1 de febrero de 2008

¡Libros, libros!

Ahora el trabajo de La Casa del Escritor está llegando a un punto bien interesante: la mayor parte de los compañeros está terminando --o ha terminado-- sus trabajos, y ya está en marcha el proceso de publicación, después de años de trabajo. (Cinco y medio en mi caso; los compañeros que han terminado su trabajo lo hicieron después de entre un año y medio y tres años; hay varios pendientes aún.) Los poemarios, libros de cuentos, novelas, etcétera --sí, hay etcéteras-- son de calidad; no veo uno solo que no pueda pasar un buen consejo editorial, y todo será cosa de tiempo y un poco de promoción, que es en lo que ando.
Aún hay varios compañeros activos en el taller, pero ya no son quince o veinte al mismo tiempo, como en los momentos más fuertes, sino seis o siete. Viene el cierre de una etapa, y la apertura de otra de la que hablaré en el momento (im)pertinente.
Eso significa que por ahora tengo, si no más tiempo, más energía para leer cosas por fuera de los textos de los compañeros. Han sido cinco años de leer apenas lo básico, y de buscar más bien libros y textos que tuvieran que ver con el taller y poco con lo que pudiera necesitar el viejo yo. (Vaya, después de todo sigo siendo escritor en activo. Pero ha valido la pena, qué diablos.)
Antes de meterme en otras cosas --tengo algunos pendientes en video, música y qué sé yo--, he estado reservando ratos libres para leer lo más que se pueda y para escribir después de casi dos años de no darle a la ficción. No es una queja; es un recuento, y así está y ha estado bien.
Lo anterior es una introducción innecesaria para decir que ayer me llegaron tres libros que amablemente me envió Juan Ignacio Calcagno, director de Ediciones El Andariego, una pequeña --e intuyo que heroica-- editorial argentina con pocos libros, pero bien escogidos dentro de sus objetivos, y sobre todo --perdonarán lo formalista-- muy bien editados.

Entre los libros que me llegaron está Charles Atlas también muere, de Sergio Ramírez, uno de mis favoritos de él, que leí recién salido, publicado por Joaquín Mortiz. (Hace unos días lo mencionaba en un post dedicado a De tropeles y tropelías.)
La portada es sensacional: incluye una de las historietas publicitarias del sistema de tensión dinámica de Charles Atlas, el hombre más perfectamente formado del mundo. Es sorprendente que aún exista el curso y todo lo demás, publicidad incluida. La página oficial de Charles Atlas puede encontrarse en este link. He de confesar que en una época, en mi ya bien lejana adolescencia, me puse a trabajar con el dichoso método, y de verdad funciona, en especial si uno paralelamente se pone a levantar pesas y a hacer karate. Después, ya cuando las feromonas se han apaciguado, para las horas que se pasa uno frente a la computadora escribiendo, no tiene precio, dicho sea sin mucha ironía.
Pero el libro no trata de eso. Cuatro de los relatos, quizá los mejores, tratan acerca de los mitos y ritos de las burguesías originarias de estos nuestros países, ésas que están en la frontera exacta entre lo solemne y lo ridículo, que a veces son exactamente lo mismo. Mi favorito es "A Jackie con nuestro corazón", que trata del día en que se corre el rumor de que Jacqueline Kennedy / Onassis llegará a Nicaragua, y el tout Managua se pone a preparar una recepción que incluye la compra del Queen Elizabeth para recibirla en alta mar y qué sé yo. "Nicaragua es blanca" habla acerca del día en que un meteorólogo anuncia que nevará en Nicaragua, y los mismos del cuento anterior se ponen a prepararse para una nevada a cuarenta grados a la sombra. Sensacional.

El que comencé a leer de inmediato, y ya llevo avanzado, es uno con documentos de Augusto C. Sandino. (Para el registro: la C. no era de César, sino de Calderón, su apellido materno. De nada.)
En la portada del libro dice que incluye una introducción de Sergio Ramírez, pero lo que hay es mucho más que eso: el ensayo El muchacho de Niquinhomo, uno de los escritos "clásicos" y más importantes acerca de Sandino. El otro, mucho más extenso, es El pequeño ejército loco, del argentino Gregorio Selser, más agradable, fresco y desideologizado que su segunda parte, Sandino: general de hombres libres.
Había leído sólo algunos escritos de Sandino, y esperaba algo más "administrativo". Lo que encontré fueron cartas, manifiestos, llamados de verdad conmovedores, a veces desesperanzados, siempre llenos de la valentía que da el fatalismo. Y más conmovedores en la medida en que uno sabe en qué termina la historia. Releeré --después de 32 o 33 años-- el ensayo introductorio cuando termine con los documentos.
Algo bien fuerte: me doy cuenta de que Sandino y el sandinismo actual no tienen nada que ver. Quizá hace mucho que no tienen nada en común, y no les caería mal releer estos documentos. Creo que a cualquiera que se diga "de izquierda" en la actualidad --me incluyo-- no le caería nada mal.

