14 de marzo de 2006

Acumulación originaria

Hace casi un año que apareció publicada la tercera edición de Acumulación originaria y desarrollo del capitalismo en El Salvador, escrito por mi padre entre 1976 y 1978. Se publicó después de una pausa de... híjole... 25 años; la última publicación fue en 1980.La Univ ersidad de El Salvador es por ahora el único lugar en el que se vende, y aproveché mi día de descanso para ir a comprar un par después de un delicioso almuerzo de mole con pollo en casa de Silvia Castellanos, mi madre en El Salvador, viuda del poeta e historiador Ítalo López Vallecillos, el primer editor del trabajo.
Sigue siendo un libro fundamental para comprender la formación de la clase dominante en El Salvador, y sobre todo los métodos utilizados, no muy diferentes a los europeos: despojos de tierras, trabajo subordinado (tiendas de raya, etcétera), represión militar, pésimas condiciones laborales y sociales, lo que sea. Hay un apartado bien interesante acerca de las importaciones de artículos de las familias que manejaban la economía del país. Un porcentaje elevadísimo, a veces más que el correspondiente a insumos y maquinaria, es de artículos suntuarios, digamos licores, telas y adornos. En otras palabras, desde mediados del siglo XIX hasta por allí de1912 --si no más-- había condiciones de vasallaje al es tilo las novelas de Gógol, gente que moría de enfermedades curables, un estúpido índice de analfabetismo, etcétera, para que alguien se emborrachara con cognac y las señoras se vistieran según la moda europea, no dudo que incluso con pieles, aun en este clima de perros enojados. Es algo que todo el mundo sabe, pero visto a manera de trabajo académico no deja de impresionar.
Me encargué --como di cuenta en este blog-- de hacer la edición, poner algunas notas al pie y corregir un poco el estilo; mi padre escribía muy bien, pero era economista y a veces la sintaxis se le ponía rara. Lo más importante del trabajo, creo, es que no se ha hecho otro igual, desde el mismo enfoque, es decir: el nacimiento de la oligarquía en El Salvador, sus mecanismos, el sistema legal, etcétera.
Después de la posguerra y de la caída del muro aquél, ser marxista se convirtió en algo de mal gusto, y el libro tendió a olvidarse. Y se puso de moda entre los historiadores más jóvenes tirarse de frente contra el libro de mi padre --en especial después de su muerte--, de desestimar su valor y de crear una visión más acorde con la idea de que, señores, quizá esto no sea el fin de la historia, pero desde aquí se divisa, y hay que ponerse a la moda.
Una de las notas que le puse al libro tiene que ver con uno de esos intentos de desestimar el trabajo, hecho por Héctor Lindo-Fuentes, por cierto hijo de Hugo Lindo, quizá el más grande poeta que haya tenido El Salvador. Hay cosas que no entiendo, y transcribo a continuación la nota en cuestión, en la cual muestro mi sincera incomprensión:

