21 de marzo de 2008

Viejecitas de canas muy blancas y la frenética huida de Rosario

Puede ser licencia poética, pero las canas siempre son muy blancas, o sea blancas a secas. No existe algo así como el cabello gris; es puntillismo puro de hebras muy blancas y de otros colores, de preferencia negro o café. Y hay una convención melodramática, ampliamente --pero no privativa-- difundida por el cine y las telenovelas mexicanas de que la mamá del muchacho debe ser viejecita, de canas muy blancas y, además de madre soltera engañada por un mal hombre --o viuda de un buen hombre, o algo--, y estar siempre a punto de llorar ("al borde del llanto" vendría más a tono con el lugar común) por las desgracias que le pasan a su Edipito particular, que en realidad no son para tanto. O igual es la víctima de la nuera, o del hijo mismo, o de la hija de cascos tan sueltos como blancas son sus canas; el tema da para mucho, y hasta para demasiado.
La primera parte del título de este post viene a cuento por la canción Silencio, de Le Pera y Pettorossi, cantada por Gardel (de quien es tan cierto que cada día canta mejor como que la Vaio en la que estoy escribiendo es de color verde; creo haberla mencionado alguna vez). Reproduzco, con no poco sonrojo, la letra en cuestión:

Silencio en la noche.
Ya todo está en calma.
El músculo duerme.
La ambición descansa.

Meciendo una cuna,
una madre canta
un canto querido
que llega hasta el alma,
porque en esa cuna,
está su esperanza.

Eran cinco hermanos.
Ella era una santa.
Eran cinco besos
que cada mañana
rozaban muy tiernos
las hebras de plata
de esa viejecita
de canas muy blancas.
Eran cinco hijos
que al taller marchaban.

Silencio en la noche.
Ya todo está en calma.
El músculo duerme,
la ambición trabaja.

Un clarín se oye.
Peligra la Patria.
Y al grito de guerra
los hombres se matan
cubriendo de sangre
los campos de Francia.

Hoy todo ha pasado.
Renacen las plantas.
Un himno a la vida
los arados cantan.
Y la viejecita
de canas muy blancas
se quedó muy sola,
con cinco medallas
que por cinco héroes
la premió la Patria.

Silencio en la noche.
Ya todo está en calma.
El músculo duerme,
la ambición descansa...

Un coro lejano
de madres que cantan
mecen en sus cunas,
nuevas esperanzas.
Silencio en la noche.
Silencio en las almas...

La tal canción la aprendí a los siete años de mi edad porque a la niña Mariíta, la viejita sádica que me tocó de maestra en segundo año, consideró que sería genial que un coro formado por sus alumnos/as (eran más "as" que "os", algo así como 30 "as" y exactamente 13 "os"; en la lista yo era el 12 y seguía Velasco, Ramiro Ernesto) la cantara en la celebración del Día de las Madres. Así que la niña Mariíta no sólo nos obligaba a "jugar" a las luchitas en el patio trasero del colegio Corazón de María, donde hice primero y segundo grados, y no sólo le clavaba los tacones en las piernas a los que se caían; también extendía su sadismo a las mamás, prometiéndoles que sus hijos iban a morir en la guerra cuando estuvieran ancianas y, si acaso, les iba a quedar una medalla por cada uno. Tenía algo de profeta, aunque le falló lo de las edades, porque las mamás de casi todos nosotros eran muy jóvenes; pero seguro que más de uno de sus alumnos murió en la guerra unos quince o veinte años después, y para ese entonces ella ya debió estar bajo tierra, porque no sólo era fea y amargada, sino que en serio estaba viejita, y me alegra si no vivió para darse el gusto de verlo. Obviamente no tuvo hijos, o hubiera escogido otra canción, y nos hubiera tratado de otro modo, aunque hay cada madre...
Pero el tema no es ése, o no sólo ése, sino que Le Pera pone a una mamá meciendo la cuna donde está su esperanza. Allí empiezan los problemas: ¿en la cuna está sólo uno de sus cinco hijos o los cinco a la vez? ¿Sólo uno de ellos es su esperanza y los otros cuatro que se frieguen? Puede tratarse del hijo menor, claro, siempre el menor (soy el mayor de mis hermanos; si fuera el menor, diría "Claro, siempre el mayor", aunque en mi caso no es aplicable), al que tuvo a la edad más avanzada, con... ¿quién? Allí está el problema: no aparece el papá por ningún lado, porque al final resulta que "se quedó muy sola". O el señor se murió después de dejarla embarazada del menor, y quizá antes del parto, o vaya a saber la vida de las gentes de la primera guerra mundial.
Supongamos que eran quintillizos, por aquello de que los cinco pudieran ser su esperanza. Supongamos que cuando nacieron ella tenía unos 35 años. Supongamos que, como era costumbre, los llamaron a la guerra a los 18 o 20 años. La señora andaría entre los 53 y los 55 años, y cuando los chavos marchaban al taller (¿eran mecánicos?, ¿carpinteros?, ¿alfareros?) ella ya era ancianísima y tenía hebras de plata en lugar de pelo. La esperanza de vida, en la época en que se escribió la canción, sería mucho más baja que ahora, pero tampoco era para tanto...
En el caso de una mamá normal que hubiera tenido a sus hijos de a uno por uno, a las edades adecuadas, y tomando en cuenta condición y clase social (tenían un taller o trabajaban en uno, y allí iban en fila india marchando para ganarse el pan de cada día), al primero lo habrá tenido a los 16 años, al quinto a los 21, el marido la dejó por esas fechas y a los chavos los reclutaron cuando el menor tenía 18 y el mayor unos 23. Tenemos entonces una viejecita de 39 años. Redondeemos en 40 y tendremos una señora de eso que llaman "mediana edad", o sea que todavía le queda un rato para que todas sus canas sean muy blancas, salvo casos en los que la genética obliga y ella no tuviera para comprar tinte. Igual la imagen de "viejecita" no viene al caso. "Viejecita" era mi bisabuela poco antes de su muerte, a los cerca de cien años de edad, y mi abuelo ya era mi abuelo y casi sesentón, porque ella se puso a tener hijos entre los treinta y los cuarenta y el abuelo casi a los treinta, algo fuera de serie para la época.
El asunto es: ¡qué manera tan barata de conmover a la gente! Los muchachos van a la guerra a defender a la patria y dejan sola a una ancianita a la que sólo le darán cinco medallas. Ni una pensión digna, vamos. Ni siquiera el consuelo de un poco de fisiología básica. Y ni siquiera la matan de la pena, sino que la dejan envejeciendo per secula seculorum.
La otra canción es aquélla de "vengo a decir adiós a los muchachos" ("Despedida", pues), cantada por el siempre magnífico Daniel Santos con la igualmente magnífica Sonora Matancera.
Luego de decir que va a luchar en otras tierras para salvar su derecho, su patria y su fe, se arranca con la parte folletinera:

