15 de febrero de 2008

Querido diario... (X)

Pues ya. Sí, de acuerdo, falta aún cerrar el capítulo XI, pero es cosa nada más de terminar de escribirlo. Ya todo lo que debe ir está claro. Hay que pasar a máquina las correcciones del segundo borrador, que más que correcciones son añadidos y ajustes, las cosas que fui descubriendo a medida que avanzaba, y que le han dado buen cuerpo a la novela. A la primera parte, porque no olvides que apenas voy por la primera parte. Han salido alrededor de 150 cuartillas, pronostico cerca de 170 y seguro en la segunda salen otras tantas.

El primer borrador quedó hecho una desgracia, como corresponde. El segundo también, pero no tuve que ir poniendo tooodas esas anotaciones en la portada, los detalles que hay que añadir y reiterar aquí y allá para trazar "líneas" que guíen al lector, den coherencia al texto y sirvan como... híjole... ¿identificadores? No sé. Que cuando uno los encuentre sienta que está en un lugar conocido, pues, y siga avanzando sin tropiezos por el camino adecuado.
Lo interesante es que podría cortar la novela en el capítulo XII (sí, salieron doce, no trece), poner un epílogo y al carajo, una novela más a la cuenta. Pero entonces ¿para qué tomarse el trabajo de inventarse y construir un mundo de lo más extraño, complejo y --¡por fin!-- coherente?
Creo que va a salir una especie de tríptico, más que una novela en tres partes. La primera es una especie de thriller sin demasiado thrill, porque no hace falta. Se sostiene bastante bien sin necesidad de meter escenas de violencia, etcétera. La violencia está implícita, y la que es explícita es... bueno... explícita, y da para sostener varios capítulos. Casi la mitad se va en la "descripción" del mundo después de la Igualdad, la Crisis de Marzo y todas esas cosas que pasaron --pasarán-- dentro de algunas decenas de años. La segunda parte son los intríngulis políticos, la tenebra, el dark side, el manejo del poder. (Creo.)

Hasta ahora dos cuadernos se han sacrificado en el cumplimiento del deber, uno rojo y uno naranja. En el primero está prácticamente escrita la novela. Digamos que con lo que hay allí ya salía algo publicable, y hasta bueno. Pero ¿quién quiere algo simplemente publicable y simplemente bueno? (¡Ah, la vanidad, mi pecado favorito...!) En el segundo están los añadidos, las notas y los capítulos nuevos. Me encantó el tamaño de los cuadernos: 48 páginas (24 hojas), que con letra muy pequeña, como la que uso, resultan prácticos. Son pequeños (17x22 cms), un papel satinado excelente y qué sé yo.
En uno más o menos así escribí Los años marchitos (moradito, por cierto) e hice apuntes para lo que después sería Breve recuento de todas las cosas, entre 1988 y 1989. El drama fue que era un cuaderno de muchas más páginas, y casi la mitad quedó en blanco. Después traté de escribir otras cosas allí, pero no pude; no era el cuaderno adecuado para esas cosas; era para Los años marchitos, nada más. Las notas del Breve recuento, incluso, las consideré durante años como un ejercicio interesante, pero inútil. Cuando terminé la primera parte de la novela, en 1999, diez años después, me di cuenta de que lo que seguía era aquel ejercicio, y ese ejercicio me dio la guía para las siguientes dos partes.
El formato de los cuadernos tiene también una cualidad: como los traigo de un lado para otro, las portadas se deterioran y se ven feítas. No tengo nada contra eso, porque se lo han ganado a pulso, pero me di cuenta de que, justo cuando ya están para dar pena, me acabo el cuaderno. Así que el formato es ideal. Lo más divertido es que serán muy franceses y todo lo que se quiera, pero también son baratos. Cada uno me costó algo así como 65 o 70 centavos de euro, comprados en paquete, en una papelería de Toulouse.

Ahora, para la segunda parte, tengo un cuaderno reservado, el de la izquierda, que es exactamente igual a los otros, excepto por las vetas y por el color. Para mi lado autista es el que sigue, y listo. Cuando se acabe ése, tengo otro verde, exactamente igual, y otro naranja. Allí es donde no me termina de cuadrar: no me gustaría repetir el color, y regalé uno amarillo. Cetera is paribus (como diría en economista de línea dura), me voy a llevar dos cuadernos para la segunda parte, y no serán iguales. O repito color o cambio estilo.
Y cambiar estilo no estaría mal. El cuaderno de la derecha no sólo es como los anteriores: es hasta más bonito. La cubierta es más resistente que las de los otros (me costó un euro, quizá unos centavos más) y las esquinas redondeadas. Por lo demás, no tengo que estar viendo la portada mientras escribo, así que es una combinación que no me molesta. Pero hay otra que me atrae.

¡Un cuaderno de 96 páginas! (El de la izquierda.) Allí cabría la segunda parte completa, con notas, añadidos y lo que hiciera falta. La cubierta es aún más resistente que la del cuaderno verde de la derecha de más arriba, y tiene también las esquinas redondeadas.
Bueno, lo de las esquinas redondeadas no es problema. Hace mucho tiempo que aprendí a manipular cuadernos y libros sin que resulten doblados o arrugados, pero igual hay accidentes.
Y allí sí mi lado autista puede irse al diablo, porque me gusta. Pero también me gusta el esquema que seguí con la primera parte: en uno toda la segunda parte, en otro los etcéteras. Pero también me gustaría tenerlo todo junto. Pero también...
Y en ésas ando.
El cuaderno naranja no lo voy a tocar todavía. Ése lo reservo para algo especial, que creo que ya sé qué es: una novela que comencé por allí de 1990 o 1991 y de la que apenas llevo un capítulo. Es un buen capítulo, pero no sé cómo continuar. He hecho varios intentos y siempre llego al mismo lugar, o sea a un montón de páginas borroneadas que no funcionan para lo que quiero, o para lo que quiere el texto. El cuaderno tiene 192 páginas, está cosido y tiene unas cubiertas bastante gruesas. Y las esquinas redondeadas, claro.
Ahora estoy pasando en limpio, como ya dije, los añadidos y correcciones del segundo borrador, que salió del cuaderno naranja. Terminaré en mis próximos días de descanso, espero, porque es bastante. En el trayecto terminaré el medio capítulo que me falta y tendré un tercer borrador, que dejaré en paz mientras escribo la segunda parte, o lo usaré para ajustar lo que haya que ajustar a medida que escriba lo que voy a escribir.
¿Que por qué hablo de estas frivolidades? Bueno, porque puedo, y porque tengo dónde hacerlo, o sea este mi querido diario.
Además he estado leyendo el libro de Salvador Sánchez Cerén, voy a escribir una reseña y estoy haciendo tiempo. La noche generalmente la uso para cosas que me gustan. Y si hay algo que me gusta es escribir en buenos cuadernos, así cuesten menos de un dólar. (La Parker 45 lo agradece, y yo feliz.)

13 de febrero de 2008

Querido diario.... (IX)

