12 de enero de 2008

Las señoras de

Me encontré este artículo en algún lugar del disco duro que no revisaba desde hacía tiempos. Se habrá publicado a finales de 1999 o principios de 2000 en Vértice, y provocó una pequeña andanada de cartas de protesta, llamadas telefónicas y compañeras de trabajo y amigas que, en fin, reivindicaban su derecho de llamarse como se les pegara la gana.

Quizá sea un prejuicio, pero cuando veo en el periódico columnas o declaraciones de alguien que se presenta como Señora de Tal, paso de largo sin averiguar qué escribió o dijo; me da la impresión de que voy a leer las opiniones de su esposo. Lástima. Los “señores de” no escriben ni dan declaraciones, o no usan sus nombres de casados. (¿Cómo saber si lo están? ¿Importa saberlo?)
Supongo que las señoras en cuestión tendrán un apellido tan propio como sus opiniones, y que el hecho de entregar una parte de su identidad personal (un nombre es mucho más que un dato) me hace creer que han entregado otras cosas, que sin el “de” (un aval, después de todo) no podrían expresarse como lo hacen.
Bajo la firma de “señoras de” he leído titulares interesantes, por ejemplo defensas de los derechos de la mujer, alegatos en contra de la promiscuidad sexual (léase: del derecho de los jóvenes de tener una vida sexual normal) y –lo admito– algunos relativos a problemas sociales que ha sido difícil pasar por alto.
La tradición es respetable, claro, y es ella la que indica que la esposa debe usar el apellido del esposo. Y más: en El Salvador, hasta hace pocos años, era obligatorio que las mujeres utilizaran el apellido de su esposo. Pero también estaba la fórmula “Socialmente conocida como...”, que pudo utilizarse en bien de la identidad propia. Pero resultaba que la “Señora Fulana de Tal” era socialmente conocida como “Señora Fulanita de Tal”, y lo que se ganaba era el dudoso beneficio de un diminutivo.
Hay países (Suiza, Italia) en los que los maridos pueden adoptar el apellido de sus esposas; los hijos, pues, continuarán la estirpe materna, y las hijas tendrán hijos con el apellido que decidan con sus parejas. En Colombia se permiten ya los matrimonios entre homosexuales y entre lesbianas, y se está en el proceso de permitirles la adopción de hijos, que no podrían llevar apellidos maternos o paternos sino de manera simbólica. El “Señor de” y el “Señora de” no tendrían que ver con su sexo, sino con... Bueno, la ley ya lo habrá previsto.
En mi mundo ideal, cada quién podría llevar su propio apellido, entre parejas del sexo que fuera, y todos felices. Y quizá no me perdería de interesantes artículos y declaraciones, que es en realidad lo que más me molesta. Lo que son los prejuicios.
(Me adelanto a eventuales preguntas: No, no he estado casado con nadie que quisiera llamarse “Señora de Menjívar”. Tampoco lo haría. No, no soy homosexual ni lesbiana. No, no me molesta que éstos se casen y adopten hijos. No, no me enoja que haya ”Señoras de”; cada quién hace con su nombre lo que mejor le convenga. No, no propongo el libertinaje ni la disolución de valores. En realidad no propongo nada: sólo expreso una opinión personal.)

8 de enero de 2008

El Quijote y Cien años de soledad

Hay pocas cosas que deteste. Bueno, a lo mejor son varias más de las que creo, pero entre ellas están las ediciones anotadas de Don Quijote, que son las más, en especial las que salen de las manos de la Real Academia Española o sus especialistas en Cervantes, que parecen ser todos. Recuerdo en especial la edición de un señor de apellido Casalduero --ya lo habré mencionado en este blog--, con la que Alianza Editorial celebró el número 1000 --y 1001-- de su edición de bolsillo. Era casi imposible leer un párrafo sin que hubiera cinco o seis llamadas al pie para explicar cosas que en el texto quedaban clarísimas. El colmo es cuando un pastor lee la carta suicida de un amigo que se ha matado por una mujer que no hace caso de sus requerimientos. A media carta, Casalduero llama al pie y señala: "El pastorcillo sabía leer." Era obvio que estaba leyendo, y que por lo tanto sabía leer. Pero unas líneas más adelante, en el cuerpo del texto, el propio Cervantes dice textualmente, también pecando de obvio: "El pastorcillo sabía leer." Y así cientos de notas, además de las de rigor (pero ¿es que hacen falta?) en las que se aclara el significado de alguna palabra en desuso.
Eso por no hablar de los estudios introductorios, de los análisis sesudos de cuanta cosa se les ocurra (el estado de la moneda en épocas de Cervantes, porf ejemplo; hablo en serio), interpretaciones acerca de lo que Cervantes quiso decir y el desciframiento de cuanto símbolo se pueda ver en el texto, al gusto del ensayista. Si a eso se le suma el mal enfoque que le dan al libro en las escuelas, en las lecturas obligatorias, y todo el rollo acerca de que es La Más Grande Obra Escrita En Lengua Española, uno detesta al Quijote y a Cervantes desde mucho antes de haberlo abierto, y quizá no lo lea jamás.
En mi caso, en la escuela, busqué los nombres de los protagonistas, les pregunté a algunos compañeros de qué iba la cosa, leí algún ensayo acerca de la obra y me saqué un buen diez en el examen, sin haberlo leído. Claro que mi padre, cuando era muy niño, me sentaba en sus rodillas y me lo leía, pero era otra cosa: allí estaba con mi papá y lo importante era estar con mi papá riéndome no sólo de lo que pasaba, sino también de sus explicaciones disparatadas --tenía un sentido del humor bastante desaforado en ocasiones-- y del hecho de estar juntos. Cuando me pusieron en mármol a Cervantes, con hojas de laurel crudas, no hubo modo de que le hincara el diente, la rodilla ni nada.
Leí El Quijote (en la malhadada edición de Casalduero, saltándome todas las llamadas al pie) apenas en 1986, o sea a los 27 años, en un viaje del Distrito Federal a la Comarca Lagunera, en Durango. Catorce horas de diversión legítima. Pocas veces me he reído tanto con un libro, y me di cuenta de que quienes dicen que don Alonso representa la locura y Sancho la cordura, o lo que digan, están hablando tonterías. El libro es mucho más profundo que eso, y a la vez más simple. Es un libro para reírse y pasársela bien, no para levantar cejas ni para ponerse en el plan de "Según mi humilde criterio"..., que nunca es humilde y que de criterio tiene muy poco. Lo que haya dentro, detrás, en medio y a consecuencia del libro --las "enseñanzas", si se quiere-- es parte de la novela, y parte de su humor, inseparable de todo lo demás.
Así que cuando Alfaguara, con el patrocinio de la Asociación de Academias de la Lengua Española, sacó una edición muy bonita del Quijote, con todos los estudios introsuctorios y los epílogos que se quiera, la compré con gusto (¡por sólo 10 dólares!) y con dos intenciones.
1. Leer la novela nuevamente. Aún no lo he hecho; sólo he tomado pasajes aquí y allá, mis favoritos y algunos al azar, y de verdad que me he reido.
2. No leer las notas al pie, así no entienda el significado exacto de las palabras, y pasarme por alto los estudios acerca del libro, aunque confieso que (h)ojeé la parte dedicada a cómo se armó la edición; vicios del oficio.

Cuando apareció una edición análoga de Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez, también por Alfaguara, también patrocinada por las academias de la lengua española y también a diez dólares ($9.95, para dar la impresión de que se está más cerca de los nueve que de los diez), pensé un poco diferente. Vaya: podría ser interesante leer el ensayo de Vargas Llosa (supongo que una selección de su famoso libro Historia de un deicidio, que nunca conseguí), lo que tuvieran que decir Carlos Fuentes y Álvaro Mutis y los pormenores de esa edición.
Con todo el respeto del mundo, después de haber leído completa la novela unas cuatro o cinco veces, más las lecturas parciales; después de treinta años de dedicarme a escribir y luego de lo que usted guste y mande, lo de Vargas Llosa me sacó bostezos, lo de Mutis se me hizo una apología de un buen amigo --que francamente no necesito-- y lo de Fuentes me pareció más o menos innecesario. Ni qué decir de los otros ensayos, y hasta la nota acerca de la edición, de cómo está corregida con respecto a la primera, de cómo se sortearon erratas acumuladas a lo largo de decenas de ediciones y de cómo García Márquez le metió mano para que quedara una especie de versión definitiva.
Lo que hice fue ponerme a leer la novela en varias sentadas --estoy en mi propia novela y en el trabajo de La Casa, que este año se pondrá bien interesante--, a disfrutarla y a armar mis propios criterios, que por algo --como diría Borges-- me la he pasado leyendo la vida más que viviéndola.
Pasó algo obvio: después de varias lecturas y de desarmarla de varios modos para aprender recursos, mi lectura ya no fue inocente, y me puse a ver las costuras, es decir: cómo está armada, cómo trata a los personajes, el lenguaje, etcétera. Y sigue pareciéndome que García Márquez es un narrador excepcional. En plan de hilar mucho más fino, me parece que la novela va decayendo después de la segunda mitad, quizá más en el último tercio, desde poco antes de la matanza en la bananera (uno de los episodios más impresionantes). En algún momento me pareció que el objetivo de contar el destino de la familia Buendía, de su casa y del pueblo se convierte en un objetivo demasiado obvio, y pierde el poder de la primera mitad. Se salva precisamente por la extraordinaria capacidad fabuladora del autor.
Noté algo: García Márquez crea personajes poderosísimos y de pronto, zaz, los mata unos párrafos después. En lo personal, me parece que, cuando los personajes comienzan a tomar una autonomía "peligrosa" (o sea necesaria), se deshace de ellos para no meterse en demasiados líos y para que la historia no se vea afectada. También pasa que otros personajes se le llegan a acartonar, precisamente porque los ha destinado a cumplir un papel dentro de la historia, no para que hagan lo que quieran. Los últimos están hechos ya casi sólo de palabras, y funcionan por la fuerte inercia que le ha logrado dar a la historia. La parte que siempre me molestó fue cuando el propio García Márquez y sus amigos de juventud aparecen en escena, casi al final, junto con el sabio catalán. Durante algunas decenas de páginas la novela pierde tensión, y puede ser difícil no desertar, aunque eso implique perderse páginas sensacionales y un final-final (una última frase) como pocas veces se ha escrito.
Puedo sonar soberbio o ingrato, y no es mi intención, sino hablar de una novela en la cual uno aprende mucho más que herramientas básicas, y que además --y sobre todo-- es muy divertida. Y muy subversiva, es decir peligrosa, como El Quijote.
Siempre me ha dado la impresión de que muchos ensayos que se escriben alrededor de las grandes novelas tienen dos objetivos:
1. Que se luzca el que los escribe.
2. Tratar de quitarles peligrosidad. Si algo es explicable "científicamente", pierde la magia. Y Cien años de soledad es magia pura. Vaya: muy pocos, y entre los mejores García Márquez, se ha puesto a escribir tal cantidad de disparates, todos ligados y sin dar respiro, que resultan tan naturales como para seguir leyendo, fascinados. Eso lo confirmó en El otoño del Patriarca (¡se llevan el mar numerado y cuadriculado para cobrar deudas de dinero!) y un poco en El amor en los tiempos del cólera. Mi favorita, por perfecta, es Crónica de una muerte anunciada. La última parte de su producción, como Diatriba de amor contra un hombre sentado, y en especial Memoria de mis putas tristes, me parece prescindible; El general en su laberinto me aburrió, aunque la leí dos veces (la segunda para confirmar que no es lo mejor que ha escrito), etcétera. La increíble y triste historia de la cándida Eréndira me parece fundamental, y La mala hora es una excepción notable: es una novela negra ubicada en la selva, cuando el canon dice que ese género es neta e indisolublemente urbano.
En fin, me la pasé muy bien releyéndola completa después de unos diez años, quizá doce. Me alarma que la RAE pueda convertirla en lo que da a entender que es El Quojote: un ladrillo pesado e insalvable. Ninguna de las dos lo es.
Hay varios pasajes que marqué. Uno de ellos es de cuando agarran preso al coronel Aureliano Buendía. La descripción suena mucho a la captura del Che Guevara (p. 146):
La tropa pugnaba por someter a culatazos a la muchedumbre desbordada. Úrsula y Amaranta corrieron hasta la esquina, abriéndose paso a empellones, y entonces lo vieron. Parecía un pordiosero. Tenía la ropa desgarrada, el cabello y la barba enmarañados, y estaba descalzo. Caminaba sin sentir el polvo abrasante, con las manos amarradas a la espalda con una soga que sostenía en la cabeza de su montura un oficial de a caballo.
Y también lo de que muchos de los que participaron en la muerte del Che fueron muriendo de manetas "misteriosas". (Si uno se fija, más bien se trató de asesinatos bien planificados, en la mayoría de los casos.)
"No se quieren acostar con un hombre que saben que se va a morir", le confesó ella. "Nadie sabe cómo será, pero toso el mundo anda diciendo que el oficial que fusile al coronel Aureliano Buendía, y todos los soldados del pelotón. uno por uno, serán asesinados sin remedio, tarde o temprano, así se escondan en el fin del mundo..."
Hay un pasaje que define muy bien lo que llega a pasar con los que se ponen a pelear contra los militares (miren si no cómo se comportan muchos ex guerrilleros, triunfantes o no). En esta escena Aureliano Buendía está con el coronel Moncada, conservador y amigo de la familia, con quien tantos favores se deben y tantas cosas han compartido.