Ferrocarriles argentinos es un libro de relatos, y apenas empecé a (h)ojearlo. Me gustó lo poco que tomé al azar. Calcagno me lo recomendó especialmente.
El resto del pequeño fondo de El Andariego se ve bastante bien. Me parece que tiene un buen editor al frente, de ésos que hay pocos. (A mí me han tocado dos en suerte, y son mi orgullo.) Lo interesante es que esté viendo hacia estos rumbos para buscar autores y libros que dar a conocer en su país. Es algo que siempre se agradece.
Y viene la parte nacional de los libros que añadí a la lista de los próximos a leer y releer.

Llegué a la librería de la UCA y le pregunté al señor que está en la entrada:
--¿El libro de Sánchez Cerén?
--En la sección de Política --pausa--. Allá, detrás de los libros infantiles.
--Excelente lugar --le dije.
No se rió. O la broma fue mala o no le gustó que un desconocido con barba hablara así de la distribución de su librería. No lo culpo.
Y desde luego que lo primero que hice fue leer el prólogo de Lorena Peña. Su padre, José Belisario Peña, ya fallecido, es uno de los hombres más admirables que he conocido, con convicciones firmes desde que, en 1944, siendo teniente, se alzó contra la dictadura de Maximiliano Hernández Martínez. En 1972, durante el golpe de estado --fallido-- contra Fidel Sánchez Hernández, fue el último en rendir su posición, que era ANTEL; ya todos los demás jefes militares habían huido o se habían entregado, y él seguía resistiendo. Por allí de 1980 o 1981 estuvo preso en El Salvador, siendo ya miembro de las FPL. Desde su celda oyó cómo torturaban durante tres días, y luego asesinaban, a Armando, el compañero junto con el cual lo capturaron, un gran amigo suyo y también mío. Poco después, de regreso en México, le detectaron un cáncer bastante agresivo, y se ofreció para que experimentaran con él nuevos medicamentos, para que su muerte sirviera de algo. Un viejo impresionante. Su hijo, Felipe Peña, fue de los primeros militantes de las FPL. (Algunos dicen que fue del núcleo inicial, pero gente de ese núcleo me aseguró que no, que entró poco después.) Su hija, Virginia Peña, murió combatiendo en Guazapa unas semanas antes del cese el fuego que terminaría en los Acuerdos de Paz. Otra hija --no recuerdo su nombre-- fue desaparecida en 1979 o 1980. Una bebé suya nació en mi casa, literalmente. Así que algo interesante podía esperar del prólogo.
Y sí. En la segunda línea habla del "legendario comandante Salvador Sánchez Cerén", es decir: una figura que se ha convertido en leyenda debido a sus méritos. Me sonreí de ladito porque recordé cuando lo nombraron primer responsable de las FPL. Las apuestas estaban en favor de Salvador Guerra, ahora retirado de la política, y Valentín, quien quedó como segundo responsable. El comandante en jefe sería Leonel González, y le pregunté a mi padre quién era. Frunció el ceño, como preocupado, y me dijo:
--¿No conoces los escritos pòlíticos de Leonel?
Pude haber contestado que claro, que los tenía en un lugar preferencial de mi librero, pero con mi padre era mejor no andarse con cuentos, así que le dije la verdad:
--No.
--¿En serio? ¿Tampoco sus escritos militares?
--No.
--Pero sí has oído hablar de los combates en los que ha participado, los pueblos que ha tomado, las ofensivas...
--No.
--Pues ése es Leonel --me dijo, y de haber sido otra persona hasta habría jurado que estuvo a punto de llorar.
No veo el momento de empezarlo --después de leer a Sandino; hay prioridades y jerarquías-- y de leerlo lo más objetivamente que pueda, incluso tratando de no reír. Por allí escribiré alguna nota acerca de las memorias del... uh... mítico comandante. Algo es claro: el objetivo es mostrar una cierta imagen con fines absolutamente obvios, o sea la campaña electoral. Aun sin haberlo leído, me parece una torpeza política: allí hay información que dará a sus adversarios, ya sea porque la haya puesto o porque no la haya puesto. Ésta es la hora en que habrá gente diseccionando el libro para ver de dónde se pescan. Para mí sólo hay algunos puntos que quiero conocer --su infancia en Quezaltepeque, de la que habla en el primer capítulo, me tiene un poco sin cuidado, aunque traiga foto de él pequeñito-- y cotejar con lo que ha dicho y hecho a lo largo de los años.