Y cuando ya estaba casi listo el segundo borrador y todo había caído en su lugar, zaz, resulta que "allá" hay rotación en la presidencia colegiada --sí, hay una presidencia colegiada-- y que, por primera vez, una coreana será Primera Presidenta. No voy a contar detalles, porque se arruinaría la tensión para quienes lleguen a leer la novela; sólo digo que eso me obligó a regresar otra vez al mismísimo primer párrafo y empezar a añadir un montón de datos y a ajustar todo lo demás.
Y de eso se trata: de crear nuevos puntos de tensión. La acción en la novela es poca; la tensión está enfocada, en esta primera parte, en el recuento del apocalipsis que ha llevado a que todo un mundo se vea reducido a una ciudad inmensa, o eso es lo que creen los/las --más las que los-- habitantes de la Ciudad. Los crímenes, cómo se cometen, el autor, la invesrigación --que tiene ramificaciones interesantes-- están a la vista. No hay misterio. El misterio es precisamente el ambiente que provoca todos esos hechos.
Creo que desde el primer borrador ya había una historia lista para ser leida, bonitos personajes y buenas tramas. A medida que se ha ido complicando, la novela está tomando otras proporciones. Con todo y que no sale de un ámbito restringido --un asesino en serie, profesionales del crimen desde ambos lados de la barrera, un movimiento social subterráneo que se apodera de los mecanismos del poder, etcétera--, ya puede verse todo un contexto interno que cada vez es más político, aunque sólo alcance a entederse en toda su proporción a través de los dramas personales, que por algo es novela y no ensayo (post)histórico.
En esta novela en particilar me he dado cuenta de que uno no se inventa los detalles, sino que están alli desde siempre, y hay que detectrlos y decidir si son importantes o no. El texto es siempre una estructura, o no será, y "pide" que ocurran cosas que uno ni idea.
Ahora estoy en dos procesos:
1. Darle vida, personalidad y un papel activo --aunque ausente-- a la mamá de psicópata. Eso cambia el carácter de su regreso a la tierra de la que se autoexilió, que es de lo que se habla desde la primera línea. (De la tercera, no exageremos.)
2. La mano derecha de la Directora etsá dañada --eso debe saberse desde el segundo capítulo, cuando aparece por primera vez, aunque lo descubrí en el siete o el nueve, no recuerdo--; hay que trabajarlo desde el principio para que, llegado el momento, no parezca un parche, y hay que darle una utilidad dentro de la novela.
Así que estoy entra y sale del primer capítulo mientras avanzo en los demás, donde voy poniendo las cosas que debían estar desde antes.
El cuaderno naranja --el segundo cuaderno, pues-- ya casi se terminó. (Hay uno verde listo para empezar a cumplir con su deber.) Estoy trabajando sobre una impresión, pero hay que añadir trozos de buen tamaño, que escribo en el susodicho cuaderno. La impresión ya es un masacote de correcciones en tinta negra (he vuelto a la Parker 45, que no es verde como la Vaio, sino azul).
El capitulo 11 aún me falta terminarlo. Es el único pendiente. Y es así porque no he encontrado las motivaciones de la forense joven para matar al tipo al que mata. No las veo. No sé si las haya. Todos estos cambios están heciéndome sospechar que no es ella la encargada del crimen. (De que debe haber crimen, debe haberlo.) El personaje no ha perdido fuerza, pero los demás han crecido bastante y la están dejando atrás. Entonces:
1. El capítulo 11 es el adecuado para hacerla crecer y usarla en la segunda parte.
2. Me tengo que deshacer de ella.
No me gusta la segunda solución. Le pasan cosas muy fuertes que tienen que ver con el armado de la novela, y seria una pena haberla preparado durante tanto tiempo, y con tanto detalle y sutileza, para decir: "Bueno, la muchacha se baja aquí y seguimos sin ella."
Lo anterior me recuerda a los personajes truncos de García Márquez en Cien años de soledad (de los que hablé un poco aquí): arma un buen personaje y, justo cuando va a empezar a actuar por su cuenta, lo mata. Me da la impresión de que lo mata precisamenta para no tener que ponerlo a actuar en serio. En cierta medida no lo culpo; con la cantidad de personajes fuertes que tiene en Cien años, le harían falta varios cientos de páginas más para resolverlos a todos, o a los más interesantes. Uno aquí nomás, humilde con su media docena de personajes; quizá por eso no quiera desperdiciarlos.
Por otra parte, puedo jugar al "patria o muerte": que la forense joven mate al fulano y dejar para la segunda parte la búsqueda de la explicación. Quizá allí esté. No lo sé, porque todavía no la he comenzado; para eso es el cuaderno verde.
Y para después del verde --que seguro se acabará-- tengo uno amarillo. Y, su éste se acaba, otros dos verdes y otro naranja y uno cafecito. Por cuadernos no paramos. Y si éstos no alcanzan, hay unos grandes. Y, si no, para eso están las papelerías, y para eso tengo un stock de cuadernos de todo tipo. Nada más que los Calligraphe de 48 páginas me han gustado para esa historia. Hay uno de 192 páginas que no quiero tocar para esta novela, aunque me mira con ojos sexis desde el librero; lo tengo reservado para otra cosa.
Si tan sólo alguien me diera un doctorado en narrativa... Quizá fuera más fácil. Menos divertido, pero más fácil. (¿A quién le interesan las cosas fáciles en literatura, si se pueden complicar a gusto?)

11 de febrero de 2008

Libro de Mélanie Morand

Acaba de llegarme la invitación para la presentación del libro MéMoGraphies 9, de la fotógrafa francesa Mélanie Morand, a quien conocí en Lyon --donde vive-- en octubre pasado. Me tomó algunas (decenas de) fotos para una base de retratos de escritores que está preparando. Yo le tomé algunas también, en venganza, con mi camarita de Spider Man, como la que aparece a la derecha.
Nos hemos comunicado desde entonces por internet, a través del correo y del chat, y hemos hecho una buena amistad.
En diciembre pasado me pidió que hiciera una nota introductoria para su libro, y me envió las fotografías que lo conforman. Un libro extraño, he de decirlo, como extraña es a veces su producción personal. Tiene un ojo bastante especial, que me gusta y me desconcierta, y fotografías que van del paisaje más limpio y directo hasta cosas de muy alto riesgo.
La invitación que envió por internet dice:

Je suis très heureuse de vous annoncer la sortie en librairie de mon livre de photos MéMoGraphies 9
(images de paysages sombres, avec une préface de Rafael Menjivar, impression sur papier photo, 30 pages, format 20x20cm, 25 euros, éditions EclectikLab).

Je serais ravie de vous retrouver autour d'un verre lors de cette soirée :

Lancement, signature et projection
vendredi 15 Février 2008
à partir de 19h
à la librairie Ouvrir l'Oeil
6 rue des Capucins Lyon 1er Métro "hôtel de ville"
parkings place des terreaux, stations vélov quartier terreaux

P.S : les amis des amis sont les bienvenus !
site de Mélanie Morand : http://melmorand.multiply.com
site de la maison d'édition Eclectik Lab : http://www.eclectiklab.com
blog de la librairie : http://ouvrirloeil.blogspot.com/
Tiene otra página de fotos en este link.
La invitación oficial es la que sigue:

Reproduzco el texto que escribí para el libro. (La versión en francés es cortesía de Thierry Davo. Gracias a él y a Mélanie.

[Aquí debe ir algún título, imagino. Ya veré cuando llegue mi ejemplar.]

El paisaje siempre está dentro.
Un buen fotógrafo debe buscar mucho más allá de lo evidente –las luces, las formas, los colores, los tonos de gris que opacan en sutileza a los más desaforados colores– y llegar al lugar exacto donde el paisaje se encuentra: dentro del fotógrafo mismo.
El paisaje está en sus miedos y rencores, en sus alegrías de infancia, sus terrores de adultez, en el aburrimiento necesario y olvidado de la adolescencia, en los contratiempos, enfermedades y satisfacciones de cada edad y de todas las edades. El paisaje, en fin, está en el fondo de un ojo que requiere la prótesis de una cámara para recordar, transformar, vivir, fijar un tiempo que corre a la velocidad de la crueldad y un espacio que ya no existirá después de esa fotografía. Y quizá nunca existió más que en el deseo del fotógrafo, o lo que haya quedado en el espacio que uno reserva para el deseo.
En las antiguas cartas de navegar, cuando llegaba el momento de dibujar lo desconocido, el cartógrafo colocaba una leyenda amenazante y a la vez esperanzadora: “Más allá hay monstruos”. No era una advertencia a los incautos: era una invitación a los aventureros, y no faltaron quienes descubrieron mundos nuevos o desaparecieron para siempre en el punto ciego del mapa; nadie dijo que la aventura siempre traería recompensas, o que no tendría sus castigos.
Los paisajes de Mélanie Morand son fragmentos de algo mucho más grande, de lo que no se encuentra sobre el papel, sino dentro de la fotógrafa misma. Son la entrada a lugares que sólo se prefiguran en esos violentos trozos de oscuridad apenas tocados por la luz. Son la tiniebla que está en todas partes, pero que se disfraza de colores y en la ilusión de que el universo es fractal, que todo está completo, que la vida es sólo la vida.
Más allá de los paisajes de Mélanie Morand hay monstruos. La advertencia está hecha. Pero –decía Borges, que lo dijo todo– un monstruo no es algo terrible, sino algo digno de ser visto, como las fotografías de este libro.
Bienvenidos al viaje.

¿Posición oficial de la UES contra La Casa?, columna y el poeta turco

Ayer domingo nos reunimos en con una grave preocupación: las declaraciones de David Hernández acerca de la "ridícula Casa del Escritor" y la repartición indiscriminada de títulos encontraron terreno fértil (perdón por el lugar común, pero la emoción me impide armar frases propias) en el carácter impresionable y sensible de Santiago Vásquez, de la República Democrática, Soberana, Morena, etcétera, de Santa Ana, quien decidió --Santiago, no la RDSetc-- retirarse del taller. Así lo señala en un conmovedor post publicado ayer mismo en su blog ZinQltura. Es una pérdida terrible para La Casa, aunque por suerte parcial; un rato después estaba en Los Planes --Santiago-- comiendo galletas y tomando Coca Cola de dieta y, como todos los demás, riendo y dándose mutuamente el título de "Doctor".
En algún momento se oyó, en el complejo sistema de altavoces de La Casa, que la enfermera de turno decía:
--Doctora Loida Pineda, doctora Loida Pineda, pase de emergencia a la sala de autopublicaciones.
Ella se excusó y fue a ver qué pasaba. Su reporte habla de un poeta que había autopublicado una plaquette una semana antes, pescó una septicemia rimática --la peor en el caso de quienes tratan de usar métrica sin conocer las reglas-- y no hubo modo de salvarlo. Guardamos 17 segundos de silencio --the show must go on-- y le dimos al taller.
Primero fue Érika, una compañera nueva, con tres sesiones a cuestas, que llevaba un poema corregido. Muy bueno. Luego, Sandra con un poema que ya antes habíamos conversado por internet. Está en un interesante cambio de registro, que rompe --para bien-- con lo que había hecho hasta el momento. Luego, Mario Zetino, que llevó uno muy extraño, como los que ha hecho últimamente. Algo de cirugía menor y quedó como todo lo suyo, es decir: digno de leerse. Y luego el pastel del día: leímos, ya terminada, la "unidad" de Ana, un poema en diecinueve partes inteligente, conmovedor, con un manejo de recursos francamente envidiable. Solemnemente dimos por terminada su participación en el taller, lo cual es bueno: es la culminación de un trabajo de --en su caso-- un año y medio, y fue recibido, como siempre, con alegría y un nudo en la garganta. Le devolví su poema(rio) y le dije:
--Éste es tu título.
Y, sí, ése es su título. Eso de andar dando y recibiendo cartones de poeta no es para escritores, digo yo. Cuando vea publicado su libro se completará el ciclo.
Y Vilma Osorio llamó desde Texas para avisarnos que viene durante un mes a El Salvador. Será un gusto grandotote verla el próximo domingo en el taller. Viene por su diploma de doctora, aunque ella terminó su unidad --un poemario delicado, hermoso y de gran poder percutivo-- hace ya bastante tiempo.
Además estuvieron Herberth Cea y Alberto Quiñónez, quienes desde hace algunos meses salieron del taller --y siguen llegando, claro-- y Luis Hernández, de la RDSetc. La constante fue reírnos de un asunto muy serio. Porque aunque uno se ría de las declaraciones de David Hernández, más para no enojarse que para pasarla bien, el asunto sigue siendo grave. Acerca de eso trata mi columna de esta semana en Centroamérica 21, que puede encontrarse en este link.
Aunque dije que no lo haría más, para no quitarle visitas a la revista, voy a reproducirla más adelante.
Antes, varias recomendaciones de Centroamérica 21.
Jacinta Escudos va con la segunda parte de la serie "El club de los escritores suicidas", e inicia con José Asunción Silva. Puede encontrarse aquí. Espero que la serie completa pueda ser publicada alguna vez en un libro; vale la pena. La columna de Krisma, en su muy especial estilo --que me gusta: ella y su estilo-- puede hallarse aquí. Y viene una entrevista con Héctor Dada Hirezi en la que explica los movimientos que ha hecho Cambio Democrático en busca de alianzas con el FMLN, y de cómo han fracasado hasta ahora.
En fin, va mi columna de esta semana.