El general Moncada se incorporó para limpiar los gruesos anteojos de carey con el faldón de la camisa. "Probablemente", dijo. "Pero lo que me preocupa no es que me fusilen, porque al fin y al cabo, para la gente como nosotros esto es la muerte natural." Puso los lentes en la cama y se quitó el reloj de leontina. "Lo que me preocupa --agregó-- es que de tanto odiar a los militares, de tanto combatirlos, de tanto pensar en ellos, has terminado por ser igual a ellos. Y no hay un ideal en la vida que merezca tanta abyección". Se quitó el anillo matrimonial y la medalla de la Virgen de los Remedios y los puso junto con los lentes y el reloj.
--A este paso --concluyó-- no sólo serás el dictador más despótico y sanguinario de nuestra historia, sino que fusilarás a mi comadre Úrsula tratando de apaciguar tu conciencia.
Hay una observación acerca de la vida, la gente y la guerra que me parece magistral:
Al cerrarse la puerta, José Arcadio Segundo tuvo la certeza de que su guerra había terminado. Años antes, el coronel Aureliano Buendía le había hablado de la fascinación de la guerra y había tratado de demostrarla con ejemplos incontables sacados de su propia experiencia. Él le había creído. Pero la noche en que los militares lo miraron sin verlo, mientras pensaba en la tensión de los últimos meses, en la miseria de la cárcel, en el pánico de la estación y en el tren cargado de muertos, José Arcadio Segundo llegó a la conclusión de que el coronel Aureliano Buendía no fue más que un farsante o un imbécil. No entendía que hubiera necesitado tantas palabras para explicar lo que se sentía en la guerra, si con una sola bastaba: miedo.
Hoy es martes. A seguir en lo que haya que seguir.

7 de enero de 2008

Cosas del lunes y columna

¡Por fin llegué al punto en que se encuentran el psicópata y la Directora! Pero no en el presente (o sea el futuro), sino en el pasado (o sea el futuro que es menos futuro que el futuro presente). Ocurre en el capítulo XI, que estoy escribiendo para poder entender qué va a pasar en el capítulo VII, en el cual estoy trabado porque no sabía qué iba a pasar en el XI.
Otra cosa que está pendiente es cómo funciona la cosa en el Barrio Rugama. Si todo está destruido, abandonado, con la selva a los lados y dentro de los edificios, ¿dónde vive ese montón de gente? Debajo de la tierra, no; demasiado fácil, y ya hay un lugar donde la gente usa el antiguo metro como lugar de comercio; no me gusta repetirme. La pregunta es más bien ¿cómo hace toda esa gente para que no la vean? Gloria, hossana, that's the question.

Pero de que va, va. Obviamente las vacaciones apenas alcanzaron para un par de capítulos y para darle orden al texto, lo que no es poco. Ahora vamos a ver qué tal rinden los lunes y martes, además de los minutos sueltos en los que me pongo a escribir. He escrito novelas completas en minutos sueltos que siempre hay en medio del trabajo. Tiene su lado emocionante eso de cazar minutos. Hay una reunión, se acaba y quedan quince minutos en lo que llega la siguiente. Un párrafo. Va a llegar alguien, se atrasa media hora, listo, otro par de párrafos y algunas correcciones. Alguien cancela algo, dos horas libres, y es el alucine. Por la noche, entre la cena y la película en familia, media hora más. El truco es tener todo en la cabeza y conservar latente el estado de ánimo necesario para escribir, y no revisar todo sino saber, de una ojeada a las últimas líneas, qué es lo que sigue. Y seguirle. Ya después habrá tiempo para corregir... de quince minutos en quince minutos o un par de días de descanso que se tomen para eso. Nunca he creído cuando alguien dice que no ha escrito porque no tiene tiempo. Siempre hay tiempo, nomás hay que cazarlo.
Y de paso pongo algunas fotos que estaban en un álbum que traía Valeria. Le encantan los álbumes de fotos, y nosotros casi sólo con fotos digitales... Tendremos que imprimir algunas decenas.

Aquí, la abuela Mina (madre de mi madre) y mi papá, en algún momento de finales de los ochenta o principios de los noventa, seguro antes de los Acuerdos de Paz. Están en la casa familiar de la colonia Buenos Aires, a unos pasos del Ministerio de Hacienda.
Mi padre entró varias veces a El Salvador durante la época de la guerra, por el aeropuerto, con su pasaporte y con su nombre y apellido, con todo y que estaba condenadísimo a muerte por cuanto escuadrón hubiera. Entraba siempre con misiones internacionales que venían a pláticas con el gobierno, casi siempre de la Internacional Socialista. Se estaba sólo dos o tres días, cambiaba su boleto a última hora, ya en el aeropuerto, y nunca se movía sin alguien de la misión en cuestión. Se quedaba en el Camino Real, que era de lo más seguro que había, y lo demás era esperar que no se alocara algún escuadrón. Él no era socialdemócrata, ni mucho menos, pero era sensato, y resultaba un buen asesor para la gente de la IS. Tenía visa diplomática, lo que parecería una protección adicional. pero era de Costa Rica, y a quién le importaban en esos días las visas diplomáticas, cuantimás las de otros países, y menos las de Costa Rica.
Curioso: siempre creí que la abuela Mina se llamaba Herminia. Por aquí tengo su último DUI, sacado unos días antes de su muerte, y se llamaba Erminia. (María Erminia Molina López.) Es raro eso de haber tenido una abuela con falta de ortografía...

Aquí, la abuela (María del) Carmen Larín Choto y el abuelo Alfonso Amado Menjívar Castro, padres de mi padre, con mi madre en medio. (Ella se llama Estela Elsa Ochoa Molina, hija de la abuela de la foto anterior.) Debieron tomarla a principios de 1994 o finales de 1993, en la casa de mi padre en Costa Rica. La abuela mina murió en febrero de 1995, de una neumonía de ésas que le dan a mucha gente a principios de año. El abuelo moriría a finales de 1997. Los lentes de mi madre no son por hacerse la interesante. Desde hace una veintena de años tiene algo que le impide generar lágrimas, y tiene que andar echándose un líquido en los ojos cada cierto tiempo. La luz, el aire acondicionado, el humo, lo que sea, la pone fatal. También tiene su lado raro eso de tener una madre incapaz de llorar; excelente para una telenovela mexicana.

Y éste soy yo en enero de 2000, en la tumba de Salvador Cayetano Carpio. Había ido a conocerla unos meses antes, cuando regresé a El Salvador, y ese día llevé a mi madre al cementerio de Santa Tecla para que también lo visitara.
Fui por última vez hace un par de años, y había cambiado mucho. De hecho en la foto ya no está como cuando la vi por primera vez. Lo único que había era la placa que está a la altura de mis rodillas: "Familia Carpio-Alvarenga". Después le pusieron la bandera de las FPL y cada vez más leyendas. Luego mosaicos, hicieron más grande la estructura de metal y la última vez que la vi, con el debido respeto, parecía más un arbolito de navidad que la tumba de un dirigente revolucionario.
En fin, va la columna de esta semana. Pero antes me alegra decir que Krisma también tiene la suya a partir de este número de Centroamérica 21. Se puede encontrar aquí. (¿Le pagará la OIE? ¿La CIA? ¿La NBA? No ha querido decirme.)
La mía está en este link.