El historiador Héctor Lindo–Fuentes, en su libro La economía de El Salvador en el siglo XIX (Dirección de Publicaciones e Impresos, Biblioteca de Historia Salvadoreña, San Salvador 2002; la primera edición es de la University of California Press, 1990, bajo el título Weak Foundations: The Economy of El Salvador in the Nineteenth Century) discrepa de las estimaciones de Menjívar, aunque no del análisis. Señala:
“La cifra que ofrece Menjívar es demasiado alta. Comienza con el estimado de Browning de un 25% pero, debido al hecho de que había mucha confusión con relación a lo que era una tierra comunal y una ejidal, afirma que la mayoría de las tierras comunales no fueron incluidas en el censo. Su estrategia para calcular el territorio que cubrían las tierras comunales es tomar la superficie total del país y restarle el área cubierta por las tierras ejidales, las haciendas y las tierras no agrícolas. Es un supuesto razonable, mucho más razonable que los datos que seleccionó para hacer el cálculo. El área total del país no está en duda y el área de las tierras ejidales, aunque imprecisa, al menos se basa en un censo contemporáneo. El problema está en las cifras que empleó para la superficie cubierta por las haciendas y la tierra no agrícola. En ambos casos las cifras son tan anacrónicas que no es posible justificar su uso para este tipo de cálculo. Menjívar, al igual que Browning, afirma que las extensiones de las haciendas pueden estimarse del informe que escribió el intendente Gutiérrez y Ulloa en 1807. Este procedimiento tiene dos problemas: 1) el informe del intendente contiene datos muy imprecisos que únicamente sirven para proporcionar una impresión muy general de la importancia de las haciendas, y 2) la tenencia de la tierra experimentó importantes cambios en setenta años. La economía había sufrido transformaciones, el mercado de tierras privado había estado muy activo, se habían efectuado compraventas de tierras ejidales y el gobierno había vendido terrenos baldíos. Aun cuando existiese un estimado preciso de las tierras que abarcaban las haciendas en 1807, sería irrelevante para efectos de estimar las tierras de las haciendas en la década de 1880. En cambio, el área que empleó Menjívar para las tierras no agrícolas se ha tomado del censo agrícola de 1950, otra diferencia de setenta años, pero esta vez en la dirección opuesta. Esto presenta otro problema serio: las nuevas técnicas agrícolas y una mayor presión demográfica, con bastante seguridad, redujeron considerablemente la superficie de las tierras no agrícolas en 1950 en comparación a la de 1879. Menjívar no toma en cuenta esta consideración.
“[...] La estimación de Menjívar debe aceptarse, en el mejor de los casos, como una que tiende hacia los límites máximos, aunque mi inclinación es rechazarla en absoluto. Browning es más cauteloso porque, en vista de que la distinción entre tierras ejidales y comunales nunca fue muy clara, no hay seguridades de que éstas hayan sido incluidas en el censo de alguna manera consistente. Su estimado de un 25% del territorio nacional bajo propiedad ejidal es casi el doble del estimado del censo de 1879, lo cual compensa ampliamente el subregistro de las tierras comunales.
“No hace falta estar de acuerdo con el estimado exagerado que ofrece Menjívar para afirmar que la superficie de las tierras comunales y ejidales distaba mucho de ser insignificante. No todas las tierras comunales y ejidales estaban bajo cultivo, como tampoco lo estaban todas las tierras privadas, pero existe abundante evidencia, tanto en el censo de 1858 como en el de 1879, de la importancia de las tierras ejidales y comunales en la producción de alimentos y cultivos de exportación.” [pp. 219–222]
El problema de las aseveraciones de Lindo–Fuentes es que sus argumentos se basan en los mismos datos utilizados por Menjívar, e incluso en una menor cantidad, y plantea el tema más bien como una cuestión de lógica y credibilidad, sin ofrecer datos adicionales o nuevos. Por el contrario, es curioso que Lindo–Fuentes no cite ni rebata otros trabajos en los que se basó Menjívar –además del estudio de Browning–, como los de Edelberto Torres Rivas y el de Marroquín, que aparecen en su bibliografía (pp. 341 y 339, respectivamente). Es igualmente curiosa la ausencia del trabajo de Wilson, que varios autores de importancia además de Menjívar, como Guidos Béjar y Richter, han utilizado para estudiar el mismo periodo y temas. Y extraña la ausencia de Guidos y Richter de la citada bibliografía.
Ante “el estimado exagerado de Menjívar” y las “imprecisiones” de Ulloa, Lindo–Fuentes habla de “abundante evidencia, tanto en el censo de 1858 como en el de 1879, de la importancia de las tierras ejidales y comunales en la producción de alimentos y cultivos de exportación”, que sin embargo no ofrece, y que no lo lleva a plantear una propuesta alterna. Tampoco sustenta por qué las estimaciones de Browning compensan “ampliamente el subregistro de las tierras comunales”.
Señala, contra los datos de Menjívar, que “las nuevas técnicas agrícolas y una mayor presión demográfica, con bastante seguridad, redujeron considerablemente la superficie de las tierras no agrícolas en 1950 en comparación a la de 1879”, sin ofrecer datos que planteenuna cifra menos sesgada de la que el propio Menjívar esperaba, como lo declara en el texto.
La contradicción, quizá, sea de índole académica; Lindo–Fuentes es historiador, y parte de supuestos y métodos diferentes que Menjívar, un economista (además de sociólogo y politólogo) acostumbrado al manejo de datos “duros” más que a la especulación teórica, o a la crítica de trabajos ya existentes sin que le surja la necesidad de ofrecer alternativas.
Después de postulados de tal contundencia, en la página 222 Lindo–Fuentes suaviza sus afirmaciones:
“No hay duda acerca de la relevancia de estas formas de tenencia de la tierra en términos de su extensión y su contribución a la economía salvadoreña. Además, las tierras ejidales y comunales estaban muy identificadas con las instituciones coloniales y con un grupo destacado de la sociedad salvadoreña: la población indígena.”
Tampoco ofrece estimados, y con ello reconfirma la necesidad de buscar nuevas cifras para estimar con mayor precisión la cantidad de tierras ocupadas por los ejidos y comunidades en ése y otros periodos de la historia salvadoreña. Uno de los aportes de Menjívar en este trabajo fue precisamente arriesgar un primer acercamiento probable.