El rector de la UES, ¿contra
La Casa del Escritor?

Rafael Menjívar Ochoa

El anuncio de que la Universidad de El Salvador nombraba a un nuevo director para la Editorial Universitaria, casi olvidada desde la ocupación militar de 1972, no podía sino ser una excelente noticia. El nuevo director, David Hernández, en su primera declaración, decía, según el titular de La Prensa Gráfica del miércoles 6 de febrero, que el único criterio de publicación sería la calidad, y que estaría abierta a toda la comunidad de escritores.
Más adelante, cuando se le preguntó acerca de si existiría un espacio especial para los escritores jóvenes y el papel de los talleres en su formación, dijo que reactivaría el taller alguna vez impartido por el escritor Ricardo Lindo, quien a su juicio utiliza un método adecuado para la formación de escritores jóvenes. Y es probable que sea cierto.
A renglón seguido, se declaraba en contra de lo que llamó “una ridícula Casa del Escritor, ubicada en Panchimalco, creo”, en la cual –dijo– se reparten “diplomas de poeta a quien llegue”, y que allí se maneja una actitud “doctoral” y “profesoral” con respecto a la poesía.
El ataque fue frontal e inequívoco, y constituyó una declaración de principios: la editorial está abierta para todos, con el criterio de la calidad, pero cerrada para la gente del taller de la “ridícula” Casa del Escritor, donde además se comete la ridiculez –lo sería si así fuera– de repartir diplomas de poetas “a quien llegue”.
Como director del proyecto, me parecieron declaraciones extrañas y apresuradas. Hasta donde me da la memoria, David Hernández no ha llegado nunca a La Casa del Escritor, no ha asistido a alguno de los talleres y, de hecho, nunca he conversado con él. Las pocas veces en que hemos coincidido he tratado de acercarme para conocerlo, y siempre desaparece en el último momento. Supongo que habrá sido distracción de su parte, y no que intente evadirme.
Independientemente de eso, y más allá de que me haya tocado en suerte planear y desarrollar el proyecto de La Casa del Escritor para CONCULTURA, la declaración de Hernández es grave. Sin conocimiento de causa, en una frase, descarta como posibles integrantes del catálogo de la Editorial Universitaria a un grupo de gente que trabaja en el que quizá sea el único centro de formación literaria profesional del país, con un número cada vez más amplio de publicaciones en diferentes lugares del mundo. (En El Salvador, por posiciones similares a la suya, es difícil publicar en las pocas instancias existentes.)
Lo más grave no es que Hernández exprese su punto de vista personal, a lo cual tiene derecho, sino que son las palabras inaugurales del responsable de publicaciones de la UES, nombrado por la nueva Rectoría para que sea generador y portavoz de una política institucional, y que sus palabras representan las ideas de las máximas autoridades universitarias.
Ése es su trabajo: definir líneas con respecto a la literatura –entre otros temas–, institucionalizarlas y concretarlas en un plan de publicaciones.
Es obvio que, mientras el nuevo Rector de la UES no lo desmienta, ésa será una de sus posiciones oficiales: el proyecto de La Casa del Escritor es “ridículo”, utiliza métodos inadecuados para la formación de escritores jóvenes, no se publicará a la gente que haya pasado por allí y además otorga diplomas “de poeta”, algo que va más allá de los fueros de La Casa.
Al día siguiente de sus declaraciones, Hernández pidió una disculpa por el “malentendido” y aseguró que no había hecho las declaraciones de mala voluntad. Pero en lo que dijo no hay ambigüedad. Se trata de insultos directos y cae en la difamación al atribuir a La Casa acciones que no están dentro de sus atribuciones.
Si Hernández fuera un escritor más experimentado, sabría que los títulos no tienen que ver con la creación literaria, y que los diplomas de un escritor son los libros que las editoriales –no ellos mismos– tengan a bien publicar.
Me da la impresión de que las declaraciones de David Hernández parten de algún asunto personal –y a la vez profesional– no resuelto conmigo, con todo y que nunca he platicado con él.
Desde 1990, Hernández ha declarado en repetidas ocasiones, a periódicos extranjeros y salvadoreños –tengo pruebas documentales–, que ganó el premio latinoamericano de novela “Ramón del Valle Inclán”, convocado por la desaparecida Editorial Universitaria Centroamericana (EDUCA) y el Centro Cultural de España en Costa Rica. El libro que habría merecido el premio es su novela “Salvamuerte”.
Lo interesante es que ese premio no lo ganó él, sino yo, con la novela “Los años marchitos”, que EDUCA publicó en 1990 en su colección Séptimo Día. Según el acta del jurado, incluida al principio del libro, Hernández obtuvo una mención, no el premio que se ha atribuido en los últimos dieciocho años.
Quizá sea un hecho tan nimio el que lo orille a atacar a La Casa del Escritor; quizá ha recibido alguna línea especial de las autoridades universitarias; talvez se trató de la emoción del momento, fuera cual fuera ese momento.
Lo cierto es que, según el modo en que funcionan las instituciones, los insultos, la difamación y la intención tácita de no incluir a gente de La Casa del Escritor en el catálogo de la Editorial Universitaria fueron proferidos por Hernández, pero el responsable de ellas y de sus consecuencias es su superior, el Rector de la Universidad de El Salvador.
Por ese motivo, además de escribir estas líneas para Centroamérica 21, estoy enviando una copia al Sr. Rector, y otra a David Hernández, en espera de una aclaración. Es importante que los compañeros de La Casa del Escritor –y eventualmente de otros talleres– sepan a qué atenerse cuando se enfrenten la publicación de su obra, o cuando se acerquen a la UES para asuntos relacionados con la literatura.
La UES, por cierto, es el alma mater de la mayoría de los compañeros, algo que hasta ahora los llena de orgullo.

9 de febrero de 2008

Correcciones al "premio" de David Hernández (y el poeta turco)

Estuve revisando links y en la página Cuscatlán ya no aparece David Hernández, en su ficha, como ganador del premio "Valle Inclán" de 1990. Antes decía:
Ha ganado varios certamenes de literatura entre ellos el Premio Nacional Magisterial de Cuento en El Salvador en 1976; Premio Latinoamericano de Novela en 1990 con "Salvamuerte" en Costa Rica; Premio Nacional de Novela El Salvador Alfagura 2004 con "Berlín años guanacos".

Ahora dice:
En 1971 fundó con otros poetas jóvenes el grupo y la revista literaria "Cebolla Púrpura" en San Salvador. Ha ganado varios certamenes de literatura entre ellos el Premio Nacional Magisterial de Cuento en El Salvador en 1976; finalista Premio Latinoamericano de Novela en 1990 con "Salvamuerte" en Costa Rica; Premio Nacional de Novela El Salvador Alfaguara 2004 con "Berlín años guanacos". Miembro de la Unión de Escritores de Alemania "Verband deutscher Schriftsteller" y del Colegio de Periodistas de Alemania IG Medien Fachgruppe Journalismus.
Algo se ha avanzado en el camino hacia la verdad. Por suerte conservo un screenshot de la entrada original, para que no (me) quepan dudas. Un error de los que hicieron la página, intuyo.
Pero en El faro hay una entrevista en la que sigue diciendo que ganó el certamen, no en 1990, sino en 1989. (¿Cómo resultó finalista entonces en 1990, si ya habia ganado?) No creo que los de El faro se lo hayan inventado o lo hayan sacado de otra parte... Eso es algo que David Hernández debería aclarar. Es bien fácil echarles la culpa a los periodistas, pero en este caso la entrevistadora es la académica Rhina Toruño. (A Rhina me la he encontrado en varios congresos y en varios países. Me parece un poco distraída en lo personal, pero es una fiera para los datos.)
Hay otras referencias en otras partes que en su momento, si viene al caso, sacaré a desempolvar.
Y a todo esto: ¿qué tiene que hacer aquí el poeta turco Omar Khayyam? Nada, obviamente. Nada más no me pasa la risa que me provocó leer que Hernández lo declaraba turco. Quizá se equivocó porque el nombre, buscándole un poco, se parece al de Nazim Hikmet, que sí es turco, aunque haya como 900 años de diferencia entre ambos. Todo es posible.
Sobre este tema habrá un poco más el lunes próximo, y me temo que será bastante serio, porque lo que ha dicho y hecho Hernández es bien serio, y me parece que no puede pasarse por alto.
Y quizá, como contrapunto, hable un poco de los entretelones del premio Alfaguara 2004, al menos de lo que me tocó ver. Son divertidísimos. Depende del ánimo del cual me levante el lunes o un día de éstos, y de si a Hernández (a quien le enviaré copia de este post, faltaría más) le parece correcto responder o no responder. Hasta ahora no ha respondido, y no lo culpo, pero tampoco lo excuso.