Concepto, plagio y mediocridad (III)
Rafael Menjívar Ochoa

Cuando Andy Warhol pintó sus famosos cuadros con latas de sopas Campbells, lo que pintó realmente fue... latas de sopas Campbells, de tomate y alverjas, para ser precisos. Cuando solarizó cuatro fotografías de Marilyn Monroe de cuatro maneras diferentes, lo que hizo en realidad fue solarizar cuatro fotografías de Marilyn Monroe y ponerlas en dos filas y dos columnas, un recurso que usaría en repetidas ocasiones.
También pintó botellas de Coca–Cola, de perfume, y fotografió a Muhammad Alí y varios iconos de la imaginería popular estadounidense. Hizo películas, como aquélla en que la lente está fija durante horas y horas en la azotea de un edificio, sin mostrar más que lo que ocurría en dicha azotea, es decir no mucho.
A lo que hacía se le dio un nombre: arte pop. El motivo era que Warhol tomaba elementos de la cotidianeidad de los norteamericanos, figuras populares, etcétera, y los “reconocía” como dignos de entrar en el mundo del arte, a veces bastante en bruto, a veces con ligeras modificaciones (la “intervención” de fotos, digamos) y, cuando se trataba de temas del “arte clásico”, de manera casi caricaturesca o muy poco elaborada.
Todo el mundo “intelectual” neoyorquino se volcó a declararlo un genio, y a explicar que las latas de sopa eran mucho más que eso: eran toda una concepción del arte, en la que lo que importaba no era la ejecución de la obra –¿qué tan difícil puede ser pintar una lata de sopa, o solarizar unas fotos?–, sino el concepto. No lo que la pintura decía, sino lo que Warhol “realmente” quería decir.
Hubo un viraje interesante con respecto a la concepción de las artes plásticas: lo importante no era la obra, sino el artista; no el resultado estético del trabajo, sino las intenciones del artista, su mundo interior, sus ideas, etcétera. El fenómeno no era nuevo: en la concepción romántica de la literatura (de Shelley y Blake a Rimbaud y Baudelaire), el artista era tan importante como su obra, con una diferencia diametral: un rigor estético que Warhol no mostraba.
El propio Warhol se convirtió en parte fundamental de su obra: sus palabras, su modo de vestir, sus actitudes, sus gustos personales, lo que comprara y usara, eran milimétricamente analizados y extrapolados. La paradoja fue que el “arte pop” no estaba destinado al pueblo, sino a una autoproclamada elite intelectual, que de pronto se llenó de críticos de “ese” arte, señoras que compraban de antemano cualquier cosa que Warhol fuese a producir, galerías en las que gente con ropa carísima y extravagante intentaba descifrar qué diablos quería decir Warhol con aquello que parecía lo que realmente era. El “tout New York”, pues, se volvió de pronto adicto al arte, ya no sólo como comprador de cosas de alto precio a modo de inversión –Van Goghs, Picassos y esas cosas–, sino como participantes de un fenómeno artístico de vanguardia. Los ricos, y no necesariamente los más cultos –y sus satélites–, ya tenían un artista al que podían entender, comentar y criticar, además de colgarlo en sus paredes.
Hubo muchos imitadores de Warhol, y otros que fueron derivando de él, incluso algunos de talento excepcional, como el “grafittero” Jean–Michel Basquiat y su “movimiento” SAMO (Same Old Shit).
Si se busca antecedentes a las latas de sopa y las botellas de refresco y perfume, quizá se llegue a un cuadro fundamental para la plástica: “Esto no es una pipa”, de René Magritte. El cuadro es, ni más ni menos, una pipa común y corriente, y el título aparece dentro del mismo cuadro, debajo del objeto pintado. Magritte estaba marcando, con él, un concepto fundamental para la pintura, en especial para el surrealismo, y para la comprensión del arte, y no sólo se dedicó a copiar objetos de uso; su obra es diversa, inteligente y, sobre todo, original. Algo similar a los juegos de Dadá, pero con mucha más sustancia que una actitud.
Si lo que se espera es originalidad, Andy Warhol la tuvo: fue el primero al que se le ocurrió hacer lo que hizo, y declararlo arte, con los antecedentes de Dadá y Magritte. Fueron sus sucesores, en sus diferentes vertientes, los que se pescaron como rémoras de su idea y se dedicaron a proclamar que todo lo que se les ocurriera era arte, por el simple hecho de que ellos, artistas, lo proclamaban. Y en general eran artistas con deficientes cualidades como pintores, escultores, actores o lo que fuera, y quizá por eso se pusieran en el plan de que el “concepto” es lo que vale en su obra, no la ejecución. Hubo –y hay– artistas de gran talento y grandes conocimientos que se sumaron a la ola, por el simple hecho de que es un arte “más apreciado”, que los pone a la vanguardia de una vanguardia que hace treinta años ya era vieja y estaba agotada.
Y es que, cuando el “concepto” importa, no la ejecución, cualquiera puede ser artista, con tal de que logre explicar que lo que se ve no es realmente lo que se ve, sino “otra cosa”, algo más profundo, así sea algunos paraguas rotos, unas piedras amontonadas o una foto ajena a la que sólo se le puso un tono sepia y algo de textura para presentar en un concurso, con un tercer lugar como premio, avalado por el Centro Cultural de España.
Eso no es plagio: es concepto. Quienes lo crean serán críticos, y que el autor original exija lo que exija: hay “autoridades” que avalan al plagiario y toda una corriente “artística” que ampara a alguien que quizá no sepa muy bien para lo que sirve un pincel.

1 de enero de 2008

Aquí pasa de todo

Es una computadora armada que ya se está poniendo viejita --tres años de batallas de todo tamaño--, aunque en su momento era de lo mejorcito que se podía conseguir. Eso verde que está a la derecha del escritorio son los primeros seis capítulos de la novela que estoy escribiendo. A la izquierda, la revista Cultura dedicada a Armijo, y al lado el cuaderno naranja de la antedicha novela. Detrás de éstos y a la izquierda del monitor, el escáner, unas cajetillas de cigarros, unas pilas usadas, las llaves, la memoria USB... Entre el monitor y la carpeta verde, un disco duro USB de 320 gigas que compré en oferta en Los Ángeles, para poner los materiales de video y otros; tengo un disco de 40 gigas y uno de 120, este último para documentos, etcétera, y quiero tenerlo lo más vacío posible.
Que nadie, por favor, pregunte por la ketchup.
La perra se llama Natasha, como ya habré contado por aquí, y Krisma en su blog. Ya va a cumplir cinco años. La radiola se la regaló el abuelo Miguel a mi madre cuando --ella-- cumplió 15 años, en 1950. Pasó a mis manos cuando cumplí 8. Se quedó en El Salvador durante 27 años, y la abuela Mina me la dio cuando volví. En el terremoto de 1986 se cayó y se le quebraron un par de cosas. No sé si sirve; nunca me he atrevido a conectarla. Encima, el aparato de sonido que compré hace... uhm... deben ser seis años ya, y una pila de discos: Gershwin, La bella y la bestia, de Phillip Glass, que me regaló Alain Mala; un álbum de cosas raras en concierto de James Brown, uno de Chavela Vargas, uno de Eliot que me regaló Herberth Cea; El extranjero, de Camus; los conciertos para violín de Corelli, Cheap Thrills de Frank Zappa en dos volúmenes y un par de García Lorca: uno con varios escritores leyéndolo en francés --incluso Neruda, vaya-- y otro con sus canciones. (En la compu tengo varias decenas más de discos.)
Detrás de Natasha, a un lado de la radiola, el maletín con la Vaio, que alguna vez comenté que es verde. (Y viejita a estas alturas: ya pasó del año y medio. Tecnológicamente es un vejestorio, pero sigue encantándome y no me interesa ponerle Windows Vista, así que todos felices.)
Ah: la silla es del comedor.

Detrás de mí, la silla que generalmente uso para escribir. Es del comedor que el abuelo Miguel compró cuando se casó con la abuela Mina, en 1934. Es de alguna madera muy dura, sin duda. Tenemos dos de ésas, y también el chinero que hacía juego con el resto, en la sala, o sea en otro lado de la casa; allí guardamos CDs, DVDs, cassettes y videocassettes.
En el librero están los libros que he publicado, en los primeros estantes de la izquierda. También algunos de gente muy especial para mí. A la derecha, arriba, algunas revistas en las que han aparecido cosas mías. En los libreros de dentro están casi todas las antologías, un par de libros, otras revistas. Hay también borradores de textos, textos desechados, algunos cuadernos, notas y apuntes, cosas viejas. Nótese el Buzz Lightyear que está encima del mueble. Es mi héroe. (El carrito azul es de Krisma.) Nótese también la cámara de 8mm con la que hacemos los videos de La Casa. ¡La pura tecnología de punta!
En el gavetero de colores hay un montón de cables de todo tipo. Uno no sabe la cantidad de cables que usa hasta que no los tiene a mano. Y pues allí están, a mano, en el primero y tercer cajón, además de convertidores de corriente y tonteras tecnológicas diversas. En los otros cajones, más cuadernos, algunos con notas o textos completos, algunos --muy pocos-- vacíos. Y papeles diversos, como recibos y qué sé yo.
Y puertas y ventanas por todas partes, y tragaluces en el techo.
Lo próximo que va a pasar es que:
1. Voy a ponerme a pasar en limpio lo que llevo del capítulo VII de la nueva novela, y lo voy a trabajar directo a máquina. Es un capítulo de los que uno ya sabe cómo van, y no hay que buscarle demasiadas cosas nuevas a la imaginación.
2. Mientras escribo, voy dejar armándose un DVD con el Nosferatu de Murnau, que bajé anoche de archive.org, el repositorio de películas y música del dominio público.
3. Me voy a llevar la ketchup a la cocina y, de paso, a tirar las pilas usadas y a despejar un poco.
El espacio de trabajo de Krisma está a mi derecha, un poco hacia atrás.
Se me olvidaba decir que a unos 20 centímetros del librero de la foto está otro con media tonelada de diccionarios analógicos (en papel, pues). Más los electrónicos, que son otra media tonelada.
Y ya. A seguir dándole al primer día del año.

31 de diciembre de 2007

Pues bien, es 31...