Y también en la librería de la UCA, por $8.50 menos que el de Leonel (o sea por $5) encontré Secuestro y capucha, del --ése sí-- mítico Salvador Cayetano Carpio, comandante Marcial, en una edición que se ve absolutamente pirata, pero también absolutamente comprable, para que no le digan a uno ni le cuenten demasiada paja. No está junto a los libros infantiles, sino en un anaquel rotativo del fondo a la derecha. Sí está bien distribuida la librería, por lo que parece.

Y ya que estoy en el plan de reportar libros y lecturas, estoy leyedo El autor y su editor, del alemán Siegfried Unseld, quien entre otras cosas fue editor de Bertoldt Brecht, Herman Hesse y Rainer Maria Rilke, y habla de su relación con ellos, así como con otros autores. El libro me lo regalaron hace más de tres años, pero ya se sabe. Tiene un montón de frases citables. Pongo algunas:
[La editorial S.] Fischer formuló así su concepto de "claridad" y "amplitud": "El escritor no crea para las necesidades del público. Cuanto más original se manifiesta su naturaleza, tanto más le costará hacerse comprender claramente. Obligar al público a aceptar nuevos valores, que no desea, es la misión más importante y hermosa del editor."

Era enero de 1953 y discutíamos un manuscrito, la primera novela de un joven autor, en cuyo enjuiciamiento discrepábamos. Suhrkamp decidió invitar a Frankfurt al novel escritor. El día anterior a su llegada, Suhrkamp, Friedrich Podszus, entonces lector, y yo intentábamos ponernos de acuerdo sobre cómo debíamos tratarle. Suhrkamp rechazó enérgicamente mi proposición de entablar inmediatamente la discusión. La crítica, la crítica delicada, le incumbiría sólo a él, Suhrkamp. Nosotros nos limitaríamos a hablar con el escritor del tiempo, la familia y temas parecidos hasta que apareciera Suhrkamp. "Recuerde --dijo entonces-- que todo autor, incluso el más joven, como personalidad creadora, se halla muy por encima de nosotros tres."

Este respeto debe reflejarse en la fidelidad del editor a sus auores. Los editores literarios, en el sentido estricto del término, siempre actuaron según esa norma, al basar su cometido no tanto en el libro aislado prometedor de éxito, como en la obra y el escritor como conjunto. Con obras así crece una editorial. Cada título es entonces como un anillo anual y con el tiempo surge lo que llamamos el perfil la cara de una editorial.

Los autores, al decidirse por una editorial, lo hacen por su fisionomía total y por su gerente. Esto significa que eligen:
1. por el grupo de autores cuyos libros publica la editorial,
2. por la forma en que presenta sus libros,
3. por la capacidad de realización de los libros y proyectos confiados a la editorial, es decir, por los colaboradortes de la casa,
4. por la persona del editor, primer interlocutor del escritor y además responsable absoluto de ls tres puntos antes citados.

Una editorial [literaria] no se basa en libros aislados, y menos todavía en bestsellers. Las listas de bestsellers de hoy son a menudo las lápidas de mañana.
Etcétera. Bastante recomendable. Y gracias a Alain Mala, de Cénomane, y a Raúl Figueroa, de F&G Editores, por permitir que estemos juntos.

2 comentarios:

Nelsons dijo...

Hay dos libros muy interesante, que estoy leyendo, el primero,es de David Galula, el nombre es: Pacificación de Algeria 1956-1958, que como libro contrainsurgente ha sido la base de muchos estudios en Escuelas Militares sobre insurgencia, contrainsurgencia y pacificación

El otro: Guerra contrainsurgente teoría y práctica del mismo autor.

En estos su aplicacion en los campos sociales sobre "el control de la poblacion y sus recursos" ha sido de acuerdo a reportes puesto en aplicacion en IRAK por el General David.

No es con bombas y balas con lo que se puede terminar la violencia. Siembre el bienestar individual es base para "apaciaguar" el apoyo insurgente o como le llaman en el otro lexico: "el apoyo del pueblo".

Anónimo dijo...

Dichoso. Yo de los textos de Sandino, introducción, selección y notas de Sergio Ramírez, sólo tengo el primer tomo, comprado en una librería de libros usados del paseo de los estudiantes, en San José. Recuerdo haber visto el segundo tomo en Managua, también en una librería de libros usados, y no haberlo comprado, creyendo que lo encontraría en San José, pero no. Nunca lo econtré. La ventaje de mi edición es que es más bonita, con tapa roja puéj. La tuya, además de ser completa hace juego con tu vaio, de esto nadie duda. Un abrazo, Thierry