7 de febrero de 2008

El malentendido, yo no fui, fue Teté (y el poeta turco)

A partir de las declaraciones de David Hernández en el sentido de que hay una "ridícula Casa del Escritor" en "Panchimalco, creo"; que allí se reparten títulos a poetas y que nos manejamos de manera "doctoral" y "profesoral", escribí el post anterior y envié copia a La prensa gráfica y al propio Hernández, como haré con este post.
Patricia Cruz, de LPG, se comunicó conmigo para preguntarme acerca de las declaraciones de Hernández, y le respondí por escrito, porque ya he dicho por aquí que desconfío de las entrevistas telefónicas. Me dijo que la nota podía usar como base lo que hubiera escrito en este blog, y le contesté que estaba de acuerdo, siempre que se tomara en cuenta de que se trata de un blog personal, no institucional.
En la nota que aparece hoy, Cruz se dedica a hablar más bien de la validez de los talleres literarios, y parece no importar demasiado las serias acusaciones de David Hernández: lo "ridículo" de La Casa, lo de los diplomas, lo de lo doctoral y profesoral. La reportera habló de nuevo con Hernández, y su respuesta se limita a un par de líneas:
Consultado nuevamente al respecto, Hernández dijo que su comentario no fue con mala intención, por lo cual pidió disculpas por el malentendido.
No veo la buena intención en sus palabras, ni veo malentendido por ninguna parte. Se trató de un ataque directo en contra de La Casa, de sus integrantes y --lo menos importante-- de este servidor. Sólo con muy mala intención puede decirse lo que él dijo.
Lo más importante: su parca respuesta --esconder la mano después de tirar la piedra-- no respnde lo más importante: que en su primera declaración como director, aunque declara que la calidad es la única medida para publicar en la "nueva" Editorial Universitaria, está excluida de entrada la gente de La Casa, simplemente porque considera que el proyecto es "ridículo", sin que lo sustente. Lo reto a que lo haga públicamente, si lo desea a través de un debate abierto entre él y yo, con público y todo. Es el mejor modo de ponerse de acuerdo.
Hay un punto que quiero destacar: Hernández fue nombrado por las autoridades de la UES para que definiera la política editorial de la Universidad de El Salvador. Su posición es la posición de las nuevas autoridades univesitarias. En lo que diga, representa al nuevo rector, y se espera que ésa sea la política oficial de la UES. En este caso, muestta una intención excluyente, a priori, de una cierta cantidad de gente que por algún motivo a Hermández le cae mal o considera no digna de publicación.
Hay que preguntarlo: ¿es ésa la posición de las autoridades de la UES? ¿O es una boutade de Hernández para caer mal, sin importarle que sea un empleado público que debe ser inclusivo y hacer valer su palabra en el sentido de que sólo privará la calidad?
Y no responde nada acerca de algo que me parece mucho más que un error --es decir ignorancia de su parte--: lo del poeta "turco" Omar Khayyam, que en realidad es persa, algo que cualquiera que se dice esritor o editor debería saber. Y por qué durante años ha sostenido que ganó un premio literario que gané yo, en el cual él quedó apenas como uno de los finalistas. No veo malos entendidos ni buena voluntad tampoco en eso. Veo a alguien que quiso lucirse a costas de otros, de manera innecesaria, y que ahora quiere zafarse con un "no fue de mala intención", cuando el daño está hecho. Ese daño pone en cuestión las intenciones de las autoridades universitarias.
Transcribo a continuación la entrevista que me hizo Patricia Cruz por correo electrónico. Me parece que el enfoque que le dio a la nueva nota --que puede encontrarse en este link-- se queda si acaso en la superficie. Lástima para LPG.
Va la entrevista.
¿Qué papel juegan los talleres literarios en la formación de los jóvenes escritores? (esta es la misma pregunta que le realicé a Hernández)

Depende, obviamente, del taller, de cómo se enfoque y de los propios escritores.
Los talleres más frecuentes son los dirigidos por un escritor con alguna experiencia, basados en ejercicios y lecturas estandarizados. Me parece que no son muy efectivos; generan gente que sabe escribir ejercicios y adquiere una cultura literaria un poco más amplia, pero no más. En El Salvador hay un fenómeno interesante: talleres "horizontales", en los cuales todos los talleristas trabajan sin la ayuda de un escritor fogueado. Me parece que hay un riesgo con ellos: no existe el método que pueda proporcionarles un escritor profesional, y eso puede llevarlos a inventar cosas que fueron inventadas hace mucho o --como ha ocurrido-- en el academicismo, la ideología o la mala poesía.
El taller de La Casa es una mezcla de ambos, y un poco más. Hay un escritor experimentado que coordina las reuniones y transmite sus conocimientos, pero funciona de manera horizontal. El punto de partida es que todos somos escritores, pero estamos en diferentes etapas del mismo proceso.
Los talleres pueden ser vitales para un escritor, a otro pueden arruinarle la vida y a otro no servirle de nada. Un escritor lo será con talleres o sin talleres. Quizá un taller como el de La Casa ayude a alguna gente a ahorrar tiempo en el proceso de formación, pero no generará a escritores que no lo sean de antemano. La mayor parte de los que llegan a La Casa ya tienen tiempo escribiendo, y tienen una obra en marcha; lo que les falta es aprender algo de técnica, métodos de trabajo, intercambiar ideas y práctica.

2. Uno de los objetivos de la Casa del Escritor (según el material en la web) dice que es apoyar la formación de escritores profesionales "con conocimientos técnicos sólidos y un buen estándar mínimo de calidad". Específicamente ¿en qué consiste el taller literario que se brinda en la Casa del Escritor? ¿cuál es ese estándar mínimo de calidad?

El arte no se transmite en un salón de clases, sino de persona a persona. Es un asunto bien medieval: aprendiz, oficial y maestro. Es el oficial el que transmite el oficio, de allí el nombre. Los maestros son los grandes escritores: Vallejo, García Márquez, Shakespeare, Eliot...
Aunque el taller es colectivo, hay un escritor que transmite sus experiencias y conocimientos. No a todos, sino a cada uno, según lo necesite; los demás están presentes y, en su momento, todo está a discusión, y cada quién saca lo que le parece, le sirve o le conviene. Ése es un punto importante. La idea es que cada escritor busque su propia voz, y la encuentre. El intercambio con otros escritores de mayor o menor experiencia ofrece algunos parámetros, y las lecturas y discusión de lecturas da muchos más. En realidad se trata de escritores que trabajan individualmente, y se reúnen para intercambiar conocimientos, trucos, avances...
El estándar mínimo es... híjole... poco explicable. El objetivo del taller de La Casa es la escritura de una unidad (poemario, novela, libro de cuentos) que pueda pasar por el filtro de un consejo en cualquier editorial, no sólo salvadoreña, sino de cualquier parte. Los parámetros evidentemente los doy yo; soy quien tiene más experiencia en el tema.


3. ¿La Casa del Escritor brinda algún tipo de certificación a los participantes al finalizar el taller literario?

En absoluto. Los "diplomas" de un escritor son sus libros. Me parece ridículo decir que se pueda dar un diploma que certifique a alguien como escritor. Sería irresponsable.

4. Hasta la fecha ¿cuántos libros, revistas o plaquettes con las obras de los participantes en el taller de la Casa del Escritor se han publicado?

La Casa no ha publicado más que algunas plaquettes, para el día de la inauguración, en 2003. No todos los publicados eran de La Casa.
Me parecería que hay conflicto de intereses si La Casa publicara a sus integrantes. Creo que deben buscar por su cuenta, y no autopublicarse; es el modo más fácil de desperdiciar un buen trabajo o de difundir uno malo. Un escritor escribe, una editorial publica. Me parece que no será la Editorial Universitaria la que publique a nadie de La Casa, por lo que dice David Hernández, pero para eso está el resto del mundo.
Cinco años son pocos para la formación de escritores, pero ya están publicándose los resultados del taller. Están *La era del llanto* (DPI) y *Viaje al imperio de las ventanas cerradas*, de Krisma Mancía; este último obtuvo un premio internacional de editorial La Garúa, en Barcelona. Acaba de publicarse en Guatemala la novela *Las flores*, de Denise Phé-Funchal, y está a punto de publicarse en la misma editorial una novela de Vanessa Núñez Hándal. Ambas están en F&G Editores, que es de lo mejor que hay en Centroamérica.
Casi todos los compañeros de La Casa han publicado en el Suplemento Tres Mil, del Colatino. La revista Cultura ha publicado también obras de unos ocho o diez. Tres compañeras han publicado en revistas de Barcelona, y se las ha traducido al catalán; también hay publicaciones en revistas de Argentina, Perú y Guatemala. Ahora se está preparando un número de una revista mexicana, en Sonora, dedicada a poetas jóvenes de La Casa. Hay libros esperando fallos en concursos, y otros esperando aprobación o fecha de publicación en varias editoriales y países. Digamos que, hablando sólo de libros, se han producido hasta la fecha unos 25 por parte de compañeros de La Casa, más los que están en proceso. Como El Salvador no es el lugar con más editoriales y revistas literarias --y algunas de ellas, como resulta obvio, están cerradas para nosotros--, en lo que se está trabajando es en la proyección internacional.
Insisto en algo: no conozco a David Hernández. No sé quién le haya dicho cosas tan extrañas de La Casa. Si desea, lo invito a que vaya a visitarnos un domingo por la tarde, para que vea cómo se trabaja. Quizá cambie de opinión, quizá no, pero al menos podrá hablar con conocimiento de causa.
Me resulta triste, por otro lado, que llegue a un puesto tam importante haciendo declaraciones excluyentes, a priori. Él representa la posición de la UES con respecto a la literatura. Si ésa es la posición de las autoridades actuales, no se habrá avanzado mucho. Si no lo es, que lo aclaren. Creo que sería lo correcto.