...y en un rato tengo que ir a La Casa del Escritor a recibir a la nueva empresa de seguridad y darle la despedida a la anterior. En términos prácticos, el vigilante, don Carlos, se cambiará el uniforme de una empresa por el de la nueva. Le dieron la opción de quedarse, me pareció bien y a él le conviene, porque vive en la zona de Mil Cumbres y trabajamos cómodamente juntos. No tener que viajar hasta san Salvador, para alguien que tiene un régimen de trabajo de 24/24 (¿no es ilegal eso en empresas privadas?), es un buen ahorro de horas. Don René, por su parte, prefiere quedarse en la empresa anterior; tiene más años de trabajo y, por el contrario, le sale pesado eso de viajar a y de Los Planes, y caro, porque debe tomar varios autobuses.
Anoche terminé de corregir las pruebas de Trece. Encontré dos o tres torpezas que arreglé, y espero no haber añadido algunas torpezas más. Me gustó. Es una buena novela. El lenguaje a ratos puede parecer muy convencional, o serlo, pero la estructura es de lo más compleja. La idea es que el lector no lo note, y me parece que se logra. Después de tantos años de trabajarla y de haberla escrito, me impresionó menos emocionalmente de lo que esperaba. Igual, hacia el final, sentí una sensación de ahogo que es, precisamente, el efecto que quería lograr. Y el "final-final" es muy bueno. Hasta anoche creí que era una especie de "parche" necesario pero, leyéndolo más en frío, es fluido y natural. Estoy satisfecho, y acabo de mandarle las correcciones a Raúl Figueroa, para que haga lo pertinente.
Y queda un cigarro. Quedaban dos, pero Krisma acaba de despertarse y qué mejor desayuno. (En eso tenemos los mismos gustos.) Me lo fumaré e iré por más. La carencia de cigarros comenzó anoche: a las nueve de la noche, cuando ya todo está cerrado en los alrededores, nos dimos cuenta de que quedaban poquitos. Así que simplemente fumamos menos y listo, tan bobo como eso.
Anoche, un grande y --cada vez más-- viejo amigo por fin se atrevio a mostrarme textos suyos. Espero que entre sus propósitos de año nuevo esté escribir una novela, porque tiene con qué y sabe cómo; todo es cosa de adquirir un poco de orden y método. Le mandé un "eneálogo" que ojalá le sirva, y que me gustaría reproducir aquí. El problema es que, bueno, el lenguaje es un tanto más tosco que el usado por Quiroga para su decálogo, y además quién soy yo para andar publicando correspondencia privada. A lo mejor un día de éstos lo arreglo y lo pongo; hay algunos tips acerca de cómo armar una novela que a alguien le servirán de algo.
Desde anoche, también, está macerándose la pierna de cerdo. Compré un pedazo demasiado grande, y guardé un trozo para cocinarlo después; con lo que quedó bastará para la cena y unos dos días de recalentados. Está en jugo de naranja agria, con cilantro, perejil y laurel, y con algunos trozos de cebolla. Al rato habrá que enjuagarla para que no quede ácida y ponerle el condimento con el que se va a hornear. Y las cerezas casi al final, claro. Había un lugar en México al que fui durante varios meses, los sábados de cada quince días (sólo abrían los sábados y domingos), a comer una deliciosa pierna con cerezas; de allí salió la idea. Nunca pedí la receta, pero para eso está el viejo arte de improvisar.
Y anoche hablé también con el tío Jaime Olivo, después de varios meses. (Un año, más bien y, si me fuerzan, casi año y medio.) Agradable, como siempre. Se crió junto con mi padre, aunque es tres años menor, y viene del lado de los Choto. (Mi abuela era Larín Choto.) De allí, creo, es que nos ha salido la onda musical; de ese lado hay guitarristas y cantantes bastante buenos, todos ellos líricos, que le enseñaron a mi padre, y él a mi madre. Ambos me enseñaron a mí, y yo me seguí con mi hijo. Mi hermano estudió un rato de guitarra clásica. Mi hermana Lorena todavía canta y toca en la parroquia de Mejicanos, donde trabajó en la época de la guerra; pertenecía al grupo Nueva América y le costó un par de años de exilio en Estados Unidos, concretamente en Kansas City, donde nació mi sobrina Silvana, integrante de la Sinfónica Juvenil desde sus 11 años. (Es violinista.) Igual su hermana Andrea, como ya he contado, toca el cello. Etcétera. La cosa es que el tío Jaime Olivo Choto me llamó para invitarnos a las montañas nevadas de Juayúa algunos días de las próximas semanas. Le dije que mi visa había caducado, y me aseguró que hablará con las autoridades competentes para que me dejen pasar; la abuela Carmen es oriunda de allí, y el derecho de sangre manda. A ver cómo hacemos con Krisma y Valeria. (Lo mismo pasa con Santa Ana: cuando se ponen necios en la frontera, muestro que soy hijo de santaneco y asunto arreglado. Cuando las tensiones con El Salvador han sido excesivas, por aquello del separatismo --de El Salvador, claro--, el compañero Mario Zetino ha movido sus contactos y ni siquiera nos revisan el equipaje.)
Acabo de poner el disco Miguel Hernández, de Joan Manuel Serrat. Tengo una contradicción con ese disco. Como muchas personas --incluso en España--, conocí a Hernández a través de Serrat, y me fascinó. Después me di cuenta de que la música que le puso Serrat a los poemas anula mucho de la musicalidad propia de los poemas. El caso más palpable es la "Elegía" a Ramón Sijé: con la música de Serrat se debilita bastante. Leído como es y como viene, tiene un poder impresionante, por lo menos hasta la parte donde dice "...y desamordazarte, y regresarte". De lo que viene después, en el poema, puedo prescindir sin problemas, excepto por un verso: "Tu corazón, ya terciopelo ajado...", que vale la obra de varias decenas de poetas. Y el final: "Que tenemos que hablar de muchas cosas, / compañero del alma, compañero", un anticlímax sensacional. (Está sonando en este momento.) El problema es que el disco me gusta, y allí se me nubla la razón literaria. Eso sí: el acompañamiento es bastante setentero, con convenciones muy setenteras, y me temo que ya es un disco viejo y especial para añorantes. Hubo otros (como Mediterráneo) que más o menos sobrevivieron el paso del tiempo, y ojalá sigan así.
Y, bien, lo que siga del día seguirá, y lo que no, pues no.
Es hora de irme a La Casa.
Feliz año, por si no nos vemos de aquí a la noche.

30 de diciembre de 2007

Trece otra vez

Raúl Figueroa Sarti, director de F&G Editores de Guatemala, me envió ayer, en PDF, las galeras de Trece, que quiere publicar para el primer trimestre del año próximo, probablemente para finales de febrero. Sería la tercera edición de la novela, después de la de México en 2003 y la de Francia en 2006. A ésta le hice algunos cambios en los primeros capítulos, para que el texto quedara un poco más fluido; si algo me gusta de esta novela es la limpieza del texto, y todavía aguantaba una revisión más.
Ya he contado que la empecé en 1989 y la terminé en 1998. Luego la estuve corrigiendo hasta 2001, y no volví a tocarla. En 2005 tomé un ejemplar de la edición mexicana y me puse a corregir directamente sobre él, hasta cierto punto, y luego a máquina. Creo que Osvaldo Hernández tiene ese ejemplar; un día me pidió prestada la novela y era el que tenía a la mano.
Me da gusto y orgullo que Trece se publique en los días en que se presentará Las flores, de Denise Phé-Funchal, y poco antes de dos novelas, bastante notables, de compañeros salvadreños con los que hemos compartido cosas acerca de la narrativa: El sueño de Mariana, de Jorge Galán (me tocó ser jurado en los juegos florales en los que ganó un premio), y Los locos mueren de viejos, de Vanessa Núñez Hándal, compañera de La Casa.
A finales del año pasado, F&G publicó Cualquier forma de morir, y desde antes Raúl me dijo que quería publicar Trece. Tuve, también en Guatemala, un ofrecimiento de una editorial más grande para la misma novela, pero la verdad es que prefiero las editoriales pequeñas, en las que uno trabaja con el editor y hasta se toma un café con él, o lo que le guste tomar. Es lo que me gusta de trabajar con Alain Mala en Francia: es un tipazo que cree en lo que hace, y que las ha pasado verdes para poder lograrlo. Ahora, al igual que Raúl, ya tiene un fondo editorial bien decente y es feliz haciendo lo que ha nacido para hacer.
Hay un detalle que va a cambiar en el que quizá pocos se fijen, y todo a causa de La Camisa, como le dicen Vanessa y Denise.
Tengo tres camisas de cuadros que son las de batalla, igualitas, y apenas cambia el color. (Todas tienen azul, hay que anotarlo.) Las uso desde hace unos cuatro años --salieron buenísimas--, por lo menos una vez a la semana casa una. Con ésas me fui a México en 2005 y con esas mismas estuve en la FILCEN de Guatemala de 2006. En esa ocasión, Vanessa me tomó un montón de fotos, como mi hija me había tomado --con las mismas camisas-- un año antes. Cuando Raúl me pidió que le enviara una foto para la solapa, tomé una con La Camisa, se la envié y, a pregunta expresa y necesaria de su parte, le dije que la había tomado Vanessa. En realidad la tomó mi hija Eunice. O sea que ahora el crédito tendrá que ser para ella, sin detrimento de las buenas fotos que me ha tomado Vanessa, ejem, como la que acompaña el perfil de este blog.

La foto y La Camisa. Tomada en el restaurante Vips de Insurgentes y Gómez Farías, en la ciudad de México.

Hay algo que me va a gustar. En 1999, cuatro años antes de que se publicara Trece, encontré una foto en una tienda de la Ruta 66, en Flagstaff, Arizona. Cuando la vi, dije: "Ésta es para la portada de Trece". Y pues no: la idea gráfica que tenían en el Instituto Mexiquense de la Cultura, donde se publicó primero, era radicalmente diferente, y más aún la de Alain Mala en Cénomane. Se la envié a Raúl para decirle que quizá podría quedar en la portada de F&G, y me dijo que le parecía bien. En principio creo que quedará al menos como uno de los elementos de la portada. Es una foto de finales del siglo XIX o principios del XX, casi un daguerrotipo. Me costó dos dólares con cincuenta, y estaba entre varios cientos de fotos antiguas.
No era el primer lugar de Flagstaff en el que veía tantas fotos antiguas a la venta, y pregunté por qué. Me contestaron que en Arizona viven muchísimos mormones, y que una de sus características es que trazan largos árboles genealógicos, y que eso es un factor importante para ellos. Pero hay quienes quieren entrar a la iglesia mormona y no tienen antecedentes familiares más allá de un par de generaciones, así que inventan su genealogía y, para comprobarla, andan a la cacería de fotos antiguas, en el plan de "Ésta es mi bisabuela Gertrude" o "Mire, tengo la misma nariz del tatarabuelo Spencer". La gente es gente, pues, y yo me enamoré de esa foto para Trece. Ojalá que de verdad pueda quedar en la portada; la decisión final es de Raúl.
Para la edición original, los diseñadores usaron un cuadro de Domenico Fetti titulado "La melancolía", que es una maravilla también. Lo reproduco completo. La portada del libro puede hallarse aquí.


Ahora estoy con las galeras. Como siempre, hay detalles que a uno se le pasaron antes, y que según uno arruinan todo el texto y toda su carrera literaria, o pequeñas torpezas que uno siente como cañonazos en los ojos, además de algunos detalles de formato --que siempre los hay-- y errores de dedo que sobreviven a los años.
Y al rato voy a poner a macerar la pierna con naranja agria, para la cena de mañana. Y a ver si me da el tiempo para continuar con el séptimo capítulo de la nueva novela. En serio que quiero saber qué sigue.

29 de diciembre de 2007

De todo y columna tardía

Me he pasado los últimos días desenmarañando el relajo en que se me la convertido la novela que estoy escribiendo. Como la he escrito en capítulos salteados, y como en toda novela hay cientos de hilos que hay que amarrar por todas partes --pero sólo con los hilos correspondientes--, llegó un momento en que no sabía qué venía antes ni qué venía después, qué dije en el capítulo 3, escrito después del 7, y qué había puesto en el 1, que cambió con lo que puse en el 8, que ahora será el 13.
Así que me puse a pasar las correcciones, a ajustar lo que hubiera que ajustar y a ponerlo en orden. Tengo, pues, seis capítulos ya corregidos y en orden, impresos y todo, y estoy escribiendo el séptimo, que sólo está comenzado. (El octavo sí lo tengo, el noveno no, creo que el décimo sí, y así sucesivamente.) Han aparecido cosas nuevas que ni imaginaba (sí, la Directora le trae un hambre tremenda al psicópata, y ya supe por qué), la forense joven se va a poner bien interesante en un capítulo que no sé cuál será (intuyo que el 12, aunque la vengo preparando desde el segundo) y no sé todavía por qué hace lo que hace en el último párrafo del 13. Creo que me enteraré en el primero o segundo capítulo de la segunda parte. (Porque tiene que haber una segunda parte. Eso nunca lo hemos dudado, me parece.)


En medio de todo, Thierry Davo me mandó a mi correo de Yahoo --que reviso una vez a la semana; está demasiado lleno de spam, pero de vez en cuando alguien me escribe allí-- una foto del póster de la representación que L'Actelier, de Claude Esnault, está haciendo de Trece en Le Mans. Me tocó ir a la primera representación, de la que escribí un post que no sé por qué no he puesto; lo tengo en la Vaio desde el mismísimo día, con fotos y todo. (¿He comentado que la Vaio es verde?) Al parecer ha hecho una versión aumentada con respecto a la que vi, y ya antes presentó una pieza basada en Instrucciones para vivir sin piel, de la que hablé en su momento. Según me dice Thierry, la idea es montar una trilogía, que incluiría el Breve recuento de todas las cosas. Y yo emocionado, pues. Ya pronto pondré el post acerca de Esnault y los actores que trabajan con él, que son una maravilla, y del teatro, que es otra maravilla, y hasta de la pequeña iglesia gótica que está en la esquina, que es otra más. Y de los papás de Thierry y de Georges Brassens, que vienen mucho al caso.


