26 de junio de 2008

Cuarto día

Miércoles.
¿Se han dado cuenta de que a veces hay "herramientas" que no sirven para lo que se utilizan y sin embargo se siguen utilizando? No porque no haya más o porque sean ideales, sino por costumbre, porque el canon así lo obliga, por lo que sea; bien podría inventarse otras, pero los paradigmas pueden más que la realidad. No, no estoy hablando de política...

...sino de los banana split. Durante décadas y décadas se ha usado el mismo trastecito para poner el banano, las tres bolas de helado, el topping, la crema chantilly y lo demás, y es casi labor de cirujano que no se derrame nada en el proceso de comérselo. El trastecito en cuestión siempre ha sido del mismo tamaño, y hay una ecuación que nos hace pensar: banana split = trastecito.
No soy un experto en el asunto, aunque los centenares de banana splits que me he comido bien me convierten en un power user. Con la invención de los desechables mejoró un poco: los hicieron un poco más anchos en el fondo, un poco más profundos, algunos incluyen un espacio especial para el banano, etcétera. Pero el helado tarde o temprano sigue derramándose en unos minutos, cuando empieza a derretirse, y además uno tarde o temprano cae en una heladería en la que se usa el trastecito de vidrio, y uno no sólo lo acepta, sino que hasta lo ataca la nostalgia de cuando todo era de vidrio, los drive-ins (¡qué manchaderos se armaban en los carros!; mi madre se enojaba cuando íbamos al Don Pedro y a Rudy's y pedía banana split), Kennedy en las portadas de Life (vivo o muerto) y las fotos excelentes de la guerra de Vietnam en interiores.
El problema no tendrá trascendencia en los países más fríos, donde sólo se derramará la mermelada o qué sé yo, pero creo que la humanidad debería reconsiderar lo que hace con una de sus creaciones más populares; es momento de renovarse y poner los banana split en otros trastes.
No es que comerme un banana split fuera lo más trascendente del día, sino que tengo poco tiempo para escribir --hoy jueves-- antes de ir a ver a Manuel Bermúdez. Otro día contaré lo de las vacas, no creo que sea importante el almuerzo en el McDonalds --cada vez hacen más pequeños y con menos ganas los McFlurrys, por cierto, otro fenómeno que podría incluirse en el estudio del tema anterior--, y la caminata por el centro de San José fue más bien rutinaria.

Manuel Bermúdez es el que aparece a la izquierda de la foto, y por primera vez lo veo con tan poco pelo. Es un excelente periodista y su especialidad es la literatura; sabe de todo, ha leído todo, ha entrevistado a todos, y desde hace un par de décadas lo publica en el periódico Universidad, en la revista Forja y en el suplemento Libros, lo mejor que hay en el ámbito cultural tico y casi me arriesgaría a decir que centroamericano. Digamos que es lo que un buen periodista cultural debería aspirar a ser alguna vez. Le pasé varios libros (Trece, Cualquier forma de morir, Las flores y Viaje al imperio de las ventanas cerradas) para tenerlo actualizado y platicamos un rato siempre insuficiente, por lo que quedamos de vernos el día cinco.
Él fue uno de los dos presentadores del nuevo libro de Jacinta Escudos (ella aparece al centro, desde luego), junto con Ana Cristina Rossi (diré que es la chava de la derecha por rutina, porque ya no quedan más posibilidades en la foto). Allí están preparando cómo iba a ser lo de la presentación, más o menos cuál sería la dinámica de los presentadoras y Jacinta, como siempre toca, a improvisar.

El libro de Jacinta se llama El diablo sabe mi nombre. Ya tengo mi ejemplar autografiado, para mí y para Krisma. Hablaré de él cuando lo lea; lo poco que he visto indica que vale la pena de meterse en él.
Aquí aparecen el editor del sello Uruk y Manlio Argueta blandiendo unos carteles como en campaña electoral. El cartel donde está Jacinta tiene algo importante: aparece Boni, su gata fallecida hace ya año y medio, a quien aún extraña. Le cuesta mencionarla sin que le tiemble la voz, y no es para menos después de más de una década años de haber estado juntas.