Estoy enviando copia de este post nuevamente a La prensa gráfica y a David Hernández, como corresponde.

6 de febrero de 2008

¡Doctorados en poesía en La Casa! (O David Hernández y el poeta turco)

Lo que es la maña de hablar de lo que uno no sabe, y ni siquiera preguntar para averiguarlo... A veces con una llamada telefónica basta. Y lo que es también plantearse metas no con base en objetivos propios, sino como contraposición y por enfrentamiento a otros, que allí están y no le hacen daño a nadie.
Pero bue... Siempre hay cola que cortar y tela para envolvernos a todos.
Hoy aparece en La prensa gráfica el anuncio de que David Hernández es el nuevo director de la Editorial Universitaria (de la UES, se entiende), y me da gusto de que por fin a alguien se le ocurra reactivarla; lo que ha habido en los últimos treinta o más años han sido cosas aisladas, y a veces la utilización politica o personal de un recurso bien importante para todos. En los años sesenta y setenta, junto con la DPI, las mejores apuestas para la literatura nacional y centroamericana salieron de allí, gracias al impulso inicial del nunca lo suficientemente citado Ítalo López Vallecillos.
Y, bueno, David Hernández parte de premisas fuertes, como que tiene "la impresión de que la clase política nuestra —de izquierda, de derecha y de centro— es inculta, es analfabeta, ese creo que es uno de los problemas" para que la Editorial Universitaria esté inactiva. Y es un punto de vista; no son los políticos quienes están obligados a publicar libros, sino los editores y escritores y lectores a presionar para que ocurra, y eso se hace organizándose pero, sobre todo, escribiendo bien. También dice que "no me gustaría pasar a la historia universal de la infamia como editor de malos libros", lo cual es loable; habrá que ver su experiencia al respecto y, como siempre, será su trabajo el que lo valide o lo crucifique; así nos pasa a todos.
Casi en la parte final de la entrevista, escrita por Patricia Cruz, se lee, con todo y faltas de redacción y brincos conceptuales:
¿Habrá un programa de apoyo para escritores jóvenes?

Yo creo que el escritor siempre es joven, para empezar; creo que toda obra de arte es misteriosa y tiene vida propia, si es buena se publicará dentro de dos meses o dos siglos, pero pienso reactivar un taller de letras —el que dirigía Ricardo Lindo—, lo voy a trasladar a la editorial, puede ser una cantera para publicar a los escritores jóvenes. Por otro lado lo más importante son las lecturas que se recomiendan, por ejemplo Lindo estuvo leyendo poemas del turco Omar Cayan, los maestros latinoamericanos Julio Cortázar o Vargas Llosa, esto crea un contexto para que el escritor naciente vaya depurando su obra y tenga parámetros con quien medirse.

¿Qué papel juegan los talleres literarios en la formación de los futuros escritores?

En el caso del taller de la UES es abierto y al contrario de una ridícula Casa del Escritor —que existe en Panchimalco creo (está en Los Planes de Renderos)— donde dan títulos de escritores a los que llegan, aquí a lo que se venía era a discutir abiertamente, a leer los poemas y a comentar, creo que ese intercambio es positivo, sin afán profesoral, de doctor de poesía.
Hay cosas de bulto que a lo mejor se le pasaron a David Hernández por la prisa con la que a veces ocurren las entrevistas, por ejemplo que el turco Omar Cayan no era turco, sino persa, y la reportera no sabría que no es escribe Cayan, sino Khayyam (en el peor de los casos, Cayán, vaya), autor de las famosas Rubaiyat, Rubaiyats o Rubaiyatas, una forma poética de hace como mil años, la época en la cual vivió el "turco" en cuestión. (Encontré una carnicería y restaurante llamada Rubaiyat. ¿No es tierno? Quizá el dueño fue reportero, editor o escritor fallido. Puede encontrarse aquí. En Costa Rica, concretamente en La Calle de la Amargura de San Pedro, había un restaurante decente y bebedero de universitarios que se llamaba Omar Khayyam. Allí acostumbraba --yo, porque el poeta ya estaba muerto-- reunirme y platicar con amigos. Se llamaba así, curiosamente, porque era el nombre del dueño, además de la referencia obvia al... uh... turco.)
También es de pasarse por alto el pequeño festival del eufemismo, como que "el escritor es siempre joven", que yo le cambiaría por "el escritor, cuando es escritor, es siempre escritor" y le añadiría un par de tapitas de Coca-Cola intercambiables por un boleto para la rifa de un walkman; que "toda obra de arte es siempre misteriosa", lo cual está bien para quien no sabe leer lo que hay detrás de las palabras, y que "tiene vida propia", lo cual es cierto sólo si se trata de una obra de arte, es decir: si es buena.
Luego, y esto ya es una apreciación personal, está el viejo mito de que "el contexto" de una obra es tanto o más importante que la obra misma. Pienso en E.M. Foster, que en Aspectos de la novela hace un análisis de la novela inglesa no según sus periodos, tendencias o contextos, sino --al fin y al cabo escritor-- de acuerdo con sus temáticas, recursos técnicos, manejo de lenguaje, etcétera. Foster imaginaba a todos los novelistas ingleses sentados alrededor de una inmensa mesa, lado a lado Thackeray con Virginia Woolf, Tristam Shandy con Lawrence, haciendo lo que sabían hacer. Y este enfoque lleva a algo interesante: el "contexto" apenas determina ciertas cosas en el fondo no muy importantes, como convenciones de lenguaje, diferencias de tecnología, ciertos hechos históricos... Lo demás es devenir humano, y "el contexto" juega un papel de disparador de algunos mecanismos de los personajes, si acaso, pero no explica literariamente nada. Eso es trabajo de los académicos, que no siempre saben mucho de literatura y sí de fechas y "contextos".
Como sea, el lector ya habrá notado lo de "ridícula Casa del Escritor", donde damos títulos de escritores "a los que llegan", mientras que "allí" --en el taller que existía-- se llegaba a "discutir abiertamente, a leer los poemas y a comentar".
No sé qué le habrán dicho a David Hernández acerca de La Casa --nunca ha llegado por allá--, pero me parece que debería informarse de primera mano. No sé por qué considera ridícula una simple casa, así haya sido de Salarrué; es una casa como cualquiera, nomás que pintada de amarillo y con un rótulo muy bonito en azul y sepia, al que llega gente que quiere profesionalizar su escritura. Y el modo de profesionalizarla es... bueno... escribiendo, discutiendo abiertamente, escribiendo, leyendo mucho, escribiendo, teniendo paciencia, escribiendo, aprendiendo a distanciarse de su obra, escribiendo, aprendiendo a tomar los recursos de los maestros --o sea Eliot, Vallejo, Pasos, Hernández el de verdad, Huidobro-- y escribiendo.
Que yo sepa --habrá que denunciarlo si es así, y yo le ayudo-- no se le da ningún título a nadie por el simple hecho de llegar al taller, ni siquiera cuando sale del taller (todos tarde o temprano deben salir del taller). Los títulos de un escritor son sus libros, y se diferencian de algo en los títulos universitarios. En éstos se hace constar que alguien estudió algo, es decir: que cursó ciertas materias y las pasó con calificaciones mínimas; no se habla de la calidad de tal ingeniero o filósofo. En los libros ya viene la obra incorporada, y su calidad, y puede saberse --con sólo algunos parámetros de por medio-- si es un buen escritor, un regular escritor o un farsante.
Y no he visto un "afán profesoral, de doctor en poesía" en ninguno de los compañeros de La Casa. Lo que sé es que escriben poemarios --los poetas--, novelas --los novelistas-- y cuentos --los cuentistas--, y que ya empiezan a publicarse sus cosas porque, vaya, el título trae incorporada la calidad, y esa calidad es buena, y a los editores, consejos editoriales y jurados les gusta. Si David Hernández se toma la molestia, con gusto le enseño el resultado de cinco años y medio de trabajo, le explico lo que es calidad y de paso lo dejo que revise mi oficina para que vea que no hay diplomas de doctor en nada; ésos sólo pueden repartirlos las universidades, y hay quien a veces se los inventa. (El esposo de una tía tenía una pared llena de diplomas, que compraba en tiendas de bromas y trucos, y él mismo los llenaba a mano, con letra torpe. Era médico en varias especialidades, abogado, contador público y no sé cuántas cosas más. Un día llegó un amigo de su hijo, sin saber que era su hijo, y le dijo: "¡Mira qué coincidencia! ¡Tu papá es compañero mío en la universidad!" El amigo en cuestión iba en segundo de derecho, y el esposo de mi tía llevaba allí como veinte años. Sic transit gloria mundi.)
Y no todos los que llegan a La Casa se quedan, porque no les interesa o no es su rollo, ni a todos se les daría título si se me ocurriera la estupidez de repartir cosas. (Coca-Cola de dieta y pan sí hay todos los domingos.) De cerca de 110-120 personas que han pasado por La Casa, se han quedado alrededor de 30, y de ellas unos 20 ya han terminado libros o están a punto de hacerlo. Los demás aún tienen poco tiempo trabajando con nosotros, o se toman el oficio con paciencia y le han apostado a un tiempo más largo.
Lo que veo, por las primeras declaraciones de su nuevo director, es que la cosa de la Editorial Universitaria promete ser excluyente; desde ya está descartado que alguno de los "doctores" de la "ridícula" Casa del Escritor pueda publicar allí. Lástima. No por la publicación --los compañeros tienen calidad para moverse donde los pongan--, sino porque en serio que la Editorial Universitaria no fue pensada para eso, ni fue así en sus mejores tiempos, que al parecer deberán esperar para volver. Espero equivocarme. Espero que David Hernández --a quien por cierto no conozco; las veces que hemos estado en el mismo lugar parece evadirme-- sólo haya dicho lo que dijo, incluido lo del poeta turco, en la emoción del nuevo nombramiento. Y ojalá que la emoción se le baje pronto y se ponga a trabajar para todos, que es lo que se esperaría de un escritor en un cargo público. Empezar con un enfrentamiento tan abierto, con gente que no le ha hecho nada, no suena prometedor. Ya no para los de La Casa, sino para quien a él le parezca "ridículo", descontextualizado o vaya a saber.
A propósito de ridiculeces: si David Hernández quiere ir a La Casa y comprobar que lo que dice no es cierto, podríamos aclarar el asunto de que él se ganó un premio de novela que me gané yo en 1990, el "Valle Inclán" de novela de EDUCA y el Centro Cultural de España. Lo ha repetido durante muchos años en varios idiomas y países, y ya sería hora de sincerarse, y de paso puede dejar de evadirme y quizá podamos platicar. A lo mejor los periodistas lo han malinterpretado.
Para quien quiera "el contexto", léase la segunda parte de un post que escribí hace un año, el 29 de enero de 2007, titulado "El imbécil, el cerdo y el error". La parte del error es la dedicada a David Hernández; viene debajo de los asteriscos.