Sin relación con lo anterior, después de que había puesto las fotos del almuerzo de fin de año de La Casa, Osmín Magaña me envió otras en las que aparecía yo. Para los que digan que mi vanidad no tiene límites: sí, sí los tiene. Rara vez me tomo fotos a mí mismo. Ésta la tomó él, y estoy enseñándole a Valeria las que acababa de tomar yo de otras personas. Interesante: hasta hace muy poco, la Vale se parecía bastante a mí --y aún, porque la genética es la genética--, pero ahora está pareciéndose cada vez más a Krisma, para su beneficio.
Y ya que estamos en el tema de las hijas, aquí va una foto de Eunice tomada hace unos días. Ya tiene veinte años, y sigue siendo mi bebé. Lo que no sé es por qué se alisa los bucles; tiene un pelo envidiable.


Y ya entrados en el tema de las fotos familiares, pongo una de Krisma que tomé anoche. Está en el proceso de corregir y armar su cuarto poemario --el tercero lo terminó hace ya unos meses--, y es evidente que está usando tinta roja.


Por lo que conozco del poemario, hay allí cosas que van a armar un buen bullicio poético. En el tercero se dedicó a utilizar todos los recursos que tenía hasta ese momento; en éste más bien está violándolos, y lo hace de una manera bastante impresionante y fluida. Hay un momento en que uno necesita "enloquecer" literariamente (en lo personal debe estar bien lúcido) para que la obra tenga una voz propia y única. A pesar de que los códigos de Krisma siempre han sido bien definidos, me parece que en ese poemario es donde alcanzará por fin su verdadera voz. Ya quiero verlo terminado. (Y me parece que ella también.)
Y como este blog es mío y pongo lo que quiera, y a petición de Valeria, aquí va una foto de su perro rojo, que vino a hacer una visita a mi escritorio. El perro es un par de meses mayor que la Vale, pero se llevan como si hubieran nacido al mismo tiempo. Igual con el Tigger que Eunice le mandó cuando cumplió un año. No los suelta a veces, textualmente, ni para ir al baño. Cada vez que hay que lavarlos es un drama griego, con llanto y todo.


Y va la columna de esta semana en Centroamérica 21, que debí haber puesto desde el lunes pero, híjole, en serio que la novela me tiene atareado. La nota puede hallarse en este link.

Concepto, plagio y mediocridad (II)
Rafael Menjívar Ochoa

Uno toma una fotografía ajena, la carga en el Adobe Photoshop –de preferencia en una copia pirata; la actitud es la actitud–, le pone un par de efectos –cambio de color, algo de textura, un marquito–, la guarda, la imprime, la firma con su nombre y lo que sale de allí es... bueno... arte. Se ha “apropiado” de algo ajeno y le ha puesto un sello único, así los efectos básicos del Photoshop sean los mismos y tan fáciles de aplicar, y gracias a ello puede debutar en las ligas municipales del arte conceptual.
Fue lo que al parecer ocurrió cuando Miguel Orlando Rivas “se apropió” de una magnífica fotografía del periodista gráfico Francisco Campos, distribuida por la agencia AFP en 1987 (¿creería que ya nadie se acordaría de ella?), en la que unas mujeres están paleando y transportando ripio y hay un letrero que dice “Hombres trabajando”.
Aparte de algunos cambios menores a través de un programa de procesamiento de imágenes, la foto sigue exactamente igual. El “concepto” de la foto era clarísimo antes de que a Rivas se le ocurriera... eh... apropiársela y pasarla por el PhotoShop (o el programa que sea) durante un par de minutos. Eso para muchos será plagio, y legalmente lo es, y totalmente comprobable y encausable; en términos artísticos, es un reconocimiento de la propia mediocridad, avalado por el homenaje de un tercer lugar en un concurso del Centro Cultural de España y por reconocidos artistas plásticos locales que formaron parte del jurado.
Cuando Campos reclamó la autoría del trabajo, dos de los jurados dijeron que se premió la “sinergia de concepto”, y que no tenía nada que hacer allí. Según la versión electrónica del DRAE, “sinergia” tiene dos acepciones: “Acción de dos o más causas cuyo efecto es superior a la suma de los efectos individuales” y “Concurso activo y concertado de varios órganos para realizar una función.” Quisieran decir lo que quisieran decir, “el concepto” y la “sinergia” estaban en la obra original, y pasar la foto por una computadora no iba a añadir nada. Lo premiable era la foto, no el “concepto” del “apropiador”.
En ese carnaval del eufemismo, entró Walterio Iraheta, presentado por La Prensa Gráfica como “pionero del arte contemporáneo en El Salvador”, “con experiencia como jurado y curador”. Señala textualmente la nota de LPG, publicada el pasado 3 de diciembre:
“Iraheta explica que se trata ya de una pintura. Si el premio hubiese sido de fotografía y el joven participaba con la foto de Campos se trataría de un plagio, ‘pero al cambiar de medio e introducir cambios, aunque leves, como el color, se libera de ese calificativo’.”
Y asunto arreglado: Rivas se queda con los 2,000 dólares del premio y con una raya en el currículum, el Centro Cultural de España como el aval de un plagio y Campos sin su fotografía, todo porque a alguien se le ocurrió usar la palabra “sinergia” y a un “experto” dijo que esa “apropiación” no es plagio. Y queda el mensaje bien explícito: un artista, para serlo, no necesita de largos y tediosos años de preparación, sólo encontrar un “concepto” –junto con una foto plagiable– y hacerlo “sinérgico”.
Siempre se recurre a las autoridades para sustentar lo que se dice, y no podía faltar Marcel Duchamp, quien hizo dos cosas que hasta la fecha son parámetros que se equivocan con facilidad. Una, copiar la Mona Lisa de Leonardo y ponerle bigotes; dos, presentar a una exposición un orinal firmado por R. Mutt, un supuesto plomero que exigió que se exhibiera porque él era un artista de lo suyo, es decir de la plomería. Lo único que Mutt–Duchamp hizo, además de firmar el orinal, fue ponerlo al revés: la parte donde se orina al frente y abajo la parte por la que circula el agua.
Duchamp, como parte del movimiento Dadá (no “dadaísta”, porque no se trató de una escuela, ni mucho menos), estaba burlándose de los solemnes de la época y jugando con sus juicios, prejuicios, su cuadradez y sus eufemismos. No estaba “apropiándose” de nada: estaba poniendo a los solemnes –como ahora lo son los “conceptuales”– frente a sus propios iconos inexpugnables para decirles: “El arte es otra cosa. El arte innovación. El arte es creación, no repetición de cosas que otros hicieron antes”. Y entre esas repeticiones está el plagio, hay que anotarlo.
La obra de Duchamp no es un orinal firmado o una Mona Lisa con bigote; eso era un juego. El tipo era un pintor serio, como lo demuestran dos de sus obras maestras: “El vidrio” y “Desnudo descendiendo una escalera”, que seguramente los jurados deben conocer, así como el “concepto” que representan.
Otro artista fundamental para Dadá, Tristan Tzara, dijo que para escribir un poema basta con recortar palabras de un periódico, meterlas en un sombrero, agitar el sombrero, sacar las palabras una por una y colocarlas en el orden en que vayan saliendo. Eso será un poema, dice, “y se parecerá a usted”. Obviamente estaba hablando a los mediocres incapaces de armar algo original. Por su parte, Tzara es autor de un poema monumental, “El hombre aproximativo”, que no tiene nada que ver con sombreros, recortes de periódico ni eufemismos. Ésa es la parte de Dadá a la que los “conceptuales” no llegan, o no se atreven a llegar, o no les conviene.
La otra autoridad que se cita es Andy Warhol, quien también tiene sus recovecos. Pero de eso se hablará en la próxima entrega.

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Nota bene: Para quienes estén interesados en esas cosas, el pasado 24 cenamos un delicioso pollo horneado con relleno de carne. Como se hace un pavo, pues, pero en chiquito; para tres personas --Vale come bastante y vale (je) por una-- era más que suficiente, y hasta tuvimos recalentado. Estuvo divertidísimo, porque improvisamos todo; generalmente los 24 nos la pasamos viendo películas y comiendo sanguchitos de jamón. Krisma consiguió un buen pollo al mediodía, lo mechó con un tocino que nos había quedado de la fabada de hace unos días y con mucho ajo, y lo condimentamos con algunas hierbas, cebolla y, para que brillara. un poco de clara de huevo. No encontramos almendras o avellanas en el WalMart de Los Planes de Renderos, así que me fui a la tiendita y compré diez bolsitas de maní de las de cinco centavos. Con limón y sal, porque no había de otras. A falta de pasas, una lata de maíz dulce. A falta de alcaparras o aceitunas, nada. Más el pan tostado para que agarrara consistencia, más ajo, hierbas y no recuerdo qué. Quedó riquísimo el relleno, y el pollo otro tanto. Por pura casualidad, la señora de la otra tiendita tenía unas manzanas, y las compré para hornearlas con azúcar y canela. Eran de las rojas, que no quedan tan bien como las amarillas, pero estuvo excelente.
Nos gustó eso de preparar cenas para ocasiones especiales, algo que no habíamos hecho en cinco años, así que el 31 hornearemos un bonito trozo de pierna que compramos hace un par de días. La haremos con cerezas. No de las naturales, porque están carísimas, sino con unas de bote y con mermelada. Para acompañarlas, un buen puré. (Para evitar improvisaciones, ya tenemos allí las papas. Lo que no sabemos aún es cómo condimentar. Se me antoja macerar la pierna desde el día anterior con naranjas agrias; tenemos un árbol de ésos fuera de casa. Otro día pongo la foto, porque en este post ya fueron demasiadas, y porque tendría que ir a tomarla y no quiero.

27 de diciembre de 2007

Las Flores por fin

Ayer vi a Vanessa Núñez Hándal, quien anda de vacaciones por El Salvador. Trajo una docena de ejemplares de la novela Las flores, de la compañera Denise Phé-Funchal, de La Casa del Escritor en Guatemala. Algunos pagaron su ejemplar de antemano --la lana es de Denise--, otros lo han encargado a la suma de $10.
Me la eché de un tirón. Cambió de la última versión que conocí, y ya era un libro bastante impresionante. Uno puede decir muchas cosas para presentarlo, y hasta hacerse el inteligente analizándolo, pero no vale la pena. Hay dos palabras que lo definen mejor que nada: ¡Qué maravilla!
Cómprenselo. Encárguenlo a los cuates. Pídanlo prestado. Lo que sea. Vale la pena. Es de los que no se olvidan.


Y gracias, Denise.

Ah: Denise es la segunda compañera de La Casa que publica por lo menos un libro, en buena editorial además. Nada mal para cinco años de trabajo, porque ya vienen otros detrás.
Además de otras posibilidades, está anunciada para junio la publicación de la novela de Vanessa, Los locos mueren de viejos, igual por F&G Editores. Ayer leí la versión final. También es de las que vale la pena esperar y, en su momento, leer.

