24 de junio de 2008

Segundo día

Lunes, pues.
La idea era salir temprano al centro de San José, comprar algunas cosas, ir a la Feria del Libro Centroamericano, almorzar por allá, comprar algunos libros y regresar a las seis para ir con Sebastián a ver a mi madre. Quizá fuera que era lunes, mi día de descanso regular, cuando me dedico a recuperarme de lo que haya pasado en la semana, especialmente el domingo; quizá fuera que estaba cansado de tanta tensión por lo que he venido a hacer. Dormí por pedazos, estuve un rato conectado a internet, me dormí a eso del mediodía, justo cuando pensaba en salir a la calle, y desperté a las dos de la tarde, o un poco más. Me bañé de nuevo, fui a cambiar unos dólares a un banco que abre a la una de la tarde (el Banco Nacional; creo que cierra a las cinco o seis), a tres cuadras de casa de Sary.

Sary Montero, ni más ni menos, con su respectivo ejemplar de Trece. Es amiga y hermana desde 1974, cuando entró a la maestría en sociología que fundaron mi padre, Eugenio Rodríguez, Ernesto Richter, Edelberto Torres-Rivas y varios más que aún viven.

Creí que en Costa Rica no pasaban cosas así, pero ya pasan: el guardia sólo permite que entre una persona a la vez, hace que saque todo lo que tenga en los bolsillos y le pasa un detector de metales de mano. Luego la bolsa: que la abra, mira todos los compartimientos, pase adelante, y entonces deja entrar al que sigue. Muy amable, y hasta dan ganas de seguir enseñándole bolsillos, bolsitas y quitarse los zapatos de tan simpático. Pero pues no; hay que ir a la FILCEN, y sólo sigo sus instrucciones para no perder tiempo ni hacérselo perder.
Después de cambiar dinero, tomo un taxi que me lleva al antiguo edificio de Aduanas, donde es la feria. Me habían advertido que el taxi es carísimo, pero no pasa de dos dólares con centavos por una dejada que en El Salvador cuesta cuatro o cinco. "¿Va a la Feria del Libro?", me pregunta el taxista, y me comenta que quizá se dé una vuelta después. Sólo en Costa Rica.
La misión es encontrar, antes que nada, el stand de F&G Editores, porque necesito ver un ejemplar de Trece. En la mismísima entrada veo algunos libros guatemaltecos, de Piedra Santa y de F&G, y alguien me toca el hombro, me vuelvo y veo la cara sonriente de Estuardo, el diseñador de las portadas. Resulta que Raúl Figueroa se regresó por la mañana a Guatemala, pero me dejó diez ejemplares de Trece. Antes de que saque el paquete miro el libro exhibido. Me dice Estuardo que ya se vendieron varios ejemplares (sirve de texto en el doctorado de literatura centroamericana de la Universidad Nacional, la UNA, de Heredia), y también de Cualquier forma de morir. Allí cerquita está Las flores, de Denise, y me da mucho orgullo verlo, azul, bonito y bueno. Me cuenta Estuardo que el viernes mandaron a producción Los locos mueren de viejos, de Vanessa Núñez, y El sueño de Mariana, de Jorge Galán, y que estarán listos para la feria de Guatemala, dentro de un mes.
En ésas estamos y oigo otra voz conocida. Es Roberto Laínez, quien vino a cargo de los libros enviados por la Cámara Salvadoreña del Ídem. Les habían dicho que sólo podían enviar para exhibición, pero fueron los únicos que cumplieron; las cámaras de todo Centroamérica tienen libros a la venta, así que a Roberto ya le ha tocado lidiar con más de un cliente que se enoja porque quiere que le vendan un libro en especial, etcétera. Salimos a fumarnos un cigarro y a platicar, y luego me voy a dar una vuelta por la feria.
Compro un cuaderno muy bonito, adornado con partituras de Bach. Luego, un libro de princesas para Valeria, faltaba más. Krisma me ha encargado cosas de Eliot y de Virginia Woolf, pero no hay; recuerdo haber visto en Sophos, en Guatemala, así que tendrá que esperar un mes. Pero hallo otro de los posibles encargos: no sólo la poesía completa de Eunice Odio, sino todas sus obras, en tres tomos, bonita edición, coeditada por la UNA y la Universidad de Costa Rica. El encargado me dice que en ese momento están presentando un libro de la UNA: el Diccionario de la literatura centroamericana, con biografías de un montón de escritores. Veo que la lista de autores la encabeza Carlos Cañas Dinarte, de cuyo diccionario salvadoreño me "autoexcluí" hace un tiempo, así que de puro morboso busqué mi ficha y, sí, allí estaba. Hay cosas imprecisas, hay otras que faltan, otras que ya no hago, pero parece que de ese diccionario no estoy "autoexcluido". Tendrá que ver que también esté entre los autores Francisco Méndez, quien me incluyó hace poco en una antología centroamericana, o quizá Carlos ya me quiera otra vez. (Se le quitará cuando aparezca la tercera edición de Tiempos de locura, pero ése ya es otro problema.) Compro el diccionario y alguna otra cosa más, etcétera.
Regreso al stand de Guatemala y me encuentro con Óscar Núñez, periodista, escritor y viejo compañero y amigo. Lo conocí en México en 1981, y desde entonces nos hemos encontrado y escrito irregularmente. La última vez que nos vimos fue en la FILCEN de Guatemala, donde presentaba una novela. Ahora, como reportero de AFP, andaba viendo qué notas sacaba de la feria. Abrazo, plática y todo lo demás, y apareció Rodrigo Soto, con quien me encontré en Lyon en octubre pasado. Lo he hallado en Guatemala también, alguna vez en El Salvador, e incluso en Costa Rica, lo que son las cosas, siendo --como es-- totalmente tico. Ya nos estábamos despidiendo (Sebastián pasaría por mí a las seis a casa de Sary) cuando me dio una noticia que me puso triste: otro amigo, Hermann Stephen --bien tico también, como su nombre lo indica-- , traductor entre varias otras cosas, murió hace unos meses. Se acostó porque se sentía un poco mal, se durmió, le dio un derrame y listo. Una muerte muy de acuerdo con él, que era pausado, de una inteligencia aguda pero muy bien centrada, una voz y un tono tranquilizadores.
Sebastián ya me esperaba en casa de Sary. Les di, desde luego, un ejemplar de Trece a cada uno. Ambos lo han leído ya. Sebastián, que dirige su propia editorial, Legado, vio el libro con ánimo de lupa y declaró que es una muy bonita edición.