¡Corrección! ¡Es el 26!

Raúl Figueroa Sarti, de F&G Editores, envía una corrección: la presentación del libro de Denise Phé-Funchal no será el martes 20 de febrero, sino el miércoles 26. Pongo otra vez la invitación, con la fecha corregida, para que conste:

5 de febrero de 2008

Sobre Las Flores, de Denise

Lillian Fernández Hall, amiga --ya lo es después de un año de correpondencias-- argentina que vive en Suecia, acaba de publicar en una revista de México --¡obvio!-- una nota acerca de Las flores, la novela de la guatemalteca Denise Phé-Funchal, compañera de la muy salvadoreña Casa del Escritor. ¿Quién dice que la globalización no tiene sus cosas?
La nota se llama "El implacable ojo de Dios (o del diablo): la mirada omnisciente en
Las flores de Denise Phé-Funchal". Puede encontrarse en este link. Y, sí, el 20 de febrero es la presentación en la librería Sophos, de Guatemala, en Avenida Reforma, y me toca el honor y el orgullo de estar en ella junto con Javier Payeras y la propia Denise.
Para que no quepan dudas, allí está la invitación distribuida por F&G Editores:


Lillian publicó hace cosa de un año una reseña de mi novela Cualquier forma de morir, publicada por la misma editorial. Se puede encontrar en este link. Gracias a ella por intererse en la literatura de estos países que algo bueno tienen, pero nadie sabe muy bien dónde están.
F&G publicará también, en las próximas semanas, mi novela Trece. Ya les avisaré.

4 de febrero de 2008

Miguel Bonilla y columna

Hace poco más de un año escribí un post por el cumpleaños de mi padre (tendría 73 años desde el 3 de enero pasado), titulado De cumpleaños y para la historia, y puse la siguiente foto:

En la foto aparecen Salvador Cayetano Carpio, mi padre y Salvador Samayoa, y no sabía quién era la otra persona que estaba con ellos, de barba y vestido de negro. Hoy me llegó un comentario que publico aquí, para que no se pierda:
La otra persona en la foto, a parte de tu padre, con quien tuve el placer de viajar un par de veces, se encuentra Miguel Bonilla, quien cayera meses después en Chalatenango. Tu padre fue un gran amante del pueblo.
Tito
Gracias por el dato, que es importante para la historia y para mi historia particular.
Mi padre no era amante del pueblo; era del pueblo. Hijo de obrero, trabajó de lo mismo para pagarse sus estudios. Varias personas me han dicho que no entienden cómo podía llevar una relación tan estrecha con Carpio --además de la familiar--, y la respuesta es que venían del mismo lugar.
Y, sí, fui el primero de la familia al que le tocó nacer en la clase media. Alguna vez --bueno, muchas-- hubo quien quiso que me avergonzara de eso, pero no funcionó. Hubo un montón de gente que sudó para que fuera posible. Eso sí, que no me pidan que pase al siguiente nivel social; soy pésimo para los fraudes, no me gusta explotar gente y no sabría qué hacer si los 10,000 trabajadores de mi fábrica se ponen en huelga.
Ya dije.

* * *

Mi columna de hoy en Centroamérica 21 trata acerca del errático papel que ha jugado Cambio Democrático en los últimos meses. Me parece que deberían sentarse a pensar bien qué quieren como partido, si algo quieren, y lo más importante: cuál esperan que sea su papel en beneficio del país. Creo que ése es el "detalle" que se les ha olvidado: el país. Mucha politiquería últimamente, y de gente como ellos es de esperarse mucho más, sin duda.
La columna puede encontrarse en este link.

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Corrijo: sí sabría qué hacer si tuviera una fábrica con 10,000 trabajadores y se pusieran en huelga. Pero no quiero. Me gusta escribir novelas, así que ya me perdonarán mis hijos que no los haga oligarcas.

2 de febrero de 2008

Ahora soy artista plástico conceptual

Después de escribir una serie de artículos acerca del "arte conceptual" en Centroamérica 21, recapacité y me dije:
--Mí mismo, vas por el camino equivocado. La literatura no te va a llevar a ningún lado, y si te lleva va a ser muy de vez en cuando. Apenas 18 años después de publicar en Francia te invitaron por primera vez, mientras que, si te dedicas a las artes plásticas, con una sola cosa que se te ocurra vas a andar en bienales, trienales y exposiciones colectivas en todo el mundo sin necesidad de trabajar demasiado. Porque seamos francos: esa pinche novela que estás escribiendo va para largo. Sí, ya llevas tres meses y medio. ¡Tres meses y medio!, y ni siquiera has terminado la primera parte. (Al menos ya sabes de qué va la segunda, y hace una semana no tenías ni zorra idea. Pero ¿te das cuenta de cuál es el punto?) ¿Para qué quebrarte la cabeza si con el Photoshop se pueden hacer maravillas en dos o tres minutos? Acuérdate de la nota aquella que publicó La prensa gráfica acerca de la foto que tú dijiste que era plagiada. ¿Qué vas a saber de eso? Por más clases que tomaste de dibujo (dos años), no lograste hacer algo parecido a un retrato; cuando te ponías a copiar caras, te salían naturalezas muertas, y ni siquiera viceversa. Así que allí tienes: artista plástico conceptual. Vete a Corbis, regístrate, agarra unas fotos, les das una intervenida rápida y al carajo, total ¿quién va a saber que no sabes nada de pintura y muy poco de fotografía? Eso sí: tienes que aprender a pronunciar bien la palabra "sinergia", porque lo que tienes que lograr es que tus obras sean sinérgicas. ¿De acuerdo? De acuerdo.
Así que me fui a Corbis --universalidad ante todo--, agarré algunas cosas más o menos al azar y me puse a procesarlas en el Photoshop. Fue difícil al principio, y me devané los sesos durante por lo menos dos minutos antes de saber qué hacer en cada caso para que una simple foto se convirtiera en una Hobra de Harte (la H reverencial es de Cortázar) y así entrar en el restringido grupo de los sinérgicos. De ahora en adelante, pues, firmaré como "escritor, periodista, traductor y pintor" (ya quedamos en que músico no soy, aunque en los links de al lado puede encontrar mi página en mp3.com: "Vanidad, mi pecado favorito", que diría Al Pacino.)
Voy a contar en lo que voy hasta ahora, y cómo ha sido mi complejo y sinuoso aprendizaje.
Lo primero fue encontrar algo que fuera pop, y a la vez retro, y a la vez irónico, y a la vez solemne, y a la vez poderoso, y a la vez ridículo, y a la vez concreto. Y la respuesta, como lo habrán adivinado, fue Charles Atlas, aprovechando que estoy dándole una releída a los cuentos de Charles Atlas también muere, de Sergio Ramírez. Asi que comencé con la famosa foto de Bettmann:

¡Perfecta! ¡Si hasta viene en la portada del libro, como pueden ver en el post inmediatamente anterior!
Ahora bien: ¿cómo expresar lo que dije antes --no pienso volver a copiarlo, así que por favor reléanlo; tampoco recuerdo lo que era, pero en su momento tenía sentido--, todo al mismo tiempo, y crear una obra conceptual irrepetible, única, y sobre todo mía, que pueda firmar sin que el tal Bettmann venga a reclamarme y sin que tenga que darle crédito?
(¿Quién será Bettmann, a todo esto?)
Creé un par de layers en el Photoshop, les puse unos efectos que ya no recuerdo --se trata de una obra única e irrepetible, no olvidar-- y el resultado fue el que sigue:

(c) Rafael Menjívar Ochoa, 2008.

