27 de junio de 2008

Quinto día

Habíamos quedado de vernos a las 11 de la mañana con Manuel Bermúdez en San Pedro, en el antiguo restaurante Omar Khayyam. No, no ha desaparecido, como me habían dicho, pero ya es otra cosa; se ha convertido en un simple lugar para beber. No es que antes no se bebiera mucho, sino que... no sé... si alguna magia tenía, la perdió. "Encontrémonos allí para que veás", me había dicho Manolo, y tenía razón.
Llegué un poco tarde, y sólo había dos clientes en el proceso de ponerse mal, como el resto de la Calle de la Amargura. De ser un lugar de buen humor, todo aquello se ha convertido en el negocio del ruido fácil, de la risa alterada, del bar por el bar mismo. Manuel apareció a mis espaldas: "¿Todo bien?", me preguntó. Todo bien, sí; sólo había llegado algunos minutos tarde, mil disculpas. "Es que me preocupé porque me dijiste que tu mamá está mal." No, no hay problema. No la he visto, pero ha estado en sesiones agotadoras de terapia. Talvez mañana.
Era muy temprano para almorzar --aunque en algunos lugares de Costa Rica, no sé si en San José a estas alturas, es precisamente la hora del almuerzo--, así que nos vamos a la calle paralela y nos metemos en un pequeño restaurante colombiano a tomar un café --él-- y un agua de arrayán --yo--, y desde luego a platicar y platicar y platicar de literatura, de la política tica, de cómo veo el asunto del FMLN y Funes, de las FARC y el viraje de Chávez, de casi todo.
En ésas estábamos cuando sentí que alguien me tocaba un brazo por la ventana y oí una voz familiar: "Qué pequeño es Chepe", o sea San José. Era Jacinta Escudos que, junto con una amiga, buscaba un lugar para almorzar. Ya debían ser más de las doce. Se fueron después de un par de comentarios y Manuel me dijo que había una exposición ("El jardín de las rocas dormidas") de un amigo suyo (Juan Luis Rodríguez) a la que quería ir, así que a San José. Nos echamos caminando los kilómetros que haya desde San Pedro hasta el Teatro Nacional --donde está la exposición--, y pasamos por algunos lugares importantes para mí. Uno de ellos es el Salón de Patines Music.

En 1974, alguna amiga de mi hermana cumplió años y la/nos invitaron a celebrar la fiesta en el salón de patines, que según recuerdo era propiedad de unos hermanos alemanes jóvenes. Mi comercio con los patines hasta ese momento había sido fatal: a los seis años mi padre me regaló unos patines que dejó junto a mi cama, en la mesa de noche, porque se los había pedido con bastante terquedad; los daban por una pequeña cantidad a cambio de comprar no sé cuántos galones de gasolina en la Esso. Al despertar los vi, a eso de las cinco y media o seis de la mañana, cuando todos dormían. Los tomé, me fui al corredor, me los puse, me paré, agarré impulso y en un segundo tenía roto un buen trozo de boca, con sangre y todo. Fin de la historia y de los patines, hasta el día de esa fiesta.
Quedé encantado por los patines y regresé todos los domingos que pude en el año y medio siguiente, hasta que nos trasladamos a México. Aprendí a patinar bastante bien, a hacer algunas figuras, etcétera. Había concursos individuales, en pareja, en grupo, lo que fuera, pero nunca participé en nada; lo que yo quería era patinar, dar vueltas toda la tarde, en silencio, y sentirme bien. Después me iba caminando hasta San Cayetano, donde vivíamos, con una escala estratégica en la heladería Dos Pinos de Barrio Luján. Nadie entendía por qué caminaba toda esa distancia (quizá tres o cuatro kilómetros, a lo mejor cinco), y era porque resultaba agradable encontrar nuevas rutas y nuevos atajos, nada más. La mayor parte eran terrenos baldíos.
Y allí sigue el salón de patines, pues.


La exposición, bastante bonita. Está formada por pequeñas piezas de piedra medio talladas, medio armadas, medio al natural. (Sí, en el arte puede haber tres medios que formen una unidad, nomás hay que saber cómo llegar a eso.) También hay fotos de grandes piezas construidas a la orilla del mar.
Y seguimos hablando de literatura, de política, de todo.
Se me antojó comer arroz con pollo (el plato nacional) y nos fuimos a un lugar donde no lo hacen mal, en la Avenida Central. Mucha más plática, y a la feria del libro.
Compré otro cuaderno (¡lo que es el vicio!) y había una buena oferta de libros. Agarré para empezar la poesía completa de César Vallejo; mi ejemplar, de la misma colección, después de más de diez años de andar recorriendo mundo, está hecho una desgracia. Luego estaba la poesía completa de José Gorostiza. Va. Luego estaba la obra completa de Oliverio Girondo, que a Krisma le gusta bastante. También. Y lo último --ya por falta de efectivo-- fue uno con Los siete locos y Los lanzallamas, de Roberto Arlt. Tuve que dejar Adán Buenosayres, de Leopoldo Marechal.
Y más plática.
Hablamos de los novelistas ticos, y no voy a reproducir nada para no herir sensibilidades, pero me recomendó Te llevaré en mis ojos, de Rodolfo Arias Formoso, que fui a comprar de inmediato, tarjetazo de por medio. A Rodolfo lo conocí hace algunos años y me regaló su libro Vámonos para Panamá, bastante divertido. Empecé a leer Te llevaré... nomás llegué a casa de Sary y, sí, me está gustando.
A eso de las siete me llamó Sebastián. Había hablado con mi madre. Le dijo que había tenido un día bastante malo, lo cual en ella equivale a un día verdaderamente malo, porque no se queja ni aunque se le estén saliendo los ojos del dolor. Mañana a las seis iré a verla de nuevo, que a eso he venido.
Plática larga con Krisma a través del chat y a dormir. Tengo trabajo pendiente, y a eso me dedicaré el sexto día, me parece.