25 de diciembre de 2007

Breve recuento de 2007 - I


En 2006 estaba cansado. En 2002 escribí Cualquier forma de morir; en 2003, Réquiem para una señora sin canas; en 2004 terminé Breve recuento de todas las cosas, después de seis años de trabajo, y me metí en un proyecto que resultó fallido, pero que ahora está dando frutos (de eso hablaré en unos meses, después de una taza de café con una editora que conozco). También me tocó hacer una traducción de cerca de 1,000 cuartillas en mis ratos libres, que no eran muchos, y la traducción era urgentísima. Eso me cansó tanto que no sé si me haya recuperado aún.
En 2005 escribí dos libros: Al director no le gustan los cadáveres y Tiempos de locura. El Salvador 1979-1981, y a principios de 2006 a preparar una rápida segunda edición. Me llevó cerca de un año preparar la tercera --ya que salga, ¿no?--, que era el libro que debía haberse publicado desde el principio, aunque creo que las otras dos ediciones no desmerecen, y sin ellas no hubiese podido mejorarlo tanto. (Hubo información que en un principio me ocultaron o que no estaban dispuestos a darme algunos de los que me ayudaron. Al ver el enfoque del libro, poco a poco fueron saliendo cosas nuevas y enriquecedoras.)
Así que decidí que durante 2006 no escribiría ninguna novela, que no trabajaría cosas de literatura, y casi lo cumplí: sólo hice un cuento, "La tercera puerta", que entrará en el libro Un mundo en el que el cielo cae y cae. Es una recopilación de cuentos escritos entre 1990 --creo-- y 2006. No son muchos. He escrito más novelas que cuentos; me resulta mucho más fácil. El cuento --y el resto del libro-- ya está traducido al francés por Thierry Davo y casi listo para su publicación. Casi todos los cuentos han aparecido en antologías y revistas, pero será mi primer libro de cuentos formal. Será el tercero, también, que aparezca en francés antes que en español.
En 2007 escribí un cuento más y corregí un par que tenía pendientes, más como ejercicios o paliativos que como trabajo literario "serio". Nada de novelas, nada de proyectos. Y empecé a ponerme mal físicamente. Lo atribuí a tensiones acumuladas --que las tenía y las tengo--, a problemas sin resolver, a viejas deudas y a asuntos con los que un psiquiatra se pondría feliz, aunque no llegara a dar brincos o a hacer fiestas después de cada sesión.
Me puse entonces a escribir un libro estrictamente autobiográfico, en un cuaderno maravilloso que me regaló Denise Phé-Funchal, un Deniskine. (Por cierto, vi en Francia los Moleskines originales. Son bonitos, y quizá me gustaría tener uno, pero no me emocionaron especialmente.) Un relato crudo y en crudo, con cosas que no he contado a nadie, y que no sé si me gustaría publicar alguna vez. Ya llevo más de la mitad de lo que tenía planeado, pero tuve que dejarlo durante un rato. Aunque enfrentar cosas terribles a través de la escritura puede ser sano --le limpia a uno bastante la cabeza y el corazón--, también tiene efectos secundarios. Hay ramificaciones que aparecen de sorpresa, y uno no sabe qué hacer con ellas. Escribirlas, claro, pero el proceso de asimilación de ninguna manera es rápido.
Y en todo caso no es lo mío. Lo mío es la ficción, la novela, y, como cosa lateral --aunque importante--, el periodismo. No escribir ficción durante un año fue sano, porque pude hacer un balance mientras descansaba de un ritmo para mí frenético; no había parado de escribir desde 1996, cuando me puse a armar Trece. La pausa implicó una reflexión, y esa reflexión me llevó a una conclusión: no tenía nada nuevo que escribir. O sí, pero había repetición de fórmulas usadas en alguna de las demás novelas, personajes que funcionaban de ciertos modos, así fueran bien diferentes; no encontraba estructuras nuevas, etcétera.
Con el viaje a Francia, entre septiembre y octubre, pasaron cosas. Entre las más importantes, hubo mucha gente que me habló de mi propio trabajo desde un punto de vista bastante externo y objetivo, y pude --apenas estoy pudiendo- tener un panorama de lo que he hecho, y cómo. Me enteré de manera consciente de cuáles son los recursos con los que cuento y cuáles no; me pusieron frente a un espejo de buena calidad y lo que vi me gustó a veces, a veces no, pero era lo que era.
Y empecé, precisamente en Francia, a escribir una novela que no tiene nada que ver con todo lo anterior, aunque sin "todo lo anterior" no hubiera sido posible. Estoy usando buena parte de los recursos que tengo, y estoy aprendiendo a usar otros que no tenía; por eso tanta corregidera, todos esos ajustes, el desconcierto por todo lo que pasa --temas, historia, personajes, trama--, y la estoy sufriendo de manera deliciosa. Es como estar aprendiendo de nuevo a escribir.
Entre el 23 y la madrugada del 25 me he dedicado a re-revisar los capítulos segundo y tercero, que variaron casi radicalmente con la escritura de los otros ocho que llevo escritos o comenzados. Y estoy siendo angustiosamente feliz, y los problemas físicos están desapareciendo, lo que es andar en la onda de los males psicosomáticos.
Hice algo que no hacía desde hacía años: revisar un poemario que escribí aproximadamente entre 1990 y 2000 o 2001. Y me ha gustado. No creo que sea lo mejor que se haya escrito en el país --eso se está escribiendo aún--, ni que aporte cosas fundamentales, pero está bueno. Entiendo cómo, siendo esencialmente narrador, he podido llevar un taller de poesía durante cinco años, con resultados más que buenos --atribuibles, desde luego, a los compañeros de La Casa del Escritor. Y descubro con orgullo que los trucos que haya aprendido son de gran utilidad para gente con más talento poético que el mío. Pero en serio que el poemario no está nada mal, y, leyéndolo años después, lo disfruto y me satisface. Igual no pienso publicarlo, o no por ahora; hay otras prioridades.


Las ilustraciones corresponden a las correcciones y añadidos de la tercera parte --¡apenas!-- del capítulo tercero de la novela; el segundo sufrió pocas modificaciones, apenas las suficientes para aclarar la trama y preparar lo que viene en los capítulos siguientes.
Ésta era la medicina que necesitaba. Tomada en buenas dosis, está funcionando de maravilla.

24 de diciembre de 2007

Oscar Peterson. 1925-2007

En la foto, Oscar Peterson con Ray Brown al bajo y Herb Ellis, mi guitarrista favorito de jazz.

Ayer murió Óscar Peterson en Canadá, su país natal. Siempre me pareció extraño que un canadiense llegara tan lejos y tan profundo en materia de jazz. Sus inicios los tuvo con figuras como Charlie Parker, Dizzie Gillespie y los grandes del Be-bop, cuando Parker estaba a punto de morir a la lejana edad de 34 años --era Leo, al igual que Peterson-- y el bop estaba a punto de ser parte de la cultura establecida, luego de haber sido contracultura pura y maciza.
El bop tenía un objetivo: llevar la música al extremo de la resistencia humana. Sus temas ("riffs") generalmente no pueden tatarearse, así son de complejos; la velocidad de sus piezas llega a 240 o más (como "Cherokee", "Donna Lee" o "Bebop"), había que soltar la mayor cantidad de notas por segundo y los parámetros para la improvisación eran rigurosísimos, como desde entonces lo son. (El free jazz, como el "arte conceptual", rompió con eso, me parece que más por la incapacidad de sus ejecutantes que porque estuvieran planteando algo nuevo. Claro que hay free jazz y free jazz; uno oye a Miles Davis en Filles de Kilimanjaro o en los cuatro discos del Bitches Brew completo, y se da cuenta de lo que se puede hacer cuando un artista es libre y sabe ser libre.)
Peterson era hijo putativo de Art Tatum, uno de los genios del piano, casi ciego y bien excéntrico. Prefería tocar en los lobbys y restaurantes de los hoteles que en los grandes escenarios. Peterson, por su parte, empezó con los grandes y en los grandes escenarios (Storyville era casi como su casa). Ambos tenían una característica: parecía que tocaban con tres manos, no con las dos que les dio la naturaleza, su mamá o quien dé esas cosas.
El primer disco de Peterson que conocí, por allí de 1978, fue The Trio, así, simplemente, publicado por Pablo Records, que se llevó algunas de sus mejores y más excéntricas grabaciones. La primera pieza del disco, "Blues Étude", es alucinante. No hay batería; sólo están Peterson, Joe Pass y Ray Brown, otro par de virtuosos extremos. La pieza es frenética desde el principio, y allí parece que todos tienen tres manos. Antes de oír el resto del cassette (sí, lo compré en cassette), lo regresé una y otra y más veces para entender qué demonios estaba pasando. Y sigo sin entenderlo, pero desde entonces disfuté varias decenas de discos de Peterson. con diferentes formaciones. Cuando Ray Brown se fue al Modern Jazz Quartet, Peterson se alió con Niels Pedersen, un contrabajista que hacía en el bajo lo que Peterson hacía en el piano. (Pablo Records, desde luego, publicó un LP completo que es un virtual duelo entre Ray Brown y Pedersen, con Peterson acompañándolos solito. No tiene desperdicio.)
Hace tres o cuatro días escuché, después de varios años, una versión bien interesante de las canciones de Porgy and Bess, de Gershwin, con Joe Pass y Peterson y nadie más. Uno esperaría que Peterson hiciera el acompañamiento y Pass se luciera con su guitarra, y luego viceversa, pero no. Y no es que Pass acompañe a secas --ese tipo nunca acompaña "a secas"-- y Peterson toque el piano: es que Peterson toca las melodías directamente con el arpa del piano, no con las teclas. Rarísimo. También debe andar por allí otro dúo extrañísimo: Peterson al piano --obvio-- y Dizzy Gillespie en la trompeta --más obvio--, improvisando sobre estándares de jazz. Son sonidos harto disparejos y no muy compatibles para un dúo, pero el resultado es que uno se queda pegado a la silla y bien agarrado de pies y manos: los dos hacen todo lo que saben hacer, y saben mucho.
Como acompañador lo recuerdo en especial en un disco con Dizzie Gillespie, Roy Eldridge y Harry Edison, tres trompetistas de miedo, tocando durante quince o diecisiete minutos una de Charlie Parker, "Klactoveedsedstene", una de las piezas más endiabladamente difíciles del bop. También en un jamming con Charlie Parker, Zoot Sims, Lockjaw Davis, Roy Eldridge, Johnny Hodges y como ocho o diez más.
Además de la velocidad y el virtuosismo, Peterson era un genio de la armonía. En Exclusively for my Friends (creo que así se llama el disco), viene una pieza que es de lo mejor que se ha ejecutado después de los solos imposibles de Tatum: "I'm in the Mood for Love". No sabía que pudieran caber tantas notas en un solo acorde, y se la pasa haciendo acordes llenos de notas. Fascinante.
Otro que se va, pero lo que ha dejado está lleno de vida y ha hecho feliz a mucha gente. ¿Qué más podría ambicionarse?