Me gustó que la cara de Charles Atlas se pareciera a la de un payaso, el rojo indica muchas cosas: lo satánico, lo caliente, lo que sea; ya después podría encontrar una explicación sinérgica. Hubo dos problemas serios:
1. Me tardé 17 minutos en crear mi primera pintura conceptual.
2. El resultado es demasiado complicado y nadie va a entender.
Así que opté por la sutileza, y creé la versión moralista --es una ironía, desde luego-- de Charles Atlas, que reproduzco a continuación:

(c) Rafael Menjívar Ochoa, 2008.

Tiempo de elaboración: tres segundos.
Pero las ideas siguieron surgiendo y, como contraparte, creé la versión pornográfica (cuatro segundos; el rojo es más difícil de manejar que el blanco):

(c) Rafael Menjívar Ochoa, 2008.

Y vino otro problema: en realidad lo que quiero es ganarme un premio, porque no me han aumentado el sueldo más que 20 dólares netos en los últimos seis años, y las cosas suben de precio no les cuento a qué velocidad. Dos o tres mil dólares extra nunca caen mal, y quizá pueda optar a la versión para viejos del premio joven del Centro Cultural de España. (Ellos sabrán cómo le hacen para premiarme.) Así que hice una versión menos audaz, pensando --mísero de mí-- en el maldito dinero:

(c) Rafael Menjívar Ochoa, 2008.

Hizo falta alargarle un poco la sombra a Charles Atlas, para que el resultado fuera sinérgico, pero no creo que los jurados se den cuenta; van a quedar atrapados por el concepto, y lo mejor es que ni siquiera voy a tener que explicarles nada. Ellos solitos lo van a encontrar, y cuando me lo digan voy a decir: "Sí, claro, era precisamente lo que pretendía."

* * *

Después de entender el modo de hacer arte conceptual --la práctica es la mejor maestra--, me puse insolente y tomé la foto más plagiada y robada del universo: la que Alberto Korda tomó en 1960 del Che Guevara. Si hay que ponerse radical, hay que ponerse radical, qué demonios:

(C) Alberto Korda, 1960.

¡Y a intervenirla y sinergizarla se ha dicho!
La primera versión fue un tanto obvia, porque el rojo simboliza el comunismo, las luchas de los pueblos, etcétera, pero era algo que había que poner en evidencia en estos momentos en que los valores de la izquierda se han ido perdiendo, etcétera. Mi pintura es un enrostramiento de lo mal que andan las llamadas organizaciones populares, y un recordatorio a la derecha de que el pueblo unido jamás será vencido:

(c) Rafael Menjívar Ochoa, 2008.

Pero tampoco se trata de asustar mucho a la gente, ni de hacerse de mala fama, así que creé otra versión que titulé "El Che ecológico". Igual el verde es el color de los demócratas cristianos, y quizá logre llamar su atención y crearles una visión diferente del Guerrillero Heroico y hacer que lo acepten en su iconografía particular, en el caso salvadoreño junto a José Napoleón Duarte y a Rodolfo Parker:

(c) Rafael Menjívar Ochoa, 2008.

* * *

Llegó el momento en que me puse de verdad insolente. Mi tercera obra ya no sería tan condescendiente, sino ruptural. (La palabra es fea, pero vieran que funciona si uno pone la mano como garra y aprieta los dientes mientras la dice.) ¿Andy Warhol intervino cosas ajenas y las firmó con su nombre? Pues a hacer lo mismo. ¡A matar al maestro! ¡Muera Andy Warhol y viva el mole de guajolote! (No se me ocurrió una versión salvadoreña. Además el lema es de los estridentistas --"Muera la cultura europea y viva el mole de guajolote"--, y decidí apropiármelo, intervenirlo y ponerle copyright, así que cuidado con usarlo sin mi permiso por escrito.)
Como hay que saber de lo que habla uno, busqué El grito, de Edvard Munch:

Me pareció bueno, aunque no pude dejar de notar la decadencia burguesa del tema y el enfoque psicoanalítico un tanto extremo y burdo, que Warhol resolvió de las siguientes maneras:

¡Eso es la verdadera vanguardia!, pensé. ¡Así se hace arte!
¿Cómo romper con el maestro? Sencillo: eliminando lo obvio. Y lo obvio es el color. En dos segundos --luego de una advertencia del Photoshop de que se perdería toda la información de la imagen en RGB--, obtuve quizá lo más provocador que haya hecho, escrito, musicalizado o pensado en mi vida:

(c) Rafael Menjívar Ochoa, 2008.


* * *

A esas alturas estaba agotado, porque además en la tarde vinieron los compañeros del taller de video, antes de eso estuve trabajando en la novela en la que ya llevo ¡tres meses y medio!; antes hice un almuerzo conceptual --es decir: fui a la tienda a comprar crema mientras Krisma calentaba la pasta que sobró ayer-- y antes de eso me levanté temprano. Así que dejé para el final un ligero ejercicio de estilo, también con la intervención de una Hobra Hemblemática de Warhol:

Nótese cómo en mi obra hay temas de Warhol que pasan a un segundo término, como el asunto de la raza y el color, tan sensible para algunos, y cómo Alí cobra una nueva dimensionalidad transgénica inimputable a su causalidad intrínseca:

(c) Rafael Menjívar Ochoa, 2008.

En fin, que en sólo unos minutos me hice de un oficio nuevo y más redituable que "los otros", que me han llevado más de treinta años de aprendizaje, y no veo para cuándo terminar. Sé que los artistas plásticos más destacados del país --es decir los conceptuales-- estarán contentos de que me retracte de mis desvaríos anteriores y los acompañe por el verdadero camino y acepta a Warhol y Yoko Ono como mis salvadores personales.
Ahora que, si me lo preguntan, no le encontré mucho la gracia a eso de andar coloreando fotos. Me imagino que es porque todavía no me he comprado una boina y una bufanda.
Seguiremos informando.

1 de febrero de 2008

¡Libros, libros!

Ahora el trabajo de La Casa del Escritor está llegando a un punto bien interesante: la mayor parte de los compañeros está terminando --o ha terminado-- sus trabajos, y ya está en marcha el proceso de publicación, después de años de trabajo. (Cinco y medio en mi caso; los compañeros que han terminado su trabajo lo hicieron después de entre un año y medio y tres años; hay varios pendientes aún.) Los poemarios, libros de cuentos, novelas, etcétera --sí, hay etcéteras-- son de calidad; no veo uno solo que no pueda pasar un buen consejo editorial, y todo será cosa de tiempo y un poco de promoción, que es en lo que ando.
Aún hay varios compañeros activos en el taller, pero ya no son quince o veinte al mismo tiempo, como en los momentos más fuertes, sino seis o siete. Viene el cierre de una etapa, y la apertura de otra de la que hablaré en el momento (im)pertinente.
Eso significa que por ahora tengo, si no más tiempo, más energía para leer cosas por fuera de los textos de los compañeros. Han sido cinco años de leer apenas lo básico, y de buscar más bien libros y textos que tuvieran que ver con el taller y poco con lo que pudiera necesitar el viejo yo. (Vaya, después de todo sigo siendo escritor en activo. Pero ha valido la pena, qué diablos.)
Antes de meterme en otras cosas --tengo algunos pendientes en video, música y qué sé yo--, he estado reservando ratos libres para leer lo más que se pueda y para escribir después de casi dos años de no darle a la ficción. No es una queja; es un recuento, y así está y ha estado bien.
Lo anterior es una introducción innecesaria para decir que ayer me llegaron tres libros que amablemente me envió Juan Ignacio Calcagno, director de Ediciones El Andariego, una pequeña --e intuyo que heroica-- editorial argentina con pocos libros, pero bien escogidos dentro de sus objetivos, y sobre todo --perdonarán lo formalista-- muy bien editados.

Entre los libros que me llegaron está Charles Atlas también muere, de Sergio Ramírez, uno de mis favoritos de él, que leí recién salido, publicado por Joaquín Mortiz. (Hace unos días lo mencionaba en un post dedicado a De tropeles y tropelías.)
La portada es sensacional: incluye una de las historietas publicitarias del sistema de tensión dinámica de Charles Atlas, el hombre más perfectamente formado del mundo. Es sorprendente que aún exista el curso y todo lo demás, publicidad incluida. La página oficial de Charles Atlas puede encontrarse en este link. He de confesar que en una época, en mi ya bien lejana adolescencia, me puse a trabajar con el dichoso método, y de verdad funciona, en especial si uno paralelamente se pone a levantar pesas y a hacer karate. Después, ya cuando las feromonas se han apaciguado, para las horas que se pasa uno frente a la computadora escribiendo, no tiene precio, dicho sea sin mucha ironía.
Pero el libro no trata de eso. Cuatro de los relatos, quizá los mejores, tratan acerca de los mitos y ritos de las burguesías originarias de estos nuestros países, ésas que están en la frontera exacta entre lo solemne y lo ridículo, que a veces son exactamente lo mismo. Mi favorito es "A Jackie con nuestro corazón", que trata del día en que se corre el rumor de que Jacqueline Kennedy / Onassis llegará a Nicaragua, y el tout Managua se pone a preparar una recepción que incluye la compra del Queen Elizabeth para recibirla en alta mar y qué sé yo. "Nicaragua es blanca" habla acerca del día en que un meteorólogo anuncia que nevará en Nicaragua, y los mismos del cuento anterior se ponen a prepararse para una nevada a cuarenta grados a la sombra. Sensacional.