Solo me parte el alma y me condena
que dejo tan solita a mi mamá.
Mi pobre madrecita que es tan vieja,
¿quién en mi ausencia la recordará?

¿Quién me le hará un favor si necesita?
¿Quién la socorrerá si se enfermara?
¿Quién le hablará de mí si preguntara
por este hijo que nunca quizás volverá?

¿Quién me le rezará si ella se muere?
¿Quién le pondrá una flor en su sepultura?
¿Quién se condolera de mi amargura si
yo vuelvo y no encuentro a mi mamá?

Aquí estamos hablando de la segunda guerra mundial, y para ese entonces ya se había descubierto la penicilina, que aumentó terriblemente las esperanzas de vida de la gente, mamás de todas las edades incluidas. El mundo, desde esas fechas, estuvo más lleno de viejitas que antes, pero también es cierto que a los chavos los mandaban a la guerra a la edad de siempre, o sea los 18. Y estamos hablando de un puertorriqueño, carne de cañón por excelencia en las guerras en las que se meten los gringos. No lo mandaron a la guerra a los 15 porque era ilegal, pero de los 19 o 20, en serio, no pasó. ¿A qué edad lo habrá tenido su mamá? (La del autor de la canción de Daniel Santos además tendría un Alzheimer prematuro: ¿no se va a acordar de que el fulano se fue a la guerra y por eso se la pasa preguntando por él? Las mamás no suelen ser tan olvidadizas.) O, bueno, el tipo se habrá enrolado voluntariamente a los 50 años, y entonces difícilmente lo habrán enviado al campo de batalla; si pronostica que él mismo "nunca quizás volverá", será por problemas de colesterol o de hipertensión. "Mejor váyase a su casa y cuide a su mamá, que está bien viejita y medio loquita", le habrán dicho, en el plan de que mucho ayuda quien no estorba. ("Mucho ayuda quien no es torva". Suena bien...)
Y no sé todo lo anterior por qué lo pongo; quizá porque me desperté con la canción de Daniel Santos en la cabeza, y me gusta cómo la canta, pero una cosa es una cosa y otra cosa es, sin duda, otra cosa. Lo que traigo desde hace años (unos cuarenta, digamos, que fue cuando mi padre me leyó por primera vez el "Nocturno"), y me río con risa nerviosa cada vez que me acuerdo, es la carrera que debió pegar Rosario de la Peña cuando el poeta Manuel Acuña se le propuso y le colocó enfrente la cartilla de lo que iba a ser su futuro como señora de. Yo, la verdad, también hubiera preferido a José Martí; no porque se muriera con el primer balazo en la primera batalla en que participó, sino porque al menos escribía cosas que podían ser simpáticas y servir como letra para "La Guantanamera".
En el susodicho "Nocturno", que es algo así como su carta de suicidio, en la cual le recrimina a la pobre Rosario no haberle dado la vida ideal, algo sospechoso empieza a notarse --además de la mala poesía-- cuando dice:

De noche, cuando pongo mis sienes en la almohada
y hacia otro mundo quiero mi espíritu volver,
camino mucho, mucho, y al fin de la jornada,
las formas de mi madre se pierden en la nada,
y tú de nuevo vuelves en mi alma a aparecer.