23 de diciembre de 2007

Pocos, pero bien comidos

El partido Barcelona-Real Madrid cobró su cuota de asistencia al almuerzo de La Casa, y qué bien: alcanzó para repetirse varias veces --el mole quedó bien--, uno pudo pescar dos o tres porciones de pastel, más todo lo demás que hubo, como unas quesadillas a la mexicana de queso con chile chipotle que llevó Lya Ayala.

De derecha a izquierda, nada más para llevar la contraria, Salvador Canjura, Lya --¡tenía más de tres años de no verla!--, Osmín Magaña, Loida Pineda, Ana Escoto al frente y Grecia Jorge.

Momento religioso: Nelson Ochoa, Salvador y Nancy Gutiérrez comen el pastel.

Krisma le entra también a lo del pastel.

Además de los ya conocidos, entre Loida y Osmín está Mauricio Vallejo, y detrás de Valeria está Santi, su hijo.
Roger y Krisma: músculo poético.

Mientras los adultos hablan de poesía, carros, el partido Barcelona-Real y esas cosas, los niños ejercen el oficio de niños rodando por el patio.

Krisma y Osmín. Nomás una foto.

Y ellos también tienen tema de conversación, cómo no.

René Figueroa --el nuestro--, Nancy, Grecia, Roger y Lya.
Y hasta el próximo año.

De Mayo Sibrián

Me enviaron a mi correo una nota acerca de Mayo Sibrián, el comandante psicópata de las FPL en el Frente Paracentral, en la época de la guerra. Viene firmada por Óscar Martínez Peñate, del periódico digital Nuevo enfoque, aunque parece que es el testimonio de otra persona. La nota puede hallarse aquí, y la reproduzco a continuación porque no sé si la conserven en archivo, y me parece interesante de leer y de conservar.
Hace casi un año, El faro publicó otra nota acerca de Sibrián, en la que se habla de algunas cosas más específicas. Puede hallarse aquí.
Hay un punto de debilidad que el FMLN no ha considerado: el protector de Mayo Sibrián en las FPL es ahora candidato a la vicepresidencia de la República. Si lo agarran por ese lado, seguro tendrá problemas.
Va la nota.

MAYO SIBRIÁN:
LAS LOCURAS DE UN COMANDANTE DEL FMLN (Relato)