El que comencé a leer de inmediato, y ya llevo avanzado, es uno con documentos de Augusto C. Sandino. (Para el registro: la C. no era de César, sino de Calderón, su apellido materno. De nada.)
En la portada del libro dice que incluye una introducción de Sergio Ramírez, pero lo que hay es mucho más que eso: el ensayo El muchacho de Niquinhomo, uno de los escritos "clásicos" y más importantes acerca de Sandino. El otro, mucho más extenso, es El pequeño ejército loco, del argentino Gregorio Selser, más agradable, fresco y desideologizado que su segunda parte, Sandino: general de hombres libres.
Había leído sólo algunos escritos de Sandino, y esperaba algo más "administrativo". Lo que encontré fueron cartas, manifiestos, llamados de verdad conmovedores, a veces desesperanzados, siempre llenos de la valentía que da el fatalismo. Y más conmovedores en la medida en que uno sabe en qué termina la historia. Releeré --después de 32 o 33 años-- el ensayo introductorio cuando termine con los documentos.
Algo bien fuerte: me doy cuenta de que Sandino y el sandinismo actual no tienen nada que ver. Quizá hace mucho que no tienen nada en común, y no les caería mal releer estos documentos. Creo que a cualquiera que se diga "de izquierda" en la actualidad --me incluyo-- no le caería nada mal.

Ferrocarriles argentinos es un libro de relatos, y apenas empecé a (h)ojearlo. Me gustó lo poco que tomé al azar. Calcagno me lo recomendó especialmente.
El resto del pequeño fondo de El Andariego se ve bastante bien. Me parece que tiene un buen editor al frente, de ésos que hay pocos. (A mí me han tocado dos en suerte, y son mi orgullo.) Lo interesante es que esté viendo hacia estos rumbos para buscar autores y libros que dar a conocer en su país. Es algo que siempre se agradece.
Y viene la parte nacional de los libros que añadí a la lista de los próximos a leer y releer.

Llegué a la librería de la UCA y le pregunté al señor que está en la entrada:
--¿El libro de Sánchez Cerén?
--En la sección de Política --pausa--. Allá, detrás de los libros infantiles.
--Excelente lugar --le dije.
No se rió. O la broma fue mala o no le gustó que un desconocido con barba hablara así de la distribución de su librería. No lo culpo.
Y desde luego que lo primero que hice fue leer el prólogo de Lorena Peña. Su padre, José Belisario Peña, ya fallecido, es uno de los hombres más admirables que he conocido, con convicciones firmes desde que, en 1944, siendo teniente, se alzó contra la dictadura de Maximiliano Hernández Martínez. En 1972, durante el golpe de estado --fallido-- contra Fidel Sánchez Hernández, fue el último en rendir su posición, que era ANTEL; ya todos los demás jefes militares habían huido o se habían entregado, y él seguía resistiendo. Por allí de 1980 o 1981 estuvo preso en El Salvador, siendo ya miembro de las FPL. Desde su celda oyó cómo torturaban durante tres días, y luego asesinaban, a Armando, el compañero junto con el cual lo capturaron, un gran amigo suyo y también mío. Poco después, de regreso en México, le detectaron un cáncer bastante agresivo, y se ofreció para que experimentaran con él nuevos medicamentos, para que su muerte sirviera de algo. Un viejo impresionante. Su hijo, Felipe Peña, fue de los primeros militantes de las FPL. (Algunos dicen que fue del núcleo inicial, pero gente de ese núcleo me aseguró que no, que entró poco después.) Su hija, Virginia Peña, murió combatiendo en Guazapa unas semanas antes del cese el fuego que terminaría en los Acuerdos de Paz. Otra hija --no recuerdo su nombre-- fue desaparecida en 1979 o 1980. Una bebé suya nació en mi casa, literalmente. Así que algo interesante podía esperar del prólogo.
Y sí. En la segunda línea habla del "legendario comandante Salvador Sánchez Cerén", es decir: una figura que se ha convertido en leyenda debido a sus méritos. Me sonreí de ladito porque recordé cuando lo nombraron primer responsable de las FPL. Las apuestas estaban en favor de Salvador Guerra, ahora retirado de la política, y Valentín, quien quedó como segundo responsable. El comandante en jefe sería Leonel González, y le pregunté a mi padre quién era. Frunció el ceño, como preocupado, y me dijo:
--¿No conoces los escritos pòlíticos de Leonel?
Pude haber contestado que claro, que los tenía en un lugar preferencial de mi librero, pero con mi padre era mejor no andarse con cuentos, así que le dije la verdad:
--No.
--¿En serio? ¿Tampoco sus escritos militares?
--No.
--Pero sí has oído hablar de los combates en los que ha participado, los pueblos que ha tomado, las ofensivas...
--No.
--Pues ése es Leonel --me dijo, y de haber sido otra persona hasta habría jurado que estuvo a punto de llorar.
No veo el momento de empezarlo --después de leer a Sandino; hay prioridades y jerarquías-- y de leerlo lo más objetivamente que pueda, incluso tratando de no reír. Por allí escribiré alguna nota acerca de las memorias del... uh... mítico comandante. Algo es claro: el objetivo es mostrar una cierta imagen con fines absolutamente obvios, o sea la campaña electoral. Aun sin haberlo leído, me parece una torpeza política: allí hay información que dará a sus adversarios, ya sea porque la haya puesto o porque no la haya puesto. Ésta es la hora en que habrá gente diseccionando el libro para ver de dónde se pescan. Para mí sólo hay algunos puntos que quiero conocer --su infancia en Quezaltepeque, de la que habla en el primer capítulo, me tiene un poco sin cuidado, aunque traiga foto de él pequeñito-- y cotejar con lo que ha dicho y hecho a lo largo de los años.

Y también en la librería de la UCA, por $8.50 menos que el de Leonel (o sea por $5) encontré Secuestro y capucha, del --ése sí-- mítico Salvador Cayetano Carpio, comandante Marcial, en una edición que se ve absolutamente pirata, pero también absolutamente comprable, para que no le digan a uno ni le cuenten demasiada paja. No está junto a los libros infantiles, sino en un anaquel rotativo del fondo a la derecha. Sí está bien distribuida la librería, por lo que parece.

Y ya que estoy en el plan de reportar libros y lecturas, estoy leyedo El autor y su editor, del alemán Siegfried Unseld, quien entre otras cosas fue editor de Bertoldt Brecht, Herman Hesse y Rainer Maria Rilke, y habla de su relación con ellos, así como con otros autores. El libro me lo regalaron hace más de tres años, pero ya se sabe. Tiene un montón de frases citables. Pongo algunas:
[La editorial S.] Fischer formuló así su concepto de "claridad" y "amplitud": "El escritor no crea para las necesidades del público. Cuanto más original se manifiesta su naturaleza, tanto más le costará hacerse comprender claramente. Obligar al público a aceptar nuevos valores, que no desea, es la misión más importante y hermosa del editor."

Era enero de 1953 y discutíamos un manuscrito, la primera novela de un joven autor, en cuyo enjuiciamiento discrepábamos. Suhrkamp decidió invitar a Frankfurt al novel escritor. El día anterior a su llegada, Suhrkamp, Friedrich Podszus, entonces lector, y yo intentábamos ponernos de acuerdo sobre cómo debíamos tratarle. Suhrkamp rechazó enérgicamente mi proposición de entablar inmediatamente la discusión. La crítica, la crítica delicada, le incumbiría sólo a él, Suhrkamp. Nosotros nos limitaríamos a hablar con el escritor del tiempo, la familia y temas parecidos hasta que apareciera Suhrkamp. "Recuerde --dijo entonces-- que todo autor, incluso el más joven, como personalidad creadora, se halla muy por encima de nosotros tres."

Este respeto debe reflejarse en la fidelidad del editor a sus auores. Los editores literarios, en el sentido estricto del término, siempre actuaron según esa norma, al basar su cometido no tanto en el libro aislado prometedor de éxito, como en la obra y el escritor como conjunto. Con obras así crece una editorial. Cada título es entonces como un anillo anual y con el tiempo surge lo que llamamos el perfil la cara de una editorial.

Los autores, al decidirse por una editorial, lo hacen por su fisionomía total y por su gerente. Esto significa que eligen:
1. por el grupo de autores cuyos libros publica la editorial,
2. por la forma en que presenta sus libros,
3. por la capacidad de realización de los libros y proyectos confiados a la editorial, es decir, por los colaboradortes de la casa,
4. por la persona del editor, primer interlocutor del escritor y además responsable absoluto de ls tres puntos antes citados.

Una editorial [literaria] no se basa en libros aislados, y menos todavía en bestsellers. Las listas de bestsellers de hoy son a menudo las lápidas de mañana.
Etcétera. Bastante recomendable. Y gracias a Alain Mala, de Cénomane, y a Raúl Figueroa, de F&G Editores, por permitir que estemos juntos.