, hay varias que no llegaron a transferirse a la computadora y hay un par a media edición. Para mientras ya habían pasado casi tres años, y creo que se cumplió el ciclo; después de todo se trataba de un taller de guiones. En el proceso nos ganamos el II Certamen Nacional de Video, en la rama de ficción.
Hubo más talleres. Uno de periodismo, del cual no diré los nombres de los participantes, nomás para molestar a las malas lenguas; uno de novela para dos muchachas de quince años de edad (me llamó la atención su juventud y su talento, y la pregunta era: ¿aguantarán?; la respuesta fue que no; estaban muy pollitas aún); uno de apreciación poética... Qué sé yo.
Lo que sí sé es que me la pasé muy bien trabajando con gente interesante y buena, haciendo cosas igualmente interesantes. ¿Qué más se puede pedir?
Y eso que eran sólo los inicios...

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También está lo de la recopilación de voces de escritores, el taller en Guatemala... Quién sabe cuántas cosas se me olviden. (No, el taller en Guatemala no se me olvida. Hubo muchísimas cosas muy buenas allí, y buenos amigos de los que son para siempre.)