Si eso no es un Edipo con todas las de ley, no sé qué fuera. Pero si a mí me mandan un poema donde me dicen que "pienso en ti cuando me pierdo en el sueño; allí puedo olvidar las formas de mi madre y pensar en ti", yo lo quemo de inmediato y me cambio de país, de época o le hago caso a José Martí, como ya quedó asentado. Lo que puede inferirse es que la madre de Acuña no era una "viejecita de canas muy blancas" y que tenía unas formas que le llamaban más la atención que las de Rosario.
Pero falta lo más pior. Ya casi al final del poema --o su equivalente en la escala de Alfredo Espino--, viene el autozarpazo fatal:

¡Qué hermoso hubiera sido vivir bajo aquel techo,
los dos unidos siempre y amándonos los dos;
tú siempre enamorada, yo siempre satisfecho,
los dos una sola alma, los dos un solo pecho,
y en medio de nosotros mi madre como un Dios!

Me imagino la escena y me tiembla todo, y ya no poniéndome en el plan de Rosario, sino en el mío mismo. ¿De verdad Acuña creyó que de ese modo iba a conmover post-mortem a la susodicha? (Mejor Martí, en serio. Al menos murió por una causa noble. No tenía que haber estado allí, como otros poetas que se han muerto por causas similares, pero lo noble no se lo quita nadie.)
Algo que hemos hablado con los compañeros de La Casa es que la poesía debe ser honesta, pero no puede ser sincera, en la medida en que hay un cierto modo "artificioso" --que no artificial-- de estructurar los textos, de crear tensiones, etcétera. Un poema honesto es, digamos, "España, aparta de mí este cáliz", de Vallejo. Un poema "sincero" es aburridísimo, y hay legiones de ellos en recitales y revistas municipales: viene alguien y confiesa sus sentimientos a secas, dándoles un poquito de barniz y, de preferencia, cortando mal los versos. Uno enseña todos los ases, pero no al mismo tiempo, ni los pone panza arriba a la menor provocación.
Acuña cortaba bien los versos, pero se pasaba de sinceridad, y sin siquiera tener ases ni bajo la manga ni en ninguna parte, sino fotos de su mamá, con formas y todo. Porque después de la estrofa anterior todavía se le ocurre decir (Dios se apiade de su alma):

¡Figúrate qué hermosas las horas de esa vida!
¡Qué dulce y bello el viaje por una tierra así!
Y yo soñaba en eso, mi santa prometida;
y al delirar en eso con alma estremecida,
pensaba yo en ser bueno por ti, no más por ti.

O sea que con su mamá era malo... Y, por lo que consta el en "Nocturno", no tenía que ver con violencia intrafamiliar o cosas de ésas que están de moda.
Ezra Pound, en El arte de la poesía, decía --como ya habré anotado alguna vez-- que a los malos poetas había que castigarlos, y que debía establecerse una escala que podía ir de la simple amonestación o la prohibición de publicar durante cierto tiempo hasta el fusilamiento. Acuña se suicidó a los 23 años de su edad, quizá en un arranque poundiano de autocrítica, quizá porque a su mamá le empezaron a salir canas muy blancas, quizá para dejar establecido que de verdad estaba enamorado de Rosario y que no podía vivir sin ella.
Viernes santo. Válgame. Las cosas que escribe uno en viernes santo.

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¡Y en medio de nosotros mi madre como un Dios! ¡De verdad que se pasó!

5 comentarios:

Hugo dijo...

"El músculo duerme"... ¿cuál músculo? Digo, es pura curiosidad.
Está muy cotorro este post, maestrísimo.

Aldebarán dijo...

ja ja ja ja

Ya me hiciste reír. ¿Quién te manda a andar despiezando las canciones y poemas de antaño?

Con la viejecita de la canción de Gardel, se me ocurre que el niño en la cuna es su nietecito, fruto del mayor de sus hijos con una mujer que, luego de quedarse viuda, abandonó a su hijo con la abuela para irse con algún otro hombre. De culebrón barato, pues.

Y el verso de Acuña ese de "Y en medio de nosotros...", ¡es para remitirlo inmediatamente con el sicoanalista!

;-)

Lya dijo...

Rafa:

Tu escrito anterior y éste me encantaron. Y como siempre me informan.

Abrazos

Erika Bruzonic dijo...

Genial! Como que ya era hora de que me hiciera llorar de risa en lugar de provocarme insuficiencia respiratoria! Mas viernes santos, por lo menos unito...
Tengo un libro raro, es una compilacion de boleros y se llama "No se tu", con paciencia se lo ire poniendo en PDF, a ver que desata usted de ahi.

CarlosP dijo...

Ya veo de dónde Jacinta Escudos sacó la idea de la pareja que duerme con la mamá del novio en uno de sus Cuentos sucios. De algo ha servido un poema malo... para inspirar algo bueno en la literatura salvadoreña, pueh :-) Aunque lo más probable es que sea pura coincidencia.

Recomiendo que este post se vuelva a publicar en ugh... el Día de la madre.