Sebastián Vaquerano, director de la editorial Legado. Fue director de EDUCA (Editorial Universitaria Centroamericana) durante una buena pila de años, creo que catorce, en dos periodos, y fue digno discípulo y sucesor de Ítalo López Vallecillos, su fundador. Sus ediciones son bastante hermosas, y tiene quizá la más bonita que haya visto de Cuentos de barro, de Salarrué. Además, es mucho más que mi hermano mayor.



Y ya pasan unos minutos de las seis, así que vamos a casa de mi madre.
Cuando joven, mi madre medía poco menos de 1,60, y mi padre un poco más. Hace dos años y medio, cuando la vi por última vez, andaba en el 1,53 o algo así; setenta años son setenta años. Hoy apenas rebasa el metro con cuarenta, y está delgada y encorvada de un modo que no creí posible en ella. Su voz parece llegar de muchos años en el futuro. Camina con bastón, y tardamos tres o cuatro minutos en llegar a su recámara, con ella por delante. No son más de doce metros, pero los sufre como si fueran miles a no sé cuántos kilómetros por hora.
Platicamos no más de quince minutos. Estuvo todo el día en el hospital, en exámenes, y no le hicieron las diálisis. Sí, las diálisis. No es una al día, sino tres. No es que una tarde cuatro horas, como había entendido, sino que son tres de hora y media cada una. Mañana tiene que pasarse de nuevo todo el día en el hospital. No nos dice muy bien qué tiene, pero es algo así como que la sangre se le sigue llenando de cosas y el tratamiento no funciona como debería.
Está lúcida. Totalmente lúcida. Su respiración se había tranquilizado, pero en unos minutos empieza a jadear con cada palabra que decimos, y más con cada palabra que logra decir. Es hora de irse. Oigo a mi hermana en el departamento de al lado; hace unos años, después de que murió mi padre, la casa se dividió en dos, y luego se construyó una segunda planta, donde vive mi hermano. Arriba no había luz y su carro no estaba en el garaje.
Me dice que la llame a eso de las seis de la tarde, para saber cuándo podemos vernos. Creo que sólo será una plática telefónica corta la que tengamos; tampoco le harán las diálisis, supongo, y estará más cansada aún.
Los planes son buscar a algunos amigos, como Carlos Aguilar, Adriano Corrales, Américo Ochoa... Espero encontrarlos. Ir a la feria de nuevo, claro, la feria. Hubo stands que no pude ver por la prisa. Tomar algunas fotos para poner por aquí, porque nunca están de más algunas fotos, y esperar que haya un tercer día.

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Mañana miércoles es la presentación del nuevo libro de Jacinta Escudos. Estaré allí y le llevaré la semita que le envió Salvador Canjura. Le daré también un ejemplar de Trece. Para ese mismo día, quizá para el jueves, se espera la llegada de Tiempos de locura, tercera edición, recién salido de la imprenta. La vida y los libros siguen su marcha, como en aquella candente tarde de febrero en que Beatriz Viterbo murió, después de una imperiosa agonía que no se rebajó un solo instante ni al sentimentalismo ni al miedo. (Para más informes, leer aquí.)