De verdad que el libro es buenísimo. No digo que sea tan ligero como el Código Da Vinci, pero da buenas pistas que muchos historiadores --incluso Lindo-Fuentes-- debieron seguir para su propia obra. Y cuesta sólo $3.60.

4 comentarios:

Jorge Gajardo Rojas dijo...

Porque no lo pones en tu blog en archivo comprimido.Seria muy interesante poder leeerlo.
Un saludo desde Chile.

Anónimo dijo...

en la universida nacional nos piden leer este libro. hay similito o igualda con el de carlos markt, y por que los profesores de econimia no fomenta el uso de este en termino de mencionar el bajo costo que este libro tiene

Win dijo...

Hola, quiero consultarte con respecto al libro Acumulación, originaria, entiendo que la segunda edición fue entonces en 1995 o estoy equivocado?

Anónimo dijo...

en la uca leemos el libro de lindo y algunos capituloss del de Menjivar, y aunque voy empezando el curso, lo que entiendo es que Lindo al ser historiador se preocupò más por las fuentes y la información recopilada, lo cual es algo muy dificil, por lo que incluso Lindo no le resta méritos a Menjivar. y es importante leer ambos libros, en Lindo se observan coincidencias y diferencias con Menjivar, por ejemplo señala que las desigualkdades ya estaban presentes, pero que cieramente se agravaron y que la èlite al controlar al Estado decidió a privatizar las tierras por cuestiones políticas (como una lucha de poder, contra los indígenas), pues el desarrollo del café estaba asegurado incluso sin la privatizacion de las tierras, y que se pudo haver tomado una decisión de desarrollar el mercado del cedito, el cual era el principal obtáculo para el desarrollo del café. Tambien comenta que los indígenas no eran obstáculo al cultivo, y es algo novedoso, pues aunque si producian para la agricultura de subsitencia, también entraban al mercado e ncluso incursionaron en el café. Pero Lindo argumenta que el origen de la desigualdad residía en la mayor edcuación y conecciones sociales de la élite, ya que con esto obtuvieron crédito, necesario para el cultivo del café (es importante el hecho de que se da fruto hasa el 5to año). Otro tema en que se diferencian es que para Lindo la busqueda de tener a mano de oobra liberada no fue muy grande, aunque obviamente le favoreciò. Cada quien puede aceptar la teoría que crea mas convincente, aunque es de tomar en cuenta que Lindo se preocupa pr obtener fuentes, algo que a él se le hizo más fácil, porque por ejemplo el tuvo acceso a información que enviaban los embajadores de USA en esa empoca (al estilo de cables de Wikileaks). mas o menos es así, pues aun sigo en el analisis de este tema, lo mejor es que se lean los 2 libros, los cuales son buenisimos!!