En la presentación, Manolo y Ana Cristina hicieron preguntas rarísimas, de ésas que los escritores no sabemos muy bien cómo contestar, pero Jacinta se las arregló bien. Ambos habían leído el libro con gran minucia, y empezaron a hacer interpretaciones de todo tipo con respecto a los textos, que a veces iban más allá de lo que Jacinta había puesto o "quería decir". Lo que uno "quiere decir" generalmente no viene entre líneas ni está en las referencias cruzadas, sino en el texto puro y simple: está allí escrito y es evidente. El mensaje es el texto. Pero fue divertido, como siempre lo es, con todo y la cara de "¿qué diablos está diciendo Manolo?" que tiene Jacinta en la foto.
Quedó claro, eso sí, que se trata de un buen libro, que Jacinta sabe su oficio y que lo voy a leer hoy por la noche.

Esta foto me gustó.

Después vino el vino y las boquitas, pláticas entre amigos, etcétera. En esta foto aparecen Manlio Argueta y Sebastián Vaquerano, ex director de EDUCA y ahora dueño de su propia editorial, Legado. A ambos los conozco casi desde siempre, y les pregunté que cuándo se habían conocido ellos. Hicieron cuentas: 1959, cuando Manlio regresó a El Salvador de su primer exilio, a los 24 años; Sebastián tenía 14. (Yo estaba por nacer.) Estuvieron recordando los detalles y fue bien agradable saber un poco más de las historias de la gente a la que uno quiere.

Después, cena para celebrar en un restaurante chino en el centro de San José. Sensacional. Me tocó presentar, porque no se conocían aunque se habían cruzado muchas veces, a Jacinta y a Carlos Aguilar, editor de Perro Azul. Aunque allí todos se ven serios, nos la pasamos muy divertidos durante un buen par de horas largas. (El que no está en la silla más cercana soy yo.)
Tampoco pude ver a mi madre. Sigue en la rutina de ir al hospital para revisiones, etcétera. Mis hermanos no dan señales de vida. Al rato tengo que llamar a Sebastián para ver si hoy sí, o si será mañana, o pasado mañana. Lo malo es que se me acaba el tiempo del boleto y debo regresar a lo mío.
Ah, qué partes más raras tiene la vida.

3 comentarios:

Jacinta dijo...

La foto de Manlio y Óscar con las pancartas está de antología.
Y se te olvidó mencionar que me entregaste las semitas y que te las arrebaté de las manos, jajaja.
Salú.

Anónimo dijo...

Discúlpame, Rafael, pero no capté bien la urgencia de cambiar la vasija en la que sensualmente se diluye el helado de la banana split. Y si es de cristal, mejor. ¿Por qué cambiarla? La encuentro adecuada, así, como una canoa, una piragua, en la flotan nuestros deseos más dulces y tropicales. Es perfecta esa canoa, para que haga aguas de fresa, vainilla, lúcuma, mora, o lo que sea. Deja, Rafael, que la deliciosa canoa bogue.
Y encuentro a Jacinta igual de femenina que su prosa, y bella como una musa. Me encantan sus textos, pese a ser admirador furtivo.
Creo que ella y tú deben actualizar las fotos de los perfiles de los blogs respectivos. A tí te salió cola de caballo y aumentaron las dioptrías, y ella ha mutado como el vino.
¿Cómo tener el libro?
Abrazo.

MARTINEZ TELLEZ dijo...

Maestrísimo.
Primero pensé en hacer un comentario acerca de los banana splits, pero cuando seguí leyendo y vi la foto de Jacinta, quedé anonadado... ¡es bellísima!
Un abrazo,
Hugo