Oscar Martínez Peñate
Realidad y Reflexión
enfoque@ufg.edu.sv

El ajusticiamiento de Mayo Sibrián

Mayo Sibrián fue un comandante del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN), estuvo preso en las bartolinas de la fuerza armada en 1984 y fue liberado en octubre de 1985. Mayo era un hombre duro, y lo mandaron para el Paracentral cuando salió de la cárcel como castigo de haber caído preso, se desconfiaba de él porque pudo haber dado información al enemigo.
Mayo llegó furioso, él se dio cuenta de la información con lujos de detalles que tenía el enemigo de la guerrilla, en cuanto a su estructura de mando y sobre la distribución de las zonas controladas, asimismo sobre los canales de abastecimientos, etc.
Mayo Sibrián, cuando estaba en la cárcel, los miembros de inteligencia de la S2 lo que hacían era darle un poco de referencias para ver cuánto le sacaban, él también recopiló datos que tenían ellos, que le daban de carnada, para extraerle información.
La S2 era el departamento de inteligencia o Sección de Investigaciones Especiales que tenían en cada cuartel, Mayo algo de razón tenía, yo por lo menos comprobé varios casos, había una red de inteligencia del enemigo al interior del frente.
Mayo empezó su trabajo desde que llegó al paracentral, yo continuaba en ese tiempo en el volcán de San Vicente, ya se había convertido en una subzona, se había trasladado completamente el mando a Gavidia y el oriente sólo se veía como una subzona.
Mayo organizó una escuadra especial para tratar los casos de la infiltración, a nosotros nos llegaba el mensaje, mándame a zutano, a fulano y a mengano pero amarrado, tenía que ir ya preso y así hacíamos, atábamos a los compañeros y los mandábamos.
Empezó precisamente con todo el aparato de comunicaciones y rastreo en el batallón Andrés Torres, que estaba ubicado en el volcán de San Vicente, allí estaban los aparatos de rastreos, eran utilizados por compañeros radistas que escuchaban todo el tiempo al enemigo, ya se había establecido comunicación a través del mismo radio PRC 77 con la fuerza armada, y a través de ahí fue organizando la infiltración enemiga.
Los radios PRC 77 eran los que usaba la fuerza armada en el terreno para comunicarse, nosotros los recuperábamos y por ese medio los escuchábamos, a cualquier canal que se fueran descifrábamos sus claves, sabíamos las posiciones, se llegaba a conocer tanto a los que hablaban que cuando se les oía hablar, se reconocía la voz y se identificaba en que unidad andaba y el lugar, porque se escucha y se identifica a la voz de cada uno y, ya se sabía quién era quién y aunque se cambiaran de indicativo. Mayo creía que la gente de nosotros que hacía esta escucha se comunicaba por medio de esa radio con la fuerza armada.
No se podía descartar del todo, porque hubo hechos que lo demostraron, por ejemplo el caso de, que a partir de un determinado tiempo, Mayo llegó a un grado de desconfianza enfermiza que, todo era secreto, pero absolutamente oculto, de tal manera que cuando íbamos a preparar una operación militar sólo debían conocer de ella tres personas y el jefe, y nadie más, estaba preparando una operación de emboscada y... cabal sólo sabían las tres personas y yo.
Cuando ya estaba preparada la operación militar reunimos los tres pelotones en un lugar determinado para informarles parte, no todo el plan, el jefe de pelotón, comenzó a dar las órdenes para preparar la comida, la logística y el abastecimiento, hasta ahí, pero se les decía un día antes, el jefe del pelotón empezaba, sin decir, sino que hagan esto y lo otro, limpien los fusiles, preparen comida, cada quién, sin decir para qué, porque a la gente se les comunicaba ya vamos a reunirnos en tal parte, pero ya iban preparados, en ese lugar se les informaba sobre el plan y ahí todo mundo iba claro, pero ya iban todos de camino hacia la misión.
Un compañero fue al lugar donde se iba a transmitir el plan, y no apareció, como pasaron horas y no llegaba lo mandé a buscar y no lo encontraron, había desertado.
Cuando el pelotón se concentró para que le dieran a conocer el plan, él estaba en posta (de centinela), es decir, que estaba vigilando, asegurando que no los atacaran los miembros de la fuerza armada, cuando el pelotón salió lo buscaron, y no lo encontraron y el caso fue que ellos se fueron por la calle y vieron la huella donde él había pasado, ahí nadie caminaba porque ese lugar estaba minado, entonces cuando el compañero pasó el plan, él, apareció hasta después y...
-- ¿Y vos dónde has estado?, y... ¿y por qué no te encontramos?, ah...
-- Es que estaba encaramado en un palo de mango, yo oí cuando me andaban gritando, ya sabía que iban ir a una operación militar pero como no quería ir, por eso no les contesté.
Me lo mandaron amarrado con una nota, sólo me decía que él no se había presentado a la hora y que por eso, que lo tuviera amarrado por si acaso pensaba desertar, vaya ahí lo tuvimos, lo estuve interrogando sobre las razones del por qué no había querido ir, ah, no quiero, ¿y por qué no te encontraron cuando te fueron a buscar? Ahí estaba subido en el palo de mango, y no quería ir; ahí lo dejamos amarrado, la operación militar iba empezar el día siguiente en la mañana, pero antes de la hora comenzaron el bombardeo blum, blum, blum, blum, blum, llamé por radio en repetidas ocasiones, nadie me contestó, a las dos horas me contestó un radista, le pregunté:
-- ¿Y qué pasó?
-- Nos acabaron.
-- ¿Qué?
-- Corrimos y nos alcanzaron.
Solo eso alcanzó a informarme, se cortó la comunicación y le seguí llamando y nada, le dije a los compañeros, vayan a darle verga a ese hijueputa que él es el traidor, porque fue una emboscada, fueron a darle verga y confesó todo, todo.
Dijo que a él no lo encontraron, porque tenía un contacto en el monte con la Patrulla de Reconocimiento de Largo Alcance (PRAL), él fue el que había minado esa zona, claro, podía pasar por ahí, y hasta dijo cómo se identificaban, el caso es que el compañero radista me dijo, nos acabaron, yo dije, eran como ochenta compañeros y al final, ahí si lo ajusticiaron y en realidad no se habían acabado a toda la gente, quince guerrilleros fueron los que murieron.
Entre otro orden de cosas, recuerdo un compañero que era un gran hombre, pero para Mayo Sibrián era un enemigo, me dio la orden tres veces que lo ajusticiara y no lo hice, y como no le obedecía me dijo que yo también era parte de la red de infiltrados, y para que no me involucrara, con todo el dolor de mi alma, sabiendo que era un combatiente aguerrido y de extrema confianza tuve que mandarlo a ejecutar.
Ese proceso de "purgas" que Mayo ejecutó, no fue él el único que lo hizo, si traemos a cuenta el asesinato clandestino de Roque Dalton y de otros compañeros, llegamos a la conclusión de que ese fue un procedimiento que se vino dando durante todo el transcurro del conflicto armado, Mayo lo que hizo fue hacerlo abiertamente, a la luz del día, y además era una concepción, yo cuando era novato de haber ingresado a las Fuerzas Populares de Liberación (FPL), recuerdo las discusiones que teníamos para no apoyar por ejemplo el uso de anticonceptivos, traigo esto a cuenta para mostrar, el nivel ideológico, tan cerrado y oscurantista y absurdo que se fue dando, y de tal manera que cualquier situación por pequeña que fuera, pero que se saliera de esta concepción ya era visto con desconfianza.
Había, el convencimiento que era necesario filtrar gota a gota hasta lograr la potabilización de la fuerza guerrillera, hasta quedar en el asiento del filtro la esencia del color rojo, porque el que cuestionaba o preguntaba lo más probable es que era traidor en potencia o ya lo era, la revolución tenía que ser pulcra.
Mayo Sibrián informaba a la comandancia de las FPL del sistema inquisitivo que tenía establecido, y le correspondía los mensajes que él mandaba; de tal manera que estaba autorizado por los cinco comandantes del FMLN de lo que estaba haciendo, él mismo nos enseñaba el cuaderno de mensajes, no obstante después del Acuerdo de Paz, aducen amnesia o que se pusieron en contra de crímenes que cometía Mayo, la pregunta es: ¿Si no estaban de acuerdo, como se explica la tolerancia?
Se iban a llevar a cabo una campaña de reuniones y asambleas, para preparar unos combatientes para que participaran como delegados ante el consejo nacional de las FPL, pero, la zona era tan inestable con tanto enemigo alrededor, no se podía, nos turnábamos, por ejemplo, del volcán de San Vicente teníamos que ir ocho compañeros, se hizo en dos asambleas de tal manera que fueron cuatro primero, y cuatro fueron después, en esa primera asamblea que hubo que participaron los primeros cuatro, Mayo Sibrián, se los dijo con claridad a los compañeros que fueron del volcán:
-- En ese volcán tenemos un jefe aguado, yo no sé si realmente es de nosotros o es infiltrado, vengan se los voy a enseñar.
Se estaban refiriendo a mi, después les dijo:
-- Vengan para acá, les voy enseñar cómo se hacen las tareas revolucionarias aquí.
Habían llevado un pelotón de jóvenes cuyas edades oscilaban entre los 12 y 17 años procedentes de un campamento de refugiados salvadoreños que estaba asentado en Honduras, para integrarlos a la guerrilla, les dijo:
-- Cipotes háganse para este lado y se ponen en fila.
Los muchachitos pensaban que Mayo les iba a decir algunas palabras de bienvenida, estaban contentos y sonrientes, se les notaba el nerviosismo característico de su edad, sin mediar palabra Mayo tomó su fusil y le dijo:
-- Vaya les voy enseñar, plah, plah, plah, plah.
Los masacró a todos, los bichitos cayeron al suelo como si eran pollitos, sin saber por qué los había asesinado el comandante.
Disparó a sangré fría a quince niños que habían llegado, y a los compañeros procedentes del volcán de San Vicente le dijo:
-- Todos estos monos son enemigos, y por eso les mostré como se debe actuar, ay que ser revolucionario hasta las últimas consecuencias, para que le digan a su jefe (se refería a Abelio) cómo es que se hacen las cosas en ese lugar.
Asesinó a estos niños delante de la gente que yo había mandado, y que estaban participando en la asamblea, Mayo Sibrián comentó más cosas sobre mi persona, a mí ellos no me quisieron comentar todo, pero lo que sí, que cuando llegaron me dijeron:
-- Abelio te vamos a cubrir la retirada, ándate, antes que te mate ese loco, acordate que además es hombre de confianza de la comandancia general del FMLN, tenés todas las de perder mejor huí, hoy que podes.
-- Yo no debo nada y nada temo, voy a topar.
Me fui para el campamento de Mayo Sabrían, ellos estaban al tanto que iba, me esperarían en tal parte, sabía dónde nos íbamos a juntar.
Cuando estaba por llegar al lugar de contacto que ya habíamos quedado, a saber si uno ya estaba prejuiciado, pero yo sentí que... como que me querían matar ahí, pero pasé. Al segundo día de haber llegado Mayo Sibrián me entregó unos cuadernitos pequeños, en la mitad de una hoja estaban escritos los nombres de unos colaboradores que se habían ofrecido a colaborar, que eran de allá de la zona del volcán.
Mayo me dijo, Abelio aquí están los nombres de esta gente, búscalos viven en tal parte, quieren colaborar con nosotros, metí la hojita en el cuaderno, y cuando estábamos en la votación para elegir los que iban ir al consejo, nos dijeron que en la mitad de una hoja del cuaderno, que ahí escribiéramos dos nombres de quienes queríamos que fuera, de la lista que estaba ya, yo anoté los dos nombres, y cuando se llegó la hora del almuerzo, dijeron vamos a recoger los nombres hasta después, fuimos a comer, al regreso, Mayo estaba recogiendo los papeles, los leía y estaba anotando quién quedaba electo, todos fuimos a depositar los papeles en un guacal y de ahí él extraía los nombres.
Estábamos participando dieciséis compañeros, era una asamblea para elegir al consejo nacional de la FPL, estábamos en círculos y se puso a observar la cara de todos nosotros.
Ese ambiente se volvió tan tenso que, una mosca zumbaba como un avión, todo mundo se quedó paralizado cuando él empezó hablar de la manera siguiente:
-- Uujum. Aquí hay un enemigo, que se ponga de pie.
Los presentes sentimos congelarnos porque como sabíamos que era loco, él podía señalar a cualquiera y afirmar que era traidor, e inmediatamente ahí mismo pegarle un balazo, la palabra de Mayo Sibrián era ley. Y siguió viendo, de repente, cambio de tema y prosiguió con la reunión en aparente normalidad.
Tenía mi champa ubicada un poco retirada del campamento de Mayo y su gente, en medio del campamento había un chorrito de agua de un nacimiento natural que caía en una pila, él estaba reunido al centro del campamento con todos sus subalternos, por temor más que por lealtad la gente siempre le alababa todo lo que él decía, estaban carcajeándose cuando yo estaba llenando mi caramañola y, escuché que él estaba hablando de mí, y la gente se destornillaba de la risa.
Me fui acostar con el fusil puesto en ráfaga, me lo coloqué en el pecho y con el dedo en el gatillo, la mujer al verme, sorprendida me preguntó;
-- Abelio y qué te pasa, algo te sucede, decime ¿qué es?
-- No voy a dormir.
-- ¿Por qué?
-- Mayo me va matar, y no me va agarrar dormido.
Esta situación de aniquilamiento físico fue en el paracentral descomunal, el "ajusticiamiento" de los mismos compañeros fue a nivel nacional e internacional, muchos compañeros del paracentral se fueron para el exterior y nunca volvieron porque los eliminaron físicamente, por lo tanto, no hay que echarle a Mayo Sibrián toda la culpa.
Mayo Sibrián pertenecía a la comisión política y era el jefe del frente paracentral, y yo era jefe de la subzona de volcán de San Vicente.
Habíamos cinco jefes de subzonas y tres incluido Mayo que formaba parte del secretariado, era una especie de conducción colectiva, nos llamaron a la reunión, pasó el primer día, los que habíamos llegado de otra subzona casualmente nos habíamos colocado por un pequeño bosque, habíamos amarrado las hamacas en unos árboles, ahí nos juntábamos en la noche a analizar como estaba la situación, los cinco de la subzona estábamos conscientes de que estábamos literalmente cagados, así lo dijimos cagados, no teníamos valor de decir la verdad porque era jodido.
Poner el dedo en la llaga nadie tenía valor, entonces nos pusimos de acuerdo para solicitar el turno para intervenir, de tal forma que fuéramos diciendo la verdad sobre la paranoia de Mayo, pero apoyándonos unos con otros y vigorizando nuestros planteamientos.
El comandante Ricardo Gutiérrez asistió a la reunión en calidad de representante de la dirección de las FPL, por esa razón él estaba dirigiendo la reunión y daba la palabra, Carlos pidió opinar, después David (eran hombres de confianza de Mayo), después Raúl y por último yo, porque era el odiado, Carlos se acobardó, no tomó la iniciativa a él correspondía el turno de primero, Raúl que era de los últimos, pidió hacer uso de la palabra, como estábamos claros que al pedir uno de nosotros la participación, seguíamos los otros, o sea que los cinco estábamos en continuidad, nos íbamos a reforzar mutuamente, porque en la práctica estábamos los cinco contra los tres del secretariado que eran los que apoyaban a Mayo, si había sido elegido por el organismo que él conducía, eran los que tenían que estar más a su lado.
Raúl pidió la palabra, pas, pas, pas, le caímos los otros y, ahí dimos a conocer lo que estaba sucediendo, es decir, todo lo que Mayo Sibrián hacía, ese día se acabó Mayo, Margarita la mujer de él, hasta esa noche me habló, me dijo, hoy si le voy a contar todo. Siguió la reunión, siete días pasamos en sesión.
Margarita me contó que Mayo la golpeaba y que estaba con él por terror no por amor, era un sometimiento a la fuerza bruta, obviamente contra su voluntad, ella tenía miedo que Mayo en sus ratos de locura, la acusara de traidora y la hiciera fusilar, no sin antes torturarla, bajo el pretexto de obtener información.
A Ricardo le ordenaron que él quedaba de jefe y que Mayo Sibrián a partir de ese momento estaba suspendido de todos los cargos políticos y militares que ostentaba, Mayo dijo, si ustedes deciden que me van a fusilar, no crean que me voy escapar, estoy conscientes que lo que he hecho ha sido lo correcto y voy a responder por ello, si la decisión de ustedes es que me fusilen, háganlo.
A petición de la Comisión Política (CP), nos trasladamos dos compañeros, fui con Gavidia a Chalatenango a dar el informe de cómo había estado la situación acerca del caso de Mayo Sibrián.
Después de haber informado a la CP, regresamos a San Vicente, ahí en asamblea la mayoría iba a tomar la decisión de que se hacía con Mayo, los asambleístas pidieron ajusticiamiento, pero la CP no daba el visto bueno, era lógico, porque de manera indirecta se estaba cuestionando las prácticas de "ajusticiamiento" de combatientes sin previa investigación, simplemente por pura sospecha o porque a alguien se le ocurrió, mientras tanto, Mayo anduvo deambulando en los talleres de producción, él no exteriorizó en ningún momento muestras de arrepentimiento por haber masacrado y asesinado a sus propios compañeros, al final llegó la hora en que Mayo había que fusilarlo.
Siete compañeros, lo fueron a capturar, y lo llevaron al lugar donde él iba a pagar con su vida por el daño que había infringido a tantos combatientes inocentes, antes de fusilarlo le pregunté si quería decir algo que procediera, él solo dijo:
-- Me voy tranquilo, estoy convencido que lo que hice fue lo correcto, no me arrepiento de nada.
-- Cuál es tu último deseo.
-- Sólo un cigarro denme.
Se lo fumó de manera normal y corriente, no mostró nerviosismo ni ansiedad, lo pusimos frente al paredón y los combatientes que se habían designado para que lo fusilaron, fueron pícaros porque les pusimos a los fusiles un tiro a cada uno, pero en lo que estábamos hablando con Mayo Sibrián, le cambiaron cargador al fusil y le pusieron ráfaga, y ahí quedó Mayo tendido en su charco de sangre como antes quedaron sus víctimas.
A partir de entonces, se tomó la decisión que todos los que estábamos en el Paracentral había que sacarlos de ahí, con la idea de desarticular hasta hacer desaparecer los que eran combatientes en la época del terror de Mayo Sibrián, es decir, que no quedara huella, sin importar si era amigo o enemigo de él, por ejemplo un compañero médico no se para donde lo trasladaron y por último tuvo que desertar, y lo que dijeron en la reunión de la comisión política fue, la cagó aquel salió por la puerta de atrás, y yo les dije, no, solo él sabe lo que está viviendo, ustedes no lo han vivido, yo si lo sé, porque él me contó todo lo que le hicieron en Nicaragua antes de irse.
A los días se llevó acabo el último congreso de la FPL, en el concejo se trató el caso de Mayo Sibrián por varios días, el acuerdo de este organismo fue que los culpables de todo fueron los jefes de las subzonas del frente paracentral, es decir, las víctimas terminaron victimarios, y quien decidió los asesinatos o "ajusticiamiento" fue la misma comisión política de la FPL, y la comandancia del FMLN, porque nada se escondía; o sea, todo lo que pasaba en la FPL lo sabían en la comandancia, ésta era la máxima dirección de todo, por lo tanto lo que pasaba en cada organización lo sabían; en ese concejo decidieron que a todos los jefes de subzonas del frente paracentral se les despojaba de todos los cargos, como eran miembros del concejo nacional de la FPL, entonces quedaron destituidos, y los condenaron a que no podían ejercer cargos de dirección.
El máximo organismo de la FPL, era el concejo, los destituyeron de todo y quedaron ahí, deambulando, eso fue en el noventa y dos, y por último les pidieron la renuncia.
En ese momento histórico, la comandancia general del FMLN y en especial la máxima dirección de las FPL jamás perdonaron el fusilamiento de Mayo Sibrián, para ellos fue un héroe que lo inmolaron. Sin embargo, post Acuerdo de Paz, algunos comandantes dicen que estuvieron en contra de los crímenes de Mayo Sibrián.